Leonora Carrington, La debutante

La debutante.
En la época que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.
Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.
La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.
-¡Qué asco! -le dije-. Esta noche me toca asistir a mi baile.
-Tienes suerte -dijo ella-; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.
-Habrá muchas cosas de comer -dije-. He visto llegar a casa carros repletos de comida.
-Y aún te quejas -replicó la hiena con desaliento-. Mírame a mí: yo sólo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.
Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.
-No tienes más que ir en mi lugar.
-No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría -dijo la hiena un poco triste.
–Escucha -dije-, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.
Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.
-De acuerdo -dijo de repente.
No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.
-Esta habitación huele mal -dijo mi madre, abriendo la ventana-; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.
-Por supuesto -le dije.
No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.
-No te retrases para el desayuno -dijo al irse.
Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:
-Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?
-Sí -dije, perpleja.
-Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.
-No lo veo muy práctico -dije yo-. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.
-Tengo la suficiente hambre como para comérmela -replicó la hiena.
-¿Y los huesos?
-También -dijo-. ¿Te parece bien?
-Sólo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.
-Bueno, eso me da igual.
Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.
-Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.
-En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.
Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:
-Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.
Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.
-Es verdad -dije-; lo has hecho muy bien.
Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:
-Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.
Después de oír un rato la música de abajo, le dije:
-Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte -le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.
Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a al paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.
-Acabábamos de sentarnos a la mesa -dijo-, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: “Con que mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.” A continuación se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.

Leonora Carrington, La debutante (1978).

