H. G. Wells, La polilla

La polilla  (“The Moth”)
Probablemente haya oído hablar de Hapley, no WT Hapley, el hijo, sino el célebre Hapley, el Hapley de Periplaneta Haplüa, Hapley el entomólogo.
Si así es, conocerá al menos la gran enemistad entre Hapley y el profesor Pawkins, aunque algunas de sus consecuencias sean nuevas para usted. Para aquellos que no están al tanto serán necesarias dos o tres palabras de explicación que el lector perezoso puede repasar de un vistazo si así se lo pide su indolencia.
Es sorprendente lo ampliamente extendida que está la ignorancia de asuntos de tantísima importancia como esta enemistad Hapley-Pawkins. Lo mismo sucede con esas controversias que hacen época, esas que han convulsionado a la Sociedad Geográfica, son, lo creo de veras, casi completamente desconocidas fuera de los socios que constituyen esa institución. He oído a hombres bastante cultos referirse a las grandes escenas de esas reuniones como riñas de sacristía. Sin embargo, el gran odio entre los geólogos ingleses y escoceses ha durado ya medio siglo y ha dejado profundas y abundantes marcas en el cuerpo de la ciencia. Y este asunto entre Hapley y Pawkins, aunque quizás una cuestión más personal, levantó pasiones tan profundas, incluso más profundas. El hombre de la calle no tiene ni idea del celo que anima a un investigador científico, la furia de contradicción que se puede provocar en él. Es una nueva forma del odium teologicum. Hay hombres, por ejemplo, que estarían contentos de quemar a Sir Ray Lankaster en Smithfield por su tratamiento de los Moluscos en la Enciclopedia Británica. Esa fantástica extensión de los cefalópodos para cubrir los Pteropodos… Pero me estoy desviando de Hapley y Pawkins. Esta enemistad comenzó hace muchos años con una revisión de los Microlepidópteros —sean lo que sean— por Pawkins, en la que extinguió una nueva especie creada por Hapley. Hapley, que siempre fue peleón, respondió con una mordaz denuncia de toda la clasificación de Pawkins [Observaciones sobre una reciente recesión de los Microlepidópteros, Boletín trimestral, Real Sociedad de Entomología]. Pawkins, en su Réplica [Réplicas a ciertas observaciones… Ibíd., 1864.], sugirió que el microscopio de Hapley era tan defectuoso como su capacidad de observación y le llamaba entrometido irresponsable —Hapley en esa época no era catedrático. En su contestación [Ulteriores observaciones… Ibíd.] Hapley hablaba de torpes coleccionistas y describía, como por error, la revisión de Pawkins como un milagro de ineptitud. Era la guerra a cuchillo. Sin embargo apenas si interesaría al lector entrar en los detalles de la disputa entre estos dos grandes hombres y cómo la ruptura entre ellos se fue haciendo más profunda hasta que partiendo de los microlepidópteros estuvieron en guerra en cualquier cuestión abierta en entomología. Hubo ocasiones memorables. A veces las reuniones de la Real Sociedad de Entomología se parecían más que nada al Congreso de los Diputados. En conjunto creo que Pawkins estaba más cerca de la verdad que Hapley. Pero Hapley era muy hábil con su retórica, tenía un talento para ridiculizar raro en un hombre de ciencia, estaba dotado de una gran energía y tenía una aguda susceptibilidad para la ofensa en el asunto de las especies extinguidas, mientras que Pawkins era un hombre de presencia aburrida, monótono al hablar, de constitución no muy distinta a un barril de agua, excesivamente escrupuloso con los testimonios y se sospecha que intermediario en los nombramientos para puestos en los museos. Así que los jóvenes se agruparon en torno a Hapley y le aplaudieron. Fue una gran lucha, cruel desde el principio, y que llegó finalmente a un antagonismo implacable. Los sucesivos giros de la fortuna con ventajas primero para uno y después para el otro, con Hapley atormentado por algún éxito de Pawkins o Pawkins ensombrecido por Hapley, pertenecen más bien a la historia de la entomología que a esta narración.
Pero en 1891 Pawkins, que no había estado bien de salud durante algún tiempo, publicó un trabajo sobre el mesoblasto de la polilla Cabeza de Muerte. Lo que pueda ser el mesoblasto no importa un pito a esta historia. Pero el trabajo estaba muy por debajo de su nivel habitual y le dio a Hapley la oportunidad que había codiciado durante años. Debe de haber trabajado día y noche para explotar la situación al máximo. En una elaborada crítica le hizo trizas. Se puede uno imaginar su desordenado pelo negro y sus raros ojos oscuros echando chispas al tiempo que atacaba a su antagonista. Y Pawkins dio una respuesta titubeante, ineficaz, con dolorosos intervalos de silencio, y, con todo, maligna. No hubo error sobre su voluntad de herir a Hapley ni en su incapacidad para hacerlo. Pero pocos de los que le oyeron —yo estuve ausente de la reunión— se dieron cuenta de lo enfermo que estaba el hombre.
Hapley derribó a su adversario y quiso acabar con él. Continuó con un ataque brutal a Pawkins en forma de disertación sobre la evolución de las polillas en general, un estudio que daba pruebas de una extraordinaria cantidad de trabajo, redactado en un tono violentamente polémico. Debe de haber cubierto el rostro de Pawkins de vergüenza y confusión. No dejaba escapatoria, era asesino en la argumentación y absolutamente despectivo en el tono, algo horrible para los últimos años de la carrera profesional de alguien.
El mundo de los entomólogos esperó expectante la réplica de Pawkins. Éste intentaría dar una, porque Pawkins siempre había estado dispuesto a pelear. Cuando llegó les sorprendió. Pues la réplica de Pawkins fue coger la gripe, que se convirtió en neumonía, y murió.
