Ricardo Reques, Cicatrices

Cicatrices

Durante la tarde y hasta que se cierra la noche el anciano contempla un remanso estancado del arroyo Tarumá que se encuentra tapizado por anchas hojas de equinodorus, una planta acuática de flores blancas, grandes y bellas. Silbidos seguidos de largos silencios se suceden entre las hojas. Son las ranas trepadoras curupí (Hypsiboas curupi), una especie endémica, con una distribución muy reducida, descrita muy recientemente por la ciencia. El anciano observa detenidamente como si el tiempo no corriese. Cantan sobre las hojas y a veces se sumergen. Mientras sus pupilas se adaptan a la oscuridad, se fija en las cicatrices que recorren el dorso de los pequeños machos, tatuajes feroces ocasionados por las espinas de sus contrincantes, que son el testimonio de las terribles luchas por defender el territorio que han elegido para atraer a su pareja. Cuando llega el silencio, el anciano retira con cuidado las hojas de equinodorus en las que se han posado los machos con cicatrices más numerosas y profundas. A la mañana siguiente, extiende las hojas para que se sequen al sol y las recorta cuidadosamente en forma cuadrangular para después coserlas como si fuera un cuaderno. Al cabo de los días, cuando las hojas han tomado un color pardo, sobre su haz pueden verse extraños signos que el anciano puede leer en guaraní. Son breves y hermosos poemas escritos en una lengua de la que se pensaba que no había un sistema de signos. El anciano sabe que las ranas con las heridas más profundas cuentan las historias más desgarradoras y conmovedoras. Esa es la única poesía que conoce.
Ricardo Reques, Cicatrices (incluido, sin título, en La rana de Shakespeare).

https://ricardoreques.blogspot.com/p/la-rana-de-shakespe.html
Ricardo Reques

Evelio Rosero, La peluquera de niños

La peluquera de niños.