Leonora Carrington

José Cardoso Pires, La república de los cuervos

La república de los cuervos

Para ser San Vicente y entrar en la Historia como entró, San Vicente necesitó de dos cuervos para hacerse acompañar, quienes, por más señas, le fueron fieles hasta hoy. Ahora bien, de un ave como ésta, tan conveniente y enigmática, se cuentan muchas cosas. La propia Enciclopedia Portuguesa y Brasileña, tras muchos rodeos, afirma que el cuervo es taimado y ladrón y esto, bien entendido, con la debida consideración por la agudeza y por la independencia en el trato que tanta gente le reconoce. 
“Me cago en la Enciclopedia”, dice el cuervo. Y para corroborarlo, alza la cola y, zas, despide un churretazo de mierda blanquecina. Mierda blanquecina en una criatura tan negra nadie lo esperaría.
El cuervo en cuestión se llama Vicente. Le pusieron un nombre de santo, como para quejarse, pero ni aun así se siente muy reconocido por ello. Pertenece a una de las últimas tascas lisboetas, una de las que antiguamente, aparte de vino, vendían carbón, petróleo y ramitos de calquesa, pero de eso hace ya muchos años, en la edad de los fogones y del quinqué, y para ese entonces él ni siquiera había nacido. O tal vez sí, que con los cuervos nunca se sabe. Hay quien afirma que pueden durar eternidades.
En la puerta de al lado de la taberna se estableció hacía mucho una mujer que vende huevos y tripicallos, sentada en una mecedora. El Cuervo la conoce y hasta la visita. De ella se dice que mató al marido a base de yemadas envenenadas, si es que alguna vez tuvo marido, pero en concreto lo que de ella se sabe y está a la vista, es que se pasa los días atada al sillón haciendo punto con un cierto mirar airado. Parece una gata gorda de bigotes ensañados, una gata doméstica que se pasa el tiempo dándole a la aguja y contando un, dos, tres, nudo, un, dos, tres, vuelta, para así olvidarse de tiempos pasados. Pero eso no pasa de las apariencias porque, pobrecilla, lo que la consume es aquel corazón que Dios le dio, un corazón tan grande y universal que no le cabe en el pecho. Por eso se pasa el rato meciéndose y meciéndose, en el sillón, como si quisiera dar más aire al pecho o como si tomara impulso para proyectarse por los aires, rumbo a Dios Nuestro Señor.
En sus vueltas diarias el Cuervo nunca se olvida de saludar a la recovera, que siempre lo trata con gran estima, ofreciéndole pedazos de tripa y otros despojos de las aves que cuelga del techo. “Hola, compadre”, lo saluda ella en cuanto lo ve avanzar a saltitos por el umbral de la puerta.
Se llevan muy bien, siempre se llevaron muy bien el uno con el otro. De manera general la recovera lo recibe con una sonrisa para enseguida cambiar hacia lo trágico, llevándose las manos al pecho y volviendo sus ojos al cielo: “Sabes, vecino, mi corazón...”. Con esto ella quiere decir muchas cosas y el Cuervo lo sabe. Anginas de pecho, mareos, medicaciones... Y el Cuervo lo sabe, el Cuervo lo sabe. Falta de aire también. Uno, dos, tres, vuelta, uno, dos, tres, nudo, últimamente las faltas de aire han sido constantes y la pobrecilla se balancea en su mecedora con verdadera angustia. El Cuervo, oyéndola con la mayor atención, remata todas las veces de la misma suerte: “No se preocupe, vecina, no se preocupe, que un día u otro todos los males tienen su fin” y ella entonces deja caer sus bigotes y se pierde, resignada, mirando a través de la puerta la plaza de las Hermanas Descalzas que le cae justo en frente.
La plaza de las Hermanas Descalzas, con la capilla y el hospital del mismo nombre, está siempre arrullando de palomas blancas. El Cuervo cuando no tiene otra cosa que hacer o comienzan a hacerlo rabiar con necedades, se da una vuelta hasta allí. Va para pasar el rato, por importunar. Sólo para crear alboroto en las palomitas de pluma virgen que se pasean por el empedrado dando cabezadas. Es evidente que las palomitas en cuento lo ven acercarse abren sus alas a paso corrido y pecho alzado pues no se fían mucho del personaje libertino que están viendo, pero él avanza derecho, empingorotado y en plan señor. De pasada deja caer algún que otro piropo a ésta o a aquélla. “Muñequita”, “Celosa mía”, pero nunca vuelve su cabeza, como se ve. A ellas se las oye rolar suspiros y temblar de alas, encandiladas ciertamente con su negro perfil espejeado de reflejos azules; se las oye palpitantes y azotadas y cuando llega hasta el otro lado de la plaza, se vuelve para mirarlas de frente: ¡A ver qué es lo que pasa, muñecas!
En la taberna algunos de los bebedores más animados tratan de darle conversación. Comienzan por preguntarle el nombre y, según es costumbre, acaban por llamarle Vicente, otra tontería.
“¿Vicente?, pregunta un día un fulano haciéndose el sorprendido. “¿No serás de la familia de quienes andaban detrás del santo, o es que me equivoco? 
Equivocado, y un carajo. El Cuervo que es tabernero por convivencia con el dueño, conoce todas las gilipolleces del vino y como encima, es ateo practicante, la charla de San Vicente y los cuervos de Lisboa, le hace darse el piro, enojado. Desde que se conoce, nunca le han faltado doctores provocándole con miradas o con estupideces sobre la existencia de históricos cuervos en el escudo de Lisboa y en otras fábulas semejantes.
Al fin y al cabo estos parlanchines siempre dicen lo mismo. Describen invariablemente el esqueleto del mártir San Vicente al llegar a Lisboa, entero y muy compuesto, en una barca escoltada por dos cuervos, como se puede ver en el escudo de la ciudad de Lisboa. Dos cuervos, el uno a proa y el otro a popa, siendo así que arribaron al Tajo, dicen ellos, y eso después de haber navegado un puñado de siglos por los mares de la eternidad.
¿Mares de la eternidad? ¿Pero dónde cae eso de la eternidad? Para el Cuervo Tabernario ya la historia del cadáver bullía de gusanos podridos y hedía bastante mal. Créase o no, sólo a costa de mucho vino y de mucha paciencia es posible tragarse una trola de tamaña enormidad.
Pero aún los hay peores y el Cuervo los conoce. Hay un sacristán en la capilla del Hospital de las Hermanas Descalzas que afirma que dichos pájaros de San Vicente aún siguen vivitos y coleando y quien los quiera ver que se acerque a los rincones románticos de la catedral, que los verá anidados a la altura del milagro, continuamente mecidos por un coro de sochantres y de monaguillos. Esto lo oyó el Cuervo en la taberna con los mismos ojos que se ha de comer la tierra y ni se admiró ni se contradijo. El sacristán siempre que se pone a tono con el vino, le da por ponerse franciscano, hermano de los pájaros, de los ángeles y de los peces voladores, sólo para conmover a su audiencia y al Cuervo en particular. El pobre no sabe que Vicente siente escalofrío con ciertos pájaros y hasta las alas se le encrespan cuando los oye nombrar.
“Si pudiera, este capullo me comería con plumas y todo”, suelta él a medio pico, leyendo el brillo piadoso que baila en los morros del sacristán.
Hasta el gorro está de cuervos históricos, hasta el gorro de la barca de San Vicente que anda navegando de boca en boca en cuanto se habla de Lisboa, hasta el gorro de verla por toda la ciudad con aquellas dos aves desvergonzadas, dibujada en estandartes, tallada en la piedra de las fuentes públicas, reproducida en llaveros y en guías turísticas, recortada en la chapa en los faroles de las avenidas engalanadas. Harto de esa fantochada, cómo no, hartísimo. Por otro lado, como cuervo legítimo que es, entiende como una realísima estupidez haberle puesto ese nombre, que si Vicente por aquí, que si Vicente por allá, pues Vicente se llaman todos los cuervos de Lisboa, ¿no te fastidia?
Se sube en el tonel más alto de la casa para mantenerse apartado de la descarada ignorancia que ha tomado la voz del mostrador de la taberna, pero el sacristán de vinazo franciscano sube permanentemente de tono y no para de fabular. Anda con una tal diarrea de lengua que no hay milagro que la apague y lo por eso se repite, igualito, igualito, día por día. Hoy cuenta la Parábola del Santo y de los Peces que entiende él, es una de sus franciscanadas.
El Cuervo Tabernario se sabe de pé a pá que era una vez San Antonio, que andaba descalzo por esos mundos de Dios predicando a los animales y la historia comenzaba así. De ahí en adelante el santo viajaba por montes, por valles y por desiertos, incansable, y cuando quería hacer un milagro alzaba los ojos a Dios Padre y Misericordioso hasta hacer brotar una flor de sangre en el cuerpo que lo convertía en un iluminado y ya no se necesitaba de más para arreglar lo que le viniera en gana. La sangre, aclara el sacristán, no se declaraba siempre en el mismo sitio, sino que era una especie de llaga repentina que igual podía aparecer en la palma de la mano, si lo que había que detener era una tempestad, como al lado del corazón, si había que ordenar un arrepentimiento, o en la planta del pie si había que abrir un sendero a través de las aguas o del fuego. Y de esta manera, el sacristán enumera siempre los mismos casos posibles, pero el Cuervo ni siquiera lo oye. Oye, sí, la manera asaz cruel y ejemplar de cómo el Predicador se hizo mártir al hablar un día a los peces del Amazonas. Ahí, bueno, el caso se puso jodido. Dios le habría ordenado, “Ve y Continúa” y él, por confusión o por cualquier otro desliz, en vez de continuar su discurso, creyó que había recibido órdenes de atravesar el río y enseguida le despuntó en la planta del pie tanta sangre que las aguas se iban apartando a su paso. Feliz y radiante, se metió en la corriente y le dio un aire, porque le cayeron encima bancos de pirañas atraídas por la sangre.
Antes la parábola acababa justo aquí, pues las voraces pirañas se encargaban de dar martirio al Predicador y, amén, el resto Dios lo sabría. Pero esta vez el sacristán tiene algo que añadir, algo de mucho enseñamiento que cambia el rumbo de la historia. Cuenta que el cuerpo del mártir, aunque entregado a las pirañas, quedó intacto por fuera como si se hubiera reducido a una figura hueca. De esta manera durante años y años se vio cómo se deslizaba por el río en imagen serena y generosa, llevando dentro de sí a los peces asesinos.
Un cadáver más flotando, piensa el Cuervo como resumen. Después del San Vicente de Lisboa había tocado el turno al Predicador del Amazonas. Dos mártires más completamente desnortados. Con ello quedaba más que demostrado que el sacristán en cuanto se entonaba vacilaba como un buitre cruzado con un albatros, pues veía cadáveres nadando por todas partes.
Ahora bien, si para el Cuervo Tabernario existe algo para lo que no tenga vocación, es para soportar borrachos y mucho menos borrachos franciscanos, que esos se ponen a solfear de tal modo que dejan a los oyentes sin alas. Por la parte que le toca, el Cuervo cree que ya ha oído lo suficiente y se pone a estirar las patas, encima del barril. Después se dirige hacia la puerta para ver cómo andan las nubes.
Frente a él, en la plaza del hospital, pasa una monja en bicicleta levantando un revuelo de palomas. Como una bruja inmaculada montada sobre una escoba, piensa el Cuervo. Y abre el pico hacia el aire, empalagado. ¿Empalagado o bostezante?
Tan-tan, está tocando la campana de la capilla. Allá que va la monja en bicicleta, como paloma del Espíritu Santo. Y el sacristán ya debiera estar en el altar para recibirla, sólo que esta tarde le dio por catequizar borrachos y de momento no va a abandonar la taberna ni a Dios Padre. Ay, ay, muchas plumas tiene el Cuervo en su triste laborar. Las de éste son cada vez más oscuras y pesadas, a medida que el sol va bajando. Pesadísimas.
Cuando anda así, desilusionado con el mundo, lo primero que se le ocurre es pasarse por donde la vecina recovera. Sabe que va a encontrarla haciendo punto y balanceándose en la mecedora matriarcal a la sombra de las gallinas y de los patos degollados. Hacer punto para las niñas desvalidas es el pasatiempo de la pobre mujer. Sobrevolada por cadáveres desplumados, hace gorros, jerseys y mantitas de cuna en una lana de angora tan suave que hace recordar el plumón de los jilgueros, un, dos, tres, nudo, un, dos, tres, vuelta, ¿cómo tú por aquí, vecino?
El Cuervo salta el escalón y ella, sin dejar de balancearse, extiende el largo gancho con que descuelga a los gallináceos del techo y lo mete en el balde de los desperdicios, de donde lo saca con su pedacito de enjundia, su sobra de tripas, su cresta de gallo, los primores que el Cuervo Tabernero tanto aprecia.
Mientras él come la pobrecilla suspira y cuenta trivialidades- “ay”, dice ella, y el ay de la recovera sirve para todo: si le sale del corazón es un lamento, pero también puede ser un rechazo de enojo, dicho con un giro de cabeza, o un vislumbre de espanto divertido, si sus bigotes indican que sonríe. Ay, niño, dice a veces al Cuervo, en momentos de mayor intimidad.
A pesar de los pesares, da gusto oírla conversar con muchas madejas por medio porque es señora de un corazón universal que abraza a todas las criaturitas desamparadas y a todos los animales de la naturaleza, a excepción de las aves de corral que, palabras de ella, no reconocen a quien las trata ni dan nunca lucro al comercio. A tales bichos une el cerdo que tampoco es de su devoción, pero por otras razones.
El realidad el cerdo, el guarro, como ella prefiere llamarle, un, dos, tres, nudo, un, dos, tres, vuelta, ay, el guarro es un animal campesino que no mira la luz del sol. No tiene ideología el guarro. Tiene el llamado ojo porcino y si aún guarda algún respeto por Dios es porque nunca se ha encontrado con él. Por lo demás, sigue a lo suyo, come todo lo que se le pone a la boca, hasta cadáveres y dice que cada cual se busque la vida como pueda. El cerdo sabe que es cerdo y no le importa, de modo que si alguna vez mandase en el mundo, un, dos, tres, nudo, un, dos, tres, vuelta, éste sería gobernado a trompadas. “Ahí te mueras, jodido cerdo”, remata la recovera.
“Yo conozco a un cerdo llamado Señor Juan”, dice el Cuervo Tabernario, sin parar de picotear.
¿De Lisboa o de la provincia?, pregunta la recovera y luego se lleva la mano a la boca, arrepentida: “Ay, vecino Cuervo, la gente hoy está en todo, Dios nos perdone”.
Se deja en suspenso unos momentos, muy seria, mirando a lo lejos con las manos olvidadas sobre la madeja. ¿Pensando en qué? ¿En Dios? Probablemente en recuerdos sombríos que sólo ella conoce. “En fin”, suspira, y toma de nuevo las agujas.
Tranquilidad en la tienda, sosiego ahí afuera. Un cabeceo incansable, un balancearse como si estuviera sobre las olas. La sombra de ella en el suelo. Agrandándose y empequeñeciéndose a compás, un, dos. La radio de la taberna exhalando sonidos deshilachados por la calle.
“Ayer te vi en el Palacio de Sintra”, dice la recovera sin alzar los ojos de la madeja.
“¿A mí?”, pregunta el Cuervo.
“A ti, a ti, no tienes que esconderte. Andabas paseándote por el techo de una sala, o ¿es que te crees que yo no lo sé?
El Cuervo queda con el pico abierto, pasmado. “¿Por el techo de una sala?, ¿en el Palacio de Sintra?”.
Sí, en el Palacio, mismamente en el Palacio, fue una manera de decir, ya que, por desgracia, la recovera casi no puede salir de aquella mecedora. Lo ha visto, es verdad, pero en una foto.
“Imposible”, contesta el Cuervo. “Te puedo asegurar que andas confundida”.
La recovera soltó una risotada divertida:
“Uy, nada de confusión. Te he visto, amigo mío. Estabas pintado en diversas posiciones sobre un techo muy bonito y debo decirte que salías parecidísimo. Si no eras propiamente tú, sería un hijo tuyo, lo digo por la pinta. ¿Tienes hijos, vecino?
Sólo entonces el prevenido Cuervo entiende que la recovera improvisa, picoteando en la conversación de buena fe. Ningún motivo, por tanto, para preocuparse, podría decirse. Y sin embargo, así quedó la cosa. Quedó y continuará a quedar durante muchísimo tiempo porque sabe perfectamente que el palacio al que la señora se ha referido no tiene cuervos, sino urracas y confundir dos personalidades tan distintas revela, con las debidas disculpas, una lamentable ignorancia. Ignorancia aún más lamentable por haber salido de la boca de una comerciante de aves. Que el pintor de los pájaros hubiera confundido una cosa con otra, bah, tiene un pase, se puede comprender. Hay muchos pintamonas que pintan lo primero que se les pasa por la cabeza y luego les ponen el nombre que les da la real gana. ¿Pero, por Dios, una recovera? Vamos, vamos.
El Cuervo Tabernario está de veras disgustado. Sinceramente. Siempre oyó hablar de la Sala de las Urracas y no de la Sala de los Cuervos al hablar de Sintra. Así es en todas las postales, en todos los álbumes y en todas las fotos, incluyendo, claro, la que fue a parar a manos de la vecina.
El Cuervo a pesar de andar tan hecho a las leyendas y mentirijillas que se cuentan a su respecto y al de su tribu, quedó realmente muy dolido con esta falta de atención de la recovera. A nadie le gusta ser despreciado, ese es el caso, y ya de puestos, adiós vecina, que le vaya bien, que este amigo va a ver si echa una campavía para otro lado.
Sigue al azar, por el atardecer, sin norte ni tiempo fijo. Vagabundear, es como se llama a eso. Airear la cola. El desplante que la recovera le hizo, lo dejó desangelado, como se suele decir. Y ahora, pocas calles más adelante, es un perro el que se mete con él, que era lo que le faltaba.
“Vete al carajo, chucho de mierda”, le suelta sin siquiera mirarlo, y prosigue su marcha.
El otro, perro viejo y menesteroso, hizo como que no lo oía por una cuestión de orgullo. Es un montón de huesos cubierto de moscas, pero incluso en aquel estado, todavía se acuerda de que es un perro. No piensa el estúpido, que si un cuervo es capaz de plantar cara a un azor o a un halcón, con mayor facilidad caería sobre un chucho flaco como él, clavándole las garras en el lomo hasta dejarlo hecho tiras.
El cuervo es un bicho de coraje, dicen los libros y éste, aún con las alas cortadas por la maldad del tabernero con el que vive, defiende su libertad por ser muy desconfiado y saltador. En menos de nada atraviesa una calle, en menos de nada ya está en lo alto, mirando; tan rápido corre como salta y en este preciso momento apunta a los barracones de la orilla del Tajo, que al caer la tarde están necesariamente desiertos. Tranquilidad, es lo que necesita y para eso está en el buen camino. El comercio está casi todo cerrado, la gente camino de sus casas sin tiempo para echar el rato con quien pasa, los autobuses cumplen sus horarios, la marea baja de la ciudad, una ciudad que se escabulle hacia los dormitorios. Se oye un barco roncando en alguna parte del río.
En esto el Cuervo salta hacia una pequeña zona de césped a los pies de un monumento y allí descubre ¿qué?, una moneda. Plata reluciente, con lo que a él le gusta eso. Rápidamente le echa el pico en lo alto y busca un sitio para enterrarla. Un cuervo como cualquier otro ciudadano, tiene todo el derecho a jugar con el dinero, ¿no es así?
“Creo que andas perdido”, dice una voz avinada que parece llegarle desde el Más Allá.
El Cuervo no necesita oír más. Joder, otro borracho. Lisboa está llena de borrachos. Aquel tiene una pinta que no engaña a nadie, y ya lo ven, todo garboso, sobre el pájaro.
Que le huye el pájaro. Que no es estúpido.
“Borroncillo, ven aquí, borroncillo”, le indica el borracho con su mano mientras intenta atraparlo.
Borroncillo lo será tu padre. El Cuervo sin abandonar la moneda lo esquiva con una finta y se aleja, muy digno. Nueva arrancada del borracho, pero otra vez sin resultado. El hijo de su madre viene con los brazos abiertos fingiendo que quiere jugar, pero el Cuervo, con su moneda en el pico como si acabara de salir de una fábula, salta media docena de pasos y vuelve a escabullirse. Corrida por aquí, corrida por allá el despajarado violador de pájaros tropieza en una piedra y queda espatarrado en el césped mientras lo llama con mano amistosa: “Gorrioncillo, gorrioncillo...”.
Gorrioncillo. Aquel, incluso sin estar bebido, es capaz de desplumar un cuervo a bocados y llamarlo perdiz de campo.
Anochece. Ya es hora de tirar para casa. A los pies del monumento quedó el borracho frustrado y un poco más adelante, en una grieta del terreno, va a quedar una moneda de plata depositada por un Cuervo Tabernario. Así es la vida, la curiosidad tiene su momento y el vagabundear también. En las callejuelas del regreso reina un olor a fritanga y hay un desfilar de televisores por las ventanas abiertas, la ciudad en familia. Entre un farol de esquina y un escaparate iluminado a todo color, pasa una vieja conduciendo un gato de pelo azul con su cadena y todo.
¿De pelo azul? De pelo azul el Cuervo jamás había visto a un gato, aunque eso pudiera deberse al reflejo del escaparate. Y un gato con cadena, menos aún. Sólo faltaría que tampoco hubiera visto a la vieja y que en vez de llevarlo, fuese llevada por un gato de ciego.
Decididamente en esta ciudad medida por las leyendas, todo es fábula de museo. Perros desdentados, gatos azules, como acababa de ver, palomas corruptas, de todo. Cuervos, principalmente. Lisboa es una república de cuervos, tiene historias de cuervos para dar y tomar. Mientras, si nos ponemos en ello, lo que encontramos por todos lados son animales de fábula, monstruos domésticos disfrazados de canarios, de cachorros, de micos y de otros miles de animales, y cuervos, propiamente, ni uno. ¿Dónde están? ¿En el escudo de la ciudad? Di. Gente como el sacristán de las Hermanas Descalzas, que pueden creer en esa trola de los dos cuervos desnaturalizados que andan paseándose con un esqueleto por los mares de la eternidad.
El Cuervo Tabernario conoce todo eso, pero no se cree nada.
Él, que es incluso lisboeta de nacimiento con graznar y todo, escucha al experto de ocasión lanzando floreados de este género y prosigue su camino. Como quien dice, el Cuervo Vicente, su criado, y házme el favor de irte a la mierda, que a mí no me toreas tú, so capullo.
Nítido en el negro declarado que le diera la Naturaleza, regresa a la tasca donde tiene su guarida. Pasa por callejuelas y puertas conocidas, pasa junto al hospital, pasa la tienda de la recovera pero..., ¡alto ahí!, en la tienda de la recovera ¿qué es lo que está pasando? Aún hay luz allá dentro y la puerta está entreabierta, ¿trabajando tan tarde la recovera?
Por el sí o por el no, se acerca. Y entra. Y con esa mirada repentina que le es tan familiar da con la mujer muerta en la mecedora. Muerta, no hay la menor duda. Su corazón universal se detuvo. Blanca y matriarcal, está reclinada hacia detrás con los ojos abiertos como si siguiera viva, como si continuara balanceándose al compás de sus agujas.
El Cuervo Tabernario sacude las alas, sin dar crédito. Su amiga, su confidente, su vecina, yace muerta en la mecedora. Tiene los bigotes largos cayéndole por la comisura de la boca y así se parece a una morsa corpulenta sentada en un trono. “Muerta”, se desata él a graznar, saltando contra las paredes, contra el techo, contra las aves degolladas que se alinean en el fondo de la sala. De golpe prende sus garras en el espaldar de la mecedora y se pone a gritar socorro, socorro.
Viene gente, viene la policía, el barrio entero, pero él, el Cuervo, no se aparta de allí. De pico afilado y golpeando las alas se mantiene a la cabecera de la difunta, no consintiendo que nadie le toque un pelo y lanzando, en un cra-crá afligido, la más íntima y personal de todas sus voces.
Aseguran que aún sigue allí.

