Diego Prado, Sopa de fauno.

Diego Prado (Mahón, 1970) tiene ya recorrido un amplio camino literario cargado de aciertos con varios libros de relatos, un par de novelas y numerosas participaciones en antologías de cuentos. Además, colabora en diferentes medios como crítico literario y organiza talleres relacionados con el mundo escrito. La editorial Adeshoras acaba de publicar su último libro de relatos: Sopa de fauno, en una cuidada edición que ha sido ilustrada por la cordobesa Lola Castillo.
Son diez piezas hiladas por la irrupción de elementos que cambian la percepción de la realidad de los personajes, la aparición en momentos inesperados de un extraño libro —y que da título a este volumen― y algún personaje obsesivo que transita por más de un cuento. Toman el protagonismo de estas páginas hombres y mujeres angustiados, desmembrados, neuróticos, cercanos a su propia destrucción mientras intentan dar algo de sentido a lo que sucede para liberarse de la pesadilla en la que se han sumergido. Lo más humano o, parafraseando a Barthes, la humanidad en lo que tiene de desgarrador, se une a lo menos humano como puede ser una planta, una lamia, una nevera o una máquina de cigarros que representan una carencia de afectos o la necesidad de creerse amados. La falta de empleo, los problemas familiares, el fracaso vital y la soledad son algunos de los temas que trata Diego Prado y que consigue cohesionar a través de la dualidad de la realidad y la ficción, el juego en el reflejo de los espejos o la contingencia como fundamento de la trama que mantiene la tensión hasta el final. En casi todos sus cuentos nos encontramos con dos lógicas narrativas que conviven simultáneamente: la que podría entrar dentro de una realidad cotidiana y la que pertenece a lo absurdo que desafía a toda lógica.
Son memorables cuentos como Planta de interior, con el que abre el libro, En el refugio o Cuentistas, por citar algunos. Prado nos deleita con relatos de corte clásico, con una estructura cerrada, con una sorpresa agazapada en sus últimos párrafos y en los que no falta el humor. En sus páginas se pueden escuchar ecos de grandes cuentistas y, a la vez, quedar deslumbrados ante determinados hallazgos y originales y lúcidas metáforas. Son historias que se alejan de lo convencional; lo que podría ser una anécdota toma el protagonismo hasta adquirir la mayor parte del peso de lo narrado. Pero, como ocurre en los grandes cuentos, hay otra historia que subyace, una historia no narrada que nos muestra el perfil psicológico de sus personajes, casi siempre abatidos, desilusionados, víctimas de una sociedad que no les presta cobijo.
Y acompañando a estos relatos de Diego Prado que tiene la virtud de desplegar todo su talento narrativo en unas pocas páginas, aparecen, como destellos, las ilustraciones de Lola Castillo que captan de forma perspicaz momentos clave de la narración.








Sopa de fauno
Diego Prado

Ilustradora: Lola Castillo
Editorial: Adeshoras (2017)

Clarice Lispector, El huevo y la gallina

El huevo y la gallina
De mañana en la cocina veo sobre la mesa un huevo.
Miro el huevo con una sola mirada. Inmediatamente percibo que no se puede estar viendo un huevo. Ver un huevo nunca se mantiene en el presente: mal veo un huevo y ya me parece haberlo visto hace tres milenios. En el propio instante de verse un huevo él ya es el recuerdo de un huevo. Sólo ve el huevo quien ya lo haya visto. Al ver el huevo ya es demasiado tarde: huevo visto, huevo perdido. Ver el huevo es la promesa de un día llegar a ver el huevo. Mirar breve e indivisible; si es que hay pensamiento; no hay, lo que hay es un huevo. Mirar es el instrumento necesario que, después de usado, arrojaré fuera. Me quedaré con el huevo. El huevo no tiene un si-mismo. Individualmente él no existe.
Ver el huevo es imposible: el huevo es supervisible, así como hay sonidos supersónicos. Nadie es capaz de ver el huevo. ¿El perro ve el huevo? Solamente las máquinas ven el huevo. Cuando yo era antigua un huevo se posó en mi hombro. El amor por el huevo tampoco se siente. El amor por el huevo es supersensible. La gente no sabe que ama al huevo. Cuando yo era antigua fui depositaria del huevo. Cuando morí, me quitaron de adentro el huevo, con cuidado. Todavía estaba vivo. Sólo quien viera el mundo vería el huevo. Como el mundo, el huevo es obvio.
El huevo no existe más. Como la luz de la estrella ya muerta, el huevo propiamente dicho no existe más. Tú eres perfecto, huevo. Tú eres blanco. A ti te dedico el comienzo. A ti te dedico la primera vez.
Al huevo le dedico la nación china.
El huevo es una cosa suspendida. Nunca se posó. Cuando se posa, no es él quien se posó. Fue una cosa que quedó debajo del huevo. Miro el huevo, en la cocina, con una atención superficial para no quebrarlo. Tomo el mayor cuidado para no entenderlo. Siendo imposible entenderlo, sé que si yo lo entiendo es porque estoy equivocándome. Entender es la prueba del error. Entenderlo no es el modo de verlo. Jamás pensar en el huevo es un modo de haberlo visto. ¿Sabré algo del huevo? Es casi seguro que sí. Así: existo, luego sé. Lo que yo no sé del huevo es lo que realmente importa. Lo que yo no sé del huevo me lo da el huevo propiamente dicho. La luna está habitada por huevos. El huevo es una exteriorización. Tener una cáscara es darse. El huevo desnuda la cocina. Hace de la mesa un plano inclinado. El huevo expone. Quien se interna en el huevo, quien ve más que la superficie del huevo, está queriendo otra cosa: está con hambre. El huevo es el alma de la gallina.
La gallina torpe. El huevo seguro. La gallina asustada. El huevo seguro. Como un proyectil parado. Pues huevo es huevo en el espacio. Huevo sobre azul. Yo te amo, huevo. Yo te amo como una cosa que ni siquiera sabe que ama a otra cosa.
No lo toco. Pero dedicarme a la visión del huevo sería morir para la vida mundana, y yo necesito de la yema y de la clara. No lo toco. Pero dedicarme a la visión del huevo sería morir para la vida mundana, y yo necesito de la yema y de la clara. El huevo me ve. ¿El huevo me idealiza? ¿El huevo me medita? No, el huevo apenas me ve. Está libre de la comprensión que hiere. El huevo nunca luchó. El es un don. El huevo es invisible al ojo desnudo. De huevo a huevo se llega a Dios, que es invisible al ojo desnudo. El huevo habrá sido quizá un triángulo que de tanto rodar en el espacio se fue ovalando. El huevo es básicamente un jarro. ¿Habrá sido el primer jarro moldeado por los etruscos? No. El huevo es originario de Macedonia. Allí fue calculado, fruto de la más penosa espontaneidad. En las arenas de Macedonia un hombre con una vara en la mano lo diseño. Y después lo borró con el pie desnudo. El huevo es una cosa con la que es necesario tener cuidado. Por eso la gallina es el disfraz del huevo.
La gallina existe para que el huevo atraviese los tiempos. Una madre es para eso. El huevo vive siempre huyendo por estar siempre adelantado a su época. Por lo tanto, por el momento el huevo será siempre revolucionario. El vive adentro de la gallina para que no lo nombren blanco. El huevo es realmente blanco. No porque eso le haga mal a él, pero sí a las personas que lo llaman blanco, porque mueren para la vida. Llamar blanco a aquello que es blanco puede destruir a la humanidad. Una vez un hombre fue acusado de lo que él era, y fue llamado Aquel Hombre. No habían mentido: era El. Pero hasta hoy aún no nos recuperamos, unos después de otros. La ley general para continuar vivos: se puede decir “un lindo rostro”, pero quien diga “el rostro”, muere; por haber agotado el tema.
Con el tiempo el huevo se tornó un huevo de gallina. No lo es. Pero, adoptado, le usa el sobrenombre. Debe decir “el huevo de la gallina”. Si se dijera apenas “el huevo” el tema se agota y el mundo queda desnudo. Con relación al huevo, el peligro está en que se descubra lo que se podría llamar belleza, esto es, su veracidad. La veracidad del huevo no es verosímil. Si la descubren pueden querer obligarlo a tornarse rectangular. (Nuestra garantía es que él no puede:
no puede, esa es la gran fuerza del huevo: su grandiosidad viene de la grandeza de no poder, que se irradia como un no querer.) pero quien luchase por tornarlo rectangular estaría perdiendo la propia vida. El huevo nos pone, por lo tanto, en peligro. Nuestra ventaja es que el huevo es invisible. Y en cuanto a los iniciados, los iniciados disfrazan el huevo.
En cuanto al cuerpo de la gallina, el cuerpo de la gallina es la mayor prueba de que el huevo no existe. Basta mirar a la gallina para que se torne obvio que es imposible que el huevo exista. ¿Y la gallina? El huevo es el gran sacrificio de la gallina. El huevo es la cruz que la gallina carga en la vida.
El huevo es el sueño inalcanzable de la gallina. La gallina ama al huevo. Ella no sabe si el huevo existe. ¿Si supiera que tiene en sí misma un huevo, ella se salvaría? Si supiera que tiene en sí misma el huevo, perdería el estado de gallina. Ser una gallina es la supervivencia de la gallina. Sobrevivir es la salvación. Pues parece que vivir no existe. Vivir lleva la muerte. Entonces lo que la gallina hace es estar permanentemente sobreviviendo. Sobrevivir se llama a mantener lucha contra la vida que es mortal. Ser una gallina es eso. La gallina tiene un aire confundido. Es necesario que la gallina no sepa que tiene un huevo. Si no ella se salvaría como gallina, lo que tampoco es garantía, pero perdería el huevo. Entonces ella no sabe. Para que el huevo use a la gallina es necesario que la gallina exista. Ella estaba sólo para cumplir, pero le gustó.
El desaparecer de la gallina viene de eso; gustar no formaba parte del nacer. Gustar de estar vivo duele. En cuanto a quién vino antes, fue el huevo el que encontró a la gallina. La gallina ni siquiera fue llamada. La gallina es directamente una elegida. La gallina vive como en sueño. No tiene sentido de la realidad. Todo el gusto de la gallina surge de que siempre están interrumpiendo sus movimientos. La gallina es un gran sueño. La gallina sufre de un mal desconocido. El mal desconocido de la gallina es el huevo. Ella no sabe explicarse: “sé que el error está en mí misma”, ella llama error a su vida, “no sé más lo que siento”, etc. “Etc., etc., etc.”, es lo que cacarea el día entero la gallina. La gallina tiene mucha vida interior. Para decir la verdad, la gallina solamente tiene vida interior. Nuestra visión de su vida interior es lo que nosotros llamamos “gallina”. La vida interior de la gallina consiste en actuar como si entendiese. Cualquier amenaza hace que ella grite escandalosamente, hecha una loca. Todo eso para que el huevo no se quiebre dentro de ella. El huevo que se quiebra adentro de una gallina es como sangre.
La gallina mira el horizonte. Como si de la línea del horizonte viniera llegando un huevo. Fuera de ser un medio de transporte para el huevo, la gallina es tonta, desocupada y miope.
¿Cómo podría entenderse la gallina si ella es la contradicción del huevo?. El huevo es aún el mismo que se originó en Macedonia. La gallina es siempre la tragedia más moderna. Está siempre inútilmente a la par. Y continúa siendo redibujada. Todavía no se encontró la forma más adecuada para una gallina. Mientras mi vecino atiende el teléfono él redibuja la gallina con lápiz distraído. Pera para la gallina no hay sentido: está en su condición no servirse a sí misma. Siendo, sin embargo, su destino más importante que ella, y siendo su destino el huevo, su vida personal no nos interesa.
Dentro de sí la gallina no reconoce al huevo pero fuera de sí tampoco lo reconoce. Cuando la gallina ve al huevo piensa que está liando con una cosa imposible. Y con el corazón golpeando, con el corazón golpeando tanto, ella no lo reconoce.
De repente miro al huevo en la cocina y sólo veo en él la comida. No lo reconozco, y mi corazón late. La metamorfosis se está produciendo en mí: comienzo a no poder mirar más al huevo. Fuera de cada huevo particular, fuera de cada huevo que se come, el huevo no existe. Ya no consigo creer más en un huevo. Estoy cada vez más sin fuerza para creer, estoy muriendo, adiós, miré demasiado a un huevo y él me fue adormeciendo. La gallina no quería sacrificar su vida. La que optó por querer ser “feliz”. La que no se daba cuenta que si se pasaba la vida dibujando al huevo adentro de ella como en una iluminación, estaría sirviendo para algo. La que no sabía perderse a sí misma. La que pensó que tenía plumas de gallina para cubrirse porque tenía una piel preciosa, sin entender que las plumas eran exclusivamente para suavizar la travesía al cargar el huevo, porque el sufrimiento intenso podría perjudicarlo. La que pensó que el placer le era un don, sin percibir que era para que ella se distrajera totalmente mientras nacía el huevo. La que no sabía que “yo” es apenas una de las palabras que se dibujan cuando se atiende el teléfono, simple intento de buscar una forma más adecuada. La que pensó que “yo” significaba tener un sí-mismo. Las gallinas perjudiciales al huevo son aquellas que son un “yo” sin tregua. En ellas el “yo” es tan constante que ellas ya no pueden más pronunciar la palabra “huevo”.
Pero ¡quién sabe! Era de eso mismo que necesitaba al huevo. Pues si ellas no estuvieran tan distraídas, si prestasen atención a la gran vida que se hace adentro de ellas, complicarían al huevo.
Comencé a hablar de la gallina y ya hace mucho que no estoy hablando de la gallina. Pero todavía estoy hablando del huevo. Es que no entiendo al huevo. Sólo entiendo al huevo roto: cuando lo quiebro en la sartén. Y es de este modo indirecto como me ofrezco a la existencia del huevo: mi sacrificio es reducirme a mi vida personal. Hice de mi placer y de mi dolor mi destino disfrazado.
Y tener apenas la propia vida es, para quien ya vio al huevo, un sacrificio. Como aquellos que, en el convento, barren el suelo y lavan la ropa sirviendo sin la gloria de la función mayor, mi trabajo es el de vivir mis placeres y mis dolores. Es necesario que yo tenga la modestia de vivir. Tomo otro huevo en la cocina, le quiebro la cáscara y la forma. Y a partir de este instante exacto nunca existió un huevo. Es absolutamente indispensable que yo sea una ocupada y una distraída. Soy indispensablemente uno de los que reniegan. Hago parte de la masonería de los que vieron una vez el huevo y reniegan de él como forma de protegerlo. Somos los que se abstienen de destruir, y en eso se consumen.
Nosotros, agentes disfrazados y distribuidos por las funciones menos reveladoras, a veces nos reconocemos. Por un cierto modo de mirar, una cierta manera de dar la mano, nosotros nos reconocemos, y a eso llamamos amor. Y entonces no es necesario el disfraz aunque no se hable, tampoco se miente aunque no se diga la verdad, tampoco ya es necesario disimular. El amor existe cuando es concedido participar un poco más. Pocos quieren el amor, porque el amor es la gran desilusión de todo lo demás. Y pocos soportan perder todas las otras ilusiones. Están los que se hacen voluntarios por amor, pensando que el amor enriquecerá la vida personal. Y es lo contrario: el amor es finalmente la pobreza. Amor es no tener. Inclusive, amor es la desilusión de lo que se pensaba que era amor. Y no es premio, por eso no envanece, el amor no es premio, es una condición concedida exclusivamente para aquellos que, sin él, corromperían al huevo con el dolor personal. Eso no hace del amor una excepción honrosa; él es exactamente concedido a los malos agentes, a aquellos que complicarían todo si no les fuera permitido adivinar vagamente. A todos los agentes les son dadas muchas ventajas para que el huevo se haga. No es el caso de tener envidia ya que, inclusive algunas de las condiciones peores que las de los otros, son apenas las condiciones ideales para el huevo. En cuanto al placer de los agentes, ellos también lo reciben sin orgullo. Viven austeramente todos los placeres: inclusive es nuestro sacrificio para que el huevo se haga. Ya nos fue impuesta, inclusive, una naturaleza totalmente adecuada al mucho placer. La que lo facilita. Por lo menos torna menos penoso el placer.
Hay casos de agentes que se suicidan; les parecen insuficientes las poquísimas instrucciones recibidas, y se sienten sin apoyo. Hubo el caso del agente que se reveló públicamente como tal porque le fue intolerable no ser comprendido, y él ya no soportaba carecer del respeto ajeno: murió atropellado cuando salía de un restaurante. Hubo otro que ni necesitó ser eliminado: él mismo se consumió lentamente en su rebelión, rebelión que vino cuando descubrió que las dos o tres instrucciones recibidas no incluían ninguna explicación. Hubo otro, también eliminado, porque creía que “la verdad debe ser dicha valientemente”, y en primer lugar comenzó a buscarla; de él se dijo que murió en nombre de la verdad, pero el hecho es que él apenas si estaba dificultando la verdad con su inocencia; su aparente coraje era apenas tontería, y su deseo de lealtad era ingenuo porque no había comprendido que ser leal no es ser limpio, ser leal es ser desleal para con todo el resto.
Esos casos extremos de muerte no lo son por crueldad. El porque hay un trabajo, digamos, cósmico que debe ser realizado, y los casos individuales infelizmente no pueden ser tomados en consideración. Para los que sucumben y se tornan individuales existen las instituciones, la caridad, la comprensión que no discrimina motivos, nuestra vida humana, en fin. Los huevos estaban en la sartén, y sumergida en el sueño preparo el desayuno. Sin ningún sentido de la realidad, grito a los chicos que brotan de varias camas, arrastran sillas y comen, y el trabajo del día amanecido comienza gritado, reído y comido clara y yema, alegría entre peleas, día que es nuestra sal y nosotros somos la sal del día, vivir es extremadamente tolerable, vivir ocupa y distrae, vivir hace reir.
Y me hace sonreir en mi misterio. Mi misterio es que yo soy apenas un medio, y no un fin, me han dado la más maliciosa de las libertades: no soy tonta y aprovecho. Inclusive hago un mal a los otros. El falso empleo que me dieron es para disfrazar mi verdadera función, y yo aprovecho el falso empleo y de él hago el mío verdadero: inclusive, el dinero que me dan como “diaria” para facilitar mi vida de modo que el huevo se haga, porque ese dinero ha sido usado por mí para otros fines, y últimamente compré acciones de la Brama y ahora soy rica. A todo eso aún llamo tener la necesaria modestia de vivir. Y también el tiempo que me dieron, y que nos dan apenas para que en el ocio honrado el huevo se haga, pues he usado ese tiempo para placeres ilícitos y dolores ilícitos, enteramente olvidada del huevo.
Esta es mi simplicidad. ¿O es eso mismo lo que ellos quieren que me suceda, exactamente para que el huevo se cumpla? ¿Es libertad, o estoy siendo mandada? Porque vengo notando que todo lo que es error mío viene siendo aprovechado. Mi rebelión nace porque para ellos yo no soy nada, soy apenas preciosa: ellos cuidan de mí segundo por segundo, con la más absoluta falta de amor; soy apenas preciosa. Con el dinero que me dan últimamente ando bebiendo. ¿Abuso de confianza? Pero es que nadie sabe cómo se siente por dentro aquel cuyo empleo cosiste en fingir fue está traicionando, y que termine creyendo en la propia traición. Cuyo empleo consiste diariamente en olvidar. Aquel de quien es exigida la aparente deshonra. Ni siquiera mi espejo refleja ya un rostro que sea mío. Yo soy un agente, o bien soy la misma traición.
Pero duermo el sueño de los justos por saber que mi vida fútil no complica la marcha del gran tiempo. Por el contrario: parece que se exige de mí que sea extremadamente fútil, es exigido de mí, inclusive que yo duerma como un justo. Ellos me quieren ocupada y distraída y no les importa cómo. Pues, con mi atención equivocada y mi grave tontería, yo podría complicar lo que se está haciendo a través de mí. Es que yo misma ¡yo misma! Sólo he servido para complicar. Lo que me revela que quizá yo sea un agente es la idea de que mi destino me sobrepasa: por lo menos eso ellos tuvieron que dejarme adivinar, yo era de aquellos que harían mal el trabajo si por lo menos no adivinaran un poco; me hicieron olvidar lo que me dejaron adivinar, pero vagamente me quedó la noción de que mi destino me sobrepasa, y de que soy un instrumento del trabajo de ellos. Pero de cualquier modo yo podría ser sólo un instrumento, pues el trabajo no podría ser mío. Ya traté de establecerme por mi propia cuenta y no salió bien; hasta hoy me quedó esta mano trémula. Si yo hubiera insistido un poco más habría perdido para siempre la salud. Desde entonces, desde esa malograda experiencia, procuro razonar de esta manera: que ya me fue dado mucho, que ellos ya me concedieron todo lo que puede ser concedido; y que otros agentes, muy superiores a mí, también trabajaron para lo que no sabían. Y con las mismas poquísimas instrucciones. Ya me fue dado mucho; esto, por ejemplo: una vez u otra, con el corazón latiendo por el privilegio ¡yo por lo menos sé que no estoy reconociendo!, con el corazón
latiendo de emoción ¡yo por lo menos no comprendo! Con el corazón latiendo de confianza, yo por lo menos no lo sé.
Pero ¿y el huevo? Este es uno del os subterfugios de ellos: mientras yo hablaba del huevo, había olvidado al huevo. “¡Hablad, hablad!” me instruyeron ellos. Y el huevo queda enteramente protegido por tantas palabras. Hablad mucho, es una de las instrucciones, estoy tan cansada.
Por devoción al huevo lo olvidé. Mi necesario olvido. Mi interesado olvido. Pues el huevo es esquivo. Frente a mi adoración posesiva él podría retraerse y no volver nunca más. Pero si él fuera olvidado. Si yo hiciera el sacrificio de vivir solamente mi vida y de olvidarlo. Si el huevo fuera imposible. Entonces –libre, delicado, sin mensaje alguno para mí- quizá una vez aún él se trasladaría del espacio hasta esta ventana que desde siempre dejé abierta. Y de madrugada baje a nuestro edificio. Sereno, hasta la cocina. Iluminándola de palidez.

Clarice Lispector, El huevo y la gallina.

