Vicente Huidobro, La joven del abrigo largo

La joven del abrigo largo.
Cruza todos los días la plaza en el mismo sentido.
Es hermosa. Ni alta ni baja, tal vez un poco gruesa. Grandes ojos, nariz regular, boca madura que azucara el aire y no quiere caer de la rama.
Sin embargo, tiene un gesto amargado y siempre lleva un abrigo largo y suelto. Aunque haga un calor excepcional. Esta prenda no cae jamás de su cuerpo. Invierno y verano, más grueso o más delgado, siempre el sobretodo como escondiendo algo. ¿Es que ella es tímida? ¿Es que tiene vergüenza de tanta calle inútil?
¿Ese abrigo es la fortaleza de un secreto sentimiento de inferioridad? No sería nada raro. Por eso tiene un estilo arquitectónico que no sabría definir, pero que, seguramente, cualquier arquitecto conoce.
Tal vez tiene el talle muy alto o muy bajo, o no tiene cintura. Tal vez quiere ocultar un embarazo, pero es un embarazo demasiado largo, de algunos años. O será para sentirse más sola o para que todas sus células puedan pensar mejor. Saborea un recuerdo dentro de ese claustro lejos del mundo.
Acaso quiere sólo ocultar que su padre cometió un crimen cuando ella tenía quince años.
Vicente Huidobro, La joven del abrigo largo.


Vicente Huidobro

Charles Bukowski, Deje de mirarme las tetas, señor

Deje de mirarme las tetas, señor.

Big Bart era el tipo más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste y se había acostado con mayor variedad de mujeres que cualquier otro tipo en el Oeste. No era aficionado a bañarse ni a hablar mierda ni a ser segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o se hubiese acostado con más mujeres, o matado más hombres blancos.
Big Bart era grandioso y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado. Su deber consistía en llevar las carretas sanas y salvas a través de la sabana, tener sexo con las mujeres, matar a unos cuantos hombres y entonces volver al Este por otra caravana. Tenía una barba negra, el roto del culo sucio y radiantes dientes amarillentos.
Acababa de metérsela con fuerza a la joven esposa de Billy Joe mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligó a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. La obligó a decir:
—¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el chocho hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah!
Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena de jamón, frijoles y galletas.
Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné espantoso, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.
—¡Eh, chico! —dijo.
El chico no contestó.
—Te estoy hablando, muchacho…
—Vete a la mierda —dijo el chico.
—Soy Big Bart.
—Vete a la mierda, Big Bart —dijo el chico.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Me llaman «El Chico».
—Mira, Chico, no hay manera de que un hombre atraviese esta tierra de indios con una sola carreta.
—Yo pienso hacerlo.
—Bueno, son tus pelotas, Chico —dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esta mujer con pechos enormes, caderas grandes y hermosas, y ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart y el cuello de pavo de este se puso duro y chocó contra la silla de montar.
—Por tu propio bien, Chico, vendrás con nosotros.
—Que te vayas a la mierda, viejo —dijo el Chico—. No escucho ningún estúpido consejo de un viejo con calzoncillos asquerosos.
—He matado a hombres solo porque pestañeaban —dijo Big Bart.
El Chico escupió al suelo. Luego se rascó los cojones.
—Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.
—Chico —dijo la muchacha asomándose. Se le salió una teta del traje y a un rayo de sol se le puso la polla dura—. Chico, creo que este hombre tiene razón. Solos no tenemos posibilidades contra esos cabrones indios. No seas estúpido. Dile al hombre que nos uniremos al grupo.
—Nos uniremos —dijo el Chico.
—¿Cómo se llama tu chica? —preguntó Big Bart.
—Meloncito —dijo el Chico.
—Y deje de mirarme las tetas, señor —dijo Meloncito— o le voy a sacar la mierda a patadas.
Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. Treinta y siete indios muertos, uno prisionero. Sin bajas norteamericanas. Big Bart se folló por el culo al indio capturado y luego lo contrató como cocinero. Hubo otra escaramuza en Clap Canyon. Treinta y siete indios muertos, uno prisionero. Sin bajas norteamericanas. Big Bart se folló por el culo…
Era obvio que Big Bart estaba interesado en Meloncito. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, más que nada le interesaba ese culo. Una vez se cayó de su caballo mientras la miraba y uno de los cocineros indios se echó a reír. Quedó un solo cocinero indio.
Un día Big Bart mandó al Chico con una partida de caza a matar algunos búfalos. Esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Chico. Subió por el sillín, apartó la cortina y entró. Meloncito estaba agachada en el centro de la carreta, masturbándose.
—Joder, nena —dijo Big Bart—. ¡No lo malgastes!
—Lárgate de aquí —dijo Meloncito sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart—. ¡Lárgate de aquí y déjame hacer mis cosas!
—¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Meloncito!
—Claro que me cuida, estúpido, solo que no tengo bastante. Y ocurre que después del período me pongo muy caliente.
—Escucha, nena…
—¡Vete a la mierda!
—Escucha, nena, observa…
Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo.
Meloncito no pudo apartar los ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo:
—¡No me vas a meter ese condenado aparato dentro!
—Dilo como si de verdad lo sintieras, Meloncito.
—¡NO ME VAS METER ESE CONDENADO APARATO DENTRO!
—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Míralo!
—¡Lo estoy mirando!
—¿Pero por qué no lo deseas?
—Porque estoy enamorada del Chico.
—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento de hadas para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!
—Amo al Chico, Big Bart —dijo Meloncito.
—Y también está mi lengua —dijo Big Bart—. ¡La mejor lengua del Oeste!
La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.
—Amo al Chico —dijo Meloncito.
—Bueno, pues jódete —dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era trabajo de perros meter toda esa cosa; cuando lo consiguió, Meloncito gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás.
ERA EL CHICO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.
—Te trajimos tus búfalos, hijo de puta. Ahora, si te subes los pantalones y sales afuera, arreglaremos el resto…
—Soy la pistola más rápida del Oeste —dijo Big Bart.
—Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá solo un poro de la piel —dijo el Chico—. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito…
Los hombres se sentaron alrededor de la fogata, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una fama infernal. El Chico no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, vació la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Chico.
—Mira, Chico…
—¿Sí, hijo de puta…?
-Mira, quiero decir, ¿por qué te encojonas?
—¡Te voy a volar las pelotas, viejo cabrón!
—¿Pero por qué?
—¡Estabas violando a mi mujer, viejo cabrón!
—Escucha, Chico, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Solo somos víctimas del mismo juego.
—No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar! Te llegó el momento.
—Chico…
—¡Aléjate y listo para disparar!
Los hombres en el campamento se tensaron. Una ligera brisa vino del Oeste y olía a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo se acercaba.
Big Bart y el Chico estaban separados 30 pasos.
—Desenfunda tú, pedazo de mierda —dijo el Chico—, desenfunda, viejo violador de mujeres.
Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Meloncito. Se puso el rifle al hombro y apuntó por la mirilla.
—Vamos, violador de mierda —dijo el Chico—. ¡DESENFUNDA!
La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo que cortó el crepúsculo. Meloncito bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Chico estaba muerto en el suelo, con un agujero en la frente. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.