La peluquera de niños es una vieja inmensa, de manos enrojecidas por el agua, que huele a cebolla y perejil. Usa un grasiento delantal azul que parece a punto de reventar por la fuerza de sus carnes; su redondez es una pelota descomunal, lenta, mullida, que rebota plácida cuando se sienta en un butaco de madera, en pleno centro de la habitación.
—Ven aquí —dice—. Siéntate en mis rodillas. Se hace tarde.
Tiene una voz ronca, dolorosa, de otro mundo, como acolchada por mordazas. De su delantal ha sacado unas tijeras y un espejo diminuto, y, esgrimiéndolos como dos extrañas armas, vuelve a pedir al niño que se acerque. El niño sigue quieto, en el umbral, contemplando con detenimiento a su alrededor.
—¿Es usted la peluquera? —pregunta—. Mamá me dijo que entrara, que luego vendría por mí.
Los ojos del niño quisieron decir: «Mamá me dejó aquí, y no hay otro camino. Será imposible escapar».
—Como puedes ver —ha dicho como toda respuesta la peluquera— soy una mujer ciega. —Y luego de un silencio mordaz—: ¿No lo habías notado? No soy precisamente una peluquera, pues soy ciega, pero por ese mismo motivo he sido elegida, para que no te duela, ni a mí me duela; aunque me duele, y mucho. Necesito sentarte en mis rodillas, para poder desnudarte. Tu mami es una antigua conocida mía. Somos amigas. Vecinas de barrio. Ella me contó que estás prácticamente vestido de pelos, ¿es cierto?, qué feo, niños o niñas con mucho pelo son feos. Feos. Déjame tocarte. Debes recordar que soy ciega. Ayúdame a verte. Ven ya, o me quejaré con tu mami. La conozco bien. Es una mujer seria. No se anda con vacilaciones.
«Una mujer ciega», se grita por dentro el niño, y se lo repite mil veces: «Mamá me ha dejado con una ciega». Todavía recuerda la voz de su madre, cuando le dijo: «Entra donde la peluquera y déjate peluquear. Yo no tengo tiempo para acompañarte. Entra ya, que no demoro».
Se decide a regañadientes y va donde la peluquera.
Sus rodillas son la silla más blanda que conoció.
—Pero si eres más pesado de lo que yo imaginé —dice ella—, ¿cuántos años tienes?
—Diez.
Ella sonríe, asintiendo. Una de sus infladas manos lo explora en la cabeza.
—Un pelo muy fuerte —dice—. De caballo. Habrá trabajo. —Se ríe—. No intentes matarme, un solo grito mío y ni siquiera tendrás tiempo de apretar en mi cuello.
El niño sufre un vuelco inmediato, un espasmo de fuego dividiendo su vida. ¿Matarla? ¿Y por qué iba a matarla? No se le había ocurrido.
La mano de la peluquera sigue en su cuerpo, es un insecto blando de patas gordas y lentas. Baja por su ombligo. Lo sorprende.
—¡Eh! —se ríe ella, con desparpajo—, no solo tienes pelos de caballo. Estos niños de hoy son prodigiosos. —Suspira con fuerza, reanuda su paseo—. ¿Y tu rostro? Solo lamento que no pueda mirarte. Mis manos no pueden decirme todo sobre tu rostro.
Deja en el piso el espejo y las tijeras. El niño ve los ojos de la ciega, abiertos y quietos. ¿Ciega de verdad? Los ojos palpitan, ¿va a llorar? Imposible: la peluquera sigue sonriéndose, muy suave; parece un lloriqueo amortajado. Acaso mira al niño. Lo mira. Lo está mirando. Y le ha quitado los zapatos y las medias. El pantalón y la camisa. Lo hace con diligencia amodorrante. «Era cierto», piensa el niño, «me ha desnudado.» No puede creerlo, desnudo de pies a cabeza, como si se dispusieran a peluquearlo por entero, por fuera y por dentro, por la mitad hacia arriba y hacia abajo. Los dedos de la peluquera avanzan a la deriva por sobre sus labios, en los contornos blancos de sus pómulos, en la frente lisa y amplia y cálida, casi afiebrada.
—Nunca senté a un niño hermoso en mis rodillas —dice la peluquera con un suspiro—, nunca tuve tan próximo un niño bien hecho, como Dios manda. Y es que no tengo hijos, ¿sabes? Nadie quiso acercarse a mí, por mi gordura. Cuando era niña tenía un amiguito. Ni él sabía que yo era gorda, ni yo lo sabía. Jugábamos al papá y la mamá. A él no le importaba mi ceguera. A mí tampoco. Me bastaba con atraparlo y saber que él se dejaba atrapar; que ese era el juego eterno de nuestro amor. Pero un mal día mis nalgas en su cara lo mataron. Lo asfixié, sin darme cuenta. Pues yo reía, reía de felicidad. Desde entonces ningún amigo me busca. Mis nalgas deben causar miedo. ¿Sientes miedo de mí?
—No —dice el niño con un gemido.
—¿Cómo dices?
—No.
—¿Cómo?
—Que no.
—No te oigo.
—No tengo miedo —miente el niño luego de un silencio de pánico. ¿Por qué su madre lo ha dejado con esta mujer?
—Yo tampoco siento miedo de ti —sonríe la peluquera—. Pero estoy maravillada. Yo, que nunca tuve a nadie hermoso en mis rodillas, ahora tengo un niño bellísimo. Debes saber que los niños que me traen son muy feos, y tontos, no hablan, tienen la cara ancha y usan joroba, babean, más parecen animalitos que niños comunes y corrientes. Los traen porque no hay que volver a llevárselos. Pero esta vez me han traído un niño bellísimo, ¿y por qué? Sabrá Dios. Un niño como el que jugaba conmigo. Idéntico. La misma piel, el mismo susto. Los mismos ojos desconocidos. Y ha entrado él mismo sobre sus propias piernas, nadie tuvo que amarrarlo, todo un hombrecito. Ni un tío, ni un hermano, ni un abuelo compadecido lo han traído cargado hasta mis rodillas, ni por ruego ni por fuerza. Entró él solito, y se dejó quitar los zapatos, primer error. Segundo error: el pantalón y la camisa. Pero qué niño valiente. Y además habla, qué bello es. Yo sé por qué lo digo.
Sus manos vuelven a apoderarse del espejo y las tijeras. Sus ojos lanzan un destello inhóspito, de hielo.
—Este pequeño espejo lo tengo conmigo —dice con un susurro— para que tú mismo te veas sin cabello, y me digas cómo quedaste. Pero antes necesito saber, niño inteligente, cómo eres. De modo que mientras pongo a funcionar las tijeras puedes decirme cómo eres. Yo iré al mismo tiempo verificando tus palabras con mis manos. Veré con mis manos si me estás diciendo la verdad con tus ojos. Entiéndelo. Ningún niño hermoso, nunca un niño de verdad se dejó tocar de mis manos de ciega, y por eso nunca pude comprobar si mis manos podían ver tanto como un buen par de ojos. Si, por ejemplo, con una taza, hubiese tenido la oportunidad de que la taza, o el gato, o el perro, se describieran a sí mismos, podría haberlo confirmado. Pero ni el gato ni la taza ni el perro hablan, de modo que me fue imposible saber si en realidad los gatos y las tazas y los perros eran como mis manos decían.
—¿No es usted la peluquera de niños? —pregunta el niño con espontánea vehemencia—, ahora me acuerdo. Mamá siempre me dijo que tarde o temprano me llevaría con la peluquera de niños. Usted es la peluquera.
—Yo soy, por desgracia —responde la peluquera. Y arroja un suspiro inmenso como ella, un suspiro de fuego que se riega en la cabeza del niño y lo escalofría de incertidumbre. La peluquera prosigue—: Una que otra vez pude palpar un niño de verdad, o una niña: oía sus voces y corría hasta ellos y los atrapaba, con gran dificultad. Pero se ponían a llorar tan pronto yo los abrazaba y esculcaba, como hoy te abrazo a ti, y te esculco. No te enfades. No te muevas. No soy peluquera de profesión. Podría cortarte una oreja, o podría cortarte tú ya sabes. No te enojes. Quieto. Quietecito. Un solo grito mío y viene tu mami, y acaso te peluquea a correazos. Yo la conozco. Alguna vez te dijo que no quería verte vivo, ¿sí o no? Sí, sí, yo lo sé. Nunca me equivoco. Ella misma me lo dijo, sin necesidad de decírmelo, con solo traerte hasta aquí. Igual que muchas otras mamás. Ellas me dicen, sin decírmelo: «Estamos cansadas de este niño, ¿qué hacemos con él? Se porta mal, no parece un hijo. No es de Dios, es del diablo. Ni siquiera podemos dormir. Nos hacen infelices a nosotras, a sus papás, a sus hermanitos». Eso me dicen, sin decírmelo, al traerme a sus elegidos, amarrados, hasta mi puerta. Me los dejan a mí, como un regalo, a mí, que nunca tuve hijos, la peluquera de niños. De modo que te repito: obedece. Quieto. Quietecito. No soy peluquera. Soy cuidadora de puercos. Y no solamente los cuido. Los veo nacer con mis manos. Los amo. Yo misma los engordo, y luego yo misma los mato. Soy una espléndida matarife, dicen, y debo serlo porque soy ciega. Estoy segura que soy capaz de describir un cerdo perfectamente, aunque tampoco los cerdos han podido corroborar la certeza de mis manos. Esta es la mejor oportunidad de mi vida. Un niño inteligente, que hable, que no lance chillidos como los demás niños que he tenido en mis manos, cerditos recién nacidos. Con un niño tan hermoso en mis rodillas, veraz, locuaz, alegre, que sabe hablar, podré soñar con los ojos abiertos. Agradezco al mundo mi ceguera, pues solo por ella las madres cansadas de este lado del mundo depositan en mí la confianza de peluquear por última vez a sus hijos. Qué madres, Dios. Escucho sus lágrimas, sus palabras: «Es que estamos cansadas», me dicen, «Ya no podemos. No alcanza el arroz. Comen por tres, no hacen más que comer y dormir como cocodrilos. » Pero ninguna madre imagina que puedo mirar con mis manos, aunque sea borrosamente. Que puedo ser más madre que ellas. Madre de sus madres y de sus abuelas. Y piensan que no sufro. Pero también sufro. Y siento miedo, y lástima, de los niños que ellas me recomiendan. También tengo sentimientos, y acaso más sentimientos que ellas, aunque sea ciega y cuidadora de puercos. Hoy mi oficio principal es otro, soy peluquera de niños, ¿me oyes? Al fin y al cabo, y esto es un secreto, la carne de los niños finaliza confundida con la carne de los puercos. Niños y puercos desaparecen, no dejan razón. Por eso me respetan en este barrio de Dios. Tengo que peluquearte para que tu madre deje de sufrir tanto porque su hogar está en peligro, con semejante dolor de cabeza, monstruo horrible. Y contigo podré confirmar al fin si mis manos han mirado realmente, o si el mundo ha sido un invento de mis manos. Ya me he tocado mucho a mí misma, y estoy defraudada: tampoco así he podido comprobar nada, pues temo que yo misma me engañe. Pero es ahora, cuando empiezo a peluquearte, que debes empezar a decirme cómo eres. Y luego me dirás cómo quedaste, sin cabellos. Tendrás que explicarme cómo eres y cómo serás. Dime entonces cómo eres.
El niño no dice nada.
—Dime.
—No sé.
—Tú sabes. Dime.
—Soy como cualquier niño —dice el niño, aletargado de calor, hipnotizado, después de una gran pausa de miedo.
—Y cómo es cualquier niño —pregunta la peluquera.
—Como yo soy —responde el niño.
—Y cómo eres —pregunta de nuevo la peluquera, lanzando en otro suspiro otra bocanada de fuego, adormeciéndolo.
—Soy un niño sentado en sus rodillas —replica el niño, con asombro resignado. Siente frío. De pronto se distrae al descubrir un búho, un oscuro búho encaramado a un mueble negro. El búho pestañea al mismo tiempo que él, y eso lo asombra. La luz de la bombilla también parpadea, la penumbra tiembla.
—Tú no me has entendido —lo azuza la peluquera—. Mírate en el espejo. Recuérdate. Acuérdate de cómo eres, por dónde caminan tus ojos, qué dice tu boca. Mira si es cierto lo que dices. —El afán de su voz es otro río de calor.
El niño mira el espejo y se mira.
—Soy como ya he dicho —dice.
La peluquera lo obliga a tomar el espejo en sus manos.
—Sigues sin entenderme —dice—. Eso es imposible. Eres el primer niño de verdad que yo tengo en mis rodillas. No eres un niño a medias, como los que he conocido, mitad cerditos y mitad niños. Tú eres un niño hecho y derecho, un hombrecito; se nota en tu voz. Entiéndeme. Mírate en el espejo. Mira si es cierto lo que me dices. No puedes ser como cualquier otro niño. Para que tu mami te haya traído conmigo tienes que ser un niño distinto, muy peculiar. Solo un niño distinto puede ser tan odiado como para que me lo remitan, Dios mío, dime cómo eres.
El niño devuelve el espejo, desesperanzado.
—Soy como ya he dicho —repite.
—Tu distinción puede ser tu belleza —reflexiona la peluquera, para sí misma—. Acaso eres perverso, de una belleza malvada, y eso lo sabe tu madre.
—No entiendo —dice el niño.
—Puedes hacer un esfuerzo —replica impaciente la peluquera. Y suenan sus tijeras mientras tanto. Después añade, circunspecta, como si tendiera una trampa—: Cómo son tus ojos, por ejemplo.
—Son ojos —dice el niño, casi dormido.
—Escúchame —dice ella—, cómo son tus ojos.
—Son iguales a sus ojos.
—Mis ojos son ciegos. No son ojos. Entiéndeme. Voy a perder la paciencia. Cómo son tus ojos.
—Son dos ojos.
—Cómo son.
—Son ojos.
—¿Solo ojos?
—Negros —se desespera el niño.
—¿Negros? —se desespera la peluquera, y luego, con felicidad—: Cómo es el color negro.
—Es como cuando uno cierra los ojos —replica el niño, cerrando los ojos, ensoñado.
—¿Entonces, si tú cierras los ojos estás ciego? —pregunta ella, y el niño abre los ojos con pánico.
—No —dice.
—No —repite la peluquera—, ya vas entendiéndome. Háblame, por ejemplo, de otros colores. El niño medita unos instantes. Quiere acabar rápido. Si explica algo, si sigue el juego, acaso la peluquera lo dejará en paz, abrirá el candado de sus brazos y le permitirá escapar.
—El color blanco es lo contrario del negro —dice.
—No lo imagino —responde ella—, no puedo imaginarlo.
—Por qué —replica el niño, atónito.
—Porque eso es imposible —replica ella—. Puedes decirme también que el negro es lo contrario del blanco, y sin embargo tampoco lograré imaginar el color negro. Realmente no lo imagino. Ay. Esta conversación nunca la había tenido. No imagino, sobre todo, el color azul, que dicen que es el color de este mundo.
La voz del niño tiembla entre el fastidio y el horror.
—Para qué saber cómo es el azul —pregunta.
—No lo sé —contesta la peluquera con amargura—, seguramente para saber que soy más ciega de lo que soy. Maldita sea la luz. Si no existiera la luz no existirían el azul ni los ciegos.
—Todos seríamos ciegos.
—No. Sencillamente no existiríamos los ciegos. Todos veríamos con las manos. Nos escucharíamos mil veces mejor. Pero bueno. Ahora veo que mis manos jamás podrán ver realmente. Hablan únicamente de formas y texturas, igual que mi nariz solo habla de olores. ¿Cómo exigir más a una nariz? De cualquier forma hoy me siento feliz, te confieso, porque por fin puedo hablar con alguien de colores. Sueños de ciego, por supuesto. ¿Cómo imaginas que sueño? Mis sueños sí son negros. Mis sueños son ruidos que yo puedo tocar. ¿No te ríes? Mis sueños están llenos de perfumes y campanas, de susurros de recuerdos. Eres alguien que me escucha, eres atento, aunque por fuerza. No gritas. No lloras. No me exasperas. No me decepcionas. Y es mejor que sigas atendiéndome, pues de lo contrario yo misma te ajusticiaría ya mismo, con estas tijeras. Te repito que toda mi vida la he pasado matando cerdos y a la hora de la muerte ningún niñito se diferencia de ningún cerdito.
Los cabellos del niño caen alrededor.
Con un suspiro inmenso la mujer muestra ahora una esplendente navaja de barbero; de un mueble cercano ha sacado una vasija de agua tibia y jabón. El delgado vapor del agua enjabonada arrastra un olor de flores, reconcentrado.
—Mamá se tarda —dice el niño—. Creo que debo irme.
—No puedes irte. Ella vendrá por ti, pero solo cuando yo te haya rasurado la cabeza.
El niño entrecierra los ojos. La mujer usa delicada la navaja; sus manos mojadas escalofrían; empiezan a raparle la cabeza. Entonces el niño se contempla a sí mismo, sentado en las rodillas de la enorme peluquera, y él mismo, a su pesar, se ríe de la situación, y, de improviso, obligado por un miedo intempestivo, como si por primera vez decidiera defenderse y acudir a toda una reserva de argucias y cautela, de astucia elemental, le dice por fin a la peluquera, con un hilo de voz, casi al oído:
—Siento que soy como su hijo.
La mujer se estremece sorprendida. Detiene unos instantes su labor, entreabre la boca, sonríe extasiada, se refriega el rostro con las manos como a punto de lanzar un grito de alegría, como si por vez primera escuchara lo que se repitió toda la vida, pero luego suspira y se encoge de hombros y dice, como si reconociera algo que es plenamente natural:
—Es cierto; tú eres mi hijo; y no solo eso, también eres mi hija; y no solo eso, también eres el hombre que nunca pude tener. Te amo por eso tres veces, y quiero agradecer lo que me has dicho. Además, mis manos no han visto ningún asco en tu rostro. Solo amor y nada más. Pero qué digo. Qué estoy diciendo. Ahora terminaré de rasurarte, y después tendremos que despedirnos para siempre.
El búho devuelve la mirada del niño, como si nada más pudiera decir. El niño sigue sin dar crédito.
—¿Va a matarme? —dice, con más curiosidad que espanto.
—¿Tienes miedo de morir? —resopla ella, en voz muy alta.
El niño susurra con apremio:
—No quiero morir. Quiero dormir. —Y luego añade, imbuido de espanto—: Pero usted tiene razón: mamá dijo muchas veces que quería verme muerto.
—En este justo momento debería matarte —dice la peluquera, rozando la oreja del niño—, pero no voy a hacerlo. Ya nunca querré matarte, ni por todo el oro del mundo, porque soy además tu madre y tu esposa y tú eres mi hijo y mi hija y mi hombre. De todas maneras no tienes escapatoria. Si no te mato yo, tu madre se hará cargo.
—¿No puede ayudarme? —se aterra el niño.
—¿Y cómo? Soy una ciega, ¿cómo te protegería? De nada te serviré así.
El niño sabe que debe llorar, que es el tiempo, y no puede. No puede, además, huir, huir corriendo de la peluquera. Ella deja caer la navaja en el suelo. Acerca su nariz al cuerpo del niño. Lo huele con fruición.
—¿Qué fue lo que hiciste para que te trajeran? —pregunta con otra voz, una voz de complicidad—. Cuéntamelo todo.
—No he hecho nada. Nunca hice nada. Solo dormir.
—No te creo.
—Créame.
—¿Nunca hiciste nada a nadie? ¿Ni a un abuelo?
—Nunca.
—¿A una hermanita, a una amiguita, eh?
—Jamás.
—Bueno. Entonces es porque debes tener dos corazones.
—No —grita el niño.
—Sí. Eres bello por dentro. Superior a los hombres.
Y lo huele con más fuerza.
El niño hace un intento por escapar, pero las manos gordas y recias de la peluquera rodean su cintura.
El búho aletea. Sus alas suenan. La luz languidece. La respiración de la mujer trepida, inmensa como ella. Silba. Un cartón cuando se parte.
—Me duele mi corazón —dice ella con un sollozo—. Esto es mucho para mí. —Y añade, con un suspiro—: Maldito seas. Me he enamorado de ti, yo, peluquera de niños, que nunca supe qué era el amor, me he enamorado de ti, yo, que maté al amor con el peso de mis nalgas en su cara, Dios, qué arrepentimiento, él era parecido a ti, él era idéntico. —Y después, con un grito ronco—: Muerde mi oreja hasta la sangre, muérdela, como lo hizo él, sin miedo, hasta exasperarme de amor, él, hasta que tuve que matarlo sentándome en su cara, riéndome de felicidad.
Y, sin esperar a que el niño haga algo, o responda algo, lo besa con fuerza de fuego en los labios, durante un segundo mortal.
El niño ya está derrotado, sin ningún propósito, desmadejado, igual que una marioneta palpitante en las rodillas de la peluquera.
—Si pudiera dormir —dice ella—, soñaría que eres libre y vives conmigo, lejos del pueblo, en un monte que yo conozco. Te regalaría un lechón asado, cada mes. ¿Te gusta el lechón asado?
El niño no responde. Sus ojos contemplan atónitos los ojos de la peluquera, que vuelve a besarlo en la cabeza, el cuello, las mejillas. Durante unos instantes el cuerpo de la peluquera es un frenesí ciclópeo, pero después ella misma parece desesperanzarse de ella, y el niño ve que en sus ojos se enciende la luz, como agua.
—¿Llora? —dice el niño.
—Estoy llorando de arrepentimiento —responde ella. Su voz declina. Se ahoga—. Llorar es el último arrepentimiento.
Su cuerpo se afloja de pronto. El niño se incorpora, pasmado. Su madre acaba de aparecer en la puerta. «Qué sucede —pregunta—, por qué estás desnudo». El niño no logra responder; sus pies pisan sus propios cabellos; la madre se aproxima, lenta al principio, después a la carrera. «¿Te estuvo inventando historias?» pregunta, pisando también los cabellos del niño. El niño sigue sin responder. Solo sabe, solo siente que sus pies pisan sus propios cabellos, y que en ellos, como si en un amplio ataúd, un colchón, la última cama, ha caído blandamente la mujer de carne descomunal. La madre resopla congestionada; agarra al niño de las manos. «Qué le hiciste» pregunta, «qué le hiciste a la peluquera, yo te conozco muy bien». El niño y el búho, al tiempo, contemplan a la peluquera: impávida, de madera, una sonrisa se aquieta en sus labios. Sueña seguramente que el niño es libre. Que vive con ella. Que ella le regala un lechón.

