Ricardo Reques, La almohada de la casa gris

La almohada de la casa gris.
«Los hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las grandes alegrías, y es porque esas penas y esas alegrías vienen embozadas en una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida es esto, la niebla. La vida es una nebulosa».

Miguel de Unamuno, Niebla.
La primera noche reconozco que la usé con cierto reparo, pero enseguida me di cuenta de lo cómoda que resultaba, de lo bien que se adaptaba a mi cabeza para dar cobijo a mi pesar. La había encontrado en unos contenedores que hay junto a la gran casa gris, un lugar que frecuentaba cada vez más porque lograba distraer mis días con algunos libros que rescataba entre revistas y cuadernos que alguien desechaba. 
Al llegar al puente de hierro ―donde nadie me espera―, dejé sobre una piedra un gastado y subrayado ejemplar de Unamuno que había sacado del contenedor de papel y lavé la almohada en la orilla del arroyo frotándola y estrujándola con el detergente verde que aún me quedaba. Después, la dejé secar durante todo el caluroso día al sol. Una de las primeras cosas que aprendí cuando la vida me dio de lado y me convirtió en nómada es que a los mendigos también nos roban; así que ese día, como no podía guardar la almohada mojada en el carrito en el que transporto mis escasas pertenencias, me quedé allí, bajo el puente, con Orfeo a mi lado, observando cómo las hormigas nos hacen creer que trabajan, viendo pasar algunas pocas nubes blancas arropado por el trinar de los gorriones, anotando frases sueltas a modo de versos sin sentido en mi cuaderno, leyendo párrafos al azar del tomo de Unamuno que el anterior propietario tan acertadamente había subrayado con lápiz rojo y midiendo el lento transcurrir de las sombras que van contando las horas. El tejido esponjoso del interior de la almohada, como un cerebro, tarda en secarse. 
Por la noche, el rumor del agua me ayudaba a conciliar el sueño y alejaba de mí algunos miedos como el de no tener apenas recuerdos. Ya no era necesario encender una fogata para calentar mi soledad; la temperatura se mantenía suave por la noche. Aquí, con la brisa en mis sienes no tengo que respirar el aire enrarecido del albergue al que me veo forzado a ir las noches frías de invierno cuando busco algo de calor en un caldo poco sabroso, en el agua templada de las duchas o bajo las gruesas y ásperas mantas de las literas. Nada más tumbarme, después de que Orfeo encontrase acomodo junto a mi costado, noté que no era una almohada cualquiera: sentí cómo aliviaba la presión de mi cuello y me sumergía en una paz de la que no disfrutaba desde hacía mucho tiempo. Ya oigo el respirar de mis propios sueños.
Aquella primera noche me mostró ensoñaciones diferentes a las que solía tener. No tuve duda de que fue aquella almohada la que me hizo vivir, mientras dormía, una vida ajena, infantil y cercana a lo que puede reconocerse como feliz. Fue un sueño lúcido, bien argumentado, sin apenas elementos extraños, como si en lugar de dormir estuviese viendo escenas de un cortometraje donde el niño en el que me había convertido juega alegre con amigos, primos o hermanos. El único elemento reconocible era el jardincito de la casa gris, pero más alegre y cuidado en ese sueño inocente que en la realidad.
Desperté descansado y jovial. Aquella almohada combinaba firmeza y adaptabilidad: apenas sentía el dolor de cervicales al que ya estoy acostumbrado. El sol ya empezaba a calentar y Orfeo tenía las patas empapadas; con la lengua fuera, perseguía a un macho de libélula emperador que delimitaba su territorio con un vigoroso vuelo. Ese día, después de recoger algunos higos maduros que no estaban muy picoteados por los pájaros, volví a trepar por la estructura de hierros cruzados del puente. Sentía el viento en mi nuca y eso me relajaba. Me quedé un rato allí mientras Orfeo, que me cree inmortal, ladraba a una abubilla que pasaba volando junto a él, empequeñecido por la distancia que nos separaba. Orfeo, tenemos que luchar, le grité. Desde allí podía ver la carretera con el fluir de los coches y más allá la monótona y rubia campiña. Sujeto con una mano a una viga de hierro era consciente de que un gesto descuidado podría hacer que todo acabara de una forma rápida, como si solo así, por una vez, pudiera ser dueño de mi destino, ser capaz de borrar el presente… borrar el presente.
Los sueños de las noches siguientes fueron parecidos, aunque protagonizados ahora por un joven más bien tímido al que le gustaba leer, escribir y que, en cambio, no tenía demasiado éxito en el amor. Quizás fueran las novelas que leía las que influían en las expectativas que tenía, en la idealización de lo femenino. Él tiempo es algo que no suele faltarme, esa es una de mis riquezas, y no dejo de dar vueltas a mi desordenada cabeza. Una mañana ―mientras pedía limosna apostado junto a la fachada de una sucursal de un banco del que, creo recordar, no hace mucho era cliente―, me di cuenta de que también las lecturas han influido siempre en mí hasta el punto de modificar por ellas rumbos en mi vida. Ahora, por ejemplo, descubro que un personaje de la novela de Unamuno se llama Rosario, igual, si no me engaña la memoria, que la joven a la que no supe mirar con los ojos de otros hombres y cuyo amor rechacé ―de ella sí tengo el recuerdo nítido de la ternura― y que, probablemente, haya sido la mujer que más me haya querido.
La claridad de los sueños, su continuidad en el tiempo como si fueran capítulos de una misma biografía y el hecho de que en gran parte de ellos apareciera la fachada y el jardín de la casa gris me hizo pensar que, tal vez, estaba siendo el protagonista de un suceso fantástico vinculado a la almohada: la sensación de que a través del sueño estaba viviendo o recordando una vida ajena a mí. Veía una mujer con las manos frías y blancas de pianista, una mujer de carácter, llena de arrojo, con unos ojos garzos dulces, con una misteriosa luz espiritual que despertaba con vehemencia mi deseo. Un temor oscuro me indicaba que, tras el recuerdo difuso de la bella fantasía del amor, mi cerebro escondía el dolor profundo del derrotado, algo que no debía de salir de las espirales de la mente, vislumbrarse desde las circunvoluciones de mi cerebro. Aquello me intranquilizó e hizo que, en las noches siguientes, a pesar de su comodidad, renunciase a usar la almohada. Dejé que Orfeo la utilizase como cama, pero desde el principio noté su rechazo. ¿Soñaría alguna vez que es un hombre, se habrá creído alguna vez persona como yo me he creído perro? Orfeo prefería el duro suelo amortiguado solo por su manta tableada y deshilachada que aquel material sintético tan poroso, transpirable y con alta capacidad de adaptarse a la forma del cuerpo para recuperar en pocos segundos su espacio original cuando desaparece la presión ejercida sobre ella.
Sin embargo, mi curiosidad siempre me ha traicionado y con frecuencia es más fuerte que los más temidos presagios. Solo se puede aprender a soñar soñando, como a vivir viviendo. El protagonista de mis sueños se casó con otra mujer hermosa diferente a la que de veras le amaba como a mí me amó Rosario. ¿Se llamaba realmente así aquella joven cuyo rostro apenas esbozo en mi cabeza? Si por las mañanas vivía con intensidad la lectura de Unamuno, por las noches, bastaba con quedarme dormido para sumergirme en una vida tan real, tan bien escrita, que me inspiraba respuestas más próximas a la ciencia ficción que a la triste cotidianidad de mi situación de mendigo. Me parecía como si aquella almohada fuese una especie de almacén de memoria de su anterior propietario, sin duda alguien que debió de vivir toda su vida en la casa gris. Por eso, una mañana que amenazaba tormenta de verano, acompañado de mi fiel Orfeo, me adentré en el jardín de la casa: las plantas estaban secas, parecía que nadie las cuidaba desde hacía tiempo. Llamé al timbre, pero no salió de él ningún sonido y nadie me abrió. Estuve un rato merodeando, asomándome por las ventanas, viendo que dentro no vivía nadie y que parecían estar de mudanza: cajas de cartón amontonadas, estanterías medio vacías, libros por el suelo ―los libros que alguien amó―, cuadros descolgados… Cuando ya me iba a ir se acercó una vecina y me preguntó qué buscaba allí. Al ver, con mirada perforadora, mi aspecto desaliñado, con la espesa barba blanca tan crecida y mi ropa sucia, me amenazó con llamar a la policía. Le expliqué que solo quería hablar con el dueño de la casa pues creía conocerle desde la infancia. Orfeo estaba algo nervioso, parecía alegre. No paraba de dar vueltas sin dejar de mover la cola, olfateando cada rincón, moviéndose con seguridad de un lado a otro. La vecina me dijo que ya no vivía nadie allí, que el dueño se volvió loco, que desapareció hace un par de años después de que su mujer se fuera con otro hombre y que no ha vuelto a saber de él. De vez en cuando una sobrina de aquel hombre se pasa por allí para recoger el correo, ver si todo sigue en orden y hacer limpieza deshaciéndose de lo que no sirve o está viejo. Su intención es alquilar la casa.
Escribí en mi cuaderno algo sobre la ausencia de justicia en la vida. ¿Acaso alguien sabe lo que es amar, lo que es vivir y cuál es la finalidad de la existencia? El dueño de la casa gris, con una vida acomodada, abandona todo movido por la frustración de un amor agotado y yo aquí ausente, todo despreocupado, acompañado solo por Orfeo ―mi confidente―, sin techo, pero tranquilo a pesar de no saber si mañana podremos comer algo. ¿Acaso alguien sabe lo que es amar, lo que es vivir?
«La vida es una nebulosa». La peor pesadilla es constatar una terrible sospecha, el secreto que tu propio cerebro, como un mecanismo de autoprotección, no se atreve a mostrarte. A veces, los recuerdos difícilmente se abren paso entre la espesa niebla que los envuelve. La última noche, antes de deshacerme de la almohada quemándola para siempre, el otoño parecía haberse adelantado, la niebla se había espesado junto al arroyo, los dedos se me quedaban agarrotados mientras escribía en el viejo cuaderno mi propia historia imaginando un final que pudiera sorprender al posible lector. El suelo estaba frío y el colchón húmedo. El viejo Orfeo no paraba de toser. Me parecía que en toda mi vida no había hecho otra cosa que soñar. Quería volver a ser yo, salir de aquella niebla confusa. Y soñé con él, con Orfeo o con un perro parecido, un cachorro que había llegado a la casa gris para hacer compañía al triste matrimonio acabado. Soñé como si viese una película en el cine, como si leyese una novela que absorbiese todo mi juicio, como si cayese en las redes de la más pura ficción. Entonces ocurrió algo, algo que en los sueños puede ocurrir porque escapan de toda lógica. El hombre soñado se levanta de su sillón preferido: «no me quiere... no me quiere... no me quiere...» y devuelve a la estantería la novela Niebla, tantas veces leída. Se le cae un lápiz rojo, pero no se detiene a recogerlo; en lugar de eso se dirige al zaguán de la casa, se mira al espejo ―no me quiere... no me quiere... no me quiere...― y sale dando un portazo. Su perro, tan parecido a Orfeo, le sigue. Lo terrible, lo que me despertó tembloroso de aquel sueño opresivo, fue ver mi rostro, algo más joven, reflejado en aquel espejo.

