Ana María Matute, El incendio

El incendio.
El niño cogió los lápices color naranja, el lápiz de color amarillo, y aquel por una punta azul y la otra rojo. Fue con ellos a la esquina, y se tendió en el suelo. La esquina era blanca, a veces la mitad negra, la mitad verde. Era la esquina de la casa, y todos los sábados la encalaban. El niño tenía los ojos irritados de tanto blanco, de tanto sol cortando su mirada con filos de cuchillo. Los lápices del niño eran naranja, rojo, amarillo y azul. El niño prendió fuego a la esquina con sus colores. Sus lápices -sobre todo aquel de color amarillo, tan largo- se prendieron de los postigos y las contraventanas, verdes, y todo crujía, brillaba, se trenzaba. Se desmigó sobre su cabeza, en una hermosa lluvia de ceniza, que le abrasó.
 Ana María Matute, El incendio.

Ana María Matute

Richard Brautigan, 1/3 1/3 1/3

1/3 1/3 1/3
Todo se haría en tercios. Yo me llevaría 1/3 del dinero por mecanografiar la novela, y ella 1/3 por corregirla, y él 1/3 por escribirla. 
Íbamos a dividir las ganancias en tres. Cerramos el trato con un apretón de manos, cada cual consciente de lo que tenía que hacer, del camino por andar, de la puerta al final. 
Me correspondía 1/3 porque tenía la máquina de escribir. 
Yo vivía en una casucha de mi propia factura revestida de cartón, frente a la vieja casa destartalada que la Seguridad Social alquilaba para ella y su hijo de nueve años, Freddy. 
El novelista vivía a un kilómetro y medio de allí en una caravana, junto al estanque de un aserradero donde trabajaba de vigilante. 
Yo tenía unos diecisiete años y por esos años me sentía solo y muy raro en el noroeste del Pacífico, en aquella tierra oscura y lluviosa de 1952. Ahora tengo treinta y uno y no sé qué pretendía al vivir como lo hacía entonces. 
Ella era una de esas mujeres eternamente frágiles de treinta y largos, que antes fueron muy atractivas y a las que les prestaron mucha atención en moteles y bares, pero que ahora viven de la Seguridad Social y cuyas vidas giran en torno al día del mes en que reciben el cheque de la Seguridad Social. 
La palabra “cheque” es la única palabra religiosa en sus vidas, así que siempre la usan cuando menos tres o cuatro veces en cada charla. No importa de qué estén hablando. 
El novelista tenía cuarenta y largos, era alto, tirando a pelirrojo y con pinta de que la vida le había aportado una interminable seguidilla de novias infieles, borrachos perdidos y coches con mala transmisión. 
Estaba escribiendo la novela porque quería contar una historia que le había ocurrido años atrás cuando trabajaba en el bosque. 