Fue quizá la réplica más eficaz que podía hacer en aquellas circunstancias, y en gran manera cambió la corriente de sentimiento contra Hapley. La misma gente que había jaleado con la mayor alegría a aquellos gladiadores se puso seria ante las consecuencias. No cabía ninguna duda razonable de que el enojo de la derrota había contribuido a la muerte de Pawkins. Incluso las controversias científicas tenían un límite, decía la gente seria. Otro ataque demoledor estaba ya en prensa y apareció el día antes del funeral. No creo que Hapley hiciera nada por pararlo. La gente recordó cómo Hapley había acosado a su rival y olvidó sus defectos. La sátira mordaz compagina mal con las cenizas frescas. El asunto provocó comentarios en la prensa diaria. Eso fue lo que me hizo pensar que probablemente usted hubiera oído hablar de Hapley y de la controversia. Pero, como ya he observado, los profesionales de la ciencia viven absortos en un mundo propio. Me atrevería a decir que la mitad de la gente que va por Piccadilly a la Academia cada año no sabría indicarle la sede de las sabias instituciones. Muchos incluso piensan que la investigación es una especie de jaula de familia feliz en la que toda clase de hombres viven juntos en paz.
En su interior, Hapley no pudo perdonar a Pawkins por morirse. En primer lugar era un mezquino ardid para escapar a la absoluta pulverización que le tenía preparada, y en segundo lugar dejó un extraño vacío en la mente de Hapley. Durante veinte años había trabajado mucho, a veces hasta altas horas de la noche y los siete días de la semana con microscopio, bisturí, red de recogida de insectos y pluma casi exclusivamente con referencia a Pawkins. La reputación europea que había ganado había llegado como un incidente de esa gran antipatía. Había conseguido llegar gradualmente a un clímax en esta última controversia. Había matado a Pawkins, pero también había dejado fuera de juego, por decirlo así, a Hapley, y su médico le aconsejó que abandonara el trabajo durante algún tiempo y descansara. Así que Hapley se fue a un pueblecito tranquilo de Kent y pensó día y noche en Pawkins y en las cosas buenas que ya era imposible decir sobre él.
Finalmente Hapley empezó a darse cuenta de en qué dirección iban sus preocupaciones. Decidió luchar contra ellas y comenzó intentando leer novelas. Pero no podía quitarse de la cabeza a Pawkins, con la cara pálida y en su último discurso —cada frase del cual era una hermosa oportunidad para Hapley. Se dedicó a la ficción, pero encontró que no le decía nada. Leyó Island Nights Entertainments [nota de Stevenson] hasta que su sentido de la causalidad quedó conmocionado sin poderlo remediar de ninguna manera por Bottle Imp. Luego pasó a Kipling y observó que no probaba nada además de ser irreverente y vulgar. Los científicos tienen sus limitaciones. Entonces desgraciadamente probó con Inner House, de Besant, y el capítulo inicial le hizo pensar de inmediato en las sociedades científicas y en Pawkins.
Así que Hapley se dedicó al ajedrez y lo encontró algo más tranquilizador. Pronto dominó los movimientos, las principales tácticas y los cierres más frecuentes y empezó a ganar al Vicario. Pero entonces los contornos cilíndricos del rey que tenía enfrente empezaron a asemejarse a Pawkins de pie, hablando con voz entrecortada e ineficaz contra el jaque mate, y Hapley decidió dejar de jugar al ajedrez.
Quizás el estudio de alguna nueva rama de las ciencias fuera, después de todo, una diversión mejor. El mejor descanso es el cambio de ocupación. Hapley decidió enfrascarse en las diatomeas e hizo que le trajeran de Londres uno de sus microscopios más pequeños y la monografía de Halibut. Pensó que quizá si pudiera establecer una vigorosa controversia con Halibut, sería capaz de empezar una vida nueva y olvidarse de Pawkins. Y muy pronto estaba trabajando duro a su enérgico estilo habitual en esos microscópicos moradores de las charcas de las cunetas.
Fue al tercer día dedicado a las diatomeas cuando Hapley tuvo conciencia de una nueva adición a la fauna local. Estaba trabajando tarde en el microscopio y la única luz en la habitación era la de la brillante lamparita con la forma especial de pantalla verde. Como todos los experimentados microscopistas, mantenía los dos ojos abiertos. Es la única forma de evitar fatiga excesiva. Tenía un ojo sobre el instrumento y delante de él, brillante y diferenciado, estaba el campo circular del microscopio a través del cual se movía lentamente una diatomea marrón. Con el otro ojo Hapley veía, por decirlo así, sin ver. Sólo era vagamente consciente del lateral metálico del instrumento, la parte iluminada del mantel, una hoja de notas, el pie de la lámpara y más allá la oscurecida habitación. De repente su atención se deslizó de un ojo al otro. El mantel era de un material llamado por los tenderos «de tapicería» y de colores bastante brillantes. El dibujo estaba en oro con una pequeña cantidad de carmesí y azul pálido sobre un fondo grisáceo. En algún punto el dibujo parecía desplazado y había en ese punto un movimiento de vibración de los colores.
Hapley echó bruscamente hacia atrás la cabeza y miró con los dos ojos. Se quedó con la boca abierta de asombro.
¡Era una polilla o mariposa grande con las alas extendidas al estilo de una mariposa!
Era raro que estuviera en la habitación, pues las ventanas estaban cerradas. Raro que no hubiera atraído su atención cuando revoloteaba hacia su posición actual. Raro que hiciera juego con el mantel. Todavía más raro para él, Hapley, el gran entomólogo que le fuera completamente desconocida. No había error. Gateaba lentamente hacia el pie de la lámpara.
