Ricardo Reques, La almohada de la casa gris

La almohada de la casa gris.
«Los hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las grandes alegrías, y es porque esas penas y esas alegrías vienen embozadas en una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida es esto, la niebla. La vida es una nebulosa».

Miguel de Unamuno, Niebla.
La primera noche reconozco que la usé con cierto reparo, pero enseguida me di cuenta de lo cómoda que resultaba, de lo bien que se adaptaba a mi cabeza para dar cobijo a mi pesar. La había encontrado en unos contenedores que hay junto a la gran casa gris, un lugar que frecuentaba cada vez más porque lograba distraer mis días con algunos libros que rescataba entre revistas y cuadernos que alguien desechaba. 
Al llegar al puente de hierro ―donde nadie me espera―, dejé sobre una piedra un gastado y subrayado ejemplar de Unamuno que había sacado del contenedor de papel y lavé la almohada en la orilla del arroyo frotándola y estrujándola con el detergente verde que aún me quedaba. Después, la dejé secar durante todo el caluroso día al sol. Una de las primeras cosas que aprendí cuando la vida me dio de lado y me convirtió en nómada es que a los mendigos también nos roban; así que ese día, como no podía guardar la almohada mojada en el carrito en el que transporto mis escasas pertenencias, me quedé allí, bajo el puente, con Orfeo a mi lado, observando cómo las hormigas nos hacen creer que trabajan, viendo pasar algunas pocas nubes blancas arropado por el trinar de los gorriones, anotando frases sueltas a modo de versos sin sentido en mi cuaderno, leyendo párrafos al azar del tomo de Unamuno que el anterior propietario tan acertadamente había subrayado con lápiz rojo y midiendo el lento transcurrir de las sombras que van contando las horas. El tejido esponjoso del interior de la almohada, como un cerebro, tarda en secarse. 
Por la noche, el rumor del agua me ayudaba a conciliar el sueño y alejaba de mí algunos miedos como el de no tener apenas recuerdos. Ya no era necesario encender una fogata para calentar mi soledad; la temperatura se mantenía suave por la noche. Aquí, con la brisa en mis sienes no tengo que respirar el aire enrarecido del albergue al que me veo forzado a ir las noches frías de invierno cuando busco algo de calor en un caldo poco sabroso, en el agua templada de las duchas o bajo las gruesas y ásperas mantas de las literas. Nada más tumbarme, después de que Orfeo encontrase acomodo junto a mi costado, noté que no era una almohada cualquiera: sentí cómo aliviaba la presión de mi cuello y me sumergía en una paz de la que no disfrutaba desde hacía mucho tiempo. Ya oigo el respirar de mis propios sueños.
Aquella primera noche me mostró ensoñaciones diferentes a las que solía tener. No tuve duda de que fue aquella almohada la que me hizo vivir, mientras dormía, una vida ajena, infantil y cercana a lo que puede reconocerse como feliz. Fue un sueño lúcido, bien argumentado, sin apenas elementos extraños, como si en lugar de dormir estuviese viendo escenas de un cortometraje donde el niño en el que me había convertido juega alegre con amigos, primos o hermanos. El único elemento reconocible era el jardincito de la casa gris, pero más alegre y cuidado en ese sueño inocente que en la realidad.
Desperté descansado y jovial. Aquella almohada combinaba firmeza y adaptabilidad: apenas sentía el dolor de cervicales al que ya estoy acostumbrado. El sol ya empezaba a calentar y Orfeo tenía las patas empapadas; con la lengua fuera, perseguía a un macho de libélula emperador que delimitaba su territorio con un vigoroso vuelo. Ese día, después de recoger algunos higos maduros que no estaban muy picoteados por los pájaros, volví a trepar por la estructura de hierros cruzados del puente. Sentía el viento en mi nuca y eso me relajaba. Me quedé un rato allí mientras Orfeo, que me cree inmortal, ladraba a una abubilla que pasaba volando junto a él, empequeñecido por la distancia que nos separaba. Orfeo, tenemos que luchar, le grité. Desde allí podía ver la carretera con el fluir de los coches y más allá la monótona y rubia campiña. Sujeto con una mano a una viga de hierro era consciente de que un gesto descuidado podría hacer que todo acabara de una forma rápida, como si solo así, por una vez, pudiera ser dueño de mi destino, ser capaz de borrar el presente… borrar el presente.
Los sueños de las noches siguientes fueron parecidos, aunque protagonizados ahora por un joven más bien tímido al que le gustaba leer, escribir y que, en cambio, no tenía demasiado éxito en el amor. Quizás fueran las novelas que leía las que influían en las expectativas que tenía, en la idealización de lo femenino. Él tiempo es algo que no suele faltarme, esa es una de mis riquezas, y no dejo de dar vueltas a mi desordenada cabeza. Una mañana ―mientras pedía limosna apostado junto a la fachada de una sucursal de un banco del que, creo recordar, no hace mucho era cliente―, me di cuenta de que también las lecturas han influido siempre en mí hasta el punto de modificar por ellas rumbos en mi vida. Ahora, por ejemplo, descubro que un personaje de la novela de Unamuno se llama Rosario, igual, si no me engaña la memoria, que la joven a la que no supe mirar con los ojos de otros hombres y cuyo amor rechacé ―de ella sí tengo el recuerdo nítido de la ternura― y que, probablemente, haya sido la mujer que más me haya querido.
