Amy Hempel, La cosecha

La cosecha

El año en que empecé a decir florero en vez de ties­to, un hombre al que apenas conocía estuvo a punto de matarme accidentalmente.
El hombre no sufrió ninguna herida cuando el otro coche chocó contra nosotros. El hombre, al que había conocido hacía una semana, me sujetaba en el asfalto de una manera que daba a entender que era mejor que yo no me viese las piernas. Recuerdo que sabía que no debía mirar, y sabía también que miraría si él no me lo impidiese.
El frontal de su ropa estaba manchado con mi sangre.
—Tú te pondrás bien, pero este jersey está para tirar a la basura —me dijo.
El miedo al dolor me hizo gritar. Pero no sentía dolor alguno. En el hospital, después de que me pusieran unas inyecciones, supe que había dolor en la habitación…, sólo que no sabía de quién era ese dolor.
Una de mis piernas necesitó cuatrocientos puntos de sutura. Cuando se lo contaba a la gente, se convertían en quinientos, porque nunca nada es tan malo como podría serlo.
Los Cinco días que tardaron en saber si podrían salvarme la pierna o no los alargaba a diez.
El abogado era el único que usaba esa palabra. Pero no llegaré a esa parte hasta dentro de un par de párrafos.
Hablábamos del físico, de lo importante que es. Crucial, diría yo.
Creo que el aspecto físico es crucial.
Pero aquel tipo era abogado. Se sentaba en una silla de plástico que acercaba a mi cama. Lo que él entendía por físico era lo que valdrían ante un tribunal de justi­cia los daños ocasionados en mi físico.
Me atrevería a jurar que al abogado le gustaba decir tribunal de justicia. Me contó que había tenido que exa­minarse tres veces antes de poder ingresar en el colegio de abogados. Me dijo que sus amigos le regalaron unas tarjetas espléndidamente impresas, con las letras en re­lieve, pero que donde tenía que poner Abogado ponía Abogado Por Fin.
Había conseguido a esas alturas tantas indemniza­ciones, que yo no podría aspirar ya a convertirme en azafata de vuelo. El hecho de que a mí nunca se me hu­biese ocurrido convertirme en tal cosa era, según él, algo legalmente irrelevante.
—Hay otro asunto —me dijo—. Tenemos que ha­blar de la cuestión de la nubilidad.
Lo normal era que yo hubiese salido con un ¿nubi­qué?, aunque sabía, desde que lo mencionó, lo que sig­nificaba aquello.
Yo tenía dieciocho años, así que le dije:
—En principio, ¿no podemos hablar de parejabi­lidad?
El hombre al que conocía de una semana ya no iba a yerme al hospital. El accidente le hizo volver con su mujer.
—¿Crees que el físico es importante? —le pregunté al hombre antes de que se marchase.
—Al principio no —me contestó.
En mi vecindario hay un individuo que era profesor de química hasta que una explosión le destrozó la cara y se la dejó descarnada. Lo que queda de él va siempre muy bien trajeado de oscuro y con zapatos abrillantados. Cuando va a la ciudad universitaria lleva un maletín. «Qué consuelo», decía su familia y la gente. Hasta que su mujer cogió a los niños y se largó.
En el solárium, una mujer me enseñó una fotogra­fía: «Éste era el aspecto que tenía mi hijo antes.»
El anochecer lo pasaba yo en la zona de diálisis. A nadie le importaba que estuviese allí siempre y cuando hubiera un sillón libre. Había un televisor de pantalla panorámica que era mejor que el de la sala de rehabili­tación. La noche de los miércoles veíamos un programa en el que unas mujeres vestidas con ropa cara apare­cían en decorados lujosos y juraban destruirse entre sí.
A mi lado se sentaba un hombre que sólo pronun­ciaba números de teléfono. Si le preguntabas cómo se sentía, contestaba: «924-3130». 0 bien: «757-1366». Nos imaginábamos lo que esos números podrían indicar, pero la verdad es que nadie le echaba cuenta.
A veces, a mi otro lado se sentaba un chico de doce años. Tenía unas pestañas espesas y oscuras debido a la medicación que tomaba para la presión arterial. Era el siguiente en la lista de trasplantes, tan pronto como cosechasen un riñón —porque era ése el verbo que empleaban ellos: «cosechar».
La madre del chico rezaba por los conductores bo­rrachos.
Yo rezaba por hombres que no fuesen demasiado exquisitos.
«¿No somos todos —pensaba yo— la cosecha de al­guien?»
Transcurrida una hora, una enfermera de planta empujaba mi silla de ruedas y me devolvía a la habita­ción.
—¿Por qué veis esa basura? —me preguntaba—. ¿Por qué no me preguntáis cómo me ha ido el día?
Antes de acostarme, hacía quince minutos de ejerci­cios con una pelota de goma. Uno de los medicamentos estaba agarrotándome los dedos. El médico decía que tendría que tomarlo hasta que no pudiese abotonarme la blusa: una figura retórica para alguien que sólo lleva­ba un camisón.
—Obras de caridad —decía el abogado.
Se desabotonó la camisa y me mostró el lugar en que un acupuntor le había masajeado el pecho con ja­rabe de cola, le había clavado cuatro agujas y le había dicho que la cura verdadera eran obras de caridad.
—¿La cura de qué? —le pregunté.
—Eso es irrelevante —me contestó
Tan pronto como supe que me pondría bien, estuve se­gura de que me había muerto y no lo sabía. Me pasaba los días como una cabeza cercenada que logra terminar una frase. Ansiaba el momento de librarme de mi vida aparente.
El accidente tuvo lugar al atardecer, así que era en ese tramo del día cuando me afloraba con más fuerza esa sensación. El hombre al que había conocido la semana anterior me llevaba a cenar cuando ocurrió todo. Nos dirigíamos a un restaurante en la playa, en una ba­hía desde la que se divisaban las luces de la ciudad. Un sitio desde el que se veía toda la ciudad sin tener que oír su bullicio.
Mucho tiempo después, fui a aquella playa sola. Yo conducía el coche. Era el primer día bueno de playa. Llevaba puestos unos pantalones cortos.
En la orilla me desenrollé la venda elástica y fui me­tiéndome en el agua sin vacilar. Un muchacho, con tra­je de submarinista, se quedó mirando mi pierna. Me preguntó si me lo había hecho un tiburón. Había avis­tamientos de tiburones blancos a lo largo de aquella franja de costa.
Le contesté que sí, que me lo había hecho un ti­burón.
—¿Y vas a volver a meterte en el agua?
