Felisberto Hernández, La casa inundada

La casa inundada.

De esos días siempre recuerdo las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita. Si ella miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo; pero no lo que me había prometido; sólo hablaba de las plantas y parecía que quisiera esconder entre ellas otros pensamientos. Yo me cansaba de tener esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos aburridas de contar siempre las mismas gotas. Pero ya sabía que, en otras vueltas del bote, volvería a descubrir, una vez más, que ese cansancio era una pequeña mentira confundida entre un poco de felicidad. Entonces me resignaba a esperar las palabras que me vendrían de aquel mundo, casi mudo, de espaldas a mí y deslizándose con el esfuerzo de mis manos doloridas.
Una tarde, poco antes del anochecer, tuve la sospecha de que el marido de la señora Margarita estaría enterrado en la isla. Por eso ella me hacía dar vueltas por allí y me llamaba en la noche —si había luna— para dar vueltas de nuevo. Sin embargo el marido no podía estar en aquella isla; Alcides, —el novio de la sobrina de la señora Margarita— me dijo que ella había perdido al marido en un precipicio de Suiza. Y también recordé lo que me contó el botero la noche que llegué a la casa inundada. Él remaba despacio mientras recorríamos “la avenida de agua”, del ancho de una calle y bordeada de plátanos con borlitas. Entre otras cosas supe que él y un peón habían llenado de tierra la fuente del patio para que después fuera una isla. Además yo pensaba que los movimientos de la cabeza de la señora Margarita —en las tardes que su mirada iba del libro a la isla y de la isla al libro— no tenían relación con un muerto escondido debajo de las plantas. También es cierto que una vez que la vi de frente tuve la impresión de que los vidrios gruesos de sus lentes les enseñaban a los ojos a disimular y que la gran vidriera terminada en cúpula que cubría el patio y la pequeña isla, era como para encerrar el silencio en que se conserva a los muertos.
Después recordé que ella no había mandado hacer la vidriera. Y me gustaba saber que aquella casa, como un ser humano, había tenido que desempeñar diferentes cometidos; primero fue casa de campo; después instituto astronómico; pero como el telescopio que habían pedido a Norte América lo tiraron al fondo del mar los alemanes, decidieron hacer, en aquel patio, un invernáculo; y por último la señora Margarita la compró para inundarla.
Ahora, mientras dábamos vuelta a la isla, yo envolvía a esta señora con sospechas que nunca le quedaban bien. Pero su cuerpo inmenso, rodeado de una simplicidad desnuda, me tentaba a imaginar sobre él un pasado tenebroso. Por la noche parecía más grande, el silencio lo cubría como un elefante dormido y a veces ella hacía una carraspera rara, como un suspiro ronco.
Yo la había empezado a querer, porque después del cambio brusco que me había hecho pasar de la miseria a esa opulencia, vivía en una tranquilidad generosa y ella se prestaba —como prestaría el lomo una elefanta blanca a un viajero— para imaginar disparates entretenidos. Además, aunque ella no me preguntaba nada sobre mi vida, en el instante de encontrarnos, levantaba las cejas como si se le fueran a volar, y sus ojos, detrás de tos vidrios, parecían decir: “¿Qué pasa, hijo mío?”.
Por eso yo fui sintiendo por ella una amistad equivocada; y si ahora dejo libre mi memoria se me va con esta primera señora Margarita; porque la segunda, la verdadera, la que conocí cuando ella me contó su historia, al fin de la temporada, tuvo una manera extraña de ser inaccesible. 
Pero ahora yo debo esforzarme en empezar esta historia por su verdadero principio, y no detenerme demasiado en las preferencias de los recuerdos.
Alcides me encontró en Buenos Aires en un día que yo estaba muy débil, me invitó a un casamiento y me hizo comer de todo. En el momento de la ceremonia, pensó en conseguirme un empleo, y ahogado de risa, me habló de una “atolondrada generosa” que podía ayudarme. Y al final me dijo que ella había mandado inundar una casa según el sistema de un arquitecto sevillano que también inundó otra para un árabe que quería desquitarse de la sequía del desierto. Después Alcides fue con la novia a la casa de la señora Margarita, le habló mucho de mis libros y por último le dijo que yo era un “sonámbulo de confianza”. Ella decidió contribuir, enseguida, con dinero; y en el verano próximo, si yo sabía remar, me invitaría a la casa inundada. No sé por qué causa, Alcides no me llevaba nunca; y después ella se enfermó. Ese verano fueron a la casa inundada antes que la señora Margarita se repusiera y pasaron los primeros días en seco. Pero al darle entrada al agua me mandaron llamar. Yo tomé un ferrocarril que me llevó hasta una pequeña ciudad de la provincia, y de allí a la casa fui en auto. Aquella región me pareció árida, pero al llegar la noche pensé que podía haber árboles escondidos en la oscuridad. El chofer me dejó con las valijas en un pequeño atracadero donde empezaba el canal, “la avenida de agua”, y tocó la campana, colgada de un plátano; pero ya se había desprendido de la casa la luz pálida que traía el bote. Se veía una cúpula iluminada y al lado un monstruo oscuro tan alto como la cúpula. (Era el tanque del agua). Debajo de la luz venía un bote verdoso y un hombre de blanco que me empezó a hablar antes de llegar. Me conversó durante todo el trayecto (fue él quien me dijo lo de la fuente llena de tierra). De pronto vi apagarse la luz de la cúpula. En ese momento el botero me decía: “Ella no quiere que tiren papeles ni ensucien el piso de agua. Del comedor al dormitorio de la señora Margarita no hay puerta y una mañana en que se despertó temprano, vio venir nadando desde el comedor un pan que se le había caído a mi mujer. A la dueña le dio mucha rabia y le dijo que se fuera inmediatamente y que no había cosa más fea en la vida que ver nadar un pan”.
El frente de la casa estaba cubierto de enredaderas. Llegamos a un zaguán ancho de luz amarillenta y desde allí se veía un poco del gran patio de agua y la isla. El agua entraba en la habitación de la izquierda por debajo de una puerta cerrada. El botero ató la soga del bote a un gran sapo de bronce afirmado en la vereda de la derecha y por allí fuimos con las valijas hasta una escalera de cemento armado. En el primer piso había un corredor con vidrieras que se perdían entre el humo de una gran cocina, de donde salió una mujer gruesa con flores en el moño. Parecía española. Me dijo que la señora, su ama, me recibiría al día siguiente; pero que esa noche me hablaría por teléfono. 
Los muebles de mi habitación, grandes y oscuros, parecían sentirse incómodos entre paredes blancas atacadas por la luz de una lámpara eléctrica sin esmerilar y colgada desnuda, en el centro de la habitación. La española levantó mi valija y le sorprendió el peso. Le dije que eran libros. Entonces empezó a contarme el mal que le había hecho a su ama “tanto libro” y “hasta la habían dejado sorda, y no le gustaba que le gritaran”. Yo debo haber hecho algún gesto por la molestia de la luz. 
—¿A usted también le incómoda la luz? Igual que a ella.
Fui a encender un portátil; tenía pantalla verde y daría una sombra agradable. En el instante de encenderla sonó el teléfono colocado detrás del portátil, y lo atendió la española. Decía muchos “sí” y las pequeñas flores blancas acompañaban conmovidas los movimientos del moño. Después ella sujetaba las palabras que se asomaban a la boca can una silaba o un chistido. Y cuando colgó el tubo suspiró y salió de la habitación en silencio. 
Comí y bebí buen vino. La española me hablaba pero yo, preocupado de cómo me iría en aquella casa, apenas le contestaba moviendo la cabeza como un mueble en un piso flojo. En el instante de retirar el pocillo de café de entre la luz llena de humo de mi cigarrillo, me volvió a decir que la señora me llamaría por teléfono. Yo miraba el aparato esperando continuamente el timbre, pero sonó en un instante en que no lo esperaba. La señora Margarita me preguntó por mi viaje y mi cansancio con voz agradable y tenue. Yo le respondía con fuerza separando las palabras. 
—Hable naturalmente —me dijo—; ya le explicaré por qué le he dicho a María (la española) que estoy sorda. Quisiera que usted estuviera tranquilo en esta casa; es mi invitado; sólo le pediré que reme en mi bote y que soporte algo que tengo que decirle. Por mi parte haré una contribución mensual a sus ahorros y trataré de serle útil. He leído sus cuentos a medida que se publicaban. No he querido hablar de ellos con Alcides por temor a disentir, soy susceptible; pero ya hablaremos…
Yo estaba absolutamente conquistado. Hasta le dije que al día siguiente me llamara a las seis. Esa primera noche, en la casa inundada, estaba intrigado con lo que la señora Margarita tendría que decirme, me vino una tensión extraña y no podía hundirme en el sueño. No sé cuándo me dormí. A las seis de la mañana, un pequeño golpe de timbre, como la picadura de un insecto, me hizo saltar en la cama. Esperé, inmóvil, que aquello se repitiera. Así fue. Levanté el tubo del teléfono. 
—¿Está despierto?
—Es verdad. 
Después de combinar la hora de vernos me dijo que podía bajar en pijama y que ella me esperaría al pie de la escalera. En aquel instante me sentí como el empleado al que le dieran un momento libre.
En la noche anterior, la oscuridad me había parecido casi toda hecha de árboles; y ahora, al abrir la ventana, pensé que ellos se habrían ido al amanecer. Sólo había una llanura inmensa con un aire claro; y los únicos árboles eran los plátanos del canal. Un poco de viento les hacía mover el brillo de las hojas; al mismo tiempo se asomaban a la “avenida de agua” tocándose disimuladamente las copas. Tal vez allí podría empezar a vivir de nuevo con una alegría perezosa. Cerré la ventana con cuidado, como si guardara el paisaje nuevo para mirarlo más tarde.
Vi, al fondo del corredor, la puerta abierta de la cocina y fui a pedir agua caliente para afeitarme en el momento que María le servía café a un hombre joven que dio los “buenos días” con humildad; era el hombre del agua y hablaba de los motores. La española, con una sonrisa, me tomó de un brazo y me dijo que me llevaría todo a mi pieza. Al volver, por el corredor, vi al pie de la escalera —alta y empinada— a la señora Margarita. Era muy gruesa y su cuerpo sobresalía de un pequeño bote como un pie gordo de un zapato escotado. Tenía la cabeza baja porque leía unos papeles, y su trenza, alrededor de la cabeza, daba la idea de una corona dorada. Esto lo iba recordando después de una rápida mirada, pues temí que me descubriera observándola. Desde ese instante hasta el momento de encontrarla estuve nervioso. Apenas puse los pies en la escalera empezó a mirar sin disimulo y yo descendía con la dificultad de un líquido espeso por un embudo estrecho. Me alcanzó una mano mucho antes que yo llegara abajo. Y me dijo:
—Usted no es como yo me lo imaginaba… siempre me pasa eso… Me costará mucho acomodar sus cuentos a su cara.
Yo, sin poder sonreír, hacía movimientos afirmativos como un caballo al que le molestara el freno. Y le contesté:
—Tengo mucha curiosidad de conocerla y de saber qué pasará.
Por fin encontré su mano. Ella no me soltó hasta que pasé al asiento de los remos, de espaldas a la proa. La señora Margarita se removía con la respiración entrecortada, mientras se sentaba en el sillón que tenía el respaldo hacia mí. Me decía que estudiaba un presupuesto para un asilo de madres y no podría hablarme por un rato. Yo remaba, ella manejaba el timón, y los dos mirábamos la estela que íbamos dejando. Por un instante tuve la idea de un gran error; yo no era botero y aquel peso era monstruoso. Ella seguía pensando en el asilo de madres sin tener en cuenta el volumen de su cuerpo y la pequeñez de mis manos. En la angustia del esfuerzo me encontré con los ojos casi pegados al respaldo de su sillón; y el barniz oscuro y la esterilla llena de agujeritos, como los de un panal, me hicieron acordar de una peluquería a la que me llevaba mi abuelo cuando yo tenía seis años. Pero estos agujeros estaban llenos de bata blanca y de la gordura de la señora Margarita. Ella me dijo:
—No se apure; se va a cansar en seguida. 
Yo aflojé los remos de golpe, caí como en un vació dichoso y me sentí por primera vez deslizándome con ella en el silencio del agua. Después tuve cierta conciencia de haber empezado a remar de nuevo. Pero debe haber pasado largo tiempo. Tal vez me haya despertado el cansancio. Al rato ella me hizo señas con una mano, como cuando se dice adiós, pero era para que me detuviera en el sapo más próximo. En toda la vereda que rodeaba al lago, había esparcidos sapos de bronce para atar el bote. Con gran trabajo y palabras que no entendí, ella sacó el cuerpo del sillón y lo puso de pie en la vereda. De pronto nos quedamos inmóviles, y fue entonces cuando hizo por primera vez la carraspera rara, como si arrastrara algo, en la garganta, que no quisiera tragar y que al final era un suspiro ronco. Yo miraba el sapo al que habíamos amarrado el bote pero veía también los pies de ella, tan fijos como los otros dos sapos. Todo hacía pensar que la señora Margarita hablaría. Pero también podía ocurrir que volviera a hacer la carraspera rara. Si la hacía o empezaba a conversar yo soltaría el aire que retenía en los pulmones para no perder las primeras palabras. Después la espera se fue haciendo larga y yo dejaba escapar la respiración como si fuera abriendo la puerta de un cuarto donde alguien duerme. No sabía si esa espera quería decir que yo debía mirarla; pero decidí quedarme inmóvil todo el tiempo que fuera necesario. Me encontré de nuevo con el sapo y los pies, y puse mi atención en ellos sin mirar directamente. La parte aprisionada en los zapatos era pequeña; pero después se desbordaba la gran garganta blanca y la pierna rolliza y blanda con ternura de bebé que ignora sus formas; y la idea de inmensidad que había encima de aquellos pies era como el sueño fantástico de un niño. Pasé demasiado tiempo esperando la carraspera; y no sé en qué pensamientos andaría cuando oí sus primeras palabras. Entonces tuve la idea de que un inmenso jarrón se había ido llenando silenciosamente y ahora dejaba caer el agua con pequeños ruidos intermitentes.
—Yo le prometí hablar … pero hoy no puedo… tengo un mundo de cosas en qué pensar…
Cuando dijo “mundo”, yo, sin mirarla, me imaginé las curvas de su cuerpo. Ella siguió:
—Además usted no tiene culpa, pero me molesta que sea tan diferente.
Sus ojos se achicaron y en su cara se abrió una sonrisa inesperada; el labio superior se recogió hacia los lados como algunas cortinas de los teatros y se adelantaron, bien alineados, grandes dientes brillantes.
—Yo, sin embargo, me alegro que usted sea como es.
Esto lo debo haber dicho con una sonrisa provocativa, porque pensé en mí mismo como en un sinvergüenza de otra época con una pluma en el gorro. Entonces empecé a buscar sus ojos verdes detrás de los lentes. Pero en el fondo de aquellos lagos de vidrio, tan pequeños y de ondas tan fijas, los párpados se habían cerrado y abultaban avergonzados. Los labios empezaron a cubrir los dientes de nuevo y toda la cara se fue llenando de un color rojizo que ya había visto antes en faroles chinos. Hubo un silencio como de mal entendido y uno de sus pies tropezó con un sapo al tratar de subir al bote. Yo hubiera querido volver unos instantes hacia atrás y que todo hubiera sido distinto. Las palabras que yo había dicho mostraban un fondo de insinuación grosera que me llenaba de amargura. La distancia que había de la isla a las vidrieras se volvía un espacio ofendido y las cosas se miraban entre ellas como para rechazarme. Eso era una pena, porque yo las había empezado a querer. Pero de pronto la señora Margarita dijo:
—Deténgase en la escalera y vaya a su cuarto. Creo que luego tendré muchas ganas de conversar con usted. 
Entonces yo miré unos reflejos que había en el lago y sin ver las plantas me di cuenta de que me eran favorables; y subí contento aquella escalera casi blanca, de cemento armado, como un chiquilín que trepara por las vértebras de un animal prehistórico. 
Me puse a arreglar seriamente mis libros entre el olor a madera nueva del ropero y sonó el teléfono:
—Por favor, baje un rato más; daremos unas vueltas en silencio y cuando yo le haga una seña usted se detendrá al pie de la escalera, volverá a su habitación y yo no lo molestaré más hasta que pasen dos días.
Todo ocurrió como ella lo había previsto, aunque en un instante en que rodeamos la isla de cerca y ella miró las plantas parecía que iba a hablar. 
Entonces, empezaron a repetirse unos días imprecisos de espera y de pereza, de aburrimiento a la luz de la luna y de variedad de sospechas con el marido de ella bajo las plantas. Yo sabía que tenía gran dificultad en comprender a los demás y trataba de pensar en la señora Margarita un poco como Alcides y otro poco como María; pero también sabía que iba a tener pereza de seguir desconfiando. Entonces me entregué a la manera de mi egoísmo; cuando estaba con ella esperaba, con buena voluntad y hasta con pereza cariñosa, que ella me dijera lo que se le antojara y entrara cómodamente en mi comprensión. O si no, podía ocurrir, que mientras yo vivía cerca de ella, con un descuido encantado, esa comprensión se formara despacio, en mí, y rodeara toda su persona. Y cuando estuviera en mi pieza, entregado a mis lecturas, miraría también la llanura, sin acordarme de la señora Margarita. Y desde allí, sin ninguna malicia, robaría para mí la visión del lugar y me la llevaría conmigo al terminar el verano. 