La claridad de los sueños, su continuidad en el tiempo como si fueran capítulos de una misma biografía y el hecho de que en gran parte de ellos apareciera la fachada y el jardín de la casa gris me hizo pensar que, tal vez, estaba siendo el protagonista de un suceso fantástico vinculado a la almohada: la sensación de que a través del sueño estaba viviendo o recordando una vida ajena a mí. Veía una mujer con las manos frías y blancas de pianista, una mujer de carácter, llena de arrojo, con unos ojos garzos dulces, con una misteriosa luz espiritual que despertaba con vehemencia mi deseo. Un temor oscuro me indicaba que, tras el recuerdo difuso de la bella fantasía del amor, mi cerebro escondía el dolor profundo del derrotado, algo que no debía de salir de las espirales de la mente, vislumbrarse desde las circunvoluciones de mi cerebro. Aquello me intranquilizó e hizo que, en las noches siguientes, a pesar de su comodidad, renunciase a usar la almohada. Dejé que Orfeo la utilizase como cama, pero desde el principio noté su rechazo. ¿Soñaría alguna vez que es un hombre, se habrá creído alguna vez persona como yo me he creído perro? Orfeo prefería el duro suelo amortiguado solo por su manta tableada y deshilachada que aquel material sintético tan poroso, transpirable y con alta capacidad de adaptarse a la forma del cuerpo para recuperar en pocos segundos su espacio original cuando desaparece la presión ejercida sobre ella.
Sin embargo, mi curiosidad siempre me ha traicionado y con frecuencia es más fuerte que los más temidos presagios. Solo se puede aprender a soñar soñando, como a vivir viviendo. El protagonista de mis sueños se casó con otra mujer hermosa diferente a la que de veras le amaba como a mí me amó Rosario. ¿Se llamaba realmente así aquella joven cuyo rostro apenas esbozo en mi cabeza? Si por las mañanas vivía con intensidad la lectura de Unamuno, por las noches, bastaba con quedarme dormido para sumergirme en una vida tan real, tan bien escrita, que me inspiraba respuestas más próximas a la ciencia ficción que a la triste cotidianidad de mi situación de mendigo. Me parecía como si aquella almohada fuese una especie de almacén de memoria de su anterior propietario, sin duda alguien que debió de vivir toda su vida en la casa gris. Por eso, una mañana que amenazaba tormenta de verano, acompañado de mi fiel Orfeo, me adentré en el jardín de la casa: las plantas estaban secas, parecía que nadie las cuidaba desde hacía tiempo. Llamé al timbre, pero no salió de él ningún sonido y nadie me abrió. Estuve un rato merodeando, asomándome por las ventanas, viendo que dentro no vivía nadie y que parecían estar de mudanza: cajas de cartón amontonadas, estanterías medio vacías, libros por el suelo ―los libros que alguien amó―, cuadros descolgados… Cuando ya me iba a ir se acercó una vecina y me preguntó qué buscaba allí. Al ver, con mirada perforadora, mi aspecto desaliñado, con la espesa barba blanca tan crecida y mi ropa sucia, me amenazó con llamar a la policía. Le expliqué que solo quería hablar con el dueño de la casa pues creía conocerle desde la infancia. Orfeo estaba algo nervioso, parecía alegre. No paraba de dar vueltas sin dejar de mover la cola, olfateando cada rincón, moviéndose con seguridad de un lado a otro. La vecina me dijo que ya no vivía nadie allí, que el dueño se volvió loco, que desapareció hace un par de años después de que su mujer se fuera con otro hombre y que no ha vuelto a saber de él. De vez en cuando una sobrina de aquel hombre se pasa por allí para recoger el correo, ver si todo sigue en orden y hacer limpieza deshaciéndose de lo que no sirve o está viejo. Su intención es alquilar la casa.
Escribí en mi cuaderno algo sobre la ausencia de justicia en la vida. ¿Acaso alguien sabe lo que es amar, lo que es vivir y cuál es la finalidad de la existencia? El dueño de la casa gris, con una vida acomodada, abandona todo movido por la frustración de un amor agotado y yo aquí ausente, todo despreocupado, acompañado solo por Orfeo ―mi confidente―, sin techo, pero tranquilo a pesar de no saber si mañana podremos comer algo. ¿Acaso alguien sabe lo que es amar, lo que es vivir?
«La vida es una nebulosa». La peor pesadilla es constatar una terrible sospecha, el secreto que tu propio cerebro, como un mecanismo de autoprotección, no se atreve a mostrarte. A veces, los recuerdos difícilmente se abren paso entre la espesa niebla que los envuelve. La última noche, antes de deshacerme de la almohada quemándola para siempre, el otoño parecía haberse adelantado, la niebla se había espesado junto al arroyo, los dedos se me quedaban agarrotados mientras escribía en el viejo cuaderno mi propia historia imaginando un final que pudiera sorprender al posible lector. El suelo estaba frío y el colchón húmedo. El viejo Orfeo no paraba de toser. Me parecía que en toda mi vida no había hecho otra cosa que soñar. Quería volver a ser yo, salir de aquella niebla confusa. Y soñé con él, con Orfeo o con un perro parecido, un cachorro que había llegado a la casa gris para hacer compañía al triste matrimonio acabado. Soñé como si viese una película en el cine, como si leyese una novela que absorbiese todo mi juicio, como si cayese en las redes de la más pura ficción. Entonces ocurrió algo, algo que en los sueños puede ocurrir porque escapan de toda lógica. El hombre soñado se levanta de su sillón preferido: «no me quiere... no me quiere... no me quiere...» y devuelve a la estantería la novela Niebla, tantas veces leída. Se le cae un lápiz rojo, pero no se detiene a recogerlo; en lugar de eso se dirige al zaguán de la casa, se mira al espejo ―no me quiere... no me quiere... no me quiere...― y sale dando un portazo. Su perro, tan parecido a Orfeo, le sigue. Lo terrible, lo que me despertó tembloroso de aquel sueño opresivo, fue ver mi rostro, algo más joven, reflejado en aquel espejo.