José Cardoso Pires, La república de los cuervos.
Traducido por Manuel Moya.

José Cardoso Pires

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Silvina Ocampo, La casa de azúcar

La casa de azúcar
Las supersticiones no dejaban vivir a Cristina. Una moneda con la efigie borrada, una mancha de tinta, la luna vista a través de dos vidrios, las iniciales de su nombre grabadas por azar sobre el tronco de un cedro la enloquecían de temor. Cuando nos conocimos llevaba puesto un vestido verde, que siguió usando hasta que se rompió, pues me dijo que le traía suerte y que en cuanto se ponía otro, azul, que le sentaba mejor, no nos veíamos. Traté de combatir estas manías absurdas. Le hice notar que tenía un espejo roto en su cuarto y que por más que yo le insistiera en la conveniencia de tirar los espejos rotos al agua, en una noche de luna, para quitarse la mala suerte, lo guardaba; que jamás temió que la luz de la casa bruscamente se apagara, y a pesar de que fuera un anuncio seguro de muerte, encendía con tranquilidad cualquier número de velas; que siempre dejaba sobre la cama el sombrero, error en que nadie incurría. Sus temores eran personales. Se infligía verdaderas privaciones; por ejemplo: no podía comprar frutillas en el mes de diciembre, ni oír determinadas músicas, ni adornar la casa con peces rojos, que tanto le gustaban. Había ciertas calles que no podíamos cruzar, ciertas personas, ciertos cinematógrafos que no podíamos frecuentar. Al principio de nuestra relación, esta supersticiones me parecieron encantadoras, pero después empezaron a fastidiarme y a preocuparme seriamente. Cuando nos comprometimos tuvimos que buscar un departamento nuevo, pues, según sus creencias, el destino de los ocupantes anteriores influiría sobre su vida (en ningún momento mencionaba la mía, como si el peligro la amenazara sólo a ella y nuestras vidas no estuvieran unidas por el amor). Recorrimos todos los barrios de la ciudad; llegamos a los suburbios más alejados, en busca de un departamento que nadie hubiera habitado: todos estaban alquilados o vendidos. Por fin encontré una casita en la calle Montes de Oca, que parecía de azúcar. Su blancura brillaba con extraordinaria luminosidad. Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. Pensé que esa casa era recién construida, pero me enteré de que en 1930 la había ocupado una familia, y que después, para alquilarla, el propietario le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer creer a Cristina que nadie había vivido en la casa y que era el lugar ideal: la casa de nuestros sueños. Cuando Cristina la vio, exclamó:
–¡Qué diferente de los departamentos que hemos vivido! Aquí se respira olor a limpio. Nadie podrá influir en nuestras vidas y ensuciarlas con sus pensamientos que envician el aire.
En pocos días nos casamos y nos instalamos allí. Mis suegros nos regalaron los muebles del dormitorio y mis padres los del comedor. El resto de la casa la amueblaríamos de a poco. Yo temía que, por los vecinos, Cristina se enterara de mi mentira, pero felizmente hacía sus compras fuera del barrio y jamás conversaba con ellos. Éramos felices, tan felices que a veces me daba miedo. Parecía que la tranquilidad nunca se rompería en aquella casa de azúcar, hasta que un llamado telefónico destruyó mi ilusión. Felizmente Cristina no atendió aquella vez al teléfono, pero quizá lo atendiera en una oportunidad análoga. La persona que llamaba preguntó por la señora Violeta: indudablemente se trataba de la inquilina anterior. Si Cristina se enteraba de que yo la había engañado, nuestra felicidad seguramente concluiría: no me hablaría más, pediría nuestro divorcio, y en el mejor de los casos tendríamos que dejar la casa para irnos a vivir, tal vez, a Villa Urquiza, tal vez a Quilmes, de pensionistas en alguna de las casas donde nos prometieron darnos un lugarcito para construir ¿con qué? (con basura, pues con mejores materiales no me alcanzaría el dinero) un cuarto y una cocina. Durante la noche yo tenía cuidado de descolgar el tubo, para que ningún llamado inoportuno nos despertara. Coloqué un buzón en la puerta de calle; fui el depositario de la llave, el distribuidor de cartas.
Una mañana temprano golpearon a la puerta y alguien dejó un paquete. Desde mi cuarto oí que mi mujer protestaba, luego oí el ruido del papel estrujado. Bajé la escalera y encontré a Cristina con un vestido de terciopelo entre los brazos.
–Acaban de traerme este vestido –me dijo con entusiasmo.
Subió corriendo las escaleras y se puso el vestido, que era muy escotado.
–¿Cuándo te lo mandaste a hacer?
–Hace tiempo. ¿Me queda bien? Lo usaré cuando tengamos que ir al teatro, ¿no te parece?
–¿Con qué dinero lo pagaste?
–Mamá me regaló unos pesos.
Me pareció raro, pero no le dije nada, para no ofenderla.
Nos queríamos con locura. Pero mi inquietud comenzó a molestarme, hasta para abrazar a Cristina por la noche. Advertí que su carácter había cambiado: de alegre se convirtió en triste, de comunicativa en reservada, de tranquila en nerviosa. No tenía apetito. Ya no preparaba esos ricos postres, un poco pesados, a base de cremas batidas y de chocolate, que me agradaban, ni adornaba periódicamente la casa con volantes de nylon, en las tapas de la letrina, en las repisas del comedor, en los armarios, en todas partes como era su costumbre. Ya no me esperaba con vainillas a la hora del té, ni tenía ganas de ir a teatro o al cinematógrafo de noche, ni siquiera cuando nos mandaban entradas de regalo. Una tarde entró un perro en el jardín y se acostó frente a la puerta de calle, aullando. Cristina le dio carne y le dio de beber y, después de un baño, que le cambió el color de pelo, declaró que le daría hospitalidad y que lo bautizaría con el nombre Amor, porque llegaba a nuestra casa en un momento de verdadero amor. El perro tenía el paladar negro, lo que indica pureza de raza.
Otra tarde llegué de improviso a casa. Me detuve en la entrada porque vi una bicicleta apostada en el jardín. Entré silenciosamente y me escurrí detrás de una puerta y oí la voz de Cristina.
–¿Qué quiere? –repitió dos veces.
–Vengo a buscar a mi perro –decía la de voz de una muchacha–. Pasó tantas veces frente a esta casa que se ha encariñado con ella. Esta casa parece de azúcar. Desde que la pintaron, llama la atención de todos los transeúntes. Pero a mí me gustaba más antes, con ese color rosado y romántico de las casas viejas. Esta casa era muy misteriosa para mí. Todo me gustaba en ella: la fuente donde venían a beber los pajaritos; las enredaderas con flores, como cornetas amarillas; el naranjo. Desde que tengo ocho años esperaba conocerla a usted, desde aquel día en que hablamos por teléfono, ¿recuerda? Prometió que iba a regalarme un barrilete.
–Los barriletes son juegos de varones.
–Los juguetes no tienen sexo. Los barriletes me gustaban porque eran como enormes pájaros: me hacía la ilusión de volar sobre sus alas. Para usted fue un juego prometerme ese barrilete; yo no dormí en toda la noche. Nos encontramos en la panadería, usted estaba de espaldas y no vi su cara. Desde ese día no pensé en otra cosa que en usted, en cómo sería su cara, su alma, sus ademanes de mentirosa. Nunca me regaló aquel barrilete. Los árboles me hablaban de sus mentiras. Luego fuimos a vivir a Morón, con mis padres. Ahora, desde hace una semana estoy de nuevo aquí.
–Hace tres meses que vivo en esta casa, y antes jamás frecuenté estos barrios. Usted estará confundida.
–Yo la había imaginado tal como es. ¡La imaginé tantas veces! Para colmo de la casualidad, mi marido estuvo de novio con usted.
–No estuve de novia sino con mi marido. ¿Cómo se llama este perro?
–Bruto.
–Lléveselo, por favor, antes de que me encariñe con él.
–Violeta, escúcheme. Si llevo el perro a mi casa, se moriría. No lo puedo cuidar.
–Vivimos en un departamento muy chico. Mi marido y yo trabajamos y no hay nadie que lo saque a pasear.
–No me llamo Violeta. ¿Qué edad tiene?
–¿Bruto? Dos años. ¿Quiere quedarse con él? Yo vendría a visitarlo de vez en cuando, porque lo quiero mucho.
–A mi marido no le gustaría recibir desconocidos en su casa, ni que aceptara un perro de regalo.
–No se lo diga, entonces. La esperaré todos los lunes a las siete de la tarde en la Plaza Colombia. ¿Sabe dónde es? Frente a la iglesia Santa Felicitas, o si no la esperaré donde usted quiera y a la hora que prefiera; por ejemplo, en el puente de Constitución o en el Parque Lezama. Me contentaré con ver los ojos de Bruto. ¿Me hará el favor de quedarse con él?
–Bueno. Me quedaré con él.
–Gracias, Violeta.
–No me llamo Violeta.
–¿Cambió de nombre? Para nosotros usted es Violeta. Siempre la misma misteriosa Violeta.
Oí el ruido seco de la puerta y el taconeo de Cristina, subiendo la escalera. Tardé un rato en salir de mi escondite y en fingir que acababa de llegar. A pesar de haber comprobado la inocencia del diálogo, no sé por qué, una sorda desconfianza comenzó a devorarme. Me pareció que había presenciado una representación de teatro y que la realidad era otra. No confesé a Cristina que había sorprendido la visita de esa muchacha. Esperé los acontecimientos, temiendo siempre que Cristina descubriera mi mentira, lamentando que estuviéramos instalados en este barrio. Yo pasaba todas las tardes por la Plaza que queda frente a la iglesia de Santa Felicitas, para comprobar si Cristina había acudido a la cita. Cristina parecía no advertir mi inquietud. A veces llegué a creer que yo había soñado. Abrazando al perro, un día Cristina me preguntó:
–¿Te gustaría que me llamara Violeta?
–No me gusta el nombre de las flores.
–Pero Violeta es lindo. Es un color.
–Prefiero tu nombre.
–Un sábado, al atardecer, la encontré en el puente de Constitución, asomada sobre el parapeto de fierro. Me acerqué y no se inmutó.
–¿Qué haces aquí?
–Estoy curioseando. Me gusta ver las vías desde arriba.
–Es un lugar muy lúgubre y no me gusta que andes sola.
–No me parece lúgubre. ¿Y por qué no puedo andar sola?
–¿Te gusta el humo negro de las locomotoras?
–Me gustan los medios de transporte. Soñar con viajes. Irme sin irme. “Ir y quedar y con quedar partirse.”
Volvimos a casa. Enloquecido de celos (¿celos de qué? de todo), durante el trayecto apenas le hablé.
Podríamos tal vez comprar alguna casita en San Isidro o en Olivos, es tan desagradable este barrio –le dije, fingiendo que me era posible adquirir una casa en esos lugares.
–No creas. Tenemos muy cerca de aquí el Parque Lezama.
–Es una desolación. Las estatuas están rotas, las fuentes sin agua, los árboles apestados. Mendigos, viejos y lisiados van con bolsas, para tirar o recoger basuras.
–No me fijo en esas cosas.
–Antes no querías sentarte en un banco donde alguien había comido mandarinas o pan.
–He cambiado mucho.
–Por mucho que hayas cambiado, no puede gustarte un parque como ése. Ya sé que tiene un museo de leones de mármol que cuidan la entrada y que jugabas allí en tu infancia, pero eso no quiere decir nada.
–No te comprendo –me respondió Cristina. Y sentí que me despreciaba, con un desprecio que podía conducirla al odio.
Durante días, que me parecieron años, la vigilé, tratando de disimular mi ansiedad. Todas las tardes pasaba por la plaza frente a la iglesia y los sábados por el horrible puente negro de Constitución. Un día me aventuré a decir a Cristina:
–Si descubriéramos que esta casa fue habitada por otras personas ¿qué harías, Cristina? ¿Te irías de aquí?
–Si una persona hubiera vivido en esta casa, esa persona tendría que ser como esas figuritas de azúcar que hay en los postres o en las tortas de cumpleaños: una persona dulce como el azúcar. Esta casa me inspira confianza. ¿Será el jardincito de la entrada que me infunde tranquilidad? ¡No sé! No me iría de aquí por todo el oro del mundo. Además no tendríamos adónde ir. Tú mismo me lo dijiste hace un tiempo.
No insistí, porque iba a pura pérdida. Para conformarme pensé que el tiempo compondría las cosas.
Una mañana sonó el timbre de la puerta de calle. Yo estaba afeitándome y oí la voz de Cristina. Cuando concluí de afeitarme, mi mujer ya estaba hablando con la intrusa. Por la abertura de la puerta las espié. La intrusa tenía una voz tan grave y los pies tan grandes que eché a reír.
–Si usted vuelve a ver a Daniel, lo pagará muy caro, Violeta.
–No sé quién es Daniel y no me llamo Violeta –respondió mi mujer.
–Usted está mintiendo.
–No miento. No tengo nada que ver con Daniel.
–Yo quiero que usted sepa las cosas como son.
–No quiero escucharla.
Cristina se tapó las orejas con las manos. Entré en el cuarto y dije a la intrusa que se fuera. De cerca le miré los pies, las manos y el cuello. Entonces, advertí que era un hombre disfrazado de mujer. No me dio tiempo de pensar en lo que debía hacer; como un relámpago desapareció dejando la puerta entreabierta tras de sí.
No comentamos el episodio con Cristina; jamás comprenderé por qué; era como si nuestros labios hubieran estado sellados para todo lo que no fuese besos nerviosos, insatisfechos o palabras inútiles.
En aquellos días, tan tristes para mí, a Cristina le dio por cantar. Su voz era agradable pero me exasperaba, porque formaba parte de ese mundo secreto, que la alejaba de mí. ¡Por qué, si nunca había cantado, ahora cantaba noche y día mientras se vestía o se bañaba o cocinaba o cerraba las persianas!
Un día en que oí a Cristina exclamar con un aire enigmático:
–Sospecho que estoy heredando la vida de alguien, las dichas y las penas, las equivocaciones y los aciertos. Estoy embrujada –fingí no oír esa frase atormentadora. Sin embargo, no sé por qué empecé a averiguar en el barrio quién era Violeta, dónde estaba, todos los detalles de su vida.
A media cuadra de nuestra casa había una tienda donde vendían tarjetas postales, papel, cuadernos, lápices, gomas de borrar y juguetes. Para mis averiguaciones, la vendedora de esa tienda me apreció la más indicada: era charlatana y curiosa, sensible a las lisonjas. Con el pretexto de comprar un cuaderno y lápices, fui una tarde a conversar con ella. Le alabé los ojos, las manos, el pelo. No me atreví a pronunciar la palabra Violeta. Le expliqué que éramos vecinos. Le pregunté finalmente quién había vivido en nuestra casa. Tímidamente le dije:
–¿No vivía una tal Violeta?
–Me contestó cosas muy vagas, que me inquietaron más. Al día siguiente traté de averiguar en el almacén algunos otros detalles. Me dijeron que Violeta estaba en un sanatorio frenopático y me dieron la dirección.
–Canto con una voz que no es mía –me dijo Cristina, renovando su aire misterioso. Antes me hubiera afligido, pero ahora me deleita. Soy otra persona, tal vez más feliz que yo.
Fingí no haberla oído. Yo estaba leyendo el diario.
De tanto averiguar detalles de la vida de Violeta, confieso que desatendía a Cristina.
Fui al sanatorio frenopático, que quedaba en Flores. Ahí pregunté por Violeta y me dieron la dirección de Arsenia López, su profesora de canto.
Tuve que tomar el tren en Retiro, para que me llevara a Olivos.
Durante el trayecto una tierrita me entró en un ojo, de modo que en el momento de llegar a casa de Arsenia López, se me caían las lágrimas como si estuviese llorando. Desde la puerta de calle oí voces de mujeres, que hacían gárgaras con las escalas, acompañadas de un piano, que parecía más bien un organillo.
Alta, delgada, aterradora apareció en el fondo de un corredor Arsenia López, con un lápiz en la mano. Le dije tímidamente que venía a buscar noticias de Violeta.
–¿Usted es el marido?
–No, soy un pariente – le respondí secándome los ojos con un pañuelo.
–Usted será uno de sus innumerables admiradores –me dijo entornando los ojos y tomándome la mano–. Vendrá para saber lo que todos quieren saber, ¿cómo fueron los últimos días de Violeta? Siéntese. No hay que imaginar que una persona muerta, forzosamente haya sido pura fiel, buena.
–Quiere consolarme –le dije.
Ella, oprimiendo mi mano con su mano húmeda, contestó:
–Sí. Quiero consolarlo. Violeta era no sólo mi discípula, sino mi íntima amiga. Si se disgustó conmigo, fue tal vez porque me hizo demasiadas confidencias y porque ya no podía engañarme. Los últimos días que la vi, se lamentó amargamente de su suerte. Murió de envidia. Repetía sin cesar: “Alguien me ha robado la vida, pero lo pagará muy caro. No tendré mi vestido de terciopelo, ella lo tendrá; Bruto será de ella; los hombres no se disfrazarán de mujer para entrar en mi casa sino en la de ella; perderé la voz que trasmitiré a esa otra garganta indigna; no nos abrazaremos con Daniel en el puente de Constitución, ilusionados con un amor imposible, inclinados como antaño, sobre la baranda de hierro, viendo los trenes alejarse”.
Arsenia López me miró en los ojos y me dijo:
–No se aflija. Encontrará muchas mujeres más leales. Ya sabemos que era hermosa, ¿pero acaso la hermosura es lo único bueno que hay en el mundo?
Mudo, horrorizado, me alejé de aquella casa, sin revelar mi nombre a Arsenia López, que, al despedirse de mí, intentó abrazarme, para demostrar su simpatía.
Desde ese día Cristina se transformó, para mí, al menos, en Violeta. Traté de seguirla a todas horas, para descubrirla en los brazos de sus amantes. Me alejé tanto de ella que la vi como a una extraña. Una noche de invierno huyó. La busqué hasta el alba.
Ya no sé quién fue víctima de quién, en esa casa de azúcar que ahora está deshabitada.

