Julio Cortázar, Axolotl

Axolotl
Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No erananimales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
Julio Cortázar, Axolotl



Cuentos de amaneceres, de Antonio Serrano García

A veces ocurre, un mensaje llega quizás por error a tu ordenador, el azar juega así sus bazas, y te cambia para siempre tu existencia. Este es uno de los desafíos a los que se enfrentan los personajes que cobran vida en el libro de relatos, Cuentos de amaneceres, de Antonio Serrano García. Nueve historias que se recogen en una cuidadísima edición de Lonja de Letras llena de sorpresas gráficas que bailan con el texto para aumentar aún más la estética y su carga lírica. De este autor de Guadalcázar, Caballero Bonald destacó el desenfado de su prosa, su ingenio y un estilo suelto y fluido en el uso de un lenguaje actual. Estas características tan personales que estaban presentes en su novela La libélula sin alas siguen vigentes en esta colección de cuentos. En palabras del escritor J. Diego López García, que prologa el libro, hay un compromiso inquebrantable con la belleza, una estética personal que fluye desde su pasión por contar y admirar. Y es que estamos, desde mi punto de vista, ante uno de los escritores cordobeses con mayor talento narrativo. 
Estos relatos, que podrían calificarse de cinematográficos, impresionan desde el principio. Arrancan con una frase sugerente, impactante, que seduce, que te empuja inexorablemente a seguir leyendo. Al autor le gusta jugar con las palabras, le divierte unir vocablos por su sonoridad, enredar frases hasta conseguir efectos originales, construir párrafos de lirismo condensado. La escritura en él es algo lúdico y creativo pero no renuncia por eso a plantear problemas y dramas sociales o personales. De hecho, sus personajes se enfrentan a dificultades y desigualdades que genera nuestra sociedad: un joven descubre que la huida, el abandono de todo lo que se ama, es más doloroso que las propias secuelas de la droga; un ciclista cruza una ciudad sumergida en la niebla como si traspasara su propia vida anclada en la desidia; en su último día de trabajo un conductor de autobuses se siente más poeta que nunca; la elegancia de un paraguas puede ser un traidor para quien lo porta; el hallazgo de una moneda logra unir el pasado y el presente y evidenciar diferencias de clases; un niño, desposeído de todo por la guerra, toma una decisión irrevocable… Aquí, el laberinto borgiano, sin salida e inasible, se transforma en algo tan simple como un punto negro que no es otra cosa que la evidencia de la incapacidad del hombre para conocer y dirigir su designio. Decía Umberto Eco que la naturaleza irresistible de las grandes tragedias deriva del hecho de que sus héroes, en lugar de escapar de su destino cruel, sucumben a él de forma ciega porque no saben lo que les espera. El cuento Ferrocarril es un nombre demasiado largo tiene estos elementos literarios de una tragedia clásica y condensa todo el saber literario del autor. En definitiva, Antonio Serrano García nos presenta una magnífica colección de cuentos que se suceden en amaneceres similares, bajo el mismo sol que contempla indiferente el destino de los hombres.

















Cuentos de amaneceres
Antonio Serrano García
Lonja de Letras, 2012
Publicado en Cuadernos del Sur el 2 de febrero de 2013

Intemperie, de Jesús Carrasco

Guiado por la Estrella Polar, el norte es su horizonte y su única esperanza. Un niño, al que han robado la infancia, escapa de su pueblo, empujado por el miedo y el resentimiento, para recuperar algún resquicio de dignidad en su vida. Tras su estrecho mundo conocido sus ojos sólo alcanzan a ver un llano inmenso, árido y desolador, una tierra de ríos yermos y pozos secos, un paisaje estéril y despiadado que impone sus condiciones a quien decide atravesarlo. En su huida el niño se encuentra a un anciano cabrero que vive sin un techo donde cobijarse y pasa las jornadas deambulando en busca de pasto y alguna sombra de humedad en la que saciar la sed de unas pocas cabras. A partir de ese momento el niño inicia un camino hacia la sabiduría aprendiendo tácitamente del anciano lecciones elementales de supervivencia, pero también de ética. Aprende a moverse en ese mundo hostil para intentar recuperar la confianza en algunos adultos que, hasta ese momento, sólo le habían mostrado su cara más violenta movidos por la codicia y la lujuria. «La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y lo que no sabía acerca de la vida. Le había llevado hasta el mismo borde de la muerte y allí, en medio de un campo de terror». En aquel llano inabarcable e inhóspito, donde antes se extendía el verde cereal, mucha gente ha abandonado los pueblos y las aldeas por falta de agua potable y, los que se resisten a marcharse padecen las desigualdades entre los poderosos y los humildes potenciadas por la falta de recursos. Es un tiempo pasado, impreciso, en una tierra desubicada, con personajes sin nombres propios, donde nada es gratuito. 
Jesús Carrasco en su novela Intemperie nos habla del instinto de supervivencia, de la crueldad a la que llega el hombre cuando está sometido a las condiciones más duras, del consuelo que a veces trae la religión a quien ha perdido todo, de la importancia del aprendizaje de las cosas esenciales. Los pocos personajes que aparecen, llenos de contradicciones que los hacen más cercanos y reales, con comportamientos que a veces sorprenden, hablan poco, los diálogos son escuetos y los silencios a veces dicen más que las palabras. Las descripciones en cambio, con una gran carga de lirismo, son minuciosas, quizás para recalcar el lento transcurrir del tiempo cuando el hambre, la sed o el dolor están presentes. El autor utiliza recursos más propios del cuento y obliga al lector a participar en la historia, a rellenar los huecos que faltan a partir de pistas e indicios que contribuyen a mantener la tensión narrativa hasta el final. Una novela muy recomendable que nos habla de la necesidad de buscar el valor de lo ético.

