Ricardo Reques, La almohada de la casa gris.

Ricardo Reques


Claudia Ulloa, Línea

Línea
Lo primero que encontré hoy al llegar a casa fue la mirada de un extraño que estaba en mi comedor de diario.
—Estaba abierto, por eso entré —le dije, mientras me palpaba el bolsillo derecho buscando la navaja suiza.
No la tenía conmigo.
El miedo me hace sonreír, y sonreí.
Él me devolvió la sonrisa.
Mientras me quitaba el abrigo, pensaba en mi navaja suiza: pensaba que él la podría tener, pensaba en cómo se sentiría hundir una navaja en el cuerpo de otro, pensaba en la sangre o si saldría un líquido amarillo de hundirle la navaja en el hígado.
Me senté con él a la mesa y me ofreció un café.
Vi cómo preparaba el café cuidando cada detalle. Abrió la alacena y buscó las bolsas de café, leyó el tipo de café que era y me preguntó si quería un café negro o un capuchino. Olió los empaques de café, los dejó frente a él por dos segundos y se decidió por el empaque rojo —yo hubiese hecho lo mismo—, hirvió el agua lavando antes la tetera y calentó la leche agitándola perfectamente y sin violencia con un batidor de globo.
Le había pedido un capuchino. Me dio el frasco de canela y se sentó a la mesa, en el sitio que yo suelo ocupar.
Yo bebía el capuchino lentamente y, sentada desde ese sitio que no era el mío habitual, vi mi casa distinta.
—¿Tú no vas a tomar nada?
—No, es que ya he desayunado.
Entonces me fijé que en la cocina había migas de pan sobre la encimera, un vaso —ese tan horrible de payasitos que nunca uso— con restos de jugo de naranja, y la mantequilla estaba aún fuera del refrigerador.
Mientras él bebía el agua yo casi terminaba el capuchino perfecto y observaba la casa desde ese sitio, que nunca había ocupado yo, el sitio de los invitados.
Desde ahí veía todo desde un ángulo distinto. Quizás se veía todo más bonito y puede que haya sido esa la razón por la cual siempre sentaba ahí a mis invitados. No recuerdo bien por qué nunca me senté en este sitio. Cuando uno llega a una casa ocupa de pronto un lugar en la mesa, un lado de la cama, una posición determinada cuando se ducha. Uno no sabe por qué lo hace, solo sucede así, y puede que inconscientemente sea que ocupamos el peor lado porque queremos impresionar a nuestros huéspedes. Vivimos en un mundo de apariencias, aun en nuestra propia casa. Qué jodido.
—Tienes una casa linda —le dije.
—Gracias —sonrió—, pero la verdad es que yo no la he decorado.
Entonces pensé que iba a sacar un cuchillo de cocina y me lo iba a clavar en el estómago diciendo «la casa era tuya, pero ahora yo soy el dueño». Yo sangraría hasta morir y sería como una escena de una película de terror casera.
En lugar de la escena de terror me sirvió más capuchino y me preguntó:
—¿Y cómo te fue hoy?
Le empecé a contar todo lo que había hecho durante el día, y también todo ese rollo de hoy en el trabajo, que a lo mejor y me despedían.
—Bueno, a veces cuando una puerta se cierra otra se abre —me dijo.
Se terminaba de beber el agua mineral y eructó tapándose la boca, pero me pidió disculpas.
Recogió la mesa y miró el reloj. Empezó a preparar la cena. Yo me senté al lado de la ventana y jugaba con el cajón de los cubiertos, abriéndolo y cerrándolo. Ahí había dejado mi navaja suiza y me la guardé en el bolsillo en el momento en que él freía un bistec y cerró los ojos por miedo al aceite caliente.
Mientras cocinaba me contó que era escritor. Dentro de poco publicaría un libro que se llamaría Líneas blancas.
—¿Cocaína?
Se rio y me sentí tonta.
—Todo el mundo escribe sobre cocaína, yo paso.
Me empezó a explicar que el libro se llamaba así pues él había viajado mucho por carretera: manejando camiones o haciendo autostop. Un día se le ocurrió medir las líneas blancas de la carretera en distintas partes y todas eran exactamente del mismo tamaño.
—Incluso fuera del país lo son. Piensa tú: un obrero chino en la China dibuja la misma línea del mismo tamaño, y hace exactamente lo mismo, y puede que al mismo tiempo que un obrero aquí, en la carretera marginal que conduce a la selva.
En su libro él usaba las líneas de la carretera como medida; no usaba kilómetros, sino líneas blancas. Hacía un inventario de líneas y las agrupaba con un tiempo y lugar determinados. Todo esto iba acompañado de una historia, de alguna fotografía o postal y de las hojas de cálculo y diagramas en donde relacionaba las líneas blancas de la carretera con su vida y los años vividos.
Me interesó su libro tanto como me empezó a interesar él. Nos pasamos hablando de su vida y de la mía durante toda la cena. Abrimos una botella de vino y otras más. Al final, ya borrachos, bailamos boleros y terminamos desnudos sobre la alfombra, haciendo el amor.
Al desvestirme, mi navaja suiza cayó al suelo. Él la tomó entre las manos, la abrió, y con el punzón me dejó en la piel un rasguño muy leve, que me mató de placer.
A la mañana siguiente desperté muy tarde. Salí corriendo y llegué atrasada al trabajo. Me despidieron y no me importó.
Volví a casa y él ya no estaba. Me dejó una nota: «Siéntete en tu casa».
Me metí a la ducha y vi la línea que había dejado sobre mi cuerpo. La piel estaba ligeramente roja, como una cremallera. Era una línea larga que iba desde la garganta hasta el pubis y se unía a la línea del sexo.
Me imaginé en una sala de operaciones, abierta como en una autopsia. Pensé en las clases de ciencias con sus ranas, en el pollo que debía deshuesar hoy, en la cremallera que de abrirla dejaría ver mis entrañas vivas y mi corazón latiendo, y pensé, cuando me secaba, en una línea de carretera.
He medido la línea de mi cuerpo y he salido a la calle a medir una de la carretera. Hay muchos camiones que pasan veloces y violentos; tocan la bocina, sobreparan, algunos me miran mientras me levanto la blusa y me tiendo bocabajo, empuñando la cinta métrica que vuela en el aire como una serpentina.