También quería ganar dinero: un tercio. 
Mi participación en el asunto ocurrió de la siguiente manera: un día estaba parado delante de mi casucha, comiendo una manzana y mirando poco antes de la lluvia un cielo negro y deshilachado y fastidioso como un dolor de muelas. 
Así me mantenía ocupado. Estaba ocupado mirando el cielo y comiendo una manzana. Se hubiera dicho que me habían contratado para que lo hiciera, ofreciéndome un buen sueldo y una pensión si me quedaba mirando el cielo bastante tiempo. 
—¡EH, TÚ! —oí que me gritaban. 
Miré al otro lado de un charco de barro y era la mujer. Llevaba puesto aquel impermeable verde que usaba siempre, salvo cuando iba a ver a la gente de la Seguridad Social en el centro. Entonces se ponía un deforme abrigo gris arratonado. 
Vivíamos en la zona pobre de la ciudad, donde las calles no estaban asfaltadas. La calle era solo un gran charco de barro que había que esquivar. La calle ya no servía para los coches. Circulaban en otra frecuencia, donde el asfalto y la grava eran más amables. 
Ella llevaba las botas blancas de goma que siempre usaba en invierno, unas botas que le daban un aspecto infantil. Era tan frágil y le debía tanto al departamento de la Seguridad Social que a menudo parecía una niña de doce años. 
—¿Qué quieres? —dije. 
—Tienes una máquina de escribir, ¿no? —dijo—. Pasé delante de tu casucha y te oí escribir a máquina. Escribes mucho por la noche. 
—Sí, tengo una máquina de escribir —dije. 
—¿Eres buen mecanógrafo? 
—Me las arreglo. 
—No tenemos máquina de escribir. ¿Qué te parece juntarte con nosotros? —me gritó desde el otro lado del charco. Realmente aparentaba doce años, ahí de pie con sus botas blancas, la encantadora chica de los lodazales. 
—¿A qué te refieres con “juntarse”? 
—Bueno, él está escribiendo una novela —dijo—. Lo hace bien. Yo la corrijo. He leído un montón de libros de bolsillo y la revista Reader’s Digest. Nos hace falta alguien que tenga una máquina de escribir para mecanografiarla. Te quedas con un tercio de las ganancias. ¿Qué te parece? 
—Me gustaría ver la novela —dije. No entendía qué estaba pasando. Sabía que ella tenía tres o cuatro novios que siempre la visitaban. 
—¡Claro! —gritó—. Tienes que verla para mecanografiarla. Ven conmigo. Podemos ir a su casa ahora mismo así lo conoces y le echas un vistazo a la novela. Es un buen tipo. El libro es magnífico. 
—Muy bien —dije, y rodeé el charco de barro para ir hasta donde estaba parada ella, al frente de su casa de dentista malvada, con doce años, a unos tres kilómetros de la oficina de la Seguridad Social. 
—Vamos —dijo. 