Pero ocurrieron otras cosas. 
Una mañana el hombre del agua tenía un plano azul sobre la mesa. Sus ojos y sus dedos seguían las curvas que representaban los caños del agua incrustados sobre las paredes y debajo de los pisos como gusanos que las hubieran carcomido. Él no me había visto, a pesar de que sus pelos revueltos parecían desconfiados y apuntaban en todas direcciones. Por fin levantó los ojos. Tardó en cambiar la idea de que me miraba a mí en vez de lo que había en los planos y después empezó a explicarme cómo las máquinas, por medio de los caños, absorbían y vomitaban el agua de la casa para producir una tormenta artificial. Yo no había presenciado ninguna de las tormentas; sólo había visto las sombras de algunas planchas de hierro que resultaron ser bocas que se abrían y cerraban alternativamente, unas tragando y otras echando agua. Me costaba comprender la combinación de algunas válvulas; y el hombre quiso explicarme todo de nuevo. Pero entró María.
—Ya sabes tú que no debes tener a la vista esos caños retorcidos. A ella le parecen intestino… y puede llegarse hasta aquí, como el año pasado… —Y dirigiéndose a mí—: Por favor, usted oiga, señor, y cierre el pico. Sabrá que esta noche tendremos “velorio”. Sí, ella pone velas en unas budineras que deja flotando alrededor de la cama y se hace la ilusión de que es su propio “velorio”. Y después hace andar el agua para que la corriente se lleve las budineras. 
Al anochecer oí los pasos de María, el gong para hacer marchar el agua y el ruido de los motores. Pero ya estaba aburrido y no quería asombrarme de nada. 
Otra noche en que yo había comido y bebido demasiado, el estar remando siempre detrás de ella me parecía un sueño disparatado; tenía que estar escondido detrás de la montaña, que al mismo tiempo se deslizaba con el silencio que suponía en los cuerpos celestes; y con todo me gustaba pensar que “la montaña” se movía porque yo la llevaba en el bote. Después ella quiso que nos quedáramos quietos y pegados a la isla. Ese día habían puesto unas plantas que se asomaban como sombrillas inclinadas y ahora no nos dejaban llegar la luz que la luna hacía pasar por entre los vidrios. Yo transpiraba por el calor, y las plantas se nos echaban encima. Quise meterme en el agua, pero como la señora Margarita se daría cuenta de que el bote perdía peso, dejé esa idea. La cabeza se me entretenía en pensar cosas por su cuenta: “El nombre de ella es como su cuerpo; las dos primera silabas se parecen a toda esa carga de gordura y las dos últimas a su cabeza y sus facciones pequeñas…”. Parece mentira, la noche es tan inmensa, en el campo, y nosotros aquí, dos personas mayores, tan cerca y pensando quién sabe qué estupideces diferentes. Deben ser las dos de la madrugada… y estamos inútilmente despiertos, agobiados por estas ramas… Pero qué firme es la soledad de esta mujer…
Y de pronto, no sé en qué momento, salió de entre las ramas un rugido que me hizo temblar. Tardé en comprender que era la carraspera de ella y unas pocas palabras:
—No me haga ninguna pregunta… 
Aquí se detuvo. Yo me ahogaba y me venían cerca de la boca palabras que parecían de un antiguo compañero de orquesta que tocaba el bandoneón: “¿quién te hace ninguna pregunta? … Mejor me dejaras ir a dormir…”
Y ella terminó de decir:
—… hasta que yo le haya contado todo. 
Por fin aparecerían las palabras prometidas —ahora que yo no las esperaba—. El silencio nos apretaba debajo de las ramas pero no me animaba a llevar el bote más adelante. Tuve tiempo de pensar en la señora Margarita con palabras que oía dentro de mí y como ahogadas en una almohada. “Pobre, me decía a mí mismo, debe tener necesidad de comunicarse con alguien. Y estando triste le será difícil manejar ese cuerpo…”
Después que ella empezó a hablar, me pareció que su voz también sonaba dentro de mí como si yo pronunciara sus palabras. Tal vez por eso ahora confundo lo que ella me dijo con lo que yo pensaba. Además me será difícil juntar todas sus palabras y no tendré más remedio que poner aquí muchas de las mías. 
“Hace cuatro años, al salir de Suiza, el ruido del ferrocarril me era insoportable. Entonces me detuve en una pequeña ciudad de Italia…”. 
Parecía que iba a decir con quién, pero se detuvo. Pasó mucho rato y creí que esa noche no diría más nada. Su voz se había arrastrado con intermitencias y hacía pensar en la huella de un animal herido. En el silencio, que parecía llenarse de todas aquellas ramas enmarañadas, se me ocurrió repasar lo que acababa de oír. Después pensé que yo me había quedado, indebidamente, con la angustia de su voz en la memoria, para llevarla después a mi soledad y acariciarla. Pero en seguida, como si alguien me obligara a soltar esa idea, se deslizaron otras. Debe haber sido con el que estuvo antes en la pequeña ciudad de Italia. Y después de perderlo, en Suiza, es posible que haya salido de allí sin saber que todavía le quedaba un poco de esperanza (Alcides me había dicho que no encontraron los restos) y al alejarse de aquel lugar, el ruido del ferrocarril la debe haber enloquecido. Entonces, sin querer alejarse demasiado, decidió bajarse en la pequeña ciudad de Italia, peor en ese otro lugar se ha encontrado, sin duda, con recuerdos que le produjeron desesperaciones nuevas. Ahora ella no podrá decirme todo esto, por pudor, o tal vez por creer que Alcides me ha contado todo. Pero él no me dijo que ella está así por la pérdida de su marido, sino simplemente: “Margarita fue trastornada toda su vida”, y María atribuía la rareza de su ama a “tanto libro”. Tal vez ellos se hayan confundido porque la señora Margarita no les habló de su pena. Y yo mismo, si no hubiera sabido algo por Alcides, no habría comprendido nada de su historia, ya que la señora Margarita nunca me dijo ni una palabra de su marido. 
Yo seguí con muchas ideas como éstas, y cuando las palabras de ella volvieron, la señora Margarita parecía instalada en una habitación del primer piso de un hotel, en la pequeña ciudad de Italia, a la que había llegado por la noche. Al rato de estar acostada, se levantó porque oyó ruidos, y fue hacia una ventana de un corredor que daba al patio. Allí había reflejos de luna y de otras luces. Y de pronto, como si se hubiera encontrado con una cara que le había estado acechando, vio una fuente de agua. Al principio no podía saber si el agua era una mirada falsa en la cara oscura de la fuente de piedra; pero después el agua le pareció inocente; y al ir a la cama la llevaba en los ojos y caminaba con cuidado para no agitarla. A la noche siguiente no hubo ruido pero igual se levantó. Esta vez el agua era poca, sucia y al ir a la cama, como en la noche anterior, le volvió a parecer que el agua la observaba, ahora era por entre hojas que no alcanzaban a nadar. La señora Margarita la siguió mirando, dentro de sus propios ojos y las miradas de los dos se había detenido en una misma contemplación. Tal vez por eso, cuando la señora Margarita estaba por dormirse, tuvo un presentimiento que no sabía si le venía de su alma o del fondo del agua. Pero sintió que alguien quería comunicarse con ella, que había dejado un aviso en el agua y por eso el agua insistía en mirar y en que la miraran. Entonces la señora Margarita bajó de la cama y anduvo vagando, descalza y asombrada, por su pieza y el corredor; pero ahora, la luz y todo era distinto, como si alguien hubiera mandado cubrir el espacio donde ella caminaba con otro aire y otro sentido de las cosas. Esta vez ella no se animó a mirar el agua; y al volver a su cama sintió caer en su camisón, lágrimas verdaderas y esperadas desde hacía mucho tiempo. 
A la mañana siguiente, al ver el agua distraída, entre mujeres que hablaban en voz alta, tuvo miedo de haber sido engañada por el silencio de la noche y pensó que el agua no le daría ningún aviso ni la comunicaría con nadie. Pero escuchó con atención lo que decían las mujeres y se dio cuenta de que ellas empleaban sus voces en palabras tontas, que el agua no tenía culpa de que las echaran encima como si fueran papeles sucios y que no se dejaría engañar por la luz del día. Sin embargo, salió a caminar, vio un pobre viejo con una regadera en la mano y cuando él la inclinó apareció una vaporosa pollera de agua, haciendo murmullos como si fuera movida por pasos. Entonces, conmovida, pensó: “No, no debo abandonar el agua; por algo ella insiste como una niña que no puede explicarse”. Esa noche no fue a la fuente porque tenía un gran dolor de cabeza y decidió tomar una pastilla para aliviarse. Y en el momento de ver el agua entre el vidrio del vaso y la poca luz de la penumbra, se imaginó que la misma agua se había ingeniado para acercarse y poner un secreto en los labios que iban a beber. Entonces la señora Margarita se dijo: “No, esto es muy serio; alguien prefiere la noche para traer el agua a mi alma”. 
Al amanecer fue a ver a solas el agua de la fuente para observar minuciosamente lo que había entre el agua y ella. Apenas puso sus ojos sobre el agua se dio cuenta que por su mirada descendía un pensamiento. Aquí la señora Margarita dijo estas mismas palabras: “un pensamiento que ahora no importa nombrar” y, después de una larga carraspera, “un pensamiento confuso y como deshecho de tanto estrujarlo. Se empezó a hundir, lentamente y lo dejé reposar. De él nacieron reflexiones que mis miradas extrajeron del agua y me llenaron los ojos y el alma. Entonces supe, por primera vez, que hay que cultivar los recuerdos en el agua, que el agua elabora lo que en ella se refleja y que recibe el pensamiento. En caso de desesperación no hay que entregar el cuerpo al agua; hay que entregar a ella el pensamiento; ella lo penetra y él nos cambia el sentido de la vida”. Fueron éstas, aproximadamente, sus palabras. 
Después se vistió, salió a caminar, vio de lejos un arroyo, y en el primer momento no se acordó que por los arroyos corría agua —algo del mundo con quien sólo ella podía comunicarse. Al llegar a la orilla, dejó su mirada en la corriente, y en seguida tuvo la idea, sin embargo, de que esta agua no se dirigía a ella; y que además ésta podía llevarle los recuerdos para un lugar lejano, gastárselos. Sus ojos la obligaron a atender a una hoja recién caída de un árbol; anduvo un instante en la superficie y en el momento de hundirse la señora Margarita oyó pasos sordos, con palpitaciones. Tuvo una angustia de presentimientos imprecisos y la cabeza se le oscureció. Los pasos eran de un caballo que se acercó con una confianza un poco aburrida y hundió los belfos en la corriente; sus dientes parecían agrandados a través de un vidrio que se moviera, y cuando levantó la cabeza el agua chorreaba por los pelos de sus belfos sin perder ninguna dignidad. Entonces pensó en los caballos que bebían el agua del país de ella, y en lo distinta que sería el agua allá. 
Esa noche, en el comedor del hotel, la señora Margarita se fijaba a cada momento en una de las mujeres que había hablado a gritos cerca de la fuente. Mientras el marido la miraba, embobado, la mujer tenía una sonrisa irónica, y cuando se fue a llevar una copa a los labios, la señora pensó: “En qué bocas anda el agua”. En seguida se sintió mal, fue a su pieza y tuvo una crisis de lágrimas. Después se durmió pesadamente y a las dos de la madrugada se despertó agitada y con el recuerdo del arroyo llenándole el alma. Entonces tuvo ideas en favor del arroyo: “Esa agua corre como una esperanza desinteresada y nadie puede con ella. Si el agua que corre es poca, cualquier pozo puede prepararle una trampa y encerrarla: entonces ella se entristece, se llena de un silencio sucio, y ese pozo es como la cabeza de un loco. Yo debo tener esperanzas como de paso, vertiginoso, si es posible, y no pensar demasiado en que se cumplan; ese debe ser, también, el sentido del agua, su inclinación instintiva. Yo debo estar con mis pensamientos y mis recuerdos como en un agua que corre con gran caudal…” Esta marea de pensamientos creció rápidamente y la señora Margarita se levantó de la cama, preparó las valijas y empezó a pasearse por su cuarto y el corredor sin querer mirar el agua de la fuente. Entonces pensaba: “El agua es igual en todas partes y yo debo cultivar mis recuerdos en cualquier agua del mundo”. Pasó un tiempo angustioso antes de estar instalada en el ferrocarril. Pero después el ruido de las ruedas la deprimió y sintió pena por el agua que había dejado en la fuente del hotel; recordó la noche en que estaba sucia y llena de hojas, como una niña pobre, pidiéndole una limosna y ofreciéndole algo; pero si no había cumplido la promesa de una esperanza o un aviso, era por alguna picardía natural de la inocencia. Después la señora Margarita se puso una toalla en la cara, lloró y eso le hizo bien. Pero no podía abandonar sus pensamientos de agua quieta: “Yo debo preferir, seguía pensando, el agua que esté detenida en la noche para que el silencio se eche lentamente sobre ella y todo se llene de sueño y de plantas enmarañadas. Eso es más parecido al agua que llevo en mí, si cierro los ojos siento como si las manos de una ciega tantearan la superficie de su propia agua y recordara borrosamente, un agua entre plantas que vio en la niñez, cuando aún le quedara un poco de vista”. 
Aquí se detuvo un rato, hasta que yo tuve conciencia de haber vuelto a la noche en que estábamos bajo las ramas; pero no sabía bien si esos últimos pensamientos la señora Margarita los había tenido en el ferrocarril, o se le había ocurrido ahora, bajo estas ramas. Después me hizo señas para que fuera al pie de la escalera. 
Esa noche no encendí la luz de mi cuarto, y al tantear los muebles tuve el recuerdo de otra noche en que me había emborrachado ligeramente con una bebida que tomaba por primera vez. Ahora tardé en desvestirme. Después me encontré con los ojos fijos en el tul del mosquitero y me vinieron de nuevo las palabras que se habían desprendido del cuerpo de la señora Margarita. 
En el mismo instante del relato no sólo me di cuenta que ella pertenecía al marido, sino que yo había pensado demasiado en ella; y a veces de una manera culpable. Entonces parecía que fuera yo el que escondía los pensamientos entre las plantas. Pero desde el momento en que la señora Margarita empezó a hablar sentí una angustia como si su cuerpo se hundiera en un agua que me arrastrara a mí también; mis pensamientos culpables aparecieron de una manera fugaz y con la idea de que no había tiempo ni valía la pena pensar en ellos; y a medida que el relato avanzaba el agua se iba presentando como el espíritu de una religión que nos sorprendiera en formas diferentes, y los pecados, en esa agua, tenían otro sentido y no importaba tanto su significado. El sentimiento de una religión del agua era cada vez más fuerte. Aunque la señora Margarita y yo éramos los únicos fieles de carne y hueso, los recuerdos de agua que yo recibía en mi propia vida, en las intermitencias del relato, también me parecían fieles de esa religión; llegaban con lentitud, como si hubieran emprendido el viaje desde hacía mucho tiempo y apenas cometido un gran pecado. 
De pronto me di cuenta que de mi propia alma me nacía otra nueva y que yo seguiría a la señora Margarita no sólo en el agua, sino también en la idea de su marido. Y cuando ella terminó de hablar y yo subía la escalera de cemento armado, pensé que en los días que caía agua del cielo había reuniones de fieles. 
Pero, después de acostado bajo aquel tul, empecé a rodear de otra manera el relato de la señora Margarita; fui cayendo con una sorpresa lenta, en mi alma de antes, y pensando que yo también tenía mi angustia propia; que aquel tul en que hoy había dejado prendidos los ojos abiertos, estaba colgado encima de un pantano y que de allí se levantaban otros fieles, los míos propios, y me reclamaban otras cosas. Ahora recordaba mis pensamientos culpables con bastantes detalles y cargados, con un sentido que yo conocía bien. Habían empezado en una de las primeras tardes, cuando sospechaba que la señora Margarita me atraería como una gran ola; no me dejaría hacer pie y mi pereza me quitaría fuerzas para defenderme. Entonces tuve una reacción y quise irme de aquella casa; pero eso fue como si al despertar, hiciera un movimiento con la intención de levantarme y sin darme cuenta me acomodara para seguir durmiendo. Otra tarde quise imaginarme —ya lo había hecho con otras mujeres— cómo sería yo casado con ésta. Y por fin había decidido, cobardemente, que si su soledad me inspirara lástima y yo me casara con ella, mis amigos dirían que lo había hecho por dinero; y mis antiguas novias se reirían de mí al descubrirme caminando por veredas estrechas detrás de una mujer gruesísima que resultaba ser mi mujer. (Ya había tenido que andar detrás de ella, por la vereda angosta que rodeaba al lago, en las noches que ella quería caminar).
Ahora a mí no me importaba lo que dijeran los amigos ni las burlas de las novias de antes. Esta señora Margarita me atraía con una fuerza que parecía ejercer a gran distancia, como si yo fuera un satélite, y al mismo tiempo que se me aparecía lejana y ajena, estaba llena de una sublimidad extraña. Pero mis fieles me reclamaban a la primera señora Margarita, aquella desconocida más sencilla, sin marido, y en la que mi imaginación podía intervenir más libremente. Y debo haber pensado muchas cosas más antes que el sueño me hiciera desaparecer el tul. 
A la mañana siguiente, la señora Margarita me dijo, por teléfono: “Le ruego que vaya a Buenos Aires por unos días; haré limpiar la casa y no quiero que usted me vea sin el agua”. Después me indicó el hotel donde debía ir. Allí recibiría el aviso para volver.