Claudia Ulloa, Línea (Pajarito).

Claudia Ulloa

Samanta Schweblin, Agujeros negros

Agujeros negros.

El doctor Ottone se detiene en el pasillo y, muy despacio al principio, comienza a balancearse sobre las plantas de sus pies, con la mirada fija en alguno de los azulejos blancos y negros que cubren todos los pasillos del hospital, así que el doctor Ottone está pensando. Después toma una decisión, vuelve a entrar al consultorio, prende las luces, deja sobre el sillón sus cosas y busca, entre todo lo que hay en su escritorio, la carpeta de la señora Fritchs, así que Ottone está ocupado con algún tema y se propone encontrar una solución, una respuesta al menos, o derivar ese tema a otro doctor, por ejemplo al doctor Messina. Abre la carpeta, busca una página determinada que encuentra y lee: “…Agujeros negros, ¿me entiende? Usted está acá, por ejemplo, y de pronto está en su casa, en su cama, con el piyama ya puesto, y sabe perfectamente que no ha cerrado el consultorio, ni apagado las luces, ni recorrido lo que tenga que recorrer para llegar a su casa, es más, ni siquiera se ha despedido de mí. ¿Entonces? ¿Cómo puede ser que usted esté en su cama con el piyama puesto? Bueno, eso es un espacio vacío, un agujero negro como le digo, un tiempo cero, como lo quiera llamar, ¿qué más si no?…”
El doctor Ottone guarda la carpeta, recoge sus cosas, apaga las luces, cierra con llave y se dirige hacia el consultorio del doctor Messina, a quien está seguro de encontrar a esa hora. Ottone efectivamente encuentra a Messina pero dormido sobre el escritorio y con una estatuilla en la mano. Lo despierta y le entrega la carpeta de la señora Fritchs. Messina, un poco dormido aún, se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué se ha despertado con una estatuilla en la mano. Con un gesto, Ottone responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone, galleta que Ottone acepta. Messina abre la carpeta.
–Lea la página quince –dice Ottone.
Messina busca, encuentra y lee, todo cuidadosamente, la página quince. Ottone espera atento. Cuando termina su lectura, Ottone le pide una opinión.
–¿Y usted cree en esto, Ottone?
–¿En agujeros negros?
–¿De qué estamos hablando?
Así que Ottone recuerda el vicio de Messina de responder sólo con preguntas y eso lo pone nervioso.
–Hablamos de agujeros negros, Messina…
–¿Y usted cree en eso, Ottone?
–No, ¿Y usted?
Messina abre otra vez su cajón.
–¿Quiere otra galleta, Ottone?
Ottone agarra la galleta que Messina le ofrece.
–¿Cree o no cree? –insiste Ottone.
–¿Yo conozco a esta señora…?
–…Fritchs, la señora Fritchs. No, no creo que la conozca, sólo vino a verme dos veces y es su primer tratamiento.
Alguien toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone reconoce al portero y pregunta:
–¿Qué necesita, Sánchez?
El portero explica con sorpresa que la señora Fritchs espera al doctor Ottone en la sala de ese piso. Messina recuerda al portero que son las diez de la noche y el portero explica que la señora Fritchs se niega a irse.
–No quiere irse, está en piyama, sentada en la sala y dice que no se va si no habla con el doctor Ottone, qué quiere que le haga yo…
–¿Por qué no la trajo, entonces? –pregunta Messina mientras mira la estatuilla.
–¿La traigo acá? ¿A su consultorio? ¿O al del doctor Ottone?
–¿Que le pregunté yo a usted?
–Que por qué no la traje.
–¿No la trajo a dónde, Sánchez?
–Acá.
–¿Dónde es acá?
–A su consultorio, doctor.
–¿Entiende ahora, Sánchez? ¿A dónde tiene que traerla entonces?
–A su consultorio, doctor.
Sánchez se inclina levemente, saluda y se retira. Ottone mira a Messina, la mandíbula de Messina que oprime la fila de dientes superior con la inferior, así que Ottone está nervioso y aún espera una respuesta de Messina, doctor que comienza a guardar sus cosas y a acomodar papeles del escritorio. Ottone pregunta.
–¿Se va?
–¿Me necesita para algo?
–Dígame al menos qué opina, qué cree que conviene hacer. ¿Por qué no la ve usted?
Messina, ya desde la puerta del consultorio, se detiene y mira a Ottone con una leve, apenas marcada, sonrisa.
–¿Qué diferencia hay entre la Señora Fritchs y el resto de sus pacientes?
Ottone piensa en contestar, así que su dedo índice empieza a subir desde donde reposa hacia la altura de su cabeza, pero se arrepiente y no lo hace. Queda entonces el dedo índice de Ottone suspendido a la altura de su cintura, sin señalar ni indicar nada preciso.