—Un nuevo género. ¡Cielos! Y en Inglaterra —exclamó Hapley mirando fijamente.
Entonces pensó súbitamente en Pawkins. Nada le habría enloquecido más a Pawkins… Pero Pawkins estaba muerto.
Algo en torno a la cabeza y el cuerpo del insecto le sugería extraordinariamente a Pawkins, igual que había pasado con el rey del ajedrez.
—¡Maldito Pawkins! —dijo Hapley—, pero tengo que cogerlo. Y buscando a su alrededor algún medio de capturar la polilla, se levantó despacio de la silla. De repente el insecto se elevó, golpeó el borde de la pantalla —Hapley oyó el «ping»— y se desvaneció en la sombra.
En un momento Hapley había quitado la pantalla de un mandoble, de manera que toda la habitación estaba iluminada. La cosa había desaparecido, pero pronto su experimentado ojo la detectó sobre el papel de la pared junto a la puerta. Fue hacia ella utilizando la pantalla para capturarla. Sin embargo, antes de que estuviera a la distancia adecuada para descargar el golpe, se había elevado y estaba revoloteando por la habitación. Voló, como las de su especie, con repentinas arrancadas y giros que parecían esfumarse por aquí y reaparecer por allá. Una vez Hapley golpeó y falló, y después otra. La tercera vez dio al microscopio. El instrumento se balanceó, golpeó y tiró la lámpara y cayó ruidosamente al suelo. La lámpara cayó sobre la mesa, y, afortunadamente, se apagó. Hapley quedó a oscuras. Con un sobresalto, sintió a la extraña polilla chocando contra su cara.
Era enloquecedor. No tenía luz. Si abría la puerta de la habitación el insecto se escaparía. En la oscuridad vio con toda claridad a Pawkins riéndose de él. Pawkins siempre había tenido una risa hipócrita. Juró furiosamente y dio un pisotón contra el suelo. Sonaron tímidos golpes a la puerta. Luego ésta se abrió muy despacio, aproximadamente un pie quizá. El alarmado rostro de la patrona apareció tras la llama rosa de la vela. Llevaba puesto un gorro de dormir sobre el pelo gris y cierta prenda color púrpura sobre los hombros.
—¿Qué fue ese espantoso golpe? —preguntó—. ¿Se ha…?
La extraña polilla apareció revoloteando por el resquicio de la puerta.
—¡Cierre la puerta! —gritó Hapley, y bruscamente se abalanzó sobre ella.
La puerta se cerró con un rápido portazo. Hapley se quedó solo en la oscuridad. Luego en la pausa oyó a la patrona subir corriendo las escaleras, cerrar la puerta con llave, arrastrar algo pesado por la habitación y ponerlo contra ella.
Hapley se dio cuenta de que su conducta y su aspecto habían sido extraordinarios y alarmantes.
—¡Maldita polilla! ¡Maldito Pawkins!
No obstante era una pena perder ahora la polilla. Fue a tientas al vestíbulo y encontró las cerillas después de mandar su sombrero al suelo con un ruido como el de un tambor. Con la vela encendida volvió a la sala de estar. No se veía polilla alguna. Sin embargo, una vez pareció por un momento que la cosa estaba revoloteando en torno a su cabeza. De manera totalmente repentina, Hapley decidió dejar la polilla e irse a la cama. Pero estaba excitado. Toda la santa noche el sueño fue interrumpido por pesadillas de la polilla, Pawkins y la patrona. Durante la noche se levantó de la cama dos veces y metió la cabeza en agua fría.
Una cosa tenía clara. Su patrona no podría entender nada de la polilla, especialmente dado que había fracasado en su captura. Nadie más que un entomólogo entendería bien cómo se sentía. Probablemente estaba aterrorizada por su comportamiento, y sin embargo no veía cómo podía explicárselo. Decidió no decir nada más sobre los sucesos de la última noche. Después del desayuno la vio en el jardín y decidió salir a hablar con ella para tranquilizarla. Le habló de habas, patatas, abejas, orugas y el precio de la fruta. Ella respondió a su manera habitual, pero le miró algo sospechosamente y siguió caminando al tiempo que él avanzaba de forma que siempre había una mata de flores o una hilera de habas o algo de ese tipo entre ellos. Después de un rato comenzó a sentirse particularmente irritado por esto, y para ocultar su vejación entró en casa y pronto salió a dar un paseo.
La polilla o mariposa, arrastrando un extraño sabor a Pawkins con ella, siguió entrometiéndose en ese paseo, aunque hizo todo lo que pudo para mantener la mente alejada de ella. Una vez la vio con toda claridad, con las alas aplastadas contra el viejo muro de piedra que corre por el límite oeste del parque, pero al acercarse a él observó que se trataba sólo de dos trozos de liquen gris y amarillo.
—Esto —dijo Hapley— es lo contrario del mimetismo. En lugar de una mariposa con aspecto de piedra, he aquí una piedra que se parece a una mariposa.
Una vez algo saltó y revoloteó alrededor de su cabeza, pero mediante un esfuerzo de la voluntad se quitó de nuevo esa impresión del pensamiento. Por la tarde Hapley hizo una visita al Vicario y discutió con él de cuestiones teológicas. Estaban sentados en la pequeña pérgola cubierta de brezo y fumaban mientras discutían.
—Mire esa polilla —indicó Hapley bruscamente apuntando al borde de la mesa de madera.
—¿Dónde? —preguntó el Vicario.
—¿No ve una polilla sobre el borde de la mesa, allí? —inquirió Hapley.
—Desde luego que no —respondió el Vicario.
Hapley quedó como partido por un rayo. Jadeó. El vicario le miraba fijamente. Estaba claro que el hombre no veía nada.