Silvina Ocampo, La casa de azúcar.

Silvina Ocampo

María Luisa Bombal, Lo secreto

Lo secreto
Sé muchas cosas que nadie sabe. 
Conozco del mar, de la tierra y del cielo infinidad de secretos pequeños y mágicos. 
Esta vez, sin embargo, no contaré sino del mar. 
Aguas abajo, más abajo de la honda y densa zona de tinieblas, el océano vuelve a iluminarse. Una luz dorada brota de gigantescas esponjas, refulgentes y amarillas como soles. 
Toda clase de plantas y de seres helados viven allí sumidos en esa luz de estío glacial, eterno… 
Actinias verdes y rojas se aprietan en anchos prados a los que se entrelazan las transparentes medusas que no rompieran aún sus amarras para emprender por los mares su destino errabundo. 
Duros corrales blancos se enmarañan en matorrales estáticos por donde se escurren peces de un terciopelo sombrío que se abren y cierran blandamente, como flores. 
Veo hipocampos. Es decir, diminutos corceles de mar, cuyas crines de algas se esparcen en lenta aureola alrededor de ellos cuando galopan silenciosos. 
Y sé que si se llegaran a levantar ciertas caracolas grises de forma anodina puede encontrarse debajo a una sirenita llorando. 
Y ahora recuerdo, recuerdo cuando de niños, saltando de roca en roca, refrenábamos nuestro impulso al borde imprevisto de un estrecho desfiladero. Desfiladero dentro del cual las olas al retirarse dejaran atrás un largo manto real hecho de espuma, de una espuma irisada, recalcitrante en morir y que susurraba, susurraba… algo así como un mensaje. 
¿Entendieron ustedes entonces el sentido de aquel mensaje? 
No lo sé. 
Por mi parte debo confesar que lo entendí. 
Entendí que era el secreto de su noble origen que aquella clase de moribundas espumas trataban de suspirarnos al oído… 
—Lejos, lejos y profundo —nos confiaban— existe un volcán submarino en constante erupción. Noche y día su cráter hierve incansable y soplando espesas burbujas de lava plateada hacia la superficie de las aguas… 
Pero el principal objetivo de estas breves líneas es contarles de un extraño, ignorado suceso, acaecido igualmente allá en lo bajo. 
Es la historia de un barco pirata que siglos atrás rodara absorbido por la escalera de un remolino, y que siguiera viajando mar abajo entre ignotas corrientes y arrecifes sumergidos. 
Furiosos pulpos abrazábanse mansamente a sus mástiles, como para guiarlo, mientras las esquivas estrellas de mar animaban palpitantes y confiadas en sus bodegas. 
Volviendo al fin de su largo desmayo, el Capitán Pirata, de un solo rugido, despertó a su gente. Ordenó levar ancla. 
Y en tanto, saliendo de su estupor, todos corrieron afanados, el Capitán en su torre, no bien paseara una segunda mirada sobre el paisaje, empezó a maldecir. 
El barco había encallado en las arenas de una playa interminable, que un tranquilo claro de luna, color verde-umbrío, bañaba por parejo. 
Sin embargo había aún peor: 
Por doquiera revolviese el largavista alrededor del buque no encontraba mar. 
—Condenado Mar —vociferó—. Malditas mareas que maneja el mismo Diablo. Mal rayo las parta. Dejarnos tirados costa adentro… para volver a recogernos quién sabe a qué siniestra malvenida hora… 
Airado, volcó frente y televista hacia arriba, buscando cielo, estrellas y el cuartel de servicio en que velara esa luna de nefando resplandor. 
Pero no encontró cielo, ni estrellas, ni visible cuartel. 
Por Satanás. Si aquello arriba parecía algo ciego, sordo y mudo… Si era exactamente el reflejo invertido de aquel demoníaco, arenoso desierto en que habían encallado. 
Y ahora, para colmo, esta última extravagancia. Inmóviles, silenciosas, las frondosas velas negras, orgullo de su barco, henchidas allá en los mástiles cuan ancho eran… y eso que no corría el menor soplo de viento. 
—A tierra. A tierra la gente —se le oye tronar por el barco entero—. Cargar puñales, salvavidas. Y a reconocer la costa. 
La plancha prestamente echada, una tripulación medio sonámbula desembarca dócilmente; su Capitán último en fila, arma de fuego en mano. 
La arena que hollaran, hundiéndose casi al tobillo, era fina, sedosa, y muy fría. 
Dos bandos. Uno marcha al Este. El otro, al Oeste. Ambos en busca del Mar. Ha ordenado el Capitán. Pero. . . 
—Alto —vocifera deteniendo el trote desparramado de su gente—. El Chico acá de guardarrelevo. Y los otros proseguir. Adelante. 
Y El Chico, un muchachito hijo de honestos pescadores, que frenético de aventuras y fechorías se había escapado para embarcarse en “El Terrible” (que era el nombre del barco pirata, así como el nombre de su capitán), acatando órdenes, vuelve sobre sus pasos, la frente baja y como observando y contando cada uno de ellos. 
—Vaya el lerdo… el patizambo… el tortuga —reta el Pirata una vez al muchacho frente a él; tan pequeño a pesar de sus quince años, que apenas si llega a las hebillas de oro macizo de su cinturón salpicado de sangre. 
“Niños a bordo” —piensa de pronto, acometido por un desagradable, indefinible malestar. 
—Mi Capitán —dice en aquel momento El Chico, la voz muy queda—, ¿no se ha fijado usted que en esta arena los pies no dejan huella? 
—¿Ni que las velas de mi barco echan sombra? —replica este, seco y brutal. 
Luego su cólera parece apaciguarse de a poco ante la mirada ingenua, interrogante con que El Chico se obstina en buscar la suya. 
—Vamos, hijo —masculla, apoyando su ruda mano sobre el hombro del muchacho—. El mar no ha de tardar. . . 
—Sí, señor —murmura el niño, como quien dice: Gracias. 
Gracias. La palabra prohibida. Antes quemarse los labios. Ley de Pirata. 
“¿Dije Gracias?” —se pregunta El Chico, sobresaltado. 
“¡Lo llamé: hijo!” —piensa estupefacto el Capitán. 
—Mi Capitán —habla de nuevo El Chico—, en el momento del naufragio… 
Aquí el Pirata parpadea y se endereza brusco. 
—…del accidente, quise decir, yo me hallaba en las bodegas. Cuando me recobro, ¿qué cree usted? Me las encuentro repletas de los bichos más asquerosos que he visto… 
—¿Qué clase de bichos? 
—Bueno, de estrellas de mar… pero vivas. Dan un asco. Si laten como vísceras de humano recién destripado… Y se movían de un lado para otro buscándose, amontonándose y hasta tratando de atracárseme… 
—Ja. Y tú asustado, ¿eh? 
—Yo, más rápido que anguila, me lancé a abrir puertas, escotillas y todo; y a patadas y escobazos empecé a barrerlas fuera. ¡Cómo corrían torcido escurriéndose por la arena! Sin embargo, mi Capitán, tengo que decirle algo… y es que noté… que ellas sí dejaban huellas. . . 
El terrible no contesta. 
Y lado a lado ambos permanecen erguidos bajo esa mortecina verde luz que no sabe titilar, ante un silencio tan sin eco, tan completo, que de repente empiezan a oír. 
A oír y sentir dentro de ellos mismos el surgir y ascender de una marea desconocida. La marea de un sentimiento del que no atinan a encontrar el nombre. Un sentimiento cien veces más destructivo que la ira, el odio o el pavor. Un sentimiento ordenado, nocturno, roedor. Y el corazón a él entregado, paciente y resignado. 
—Tristeza —murmura al fin El Chico, sin saberlo. Palabra soplada a su oído. 
Y entonces, enérgico, tratando de sacudirse aquella pesadilla, el Capitán vuelve a aferrarse del grito y del mal humor. 
—Chico, basta. Y hablemos claro, Tú, con nosotros, aprendiste a asaltar, apuñalar, robar e incendiar… sin embargo, nunca te oí blasfemar. 
Pausa breve; luego bajando la voz, el Pirata pregunta con sencillez. 
—Chico, dime, tú has de saber… ¿En dónde crees tú que estamos? 
—Ahí donde usted piensa, mi Capitán—contesta respetuosamente el muchacho… 
—Pues a mil millones de pies bajo el mar, caray —estalla el viejo Pirata en una de esas sus famosas, estrepitosas carcajadas, que corta súbito, casi de raíz. 
Porque aquello que quiso ser carcajada resonó tremendo gemido, clamor de aflicción de alguien que, dentro de su propio pecho, estuviera usurpando su risa y su sentir; de alguien desesperado y ardiendo en deseo de algo que sabe irremisiblemente perdido.