—Voy a volver a meterme en el agua —le contesté.
Cuando cuento la verdad omito muchos detalles. Me pasa lo mismo cuando escribo una historia. Voy a em­pezar a contar lo que omití de «La cosecha», y quizá empieces a preguntarte por qué tuve que omitirlo.
No hubo ningún otro coche. Sólo hubo un coche: el coche que me embistió cuando yo iba de paquete en la motocicleta de aquel hombre. Pero hay que tener pre­sente lo incómodo que resulta pronunciar todas esas sí­labas: motocicleta.
El conductor del coche era periodista. Trabajaba para un periódico local. Era joven, recién licenciado y acudía a una reunión de trabajo para cubrir la información relativa a una amenaza de huelga. Si hubiese dicho que yo era por aquel entonces estudiante de periodismo, es algo que tal vez no habrías admitido en «La cosecha».
Durante los años que siguieron, cada vez que abría el periódico buscaba la firma de aquel periodista. Fue él quien sacó a la luz los entresijos del Templo del Pueblo, lo que tuvo como consecuencia la huida de JimJones a la Guayana. Después cubrió la noticia del suicidio ma­sivo que tuvo lugar en Jonestown. En la sala de juntas del San Francisco Chronicle, a medida que el número de víctimas iba elevándose hasta llegar a novecientas, las cifras eran anunciadas como si aquello fuese una mara­tón benéfica de donaciones. Entre los cientos de vícti­mas, un letrero clavado en la pared decía: CHÚPATE ÉSA, JUAN CORONA.*
En la sala de urgencias, lo que le sucedió a una de mis piernas no requirió cuatrocientos puntos de sutura, sino poco más de trescientos. Exageré el número antes incluso de empezar a exagerarlo, porque es verdad que nunca nada es tan malo como podría serlo.
Mi representante legal no era ningún abogado-por fin. Era socio de uno de los bufetes de abogados más antiguos de la ciudad. Nunca se desabotonó la camisa para enseñarme las marcas de acupuntura, ya que él ja­más hubiera hecho una cosa así.
«Nubilidad» era el título original de «La cosecha». El daño ocasionado a mi pierna fue considerado cosmético, aunque hoy, quince años después, sigo sin poder arrodillarme. La noche antes del juicio llegamos a un acuerdo por el que yo recibiría una indemni­zación de casi cien mil dólares. La compañía asegurado­ra del periodista subió doce dólares con cuarenta y tres centavos mensuales.
Hubo quien insinuó que me había frotado la pierna con hielo, para exagerar las cicatrices, antes de levantar­me la falda ante el tribunal, tres años después del acci­dente. Pero no había hielo alguno en el juzgado, de modo que no tuve ocasión de someterme a aquella prue­ba moral.
El hombre de una semana, el dueño de la motoci­cleta, no estaba casado. Pero, al creer tú que tenía mu­jer, ¿no tenía que hacer yo algo? ¿Y no me lo merecía?
Después del accidente, aquel hombre se casó. La chica con la que se casó era modelo. («¿Crees que el físico es importante?», le pregunté a aquel hombre antes de que se marchara. «Al principio no», me respondió.)
Además de ser una belleza, la chica valía su peso en oro. ¿Habrías admitido en «La cosecha» que la modelo fuese también una rica heredera?
Es verdad que nos dirigíamos a cenar cuando ocu­rrió el accidente. Pero ese lugar en donde podías ver todo sin tener que oír nada no era una playa en la bahía. Era la cima del monte Tamalpais. La cena la llevábamos nosotros y subíamos por la serpenteante carretera de montaña. Ésta es la versión que contiene una ironía per­fecta, así que no te importará si digo que, durante los meses siguientes, desde mi cama del hospital, tuve una visión espectacularmente ominosa de aquella montaña.
Habría añadido otra parte a la historia si alguien hubiese podido darle crédito. Pero, ¿quién se la habría creído? Yo estaba presente y no me lo creía.
La tercera vez que entré en el quirófano, hubo un intento de fuga en el Centro de Adaptación de Máxima Seguridad, contiguo al pabellón de los condenados a muerte, en la prisión de San Quintín. George Jackson, apodado El Hermano Soledad, un joven negro de veinti­nueve años, sacó una pistola del calibre 38 que le habían pasado de matute, gritó: «Esto se acabó», y abrió fuego. Jackson cayó abatido en el tiroteo, así como tres guar­dias y dos presidiarios que ejercían de camareros lleván­doles la comida a los demás reclusos.
Otros tres guardias fueron apuñalados en el cuello. La prisión está a cinco minutos en coche del Hospital Mann General, de modo que trasladaron allí a todos los guardias heridos. El traslado de los heridos lo realizaron tres cuerpos diferentes de policía, incluyendo la policía de carretera y los ayudantes del sheriff del Condado de Mann, fuertemente armados.
Policías con rifles fueron apostados en el tejado del hospital. También los había en los pasillos, desde donde indicaban mediante gestos a los pacientes y a las visitas que regresaran a su habitación.
Cuando me sacaron del posoperatorio, a última hora del día, vendada desde la cintura hasta los tobillos, tres policías y un sheriff armado me cachearon.
En las noticias de aquella noche, mostraron algunas imágenes del motín. Sacaron a mi cirujano hablando con los periodistas, a los que indicaba, con un dedo en la garganta, cómo le había salvado la vida a uno de los guardias cosiéndole una brecha que iba de oreja a oreja.
Lo vi en la televisión y, dado que se trataba de mi médico, que los pacientes del hospital estamos ensimismados y que yo estaba drogada, pensé que el cirujano hablaba de mí. Pensé que decía: «Bueno, ella ha muerto. Se lo estoy comunicando en su propia cama.»
La psiquiatra que me atendió a petición del ciruja­no me aseguró que esa sensación era normal. Me dijo que las víctimas de un trauma no asimilado creen a me­nudo que están muertas y que no lo saben.
Los grandes tiburones blancos que se deslizan por las aguas cercanas a mi casa atacan de una a siete perso­nas al año. Su presa principal es el abulón. Teniendo en cuenta que el medio kilo de abulón cuesta treinta y cin­co dólares, y que su precio sigue subiendo, el Ministerio de Pesca confía en que los ataques de tiburones no mer­me la población de abulones.