Clarice Lispector

Guadalupe Nettel, Hongos

Hongos
Cuando yo era niña, mi madre tuvo un hongo en una uña del pie. En el pulgar izquierdo, más precisamente. Desde que lo descubrió, intentó cualquier cantidad de remedios para deshacerse de él. Cada mañana, al salir de la ducha vertía sobre su dedo, con ayuda de una brocha diminuta, una capa de yodo cuyo olor y tono sepia, casi rojizo, recuerdo muy bien. Visitó sin éxito a varios dermatólogos, incluidos los más prestigiosos y caros de la ciudad, que repetían sus diagnósticos y aconsejaban los mismos e inútiles tratamientos: desde las ortodoxas pomadas con clotrimazol hasta el vinagre de manzana. El más radical de ellos llegó a recetarle una dosis moderada de cortisona que tuvo como único efecto inflamar el dedo amarillento de mi madre. A pesar de sus esfuerzos por exterminarlo, el hongo permaneció ahí durante años, hasta que una medicina china, a la que nadie —ni ella— daba crédito, consiguió ahuyentarlo en pocos días. Algo tan inesperado que no pude dejar de preguntarme si no fue el parásito quien decidió marcharse a otro lugar. 
Hasta ese momento, los hongos habían sido siempre —al menos para mí — objetos curiosos que aparecían en los dibujos para niños y que relacionaba con los bosques y los duendes. En todo caso, nada parecido a esa rugosidad que daba a la uña de mi madre la textura de una ostra. Sin embargo, más que el aspecto incierto y movedizo, más que su tenacidad y su aferramiento al dedo invadido, lo que recuerdo particularmente en todo ese asunto fue el asco y el rechazo que el parásito provocaba en ella. A lo largo de los años, he visto otras personas con micosis en diferentes partes del cuerpo. Micosis de todo tipo, desde las que producen una peladura áspera y seca en la planta de los pies, hasta los hongos rojos y circulares que suelen aparecer en las manos de los cocineros. La mayoría de la gente los lleva con resignación, otros con estoicismo, algunos con verdadera negligencia. Mi madre, en cambio, vivía la presencia de su hongo como si se tratara de una calamidad vergonzosa. Aterrada por la idea de que pudiera extenderse al resto del pie o, peor aún, a todo su cuerpo, separaba la uña afectada con un pedazo grueso de algodón para impedir que rozara el dedo contiguo. Nunca usaba sandalias y evitaba descalzarse frente a nadie que no fuera de mucha confianza. Si, por alguna razón, debía utilizar una ducha pública, lo hacía pisando siempre unas chancletas de plástico y, para bañarse en la piscina, se quitaba los zapatos en el borde, justo antes de zambullirse, para que los demás no miraran sus pies. Y era mejor así, pues cualquiera que hubiese descubierto ese dedo, sometido a tantos tratamientos, habría creído que, en vez de un simple hongo, lo que mi madre tenía era un comienzo de lepra. 
Los niños, a diferencia de los adultos, se adaptan a todo y, poco a poco, a pesar del asco que ella le tenía, yo empecé a considerar ese hongo como una presencia cotidiana en mi vida de familia. No me inspiraba la misma aversión que le tenía mi madre, más bien todo lo contrario. Esa uña pintada de yodo que yo veía vulnerable me causaba una simpatía protectora parecida a la que habría sentido por una mascota tullida con problemas para desplazarse. El tiempo siguió pasando y mi madre dejó de formar tanta alharaca alrededor de su dolencia. Yo, por mi parte, al crecer lo olvidé por completo y no volví a pensar en los hongos hasta que conocí a Philippe Laval. 
Para ese entonces, tenía treinta y cinco recién cumplidos. Estaba casada con un hombre paciente y generoso, diez años mayor que yo, director de la Escuela Nacional de Música en la que había realizado la primera parte de mis estudios como violinista. No tenía hijos. Lo había intentado durante un tiempo, sin éxito, pero, lejos de atormentarme por ello, me sentía afortunada de poder concentrarme en mi carrera. Había terminado una formación en Julliard y construido un pequeño prestigio internacional, suficiente para que dos o tres veces al año me invitaran a Europa o Estados Unidos a dar algún concierto. Acababa de grabar un disco en Dinamarca y estaba por viajar de nuevo a Copenhague para impartir un curso de seis semanas, en un palacio al que acudían cada verano los mejores estudiantes del mundo. 
Recuerdo que un viernes por la tarde, poco antes de mi partida, recibí una lista con las fichas biográficas de los profesores que coincidiríamos aquel año en la residencia. Entre ellas la de Laval.
No era la primera vez que leía su nombre. Se trataba de un violinista y director con mucho prestigio y, en más de una ocasión, había escuchado, en boca de mis amigos, comentarios muy elogiosos sobre su desempeño en escena y la naturalidad con la que dirigía la orquesta desde el violín. Por la ficha, me enteré de que era francés y que vivía en Bruselas, aunque con frecuencia viajaba a Vancouver, donde enseñaba en la Escuela de Artes. Ese fin de semana, Mauricio, mi marido, había salido de la ciudad para asistir a un congreso. No tenía planes para la noche y me puse a buscar en Internet qué conciertos de Laval se vendían en línea. Después de fisgonear un poco, terminé comprando el de Beethoven, grabado en vivo años atrás en el Carnegie Hall. Recuerdo la sensación de estupor que me produjo escucharlo. Hacía calor. Tenías las puertas del balcón abiertas para que entrara por la ventana el aire fresco y, aun así, la emoción me impidió respirar normalmente. Todo violinista conoce este concierto, muchos de memoria, pero la forma de interpretarlo fue un descubrimiento absoluto. Como si por fin pudiera comprenderlo en toda su profundidad. Sentí una mezcla de reverencia, de envidia y de agradecimiento. Lo escuché por lo menos tres veces y en todas se reprodujo el mismo escalofrío. Busqué después piezas interpretadas por otros músicos invitados a Copenhague y, aunque el nivel era sin duda muy alto, ninguno logró sorprenderme tanto como lo hizo Laval. Después cerré el archivo y, aunque pensé en él en varias ocasiones, no volví a escuchar el concierto durante las dos semanas siguientes. 
No era la primera vez que me separaba por un par de meses de Mauricio pero la costumbre no eliminaba la tristeza de dejarlo. Como siempre que hacía un viaje largo, le insistí en que viniera conmigo. La residencia lo permitía y, aunque él se empeñaba en negarlo, estoy convencida de que su trabajo también. Al menos habría podido pasar dos de las seis semanas que duraba el curso o visitarme una vez al principio y otra al final de mi estancia. De haber aceptado, las cosas entre nosotros habrían tomado un rumbo distinto. Sin embargo, él no le veía sentido. Decía que el tiempo iba a pasar rápido para ambos y que lo más conveniente era que me concentrara en mi trabajo. Se trataba, en su opinión, de una gran oportunidad para sondear dentro de mí misma y compartir con otros músicos. No debía desaprovecharla y tampoco interrumpirla. Y lo fue, sólo que no del modo en que lo esperábamos. 
El castillo en el que tuvo lugar la escuela de verano se encontraba en el barrio de Christiania, a las afueras de la ciudad. Estábamos a finales de julio y por la noche la temperatura exterior era muy agradable. No tardé casi nada en hacerme amiga de Laval. Al principio sus horarios eran más o menos similares a los míos: él era indiscutiblemente noctámbulo y yo todavía estaba acostumbrada al ritmo americano. Después de las clases, trabajábamos a la misma hora en cuartos insonorizados para no despertar a los demás y coincidíamos de cuando en cuando en la cocina o frente a la mesita del té. Éramos los primeros —y los únicos— en llegar al desayuno tan temprano, cuando el comedor comenzaba su servicio. De ser amable y en exceso cortés, la conversación se fue volviendo cada vez más personal. Muy rápido se dio entre nosotros un trato íntimo y una sensación de cercanía, distinta de la que me inspiraban los otros profesores. 
Una escuela de verano es un lugar fuera de la realidad que nos deja dedicarnos a aquello que usualmente no nos permitimos. En las horas libres, uno puede otorgarse toda clase de licencias: visitar a fondo la ciudad a la que ha sido invitado, asistir a cenas o a espectáculos, socializar con sus habitantes o con otros residentes, entregarse a la pereza, a la bulimia o a algún comportamiento adictivo. Laval y yo caímos en la tentación del enamoramiento. Al parecer, todo un clásico en ese tipo de sitios. Durante las seis semanas que duró la residencia, paseamos juntos en autobús y en bicicleta por los parques de Copenhague, visitamos bares y museos, asistimos a la ópera y a varios conciertos, pero, sobre todo, nos dedicamos a conocemos, hasta donde fuera posible, en ese lapso reducido de tiempo. Cuando una relación se sabe condenada a una fecha precisa es más fácil dejar caer las barreras con las que uno suele protegerse. Somos más benignos, más indulgentes, con alguien que pronto dejará de estar ahí que frente a quienes se perfilan como parejas a largo plazo. Ningún defecto, ninguna tara resulta desalentadora, ya que no habremos de soportarla en el futuro. Cuando una relación tiene una fecha de caducidad tan clara como la nuestra, ni siquiera perdemos el tiempo en juzgar al otro. Lo único en lo que uno se concentra es en disfrutar sus cualidades a fondo, con premura, vorazmente, pues el tiempo corre en nuestra contra. Eso fue al menos lo que nos sucedió a Philippe y a mí durante aquella residencia. Sus incontables manías a la hora de trabajar, de dormir o de ordenar su habitación me parecían divertidas. Su miedo a la enfermedad y a todo tipo de contagio, su insomnio crónico, me enternecían y me llevaban a querer protegerlo. Lo mismo le pasaba a él con mis obsesiones, mis miedos, mi propio insomnio y mi frustración constante en lo que a la música se refería. Hay que decir, sin embargo, que esa fue una época de mucha creatividad. Si en el disco que había grabado meses antes en Copenhague yo misma notaba cierta rigidez, cierta precisión de relojería, ahora mi música tenía más soltura y mayor presencia. No la vigilancia estricta de quien teme equivocarse, sino la entrega y la espontaneidad de quien disfruta a fondo lo que está haciendo. Hay, por suerte, algunas evidencias de ese momento privilegiado en mi carrera. Además de las grabaciones a las que obliga la institución que nos había contratado, hice tres programas de radio que conservo entre los testimonios de mis mayores logros personales. Laval dirigió dos conciertos en el Teatro Real de Copenhague y ambos fueron sobrecogedores. El público lo ovacionó de pie durante varios minutos y, al final del evento, los músicos aseguraron que compartir la escena con él había sido un privilegio. Yo, que desde entonces he seguido de cerca todo su desarrollo, puedo decir que el mes y medio pasado en esa ciudad constituye uno de los mejores momentos —si no el mejor— de toda su carrera. Es verdad que desde entonces se ha estabilizado, pero basta escuchar las grabaciones realizadas en esas semanas para darse cuenta: hay en ellas una transparencia muy particular en cuanto a la emoción se refiere. 
Como yo, Laval estaba casado. En un chalet situado en las afueras de Bruselas, lo esperaban su mujer y sus hijas, tres niñas rubias y de cara redonda, cuyas fotos atesoraba en su teléfono. De nuestras respectivas parejas preferíamos no hablar demasiado. A pesar de lo que pueda pensarse, en ese estado de alegría excepcional no había espacio para la culpa ni para el miedo de lo que sobrevendría después, cuando cada quien regresara a su mundo. No había otro tiempo salvo el presente. Era como vivir en una dimensión paralela. Quien no haya pasado por algo semejante pensará que pergeño estas malogradas metáforas para justificarme. Quien sí, sabrá exactamente de lo que estoy hablando. 
A finales de septiembre, la residencia terminó y volvimos a nuestros países. Al principio nos vino bien llegar a casa y recuperar la vida cotidiana, pero, al menos en lo que a mí respecta, no volví al mismo lugar del que me había ido. Para empezar, Mauricio no estaba en la ciudad. Un viaje de trabajo lo había llevado a Laredo. Esa ausencia no pudo haberme venido mejor. Me dio el tiempo perfecto para reencontrarme con el departamento y con mi vida cotidiana. Es verdad, por ejemplo, que en mi estudio las cosas estaban intactas: los libros y los discos en su lugar, mi atril y mis partituras cubiertas por una capa de polvo apenas más gruesa que antes de dejarlos. Sin embargo, la forma de estar en mi casa y en todos los espacios, incluido mi propio cuerpo, se había transformado y, aunque entonces no fuera consciente de ello, resultaba imposible dar vuelta atrás. Los primeros días, seguía llevando conmigo el olor y los sabores de Philippe. Con una frecuencia mayor de la que hubiera deseado, se me venían encima como oleadas abrumadoras. A pesar de mis esfuerzos por mantener la templanza, nada de esto me dejaba indiferente. Al acuse de las sensaciones descritas, seguía el sentimiento de pérdida, de añoranza y después la culpa por reaccionar así. Quería que mi vida siguiera siendo la misma, no porque fuera mi única alternativa, sino porque me gustaba. La elegía cada mañana al despertarme en mi habitación, en esa cama que durante más de diez años había compartido con mi esposo. Elegía eso y no los tsunamis sensoriales ni los recuerdos que, de haber podido, habría erradicado para siempre. Pero mi voluntad era un antídoto insuficiente contra la influencia de Philippe. 
Mauricio volvió un sábado a mediodía, antes de que lograra poner orden en mis sentimientos. Lo recibí aliviada, como quien encuentra en medio de una tormenta el bote que lo salvará del naufragio. Pasamos juntos el fin de semana. Fuimos al cine y al supermercado. El domingo desayunamos en uno de nuestros restaurantes favoritos. Nos contamos los detalles de los viajes y los inconvenientes de nuestros respectivos vuelos. Durante esos días de reencuentro, me pregunté en varias ocasiones si debía explicarle lo sucedido con Laval. Me molestaba esconderle cosas, sobre todo tan serias como esa. Nunca lo había hecho. Me di cuenta de que necesitaba su absolución y, de ser posible, su consuelo. Sin embargo, preferí no decir nada por el momento. Mayor que mi necesidad de ser honesta, era el miedo a lastimarlo, a que algo se rompiera entre nosotros. El lunes, ambos retomamos el trabajo. Los recuerdos seguían asaltándome pero logré controlarlos con cierta destreza hasta que, dos semanas después, Laval volvió a aparecer. 
Una tarde, recibí una llamada de larga distancia cuya clave no identifiqué en la pantalla. Antes de responder se aceleró mi ritmo cardiaco. Levanté el auricular y, después de un corto silencio, reconocí el Amati de Laval del otro lado del hilo. Escucharlo tocar a miles de kilómetros, estando en mi propia casa, consiguió que lo que empezaba a sanar con tanto esfuerzo, sufriera un nuevo desagarre. Esa llamada, en apariencia inofensiva, consiguió introducir a Philippe en un espacio al que no pertenecía. ¿Qué buscaba llamando de esa manera? Probablemente restablecer el contacto, mostrar que seguía pensando en mí y que el sentimiento no se había apagado. Nada en términos concretos y, al mismo tiempo, mucho más de lo que mi estabilidad emocional podía soportar. Hubo una segunda llamada, esta vez con su propia voz, hecha, según dijo, desde una cabina a dos cuadras de su casa. Me explicó lo que su música me había dicho antes: seguía pensando en nosotros y le estaba costando mucho desprenderse. Habló y habló durante varios minutos, hasta agotar el crédito que había puesto en el teléfono. Apenas tuve tiempo de aclararle dos puntos importantes. Primero: todo lo que él sentía era mutuo y, segundo, no quería que volviese a llamar a mi casa. Laval sustituyó las llamadas por correos electrónicos y mensajes al celular. Escribía por las mañanas y por las noches, contándome todo tipo de cosas, desde su estado de ánimo hasta el menú de sus comidas y cenas. Me hacía la reseña de sus salidas y de sus eventos de trabajo, las ocurrencias y las enfermedades de sus hijas y, sobre todo —esa era la parte más difícil—, la descripción detallada de su deseo. Así fue como la dimensión paralela, que creía cancelada para siempre, no sólo se abrió de nuevo sino que empezó a volverse cotidiana, robándole espacio a la realidad tangible de mi vida, en la que cada vez yo estaba menos presente. Poco a poco aprendí sus rutinas, las horas a las que llevaba a las niñas al colegio, los días en los que estaba en casa y aquellos en los que salía del pueblo. El intercambio de mensajes me daba acceso a su mundo y, a base de preguntas, Laval consiguió abrirse un espacio similar en mi propia existencia. Siempre he sido una persona con tendencias fantasiosas pero esa característica aumentó vertiginosamente por culpa suya. Si hasta entonces había vivido el setenta por ciento del tiempo en la realidad y el treinta en la imaginación, el porcentaje se invirtió por completo, al punto en que todas las personas que entraban en contacto conmigo empezaron a preocuparse, incluido Mauricio, quien, sospecho, ya albergaba alguna idea de lo que estaba pasando. 
Me fui volviendo adicta a la correspondencia con Laval, a esa conversación interminable, y a considerarla como la parte más intensa e imprescindible de mi vida diaria. Cuando, por alguna razón, tardaba más de lo habitual en escribir o le era imposible responder pronto a mis mensajes, mi cuerpo daba señales claras de ansiedad: mandíbulas apretadas, sudor en las manos, movimiento involuntario de una pierna. Si antes, sobre todo en Copenhague, casi no hablábamos de nuestras respectivas parejas, en el diálogo a distancia, aquella restricción dejó de ser vigente. Nuestros matrimonios se convirtieron en objeto de voyerismo cotidiano. Primero, nos contábamos sólo las sospechas y las preocupaciones de nuestros cónyuges, luego las discusiones y los juicios que hacíamos sobre ellos pero también los gestos de ternura que tenían hacia nosotros, para justificar ante el otro, y ante nosotros mismos, la decisión de seguir casados. A diferencia de mí, que vivía en un matrimonio apacible y taciturno, Laval era infeliz con su mujer. Al menos eso me contaba. Su relación, que había durado ya más de dieciocho años, constituía la mayor parte del tiempo un verdadero infierno. Catherine, su esposa, no hacía sino exigirle atención y cuidados intensivos y descargaba sobre él su incontenible violencia. Era tristísimo pensar en Laval viviendo en semejantes condiciones. Era tristísimo imaginarlo un domingo, por ejemplo, encerrado en su casa, sometido a los gritos y a las recriminaciones, mientras en las ventanas caía la lluvia interminable de Bruselas. Pero Laval no pensaba dejar a su familia. Estaba resignado a vivir así hasta el final de sus días y debo decir que esa resignación, aunque incomprensible, me acomodaba. Tampoco yo tenía deseos de abandonar a Mauricio. 
Tras más de dos meses de mensajes y eventuales llamadas al celular, se estableció por fin una rutina en la que me sentía más o menos cómoda. Aunque mi atención, o lo que quedaba de ella, estaba puesta en la presencia virtual de Laval, mi vida cotidiana empezó a resultarme llevadera, incluso disfrutable, hasta que se planteó la posibilidad de volver a vemos. Como he dicho, Laval viajaba cada trimestre a la ciudad de Vancouver y en su siguiente visita, después de Copenhague, se le ocurrió que lo alcanzara ahí. No le costó nada conseguir una invitación oficial de la escuela para que yo impartiera un taller, muy bien remunerado, en las mismas fechas en que él debía viajar aquel invierno. La idea, si bien peligrosa, no podía ser más tentadora y me fue imposible rechazarla, aun sabiendo que amenazaba el precario equilibrio que había alcanzado en ese momento. 
Nos vimos, pues, en Canadá. Fue un viaje hermoso de tres días, rodeados otra vez de lagos y de bosques. Entre nosotros volvió a establecerse lo mismo que habíamos sentido durante la residencia pero de manera más urgente, más concentrada. Evitamos dentro de lo posible todos los compromisos sociales. El tiempo que no empleábamos trabajando, lo pasábamos solos en su habitación, reconociendo, de todas las maneras imaginables, el cuerpo del otro, sus reacciones y sus humores, como quien vuelve a un territorio conocido del que no quisiera salir jamás. También hablamos mucho de lo que nos estaba pasando, de la alegría y la novedad que ese encuentro había añadido a nuestras vidas. Concluimos que la felicidad podía encontrarse fuera de lo convencional, en el estrecho espacio al que nos condenaban tanto nuestra situación familiar como la distancia geográfica. 
Después de Vancouver, nos vimos en los Hampton. Meses después, en el Festival de Música de Cámara de Berlín y luego en el de Música Antigua de Ambromay. Todos esos encuentros estuvieron orquestados por Philippe. Aun así, el tiempo pasado juntos nunca nos parecía suficiente. Cada regreso, al menos para mí, era más difícil que el anterior. Mi distracción era peor y mucho más evidente que al volver de Dinamarca: olvidaba las cosas con frecuencia, perdía las llaves dentro del departamento y, lo más terrible de todo, empezó a resultarme imposible convivir con mi marido. La realidad, que ya no me interesaba sostener, comenzó a derrumbarse como un edificio abandonado. Quizás no me hubiera dado cuenta nunca de no ser por una llamada de mi suegra que me sacó de mi letargo. Había hablado con Mauricio y estaba muy preocupada.
—Si estás enamorada de otro, se te está saliendo de las manos —me dijo con la actitud claridosa que siempre la ha caracterizado—. Deberías hacer todo por controlarlo. 
Su comentario cayó en oídos ausentes pero no sordos. 
Una tarde, Mauricio llegó temprano del trabajo, mientras sonaba en casa un concierto de Chopin para piano y violín, interpretado por Laval diez años antes. Un disco que nunca habría puesto en su presencia. No sé si fue mi expresión de sorpresa al verlo llegar o si tenía la intención previa de hacerlo, pero aquel día me interrogó sobre mis sentimientos. Habría deseado dar una respuesta sincera a sus preguntas. Habría deseado explicar mis contradicciones y mis miedos. Habría deseado, sobre todo, contarle lo que estaba sufriendo. Sin embargo, lo único que pude hacer fue mentirle. ¿Por qué lo hice? Quizás porque me lastimaba traicionar a alguien a quien seguía queriendo profundamente, aunque de otra manera; quizás por miedo a su reacción o porque albergaba la esperanza de que, tarde o temprano, las cosas retomarían su curso original. La madre de Mauricio tenía razón: el asunto se me estaba saliendo de las manos. Después de darle muchas vueltas, decidí suspender el viaje siguiente y abocar toda mi energía a distanciarme de Laval. Le escribí explicándole el estado de las cosas y le pedí ayuda para recuperar esa vida que se estaba diluyendo en mis narices. Mi decisión lo afectó pero se mostró comprensivo. 
Pasaron dos semanas en las que Laval y yo no mantuvimos ningún contacto. Sin embargo, cuando dos personas piensan constantemente la una en la otra, se establece entre ellas un vínculo que rebasa los medios ortodoxos de comunicación. Aunque estuviera determinada a olvidarlo, al menos a no pensar en él con la misma intensidad, mi cuerpo se reveló a ese designio y empezó a manifestar su voluntad por medio de sensaciones físicas y, por supuesto, incontrolables. Lo primero que sentí fue un ligero escozor en la entrepierna. Sin embargo, a pesar de que inspeccioné varias veces la zona, no pude encontrar nada visible y terminé por resignarme. Pasadas unas semanas, la comezón, al principio leve, casi imperceptible, se volvió intolerable. Sin importar la hora ni el lugar donde me encontrara, sentía mi sexo y hacerlo implicaba inevitablemente pensar también en el de Philippe. Fue entonces cuando llegó su primer mensaje al respecto. Un correo, escueto y alarmado, en el que aseguraba haber contraído algo grave, probablemente un herpes, una sífilis o cualquier otra enfermedad venérea, y quería advertirme de ello para que tomara mis precauciones. Ese era Philippe tout craché, como dicen en su lengua, y esa la reacción clásica de alguien propenso a la hipocondría. El mensaje cambió mi perspectiva: si los síntomas estaban presentes en ambos, lo más probable era que padeciéramos lo mismo. No una enfermedad grave, como pensaba él, pero quizás sí una micosis. Los hongos pican; si están muy arraigados, pueden incluso doler. Hacen que todo el tiempo estemos conscientes de la parte del cuerpo donde se han establecido y eso era exactamente lo que nos sucedía. Traté de tranquilizarlo con un par de mensajes cariñosos. Antes de retomar el silencio, acordamos ir al médico en nuestras respectivas ciudades. 
El diagnóstico que recibí fue el que ya suponía. Según mi ginecólogo, un cambio en la acidez de mis mucosas había propiciado la aparición de los microorganismos y bastaría aplicar una crema durante cinco días para erradicarlos. Saberlo estuvo lejos de tranquilizarme. Pensar que algo vivo se había establecido en nuestros cuerpos, justo ahí donde la ausencia del otro era más evidente, me dejaba estupefacta y conmovida. Los hongos me unieron aún más a Philippe. Aunque al principio apliqué puntualmente y con diligencia la medicina prescrita, no tardé en interrumpir el tratamiento: había desarrollado apego por el hongo compartido y un sentido de pertenencia. Seguir envenenándolo era mutilar una parte importante de mí misma. La comezón llegó a resultarme, si no agradable, al menos tan tranquilizadora como un sucedáneo. Me permitía sentir a Philippe en mi propio cuerpo e imaginar con mucha exactitud lo que pasaba en el suyo. Por eso me decidí no sólo a conservarlos, sino a cuidar de ellos de la misma manera en que otras personas cultivan un pequeño huerto. Después de cierto tiempo, conforme cobraron fuerza, los hongos se fueron haciendo visibles. Lo primero que noté fueron unos puntos blancos que, alcanzada la fase de madurez, se convertían en pequeños bultos de consistencia suave y de una redondez perfecta. Llegué a tener decenas de aquellas cabecitas en mi cuerpo. Pasaba horas desnuda, mirando complacida como se habían extendido sobre la superficie de mis labios externos en su carrera hacia las ingles. Mientras tanto imaginaba a Philippe afanado sin descanso en su intento por exterminar a su propia cepa. Descubrí que me equivocaba el día en que recibí este mensaje en mi correo electrónico: «Mi hongo no desea más que una cosa: volver a verte». 
El tiempo que antes dedicaba a dialogar con Laval lo invertí, durante esos días, en pensar en los hongos. Recordé el de mi madre, que había borrado casi por completo de mi memoria, y empecé a leer sobre esos seres extraños, semejantes, por su aspecto, al reino vegetal, pero con un aferramiento a la vida y al ser parasitado que no pueden sino acercarlos a nosotros. Averigüé, por ejemplo, que organismos con dinámicas vitales muy diversas pueden ser catalogados como hongos. Existen alrededor de un millón y medio de especies, de las cuales se han estudiado cien mil. Concluí que con las emociones ocurre algo semejante: muy distintos tipos de sentimientos (a menudo simbióticos) se definen con la palabra «amor». Los enamoramientos muchas veces nacen también de forma imprevista, por generación espontánea. Una tarde sospechamos de su existencia por un escozor apenas perceptible, y al día siguiente nos damos cuenta de que ya se han instalado de una manera que, si no es definitiva, al menos lo parece. Erradicar un hongo puede ser tan complicado como acabar con una relación indeseada. Mi madre sabe de ello. Su hongo amaba su cuerpo y lo necesitaba de la misma manera en que el organismo que había brotado entre Laval y yo reclamaba el territorio faltante. 
Hice mal en creer que, con dejar de escribirle, me desharía de Laval. Hice mal asimismo en pensar que ese sacrificio bastaría para recuperar a mi marido. Nuestra relación nunca resucitó. Mauricio se fue de casa discretamente, sin ningún tipo de aspaviento. Empezó por ausentarse una noche de tres y luego extendió sus periodos desertores. Era tal mi falta de presencia en nuestro espacio común que, aunque no pude dejar de notarlo, tampoco logré hacer nada por impedirlo. Todavía hoy me pregunto si, de intentarlo con más ahínco, habría sido posible restablecer los lazos diluidos entre nosotros. Estoy segura de que Mauricio comentó con un número reducido de amigos las circunstancias de nuestro divorcio. Sin embargo, esas personas hablaron con otras y la información se fue extendiendo a nuestros allegados. Hubo incluso personas que se sintieron autorizadas a expresarme su aprobación o su rechazo, lo cual no dejaba de indignarme. Unos decían, para darme consuelo, que las cosas «siempre pasan por algo», que lo habían visto venir y que la separación era necesaria tanto para mi crecimiento como para el de Mauricio. Otros me aseguraron que mi esposo mantenía, desde hacía varios años, una relación con una joven musicóloga y que no debía sentirme culpable. Lo último no se comprobó jamás. Lejos de serenarme, lo único que consiguieron estos comentarios fue aumentar mi sensación de desamparo y de aislamiento. Mi vida no sólo había dejado de pertenecerme sino que se había vuelto materia de discusión de terceros. Por esa razón, no soportaba ver a nadie pero tampoco me gustaba estar sola. Si hubiese tenido hijos, probablemente habría sido diferente. Un niño hubiera representado un ancla muy poderosa al mundo tangible y cotidiano. Habría estado pendiente de su persona y de sus necesidades. Me habría alegrado la vida con ese cariño incondicional que tanto necesitaba. Pero fuera de mi madre, ocupada casi siempre en su actividad profesional, en mi vida sólo tenía el violín y el violín era Laval. Cuando por fin me decidí a buscarlo, Philippe no sólo retomó el contacto con el entusiasmo de siempre, sino que fue más solidario que nunca. Llamaba y escribía varias veces al día, escuchaba todas mis dudas, me daba aliento y consejos. Nadie se implicó tanto en mi recuperación anímica como lo hizo él durante los primeros meses. Sus llamadas y nuestras conversaciones virtuales se volvieron mi único contacto disfrutable con otro ser humano. 
Al contrario de lo que hizo mi madre durante mi infancia, yo había decidido quedarme con los hongos indefinidamente. Vivir con un parásito es aceptar la ocupación. Cualquier parásito, por inofensivo que sea, tiene una necesidad incontenible de avanzar. Es imperativo ponerle límites, de lo contrario lo hará hasta invadirnos. Yo, por ejemplo, nunca he permitido que el mío llegue hasta las ingles ni a ningún otro lugar fuera de mi entrepierna. Philippe tiene conmigo una actitud similar a la mía con los hongos. No me permite jamás salir de mi territorio. Me llama a casa cuando lo necesita pero yo no puedo, bajo ninguna circunstancia, telefonear a la suya. Él es quien decide el lugar y las fechas de nuestros encuentros y quien los cancela siempre que su mujer o sus hijas interrumpen nuestros planes. En su vida, soy un fantasma que puede invocar infaliblemente. Él, en la mía, es un espectro que a veces se manifiesta sin ningún compromiso. Los parásitos — ahora lo sé— somos seres insatisfechos por naturaleza. Nunca son suficientes ni el alimento ni la atención que recibimos. La clandestinidad que asegura nuestra supervivencia también nos frustra en muchas ocasiones. Vivimos en un estado de constante tristeza. Dicen que para el cerebro el olor de la humedad y el de la depresión son muy semejantes. No dudo que sea verdad. Cada vez que la angustia se me acumula en el pecho, me refugio en Laval como uno recurre a un psicólogo o a un ansiolítico. Y aunque no siempre de inmediato, casi nunca se niega a responderme. No obstante, como es de esperar, Philippe no soporta esta demanda. A nadie le gusta vivir invadido. Ya suficiente presión tiene en su casa como para tolerar a esa mujer asustada y adolorida en la que me he convertido, tan distinta de aquella que conoció en Copenhague. Nos hemos vuelto a ver en varias ocasiones, pero los encuentros ya no son como antes. Él también está asustado. Le pesa su responsabilidad en mi nueva vida y lee, hasta en mis comentarios más inocuos, la exigencia de que deje a su esposa para vivir conmigo. Yo me doy cuenta. Por eso he disminuido, a costa de la salud, mi demanda de contacto, pero mi necesidad sigue siendo insondable. 
Hace más de dos años que asumí esta condición de ser invisible, con apenas vida propia, que se alimenta de recuerdos, de encuentros fugaces en cualquier lugar del mundo, o de lo que consigo robar a un organismo ajeno que se me antoja como mío y que de ninguna manera lo es. Sigo haciendo música, pero todo lo que toco se parece a Laval, suena a él, como una copia distorsionada que a nadie interesa. No sé cuánto tiempo se pueda vivir así. Sé, en cambio, que hay personas que lo hacen durante años y que, en esa dimensión, logran fundar familias, colonias enteras de hongos sumamente extendidas que viven en la clandestinidad y, un buen día, a menudo cuando el ser parasitado fallece, asoman la cabeza durante el velorio y se dan a conocer. No será mi caso. Mi cuerpo es infértil. Laval no tendrá conmigo ninguna descendencia. A veces, me parece notar en su rostro o en el tono de su voz, cierto fastidio semejante al rechazo que mi madre sentía por su uña amarillenta. Por eso, a pesar de mi enorme necesidad de atención, hago todo lo posible para resultar discreta, para que recuerde mi presencia sólo cuando le apetece o cuando la necesita. No me quejo. Mi vida es tenue pero no me falta alimento, aunque sea a cuentagotas. El resto del tiempo vivo encerrada e inmóvil en mi departamento, en el que desde hace varios meses no levanto casi nunca las persianas. Disfruto la penumbra y la humedad de los muros. Paso muchas horas tocando la cavidad de mi sexo —esa mascota tullida que vislumbré en la infancia—, donde mis dedos despiertan las notas que Laval ha dejado en él. Permaneceré así hasta que él me lo permita, acotada siempre a un pedazo de su vida o hasta que logre dar con la medicina que por fin, y de una vez por todas, nos libere a ambos.