Evelio Rosero, La peluquera de niños (Cuentos completos).

https://es.wikipedia.org/wiki/Evelio_Rosero
Evelio Rosero

Bertolt Brecht, Los chinos corteses

Los chinos corteses.

Con su habitual cortesía, los chinos rindieron a su gran sabio Lao-Tse el mayor homenaje que ha tributado pueblo alguno a sus maestros, inventando la siguiente historia: Desde su juventud había instruido Lao-Tse a los chinos en el arte de vivir, y de viejo abandonó el país porque la insensatez cada vez mayor de la gente le hacía difícil la vida. Puesto ante la alternativa de soportar la irracionalidad colectiva o de hacer algo contra ella, abandonó el país. Al llegar a la frontera le salió al paso un funcionario de aduanas y le pidió que escribiera sus doctrinas para él, el aduanero; y Lao-Tse, por miedo a parecer descortés, complació su deseo. Anotó las experiencias de su vida en un breve libro destinado al aduanero, y solo cuando lo hubo concluido abandonó su tierra natal. Con esta leyenda explican los chinos el surgimiento del libro Tao-te-king, cuyas doctrinas rigen hasta hoy sus vidas.

Bertolt Brecht, Los chinos corteses.

https://es.wikipedia.org/wiki/Bertolt_Brecht
Bertolt Brecht

Franz Kafka, Una mujercita

Una mujercita.