Ricardo Reques, La almohada de la casa gris.

Ricardo Reques


Claudia Ulloa, Línea

Línea
Lo primero que encontré hoy al llegar a casa fue la mirada de un extraño que estaba en mi comedor de diario.
—Estaba abierto, por eso entré —le dije, mientras me palpaba el bolsillo derecho buscando la navaja suiza.
No la tenía conmigo.
El miedo me hace sonreír, y sonreí.
Él me devolvió la sonrisa.
Mientras me quitaba el abrigo, pensaba en mi navaja suiza: pensaba que él la podría tener, pensaba en cómo se sentiría hundir una navaja en el cuerpo de otro, pensaba en la sangre o si saldría un líquido amarillo de hundirle la navaja en el hígado.
Me senté con él a la mesa y me ofreció un café.
Vi cómo preparaba el café cuidando cada detalle. Abrió la alacena y buscó las bolsas de café, leyó el tipo de café que era y me preguntó si quería un café negro o un capuchino. Olió los empaques de café, los dejó frente a él por dos segundos y se decidió por el empaque rojo —yo hubiese hecho lo mismo—, hirvió el agua lavando antes la tetera y calentó la leche agitándola perfectamente y sin violencia con un batidor de globo.
Le había pedido un capuchino. Me dio el frasco de canela y se sentó a la mesa, en el sitio que yo suelo ocupar.
Yo bebía el capuchino lentamente y, sentada desde ese sitio que no era el mío habitual, vi mi casa distinta.
—¿Tú no vas a tomar nada?
—No, es que ya he desayunado.
Entonces me fijé que en la cocina había migas de pan sobre la encimera, un vaso —ese tan horrible de payasitos que nunca uso— con restos de jugo de naranja, y la mantequilla estaba aún fuera del refrigerador.
Mientras él bebía el agua yo casi terminaba el capuchino perfecto y observaba la casa desde ese sitio, que nunca había ocupado yo, el sitio de los invitados.
Desde ahí veía todo desde un ángulo distinto. Quizás se veía todo más bonito y puede que haya sido esa la razón por la cual siempre sentaba ahí a mis invitados. No recuerdo bien por qué nunca me senté en este sitio. Cuando uno llega a una casa ocupa de pronto un lugar en la mesa, un lado de la cama, una posición determinada cuando se ducha. Uno no sabe por qué lo hace, solo sucede así, y puede que inconscientemente sea que ocupamos el peor lado porque queremos impresionar a nuestros huéspedes. Vivimos en un mundo de apariencias, aun en nuestra propia casa. Qué jodido.
—Tienes una casa linda —le dije.
—Gracias —sonrió—, pero la verdad es que yo no la he decorado.
Entonces pensé que iba a sacar un cuchillo de cocina y me lo iba a clavar en el estómago diciendo «la casa era tuya, pero ahora yo soy el dueño». Yo sangraría hasta morir y sería como una escena de una película de terror casera.
En lugar de la escena de terror me sirvió más capuchino y me preguntó:
—¿Y cómo te fue hoy?
Le empecé a contar todo lo que había hecho durante el día, y también todo ese rollo de hoy en el trabajo, que a lo mejor y me despedían.
—Bueno, a veces cuando una puerta se cierra otra se abre —me dijo.
Se terminaba de beber el agua mineral y eructó tapándose la boca, pero me pidió disculpas.
Recogió la mesa y miró el reloj. Empezó a preparar la cena. Yo me senté al lado de la ventana y jugaba con el cajón de los cubiertos, abriéndolo y cerrándolo. Ahí había dejado mi navaja suiza y me la guardé en el bolsillo en el momento en que él freía un bistec y cerró los ojos por miedo al aceite caliente.
Mientras cocinaba me contó que era escritor. Dentro de poco publicaría un libro que se llamaría Líneas blancas.
—¿Cocaína?
Se rio y me sentí tonta.
—Todo el mundo escribe sobre cocaína, yo paso.
Me empezó a explicar que el libro se llamaba así pues él había viajado mucho por carretera: manejando camiones o haciendo autostop. Un día se le ocurrió medir las líneas blancas de la carretera en distintas partes y todas eran exactamente del mismo tamaño.
—Incluso fuera del país lo son. Piensa tú: un obrero chino en la China dibuja la misma línea del mismo tamaño, y hace exactamente lo mismo, y puede que al mismo tiempo que un obrero aquí, en la carretera marginal que conduce a la selva.
En su libro él usaba las líneas de la carretera como medida; no usaba kilómetros, sino líneas blancas. Hacía un inventario de líneas y las agrupaba con un tiempo y lugar determinados. Todo esto iba acompañado de una historia, de alguna fotografía o postal y de las hojas de cálculo y diagramas en donde relacionaba las líneas blancas de la carretera con su vida y los años vividos.
Me interesó su libro tanto como me empezó a interesar él. Nos pasamos hablando de su vida y de la mía durante toda la cena. Abrimos una botella de vino y otras más. Al final, ya borrachos, bailamos boleros y terminamos desnudos sobre la alfombra, haciendo el amor.
Al desvestirme, mi navaja suiza cayó al suelo. Él la tomó entre las manos, la abrió, y con el punzón me dejó en la piel un rasguño muy leve, que me mató de placer.
A la mañana siguiente desperté muy tarde. Salí corriendo y llegué atrasada al trabajo. Me despidieron y no me importó.
Volví a casa y él ya no estaba. Me dejó una nota: «Siéntete en tu casa».
Me metí a la ducha y vi la línea que había dejado sobre mi cuerpo. La piel estaba ligeramente roja, como una cremallera. Era una línea larga que iba desde la garganta hasta el pubis y se unía a la línea del sexo.
Me imaginé en una sala de operaciones, abierta como en una autopsia. Pensé en las clases de ciencias con sus ranas, en el pollo que debía deshuesar hoy, en la cremallera que de abrirla dejaría ver mis entrañas vivas y mi corazón latiendo, y pensé, cuando me secaba, en una línea de carretera.
He medido la línea de mi cuerpo y he salido a la calle a medir una de la carretera. Hay muchos camiones que pasan veloces y violentos; tocan la bocina, sobreparan, algunos me miran mientras me levanto la blusa y me tiendo bocabajo, empuñando la cinta métrica que vuela en el aire como una serpentina.

Claudia Ulloa, Línea (Pajarito).

Claudia Ulloa

Samanta Schweblin, Agujeros negros

Agujeros negros.