Guadalupe Nettel, Hongos.

Gudalupe Nettel

Jules Renard, Blandine y Pointu

Blandine y Pointu
—¿Qué edad tiene usted, Blandine?
—Treinta y siete años, señor. No soy de la última nidada de agosto.
—¿Dónde nació usted?
—En Lormes, en la Nièvre.
—¿Pasó allí la infancia?
—Sí, señor. Primero guardé ocas. Luego guardé ovejas. Más tarde guardé vacas. Después una prima mía me colocó como criada en París. Tuve más de veinte patrones antes que usted. El señor Rollin no me pagaba. Si es cierto que hay malos criados, también hay malos patrones.
—¿Dónde están sus informes?
—Los tiro. De no hacerlo, tendría montones de esos papeles sucios que no sirven para nada. Sólo guardo mi partida de nacimiento y mi libreta de ahorros.
—¿Cuánto tiene en la Caja de ahorros?
—Novecientos francos, señor.
—¡Caray! Es usted más rica que yo. ¿Ha vuelto usted con frecuencia al pueblo?
—Una vez, señor.
—¿A casa de sus padres?
—No, señor. Mi madre murió al nacer yo.
—¿Y su padre?
—Mi padre debe estar muerto también.
—¡Cómo debe estar muerto también! ¿No lo sabe?
—Me temo que así sea. Cuando fui estaba ya muy viejo y muy enfermo. Debe estar muerto. Sí, seguramente está muerto.
—¿No le escribe usted nunca?
—Me molesta escribir a través de extraños.
—¿Y nadie le envía noticias del pueblo?
—Nadie tiene mi dirección. Como cambio con frecuencia de patrón…
—¿Tiene hermanos y hermanas?
—Tengo un hermano mayor y un montón de medio hermanos y medio hermanas, cinco o seis, hijos de la segunda esposa de mi padre. Todos trabajan en las granjas de los pueblos vecinos. Son aún más palurdos que yo y no han visto nunca el sol.
—¿Y no se preocupan por usted?
—No me conocen. Fue mi tío el que me crió.
—¿Y su tío se ocupa de usted?
—¡Oh, sí! Un día me envió cinco francos. No es gran cosa. Pero al menos es algo.
—Y su padre, si vive, ¿dónde trabaja?
—Debe trabajar con mi hermano mayor.
—¿Y no echa de menos a los unos o a los otros? ¿No tiene ganas de volver a verlos?
—Pues la verdad es que no, señor. A la única que me gustaría volver a ver es a una amiga de la primera comunión. Pero ya me ha olvidado. Está casada allí. Tiene dinero. Desprecia a los demás.
—¿Y a usted, ningún chico del pueblo la ha pedido en matrimonio?
—Sí, señor. Tenía entonces quince años, y lo rechacé. ¡Qué boba era! Entonces se casó con mi amiga de la primera comunión.
—Y ahora, ¿ya no piensa en el matrimonio?
—Para casarse hacen falta dos. Ya se me pasó el momento. Ya está lejos.
—¿Y no desea siquiera volver a ver su pueblo, sus árboles, su río, la casa en la que jugaba de niña? Normalmente uno ama su pueblo. ¿Es un sitio bonito?
—Como otro cualquiera; hay otros menos bonitos y otros menos feos.
—¿Qué diría usted si le ofreciera un permiso, si le pagara el viaje para que fuera usted a pasar una semana con su familia? Porque, no está bien olvidar a la familia.
—¡Ah, a ellos no les preocupa lo más mínimo! Respecto al permiso, prefiero que no. Me aburriría si pasara un solo día allí. Además, temo que me quiten mi puesto aquí.
—En fin, ¿desea usted algo, sea lo que sea? ¿Tiene algún deseo?
—Deseo tener siempre un puesto de trabajo, no enfermar y morirme antes de llegar a vieja, de repente.
—¿Está usted a gusto aquí?
—Sí, señor. Hay mucho trabajo, pero una come todo lo que quiere. Y la señora hace un café tan bueno… ¡Oh! perdería sin duda si me pusieran en la calle.
—¿Dónde iría usted?
—A una pensión que conozco. Pagaría por una habitación como un zapato un franco al día, mientras encontraba otro trabajo…¿Puedo volver a la cocina, señor?
—Una última cosa, Blandine. Usted no recibe ninguna visita. ¡Vive usted como un lobo!
—Sí, señor, también dicen a veces como un cerdo.
—Me extraña que no pida usted nunca salir por la noche.
—¿Para ir adónde, señor? A las nueve estoy bastante cansada y me voy a dormir.
—No se enfade, Blandine. ¿Saldría para ver a su amante?
—¿Un amante, señor? ¿Quién podría querer a un viejo jamelgo como yo?
—¿Entonces, no tiene a nadie querido en este mundo?
—Sí, señor, tengo a Pointu. Su perro.

---...---

Pero hasta Pointu la abandona. Pointu va a morir. Está enfermo desde hace tiempo. Su pelo se le iba cayendo de la piel escamosa. Hubo que llevarlo al veterinario que encontró el caso curioso y creyó poder curarlo.
Al cabo de un mes Pointu regresa casi curado. Pero ya no es nuestro perro. Lo han esquilado desde el hocico hasta la cola. Está constantemente temblando sobre una silla. Ha adelgazado. Está siempre muerto de hambre. Él, antes tan exquisito, se come hoy hasta el pan seco. Cuando oye su nombre, duda en levantar la cabeza. Nos mira con los ojos apagados. Y pronto su enfermedad vuelve con más violencia. Lo devora, tiene el cuello hinchado. Lo llevamos de nuevo al veterinario que empieza a dudar y que le pondrá un drenaje. Sólo queda esa solución.
Y esta tarde las noticias son desesperadas. El veterinario nos aconseja que nos hagamos a la idea de renunciar a Pointu. Personalmente, yo renunciaría.
Espera nuestras órdenes. Pregunta si debe administrarle la fatal píldora. ¿Qué me impide escribir «Sí» con una pluma normal? Escribo sólo para pedirle que me envíe la factura. Ya comprenderá.
Y suba la lámpara que ilumina poco. Atice el fuego que ya no calienta. Cambien de cara y que piensen en otra cosa.
Sólo los hombres mueren. Los perros revientan. Una vez muerto, Pointu ya no vendrá por la noche a arañar la puerta y a gemir por la rendija. No iré a abrirle con una vela vacilante en la mano. No saltará junto a mí, con la lengua fresca y la piel sana.
Eso no puede suceder. La vida sería demasiado divertida.
—Blandine, prepárenos unos ponches muy calientes. Blandine, no volverá usted a ver a Pointu.
Pone la bandeja sobre la mesa y se pone a llorar en su delantal.
—Blandine, Blandine, es usted una boba.
—Es más fuerte que yo, señor.
—Le compraré otro perro.
—No, señor, no lo quiero.
—Sí. Quiero comprar uno, la consolará.
—No lo querré jamás, a causa de Pointu.
—Pero lo cuidará como a Pointu.
—Lo cuidaré si usted me lo ordena.
—Y espero que lo saque cada noche antes de irse a dormir.
—Lo sacaré puesto que el señor así lo quiere. Lo pasearé. Le haré hacer pipí. Pero no lo miraré.

Jules Renard, Blandine y Pointu.

Jules Renard


Prólogo al libro de relatos "Solo en mi oscuridad", de David Romero

Prólogo
No deja de ser extraño que dos naturalistas vocacionales que dedican sus horas de profesión a estudiar aspectos de la ecología de anfibios y otros grupos de fauna, gasten sus horas libres en una actividad tan opuesta a la vida al aire libre, tan contraria a resolver hipótesis, tan distante a veces de la pura lógica como es la literatura. Por estas pasiones compartidas ―la biología y la literatura― quizás no es casual que David Romero me haya pedido prologar su primer libro de relatos. La ciencia es absorbente; el tiempo que queda para otras tareas cotidianas más o menos necesarias como comer, dormir o relacionarnos es muy escaso. Entonces hacemos literatura a pesar de la ciencia, arañando minutos a las horas de vigilia.
A los biólogos nos gusta plantear nuevas hipótesis, dibujar nuevos escenarios y experimentar. Dentro de la narrativa el relato se presta más que ningún otro género a la experimentación y a la fantasía. Por eso tampoco debe parecer raro que David Romero haya elegido esta forma de narrar para su primer libro. En el caso del microcuento, hay, además, otra semejanza con el mundo de la ciencia: una infatigable búsqueda de la precisión, permutando números por palabras. En el microrrelato se utilizan solo las palabras necesarias para encontrar el resultado final, el efecto buscado desde su esbozo primero, la resolución de la incógnita en la ecuación planteada.
Jorge Volpi, un escritor enamorado de la ciencia, decía que el cerebro es una máquina de futuros. Y eso es parte del trabajo de David Romero cuando elabora modelos predictivos que nos dicen, por ejemplo, qué pasará con una determinada especie animal en un futuro próximo bajo determinadas condiciones ambientales previstas. Lo que hace en su vida real mediante datos objetivos es concebir futuros posibles. Su mundo escrito no es muy diferente, ya que, desde la imaginación, genera imágenes de eventuales mundos, a veces distópicos y deshumanizados que la ciencia y la tecnología están contribuyendo a crear.
Solo en mi oscuridad es el título de esta recopilación de relatos y también una frase que podría resumir su contenido. La soledad es el sentimiento más común en los personajes protagonistas de David Romero. Es una soledad no buscada, una soledad fría ―como la piel de los anfibios― e inevitable donde se esconden los fantasmas que nacen de esa «escritura nocturna» de la que hablaba Ernesto Sabato. Algunos de sus personajes angustiados nos recordarán a los que creó Edgar Allan Poe para asomarse a sus propios abismos, pero viven en mundos más cercanos a los paisajes deshumanizados descritos por Bradbury en los que esta soledad se acrecienta. A veces da la impresión de que son los mismos personajes los que deambulan por diferentes cuentos, en contextos alejados y con apariencias diversas, no solo humanas. 
Pero aquí nada es lo que parece, lo que se muestra como certeza deja de serlo, el narrador se sitúa en una perspectiva distinta a la esperada. De este modo, el autor juega al equívoco manejando con soltura este recurso tan característico de los grandes maestros del cuento y, muy especialmente, del microcuento. En las páginas que siguen a estos párrafos el lector encontrará textos muy variados ―tanto en extensión como en temática y tratamiento―, en los que se alternan el misterio, la ciencia ficción, la crítica social y ecologista, los sueños y las obsesiones. Los sentidos engañan a los personajes, en ocasiones siguen los dictados de la física cuántica, el tiempo deja de ser lineal, se difuminan las fronteras igual que hiciera William Turner en sus paisajes, lo transparente queda velado y aún hay espacio para detenerse a contemplar el detalle y el enigma sin resolver, para lo macabro, lo erótico y lo claustrofóbico. Las mujeres aparecen idealizadas y explícitamente perfectas y son, a menudo, el motor que mueve a los protagonistas. Hay una búsqueda constante de un futuro desconocido que se perfila como una nueva esperanza. En algunos cuentos hay divagaciones con desarrollos cercanos al ensayo. Son historias ancladas en la desidia y en lo cotidiano, con una realidad invadida por una melancolía, una inseguridad y un desaliento ante la oscuridad de horizontes incluso cuando los protagonistas no son humanos. 
John Fowles admite que la clave de su obra literaria reside en la relación que mantiene con la naturaleza. Desconozco si hay esa íntima dependencia en el caso de David Romero. En cualquier caso, hacer ciencia y literatura, unir ambas disciplinas en una misma persona, puede resultar enriquecedor. El científico cada vez más dirigido a ser un especialista en una materia muy concreta, urgido por la productividad, no tiene tiempo ni perspectiva para detenerse a pensar en lo general, en el conjunto, y esa es una visión que puede aportar la literatura que es también, no lo olvidemos, una forma de conocimiento. Decía Edward O. Wilson que nos estamos ahogando en información, mientras que nos morimos por falta de sabiduría. Cada vez son más necesarias las personas multidisciplinares, capaces de sintetizar y unir informaciones que provienen de campos diversos para conseguir tomar las decisiones adecuadas. Por otro lado, la ciencia en la actualidad es un trabajo colectivo, el investigador depende de más personas para hacer un estudio. En cambio, la escritura pertenece a un territorio privado en el que podemos vivir vidas que no tenemos y llegar más allá de los territorios explorados por la física y la biología.
Tal vez la literatura consista en explorar los huecos en los que la ciencia no puede adentrarse, en mostrar esos mundos posibles o imposibles, pero que resultan reveladores de algún aspecto del ser humano, con sus impulsos y sus deseos, con sus contradicciones y sus aciertos y que acaban esbozando una parte de nuestra existencia y nuestra forma de ver el mundo.