Es toda una mujercita; aunque muy delgada, suele además usar un corsé ajustado; la veo siempre con el mismo vestido gris amarillento, algo así como el color de la madera, adornado discretamente con borlas en forma de botón, de igual color; siempre sale sin sombrero, el rubio cabello opaco y lacio es ordenado, pero también muy suelto. Aunque está encorsetada se mueve con agilidad, y a veces exagera esa facilidad de movimiento; le gusta llevarse las manos a la cintura y girar el torso hacia uno u otro lado, con asombrosa rapidez. Apenas puedo dar una ligera idea de la impresión que me causa su mano, si digo que jamás he visto una cuyos dedos estén tan agudamente diferenciados entre sí como la suya; y sin embargo no presenta ninguna peculiaridad anatómica, es completamente normal.
Ahora bien, esta mujercita está muy descontenta conmigo, siempre tiene algo que objetarme, siempre cometo toda clase de injusticias con ella, cada paso mío la irrita; si la vida pudiera cortarse en trozos infinitesimales y cada pedacito pudiera ser juzgado, estoy seguro de que cada partícula de mi vida sería para ella motivo de disgusto. A menudo he pensado en eso: ¿por qué la irrito tanto? Podría ser que todo en mí ofendiera su sentido de la belleza, su idea de la justicia, sus costumbres, sus tradiciones, sus esperanzas; hay naturalezas humanas muy incompatibles, pero ¿por qué se preocupa tanto por eso? No hay en verdad ninguna relación entre nosotros que la obligue a soportarme. Debería decidirse a considerarme un perfecto desconocido, lo que en realidad soy, teniendo en cuenta que semejante decisión no me molestaría, más bien se la agradecería mucho, sólo debería decidirse a olvidar mi existencia, una existencia que nunca quise obligarla a soportar, y jamás querré; y evidentemente, todos sus tormentos terminarían. Hago total abstracción de mis sentimientos y no tengo en cuenta que su actitud también es para mí, naturalmente, muy dolorosa, y no lo tengo en cuenta porque reconozco perfectamente que mis molestias no son nada al lado de sus sufrimientos. De todos modos, siempre he sabido que esos sufrimientos no son causados por el afecto; no le interesa en absoluto mejorarme, y además todo lo que en mí le desagrada es justamente lo que menos puede impedirme mejorar. Pero tampoco le importa que yo progrese, solamente le importan sus intereses personales, que consisten en vengarse de los sufrimientos que le provoco, e impedir los sufrimientos con que pueda volver a amenazarla. Ya una vez intenté indicarle la mejor manera de poner fin a este resentimiento perpetuo, pero sólo logré suscitar en ella tal arrebato de furor, que nunca más repetiré esa tentativa.
Además, esto representa para mí, si así puedo decirlo, cierta responsabilidad, porque por menos intimidad que haya entre la mujercita y yo, y por más evidente que sea que la única relación existente es la irritación que le produzco, o más bien la irritación que ella permite que yo le produzca, no por eso puedo sentirme indiferente ante los visibles perjuicios físicos que le produce. De vez en cuando, y estos últimos tiempos más a menudo, me llegan informes de que esa mañana amaneció pálida, insomne, con dolor de cabeza y casi incapacitada para el trabajo; esto hace que sus familiares se pregunten perplejos cuál será el origen de esos estados, y hasta ahora no lo han descubierto. Sólo yo lo sé, es la antigua y siempre renovada irritación. Claro que no comparto totalmente las preocupaciones de sus familiares; ella es fuerte y resistente; quien puede enojarse hasta ese punto, puede con seguridad también pasar por alto las consecuencias del enojo; hasta tengo la sospecha de que ella -por lo menos a veces- simula sufrimientos para dirigir hacia mí las sospechas de la gente. Es demasiado orgullosa para decir abiertamente cómo sufre por culpa de mi simple existencia; recurrir a los demás contra mí le parecería rebajarse a sí misma; sólo la repugnancia, una incesante repugnancia que no deja de impelerla, consigue que se ocupe de mí; discutir abiertamente algo tan impuro le parecería demasiada vergüenza. Pero también es demasiado para ella callar constantemente algo que la oprime sin cesar. Por eso prefiere, con astucia femenina, un término medio: callar, y sólo mediante las apariencias exteriores de un sufrimiento oculto, llamar la atención pública sobre el asunto. Tal vez espere, posiblemente, que en cuanto la atención pública fije en mí todas sus miradas, se concrete un rencor general y público, y con todos sus vastos poderes éste consiga condenarme definitivamente, con mucho más vigor y rapidez que sus relativamente débiles rencores privados, entonces se retiraría de la escena, respiraría con alivio y me volvería la espalda. Ahora bien, si estas son realmente sus esperanzas, se engaña. La opinión pública no la sustituirá en su papel; la opinión pública nunca encontraría en mí tantos motivos de reproche, aunque me estudiara a través de su lupa de mayor aumento. No soy un hombre tan inútil como ella cree; no quiero exagerar mis méritos, y mucho menos cuando se trata de este asunto; pero si no llamo la atención por mis condiciones extraordinarias, tampoco la llamo por mi falta de condiciones; sólo para ella, para sus ojos llameantes y casi lívidos de ira, soy así; no podrá convencer a nadie más. Por lo tanto, ¿puedo sentirme por completo tranquilo en lo que a esto respecta? No, tampoco; porque cuando sea realmente de conocimiento público que mi comportamiento está provocando positivamente su enfermedad, y algún observador, por ejemplo mis más activos informadores, estén a punto de advertirlo, o por lo menos adopten la actitud de advertirlo, y la gente venga a preguntarme por qué hago sufrir a esta pobre mujercita con mis acciones incorregibles, o si tengo la intención de llevarla a la tumba, y cuándo llegará el momento de mostrarme más sensato y de demostrar suficiente compasión para poner fin a todo eso; cuando la gente me haga esta pregunta, me costará bastante responder. ¿Confesaré francamente que no creo en sus síntomas de enfermedad, lo que producirá la desagradable impresión de que para librarme de mi culpa culpo a otro, y justamente de una manera tan poco galante? ¿Y cómo podría decir abiertamente que yo, aun cuando creyera que ella está realmente enferma, no siento un poco de compasión, que la mujer en cuestión es para mí una perfecta desconocida, y que la relación que existe entre nosotros es pura invención de su parte y totalmente inexistente? No digo que no me creerían; más bien ni una cosa ni la otra; no se tomarían el trabajo de dudar; simplemente, se tomaría nota de la respuesta relativa a una mujer débil y enferma, y esto no me haría mucho honor. Tanto con ésta como con cualquier otra respuesta, chocaría inevitablemente con la incapacidad de la gente de impedir, en un caso como éste, la sospecha de una relación amorosa, aunque es más evidente que la luz del día que semejante relación no existe, y que si existiera, se originaría más bien en mí y no en ella, ya que realmente yo sería muy capaz de admirar en esta mujercita la potente rapidez de sus juicios y la infatigabilidad de sus conclusiones, cuando esas mismas cualidades no estuvieran al servicio constante de mi tormento. Pero en todo caso, ella no muestra el menor deseo de llegar a una relación amistosa; en eso es honrada y veraz; en eso reside mi última esperanza; sería imposible que la conveniencia de su plan de campaña la llevara a hacerme creer en una relación de ese tipo, olvidándose de sí misma hasta el punto de cometer una acción semejante. Pero la opinión pública, absolutamente incapaz de sutilezas, seguirá siempre pensando lo mismo en este sentido, y siempre se decidirá en mi contra.
Por lo tanto, lo único que me resta es cambiar a tiempo, antes que intervengan los demás, lo suficiente no para anular el rencor de la mujercita, que es inconcebible, sino por lo menos para dulcificarlo. Y en efecto, muchas veces me he preguntado si me agrada tanto mi estado actual que ya no quiero modificarlo, y si no sería posible provocar en mí algunos cambios, no porque me parecieran necesarios, sino simplemente para calmar a la mujercita. Y he tratado honradamente de hacerlo, no sin fatigas ni problemas; hasta me hacía bien, casi me divertía; logré ciertas modificaciones visibles desde muy lejos, no necesitaba llamar la atención de la mujercita sobre ellas, ya que se da cuenta de esas cosas antes que yo, puede percibir por la expresión de mi cara las intenciones de mi mente; pero no logré ningún éxito. ¿Cómo hubiera podido lograrlo? Su disconformidad conmigo es, como bien lo comprendo ahora, fundamental; nada puede hacerla desaparecer, ni siquiera mi propia desaparición; su furor ante la noticia de mi suicidio sería posiblemente inmenso.
Ahora bien, no puedo imaginarme que ella, una mujer tan aguda, no comprenda todo esto tan bien como yo, no comprenda tanto la inutilidad de sus esfuerzos como mi propia inocencia, mi incapacidad (a pesar de la mejor voluntad del mundo) de conformarme a sus requisitos. Seguramente lo comprende, pero como es de naturaleza combativa, lo olvida en el apasionamiento del combate, y mi desdichada manera de ser, que no puedo imaginar diferente porque me pertenece de nacimiento, consiste justamente en susurrar suaves consejos a quien está enfurecido. De este modo, naturalmente, no llegaremos jamás a entendernos. Día tras día saldré de la casa con mi habitual alegría matutina, para encontrarme con ese rostro amargado, con la curva desdeñosa de esos labios, la mirada investigadora (y ya antes de investigar, segura de lo que encontrará) que me explora y a la que nada escapa, sea cual sea su brevedad, la sonrisa sarcástica que abre surcos en sus mejillas adolescentes, la mirada lastimera elevada hacia el cielo, las manos que se plantan en las caderas, para reunir más aplomo, y luego, el temblor y la palidez de la ira al estallar.
No hace mucho —y por primera vez, como advertí asombrado entonces— mencioné algo de este asunto a un buen amigo mío, sólo de pasada, sin darle importancia; con sólo dos palabras le hice un rápido resumen de la situación; tan poca cosa me parece cuando la contemplo desde afuera, que hasta llegué a reducir un poco sus proporciones. Inesperadamente, mi amigo no se desinteresó de la cuestión, sino que por cuenta propia le dio más importancia que yo, no quería cambiar de tema, e insistía en discutirlo. Más inesperado aún fue que él, a pesar de todo, subestimara el problema en uno de sus aspectos más importantes, porque me aconsejó seriamente que me alejara por un tiempo, que viajara. Ningún consejo podría ser más incomprensible; la situación es bastante clara, cualquiera que la estudie de cerca puede llegar a comprenderla perfectamente, pero no es sin embargo tan simple que una simple partida la solucione del todo, o por lo menos en una parte. Nada de eso, tengo que cuidarme mucho de no alejarme; porque si me decido a seguir algún plan, éste debe consistir esencialmente en mantener el asunto dentro de los reducidos límites que hasta ahora ha tenido, no dejar penetrar en él al mundo exterior, o sea quedarme tranquilo donde estoy, y no permitir que el asunto ocasione ningún cambio considerable e importante, lo que significa no hablar con nadie de la cuestión; pero todo esto no porque se trate de un peligroso misterio, sino porque es una cuestión desdeñable, puramente personal, y como tal indigna de tanta atención; y porque no debe dejar de serlo. Por eso las observaciones de mi amigo no fueron totalmente inútiles; no me revelaron nada nuevo, pero fortificaron mi primitiva resolución.
En efecto, si se lo considera atentamente, las modificaciones que con el correr del tiempo parece haber sufrido este asunto, no son modificaciones del tema en sí, sino tan sólo un desarrollo de mi actitud ante él, una indicación de que esta actitud se ha vuelto por una parte más tranquila, más viril, más cerca del fondo de la cuestión, y por otra parte, bajo la incesante influencia de estos continuos sobresaltos, por insignificantes que parezcan, ha provocado cierta alteración de mis nervios.
Este asunto me preocupa menos que antes, porque comienzo a creer que comprendo que por más cerca que hayamos creído encontrarnos de una crisis decisiva, es muy poco probable que ésta ocurra; se está predispuesto a calcular con demasiado apresuramiento, en especial cuando se es joven, la rapidez con que se producen las crisis decisivas; cada vez que mi pequeño juez femenino, debilitado por culpa de mi mera presencia, se dejaba caer de costado en una silla sosteniéndose con una mano sobre el respaldo, y aflojándose los lazos del corpiño con la otra, mientras lágrimas de furor y desesperación corrían por sus mejillas, yo creía que el instante de la crisis había llegado, y que de un momento a otro me vería obligado a dar explicaciones. Pero nada de momento decisivo, nada de explicaciones, las mujeres se desvanecen con facilidad, la gente ni tiene tiempo de ocuparse de sus manías. ¿Y qué sucedió realmente durante todos estos años? Muy simple: estas situaciones se repitieron, a veces más violentamente, a veces menos, y que en consecuencia su suma total ha aumentado. Y la gente acecha en torno, deseosa de intervenir, si pudieran descubrir una oportunidad que se lo permitiera; pero no encuentran ninguna, hasta ahora se han visto obligados a reducirse a lo que podían olfatear en el ambiente, y bastante había como para mantenerlos ampliamente ocupados, pero allí terminaba todo. Pero siempre ha sido fundamentalmente así, siempre existieron esos inútiles espectadores y esos olfateadores, que excusaban su presencia con pretextos ingeniosos, con preferencia de parentesco, siempre espiando, siempre olfateando toda clase de pistas, pero la consecuencia de todo esto es simplemente que allí están todavía. La única diferencia consiste en que poco a poco he llegado a conocerlos, y a distinguir sus caras; en otros tiempos, yo creía que acudían paulatinamente de todas partes, que las repercusiones del asunto aumentaban y provocarían por sí solas la crisis definitiva; hoy creo saber que todos ésos estaban aquí desde mucho antes, y que la crisis definitiva poco o nada tiene que ver con ellos. Y esa crisis ¿por qué la dignifico con un nombre tan pomposo? Suponiendo que algún día -que no será seguro mañana ni pasado mañana ni probablemente nunca- ocurriera que la opinión pública se interesara en este asunto, lo que insisto en repetir, no le compete, no saldré seguramente indemne de dicho proceso, pero también es indudable que tendrán en consideración el hecho de que la opinión pública no le desconoce totalmente, y que hasta ahora siempre he vivido a la plena luz, confiado y digno de confianza, y que esta insignificante y desdichada mujercita, recién llegada a mi vida, a quien, hago notar de paso, otro hombre habría considerado hace mucho como insignificante y, sin llamar en lo más mínimo la atención de la opinión pública, la habría aplastado bajo sus pies; esta mujer, en el peor de los casos, sólo podría agregar un odioso adorno al diploma que desde hace tiempo me certifica ante la opinión pública como miembro respetable de la sociedad. Así están actualmente las cosas, de modo que no tengo muchos motivos de preocupación.
El hecho de que con los años yo haya llegado a sentirme un poco inquieto no tiene nada que ver en realidad con el significado esencial del asunto; es simple: es insoportable ser el constante motivo de ira de otra persona, aun cuando se sabe perfectamente que esa ira es infundada; uno se siente inquieto, se empieza, de una manera puramente física, a eludir las crisis decisivas, aun cuando honradamente no crea demasiado en su posibilidad. Además, esto representa en cierta forma un síntoma de envejecimiento; la juventud lo mejora todo; las características desagradables se pierden en la fuente de vigor inagotable de la juventud; si una persona tiene mirada astuta cuando es joven no se considera un defecto, ni siquiera se advierte, ni siquiera él mismo lo advierte; pero lo que perdura en la vejez son restos, todo es necesario, nada se renueva, todo está expuesto a examen, y la mirada astuta de un hombre que envejece es francamente una mirada astuta, y no es difícil reconocerla. Sólo que tampoco en este caso constituye un empeoramiento real de su condición.
Por lo tanto, de cualquier ángulo que se lo considere resulta evidente, y a esa evidencia me atengo, que si consigo mantener este pequeño asunto bajo control, aun sin esforzarme, todavía podré seguir viviendo durante mucho tiempo la vida que hasta ahora he vivido, imperturbado por el mundo, a pesar de todos los arrebatos de esta mujer.