Intemperie
Jesús Carrasco
Seix Barral, 2013

Vínculos íntimos

El hombre es un animal social en el que la familia configura una unidad esencial de aprendizaje y seguridad para el desarrollo y maduración de los hijos. Sobre este vínculo, que se crea entre los distintos miembros que la constituyen en sucesivas generaciones y que, en ocasiones, nace de una decisión instintiva, trata el libro de relatos Lazos de sangre de Lola López Mondéjar. Estructuralmente el libro se vertebra en dos partes, la primera formada por ocho cuentos sobre la familia donde la autora hace un recorrido desde la infancia hasta la senectud dando voces a los diferentes personajes que le sirven para indagar sobre las relaciones que se establecen entre ellos. Aquí se ponen en evidencia los distintos tipos de afectos, los desencuentros, las pasiones, los reproches y también la fragilidad de los lazos cuando entran en juego elementos externos. En la segunda parte, formada por ocho pequeños relatos, en los que la actitud y el gesto dicen más que las palabras, predomina la relación de pareja y su dependencia emocional. Una colección de relatos intimistas que revelan los sentimientos de amor y de odio, de ternura y de violencia con los que convivimos.













Lazos de sangre 
Lola López Mondéjar 

Páginas de Espuma, 2012

Heridas de la vida

La vida, desde el mismo momento del nacimiento, te va haciendo heridas, algunas físicas que dejan huella en la piel y otras, quizás más profundas, que quedan enquistadas en la memoria. A veces las heridas que se creían cerradas vuelven a abrirse y hacen brotar recuerdos de pequeñas tragedias humanas y nostalgias de lo que ha quedado en el pasado. Juan Carlos Méndez Guédez nos habla, en doce cuentos, del azar con el que surgen estas heridas y de su resonancia en cualquier momento de la existencia. En Ideogramas se relata la persistencia de un puente entre dos países, Venezuela y España, formado por frágiles hilos temporales y la importancia de fugaces imágenes que el autor transforma bellamente en relatos. Méndez Guédez nos acerca a la realidad venezolana vista desde el recuerdo, desde la distancia tal vez buscada y desde la tierna añoranza de pequeñas y sensuales evocaciones. Lo sensitivo, lo táctil, está muy presente en estos cuentos y es quizás el armazón que mejor une las historias cuyos protagonistas se ven conmovidos por la espiral de un ombligo, por el frío tacto de la nieve, por unos muslos prometedores, por unas zapatillas grises que llegan hasta la playa o por el corte limpio que se produce por sorpresa en la mejilla de una niña. De nuevo este autor venezolano pone voz a los emigrantes que se han establecido en España y que conviven con una doble realidad, la de su país de origen y la del lugar que han elegido para vivir, con todo el trasfondo social que implica esta dualidad, y lo hace con su peculiar y cálido lenguaje vitalista, híbrido y melodioso, donde no faltan alusiones intertextuales, algunos ensayos arriesgados e innovadores o ciertos matices postmodernos. Ideogramas, está lleno de sorpresas; desde los primeros párrafos se descubre una voz fresca, sugerente que renueva el placer de la lectura. Los sentimientos afloran en las situaciones más cotidianas y, con una prosa cargada de lirismo, de emociones, de cierto humor contenido, el autor nos muestra personajes frágiles, introspectivos, cargados de enigmas, mecidos por el vaivén del azar y, en muchos casos, anhelantes de una vida mejor. Son relatos sencillos de gran calidad literaria, con metáforas de fuerte carga poética, escritos desde una mirada muy personal y con una forma de narrar cautivadora.