Ricardo RequesPrólogo al libro de relatos "Solo en mi oscuridad", de David Romero.

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Solo en mi oscuridad
David Romero
BioGea Ediciones 2017






Rosa Beltrán, Shere-Sade.

Shere-Sade
Tengo un amante 24 años mayor que yo que me ha enseñado dos cosas. Una, que no puede haber pasión verdadera si no se traspasa algún límite, y dos, que un hombre mayor sólo puede darte dinero o lástima. Rex no me da dinero; tampoco lástima. Por eso dice que nuestra pasión, que ha rebasado los límites, corre el peligro de comenzar a extinguirse en cualquier momento.
Noche primera
Hasta antes de conocerlo yo había asistido a dos presentaciones de libros y nunca había ocurrido nada, lo cual es un decir, porque bien mirado cuando no ocurre nada es cuando realmente están ocurriendo las cosas. Y esa vez ocurrieron del siguiente modo: yo estaba sola, en medio de un salón atestado, preguntándome por qué había decidido torturarme de esa forma cuando me di cuenta de que Rex, un famoso escritor a quien sólo conocía de nombre, estaba sentado junto a mí. Cuando terminó la lectura del primer participante, aplaudí. Acto seguido, Rex levantó la mano, increpó al participante, volvió a acomodarse en su asiento. Con pequeñísimas variantes ésta fue la dinámica de aquella presentación: se leían ponencias, se aplaudía y Rex alababa o destrozaba al hablante, comentando siempre con alguna de las Grandes Figuras que tenía cerca. Alguien leía, Rex criticaba, otro más leía, Rex criticaba, yo aplaudía. Si el minimalismo es previsibilidad y reducción de los elementos al menor número de variantes posible ésta fue la presentación más minimalista en la que he estado. Terminada la penúltima intervención a cargo de una autora feminista, Rex criticó, yo aplaudí, fui al baño. Lo oí decir que la estupidez humana no podía caer más bajo. Al regresar, antes de que se diera por terminado el acto, noté que Rex tenía puesta la mano abierta sobre mi asiento y distraído conversaba con alguien. Cuando señalé el sitio en el que había estado sentada y en el que ahora su mano autónoma y palpitante aguardaba como un cangrejo, Rex clavó la mirada en mí y dijo: “la puse ahí para que se mantuviera caliente”. Dos horas después estábamos haciendo el amor, frenéticamente. Así se dice: “frenéticamente”. También: “enloquecidamente”. En el amor todo son frases prestadas y uno nunca está seguro de decir lo que quiere decir cuando ama. Pero cuando uno quiere con todas sus fuerzas no estar allí y no puede hacerlo, ¿cómo se dice?
Noche tercera
Lo primero que tengo que admitir es que no sé muy bien en qué consiste el decadentismo nihilista porque nunca antes de conocer a Rex me lo había planteado. Según él, ese término define a la Generación X, la más decadente y desdichada de las generaciones de este siglo, a la que desafortunadamente pertenezco. Yo no hice nada para pertenecer a ella. Pero si quisiera ponerme en el plan en el que según Rex debiera, podría arrepentirme sólo de un hecho: haberme sentado junto a él, un escritor tan famoso, en una presentación de libros. La regla de oro entre los asistentes a este tipo de actos es que nadie se involucre con nadie y que las amistades, si es que prospera alguna, estén cimentadas en el más puro interés (te doy, me das; te presento, me presentas; te leo, me lees) o en el descuido. Rex dice que toda relación que no provenga del alcohol es falsa.
Noche séptima
Hoy Rex y yo decidimos algo muy original: que nadie, nunca, se había amado como nosotros. Y para confirmarlo, usamos las frases que usan todos los amantes. Un sólo ser en dos cuerpos distintos. Dos almas gemelas entre una multitud de extraños. Cien vaginas distintas y un sólo coño verdadero.
Noche décima
Ocurrió desde la primera vez, pero me había olvidado de contarlo. Estábamos en el momento culminante, haciendo el amor frenéticamente, como he dicho, y de pronto el cuarto se nos llenó de visitas. La primera que llegó fue la Extremadamente Delgada De Cintura. Rex comenzó a hablar de esta antigua amante suya porque mi postura se la recordaba. Era decidida, ardiente y pelinegra. Había que cogerla muy fuerte de la cintura, a la Extremadamente Delgada, porque si no era capaz de despegar. “Así”, dijo, apretándome. “¡Ah, cómo subía y bajaba aquella mujer!”, añadió, mientras me sostenía, nostálgico. Pero luego de un rato, levantando el índice, me advirtió:
—Podrán imitarla muchas, pero igualarla, ninguna.
Y hundido en esta reflexión fue a servirse un whisky. Al cabo de unos minutos en los que yo misma, una vez caída en una especie de ensueño, pensaba en la pasión tan grande entre Rex y yo, él rompió el silencio:
—Eran unas cuclillas perfectas —dijo, refiriéndose a aquella otra mujer—. Mírame: se me pone la carne de gallina nada más de recordarlo.
Era verdad: la blancura enfermiza de la piel a la que por años no le había dado el sol se había llenado de puntitos.
—Como un émbolo de carne —dijo, casi en estado de trance—. Arriba y abajo, fuera de ella, sobre mí, dando unos alaridos impecables.
Según Rex aquella mujer de las cuclillas tuvo un excelente performance: lo hizo tocar el cielo, sin exagerar, unas seis veces. El mismo día de su entrega, antes de despedirse, la Extremadamente Delgada De Cintura le pidió que le hiciera el amor por detrás.
—Quería hacerme una ofrenda —me explicó Rex, conmovido— un regalo.
Después de esta confesión, para mí insólita, se hizo de nuevo un silencio. Creí que la historia de Rex era una forma más bien oblicua de pedirme algo, así que me abracé a una almohada y me ofrecí, en cuatro patas, de espaldas a él. “No te muevas”, me dijo, y unos segundos más tarde sentí el flash de una cámara. Esperé un poco más, pero nada ocurrió, y tras angustiosos minutos oí que alguien junto a mí roncaba.
Noche 69
—¿Por qué me gusta tanto que me hables de tus antiguas amantes? —mentí.
—Porque la carne es la historia —me explicó Rex, muy serio—. Aunque esto muy pocos lo entienden.
Y luego, acercándose a mi oído me dijo, bajito:
—La carne por la carne no existe.
Noche 104
Dos semanas después me trajo la foto. Junto con una carta que decía: (“adoro la negra estrella de tu frente, pero adoro mil veces más a la otra, la impúdica, ese insondable abismo que nos une”). Todo lo demás eran loas interminables: a mis senos, más blancos y bellos que los de Venus emergiendo del océano; a mis nalgas, redondas, plenas como una pintura de Ingres; a mis muslos, inspiración de Balthus, a mi espalda perfecta y a mi vientre. A cada centímetro de mi cuerpo, siempre en comparación con otras. Nunca, nadie había sido más hermosa que yo: ni los labios, mejillas, cabellos, ni los largos cuellos que me antecedieron podían competir conmigo, según Rex. Freud dice que en toda relación sexual hay en la cama al menos cuatro. En nuestro caso, había cuando menos veinte. O treinta. O eso creí al principio. Poco a poco fui dándome cuenta de que si hubieran llegado las ex amantes de Rex a instalársenos al cuarto habríamos tenido que salirnos por falta de espacio.
—¿No sería bueno que usáramos condón? —sugerí.
Pero Rex fue categórico:
—¿Qué habría sido de los Grandes Amantes de la Historia de haberse andado con esas mezquindades? —dijo.
Acto seguido se levantó de la cama, se vistió y salió azotando la puerta.
Noche 386
Por alguna razón, me siento obligada a aclarar que tuve una infancia feliz, que mi padre me quiso mucho y que no fue machista. O tal vez sí, tal vez fue tan machista como otros. Pero esto nada tiene que ver entre Rex y yo. Lo que me pasa con él es cuestión de simple polaridad: los hombres buenos me aburren, igual que a todas las mujeres de mi generación que, como he dicho, es la X. Esto lo he podido constatar. La “corrección política” no es más que una forma cínica de la hipocresía. Es la pretensión de asepsia en los guantes de médicos con el bisturí oxidado. Y el mundo no es un quirófano.
Noche 514
Por las noches, después de despedirnos, Rex pone mi nombre debajo de su lengua. Allí lo guarda y paladea, como si fuera un chocolate. Para mí, en cambio, sus gestos se diluyen. Cuando no está, su cuerpo sobre mí desaparece. Sólo puedo recordar su voz. Como en una película que vi donde los personajes se dan cita por teléfono sin encontrarse jamás, Rex se me ha vuelto una presencia sonora, incorpórea. Rex es la forma de sus palabras. Y sus palabras, el amor que le han inspirado las mujeres que llegaron antes de mí.
Noche 702
Ayer trajo más mujeres al cuarto. Los nombres me sorprenden más que ellas mismas, me hacen imaginar mil y una posibilidades. La Que Lloró Con Ciorán; La Escorpiona; La Amada Inmóvil; La Monja Desatada. Todas con una historia y un modo de hacer el amor muy specíficos.
—Mis mujeres fueron siempre voluntariosas —dice Rex—. Sabían elegir sus posiciones. Arriba, o con las piernas cruzadas, de lado, cada cual según su gusto y preferencias.
Mi papel no hablado era imitarlas. Y más aún: superarlas. Si improvisaba algún gesto, Rex me llevaba sutilmente a la postura de alguna de ellas, La Mujer De Alcurnia Ancestral, por ejemplo, muy derechita sobre él aunque viendo al mundo con mirada desdeñosa, y me contaba su historia. Nunca llegué a conocer sus nombres verdaderos.
—Es por respeto —dijo Rex—. Para evitar que un día vayan a toparse por la calle.
Una tarde, haciendo el amor, tuve un levísimo atisbo de improvisación y al emprender, besando, el camino de su ingle a sus párpados me comparó con Eva. “La primera mujer”, pensé orgullosa, y en respuesta caminé desnuda por todo el cuarto antes de que llegara Jehová y me corriera del paraíso.
Noche 996
Había perdido la cuenta de la frecuencia con que nos veíamos, dada la relatividad con que había empezado a transcurrir el tiempo y los caprichos de Rex habían crecido, como es lógico. Para llevarlos a cabo comenzó a posponer sus viajes y conferencias, lo que no era poca cosa dados los ingresos que percibía o, más bien, que dejaba de percibir por estar conmigo. Inventaba pretextos cada vez más inverosímiles para no llegar a las citas, para estar lejos de su familia, y comenzó a ejercer sus funciones amatorias como un corredor de bolsa de Wall Street, a tiempo y de modo implacable. Yo era su amante, dijo, se debía a mí. ¿Qué otra cosa podía hacer sino corresponder con el mismo fervor a semejante entrega? De la noche a la mañana me vi obligada a superar las cuclillas de la Extremadamente Delgada, a sostener las piernas en vilo, por horas, como la Escorpiona, a perfeccionar los tiempos de La Rana o a quedarme quieta de perfil, como La Cucharita De Canto. Más frecuentemente, sin importar mi cansancio, debía moverme con frenesí extremo, agitando la melena al viento, como La Medusa De Ayer, la amante que más trabajo le había dado olvidar. Junto con los efectos de mi gimnasia amatoria debía soportar el hambre por horas, incluso días completos, pálida y ojerosa, sostenida sólo del comentario de Chateaubriand de que la Verdadera Amante ha de resistir los embates como una ciudad en ruinas. Por si esto fuera poco, uno de los días en que habíamos hecho el amor durante horas, sin dar tregua a los días anteriores, Rex decidió prender la tele del cuarto de hotel donde nos citábamos. Casi muero de espanto al ver el estoicismo con que Sharon Stone, totalmente desnuda y sentada sobre su amante, se ponía una corbata alrededor del cuello y, sin dejar de moverse, aguantaba la respiración mientras él, hundido en el más puro gozo, la estrangulaba durante el coito.
—Déjale ahí —dijo Rex, sirviéndose otro whiskito— no vayas a cambiarle.
Y luego, mirándome con intención:
—Así luego podemos tomar algunas ideas.
Me levanté como pude y, adolorida, caminé al servibar. Me explicó lo que haría conmigo cuando entrara al baño, cuando me agachara, intentando —inútilmente— vestirme, cuando horas después, me durmiera. “No habrá tregua”, advirtió.
Tomé una lata de Coca-Cola y la acerqué a mi oído. A través de ella pude oír el bombardeo virtual de una ciudad imaginaria.
Noche 1000 y una
Ayer, por la tarde, quise ponerle un ultimátum: o ellas o yo. Fue un momento de desesperación, lo reconozco. Estaba agotada de competir contra otras, quería ser amada por mí. “¡Pero si tú las contienes a todas!”, dijo Rex, emocionado. En ocasiones como ésa siento que no puedo defraudarlo. Lo peor que puede ocurrir es que llegue el día de mañana y que yo, solícita, me vea obligada a superar el placer de las noches anteriores. Lo segundo peor es que, agotado el repertorio, Rex me vea por fin tal como soy y decida entonces que ha llegado el momento fatal de hacerme formar parte del inventario.

Rosa Beltrán, Shere-Sade.