Charles Bukowski, Deje de mirarme las tetas, señor.


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Charles Bukowski


Ednodio Quintero, Venganza

Venganza.
Empezó con un ligero y tal vez accidental roce de dedos en los senos de ella. Luego un abrazo y el mirarse sorprendidos. ¿Por qué ellos? ¿Qué oscuro designio los obligaba a reconocerse de pronto? Después largas noches y soleados días en inacabable y frenética fiebre.
Cuando a ella se le notaron los síntomas del embarazo, el padre enfurecido gritó: “Venganza”. Buscó la escopeta, llamó a su hijo y se la entregó diciéndole:
-Lavarás con sangre la afrenta al honor de tu hermana.
Él ensilló el caballo moro y se marchó del pueblo, escopeta al hombro. En sus ojos no brillaba la sed de venganza, pero sí la tristeza del nunca regresar.
Ednodio Quintero, Venganza.

Ednodio Quintero

William Faulkner, Una rosa para Emily

Una rosa para Emily.
Cuando murió la señorita Emily Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.
La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emily, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emily había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.
Mientras vivía, la señorita Emily había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emily fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emily había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emily podría haber dado por buena esta historia.
Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emily por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.
Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.
Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emily, con un deslucido marco dorado.
Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emily entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.
No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.
-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.
-De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?
-Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emily-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero, señorita Emily…
-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la salida a estos señores.

II

Así pues, la señorita Emily venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.
“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la señorita Emily acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.
-¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirmó el juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.
Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:
-Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emily; pero hay que hacer algo.
Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.
-Es muy sencillo -afirmó éste-. Ordenen a la señorita Emily que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace…
-Por favor, señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emily de que huele mal?
Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emily y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emily, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.
Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emily. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emily, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emily ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emily. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.
Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emily y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emily rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.
No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.

III

La señorita Emily estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena…
Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emily en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler…
Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emily tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige– y exclamaban:
“¡Pobre Emily! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emily tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.
Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emily!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de…?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emily!”
Por lo demás, la señorita Emily seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emily!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.
-Necesito un veneno -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cuál quiere, señorita Emily? ¿Es para las ratas? Yo le recom…
-Quiero el más fuerte que tenga -interrumpió-. No importa la clase.
El droguero le enumeró varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?
-Quiero arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea…?
-Quiero arsénico.
El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.
-¡Sí, claro -respondió el hombre-; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.
La señorita Emily continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. El droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emily abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.

IV

Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emily!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emily con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos…
Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la señorita Emily pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emily tenía en Alabama….
De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emily había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emily tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emily había sido….
Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emily para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer….
Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emily por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él….
Cuando vimos de nuevo a la señorita Emily había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven….
Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.
Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emily les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emily fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.
Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emily el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emily pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.
Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.

V

El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emily llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emily yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.
Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emily descansara en su tumba.
Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.
El hombre yacía en la cama.
Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.
Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.

William Faulkner, Una rosa para Emily (Cuentos reunidos). Traducido por Miguel Martínez-Lage.

William Faulkner

Marta Sanz, Las miniaturas de Laura Guerín

Las miniaturas de Laura Guerín.

“Manuel, querido, qué alegría verte. ¿Te ha gustado la charla?, Manuel, Manuel, querido, ¿te encuentras bien?, ¿por qué te encoges? ¡Manuel!”

1. Hace un instante estaba intentado ponerme en su lugar. Iba a pintar una miniatura. Las miniaturas de Laura Guerín se han hecho célebres: una cocinita, un hogarín, un ramito de flores, un bastidorcito para bordar, una cucharilla, una vaginita, un gorrión. Hoy, en esta conferencia, ella, moviendo mucho unas manos engalanadas con anillos de orfebrería, nos ilustraba sobre el empleo del pincel de marta común o sobre las fuentes que la hidratan. “Puvis de Chavannes. Kahlo. Leonora Carrington. Los simbolistas y surrealistas”. Laura se parece a Leonora Carrington como un huevo a una castaña —un símil bien surrealista, por cierto—. Después, Laura confesó sus motivos de inspiración. “Me inspiro en mis sueños. En los mejores”, se abría Laura. Y me preguntaba yo si estaría refiriéndose a sus sueños de mujer dormida o de mujer despierta. “Mis sueños”. Me avergüenzan las palabras de Laura, pero compruebo sin demasiada sorpresa que el público está pendiente de los gestos de mi discípula. Las manos hipnóticas y las pulseras tintineantes. Ella ha encontrado ese punto medio de virtud entre la exigencia y un lugar confortable para sus oyentes. Laura es más lista que los ratones coloraos. Una demagoga. O tal vez esa naturalidad con la que se expresa —tan popular, tan empática— sea sincera y fue a mí al que engañó con sus silencios de alumna aplicada. La que calla otorga. Puede que Laura no me diese exactamente la razón cuando callaba y me miraba con sus ojitos asertivos. Nunca sabré lo que entendía Laura de lo que yo le estaba contando. Quizá, por dentro, me odiaba; o se estaba burlando de mí. Tan solo el sentimiento del odio sería, para mí, soportable.