La invitación a salir de su casa hizo disparar en mí un resorte celoso y en el momento de irme me di cuenta de que a pesar de mi excitación llevaba conmigo un envoltorio pesado de tristeza y que apenas me tranquilizara tendría la necesidad estúpida de desenvolverlo y revisarlo cuidadosamente. Eso ocurrió al poco rato, y cuando tomé el ferrocarril tenía tan pocas esperanzas de que la señora Margarita me quisiera, como serían las de ella cuando tomó aquel ferrocarril sin saber si su marido aún vivía. Ahora eran otros tiempos y otros ferrocarriles; pero mi deseo de tener algo común con ella me hacía pensar: “Los dos hemos tenido angustias entre ruidos de ruedas de ferrocarriles”. Pero esta coincidencia era tan pobre como la de haber acertado sólo una cifra de las que tuviera un billete premiado. Yo no tenía la virtud de la señora Margarita de encontrar un agua milagrosa, ni buscaría consuelo en ninguna religión. La noche anterior había traicionado a mis propios fieles, porque aunque ellos querían llevarme con la primera señora Margarita, yo tenía, también, en el fondo de mi pantano, otros fieles que miraban fijamente a esta señora como bichos encantados por la luna. Mi tristeza era perezosa, pero vivía en mi imaginación con orgullo de poeta incomprendido. Yo era un lugar provisorio donde se encontraban todos mis antepasados un momento antes de llegar a mis hijos; pero mis abuelos aunque eran distintos y con grandes enemistades, no querían pelear mientras pasaban por mi vida: preferían el descanso, entregarse a la pereza y desencontrarse como sonámbulos caminando por sueños diferentes. Yo trataba de no provocarlos, pero si eso llegaba a ocurrir preferiría que la lucha fuera corta y se exterminaran de un golpe.
En Buenos Aires me costaba hallar rincones tranquilos donde Alcides no me encontrara. (A él le gustaría que le contara cosas de la señora Margarita para ampliar su mala manera de pensar en ella). Además yo ya estaba bastante confundido con mis dos señoras Margarita y vacilaba entre ellas como si no supiera a cuál, de dos hermanas, debía preferir o traicionar; ni tampoco las podía fundir, para amarlas al mismo tiempo. A menudo me fastidiaba que la última señora Margarita me obligara a pensar en ella de una manera tan pura, y tuve la idea de que debía seguirla en todas sus locuras para que ella me confundiera entre los recuerdos del marido, y yo, después, pudiera sustituirlo. 
Recibí la orden de volver en un día de viento y me lancé a viajar con una precipitación salvaje. Pero ese día, el viento parecía traer oculta la misión de soplar contra el tiempo y nadie se daba cuenta de que los seres humanos, los ferrocarriles y todo se movía con una lentitud angustiosa. Soporté el viaje con una paciencia inmensa y al llegar a la casa inundada fue María la que vino a recibirme al embarcadero. No me dejó remar y me dijo que el mismo día que yo me fui, antes de retirarse el agua, ocurrieron dos accidentes. Primero llegó Filomena, la mujer del botero, a pedir que la señora Margarita la volviera a tomar. No la había despedido sólo por haber dejado nadar aquel pan, sino porque la encontraron seduciendo a Alcides una vez que él estuvo allí en los primeros días. La señora Margarita, sin decirle una palabra, la empujó, y Filomena cayó al agua; cuando se iba, llorando y chorreando agua, el marido la acompañó y no volvieron más. Un poco más tarde, cuando la señora Margarita acercó, tirando de un cordón, el tocador de su cama (allí los muebles flotaban sobre gomas infladas, como las que los niños llevan a las playas), volcó una botella de aguardiente sobre un calentador que usaba para unos afeites y se incendió el tocador. Ella pidió agua por teléfono, “como si allí no hubiera bastante o no fuera la misma que hay en toda la casa”, decía María. 
La mañana que siguió a mi vuelta era radiante y habían puesto plantas nuevas; pero sentí celos de pensar que allí había algo diferente a lo de antes; la señora Margarita y yo no encontraríamos las palabras y los pensamientos como los habíamos dejado, debajo de las ramas. 
Ella volvió a su historia después de algunos días. Esa noche, como ya había ocurrido otras veces, pusieron una pasarela para cruzar el agua del zaguán. Cuando llegué al pie de la escalera la señora Margarita me hizo señas para que me detuviera; y después para que caminara detrás de ella. Dimos una vuelta por toda la vereda estrecha que rodeaba al lago y ella empezó a decirme que al salir de aquella ciudad de Italia pensó que el agua era igual en todas partes del mundo. Pero no fue así, y muchas veces tuvo que cerrar los ojos y ponerse los dedos en los oídos para encontrarse con su propia agua. Después de haberse detenido en España, donde un arquitecto le vendió los planos para una casa inundada —ella no me dio detalles— tomó un barco demasiado lleno de gente y al dejar de ver tierra se dio cuenta que el agua del océano no le pertenecía, que en ese abismo se ocultaban demasiados seres desconocidos. Después me dijo que algunas personas, en el barco, hablaban de naufragios y cuando miraban la inmensidad del agua, parecía que escondían miedo; pero no en una bañera, y de entregarse a ella con el cuerpo desnudo. También les gustaba ir al fondo del barco y ver las calderas, con el agua encerrada y enfurecida por la tortura del fuego. En los días que el mar estaba agitado la señora Margarita se acostaba en su camarote, y hacía andar sus ojos por hileras de letras, en diarios y revistas, como si siguieran caminos de hormigas. O miraba un poco el agua que se movía entre un botellón de cuello angosto. Aquí detuvo el relato y yo me di cuenta que ella se balanceaba como un barco. A menudo nuestros pasos no coincidían, echábamos el cuerpo para lados diferentes y a mí me costaba atrapar sus palabras, que parecían llevadas por ráfagas desencontradas. También detuvo sus pasos antes de subir a la pasarela, como si en ese momento tuviera miedo de pasar por ella; entonces me pidió que fuera a buscar el bote. Anduvimos mucho rato antes que apareciera el suspiro ronco y nuevas palabras. Por fin me dijo que en el barco había tenido un instante para su alma. Fue cuando estaba apoyada en una baranda, mirando la calma del mar, como a una inmensa piel que apenas dejara entrever movimientos de músculos. La señora Margarita imaginaba locuras como las que vienen en los sueños: suponía que ella podía caminar por la superficie del agua; pero tenía miedo que surgiera una marsopa que la hiciera tropezar; y entonces, esta vez, se hundiría, realmente. De pronto tuvo conciencia que desde hacía algunos instantes caía, sobre el agua del mar, agua dulce del cielo, muchas gotas llegaban hasta la madera de cubierta y se precipitaban tan seguidas y amontonadas como si asaltaran el barco. Enseguida toda la cubierta era, sencillamente, un piso mojado. La señora Margarita volvió a mirar el mar, que recibía y se tragaba la lluvia con la naturalidad con que un animal se traga a otro. Ella tuvo un sentimiento confuso de lo que pasaba y de pronto su cuerpo se empezó a agitar por una risa que tardó en llegarle a la cara, como un temblor de tierra provocado por una causa desconocida. Parecía que buscara pensamientos que justificaran su risa y por fin se dijo. “Esta agua parece una niña equivocada; en vez de llover sobre la tierra llueve sobre otra agua”. Después sintió ternura en lo dulce que sería para el mar recibir la lluvia; pero al irse para su camarote, moviendo su cuerpo inmenso, recordó la visión del agua tragándose la otra y tuvo la idea de que la niña iba hacia su muerte. Entonces la ternura se le llenó de una tristeza pesada, se acostó en seguida y cayó en el sueño de la siesta. Aquí la señora Margarita terminó el relato de esa noche y me ordenó que fuera a mi pieza. 
Al día siguiente recibí su voz por teléfono y tuve la impresión de que me comunicaba con una conciencia de otro mundo. Me dijo que me invitaba para el atardecer a una sesión de homenaje al agua. Al atardecer yo oí el ruido de las budineras, con las corridas de María, y confirmé mis temores: tendría que acompañarla en su “velorio”. Ella me esperó al pie de la escalera cuando ya era casi de noche. Al entrar, de espaldas a la primera habitación, me di cuenta de que había estado oyendo un ruido de agua y ahora era más intenso. En esa habitación vi un trinchante. (Las ondas del bote lo hicieron mover sobre sus gomas infladas, y sonaron un poco las copas y las cadenas con que estaba sujeto a la pared.) Al otro lado de la habitación había una especie de balsa, redonda, con una mesa en el centro y sillas recostadas a una baranda: parecían un conciliábulo de mudos moviéndose apenas por el paso del bote. Sin querer mis remos tropezaron con los marcos de las puertas que daban entrada al dormitorio. En ese instante comprendí que allí caía agua sobre agua. Alrededor de toda la pared —menos en el lugar en que estaban los muebles, el gran ropero, la cama y el tocador— había colgadas innumerables regaderas de todas formas y colores; recibían el agua de un gran recipiente de vidrio parecido a una pipa turca, suspendido del techo como una lámpara; y de él salían, curvados como guirnaldas, los delgados tubos de goma que alimentaban las regaderas. Entre aquel ruido de gruta, atracamos junto a la cama; sus largas patas de vidrio la hacían sobresalir bastante del agua. La señora Margarita se quitó los zapatos y me dijo que yo hiciera lo mismo; subió a la cama, que era muy grande, y se dirigió a la pared de la cabecera, donde había un cuadro enorme con un chivo blanco de barba parado sobre sus patas traseras. Tomó el marco, abrió el cuadro como si fuera una puerta y apareció un cuarto de baño. Para entrar dio un paso sobre las almohadas, que le servían de escalón, y a los pocos instantes volvió trayendo dos budineras redondas con velas pegadas en el fondo. Me dijo que las fuera poniendo en el agua. Al subir, yo me caí en la cama; me levanté en seguida pero alcancé a sentir el perfume que había en las cobijas. Fui poniendo las budineras que ella me alcanzaba al costado de la cama, y de pronto ella me dijo: “Por favor, no las ponga así que parece un velorio”. (Entonces me di cuenta del error de María). Eran veintiocho. La señora se hincó en la cama y tomando el tubo del teléfono, que estaba en una de las mesas de luz, dio orden de que cortaran el agua de las regaderas. Se hizo un silencio sepulcral y nosotros empezamos a encender las velas echados de bruces a los pies de la cama y yo tenía cuidado de no molestar a la señora. Cuando estábamos por terminar, a ella se le cayó la caja de los fósforos en una budinera, entonces me dejó a mí solo y se levantó para ir a tocar el gong, que estaba en la otra mesa de luz. Allí había también una portátil y era lo único que alumbraba la habitación. Antes de tocar el gong se detuvo, dejó el palillo al lado de la portátil y fue a cerrar la puerta que era el cuadro del chivo. Después se sentó en la cabecera de la cama, empezó a arreglar las almohadas y me hizo señas para que yo tocara el gong. A mí me costó hacerlo; tuve que andar en cuatro pies por la orilla de la cama para no rozar sus piernas, que ocupaban tanto espacio. No sé por qué tenía miedo de caerme al agua —la profundidad era sólo de cuarenta centímetros—. Después de hacer sonar el gong una vez, ella me indicó que bastaba. Al retirarme— andando hacia atrás porque no había espacio para dar vuelta—, vi la cabeza de la señora recostada a los pies del chivo, y la mirada fija, esperando. Las budineras, también inmóviles, parecían pequeñas barcas recostadas en un puerto antes de la tormenta. A los pocos momentos de marchar los motores el agua empezó a agitarse; entonces la señora Margarita, con gran esfuerzo, salió de la posición en que estaba y vino de nuevo a arrojarse de bruces a los pies de la cama. La corriente llegó hasta nosotros, hizo chocar las budineras, unas contra otras, y después de llegar a la pared del fondo volvió con violencia a llevarse las budineras, a toda velocidad. Se volcó una y en seguida otras; las velas al apagarse, echaban un poco de humo. Yo miré a la señora Margarita, pero ella, previendo mi curiosidad, se había puesto una mano al costado de los ojos. Rápidamente, las budineras se hundían en seguida, daban vueltas a toda velocidad por la puerta del zaguán en dirección al patio. A medida que se apagaban las velas había menos reflejos y el espectáculo se empobrecía. Cuando todo parecía haber terminado, la señora Margarita, apoyada en el brazo que tenía la mano en los ojos, soltó con la otra mano una budinera que había quedado trabada a un lado de la cama y se dispuso a mirarla; pero esa budinera también se hundió en seguida. Después de unos segundos, ella, lentamente, se afirmó en las manos para hincarse o para sentarse sobre sus talones y con la cabeza inclinada hacia abajo y la barbilla perdida entre la gordura de la garganta, miraba el agua como una niña que hubiera perdido una muñeca. Los motores seguían andando y la señora Margarita parecía, cada vez más abrumada de desilusión. Yo, sin que ella me dijera nada, atraje el bote por la cuerda, que estaba atada a una pata de la cama. Apenas estuve dentro del bote y solté la cuerda, la corriente me llevó con una rapidez que yo no había previsto. Al dar vuelta en la puerta del zaguán miré hacia atrás y vi a la señora Margarita con los ojos clavados en mí como si yo hubiera sido una budinera más que le diera la esperanza de revelarle algún secreto. En el patio, la corriente me hacía girar alrededor de la isla. Yo me senté en el sillón del bote y no me importaba dónde me llevara el agua. Recordaba las vueltas que había dado antes, cuando la señora Margarita me había parecido otra persona, y a pesar de la velocidad de la corriente sentía pensamientos lentos y me vino una síntesis triste de mi vida. Yo estaba destinado a encontrarme solo con una parte de las personas, y además por poco tiempo y como si yo fuera un viajero distraído que tampoco supiera dónde iba. Esta vez ni siquiera comprendía por qué la señora Margarita me había llamado y contaba su historia sin dejarme hablar ni una palabra; por ahora yo estaba seguro que nunca me encontraría plenamente con esta señora. Y seguí en aquellas vueltas y en aquellos pensamientos hasta que apagaron los motores y vino María a pedirme el bote para pescar las budineras, que también daban vuelta alrededor de la isla. Yo le expliqué que la señora Margarita no hacía ningún velorio y que únicamente le gustaba ver naufragar las budineras con la llama y no sabía qué más decirle. 
Esa misma noche, un poco tarde, la señora Margarita me volvió a llamar. Al principio estaba nerviosa, y sin hacer la carraspera tomó la historia en el momento en que había comprado la casa y la había preparado para inundarla. Tal vez había sido cruel con la fuente, desbordándole el agua y llenándola con esa tierra oscura. Al principio, cuando pusieron las primeras plantas, la fuente parecía soñar con el agua que había tenido antes; pero de pronto las plantas aparecían demasiado amontonadas, como presagios confusos; entonces la señora Margarita las mandaba cambiar. Ella quería que el agua se confundiera con el silencio de sueños tranquilos, o de conversaciones bajas de familias felices (por eso le había dicho a María que estaba sorda y que sólo debía hablarle por teléfono). También quería andar sobre el agua con la lentitud de una nube y llevar en las manos libros, como aves inofensivas. Pero lo que más quería, era comprender el agua. Es posible, me decía, que ella no quiera otra cosa que correr y dejar sugerencias a su paso; pero yo me moriré con la idea de que el agua lleva adentro de sí algo que ha recogido en otro lado y no sé de qué manera me entregará pensamientos que no son los míos y que son para mí. De cualquier manera yo soy feliz con ella, trato de comprenderla y nadie podrá prohibir que conserve mis recuerdos en el agua. 
Esa noche, contra su costumbre, me dio la mano al despedirse. Al día siguiente, cuando fui a la cocina, el hombre del agua me dio una carta. Por decirle algo le pregunté por sus máquinas. Entonces me dijo: 
—¿Vio qué pronto instalamos las regaderas?
—Sí, y… ¿anda bien? (Yo disimulaba el deseo de ir a leer la carta).
—Cómo no… Estando bien las máquinas, no hay ningún inconveniente. A la noche muevo una palanca, empieza el agua de las regaderas y la señora se duerme con el murmullo. Al otro día, a las cinco, muevo otra vez la misma palanca, las regaderas se detienen, y el silencio despierta a la señora; a los pocos minutos corro la palanca que agita el agua y la señora se levanta.
Aquí lo saludé y me fui. La carta decía:
“Querido amigo: el día que lo vi por primera vez en la escalera, usted traía los párpados bajos y aparentemente estaba muy preocupado con los escalones. Todo eso parecía timidez; pero era atrevido en sus pasos, en la manera de mostrar la suela de sus zapatos. Le tomé simpatía y por eso quise que me acompañara todo este tiempo. De lo contrario, le hubiera contado mi historia en seguida y usted tendría que haberse ido a Buenos Aires al día siguiente. Eso es lo que hará mañana.
“Gracias por su compañía; y con respecto a sus economías nos entenderemos por medio de Alcides. Adiós y que sea feliz; creo que buena falta le hace. Margarita.
“P.D. Si por casualidad a usted se le ocurriera escribir todo lo que le he contado, cuente con mi permiso. Sólo le pido que al final ponga estas palabras: “Esta es la historia que Margarita le dedica a José. Esté vivo o esté muerto".
Felisberto Hernández, La casa inundada. 