Rosa Beltrán

Raymond Carver, Parece una tontería

Parece una tontería
El sábado por la tarde fue a la pastelería del centro comercial. Después de mirar las fotografías de pasteles pegadas en las páginas de una especie de álbum, encargó uno de chocolate, el preferido de su hijo. El que escogió estaba adornado con una nave espacial y su plataforma de lanzamiento bajo una rociada de blancas estrellas, y con un planeta escarchado de color rojo en el otro extremo. El nombre del niño, SCOTTY, iría escrito en letras verdes bajo el planeta. El pastelero, que era un hombre mayor con cuello de toro, escuchó sin rechistar mientras ella le decía que el niño cumpliría ocho años el lunes siguiente. El pastelero llevaba un delantal blanco que parecía un guardapolvo. Los cordones le pasaban por debajo de los brazos, se cruzaban en la espalda y luego volvían otra vez delante, donde los había atado bajo su amplio vientre. Se secaba las manos en el delantal mientras la escuchaba. Seguía con la vista fija en las fotografías y la dejaba hablar. No la interrumpió. Acababa de llegar al trabajo y se iba a pasar toda la noche junto al horno, de modo que no tenía una gran prisa.
Ella le dio su nombre, Ann Weiss, y su número de teléfono. El pastel estaría hecho para el lunes por la mañana, recién sacado del horno, y con tiempo suficiente para la fiesta del niño, que era por la tarde. El pastelero no parecía animado. No hubo cortesía entre ellos, sólo las palabras justas, los datos indispensables. La hizo sentirse incómoda, y eso no le gustó. Mientras estaba inclinado sobre el mostrador con el lapicero en la mano, ella observó sus rasgos vulgares y se preguntó si habría hecho algo en la vida aparte de ser pastelero. Ella era madre, tenía treinta y tres años y le parecía que todo el mundo, sobre todo un hombre de la edad del pastelero, lo bastante mayor para ser su padre, debería haber tenido niños y conocer ese momento tan especial de las tartas y las fiestas de cumpleaños. Deberían de tener eso en común, pensó ella. Pero la trataba de una manera brusca; no grosera, simplemente brusca. Renunció a hacerse amiga suya. Miró hacia el fondo de la pastelería y vio una mesa de madera, grande y sólida, con moldes pasteleros de aluminio amontonados en un extremo; y, junto a la mesa, un recipiente de metal lleno de rejillas vacías. Había un horno enorme. Una radio tocaba música country-western.
El pastelero terminó de anotar los datos en la libreta de encargos y cerró el álbum de fotografías. La miró y dijo: —El lunes por la mañana.
Ella le dio las gracias y se volvió a su casa.
El lunes por la mañana, el niño del cumpleaños se dirigía andando a la escuela con un compañero. Se iban pasando una bolsa de patatas fritas, y el niño intentaba adivinar lo que su amigo le regalaría por la tarde. El niño bajó de la acera en un cruce, sin mirar, y fue inmediatamente atropellado por un coche. Cayó de lado, con la cabeza junto al bordillo y las piernas sobre la calzada. Tenía los ojos cerrados, pero movía las piernas como si tratara de subir por algún sitio. Su amigo soltó las patatas fritas y se puso a llorar. El coche recorrió unos treinta metros y se detuvo en medio de la calle. El conductor miró por encima del hombro. Esperó hasta que el muchacho se levantó tambaleante. Oscilaba un poco. Parecía atontado, pero ileso. El conductor puso el coche en marcha y se alejó.
El niño del cumpleaños no lloró, pero tampoco tenía nada que decir. No contestó cuando su amigo le preguntó qué pasaba cuando a uno le atropellaba un coche. Se fue andando a casa y su amigo continuó hacia el colegio. Pero, después de entrar y contárselo a su madre —que estaba sentada a su lado en el sofá diciendo: «Scotty, cariño, ¿estás seguro de que te encuentras bien?», y pensando en llamar al médico de todos modos—, se tumbó de pronto en el sofá, cerró los ojos y se quedó inmóvil. Ella, al ver que no podía despertarle, corrió al teléfono y llamó a su marido al trabajo. Howard le dijo que conservara la calma, que se mantuviera tranquila, y después pidió una ambulancia para su hijo y él, por su parte, se dirigió al hospital.
Desde luego, la fiesta de cumpleaños fue cancelada. El niño estaba en el hospital, conmocionado. Había vomitado y sus pulmones habían absorbido un líquido que sería necesario extraerle por la tarde. En aquellos momentos parecía sumido en un sueño muy profundo, pero no estaba en coma, según recalcó el doctor Francis cuando vio la expresión inquieta de los padres. A las once de la noche, cuando el niño parecía descansar bastante tranquilo después de muchos análisis y radiografías y no había nada más que hacer que esperar a que se despertara y volviera en sí, Howard salió del hospital. Ann y él no se habían movido del lado del niño desde la tarde, y se dirigía a casa a darse un baño y cambiarse de ropa.
—Volveré dentro de una hora —dijo.
Ella asintió con la cabeza.
—Muy bien —repuso—. Aquí estaré.
Howard la besó en la frente y se cogieron las manos. Ella se sentó en la silla, junto a la cama, y miró al niño. Esperaría a que se despertara, recuperado. Luego podría descansar.
Howard volvió a casa. Condujo muy deprisa por las calles mojadas; luego se dominó y aminoró la velocidad. Hasta entonces la vida le había ido bien y a su entera satisfacción: universidad, matrimonio, otro año de facultad para lograr una titulación superior en administración de empresas, miembro de una sociedad inversora. Padre. Era feliz y, hasta el momento, afortunado; era consciente de ello. Sus padres aún vivían, sus hermanos y su hermana estaban establecidos, sus amigos de universidad se habían dispersado para ocupar su puesto en la sociedad. Hasta el momento se había librado de la desgracia, de aquellas fuerzas cuya existencia conocía y que podían incapacitar o destruir a un hombre si la mala suerte se presentaba o si las cosas se ponían mal de repente. Se metió por el camino de entrada y paró. Le empezó a temblar la pierna izquierda. Se quedó en el coche un momento y trató de encarar la situación de manera racional. Un coche había atropellado a Scotty. El niño estaba en el hospital, pero él tenía la seguridad de que se pondría bien. Howard cerró los ojos y se pasó la mano por la cara. Bajó del coche y se dirigió a la puerta principal. El perro ladraba dentro de la casa. El teléfono sonaba con insistencia mientras él abría y buscaba a tientas el interruptor de la luz. No tenía que haber salido del hospital. No debía haberse marchado.
—¡Maldita sea! —exclamó.
Descolgó el teléfono.
—¡Acabo de entrar por la puerta!
—Tenemos un pastel que no han recogido —dijo la voz al otro lado de la línea.
—¿Cómo dice? —preguntó Howard.
—Un pastel —repitió la voz—. Un pastel de dieciséis dólares.
Howard apretó el aparato contra la oreja, tratando de entender.
—No sé nada de un pastel —dijo—. ¿De qué me habla, por Dios?
—No me venga con ésas —dijo la voz.
Howard colgó. Fue a la cocina y se sirvió un whisky. Llamó al hospital. Pero el niño seguía en el mismo estado; dormía y no había habido cambio alguno. Mientras la bañera se llenaba, Howard se enjabonó la cara y se afeitó. Acababa de meterse en la bañera y de cerrar los ojos cuando volvió a sonar el teléfono. Salió de la bañera con dificultad, cogió una toalla y fue corriendo al teléfono diciéndose: «Idiota, idiota», por haberse marchado del hospital.
—¡Diga! —gritó al descolgar.
No se oyó nada al otro extremo de la línea. Entonces colgaron.
Llegó al hospital poco después de media noche. Ann seguía sentada en la silla, junto a la cama. Levantó la cabeza hacia Howard y luego miró de nuevo al niño. Scotty tenía los ojos cerrados y la cabeza vendada. La respiración era tranquila y regular. De un aparato que se alzaba cerca de la cama pendía una botella de glucosa con un tubo que iba de la botella al brazo del niño.
—¿Qué tal está? ¿Qué es todo eso? —preguntó Howard, señalando la glucosa y el tubo.
—Prescripción del doctor Francis —contestó ella—. Necesita alimento. Tiene que conservar las fuerzas. ¿Por qué no se despierta, Howard? Si está bien, no entiendo por qué.
Howard apoyó la mano en la nuca de Ann. Le acarició el pelo con los dedos.
—Se pondrá bien. Se despertará dentro de poco. El doctor Francis sabe lo que hace.
Al cabo del rato, añadió:
—Quizá deberías ir a casa y descansar un poco. Yo me quedaré aquí. Pero no hagas caso del chalado ese que no deja de llamar. Cuelga inmediatamente.
—¿Quién llama?
—No lo sé. Alguien que no tiene otra cosa que hacer que llamar a la gente. Vete ahora.
Ella meneó la cabeza.
—No —dijo—, estoy bien.
—Sí, pero ve a casa un rato y vienes a despertarme por la mañana. Todo irá bien. ¿Qué ha dicho el doctor Francis? Que Scotty se pondrá bien. No tenemos que preocuparnos. Está durmiendo, eso es todo.
Una enfermera abrió la puerta. Les saludó con la cabeza y se acercó a la cama. Sacó el brazo del niño de debajo de las sábanas, le cogió con los dedos la muñeca, le encontró el pulso y consultó el reloj. Al cabo de un momento volvió a meter el brazo bajo las sábanas y se acercó a los pies de la cama donde anotó algo en una tablilla.
—¿Qué tal está? —preguntó Ann.
La mano de Howard le pesaba en el hombro. Sentía la presión de sus dedos.
—Estado estacionario —dijo la enfermera—. El doctor volverá a pasar pronto. Acaba de llegar. Ahora está haciendo la ronda.
—Estaba diciéndole a mi mujer que podría ir a casa a descansar un poco —dijo Howard—. Después de que venga el doctor.
—Claro que sí —repuso la enfermera—. Creo que los dos podrían hacerlo perfectamente, si lo desean.
La enfermera era una escandinava alta y rubia. Hablaba con un poco de acento.
—Ya veremos lo que dice el doctor —dijo Ann—. Quiero hablar con él. No creo que deba seguir durmiendo así. Me parece que no es buena señal.
Se llevó la mano a los ojos e inclinó un poco la cabeza. La mano de Howard le apretó el hombro, luego se desplazó hacia su nuca y le dio un masaje en los músculos tensos.
—El doctor Francis vendrá dentro de unos minutos —dijo la enfermera, saliendo de la habitación.
Howard miró a su hijo durante unos momentos, el breve pecho que subía y bajaba con movimientos regulares bajo las sábanas. Por primera vez desde los terribles momentos que sucedieron a la llamada de Ann a su oficina, sintió que el miedo se apoderaba verdaderamente de él. Empezó a menear la cabeza. Scotty estaba bien, pero en vez de dormir en casa, en su cama, estaba en un hospital con la cabeza vendada y un tubo en el brazo. Y eso era lo que necesitaba en aquel momento.
Entró el doctor Francis y le estrechó la mano a Howard, aunque se habían visto unas horas antes. Ann se levantó de la silla.
—¿Doctor? —dijo.
—Ann —contestó él, saludándola con un movimiento de cabeza—. Veamos primero cómo va.
Se acercó a la cama y le tomó el pulso al niño. Le alzó un párpado y luego el otro. Howard y Ann, al lado del doctor, miraban. Luego el médico retiró las sábanas y escuchó el corazón y los pulmones del niño con el estetoscopio. Palpó el abdomen con los dedos, aquí y allá. Cuando terminó, se acercó a los pies de la cama y estudió el cuadro. Anotó la hora, escribió algo en la tablilla y luego miró a Ann y a Howard.
—¿Qué tal está, doctor? —preguntó Howard—. ¿Qué tiene exactamente?
—¿Por qué no se despierta? —dijo Ann.
El médico era un hombre guapo, de hombros anchos y rostro tostado por el sol. Llevaba un traje azul con chaleco, corbata a rayas y gemelos de marfil. Con los cabellos grises bien peinados por las sienes, parecía recién llegado de un concierto.
—Está bien —afirmó el médico—. No es para echar las campanas al vuelo, podría ir mejor, según creo. Pero no es grave. Sin embargo, me gustaría que se despertase. Tendría que volver en sí muy pronto.
El médico miró al niño una vez más.
—Sabremos algo más dentro de un par de horas, cuando conozcamos los resultados de otros cuantos análisis. Pero no tiene nada, créanme, excepto una leve fractura de cráneo. Eso sí.
—¡Oh, no! —exclamó Ann.
—Y un ligero traumatismo, como ya les he dicho. Desde luego, ya ven que está conmocionado. Con la conmoción, a veces ocurre esto. Este sueño profundo.
—Pero, ¿está fuera de peligro? —preguntó Howard—. Antes dijo usted que no estaba en coma. Así que a esto no lo llama usted estar en coma, ¿verdad, doctor?
Howard esperó. Miró al médico.
—No, yo no diría que esté en coma —dijo el médico, mirando de nuevo al niño—. Está sumido en un sueño profundo, nada más. Es una reacción instintiva del organismo. Está fuera de peligro, de eso estoy completamente seguro, sí. Pero sabremos más cuando se despierte y conozcamos el resultado de los demás análisis.
—Está en coma —afirmó Ann—. Bueno, en una especie de coma.
—No es coma; todavía no. No exactamente. Yo no diría que es coma. Todavía no, en todo caso. Ha sufrido una conmoción. En estos casos, esta clase de reacción es bastante corriente; es una respuesta momentánea al traumatismo corporal. Coma. Bueno, el coma es un estado prolongado de inconsciencia, algo que puede durar días o incluso semanas. No es el caso de Scotty, por lo que sabemos hasta el momento. Estoy convencido de que su situación mejorará por la mañana. Ya lo creo. Sabremos más cuando se despierte, cosa que ya no tardará mucho. Claro que ustedes pueden hacer lo que quieran, quedarse aquí o irse a casa un rato. Pero, por favor, márchense del hospital con toda tranquilidad, si así lo desean. Ya sé que no es fácil.
El doctor miró de nuevo al niño, le observó, se volvió a Ann y dijo: —Trate de no preocuparse, mamá. Créame, estamos haciendo todo lo posible. Ya sólo es cuestión de un poco más de tiempo.
La saludó con la cabeza, estrechó la mano de Howard y salió de la habitación.
Ann puso la mano sobre la frente del niño.
—Al menos no tiene fiebre —dijo—. Pero, ¡qué frío está, Dios mío! ¿Howard? ¿Crees que esa temperatura es normal? Tócale la cabeza.
Howard tocó las sienes del niño. Contuvo el aliento.
—Creo que es normal que se encuentre así en estas circunstancias —dijo—. Está conmocionado, ¿recuerdas? Eso es lo que ha dicho el médico. El doctor acaba de estar aquí. Si Scotty no estuviese bien, habría dicho algo.
Ann permaneció en pie un momento, mordisqueándose el labio. Luego fue hacia la silla y se sentó.
Howard se acomodó en la silla de al lado. Se miraron. El quería decir algo más para tranquilizarla, pero también tenía miedo. Le cogió la mano y se la puso en el regazo, y el tener allí su mano le hizo sentirse mejor. Luego se la apretó y la guardó entre las suyas. Así permanecieron durante un rato, mirando al niño, sin hablar. De vez en cuando, él le apretaba la mano. Finalmente, Ann la retiró.
—He rezado —dijo.
El asintió.
—Creía que casi se me había olvidado, pero se me ha venido a la cabeza. Lo único que he tenido que hacer ha sido cerrar los ojos y decir: «Por favor, Dios, ayúdanos, ayuda a Scotty», y lo demás ha sido fácil. Las palabras me salían solas. Quizá, si tú también rezaras...
—Ya lo he hecho —repuso él—. He rezado esta tarde; ayer por la tarde, quiero decir, después de que llamaras, mientras iba al hospital. He rezado.
—Eso está bien.
Por primera vez sintió Ann que estaban juntos en aquella desgracia. Comprendió sobresaltada que, hasta entonces, aquello sólo le había ocurrido a ella y a Scotty. Había dejado a Howard al margen, aunque estuviera en ello desde el principio. Se alegraba de ser su mujer.
Entró la misma enfermera, le volvió a tomar el pulso al niño y comprobó el flujo de la botella que colgaba encima de la cama.
Al cabo de una hora entró otro médico. Dijo que se llamaba Parsons, de Radiología. Tenía un tupido bigote. Llevaba mocasines, vaqueros y camisa del Oeste.
—Vamos a bajarle para hacerle otras radiografías —les dijo—. Necesitamos más, y queremos hacerle una exploración.
—¿Qué es eso? —preguntó Ann—. ¿Una exploración?
Estaba de pie, entre el médico nuevo y la cama.
—Creí que ya le habían hecho todas las radiografías.
—Me temo que nos hacen falta más. No es para alarmarse. Necesitamos simplemente otras radiografías, y queremos hacerle una exploración en el cerebro.
—¡Dios mío! —exclamó Ann.
—Es un procedimiento enteramente normal en estos casos —dijo el médico nuevo—. Necesitamos saber exactamente por qué no se ha despertado todavía. Es un procedimiento médico normal y no hay que inquietarse por eso. Lo bajaremos dentro de un momento.
Al cabo de un rato, dos celadores entraron en la habitación con una camilla con ruedas. Eran de tez y cabellos morenos, llevaban uniformes blancos y se dijeron unas palabras en una lengua extranjera mientras le quitaban el tubo al niño y lo pasaban de la cama a la camilla. Luego lo sacaron de la habitación. Howard y Ann subieron al mismo ascensor. Ann miraba al niño. Cerró los ojos cuando el ascensor empezó a bajar. Los celadores iban a cada extremo de la camilla sin decir nada, aunque uno de ellos dijo en cierto momento algo en su lengua, y el otro asintió despacio con la cabeza. Más tarde, cuando el sol empezaba a iluminar las ventanas de la sala de espera de la sección de radiología, sacaron al niño y volvieron a subirlo a la habitación. Howard y Ann volvieron a subir con él en el ascensor, y de nuevo ocuparon su sitio junto a la cama.
Esperaron todo el día, pero el niño no se despertó. De cuando en cuando, uno de ellos salía de la habitación para bajar a la cafetería a tomar un café y luego, como si recordaran de repente y se sintieran culpables, se levantaban de la mesa y volvían apresuradamente a la habitación. El doctor Francis volvió por la tarde, examinó al niño otra vez y se marchó después de comunicarles que estaba volviendo en sí y se despertaría en cualquier momento. Las enfermeras, diferentes de las de la noche, entraban de vez en cuando. Entonces una joven del laboratorio llamó y entró. Vestía pantalones y blusa blanca, y llevaba una bandejita con cosas que puso sobre la mesilla de noche. Sin decir palabra, sacó sangre del brazo del niño. Howard cerró los ojos cuando la enfermera encontró el punto adecuado para clavar la aguja.
—No lo entiendo —le dijo Ann.
—Instrucciones del doctor —dijo la joven—. Yo hago lo que me dicen. Me dicen que haga una toma y yo la hago. De todos modos, ¿qué es lo que le pasa? Es encantador.
—Le ha atropellado un coche —contestó Howard—. El conductor se dio a la fuga.
La joven meneó la cabeza y volvió a mirar al niño. Luego cogió la bandeja y salió de la habitación.
—¿Por qué no se despierta? —dijo Ann—. ¿Howard? Quiero que esta gente me responda.
Howard no contestó. Volvió a sentarse en la silla y cruzó las piernas. Se pasó las manos por la cara. Miró a su hijo y luego se recostó en la silla; cerró los ojos y se quedó dormido. Ann fue a la ventana y miró al aparcamiento. Era de noche, y los coches entraban y salían con los faros encendidos. De pie frente a la ventana, con las manos apoyadas en el alféizar, en lo más profundo de su ser sentía que algo pasaba, algo grave. Tuvo miedo, y los dientes le empezaron a castañetear hasta que apretó la mandíbula. Vio un coche grande que se detenía frente al hospital y alguien, una mujer con un abrigo largo, se metió en él. Deseaba ser aquella mujer y que alguien, cualquiera, la llevase a otro sitio, a un lugar donde la esperase Scotty cuando ella saliera del coche, pronto a decir: ¡Mamá!, y a dejar que le rodeara con sus brazos.
Poco después se despertó Howard. Miró al niño. Luego se levantó, se desperezó y se dirigió a la ventana, a su lado. Los dos miraron al aparcamiento. No dijeron nada. Pero parecían comprenderse hasta lo más profundo, como si la inquietud les hubiese vuelto transparentes del modo más natural del mundo.
Se abrió la puerta y entró el doctor Francis. Esta vez llevaba un traje y una corbata diferentes. Tenía los cabellos grises bien peinados sobre las sienes y parecía recién afeitado. Fue derecho a la cama y examinó al niño.
—Tendría que haber despertado ya. No hay razón para que continúe así —dijo—. Pero les aseguro que todos estamos convencidos de que está fuera de peligro. No hay razón en absoluto para que no vuelva en sí. Muy pronto. Bueno, cuando se despierte tendrá una jaqueca espantosa, desde luego. Pero sus constantes son buenas. Son lo más normales posible.
—Entonces, ¿está en coma? —preguntó Ann.
El médico se frotó la lisa mejilla.
—Llamémoslo así de momento, hasta que despierte. Pero ustedes deben estar muy cansados. Esto es duro. Mucho. Váyanse tranquilamente a tomar un bocado. Les vendrá bien. Dejaré una enfermera aquí con él mientras ustedes están fuera, si es que con eso se van más tranquilos. Vamos, vayan a comer algo.
—Yo no podría tomar nada —dijo Ann.
—Hagan lo que quieran, claro —dijo el médico—. De todos modos quiero decirles que las constantes son buenas, que los análisis son negativos, que no hemos encontrado nada y que, cuando despierte, saldrá del paso.
—Gracias, doctor —dijo Howard.
Volvieron a darse la mano. El médico le dio una palmadita en el hombro y salió.
—Creo que uno de nosotros debería ir a casa a echar un vistazo —dijo Howard—. Hay que dar de comer a Slug, en primer lugar.
—Llama a un vecino —sugirió Ann—. A los Morgan. Cualquiera dará de comer al perro, si se le pide.
—Muy bien —dijo Howard.
Al cabo de un momento, añadió:
—¿Por qué no lo haces tú, cariño? ¿Por qué no vas a casa a echar un vistazo y vuelves luego? Te vendría bien. Yo me quedaría aquí con él. En serio. Necesitamos conservar las fuerzas. Tendremos que quedarnos aquí un tiempo incluso después de que despierte.
—¿Por qué no vas tú? —dijo ella—. Da de comer a Slug. Come tú.
—Yo ya he ido. He estado fuera una hora y quince minutos, exactamente. Vete a casa una hora y refréscate. Y luego vuelves.
Ann trató de pensarlo, pero estaba demasiado cansada. Cerró los ojos e intentó considerarlo de nuevo. Al cabo de un momento dijo: —Quizá vaya a casa unos minutos. A lo mejor, si no estoy aquí sentada mirándole todo el tiempo, despertará y se pondrá bien. ¿Sabes? Tal vez se despierte si no estoy aquí. Iré a casa, tomaré un baño y me pondré ropa limpia. Daré de comer a Slug y luego volveré.
—Yo me quedaré. Tú ve a casa, cariño. Yo veré cómo van las cosas por aquí.
Tenía los ojos empequeñecidos e inyectados en sangre, como si hubiera estado bebiendo durante mucho tiempo. Sus ropas estaban arrugadas. Le había crecido la barba. Ella le tocó la cara y retiró la mano en seguida. Comprendió que quería estar solo un rato, no tener que hablar ni compartir la inquietud. Cogió el bolso de la mesilla de noche y él la ayudó a ponerse el abrigo.
—No tardaré mucho —dijo.
—Siéntate y descansa un poco cuando llegues a casa —dijo él—. Come algo. Date un baño. Y después, siéntate y descansa. Te sentará muy bien, ya verás. Luego vuelve. Tratemos de no preocuparnos. Ya has oído lo que ha dicho el doctor Francis.
Permaneció de pie con el abrigo puesto durante unos momentos, intentando recordar las palabras exactas del médico, buscando matices, indicios que pudieran dar un sentido distinto a lo que había dicho. Intentó recordar si sus rasgos habían cambiado cuando se inclinó a examinar al niño. Recordó cómo había dormido, la expresión de su rostro cuando le levantaba los párpados y escuchaba su respiración.
Fue hasta la puerta y se volvió. Miró al niño y luego al padre. Howard asintió con la cabeza. Salió de la habitación y cerró la puerta tras ella.
Pasó delante del cuarto de las enfermeras y llegó al fondo del pasillo, buscando el ascensor. Al final del corredor, torció a la derecha y entró en una pequeña sala de espera donde vio a una familia negra sentada en sillones de mimbre. Había un hombre maduro con camisa y pantalón caqui, y una gorra de béisbol echada hacia atrás. Una mujer gruesa, en bata y zapatillas, estaba desplomada en una butaca. Una adolescente en vaqueros, con docenas de trenzas diminutas, estaba tumbada cuan larga era en un sofá, con las piernas cruzadas y fumando un cigarrillo. Al entrar Anna, la familia la miró. La mesita estaba cubierta de envoltorios de hamburguesas y de vasos de plástico.
—Franklin —dijo la mujer gorda, incorporándose—. ¿Se trata de Franklin?
Tenía los ojos dilatados.
—Dígame, señora —insistió—. ¿Se trata de Franklin?
Intentaba levantarse de la butaca, pero el hombre la sujetó del brazo.
—Vamos, vamos —dijo—, Evelyn.
—Lo siento —dijo Ann—. Estoy buscando el ascensor. Mi hijo está en el hospital y ahora no puedo encontrar el ascensor.
—El ascensor está por ahí, a la izquierda —dijo el hombre, señalando con el dedo.
La muchacha dio una calada al cigarrillo y miró a Ann. Sus ojos parecían rendijas, y sus labios anchos se separaron despacio al soltar el humo. La mujer negra dejó caer la cabeza sobre los hombros y dejó de mirar a Ann, que ya no le interesaba.
—A mi hijo lo ha atropellado un coche —le dijo Ann al hombre. Era como si necesitara explicarse—. Tiene un traumatismo y una ligera fractura de cráneo, pero se pondrá bien. Ahora está conmocionado, pero también podría ser una especie de coma. Eso es lo que de verdad nos preocupa, lo del coma. Yo voy a salir un poco, pero mi marido se queda con él. A lo mejor se despierta mientras estoy fuera.
—Es una lástima —contestó el hombre, removiéndose en el sillón.
Bajó la cabeza hacia la mesa y luego volvió a mirar a Ann. Aún seguía allí de pie.
—Nuestro Franklin está en la mesa de operaciones. Le han dado un navajazo. Han intentado matarle. Hubo una pelea donde él estaba. En una fiesta. Dicen que sólo estaba mirando. Sin meterse con nadie. Pero eso no significa nada en estos días. Esperamos y rezamos, eso es todo lo que se puede hacer.
No dejaba de mirarla.
Ann miró de nuevo a la muchacha, que seguía con la vista fija en ella, y a la mujer mayor, que continuaba con la cabeza gacha, aunque ahora con los ojos cerrados. Ann la vio mover los labios, formando palabras. Sintió deseos de preguntarle cuáles eran. Quería hablar más con aquellas personas que estaban en la misma situación de espera que ella. Tenía miedo, y aquella gente también. Tenían eso en común. Le hubiera gustado tener algo más que decir respecto al accidente, contarles más cosas de Scotty, que había ocurrido el día de su cumpleaños, el lunes, y que seguía inconsciente. Pero no sabía cómo empezar. Se quedó allí de pie, mirándolos, sin decir nada más.
Fue por el pasillo que le había indicado aquel hombre y encontró el ascensor. Esperó un momento frente a las puertas cerradas, preguntándose aún si estaba haciendo lo más conveniente. Luego extendió la mano y pulsó el botón.
Se metió en el camino de entrada y paró el coche. Cerró los ojos y apoyó un momento la cabeza sobre el volante. Escuchó los ruiditos que hacía el motor al empezar a enfriarse. Luego salió del coche. Oyó ladrar al perro dentro de la casa. Fue a la puerta de entrada, que no estaba cerrada con llave. Entró, encendió las luces y puso una tetera al fuego. Abrió una lata de comida para perros y se la dio a Slug en el porche de atrás. El perro comió con avidez, a pequeños lametazos. No dejaba de entrar corriendo a la cocina para ver si ella se iba a quedar. Al sentarse en el sofá con el té, sonó el teléfono.
—¡Sí! —dijo al descolgar—. ¿Dígame?
—Señora Weiss —dijo una voz de hombre.
Eran las cinco de la mañana, y creyó oír máquinas o aparatos de alguna clase al fondo.
—¡Sí, sí! ¿Qué pasa? —dijo—. Soy la señora Weiss. Soy yo. ¿Qué ocurre, por favor?
Escuchó los ruidos de fondo.
—¿Se trata de Scotty? ¡Por amor de Dios!
—Scotty —dijo la voz de hombre—. Se trata de Scotty, sí. Este problema tiene que ver con Scotty. ¿Se ha olvidado de Scotty?
Colgó.
Ann marcó el número del hospital y pidió que la pusieran con la tercera planta. Requirió noticias de su hijo a la enfermera que contestó el teléfono. Luego dijo que quería hablar con su marido. Se trataba, según explicó, de algo urgente.
Esperó, enredando el hilo del teléfono entre los dedos. Cerró los ojos y sintió náuseas. Tenía que comer algo, forzosamente. Slug entró desde el porche y se tumbó a sus pies. Movió el rabo. Ann le tiró de la oreja mientras el animal le lamía los dedos. Se puso Howard.
—Acaba de llamar alguien —dijo con voz entrecortada, retorciendo el cordón del teléfono—. Dijo que era acerca de Scotty.
—Scotty va bien —le aseguró Howard—. Bueno, sigue durmiendo. No hay cambios. La enfermera ha venido dos veces desde que te marchaste. Una enfermera o una doctora. Está bien.
—Ha llamado un hombre. Dijo que era acerca de Scotty —insistió.
—Descansa un poco, cariño, necesitas reposo. Debe ser el mismo que me llamó a mí. No hagas caso. Vuelve después de que hayas descansado. Después desayunaremos o algo así.
—¿Desayunar? —dijo Ann—. No me apetece.
—Ya sabes lo que quiero decir. Zumo, o algo parecido. No sé. No sé nada, Ann. ¡Por Dios, yo tampoco tengo hambre! Es difícil hablar aquí, Ann. Estoy en el mostrador de recepción. El doctor Francis va a volver a las ocho de la mañana. Entonces tendrá algo que decirnos, algo más concreto. Eso es lo que ha dicho una de las enfermeras. No sabía nada más. ¿Ann? Tal vez sepamos algo más para entonces, cariño. A las ocho. Vuelve antes de las ocho. Entretanto, yo estoy aquí con Scotty, que está bien. Sigue igual.
—Yo estaba tomando una taza de té cuando sonó el teléfono. Dijeron que era acerca de Scotty. Había un ruido de fondo. ¿Había ruido de fondo en la llamada que atendiste tú, Howard?
—No me acuerdo —contestó él—. Quizá fuese el conductor del coche, que a lo mejor es un psicópata y se ha enterado de lo que le ha pasado a Scotty. Pero yo me quedo aquí con él. Descansa un poco, como pensabas. Date un baño y vuelve a las siete o cosa así, y cuando venga el médico hablaremos los dos con él. Todo saldrá bien, cariño. Yo estoy aquí, y hay médicos y enfermeras cerca. Dicen que su estado es estacionario.
—Tengo un susto de muerte —dijo Ann.
Dejó correr el agua, se desnudó y se metió en la bañera. Se enjabonó y se secó rápidamente, sin perder tiempo en lavarse el pelo. Se puso ropa interior limpia, pantalones de lana y un jersey. Fue al cuarto de estar, donde el perro la miró y golpeó una vez el suelo con el rabo. Estaba empezando a amanecer cuando salió y subió al coche.
Entró en el aparcamiento del hospital y encontró un sitio cerca de la puerta principal. Se sintió vagamente responsable de lo que le había ocurrido al niño. Dejó que sus pensamientos derivaran hacia la familia negra. Recordó el nombre de Franklin y la mesa cubierta de envoltorios de hamburguesas, y a la adolescente mirándola mientras fumaba el cigarrillo.
—No tengas hijos —le dijo a la imagen de la muchacha mientras entraba por la puerta del hospital—. Por amor de Dios, no los tengas.
Subió hasta el tercer piso en el ascensor con dos enfermeras que acababan de salir de servicio. Era miércoles por la mañana, poco antes de las siete. Había un empleado que buscaba a un tal doctor Madison cuando las puertas del ascensor se abrieron en la tercera planta. Salió detrás de las enfermeras, que se fueron en la otra dirección, reanudando la conversación que habían interrumpido cuando ella entró en el ascensor. Siguió por el corredor hasta la pequeña sala de espera donde estaba la familia negra. Se habían ido, pero los sillones estaban desordenados de tal modo que sus ocupantes parecían haberse levantado de ellos un momento antes. La mesa seguía cubierta con los mismos vasos y papeles, y el cenicero lleno de colillas.
Se detuvo ante el cuarto de enfermeras. Una enfermera estaba detrás del mostrador, peinándose y bostezando.
—Anoche había un muchacho negro en el quirófano —dijo Ann—. Se llamaba Franklin. Su familia estaba en la sala de espera. Me gustaría saber cómo está.
Otra enfermera, sentada a un escritorio detrás del mostrador, alzó la vista del gráfico que tenía delante. Sonó el teléfono y lo cogió, pero siguió mirando a Ann.
—Ha muerto —dijo la enfermera del mostrador; seguía con el cepillo del pelo en la mano, pero tenía la vista fija en Ann—. ¿Es usted amiga de la familia, o qué?
—Conocí a su familia anoche. Mi hijo también está en el hospital. Creo que está conmocionado. No sabemos con exactitud qué es lo que tiene. Me preguntaba cómo estaría Franklin, eso es todo.
Siguió por el pasillo. Las puertas de un ascensor, del mismo color que las paredes, se abrieron en silencio y un hombre calvo y escuálido con zapatos de lona y pantalones blancos sacó un pesado carrito. La noche anterior no se había fijado en aquellas puertas. El hombre empujó el carrito por el pasillo, se detuvo frente a la puerta más cercana al ascensor y consultó una tablilla. Luego se inclinó y sacó una bandeja del carrito. Llamó suavemente a la puerta y entró en la habitación. Ann olió el desagradable aroma de la comida caliente al pasar junto al carrito. Apretó el paso, sin mirar a ninguna enfermera, y abrió la puerta de la habitación del niño.
Howard estaba de pie junto a la ventana con las manos a la espalda. Se volvió al entrar ella.
—¿Cómo está? —preguntó Ann.
Se acercó a la cama. Dejó caer el bolso al suelo cerca de la mesilla de noche. Le parecía haber estado mucho tiempo fuera. Tocó el rostro del niño.
—¿Howard?
—El doctor Francis ha venido hace poco —dijo Howard.
Ann le observó con atención y pensó que tenía los hombros abatidos.
—Creía que no iba a venir hasta las ocho —se apresuró a decir.
—Vino otro médico con él. Un neurólogo.
—Un neurólogo —repitió ella.
Howard asintió con la cabeza. Ella vio claramente que tenía los hombros hundidos.
—¿Qué han dicho, Howard? ¡Por amor de Dios! ¿Qué han dicho? ¿Qué ocurre?
—Han dicho que van a bajarle para hacerle más pruebas, Ann. Creen que tendrán que operarle, cariño. Van a operarle, cielo. No comprenden por qué no despierta. Es algo más que una conmoción o un simple traumatismo, eso ya lo saben. Es en el cráneo, la fractura, creen que tiene algo..., algo que ver con eso. Así que van a operarle. Intenté llamarte, pero ya debías haber salido.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Oh, Howard, por favor! —exclamó, agarrándole de los brazos.
—¡Mira! —dijo Howard—. ¡Scotty! ¡Mira, Ann!
La volvió hacia la cama.
El niño había abierto los ojos, cerrándolos de nuevo. Volvió a abrirlos. Durante un momento sus ojos miraron al frente, luego se movieron despacio sobre las órbitas hasta fijarse en Howard y Ann para luego desviarse otra vez.
—Scotty —dijo su madre, acercándose a la cama.
—Hola, Scott —dijo su padre—. Hola, hijo.
Se inclinaron sobre la cama. Howard tomó entre las suyas la mano del niño, dándole palmadas y apretándosela. Ann le besó la frente una y otra vez. Le puso las manos en las mejillas.
—Scotty, cariño, somos mamá y papá —dijo ella—. ¿Scotty?
El niño los miró, pero sin dar muestras de reconocerlos. Luego se le abrió la boca, se le cerraron los ojos y gritó hasta que no le quedó aire en los pulmones. Entonces su rostro pareció relajarse y suavizarse. Se abrieron sus labios cuando el último aliento ascendió a su garganta y le salió suavemente entre los dientes apretados.
Los médicos lo denominaron una oclusión oculta, y dijeron que era un caso entre un millón. Tal vez, si hubiesen descubierto algo y operado inmediatamente, podrían haberle salvado. Pero lo más probable era que no. Al fin y al cabo, ¿qué habrían podido buscar? No había aparecido nada, ni en los análisis ni en las radiografías.
El doctor Francis estaba abatido.
—No puedo expresarles cómo me siento. Lo lamento tanto que no tengo palabras —les dijo mientras les conducía a la sala de médicos.
Había un médico sentado en una butaca con las piernas apoyadas en el respaldo de una silla, viendo un programa matinal de televisión. Llevaba el uniforme de la sala de partos, pantalones anchos, blusa y una gorra que le cubría el pelo, todo de color verde. Miró a Howard y Ann y luego al doctor Francis. Se levantó, apagó el aparato y salió de la habitación. El doctor Francis condujo a Ann al sofá, se sentó a su lado y empezó a hablar en tono bajo y consolador. En un momento dado, se inclinó y la abrazó. Ann sintió el pecho del médico inhalar y exhalar de manera regular contra su hombro. Mantuvo los ojos abiertos y le dejó abrazarla. Howard fue al baño, pero dejó la puerta abierta. Tras un violento acceso de llanto, abrió el grifo y se lavó la cara. Luego salió y se sentó en la mesita del teléfono. Miró al teléfono como si pensara en qué hacer primero. Hizo unas llamadas. Al cabo del rato, el doctor Francis utilizó el teléfono.
—¿Hay algo más que pueda hacer por el momento? —les preguntó.
Howard meneó la cabeza. Ann miró con fijeza al doctor Francis como si fuese incapaz de comprender sus palabras.
El médico los acompañó a la puerta del hospital. Eran las once de la mañana. Ann se dio cuenta de que movía los pies muy despacio, casi con desgana. Le parecía que el doctor Francis les obligaba a marcharse cuando ella tenía la impresión de que deberían quedarse, cuando quedarse era lo más adecuado. Miró al aparcamiento, se volvió y miró a la entrada del hospital. Meneó la cabeza.
—No, no —dijo—. No puedo dejarle aquí.
Oyó sus propias palabras y pensó que no era justo que utilizase el mismo lenguaje de la televisión, cuando la gente se siente agobiada por muertes repentinas o violentas. Quería encontrar palabras originales.
—No —repitió.
Sin saber por qué, le vino a la memoria la mujer negra con la cabeza caída sobre el hombro.
—No.
—Más tarde hablaré con usted —dijo el doctor Francis a Howard—. Aún tenemos tarea por delante, aspectos que debemos aclarar a nuestra entera satisfacción. Hay cosas que necesitan explicación.
—La autopsia —dijo Howard.
El doctor Francis asintió con la cabeza.
—Entiendo —dijo Howard, que añadió—: ¡Oh, Dios mío! No, no lo entiendo, doctor. No puedo, es imposible. Sencillamente, no puedo.
El doctor Francis le rodeó los hombros con el brazo.
—Lo siento. Bien sabe Dios que lo siento.
Le quitó el brazo de los hombros y le tendió la mano. Howard se quedó mirándola y luego la estrechó. El doctor Francis abrazó otra vez a Ann. Parecía lleno de cierta bondad que ella no llegaba a comprender. Apoyó la cabeza en su hombro pero mantuvo los ojos abiertos. No dejaba de mirar al hospital. Cuando se fueron, volvió la cabeza.
En casa, se sentó en el sofá con las manos en los bolsillos del abrigo. Howard cerró la puerta de la habitación del niño. Puso la cafetera y buscó una caja vacía. Había pensado recoger algunas cosas del niño que estaban esparcidas por el cuarto de estar. Pero en cambio se sentó junto a ella en el sofá, dejó la caja a un lado y se inclinó hacia adelante, con los brazos entre las rodillas. Se echó a llorar. Ella le puso la cabeza sobre sus rodillas y le dio palmaditas en la espalda.
—Se ha muerto —dijo.
Por encima de los sollozos de su marido oyó silbar la cafetera en la cocina.
—Vamos, vamos —dijo tiernamente—. Se ha muerto, Howard. Ya no está con nosotros y tenemos que acostumbrarnos. A estar solos.
Al cabo de un rato, Howard se levantó y empezó a deambular por la habitación con la caja en la mano. No metía nada en ella, sino que recogía algunas cosas del suelo y las ponía al lado del sofá. Ella siguió sentada con las manos en los bolsillos del abrigo. Howard dejó la caja y llevó el café al cuarto de estar. Más tarde, Ann llamó a algunos parientes. Después de cada llamada, cuando le contestaban, Ann decía unas palabras sin tino y lloraba durante unos momentos. Luego explicaba tranquilamente, con voz reposada, lo que había ocurrido y les informaba de los preparativos. Howard sacó la caja al garaje, donde vio la bicicleta de Scotty. Soltó la caja y se sentó en el suelo, junto a la bicicleta. Luego cogió la bicicleta y la abrazó torpemente. La estrechó contra sí, y el pedal de goma se le clavó en el pecho. Hizo girar una rueda.
Ann colgó después de hablar con su hermana. Buscaba otro número cuando el teléfono sonó. Lo cogió a la primera llamada.
—¿Diga?
Oyó un ruido de fondo, como un zumbido.
—¿Diga? —repitió—. ¡Por el amor de Dios! ¿Quién es? ¿Qué es lo que quiere?
—Su Scotty, lo tengo listo para usted —dijo la voz de hombre—. ¿Lo había olvidado?
—¡Será hijoputa! —gritó por el teléfono—. ¡Cómo puede hacer algo así, grandísimo cabrón!
—Scotty. ¿Se ha olvidado de Scotty? —dijo el hombre, y colgó.
Howard oyó los gritos, acudió y la encontró llorando con la cabeza apoyada en la mesa, entre los brazos. Cogió el aparato y escuchó la señal de marcar.