2. He venido a verla en secreto porque, si ella supiese que soy una de las caritas miniatura del patio de butacas, se pondría nerviosa. Como cuando era una aprendiza: “No, Laura, no pintes cuadros bonitos, no pintes cuadros complacientes. Sueña, Laura, malos sueños”. Yo empleaba el vocabulario de un iluminado. Me recuerdo con túnica, aunque no la usase. Hoy me regodeo en el orgullo de haber instruido a Laura en sus comienzos y algunas veces he creído reconocerla entre las mujeres que venían a una de mis exposiciones o de mis criptocharlas. Pero no. Laura dice: “Me inspiro”. Aunque yo siempre le hablé del valor del trabajo y de que ni Dios ni las musas ni la Virgen de Guadalupe. No al éter ni a ese cordón umbilical luminoso que conecta el ombligo de la artista con la cabeza de los ángeles. “Que sueñes con los arcangelitos”, le deseé una vez a Laura al salir un poco borracho de un bar. No era una despedida, sino una proposición. Se fue corriendo. “Que sueñes con los arcangelitos”. Qué ingenioso. Qué cretino. Desde ese día han podido transcurrir fácilmente más de treinta años.

3. Yo nunca fui un buen miniaturista. No me interesan los espacios pequeños ni los recovecos. Pienso a lo grande y mis pinceladas son épicas. Están sobrecargadas de pintura. Transmiten energía. Son abiertas y nunca se cierran sobre sí mismas. A Laura, sin embargo, le agradan las composiciones circulares. Los capullitos de rosa. Las pescadillas. Los claustros. “La calidez”, me reveló una tarde colocando su mano de lavandera sobre el útero. Retrocedo y voy a proceder con el detalle de un miniaturista para meterme en la piel de Laura. Recuerdo lo que pensé la primera vez que la vi, aunque es posible que no fuese la primera exactamente: “Insignificante”. Insignificante y sin embargo… El “y sin embargo” me obligó a molestarla para comprobar sus reacciones. Traté a mi discípula como una cobaya de laboratorio: “Eres una persona insignificante”. Ella se sonrojó y me dedicó una risa tonta. Se puso a hablar con una amiga. Se ennovió con un compañero de curso. Fingió no prestarme ninguna atención y yo perfeccioné mis artes de seducción, mis ventajas, con otras mujeres menos insignificantes, más inmediatamente mujeres, chicas habladoras que olían a estrellitas de mar, hipocampos, y eran obedientes de un modo distinto al que lo era Laura. Porque, al final, resultó que ella, desde su autismo de los lunes y su rebeldía de los jueves, fue la discípula más obediente de todas.

4. Insignificante. La piel lechosa, la sonrisa fea. Los ojos marrones, el pelo lacio, las manos muy bonitas. “Bonitas” es un adjetivo prohibido, así que sería mejor decir que las manos de Laura eran espirituales y a la vez de trabajadora manual. Las manos de una mujer que repuja el cuero y se corta con el perforador. Me gustaba ver esas manos de lavandera, casi siempre heridas, mientras sujetaban pincelillos minúsculos con los que Laura reproducía El matrimonio Arnolfini sobre la lisura de un canto rodado. No sobre una cabeza de alfiler, porque mi alumna no era una artista del circo. Insignificante. Solo aquellas manos y ese aspecto infantil que no era lolitesco, sino de niña que siempre hace los deberes y huele a goma de borrar. Niña con ojeritas. Niña que no era una niña ni muchísimo menos. Ni nínfula ni hada, aunque puede que yo sí la mirase con ojos de mono. Laura había cumplido ya más de veinte años. Yo salía con estudiantes que tenían también veinte años, pero que parecían mujeres con pasado de tahúras. Me fijaba en Laura, pero no me fijaba. Me habría acostado con ella, pero no me habría acostado con ella. Era lo más parecido a un padre incestuoso. Y ahora creo que tal vez me reprimía porque Laura me daba miedo. La protegía y la echaba a los leones. Un día lloró cuando le dije lo que me parecía uno de sus cuadritos: “Impropio de ti.” Pausa dramática: “O no, disculpa, me he equivocado: es el cuadrito que responde mejor a lo que puedes llegar a hacer”. Luego nunca volví a verla llorar.

5. Con sus discursos Laura alivia la culpa que sufre. Finge sinceridad, autenticidad, eficacia, lo que sea que se transmita a través de un cuadrito —uso el diminutivo sin connotación peyorativa, me refiero literalmente al tamaño de sus piezas—. Decía Laura hace menos de un segundo: “Les ruego me disculpen si no me explico bien, las pintoras no solemos tener mucha facilidad de palabra…”. Fingía mirando sin pudor hacia el centro de los ojos de su público. Laura miente porque ha sido mi alumna y a la fuerza nota los fallos, los lugares por los que su buena voluntad ha mutado en rutinas y resignación. Y, claro, yo me siento responsable de haber puesto ahí esa semillita, aunque también pienso que al final su obediencia era una máscara y ella una fingidora. Con los orgasmos haría lo mismo. Hace un instante me he dado cuenta de que es mucho mejor no haberlo vivido en primera persona. Ni encima ni debajo de Laura. Su corazón se ha transformado en un carbunclo. Qué pobre el horno de su pecho. De ahí ya no pueden salir buenos panes olorosos. Hace un instante Laura se tapaba la cara con la mano: “¿Os importaría, perdón, les importaría que les tutease?… Para mí sería más cómodo. Muchas gracias”. Se me revuelve el estómago. Estoy a punto de vomitar.

