Diario de invierno, Paul Auster

Auster narrador, se habla a él mismo, a Auster escritor, se sincera consigo mismo y rememora su existencia en un momento en el que comienza a ser consciente de que su vida ha iniciado ya la última etapa, aquella que inevitablemente precede a la muerte. No es la primera vez que el autor aparece en sus obras como personaje pero en este caso se trata de un libro autobiográfico donde incluye confesiones y se desnuda con las palabras. La vida siempre ocurre dentro de uno mismo pero con la introspección, con la forma de mirarnos a nosotros mismos y tamizarla a través de las palabras escritas, se convierte también en una forma de ficción. Un escritor no deja de hacer ficción ni siquiera cuando intenta reflejar su realidad del modo más fiel. Quizás el precedente más directo en su obra sea La invención de la soledad, publicado en 1982, donde habla abiertamente de la muerte de su padre y de su intención de retener en las páginas algo de su memoria para evitar que desaparezca. Aquí su madre, fallecida más recientemente y mucho más significativa en su vida, cobra mayor protagonismo. Paul Auster nos habla con humildad de las cicatrices que la vida le ha rubricado, de las experiencias traumáticas y dolorosas que ha sufrido aunque sean en su mayor parte cotidianas, comunes a otras muchas vidas no escritas. Como él mismo afirma, cuando se han vivido muchos años lo normal es haber estado expuesto a morir estocásticamente en más de una ocasión. Nos desvela los años de cierta penuria por los que pasó hasta poder vivir de la escritura que era lo que más deseaba. A los 31 años, tras un periodo luctuoso, pensaba que jamás podría volver a escribir pero esas inseguridades, igual que las de su adolescencia, las logró superar a veces con tesón y otras, sencillamente, por azar. Podemos leer confesiones abiertas, sorprendentes y muy duras, fracasos vitales, decisiones desacertadas, golpes de suerte. Repasa sus enfermedades, los accidentes sufridos; hace un catálogo de los lugares en los que ha vivido, rememora sus viajes, sus amores. La salud es un tema recurrente en su Diario, tanto desde el punto de vista físico como psíquico, pero también lo social y lo ético. Hay una cierta sorpresa por lo obvio, una perplejidad por la falta de conocimiento de su propio cuerpo como si estuviese formado de elementos que le resultan casi ajenos y relata la multifuncionalidad que pueden tener, por ejemplo, sus propias manos, capaces de hacer desde nobles y amables tareas hasta lo más indecoroso. 
Aunque Diario de inverno está redactado de forma directa, sin ambages, quizás algo fría y también minimalista, eso no evita que seduzca y, en ciertos momentos, consiga una fuerte carga poética y emocional que sobrecoge. Paul Auster ama la vida porque conoce su fragilidad, ama a su mujer y a sus hijos, ama el hogar construido en Brooklyn, en cierto lugar de Park Slope, donde tiene su biblioteca repleta de libros con los que pasa algunas de sus mejores horas.





















Diario de invierno
Paul Auster
Traducción: Benito Gómez Ibáñez
Anagrama, 2012

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