Mucho más tarde, justo antes de media noche, tras haberse ocupado de muchas cosas, el teléfono volvió a sonar.
—Contesta tú —dijo ella—. Es él, Howard, lo sé.
Estaban sentados a la mesa de la cocina, bebiendo café. Howard tenía un vaso pequeño de whisky junto a la taza. Contestó a la tercera llamada.
—¿Diga? ¿Quién es? ¡Diga! ¡Diga!
Colgaron.
—Ha colgado —dijo Howard—. Quienquiera que fuese.
—Era él —afirmó Ann—. El hijoputa ése. Me gustaría matarle. Me gustaría pegarle un tiro y ver cómo se retuerce.
—¡Por Dios, Ann!
—¿Has oído algo? ¿Un rumor de fondo? ¿Un ruido de máquinas, como un zumbido?
—Nada, de veras. Nada parecido —contestó Howard—. No ha habido bastante tiempo. Creo que había música. Sí, sonaba una radio, eso es todo lo que puedo decirte. No sé qué demonios pasa.
Ella meneó la cabeza.
—¡Si pudiera ponerle la mano encima! —dijo.
Entonces cayó en la cuenta. Sabía quién era. Scotty, la tarta, el número de teléfono. Retiró la silla de la mesa y se levantó.
—Llévame a la galería comercial, Howard.
—Pero, ¿qué dices?
—La galería comercial. Sé quién es el que llama. Sé quién es. El pastelero, el hijo de puta del pastelero, Howard. Le encargué una tarta para el cumpleaños de Scotty. Es él. Es él, que tiene el número y no deja de llamarnos. Para atormentarnos con el pastel. El pastelero, ese cabrón.

Fueron a la galería comercial. El cielo estaba claro y brillaban las estrellas. Hacía frío, y pusieron la calefacción del coche. Aparcaron delante de la pastelería. Todas las tiendas y almacenes estaban cerrados, pero había coches al otro extremo del aparcamiento, frente al cine. Las ventanas de la pastelería estaban oscuras, pero cuando miraron por el cristal vieron luz en la habitación del fondo y, de cuando en cuando, a un hombre corpulento con delantal que entraba y salía de la claridad, uniforme y mortecina. A través del cristal, Ann distinguió las vitrinas y unas mesitas con sillas. Intentó abrir la puerta. Llamó a la ventana. Pero si el pastelero los oyó, no dio señales de ello. No miró en su dirección.
Dieron la vuelta a la pastelería y aparcaron. Salieron del coche. Había una ventana iluminada, pero a demasiada altura como para que pudiera verse el interior. Cerca de la puerta trasera había un cartel que decía: REPOSTERIA, ENCARGOS. Ann oyó débilmente una radio y algo que crujía: ¿la puerta de un horno al bajarse? Llamó a la puerta y esperó. Luego volvió a llamar, más fuerte. Apagaron la radio y se oyó un ruido como de algo, un cajón, que se abriera y luego se cerrara.
Quitaron el cerrojo a la puerta y abrieron. El pastelero apareció en el umbral, atisbándolos.
—Está cerrado —dijo—. ¿Qué quieren a estas horas? Es media noche. ¿Están borrachos o algo por el estilo?
Ann dio un paso hacia la luz que salía de la puerta abierta. Al reconocerla, los pesados párpados del pastelero se abrieron y cerraron.
—Es usted —dijo.
—Soy yo. La madre de Scotty. Este es el padre de Scotty. Nos gustaría entrar.
—Ahora estoy ocupado —dijo el pastelero—. Tengo trabajo que hacer.
Ella había entrado de todos modos. Howard la siguió. El pastelero se apartó.
—Aquí huele a pastelería. ¿Verdad que huele a repostería, Howard?
—¿Qué es lo que quieren? —preguntó el pastelero—. A lo mejor quieren su tarta. Eso es, han decidido venir por ella. Usted encargó un pastel, ¿verdad?
—Es usted muy listo para ser pastelero —repuso ella—. Howard, éste es el hombre que no deja de llamarnos por teléfono.
Ann apretó los puños, mirándole con furia. Sentía que algo le consumía las entrañas, una cólera que le daba la impresión de ser más de lo que era, más que cualquiera de los dos hombres.
—Oiga, un momento —dijo el pastelero—. ¿Quiere recoger su pastel de tres días? ¿Es eso? No quiero discutir con usted, señora. Ahí está, poniéndose rancio. Se lo doy a la mitad del precio convenido. No. ¿Lo quiere? Pues es suyo. A mí ya no me vale de nada, ni a nadie. Ese pastel me ha costado tiempo y dinero. Si lo quiere, muy bien; si no lo quiere, pues bien también. Tengo que volver al trabajo.
Les miró y se pasó la lengua por los dientes.
—Más pasteles —dijo Ann.
Sabía que era dueña de sí, que dominaba lo que le consumía las entrañas. Estaba tranquila.
—Señora, trabajo dieciséis horas diarias en este local para ganarme la vida —dijo el pastelero, limpiándose las manos en el delantal—. Trabajo aquí día y noche para ir tirando.
Al rostro de Ann afloró una expresión que hizo retroceder al pastelero.
—Vamos, nada de líos —sugirió.
Alargó la mano derecha hacia el mostrador y cogió un rodillo que empezó a golpear contra la palma de la mano izquierda.
—¿Quiere el pastel, o no? Tengo que volver al trabajo. Los pasteleros trabajan de noche.
Tenía ojos pequeños y malévolos, pensó Ann, casi perdidos entre las gruesas mejillas erizadas de barba. Su cuello era voluminoso y grasiento.
—Ya sé que los pasteleros trabajan de noche —dijo Ann—. Y también llaman por teléfono de noche. ¡Hijoputa!
El pastelero siguió golpeando el rodillo contra la palma de la mano. Lanzó una mirada a Howard.
—Tranquilo, tranquilo —le dijo.
—Mi hijo ha muerto —dijo Ann con un tono frío y cortante—. El lunes por la mañana lo atropello un coche. Hemos estado con él hasta que murió. Pero naturalmente usted no tenía por qué saberlo, ¿verdad? Los pasteleros no lo saben todo, ¿verdad, señor pastelero? Pero Scotty ha muerto. ¡Ha muerto, hijoputa!
De la misma manera súbita en que brotó, la cólera se apagó dando paso a otra cosa, a una sensación de náusea y de vértigo. Se apoyó en la mesa de madera salpicada de harina, se llevó las manos a la cara y se echó a llorar, sacudiendo los hombros de atrás adelante.
—No es justo —dijo—. No es justo, no lo es.
Howard la abrazó por la cintura y miró al pastelero.
—Debería darle vergüenza —dijo al pastelero—. ¡Qué vergüenza!
El pastelero dejó el rodillo de amasar en el mostrador. Se desató el delantal y lo arrojó al mismo sitio. Los miró y meneó la cabeza, despacio. Sacó una silla de debajo de la mesa de juego, sobre la que había papeles y recetas, una calculadora y una guía telefónica.
—Siéntense, por favor —dijo a Howard—. Permítanme que les ofrezca una silla. Tomen asiento, por favor.
Fue hacia la parte delantera de la tienda y volvió con dos sillitas de hierro forjado.
—Siéntense ustedes, por favor.
Ann se secó las lágrimas y miró al pastelero.
—Quisiera matarle —dijo—. Verle muerto.
El pastelero hizo sitio en la mesa. Puso a un lado la calculadora, junto con los montones de papeles y recetas. Tiró la guía de teléfonos al suelo, donde aterrizó con un golpe seco. Howard y Ann se sentaron y acercaron las sillas a la mesa. El pastelero hizo lo mismo.
—Permítanme decirles cuánto lo siento —dijo el pastelero, apoyando los codos en la mesa—. Sólo Dios sabe cómo lo lamento. Escuchen. Sólo soy un pastelero. No pretendo ser otra cosa. Quizá antes, hace años, fuese un ser humano diferente. Lo he olvidado, no lo sé seguro. Pero si alguna vez lo fui, ya no lo soy. Ahora soy un simple pastelero. Eso no justifica lo que he hecho, lo sé. Pero lo siento mucho. Lo siento por su hijo, y por la actitud que he adoptado.
Puso las manos sobre la mesa y las volvió hacia arriba para mostrar las palmas.
—Yo no tengo hijos, de modo que sólo puedo imaginarme lo que sienten. Lo único que puedo decirles es que lo siento. Perdónenme, si pueden. No creo ser mala persona. Ni un cabrón, como dijo usted por teléfono. Tienen que comprender que todo esto viene de que ya no sé cómo comportarme, por decirlo así. Por favor, permítanme preguntarles si pueden perdonarme de corazón.
Hacía calor en la pastelería. Howard se levantó, se quitó el abrigo y ayudó a Ann a quitarse el suyo. El pastelero les miró un momento, asintió con la cabeza y se levantó a su vez. Fue al horno y pulsó unos interruptores. Cogió tazas y sirvió café de una cafetera eléctrica. Sobre la mesa puso un cartón de leche y un tazón de azúcar.
—Quizá necesiten comer algo —dijo el pastelero—. Espero que prueben mis bollos calientes. Tienen que comer para conservar las fuerzas. En momentos como éste, comer parece una tontería, pero sienta bien.
Les sirvió bollos de canela recién sacados del horno, con la capa de azúcar aún sin endurecer. Sobre la mesa puso mantequilla y cuchillos para extenderla. Luego se sentó con ellos a la mesa. Esperó. Aguardó hasta que cogieron un bollo y empezaron a comer.
—Sienta bien comer algo —dijo, mirándolos—. Hay más. Coman. Coman todo lo que quieran. Hay bollos para dar y tomar.
Comieron bollos de canela y bebieron café. Ann sintió hambre de pronto y los bollos eran dulces y estaban calientes. Comió tres, cosa que agradó al pastelero. Luego él empezó a hablar. Le escucharon con atención. Aunque estaban cansados y angustiados, escucharon todo lo que el pastelero tenía que decirles. Asintieron cuando el pastelero les habló de la soledad, de la sensación de duda y de limitación que le había sobrevenido en sus años maduros. Les contó lo que había sido vivir sin hijos durante todos aquellos años. Un día tras otro, con los hornos llenos y vacíos sin cesar. La preparación de banquetes y fiestas. Los glaseados espesos. Las diminutas parejas de novios colocadas en las tartas de boda. Centenares de ellos, no, miles, hasta la fecha. Cumpleaños. Imagínense cuántas velas encendidas. Su trabajo era indispensable. Él era pastelero. Se alegraba de no ser florista. Era preferible alimentar a la gente. El olor era mucho mejor que el de las flores.
—Huelan esto —dijo el pastelero, partiendo una hogaza de pan negro—. Es un pan pesado, pero sabroso.
Lo olieron y luego él se lo dio a probar. Tenía sabor a miel y a grano grueso. Le escucharon. Comieron lo que pudieron. Se comieron todo el pan negro. Parecía de día a la luz de los tubos fluorescentes. Hablaron hasta que el amanecer arrojó una luz pálida por las altas ventanas, y ni se les ocurría marcharse.