6. Se me agria el sabor de la boca con las palabras de Laura: “No pienso demasiado en la línea que voy a trazar. Dejo que la muñeca, la mano, vayan libres. Desde el hombro y el cuello. Desde el punto neurálgico de detrás de las orejas. Donde aprietas y duele.” Laura se mete el dedo en la inserción de la mandíbula con el músculo geniogloso. Conozco perfectamente y de lejos la anatomía de Laura Calavera, miente descaradamente para caer simpática afirmando que su pintura es espontánea y física en una época en que se valora mucho la espontaneidad y lo físico. Pero cómo va a ser física una miniatura. La miniatura es el mundo pequeño. Y la contención y el comedimiento y el miedo a extender las alas y volar. Una exageración al revés. Laura nunca fue talentosa, sino más bien una hormiguita. Debería hacerse valer por esto: “Soy una hormiguita”. Pero a ella no le gusta ese tipo de verdades. No ha aprendido nada. O lo ha aprendido todo demasiado bien. Se vende como una artista única y a la vez de andar por casa. Laura Guerín no estorba. Agrada. “Donde aprietas y duele”, dice. No se lo cree ni ella. La dulce Laura Guerín.

7. Yo ya nunca dicto conferencias. No explico mi trabajo. Tampoco monto exposiciones. He valido y valgo mucho. Perduraré en el tiempo y el espacio sin necesidad de ponerme la escafandra de astronauta. Ha sido un retiro forzoso. Pero estoy tranquilo y a la vez me enfado cuando quienes me aprecian intentan confortarme: “Eres un gran maestro”. Entonces bebo y los cristales de mis gafas se tiñen de una sustancia verde. Laura mueve sus manos anilladas de orfebrería. A lo mejor, cuando acabe de decir chorradas, me descubrirá entre su amable público. Yo le formularé una pregunta —una sola—: “Querida Laura Guerín, ¿sabe usted que es una impostora?”. Ella me responderá: “Por favor, tutéame, maestro. Hemos pasado tantas cosas juntos”. Después se volverá hacia el auditorio: “Todo, todo lo que sé, lo he aprendido de este hombre”. Laura me pellizcará por debajo del puño de la camisa. “Un aplauso para él”. Se habrá producido una especie de magnicidio. Mejor me callo. No me gusta el desenlace previsible de esta escena. Aún no ha sucedido nada. Laura, después de tantas actuaciones en directo, brilla con una luz amable, comprensiva y mayestática. Yo me remeto en mi interior forrado en auténtica piel de nutria. No soporto el tintineo de sus pulseras ni la aparente humildad desde la que comparte su éxito. Sus manos anilladas de orfebrería.

8. Al principio, me hacía gracia comprobar cómo mis palabras salían de la boca de mi discípula. Me gustaba mi papel de ventrílocuo o de mago de la hipnosis. Adiestrador de aves con un sistema fonador que les permite articular ciertas sílabas y ciertas carcajadas. Laura Cuerva. Laura Lora. Laura Cacatúa Argentina. Pero poco a poco, ella guardó mis pensamientos en una caja. Se los apropió y comenzaron a salir de su boca con una textura que era para mí reconocible y completamente ajena. No me veía reflejado en los espejos. Me quedé afónico.

9. Respeto. Cuando Laura se ennovió con un compañero de curso, el chico vino a hablar conmigo. “Profesor, ¿puedo?” No entendía muy bien qué tipo de permiso debía concederle. “¿A usted le importaría?”. Ignoraba qué debía importarme. “Laura”. Me carcajeé: “Alma de cántaro, pero ¿cómo me preguntas esas cosas?”. Al principio, me sentí muy halagado por el respeto que el alumno me mostraba, luego me indigné porque no veía a Laura como algo con lo que él y yo pudiésemos entablar una negociación —¿me había fijado realmente en que Laura se toqueteaba un punto detrás de las orejas?, ¿me había fijado en que a veces se abrillantaba los labios con vaselina?, ¿me había fijado?—, luego se me erizaron los pelillos de hombre lobo al percatarme de que quizá se me notaba. Pero ¿qué mierda se me iba a notar?, ¿el exceso de celo de un padre cariñoso?, ¿de un maestro obsesionado con el rendimiento de su alumna?, ¿de un hombre intranquilo porque, en su suma y su resta de conquistas, aquella era la única piel que no había tocado porque era “respetable”?, ¿respetaba a Laura porque no le comería el lóbulo de las orejas, o la despreciaba por eso mismo?, ¿respetaba más a aquellas mujeres a las que les lamía la yugular para morderlas mejor? La situación rozaba el absurdo. Llamé por teléfono a una de las mujeres fatales de la clase y, cuando me la estaba follando, todo se derrumbó. “No, no te preocupes, eso le pasa a cualquiera. ¿Lo intentamos otra vez?”. Qué mujer más voluntariosa. El chaval era un estúpido. Pronto dejó a Laura y yo, para resarcir mis gatillazos y recompensar con monedas muy falsas la comprensión y los contorsionismos de mi mujer fatal, me casé con ella. Le hice un flaco favor. Era una mujer amable y lúcida con la que viví profundamente infeliz.

10. Empezaba a darme cuenta de cómo yo veía a Laura, entre otras razones, porque me inquietaba cómo ella pudiese verme a mí. Le pedí opinión sobre algunas de mis obras: “Excelente”, “No puede estar mejor”, “Deberían llamarte para la Documenta”. Siempre quise pensar que su opinión era sincera, porque no habría podido soportar que no lo fuese. Tampoco entendía por qué me resultaban tan trascendentales las valoraciones de una discípula. De una aprendiz a la que tanto le quedaba por aprender, aunque lo hiciese tan deprisa. “Lo que hace esta chica está muy bien”, sentenciaban catedráticos y doctores. “Se ve que por detrás está tu mano”. Aquellos elogios, igual que hoy mientras miraba a Laura hacer tintinear sus pulseras, me llevaban a confundir la satisfacción con el hurto. Como si mi discípula me hubiese despojado de un abrigo. Yo bromeaba con los otros hombres: “He sido yo quien la ha dibujado así”. Risas generales. Fundido en negro.