—El ojo de la fe no es mejor que el ojo de la ciencia —dijo Hapley con torpeza.
—No comprendo su punto de vista —intervino el vicario pensando que era parte de la discusión.
Esa noche Hapley encontró la polilla gateando por la colcha. Se sentó en el borde de la cama en mangas de camisa y razonó consigo mismo. ¿Era una pura alucinación? Él sabía que estaba durmiendo y luchaba por su cordura con la misma silenciosa energía que anteriormente había desplegado con Pawkins. Los hábitos mentales son tan persistentes que él sentía como si todavía se tratara de la lucha con Pawkins. Conocía bien la Psicología. Sabía que semejantes ilusiones visuales ciertamente aparecen como resultado de tensiones mentales. Pero la cuestión estaba en que él no sólo vio la polilla, la había oído cuando tocó el borde de la pantalla y después cuando golpeó contra la pared, y había sentido que le golpeaba la cara en la oscuridad.
La miró. No era en absoluto como un sueño, sino perfectamente clara y con aspecto sólido a la luz de la vela. Vio el peludo cuerpo, las cortas antenas plumosas, las articuladas patas, incluso un sitio donde el plumón estaba borrado por el ala. Repentinamente se sintió furioso contra sí mismo por tener miedo de un pequeño insecto.
La patrona había hecho dormir a la sirvienta con ella esa noche porque tenía miedo de estar sola. Además había cerrado la puerta con llave y puesto la cómoda contra ella. Escuchaban y hablaban en susurros después de ir a la cama, pero no ocurrió nada que las alarmara. Hacia las once se habían aventurado a apagar la vela y las dos se habían quedado dormidas. Despertaron con un sobresalto y se irguieron en la cama escuchando en la oscuridad.
Entonces oyeron ruido de zapatillas que iban de acá para allá en la habitación de Hapley. Cayó una silla y hubo un violento raspado de la pared. Luego un adorno de porcelana de la chimenea se hizo pedazos contra el guardafuego. De repente la puerta de la habitación se abrió y le oyeron en el descanso. Se pegaron la una a la otra, escuchando. Parecía que estaba bailando en la escalera. Ya bajaba tres o cuatro peldaños rápidamente ya los subía de nuevo, luego bajaba apresuradamente hasta el vestíbulo. Oyeron caer al paragüero y romperse el montante de la puerta. Después el cerrojo saltó y sonó el ruido de la cadena. Estaba abriendo la puerta.
Corrieron a la ventana. Era una noche gris y oscura. Una lámina casi continua de acuosas nubes cruzaba la luna y el seto y los árboles de delante de la casa destacaban en negro contra la carretera pálida. Vieron a Hapley con aspecto de fantasma en camisa y pantalones blancos corriendo de acá para allá en la carretera dando golpes al aire. Ya se paraba, ya se lanzaba rápidamente contra algo invisible, ya se movía sobre ello con sigilosas zancadas. Finalmente desapareció de la vista carretera arriba hacia la colina. Luego, mientras discutían quién debía bajar a cerrar la puerta con llave, volvió. Caminaba muy deprisa, entró directamente en la casa, cerró la puerta con cuidado y subió tranquilamente a su dormitorio. Entonces todo quedó en silencio.
—Señora Colville —dijo Hapley bajando la escalera a la mañana siguiente—, espero no haberla alarmado anoche.
—Ni que lo diga —respondió la señora Colville.
—El hecho es que soy sonámbulo y durante las últimas dos noches he estado sin mi medicina para dormir. No hay nada de que alarmarse realmente. Siento haber hecho tanto el ridículo. Cruzaré la colina hasta Shoreham para conseguir la medicina que me haga dormir bien. Debí haberlo hecho ayer.
Pero a medio camino por la colina, junto a las canteras de creta, la polilla se le presentó de nuevo a Hapley. Éste continuó, tratando de mantener el pensamiento concentrado en problemas de ajedrez, pero no servía de nada. El insecto le revoloteó en la cara y él le lanzó un golpe con el sombrero en defensa propia. Luego, la rabia, la vieja rabia, la rabia que había sentido contra Pawkins, le dominó de nuevo. Siguió saltando y atacando al insecto que se movía en remolinos. Súbitamente pisó en el aire y cayó de bruces.
Hubo un vacío en sus sensaciones y Hapley se encontró sentado sobre un montón de pedernales delante del comienzo de los pozos de yeso con una pierna torcida debajo de él. La extraña polilla estaba todavía revoloteando en torno a su cabeza. La golpeó con la mano y volviendo la cabeza vio a dos hombres que se le acercaban. Uno era el médico del pueblo. A Hapley le pareció buena suerte. Después le vino a la cabeza con extraordinaria viveza que nadie sería capaz de ver la extraña polilla jamás excepto él y que le interesaba mantener silencio sobre ella.
No obstante, aquella noche, ya tarde, después de componerle la pierna rota, estaba febril y se olvidó de dominarse. Yacía tumbado en la cama y empezó a recorrer la habitación con la vista para ver si la polilla estaba todavía por allí. Intentó no hacerlo, pero sin resultado alguno. Pronto la avistó descansando muy cerca de su mano, junto a la lámpara de noche, sobre el mantel verde. Las alas temblaban. Con un brusco arrebato de ira la golpeó con el puño y la enfermera se despertó con un chillido. Había fallado.
—Esa polilla —dijo y añadió luego—. Imaginaciones mías. ¡Nada!
Todo el tiempo pudo ver con entera claridad que el insecto andaba por la cornisa y cruzaba lanzado la habitación, y también pudo ver que la enfermera no veía nada y le miraba de forma extraña. Tenía que controlarse, sabía que estaba perdido si no se controlaba. Pero a medida que avanzaba la noche le subió la fiebre y el mismísimo terror que tenía de ver la polilla le hizo verla. Hacia las cinco, justo cuando la aurora estaba gris, trató de levantarse de la cama para cogerla a pesar de que la pierna le ardía de dolor. La enfermera tuvo que forcejear con él.