–¿A que le tiene miedo, Ottone? –pregunta Messina y se retira cerrando la puerta, dejando a Ottone solo y con su dedo índice que baja lentamente hasta quedar colgado del brazo. En ese momento entra la Señora Fritchs. La señora Fritchs lleva un piyama, celeste, con detalles y puntillas blancas en cuello, mangas, cinto y otros extremos. Ottone deduce que esta señora está en un estado nervioso considerable, y deduce esto por sus manos, que ella no deja de mover, por su mirada y por otras cosas que, aunque comprueban esos estados, Ottone considera que no necesitan ser enumeradas.
–Señora Fritchs, usted está muy nerviosa, va a ser mejor si se calma.
–Si usted no me soluciona este problema yo lo denuncio doctor, esto ya es un abuso.
–Señora Fritchs, tiene que entender que usted está haciendo un tratamiento, los problemas que tenga no se van a solucionar de un día para el otro.
La Señora Fritchs mira indignada a Ottone, rasca el brazo derecho con la mano izquierda y habla.
–¿Me toma por estúpida? Me está diciendo que tengo que seguir dando vueltas por la ciudad en piyama, piyama en el mejor de los casos, hasta que usted decida que el tratamiento está terminado. ¿Para qué pago yo ese seguro médico, a ver?
Ottone piensa en el doctor Messina bajando las escaleras principales del hospital y esto le provoca diversas sensaciones, sensaciones en las que no va a profundizar ahora.
–Mire –dice Ottone con paciencia, empezando a balancearse, lentamente al principio, sobre las plantas de sus pies–, cálmese, entienda que usted está con problemas psicológicos, usted inventa cosas para ocultar otras cosas más importantes. Todos sabemos que usted no pasea en piyama por el hospital.
La señora Fritchs desenrosca pliegues de las puntillas de su camisón, así que Ottone entiende que la charla será larga.
–Siéntese por favor, relájese, vamos a hablar un rato –dice Ottone.
–No, no puedo. Va a llegar mi marido a casa y yo no voy a estar, tengo que volver, doctor, ayúdeme.
Ottone desarrolla rápidamente la primera de las sensaciones postergadas de Messina bajando las escaleras. Aire entrando por las costuras del abrigo, entonces frío, un poco de frío.
–¿Tiene dinero para regresar?
–No, no llevo plata cuando ando en camisón por casa…
–Bueno, yo le presto para que vuelva a su casa y pasado mañana, en el horario que a usted le corresponde, hablamos de estos problemas que tanto le preocupan…
–Doctor, yo le acepto el dinero si quiere, y vuelvo a casa, perfecto. Pero ya le expliqué, sabe, dentro de un rato estoy acá de nuevo, y cada vez es peor. Antes pasaba cada tanto, pero ahora, cada dos o tres horas, zas, agujero negro.
–Señora…
–No, escuche, escúcheme. Me recupero, o sea, vuelvo a donde estaba ¿Cómo le explico? A ver, desaparezco de casa y aparezco en casa de mi hermano, entonces me desespero, imagínese, tres de la mañana y aparezco en piyama, piyama en el mejor de los casos, en el cuarto matrimonial de mi hermano. Entonces trato de volver, ¿Sabe doctor qué sufrimiento? Hay que salir del cuarto, de la casa, todo sin que nadie se de cuenta, tomar un taxi, todo en piyama, doctor, y sin plata, imagínese, convencer al taxista de que le pago al llegar. Y cuando estoy por llegar, zas, fin del agujero y aparezco en casa otra vez.
Ottone aprovecha este tiempo para analizar la segunda sensación de Messina escaleras abajo. Entrada a un auto, ambiente más agradable, alivio al dejar el peso del portafolio en el asiento del acompañante.
–Aparte imagínese, andaba por casa siempre con dinero y un abrigo atado a la cintura del camisón, no sea cosa. Pero ahora no, basta, cuando caigo en agujeros ya no vuelvo. Si igual nunca llego, tomo taxis que casi nunca alcanzan a dejarme donde les pido. No, basta, ahora me quedo donde esté hasta que pase el agujero y listo.
–¿Y cuánto tiempo tardan en pasar estos agujeros negros?
–Y, vea, yo no puedo decirle con exactitud, una vez fui y volví en el momento, sin problema. Y otra estuve en casa de mi madre unas cuántas horas, diga que ahí sé donde están las cosas, preparé unos mates y paciencia, tardó tres horas, doctor, una vergüenza.
Ottone piensa en cuántos minutos ya ha estado la señora Fritchs en el hospital y no obtiene un número definido, quizás cinco, quizás diez, no sabe.
Sánchez toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone pregunta:
–¿Qué pasa, Sánchez?
–Lo busca el doctor Messina.
–Cómo ¿No se fue?
–Sí, se fue, pero al rato estaba acá de vuelta, me parece que el doctor está un poco angustiado, anda a medio desvestir, o vestir, no sé decirle, doctor, y pregunta por usted.
–¿Qué pregunta, Sánchez?
–Si usted está, si puede usted hacerle el favor de ir a verlo. Me parece que está enojado, doctor…
El doctor Ottone mira a la señora Fritchs, señora que rasca con la mano derecha su brazo izquierdo y contesta la mirada de Ottone con un gesto recriminatorio.
–Va a tener que disculparme.
–No, lo acompaño.
–No, hágame el favor, señora, quédese acá. El doctor Messina enojado es ya de por sí todo un problema.
Sánchez acompaña la opinión de Ottone con un movimiento de cabeza y se retira caminando por el pasillo, pasillo que Ottone recorre ahora, unos metros detrás.
Se asoma Messina, minutos después, no sabe bien Messina después de qué, tras el biombo de su consultorio, para descubrir a la señora Fritchs sentada en un sillón. Messina mira su propia mano y se pregunta por qué tiene, otra vez, esa estatuilla. Mira desconcertado el escritorio, el lugar vacío donde la había dejado un rato atrás. Luego mira a la Señora Fritchs y la señora Fritchs, con las manos aferradas a los brazos del sillón, como si fuese a caer hacia o desde algún lado, mira al doctor Messina.
–¿Y usted quién es? ¿Qué hace en mi consultorio?
–El doctor Ottone dijo…
–¿Por qué está en piyama?
–El portero y el doctor Ottone fueron a buscarlo al…
–¿Usted es la señora Fritchs?
–Usted también está en piyama –dice la señora Fritchs mientras observa asustada la estatuilla en la mano del doctor.
Messina verifica su apariencia, plantea mentalmente distintas hipótesis sobre las razones de su propio paradero actual, deja la estatuilla en su lugar y acomoda el cuello de su camiseta hasta que éste queda centrado con respecto al eje del cuello, posición de camiseta que hace de Messina un hombre más seguro.
–¿Usted es la señora Fritchs?
–El doctor Ottone dijo que lo esperara acá.
–¿Yo le pregunté algo sobre Ottone, señora?
–Sí, soy la señora Fritchs, espero al doctor Ottone.
–¿Le parece que éste puede ser el consultorio de un doctor como el doctor Ottone?
–No sé, me parece que no, yo solamente lo espero.
Compara Messina mentalmente la figura de esa señora con la de su mujer y no obtiene ningún beneficio.
–¿Usted es la señora que tiene problemas con los agujeros negros?
–¿Usted no los tiene?
En ese momento Messina comprende algunas cosas, cosas de las que sólo rescata dos como planteos pertinentes. Primero, lo que puede estar pasándole; segundo, que tras la señora Fritchs se esconde una persona de suma inteligencia. Piensa una pregunta para comprobar el segundo planteo:
–¿Por qué espera al doctor Ottone?
–Ottone y el portero fueron a buscarlo a usted al hall ¿Usted es el doctor…?
–¿Messina?
–Eso, Messina, necesito que alguien me ayude.
Messina busca y encuentra sobre su escritorio la carpeta de la señora Fritchs y, de espaldas a esta señora, revisa el contenido, a la vez que relaciona ideas de agujeros negros, gente en piyamas y estatuillas. Pregunta:
–¿Qué cree usted que nos esté pasando?
–A usted no sé doctor, pero a mí nada –responde Sánchez que entra por la puerta y le alcanza un juego de llaves. Messina mira rápidamente el sillón vacío donde un segundo antes estaba la señora Fritchs.
–¿Qué hace acá, Sánchez? ¿No tiene nada mejor que hacer?
Sánchez, brazo extendido hacia Messina con llaves enganchadas al extremo del dedo índice, habla:
–Acá tiene las llaves doctor. Yo me voy.
–¿A dónde se va usted? ¿Dónde está la Señora Fritchs?
–Mi horario termina a las diez, ya son diez y media, yo me voy.
–¿Dónde está la señora Fritchs?
–No sé, doctor, por favor tome las llaves.
–¿Y Ottone? ¿Donde está Ottone?
–Lo está buscando a usted, doctor, yo me voy.
Messina sale de su consultorio sin tomar las llaves y recorre el pasillo de azulejos blancos y negros hasta el hall, donde encuentra a Ottone. Pliega Ottone los dedos de su mano derecha hasta obtener un puño cerrado, sin aire en el interior, para luego forzar estos dedos con la mano izquierda, lo que produce una serie de crujidos en los nudillos, así que Ottone ha visto a Messina, está sumamente angustiado, y le desagrada ver a este doctor, el doctor Messina, a medio vestir, o desvestir, Sánchez no ha sabido decirle y él no alcanza ahora a elaborar una definición correcta.