María Luisa Bombal, Lo secreto (1948).

María Luisa Bombal


Italo Calvino, El jardín encantado

El jardín encantado.

Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano, o bien saltar de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. Giovannino y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar las vías, incluso dentro del túnel. Jugar con Serenella daba gusto porque no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: “Vamos allá”, Serenella lo seguía siempre sin discutir.
¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no haberlo visto! No volvería a repetirse.
-Está a punto de llegar un tren -dijo Giovannino.
Serenella no se movió de la vía.
-¿Por dónde? -preguntó.
Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible que temblaba sobre las piedras del camino.
-Por allí -dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los rieles implacablemente.
-¿Dónde vamos, Giovannino?
Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables. Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada, sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado ya un hueco en el seto.
-Por ahí.
Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había desaparecido casi y se escabullía por el seto.
-¡Dame la mano, Giovannino!
Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate, el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se movía una hoja. “Vamos” dijo Giovannino y Serenella dijo: “Sí”.
Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo. Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños?
Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín abandonado?
Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados, y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín, una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja.
Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señores y señoras aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas. Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. Giovannino la cogió por las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.
-Esa -decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor.
Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo. Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas.
Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el borde de agua clara.
-¿Nos zambullimos? -preguntó Giovannino a Serenella.
Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir: “¡Al agua!”. Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto: antes habían estado cazando cangrejos. Giovannino se arrojó, no desde el trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no veía más que azul, y las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de informes sombras verdinegras. Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados.
Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa de ping-pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta: Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. Jugaban así, con golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. De pronto la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de ranúnculos. En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas amarillas y anaranjadas y se marcharon.
Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho. No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que no tardarían en pedirles cuentas.
Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano.
A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel error como una culpa.
El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo, acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas y cómodas, como una antigua injusticia.
El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche. Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.

Italo Calvino, El jardín encantado (Por último, el cuervo). Traducido por Aurora Bernárdez.

Italo Calvino

 