*** 
Fuimos hasta la carretera, enfilamos por ella y pasamos delante de más charcos de barro y estanques de aserraderos, hasta que llegamos a un camino que cruzaba las vías de tren y luego continuaba delante de media docena de estanques de más aserraderos, llenos de troncos negros invernales. 
Hablamos muy poco y solo de su cheque, que llevaba dos días de retraso, y ella había llamado a la Seguridad Social, y le habían dicho que se lo habían mandado por correo y que tendría que llegarle al día siguiente, pero que si no lo recibía llamara al día siguiente y le mandarían un giro postal de emergencia. 
—Bueno, espero que llegue mañana —dije. 
Al lado del último estanque había una vieja caravana amarilla montada sobre bloques de madera. Con solo mirarla uno sabía que nunca más iría a ninguna parte, que la carretera era un cielo lejano al que solo rezarle. Era muy triste y tenía una chimenea como de cementerio que echaba al aire de arriba humo muerto y rasgado. 
Había una especie de animal mitad perro y mitad gato sentado delante de la puerta, en un porche improvisado con tablones desnudos. El animal nos ladró a medias y maulló a medias (“¡Gumiau!”) y se escondió debajo de la caravana, mirándonos desde detrás de uno de los bloques de madera. 
—Llegamos —dijo la mujer. 
Se abrió la puerta de la caravana y salió un hombre al porche. Había una pila de leños amontonados en el porche y estaba tapada con una lona alquitranada negra. 
El hombre hizo visera con la mano, cubriéndose los ojos de un sol brillante imaginario, porque todo se había puesto negro y amenazaba con llover. 
—Hola —dijo. 
—¿Qué hay? —dije. 
—Hola, cariño —dijo ella. 
El hombre me estrechó la mano y me dio la bienvenida a la caravana, luego le dio a ella un besito en la boca y los tres entramos. 
El interior era pequeño y estaba sucio y olía a lluvia estancada y tenía una cama grande sin hacer que parecía haber sido el escenario de algunas de las escenas amorosas más tristes desde la Crucifixión. 
Había una media mesita verde llena de cosas y dos sillas como insectos y un lavamanos pequeño y un hornillo que servía para cocinar y para calentar el ambiente. 
Había unos platos sucios en el lavamanos. Daba la impresión de que siempre habían estado sucios: nacidos sucios para durar para siempre. 
En alguna parte de la caravana una radio pasaba música country, pero no pude ver dónde se encontraba. Miré por todas partes pero la radio no estaba a la vista. A lo mejor estaba debajo de una camisa o algo así. 
—Es el chico de la máquina de escribir —dijo ella—. Se llevará un tercio por mecanografiarla. 
—Me parece justo —dijo él—. Necesitamos que alguien la mecanografíe. Yo nunca he hecho nada de este tipo. 
—¿Por qué no se la muestras? —dijo ella—. Le gustaría echarle un vistazo. 
—Bueno. Pero no está muy bien escrita —me dijo—. Solo fui hasta cuarto grado, así que ella va a corregirla, pulir la gramática y poner las comas y esas cosas. 
Había un cuaderno sobre la mesa, junto a un cenicero que contenía unas seiscientas colillas. El cuaderno tenía pegada en la tapa una fotografía en colores de Hopalong Cassidy. 
Hopalong parecía cansado, como si se hubiera pasado la noche anterior persiguiendo actrices jovencitas por todo Hollywood y apenas le quedaran fuerza para volver a subirse al caballo. 
El cuaderno tenía unas veinticinco o treinta páginas escritas. La letra era grande, como de escuela primaria: una mezcla poco feliz de imprenta y cursiva. 
—No está terminada —dijo él. 
—Tú la mecanografías. Yo la edito. Él la escribe —dijo ella. 
Era la historia de un leñador joven que se enamoraba de una camarera. La novela empezaba en 1935 en un café de North Bend, Oregon. 
El leñador joven se sentaba a una mesa y la camarera le tomaba el pedido. Era muy atractiva, de pelo rubio y mejillas rosadas. El leñador joven pedía chuletas de ternera con puré de patatas y jugo de carne. 
—Sí, yo me encargo de corregirla. Tú puedes mecanografiarla, ¿no? No está mal, ¿eh? —dijo ella en la voz de una niña de doce años a la que la Seguridad Social mira por encima del hombro. 
—No —dije—. Es fácil. 
De pronto la lluvia empezó a caer con fuerza, sin previo aviso, simplemente caían grandes gotones que por poco no sacudían la caravana. 
Ya veo que te gustan las chuletas dijo Maybell tenia el lapis metido en la boca que era linda y roja como una mansana! 
Solamente cuando me tomas el pedio dijo Carl ella dijo que él era un leniador muy timido pero grandote y fuetre como su padre que era duenio del aserrdero! 
Yo me encargo de que te pongan mucho jugo! 
Entonse se abre la puerta del cafe y entra Rins Adams era apuesto y malo, todo el mundo por hay le tenia miedo pero Carl no y su padre muerto no tenian miedo del no senior! 
Maybell temblo cuando lo vio ahi parado con su impermeable negro el le sonrio y Carl sintio que la sangre le herbia como cafe caliente y se puso como loco! 
Hola Rins dijo Maybell colorada como un flor, mientras seguíamos sentados en la caravana bajo la lluvia, aporreando las puertas de la literatura norteamericana. 