Felisberto Hernández

Aimee Bender, El final de la ruta

El final de la ruta.
El hombre fue a la tienda de mascotas a comprarse un hombrecito para que lo mantuviera acompañado. La tienda estaba llena de perros con manchas y gatos tímidos y la gente amistosa compró perros y la gente independiente compró gatos y este hombre buscó a su alrededor hasta que en la parte trasera encontró una jaula dentro de la cual había un sofá en miniatura y un pequeño televisor y un hombrecito atractivo de pelo castaño, vestido con traje de tweed. Consultó el precio. El hombrecito era costoso, pero el gran hombre tenía un buen empleo y pensó que esta compra valía la pena. 
Llevó la jaula hasta la parte delantera del establecimiento, pagó con su tarjeta de crédito y obtuvo millas de aerolínea gratis.
En el auto, la jaula del hombrecito, inmovilizada mediante el cinturón de seguridad, rebotó ligeramente sobre el asiento del copiloto.
El gran hombre colocó al hombrecito en su recámara, sobre el buró de noche, y levantó el pestillo de la jaula para abrirla. Ésa fue la primera vez que el hombrecito apartó la vista del pequeño televisor. Parpadeó, lo que era difícil de ver, y luego pidió algo de cenar con su voz estridente. El gran hombre le trajo una gota de whisky dentro de la ranura de un tornillo, y una hebra de pollo, todavía con el pellejo. No tenía cubiertos, así que le dijo que se sintiera con la libertad de comer con las manos, lo cual irritó al hombrecito. Éste explicó que, antes de ser capturado, había sido un exitoso y distinguido consultor de tecnología que había estado en París y Milán en numerosas ocasiones, y que le gustaba comer con cubiertos, muchas gracias. El gran hombre rió y rió, pensó que este hombrecito que había traído era muy gracioso. El hombrecito le informó, en tono animado, que las tiendas de casas de muñecas abrían los fines de semana y que él necesitaba una cama, por favor, con una almohada de verdad, por favor, y una lámpara y, de ser posible, algunos libros con páginas de verdad. Por favor. El gran hombre rió entre dientes y asintió.
El hombrecito se sentó en su sofá. Se quedó despierto hasta muy tarde ese primer día, riéndose a carcajadas ante la programación televisiva de medianoche, lo cual fastidió al gran hombre hasta más no poder. Intentó dormir y no pudo, ni un pestañeo. A las cuatro de la mañana, exhausto, el gran hombre vertió en el bebedero —una especie de tubo— un antihistamínico, y el hombrecito finalmente se amodorró. El gran hombre, accidentalmente, vertió demasiado, puesto que calcular las proporciones adecuadas no era una tarea matemática sencilla, no era su especialidad, y el hombrecito permaneció atontado durante tres días, arrastrándose en su jaula, dejando pequeños rastros de saliva en el sofá. El gran hombre se fue a trabajar y pensó en el hombrecito con anhelo todo el día. A las cinco en punto corrió a casa: estaba muy entusiasmado por verlo, pero siguió encontrándolo en estado de embriaguez. Cuando finalmente el antihistamínico cedió, el hombrecito despertó con las fosas nasales despejadas; entonces tenía una habitación absolutamente amueblada a su alrededor, con todo y candil tipo araña y varios libros pequeños, incluyendo La Cenicienta en español, y su propia hormiga mascota en una jaula.
Los dos hombres se llevaron bien durante dos semanas. El hombrecito era muy bueno con los números y ayudó al gran hombre con sus estados de cuenta bancarios. Pero también le agradaba conversar, entre documentos, sobre su vida anterior y sobre cómo había sido capturado camino a su empleo, de todos los posibles lugares en una panadería, por los cazahombrecitos, y sobre lo mucho que extrañaba a su esposa e hijos. El gran hombre no tenía esposa ni hijos, y no le agradaba escuchar esa parte de la historia. «Ahora eres mío», le dijo al hombrecito. «Pagué demasiado dinero por ti».
«Pero tengo responsabilidades», le dijo el hombrecito a su dueño, con los ojos anegados bajo la luz. 
«Dijiste que me llevarías de regreso», dijo el hombrecito.
«Yo no dije tal cosa», dijo el gran hombre, pero en realidad no podía recordar si lo había dicho o no. Nunca había tenido buena memoria.
Después de la tercera semana, después de enterarse de las personalidades de los hijos, abuelos, tías y tíos del hombrecito, después de haberlo escuchado hablar sobre la décima comida en París y cómo le1 mesero comentó lo buena que era su pronunciación, tras una descripción del canto de arias de tenor acompañado de una mandolina en un tren rumbo a Toscana, el gran hombre comenzó a torturarlo. Cuando el hombrecito le dio la espalda, el gran hombre le agregó al agua, mediante una aguja fina, una pequeña gota de desinfectante doméstico y observó al hombrecito alucinar toda la noche, dando vueltas en la cama, vomitando alimentos de color rosa en las esquinas de la jaula. Su diminuto cuerpo era tan pequeño, era difícil imaginar que le doliera demasiado. ¿Qué tanto dolor podía sentirse, realmente, en un espacio tan minúsculo? El gran hombre durmió profundamente, seguro de que su mascota sólo exageraba para llamar la atención. 
El gran hombre comenzó a ausentarse de su trabajo pretextando mala salud.
Disfrutaba de lanzar al hombrecito en el aire y atraparlo. El hombrecito protestó de muchas maneras. Primero le dijo en tono firme y paternal que eso no le agradaba, luego gritó y se lamentó. El hombre no respondió, así que el hombrecito trató de hacerlo entrar en razón, lo cual funcionó brevemente, diciéndole: «Mira, yo también soy hombre, sólo soy un hombrecito. Esto es muy doloroso para mí. Incluso si no te gusto», dijo el hombrecito, «de todas maneras me duele». El gran hombre lo escuchó durante un segundo, pero disfrutaba al darle de golpes a su hombrecito, quien ya no hablaba tanto como antes sobre el arte de la baguette y que, al empezar a cicatrizar y a amoratarse por todo el cuerpo, finalmente decidió cerrar la boca por completo. Le dolía la cabeza y ya no le tenía confianza al agua.
Pensó en fugarse. ¿Pero cómo? La perilla de la puerta era el edificio Empire State. El jardín trasero, una planicie africana.
El gran hombre vio televisión junto al hombrecito. Durante el programa con las mujeres atractivas se lo metió debajo del pantalón y lo dejo ahí. El hombrecito pinchó el pene del gran hombre, que creció junto a él como en el cuento de las habichuelas mágicas de Jack; el olor a tierra húmeda provocó que se avergonzara de su propio y diminuto pene oculto bajo sus pantalones de consultor. Le acertó un puñetazo, el tallo siguió creciendo y, perturbado, el gran hombre metió la mano debajo de sus pantalones y arrojó al hombrecito hasta el otro extremo de la habitación. El hombrecito golpeó la pata de una mesa. Despertó en su jaula, con la cabeza punzándole. Ni siquiera le había importado mucho haber estado en la ropa interior del gran hombre, puesto que por primera vez, desde que había sido capturado, sintió un pequeño atisbo de poder. 
«No vuelvas a intentarlo», le advirtió el gran hombre, con el rostro ocupando en su totalidad la parte norte de la jaula.
«Por favor», dijo el hombrecito, quien ya no tenía los ojos anegados, sino opacos. «Señor, ten un poco de piedad».
El gran hombre envolvió el cuerpo del hombrecito con cinta adhesiva para que no pudiera patear, y sólo le dejó agujeros en la boca y los ojos. Después lo metió al refrigerador durante una hora. Cuando regresó, el hombrecito se había desmayado y el gran hombre lo colocó en el horno tostador, a temperatura muy, muy baja, por diez minutos más. Precalentado. El hombrecito resucitó después de uno o dos días.
«Por favor», le dijo al gran hombre, con la voz entrecortada.
Al gran hombre le disgustaban las palabras por favor. No le agradaba la gentileza ni la gente. Su empleo era aburrido y nadie había notado su abrigo nuevo. Se compró un boleto a París con todas las millas que había acumulado en su tarjeta de crédito, pero pronto cayó en la cuenta de que no podía hablar una sola palabra en ese idioma y le aterraba consumir accidentalmente sesos de ternera para llevar. No quería pedirle al hombrecito que tradujera para él, puesto que no deseaba escuchar su voz con acento. Sólo pensar en ello lo irritó. El boleto caducó, sin ser devuelto. En el avión, una mujer joven se tendió en su asiento y durmió, ya que nadie ocupaba el lugar contiguo. En el trabajo, el gran hombre le preguntó a una mujer atractiva que le había gustado durante años si quería salir con él, y ella se alejó para contárselo a sus colegas inmediatamente. Ni siquiera le dijo que no; para ella era tan obvio que no tenía por qué decirlo. 
«Quítate la ropa», le dijo al hombrecito aquella tarde. 
El hombrecito respingó y el gran hombre le enseñó una botella de desinfectante para bañeras a manera de amenaza. El hombrecito se desvistió lentamente, dobló sus prendas y permaneció de pie frente al gran hombre, con su piel pálida, su pecho de vellos enmarañados como hierba, su pene escondido, sus labios temblando de manera tan sutil que sólo el ojo más cuidadoso podría apreciar.
«Haz algo», dijo el gran hombre.
El hombrecito se sentó en el sofá. «¿Qué?», le preguntó.
«Póntela dura», dijo el gran hombre. «Muéstrame cómo se te ve».
La cabeza del hombrecito seguía adolorida tras haber golpeado la pata de la mesa; sentía el cerebro aturdido y confuso desde que había pasado aquella hora en el refrigerador y luego en el horno tostador. Puso la mano sobre su pene y luego de un pesado y triste destello de placer, detrás de la absoluta indiferencia de su mente, su cuerpo respondió a la orden. 
El gran hombre rió y rió ante la erección del hombrecito, que no estaba nada mal y era real, ¡pero demasiado pequeña! Qué gracioso era ver a este hombrecito como a un hombre. Lo señaló y rió. El hombrecito se quedó en el sofá y pensó en su esposa, quien se adentraba en el mundo para recoger las corcholatas de botellas tiradas en el suelo por la gente grande y convertirlas en bandejas; pasaba horas y horas limando las orillas afiladas y luego aplicaba pintura metálica en el interior y eran la envidia de todas las personitas que la rodeaban, tan preciosas y abundantes que eran las corcholatas. Nadie más tenía la paciencia de limar esas aristas afiladas. Algunas veces vendía una y conseguía una buena cantidad de dinero en efectivo. El hombrecito pensó en esas bandejas, en bandejas y más bandejas, rojas, azules y amarillas, hasta que eyaculó un pequeño chorrillo, un orgasmo nada placentero, aunque lleno de anhelo.
El gran hombre dejó de reír.
«¿En qué estabas pensando?», le dijo.
El hombrecito no dijo nada.
«¿Cómo es tu esposa?», le preguntó.
Nada.
«Llévame a verla», dijo el gran hombre.
El hombrecito se sentó sobre el suelo de su jaula, desnudo. Estaba cambiado. Desconectado. Tendría que regresar en un largo viaje de vuelta. Se había ido.
«¿A ver a quién?», le preguntó.
El gran hombre sonrió con disimulo. «A tu esposa», le dijo.
El hombrecito negó con la cabeza. Fatigado, miró al gran hombre. «Yo soy el final de la ruta», le dijo.
Era la frase más larga que había dicho en varias semanas. El gran hombre tumbó la jaula y el hombrecito se golpeó contra el costado del sofá.
«¡Sí!», gritó el gran hombre. «También quiero ver a tus niños. ¡Cómo me gustan los niños!».
Abrió la jaula y agarró el pequeño sofá con el estampado floral. El rostro del hombrecito permaneció impasible. 
«No», le dijo, con los ojos cerrados.
«¡Te torturaré!», gritó el gran hombre.
El hombrecito colocó las manos bajo su mejilla, sobre una almohada. El dolor ya no era un misterio para él, y un hombre familiarizado con el dolor ha descubierto una nueva forma de libertad. «No», susurró entre sus nudillos.
Con su aliento envolviéndole cálidamente las manos, el hombrecito esperó, medio mareado, a que lo asesinara. Sintió que su muerte era 
terriblemente insignificante, como la de un puntito luminoso, pero aun así no deseaba ser asesinado, y envió oleadas de amor a su esposa e hijos, a la gente que le daba sentido, a los que sentían ese puntito luminoso.
El gran hombre se entretuvo jugando con las patas del pequeño sillón. Le quitó el cojín y encontró algunas monedas entre las ranuras, monedas tan pequeñas que ni siquiera podía levantar.
Acercó el rostro a la jaula de su hombrecito.
«Está bien», le dijo.