Por culpa de ello le ataron a la cama. En esa situación la polilla se tornó más osada y una vez la sintió posándosele en el pelo. Entonces, como golpeó violentamente con los brazos, se los ataron también. A continuación la polilla vino a gatear por su rostro y Hapley juró, gritó, les suplicó en vano que se la quitaran de encima.
El médico era un imbécil, un médico de cabecera que acababa de licenciarse y completamente ignorante en psicología. Y sencillamente decía que no había ninguna polilla. De haber tenido algo de ingenio quizás hubiera podido todavía salvar a Hapley de su destino aceptando su alucinación y tapándole la cara con una gasa como suplicaba que le hicieran. Pero, como digo, el médico era un zopenco y hasta que se curó la pierna a Hapley le mantuvieron atado a la cama con la polilla imaginaria gateando sobre él. Nunca le abandonó cuando estaba despierto y en sus sueños creció hasta convertirse en un monstruo. Cuando estaba despierto anhelaba dormir y del sueño se despertaba gritando.
Así que ahora Hapley pasa el resto de sus días en una habitación acolchada obsesionado por una polilla que nadie más puede ver. El médico del asilo lo llama alucinación, pero Hapley cuando se encuentra mejor de ánimo y puede hablar dice que es el fantasma de Pawkins, y consecuentemente un espécimen único que merece la pena capturar.

H.G. Wells, La polilla (1895) “The Moth”

H.G. Wells

Cristina Rivera-Garza, El último verano de Pascal

El último verano de Pascal

Teresa Quiñones me amaba porque tenía la costumbre de mirarla en silencio cuando ella discurría sobre la disolución del yo.
-¿Quién eres tú? -solía preguntarme al final de su charla.
-Lo que tú quieras -le contestaba alzando los hombros, reflejando la sonrisa con la que me iluminaba por completo. Mi respuesta la hacía feliz.
-El mundo, desgraciadamente, es real, Pascal -decía después, arrugando la boca y dándose por vencida de inmediato. Luego, como si la felicidad fuera sólo una breve interrupción, seguía leyendo libros de autores ya muertos envuelta en su sari color púrpura, recostada sobre los grandes cojines de la sala. Entonces yo me dirigía a la cocina a moler granos de café para tener los capuchinos listos antes de que llegara Genoveva, su hermana. Cuando ella se aparecía bajo el umbral de la puerta con sus faldas de colores tristes y zapatos de tacón bajo, la casa se llenaba de su perfume de gardenias.
-¿Dos de azúcar? -le preguntaba, más por seguir un ritual que por esperar la respuesta. Genoveva se sonreía entonces sin atisbo de alegría pero con suma sinceridad.
-Ya sabes que no tomo azúcar, Pascal -me decía mientras colgaba su bolsa y su saco, dándome la espalda. Teresa, entretenida en oraciones sin fin, tomaba el capuchino sin despegar la vista de sus libros o mirando hacia la pared sin ver en realidad nada. Genoveva y yo, en cambio, nos acomodábamos en la mesa de la cocina para vernos de frente y provocarnos sonrisas impremeditadas. A diferencia de Teresa, Genoveva me amaba porque la dejaba callar mientras yo le contaba sucesos sin importancia.
-Ayer vi la foto del hombre más gordo del mundo -le decía entre sorbo y sorbo de café-. Fue horrible.
-Genoveva sonreía con amabilidad, sin decir palabra. Ese era el momento que yo aprovechaba para pararme detrás de su espalda y darle un masaje circular en la base del cuello. Los gemidos que salían de su boca me emocionaban. Pero nunca pasaba nada más porque a esa hora por lo regular llegaba Maura Noches, la mejor amiga de las hermanas Quiñones. Su algarabía sin rumbo, el torbellino de sus manos y piernas, rompía la concentración de Teresa y el cansancio circular de Genoveva. Entonces todos nos volvíamos a reunir en la sala.
-¿Vieron la foto del hombre más gordo del mundo que salió ayer en la prensa? -preguntaba como si se tratara de un asunto de vida o muerte.
-De eso me estaba hablando Pascal precisamente -le informaba Genoveva, provocando sin querer la súbita sonrisa de Maura.
-Por eso me gustas, Pascal -decía ella sin rubor alguno-. Te fijas en todo lo que yo me fijo -lo cual era cierto sólo a medias. Maura usaba el cabello corto y los pantalones tan ajustados que se le dificultaba sentarse sobre el piso, a un lado de Teresa. Cuando lo lograba, cruzaba las piernas con un desenfado tan bien ensayado que casi parecía natural. Diva sempiterna. Así, encendía cigarrillos con gestos desmedidos y continuaba con su plática acerca de cosas insulsas que, en su voz de mil texturas, parecían misterios encantados. Teresa usualmente se aburría, y por eso se iba a su habitación para seguir leyendo. Mientras tanto, Genoveva hacía esfuerzos por mantener los ojos abiertos y la actitud de interés, pero después de media hora usaba cualquier pretexto para retirarse también. Entonces Maura aprovechaba nuestra soledad para aproximarse a mí con ademanes seductores y voz de niña.
-¿Te diste cuenta que volvieron a robar la bocina del teléfono de la esquina? -preguntaba más para confirmar que ambos nos fijábamos en las mismas cosas que para saber la suerte del teléfono.