Franz Kafka, Una mujercita.

https://es.wikipedia.org/wiki/Franz_Kafka
Franz Kafka

Vicente Huidobro, La joven del abrigo largo

La joven del abrigo largo.
Cruza todos los días la plaza en el mismo sentido.
Es hermosa. Ni alta ni baja, tal vez un poco gruesa. Grandes ojos, nariz regular, boca madura que azucara el aire y no quiere caer de la rama.
Sin embargo, tiene un gesto amargado y siempre lleva un abrigo largo y suelto. Aunque haga un calor excepcional. Esta prenda no cae jamás de su cuerpo. Invierno y verano, más grueso o más delgado, siempre el sobretodo como escondiendo algo. ¿Es que ella es tímida? ¿Es que tiene vergüenza de tanta calle inútil?
¿Ese abrigo es la fortaleza de un secreto sentimiento de inferioridad? No sería nada raro. Por eso tiene un estilo arquitectónico que no sabría definir, pero que, seguramente, cualquier arquitecto conoce.
Tal vez tiene el talle muy alto o muy bajo, o no tiene cintura. Tal vez quiere ocultar un embarazo, pero es un embarazo demasiado largo, de algunos años. O será para sentirse más sola o para que todas sus células puedan pensar mejor. Saborea un recuerdo dentro de ese claustro lejos del mundo.
Acaso quiere sólo ocultar que su padre cometió un crimen cuando ella tenía quince años.
Vicente Huidobro, La joven del abrigo largo.


Vicente Huidobro

Charles Bukowski, Deje de mirarme las tetas, señor

Deje de mirarme las tetas, señor.