*Juan Corona, asesino en serie norteamericano que, en 1971, mató, en el plazo de seis semanas, a 25 trabajadores inmigrantes. (N. de la t.).

Amy Hempel, La cosecha (Cuentos completos, Seix Barral). 2009.

Traducción del inglés de Luis Zapata

Amy Hempel

María Alcantarilla, Íngrid

Íngrid.

Íngrid nunca habla con nadie. A veces siente cómo el asco la retuerce y entonces saldría al jardín y, con un hacha, comenzaría a sajar el tronco mientras la savia le salpica la cara y los pequeños trozos, las lascas, se hunden una a una en sus retinas, provocándole el placer de la ceguera. Pero no. Solo se mece. Intenta empujarse con más fuerza cada día, más alto, más alto, hasta que las ganas de vomitar la hacen pararse y desgastar la punta de sus botas sobre la tierra seca. Trazando dos pequeños caminos, dos líneas por las que ver, a base de insistir en la frenada, la otra cara del mundo. O el mar. Quién sabe. 
—Será mejor que te acuestes. Mírate.
—Tengo ganas de olvidarte.
—Lo sé. Pero aquí estamos.
Íngrid lo recuerda. Recostada sobre el brazo del sofá vuelve a ser niña. Sabía que su padre llegaría en cualquier momento y, sin embargo, no dejaba de balancear el cuerpo en aquel columpio como si, a base de empujar, pudiese llegar definitivamente a arriba. 
—¿Vas a dormir ahí?
—Llevo días haciéndolo.
—Mañana volverá a dolerte el cuello.
—¿Te importa eso acaso?
Cada tarde era lo mismo: las clases, la maestra oronda de religión repitiendo oraciones en voz alta —hasta que no te la aprendas, no podrás irte a tu casa—, la vuelta con los cuadernos a la espalda, al menos veinte minutos de caminata sola; los compañeros en grupo, frente a ella, y el barrio llenándose de años mientras al fondo, respira, ve su columpio intacto trazando una paralela con el enorme tronco del roble. 
Esta noche ha bebido. La noche pasada también bebió y cree que todas las noches anteriores ha hecho lo mismo. Pero tampoco podría jurárselo a nadie. Como si el tiempo se encogiese o se estirase a la misma velocidad con la que sus intestinos crujen al notar las embestidas. 
—Claro que me importa. Hace días que no dormimos juntos y lo echo de menos.
Lleva semanas pensando en dejarlo e intentar rehacer su vida pero, al amanecer, la resaca es más fuerte que la angustia: ajusta la realidad al olvido y a las pequeñas punzadas que recorren sus sienes como serpientes vivas y, entonces, le parece que no todo es tan malo y que quizá marcharse no es tan buena idea. Sin embargo, cuando comienza a caer el sol, ya no es lo mismo. Toda la oscuridad es como una pregunta interminable y entre el vaho del alcohol y la nostalgia le parece a Íngrid que el mundo es tan mezquino y tan cruel como lo ha sido siempre. Que no podría estar más tiempo cerca de él si pretende seguir viva. A Íngrid, en realidad, nunca le ha gustado la noche. Todo es una sombra y por eso, la mayoría de veces, vuelve a la cama junto a él y se acurruca muy cerca para protegerse. Hace años que viven de la misma manera y piensa que para el resto tampoco es demasiado diferente. 
El gato se ha tumbado sobre sus piernas, en el sofá, y el peso del felino la tranquiliza. Antes ha dado varias vueltas sobre sí y ha comenzado a ronronear como si los tres fueran felices. Como si en aquella casa alguien pudiese sonreír o dormir en paz, a pesar de todo. Lo envidia, envidia su cuerpo libre y su manera de enroscarse sin necesidad de nadie: su falta de apego por todo lo vivo. 
—Yo también echo de menos muchas cosas.
—No creo que estés en condiciones de decir nada.
—Claro que no, siempre es lo mismo.
—Deja ya las frases hechas, Íngrid. 
¡Íngrid. Íngrid. Íngrid! Está cansada de oír su nombre. De escucharlo a él mientras farfulla y piensa que de verdad tiene razón en algo. Pero es estúpido. Simula que la quiere. Simula que la cuida mientras vuelve a preparar esa sopa asquerosa con calabaza y puerros, y no sabe qué más, y le habla desde la cocina como si en realidad se conociesen de algo. Te va a sentar muy bien, ya verás. Es la que más te gusta. Y escucha el metal de la olla sobre la cuchara metálica también y siente ganas de volcarse el agua caliente sobre la cara y emular a una de esas santas a las que, con tanto cariño y admiración, se refería su maestra entonces, en la escuela. Ya casi está lista, y siempre es la misma frase. 