El doctor Ottone se detiene en el pasillo y, muy despacio al principio, comienza a balancearse sobre las plantas de sus pies, con la mirada fija en alguno de los azulejos blancos y negros que cubren todos los pasillos del hospital, así que el doctor Ottone está pensando. Después toma una decisión, vuelve a entrar al consultorio, prende las luces, deja sobre el sillón sus cosas y busca, entre todo lo que hay en su escritorio, la carpeta de la señora Fritchs, así que Ottone está ocupado con algún tema y se propone encontrar una solución, una respuesta al menos, o derivar ese tema a otro doctor, por ejemplo al doctor Messina. Abre la carpeta, busca una página determinada que encuentra y lee: “…Agujeros negros, ¿me entiende? Usted está acá, por ejemplo, y de pronto está en su casa, en su cama, con el piyama ya puesto, y sabe perfectamente que no ha cerrado el consultorio, ni apagado las luces, ni recorrido lo que tenga que recorrer para llegar a su casa, es más, ni siquiera se ha despedido de mí. ¿Entonces? ¿Cómo puede ser que usted esté en su cama con el piyama puesto? Bueno, eso es un espacio vacío, un agujero negro como le digo, un tiempo cero, como lo quiera llamar, ¿qué más si no?…”
El doctor Ottone guarda la carpeta, recoge sus cosas, apaga las luces, cierra con llave y se dirige hacia el consultorio del doctor Messina, a quien está seguro de encontrar a esa hora. Ottone efectivamente encuentra a Messina pero dormido sobre el escritorio y con una estatuilla en la mano. Lo despierta y le entrega la carpeta de la señora Fritchs. Messina, un poco dormido aún, se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué se ha despertado con una estatuilla en la mano. Con un gesto, Ottone responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone, galleta que Ottone acepta. Messina abre la carpeta.
–Lea la página quince –dice Ottone.
Messina busca, encuentra y lee, todo cuidadosamente, la página quince. Ottone espera atento. Cuando termina su lectura, Ottone le pide una opinión.
–¿Y usted cree en esto, Ottone?
–¿En agujeros negros?
–¿De qué estamos hablando?
Así que Ottone recuerda el vicio de Messina de responder sólo con preguntas y eso lo pone nervioso.
–Hablamos de agujeros negros, Messina…
–¿Y usted cree en eso, Ottone?
–No, ¿Y usted?
Messina abre otra vez su cajón.
–¿Quiere otra galleta, Ottone?
Ottone agarra la galleta que Messina le ofrece.
–¿Cree o no cree? –insiste Ottone.
–¿Yo conozco a esta señora…?
–…Fritchs, la señora Fritchs. No, no creo que la conozca, sólo vino a verme dos veces y es su primer tratamiento.
Alguien toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone reconoce al portero y pregunta:
–¿Qué necesita, Sánchez?
El portero explica con sorpresa que la señora Fritchs espera al doctor Ottone en la sala de ese piso. Messina recuerda al portero que son las diez de la noche y el portero explica que la señora Fritchs se niega a irse.
–No quiere irse, está en piyama, sentada en la sala y dice que no se va si no habla con el doctor Ottone, qué quiere que le haga yo…
–¿Por qué no la trajo, entonces? –pregunta Messina mientras mira la estatuilla.
–¿La traigo acá? ¿A su consultorio? ¿O al del doctor Ottone?
–¿Que le pregunté yo a usted?
–Que por qué no la traje.
–¿No la trajo a dónde, Sánchez?
–Acá.
–¿Dónde es acá?
–A su consultorio, doctor.
–¿Entiende ahora, Sánchez? ¿A dónde tiene que traerla entonces?
–A su consultorio, doctor.
Sánchez se inclina levemente, saluda y se retira. Ottone mira a Messina, la mandíbula de Messina que oprime la fila de dientes superior con la inferior, así que Ottone está nervioso y aún espera una respuesta de Messina, doctor que comienza a guardar sus cosas y a acomodar papeles del escritorio. Ottone pregunta.
–¿Se va?
–¿Me necesita para algo?
–Dígame al menos qué opina, qué cree que conviene hacer. ¿Por qué no la ve usted?
Messina, ya desde la puerta del consultorio, se detiene y mira a Ottone con una leve, apenas marcada, sonrisa.
–¿Qué diferencia hay entre la Señora Fritchs y el resto de sus pacientes?
Ottone piensa en contestar, así que su dedo índice empieza a subir desde donde reposa hacia la altura de su cabeza, pero se arrepiente y no lo hace. Queda entonces el dedo índice de Ottone suspendido a la altura de su cintura, sin señalar ni indicar nada preciso.
–¿A que le tiene miedo, Ottone? –pregunta Messina y se retira cerrando la puerta, dejando a Ottone solo y con su dedo índice que baja lentamente hasta quedar colgado del brazo. En ese momento entra la Señora Fritchs. La señora Fritchs lleva un piyama, celeste, con detalles y puntillas blancas en cuello, mangas, cinto y otros extremos. Ottone deduce que esta señora está en un estado nervioso considerable, y deduce esto por sus manos, que ella no deja de mover, por su mirada y por otras cosas que, aunque comprueban esos estados, Ottone considera que no necesitan ser enumeradas.
–Señora Fritchs, usted está muy nerviosa, va a ser mejor si se calma.
–Si usted no me soluciona este problema yo lo denuncio doctor, esto ya es un abuso.
–Señora Fritchs, tiene que entender que usted está haciendo un tratamiento, los problemas que tenga no se van a solucionar de un día para el otro.
La Señora Fritchs mira indignada a Ottone, rasca el brazo derecho con la mano izquierda y habla.
–¿Me toma por estúpida? Me está diciendo que tengo que seguir dando vueltas por la ciudad en piyama, piyama en el mejor de los casos, hasta que usted decida que el tratamiento está terminado. ¿Para qué pago yo ese seguro médico, a ver?
Ottone piensa en el doctor Messina bajando las escaleras principales del hospital y esto le provoca diversas sensaciones, sensaciones en las que no va a profundizar ahora.
–Mire –dice Ottone con paciencia, empezando a balancearse, lentamente al principio, sobre las plantas de sus pies–, cálmese, entienda que usted está con problemas psicológicos, usted inventa cosas para ocultar otras cosas más importantes. Todos sabemos que usted no pasea en piyama por el hospital.
La señora Fritchs desenrosca pliegues de las puntillas de su camisón, así que Ottone entiende que la charla será larga.
–Siéntese por favor, relájese, vamos a hablar un rato –dice Ottone.
–No, no puedo. Va a llegar mi marido a casa y yo no voy a estar, tengo que volver, doctor, ayúdeme.
Ottone desarrolla rápidamente la primera de las sensaciones postergadas de Messina bajando las escaleras. Aire entrando por las costuras del abrigo, entonces frío, un poco de frío.
–¿Tiene dinero para regresar?
–No, no llevo plata cuando ando en camisón por casa…
–Bueno, yo le presto para que vuelva a su casa y pasado mañana, en el horario que a usted le corresponde, hablamos de estos problemas que tanto le preocupan…
–Doctor, yo le acepto el dinero si quiere, y vuelvo a casa, perfecto. Pero ya le expliqué, sabe, dentro de un rato estoy acá de nuevo, y cada vez es peor. Antes pasaba cada tanto, pero ahora, cada dos o tres horas, zas, agujero negro.
–Señora…
–No, escuche, escúcheme. Me recupero, o sea, vuelvo a donde estaba ¿Cómo le explico? A ver, desaparezco de casa y aparezco en casa de mi hermano, entonces me desespero, imagínese, tres de la mañana y aparezco en piyama, piyama en el mejor de los casos, en el cuarto matrimonial de mi hermano. Entonces trato de volver, ¿Sabe doctor qué sufrimiento? Hay que salir del cuarto, de la casa, todo sin que nadie se de cuenta, tomar un taxi, todo en piyama, doctor, y sin plata, imagínese, convencer al taxista de que le pago al llegar. Y cuando estoy por llegar, zas, fin del agujero y aparezco en casa otra vez.
Ottone aprovecha este tiempo para analizar la segunda sensación de Messina escaleras abajo. Entrada a un auto, ambiente más agradable, alivio al dejar el peso del portafolio en el asiento del acompañante.
–Aparte imagínese, andaba por casa siempre con dinero y un abrigo atado a la cintura del camisón, no sea cosa. Pero ahora no, basta, cuando caigo en agujeros ya no vuelvo. Si igual nunca llego, tomo taxis que casi nunca alcanzan a dejarme donde les pido. No, basta, ahora me quedo donde esté hasta que pase el agujero y listo.
–¿Y cuánto tiempo tardan en pasar estos agujeros negros?
–Y, vea, yo no puedo decirle con exactitud, una vez fui y volví en el momento, sin problema. Y otra estuve en casa de mi madre unas cuántas horas, diga que ahí sé donde están las cosas, preparé unos mates y paciencia, tardó tres horas, doctor, una vergüenza.
Ottone piensa en cuántos minutos ya ha estado la señora Fritchs en el hospital y no obtiene un número definido, quizás cinco, quizás diez, no sabe.
Sánchez toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone pregunta:
–¿Qué pasa, Sánchez?
–Lo busca el doctor Messina.
–Cómo ¿No se fue?
–Sí, se fue, pero al rato estaba acá de vuelta, me parece que el doctor está un poco angustiado, anda a medio desvestir, o vestir, no sé decirle, doctor, y pregunta por usted.
–¿Qué pregunta, Sánchez?
–Si usted está, si puede usted hacerle el favor de ir a verlo. Me parece que está enojado, doctor…
El doctor Ottone mira a la señora Fritchs, señora que rasca con la mano derecha su brazo izquierdo y contesta la mirada de Ottone con un gesto recriminatorio.
–Va a tener que disculparme.
–No, lo acompaño.
–No, hágame el favor, señora, quédese acá. El doctor Messina enojado es ya de por sí todo un problema.
Sánchez acompaña la opinión de Ottone con un movimiento de cabeza y se retira caminando por el pasillo, pasillo que Ottone recorre ahora, unos metros detrás.
Se asoma Messina, minutos después, no sabe bien Messina después de qué, tras el biombo de su consultorio, para descubrir a la señora Fritchs sentada en un sillón. Messina mira su propia mano y se pregunta por qué tiene, otra vez, esa estatuilla. Mira desconcertado el escritorio, el lugar vacío donde la había dejado un rato atrás. Luego mira a la Señora Fritchs y la señora Fritchs, con las manos aferradas a los brazos del sillón, como si fuese a caer hacia o desde algún lado, mira al doctor Messina.
–¿Y usted quién es? ¿Qué hace en mi consultorio?
–El doctor Ottone dijo…
–¿Por qué está en piyama?
–El portero y el doctor Ottone fueron a buscarlo al…
–¿Usted es la señora Fritchs?
–Usted también está en piyama –dice la señora Fritchs mientras observa asustada la estatuilla en la mano del doctor.
Messina verifica su apariencia, plantea mentalmente distintas hipótesis sobre las razones de su propio paradero actual, deja la estatuilla en su lugar y acomoda el cuello de su camiseta hasta que éste queda centrado con respecto al eje del cuello, posición de camiseta que hace de Messina un hombre más seguro.
–¿Usted es la señora Fritchs?
–El doctor Ottone dijo que lo esperara acá.
–¿Yo le pregunté algo sobre Ottone, señora?
–Sí, soy la señora Fritchs, espero al doctor Ottone.
–¿Le parece que éste puede ser el consultorio de un doctor como el doctor Ottone?
–No sé, me parece que no, yo solamente lo espero.
Compara Messina mentalmente la figura de esa señora con la de su mujer y no obtiene ningún beneficio.
–¿Usted es la señora que tiene problemas con los agujeros negros?
–¿Usted no los tiene?
En ese momento Messina comprende algunas cosas, cosas de las que sólo rescata dos como planteos pertinentes. Primero, lo que puede estar pasándole; segundo, que tras la señora Fritchs se esconde una persona de suma inteligencia. Piensa una pregunta para comprobar el segundo planteo:
–¿Por qué espera al doctor Ottone?
–Ottone y el portero fueron a buscarlo a usted al hall ¿Usted es el doctor…?
–¿Messina?
–Eso, Messina, necesito que alguien me ayude.
Messina busca y encuentra sobre su escritorio la carpeta de la señora Fritchs y, de espaldas a esta señora, revisa el contenido, a la vez que relaciona ideas de agujeros negros, gente en piyamas y estatuillas. Pregunta:
–¿Qué cree usted que nos esté pasando?
–A usted no sé doctor, pero a mí nada –responde Sánchez que entra por la puerta y le alcanza un juego de llaves. Messina mira rápidamente el sillón vacío donde un segundo antes estaba la señora Fritchs.
–¿Qué hace acá, Sánchez? ¿No tiene nada mejor que hacer?
Sánchez, brazo extendido hacia Messina con llaves enganchadas al extremo del dedo índice, habla:
–Acá tiene las llaves doctor. Yo me voy.
–¿A dónde se va usted? ¿Dónde está la Señora Fritchs?
–Mi horario termina a las diez, ya son diez y media, yo me voy.
–¿Dónde está la señora Fritchs?
–No sé, doctor, por favor tome las llaves.
–¿Y Ottone? ¿Donde está Ottone?
–Lo está buscando a usted, doctor, yo me voy.
Messina sale de su consultorio sin tomar las llaves y recorre el pasillo de azulejos blancos y negros hasta el hall, donde encuentra a Ottone. Pliega Ottone los dedos de su mano derecha hasta obtener un puño cerrado, sin aire en el interior, para luego forzar estos dedos con la mano izquierda, lo que produce una serie de crujidos en los nudillos, así que Ottone ha visto a Messina, está sumamente angustiado, y le desagrada ver a este doctor, el doctor Messina, a medio vestir, o desvestir, Sánchez no ha sabido decirle y él no alcanza ahora a elaborar una definición correcta.
Messina va a preguntarle algo pero descubre en su propia mano la estatuilla, así que se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué tiene esa estatuilla en la mano. Ottone, con un gesto, responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone. Galleta que Ottone acepta sin preguntarse por qué ambos, Ottone y Messina, ya no se encuentran en el hall, sino en el consultorio del segundo de los doctores mencionados.
Y aunque Messina piensa en decirle algo a Ottone, decide que será mejor no hacerlo y simplemente deja la estatuilla sobre una mesada del hall, porque, en efecto, ya están otra vez en el hall y no en el consultorio del doctor Messina.
–¿Está usted bien? –pregunta Ottone.
–¿Usted cree que yo puedo estar bien en el estado en que me encuentro?
Observa Ottone la camiseta desarreglada de Messina.
–¿Que opina ahora de esto, Messina?
–¿De qué?
–De los agujeros negros.
–¿Dónde está la señora Fritchs?
–Está en su consultorio.
–¿Me está cargando, Ottone? ¿No se da cuenta de que yo vengo de ahí?
Piensa Ottone en algo que no explica, y cuando ve a la señora Fritchs, corriendo, lejos, de un pasillo a otro, propone a Messina ir a buscar a esta señora. Abre grandes los ojos Messina y se acerca a Ottone como quien piensa en contar un secreto. Ottone escucha:
–¿No se da cuenta de que ella sabe?
–¿Que sabe qué cosa?
–¿Por qué cree usted que corre así la señora?
Amaga Ottone un nuevo crujimiento de sus dedos, pero Messina reacciona rápido, toma fuerte su muñeca, y dice:
–¿No se dio cuenta?
–¿De qué?
–¿No se dio cuenta de lo que pasó la última vez que usted crujió sus dedos?
–¿Estuvimos ahí?
–¿En un agujero negro?
–¿Sí?
–¿Hace falta que le responda?
Interrumpe la conversación el sonido de las llaves de la puerta, colgadas del dedo de Sánchez a la altura de la frente de ambos médicos. Sánchez:
–Las llaves, yo me voy.
Propone Messina a Sánchez:
–¿Por qué antes de irse no nos va a buscar a la señora?
A lo que asiente Ottone, contento, y agrega:
–Sí, traiga a la señora y le aceptamos las llaves.
Messina le señala a Sánchez los pasillos por donde, salteadamente, cruza la señora Fritchs, a veces caminando preocupada, a veces con paso presuroso. Da Messina unas palmaditas en la espalda de este Sánchez a quien Ottone sonríe y dice alegre:
–Vaya, Sánchez, vaya y traiga a la señora.
Mira Sánchez hacia los pasillos y ve un par de veces a la señora Fritchs cruzar de una puerta a otra. Luego mira al doctor Messina, al doctor Ottone, deja las llaves sobre la mesada del hall y explica a estos doctores:
–Yo soy el portero, mi turno terminó a las diez. Veo que tienen algunos problemas, pero yo no tengo nada que ver, no sé si me interpretan… –y se retira.
Messina mira las llaves que han quedado al lado de la estatuilla y luego, desesperanzado, mira a Ottone, doctor que a la vez mira a Messina, aunque sus percepciones tienen que ver ahora con otras cosas, cosas como Sánchez bajando las escaleras, Sánchez sintiendo el aire frío de la calle en la cara, Sánchez pensando en que siempre está más desabrigado de lo que debería, y que todo es culpa de su madre que, a diferencia de otras madres, nunca le recuerda las cosas. Piensa entonces Messina en Sánchez subiendo al colectivo ciento treinta y cuatro, ramal dos, o tres, los dos van, y cuando está a punto de pensar en Sánchez abriendo la puerta de su casa, casa lógicamente de este mismo Sánchez, lo que ve es a la señora Fritchs, o mejor dicho, no la ve, o más bien la ve desaparecer ante sus ojos. Entonces dice Messina al doctor Ottone:
–¿Vio eso, Ottone?
–¿Ver qué?
–¿No vio eso?
Ottone está a punto de responder, y este inminente momento se deduce por su dedo índice que, lentamente, comienza a ascender hacia la altura de su cabeza, pero cuando lo hace, cuando este dedo llega a la altura citada y Ottone enuncia sus primeras palabras, entonces este Doctor, el doctor Ottone, se encuentra no con el doctor Messina, sino con Clara, es decir su esposa, en su casa, los dos en piyama.
En un pasillo del hospital, ahora aún más lejos de su consultorio, Messina se pregunta, una vez más, qué hace ahí a esas horas de la noche, a medio vestir, o desvestir, con una estatuilla en la mano y, cuando va a preguntarse eso pero en voz alta, lo que queda ahora es, simplemente, el pasillo del hospital, vacío.