Richard Brautigan, 1/3 1/3 1/3. Traducción : Martín Schifino.


Richard Brautigan

1/3 1/3 1/3 
It was all to be done in thirds. 
I was to get 1/3 for doing the typing, and she was to get 1/3 for doing theediting, and he was to get 1/3 for writing the novel. 
We were going to divide the royalties three ways. We all shook hands on the deal, each knowing what wewere supposed to do, the path before us, the gate at the end. 
I was made a 1/3 partner because I had the typewriter. 
I lived in a cardboard-lined shack of my own building across the street from the run-down old house theWelfare rented for her and her nineyear-old son Freddy. 
The novelist lived in a trailer a mile away beside a sawmill pond where he was the watchman for the mill. 
I was about seventeen and made lonely and strange by that Pacific Northwest of so many years ago, thatdark, rainy land of 1952. I’m thirty-one now and I still can’t figure out what I meant by living the way I didin those days. 
She was one of those eternally fragile women in their late thirties and once very pretty and the object ofmuch attention in the roadhouses and beer parlors, who are now on Welfare and their entire lives rotatearound that one day a month when they get their Welfare checks. 
The word “check” is the one religious word in their lives, so they always manage to use at least three orfour times in every conversation. It doesn’t matter what you are talking about. 
The novelist was in his late forties, tall, reddish, and looked as if life had given him an endless stream oftwo-timing girlfriends, five-day drunks and cars with bad transmissions. 
He was writing the novel because he wanted to tell a story that had happened to him years before whenhe was working in the woods. 
He also wanted to make some money: 1/3. 
My entrance into the thing came about this way: One day I was standing in front of my shack, eating anapple and staring at a black ragged toothache sky that was about to rain. 
What I was doing was like an occupation for me. I was that involved in looking at the sky and eating theapple. You would have thought that I had been hired to do it with a good salary and a pension if I staredat the sky long enough. 
“HEY, YOU!” I heard somebody yell. 
I looked across the mud puddle and it was the woman. She was wearing a kind of green Mackinaw thatshe wore all the time, except when she had to visit the Welfare people downtown. Then she put on ashapeless duck-gray coat. 
We lived in a poor part of town where the streets weren’t paved. The street was nothing more than a bigmud puddle that you had to walk around. The street was of no use to cars any more. They travelled on adifferent frequency where asphalt and gravel were more sympathetic. 
She was wearing a pair of white rubber boots that she always had on in the winter, a pair of boots thatgave her a kind of child-like appearance. She was so fragile and firmly indebted to the WelfareDepartment that she often looked like a child twelve years old. 
“What do you want?” I said. 
“You have a typewriter, don’t you?” she said. 
“I’ve walked by your shack and heard you typing. You type alot at night.” 
“Yeah, I have a typewriter,” I said. 
"You a good typist?” she said. 
“I’m all right.” 
“We don’t have a typewriter. How would you like to go in with us?” she yelled across the mud puddle. She looked a perfect twelve years old, standing there in her white boots, the sweetheart and darling of allmud puddles. 
“What’s ‘go in’ mean?” 
“Well, he’s writing a novel,” she said. “He’s good. I’m editing it. I’ve read a lot of pocketbooks and the Reader’s Digest. We need somebody who has atypewriter to type it up. You’ll get 1/3. How does that sound?” 
“I’d like to see the novel,” I said. I didn’t know what was happening. I knew she had three or fourboyfriends that were always visiting her. 
“Sure!” she yelled. “You have to see it to type it. Come on around. Let’s go out to his place right now and you can meet him and have a look at the novel. He’s a good guy. It’s a wonderful book.” 
“OK,” I said, and walked around the mud puddle to where she was standing in front of her evil dentisthouse, twelve years old, and approximately two miles from the Welfare office. 
“Let’s go,” she said. 