A veces Íngrid piensa que los años son una simple tortura para obligarnos a entender que nadie puede decidir nada. Ni siquiera estar solos o matar a alguien o, no sabe, cortarle los dedos uno a uno y echarlos a la sopa por ver si asoma algo de carne entre tanta verdura lacia. Solo falta el avioncito. Abre, Íngrid, y trágatelo todo. 
—¡Y a mí me cansas tú, joder!
—Vamos a la cama, Íngrid. No seas cabezota.
Le gustaría viajar. Hace años que tiene la costumbre de abrir un atlas y, con los ojos cerrados, posar el dedo en algún sitio como una mosca vaguea antes de invierno. Benarés, Katmandú, Angola, Praga, Cabo Verde, Guyana Francesa. Todo tiene color frente a su gris diario. Quizá allí es donde viven. Donde las mujeres de verdad son valientes y entierran a sus hombres porque ya no los aman. Donde de noche se baila y entonces el miedo se expande como la música y se hace más pequeño hasta desaparecer y ver el mundo de un modo más amable. Guatemala, Círculo Polar Ártico, Estonia, Lesoto. Una vez vio una película en la que dos ciervos se amaban. Pero no era eso. Dos ciervos se amaban en el sueño de dos personas que también lo hacían y era un modo de encontrarse por las noches. Aunque cada uno durmiese en una cama distinta y en una casa distinta y hasta en dos países diferentes. Desde entonces se pregunta si eso es posible. Encontrarse con quien realmente desea y pasar la noche juntos en el bosque, en el río, sin necesidad siquiera de contacto. Sin necesidad de que nadie meta la sucia mano bajo las mantas para alcanzar su sexo desprovisto de ropa, algo húmedo no para quien lo toca sino para otra persona que aún la está esperando. 
—Odio que me llames cabezota.
—Pero lo eres. Y no digas nada de lo que mañana vayas a arrepentirte.
Tiene la sensación de que los días se repiten. Como entonces. Cuando su madre ya no estaba en casa y a él no le importaba si llovía o hacía sol o era la hora del almuerzo. A veces piensa que quizá esta situación sea un castigo. Por no haberle dicho nada a su madre o, no sabe, porque a veces las historias se repiten y no nos damos cuenta. Como una especie de deuda adquirida que ella desconoce. De ahí esto y él y todas las ollas con sopa que no se va a comer nunca.
El gato se ha marchado y a Íngrid le da vueltas la cabeza y mira hacia el exterior, por la ventana y piensa que alguien se ha encargado de oscurecerlo todo y que también se ha llevado el columpio para que sepa que aún puede sentirse algo más sola. Camina hacia la nevera a buscar hielo mientras escucha cómo él se lava los dientes, dos puertas más allá de la cocina, y canturrea una canción que le estomaga. Cada vez más fuerte. Piensa en gritarle, en decirle que se calle para siempre pero desiste en el intento y entre los dedos, dos cubitos gotean como si en vez de hielo llevase su propio corazón entre las manos. Podría marcharse, piensa Íngrid mientras rellena el vaso sucio. A fin de cuentas, todos en algún momento lo hacemos. Da igual el tiempo que hayamos compartido: un año, dos años, tres. Una vida entera. Podría largarse de una vez y tirar la llave de esa casa por el primer retrete que encuentre de camino a ningún sitio, pero la realidad es que no lo hace. 
—¿Te espero en la cama?
Vas a tener que esperarme para siempre, piensa Íngrid mientras entorna un ojo intentando enfocar un espacio que cada instante le resulta más difuso. El llanto comienza a emborronar la poca perspectiva que le queda, la del ojo derecho, y se deja vencer en un sofá sobre el cual podría identificar cada una de las manchas de la misma manera que hace años sabe en qué lugar del mapa posa su dedo exactamente. Birmania, Ottawa, Medellín, Las Islas Svalbard. Los intentos por mantenerse despierta ya no sirven para nada y siente cómo el mismo par de brazos anchos y el mismo par de manos agrietadas, sucias, llenas de cayos alrededor de las uñas, toman su cuerpo menudo y lo levantan de camino al dormitorio.
—Buenas noches, papá —farfulla Íngrid.