Samanta Schweblin, Agujeros negros (Pájaros en la boca y otros cuentos).

Samanta Schweblin

Guadalupe Nettel, Perséfone

Perséfone
Despertó con la sensación apacible de quien ha dormido muchas horas. Era la primera vez en varios días que no sentía el dolor en la cabeza y eso lo animó a levantarse temprano para aprovechar el domingo. Más tarde iba a llamar a su madre para contarle que su salud estaba mejorando y convencerla de que no valía la pena gastar tanto dinero en aquellos análisis. Pero casi de inmediato, al poner los pies en el suelo, notó que no estaba solo. Junto a él, del otro lado de la cama había una mujer. Estaba de espaldas, con la cara escondida bajo la almohada, el torso descubierto y las piernas bajo la sábana. Lo único que logró saber de ella es que no la conocía. Sin detenerse a pensarlo, salió del cuarto alarmado.
Una vez en el pasillo, las preguntas y las recriminaciones se le echaron encima como gatos enfurecidos. Atravesó el pasillo caminando con torpeza, recogió el periódico que lo esperaba debajo de la puerta, leyó la fecha y el encabezado para dejarlo despues sobre la mesa de la cocina, sin abrirlo siquiera. Lo mejor que podía hacer ahora era calmarse y preparar un café; tomar algunas piezas de ese pan un poco duro que sobraba en la canasta y recordar sin angustia el recorrido de sus últimas acciones, las últimas llamadas por teléfono, el almuerzo en casa de sus padres. No había huecos: el día anterior era un hilo continuo, sin nudos inexplicables, una línea anodina donde no tenían cabida ni su desconcierto ni el par de senos pequeñitos vislumbrados con la poca luz que atravesaba sus cortinas.
Quizá lo más natural habría sido despertarla, disculparse, explicar su reacción, decirle que desde hacía algún tiempo su salud lo traicionaba, sugerir incluso que lo ayudara a reconstruir el encuentro. Pero no se atrevió. Sin terminar la banderilla que había puesto sobre el plato, encendió un cigarro y siguió dando sorbos a su café, amargo como un pequeño castigo. La sinceridad en ese momento hubiera rayado en el insulto, un discurso como aquel tendría regusto a mentira o a cinismo, sobre todo no a lo que espera una persona que se despierta en una cama ajena. Se dijo que las cosas siempre tienen un orden y que quizás era posible recuperarlo, restablecer una red de citas y llamadas por teléfono que ahora no tenía en mente pero que tarde o temprano iba a recordar con imágenes y deducciones. Por un instante volvió a ver los codos puntiagudos, los brazos finos alrededor de la almohada. El recuerdo de su cuerpo le parecía ya difuso, como si en vez de haberla dejado en el cuarto hacía una hora, la hubiera visto años atrás. Sin embargo, de algún modo, la mujer le parecía conocida y esa familiaridad le daba miedo.
Las nauseas volvieron y con ellas el dolor de cabeza. Llevaba semanas incubando un malestar del que no quería saber nada y en el que se negaba a creer, como si la realidad mostrara de repente un aspecto ficticio, una falsa cara o como si él hubiera dejado de pertenecerle. Por la ventana de la cocina, miró la mañana. Un gato caminaba sobre la barda de enfrente. El edificio, comenzado hacía más de cinco años, seguía en construcción. La escena aumentó su sensación de asco. Sin saber cuándo exactamente había empezado a añorar un lugar distinto, con otro cielo, otros árboles, otra barda y otro gato. Esa impresión de desfase lo perseguía incluso en el trabajo. Y ahora la mujer. Tuvo ganas de volver al cuarto y echarla a patadas, qué atrevimiento, amanecer en su cama, qué falta de respeto, pero muy pronto comprendió que no podía. No era capaz de golpear a nadie, al contrario, se sentía totalmente desarmado, indefenso, a merced de cualquiera. Entonces comenzó a tener la sospecha de que ella no dormía. Ahora mismo debía aguardar en el cuarto, saboreando su desconcierto. Sin hacer ruido, habría entrado a su casa como un ladrón y esperado toda la noche para sorprenderlo. ¿Actuaba sola o había sido enviada por alguien? Debía haber alguna pista en la sala, una bolsa, algún saco, un disfraz, un estuche de llaves en la mesita de centro. Se puso a buscar por todas partes pero sin resultado. Vencido por el dolor, se dejó caer sobre el sillón. De algún lugar cercano, quizás un departamento vecino, le llegó el eco de un charleston, casi podía escucharlo. Cerró los ojos, se imaginó bailando. La mujer que había visto en su cama seguía el ritmo perfectamente, como si en vez de acatarlo, dictara el compás a los instrumentos. La imagen era tan real que se asustó y decidió levantarse. Entonces volvió a la cocina para esperarla en la mesa, atrincherado en ese falso desayuno. Cuando despertara, ella sabría qué hacer, de todos modos era la única que conocía la situación y sus antecedentes. Decidió que si no se marchaba pronto -ojalá lo hiciera-le ofrecería un plato de cereal, seguramente menos rancio que el pan de dulce. Iba a llamarla “tú” hasta donde fuera posible, quizás emplearía apelativos cariñosos para ocultar la absoluta ignorancia de su nombre.
¿Por qué tardaba tanto? Eran casi las once y la luz entraba franca por los ventanales de la sala. Aunque lo intentó, no pudo explicar su tardanza sin algún dejo de tragedia o de culpa. Había sido absurdo salir de la cama de esa manera, sin asegurarse primero de que ella estaba bien y dormía sin problemas. De todas formas era innegable que habían pasado la noche juntos, ¿por qué no había aprovechado la intimidad matutina para saber si era necesario preocuparse? De algún lugar igual de cierto y de ficticio que los pechos, que el cabello negro sobre la espalda, le llegó un sentimiento agrio de compasión por la mujer que en cualquier estado de ánimo o de salud -todo era posible ahora- se pondría la ropa sola para irse a su casa bajo aquel domingo hostil y caluroso. Se preguntó si al menos habían pasado un buen rato y trató de averiguarlo olfateando los rastros de la noche sobre la yema de sus dedos, pero en vez de un olor a piel distinguió el tufo a humedad con el que comenzaban siempre las nauseas. Esta vez, sin embargo, pudo controlarlas y no fue necesario precipitarse al cuarto de baño. Entonces decidió abrir la puerta.
Cuando entró en la habitación, la mujer ya no estaba en la cama, pero algo en el aire delataba su presencia. Se recostó un momento sobre la almohada, esperando que pasara el malestar y sobre todo ese olor persistente que lo invadía todo como una marea, como unos brazos delgados y voluptuosos que lo hubieran esperado toda la vida, con paciencia y ahora lo acogieran despacio, con dulzura, conduciéndolo a ese lugar no tan lejano como él había creído siempre, sino increíblemente cerca, para llevarlo a ese domingo soleado del que ya nunca se vuelve. 

Guadalupe Nettel, Perséfone.


Guadalupe Nettel

Italo Calvino, Las ciudades y los intercambios. 1

Las ciudades y los intercambios. 1.
A ochenta millas de proa al viento rnaestral el hombre llega a la ciudad de Eufamia. donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus enjalmas para la vuelta con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas rebajas de precio. No sólo a vender y a comprar se viene a Eufamia sino también porque de noche junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice -como «lobo», «hermana», «tesoro escondido», «batalla», «sarna», «amantes»- los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufamia, la ciudad donde se cambia la memoria en cada solsticio y en cada equinoccio.
Italo Calvino,  Las ciudades y los intercambios. 1. (Las ciudades invisibles). Traducido por Aurora Bernárdez.