11. En mi miniatura mancho la página con la punta de un alfiler tintado, voy al detalle que duele y aprieto como si le clavase a Laura el índice en el agujero de detrás de su orejita. Me acuerdo de que comenzó a preocuparme lo que ella pensara de mí como hombre. No como maestro o artista, sino como hombre. Un hombre deseable. A Laura yo le parecería un viejo, un baboso, un prostático, un flojo rezumante, un ser asexuado. A mi discípula le habría dado asco acostarse conmigo. Esa sospecha, que más bien era una convicción, me bloqueó y me lastimó. Aunque lo cierto era que ella tampoco me gustaba a mí. Piel lechosa, sonrisa amarilla. Sus rótulas eran demasiado prominentes. Como de enferma de fiebres reumáticas. Tal vez, durante mis años de estudiante, copié demasiadas láminas de anatomía femenina. Pinté demasiadas modelos perfectas. Antes de cada encuentro con Laura —en clase, en una tutoría, en una exposición— adquirí la costumbre de echarme el aliento en la palma de la mano. Por lo que pudiese pasar.

12. Cuando Laura eclosionó, pese a los pronósticos favorables, mis colegas no pusieron en duda que eclosionaba no solo porque era mi discípula, sino también mi concubina. Mi niña mimada. Mi amante. Mi enchufada. Olvidaron sus apreciaciones: “Lo que esta chica hace está muy bien”. En un primer momento, decidí que debía protegerla de los maledicentes; después, me aquieté apelando a dos razones: por un lado, Laura Guerín no necesitaba mi paternalismo; por el otro, los comentarios de mis compañeros eran inocentes y festivos. “He sido yo quien la ha dibujado así”. Ella siguió adelante sin comentar nunca nada de nuestro fantasmagórico Kamasutra. A fin de cuentas, hoy la veo mover las manos enjoyadas y hablar con un aplomo que no refleja sufrimiento ni malestar. Ningún trauma que le haya hecho gastar cantidades monstruosas de dinero en psicólogos conductistas o en pastillas para dormir.

13. Me interesaba su aproximación al arte. Al principio, modesta. Luego yo qué sé. Pero en sus inicios, trabajaba con imágenes que a mí no se me habrían ocurrido nunca pero que de algún modo encajaban dentro de mis esquemas estéticos. Intuía que Laura ya venía un poquito enseñada de casa. El barro de su cabeza no era del todo moldeable o alguien ya se había ensuciado las manos con aquel amasijo tan tierno. Pero la ahijé de todas formas y pasamos años mirándonos de reojo. Ella recogía y asimilaba mis observaciones. Sin escepticismo, pero sin virginidad. Yo siempre me esforzaba para encontrar algo interesante que decir. Me concentraba mirando hacia un vacío que quedaba justo por encima del hombro derecho de mi discípula. Sentí algo semejante a la vanidad cuando Laura obtenía algún reconocimiento. Luego, ella perdió el plumón. Desaparecí, raramente respondí a sus invitaciones o a sus muestras de cariño, pero encontré grietas de ratón para entrar y salir con rapidez. Para que ella no me olvidara. Un mensaje por correo electrónico: “No está mal”. “Bueno”. Ella nunca se atrevió a preguntarme lo que yo pensaba de verdad. Hoy, viéndola mover las pulseras, he llegado a temer que no le importase. Yo le mandaba una línea para que sintiera que no podía descuidarse. Su maestro la estaba mirando. La estaba juzgando a través del ojo de la cerradura o por un agujerito. Me ves y no me ves. Puede que esté detrás del biombo o no, pero tú, Laura, no debes despistarte. Vigilo. “No me traiciones”, le advierto cuando me deslizo entre las telillas de su fase REM. Nunca se lo digo en voz alta. Pero ella es consciente de que su libertad de movimientos está limitada. Mientras tanto, me voy de puntillas y aparezco en un night club bebiendo champán y bailando claqué. Me junto con los que no la quieren. Se lo pongo difícil.

14. Joder, Laura, hace un instante te estaba escuchando y no dejabas de decir estupideces. Yo sé que tú eres mejor. Que lo puedes hacer mejor. Pero quién soy yo para darte consejos. Triunfas. Has aprendido a tocar el instrumento y, ahora, mientras estás discurseando, me río de cómo calculas tus respiraciones, el anecdotario, los golpes de efecto de la voz. Esto no sale así de un día para otro. Te has puesto un poco gorda y utilizas un tono afectadillo, como el de las actrices que fueron guapas de jóvenes y ahora se las dan solo de listas. Te has blanqueado los dientes y te has puesto unas gafas que te suavizan el óvalo de cara y esconden la ojerita. El marrón vulgar de tus ojos miopes. Te vendes bien. Te he observado con el mismo detalle con que perfilas tus nimias miniaturas, y me preguntaba hasta qué punto yo, como maestro, soy responsable de esta corrupción tan bonita. De que te hayas convertido en una matrona hábil que pinta acuarelas para decorar los interiores burgueses. Una persona que habla según toque. Hoy aprieto el botón del color y la forma. Hoy pulso la tecla de la exposición de las casitas victorianas. Hoy revisito mis influencias y mis clásicos. Hoy ligo obra y biografía. Hoy exploro mi condición de mujer en el mundo del arte. El cerebro te sopla a través de un pinganillo las vicisitudes y trabajos de Hércules que has padecido por el hecho de ser una mujer que pinta. Una pintamonas, Laura. Alguien que me engañó y que se aprovechó de mí. ¿No te das cuenta? No me cites ni me trates con condescendencia nunca más. “Un aplauso para Manuel”. Ni en tus sueños. Yo no necesito de tus peticiones. Soy el ave fénix. “Insignificante”, a veces la primera impresión es la que cuenta.