-Pero si eso sucedió hace tres días, Maura -le decía y ella de inmediato se abalanzaba sobre mí porque mi respuesta validaba sus teorías. Presos de su conmoción, a veces nos besábamos detrás de las cortinas y, otras, nos encerrábamos en el baño para hacer el amor a distintas velocidades y en tantas formas como el espacio lo permitía.
-¿Qué vas a hacer conmigo? -le preguntaba en voz baja cuando me tenía bajo sí, derrotado y sin oponer resistencia. A ella esa pregunta la volvía loca.
-Eres un hombre perfecto -me aseguraba justo al terminar. Después se lavaba, se vestía y, con la cara frente al espejo, volvía a acomodarse los cabellos cobrizos detrás de las orejas. Cuando se ponía el lápiz labial color chocolate me mandaba besos ruidosos sin volver el rostro.
-La intensidad es lo que importa -decía todavía dentro del puro reflejo. Observándola de lejos, aún con el olor de su sexo en mis manos y boca, yo estaba de acuerdo. El mundo, como decía Teresa, desgraciadamente era real, pero eso no le importaba a Maura y tampoco me importaba a mí mientras pudiera seguir haciendo arabescos con su cuerpo.
-Tú y yo nos entendemos muy bien, Pascal -insistía. Después tomaba su bolsa y salía corriendo para evitar encontrarse con Samuel, su novio oficial, o con Patricio, su novio no oficial, para quienes yo no era ni hombre ni perfecto, sino un confidente leal.
-Yo no entiendo a Maura -se quejaba Samuel-. Le doy todo y, ya ves, se lo monta con todo el mundo.
-Maura es incomprensible -plañía Patricio-. La cuido y la complazco y mira cómo me paga.
Yo los escuchaba a ambos con atención. Samuel era un hombre delgado de cabellos lacios que seguramente no había hecho nada ilegal en su vida. Patricio era un muchacho de piel dorada a quien sin duda muchas mujeres habían amado. Con el primero me reunía en un café al aire libre rodeado de jacarandas, mientras que al segundo lo veía en los campos deportivos donde se congregaban los futbolistas de domingo. Uno me invitaba pastel de frambuesa y el otro cervezas heladas con tal de enterarse de algún secreto que les permitiera desarmar el corazón de Maura. Yo no entendía por qué querían hacer eso pero, cuando me pedían consejos, le decía al primero que a una mujer como Maura nunca se le podría dar todo y, al segundo, que una mujer como Maura nunca pagaba. Después de escucharme con la misma atención que yo les brindaba, ambos se retiraban con los pies pesados y los hombros caídos sin fijarse en el gato que comía restos de pescado detrás del restaurante chino o en las nuevas fotografías de mujeres desnudas que adornaban el taller mecánico de don Chema.
-¿Ya te estás cogiendo a la Maura? -me preguntaba el mecánico moviendo la cadera de atrás hacia delante cada que pasaba frente a su negocio-. Diantre de chamaco suertudo -decía entonces entre carcajadas. Yo nunca entendí lo que quería decir la palabra "diantre" y tampoco me gustó el apelativo de suertudo. Tenía 16 años y las mujeres me amaban, eso era todo. La suerte poco o nada tenía que ver con eso.
En esas épocas vivía en el último piso de un edificio que estaba a punto de caerse, por eso la buhardilla húmeda de paredes azul celeste que pagaban mis padres desde Ensenada no costaba mucho. Mes con mes, recibía el giro postal que me permitía costear la renta, comprar algo de comida y algún libro. Lo demás me lo daban las hermanas Quiñones, que me adoraban, o lo recibía de las manos agradecidas de Samuel o Patricio, que se iban convirtiendo poco a poco en mis amigos. Mi madre, sin embargo, se preocupaba constantemente por lo que llamaba las "estrecheces" de mi vida y sobre eso se explayaba en cada una de sus cartas.
Pascal, ojalá que ésta te alcance en buena salud y mejores ánimos. Por acá las cosas siguen igual o no tanto. Tu hermana Lourdes tiene novio nuevo, un tal Ramón Zetina, con quien estoy segura que terminará casándose-lo cual no me gusta mucho porque el hombre no tiene carácter y tu hermana lo mangonea a su antojo y ya tú y yo sabemos a dónde van a parar las familias donde no hay un hombre que sepa fajarse bien los pantalones. En fin, temo mucho que sea igual a tu padre, quien sigue prefiriendo contar los barcos que pasan por el muelle a trabajar ocho horas diarias en una fábrica de San Diego. Por eso, querido Pascal, aprovecha tu estancia en la capital para convertirte en un hombre verdadero. Nada me llenaría de mayor orgullo. Tu madre que te quiere y te extraña.
Por alguna razón que no atinaba a comprender, las cartas de mi madre siempre me llenaban de pesar. Supongo que por eso las leía a toda prisa y las abandonaba como sin querer cerca del bote de la basura. Luego me iba corriendo a la casa de las Quiñones, que quedaba sólo a dos cuadras. En el camino compraba granos de café y me fijaba en los teléfonos, los charcos, las fotografías de los periódicos y las voces de los merolicos. Cuando atravesaba el jardín bordeado de alcatraces me llenaba los pulmones del olor a rosas de castilla y dejaba la ciudad atrás, porque para entrar al mundo de las Quiñones, eso había quedado claro desde el principio, todo lo demás tenía que quedar atrás. Al abrir la puerta de la entrada ya me sentía mucho mejor. Me bastaba con ver a Teresa en su sari color ocre y su larga trenza salpicada de piedrecillas brillantes para que me invadiera una extraña sensación de sosiego. Así, en ese estado sin urgencias, me sentaba cerca de Teresa sin hacer ruido y fingía leer alguno de sus libros.
-La identidad es una fuga constante, Pascal -decía con los ojos atónitos y la voz grave-. Nunca le ganaremos a la realidad -concluía. Yo admiraba la manera en que se atormentaba todos los días y, por eso, me recostaba sobre su regazo esperando el fluir de sus palabras.