Italo Calvino

Leonora Carrington, La debutante

La debutante.
En la época que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.
Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.
La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.
-¡Qué asco! -le dije-. Esta noche me toca asistir a mi baile.
-Tienes suerte -dijo ella-; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.
-Habrá muchas cosas de comer -dije-. He visto llegar a casa carros repletos de comida.
-Y aún te quejas -replicó la hiena con desaliento-. Mírame a mí: yo sólo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.
Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.
-No tienes más que ir en mi lugar.
-No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría -dijo la hiena un poco triste.
–Escucha -dije-, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.
Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.
-De acuerdo -dijo de repente.
No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.
-Esta habitación huele mal -dijo mi madre, abriendo la ventana-; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.
-Por supuesto -le dije.
No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.
-No te retrases para el desayuno -dijo al irse.
Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:
-Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?
-Sí -dije, perpleja.
-Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.
-No lo veo muy práctico -dije yo-. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.
-Tengo la suficiente hambre como para comérmela -replicó la hiena.
-¿Y los huesos?
-También -dijo-. ¿Te parece bien?
-Sólo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.
-Bueno, eso me da igual.
Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.
-Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.
-En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.
Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:
-Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.
Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.
-Es verdad -dije-; lo has hecho muy bien.
Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:
-Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.
Después de oír un rato la música de abajo, le dije:
-Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte -le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.
Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a al paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.
-Acabábamos de sentarnos a la mesa -dijo-, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: “Con que mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.” A continuación se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.

Leonora Carrington, La debutante (1978).