Ideogramas
Juan Carlos Méndez Guédez 

Páginas de espuma., 2012

Sacar la lengua al arte

Rafael Agredano reflexiona sobre el arte en los últimos treinta años en una colección de breves ensayos y otras narraciones. El humor en forma de ironía y a veces de sarcasmo le sirve para poner en evidencia las contradicciones de la crítica, las instituciones y el mercado del arte. 
El artículo más destacado por la influencia que ha tenido es Titanlux y moralidad que da título a todo el volumen y que apareció en 1983 en la emblemática revista Figura. Entre otras cosas Agredano desmitifica la pintura recordándonos que un cuadro es, en esencia, un objeto decorativo, pone en evidencia las falsas expectativas de querer emular lo que se hace en Estados Unidos y reivindica «devolver a la pintura la sensación simple y feliz que es el acto de crear». Quizás el escrito más divertido sea Estado mental, donde, a través de una supuesta respuesta a un cuestionario para un libro sobre artistas cordobeses, y haciendo alarde de gran perspicacia, reflexiona sobre la forma en la que la sociedad ve a los artistas y nos muestra, de un modo prosaico, la realidad a la que estos se enfrentan día a día. 
Son varios los textos en los que el autor bromea y se burla del desconocimiento y la falta de sensibilidad de los patrocinadores y de los políticos ante el artista; pero también nos revela los entresijos de la creación de su obra, la bondad de algunos de sus amigos con los que comparte inquietudes y critica las carencias en la formación que se da a los estudiantes que pretenden ser artistas en España. El tercer y último acto, que engloba dos textos bajo el epígrafe Los símbolos verité, es el más literario y nos demuestra sus grandes destrezas narrativas con una prosa clara y sencilla. 
El humor inteligente y la provocación están presentes en toda la obra de Agredano, en sus juegos visuales y en su particular visión de las vanguardias como el Surrealismo, o el arte Pop. Con estos textos el autor nos ayuda a comprender mejor el arte que se ha hecho en España en las últimas décadas pero, sobre todo, nos muestra un sólido compromiso ético en su forma de vivir el arte.














Titanlux y moralidad. El musical 
Rafael Agredano
Metropolitana, 2012

Dickens en su juventud

Con veinticinco años, mientras escribía Oliver Twist, Charles Dickens recibe el encargo de reescribir las memorias del más célebre cómico de Inglaterra: Joseph Grimaldi. A partir del texto que dejó el propio actor, Dickens, con su personal talento narrativo, redacta una biografía novelada donde no faltan los elementos más característicos de su obra. Nos presenta un Londres hostil, lleno de peligros y amenazas, con sentimientos de compasión hacia los seres desamparados de la sociedad y los avatares de los desfavorecidos. 
Grimaldi comenzó a trabajar ante el público desde sus primeros años de vida interpretando a un mono y no dejó de actuar incansablemente hasta que sus piernas se lo impidieron. Cincuenta años de trayectoria artística actuando en los mejores teatros de Inglaterra y una vida donde pesaron más las desgracias que los momentos de paz. Siendo niño muere su padre y pierden la fortuna que éste les dejó. Su hermano pequeño se enrola en un barco y solo aparece, fugazmente, catorce años después. Al año de contraer nupcias su amada esposa muere estando embarazada y, de su segundo matrimonio, nace un hijo por el que dio todo pero al que vio morir por sus excesos con el alcohol. A cambio de eso, nunca dejó de recoger aplausos del público, disfrutó de la entomología y la colombofilia en su escaso tiempo libre, se codeó con los personajes más célebres del país y supo encontrar momentos de felicidad rodeándose de amigos que le supieron acompañar en sus últimos años. 
Grimaldi, en su genialidad, inventó al payaso moderno y supo esconder tras la sonrisa dibujada toda la tragedia de una vida que le golpeaba con rudeza. Y Dickens aprovecha a este entrañable personaje real para dar vida a un cicerone que nos muestra la vida desordenada de Londres en los albores de lo que sería la época victoriana, con una pluma cargada de realismo social que, por momentos, llega a conmover y a emocionar. 
Aquí se puede apreciar la destreza narrativa del autor, su talento a la hora de describir sin artificios ambientes y personajes o la mirada compasiva e irónica con la que ve al protagonista. Dickens nos presenta una vez más, y como pocos, las miserias y virtudes de la naturaleza humana.

