María Alcantarilla, Íngrid (http://www.enriquevilamatas.com/escritores/escralcantarillam1.html).

María Alcantarilla

Patricia Highsmith, La paridora

La paridora

Para Elaine, el matrimonio significaba hijos. El matrimonio significaba también otras muchas cosas, naturalmente, tales como crear un hogar, levantar la moral a su marido, ser una alegre compañera, todo eso. Pero sobre todo, hijos… para eso servía el matrimonio, ése era su sentido.
Elaine, cuando se casó con Douglas, se propuso convertirse en la criatura de su imaginación, y al cabo de cuatro meses lo había logrado. La casa deslumbraba por su limpieza y encanto, sus fiestas eran un éxito, y Douglas tuvo un pequeño ascenso en su empresa, la Compañía de Seguros Atenas. Sólo faltaba un detalle: Elaine no estaba embarazada. Una consulta a su médico corrigió este problema, ya que algo estaba desviado; pero pasaron tres meses más y Elaine aún no había concebido. ¿Sería culpa de Douglas? De mala gana, con cierta timidez, Douglas fue a ver al médico y éste declaró que estaba en perfectas condiciones. ¿Qué pasaba, entonces? Unas pruebas más minuciosas revelaron que el óvulo fertilizado (de hecho, al menos un óvulo había sido fertilizado) había viajado hacia arriba en lugar de hacia abajo, en aparente desafío a la fuerza de la gravedad, y en vez de desarrollarse en algún sitio, simplemente se había desvanecido.
—Debería levantarse de la cama y hacer el pino —le dijo a Douglas un bromista de la oficina, después de un par de copas a la hora de comer.
Douglas se rió cortésmente. Pero puede que hubiera algo de verdad en aquello. ¿No había dicho el médico algo semejante? Esa tarde, Douglas le sugirió a Elaine la idea del pino.
A eso de la medianoche, Elaine saltó de la cama y se puso cabeza abajo, los pies contra la pared. Su cara adquirió un tono rosa fuerte. Douglas se alarmó, pero Elaine aguantó como una espartana, hasta que, después de casi diez minutos, acabó derrumbándose.
Así nació su primer hijo, Edward. Edward echó a rodar la bola, y algo menos de un año después llegaron las gemelas. Los padres de Elaine y de Douglas estaban encantados. Ser abuelos era para ellos una alegría tan grande como lo había sido convertirse en padres, y ambos matrimonios dieron una fiesta para celebrarlo. Tanto Douglas como Elaine eran hijos únicos, así que los abuelos se sentían felices de que continuara su descendencia. Elaine ya no tenía que hacer el pino. Diez meses más tarde nació un segundo hijo, Peter. Después vino Philip y luego, Madeleine.
Con ésta había ya seis niños pequeños en la casa, y Elaine y Douglas tuvieron que trasladarse a un apartamento algo mayor, que tenía una habitación más. Se mudaron precipitadamente, sin darse cuenta de que el casero no era muy aficionado a los niños (le habían mentido diciéndole que tenían cuatro), especialmente a los pequeñitos, que berreaban por la noche. Al cabo de seis meses les pidió que se marcharan…, puesto que era evidente que Elaine tendría pronto otro hijo. A estas alturas, Douglas se encontraba en apuros económicos, pero sus padres le regalaron 2.000 dólares y los de Elaine aportaron 3.000 para que dieran la entrada de una casa a quince minutos de coche de la oficina de Douglas.
—Me alegro de que tengamos casa propia, cariño —le dijo a Elaine—. Pero tenemos que controlar hasta el último céntimo si queremos pagar la hipoteca. Yo creo que, al menos durante algún tiempo, no deberíamos tener más hijos. Siete, después de todo…
El pequeño Thomas ya había nacido. Elaine había dicho desde el principio que la planificación familiar sería asunto suyo, no de Douglas.
—Lo comprendo, Douglas. Tienes toda la razón.
Desgraciadamente, Elaine reveló un oscuro día de invierno que estaba embarazada otra vez.
—No me lo puedo explicar. Como sabes, estoy tomando la píldora.
Eso era lo que Douglas había supuesto, ciertamente. Se quedó sin habla durante unos minutos. ¿Cómo se las iban a arreglar? Ya había notado que Elaine estaba embarazada, pero llevaba días tratando de convencerse de que eran sólo imaginaciones suyas, causadas por la preocupación. Los padres de ambos ya les hacían regalos de cumpleaños de cincuenta o cien dólares —y con nueve cumpleaños en la familia, había cumpleaños con mucha frecuencia— y él sabía que no les era posible contribuir con más. Era asombroso cuánto dinero gastaban solamente en zapatos para siete críos. Sin embargo, cuando Douglas vio la beatífica y satisfecha sonrisa de Elaine, apoyada en las almohadas de la cama del hospital, con un niño en un brazo y una niña en el otro, no pudo lamentar estos nacimientos, que hacían el número nueve de sus hijos. Pero sólo llevaban algo más de siete años casados. Y si esto seguía así…
Una mujer de su círculo de amistades comentó:
—¡Oh, Elaine se queda embarazada cada vez que Douglas la mira!
A Douglas no le divirtió el cumplido implícito a su virilidad.