*** 
We walked over to the highway and down the highway past mud puddles and sawmill ponds and fieldsflooded with rain until we came to a road that went across the railroad tracks and turned down past halfa dozen sawmill ponds that were filled with black winter logs. 
We talked very little and that was only about her check that was two days late and she had called theWelfare and they said they mailed the check and it should be there tomorrow, but call again tomorrow ifit’s not there and we’ll prepare an emergency money order for you. 
“Well, I hope it’s there tomorrow,” I said. 
Next to the last sawmill pond was a yellow old trailer up on blocks of wood. One look at that trailershowed that it was never going anywhere again, that the highway was in distant heaven, only to beprayed to. It was really sad with a cemetery-like chimney swirling jagged dead smoke in the air above it. 
A kind of half-dog, half-cat creature was sitting on a rough plank porch that was in front of the door. The creature half-barked and half-meowed at us, “Arfeow!” and darted under the trailer, looking out at usfrom behind a block. 
“This is it,” the woman said. 
The door to the trailer opened and a man stepped out onto the porch. There was a pile of firewoodstacked on the porch and it was covered with a black tarp. 
The man held his hand above his eyes, shielding his eyes from a bright imaginary sun, though everythinghad turned dark in anticipation of the rain. 
“Hello, there,” he said. 
“Hi,” I said. 
“Hello, honey,” she said. 
He shook my hand and welcomed me to his trailer, than he gave her a little kiss on the mouth before weall went inside. 
The place was small and muddy and smelled like stale rain and had a large unmade bed that looked as ifit had been a partner to some of the saddest love-making this side of The Cross. 
There was a green bushy half-table with a couple of insect-like chairs and a little sink and a small stovethat was used for cooking and heating. 
There were some dirty dishes in the little sink. The dishes looked as if they had always been dirty: borndirty to last forever. 
I could hear a radio playing Western music someplace in the trailer, but I couldn’t find it. I looked all overbut it was nowhere in sight. It was probably under a shirt or something. 
“He’s the kid with the typewriter,” she said. “He’ll get 1/3 for typing it.” 
“That sounds fair,” he said. “We need somebody to type it. I’ve never done anything like this before.” 
“Why don’t you show it to him?” she said. “He’d like to take a look at it.” 
“OK. But it isn’t too carefully written,” he said to me. “I only went to the fourth grade, so she’s going to edit it, straighten out the grammar and commas and stuff.” 
There was a notebook lying on the table, next to an ashtray that probably had 600 cigarette butts in it. The notebook had a color photograph of Hopalong Cassidy on the cover. 
Hopalong looked tired as if he had spent the previous night chasing starlets all over Hollywood andbarely had enough strength to get back in the saddle. 
There were about twenty-five or thirty pages of writing in the notebook. It was written in a largegrammar school sprawl: an unhappy marriage between printing and longhand. 
“It’s not finished yet,” he said. 
“You’ll type it. I’ll edit it. He’ll write it,” she said. 
It was a story about a young logger falling in love with a waitress. The novel began in 1935 in a café inNorth Bend, Oregon. 
The young logger was sitting at a table and the waitress was taking his order. She was very pretty withblond hair and rosy cheeks. The young logger was ordering veal cutlets with mashed potatoes andcountry gravy. 
“Yeah, I’ll do the editing. You can type it, can’t you? It’s not too bad, is it?” she said in a twelveyear-oldvoice with the Welfare peeking over her shoulder. 
“No,” I said. “It will be easy.” 
Suddenly the rain started to come down hard outside, without any warning, just suddenly great drops ofrain that almost shook the trailer. 
You sur lik veel cutlets don’t you Maybell said she was holding her pensil up her mowth that was pretiand red like an apl! 
Onli wen you take my oder Carl she said he was a kind of bassful loger but big and strong lik his deadwho ownd the starmill! 
Ill mak sur you get plenty of gravi! 
Just ten then caf door opend and in cam Rins Adams he was hansom and mean, everi bodi in the thosparts was afrad of him but not Carl and his dead dad they wasnt afrad of him no sur! 
Maybell shifard wen she saw him standing ther in his blac macinaw he smild at her and Carl felt his blodrun hot lik scalding coffee and fitting mad! 
Howdi ther Rins said Maybell blushed like a flower flouar while we were all sitting there in that rainytrailer, pounding at the gates of American literature.

Richard Brautigan, 1/3 1/3 1/3

Francisco Ferrer Lerín, Sin título III

Sin título III
Conocí a Drácula en mil novecientos cincuenta y dos. Ambos montábamos veloces caballos y emprendíamos un largo viaje por las tierras rojas y sedientas de Estrecho Quinto. Nuestras metas eran aparentemente dispares. Drácula escogía aquellos parajes por la semejanza del terreno con su fisiología. Yo, Bárbara Blomberg, dejaba a Doña Blanca, a Don Patricio, al fino elenco que aplaudía mis arpegios y me lanzaba a la aventura deseando olvidar en el frenesí del galope cierta pasión inconfesada. Pero el azar juega malas pasadas y opuestas trayectorias confluyen. La noche del tres al cuatro de octubre pedí albergue en el contumaz castillo de Montearagón. Deseaba pasarla en la erecta fortaleza que domina el valle. Drácula deseaba lo mismo.
Francisco Ferrer Lerín, Sin título III (Besos humanos, Anagrama,2018).

Francisco Ferrer Lerín