Julia Slavin, Odontofilia

Odontofilia

Una vez me enamoré de una mujer a la que le crecían dientes por todo el cuerpo. El primero se le presentó como un punto duro en mitad de la tripa. Pronto se transformó en diente, un diente de verdad con borde irregular y corona, esmaltado como una perla. Me pareció sexy: una joyita en el botón del ombligo. Bastaba con que Helen se levantara la blusa y se moviera como una bailarina de harén para ponerme como una moto. Luego, un día, al volver a casa de la fábrica, Helen me llamó desde el piso de arriba. Estaba sentada al pie de la cama envuelta en una toalla, todavía húmeda y resplandeciente de la ducha. Alzó un brazo. Palpé la zona. Con el brazo levantado era posible distinguir la silueta de una hilera de incisivos superiores que empujaban por debajo de la piel. Dios mío, pensé, la carne suave bajo su brazo se parecerá muy pronto a la mandíbula de un cocodrilo. Me dijo que aquello le escocía y le dolía desde algún tiempo atrás. Le dije que no se preocupase. No era nada. Desaparecería. Incluso conseguí que me creyera el tiempo suficiente para que conciliara el sueño, mientras yo me quedaba despierto toda la noche, preguntándome qué demonios se podía hacer. Pero por la mañana, cuando me arañó el muslo con un molar que le había brotado en una corva, llamé al doctor Manfred.
—Sí, bien... sí, bien... —murmuró mientras examinaba el cuerpo de Helen con una lupa pequeña que se parecía a las utilizadas por los joyeros para valorar diamantes. Con cada «sí, bien» se me dilataba el pecho, tensando los botones de la camisa. Tuve la sensación de que iban a salírseme las costillas de la camisa y a amontonarse en el suelo como otros tantos palillos.
—Bien ¿qué? —quise saber.
Apartó la lupa y me obsequió con una sonrisa más falsa que Judas.
—Entiendo que haya pensado que podían ser dientes.
Se sacó un escalpelo de la chaqueta blanca y empezó a raspar uno de los que le crecían a Helen en el pliegue del codo. Fueron apareciendo delgadas tiras translúcidas, semejantes a las capas de una cebolla. Helen apretó los labios pero no se quejó. Era valiente cuando se trataba de soportar el dolor. En un cuenco de metal, el doctor Manfred machacó el diente con una mano de mortero de mármol hasta conseguir un fino polvo blanco parecido a arena.
—Tiene calcinosis, querida mía —dijo—. Se trata de un trastorno de la calcificación —presionó un recipiente con jabón líquido y se frotó las manos hasta conseguir una espuma muy densa—. A veces se produce un aumento de los depósitos de calcio en el organismo —añadió con un ruido de fondo de agua corriente—. De ordinario no vemos la calcificación en formaciones externas, quizás una placa en la dermis, un depósito en un nódulo. Nada que pueda preocuparnos, de todos modos —agitó las manos para secárselas al aire—. Haremos unos análisis de sangre, revisaremos el tiroides. Son cosas que normalmente acaban por desaparecer. ¡Puf!
Helen recogió un poco del polvo del cuenco de metal con los dedos pulgar e índice, se frotó con él la palma de la mano y luego dejó que se le escurriera entre los dedos para volver a caer en el cuenco. El doctor Manfred le preparó una receta para sustituir el calcio y dijo que evitase la sal.
A la mañana siguiente Helen se dio la vuelta en la cama y vio en la sábana una larga serie de agujeros a la misma distancia, como si una plaga de gorgojos del algodón hubiera estado comiéndose la tela. Al limarle el diente del codo, el doctor Manfred había conseguido hacer sitio para más. Helen tenía dientes por todo el brazo. Su hombro parecía la espalda de un estegosaurio. Cualquier tonto podría haberme dicho que el doctor Manfred no era el médico que necesitábamos.
La sala de espera del doctor Freedman tenía sillas bajas y mesitas con lápices de colores y cuadernos con dibujos para colorear. Algún chaval ya los había revuelto, garrapateándolo todo en verde. Pato verde, vaca verde, pastorcito verde, oveja verde.
—¿El doctor atiende a adultos? —le pregunté a la recepcionista.
—Sí, también —me aseguró, con voz apenas audible.
Reservé para Helen la última silla normal y ocupé una de las pequeñas. Tenía las rodillas a la altura de la cara. Al chaval sentado en la misma mesa que yo le parecía fatal que todos los cuadernos para colorear estuvieran usados, y su madre le dijo que usara la imaginación e hiciera sus propios dibujos. El chico la miró como si fuese estúpida. Luego reparó en Helen. Todos los chavales la estaban mirando con la boca abierta, incluso después de que sus madres les dijeran que no era de buena educación. Incluso cuando Helen les sonrió y les dijo hola, siguieron mirándola boquiabiertos. La hilera de premolares que le atravesaba el pómulo era en verdad llamativa.
Empecé a pasear arriba y abajo cuando Helen llevaba una hora en la consulta del doctor Freedman. Luego fueron dos horas. Los demás enfermos se impacientaban y la recepcionista trataba de disculpar al dentista.
—Estoy segura de que es un caso grave —dijo-. Todos ustedes querrán que les dedique el tiempo que necesiten cuando les llegue el turno.
—¿Por qué has tardado tanto? —le pregunté a Helen mientras volvíamos a casa en coche.
—Mi dentina está hiperestimulada —respondió, mirando por la ventanilla a las sombras de los árboles—. El doctor me ha dicho que deje de tomar el sustituto del calcio. Y quiere verme dentro de una semana.
—¿Para qué?
—Dice que tengo doce caries.
Bajó el parasol con el espejito y se aplicó de nuevo el lápiz de labios.
—Deja que me ocupe yo —respondí—. Preocúpate sólo de curarte y déjame lo demás.
Extendí la mano y le toqué la rodilla.
Se volvió hacia mí.
—¿Te importaría parar? Necesito caminar un rato.
—Lo que tú quieras —dije, deteniendo la camioneta en el arcén.
—Te veré en casa.
Y se bajó.
—Te acompaño —dije.
—Necesito estar sola un rato —respondió antes de cerrar la portezuela.
Los dientes empezaron a salirle con regularidad. Todas las mañanas había algo nuevo que señalar, algo que empujaba la piel, un endurecimiento entre los dedos de los pies, una placa callosa en una oreja. Luego pasaban unos días sin que sucediera nada, y yo pensaba que quizá todo terminase por desaparecer, como había anunciado el doctor Manfred. Pero muy pronto el calambre que obligaba a Helen a frotarse la cadera se explicaba por la aparición de un nuevo diente, de la misma manera que de un grano rojo encima de la ceja brotaba una muela.
—Dime si estoy muy fea, Mike —me pidió una mañana, mientras contemplaba cómo unas ardillas vaciaban de semillas los comederos de los pájaros.
Le aparté el pelo y contemplé su rostro, manchado y punteado de incisivos.
—Nunca podrás estar fea —le respondí. Y lo decía en serio.
Durante muchas horas corté y amontoné leña en la parte trasera de la casa, estudié la manera de impedir que Helen tuviera miedo, y pensé en lo mucho que la quería y en cómo la experiencia que vivíamos juntos me lo confirmaba.
Una tarde la oí cantar en el baño del piso bajo: Delta Dawn, para ser más preciso. Dejé el hacha clavada en el tocón y me coloqué donde pudiera verla; estaba delante del espejo del botiquín, y se frotaba todos los dientes del cuerpo con agua oxigenada y una gamuza, como si fueran piececitas de cristal tallado. Se había recogido el pelo de manera diferente mediante un broche en forma de girasol y se había pintado los labios con un color rosa brillante. También estrenaba vestido, de gabardina amarilla, muy ceñido bajo los pechos, que se le ajustaba mucho en la cintura y se cerraba con una larga fila de botones. Vi cómo se ponía los pendientes, unos jacintos que recogían la luz, y se abrochaba un collar a juego. Luego torció la cabeza, me vio allí, las manos contra la ventana, empañando el cristal con el aliento, y gritó como si la estuviesen asesinando.
Helen iba con frecuencia a la consulta del doctor Freedman y por las razones más diversas.
«Dice que necesito otra limpieza», explicaba, o «Quiere más radiografías». Yo pasaba horas en la sala de espera de los niños y oía las risitas y las carcajadas de Helen en el despacho del médico. En una ocasión, cuando el silencio me pareció excesivo, entré. Estaba atontada y divertida bajo los efectos del gas hilarante.
«No esperará que la trate sin anestesia», dijo el doctor Freedman, quitándose con brusquedad los guantes de goma. Helen le arrebató uno, sopló dentro hasta convertirlo en un globo con cinco dedos y al soltarlo atravesó la habitación volando. La saqué de la consulta agarrada por la muñeca.
Cuando llegamos a la camioneta, Helen estaba furiosa. Afirmó que mi comportamiento carecía por completo de justificación. Traté de discutir con ella, pero me respondió que no la molestara, porque le estaba saliendo un diente en la nuca, precisamente en el sitio donde, sin pensarlo, solía yo colocar la mano durante los viajes largos y en los atascos.
Una noche, al volver a casa de la fábrica, encontré una nota de Helen en la que me decía que cenase sin ella. Me preparé un sándwich con un par de lonchas de queso que tenían los bordes endurecidos y añadí medio bote de mayonesa para disimular el sabor de unas sobras de pavo. Luego estuve viendo voleibol playa en un canal deportivo.
Helen se desnudaba cuando me desperté. Sin la ropa era un tesoro de la tumba del rey Tutankamón, una estatua dorada cubierta de piedras preciosas. Durante un momento de duermevela pensé que nunca había visto nada tan hermoso. Luego me di cuenta de qué era lo que estaba contemplando.
—¿Te has vuelto loca? —pregunté, refiriéndome a las hileras y más hileras de empastes en oro—. No nos lo podemos permitir. ¿Cómo se te ha ocurrido?
—Son un regalo del doctor Freedman.
Aquello acabó de sacarme de quicio. No estaba dispuesto a que un dentista me quitase a la mujer que amaba. Me embutí los pantalones, me puse la camisa y los zapatos y cogí a Helen de la muñeca.
—Pensé que te gustarían —exclamó, mientras yo arrancaba su bata de un clavo en la puerta y la sacaba a empellones de la casa—. ¡Lo hice por ti!
La obligué a subir a la camioneta y salimos zumbando. Con Helen que gritaba y se agarraba a la correa de encima de la ventanilla, conduje dando bandazos y raspando esquinas a cincuenta kilómetros por encima del límite de velocidad.
El doctor Freedman vivía en una casa nueva de ladrillo de dos pisos que comunicaba con su consulta. Abrió en persona su enorme puerta principal cuando golpeé con fuerza el chabacano llamador con forma de cabeza de león. Llevaba puesto un pijama azul de seda. Helen, mientras tanto, trataba de soltarse y me daba patadas en las espinillas con sus piececitos puntiagudos.
—¿Por qué no entra, Mike? Hablemos con calma.
Freedman trataba de comportarse como si controlara la situación y el chiflado fuese yo.
—No queremos limosnas suyas! —grité.
—Los empastes han sido un regalo, Mike. Cortesía profesional. Por todo el trabajo que Helen me ha proporcionado.
—Quíteselos.
—Eso no es razonable, Mike. Nada razonable.
Freedman alzaba sus manitas delicadas, su única defensa, mientras me acercaba para partirle la boca. Helen aullaba. Le hacía daño en la muñeca. La solté y cruzó corriendo el césped. EL dentista y yo nos quedamos allí como una pareja de perros perezosos y la vimos correr, vimos cómo abría surcos con los pies en la hierba del dentista, sus dientes irisados a la luz de la luna.
No fui a trabajar al día siguiente. No pude levantarme de la cama. Llamé a la fábrica y dije que tenía la gripe. Llamé a todas las amigas de Helen para preguntarles si la habían visto. A eso de las doce recorrí en coche los sitios que le gustaban: la Boutique de Hatcher, Palabras de Amor, el Emporio de las Flores, aunque sabía más que de sobra que no iba a encontrarla en ninguno de aquellos sitios. Compré unas rosas en el Emporio, volví a casa y vi la televisión. Helen se presentó a las cinco de la tarde. Se había cambiado el oro de los empastes por porcelana. Me dio las gracias por las flores y subió a bañarse. Me aposté delante de la puerta y le pregunté si quería una copa de vino, cacao, toallas calientes recién salidas de la secadora, un sándwich, algo de música, una almohadilla hinchable para el cuello, cualquier cosa.