Messina va a preguntarle algo pero descubre en su propia mano la estatuilla, así que se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué tiene esa estatuilla en la mano. Ottone, con un gesto, responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone. Galleta que Ottone acepta sin preguntarse por qué ambos, Ottone y Messina, ya no se encuentran en el hall, sino en el consultorio del segundo de los doctores mencionados.
Y aunque Messina piensa en decirle algo a Ottone, decide que será mejor no hacerlo y simplemente deja la estatuilla sobre una mesada del hall, porque, en efecto, ya están otra vez en el hall y no en el consultorio del doctor Messina.
–¿Está usted bien? –pregunta Ottone.
–¿Usted cree que yo puedo estar bien en el estado en que me encuentro?
Observa Ottone la camiseta desarreglada de Messina.
–¿Que opina ahora de esto, Messina?
–¿De qué?
–De los agujeros negros.
–¿Dónde está la señora Fritchs?
–Está en su consultorio.
–¿Me está cargando, Ottone? ¿No se da cuenta de que yo vengo de ahí?
Piensa Ottone en algo que no explica, y cuando ve a la señora Fritchs, corriendo, lejos, de un pasillo a otro, propone a Messina ir a buscar a esta señora. Abre grandes los ojos Messina y se acerca a Ottone como quien piensa en contar un secreto. Ottone escucha:
–¿No se da cuenta de que ella sabe?
–¿Que sabe qué cosa?
–¿Por qué cree usted que corre así la señora?
Amaga Ottone un nuevo crujimiento de sus dedos, pero Messina reacciona rápido, toma fuerte su muñeca, y dice:
–¿No se dio cuenta?
–¿De qué?
–¿No se dio cuenta de lo que pasó la última vez que usted crujió sus dedos?
–¿Estuvimos ahí?
–¿En un agujero negro?
–¿Sí?
–¿Hace falta que le responda?
Interrumpe la conversación el sonido de las llaves de la puerta, colgadas del dedo de Sánchez a la altura de la frente de ambos médicos. Sánchez:
–Las llaves, yo me voy.
Propone Messina a Sánchez:
–¿Por qué antes de irse no nos va a buscar a la señora?
A lo que asiente Ottone, contento, y agrega:
–Sí, traiga a la señora y le aceptamos las llaves.
Messina le señala a Sánchez los pasillos por donde, salteadamente, cruza la señora Fritchs, a veces caminando preocupada, a veces con paso presuroso. Da Messina unas palmaditas en la espalda de este Sánchez a quien Ottone sonríe y dice alegre:
–Vaya, Sánchez, vaya y traiga a la señora.
Mira Sánchez hacia los pasillos y ve un par de veces a la señora Fritchs cruzar de una puerta a otra. Luego mira al doctor Messina, al doctor Ottone, deja las llaves sobre la mesada del hall y explica a estos doctores:
–Yo soy el portero, mi turno terminó a las diez. Veo que tienen algunos problemas, pero yo no tengo nada que ver, no sé si me interpretan… –y se retira.
Messina mira las llaves que han quedado al lado de la estatuilla y luego, desesperanzado, mira a Ottone, doctor que a la vez mira a Messina, aunque sus percepciones tienen que ver ahora con otras cosas, cosas como Sánchez bajando las escaleras, Sánchez sintiendo el aire frío de la calle en la cara, Sánchez pensando en que siempre está más desabrigado de lo que debería, y que todo es culpa de su madre que, a diferencia de otras madres, nunca le recuerda las cosas. Piensa entonces Messina en Sánchez subiendo al colectivo ciento treinta y cuatro, ramal dos, o tres, los dos van, y cuando está a punto de pensar en Sánchez abriendo la puerta de su casa, casa lógicamente de este mismo Sánchez, lo que ve es a la señora Fritchs, o mejor dicho, no la ve, o más bien la ve desaparecer ante sus ojos. Entonces dice Messina al doctor Ottone:
–¿Vio eso, Ottone?
–¿Ver qué?
–¿No vio eso?
Ottone está a punto de responder, y este inminente momento se deduce por su dedo índice que, lentamente, comienza a ascender hacia la altura de su cabeza, pero cuando lo hace, cuando este dedo llega a la altura citada y Ottone enuncia sus primeras palabras, entonces este Doctor, el doctor Ottone, se encuentra no con el doctor Messina, sino con Clara, es decir su esposa, en su casa, los dos en piyama.
En un pasillo del hospital, ahora aún más lejos de su consultorio, Messina se pregunta, una vez más, qué hace ahí a esas horas de la noche, a medio vestir, o desvestir, con una estatuilla en la mano y, cuando va a preguntarse eso pero en voz alta, lo que queda ahora es, simplemente, el pasillo del hospital, vacío.

