Aire de Dylan, de Enrique Vila-Matas

Creo que fue T.S. Eliot quien dijo que Hamlet era un fracaso artístico por la desproporción que hay entre el príncipe y la obra. Es difícil estar de acuerdo con ese fracaso pero lo cierto es que Hamlet, como personaje, destaca por su inteligencia sobre la propia representación teatral o, como dice Harold Bloom, el fenómeno de Hamlet, el príncipe fuera de la obra, por su carisma y el aura de lo sobrenatural que le rodea, consigue que, como personaje, no haya podido ser superado en la literatura de Occidente. Shakespeare es siempre actual porque nos desvela lo universal de nuestro comportamiento. Su personaje Hamlet juega con el propio teatro, lo utiliza como una máscara más en su poliédrica existencia y nos enseña que es más fácil explicar la realidad, su verdad, a través de la ficción. Vila-Matas en su impecable novela Aire de Dylan rescata todos estos elementos y los trae a nuestros días. De hecho Hamlet está constantemente presente en todo el libro. A pesar de que aquí Vila-Matas se aleja en parte de la intertextualidad a la que nos tiene acostumbrados, no se pueden obviar relaciones muy directas con sus propias obras o las de otros grandes escritores como el fracaso de la relación padre e hijo que ya estaba presente en El Mal de Montano, la memoria heredada de Borges, diversas situaciones kafkianas incomprensibles para los personajes protagonistas, la negación de seguir escribiendo como en Bartleby y compañía o referencias explícitas de La verdadera vida de Sebastian Knight de Nabokov y Oblómov de Goncharov, entre los más evidentes,
El narrador acude a un congreso sobre el fracaso y allí escucha una conferencia de Vilnius, un aspirante a cineasta de gran parecido con Bob Dylan cuyo propósito es recopilar la historia del fracaso, que podría ser la propia historia de la humanidad. El objetivo del joven Vilnius es ser él mismo un ejemplo de fracaso en su conferencia por lo que espera que la sala se quede vacía por abandono de los oyentes. Se siente sólo y fracasado en el sentido kafkiano, pero lejos de conseguir su objetivo, acaba cautivando a uno de los oyentes, el narrador. Vilnius sufre incursiones del fantasma de su padre, Juan Lancastre, un escritor postmoderno de culto, «el último gran moderno», que le presta memoria e imaginación y le revela que en realidad su muerte fue inducida. Aquí la memoria se infiltra en la mente de Vilnius de modo involuntario  mientras que en Borges es una cesión aceptada por el receptor. 
El narrador es un escritor que lleva muchos años haciendo literatura y que sigue tiránicamente las instrucciones que le dicta su horóscopo; pero, igual que le pasaba al de El ruletista, de Cărtărescu, está arrepentido de todo lo que ha escrito y, en su fracaso, decide dejar de escribir hasta que se encuentra con una historia real que le atrapa. Una mudanza le hace coincidir con Vilnius en un barrio de Barcelona (un nuevo Elsinor donde pueden suceder las mismas intrigas, las mismas conspiraciones) y allí conoce las indagaciones detectivescas que han llevado al joven con aire de Dylan hasta Hollywood en busca del origen de una frase supuestamente atribuida a Scott Fitzgerald que le ha marcado existencialmente: «Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien». Vilnius está ahora con Débora, la antigua novia de su padre que guarda un gran parecido con la atractiva Scarlett Johansson y juntos hacen una representación teatral, a la que asiste el narrador, en la que hacen pública, al estilo de Hamlet, la sospecha de que Lancastre ha sido asesinado La malvada y bella madre de Vilnius, con la que mantiene una relación de odio, dice haber destruido la autobiografía que escribía Lancastre y por eso Vilnius y Débora deciden constituir la “Sociedad del aire” —como homenaje a uno de los ready-mades de Duchamp— y editar una biografía apócrifa escrita por el propio narrador. Ni Vilnius ni Débora, como en Oblomov, paradigma de la desidia y la indiferencia, creen en los valores burgueses del esfuerzo y del trabajo, temen la competitividad y piensan que como creadores no es esencial tener un discurso propio: «No hacemos nada, pero somos imprescindibles». Lancastre, en cambio, con una obra cambiante, huidizo de las grandes certezas ha creado una sólida obra gracias al esfuerzo y al alcohol (en esto último quizás pueda recordarnos a Bukowski). 
El único enemigo de Hamlet es el propio Hamlet como de Vilnius, el propio Vilnius. A lo largo de la novela se puede ver la transformación del personaje que parte de esas diferencias literarias irreconciliables con su padre hasta el encuentro, desde su única certeza inamovible hasta la personalidad múltiple influenciada por las incursiones del padre en su mente y que le provoca un miedo a la realidad. El propio Lancastre tras su muerte ve cómo la personalidad de su alma se vuelva unívoca. Ni siquiera el narrador se ve libre de esta transformación y, al final, su personal biografía se confunde con la de Lancastre de modo simbiótico. De hecho, la mudanza puede interpretarse como una metáfora del cambio, de la necesidad de transformarse para seguir siendo el mismo, como le pasa al propio Bob Dylan. Este cambio se aprecia incluso en aspectos argumentales generales pues si en los primeros capítulos se habla con ironía del postmodernismo, en el último capítulo se vuelve a él hasta mostrarnos abiertamente la cocina de la escritura. El delirante final tiene una atmósfera que evoca a Poe o mejor a Lovecraft, con el que, al parecer, el narrador guarda un cierto parecido. 
Es una novela divertida, irónica, con una mirada escéptica y libre, con personajes empáticos y cargados de humanas contradicciones. De nuevo Vila-Matas, con su buena prosa y sus guiños intertextuales, nos hace disfrutar a todos los amantes de la literatura aunque en esta ocasión de un modo más liviano. 


















Aire de Dylan
Enrique Vila-Matas
Seix Barral. Biblioteca Breve, 2012

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