Leonora Carrington

José Cardoso Pires, La república de los cuervos

La república de los cuervos

Para ser San Vicente y entrar en la Historia como entró, San Vicente necesitó de dos cuervos para hacerse acompañar, quienes, por más señas, le fueron fieles hasta hoy. Ahora bien, de un ave como ésta, tan conveniente y enigmática, se cuentan muchas cosas. La propia Enciclopedia Portuguesa y Brasileña, tras muchos rodeos, afirma que el cuervo es taimado y ladrón y esto, bien entendido, con la debida consideración por la agudeza y por la independencia en el trato que tanta gente le reconoce. 
“Me cago en la Enciclopedia”, dice el cuervo. Y para corroborarlo, alza la cola y, zas, despide un churretazo de mierda blanquecina. Mierda blanquecina en una criatura tan negra nadie lo esperaría.
El cuervo en cuestión se llama Vicente. Le pusieron un nombre de santo, como para quejarse, pero ni aun así se siente muy reconocido por ello. Pertenece a una de las últimas tascas lisboetas, una de las que antiguamente, aparte de vino, vendían carbón, petróleo y ramitos de calquesa, pero de eso hace ya muchos años, en la edad de los fogones y del quinqué, y para ese entonces él ni siquiera había nacido. O tal vez sí, que con los cuervos nunca se sabe. Hay quien afirma que pueden durar eternidades.
En la puerta de al lado de la taberna se estableció hacía mucho una mujer que vende huevos y tripicallos, sentada en una mecedora. El Cuervo la conoce y hasta la visita. De ella se dice que mató al marido a base de yemadas envenenadas, si es que alguna vez tuvo marido, pero en concreto lo que de ella se sabe y está a la vista, es que se pasa los días atada al sillón haciendo punto con un cierto mirar airado. Parece una gata gorda de bigotes ensañados, una gata doméstica que se pasa el tiempo dándole a la aguja y contando un, dos, tres, nudo, un, dos, tres, vuelta, para así olvidarse de tiempos pasados. Pero eso no pasa de las apariencias porque, pobrecilla, lo que la consume es aquel corazón que Dios le dio, un corazón tan grande y universal que no le cabe en el pecho. Por eso se pasa el rato meciéndose y meciéndose, en el sillón, como si quisiera dar más aire al pecho o como si tomara impulso para proyectarse por los aires, rumbo a Dios Nuestro Señor.
En sus vueltas diarias el Cuervo nunca se olvida de saludar a la recovera, que siempre lo trata con gran estima, ofreciéndole pedazos de tripa y otros despojos de las aves que cuelga del techo. “Hola, compadre”, lo saluda ella en cuanto lo ve avanzar a saltitos por el umbral de la puerta.
Se llevan muy bien, siempre se llevaron muy bien el uno con el otro. De manera general la recovera lo recibe con una sonrisa para enseguida cambiar hacia lo trágico, llevándose las manos al pecho y volviendo sus ojos al cielo: “Sabes, vecino, mi corazón...”. Con esto ella quiere decir muchas cosas y el Cuervo lo sabe. Anginas de pecho, mareos, medicaciones... Y el Cuervo lo sabe, el Cuervo lo sabe. Falta de aire también. Uno, dos, tres, vuelta, uno, dos, tres, nudo, últimamente las faltas de aire han sido constantes y la pobrecilla se balancea en su mecedora con verdadera angustia. El Cuervo, oyéndola con la mayor atención, remata todas las veces de la misma suerte: “No se preocupe, vecina, no se preocupe, que un día u otro todos los males tienen su fin” y ella entonces deja caer sus bigotes y se pierde, resignada, mirando a través de la puerta la plaza de las Hermanas Descalzas que le cae justo en frente.
La plaza de las Hermanas Descalzas, con la capilla y el hospital del mismo nombre, está siempre arrullando de palomas blancas. El Cuervo cuando no tiene otra cosa que hacer o comienzan a hacerlo rabiar con necedades, se da una vuelta hasta allí. Va para pasar el rato, por importunar. Sólo para crear alboroto en las palomitas de pluma virgen que se pasean por el empedrado dando cabezadas. Es evidente que las palomitas en cuento lo ven acercarse abren sus alas a paso corrido y pecho alzado pues no se fían mucho del personaje libertino que están viendo, pero él avanza derecho, empingorotado y en plan señor. De pasada deja caer algún que otro piropo a ésta o a aquélla. “Muñequita”, “Celosa mía”, pero nunca vuelve su cabeza, como se ve. A ellas se las oye rolar suspiros y temblar de alas, encandiladas ciertamente con su negro perfil espejeado de reflejos azules; se las oye palpitantes y azotadas y cuando llega hasta el otro lado de la plaza, se vuelve para mirarlas de frente: ¡A ver qué es lo que pasa, muñecas!
En la taberna algunos de los bebedores más animados tratan de darle conversación. Comienzan por preguntarle el nombre y, según es costumbre, acaban por llamarle Vicente, otra tontería.
“¿Vicente?, pregunta un día un fulano haciéndose el sorprendido. “¿No serás de la familia de quienes andaban detrás del santo, o es que me equivoco? 
Equivocado, y un carajo. El Cuervo que es tabernero por convivencia con el dueño, conoce todas las gilipolleces del vino y como encima, es ateo practicante, la charla de San Vicente y los cuervos de Lisboa, le hace darse el piro, enojado. Desde que se conoce, nunca le han faltado doctores provocándole con miradas o con estupideces sobre la existencia de históricos cuervos en el escudo de Lisboa y en otras fábulas semejantes.
Al fin y al cabo estos parlanchines siempre dicen lo mismo. Describen invariablemente el esqueleto del mártir San Vicente al llegar a Lisboa, entero y muy compuesto, en una barca escoltada por dos cuervos, como se puede ver en el escudo de la ciudad de Lisboa. Dos cuervos, el uno a proa y el otro a popa, siendo así que arribaron al Tajo, dicen ellos, y eso después de haber navegado un puñado de siglos por los mares de la eternidad.
¿Mares de la eternidad? ¿Pero dónde cae eso de la eternidad? Para el Cuervo Tabernario ya la historia del cadáver bullía de gusanos podridos y hedía bastante mal. Créase o no, sólo a costa de mucho vino y de mucha paciencia es posible tragarse una trola de tamaña enormidad.
Pero aún los hay peores y el Cuervo los conoce. Hay un sacristán en la capilla del Hospital de las Hermanas Descalzas que afirma que dichos pájaros de San Vicente aún siguen vivitos y coleando y quien los quiera ver que se acerque a los rincones románticos de la catedral, que los verá anidados a la altura del milagro, continuamente mecidos por un coro de sochantres y de monaguillos. Esto lo oyó el Cuervo en la taberna con los mismos ojos que se ha de comer la tierra y ni se admiró ni se contradijo. El sacristán siempre que se pone a tono con el vino, le da por ponerse franciscano, hermano de los pájaros, de los ángeles y de los peces voladores, sólo para conmover a su audiencia y al Cuervo en particular. El pobre no sabe que Vicente siente escalofrío con ciertos pájaros y hasta las alas se le encrespan cuando los oye nombrar.
“Si pudiera, este capullo me comería con plumas y todo”, suelta él a medio pico, leyendo el brillo piadoso que baila en los morros del sacristán.
Hasta el gorro está de cuervos históricos, hasta el gorro de la barca de San Vicente que anda navegando de boca en boca en cuanto se habla de Lisboa, hasta el gorro de verla por toda la ciudad con aquellas dos aves desvergonzadas, dibujada en estandartes, tallada en la piedra de las fuentes públicas, reproducida en llaveros y en guías turísticas, recortada en la chapa en los faroles de las avenidas engalanadas. Harto de esa fantochada, cómo no, hartísimo. Por otro lado, como cuervo legítimo que es, entiende como una realísima estupidez haberle puesto ese nombre, que si Vicente por aquí, que si Vicente por allá, pues Vicente se llaman todos los cuervos de Lisboa, ¿no te fastidia?
Se sube en el tonel más alto de la casa para mantenerse apartado de la descarada ignorancia que ha tomado la voz del mostrador de la taberna, pero el sacristán de vinazo franciscano sube permanentemente de tono y no para de fabular. Anda con una tal diarrea de lengua que no hay milagro que la apague y lo por eso se repite, igualito, igualito, día por día. Hoy cuenta la Parábola del Santo y de los Peces que entiende él, es una de sus franciscanadas.
El Cuervo Tabernario se sabe de pé a pá que era una vez San Antonio, que andaba descalzo por esos mundos de Dios predicando a los animales y la historia comenzaba así. De ahí en adelante el santo viajaba por montes, por valles y por desiertos, incansable, y cuando quería hacer un milagro alzaba los ojos a Dios Padre y Misericordioso hasta hacer brotar una flor de sangre en el cuerpo que lo convertía en un iluminado y ya no se necesitaba de más para arreglar lo que le viniera en gana. La sangre, aclara el sacristán, no se declaraba siempre en el mismo sitio, sino que era una especie de llaga repentina que igual podía aparecer en la palma de la mano, si lo que había que detener era una tempestad, como al lado del corazón, si había que ordenar un arrepentimiento, o en la planta del pie si había que abrir un sendero a través de las aguas o del fuego. Y de esta manera, el sacristán enumera siempre los mismos casos posibles, pero el Cuervo ni siquiera lo oye. Oye, sí, la manera asaz cruel y ejemplar de cómo el Predicador se hizo mártir al hablar un día a los peces del Amazonas. Ahí, bueno, el caso se puso jodido. Dios le habría ordenado, “Ve y Continúa” y él, por confusión o por cualquier otro desliz, en vez de continuar su discurso, creyó que había recibido órdenes de atravesar el río y enseguida le despuntó en la planta del pie tanta sangre que las aguas se iban apartando a su paso. Feliz y radiante, se metió en la corriente y le dio un aire, porque le cayeron encima bancos de pirañas atraídas por la sangre.
Antes la parábola acababa justo aquí, pues las voraces pirañas se encargaban de dar martirio al Predicador y, amén, el resto Dios lo sabría. Pero esta vez el sacristán tiene algo que añadir, algo de mucho enseñamiento que cambia el rumbo de la historia. Cuenta que el cuerpo del mártir, aunque entregado a las pirañas, quedó intacto por fuera como si se hubiera reducido a una figura hueca. De esta manera durante años y años se vio cómo se deslizaba por el río en imagen serena y generosa, llevando dentro de sí a los peces asesinos.
Un cadáver más flotando, piensa el Cuervo como resumen. Después del San Vicente de Lisboa había tocado el turno al Predicador del Amazonas. Dos mártires más completamente desnortados. Con ello quedaba más que demostrado que el sacristán en cuanto se entonaba vacilaba como un buitre cruzado con un albatros, pues veía cadáveres nadando por todas partes.
Ahora bien, si para el Cuervo Tabernario existe algo para lo que no tenga vocación, es para soportar borrachos y mucho menos borrachos franciscanos, que esos se ponen a solfear de tal modo que dejan a los oyentes sin alas. Por la parte que le toca, el Cuervo cree que ya ha oído lo suficiente y se pone a estirar las patas, encima del barril. Después se dirige hacia la puerta para ver cómo andan las nubes.
Frente a él, en la plaza del hospital, pasa una monja en bicicleta levantando un revuelo de palomas. Como una bruja inmaculada montada sobre una escoba, piensa el Cuervo. Y abre el pico hacia el aire, empalagado. ¿Empalagado o bostezante?
Tan-tan, está tocando la campana de la capilla. Allá que va la monja en bicicleta, como paloma del Espíritu Santo. Y el sacristán ya debiera estar en el altar para recibirla, sólo que esta tarde le dio por catequizar borrachos y de momento no va a abandonar la taberna ni a Dios Padre. Ay, ay, muchas plumas tiene el Cuervo en su triste laborar. Las de éste son cada vez más oscuras y pesadas, a medida que el sol va bajando. Pesadísimas.