—¡Entonces deberían hacer el amor con la luz apagada! contestó el gracioso de la oficina—. ¡Ja, ja, ja! Está claro que la única razón es que Douglas la está mirando.
—¡Esta noche no la mires ni de refilón, Doug! —gritó alguien, y hubo grandes carcajadas.
Elaine sonrió dulcemente. Ella imaginaba —no, estaba segura— que las otras mujeres la envidiaban. Las mujeres sin hijos, o con un solo hijo, no eran más que bolsas de judías secas, en su opinión. Bolsas de judías verdes secas.
Las cosas fueron de mal en peor, desde el punto de vista de Douglas. Hubo, sí, un intervalo de seis meses durante el cual Elaíne estuvo tomando la píldora y no se quedó embarazada, pero, de pronto, lo estuvo otra vez.
—No puedo entenderlo —le dijo a Douglas y a su médico.
Era verdad que Elaine no podía entenderlo, porque se había olvidado de que había olvidado acordarse de tomar la píldora… fenómeno que el médico había encontrado antes.
El médico no hizo ningún comentario. Sus labios estaban sellados por la ética.
Como si fuese en venganza porque Elaine se hubiera apartado de la fecundidad por algún tiempo, por haber intentado ponerle una tapadera al cuerno de la abundancia, la naturaleza le arrojó quintillizas. Douglas no pudo ni enfrentarse a la perspectiva del hospital y se pasó cuarenta y ocho horas en la cama. Después tuvo una idea: llamaría a algunos periódicos y les pediría una cantidad por entrevistas y también por las fotografías que quisieran hacer a las quintillizas. Dio dolorosos pasos en este sentido, ya que tal explotación era contraria a su carácter. Pero los periódicos no picaron. Muchísima gente tenía quintillizos hoy en día, le dijeron. Los sextillizos podrían interesarles, pero los quintillizos, no. Harían una foto, pero no pagarían nada. La foto sólo sirvió para que recibieran propaganda de las organizaciones de planificación familiar y cartas desagradables, o abiertamente insultantes, de ciudadanos particulares que les decían hasta qué punto contribuían a la polución. Los periódicos habían mencionado que tenían catorce hijos después de unos ocho años de matrimonio.
Puesto que al parecer la píldora no servía, Douglas propuso hacerse algo él. Elaine se mostró radicalmente contraria a ello.
—¡Pero entonces no sería lo mismo! —gritó.
—Querida, todo sería lo mismo. Excepto…
Elaine le interrumpió. No llegaron a ninguna parte.
Tuvieron que mudarse una vez más. La casa era lo bastante grande para dos adultos y catorce niños, pero los gastos añadidos que suponían las quintillizas hacían imposibles los pagos de la hipoteca. Así que Douglas y Elaine y Edward, Susan y Sarah, Peter, Thomas, Philip y Madeleine, los gemelos Ursula y Paul y las quintillizas Louise, Pamela, Helen, Samantha y Brigid se trasladaron a una casa de alquiler… término legal dado a cualquier construcción que albergara a más de dos familias, pero que en el lenguaje común significaba un suburbio; eso es exactamente lo que era. Ahora vivían rodeados de familias que tenían casi tantos hijos como ellos.
Douglas, que a veces se traía trabajo a casa, se taponaba los oídos con algodón y pensaba que se iba a volver loco. "No hay peligro de que me vuelva loco si pienso que me estoy volviendo loco", se decía a sí mismo, intentando animarse. Elaine, después de todo, estaba tomando la píldora otra vez.
Pero se quedó embarazada de nuevo. A estas alturas los abuelos ya no estaban tan encantados. Resultaba evidente que el número de vástagos había hecho descender el nivel de vida de Douglas y Elaine; lo cual era la última cosa que deseaban los abuelos. Douglas vivía en un ardiente resentimiento contra el destino y con una desesperada esperanza de que sucediera algo, algo desconocido y quizá imposible, mientras veía a Elaine engordar día a día. ¿Sería posible que fueran quintillizos otra vez? Aterradora idea. ¿Qué pasaba con la píldora? ¿Era Elaine una excepción a las leyes de la química? Douglas daba vueltas en su cabeza a la ambigua respuesta del médico cuando le hizo esta pregunta. El médico fue tan vago al respecto que Douglas había olvidado no sólo sus palabras, sino hasta el sentido de lo que dijo. De todas formas, ¿quién podía pensar con tanto ruido? Enanitos con pañales tocaban diminutos xilofones y soplaban en una gran variedad de cuernos y silbatos. Edward y Peter se peleaban por montar el caballito. Todas las niñas rompían a llorar por nada, esperando conseguir la atención y el respaldo de su madre. Philip era propenso a los cólicos. Todas las quintillizas estaban echando los dientes simultáneamente.
Esta vez fueron trillizos. ¡Increíble! En tres habitaciones del piso no había más que cunas y una cama individual en cada una, en la que dormían por lo menos dos niños. Si sus edades variaran más, pensaba Douglas, sería un poco más tolerable, pero la mayoría de ellos todavía gateaban por el suelo, y al abrir la puerta del piso uno creía haber entrado en una guardería por equivocación. Pero no. Los diecisiete eran obra suya. Los nuevos trillizos se balanceaban en un ingenioso corralito suspendido del techo, porque no quedaba nada de espacio en el suelo. Se les alimentaba y se les cambiaban los pañales a través de los barrotes, lo cual hacía pensar a Douglas en un zoológico.