—No, gracias. No, gracias, nada. Si quieres hacer algo —añadió cuando se me acabaron los ofrecimientos y ya me iba—, me puedes frotar la espalda.
Abrí la puerta de un empujón. Estaba sentada como una reina y sus brazos descansaban en los bordes de la bañera con patas terminadas en garras de león. Procedí a arrodillarme. Abrió un poco la boca y la besé. No respondió a mi beso, pero tampoco lo rechazó. Bajé con la lengua hasta el cuello y después al círculo de dientes puntiagudos que le rodeaban los pezones como sendas fortalezas. Alzó el pecho. Entonces me apoderé de la pastilla de jabón y la froté hasta conseguir espuma. Se inclinó hacia delante, con lo que provocó que turbias olitas se estrellaran contra los costados de la bañera. El agua estaba llena de grumos de polvo semejante al yeso. Alcé los ojos al techo para ver si se había caído un trozo de enlucido. Luego le miré la espalda. Se estaba despellejando como por una terrible quemadura del sol y la piel se enrollaba y desprendía en virutas.
—Sé el aspecto que tiene —dijo Helen antes de que pudiera abrir la boca—. Frótame por los bordes. Facilitará el proceso.
—¿Qué proceso? —conseguí preguntar. La superficie bajo la antigua piel parecía muy sensible y estaba arrugada y rosa como la de un recién nacido. No me atrevía a tocar, temeroso de hacerle daño. Dijo que no le dolía, tan sólo le picaba y escocía un poco. Luego vi un par de dientes que flotaban en el agua del baño como si fueran parte de una hilera de boyas en una bahía oscura y rocosa.
Durante algún tiempo pareció que volvíamos a la normalidad. Todas las mañanas encontrábamos varios dientes dentro de la cama o dando vueltas en el desagüe de la ducha.
—Tíralos, deshazte de ellos —dije, pero Helen los guardaba en una cestita zulú.
—Para joyas —decía, mostrándolos en el cuenco de la mano como piedras preciosas—. Quizá un collar.
Me sentía tan feliz y aturdido durante aquel periodo que Helen podría haber salido a la calle con un cesto en la cabeza sin que yo pusiera ninguna objeción. Le compré de todo. La llevé a bailar aunque soy un desastre corno bailarín.
Freedman aconsejaba cautela.
—Helen necesita cuidados especiales durante este periodo —dijo—. Está completamente indefensa.
Me hizo ir a su consulta para hablar sobre su último análisis de sangre. Tenía demasiado carbonato de calcio. Le preocupaba que se le cayeran todos los dientes.
—Me mira usted como si pensara que no soy capaz de cuidar de mi esposa —dije.
Se encogió de hombros. Yo sabía que estaba enamorado de Helen. Quiero decir que todo el mundo lo estaba. Me sentaba en un taburete en el Mug, donde trabajaba de camarera, y bebía whisky con mucha agua, esperando una oportunidad para hablar con ella. Había otros dos tipos que hacían lo mismo. Pero donde Helen entró una noche de nieve, después del trabajo, fue en mi coche; y cuando extendió una pierna lo hizo por encima de mi regazo y fue mi mano la que retiró el elástico que mantenía en cola de caballo sus largos cabellos castaños. Ahora se estaba curando. No iba a necesitar más al doctor Freedman, que la estaba perdiendo y no lo llevaba nada bien.
Se le cayeron más dientes, se le cicatrizó la piel de la espalda y con el tiempo el calcio en sangre le disminuyó muchísimo.
Pero entonces las cosas empezaron a ir mal otra vez.
Una hermosa mañana de primavera salí de la fábrica y Helen estaba sentada en el capó de nuestra camioneta, golpeando el neumático con los talones como si fuera una niña.
—Me están saliendo las muelas del juicio —sonrió orgullosa.
Me quedé helado.
—¿Dónde?
Primero bajó los ojos con timidez y después volvió a alzarlos.
—Aquí abajo.
—Ah —dije. ¿Qué se puede decir cuando tu mujer te cuenta algo así?—. Ah.
Me rodeó el cuello con los brazos y se dejó resbalar por el capó. No pesaba más que una brizna de hierba. Luego mi cerebro entró en acción y me di cuenta de que se estaba cayendo. Y que yo no se lo impedía. La sujeté por debajo de los brazos antes de que se estrellara contra el asfalto.
—Estoy bien, Mike. De verdad. Sólo un poquito débil.
Se apartó de mí e hizo unas piruetas inconexas por el aparcamiento, como una bailarina de cristal sobre una caja de música estropeada.
Decir que los dientes reaparecieron sería quedarse corto. Derribaron puertas e irrumpieron. Crecían formando montículos, unos encima de otros, en pequeños amasijos con muescas, como piedras caídas de las ruinas de un templo, en grupos como si se tratara de mosaicos. Crecían rectos y torcidos y cabeza abajo y medio encarnados. Podías sentarte y verlos crecer, ver cómo se abrían camino hacia el exterior lo quisieras o no. Helen aseguraba que no dolían. Incluso se emocionaba cuando sentía salir alguno.
—Mira ése —gritaba—. ¡Aquí viene otro!
Y los cepillaba y los frotaba con bicarbonato y agua oxigenada, se pasaba todo el día delante del espejo, cantando y sacándoles brillo.
No llevaba ni quince minutos en la consulta de Freedman cuando se me agotó la paciencia y entré por las bravas. Me miró como si estuviera muy cansado de mis intromisiones. Bueno, pensé, tendrás que acostumbrarte. Cuando di la vuelta alrededor del sillón, vi que le había puesto las piernas en unos estribos.
—Necesita empastes —dijo.
Todo el asunto del doctor Freedman había logrado desquicíarme. Se pasaban todo el tiempo hablando por teléfono, reían mucho y se citaban todos los días. Con la imaginación, los veía pasándose el uno al otro el tubo de goma del gas hilarante. Veía a Helen con las piernas colgadas sobre los brazos del sillón y a Freedman arrodillado delante de la parte más sabrosa.
—Espero que no le importe el taladro —dijo él, y debía de pensar que era muy divertido porque Helen se reía y le rodeaba el cuello con los brazos, acercándolo a ella.
Empecé a seguirla, escuchaba sus conversaciones telefónicas desde el otro aparato. Pero como espía soy un desastre. Me pillaba una y otra vez.
—Sé que estás ahí, Mike —decía en el teléfono, mientras hablaba con una de sus amigas sobre un tratamiento completo de belleza que había descubierto en una revista—. Te oigo respirar.
Y yo colgaba y me sentaba en la cama con las manos debajo del trasero.
Una vez empezó a dar golpes en el cristal de la ventanilla de mi coche en el aparcamiento del súper, donde me había quedado dormido esperando a que saliera.
—Las relaciones o se basan en la confianza, Mike —me gritó desde el otro lado del cristal—, o no existen.
Se estaba poniendo muy desagradable. Me hablaba con brusquedad todo el tiempo. Según ella, no era capaz de hacer nada bien.
Una noche salió de casa hecha una furia, con las muletas que ya tenía que usar debido a la rigidez en las piernas. Dijo que el doctor Freedman y ella iban a un concierto de música clásica.
—¿Música clásica? —le pregunté desde la entrada principal.
—Sí —respondió con un bufido—. Música clásica.
—¿Para qué? -dije.
—Para tener un poco más de cultura —gruñó, su rostro muy cerca del mío, tres colmillitos como remate de su barbilla puntiaguda—. Tú y yo, Mike, somos unos incultos.
Intenté pasar la noche con otra mujer. Robin era una camarera del Mug que siempre andaba buscándome cuando yo quería estar sólo con Helen. Fuimos a su apartamento, pero me desagradaba tocarla. La encontré demasiado blanda y suave, echaba de menos los puntos ásperos de Helen, sus premolares y molares, colmillos puntiagudos y muelas del juicio, las zonas blandas junto a las duras. Echaba de menos estar dentro de Helen y la emoción de sortear los lugares cortantes. Robín parecía de plastilina, como si fuera posible estirarla y doblarla y hacerle un nudo.
Me disculpé y me levanté para marcharme. Cuando nos estábamos vistiendo, dijo que había médicos que podrían echarme una mano con mi problema. Lo dijo en mal plan, no para ayudar.
Helen estaba en la cama cuando llegué, la sábana por la cintura. La fría luz de los faroles que entraba por la ventana me permitió ver el brillo fosforescente de las densas formaciones de dientes que le sobresalían como lapas por toda la espalda. Me quité la ropa a toda prisa y me deslicé a su lado. Dormíamos con sábanas de satén, no porque fueran sexy, sino porque el satén era la única tela que no se enganchaba en los dientes que le cubrían ya la mayor parte del cuerpo. Se incorporó apoyándose en los codos y esperó a que hablase yo.
—Quiero que todo vuelva a ser como antes —dije—. Echo de menos lo nuestro.
Por la mañana fuimos a ver al doctor Freedman y Helen le pidió que le extrajera los dientes. Todos.
Esperaba que el dentista me dijese que era un maldito hijo de perra, pero asintió con un gesto muy profesional y desplegó sus instrumentos. Le ofreció gas hilarante, novocaína, sedantes. Helen lo rechazó todo. Empezó por los molares de la caja torácica. Utilizó pinzas de depilar para los dientecitos de la cara y alicates para los molares más grandes de las clavículas. Tiraba, retorcía, arrancaba y pasaba al siguiente. Pero algo malo brotaba de los agujeros donde habían estado los dientes, no la sangre roja que inevitablemente fluye después de un diente arrancado. Aquella sangre era más oscura, casi negra, como la sangre que surge de lo más profundo de ti y que no quiere que se la moleste. Helen dejó escapar un gemido hondo, lleno de dolor.
—Deténgase —dije finalmente—. No siga.
La llevé a la playa. Helen quería oler la sal y sentir el aire marino, dejar que el ruido de las olas y los gritos de las gaviotas la adormecieran. Para entonces su hermoso rostro estaba cubierto de dientes. La envolví en una colcha de satén y le puse manoplas, porque tenía los dedos ásperos y torcidos.
Recosté su cuerpo frágil sobre una duna y nos quedamos allí tres días.
Dijo que sentía que se nos hubiera acabado el tiempo y que le habría gustado tener hijos. Se disculpó por haber ido al concierto con el doctor Freedman.
—Hizo que me sintiera guapa —dijo—. Sé que estuvo mal.
—Siempre he creído que eres muy guapa —respondí—. Y lo sigo pensando.
Al cabo de dos días dejó de hablar porque se le había calcificado la lengua. Le conté historias. Me las inventé todas. Le hablé, por ejemplo, del nabo gigante que aplasta una gran ciudad, de los ojos que se adueñan del mundo. Su favorita era la del estadio parlante que se enamora de una animadora, se le rompe el corazón y luego se da cuenta —demasiado tarde, porque ya se ha hundido, aplastando a todos los espectadores— de que su verdadero amor es la vendedora de perritos calientes de uno de los quioscos que ha estado siempre en su interior.
Cuando me desperté al amanecer del tercer día, la vi contemplando cómo los pelícanos volaban en formación por encima de las dunas. He visto pelícanos en las lagunas costeras de Carolina del Norte, pero nunca en un lugar tan septentrional. Volaban hacia el sudeste y desaparecieron. Helen siguió con los ojos fijos en el cielo.
—¿Qué estás mirando, Hel?
Miré en la misma dirección, pero no había nada. Ni siquiera una nube.
De vez en cuando encuentro un oasis, palmeras, agua azul, y allí está Helen apoyada en un árbol, con el vestido amarillo que le pusimos para enterrarla, zapatos amarillos y, en la mano, un daiquiri de plátano que ha preparado para mí. Bebo un sorbo, pero el frío me llega hasta el cerebro y me da dolor de cabeza.
—Pobrecito mío -dice Helen—, ven a que te dé un masaje —y extiende hacia mí sus suaves manos de marfil. Luego se me escurre de entre los brazos y se convierte en arena. Intento agarrarla pero cuanto más me esfuerzo más se deshace a mi alrededor su cuerpo de arena, y sólo cuando me quedo enterrado hasta la cintura me doy cuenta de que ya no está.