Cuando anda así, desilusionado con el mundo, lo primero que se le ocurre es pasarse por donde la vecina recovera. Sabe que va a encontrarla haciendo punto y balanceándose en la mecedora matriarcal a la sombra de las gallinas y de los patos degollados. Hacer punto para las niñas desvalidas es el pasatiempo de la pobre mujer. Sobrevolada por cadáveres desplumados, hace gorros, jerseys y mantitas de cuna en una lana de angora tan suave que hace recordar el plumón de los jilgueros, un, dos, tres, nudo, un, dos, tres, vuelta, ¿cómo tú por aquí, vecino?
El Cuervo salta el escalón y ella, sin dejar de balancearse, extiende el largo gancho con que descuelga a los gallináceos del techo y lo mete en el balde de los desperdicios, de donde lo saca con su pedacito de enjundia, su sobra de tripas, su cresta de gallo, los primores que el Cuervo Tabernero tanto aprecia.
Mientras él come la pobrecilla suspira y cuenta trivialidades- “ay”, dice ella, y el ay de la recovera sirve para todo: si le sale del corazón es un lamento, pero también puede ser un rechazo de enojo, dicho con un giro de cabeza, o un vislumbre de espanto divertido, si sus bigotes indican que sonríe. Ay, niño, dice a veces al Cuervo, en momentos de mayor intimidad.
A pesar de los pesares, da gusto oírla conversar con muchas madejas por medio porque es señora de un corazón universal que abraza a todas las criaturitas desamparadas y a todos los animales de la naturaleza, a excepción de las aves de corral que, palabras de ella, no reconocen a quien las trata ni dan nunca lucro al comercio. A tales bichos une el cerdo que tampoco es de su devoción, pero por otras razones.
El realidad el cerdo, el guarro, como ella prefiere llamarle, un, dos, tres, nudo, un, dos, tres, vuelta, ay, el guarro es un animal campesino que no mira la luz del sol. No tiene ideología el guarro. Tiene el llamado ojo porcino y si aún guarda algún respeto por Dios es porque nunca se ha encontrado con él. Por lo demás, sigue a lo suyo, come todo lo que se le pone a la boca, hasta cadáveres y dice que cada cual se busque la vida como pueda. El cerdo sabe que es cerdo y no le importa, de modo que si alguna vez mandase en el mundo, un, dos, tres, nudo, un, dos, tres, vuelta, éste sería gobernado a trompadas. “Ahí te mueras, jodido cerdo”, remata la recovera.
“Yo conozco a un cerdo llamado Señor Juan”, dice el Cuervo Tabernario, sin parar de picotear.
¿De Lisboa o de la provincia?, pregunta la recovera y luego se lleva la mano a la boca, arrepentida: “Ay, vecino Cuervo, la gente hoy está en todo, Dios nos perdone”.
Se deja en suspenso unos momentos, muy seria, mirando a lo lejos con las manos olvidadas sobre la madeja. ¿Pensando en qué? ¿En Dios? Probablemente en recuerdos sombríos que sólo ella conoce. “En fin”, suspira, y toma de nuevo las agujas.
Tranquilidad en la tienda, sosiego ahí afuera. Un cabeceo incansable, un balancearse como si estuviera sobre las olas. La sombra de ella en el suelo. Agrandándose y empequeñeciéndose a compás, un, dos. La radio de la taberna exhalando sonidos deshilachados por la calle.
“Ayer te vi en el Palacio de Sintra”, dice la recovera sin alzar los ojos de la madeja.
“¿A mí?”, pregunta el Cuervo.
“A ti, a ti, no tienes que esconderte. Andabas paseándote por el techo de una sala, o ¿es que te crees que yo no lo sé?
El Cuervo queda con el pico abierto, pasmado. “¿Por el techo de una sala?, ¿en el Palacio de Sintra?”.
Sí, en el Palacio, mismamente en el Palacio, fue una manera de decir, ya que, por desgracia, la recovera casi no puede salir de aquella mecedora. Lo ha visto, es verdad, pero en una foto.
“Imposible”, contesta el Cuervo. “Te puedo asegurar que andas confundida”.
La recovera soltó una risotada divertida:
“Uy, nada de confusión. Te he visto, amigo mío. Estabas pintado en diversas posiciones sobre un techo muy bonito y debo decirte que salías parecidísimo. Si no eras propiamente tú, sería un hijo tuyo, lo digo por la pinta. ¿Tienes hijos, vecino?
Sólo entonces el prevenido Cuervo entiende que la recovera improvisa, picoteando en la conversación de buena fe. Ningún motivo, por tanto, para preocuparse, podría decirse. Y sin embargo, así quedó la cosa. Quedó y continuará a quedar durante muchísimo tiempo porque sabe perfectamente que el palacio al que la señora se ha referido no tiene cuervos, sino urracas y confundir dos personalidades tan distintas revela, con las debidas disculpas, una lamentable ignorancia. Ignorancia aún más lamentable por haber salido de la boca de una comerciante de aves. Que el pintor de los pájaros hubiera confundido una cosa con otra, bah, tiene un pase, se puede comprender. Hay muchos pintamonas que pintan lo primero que se les pasa por la cabeza y luego les ponen el nombre que les da la real gana. ¿Pero, por Dios, una recovera? Vamos, vamos.
El Cuervo Tabernario está de veras disgustado. Sinceramente. Siempre oyó hablar de la Sala de las Urracas y no de la Sala de los Cuervos al hablar de Sintra. Así es en todas las postales, en todos los álbumes y en todas las fotos, incluyendo, claro, la que fue a parar a manos de la vecina.
El Cuervo a pesar de andar tan hecho a las leyendas y mentirijillas que se cuentan a su respecto y al de su tribu, quedó realmente muy dolido con esta falta de atención de la recovera. A nadie le gusta ser despreciado, ese es el caso, y ya de puestos, adiós vecina, que le vaya bien, que este amigo va a ver si echa una campavía para otro lado.
Sigue al azar, por el atardecer, sin norte ni tiempo fijo. Vagabundear, es como se llama a eso. Airear la cola. El desplante que la recovera le hizo, lo dejó desangelado, como se suele decir. Y ahora, pocas calles más adelante, es un perro el que se mete con él, que era lo que le faltaba.
“Vete al carajo, chucho de mierda”, le suelta sin siquiera mirarlo, y prosigue su marcha.
El otro, perro viejo y menesteroso, hizo como que no lo oía por una cuestión de orgullo. Es un montón de huesos cubierto de moscas, pero incluso en aquel estado, todavía se acuerda de que es un perro. No piensa el estúpido, que si un cuervo es capaz de plantar cara a un azor o a un halcón, con mayor facilidad caería sobre un chucho flaco como él, clavándole las garras en el lomo hasta dejarlo hecho tiras.
El cuervo es un bicho de coraje, dicen los libros y éste, aún con las alas cortadas por la maldad del tabernero con el que vive, defiende su libertad por ser muy desconfiado y saltador. En menos de nada atraviesa una calle, en menos de nada ya está en lo alto, mirando; tan rápido corre como salta y en este preciso momento apunta a los barracones de la orilla del Tajo, que al caer la tarde están necesariamente desiertos. Tranquilidad, es lo que necesita y para eso está en el buen camino. El comercio está casi todo cerrado, la gente camino de sus casas sin tiempo para echar el rato con quien pasa, los autobuses cumplen sus horarios, la marea baja de la ciudad, una ciudad que se escabulle hacia los dormitorios. Se oye un barco roncando en alguna parte del río.
En esto el Cuervo salta hacia una pequeña zona de césped a los pies de un monumento y allí descubre ¿qué?, una moneda. Plata reluciente, con lo que a él le gusta eso. Rápidamente le echa el pico en lo alto y busca un sitio para enterrarla. Un cuervo como cualquier otro ciudadano, tiene todo el derecho a jugar con el dinero, ¿no es así?
“Creo que andas perdido”, dice una voz avinada que parece llegarle desde el Más Allá.
El Cuervo no necesita oír más. Joder, otro borracho. Lisboa está llena de borrachos. Aquel tiene una pinta que no engaña a nadie, y ya lo ven, todo garboso, sobre el pájaro.
Que le huye el pájaro. Que no es estúpido.
“Borroncillo, ven aquí, borroncillo”, le indica el borracho con su mano mientras intenta atraparlo.
Borroncillo lo será tu padre. El Cuervo sin abandonar la moneda lo esquiva con una finta y se aleja, muy digno. Nueva arrancada del borracho, pero otra vez sin resultado. El hijo de su madre viene con los brazos abiertos fingiendo que quiere jugar, pero el Cuervo, con su moneda en el pico como si acabara de salir de una fábula, salta media docena de pasos y vuelve a escabullirse. Corrida por aquí, corrida por allá el despajarado violador de pájaros tropieza en una piedra y queda espatarrado en el césped mientras lo llama con mano amistosa: “Gorrioncillo, gorrioncillo...”.
Gorrioncillo. Aquel, incluso sin estar bebido, es capaz de desplumar un cuervo a bocados y llamarlo perdiz de campo.
Anochece. Ya es hora de tirar para casa. A los pies del monumento quedó el borracho frustrado y un poco más adelante, en una grieta del terreno, va a quedar una moneda de plata depositada por un Cuervo Tabernario. Así es la vida, la curiosidad tiene su momento y el vagabundear también. En las callejuelas del regreso reina un olor a fritanga y hay un desfilar de televisores por las ventanas abiertas, la ciudad en familia. Entre un farol de esquina y un escaparate iluminado a todo color, pasa una vieja conduciendo un gato de pelo azul con su cadena y todo.
¿De pelo azul? De pelo azul el Cuervo jamás había visto a un gato, aunque eso pudiera deberse al reflejo del escaparate. Y un gato con cadena, menos aún. Sólo faltaría que tampoco hubiera visto a la vieja y que en vez de llevarlo, fuese llevada por un gato de ciego.
Decididamente en esta ciudad medida por las leyendas, todo es fábula de museo. Perros desdentados, gatos azules, como acababa de ver, palomas corruptas, de todo. Cuervos, principalmente. Lisboa es una república de cuervos, tiene historias de cuervos para dar y tomar. Mientras, si nos ponemos en ello, lo que encontramos por todos lados son animales de fábula, monstruos domésticos disfrazados de canarios, de cachorros, de micos y de otros miles de animales, y cuervos, propiamente, ni uno. ¿Dónde están? ¿En el escudo de la ciudad? Di. Gente como el sacristán de las Hermanas Descalzas, que pueden creer en esa trola de los dos cuervos desnaturalizados que andan paseándose con un esqueleto por los mares de la eternidad.
El Cuervo Tabernario conoce todo eso, pero no se cree nada.
Él, que es incluso lisboeta de nacimiento con graznar y todo, escucha al experto de ocasión lanzando floreados de este género y prosigue su camino. Como quien dice, el Cuervo Vicente, su criado, y házme el favor de irte a la mierda, que a mí no me toreas tú, so capullo.
Nítido en el negro declarado que le diera la Naturaleza, regresa a la tasca donde tiene su guarida. Pasa por callejuelas y puertas conocidas, pasa junto al hospital, pasa la tienda de la recovera pero..., ¡alto ahí!, en la tienda de la recovera ¿qué es lo que está pasando? Aún hay luz allá dentro y la puerta está entreabierta, ¿trabajando tan tarde la recovera?
Por el sí o por el no, se acerca. Y entra. Y con esa mirada repentina que le es tan familiar da con la mujer muerta en la mecedora. Muerta, no hay la menor duda. Su corazón universal se detuvo. Blanca y matriarcal, está reclinada hacia detrás con los ojos abiertos como si siguiera viva, como si continuara balanceándose al compás de sus agujas.
El Cuervo Tabernario sacude las alas, sin dar crédito. Su amiga, su confidente, su vecina, yace muerta en la mecedora. Tiene los bigotes largos cayéndole por la comisura de la boca y así se parece a una morsa corpulenta sentada en un trono. “Muerta”, se desata él a graznar, saltando contra las paredes, contra el techo, contra las aves degolladas que se alinean en el fondo de la sala. De golpe prende sus garras en el espaldar de la mecedora y se pone a gritar socorro, socorro.
Viene gente, viene la policía, el barrio entero, pero él, el Cuervo, no se aparta de allí. De pico afilado y golpeando las alas se mantiene a la cabecera de la difunta, no consintiendo que nadie le toque un pelo y lanzando, en un cra-crá afligido, la más íntima y personal de todas sus voces.
Aseguran que aún sigue allí.