Los fines de semana eran un infierno. Sus amigos simplemente no aceptaban ya sus invitaciones. ¿Quién podía reprochárselo? Elaine tenía que pedir a los invitados que hablaran muy bajo, y aun así, algo despertaba siempre a alguno de los pequeños antes de las nueve de la noche, y entonces todos empezaban a berrear, incluso los de siete y ocho años que querían participar en la fiesta. Por lo tanto, su vida social era nula, y más valía así, porque no tenían dinero para fiestas.
—Pero yo me siento realizada, cariño —dijo Elaine, poniendo una mano tranquilizadora en la frente de Douglas, que estaba sentado estudiando unos papeles de la oficina, un domingo por la tarde.
Douglas, sudando a causa de los nervios, estaba trabajando en un rinconcito de lo que llamaban el cuarto de estar. Elaine estaba a medio vestir, lo cual era habitual en ella, porque cuando se estaba vistiendo siempre la interrumpía algún niño para pedir algo, y además Elaine estaba aún criando a los últimos. De repente, a Douglas se le ocurrió algo, se levantó y salió para ir al teléfono más próximo. El y Elaine no tenían teléfono y habían tenido que vender el coche.
Douglas llamó a una clínica y se informó sobre la vasectomía. Le dijeron que había una lista de espera de cuatro meses, si quería que la operación fuese gratuita. Douglas dijo que sí y dio su nombre. Mientras tanto, se imponía la castidad. Tampoco era ningún sacrificio. ¡Dios mío! ¡Diecisiete ya! En la oficina Douglas mantenía la cabeza baja. Hasta las bromas se habían agotado. Sentía que la gente le compadecía y que evitaban el tema de los hijos. Solamente Elaine era feliz. Parecía estar en otro mundo. Incluso había empezado a hablar como los niños. Douglas contaba los días que faltaban para la operación. Se la iba a hacer sin decirle nada a Elaine. Llamó una semana antes para confirmar la fecha y le dijeron que tendría que esperar otros tres meses, porque la persona que le había dado la cita debía haberse equivocado.
Douglas colgó violentamente. El problema no era la abstinencia, era sólo su condenada mala suerte, sólo la lata de esperar otros tres meses. Tenía un miedo irracional a que Elaine se quedara embarazada otra vez por sí misma.
—¡Mírala! —chilló Douglas al vacío—. ¡La imagen de la maternidad cuando apenas puede andar!
Arrebató la muñeca del cochecito de juguete y la arrojó por la ventana.
—¡Doug! ¿Qué te ocurre?
Elaine corrió hacia él con un seno desnudo y el pequeño Charles pegado a él como una lamprea.
Douglas atravesó de un puntapié el costado de una cuna, luego agarró el caballito y lo estrelló contra la pared. De una patada lanzó la casa de muñecas por los aires y cuando cayó la aplastó de un pisotón.
—¡Maaa—mááá!
—¡Paaa—pááá!
—¡Uuu—uuu!
—¡Buu—juuu—uu—juu—u! —partiendo de media docena de gargantas.
Ahora había un espantoso bullicio, por lo menos quince niños estaban gritando, además de Elaine. Los juguetes eran el objetivo de Douglas. Pelotas de todos los tamaños salieron volando a través de los cristales de las ventanas, seguidas de silbatos de plástico y pianitos, coches y teléfonos, luego, osos de peluche, sonajeros, pistolas, espadas de goma y tirachinas, anillos de dentición y rompecabezas. Estrujó dos biberones y se rió con regocijo de lunático mientras la leche salía a chorros por las tetinas. La expresión de Elaine pasó de la sorpresa al horror. Se asomó por una ventana rota y gritó.
Douglas tuvo que ser apartado de una construcción de juguete que estaba destrozando con la pesada base de un tentempié en forma de payaso. Un interno le dio un golpe en el cuello que le dejó inconsciente. Al volver en sí, Douglas se encontró en una celda acolchada. Exigió una vasectomía. Le pusieron una inyección. Cuando se despertó, volvió a vociferar pidiendo una vasectomía. Le concedieron su deseo ese mismo día.
Entonces se sintió mejor, más tranquilo. Estaba lo bastante cuerdo, sin embargo, para darse cuenta de que, por así decirlo, su mente estaba "ida". Era consciente de que no quería hacer nada. No quería ver a ninguno de sus viejos amigos, a todos los cuales sentía que había perdido, en cualquier caso. Tampoco deseaba especialmente seguir viviendo. Vagamente recordaba que era objeto de burla por haber engendrado diecisiete hijos en muchos menos años que ésos. ¿O eran diecinueve? ¿O veintiocho? Había perdido la cuenta.
Elaine vino a verle. ¿Estaba otra vez embarazada? No. Imposible. Era sólo que estaba acostumbrado a verla embarazada. Parecía remota. Ella estaba realizada, recordó Douglas.
—Ponte otra vez cabeza abajo. Invierte el proceso —le dijo Douglas con una sonrisa estúpida.
—Está loco —le dijo Elaine al interno, desesperanzada, y se alejó calmosamente.