Espero que al menos tengas la dignidad de cortarte los muslos con cuchillas. De infligirte un castigo. Yo no lo haré más ni quedándome a tu lado ni yéndome: “No, Laura. Por ahí no podemos seguir”. Tú sola eres ya la emancipada causante de tu estado. Por tu abyecta obediencia y, más tarde, por no prestarme tanta atención como hubieras debido. Te saliste del molde que con tanto amor vacié para ti sin considerar que en tu huida no había liberación. Solo soberbia. Luego cansancio, sobreesfuerzos, destrucciones íntimas que hoy encubres con tus engoladas explicaciones de mujercita triunfadora: “Desde que era pequeña supe que mi manera de comunicarme con los otros era el dibujo…”. Qué mona. Me das pena, Laura. No puedo contener tus dilatados volúmenes, esas tetas monstruosas, dentro del trazo minúsculo de tu minúsculo estilo. El aplauso unánime —el que deja tan satisfechas a las imbéciles como tú— me ha sacado de la ensoñación. Del alivio que iba sintiendo al hablarte como, si otra vez, te estuviera regañando. “Gracias por vuestra compañía”, has dicho mientras hacías una pequeña reverencia llevándote al pecho las enjoyadas manos de marroquinera que se hiere con el perforador. Al final, me miras. Me conoces. Te acercas para abrazarme y a mí me gustaría salir corriendo. Hacerte un desaire. “Manuel, querido, qué alegría verte. ¿Te ha gustado la charla?”. No me puedo mover. Los ojos se me han volteado hacia dentro y son dos piedras blancas que no pueden verte. “Manuel, Manuel, querido, ¿te encuentras bien?”. Me encojo. No soporto el agudísimo tintineo de tus pulseras. “¿Por qué te encoges?”. Lo único que me faltaba es que me salvases la vida. Me llamas Manuel. “¡Manuel!”. Insistes. Me zarandeas. No sé si te lo debería consentir.


Marta Sanz, Las miniaturas de Laura Guerín. (Hombres (y algunas mujeres). Montero, R. (Coord.)). 

Marta Sanz

Ray Bradbury, Calidoscopio.

Calidoscopio

El primer impacto rajó la nave como si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.
—Barkley, Barkley, ¿dónde estás?
Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.
—¡Woode, Woode!
—¡Capitán!
—Hollis, Hollis, aquí Stone.
—Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?
—¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo… Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!
Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.
Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.
—Nos alejamos unos de otros.
Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.
Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.
—Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?
—Depende de tu velocidad y la mía.
—Una hora, supongo.
—Algo así —dijo Hollis, pensativo y tranquilo.
—¿Qué sucedió? —preguntó Hollis al cabo de un minuto.
—El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?
—¿Hacia dónde caes?
—Creo que me estrellaré en el Sol.
—Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, arderé como una cerilla.
Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.
Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.
—¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! —exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!
—¿Quién habla?
—No lo sé.
—Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?
—Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!
—Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?
Una pausa. Seguían separándose unos de otros.
—¿Stimson?
—Sí —replicó por fin.
—Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.
—No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.
—Hay una posibilidad de que nos encuentren.
—Si, sí, seguro —dijo Stimson—. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.
—Es una pesadilla —dijo alguien.
—¡Cállate! -ordenó Hollis.
—Ven y hazme callar —contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria—. Ven y hazme callar.
Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo…, y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.
¡Y seguían cayendo y cayendo!
Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.
—¡Basta!
El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.
Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.
“Da lo mismo —pensó Hollis—. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?”
Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.
Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.
—Hollis, ¿sigues ahí?
Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.
—Aquí Applegate otra vez.
—¿Qué hay, Applegate?
—Hablemos. No podemos hacer otra cosa.
El capitán intervino.
—Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.
—Capitán, ¿por qué no se calla?
—¿Qué?
—Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.
—¡Compórtese, Applegate!
—No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.
—¡Le ordeno que se calle!
—Adelante, vuelva a ordenarlo. —Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más—. ¿Dónde estábamos, Hollis? Ah, sí, ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.
Hollis, desesperado, cerró los puños.
—Quiero confesarte algo —prosiguió Applegate—. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.
Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.
Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad… Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.
¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.
—¿Estás enfadado, Hollis?
—No.
Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.
—Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.
—No tiene importancia.
Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso… El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.
Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?
Uno de los otros hombros estaba hablando.
—Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.
“Pero ahora estás aquí —pensó Hollis—. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca.”
Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:
—¡Todo ha terminado, Lespere!
Silencio.
—¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!
—¿Quién habla? —preguntó Lespere temblorosamente.
—Soy Hollis.
Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.
—Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?
—No.
—Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?
—¡Sí, es mejor!
—¿Por qué?
—Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! —gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.
Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.
—¿Y para qué te sirve eso? —gritó a Lespere—. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.
—Estoy tranquilo —contestó Lespere—. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.
—¿Perverso?
Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. “Perverso”. La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.
—Cálmate, Hollis.
Alguien había escuchado su voz sofocada.
Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson… Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la “serenidad”, que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.
—Sé lo que sientes, Hollis —dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada—. No me has ofendido.
“Pero, ¿no somos iguales? —se preguntó un aturdido Hollis—. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra.”
Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.
Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?
Un momento después descubrió que su pie derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.
—¿Hollis?
Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.
—Aquí Applegate de nuevo —dijo la voz.
—Sí.
—He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?
—Sí
—Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Cuando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.
Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.
—Gracias, Applegate.
—No hay de qué. Y anímate, bobo.
—¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?
—¿Stimson?
Todos escuchaban atentamente:
—Debe de haber muerto.
—No lo creo. ¡Stimson!
Volvieron a escuchar.
Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta…
—Es él. Escuchad.
—¡Stimson!
Nadie respondió.
Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.
—No contestará.
—Ha perdido el conocimiento. Dios lo ayude.
—Es él, escuchen.
Una respiración apenas audible, el silencio.
—Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Considérenlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.
Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.
—¡Eh! —dijo Stone.
—¿Qué?
Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.
—Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.
—¿Meteoritos?
—Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, qué hermoso es todo esto!
Silencio.
—Me voy con ellos —prosiguió Stone—. Me llevan con ellos. Estoy condenado. —Y se rió de buena gana.
Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.
—Adiós, Hollis. —La voz de Stone, ya muy debilitada—. Adiós.
—Buena suerte —gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.
—No te hagas el gracioso —dijo Stone.
Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.
Todas las voces iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.
—Adiós.
—Tómatelo con calma.
-—Adiós, Hollis -dijo Applegate.
Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.
Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood… Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.
“¿Y yo? —pensó Hollis—. ¿Qué puedo hacer? ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta… Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra.”
Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz… Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.
“Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro.”
—Me pregunto si alguien me verá —dijo en voz alta.
Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.
—¡Mira, mamá! ¡Mira! —gritó—. ¡Una estrella fugaz!
La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.
—Pide un deseo —dijo la madre del niño—. Pide un deseo.