Big Bart era el tipo más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste y se había acostado con mayor variedad de mujeres que cualquier otro tipo en el Oeste. No era aficionado a bañarse ni a hablar mierda ni a ser segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o se hubiese acostado con más mujeres, o matado más hombres blancos.
Big Bart era grandioso y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado. Su deber consistía en llevar las carretas sanas y salvas a través de la sabana, tener sexo con las mujeres, matar a unos cuantos hombres y entonces volver al Este por otra caravana. Tenía una barba negra, el roto del culo sucio y radiantes dientes amarillentos.
Acababa de metérsela con fuerza a la joven esposa de Billy Joe mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligó a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. La obligó a decir:
—¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el chocho hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah!
Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena de jamón, frijoles y galletas.
Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné espantoso, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.
—¡Eh, chico! —dijo.
El chico no contestó.
—Te estoy hablando, muchacho…
—Vete a la mierda —dijo el chico.
—Soy Big Bart.
—Vete a la mierda, Big Bart —dijo el chico.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Me llaman «El Chico».
—Mira, Chico, no hay manera de que un hombre atraviese esta tierra de indios con una sola carreta.
—Yo pienso hacerlo.
—Bueno, son tus pelotas, Chico —dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esta mujer con pechos enormes, caderas grandes y hermosas, y ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart y el cuello de pavo de este se puso duro y chocó contra la silla de montar.
—Por tu propio bien, Chico, vendrás con nosotros.
—Que te vayas a la mierda, viejo —dijo el Chico—. No escucho ningún estúpido consejo de un viejo con calzoncillos asquerosos.
—He matado a hombres solo porque pestañeaban —dijo Big Bart.
El Chico escupió al suelo. Luego se rascó los cojones.
—Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.
—Chico —dijo la muchacha asomándose. Se le salió una teta del traje y a un rayo de sol se le puso la polla dura—. Chico, creo que este hombre tiene razón. Solos no tenemos posibilidades contra esos cabrones indios. No seas estúpido. Dile al hombre que nos uniremos al grupo.
—Nos uniremos —dijo el Chico.
—¿Cómo se llama tu chica? —preguntó Big Bart.
—Meloncito —dijo el Chico.
—Y deje de mirarme las tetas, señor —dijo Meloncito— o le voy a sacar la mierda a patadas.
Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. Treinta y siete indios muertos, uno prisionero. Sin bajas norteamericanas. Big Bart se folló por el culo al indio capturado y luego lo contrató como cocinero. Hubo otra escaramuza en Clap Canyon. Treinta y siete indios muertos, uno prisionero. Sin bajas norteamericanas. Big Bart se folló por el culo…
Era obvio que Big Bart estaba interesado en Meloncito. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, más que nada le interesaba ese culo. Una vez se cayó de su caballo mientras la miraba y uno de los cocineros indios se echó a reír. Quedó un solo cocinero indio.
Un día Big Bart mandó al Chico con una partida de caza a matar algunos búfalos. Esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Chico. Subió por el sillín, apartó la cortina y entró. Meloncito estaba agachada en el centro de la carreta, masturbándose.
—Joder, nena —dijo Big Bart—. ¡No lo malgastes!
—Lárgate de aquí —dijo Meloncito sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart—. ¡Lárgate de aquí y déjame hacer mis cosas!
—¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Meloncito!
—Claro que me cuida, estúpido, solo que no tengo bastante. Y ocurre que después del período me pongo muy caliente.
—Escucha, nena…
—¡Vete a la mierda!
—Escucha, nena, observa…
Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo.
Meloncito no pudo apartar los ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo:
—¡No me vas a meter ese condenado aparato dentro!
—Dilo como si de verdad lo sintieras, Meloncito.
—¡NO ME VAS METER ESE CONDENADO APARATO DENTRO!
—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Míralo!
—¡Lo estoy mirando!
—¿Pero por qué no lo deseas?
—Porque estoy enamorada del Chico.
—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento de hadas para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!
—Amo al Chico, Big Bart —dijo Meloncito.
—Y también está mi lengua —dijo Big Bart—. ¡La mejor lengua del Oeste!
La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.
—Amo al Chico —dijo Meloncito.
—Bueno, pues jódete —dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era trabajo de perros meter toda esa cosa; cuando lo consiguió, Meloncito gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás.
ERA EL CHICO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.
—Te trajimos tus búfalos, hijo de puta. Ahora, si te subes los pantalones y sales afuera, arreglaremos el resto…
—Soy la pistola más rápida del Oeste —dijo Big Bart.
—Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá solo un poro de la piel —dijo el Chico—. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito…
Los hombres se sentaron alrededor de la fogata, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una fama infernal. El Chico no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, vació la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Chico.
—Mira, Chico…
—¿Sí, hijo de puta…?
Mira, quiero decir, ¿por qué te encojonas?
—¡Te voy a volar las pelotas, viejo cabrón!
—¿Pero por qué?
—¡Estabas violando a mi mujer, viejo cabrón!
—Escucha, Chico, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Solo somos víctimas del mismo juego.
—No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar! Te llegó el momento.
—Chico…
—¡Aléjate y listo para disparar!
Los hombres en el campamento se tensaron. Una ligera brisa vino del Oeste y olía a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo se acercaba.
Big Bart y el Chico estaban separados 30 pasos.
—Desenfunda tú, pedazo de mierda —dijo el Chico—, desenfunda, viejo violador de mujeres.
Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Meloncito. Se puso el rifle al hombro y apuntó por la mirilla.
—Vamos, violador de mierda —dijo el Chico—. ¡DESENFUNDA!
La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo que cortó el crepúsculo. Meloncito bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Chico estaba muerto en el suelo, con un agujero en la frente. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.

Charles Bukowski, Deje de mirarme las tetas, señor.


https://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Bukowski
Charles Bukowski


Ednodio Quintero, Venganza

Venganza.
Empezó con un ligero y tal vez accidental roce de dedos en los senos de ella. Luego un abrazo y el mirarse sorprendidos. ¿Por qué ellos? ¿Qué oscuro designio los obligaba a reconocerse de pronto? Después largas noches y soleados días en inacabable y frenética fiebre.
Cuando a ella se le notaron los síntomas del embarazo, el padre enfurecido gritó: “Venganza”. Buscó la escopeta, llamó a su hijo y se la entregó diciéndole:
-Lavarás con sangre la afrenta al honor de tu hermana.
Él ensilló el caballo moro y se marchó del pueblo, escopeta al hombro. En sus ojos no brillaba la sed de venganza, pero sí la tristeza del nunca regresar.
Ednodio Quintero, Venganza.

Ednodio Quintero

William Faulkner, Una rosa para Emily

Una rosa para Emily.
Cuando murió la señorita Emily Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.
La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emily, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emily había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.
Mientras vivía, la señorita Emily había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emily fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emily había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emily podría haber dado por buena esta historia.
Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emily por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.
Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.
Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emily, con un deslucido marco dorado.
Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emily entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.
No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.
-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.
-De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?
-Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emily-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero, señorita Emily…
-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la salida a estos señores.

II

Así pues, la señorita Emily venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.
“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la señorita Emily acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.
-¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirmó el juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.
Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:
-Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emily; pero hay que hacer algo.
Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.
-Es muy sencillo -afirmó éste-. Ordenen a la señorita Emily que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace…
-Por favor, señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emily de que huele mal?
Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emily y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emily, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.
Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emily. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emily, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emily ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emily. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.
Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emily y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emily rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.
No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.

III

La señorita Emily estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena…
Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emily en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler…
Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emily tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige– y exclamaban:
“¡Pobre Emily! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emily tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.
Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emily!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de…?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emily!”
Por lo demás, la señorita Emily seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emily!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.
-Necesito un veneno -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cuál quiere, señorita Emily? ¿Es para las ratas? Yo le recom…
-Quiero el más fuerte que tenga -interrumpió-. No importa la clase.
El droguero le enumeró varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?
-Quiero arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea…?
-Quiero arsénico.
El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.
-¡Sí, claro -respondió el hombre-; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.
La señorita Emily continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. El droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emily abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.

IV

Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emily!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emily con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos…
Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la señorita Emily pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emily tenía en Alabama….
De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emily había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emily tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emily había sido….
Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emily para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer….
Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emily por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él….
Cuando vimos de nuevo a la señorita Emily había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven….
Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.
Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emily les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emily fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.
Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emily el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emily pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.
Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.

V

El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emily llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emily yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.
Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emily descansara en su tumba.
Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.
El hombre yacía en la cama.
Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.
Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.

William Faulkner, Una rosa para Emily (Cuentos reunidos). Traducido por Miguel Martínez-Lage.

William Faulkner

Marta Sanz, Las miniaturas de Laura Guerín

Las miniaturas de Laura Guerín.

“Manuel, querido, qué alegría verte. ¿Te ha gustado la charla?, Manuel, Manuel, querido, ¿te encuentras bien?, ¿por qué te encoges? ¡Manuel!”

1. Hace un instante estaba intentado ponerme en su lugar. Iba a pintar una miniatura. Las miniaturas de Laura Guerín se han hecho célebres: una cocinita, un hogarín, un ramito de flores, un bastidorcito para bordar, una cucharilla, una vaginita, un gorrión. Hoy, en esta conferencia, ella, moviendo mucho unas manos engalanadas con anillos de orfebrería, nos ilustraba sobre el empleo del pincel de marta común o sobre las fuentes que la hidratan. “Puvis de Chavannes. Kahlo. Leonora Carrington. Los simbolistas y surrealistas”. Laura se parece a Leonora Carrington como un huevo a una castaña —un símil bien surrealista, por cierto—. Después, Laura confesó sus motivos de inspiración. “Me inspiro en mis sueños. En los mejores”, se abría Laura. Y me preguntaba yo si estaría refiriéndose a sus sueños de mujer dormida o de mujer despierta. “Mis sueños”. Me avergüenzan las palabras de Laura, pero compruebo sin demasiada sorpresa que el público está pendiente de los gestos de mi discípula. Las manos hipnóticas y las pulseras tintineantes. Ella ha encontrado ese punto medio de virtud entre la exigencia y un lugar confortable para sus oyentes. Laura es más lista que los ratones coloraos. Una demagoga. O tal vez esa naturalidad con la que se expresa —tan popular, tan empática— sea sincera y fue a mí al que engañó con sus silencios de alumna aplicada. La que calla otorga. Puede que Laura no me diese exactamente la razón cuando callaba y me miraba con sus ojitos asertivos. Nunca sabré lo que entendía Laura de lo que yo le estaba contando. Quizá, por dentro, me odiaba; o se estaba burlando de mí. Tan solo el sentimiento del odio sería, para mí, soportable.

2. He venido a verla en secreto porque, si ella supiese que soy una de las caritas miniatura del patio de butacas, se pondría nerviosa. Como cuando era una aprendiza: “No, Laura, no pintes cuadros bonitos, no pintes cuadros complacientes. Sueña, Laura, malos sueños”. Yo empleaba el vocabulario de un iluminado. Me recuerdo con túnica, aunque no la usase. Hoy me regodeo en el orgullo de haber instruido a Laura en sus comienzos y algunas veces he creído reconocerla entre las mujeres que venían a una de mis exposiciones o de mis criptocharlas. Pero no. Laura dice: “Me inspiro”. Aunque yo siempre le hablé del valor del trabajo y de que ni Dios ni las musas ni la Virgen de Guadalupe. No al éter ni a ese cordón umbilical luminoso que conecta el ombligo de la artista con la cabeza de los ángeles. “Que sueñes con los arcangelitos”, le deseé una vez a Laura al salir un poco borracho de un bar. No era una despedida, sino una proposición. Se fue corriendo. “Que sueñes con los arcangelitos”. Qué ingenioso. Qué cretino. Desde ese día han podido transcurrir fácilmente más de treinta años.