Julia Slavin, Odontofilia (1997). Traducido por José Luis López Muñoz.

Julia Slavin

Dentaphilia


I once loved a woman who grew teeth all over her body. The first one came in as a hard spot in her navel. It grew quickly into a tooth, a real tooth with a jagged edge and a crown, enameled like a pearl. I thought it was sexy, a little jewel in her belly button. Helen would bunch up her shirt, undulate like a harem dancer and I'd be ready to go. Then one day I came home from the mill and Helen called for me to come upstairs. She sat at the foot of our bed wrapped in a towel, still wet and shiny from the shower. She lifted her arm. I felt around. With her arm raised I could see the outline of a row of upper incisors pressing out just under her skin. My God, I thought, the soft underside of her arm looked like a crocodile jaw. She said it'd been itching and painful there for some time. I told her not to worry. It was nothing. It would go away. I even managed to make her believe me long enough for her to go to sleep and for me to lay awake all night wondering what the hell to do. But in the morning when she scratched my thigh with a molar that had sprouted in the crease behind her knee, I called Dr. Manfred.
"Yes, well . . . yes, well . . . " Dr. Manfred murmured as he examined Helen's body with a small magnifying glass that looked like the kind jewelers use to appraise diamonds. With each "yes, well" my chest expanded, tightening my shirt at the buttons. I thought my ribs would burst out of my shirt and pile up on the floor like sticks.
"Well what?" I asked. He drew the glass away from his eye and smiled a phony smile. "I can see how you thought they were teeth." Then he produced a little scalpel from his white coat and began to scrape away at one of the teeth on the inside of Helen's elbow. It came off in thin translucent strips like the layers of an onion. Helen squeezed her lips together but didn't complain. She was brave when it came to pain. In a metal bowl, he ground the tooth with a marble pestle into a fine white powder like sand. "You have calcinosis, my dear," Dr. Manfred said. "It's a calcification condition." He pushed up on a turquoise soap dispenser and rubbed his hands into a fat lather cloud. "Sometimes there's a build up of calcium deposits in the body," he said over running tap water. "We don't normally see the calcification externally, perhaps a plaque in the dermis, a deposit in the nodule. Not a worry, though." He shook his hands dry in the air. "We'll run some blood, check the thyroid. These things usually just go away. Poof."
Helen pinched the sand in the metal bowl between her thumb and index finger, rubbed some into her palm, let it run through her fingers back into the bowl. Dr. Manfred wrote a prescription for a calcium substitute and told her to lay off salt.
In the morning Helen rolled over and I saw a long series of evenly-spaced holes in the sheet, like boll weevils had been eating the bed. By scraping off the tooth on her elbow, Dr. Manfred had just made room for more. Helen had teeth sticking out all the way up her arm. Her shoulder looked like the back of a stegosaurus. A fool could have told me Dr. Manfred was the wrong kind of doctor.
Dr. Freedman's waiting room had little chairs and little tables with crayons and coloring books. Some kid had already rifled through and scribbled everything green. Green duck, green cow, green Bo-Peep, green sheep. "The dentist sees grown-ups too?" I asked the receptionist. "Yes, grown-ups too," she assured me in a little voice. I gave Helen the last grown-up chair and sat in one of the little ones. My knees came to my head. The kid at my table was really upset about all the coloring books being colored in and his mother was telling him to try drawing his own pictures from his imagination. He looked at her like she was stupid. Then he noticed Helen. All the kids were looking at her with their mouths open even when their mothers told them it wasn't polite. Even when Helen smiled at them and said hello they couldn't stop gaping. The row of lowers across her cheekbone was too much. She was in his office for an hour. I started pacing. Then two hours. The other patients were agitated and the receptionist was making apologies on the dentist's behalf. "I'm sure it's an urgent matter," she said. "You'll want him to give you the time you need when it's your turn."
"What took so long?" I asked driving home.
"I have hyper-stimulated dentin," she said looking out her window at the shadows from the trees.
"He wants me to stop taking the calcium substitute. And he wants to see me in a week."
"What for?"
"He says I have twelve cavities." She flipped down the cosmetic mirror on the visor and freshened her lipstick.
"Leave this to me, Hel," I said. "You concentrate on getting well, and leave the rest to me." I reached over and touched her knee.
She turned towards me. "Can you pull over?" She asked. "I need to walk."
"Whatever you want," I said, stopping the truck on the shoulder.
"I'll see you at home," she said, climbing down.
"I'll come too," I said.
"I need to be alone for a while," she said, and closed the door.
The teeth started coming in pretty regularly. Every morning there'd be something new to report, something pressing against the skin, a toughening between her toes, a hard place on her ear. Then a few days would go by with nothing, and I'd think maybe the whole business was going to go away like Dr. Manfred said. But then the cramp Helen had been rubbing on her hip would explain itself with a freshly cut tooth or a red spot above her eyebrow would open up to a molar. "Just how ugly am I, Mike?" She asked one morning, staring out the front at some squirrels who were draining the seeds out of her bird feeders.
I moved her hair away and looked at her face which was botched and speckled with incisors.
"You could never be ugly, Hel," I said. And I meant it.
I spent a lot of spare time chopping and stacking wood in the back, trying to figure out how to keep Helen from being scared, thinking about how much I loved her and how going through this experience together confirmed to me how much I loved her. One afternoon I heard her singing in the downstairs bathroom. "Delta Dawn," to be precise. I leaned my ax against the stump and moved over to where I could see her, in front of the medicine chest mirror, rubbing the teeth on her body with peroxide and a chamois cloth like they were little pieces of carved crystal. She had her hair twisted into a new do with a big sunflower barrette and shimmery pink gloss on her lips. She'd bought a new dress. A yellow gabardine that pinched in under her breasts, fit tightly at her waist and buttoned all the way down. I watched her put on earrings—little zircons that picked up the light—and hook a matching necklace behind her neck. Then she looked over and saw me standing there with my hands against the window, my breath fogging up the glass, and screamed bloody murder.
Helen was at Dr. Freedman's office every other day for this or that. "He says I need another cleaning," she'd say, or, "He wants more x-rays." I'd sit in that kids' waiting room for hours, listening to Helen giggle and squeal in the office. Once, when things got too quiet I went in. I found her giddy and stupid on nitrous.
"You can't expect her to get treatment with no anesthesia," Dr. Freedman said snapping off latex gloves. Helen pulled one out of his hand, blew it up into a five fingered balloon and let it zip across the room. I pulled her out of the office by her wrist. In the car Helen was furious. She said I was way out of line. I tried arguing with her but she told me not to bother her, she was cutting a tooth on her neck.
Freedman suggested a support group for people with unusual conditions. They met at our place a few times. There was a fifteen-year-old kid with an advanced aging disease who looked like an old man in Air Jordans and a Charlotte Hornets T-shirt. I couldn't figure out why another guy was in the group until he picked up a glass of lemonade with his seven fingers on one hand. They weren't very nice to me. I'd walk through, say good evening, and they'd quiet down like I had some disease. Once I was gone, they'd start laughing again at a joke told by the woman with Bell's Palsy who looked like she was always frowning. Excuse me for being normal.
I came home from the mill one night and Helen had left a note saying she had her group. I made a sandwich with a couple of slices of cheese which had hardened around the edges and about a half cup of mayonnaise to mask the taste of some old turkey. Then I watched men's volleyball on ESPN. Helen was undressing when I woke up. Naked, she was a vision in gold, a treasure from King Tut's tomb, a gilded statue covered in jewels. For one sleepy moment I thought she was the most beautiful thing I'd ever seen. Then I realized what I was looking at.
"Are you insane?" I asked about her rows upon rows of gold fillings. "We can't afford those. What were you thinking?"
"They were a gift from Dr. Freedman."
That put me over the top. I wasn't going to lose the woman I loved to a dentist. I pulled on my pants, threw on a shirt and shoes and grabbed Helen by the wrist. "I thought you'd like them," she cried as I yanked her bathrobe off a nail on the door and dragged her from the house. "I did them for you." I forced her in the truck and peeled out of the driveway. With Helen screaming and grabbing onto the strap above the window, I swerved and cut corners, thirty miles over the speed limit.
Dr. Freedman lived in a new brick split-level connected to his office. He opened his huge front door with a gaudy lion-head knocker. He was in pajamas. Blue silk. Helen was trying to wiggle out of my grip and kicking me in the shins with her sharp little feet.
"Why don't you come in, Mike, and we'll talk it over," Freedman said, trying to sound like he was the one in control and I was the crack brain.
"We don't want any of your handouts," I yelled.
"They were a gift, Mike," he said. "Professional courtesy. For all the business Helen's brought."
"Take 'em out."
"That's not reasonable, Mike. You're not being reasonable." Freedman held his skinny little hands up, his only defense as I moved towards him to bust his mouth in. Helen was screaming. I was hurting her wrist. I let her go and she ran across the lawn. The dentist and I just stood there, like a couple of lazy dogs and watched her run, her feet cutting divots into the dentist's lawn, her teeth opalescent in the moonlight.
I didn't go to work the next day. I couldn't get out of bed. I called the mill and said I had the flu.
I called all of Helen's girlfriends to see if they'd seen her. Around noon I drove around to places
Helen liked to go—Hatcher's Boutique, Sweet Nothings, Flower Emporium—knowing full well she wouldn't be seen in any of those places now. I bought some roses at the Emporium, came home and watched TV. Five o'clock that afternoon Helen came in. She'd had the gold replaced with porcelain. She thanked me for the flowers and went upstairs for a bath. I stood outside the bathroom door and asked her if she wanted a glass of wine, cocoa, warm towels from the dryer, a sandwich, some music, an inflatable pillow for her neck, anything. No thank you, no thank you, nothing.
"If you want to do something," she called when I ran out of offers and started to move away from the door. "You can wash my back."
I pushed open the door. She sat with her arms resting on the sides of the lion-claw tub like a queen. I lowered myself to my knees. She opened her mouth a little and I kissed her. She didn't kiss me back but she didn't push me away either. I dragged my tongue down her neck and around a circle of pointed teeth that surrounded her nipple like a fortress. She raised her chest. Then I scooped the soap out of the dish and rubbed up a lather. She bent forward causing little murky waves to lap at the sides of the tub. The water was filled with lumps of chalky powder. I looked up at the ceiling to see if the plaster had come loose. Then I looked at her back. The skin was peeling like she'd had a bad sunburn, rolling up and coming off in shavings.
"I know what it looks like," Helen said before I could say anything. "Wash along the edges. It'll help it along."
"Help it along to what?" I managed to ask. Underneath the old skin she was tender, wrinkled and pink like a newborn. I was afraid to touch, worried I'd hurt her. She said it didn't hurt, that it just itched and stung a bit. Then I saw a couple of teeth bob to the surface of the bath water like a row of miniature buoys on a dark and rocky bay.
For a little while it seemed like everything was getting back to normal. Every morning we'd find a couple more teeth somewhere in the bed or swirling around in the shower drain. Throw them out, get rid of them, I said, but Helen saved them in a little Zulu basket. "For jewelry," she said, holding them in her hands like precious stones. "Maybe a necklace." I was so happy and giddy during that time, she could have worn the basket on her head and I wouldn't have objected. I bought her things. I took her dancing even though I'm no dancer.
Freedman cautioned otherwise. "Helen needs very special care during this period," he said. "She's completely defenseless." He'd called me into his office to talk about her recent blood test. There was an excess of calcium carbonate in her blood. He was concerned about the shedding. "You're looking at me like you think I can't take care of my wife," I said. Freedman shrugged. I knew he was in love with her. I mean, everybody was in love with Helen. I used to sit on a stool at The Mug, where she bartended, drinking diluted whiskey just waiting for a chance to talk to her. Two other guys did the same. But it was my car she slid into after work one snowy night. My lap she swung her leg over. And my hand that slid the ponytail holder out of her long brown hair. Now, she was getting better. She wasn't going to need him anymore. He was losing her and couldn't bear it.
More of the teeth dropped out and the skin on her back healed and in time the calcium in her blood dropped way down.
But then things started to get bad again.
One beautiful Spring morning I came out of the mill and Helen was sitting on the hood of our truck kicking her heels against the tire like a little girl. "My wisdom teeth are coming in," she smiled proudly.
I froze. "Where?" I finally asked.
She lowered her eyes bashfully and raised them. "Down there," she said.
"Oh," I said. What are you supposed to say when your wife tells you something like that? "Oh." She put her arms around my neck and slipped her butt off the hood. She felt like a wisp of grass. Then my brain bucked into action and I realized she was falling. And I was dropping her. I caught her under her arms before she broke on the asphalt.
"I'm fine, Mike. Really fine. Just a little wobbly." She moved away from me and did little herky jerky pirouettes around the parking lot like a glass ballerina on top of a busted music box.
To say the teeth started coming back in would be an understatement. They knocked down doors and busted back in. Bing! Bang! Bing! They grew in mounds on top of one another, in notched clumps like fallen stones from a temple ruin, in clusters like tiled mosaics. They grew straight and crooked and upside down and ingrown. You could sit and watch them grow, see them force their way out. Helen said it didn't hurt. She even got excited when she felt one coming. "Look at that one," she'd squeal. "Oh! Here comes another." And she'd brush and rub them with baking soda and peroxide, spend all day in front of the mirror singing and polishing.
Helen wasn't in Freedman's office fifteen minutes when I lost patience and barged in. He looked at me like he was really tired of my intrusions. Well, too bad for you, I thought. When I came around the chair I saw he had her legs in stirrups. "They're impacted," he said.
The whole business with Dr. Freedman had made me crazy. They were always talking on the phone and laughing and having appointments every day. In my mind, I saw them together, passing the rubber tube of the nitrous tank back and forth. I saw her legs hung over the arms of the chair with Freedman crouched down. "Hope you don't mind the drill," he'd say and think he was so funny as she'd laugh and wrap her arms around his neck, pulling him up into her. I started following her, listening in to her phone calls on the other line. But I was a bad spy. I kept getting caught. "I know you're there, Mike," she'd say on the phone, talking to one of her girlfriends about a beauty makeover in a magazine. "I hear you breathing." And I'd hang up, sit on my hands on the bed. Once she tapped on my car widow in the parking lot of the Price Chopper where I'd fallen asleep watching her shop. "Relationships have to be based on trust, Mike," she yelled through the glass. "Or there's no relationship." She was getting nasty. She snapped at me all the time. I couldn't do anything right. One night she stormed out of the house on the crutches she had to use now that her legs had gone so stiff. She said she and Dr. Freedman were going to the symphony. "The symphony?" I said from the front stoop.
"Yes," she hissed back. "The symphony."
"What for?" I said.
"For culture," she growled, right up in my face, three little canines on the end of her pointed chin. "You and me Mike, we have no culture."
That was the night I tried to be with another woman. Robin was a waitress at The Mug who always wanted to get together with me when I only wanted Helen. We went back to her apartment but I didn't like touching her. She felt too soft, squishy. I missed Helen's rough spots, her premolars and molars, her pointy canines and wisdoms, the soft areas next to the hard areas. I missed being inside Helen and the challenge of going around the sharp places. Robin felt like Silly Putty, like I could stretch and bend her and tie her up with herself. I apologized to Robin and got up to go. When we were putting our clothes back on she said there were doctors that could help me with my problem. She said this in a mean way, not in a helpful way.
Helen was in bed when I got home, the sheet pushed down to her waist. In the cool streetlight that shined through the window, I could see the phosphorescent glow of the thick clumps of teeth that stuck all over her back like barnacles. I shucked off my clothes and slid in next to her. We slept on satin sheets, not because they're sexy but satin was the only material that didn't catch on the teeth that covered most of her body now. She perched herself up on her elbows and waited for me to talk. "I want things back the way they were," I said. "I miss us."
In the morning we went to Dr. Freedman's and Helen told him to pull the teeth. All of them. I expected him to tell me I was a hateful son-of-a-bitch but he nodded professionally and spread out his tools. He offered gas, Novocain, a sedative. Helen waved him off. He started with the molars on her rib cage. He used tweezers to pluck out the little teeth on her face and pliers for the bigger molars across her collar bone. He yanked, twisted and pulled and went on to the next. But something bad oozed out of those holes where the teeth had been, not the red blood that inevitably flows after a pulled tooth. This blood was black-red, the kind of blood that comes from deep inside you and doesn't want to be disturbed. Helen let out a low sorrowful moan. "Stop," I said finally. "No more."
I took her to the beach. She wanted to smell the salt and feel the air rush through her teeth, let the sounds of gulls and waves lull her to sleep. By now her beautiful face was covered in teeth. But she was still beautiful. I wrapped her in a satin quilt and put oven mitts on her hands which had become rough and bent. I laid her brittle body against a dune and we stayed there together like that for three days.
She said she was sorry time ran out on us and she wished we'd had kids. She apologized for going to the symphony with Dr. Freedman. "He made me feel pretty," she said. "I know it was wrong."
"I always thought you were beautiful," I said. "I still do."
After the second day she couldn't talk anymore because her tongue had calcified. I told her stories. I made them up out of nowhere. There was the giant turnip that crushed a big city; the eyeballs that took over the world. Her favorite was the talking stadium who fell in love with a cheerleader, got his heart broken, then realized, too late, because he'd already caved in and killed everybody, that his real love was the hot-dog lady in one of his concession stands who had been there all along inside him.
On the third day I woke up at sunrise and saw her looking up at pelicans flying in formation over the dunes. I'd seen pelicans in the Outer Banks of North Carolina, but never this far North. They flew southeast and faded into the horizon. Helen was still looking up. "Whatcha lookin' at, Hel?" I asked and looked where she was looking. But there was nothing up there. Not even a cloud.
Now and then, I stumble on an oasis, palm trees, blue water, and there's Helen leaning on a tree in the yellow dress she was buried in and yellow shoes, holding a banana daiquiri she made for me. I take a drink of the daiquiri but the cold hits my brain and gives me a headache. She says, "Poor baby, let me rub it," and holds out smooth ivory hands. Then she slips through my arms. Dissolves into sand. I grab at her but the more I grab the more sand caves in around me and it's not until I'm buried to the waist that I realize she's gone.

Julia Slavin, Dentaphilia.