Raymond Carver, Parece una tontería (Catedral). 1983.

Raymond Carver


A Small, Good Thing
Saturday afternoon she drove to the bakery in the shopping center. After looking through a loose-leaf binder with photographs of cakes taped onto the pages, she ordered chocolate, the child's favorite. The cake she chose was decorated with a spaceship and launching pad under a sprinkling of white stars, and a planet made of red frosting at the other end. His name, SCOTTY, would be in green letters beneath the planet. The baker, who was an older man with a thick neck, listened without saying anything when she told him the child would be eight years old next Monday. The baker wore a white apron that looked like a smock. Straps cut under his arms, went around in back and then to the front again, where they were secured under his heavy waist. He wiped his hands on his apron as he listened to her. He kept his eyes down on the photographs and let her talk. He let her take her time. He'd just come to work and he'd be there all night, baking, and he was in no real hurry. 
She gave the baker her name, Ann Weiss, and her telephone number. The cake would be ready on Monday morning, just out of the oven, in plenty of time for the child's party that afternoon. The baker was not jolly. There were no pleasantries between them, just the minimum exchange of words, the necessary information. He made her feel uncomfortable, and she didn't like that. While he was bent over the counter with the pencil in his hand, she studied his coarse features and wondered if he'd ever done anything else with his life besides be a baker. She was a mother and thirty-three years old, and it seemed to her that everyone, especially someone the baker's age-a man old enough to be her father-must have children who'd gone through this special time of cakes and birthday parties. There must be that between them, she thought. But he was abrupt with her-not rude, just abrupt. She gave up trying to make friends with him. She looked into the back of the bakery and could see a long, heavy wooden table with aluminum pie pans stacked at one end; and beside the table a metal container filled with empty racks. There was an enormous oven. A radio was playing country-western music. 
The baker finished printing the information on the special order card and closed up the binder. He looked at her and said, "Monday morning." She thanked him and drove home. 
On Monday morning, the birthday boy was walking to school with another boy. They were passing a bag of potato chips back and forth and the birthday boy was trying to find out what his friend intended to give him for his birthday that afternoon. Without looking, the birthday boy stepped off the curb at an intersection and was immediately knocked down by a car. He fell on his side with his head in the gutter and his legs out in the road. His eyes were closed, but his legs moved back and forth as if he were trying to climb over something. His friend dropped the potato chips and started to cry. The car had gone a hundred feet or so and stopped in the middle of the road. The man in the driver's seat looked back over his shoulder. He waited until the boy got unsteadily to his feet. The boy wobbled a little. He looked dazed, but okay. The driver put the car into gear and drove away. 
The birthday boy didn't cry, but he didn't have anything to say about anything either. He wouldn't answer when his friend asked him what it felt like to be hit by a car. He walked home, and his friend went on to school. But after the birthday boy was inside his house and was telling his mother about itshe sitting beside him on the sofa, holding his hands in her lap, saying, "Scotty, honey, are you sure you feel all right, baby?" thinking she would call the doctor anyway-he suddenly lay back on the sofa, closed his eyes, and went limp When she couldn't wake him up, she hurried to the telephone and called her husband at work. Howard told her to remain calm, remain calm, and then he called an ambulance for the child and left for the hospital himself. 
Of course, the birthday party was canceled. The child was in the hospital with a mild concussion and suffering from shock. There'd been vomiting, and his lungs had taken in fluid which needed pumping out that afternoon. Now he simply seemed to be in a very deep sleep-but no coma, Dr. Francis had emphasized, no coma, when he saw the alarm in the parents' eyes. At eleven o'clock that night, when the boy seemed to be resting comfortably enough after the many X-rays and the lab work, and it was just a matter of his waking up and coming around, Howard left the hospital. He and Ann had been at the hospital with the child since that afternoon, and he was going home for a short while to bathe and change clothes. "I'll be back in an hour," he said. She nodded. "It's fine," she said. "I'll be right here." He kissed her on the forehead, and they touched hands. She sat in the chair beside the bed and looked at the child. She was waiting for him to wake up and be all right. Then she could begin to relax.
Howard drove home from the hospital. He took the wet, dark streets very fast, then caught himself and slowed down. Until now, his life had gone smoothly and to his satisfaction-college, marriage, another year of college for the advanced degree in business, a junior partnership in an investment firm. Fatherhood. He was happy and, so far, lucky-he knew that. His parents were still living, his brothers and his sister were established, his friends from college had gone out to take their places in the world. So far, he had kept away from any real harm, from those forces he knew existed and that could cripple or bring down a man if the luck went bad, if things suddenly turned. He pulled into the driveway and parked. His left leg began to tremble. He sat in the car for a minute and tried to deal with the present situation in a rational manner. Scotty had been hit by a car and was in the hospital, but he was going to be all right. Howard closed his eyes and ran his hand over his face. He got out of the car and went up to the front door. The dog was barking inside the house. The telephone rang and rang while he unlocked the door and fumbled for the light switch. He shouldn't have left the hospital, he shouldn't have. "Goddamn it!" he said. He picked up the receiver and said, "I just walked in the door!" 
"There's a cake here that wasn't picked up," the voice on the other end of the line said. 
"What are you saying?" Howard asked. 
"A cake," the voice said. "A sixteen-dollar cake." 
Howard held the receiver against his ear, trying to understand. "I don't know anything about a cake," he said. "Jesus, what are you talking about?" 
"Don't hand me that," the voice said. 
Howard hung up the telephone. He went into the kitchen and poured himself some whiskey. He called the hospital. But the child's condition remained the same; he was still sleeping and nothing had changed there. While water poured into the tub, Howard lathered his face and shaved. He'd just stretched out in the tub and closed his eyes when the telephone rang again. He hauled himself out, grabbed a towel, and hurried through the house, saying, "Stupid, stupid," for having left the hospital. But when he picked up the receiver and shouted, "Hello!" there was no sound at the other end of the line. Then the caller hung up. 
He arrived back at the hospital a little after midnight. Ann still sat in the chair beside the bed. She looked up at Howard, and then she looked back at the child. The child's eyes stayed closed, the head was still wrapped in bandages. His breathing was quiet and regular. From an apparatus over the bed hung a bottle of glucose with a tube running from the bottle to the boy's arm. 
"How is he?" Howard said. "What's all this?" waving at the glucose and the tube. 
"Dr. Francis's orders," she said. "He needs nourishment. He needs to keep up his strength. Why doesn't he wake up, Howard? I don't understand, if he's all right." 
Howard put his hand against the back of her head. He ran his fingers through her hair. "He's going to be all right. He'll wake up in a little while. Dr. Francis knows what's what." 
After a time, he said, "Maybe you should go home and get some rest. I'll stay here. Just don't put up with this creep who keeps calling. Hang up right away." 
"Who's calling?" she asked. 
"I don't know who, just somebody with nothing better to do than call up people. You go on now. She shook her head . "No," she said, "I'm fine." 
"Really," he said. "Go home for a while, and then come back and spell me in the morning. It'll be all right. What did Dr. Francis say? He said Scotty's going to be all right. We don't have to worry. He's just sleeping now, that's all." 
A nurse pushed the door open. She nodded at them as she went to the bedside. She took the left arm out from under the covers and put her fingers on the wrist, found the pulse, then consulted her watch. In a little while, she put the arm back under the covers and moved to the foot of the bed, where she wrote something on a clipboard attached to the bed. 
"How is he?" Ann said. Howard's hand was a weight on her shoulder. She was aware of the pressure from his fingers. 
"He's stable," the nurse said. Then she said, "Doctor will be in again shortly. Doctor's back in the hospital. He's making rounds right now." 
"I was saying maybe she'd want to go home and get a little rest," Howard said. "After the doctor comes," he said. 
"She could do that," the nurse said. "I think you should both feel free to do that, if you wish." The nurse was a big Scandinavian woman with blond hair. There was the trace of an accent in her speech. 
"We'll see what the doctor says," Ann said. "I want to talk to the doctor. I don't think he should keep sleeping like this. I don't think that's a good sign." She brought her hand up to her eyes and let her head come forward a little. Howard's grip tightened on her shoulder, and then his hand moved up to her neck, where his fingers began to knead the muscles there. 
"Dr. Francis will be here in a few minutes," the nurse said. Then she left the room. Howard gazed at his son for a time, the small chest quietly rising and falling under the covers. For the first time since the terrible minutes after Ann's telephone call to him at his office, he felt a genuine fear starting in his limbs. He began shaking his head. Scotty was fine, but instead of sleeping at home in his own bed, he was in a hospital bed with bandages around his head and a tube in his arm. But this help was what he needed right now. 
Dr. Francis came in and shook hands with Howard, though they'd just seen each other a few hours before. Ann got up from the chair. "Doctor?" 
"Ann," he said and nodded. "Let's just first see how he's doing," the doctor said. He moved to the side of the bed and took the boy's pulse. He peeled back one eyelid and then the other. Howard and Ann stood beside the doctor and watched. Then the doctor turned back the covers and listened to the boy's heart and lungs with his stethoscope. He pressed his fingers here and there on the abdomen. When he was finished, he went to the end of the bed and studied the chart. He noted the time, scribbled something on the chart, and then looked at Howard and Ann. 
"Doctor, how is he?" Howard said. "What's the matter with him exactly?" 
"Why doesn't he wake up?" Ann said. 
The doctor was a handsome, big-shouldered man with a tanned face. He wore a three-piece blue suit, a striped tie, and ivory cuff links. His gray hair was combed along the sides of his head, and he looked as if he had just come from a concert. "He's all right," the doctor said. "Nothing to shout about, he could be better, I think. But he's all right. Still, I wish he'd wake up. He should wake up pretty soon." The doctor looked at the boy again. "We'll know some more in a couple of hours, after the results of a few more tests are in. But he's all right, believe me, except for the hairline fracture of the skull. He does have that." 
"Oh, no," Ann said. 
"And a bit of a concussion, as I said before. Of course, you know he's in shock," the doctor said. "Sometimes you see this in shock cases. This sleeping." 
"But he's out of any real danger?" Howard said. "You said before he's not in a coma. You wouldn't call this a coma, then-would you, doctor?" Howard waited. He looked at the doctor. 
"No, I don't want to call it a coma," the doctor said and glanced over at the boy once more. 'He's just in a very deep sleep. It's a restorative measure the body is taking on its own. He's out of any real danger, I'd say that for certain, yes. But we'll know more when he wakes up and the other tests are in," the doctor said. 
"It's a coma," Ann said. "Of sorts." 
"It's not a coma yet, not exactly," the doctor said. "I wouldn't want to call it coma. Not yet, anyway. He's suffered shock. In shock cases, this kind of reaction is common enough; it's a temporary reaction to bodily trauma. Coma. Well, coma is a deep, prolonged unconsciousness, something that could go on for days, or weeks even. Scotty's not in that area, not as far as we can tell. I'm certain his condition will show improvement by morning. I'm betting that it will. We'll know more when he wakes up, which shouldn't be long now. Of course, you may do as you like, stay here or go home for a time. But by all means feel free to leave the hospital for a while if you want. This is not easy, I know." The doctor gazed at the boy again, watching him, and then he turned to Ann and said, "You try not to worry, little mother. Believe me, we re doing all that can be done. It's just a question of a little more time now." He nodded at her, shook hands with Howard again, and then he left the room. 
Ann put her hand over the child's forehead. "At least he doesn't have a fever," she said. Then she said, "My God, he feels so cold, though. Howard? Is he supposed to feel like this? Feel his head." 
Howard touched the child's temples. His own breathing had slowed. "I think he's supposed to feel this way right now," he said. "He's in shock, remember? That's what the doctor said. The doctor was just in here. He would have said something if Scotty wasn't okay." 
Ann stood there a while longer, working her lip with her teeth. Then she moved over to her chair and sat down. 
Howard sat in the chair next to her chair. They looked at each other. He wanted to say something else and reassure her, but he was afraid, too. He took her hand and put it in his lap, and this made him feel better, her hand being there. He picked up her hand and squeezed it. Then he just held her hand. They sat like that for a while, watching the boy and not talking. From time to time, he squeezed her hand. Finally, she took her hand away. 
"I've been praying," she said. 
He nodded. 
She said, "I almost thought I'd forgotten how, but it came back to me. All I had to do was close my eyes and say, 'Please God, help us-help Scotty,' and then the rest was easy. The words were right there. Maybe if you prayed, too," she said to him. 
"I've already prayed," he said. "I prayed this afternoon-yesterday afternoon, I mean-after you called, while I was driving to the hospital. I've been praying," he said. 
"That's good," she said. For the first time, she felt they were together in it, this trouble. She realized with a start that, until now, it had only been happening to her and to Scotty. She hadn't let Howard into it, though he was there and needed all along. She felt glad to be his wife. 
The same nurse came in and took the boy's pulse again and checked the flow from the bottle hanging above the bed. 
In an hour, another doctor came in. He said his name was Parsons, from Radiology. He had a bushy moustache. He was wearing loafers, a western shirt, and a pair of jeans. 
"We're going to take him downstairs for more pictures," he told them. "We need to do some more pictures, and we want to do a scan." 
"What's that?" Ann said. "A scan?" She stood between this new doctor and the bed. "I thought you'd already taken all your X-rays.'" 
"I'm afraid we need some more, he said. "Nothing to be alarmed about. We just need some more pictures, and we want to do a brain scan on him." 
"My God," Ann said. 
"It's perfectly normal procedure in cases like this," this new doctor said. "We just need to find out for sure why he isn't back awake yet. It's normal medical procedure, and nothing to be alarmed about. We'll be taking him down in a few minutes," this doctor said. 
In a little while, two orderlies came into the room with a gurney. They were black-haired, darkcomplexioned men in white uniforms, and they said a few words to each other in a foreign tongue as they unhooked the boy from the tube and moved him from his bed to the gurney. Then they wheeled him from the room. Howard and Ann got on the same elevator. Ann gazed at the child. She closed her eyes as the elevator began its descent. The orderlies stood at either end of the gurney without saying anything, though once one of the men made a comment to the other in their own language, and the other man nodded slowly in response. 
Later that morning, just as the sun was beginning to lighten the windows in the waiting room outside the X-ray department, they brought the boy out and moved him back up to his room. Howard and Ann rode up on the elevator with him once more, and once more they took up their places beside the bed. 
They waited all day, but still the boy did not wake up. Occasionally, one of them would leave the room to go downstairs to the cafeteria to drink coffee and then, as if suddenly remembering and feeling guilty, get up from the table and hurry back to the room. Dr. Francis came again that afternoon and examined the boy once more and then left after telling them he was coming along and could wake up at any minute now. Nurses, different nurses from the night before, came in from time to time. Then a young woman from the lab knocked and entered the room. She wore white slacks and a white blouse and carried a little tray of things which she put on the stand beside the bed. Without a word to them, she took blood from the boy's arm. Howard closed his eyes as the woman found the right place on the boy's arm and pushed the needle in. 
"I don't understand this," Ann said to the woman. 
"Doctor's orders," the young woman said. "I do what I'm told. They say draw that one, I draw. What's wrong with him, anyway?" she said. "He's a sweetie." 
"He was hit by a car," Howard said. "A hit-and-run." 
The young woman shook her head and looked again at the boy. Then she took her tray and left the room. 
"Why won't he wake up?" Ann said. "Howard? I want some answers from these people." Howard didn't say anything. He sat down again in the chair and crossed one leg over the other. He rubbed his face. He looked at his son and then he settled back in the chair, closed his eyes, and went to sleep. 
Ann walked to the window and looked out at the parking lot. It was night, and cars were driving into and out of the parking lot with their lights on. She stood at the window with her hands gripping the sill, and knew in her heart that they were into something now, something hard. She was afraid, and her teeth began to chatter until she tightened her jaws. She saw a big car stop in front of the hospital and someone, a woman in a long coat, get into the car. She wished she were that woman and somebody, anybody, was driving her away from here to somewhere else, a place where she would find Scotty waiting for her when she stepped out of the car, ready to say Mom and let her gather him in her arms. 
In a little while, Howard woke up. He looked at the boy again. Then he got up from the chair, stretched, and went over to stand beside her at the window. They both stared out at the parking lot. They didn't say anything. But they seemed to feel each other's insides now, as though the worry had made them transparent in a perfectly natural way. 
The door opened and Dr. Francis came in. He was wearing a different suit and tie this time. His gray hair was combed along the sides of his head, and he looked as if he had just shaved. He went straight to the bed and examined the boy. "He ought to have come around by now. There's just no good reason for this," he said. "But I can tell you we're all convinced he's out of any danger. We'll just feel better when he wakes up. There's no reason, absolutely none, why he shouldn't come around. Very soon. Oh, he'll have himself a dilly of a headache when he does, you can count on that. But all of his signs are fine. They're as normal as can be." 
"It is a coma, then?" Ann said. 
The doctor rubbed his smooth cheek. "We'll call it that for the time being, until he wakes up. But you must be worn out. This is hard. I know this is hard. Feel free to go out for a bite," he said. "It would do you good. I'll put a nurse in here while you're gone if you'll feel better about going. Go and have yourselves something to eat." 
"I couldn't eat anything," Ann said. 
"Do what you need to do, of course," the doctor said. "Anyway, I wanted to tell you that all the signs are good, the tests are negative, nothing showed up at all, and just as soon as he wakes up he'll be over the hill." 
"Thank you, doctor," Howard said. He shook hands with the doctor again. The doctor patted Howard's shoulder and went out. 
"I suppose one of us should go home and check on things," Howard said. "Slug needs to be fed, for one thing." 
"Call one of the neighbors," Ann said. "Call the Morgans. Anyone will feed a dog if you ask them to." 
"All right," Howard said. After a while, he said, "Honey, why don't you do it? Why don't you go home and check on things, and then come back? It'll do you good. I'll be right here with him. Seriously," he said. "We need to keep up our strength on this. We'll want to be here for a while even after he wakes up. 
"Why don't you go?" she said. "Feed Slug. Feed your-self." 
"I already went," he said. "I was gone for exactly an hour and fifteen minutes. You go home for an hour and freshen up. Then come back." 
She tried to think about it, but she was too tired. She closed her eyes and tried to think about it again. After a time, she said, "Maybe I will go home for a few minutes. Maybe if I'm not just sitting right here watching him every second, he'll wake up and be all right. You know? Maybe he'll wake up if I'm not here. I'll go home and take a bath and put on clean clothes. I'll feed Slug. Then I'll come back." 
"I'll be right here," he said. "You go on home, honey. I'll keep an eye on things here." His eyes were bloodshot and small, as if he'd been drinking for a long time. His clothes were rumpled. His beard had come out again. She touched his face, and then she took her hand back. She understood he wanted to be by himself for a while, not have to talk or share his worry for a time. She picked her purse up from the nightstand, and he helped her into her coat. 
"I won't be gone long," she said. 
"Just sit and rest for a little while when you get home," he said. "Eat something. Take a bath. After you get out of the bath, just sit for a while and rest. It'll do you a world of good, you'll see. Then come back," he said. "Let's try not to worry. You heard what Dr. Francis said." 
She stood in her coat for a minute trying to recall the doctor's exact words, looking for any nuances, any hint of something behind his words other than what he had said. She tried to remember if his expression had changed any when he bent over to examine the child. She remembered the way his features had composed themselves as he rolled back the child's eyelids and then listened to his breathing. 
She went to the door, where she turned and looked back. She looked at the child, and then she looked at the father. Howard nodded. She stepped out of the room and pulled the door closed behind her. 
She went past the nurses' station and down to the end of the corridor, looking for the elevator. At the end of the corridor, she turned to her right and entered a little waiting room where a Negro family sat in wicker chairs. There was a middle-aged man in a khaki shirt and pants, a baseball cap pushed back on his head. A large woman wearing a housedress and slippers was slumped in one of the chairs. A teenaged girl in jeans, hair done in dozens of little braids, lay stretched out in one of the chairs smoking a cigarette, her legs crossed at the ankles. The family swung their eyes to Ann as she entered the room. The little table was littered with hamburger wrappers and Styrofoam cups. 
"Franklin," the large woman said as she roused herself. "Is it about Franklin?" Her eyes widened. "Tell me now, lady," the woman said. "Is it about Franklin?" She was trying to rise from her chair, but the man had closed his hand over her arm. 
"Here, here," he said. "Evelyn." 
"I'm sorry," Ann said. "I'm looking for the elevator. My son is in the hospital, and now I can't find the elevator." 
"Elevator is down that way, turn left," the man said as he aimed a finger. 
The girl drew on her cigarette and stared at Ann. Her eyes were narrowed to slits, and her broad lips parted slowly as she let the smoke escape. The Negro woman let her head fall on her shoulder and looked away from Ann, no longer interested. 
"My son was hit by a car," Ann said to the man. She seemed to need to explain herself. "He has a concussion and a little skull fracture, but he's going to be all right. He's in shock now, but it might be some kind of coma, too. That's what really worries us, the coma part. I'm going out for a little while, but my husband is with him. Maybe he'll wake up while I'm gone. 
"That's too bad," the man said and shifted in the chair. He shook his head. He looked down at the table, and then he looked back at Ann. She was still standing there. He said, "Our Franklin, he's on the operating table. Somebody cut him. Tried to kill him. There was a fight where he was at. At this party. They say he was just standing and watching. Not bothering nobody. But that don't mean nothing these days. Now he's on the operating table. We're just hoping and praying, that's all we can do now." He gazed at her steadily. 
Ann looked at the girl again, who was still watching her, and at the older woman, who kept her head down, but whose eyes were now closed. Ann saw the lips moving silently, making words. She had an urge to ask what those words were. She wanted to talk more with these people who were in the same kind of waiting she was in. She was afraid, and they were afraid. They had that in common. She would have liked to have said something else about the accident, told them more about Scotty, that it had happened on the day of his birthday, Monday, and that he was still unconscious. Yet she didn't know how to begin. She stood looking at them without saying anything more. 
She went down the corridor the man had indicated and found the elevator. She waited a minute in front of the closed doors, still wondering if she was doing the right thing. Then she put out her finger and touched the button. 
She pulled into the driveway and cut the engine. She closed her eyes and leaned her head against the wheel for a minute. She listened to the ticking sounds the engine made as it began to cool. Then she got out of the car. She could hear the dog barking inside the house. She went to the front door, which was unlocked. She went inside and turned on lights and put on a kettle of water for tea. She opened some dog food and fed Slug on the back porch. The dog ate in hungry little smacks. It kept running into the kitchen to see that she was going to stay. As she sat down on the sofa with her tea, the telephone rang. 
Yes!" she said as she answered. "Hello!" 
"Mrs. Weiss," a man's voice said. It was five o'clock in the morning, and she thought she could hear machinery or equipment of some kind in the background. 
"Yes, yes! What is it?" she said. "This is Mrs. Weiss. This is she. What is it, please?" She listened to whatever it was in the background. "Is it Scotty, for Christ's sake?" 
"Scotty," the man's voice said. "It's about Scotty, yes. It has to do with Scotty, that problem. Have you forgotten about Scotty?" the man said. Then he hung up. 
She dialed the hospital's number and asked for the third floor. She demanded information about her son from the nurse who answered the telephone. Then she asked to speak to her husband. It was, she said, an emergency. 
She waited, turning the telephone cord in her fingers. She closed her eyes and felt sick at her stomach. She would have to make herself eat. Slug came in from the back porch and lay down near her feet. He wagged his tail. She pulled at his ear while he licked her fingers. Howard was on the line. 
"Somebody just called here," she said. She twisted the telephone cord. "He said it was about Scotty," she cried. 
"Scotty's fine," Howard told her. "I mean, he's still sleeping. There's been no change. The nurse has been in twice since you've been gone. A nurse or else a doctor. He's all right." 
"This man called. He said it was about Scotty," she told him. 
"Honey, you rest for a little while, you need the rest. It must be that same caller I had. Just forget it. Come back down here after you've rested. Then we'll have breakfast or something." 
"Breakfast," she said. "I don't want any breakfast." 
"You know what I mean," he said. "Juice, something. I don't know. I don't know anything, Ann. Jesus, I'm not hungry, either. Ann, it's hard to talk now. I'm standing here at the desk. Dr. Francis is coming again at eight o'clock this morning. He's going to have something to tell us then, something more definite. That's what one of the nurses said. She didn't know any more than that. Ann? Honey, maybe we'll know something more then. At eight o'clock. Come back here before eight. Meanwhile, I'm right here and Scotty's all right. He's still the same," he added. 
"I was drinking a cup of tea," she said, "when the telephone rang. They said it was about Scotty. There was a noise in the background. Was there a noise in the background on that call you had, Howard?" 
"I don't remember," he said. "Maybe the driver of the car, maybe he's a psychopath and found out about Scotty somehow. But I'm here with him. Just rest like you were going to do. Take a bath and come back by seven or so, and we'll talk to the doctor together when he gets here. It's going to be all right, honey. I'm here, and there are doctors and nurses around. They say his condition is stable." 
"I'm scared to death," she said. 
She ran water, undressed, and got into the tub. She washed and dried quickly, not taking the time to wash her hair. She put on clean underwear, wool slacks, and a sweater. She went into the living room, where the dog looked up at her and let its tail thump once against the floor. It was just starting to get light outside when she went out to the car. 
She drove into the parking lot of the hospital and found a space close to the front door. She felt she was in some obscure way responsible for what had happened to the child. She let her thoughts move to the Negro family. She remembered the name Franklin and the table that was covered with hamburger papers, and the teenaged girl staring at her as she drew on her cigarette. "Don't have children," she told the girl's image as she entered the front door of the hospital. "For God's sake, don't." 
She took the elevator up to the third floor with two nurses who were just going on duty. It was Wednesday morning, a few minutes before seven. There was a page for a Dr. Madison as the elevator doors slid open on the third floor. She got off behind the nurses, who turned in the other direction and continued the conversation she had interrupted when she'd gotten into the elevator. She walked down the corridor to the little alcove where the Negro family had been waiting. They were gone now, but the chairs were scattered in such a way that it looked as if people had just jumped up from them the minute before. The tabletop was cluttered with the same cups and papers, the ashtray was filled with cigarette butts. 
She stopped at the nurses' station. A nurse was standing behind the counter, brushing her hair and yawning. 
"There was a Negro boy in surgery last night," Ann said. "Franklin was his name. His family was in the waiting room. I'd like to inquire about his condition." 
A nurse who was sitting at a desk behind the counter looked up from a chart in front of her. The telephone buzzed and she picked up the receiver, but she kept her eyes on Ann. 
"He passed away," said the nurse at the counter. The nurse held the hairbrush and kept looking at her. "Are you a friend of the family or what?" 
"I met the family last night," Ann said. "My own son is in the hospital. I guess he's in shock. We don't know for sure what's wrong. I lust wondered about Franklin, that's all. Thank you." She moved down the corridor. Elevator doors the same color as the walls slid open and a gaunt, bald man in white pants and white canvas shoes pulled a heavy cart off the elevator. She hadn't noticed these doors last night. The man wheeled the cart out into the corridor and stopped in front of the room nearest the elevator and consulted a clipboard. Then he reached down and slid a tray out of the cart. He rapped lightly on the door and entered the room. She could smell the unpleasant odors of warm food as she passed the cart. She hurried on without looking at any of the nurses and pushed open the door to the child's room. 
Howard was standing at the window with his hands behind his back. He turned around as she came in. 
"How is he?" she said. She went over to the bed. She dropped her purse on the floor beside the nightstand. It seemed to her she had been gone a long time. She touched the child's face. "Howard?" 
"Dr. Francis was here a little while ago," Howard said. She looked at him closely and thought his shoulders were bunched a little. 
"I thought he wasn't coming until eight o'clock this morning," she said quickly. 
"There was another doctor with him. A neurologist." 
"A neurologist," she said. 
Howard nodded. His shoulders were bunching, she could see that. "What'd they say, Howard? For Christ's sake, what'd they say? What is it?" 
"They said they're going to take him down and run more tests on him, Ann. They think they're going to operate, honey. Honey, they are going to operate. They can't figure out why he won't wake up. It's more than just shock or concussion, they know that much now. It's in his skull, the fracture, it has something, something to do with that, they think. So they're going to operate. I tried to call you, but I guess you'd already left the house." 
"Oh, God," she said. 'Oh, please, Howard, please," she said, taking his arms. 
"Look!"' Howard said. "Scotty! Look, Ann!" He turned her toward the bed. 
The boy had opened his eyes, then closed them. He opened them again now. The eyes stared straight ahead for a minute, then moved slowly in his head until they rested on Howard and Ann, then traveled away again. 
"Scotty," his mother said, moving to the bed. 
"Hey, Scott," his father said. "Hey, son." 
They leaned over the bed. Howard took the child's hand in his hands and began to pat and squeeze the hand. Ann bent over the boy and kissed his forehead again and again. She put her hands on either side of his face. "Scotty, honey, it's Mommy and Daddy," she said. "Scotty?" 
The boy looked at them, but without any sign of recognition. Then his mouth opened, his eyes scrunched closed, and he howled until he had no more air in his lungs. His face seemed to relax and soften then. His lips parted as his last breath was puffed through his throat and exhaled gently through the clenched teeth. 
The doctors called it a hidden Occlusion and said it was a one-in-a-million circumstance. Maybe if it could have been detected somehow and surgery undertaken immediately, they could have saved him. But more than likely not. In any case, what would they have been looking for? Nothing had shown up in the tests or in the X-rays. 
Dr. Francis was shaken. "I can't tell you how badly I feel. I'm so very sorry, I can't tell you," he said as he led them into the doctors' lounge. There was a doctor sitting in a chair with his legs hooked over the back of another chair, watching an early-morning TV show. He was wearing a green delivery room outfit, loose green pants and green blouse, and a green cap that covered his hair. He looked at Howard and Ann and then looked at Dr. Francis. He got to his feet and turned off the set and went out of the room. Dr. Francis guided Ann to the sofa, sat down beside her, and began to talk in a low, consoling voice. At one point, he leaned over and embraced her. She could feel his chest rising and falling evenly against her shoulder. She kept her eyes open and let him hold her. Howard went into the bathroom, but he left the door open. After a violent fit of weeping, he ran water and washed his face. Then he came out and sat down at the little table that held a telephone. He looked at the telephone as though deciding what to do first. He made some calls. After a time, Dr. Francis used the telephone. 
"Is there anything else I can do for the moment?" he asked them. 
Howard shook his head. Ann stared at Dr. Francis as if unable to comprehend his words. 
The doctor walked them to the hospital's front door. People were entering and leaving the hospital. It was eleven o'clock in the morning. Ann was aware of how slowly, almost reluctantly, she moved her feet. It seemed to her that Dr. Francis was making them leave when she felt they should stay, when it would be more the right thing to do to stay. She gazed out into the parking lot and then turned around and looked back at the front of the hospital. She began shaking her head. "No, no," she said. "I can't leave him here, no." She heard herself say that and thought how unfair it was that the only words that came out were the sort of words used on TV shows where people were stunned by violent or sudden deaths. She wanted her words to be her own. "No," she said, and for some reason the memory of the Negro woman's head lolling on the woman's shoulder came to her . "No," she said again. 
"I'll be talking to you later in the day," the doctor was saying to Howard. "There are still some things that have to be done, things that have to be cleared up to our satisfaction. Some things that need explaining." 
"An autopsy," Howard said. 
Dr. Francis nodded. 
"I understand," Howard said. Then he said, "Oh, Jesus. No, I don't understand, doctor. I can't, I can't. I just can't.
" Dr. Francis put his arm around Howard's shoulders. "I'm sorry. God, how I'm sorry." He let go of Howard's shoulders and held out his hand. Howard looked at the hand, and then he took it. Dr. Francis put his arms around Ann once more. He seemed full of some goodness she didn't understand. She let her head rest on his shoulder, but her eyes stayed open. She kept looking at the hospital. As they drove out of the parking lot, she looked back at the hospital. 
At home, she sat on the sofa with her hands in her coat pockets. Howard closed the door to the child's room. He got the coffee-maker going and then he found an empty box. He had thought to pick up some of the child's things that were scattered around the living room. But instead he sat down beside her on the sofa, pushed the box to one side, and leaned forward, arms between his knees. He began to weep. She pulled his head over into her lap and patted his shoulder. "He's gone," she said. She kept patting his shoulder. Over his sobs, she could hear the coffee-maker hissing in the kitchen. "There, there," she said tenderly. "Howard, he's gone. He's gone and now we'll have to get used to that. To being alone." 
In a little while, Howard got up and began moving aimlessly around the room with the box, not putting anything into it, but collecting some things together on the floor at one end of the sofa. She continued to sit with her hands in her coat pockets. Howard put the box down and brought coffee into the living room. Later, Ann made calls to relatives. After each call had been placed and the party had answered, Ann would blurt out a few words and cry for a minute. Then she would quietly explain, in a measured voice, what had happened and tell them about arrangements. Howard took the box out to the garage, where he saw the child's bicycle. He dropped the box and sat down on the pavement beside the bicycle. He took hold of the bicycle awkwardly so that it leaned against his chest. He held it, the rubber pedal sticking into his chest. He gave the wheel a turn. 
Ann hung up the telephone after talking to her sister. She was looking up another number when the telephone rang. She picked it up on the first ring. 
"Hello," she said, and she heard something in the background, a humming noise. "Hello!" she said. "For God's sake," she said. "Who is this? What is it you want?" 
"Your Scotty, I got him ready for you," the man's voice said. "Did you forget him?" 
"You evil bastard!" she shouted into the receiver. "How can you do this, you evil son of a bitch?" 
"Scotty," the man said. "Have you forgotten about Scotty?" Then the man hung up on her. 
Howard heard the shouting and came in to find her with her head on her arms over the table, weeping. He picked up the receiver and listened to the dial tone. 