3. Yo nunca fui un buen miniaturista. No me interesan los espacios pequeños ni los recovecos. Pienso a lo grande y mis pinceladas son épicas. Están sobrecargadas de pintura. Transmiten energía. Son abiertas y nunca se cierran sobre sí mismas. A Laura, sin embargo, le agradan las composiciones circulares. Los capullitos de rosa. Las pescadillas. Los claustros. “La calidez”, me reveló una tarde colocando su mano de lavandera sobre el útero. Retrocedo y voy a proceder con el detalle de un miniaturista para meterme en la piel de Laura. Recuerdo lo que pensé la primera vez que la vi, aunque es posible que no fuese la primera exactamente: “Insignificante”. Insignificante y sin embargo… El “y sin embargo” me obligó a molestarla para comprobar sus reacciones. Traté a mi discípula como una cobaya de laboratorio: “Eres una persona insignificante”. Ella se sonrojó y me dedicó una risa tonta. Se puso a hablar con una amiga. Se ennovió con un compañero de curso. Fingió no prestarme ninguna atención y yo perfeccioné mis artes de seducción, mis ventajas, con otras mujeres menos insignificantes, más inmediatamente mujeres, chicas habladoras que olían a estrellitas de mar, hipocampos, y eran obedientes de un modo distinto al que lo era Laura. Porque, al final, resultó que ella, desde su autismo de los lunes y su rebeldía de los jueves, fue la discípula más obediente de todas.

4. Insignificante. La piel lechosa, la sonrisa fea. Los ojos marrones, el pelo lacio, las manos muy bonitas. “Bonitas” es un adjetivo prohibido, así que sería mejor decir que las manos de Laura eran espirituales y a la vez de trabajadora manual. Las manos de una mujer que repuja el cuero y se corta con el perforador. Me gustaba ver esas manos de lavandera, casi siempre heridas, mientras sujetaban pincelillos minúsculos con los que Laura reproducía El matrimonio Arnolfini sobre la lisura de un canto rodado. No sobre una cabeza de alfiler, porque mi alumna no era una artista del circo. Insignificante. Solo aquellas manos y ese aspecto infantil que no era lolitesco, sino de niña que siempre hace los deberes y huele a goma de borrar. Niña con ojeritas. Niña que no era una niña ni muchísimo menos. Ni nínfula ni hada, aunque puede que yo sí la mirase con ojos de mono. Laura había cumplido ya más de veinte años. Yo salía con estudiantes que tenían también veinte años, pero que parecían mujeres con pasado de tahúras. Me fijaba en Laura, pero no me fijaba. Me habría acostado con ella, pero no me habría acostado con ella. Era lo más parecido a un padre incestuoso. Y ahora creo que tal vez me reprimía porque Laura me daba miedo. La protegía y la echaba a los leones. Un día lloró cuando le dije lo que me parecía uno de sus cuadritos: “Impropio de ti.” Pausa dramática: “O no, disculpa, me he equivocado: es el cuadrito que responde mejor a lo que puedes llegar a hacer”. Luego nunca volví a verla llorar.

5. Con sus discursos Laura alivia la culpa que sufre. Finge sinceridad, autenticidad, eficacia, lo que sea que se transmita a través de un cuadrito —uso el diminutivo sin connotación peyorativa, me refiero literalmente al tamaño de sus piezas—. Decía Laura hace menos de un segundo: “Les ruego me disculpen si no me explico bien, las pintoras no solemos tener mucha facilidad de palabra…”. Fingía mirando sin pudor hacia el centro de los ojos de su público. Laura miente porque ha sido mi alumna y a la fuerza nota los fallos, los lugares por los que su buena voluntad ha mutado en rutinas y resignación. Y, claro, yo me siento responsable de haber puesto ahí esa semillita, aunque también pienso que al final su obediencia era una máscara y ella una fingidora. Con los orgasmos haría lo mismo. Hace un instante me he dado cuenta de que es mucho mejor no haberlo vivido en primera persona. Ni encima ni debajo de Laura. Su corazón se ha transformado en un carbunclo. Qué pobre el horno de su pecho. De ahí ya no pueden salir buenos panes olorosos. Hace un instante Laura se tapaba la cara con la mano: “¿Os importaría, perdón, les importaría que les tutease?… Para mí sería más cómodo. Muchas gracias”. Se me revuelve el estómago. Estoy a punto de vomitar.

6. Se me agria el sabor de la boca con las palabras de Laura: “No pienso demasiado en la línea que voy a trazar. Dejo que la muñeca, la mano, vayan libres. Desde el hombro y el cuello. Desde el punto neurálgico de detrás de las orejas. Donde aprietas y duele.” Laura se mete el dedo en la inserción de la mandíbula con el músculo geniogloso. Conozco perfectamente y de lejos la anatomía de Laura Calavera, miente descaradamente para caer simpática afirmando que su pintura es espontánea y física en una época en que se valora mucho la espontaneidad y lo físico. Pero cómo va a ser física una miniatura. La miniatura es el mundo pequeño. Y la contención y el comedimiento y el miedo a extender las alas y volar. Una exageración al revés. Laura nunca fue talentosa, sino más bien una hormiguita. Debería hacerse valer por esto: “Soy una hormiguita”. Pero a ella no le gusta ese tipo de verdades. No ha aprendido nada. O lo ha aprendido todo demasiado bien. Se vende como una artista única y a la vez de andar por casa. Laura Guerín no estorba. Agrada. “Donde aprietas y duele”, dice. No se lo cree ni ella. La dulce Laura Guerín.

7. Yo ya nunca dicto conferencias. No explico mi trabajo. Tampoco monto exposiciones. He valido y valgo mucho. Perduraré en el tiempo y el espacio sin necesidad de ponerme la escafandra de astronauta. Ha sido un retiro forzoso. Pero estoy tranquilo y a la vez me enfado cuando quienes me aprecian intentan confortarme: “Eres un gran maestro”. Entonces bebo y los cristales de mis gafas se tiñen de una sustancia verde. Laura mueve sus manos anilladas de orfebrería. A lo mejor, cuando acabe de decir chorradas, me descubrirá entre su amable público. Yo le formularé una pregunta —una sola—: “Querida Laura Guerín, ¿sabe usted que es una impostora?”. Ella me responderá: “Por favor, tutéame, maestro. Hemos pasado tantas cosas juntos”. Después se volverá hacia el auditorio: “Todo, todo lo que sé, lo he aprendido de este hombre”. Laura me pellizcará por debajo del puño de la camisa. “Un aplauso para él”. Se habrá producido una especie de magnicidio. Mejor me callo. No me gusta el desenlace previsible de esta escena. Aún no ha sucedido nada. Laura, después de tantas actuaciones en directo, brilla con una luz amable, comprensiva y mayestática. Yo me remeto en mi interior forrado en auténtica piel de nutria. No soporto el tintineo de sus pulseras ni la aparente humildad desde la que comparte su éxito. Sus manos anilladas de orfebrería.

8. Al principio, me hacía gracia comprobar cómo mis palabras salían de la boca de mi discípula. Me gustaba mi papel de ventrílocuo o de mago de la hipnosis. Adiestrador de aves con un sistema fonador que les permite articular ciertas sílabas y ciertas carcajadas. Laura Cuerva. Laura Lora. Laura Cacatúa Argentina. Pero poco a poco, ella guardó mis pensamientos en una caja. Se los apropió y comenzaron a salir de su boca con una textura que era para mí reconocible y completamente ajena. No me veía reflejado en los espejos. Me quedé afónico.

9. Respeto. Cuando Laura se ennovió con un compañero de curso, el chico vino a hablar conmigo. “Profesor, ¿puedo?” No entendía muy bien qué tipo de permiso debía concederle. “¿A usted le importaría?”. Ignoraba qué debía importarme. “Laura”. Me carcajeé: “Alma de cántaro, pero ¿cómo me preguntas esas cosas?”. Al principio, me sentí muy halagado por el respeto que el alumno me mostraba, luego me indigné porque no veía a Laura como algo con lo que él y yo pudiésemos entablar una negociación —¿me había fijado realmente en que Laura se toqueteaba un punto detrás de las orejas?, ¿me había fijado en que a veces se abrillantaba los labios con vaselina?, ¿me había fijado?—, luego se me erizaron los pelillos de hombre lobo al percatarme de que quizá se me notaba. Pero ¿qué mierda se me iba a notar?, ¿el exceso de celo de un padre cariñoso?, ¿de un maestro obsesionado con el rendimiento de su alumna?, ¿de un hombre intranquilo porque, en su suma y su resta de conquistas, aquella era la única piel que no había tocado porque era “respetable”?, ¿respetaba a Laura porque no le comería el lóbulo de las orejas, o la despreciaba por eso mismo?, ¿respetaba más a aquellas mujeres a las que les lamía la yugular para morderlas mejor? La situación rozaba el absurdo. Llamé por teléfono a una de las mujeres fatales de la clase y, cuando me la estaba follando, todo se derrumbó. “No, no te preocupes, eso le pasa a cualquiera. ¿Lo intentamos otra vez?”. Qué mujer más voluntariosa. El chaval era un estúpido. Pronto dejó a Laura y yo, para resarcir mis gatillazos y recompensar con monedas muy falsas la comprensión y los contorsionismos de mi mujer fatal, me casé con ella. Le hice un flaco favor. Era una mujer amable y lúcida con la que viví profundamente infeliz.