-No te preocupes, Teresa, yo soy lo que tú quieras -le repetía cerca de los senos.
-Te lo dije, Pascal -me increpaba-, estás vacío. ¿Sabes lo que quiere decir la palabra inerme?
No lo sabía y tampoco encontraba razón alguna para discrepar de sus opiniones. En su lugar, le sonreía en perfecta calma y total silencio. Ella, a veces, pasaba su mano derecha sobre mi cabello. Otras veces, si estaba de buen humor, nos besábamos sin ruido hasta que oíamos los pasos cansados de Genoveva atravesando el pasillo de afuera.
-¿Dos de azúcar? -le preguntaba y ella y yo sabíamos por qué sonreía de ésa manera. Después llegaba Maura a transformarlo todo con su presencia.
-¿Viste al gato hoy?
-Detrás del restaurante chino.
-¿Y el anuncio de la corrida de toros?
-Ha estado ahí por dos semanas, Maura -el interrogatorio podía durar minutos u horas, todo dependía de cuánto aguantara Teresa sin un libro o del cansancio genético de Genoveva. Una vez a solas, no tenía que hacer otra cosa más que esperar. Si algo había aprendido en las muchas tardes que pasaba en la casa de las Quiñones era que la única manera de estar con Maura consistía en esperar, y yo lo hacía con una fe y una dedicación religiosa. La esperaba sobre el sillón y ella llegaba sin remedio y sin prisa.
-Eres mi imán -decía. Y mis ojos reflejaban entonces el asombro que se provocaba a sí misma cuando era capaz de convertirme en su hierro magnético.
-Cógeme -le murmuraba yo sobre la punta de la lengua y Maura no tenía otra alternativa más que obedecerse a sí misma. A veces me desabotonaba la camisa de camino al baño, otras me tomaba de la mano y me cantaba una canción de cuna sobre la alfombra. Sus deseos eran mis deseos. Tal vez yo era inerme, como decía Teresa, pero mi desamparo y mi indefensión me llevaban a lugares donde era feliz y me sentía a gusto. La casa grande de las Quiñones era uno de esos lugares. Ahí, entre el olor a incienso y bajo la luz inclinada de la media tarde, sólo necesitaba abandonarme a mí mismo para ser lo que en realidad era. No tenía ganas de cambiar. No tenía ganas de convertirme en nadie más.
El mundo, desgraciadamente, era real. Lejos de la casa de las Quiñones, el mundo me atosigaba con demandas y sospechas. Patricio, por ejemplo, cada vez hablaba menos de Maura en nuestras reuniones y cada vez más de la rareza de las hermanas.
-¿Y tú crees que andar envuelta en esos trapos de colores es normal? -se preguntaba Patricio mientras tomaba una cerveza.
-Es un vestido hindú que se llama sari -le aclaraba yo repitiendo las palabras de Teresa-. Es bonito, además -le decía. Él lo negaba con su cabeza.
-Te están volviendo loco a ti también, Pascal -me advertía entonces y se alejaba con una sonrisa de frustración en el rostro. Yo todavía no empezaba a dudar.
Samuel, por su parte, empezó a preocuparse por mi futuro.
-¿Qué harás cuando seas grande? -me interrogaba de cuando en cuando, justo cuando más disfrutaba la tarta de manzana y el café expreso al que me tenía acostumbrado.
-Pero si ya soy grande -mi respuesta sólo le provocaba una sonrisa displicente.
-No puedes ser el objeto sexual de las Quiñones toda la vida, Pascal -me decía-. A menos, claro está, que lo único que desees ser en la vida sea un gigoló.
Su selección de términos me impedía cualquier tipo de gozo. Objeto sexual. Gigoló. Ser grande. A veces me daban ganas de contestarle con alguna de las frases demoledoras de Teresa, pero al ver su mirada fija sobre mis ojos me daba miedo y compasión. ¿Qué le podía decir yo a un hombre que no sabía ni siquiera conquistar a Maura, la más fácil de todas las mujeres? En lugar de destruir su mundo, lo dejaba ir con su convicción a cuestas. Le pesaba tanto que caminaba con los hombros y los ojos caídos, sujeto a sí mismo y ajeno a su alrededor.
Samuel y Patricio me daban lástima y me hacían dudar, pero por meses enteros continué visitando la casa de las Quiñones a pesar de sus advertencias. Apenas si cruzaba la verja del jardín me sentía a salvo y, una vez dentro, me olvidaba de mis recelos y reparos. Ni Teresa ni Genoveva ni Maura me pedían nada, ni siquiera estar ahí pero, cuando lo estaba, las tres me disfrutaban en la misma medida en que yo lo hacía. Yo pensaba que era feliz. Y tal vez porque lo era y no tenía cabal consciencia de serlo, me aproximé a Teresa una tarde no con el silencio que acostumbraba sino con una pregunta inesperada.
-Sabes, Teresa -murmuré cerca de sus senos-, de un tiempo para acá me preocupa lo que haré de grande.
-Pero si ya eres grande -me contestó, empujándome suavemente fuera de su regazo, obligándome a verla a los ojos. La sorpresa total de su mirada me llenó de otro tipo de temor.
-El mundo, ¿verdad, Pascal? -susurró con la voz tersa.
-Desgraciadamente -le dije más por un reflejo automático que por pensarlo de esa manera.
Nada fue lo mismo después. Los pequeños gestos de rechazo se sucedieron uno tras otro, pequeños al principio y grandes hasta la grosería conforme pasó el tiempo. Cuando, por ejemplo, guardaba silencio frente a las disquisiciones de Teresa, ella me miraba con curiosidad malsana.