Ray Bradbury

Virginia Woolf, El cuarteto de cuerdas

El cuarteto de cuerdas.
Bueno, aquí estamos, y si lanzas una ojeada a la estancia, advertirás que el ferrocarril subterráneo y los tranvías y los autobuses, y no pocos automóviles privados, e, incluso me atrevería a decir, landos con caballos bayos, han estado trabajando para esta reunión, trazando líneas de un extremo de Londres al otro. Sin embargo, comienzo a albergar dudas…
Sobre si es verdad, tal como dicen, que la Calle Regent está floreciente, y que el Tratado se ha firmado, y que el tiempo no es frío si tenemos en cuenta la estación, e incluso que a este precio ya no se consiguen departamentos, y que el peor momento de la gripe ha pasado; si pienso en que he olvidado escribir con referencia a la gotera de la despensa, y que me dejé un guante en el tren; si los vínculos de sangre me obligan, inclinándome al frente, a aceptar cordialmente la mano que quizá me ofrecen dubitativamente…
—¡Siete años sin vernos!
—La última vez fue en Venecia.
—¿Y dónde vives ahora?
—Bueno, es verdad que prefiero que sea a última hora de la tarde, si no es pedir demasiado…
—¡Pero yo te he reconocido al instante!
—La guerra representó una interrupción…
Si la mente está siendo atravesada por semejantes dardos, y debido a que la sociedad humana así lo impone, tan pronto uno de ellos ha sido lanzado, ya hay otro en camino; si esto engendra calor, y además han encendido la luz eléctrica; si decir una cosa deja detrás, en tantos casos, la necesidad de mejorar y revisar, provocando además arrepentimientos, placeres, vanidades y deseos; si todos los hechos a que me he referido, y los sombreros, y las pieles sobre los hombros, y los fracs de los caballeros, y las agujas de corbata con perla, es lo que surge a la superficie, ¿qué posibilidades tenemos?
¿De qué? Cada minuto se hace más difícil decir por qué, a pesar de todo, estoy sentada aquí creyendo que no puedo decir qué, y ni siquiera recordar la última vez que ocurrió.
—¿Viste la procesión?
—El rey me pareció frío.
—No, no, no. Pero, ¿qué decías?
—Que ha comprado una casa en Malmesbury.
—¡Vaya suerte encontrarla!
Contrariamente, tengo la fuerte impresión de que esa mujer, sea quien fuere, ha tenido muy mala suerte, ya que todo es cuestión de departamentos y de sombreros y de gaviotas, o así parece ser, para este centenar de personas aquí sentadas, bien vestidas, encerradas entre paredes, con pieles, repletas, y conste que de nada puedo alardear por cuanto también yo estoy pasivamente sentada en una dorada silla, limitándome a dar vueltas y revueltas a un recuerdo enterrado, tal como todos hacemos, por cuanto hay indicios, si no me equivoco, de que todos estamos recordando algo, buscando algo furtivamente. ¿Por qué inquietarse? ¿Por qué tanta ansiedad acerca de la parte de los mantos correspondiente al asiento; y de los guantes, si abrochar o desabrochar? Y mira ahora esa anciana cara, sobre el fondo del oscuro lienzo, hace un momento cortés y sonrosada; ahora taciturna y triste, cual ensombrecida. ¿Ha sido el sonido del segundo violín, siendo afinado en la antesala? Ahí vienen. Cuatro negras figuras, con sus instrumentos, y se sientan de cara a los blancos rectángulos bajo el chorro de luz; sitúan los extremos de sus arcos sobre el atril; con un simultáneo movimiento los levantan; los colocan suavemente en posición, y, mirando al intérprete situado ante él, el primer violín cuenta uno, dos, tres… ¡Floreo, fuente, florecer, estallido! El peral en lo alto de la montaña. Chorros de fuente; gotas descienden. Pero las aguas del Ródano se deslizan rápidas y hondas, corren bajo los arcos, y arrastran las hojas caídas al agua, llevándose las sombras sobre el pez de plata, el pez moteado es arrastrado hacia abajo por las veloces aguas, y ahora impulsado en este remanso donde —es difícil esto— se aglomeran los peces, todos en un remanso; saltando, salpicando, arañando con sus agudas aletas; y tal es el hervor de la corriente que los amarillos guijarros se revuelven y dan vueltas, vueltas, vueltas, vueltas —ahora liberados—, y van veloces corriente abajo e incluso, sin que se sepa cómo, ascienden formando exquisitas espirales en el aire; se curvan como delgadas cortezas bajo la copa de un plátano; y suben, suben… ¡Cuán bella es la bondad de aquellos que, con paso leve, pasan sonriendo por el mundo! ¡Y también en las viejas pescaderas alegres, en cuclillas bajo arcos, viejas obscenas, que ríen tan profundamente y se estremecen y balancean, al andar, de un lado para otro, ju, ja!
—Mozart de los primeros tiempos, claro está…
—Pero la melodía, como todas estas melodías, produce desesperación, quiero decir esperanza. ¿Qué quiero decir? ¡Esto es lo peor de la música! Quiero bailar, reír, comer pasteles de color de rosa, beber vino leve y con mordiente. O, ahora, un cuento indecente… me gustaría. A medida que una entra en años, le gusta más la indecencia. ¡Ja, ja! Me río. ¿De qué? No has dicho nada, ni tampoco el anciano caballero de enfrente. Pero supongamos, supongamos… ¡Silencio!