Cuatro días después liberó al hombrecito. Lo trató bien durante esos días, le dio buena comida e incluso un baño y un poco de aspirina y una nueva almohada. Quería que se llevara bonitos recuerdos y una buena impresión en general. Después de cuatro días, colocó la jaula bajo su brazo, abrió la puerta principal y se dispuso a caminar sobre la acera. Abrió la cerradura de la jaula. El hombrecito había estado durmiendo sin parar durante días, con tan sólo algunos momentos de lucidez cuando fijaba la mirada en el gigantesco ojo del gran hombre, pero al empaparse con la luz del sol, el hombrecito despertó. Salió por la puerta de la jaula. Esperó a que un pájaro volara bajo para comérselo. No era la peor de las muertes, pensó. Por lo general las personitas se untaban un aceite de olor que repelía a los pájaros y otros animales, pero eso, con el paso del tiempo, se le había deslavado del cuerpo. Podía ver la descomunal figura del gran hombre a su derecha, en cuclillas sobre sus talones. El gran hombre sintió tristeza, pero no demasiada. El hombrecito se había vuelto aburrido. Ahora que lo había humillado, era más fácil llevarse bien y menos divertido jugar con él. El hombrecito caminó tambaléandose sobre la acera, con los brazos extrañamente elevados a sus costados, como si tuviera las manos mojadas o estuviera cubierto con pintura. Parecía no reconocer su propio cuerpo.
Se sentó sobre el cordón de la acera. Un pequeño autobús azul llegó hasta donde estaba, tan pequeño que el gran hombre no lo habría notado si no hubiera estado mirando a nivel del suelo. El hombrecito subió. No traía dinero, pero el autobús aceleró y comenzó a avanzar con el hombrecito dentro. Tomó asiento en la parte trasera y miró hacia la calle a través de 
la ventanilla. Todas las personitas a su alrededor se habían percatado 
de lo ocurrido. Vivían con ese temor todos los días. Los diarios estaban llenos con las últimas noticias y nuevos incidentes. Un viejo de barba blanca y recortada caminó en el autobús para sentarse a un lado del hombrecito y gentilmente le puso un brazo sobre el hombro. Juntos miraron los cordones grises de las aceras mientras los iban pasando. 
Sobre el césped, el gran hombre pensó que el autobús era hilarante y caminó a su lado a lo largo de una cuadra. Incluso las llantas rodaban perfectamente. Pensó que si lo deseaba, él podía pisar el autobús y despedazarlo. Lo que desconocía era que el autobús estaba equipado con clavos tan puntiagudos que traspasarían una suela para encajarse en la carne del pie. Durante algunas cuadras sostuvo su pie por encima del autobús, viendo las paradas que seguían, los letreros tan pequeños como mondadientes, pero luego se sintió cansado, se fue a una esquina, dejó que el autobús diera la vuelta, y tomó asiento en la enorme banca azul de la parada en la esquina destinada a la gente grande. 
Se subió al llegar su autobús. Era sábado. Lo tomó hasta el final de la ruta. Acá las calles estaban llenas de basura y la distancia se encontraba anclada por montañas de color púrpura. Sintió que todo se iba comprimiendo, incluso los letreros de las tiendas le parecieron demasiado brillantes y abrumadores. Este lugar en el que nunca había estado le disgustó al instante, tenía un olor distinto, como a flor dulce y pan rústico. El siguiente autobús no vendría sino hasta dentro de una hora, así que comenzó a caminar a casa, con la mirada fija sobre la acera.
Sólo deseaba ver en dónde vivían. Sólo deseaba ver sus pequeñas casas y sus mascotas y sus escuelas. Deseaba ver si cada uno de ellos tenía auto o si el medio de transporte principal era el autobús. Tenía la esperanza de ver un pequeño avión.
«¡No quiero lastimarlos!», dijo en voz alta. «Sólo quiero ser parte de su sociedad».
Sus ojos estudiaron el césped y pedazos de la acera. Siempre había contado con una vista excelente.
«A cambio de ver su poblado», dijo en voz alta, «los protegeré de la gente grande. ¡Custodiaré sus portones como perro de guardia!». Lo gritó hacia las partes ensombrecidas de los arbustos, a través de los canalones del desagüe, sobre las cabecillas húmedas de los aspersores.
Todo lo que encontró fue un pequeño sombrero amarillo con listón encaramado perfectamente sobre el pétalo de una rosa amarilla. Lo sostuvo durante diez minutos, admirando los delicados detalles del trabajo manual. Tenía bordados por toda la orilla. El perímetro del sombrero era del tamaño de la yema de su pulgar. Sintió que todo acerca de él era enorme y repugnante. ¿En dónde estaba la gente alta, la gente gorda?, se preguntó. ¿En dónde estaban las criaturas del tamaño de Dios?
Finalmente, se sentó sobre la acera.
«¡Encontré un sombrero!», gritó. «¡Por favor! ¡Salgan! Prometo devolvérselo a su dueña».
Un grupo de ocho personitas, escondidas entre una formación rocosa, se tomaron de las manos. Se dirigían a una fiesta de cumpleaños. Una tremenda calidez se transmitía de un cuerpo a otro. Podían permanecer allí por siempre, en caso de ser necesario. Estaban acostumbrados. Los aniversarios iban y venían. Los sombreros amarillos podían ser cosidos de nuevo. No era responsabilidad de ellos cuidar del mundo entero, le susurró la madre a la hija, cuyo vestido amarillo ya no coordinaba, cuyas manos estaban empapadas de sudor, y que se asomó hacia afuera cuando el gigante se puso el sombrero sobre su enorme cabeza, sin que él llegara a comprender el tamaño de la pena que continuaba desatándose en su corazón.

Aimee Bender, El final de la ruta (traducción de Luis Panini).


Aimee Bender


End of the line.
The man went to the pet store to buy himself a little man to keep him company. The pet store was full of dogs with splotches and shy cats coy and the friendly people got dogs and the independent people got cats and this man looked around until in the back he found a cage inside of which was a miniature sofa and tiny TV and one small attractive brown-haired man, wearing a tweed suit. He looked at the price tag. The little man was expensive but the big man had a reliable job, and thought this a worthy purchase.
He brought the cage up to the front, paid with his credit card and got some free airline points.
In the car, the little man’s cage bounced lightly on the passenger seat, held by the seatbelt.
The big man set up the little man in his bedroom, on the nightstand, and lifted the latch of the cage open. That’s the first time the little man looked away from the small TV. He blinked, which was hard to see, and then asked for some dinner in a high shrill voice. The big man brought the little man a drop of whiskey inside the indented crosshatch of a screw, and a thread of chicken with the skin still on. He had no utensils, so he told the little man to feel free to eat with his hands, which made the little man irritable. The little man explained that before he’d been caught he’d been a very successful and refined technology consultant who’d been to Paris and Milan multiple times, and that he liked to eat with utensils thank you very much. The big man laughed and laughed, he thought this little man he’d bought was so funny. The little man told him in a clear crisp voice that dollhouse stores were open on weekends and he needed a bed, please, with an actual pillow, please, and a lamp and some books with actual pages if at all possible. Please. The big man chuckled some more and nodded.
The little man sat on his sofa. He stayed up late that first night, laughing his high shrill laugh at the late night shows, which annoyed the big man to no end. He tried to sleep and could not, a wink. At four am, exhausted, the big man dripped some antihistamine in the little man’s water drip tube, so the little man finally got drowsy. The big man accidentally put too much in, because getting the right proportions was no easy feat of mathematical skill, which was not the big man’s strong suit anyway, and the little man stayed groggy for three days, slugging around his cage, leaving tiny drool marks on the couch. The big man went to work and thought of the little man with longing all day, and at five o’clock he dashed home, so excited he was to see his little man, but he kept finding the fellow in a state of murk. When the antihistamine finally wore off, the little man awoke with crystal clear sinuses, and by then had a fully furnished room around him, complete with chandelier and several very short books, including Cinderella in Spanish, and his very own pet ant in a cage.
The two men got along for about two weeks. The little man was very good with numbers and helped the big man with his bank statements. But between bills, the little man also liked to talk about his life back home and how he’d been captured on his way to work, in a bakery of all places, by the little-men bounty hunters, and how much he, the little man, missed his wife and children. The big man had no wife and no children, and he didn’t like hearing that part. «You’re mine now,» he told the little man. «I paid good money for you.»
«But I have responsibilities,» said the little man to his owner, eyes dewey in the light.
«You said you’d take me back,» said the little man.
«I said no such thing,» said the big man, but he couldn’t remember if he really had or not. He had never been very good with names or recall.
*After about the third week, after learning the personalities of the little man’s children and grandparents and aunts and uncles, after hearing about the tenth meal in Paris and how le waiter said the little man had such good pronunciation, after a description of singing tenor arias with a mandolin on the train to Tuscany, the big man took to torturing the little man. When the little man’s back was turned, the big man snuck a needle-thin droplet of household cleanser into his water and watched the little man hallucinate all night long, tossing and turning, retching small pink piles into the corners of the cage. His little body was so small it was hard to imagine it hurt that much. How much pain could really be felt in a space that tiny? The big men slept heavily, assured that his pet was just exaggerating for show. 
The big man started taking sick days at work.
He enjoyed throwing the little man in the air and catching him. The little man protested in many ways. First he said he didn’t like that in a firm fatherly voice, then he screamed and cried. The man didn’t respond so the little man used reason, which worked briefly, saying: «look, I’m a man too, I’m just a little man. This is very painful for me,» he said. «Even if you don’t like me,» said the little man. «It still hurts.» The big man listened for a second, but he had come to love flicking his little man, who wasn’t talking as much anymore about the art of the baguette, and the little man, starting to bruise and scar on his body, finally shut his mouth completely. His head ached and he no longer trusted the water.
He considered his escape. But how? The doorknob is the Empire State Building. The backyard is an African veldt.
The big man watched TV with the little man. During the show with the sexy women, he slipped the little man down his pants and just left him there. The little man poked at the big man’s penis which grew next to him like jack’s beanstalk in person, smelling so musty and earthy it made the little man embarrassed of his own small penis tucked away in his consultant pants. He knocked his fist into it, and the beanstalk grew taller and, disturbed, the big man reached down his pants and flung the little man across the room. The little man hit a table leg. Woke up in his cage, head throbbing. He hadn’t even minded much being in the underwear of the big man, because for the first time since he’d been caught, he’d felt the smallest glimmer of power.
«Don’t you try that again,» warned the big man, head taking up the north wall of the cage entirely.
«Please,» said the little man, whose eyes were no longer dewey but flat. «Sir. Have some pity.»
The big man wrapped the little man up in masking tape, all over his body, so his feet couldn’t kick and there were only little holes for his mouth and his eyes. Then he put him in the refrigerator for an hour. When he came back the little man had fainted and the big man put him in the toaster oven, at very very low, for another ten minutes. Pre-heated. The little man revived after a day or two. 
«Please,» he said to the big man, word broken.
The big man didn’t like the word please. He didn’t like politesse and he didn’t like people. Work had been dull and no one had noticed his new coat. He bought himself a ticket to Paris with all the miles he’d accumulated on his credit card, but soon realized he could not speak a word of the language and was too afraid of accidentally eating veal brains to go. He did not want to ask the little man to translate for him as he did not want to hear the little man’s voice with an accent. The thought of it made him so angry. The ticket expired, unreturned. On the plane, a young woman stretched out on her seat and slept since no one showed up in the seat next to hers. At work, he asked out an attractive woman he had liked for years, and she ran away from him to tell her co-workers immediately. She never even said no; it was so obvious to her, she didn’t even have to say it. 
«Take off your clothes,» he told the little man that afternoon.
The little man winced and the big man held up a bottle of shower cleanser as a threat. The little man stripped slowly, folded his clothing, and stood before the big man, his skin pale, his chest a matted grass of hair, his penis hiding, his lips trembling so slightly only the most careful eye would notice.
«Do something,» said the big man.
The little man sat on the sofa. «What,» he said.
«Get hard,» said the big man. «Show me what you look like.»
The little man’s head was still sore from hitting the table; his brain had felt fuzzy and indistinct ever since he’d spent the hour in the refrigerator and then time in the toaster oven. He put his hand on his penis and there was a heavy sad flicker of pleasure and behind the absolute dullness of his mind, his body rose up to the order.
The big man laughed and laughed, at the erection of his little man which was fine and true but so little! How funny to see this man as a man. He pointed and laughed. The little man stayed on the sofa and thought of his wife, who would go into the world and collect the bottle caps strewn on the ground from the big people and make them into trays; she’d spend hours upon hours filing down the sharp edges and then use metallic paint on the interior and they were the envy of all the little people around, so beautiful they were and so hearty. No one else had the patience to wear down those sharp corners. Sometimes she sold one and made a good wad of cash. The little man thought of those trays, trays upon trays, red, blue and yellow, until he came in a small spurt, the orgasm pleasureless but thick with yearning.
The big man stopped laughing.
«What were you thinking about?» he said. 
The little man said nothing.
«What’s your wife like?» he said.
Nothing. 
«Take me to see her,» the big man said.
The little man sat, naked, on the floor of his cage. He had changed by now. Cut off. He would have to come back, a long journey back. He’d left. 
«See who?» he asked.
The big man snickered. 
«Your wife,» he said.
The little man shook his head. He looked wearily at the big man. «I’m the end of this line for you,» he said. 
It was the longest sentence he’d said in weeks. The big man pushed the cage over and the little man hit the side of the sofa.
«Yes!» howled the big man. «I want to see your children too. How I love children!» 
He opened the cage and took the little floral print couch into his hand. The little man’s face was still and cold.
«No,» he said, eyes closed. 
«I will torture you!» cried out the big man.
The little man folded his hands under his head in a pillow. Pain was no longer a mystery to him, and a man familiar with pain has entered a new kind of freedom. «No,» he whispered into his knuckles. 
With his breath clouding warmly over his hands, the little man waited, half-dizzy, to be killed. He felt his death was terribly insignificant and a blip but he still did not look forward to being killed and he sent waves of love to his wife and his children, to the people who made him significant, to the ones who felt the blip.
The big man played with the legs of the little armchair. He took off the pillow and found a few coins inside the crevices, coins so small he couldn’t even pick them up.
He put his face close to the cage of his little man.
«Okay,» he said.