-¿En qué estás pensando, Pascal? -me preguntaba. Ninguna de mis respuestas la satisfacía y ante todas guardaba un silencio aún más pesado que el mío. Después, cuando trataba de masajear el cuello tenso de Genoveva, ésta se removía sobre el asiento con una desconfiada impaciencia hasta que daba un salto de gato montés que la alejaba de mí definitivamente. Maura, por su parte, dejó de desear mis deseos aunque yo cada vez deseaba más los de ella. A medida que la rutina en la casa de las Quiñones cambiaba de ritmo, yo me sentía más nervioso en su presencia. Patricio tenía razón, el sari de Teresa podía ser bonito pero era, a todas luces, incómodo. El cansancio de Genoveva no tenía razón de ser. Maura era promiscua. Yo, Samuel tenía razón, me había convertido en el títere de tres mujeres enloquecidas.
Poco a poco dejé de frecuentarlas. En lugar de ir a su casa, dirigía mis pasos al campo de fútbol donde me encontraba con Patricio o a los restaurantes de moda donde comía gracias a la generosidad de Samuel. Mi apariencia cambió también. Me corté el pelo y dejé de usar los mocasines que tanto le gustaban a Genoveva porque no hacían ruido sobre la duela. Mis camisas de botones blancos fueron sustituidas por camisetas arrugadas con logos de equipos de fútbol. Empecé a masticar chicle y a fumar de vez en cuando. Así, desaseado, sin cuidar mi apariencia, iba a reunirme con los hombres. Pronto me di cuenta que la mayoría de las veces sólo hablábamos de mujeres. Utilizábamos todos los tiempos: lo que iba a pasar, lo que pasaría, lo que tendría que pasar con ellas. Y, juntos, entre miradas vidriosas y oblicuas, ensayábamos todas las formas del sarcasmo.
-Maura es una puta -dije una vez en una cantina rodeado de amigos. Como todos parecían ponerme atención, pasé a describirles en gran detalle algunas de nuestras aventuras eróticas en el cuarto de baño de las Quiñones. A pesar de que el licor y las risas me mareaban, no pude dejar de notar que, acaso sin pensarlo, editaba mi relato a diestra y siniestra. Nunca mencioné, por ejemplo, que para tener a Maura entre mis brazos y piernas no tenía que hacer otra cosa más que esperar sobre el sillón de la sala. Cuando mencioné la palabra "cógeme" la puse en sus labios y no en los míos. Según mi relato de cantina, Maura siempre decía que yo era un hombre perfecto al final del acto. Nunca mencioné nada acerca de su idea de la intensidad. Así, despojada de lo que la hacía entrañable para mí, Maura era en realidad una mujer como cualquier otra. Una reverenda puta. Y yo la resentí.
Esa noche, cuando ya iba de regreso a mi buhardilla sin la compañía de nadie, pasé como siempre frente a la casa de las Quiñones. Sin poder evitarlo me detuve en la esquina para observarla largamente. Era una casa común y corriente. Una verja de hierro daba entrada a un jardín desordenado, lleno de maleza, donde algunos alcatraces y otras tantas rosas de castilla apenas si sobresalían entre la hierba. La puerta de la entrada era un simple rectángulo de madera. Y, dentro, como en todas las casas, había una sala, un comedor, una cocina, tres recámaras y dos baños. La veía por fuera y la imaginaba por dentro y de cualquier manera la casa era la misma. De repente, sin embargo, me descubrí llorando. Tuve ganas de volver a entrar y estuve a punto de intentarlo, pero me detuve en el último momento. Después salí corriendo calle arriba y, en un abrir y cerrar de ojos, regresé calle abajo de la misma manera.
-¡Teresa! -grité desde la acera, pero nadie respondió.
-Genoveva -vociferé mientras trataba de saltar la verja, pero mi voz se perdió en el más absoluto silencio. Cuando comprendí que todo era inútil, que todo estaba perdido, me puse a llorar como un niño frente a su puerta. No supe cuando me quedé dormido.
Al amanecer, me dolía todo el cuerpo. Como un convaleciente me incorporé poco a poco, observando la casa inmóvil sin parpadear, bajo el influjo de eso que Teresa solía llamar melancolía. Me dolía toda su presencia, es cierto; pero más dolía la posibilidad de su ausencia. Nadie me creería. Eso es lo único que pensé por largo rato: nadie me va a creer. Ningún hombre me va a creer. Ninguna mujer. Yo mismo ya lo estaba dudando. Por eso salí corriendo una vez más bajo el sol adusto de la mañana. Subí todos los escalones de dos en dos hasta llegar a mi buhardilla y, casi sin respiración, tomé un lápiz y una hoja de papel y todas las palabras que le conocía a Teresa. Así comencé este relato un 13 de agosto de 1995 a las 6: 35 de la mañana. Tan pronto lo terminé, salí una vez más rumbo a los campos de fútbol. Los amigos de Patricio me recibieron con algarabía y pronto me sumé a sus filas. Jugamos bien, ganamos ése día. Cuando el último silbatazo detuvo el juego, corrimos los unos a los otros. Nos abrazamos entre sonrisas y maldiciones y, después, nos sentamos alrededor de unas cuantas cervezas. Olíamos a sudor. Poco a poco, mientras ellos contaban chistes y continuaban con el festejo, dejé de escucharlos. El ruido de una sirena que se va. Pensé que Genoveva debía estar llegando a casa en ese momento. Luego, me recosté sobre el pasto y, mirando hacia lo alto, me di cuenta que empezaba el otoño porque había un extraño lustre dorado sobre las hojas de los eucaliptos.

Cristina Rivera-Garza, El último verano de Pascal


Cristina Rivera-Garza