Samanta Schweblin, Agujeros negros (Pájaros en la boca y otros cuentos).

Samanta Schweblin

Guadalupe Nettel, Perséfone

Perséfone
Despertó con la sensación apacible de quien ha dormido muchas horas. Era la primera vez en varios días que no sentía el dolor en la cabeza y eso lo animó a levantarse temprano para aprovechar el domingo. Más tarde iba a llamar a su madre para contarle que su salud estaba mejorando y convencerla de que no valía la pena gastar tanto dinero en aquellos análisis. Pero casi de inmediato, al poner los pies en el suelo, notó que no estaba solo. Junto a él, del otro lado de la cama había una mujer. Estaba de espaldas, con la cara escondida bajo la almohada, el torso descubierto y las piernas bajo la sábana. Lo único que logró saber de ella es que no la conocía. Sin detenerse a pensarlo, salió del cuarto alarmado.
Una vez en el pasillo, las preguntas y las recriminaciones se le echaron encima como gatos enfurecidos. Atravesó el pasillo caminando con torpeza, recogió el periódico que lo esperaba debajo de la puerta, leyó la fecha y el encabezado para dejarlo despues sobre la mesa de la cocina, sin abrirlo siquiera. Lo mejor que podía hacer ahora era calmarse y preparar un café; tomar algunas piezas de ese pan un poco duro que sobraba en la canasta y recordar sin angustia el recorrido de sus últimas acciones, las últimas llamadas por teléfono, el almuerzo en casa de sus padres. No había huecos: el día anterior era un hilo continuo, sin nudos inexplicables, una línea anodina donde no tenían cabida ni su desconcierto ni el par de senos pequeñitos vislumbrados con la poca luz que atravesaba sus cortinas.
Quizá lo más natural habría sido despertarla, disculparse, explicar su reacción, decirle que desde hacía algún tiempo su salud lo traicionaba, sugerir incluso que lo ayudara a reconstruir el encuentro. Pero no se atrevió. Sin terminar la banderilla que había puesto sobre el plato, encendió un cigarro y siguió dando sorbos a su café, amargo como un pequeño castigo. La sinceridad en ese momento hubiera rayado en el insulto, un discurso como aquel tendría regusto a mentira o a cinismo, sobre todo no a lo que espera una persona que se despierta en una cama ajena. Se dijo que las cosas siempre tienen un orden y que quizás era posible recuperarlo, restablecer una red de citas y llamadas por teléfono que ahora no tenía en mente pero que tarde o temprano iba a recordar con imágenes y deducciones. Por un instante volvió a ver los codos puntiagudos, los brazos finos alrededor de la almohada. El recuerdo de su cuerpo le parecía ya difuso, como si en vez de haberla dejado en el cuarto hacía una hora, la hubiera visto años atrás. Sin embargo, de algún modo, la mujer le parecía conocida y esa familiaridad le daba miedo.
Las nauseas volvieron y con ellas el dolor de cabeza. Llevaba semanas incubando un malestar del que no quería saber nada y en el que se negaba a creer, como si la realidad mostrara de repente un aspecto ficticio, una falsa cara o como si él hubiera dejado de pertenecerle. Por la ventana de la cocina, miró la mañana. Un gato caminaba sobre la barda de enfrente. El edificio, comenzado hacía más de cinco años, seguía en construcción. La escena aumentó su sensación de asco. Sin saber cuándo exactamente había empezado a añorar un lugar distinto, con otro cielo, otros árboles, otra barda y otro gato. Esa impresión de desfase lo perseguía incluso en el trabajo. Y ahora la mujer. Tuvo ganas de volver al cuarto y echarla a patadas, qué atrevimiento, amanecer en su cama, qué falta de respeto, pero muy pronto comprendió que no podía. No era capaz de golpear a nadie, al contrario, se sentía totalmente desarmado, indefenso, a merced de cualquiera. Entonces comenzó a tener la sospecha de que ella no dormía. Ahora mismo debía aguardar en el cuarto, saboreando su desconcierto. Sin hacer ruido, habría entrado a su casa como un ladrón y esperado toda la noche para sorprenderlo. ¿Actuaba sola o había sido enviada por alguien? Debía haber alguna pista en la sala, una bolsa, algún saco, un disfraz, un estuche de llaves en la mesita de centro. Se puso a buscar por todas partes pero sin resultado. Vencido por el dolor, se dejó caer sobre el sillón. De algún lugar cercano, quizás un departamento vecino, le llegó el eco de un charleston, casi podía escucharlo. Cerró los ojos, se imaginó bailando. La mujer que había visto en su cama seguía el ritmo perfectamente, como si en vez de acatarlo, dictara el compás a los instrumentos. La imagen era tan real que se asustó y decidió levantarse. Entonces volvió a la cocina para esperarla en la mesa, atrincherado en ese falso desayuno. Cuando despertara, ella sabría qué hacer, de todos modos era la única que conocía la situación y sus antecedentes. Decidió que si no se marchaba pronto -ojalá lo hiciera-le ofrecería un plato de cereal, seguramente menos rancio que el pan de dulce. Iba a llamarla “tú” hasta donde fuera posible, quizás emplearía apelativos cariñosos para ocultar la absoluta ignorancia de su nombre.
¿Por qué tardaba tanto? Eran casi las once y la luz entraba franca por los ventanales de la sala. Aunque lo intentó, no pudo explicar su tardanza sin algún dejo de tragedia o de culpa. Había sido absurdo salir de la cama de esa manera, sin asegurarse primero de que ella estaba bien y dormía sin problemas. De todas formas era innegable que habían pasado la noche juntos, ¿por qué no había aprovechado la intimidad matutina para saber si era necesario preocuparse? De algún lugar igual de cierto y de ficticio que los pechos, que el cabello negro sobre la espalda, le llegó un sentimiento agrio de compasión por la mujer que en cualquier estado de ánimo o de salud -todo era posible ahora- se pondría la ropa sola para irse a su casa bajo aquel domingo hostil y caluroso. Se preguntó si al menos habían pasado un buen rato y trató de averiguarlo olfateando los rastros de la noche sobre la yema de sus dedos, pero en vez de un olor a piel distinguió el tufo a humedad con el que comenzaban siempre las nauseas. Esta vez, sin embargo, pudo controlarlas y no fue necesario precipitarse al cuarto de baño. Entonces decidió abrir la puerta.
Cuando entró en la habitación, la mujer ya no estaba en la cama, pero algo en el aire delataba su presencia. Se recostó un momento sobre la almohada, esperando que pasara el malestar y sobre todo ese olor persistente que lo invadía todo como una marea, como unos brazos delgados y voluptuosos que lo hubieran esperado toda la vida, con paciencia y ahora lo acogieran despacio, con dulzura, conduciéndolo a ese lugar no tan lejano como él había creído siempre, sino increíblemente cerca, para llevarlo a ese domingo soleado del que ya nunca se vuelve. 

Guadalupe Nettel, Perséfone.


Guadalupe Nettel