Memorias de Joseph Grimaldi.

Charles Dickens

Traducción, prólogo y notas de Eduardo Berti.
Páginas de Espuma, 2011

Antología del microrrelato español (1906-2011) de Irene Andres-Suárez

El microrrelato, a pesar del auge y del reconocimiento que está teniendo en el siglo XXI en España, no es, en absoluto, algo nuevo. Según la brillante introducción que hace Irene Andres-Suárez, el llamado cuarto género narrativo, tiene una historia de más de cien años en nuestro país aunque, realmente, los críticos no supieron verlo así hasta finales del siglo XX. Andres-Suárez nos da las claves que definen el microrrelato y nos permiten diferenciarlo de otros textos ambiguos que pudieran dar lugar a error. Además de la brevedad y de la narratividad, entre otros aspectos esenciales del género, en el microrrelato hay siempre una tensión entre lo que se cuenta y lo que está implícito, por lo que el escritor de microcuentos necesita, más que en ningún otro género narrativo, la complicidad del lector. Esto es más evidente cuando los autores suelen apoyarse en la intertextualidad, la ambigüedad o en la indeterminación para captar la atención del lector o conseguir su sorpresa. Nos habla de cómo surgen los que podrían ser considerados los primeros microrrelatos en España, aunque en realidad empezaron siendo obras híbridas que evolucionaron a partir de otros géneros próximos, desde Juan Ramón Jiménez y Ramón Gómez de la Serna, en los inicios del siglo XX. En esta amplia introducción se hace un recorrido detallado por los grandes autores que han dejado microrrelatos destacados en su obra y se pone de manifiesto el crecimiento exponencial de autores interesados por este género en las últimas décadas. En la última parte, antes de la antología propiamente dicha, se analiza la influencia de autores como Borges en el microrrelato fantástico y en la indagación de la naturaleza del mundo y del yo. Destaca la influencia norteamericana en el realismo intimista y enfatiza la incorporación del humor, principalmente absurdo y negro, y las nuevas tecnologías a esta forma de narrar en los últimos años. Para apoyar esta teoría, Irene Andres-Suárez hace una selección de excelentes microcuentos publicados a lo largo de un siglo ordenándolos cronológicamente para poner en evidencia esa evolución que nos argumenta. Un libro muy recomendable tanto para los que quieren adentrarse en el conocimiento de este género como para los que lo siguen con pasión.














Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo
Varios autores 
Edición: Irene Andres-Suárez 
Cátedra. Letras Hispánicas, 2012

Diario de invierno, Paul Auster

Auster narrador, se habla a él mismo, a Auster escritor, se sincera consigo mismo y rememora su existencia en un momento en el que comienza a ser consciente de que su vida ha iniciado ya la última etapa, aquella que inevitablemente precede a la muerte. No es la primera vez que el autor aparece en sus obras como personaje pero en este caso se trata de un libro autobiográfico donde incluye confesiones y se desnuda con las palabras. La vida siempre ocurre dentro de uno mismo pero con la introspección, con la forma de mirarnos a nosotros mismos y tamizarla a través de las palabras escritas, se convierte también en una forma de ficción. Un escritor no deja de hacer ficción ni siquiera cuando intenta reflejar su realidad del modo más fiel. Quizás el precedente más directo en su obra sea La invención de la soledad, publicado en 1982, donde habla abiertamente de la muerte de su padre y de su intención de retener en las páginas algo de su memoria para evitar que desaparezca. Aquí su madre, fallecida más recientemente y mucho más significativa en su vida, cobra mayor protagonismo. Paul Auster nos habla con humildad de las cicatrices que la vida le ha rubricado, de las experiencias traumáticas y dolorosas que ha sufrido aunque sean en su mayor parte cotidianas, comunes a otras muchas vidas no escritas. Como él mismo afirma, cuando se han vivido muchos años lo normal es haber estado expuesto a morir estocásticamente en más de una ocasión. Nos desvela los años de cierta penuria por los que pasó hasta poder vivir de la escritura que era lo que más deseaba. A los 31 años, tras un periodo luctuoso, pensaba que jamás podría volver a escribir pero esas inseguridades, igual que las de su adolescencia, las logró superar a veces con tesón y otras, sencillamente, por azar. Podemos leer confesiones abiertas, sorprendentes y muy duras, fracasos vitales, decisiones desacertadas, golpes de suerte. Repasa sus enfermedades, los accidentes sufridos; hace un catálogo de los lugares en los que ha vivido, rememora sus viajes, sus amores. La salud es un tema recurrente en su Diario, tanto desde el punto de vista físico como psíquico, pero también lo social y lo ético. Hay una cierta sorpresa por lo obvio, una perplejidad por la falta de conocimiento de su propio cuerpo como si estuviese formado de elementos que le resultan casi ajenos y relata la multifuncionalidad que pueden tener, por ejemplo, sus propias manos, capaces de hacer desde nobles y amables tareas hasta lo más indecoroso. 
Aunque Diario de inverno está redactado de forma directa, sin ambages, quizás algo fría y también minimalista, eso no evita que seduzca y, en ciertos momentos, consiga una fuerte carga poética y emocional que sobrecoge. Paul Auster ama la vida porque conoce su fragilidad, ama a su mujer y a sus hijos, ama el hogar construido en Brooklyn, en cierto lugar de Park Slope, donde tiene su biblioteca repleta de libros con los que pasa algunas de sus mejores horas.





