10. Empezaba a darme cuenta de cómo yo veía a Laura, entre otras razones, porque me inquietaba cómo ella pudiese verme a mí. Le pedí opinión sobre algunas de mis obras: “Excelente”, “No puede estar mejor”, “Deberían llamarte para la Documenta”. Siempre quise pensar que su opinión era sincera, porque no habría podido soportar que no lo fuese. Tampoco entendía por qué me resultaban tan trascendentales las valoraciones de una discípula. De una aprendiz a la que tanto le quedaba por aprender, aunque lo hiciese tan deprisa. “Lo que hace esta chica está muy bien”, sentenciaban catedráticos y doctores. “Se ve que por detrás está tu mano”. Aquellos elogios, igual que hoy mientras miraba a Laura hacer tintinear sus pulseras, me llevaban a confundir la satisfacción con el hurto. Como si mi discípula me hubiese despojado de un abrigo. Yo bromeaba con los otros hombres: “He sido yo quien la ha dibujado así”. Risas generales. Fundido en negro.

11. En mi miniatura mancho la página con la punta de un alfiler tintado, voy al detalle que duele y aprieto como si le clavase a Laura el índice en el agujero de detrás de su orejita. Me acuerdo de que comenzó a preocuparme lo que ella pensara de mí como hombre. No como maestro o artista, sino como hombre. Un hombre deseable. A Laura yo le parecería un viejo, un baboso, un prostático, un flojo rezumante, un ser asexuado. A mi discípula le habría dado asco acostarse conmigo. Esa sospecha, que más bien era una convicción, me bloqueó y me lastimó. Aunque lo cierto era que ella tampoco me gustaba a mí. Piel lechosa, sonrisa amarilla. Sus rótulas eran demasiado prominentes. Como de enferma de fiebres reumáticas. Tal vez, durante mis años de estudiante, copié demasiadas láminas de anatomía femenina. Pinté demasiadas modelos perfectas. Antes de cada encuentro con Laura —en clase, en una tutoría, en una exposición— adquirí la costumbre de echarme el aliento en la palma de la mano. Por lo que pudiese pasar.

12. Cuando Laura eclosionó, pese a los pronósticos favorables, mis colegas no pusieron en duda que eclosionaba no solo porque era mi discípula, sino también mi concubina. Mi niña mimada. Mi amante. Mi enchufada. Olvidaron sus apreciaciones: “Lo que esta chica hace está muy bien”. En un primer momento, decidí que debía protegerla de los maledicentes; después, me aquieté apelando a dos razones: por un lado, Laura Guerín no necesitaba mi paternalismo; por el otro, los comentarios de mis compañeros eran inocentes y festivos. “He sido yo quien la ha dibujado así”. Ella siguió adelante sin comentar nunca nada de nuestro fantasmagórico Kamasutra. A fin de cuentas, hoy la veo mover las manos enjoyadas y hablar con un aplomo que no refleja sufrimiento ni malestar. Ningún trauma que le haya hecho gastar cantidades monstruosas de dinero en psicólogos conductistas o en pastillas para dormir.

13. Me interesaba su aproximación al arte. Al principio, modesta. Luego yo qué sé. Pero en sus inicios, trabajaba con imágenes que a mí no se me habrían ocurrido nunca pero que de algún modo encajaban dentro de mis esquemas estéticos. Intuía que Laura ya venía un poquito enseñada de casa. El barro de su cabeza no era del todo moldeable o alguien ya se había ensuciado las manos con aquel amasijo tan tierno. Pero la ahijé de todas formas y pasamos años mirándonos de reojo. Ella recogía y asimilaba mis observaciones. Sin escepticismo, pero sin virginidad. Yo siempre me esforzaba para encontrar algo interesante que decir. Me concentraba mirando hacia un vacío que quedaba justo por encima del hombro derecho de mi discípula. Sentí algo semejante a la vanidad cuando Laura obtenía algún reconocimiento. Luego, ella perdió el plumón. Desaparecí, raramente respondí a sus invitaciones o a sus muestras de cariño, pero encontré grietas de ratón para entrar y salir con rapidez. Para que ella no me olvidara. Un mensaje por correo electrónico: “No está mal”. “Bueno”. Ella nunca se atrevió a preguntarme lo que yo pensaba de verdad. Hoy, viéndola mover las pulseras, he llegado a temer que no le importase. Yo le mandaba una línea para que sintiera que no podía descuidarse. Su maestro la estaba mirando. La estaba juzgando a través del ojo de la cerradura o por un agujerito. Me ves y no me ves. Puede que esté detrás del biombo o no, pero tú, Laura, no debes despistarte. Vigilo. “No me traiciones”, le advierto cuando me deslizo entre las telillas de su fase REM. Nunca se lo digo en voz alta. Pero ella es consciente de que su libertad de movimientos está limitada. Mientras tanto, me voy de puntillas y aparezco en un night club bebiendo champán y bailando claqué. Me junto con los que no la quieren. Se lo pongo difícil.

14. Joder, Laura, hace un instante te estaba escuchando y no dejabas de decir estupideces. Yo sé que tú eres mejor. Que lo puedes hacer mejor. Pero quién soy yo para darte consejos. Triunfas. Has aprendido a tocar el instrumento y, ahora, mientras estás discurseando, me río de cómo calculas tus respiraciones, el anecdotario, los golpes de efecto de la voz. Esto no sale así de un día para otro. Te has puesto un poco gorda y utilizas un tono afectadillo, como el de las actrices que fueron guapas de jóvenes y ahora se las dan solo de listas. Te has blanqueado los dientes y te has puesto unas gafas que te suavizan el óvalo de cara y esconden la ojerita. El marrón vulgar de tus ojos miopes. Te vendes bien. Te he observado con el mismo detalle con que perfilas tus nimias miniaturas, y me preguntaba hasta qué punto yo, como maestro, soy responsable de esta corrupción tan bonita. De que te hayas convertido en una matrona hábil que pinta acuarelas para decorar los interiores burgueses. Una persona que habla según toque. Hoy aprieto el botón del color y la forma. Hoy pulso la tecla de la exposición de las casitas victorianas. Hoy revisito mis influencias y mis clásicos. Hoy ligo obra y biografía. Hoy exploro mi condición de mujer en el mundo del arte. El cerebro te sopla a través de un pinganillo las vicisitudes y trabajos de Hércules que has padecido por el hecho de ser una mujer que pinta. Una pintamonas, Laura. Alguien que me engañó y que se aprovechó de mí. ¿No te das cuenta? No me cites ni me trates con condescendencia nunca más. “Un aplauso para Manuel”. Ni en tus sueños. Yo no necesito de tus peticiones. Soy el ave fénix. “Insignificante”, a veces la primera impresión es la que cuenta.

Espero que al menos tengas la dignidad de cortarte los muslos con cuchillas. De infligirte un castigo. Yo no lo haré más ni quedándome a tu lado ni yéndome: “No, Laura. Por ahí no podemos seguir”. Tú sola eres ya la emancipada causante de tu estado. Por tu abyecta obediencia y, más tarde, por no prestarme tanta atención como hubieras debido. Te saliste del molde que con tanto amor vacié para ti sin considerar que en tu huida no había liberación. Solo soberbia. Luego cansancio, sobreesfuerzos, destrucciones íntimas que hoy encubres con tus engoladas explicaciones de mujercita triunfadora: “Desde que era pequeña supe que mi manera de comunicarme con los otros era el dibujo…”. Qué mona. Me das pena, Laura. No puedo contener tus dilatados volúmenes, esas tetas monstruosas, dentro del trazo minúsculo de tu minúsculo estilo. El aplauso unánime —el que deja tan satisfechas a las imbéciles como tú— me ha sacado de la ensoñación. Del alivio que iba sintiendo al hablarte como, si otra vez, te estuviera regañando. “Gracias por vuestra compañía”, has dicho mientras hacías una pequeña reverencia llevándote al pecho las enjoyadas manos de marroquinera que se hiere con el perforador. Al final, me miras. Me conoces. Te acercas para abrazarme y a mí me gustaría salir corriendo. Hacerte un desaire. “Manuel, querido, qué alegría verte. ¿Te ha gustado la charla?”. No me puedo mover. Los ojos se me han volteado hacia dentro y son dos piedras blancas que no pueden verte. “Manuel, Manuel, querido, ¿te encuentras bien?”. Me encojo. No soporto el agudísimo tintineo de tus pulseras. “¿Por qué te encoges?”. Lo único que me faltaba es que me salvases la vida. Me llamas Manuel. “¡Manuel!”. Insistes. Me zarandeas. No sé si te lo debería consentir.


Marta Sanz, Las miniaturas de Laura Guerín. (Hombres (y algunas mujeres). Montero, R. (Coord.)). 

Marta Sanz