El melancólico río nos arrastra. Cuando la luna sale por entre las lánguidas ramas del sauce, veo tu cara, oigo tu voz, y el canto del pájaro cuando pasamos junto al mimbral. ¿Qué murmuras? Pena, pena. Alegría, alegría. Entretejidos, como juncos a la luz de la luna. Entretejidos, sin que se puedan destejer, entremezclados, atados con el dolor, liados con la pena, ¡choque!
La barca se hunde. Alzándose, las figuras ascienden, pero ahora, delgadas como hojas, afilándose hasta convertirse en un tenebroso espectro que, coronado de fuego, extrae de mi corazón sus mellizas pasiones. Para mí canta, abre mi pena, ablanda la compasión, inunda de amor el mundo sin sol, y tampoco, al cesar, cede en ternura, sino que hábil y sutilmente va tejiendo y destejiendo, hasta que en esta estructura, esta consumación, las grietas se unen; ascienden, sollozan, se hunden para descansar, la pena y la alegría.
¿Por qué apenarse? ¿Qué quieres? ¿Sigues insatisfecha? Diría que todo ha quedado en reposo. Sí, ha sido dejado en descanso bajo un cobertor de pétalos de rosa que caen. Caen. Pero, ah, se detienen. Un pétalo de rosa que cae desde una enorme altura, como un diminuto paracaídas arrojado desde un globo invisible, da la vuelta sobre sí mismo, se estremece, vacila. No llegará hasta nosotros.
—No, no, no he notado nada. Esto es lo peor de la música, esos tontos ensueños. ¿Decías que el segundo violín se ha retrasado?
Ahí va la vieja señora Munro, saliendo a tientas. Cada día está más ciega, la pobre. Y con este suelo resbaladizo.
Ciega ancianidad, esfinge de gris cabeza… Ahí está, en la acera, haciendo señas, tan severamente, al autobús rojo.
—¡Delicioso! ¡Pero qué bien tocan! ¡Qué – qué – qué!
La lengua no es más que un badajo. La mismísima simplicidad. Las plumas del sombrero contiguo son luminosas y agradables, como una matraca infantil. La hoja del plátano destella en verde por la rendija de la cortina. Muy extraño, muy excitante.
—¡Qué – qué – qué! ¡Silencio!
Estos son los enamorados sobre el césped.
—Señora, si me permite que coja su mano…
—Señor, hasta mi corazón le confiaría. Además hemos dejado los cuerpos en la sala del banquete. Y eso que está sobre el césped son las sombras de nuestras almas.
—Entonces, esto son abrazos de nuestras almas.
Los limoneros se mueven dando su asentimiento. El cisne se aparta de la orilla y flota ensoñado hasta el centro de la corriente.
—Pero, volviendo a lo que hablábamos. El hombre me siguió por el pasillo y, al llegar al recodo, me pisó los encajes del viso. ¿Y qué otra cosa podía hacer sino gritar ¡Ah!, pararme y señalar con el dedo? Y entonces desenvainó la espada, la esgrimió como si con ella diera muerte a alguien, y gritó: ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! Ante lo cual yo grité, y el príncipe, que estaba escribiendo en el gran libro de pergamino, junto a la ventana del mirador, salió con su capelo de terciopelo y sus zapatillas de piel, arrancó un estoque de la pared —regalo del rey de España, ¿sabe?—, ante lo cual yo escapé, echándome encima esta capa para ocultar los destrozos de mi falda, para ocultar… ¡Escuche! ¡Las trompas!
El caballero contesta tan aprisa a la dama, y la dama sube la escalinata con tal ingenioso intercambio de cumplidos que ahora culminan con un sollozo de pasión, que no cabe comprender las palabras a pesar de que su significado es muy claro —amor, risa, huida, persecución, celestial dicha—, todo ello surgido, como flotando, de las más alegres ondulaciones de tierno cariño, hasta que el sonido de las trompas de plata, al principio muy a lo lejos, se hace gradualmente más y más claro, como si senescales saludaran al alba o anunciaran temiblemente la huida de los enamorados… El verde jardín, el lago iluminado por la luna, los limoneros, los enamorados y los peces se disuelven en el cielo opalino, a través del cual, mientras a las trompas se unen las trompetas, y los clarines les dan apoyo, se alzan blancos arcos firmemente asentados en columnas de mármol… Marcha y trompeteo. Metálico clamor y clamoreo. Firme asentamiento. Rápidos cimientos. Desfile de miríadas. La confusión y el caos bajan a la tierra. Pero esta ciudad hacia la que viajamos carece de piedra y carece de mármol, pende eternamente, se alza inconmovible, y tampoco hay rostro, y tampoco hay bandera, que reciba o dé la bienvenida. Deja pues que tu esperanza perezca; abandono en el desierto mi alegría; avancemos desnudos. Desnudas están las columnatas, a todos ajenas, sin proyectar sombras, resplandecientes, severas. Y entonces me vuelvo atrás, perdido el interés, deseando tan sólo irme, encontrar la calle, fijarme en los edificios, saludar a la vendedora de manzanas, decir a la doncella que me abre la puerta: Noche estrellada.
—Buenas noches, buenas noches. ¿Va en esta dirección?
—Lo siento, voy en la otra.

Virginia Woolf, El cuarteto de cuerdas. 

Virginia Woolf