Diario de invierno
Paul Auster
Traducción: Benito Gómez Ibáñez
Anagrama, 2012

Terrores inocentes

Lo primero que llama la atención cuando abres Casa de Muñecas es su cuidada edición. Los personales e inquietantes dibujos a dos tintas, negro y magenta, de Sara Morante y las miradas vacías, enigmáticas o perdidas de sus personajes, son una forma perfecta de incitar a la lectura de los microcuentos de Patricia Esteban Erlés. El libro se estructura en diez apartados que se corresponden con distintos rincones de esa casa ideal de muñecas, incluyendo un desván de los monstruos, la cripta y los exteriores; en total cien cuentos que nos atrapan, nos sorprenden y nos dejan una sonrisa malévola en el rostro. 
Si Ibsen con su homónima obra de teatro quiso proclamar la necesidad de la liberación de la mujer en una sociedad opresivamente masculina para reivindicar, en definitiva, que las mujeres dejasen de considerarse muñecas decorativas, Patricia Esteban Erlés, recrea una atmósfera victoriana similar y da un paso más para adentrarse en el mundo femenino y liberar a la mujer de algunos temores que arrastra desde la infancia y que pueden tener el rostro cerámico y enigmático de una muñeca encerrada en otra realidad entre paredes de cartón. En ambos autores se aprecia un tono de melancolía, en ambas obras se expresan sentimientos oscuros desde su particular poética. 
La realidad se rompe, se muestra el envés de lo cotidiano cuando nos encontramos con la mirada de una de estas muñecas que nos arrastra con certezas y con engaños a un universo privado, a veces sólo insinuado, construido con pequeños pero contundentes gestos y nos muestra el reflejo de nuestros temores más primitivos. Patricia Esteban Erlés conversa con Poe y Hoffmann, se aprecian sus lecturas de Max Aub, de José María Merino, de Ana María Matute y, muy especialmente, de Fernando Iwasaki con su Ajuar funerario. De modo explícito, además, la autora quiere homenajear a grandes microcuentistas como Arreola, Mateo Díez y Monterroso. Hay un juego en el que se confunden mujeres estáticas y muñecas animadas, imágenes retenidas y reflejadas, humor y terror, realidad y ficción. Aquí lo vivo no siempre está vivo y lo muerto cobra vida fantasmal, irracional cuando la inocencia es aliada del crimen y del horror sin piedad. Un libro ecléctico, recomendable para las noches de invierno, con perturbadores microcuentos de macabra ternura y excelentes dibujos en los que conviene detenerse y disfrutarlos.
















Casa de Muñecas
Patricia Esteban Erlés 
Ilustraciones: Sara Morante 
Páginas de Espuma, 2012.