Four days later, he set the little man free. He treated him well for the four days, gave him good food and even a bath and some aspirin and a new pillow. He wanted to leave him with some positive memories and an overall good impression. After four days, he took the cage under his arm, opened the front door, and set it out on the sidewalk. Unlocked the cage door. The little man had been sleeping non-stop for days, with only a few lucid moments staring into the giant eye of the big man, but the sunlight soaked into him instantly, and he awoke. He exited the cage door. He waited for a bird to fly down and eat him. Not the worst death, he thought. Usually the little people used an oil rub that was repellant-smelling to birds and other animals, but all of that, over time, had been washed clean off him. He could see the hulking form of the big man to his right, squatting on his heels. The big man felt sad but not too sad. The little man had become boring. Now that he was less of a person, he was easier to get along with and less fun to play with. The little man tottered down the sidewalk, arms lifting oddly from his sides, as if he had wet hands or was covered in paint. He did not seem to recognize his own body.
At the curb, he sat down. A small blue bus drove up, so small the big man wouldn’t have noticed it if he hadn’t been looking at foot level already. The little man got on. He had no money but the bus revved for a moment and then moved forward with the little man on it. He took a seat in the back and looked out the window at the street. All the little people around him could smell what had happened. They lived in fear of it every day. The newspapers were full of updates and new incidents. One older man with a trim white beard moved across the bus to sit next to the little man, and gently put an arm on his shoulder. Together, they watched the gray curbs passing by. 
On the lawn, the big man thought the bus was hilarious and walked next to it for a block. Even the tires rolled perfectly. He thought how if he wanted to, he could step on that bus and smush it. He did not know that the bus was equipped with spikes so sharp they would drive straight through a rubber sole, into the flesh of the foot. For a few blocks he held his foot over it, watching bus stops come up, signs as small as toothpicks, but then he felt tired and went to the corner and let the bus turn and sat down on the big blue plastic bus bench on his corner made for the big people.
When his bus came, he took it. It was Saturday. He took it to the very end of the line. Here, the streets were littered with trash, and purple mountains anchored the distance. Everything felt like it was closing in, and even the store signs seemed too bright and overwhelming. He instantly didn’t like it, this somewhere he had never been before, with a different smell, that of a sweeter flower and a more rustic bread. The next bus didn’t come for an hour so he began the steady walk home, eyes glued to the sidewalk.
He just wanted to see where they lived. He just wanted to see their little houses and their pets and their schools. He wanted to see if they each had cars or if buses were the main form of transport. He hoped to spot a tiny airplane. 
«I don’t want to harm you!» he said out loud. «I just want to be a part of your society.»
His eyes moved across grasses and squares of sidewalk. He’d always had excellent vision. 
«In exchange for seeing your village,» he said out loud, «I will protect you from us. I will guard your front gates like a watchdog!» He yelled it into the thorny shadows of hedges, down the gutter, into the wet heads of sprinklers. 
All he found was a tiny yellow hat with a ribbon, perched perfectly on the yellow petal of a rose. He held it for a good ten minutes, admiring the fine detail of the handiwork. There was embroidery all along the border. The rim of the hat was the size of the pad of his thumb. Everything about him felt disgusting and huge. Where are the tall people, the fatter people, he thought. Where are the aliens the size of God? 
Finally, he sat down on the sidewalk.
«I’ve found a hat!» he yelled. «Please! Come out! I promise I will return it to its rightful owner.» 
Nestled inside a rock formation, a group of eight little people held hands. They were on their way to a birthday party. Tremendous warmth generated from one body to the other. They could stand there forever if they had to. They were used to it. Birthdays came and went. Yellow hats could be re-sewn. It was not up to them to take care of all the world, whispered the mother to the daughter, whose yellow dress was unmatched, whose hand thrummed with sweat, who watched the giant outside put her hat on his enormous head and could not understand the size of the pity that kept unbuckling in her heart.

Aimee Bender, End of the line.