Much later, just before midnight, after they had dealt with many things, the telephone rang again. 
"You answer it," she said. "Howard, it's him, I know." They were sitting at the kitchen table with coffee in front of them. Howard had a small glass of whiskey beside his cup. He answered on the third ring. 
"Hello," he said. "Who is this? Hello! Hello!" The line went dead. "He hung up," Howard said. "Whoever it was." 
"It was him," she said. "That bastard. I'd like to kill him," she said. "I'd like to shoot him and watch him kick," she said. 
"Ann, my God," he said. 
"Could you hear anything?" she said. "In the background? A noise, machinery, something humming?" 
"Nothing, really. Nothing like that," he said. "There wasn't much time. I think there was some radio music. Yes, there was a radio going, that's all I could tell. I don't know what in God's name is going on," he said. 
She shook her head. "If I could, could get my hands on him." It came to her then. She knew who it was. Scotty, the cake, the telephone number. She pushed the chair away from the table and got up. "Drive me down to the shopping center," she said. "Howard." 
"What are you saying?" 
"The shopping center. I know who it is who's calling. I know who it is. It's the baker, the son-of-abitching baker, Howard. I had him bake a cake for Scotty's birthday. That's who's calling. That's who has the number and keeps calling us. To harass us about that cake. The baker, that bastard." 


They drove down to the shopping center. The sky was clear and stars were out. It was cold, and they ran the heater in the car. They parked in front of the bakery. All of the shops and stores were closed, but there were cars at the far end of the lot in front of the movie theater. The bakery windows were dark, but when they looked through the glass they could see a light in the back room and, now and then, a big man in an apron moving in and out of the white, even light. Through the glass, she could see the display cases and some little tables with chairs. She tried the door. She rapped on the glass. But if the baker heard them, he gave no sign. He didn't look in their direction. 
They drove around behind the bakery and parked. They got out of the car. There was a lighted window too high up for them to see inside. A sign near the back door said THE PANTRY BAKERY, SPECIAL ORDERS. She could hear faintly a radio playing inside and something creak-an oven door as it was pulled down? She knocked on the door and waited. Then she knocked again, louder. The radio was turned down and there was a scraping sound now, the distinct sound of something, a drawer, being pulled open and then closed. 
Someone unlocked the door and opened it. The baker stood in the light and peered out at them. "I'm closed for business," he said. "What do you want at this hour? It's midnight. Are you drunk or something?" 
She stepped into the light that fell through the open door. He blinked his heavy eyelids as he recognized her. "It's you, he said. 
"It's me," she said. "Scotty's mother. This is Scotty's father. We'd like to come in." 
The baker said, "I'm busy now. I have work to do." 
She had stepped inside the doorway anyway. Howard came in behind her. The baker moved back. "It smells like a bakery in here. Doesn't it smell like a bakery in here, Howard?" 
"What do you want?" the baker said. "Maybe you want your cake? That's it, you decided you want your cake. You ordered a cake, didn't you?" 
"You're pretty smart for a baker," she said. "Howard, this is the man who's been calling us." She clenched her fists. She stared at him fiercely. There was a deep burning inside her, an anger that made her feel larger than herself, larger than either of these men. 
"Just a minute here," the baker said. "You want to pick up your three-day-old cake? That it? I don't want to argue with you, lady. There it sits over there, getting stale. I'll give it to you for half of what I quoted you. No. You want it? You can have it. It's no good to me, no good to anyone now. It cost me time and money to make that cake. If you want it, okay, if you don't, that's okay, too. I have to get back to work." He looked at them and rolled his tongue behind his teeth. 
"More cakes," she said. She knew she was in control of it, of what was increasing in her. She was calm. 
"Lady, I work sixteen hours a day in this place to earn a living," the baker said. He wiped his hands on his apron. "I work night and day in here, trying to make ends meet." A look crossed Ann's face that made the baker move back and say, "No trouble, now." He reached to the counter and picked up a rolling pin with his right hand and began to tap it against the palm of his other hand. "You want the cake or not? I have to get back to work. Bakers work at night," he said again. His eyes were small, meanlooking, she thought, nearly lost in the bristly flesh around his cheeks. His neck was thick with fat. 
"I know bakers work at night," Ann said. "They make phone calls at night, too. You bastard," she said. 
The baker continued to tap the rolling pin against his hand. He glanced at Howard. "Careful, careful," he said to Howard. 
"My son's dead," she said with a cold, even finality. "He was hit by a car Monday morning. We've been waiting with him until he died. But, of course, you couldn't be expected to know that, could you? Bakers can't know everything-can they, Mr. Baker? But he's dead. He's dead, you bastard!" Just as suddenly as it had welled in her, the anger dwindled, gave way to something else, a dizzy feeling of nausea. She leaned against the wooden table that was sprinkled with flour, put her hands over her face, and began to cry, her shoulders rocking back and forth. "It isn't fair," she said. "It isn't, isn't fair." 
Howard put his hand at the small of her back and looked at the baker. "Shame on you," Howard said to him. "Shame." 
The baker put the rolling pin back on the counter. He undid his apron and threw it on the counter. He looked at them, and then he shook his head slowly. He pulled a chair out from under the card table that held papers and receipts, an adding machine, and a telephone directory. "Please sit down," he said. "Let me get you a chair," he said to Howard. "Sit down now, please." The baker went into the front of the shop and returned with two little wrought-iron chairs. "Please sit down, you people." 
Ann wiped her eyes and looked at the baker. "I wanted to kill you," she said. "I wanted you dead." 
The baker had cleared a space for them at the table. He shoved the adding machine to one side, along with the stacks of notepaper and receipts. He pushed the telephone directory onto the floor, where it landed with a thud. Howard and Ann sat down and pulled their chairs up to the table. The baker sat down, too. 
"Let me say how sorry I am," the baker said, putting his elbows on the table. "God alone knows how sorry. Listen to me. I'm just a baker. I don't claim to be anything else. Maybe once, maybe years ago, I was a different kind of human being. I've forgotten, I don't know for sure. But I'm not any longer, if I ever was. Now I'm just a baker. That don't excuse my doing what I did, I know. But I'm deeply sorry. I'm sorry for your son, and sorry for my part in this," the baker said. He spread his hands out on the table and turned them over to reveal his palms. "I don't have any children myself, so I can only imagine what you must be feeling. All I can say to you now is that I'm sorry. Forgive me, if you can," the baker said. "I'm not an evil man, I don't think. Not evil, like you said on the phone. You got to understand what it comes down to is I don't know how to act anymore, it would seem. Please," the man said, "let me ask you if you can find it in your hearts to forgive me?" 
It was warm inside the bakery. Howard stood up from the table and took off his coat. He helped Ann from her coat. The baker looked at them for a minute and then nodded and got up from the table. He went to the oven and turned off some switches. He found cups and poured coffee from an electric coffee-maker. He put a carton of cream on the table, and a bowl of sugar. 
"You probably need to eat something," the baker said. "I hope you'll eat some of my hot rolls. You have to eat and keep going. Eating is a small, good thing in a time like this," he said. 
He served them warm cinnamon rolls just out of the oven, the icing still runny. He put butter on the table and knives to spread the butter. Then the baker sat down at the table with them. He waited. He waited until they each took a roll from the platter and began to eat. "It's good to eat something," he said, watching them. "There's more. Eat up. Eat all you want. There's all the rolls in the world in here." 
They ate rolls and drank coffee. Ann was suddenly hungry, and the rolls were warm and sweet. She ate three of them, which pleased the baker. Then he began to talk. They listened carefully. Although they were tired and in anguish, they listened to what the baker had to say. They nodded when the baker began to speak of loneliness, and of the sense of doubt and limitation that had come to him in his middle years. He told them what it was like to be childless all these years. To repeat the days with the ovens endlessly full and endlessly empty. The party food, the celebrations he'd worked over. Icing knuckle-deep. The tiny wedding couples stuck into cakes. Hundreds of them, no, thousands by now. Birthdays. Just imagine all those candles burning. He had a necessary trade. He was a baker. He was glad he wasn't a florist. It was better to be feeding people. This was a better smell anytime than flowers. 
"Smell this," the baker said, breaking open a dark loaf. "It's a heavy bread, but rich." They smelled it, then he had them taste it. It had the taste of molasses and coarse grains. They listened to him. They ate what they could. They swallowed the dark bread. It was like daylight under the fluorescent trays of light. They talked on into the early morning, the high, pale cast of light in the windows, and they did not think of leaving.

Raymond Carver, A Small, Good Thing. 1983.