El haz y el envés: relatos con dos caras

El haz de una hoja suele ser de un tono más intenso que el envés que, en cambio, tiene una cutícula más fina y es más suave al tacto. El haz y el envés no se oponen sino que se complementan encontrándose sólo en su límite. Los relatos de Juan Cobos Wilkins también tienen haz y envés y para leerlos en su plenitud hay que hacerlo en ese orden, como sugiere el propio autor, con la atención de un botánico que extrae su conclusión tras examinar la hoja completa. 
La soledad del azar es un conjunto de trece relatos que se miran de reojo al espejo y se duplican en veintiséis. Estos cuentos, escritos con talento, están llenos de recursos poéticos, con ricos adjetivos minuciosamente escogidos y metáforas elegantes que caracterizan el personal estilo del autor. En algunas ocasiones los relatos inician varios caminos diferentes, muestran distintas expectativas, que el lector no sabe a qué le van a llevar hasta que, poco a poco, el argumento va tomando consistencia, ganando intensidad, rozando a veces lo fantástico y presentando algunos finales abiertos e inesperados. Los protagonistas suelen ser personajes encerrados en su soledad y zarandeados por el azar, hombres o mujeres que deambulan por la vida —en íntimo contacto con el presente, con lo cotidiano, con nuestros miedos— hasta que se tropiezan con un elemento que les subvierte, a veces es una frase escrita o escuchada, otras un objeto corriente, una imagen, un lugar, un acompañante, algo que irrumpe en sus vidas solitarias por pura casualidad pero que consigue abrir cámaras interiores y cambiar por completo su existencia. En el reverso de estos relatos se esconden a menudo personajes secundarios que observan las distintas situaciones desde lugares privilegiados o bien son los propios protagonistas que nos muestran una cara oculta diferente a la que habíamos intuido. 
Este libro, que terminas de leer cuando llegas a la mitad del volumen, está escrito con una prosa muy cuidada que, con frecuencia, se vuelve bellamente lírica para mostrarnos una realidad perturbadora.














La soledad del azar
Juan Cobos Wilkins 
Almuzara, 2011

Las ciudades y los ojos, Italo Calvino

Para la entrada número 100 de este blog, os dejo uno de mis relatos preferidos de uno de mis autores preferentes.

Las ciudades y los ojos. 3 
Después de andar siete días, a través de boscajes, el que va a Baucis no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno de otro y se pierden entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. Los habitantes rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje.
Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Baucis: que odian la tierra; que la respetan al punto de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos, y con catalejos y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de pasarle revista, hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su propia ausencia.
Italo Calvino, Las ciudades invisibles 














Las ciudades invisibles
Italo Calvino
Traducción: Aurora Bernárdez
Siruela, 2002

Soledad social

Creo que le primer libro que leí de Cristina Peri Rossi fue Solitario de amor y su sensual prosa me cautivó. Luego han seguido otras lecturas hasta llegar a su más reciente libro de relatos Habitaciones privadas, editado por Menoscuarto con el que obtuvo en 2010 el Premio NH Mario Vargas Llosa de Relatos. 
Se trata de una colección de diez cuentos en los que las habitaciones de hoteles son los escenarios más recurrentes aunque también otros espacios cerrados como el interior de una casa, un hospital psiquiátrico o la cárcel. Son historias de nuestro tiempo, de nuestras ciudades, donde la tecnología de la información está muy presente. En ellas la autora indaga en la psicología de los personajes, adentrándose en los desequilibrios que la soledad produce en sus vidas y condicionan su existencia, algo muy característico en la prolífica obra de la autora. 
La casualidad conduce a un hombre, perseguido por la mala suerte, a un After hours, un asesino en serie encarcelado recibe cartas con propuestas de mujeres, una entrenadora de natación encuentra a su amor de sedosa voz a través de internet, un matrimonio intenta romper su monotonía con unas vacaciones pero les acompaña uno de sus jóvenes hijos, un juego de cartas en el ordenador es el único aliciente de un hombre que vive una tediosa relación, un oncólogo aprovecha un congreso para reunirse con otros colegas en un momento delicado de su vida, sin proponérselo un hombre y una mujer aprenden que la infidelidad puede llegar a transformarse en un acto inocente, una mujer encuentra en las atenciones de un hospital psiquiátrico todo lo que necesita para seguir viviendo, un hombre honrado atraca un banco para repartir después lo robado entre los transeúntes y el relato de los pensamientos de un profesor excitado, con el que se cierra el volumen, son las historias que nos propone Peri Rossi. 
Todas estos relatos, con una prosa pausada, sugerente y, en ocasiones, cargada de erotismo, ponen de manifiesto la enorme soledad e incomunicación de los habitantes de nuestras ciudades, denuncian la sociedad que hemos creado y nos invitan a la reflexión a través de personajes cotidianos, tratados con compasión, que buscan el placer y la libertad.


















Habitaciones Privadas 
Cristina Peri Rossi 

Menoscuarto, 2012.