Shirley Jackson, La lotería

La lotería
La mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor lozano de un día de pleno estío; las plantas mostraban profusión de flores y la hierba tenía un verdor intenso. La gente del pueblo empezó a congregarse en la plaza, entre la oficina de correos y el banco, alrededor de las diez; en algunos pueblos había tanta gente que la lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26, pero en aquel pueblecito, donde apenas había trescientas personas, todo el asunto ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las diez de la mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a sus casas a comer.
Los niños fueron los primeros en acercarse, por supuesto. La escuela acababa de cerrar para las vacaciones de verano y la sensación de libertad producía inquietud en la mayoría de los pequeños; tendían a formar grupos pacíficos durante un rato antes de romper a jugar con su habitual bullicio, y sus conversaciones seguían girando en torno a la clase y los profesores, los libros y las reprimendas. Bobby Martin ya se había llenado los bolsillos de piedras y los demás chicos no tardaron en seguir su ejemplo, seleccionando las piedras más lisas y redondeadas; Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix acumularon finalmente un gran montón de piedras en un rincón de la plaza y lo protegieron de las incursiones de los otros chicos. Las niñas se quedaron aparte, charlando entre ellas y volviendo la cabeza hacia los chicos, mientras los niños más pequeños jugaban con la tierra o se agarraban de la mano de sus hermanos o hermanas mayores.
Pronto empezaron a reunirse los hombres, que se dedicaron a hablar de sembrados y lluvias, de tractores e impuestos, mientras vigilaban a sus hijos. Formaron un grupo, lejos del montón de piedras de la esquina, y se contaron chistes sin alzar la voz, provocando sonrisas más que carcajadas. Las mujeres, con descoloridos vestidos de andar por casa y suéteres finos, llegaron poco después de sus hombres. Se saludaron entre ellas e intercambiaron apresurados chismes mientras acudían a reunirse con sus maridos. Pronto, las mujeres, ya al lado de sus maridos, empezaron a llamar a sus hijos y los pequeños acudieron a regañadientes, después de la cuarta o la quinta llamada. Bobby Martin esquivó, agachándose, la mano de su madre cuando pretendía agarrarlo y volvió corriendo, entre risas, hasta el montón de piedras. Su padre lo llamó entonces con voz severa y Bobby regresó enseguida, ocupando su lugar entre su padre y su hermano mayor. La lotería ―igual que los bailes en la plaza, el club juvenil y el programa de la fiesta de Halloween― era dirigida por el señor Summers, que tenía tiempo y energía para dedicarse a las actividades cívicas.
El señor Summers era un hombre jovial, de cara redonda, que llevaba el negocio del carbón, y la gente se compadecía de él porque no había tenido hijos y su mujer era una gruñona. Cuando llegó a la plaza portando la caja negra de madera, se levantó un murmullo entre los vecinos y el señor Summers dijo: «Hoy llego un poco tarde, amigos». El administrador de correos, el señor Graves, venía tras él cargando con un taburete de tres patas, que colocó en el centro de la plaza y sobre el cual instaló la caja negra el señor Summers. Los vecinos se mantuvieron a distancia, dejando un espacio entre ellos y el taburete, y cuando el señor Summers preguntó: «¿Alguno de ustedes quiere echarme una mano?», se produjo un instante de vacilación hasta que dos de los hombres, el señor Martin y su hijo mayor, Baxter, se acercaron para sostener la caja sobre el taburete mientras él revolvía los papeles del interior.
Los objetos originales para el juego de la lotería se habían perdido hacía mucho tiempo y la caja negra que descansaba ahora sobre el taburete llevaba utilizándose desde antes incluso de que naciera el viejo Warner, el hombre de más edad del pueblo. El señor Summers hablaba con frecuencia a sus vecinos de hacer una caja nueva, pero a nadie le gustaba modificar la tradición que representaba aquella caja negra. Corría la historia de que la caja actual se había realizado con algunas piezas de la caja que la había precedido, la que habían construido las primeras familias cuando se instalaron allí y fundaron el pueblo. Cada año, después de la lotería, el señor Summers empezaba a hablar otra vez de hacer una caja nueva, pero cada año el asunto acababa difuminándose sin que se hiciera nada al respecto. La caja negra estaba cada vez más gastada y ya ni siquiera era completamente negra, sino que le había saltado una gran astilla en uno de los lados, dejando a la vista el color original de la madera, y en algunas partes estaba descolorida o manchada. El señor Martin y su hijo mayor, Baxter, sujetaron con fuerza la caja sobre el taburete hasta que el señor Summers hubo revuelto a conciencia los papeles con sus manos. Dado que la mayor parte del ritual se había eliminado u olvidado, el señor Summers había conseguido que se sustituyeran por hojas de papel las fichas de madera que se habían utilizado durante generaciones.
Según había argumentado el señor Summers, las fichas de madera fueron muy útiles cuando el pueblo era pequeño, pero ahora que la población había superado los tres centenares de vecinos y parecía en trance de seguir creciendo, era necesario utilizar algo que cupiera mejor en la caja negra. La noche antes de la lotería, el señor Summers y el señor Graves preparaban las hojas de papel y las introducían en la caja, que trasladaban entonces a la caja fuerte de la compañía de carbones del señor Summers para guardarla hasta el momento de llevarla a la plaza, la mañana siguiente. El resto del año, la caja se guardaba a veces en un sitio, a veces en otro; un año había permanecido en el granero del señor Graves y otro año había estado en un rincón de la oficina de correos y, a veces, se guardaba en un estante de la tienda de los Martin y se dejaba allí el resto del año.
Había que atender muchos detalles antes de que el señor Summers declarara abierta la lotería. Por ejemplo, había que confeccionar las listas de cabezas de familia, de cabezas de las casas que constituían cada familia, y de los miembros de cada casa. También debía tomarse el oportuno juramento al señor Summers como encargado de dirigir el sorteo, por parte del administrador de correos. Algunos vecinos recordaban que, en otro tiempo, el director del sorteo hacía una especie de exposición, una salmodia rutinaria y discordante que se venía recitando año tras año, como mandaban los cánones. Había quien creía que el director del sorteo debía limitarse a permanecer en el estrado mientras la recitaba o cantaba, mientras otros opinaban que tenía que mezclarse entre la gente, pero hacía muchos años que esa parte de la ceremonia se había eliminado. También se decía que había existido una salutación ritual que el director del sorteo debía utilizar para dirigirse a cada una de las personas que se acercaban para extraer la papeleta de la caja, pero también esto se había modificado con el tiempo y ahora solo se consideraba necesario que el director dirigiera algunas palabras a cada participante cuando acudía a probar su suerte. El señor Summers tenía mucho talento para todo ello; luciendo su camisa blanca impoluta y sus pantalones tejanos, con una mano apoyada tranquilamente sobre la caja negra, tenía un aire de gran dignidad e importancia mientras conversaba interminablemente con el señor Graves y los Martin.
En el preciso instante en que el señor Summers terminaba de hablar y se volvía hacia los vecinos congregados, la señora Hutchinson apareció a toda prisa por el camino que conducía a la plaza, con un suéter sobre los hombros, y se añadió al grupo que ocupaba las últimas filas de asistentes.
―Me había olvidado por completo de qué día era ―le comentó a la señora Delacroix cuando llegó a su lado, y las dos mujeres se echaron a reír por lo bajo―. Pensaba que mi marido estaba en la parte de atrás de la casa, apilando leña ―prosiguió la señora Hutchinson―, y entonces miré por la ventana y vi que los niños habían desaparecido de la vista; entonces recordé que estábamos a veintisiete y vine corriendo.
Se secó las manos en el delantal y la señora Delacroix respondió:
―De todos modos, has llegado a tiempo. Todavía están con los preparativos.
La señora Hutchinson estiró el cuello para observar a la multitud y localizó a su marido y a sus hijos casi en las primeras filas. Se despidió de la señora Delacroix con unas palmaditas en el brazo y empezó a abrirse paso entre la multitud. La gente se apartó con aire festivo para dejarla avanzar; dos o tres de los presentes murmuraron, en voz lo bastante alta como para que les oyera todo el mundo: «Ahí viene tu mujer, Hutchinson», y, «Finalmente se ha presentado, Bill». La señora Hutchinson llegó hasta su marido y el señor Summers, que había estado esperando a que lo hiciera, comentó en tono jovial:
―Pensaba que íbamos a tener que empezar sin ti, Tessie.
―No querrías que dejara los platos sin lavar en el fregadero, ¿verdad, Joe? ―respondió la señora Hutchinson con una sonrisa, provocando una ligera carcajada entre los presentes, que volvieron a ocupar sus anteriores posiciones tras la llegada de la mujer.
―Muy bien ―anunció sobriamente el señor Summers―, supongo que será mejor empezar de una vez para acabar lo antes posible y volver pronto al trabajo. ¿Falta alguien?
―Dunbar ―dijeron varias voces―. Dunbar, Dunbar.
El señor Summers consultó la lista.
―Clyde Dunbar ―comentó―. Es cierto. Tiene una pierna rota, ¿no es eso? ¿Quién sacará la papeleta por él?
―Yo, supongo ―respondió una mujer, y el señor Summers se volvió hacia ella.
―La esposa saca la papeleta por el marido ―anunció el señor Summers, y añadió―: ¿No tienes ningún hijo mayor que lo haga por ti, Janey?
Aunque el señor Summers y todo el resto del pueblo conocían perfectamente la respuesta, era obligación del director del sorteo formular tales preguntas oficialmente. El señor Summers aguardó con expresión atenta la contestación de la señora Dunbar.
―Horace no ha cumplido aún los dieciséis ―explicó la mujer con tristeza―. Me parece que este año tendré que participar yo por mi esposo.
―De acuerdo ―asintió el señor Summers. Efectuó una anotación en la lista que sostenía en las manos y luego preguntó―: ¿El chico de los Watson sacará papeleta este año?
Un muchacho de elevada estatura alzó la mano entre la multitud.
―Aquí estoy ―dijo―. Voy a jugar por mi madre y por mí.
El chico parpadeó, nervioso, y escondió la cara mientras varias voces de la muchedumbre comentaban en voz alta: «Buen chico, Jack», y, «Me alegro de ver que tu madre ya tiene un hombre que se ocupe de hacerlo».
―Bien ―dijo el señor Summers―, creo que ya estamos todos. ¿Ha venido el viejo Warner?
―Aquí estoy ―dijo una voz, y el señor Summers asintió.
Un súbito silencio cayó sobre los reunidos mientras el señor Summers carraspeaba y contemplaba la lista.
―¿Todos preparados? ―preguntó―. Bien, voy a leer los nombres (los cabezas de familia, primero) y los hombres se adelantarán para sacar una papeleta de la caja. Guarden la papeleta cerrada en la mano, sin mirarla, hasta que todo el mundo tenga la suya. ¿Está claro?
Los presentes habían asistido tantas veces al sorteo que apenas prestaron atención a las instrucciones; la mayoría de ellos permaneció tranquila y en silencio, humedeciéndose los labios y sin desviar la mirada del señor Summers. Por fin, este alzó una mano y dijo, «Adams». Un hombre se adelantó a la multitud. «Hola, Steve», le saludó el señor Summers. «Hola, Joe», le respondió el señor Adams. Los dos hombres intercambiaron una sonrisa nerviosa y seca; a continuación, el señor Adams introdujo la mano en la caja negra y sacó un papel doblado. Lo sostuvo con firmeza por una esquina, dio media vuelta y volvió a ocupar rápidamente su lugar entre la multitud, donde permaneció ligeramente apartado de su familia, sin bajar la vista a la mano donde tenía la papeleta.
―Allen ―llamó el señor Summers―. Anderson… Bentham.
―Ya parece que no pasa el tiempo entre una lotería y la siguiente ―comentó la señora Delacroix a la señora Graves en las filas traseras―. Me da la impresión de que la última fue apenas la semana pasada.
―Desde luego, el tiempo pasa volando ―asintió la señora Graves.
―Clark… Delacroix…
―Allá va mi marido ―comentó la señora Delacroix, conteniendo la respiración mientras su esposo avanzaba hacia la caja.
―Dunbar ―llamó el señor Summers, y la señora Dunbar se acercó con paso firme mientras una de las mujeres exclamaba: «Animo, Janey», y otra decía: «Allá va».
―Ahora nos toca a nosotros ―anunció la señora Graves y observó a su marido cuando este rodeó la caja negra, saludó al señor Summers con aire grave y escogió una papeleta de la caja. A aquellas alturas, entre los reunidos había numerosos hombres que sostenían entre sus manazas pequeñas hojas de papel, haciéndolas girar una y otra vez con gesto nervioso. La señora Dunbar y sus dos hijos estaban muy juntos; la mujer sostenía la papeleta.
―Harburt… Hutchinson…
―Vamos allá, Bill ―dijo la señora Hutchinson, y los presentes cercanos a ella soltaron una carcajada.
―Jones…
―Dicen que en el pueblo de arriba están hablando de suprimir la lotería ―comentó el señor Adams al viejo Warner. Este soltó un bufido y replicó:
―Hatajo de estúpidos. Si escuchas a los jóvenes, nada les parece suficiente. A este paso, dentro de poco querrán que volvamos a vivir en cavernas, que nadie trabaje más y que vivamos de ese modo. Antes teníamos un refrán que decía: «La lotería en verano, antes de recoger el grano». A este paso, pronto tendremos que alimentarnos de bellotas y frutos del bosque. La lotería ha existido siempre ―añadió, irritado―. Ya es suficientemente terrible tener que ver al joven Joe Summers ahí arriba, bromeando con todo el mundo.
―En algunos lugares ha dejado de celebrarse la lotería ―apuntó la señora Adams.
―Eso no traerá más que problemas ―insistió el viejo Warner, testarudo―. Hatajo de jóvenes estúpidos.
―Martin… ―Bobby Martin vio avanzar a su padre.― Overdyke… Percy…
―Ojalá se den prisa ―murmuró la señora Dunbar a su hijo mayor―. Ojalá acaben pronto.
―Ya casi han terminado ―dijo el muchacho.
―Prepárate para ir corriendo a informar a tu padre ―le indicó su madre.
El señor Summers pronunció su propio apellido, dio un paso medido hacia adelante y escogió una papeleta de la caja. Luego, llamó a Warner.
―Llevo sesenta y siete años asistiendo a la lotería ―proclamó el señor Warner mientras se abría paso entre la multitud―. Setenta y siete loterías.
―Watson… ―el muchacho alto se adelantó con andares desgarbados. Una voz exhortó: «No te pongas nervioso, muchacho», y el señor Summers añadió: «Tómate el tiempo necesario, hijo». Después, cantó el último nombre.
―Zanini…
Tras esto se produjo una larga pausa, una espera cargada de nerviosismo hasta que el señor Summers, sosteniendo en alto su papeleta, murmuró:
―Muy bien, amigos.
Durante unos instantes, nadie se movió; a continuación, todos los cabezas de familia abrieron a la vez la papeleta. De pronto, todas las mujeres se pusieron a hablar a la vez:
―Quién es? ¿A quién le ha tocado? ¿A los Dunbar? ¿A los Watson?
Al cabo de unos momentos, las voces empezaron a decir:
―Es Hutchinson. Le ha tocado a Bill Hutchinson.
―Ve a decírselo a tu padre ―ordenó la señora Dunbar a su hijo mayor.
Los presentes empezaron a buscar a Hutchinson con la mirada. Bill Hutchinson estaba inmóvil y callado, contemplando el papel que tenía en la mano. De pronto, Tessie Hutchinson le gritó al señor Summers:
―¡No le has dado tiempo a escoger qué papeleta quería! Te he visto, Joe Summers. ¡No es justo!
―Tienes que aceptar la suerte, Tessie ―le replicó la señora Delacroix, y la señora Graves añadió:
―Todos hemos tenido las mismas oportunidades.
―Vamos, Tessie, cierra el pico! ―intervino Bill Hutchinson.
―Bueno ―anunció, acto seguido, el señor Summers―. Hasta aquí hemos ido bastante deprisa y ahora deberemos apresurarnos un poco más para terminar a tiempo.
Consultó su siguiente lista y añadió:
―Bill, tú has sacado la papeleta por la familia Hutchinson. ¿Tienes alguna casa más que pertenezca a ella?
―Están Don y Eva ―exclamó la señora Hutchinson con un chillido―. ¡Ellos también deberían participar!
―Las hijas casadas entran en el sorteo con las familias de sus maridos, Tessie ―replicó el señor Summers con suavidad―. Lo sabes perfectamente, como todos los demás.
―No ha sido justo ―insistió Tessie.
―Me temo que no ―respondió con voz abatida Bill Hutchinson a la anterior pregunta del director del sorteo―. Mi hija juega con la familia de su esposo, como está establecido. Y no tengo más familia que mis hijos pequeños.
―Entonces, por lo que respecta a la elección de la familia, ha correspondido a la tuya ―declaró el señor Summers a modo de explicación―. Y, por lo que respecta a la casa, también corresponde a la tuya, ¿no es eso?
―Sí ―respondió Bill Hutchinson.
―Cuántos chicos tienes, Bill? ―preguntó oficialmente el señor Summers.
―Tres ―declaró Bill Hutchinson―. Está mi hijo, Bill, y Nancy y el pequeño Dave. Además de Tessie y de mí, claro.
―Muy bien, pues ―asintió el señor Summers―. ¿Has recogido sus papeletas, Harry?
El señor Graves asintió y mostró en alto las hojas de papel.
―Entonces, ponlas en la caja ―le indicó el señor Summers―. Coge la de Bill y colócala dentro.
―Creo que deberíamos empezar otra vez ―comentó la señora Hutchinson con toda la calma posible―. Les digo que no es justo. Bill no ha tenido tiempo para escoger qué papeleta quería. Todos lo han visto.
El señor Graves había seleccionado cinco papeletas y las había puesto en la caja. Salvo estas, dejó caer todas las demás al suelo, donde la brisa las impulsó, esparciéndolas por la plaza.
―Escúchenme todos! ―seguía diciendo la señora Hutchinson a los vecinos que la rodeaban.
―¿Preparado, Bill? ―inquirió el señor Summers, y Bill Hutchinson asintió, después de dirigir una breve mirada a su esposa e hijos.
―Recuerden ―continuó el director del sorteo―: Saquen una papeleta y guárdenla sin abrir hasta que todos tengan la suya. Harry, tú ayudarás al pequeño Dave.
El señor Graves tomó de la manita al niño, que se acercó a la caja con él sin ofrecer resistencia.
―Saca un papel de la caja, Davy ―le dijo el señor Summers. Davy introdujo la mano donde le decían y soltó una risita―. Saca solo un papel ―insistió el señor Summers―. Harry, ocúpate tú de guardarlo.
El señor Graves tomó la mano del niño y le quitó el papel de su puño cerrado; después lo sostuvo en alto mientras el pequeño Dave se quedaba a su lado, mirándolo con aire de desconcierto.
―Ahora, Nancy ―anunció el señor Summers. Nancy tenía doce años y a sus compañeros de la escuela se les aceleró la respiración mientras se adelantaba, agarrándose la falda, y extraía una papeleta con gesto delicado―. Bill, hijo ―dijo el señor Summers, y Billy, con su rostro sonrojado y sus pies enormes, estuvo a punto de volcar la caja cuando sacó su papeleta―. Tessie…
La señora Hutchinson titubeó durante unos segundos, mirando a su alrededor con aire desafiante y luego apretó los labios y avanzó hasta la caja. Extrajo una papeleta y la sostuvo a su espalda.
―Bill… ―dijo por último el señor Summers, y Bill Hutchinson metió la mano en la caja y tanteó el fondo antes de sacarla con el último de los papeles.
Los espectadores habían quedado en silencio.
―Espero que no sea Nancy ―cuchicheó una chica, y el sonido del susurro llegó hasta el más alejado de los reunidos.
―Antes, las cosas no eran así ―comentó abiertamente el viejo Warner―. Y la gente tampoco es como en otros tiempos.
―Muy bien ―dijo el señor Summers―. Abran las papeletas. Tú, Harry, abre la del pequeño Dave.
El señor Graves desdobló el papel y se escuchó un suspiro general cuando lo mostró en alto y todos comprobaron que estaba en blanco. Nancy y Bill, hijo, abrieron los suyos al mismo tiempo y los dos se volvieron hacia la multitud con expresión radiante, agitando sus papeletas por encima de la cabeza.
―Tessie… ―indicó el señor Summers. Se produjo una breve pausa y, a continuación, el director del sorteo miró a Bill Hutchinson. El hombre desdobló su papeleta y la enseñó. También estaba en blanco.
―Es Tessie ―anunció el señor Summers en un susurro―. Muéstranos su papel, Bill.
Bill Hutchinson se acercó a su mujer y le quitó la papeleta por la fuerza. En el centro de la hoja había un punto negro, la marca que había puesto el señor Summers con el lápiz la noche anterior, en la oficina de la compañía de carbones. Bill Hutchinson mostró en alto la papeleta y se produjo una reacción agitada entre los congregados.
―Bien, amigos ―proclamó el señor Summers―, démonos prisa en terminar.
Aunque los vecinos habían olvidado el ritual y habían perdido la caja negra original, aún mantenían la tradición de utilizar piedras. El montón de piedras que los chicos habían reunido antes estaba preparado y en el suelo; entre las hojas de papel que habían extraído de la caja, había más piedras. La señora Delacroix escogió una piedra tan grande que tuvo que levantarla con ambas manos y se volvió hacia la señora Dunbar.
―Vamos ―le dijo―. Date prisa.
La señora Dunbar sostenía una piedra de menor tamaño en cada mano y murmuró, entre jadeos:
―No puedo apresurarme más. Tendrás que adelantarte. Ya te alcanzaré.
Los niños ya tenían su provisión de piedras y alguien le puso en la mano varias piedrecitas al pequeño Davy Hutchinson. Tessie Hutchinson había quedado en el centro de una zona despejada y extendió las manos con gesto desesperado mientras los vecinos avanzaban hacia ella.
―¡No es justo! ―exclamó.
Una piedra la golpeó en la sien.
―¡Vamos, vamos, todo el mundo! ―gritó el viejo Warner. Steve Adams estaba al frente de la multitud de vecinos, con la señora Graves a su lado.
―¡No es justo! ¡No hay derecho! ―siguió exclamando la señora Hutchinson. Instantes después todo el pueblo cayó sobre ella.

Shirley Jackson, La lotería.