José Cardoso Pires, La república de los cuervos.
Traducido por Manuel Moya.

José Cardoso Pires

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Silvina Ocampo, La casa de azúcar

La casa de azúcar
Las supersticiones no dejaban vivir a Cristina. Una moneda con la efigie borrada, una mancha de tinta, la luna vista a través de dos vidrios, las iniciales de su nombre grabadas por azar sobre el tronco de un cedro la enloquecían de temor. Cuando nos conocimos llevaba puesto un vestido verde, que siguió usando hasta que se rompió, pues me dijo que le traía suerte y que en cuanto se ponía otro, azul, que le sentaba mejor, no nos veíamos. Traté de combatir estas manías absurdas. Le hice notar que tenía un espejo roto en su cuarto y que por más que yo le insistiera en la conveniencia de tirar los espejos rotos al agua, en una noche de luna, para quitarse la mala suerte, lo guardaba; que jamás temió que la luz de la casa bruscamente se apagara, y a pesar de que fuera un anuncio seguro de muerte, encendía con tranquilidad cualquier número de velas; que siempre dejaba sobre la cama el sombrero, error en que nadie incurría. Sus temores eran personales. Se infligía verdaderas privaciones; por ejemplo: no podía comprar frutillas en el mes de diciembre, ni oír determinadas músicas, ni adornar la casa con peces rojos, que tanto le gustaban. Había ciertas calles que no podíamos cruzar, ciertas personas, ciertos cinematógrafos que no podíamos frecuentar. Al principio de nuestra relación, esta supersticiones me parecieron encantadoras, pero después empezaron a fastidiarme y a preocuparme seriamente. Cuando nos comprometimos tuvimos que buscar un departamento nuevo, pues, según sus creencias, el destino de los ocupantes anteriores influiría sobre su vida (en ningún momento mencionaba la mía, como si el peligro la amenazara sólo a ella y nuestras vidas no estuvieran unidas por el amor). Recorrimos todos los barrios de la ciudad; llegamos a los suburbios más alejados, en busca de un departamento que nadie hubiera habitado: todos estaban alquilados o vendidos. Por fin encontré una casita en la calle Montes de Oca, que parecía de azúcar. Su blancura brillaba con extraordinaria luminosidad. Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. Pensé que esa casa era recién construida, pero me enteré de que en 1930 la había ocupado una familia, y que después, para alquilarla, el propietario le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer creer a Cristina que nadie había vivido en la casa y que era el lugar ideal: la casa de nuestros sueños. Cuando Cristina la vio, exclamó:
–¡Qué diferente de los departamentos que hemos vivido! Aquí se respira olor a limpio. Nadie podrá influir en nuestras vidas y ensuciarlas con sus pensamientos que envician el aire.
En pocos días nos casamos y nos instalamos allí. Mis suegros nos regalaron los muebles del dormitorio y mis padres los del comedor. El resto de la casa la amueblaríamos de a poco. Yo temía que, por los vecinos, Cristina se enterara de mi mentira, pero felizmente hacía sus compras fuera del barrio y jamás conversaba con ellos. Éramos felices, tan felices que a veces me daba miedo. Parecía que la tranquilidad nunca se rompería en aquella casa de azúcar, hasta que un llamado telefónico destruyó mi ilusión. Felizmente Cristina no atendió aquella vez al teléfono, pero quizá lo atendiera en una oportunidad análoga. La persona que llamaba preguntó por la señora Violeta: indudablemente se trataba de la inquilina anterior. Si Cristina se enteraba de que yo la había engañado, nuestra felicidad seguramente concluiría: no me hablaría más, pediría nuestro divorcio, y en el mejor de los casos tendríamos que dejar la casa para irnos a vivir, tal vez, a Villa Urquiza, tal vez a Quilmes, de pensionistas en alguna de las casas donde nos prometieron darnos un lugarcito para construir ¿con qué? (con basura, pues con mejores materiales no me alcanzaría el dinero) un cuarto y una cocina. Durante la noche yo tenía cuidado de descolgar el tubo, para que ningún llamado inoportuno nos despertara. Coloqué un buzón en la puerta de calle; fui el depositario de la llave, el distribuidor de cartas.
Una mañana temprano golpearon a la puerta y alguien dejó un paquete. Desde mi cuarto oí que mi mujer protestaba, luego oí el ruido del papel estrujado. Bajé la escalera y encontré a Cristina con un vestido de terciopelo entre los brazos.
–Acaban de traerme este vestido –me dijo con entusiasmo.
Subió corriendo las escaleras y se puso el vestido, que era muy escotado.
–¿Cuándo te lo mandaste a hacer?
–Hace tiempo. ¿Me queda bien? Lo usaré cuando tengamos que ir al teatro, ¿no te parece?
–¿Con qué dinero lo pagaste?
–Mamá me regaló unos pesos.
Me pareció raro, pero no le dije nada, para no ofenderla.
Nos queríamos con locura. Pero mi inquietud comenzó a molestarme, hasta para abrazar a Cristina por la noche. Advertí que su carácter había cambiado: de alegre se convirtió en triste, de comunicativa en reservada, de tranquila en nerviosa. No tenía apetito. Ya no preparaba esos ricos postres, un poco pesados, a base de cremas batidas y de chocolate, que me agradaban, ni adornaba periódicamente la casa con volantes de nylon, en las tapas de la letrina, en las repisas del comedor, en los armarios, en todas partes como era su costumbre. Ya no me esperaba con vainillas a la hora del té, ni tenía ganas de ir a teatro o al cinematógrafo de noche, ni siquiera cuando nos mandaban entradas de regalo. Una tarde entró un perro en el jardín y se acostó frente a la puerta de calle, aullando. Cristina le dio carne y le dio de beber y, después de un baño, que le cambió el color de pelo, declaró que le daría hospitalidad y que lo bautizaría con el nombre Amor, porque llegaba a nuestra casa en un momento de verdadero amor. El perro tenía el paladar negro, lo que indica pureza de raza.
Otra tarde llegué de improviso a casa. Me detuve en la entrada porque vi una bicicleta apostada en el jardín. Entré silenciosamente y me escurrí detrás de una puerta y oí la voz de Cristina.
–¿Qué quiere? –repitió dos veces.
–Vengo a buscar a mi perro –decía la de voz de una muchacha–. Pasó tantas veces frente a esta casa que se ha encariñado con ella. Esta casa parece de azúcar. Desde que la pintaron, llama la atención de todos los transeúntes. Pero a mí me gustaba más antes, con ese color rosado y romántico de las casas viejas. Esta casa era muy misteriosa para mí. Todo me gustaba en ella: la fuente donde venían a beber los pajaritos; las enredaderas con flores, como cornetas amarillas; el naranjo. Desde que tengo ocho años esperaba conocerla a usted, desde aquel día en que hablamos por teléfono, ¿recuerda? Prometió que iba a regalarme un barrilete.
–Los barriletes son juegos de varones.
–Los juguetes no tienen sexo. Los barriletes me gustaban porque eran como enormes pájaros: me hacía la ilusión de volar sobre sus alas. Para usted fue un juego prometerme ese barrilete; yo no dormí en toda la noche. Nos encontramos en la panadería, usted estaba de espaldas y no vi su cara. Desde ese día no pensé en otra cosa que en usted, en cómo sería su cara, su alma, sus ademanes de mentirosa. Nunca me regaló aquel barrilete. Los árboles me hablaban de sus mentiras. Luego fuimos a vivir a Morón, con mis padres. Ahora, desde hace una semana estoy de nuevo aquí.
–Hace tres meses que vivo en esta casa, y antes jamás frecuenté estos barrios. Usted estará confundida.
–Yo la había imaginado tal como es. ¡La imaginé tantas veces! Para colmo de la casualidad, mi marido estuvo de novio con usted.
–No estuve de novia sino con mi marido. ¿Cómo se llama este perro?
–Bruto.
–Lléveselo, por favor, antes de que me encariñe con él.
–Violeta, escúcheme. Si llevo el perro a mi casa, se moriría. No lo puedo cuidar.
–Vivimos en un departamento muy chico. Mi marido y yo trabajamos y no hay nadie que lo saque a pasear.
–No me llamo Violeta. ¿Qué edad tiene?
–¿Bruto? Dos años. ¿Quiere quedarse con él? Yo vendría a visitarlo de vez en cuando, porque lo quiero mucho.
–A mi marido no le gustaría recibir desconocidos en su casa, ni que aceptara un perro de regalo.
–No se lo diga, entonces. La esperaré todos los lunes a las siete de la tarde en la Plaza Colombia. ¿Sabe dónde es? Frente a la iglesia Santa Felicitas, o si no la esperaré donde usted quiera y a la hora que prefiera; por ejemplo, en el puente de Constitución o en el Parque Lezama. Me contentaré con ver los ojos de Bruto. ¿Me hará el favor de quedarse con él?
–Bueno. Me quedaré con él.
–Gracias, Violeta.
–No me llamo Violeta.
–¿Cambió de nombre? Para nosotros usted es Violeta. Siempre la misma misteriosa Violeta.
Oí el ruido seco de la puerta y el taconeo de Cristina, subiendo la escalera. Tardé un rato en salir de mi escondite y en fingir que acababa de llegar. A pesar de haber comprobado la inocencia del diálogo, no sé por qué, una sorda desconfianza comenzó a devorarme. Me pareció que había presenciado una representación de teatro y que la realidad era otra. No confesé a Cristina que había sorprendido la visita de esa muchacha. Esperé los acontecimientos, temiendo siempre que Cristina descubriera mi mentira, lamentando que estuviéramos instalados en este barrio. Yo pasaba todas las tardes por la Plaza que queda frente a la iglesia de Santa Felicitas, para comprobar si Cristina había acudido a la cita. Cristina parecía no advertir mi inquietud. A veces llegué a creer que yo había soñado. Abrazando al perro, un día Cristina me preguntó:
–¿Te gustaría que me llamara Violeta?
–No me gusta el nombre de las flores.
–Pero Violeta es lindo. Es un color.
–Prefiero tu nombre.
–Un sábado, al atardecer, la encontré en el puente de Constitución, asomada sobre el parapeto de fierro. Me acerqué y no se inmutó.
–¿Qué haces aquí?
–Estoy curioseando. Me gusta ver las vías desde arriba.
–Es un lugar muy lúgubre y no me gusta que andes sola.
–No me parece lúgubre. ¿Y por qué no puedo andar sola?
–¿Te gusta el humo negro de las locomotoras?
–Me gustan los medios de transporte. Soñar con viajes. Irme sin irme. “Ir y quedar y con quedar partirse.”
Volvimos a casa. Enloquecido de celos (¿celos de qué? de todo), durante el trayecto apenas le hablé.
Podríamos tal vez comprar alguna casita en San Isidro o en Olivos, es tan desagradable este barrio –le dije, fingiendo que me era posible adquirir una casa en esos lugares.
–No creas. Tenemos muy cerca de aquí el Parque Lezama.
–Es una desolación. Las estatuas están rotas, las fuentes sin agua, los árboles apestados. Mendigos, viejos y lisiados van con bolsas, para tirar o recoger basuras.
–No me fijo en esas cosas.
–Antes no querías sentarte en un banco donde alguien había comido mandarinas o pan.
–He cambiado mucho.
–Por mucho que hayas cambiado, no puede gustarte un parque como ése. Ya sé que tiene un museo de leones de mármol que cuidan la entrada y que jugabas allí en tu infancia, pero eso no quiere decir nada.
–No te comprendo –me respondió Cristina. Y sentí que me despreciaba, con un desprecio que podía conducirla al odio.
Durante días, que me parecieron años, la vigilé, tratando de disimular mi ansiedad. Todas las tardes pasaba por la plaza frente a la iglesia y los sábados por el horrible puente negro de Constitución. Un día me aventuré a decir a Cristina:
–Si descubriéramos que esta casa fue habitada por otras personas ¿qué harías, Cristina? ¿Te irías de aquí?
–Si una persona hubiera vivido en esta casa, esa persona tendría que ser como esas figuritas de azúcar que hay en los postres o en las tortas de cumpleaños: una persona dulce como el azúcar. Esta casa me inspira confianza. ¿Será el jardincito de la entrada que me infunde tranquilidad? ¡No sé! No me iría de aquí por todo el oro del mundo. Además no tendríamos adónde ir. Tú mismo me lo dijiste hace un tiempo.
No insistí, porque iba a pura pérdida. Para conformarme pensé que el tiempo compondría las cosas.
Una mañana sonó el timbre de la puerta de calle. Yo estaba afeitándome y oí la voz de Cristina. Cuando concluí de afeitarme, mi mujer ya estaba hablando con la intrusa. Por la abertura de la puerta las espié. La intrusa tenía una voz tan grave y los pies tan grandes que eché a reír.
–Si usted vuelve a ver a Daniel, lo pagará muy caro, Violeta.
–No sé quién es Daniel y no me llamo Violeta –respondió mi mujer.
–Usted está mintiendo.
–No miento. No tengo nada que ver con Daniel.
–Yo quiero que usted sepa las cosas como son.
–No quiero escucharla.
Cristina se tapó las orejas con las manos. Entré en el cuarto y dije a la intrusa que se fuera. De cerca le miré los pies, las manos y el cuello. Entonces, advertí que era un hombre disfrazado de mujer. No me dio tiempo de pensar en lo que debía hacer; como un relámpago desapareció dejando la puerta entreabierta tras de sí.
No comentamos el episodio con Cristina; jamás comprenderé por qué; era como si nuestros labios hubieran estado sellados para todo lo que no fuese besos nerviosos, insatisfechos o palabras inútiles.
En aquellos días, tan tristes para mí, a Cristina le dio por cantar. Su voz era agradable pero me exasperaba, porque formaba parte de ese mundo secreto, que la alejaba de mí. ¡Por qué, si nunca había cantado, ahora cantaba noche y día mientras se vestía o se bañaba o cocinaba o cerraba las persianas!
Un día en que oí a Cristina exclamar con un aire enigmático:
–Sospecho que estoy heredando la vida de alguien, las dichas y las penas, las equivocaciones y los aciertos. Estoy embrujada –fingí no oír esa frase atormentadora. Sin embargo, no sé por qué empecé a averiguar en el barrio quién era Violeta, dónde estaba, todos los detalles de su vida.
A media cuadra de nuestra casa había una tienda donde vendían tarjetas postales, papel, cuadernos, lápices, gomas de borrar y juguetes. Para mis averiguaciones, la vendedora de esa tienda me apreció la más indicada: era charlatana y curiosa, sensible a las lisonjas. Con el pretexto de comprar un cuaderno y lápices, fui una tarde a conversar con ella. Le alabé los ojos, las manos, el pelo. No me atreví a pronunciar la palabra Violeta. Le expliqué que éramos vecinos. Le pregunté finalmente quién había vivido en nuestra casa. Tímidamente le dije:
–¿No vivía una tal Violeta?
–Me contestó cosas muy vagas, que me inquietaron más. Al día siguiente traté de averiguar en el almacén algunos otros detalles. Me dijeron que Violeta estaba en un sanatorio frenopático y me dieron la dirección.
–Canto con una voz que no es mía –me dijo Cristina, renovando su aire misterioso. Antes me hubiera afligido, pero ahora me deleita. Soy otra persona, tal vez más feliz que yo.
Fingí no haberla oído. Yo estaba leyendo el diario.
De tanto averiguar detalles de la vida de Violeta, confieso que desatendía a Cristina.
Fui al sanatorio frenopático, que quedaba en Flores. Ahí pregunté por Violeta y me dieron la dirección de Arsenia López, su profesora de canto.
Tuve que tomar el tren en Retiro, para que me llevara a Olivos.
Durante el trayecto una tierrita me entró en un ojo, de modo que en el momento de llegar a casa de Arsenia López, se me caían las lágrimas como si estuviese llorando. Desde la puerta de calle oí voces de mujeres, que hacían gárgaras con las escalas, acompañadas de un piano, que parecía más bien un organillo.
Alta, delgada, aterradora apareció en el fondo de un corredor Arsenia López, con un lápiz en la mano. Le dije tímidamente que venía a buscar noticias de Violeta.
–¿Usted es el marido?
–No, soy un pariente – le respondí secándome los ojos con un pañuelo.
–Usted será uno de sus innumerables admiradores –me dijo entornando los ojos y tomándome la mano–. Vendrá para saber lo que todos quieren saber, ¿cómo fueron los últimos días de Violeta? Siéntese. No hay que imaginar que una persona muerta, forzosamente haya sido pura fiel, buena.
–Quiere consolarme –le dije.
Ella, oprimiendo mi mano con su mano húmeda, contestó:
–Sí. Quiero consolarlo. Violeta era no sólo mi discípula, sino mi íntima amiga. Si se disgustó conmigo, fue tal vez porque me hizo demasiadas confidencias y porque ya no podía engañarme. Los últimos días que la vi, se lamentó amargamente de su suerte. Murió de envidia. Repetía sin cesar: “Alguien me ha robado la vida, pero lo pagará muy caro. No tendré mi vestido de terciopelo, ella lo tendrá; Bruto será de ella; los hombres no se disfrazarán de mujer para entrar en mi casa sino en la de ella; perderé la voz que trasmitiré a esa otra garganta indigna; no nos abrazaremos con Daniel en el puente de Constitución, ilusionados con un amor imposible, inclinados como antaño, sobre la baranda de hierro, viendo los trenes alejarse”.
Arsenia López me miró en los ojos y me dijo:
–No se aflija. Encontrará muchas mujeres más leales. Ya sabemos que era hermosa, ¿pero acaso la hermosura es lo único bueno que hay en el mundo?
Mudo, horrorizado, me alejé de aquella casa, sin revelar mi nombre a Arsenia López, que, al despedirse de mí, intentó abrazarme, para demostrar su simpatía.
Desde ese día Cristina se transformó, para mí, al menos, en Violeta. Traté de seguirla a todas horas, para descubrirla en los brazos de sus amantes. Me alejé tanto de ella que la vi como a una extraña. Una noche de invierno huyó. La busqué hasta el alba.
Ya no sé quién fue víctima de quién, en esa casa de azúcar que ahora está deshabitada.

Silvina Ocampo, La casa de azúcar.

Silvina Ocampo