Mujer perro, de Carola Aikin

En su anterior libro de relatos Las escamas del dragón Carola Aikin me sorprendió por su sugestiva forma de narrar, por sus recursos poéticos y por su manera de indagar en la condición humana. Su nuevo libro, Mujer perro, sigue esa línea personal que no deja de fascinar, con la misma pasión narrativa, con el mismo humor, con sus particulares metáforas imaginativas, visuales y provocativas a veces. En la primera parte del libro, con 16 cuentos y microcuentos nos presenta desde el principio a Lilly, un personaje que nos acompañará en varios relatos y, muy especialmente, en la segunda parte. Aquí podemos encontrarnos con un entrañable gorila, con una sirena salvaje y aulladora o con las ilusiones rotas de una mujer, asistir a la metamorfosis de una fiera devoradora de gallinas, descubrir cómo un escorpión logra escapar entre la pasión, asomarnos al océano que trae y lleva esperanzas, recibir a su musa, contemplar unos elefantes que surgen del mar en el sueño de un poeta o los recuerdos que arrastran las hojas caídas de los árboles, presenciar la visita de unos ángeles, la relación de una pareja separada por una mesa de caoba o al personaje que ama a su narrador, conocer las consecuencias de estudiar orangutanes, sorprendernos de la relación de una mujer con el viento, del amor más allá de la muerte o emprender un viaje a través de un río en un velero chirriante.
La segunda parte, La expedición, es un único relato que narra la forma de escapar de Lilly Maynard, de romper en parte con su vida anterior al enrolarse en un viaje por África en busca de los paisajes en los que viven en libertad los grandes simios que tan bien conoce. El viaje puede ser una metáfora del regreso a nuestros orígenes para mostrarnos la naturaleza humana, inseparable y apenas distinguible de la animal. Los niños son cachorros, hembras las mujeres y machos los hombres. Dos miembros de la expedición desaparecen, el africano Aymer y la joven Juliette y, mientras el resto espera su regreso, alejado de su civilización, afloran los sentimientos más oscuros, los instintos, las miserias, la naturaleza real de los personajes, sin máscaras, como si la naturaleza salvaje que les rodea del obligase a despertar del sueño. Allí se producen desencuentros, renuncias, desilusiones. «En África el tiempo corre loco o se detiene para siempre». 
Carola Aikin en Mujer perro, nos muestra unos relatos que cabalgan entre lo real y lo fantástico, en los que se pone en evidencia su fascinación por los animales y donde nos presenta mujeres que viven una lucha interior constante entre su deseo irrefrenable y lo que les obliga su educación, la rutina y la sociedad. 
















Mujer perro
Carola Aikin 

Páginas de Espuma, 2012






Mi musa
Yo amo a la mujer de vestido negro y largo que arrastra la corriente, hay algo invencible en ella, en la manera en que se desabrocha los botines, desliza sus medias, zambulle en el lago sus pies desnudos, deliciosos como peces. Tiemblo cuando viene, al final de la noche, sobre su silla de brazos anchos. No puedo resistirme y emerjo desde el lodo profundo para besar las cadenitas de dedos blancos, uñas color perla, siempre tan nerviosos, tan insatisfechos. Sabe que nada puede detenerme cuando, conmigo a su lado, apenas rozando mi lomo, abre su maletín y saca la máquina infernal, y entonces todo gira, giran el agua y el silencio y caen a cientos los folios de papel escrito y emborronado, y yo, monstruo dócil, fascinado, devoro sirenas, montañas, ciudades, pájaros.
Mi musa, en Mujer Perro. Carola Aikin. 