Shirley Jackson


The Lottery 
The morning of June 27th was clear and sunny, with the fresh warmth of a full-summer day; the flowers were blossoming profusely and the grass was richly green. The people of the village began to gather in the square, between the post office and the bank, around ten o'clock; in some towns there were so many people that the lottery took two days and had to be started on June 2th. but in this village, where there were only about three hundred people, the whole lottery took less than two hours, so it could begin at ten o'clock in the morning and still be through in time to allow the villagers to get home for noon dinner. 
The children assembled first, of course. School was recently over for the summer, and the feeling of liberty sat uneasily on most of them; they tended to gather together quietly for a while before they broke into boisterous play. and their talk was still of the classroom and the teacher, of books and reprimands. Bobby Martin had already stuffed his pockets full of stones, and the other boys soon followed his example, selecting the smoothest and roundest stones; Bobby and Harry Jones and Dickie Delacroix-- the villagers pronounced this name "Dellacroy"--eventually made a great pile of stones in one corner of the square and guarded it against the raids of the other boys. The girls stood aside, talking among themselves, looking over their shoulders at rolled in the dust or clung to the hands of their older brothers or sisters. 
Soon the men began to gather. surveying their own children, speaking of planting and rain, tractors and taxes. They stood together, away from the pile of stones in the corner, and their jokes were quiet and they smiled rather than laughed. The women, wearing faded house dresses and sweaters, came shortly after their menfolk. They greeted one another and exchanged bits of gossip as they went to join their husbands. Soon the women, standing by their husbands, began to call to their children, and the children came reluctantly, having to be called four or five times. Bobby Martin ducked under his mother's grasping hand and ran, laughing, back to the pile of stones. His father spoke up sharply, and Bobby came quickly and took his place between his father and his oldest brother. 
The lottery was conducted--as were the square dances, the teen club, the Halloween program--by Mr. Summers. who had time and energy to devote to civic activities. He was a round-faced, jovial man and he ran the coal business, and people were sorry for him. because he had no children and his wife was a scold. When he arrived in the square, carrying the black wooden box, there was a murmur of conversation among the villagers, and he waved and called. "Little late today, folks." The postmaster, Mr. Graves, followed him, carrying a three- legged stool, and the stool was put in the center of the square and Mr. Summers set the black box down on it. The villagers kept their distance, leaving a space between themselves and the stool. and when Mr. Summers said, "Some of you fellows want to give me a hand?" there was a hesitation before two men. Mr. Martin and his oldest son, Baxter. came forward to hold the box steady on the stool while Mr. Summers stirred up the papers inside it. 
The original paraphernalia for the lottery had been lost long ago, and the black box now resting on the stool had been put into use even before Old Man Warner, the oldest man in town, was born. Mr. Summers spoke frequently to the villagers about making a new box, but no one liked to upset even as much tradition as was represented by the black box. There was a story that the present box had been made with some pieces of the box that had preceded it, the one that had been constructed when the first people settled down to make a village here. Every year, after the lottery, Mr. Summers began talking again about a new box, but every year the subject was allowed to fade off without anything's being done. 
The black box grew shabbier each year: by now it was no longer completely black but splintered badly along one side to show the original wood color, and in some places faded or stained. 
Mr. Martin and his oldest son, Baxter, held the black box securely on the stool until Mr. Summers had stirred the papers thoroughly with his hand. Because so much of the ritual had been forgotten or discarded, Mr. Summers had been successful in having slips of paper substituted for the chips of wood that had been used for generations. Chips of wood, Mr. Summers had argued. had been all very well when the village was tiny, but now that the population was more than three hundred and likely to keep on growing, it was necessary to use something that would fit more easily into he black box. The night before the lottery, Mr. Summers and Mr. Graves made up the slips of paper and put them in the box, and it was then taken to the safe of Mr. Summers' coal company and locked up until Mr. Summers was ready to take it to the square next morning. The rest of the year, the box was put way, sometimes one place, sometimes another; it had spent one year in Mr. Graves's barn and another year underfoot in the post office. and sometimes it was set on a shelf in the Martin grocery and left there. 
There was a great deal of fussing to be done before Mr. Summers declared the lottery open. There were the lists to make up--of heads of families. heads of households in each family. members of each household in each family. There was the proper swearing-in of Mr. Summers by the postmaster, as the official of the lottery; at one time, some people remembered, there had been a recital of some sort, performed by the official of the lottery, a perfunctory. tuneless chant that had been rattled off duly each year; some people believed that the official of the lottery used to stand just so when he said or sang it, others believed that he was supposed to walk among the people, but years and years ago this p3rt of the ritual had been allowed to lapse. There had been, also, a ritual salute, which the official of the lottery had had to use in addressing each person who came up to draw from the box, but this also had changed with time, until now it was felt necessary only for the official to speak to each person approaching. Mr. Summers was very good at all this; in his clean white shirt and blue jeans. with one hand resting carelessly on the black box. he seemed very proper and important as he talked interminably to Mr. Graves and the Martins. 
Just as Mr. Summers finally left off talking and turned to the assembled villagers, Mrs. Hutchinson came hurriedly along the path to the square, her sweater thrown over her shoulders, and slid into place in the back of the crowd. "Clean forgot what day it was," she said to Mrs. Delacroix, who stood next to her, and they both laughed softly. "Thought my old man was out back stacking wood," Mrs. Hutchinson went on. "and then I looked out the window and the kids was gone, and then I remembered it was the twenty- seventh and came a-running." She dried her hands on her apron, and Mrs. Delacroix said, "You're in time, though. They're still talking away up there." 
Mrs. Hutchinson craned her neck to see through the crowd and found her husband and children standing near the front. She tapped Mrs. Delacroix on the arm as a farewell and began to make her way through the crowd. The people separated good-humoredly to let her through: two or three people said. in voices just loud enough to be heard across the crowd, "Here comes your, Missus, Hutchinson," and "Bill, she made it after all." Mrs. Hutchinson reached her husband, and Mr. Summers, who had been waiting, said cheerfully. "Thought we were going to have to get on without you, Tessie." Mrs. Hutchinson said. grinning, "Wouldn't have me leave m'dishes in the sink, now, would you. Joe?," and soft laughter ran through the crowd as the people stirred back into position after Mrs. Hutchinson's arrival. 
"Well, now." Mr. Summers said soberly, "guess we better get started, get this over with, so's we can go back to work. Anybody ain't here?" 
"Dunbar." several people said. "Dunbar. Dunbar." 
Mr. Summers consulted his list. "Clyde Dunbar." he said. "That's right. He's broke his leg, hasn't he? Who's drawing for him?" 
"Me. I guess," a woman said. and Mr. Summers turned to look at her. "Wife draws for her husband." Mr. Summers said. "Don't you have a grown boy to do it for you, Janey?" Although Mr. Summers and everyone else in the village knew the answer perfectly well, it was the business of the official of the lottery to ask such questions formally. Mr. Summers waited with an expression of polite interest while Mrs. Dunbar answered. 
"Horace's not but sixteen vet." Mrs. Dunbar said regretfully. "Guess I gotta fill in for the old man this year." 
"Right." Sr. Summers said. He made a note on the list he was holding. Then he asked, "Watson boy drawing this year?" 
A tall boy in the crowd raised his hand. "Here," he said. "I'm drawing for my mother and me." He blinked his eyes nervously and ducked his head as several voices in the crowd said thin#s like "Good fellow, lack." and "Glad to see your mother's got a man to do it." 
"Well," Mr. Summers said, "guess that's everyone. Old Man Warner make it?" "Here," a voice said. and Mr. Summers nodded. 
A sudden hush fell on the crowd as Mr. Summers cleared his throat and looked at the list. "All ready?" he called. "Now, I'll read the names--heads of families first--and the men come up and take a paper out of the box. Keep the paper folded in your hand without looking at it until everyone has had a turn. Everything clear?" 
The people had done it so many times that they only half listened to the directions: most of them were quiet. wetting their lips. not looking around. Then Mr. Summers raised one hand high and said, "Adams." A man disengaged himself from the crowd and came forward. "Hi. Steve." Mr. Summers said. and Mr. Adams said. "Hi. Joe." They grinned at one another humorlessly and nervously. Then Mr. Adams reached into the black box and took out a folded paper. He held it firmly by one corner as he turned and went hastily back to his place in the crowd. where he stood a little apart from his family. not looking down at his hand. 
"Allen." Mr. Summers said. "Anderson.... Bentham." 
"Seems like there's no time at all between lotteries any more." Mrs. Delacroix said to Mrs. Graves in the back row. 
"Seems like we got through with the last one only last week." "Time sure goes fast.-- Mrs. Graves said. 
"Clark.... Delacroix" 
"There goes my old man." Mrs. Delacroix said. She held her breath while her husband went forward. "Dunbar," Mr. Summers said, and Mrs. Dunbar went steadily to the box while one of the women said. 
"Go on. Janey," and another said, "There she goes." 
"We're next." Mrs. Graves said. She watched while Mr. Graves came around from the side of the box, greeted Mr. Summers gravely and selected a slip of paper from the box. By now, all through the crowd there were men holding the small folded papers in their large hand. turning them over and over nervously Mrs. Dunbar and her two sons stood together, Mrs. Dunbar holding the slip of paper. 
"Harburt.... Hutchinson." 
"Get up there, Bill," Mrs. Hutchinson said. and the people near her laughed. "Jones." 
"They do say," Mr. Adams said to Old Man Warner, who stood next to him, "that over in the north village they're talking of giving up the lottery." 
Old Man Warner snorted. "Pack of crazy fools," he said. "Listening to the young folks, nothing's good enough for them. Next thing you know, they'll be wanting to go back to living in caves, nobody work any more, live hat way for a while. Used to be a saying about 'Lottery in June, corn be heavy soon.' First thing you know, we'd all be eating stewed chickweed and acorns. There's always been a lottery," he added petulantly. "Bad enough to see young Joe Summers up there joking with everybody." 
"Some places have already quit lotteries." Mrs. Adams said. 
"Nothing but trouble in that," Old Man Warner said stoutly. "Pack of young fools." "Martin." And Bobby Martin watched his father go forward. "Overdyke.... Percy." "I wish they'd hurry," Mrs. Dunbar said to her older son. "I wish they'd hurry." "They're almost through," her son said. 
"You get ready to run tell Dad," Mrs. Dunbar said. 
Mr. Summers called his own name and then stepped forward precisely and selected a slip from the box. Then he called, "Warner." 
"Seventy-seventh year I been in the lottery," Old Man Warner said as he went through the crowd. "Seventy-seventh time." 
"Watson" The tall boy came awkwardly through the crowd. Someone said, "Don't be nervous, Jack," and 
Mr. Summers said, "Take your time, son." "Zanini." 
After that, there was a long pause, a breathless pause, until Mr. Summers. holding his slip of paper in the air, said, "All right, fellows." For a minute, no one moved, and then all the slips of paper were opened. Suddenly, all the women began to speak at once, saving. "Who is it?," "Who's got it?," "Is it the Dunbars?," "Is it the Watsons?" Then the voices began to say, "It's Hutchinson. It's Bill," "Bill Hutchinson's got it." 
"Go tell your father," Mrs. Dunbar said to her older son. 
People began to look around to see the Hutchinsons. Bill Hutchinson was standing quiet, staring down at the paper in his hand. Suddenly. Tessie Hutchinson shouted to Mr. Summers. "You didn't give him time enough to take any paper he wanted. I saw you. It wasn't fair!" 
"Be a good sport, Tessie." Mrs. Delacroix called, and Mrs. Graves said, "All of us took the same chance." "Shut up, Tessie," Bill Hutchinson said. 
"Well, everyone," Mr. Summers said, "that was done pretty fast, and now we've got to be hurrying a little more to get done in time." He consulted his next list. "Bill," he said, "you draw for the Hutchinson family. You got any other households in the Hutchinsons?" 
"There's Don and Eva," Mrs. Hutchinson yelled. "Make them take their chance!" 
"Daughters draw with their husbands' families, Tessie," Mr. Summers said gently. "You know that as well as anyone else." 
"It wasn't fair," Tessie said. 
"I guess not, Joe." Bill Hutchinson said regretfully. "My daughter draws with her husband's family; that's only fair. And I've got no other family except the kids." 
"Then, as far as drawing for families is concerned, it's you," Mr. Summers said in explanation, "and as far as drawing for households is concerned, that's you, too. Right?" 
"Right," Bill Hutchinson said. 
"How many kids, Bill?" Mr. Summers asked formally. "Three," Bill Hutchinson said. 
"There's Bill, Jr., and Nancy, and little Dave. And Tessie and me." 
"All right, then," Mr. Summers said. "Harry, you got their tickets back?" 
Mr. Graves nodded and held up the slips of paper. "Put them in the box, then," Mr. Summers directed. "Take Bill's and put it in." 
"I think we ought to start over," Mrs. Hutchinson said, as quietly as she could. "I tell you it wasn't fair. You didn't give him time enough to choose. Everybody saw that." 
Mr. Graves had selected the five slips and put them in the box. and he dropped all the papers but those onto the ground. where the breeze caught them and lifted them off. 
"Listen, everybody," Mrs. Hutchinson was saying to the people around her. 
"Ready, Bill?" Mr. Summers asked. and Bill Hutchinson, with one quick glance around at his wife and children. nodded. 
"Remember," Mr. Summers said. "take the slips and keep them folded until each person has taken one. Harry, you help little Dave." Mr. Graves took the hand of the little boy, who came willingly with him up to the box. "Take a paper out of the box, Davy." Mr. Summers said. Davy put his hand into the box and laughed. "Take just one paper." Mr. Summers said. "Harry, you hold it for him." Mr. Graves took the child's hand and removed the folded paper from the tight fist and held it while little Dave stood next to him and looked up at him wonderingly. 
"Nancy next," Mr. Summers said. Nancy was twelve, and her school friends breathed heavily as she went forward switching her skirt, and took a slip daintily from the box "Bill, Jr.," Mr. Summers said, and Billy, his face red and his feet overlarge, near knocked the box over as he got a paper out. "Tessie," Mr. Summers said. She hesitated for a minute, looking around defiantly. and then set her lips and went up to the box. She snatched a paper out and held it behind her. 
"Bill," Mr. Summers said, and Bill Hutchinson reached into the box and felt around, bringing his hand out at last with the slip of paper in it. 
The crowd was quiet. A girl whispered, "I hope it's not Nancy," and the sound of the whisper reached the edges of the crowd. 
"It's not the way it used to be." Old Man Warner said clearly. "People ain't the way they used to be." "All right," Mr. Summers said. "Open the papers. Harry, you open little Dave's." 
Mr. Graves opened the slip of paper and there was a general sigh through the crowd as he held it up and everyone could see that it was blank. Nancy and Bill. Jr.. opened theirs at the same time. and both beamed and laughed. turning around to the crowd and holding their slips of paper above their heads. 
"Tessie," Mr. Summers said. There was a pause, and then Mr. Summers looked at Bill Hutchinson, and 
Bill unfolded his paper and showed it. It was blank. 
"It's Tessie," Mr. Summers said, and his voice was hushed. "Show us her paper. Bill." 
Bill Hutchinson went over to his wife and forced the slip of paper out of her hand. It had a black spot on it, the black spot Mr. Summers had made the night before with the heavy pencil in the coal company office. Bill Hutchinson held it up, and there was a stir in the crowd. 
"All right, folks." Mr. Summers said. "Let's finish quickly." 
Although the villagers had forgotten the ritual and lost the original black box, they still remembered to use stones. The pile of stones the boys had made earlier was ready; there were stones on the ground with the blowing scraps of paper that had come out of the box Delacroix selected a stone so large she had to pick it up with both hands and turned to Mrs. Dunbar. "Come on," she said. "Hurry up." 
Mr. Dunbar had small stones in both hands, and she said. gasping for breath. "I can't run at all. You'll have to go ahead and I'll catch up with you." 
The children had stones already. And someone gave little Davy Hutchinson few pebbles. 
Tessie Hutchinson was in the center of a cleared space by now, and she held her hands out desperately as the villagers moved in on her. "It isn't fair," she said. A stone hit her on the side of the head. Old Man Warner was saying, "Come on, come on, everyone." Steve Adams was in the front of the crowd of villagers, with Mrs. Graves beside him. 
"It isn't fair, it isn't right," Mrs. Hutchinson screamed, and then they were upon her.

Shirley Jackson, The Lottery. 1948