Aire de Dylan, de Enrique Vila-Matas

Creo que fue T.S. Eliot quien dijo que Hamlet era un fracaso artístico por la desproporción que hay entre el príncipe y la obra. Es difícil estar de acuerdo con ese fracaso pero lo cierto es que Hamlet, como personaje, destaca por su inteligencia sobre la propia representación teatral o, como dice Harold Bloom, el fenómeno de Hamlet, el príncipe fuera de la obra, por su carisma y el aura de lo sobrenatural que le rodea, consigue que, como personaje, no haya podido ser superado en la literatura de Occidente. Shakespeare es siempre actual porque nos desvela lo universal de nuestro comportamiento. Su personaje Hamlet juega con el propio teatro, lo utiliza como una máscara más en su poliédrica existencia y nos enseña que es más fácil explicar la realidad, su verdad, a través de la ficción. Vila-Matas en su impecable novela Aire de Dylan rescata todos estos elementos y los trae a nuestros días. De hecho Hamlet está constantemente presente en todo el libro. A pesar de que aquí Vila-Matas se aleja en parte de la intertextualidad a la que nos tiene acostumbrados, no se pueden obviar relaciones muy directas con sus propias obras o las de otros grandes escritores como el fracaso de la relación padre e hijo que ya estaba presente en El Mal de Montano, la memoria heredada de Borges, diversas situaciones kafkianas incomprensibles para los personajes protagonistas, la negación de seguir escribiendo como en Bartleby y compañía o referencias explícitas de La verdadera vida de Sebastian Knight de Nabokov y Oblómov de Goncharov, entre los más evidentes,
El narrador acude a un congreso sobre el fracaso y allí escucha una conferencia de Vilnius, un aspirante a cineasta de gran parecido con Bob Dylan cuyo propósito es recopilar la historia del fracaso, que podría ser la propia historia de la humanidad. El objetivo del joven Vilnius es ser él mismo un ejemplo de fracaso en su conferencia por lo que espera que la sala se quede vacía por abandono de los oyentes. Se siente sólo y fracasado en el sentido kafkiano, pero lejos de conseguir su objetivo, acaba cautivando a uno de los oyentes, el narrador. Vilnius sufre incursiones del fantasma de su padre, Juan Lancastre, un escritor postmoderno de culto, «el último gran moderno», que le presta memoria e imaginación y le revela que en realidad su muerte fue inducida. Aquí la memoria se infiltra en la mente de Vilnius de modo involuntario  mientras que en Borges es una cesión aceptada por el receptor. 
El narrador es un escritor que lleva muchos años haciendo literatura y que sigue tiránicamente las instrucciones que le dicta su horóscopo; pero, igual que le pasaba al de El ruletista, de Cărtărescu, está arrepentido de todo lo que ha escrito y, en su fracaso, decide dejar de escribir hasta que se encuentra con una historia real que le atrapa. Una mudanza le hace coincidir con Vilnius en un barrio de Barcelona (un nuevo Elsinor donde pueden suceder las mismas intrigas, las mismas conspiraciones) y allí conoce las indagaciones detectivescas que han llevado al joven con aire de Dylan hasta Hollywood en busca del origen de una frase supuestamente atribuida a Scott Fitzgerald que le ha marcado existencialmente: «Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien». Vilnius está ahora con Débora, la antigua novia de su padre que guarda un gran parecido con la atractiva Scarlett Johansson y juntos hacen una representación teatral, a la que asiste el narrador, en la que hacen pública, al estilo de Hamlet, la sospecha de que Lancastre ha sido asesinado. La malvada y bella madre de Vilnius, con la que mantiene una relación de odio, dice haber destruido la autobiografía que escribía Lancastre y por eso Vilnius y Débora deciden constituir la “Sociedad del aire” —como homenaje a uno de los ready-mades de Duchamp— y editar una biografía apócrifa escrita por el propio narrador. Ni Vilnius ni Débora, como en Oblomov, paradigma de la desidia y la indiferencia, creen en los valores burgueses del esfuerzo y del trabajo, temen la competitividad y piensan que como creadores no es esencial tener un discurso propio: «No hacemos nada, pero somos imprescindibles». Lancastre, en cambio, con una obra cambiante, huidizo de las grandes certezas ha creado una sólida obra gracias al esfuerzo y al alcohol (en esto último quizás pueda recordarnos a Bukowski). 
El único enemigo de Hamlet es el propio Hamlet como de Vilnius, el propio Vilnius. A lo largo de la novela se puede ver la transformación del personaje que parte de esas diferencias literarias irreconciliables con su padre hasta el encuentro, desde su única certeza inamovible hasta la personalidad múltiple influenciada por las incursiones del padre en su mente y que le provoca un miedo a la realidad. El propio Lancastre tras su muerte ve cómo la personalidad de su alma se vuelva unívoca. Ni siquiera el narrador se ve libre de esta transformación y, al final, su personal biografía se confunde con la de Lancastre de modo simbiótico. De hecho, la mudanza puede interpretarse como una metáfora del cambio, de la necesidad de transformarse para seguir siendo el mismo, como le pasa al propio Bob Dylan. Este cambio se aprecia incluso en aspectos argumentales generales pues si en los primeros capítulos se habla con ironía del postmodernismo, en el último capítulo se vuelve a él hasta mostrarnos abiertamente la cocina de la escritura. El delirante final tiene una atmósfera que evoca a Poe o mejor a Lovecraft, con el que, al parecer, el narrador guarda un cierto parecido. 
Es una novela divertida, irónica, con una mirada escéptica y libre, con personajes empáticos y cargados de humanas contradicciones. De nuevo Vila-Matas, con su buena prosa y sus guiños intertextuales, nos hace disfrutar a todos los amantes de la literatura aunque en esta ocasión de un modo más liviano. 


















Aire de Dylan
Enrique Vila-Matas
Seix Barral. Biblioteca Breve, 2012