Patricia Highsmith, La paridora (Pequeños cuentos misóginos).
Traducido por Maribel de Juan Guyatt.

Patricia Highsmith



Sylvia Plath, Madres

Madres
Esther seguía en el primer piso cuando Rose entró por la puerta de atrás.
—¿Hola?, Esther, ¿estás lista?
En la calle que llevaba a la casa de Esther había dos casitas, y Rose vivía en la de más arriba con su marido jubilado, Cecil. La casa era una granja grande con el tejado de paja y su propio patio adoquinado. Los adoquines no eran adoquines corrientes de calle, sino adoquines cincelados, cuyos lados estrechos y alargados formaban un mosaico que siglos de botas y cascos habían fundido delicadamente. Los adoquines se extendían bajo la recia puerta de roble tachonada hasta el oscuro pasillo entre la cocina y la trascocina, y en la época de la anciana lady Bromehead, habían formado también el suelo de la cocina y la trascocina. Pero cuando, a los noventa años, lady Bromehead se cayó y se rompió la cadera y la llevaron a una residencia, una serie de inquilinos sin servidumbre había persuadido a su hijo para que pusiera linóleo en esas habitaciones.
La puerta de roble era la puerta de atrás; la usaba todo el mundo, menos algún que otro desconocido. La puerta de delante, pintada de amarillo y flanqueada por dos arbustos de boj de olor penetrante, daba a un terreno de ortigas y a la iglesia, que señalaba al cielo gris por encima del festón de lápidas que la rodeaban. La verja principal se abría justo ante la esquina del cementerio.
Esther se caló el turbante hasta las orejas, y a continuación se ajustó las solapas del abrigo de cachemira para parecer alta, majestuosa y gorda al observador accidental, en lugar de embarazada de ocho meses. Rose no había llamado al timbre antes de entrar. Esther imaginó a Rose, la curiosa y ávida Rose, observando la tarima desnuda del recibidor principal y los juguetes desparramados con descuido desde la habitación delantera hasta la cocina. Esther no lograba acostumbrarse a que la gente abriese la puerta y se dejase caer sin llamar al timbre. Lo hacían el cartero, y el panadero, y el mozo del tendero, y ahora Rose, que era de Londres, y debía tener más criterio.
En una ocasión, cuando Esther y Tom estaban discutiendo a gritos y sin rodeos en medio del desayuno, la puerta de atrás se abrió de golpe y un puñado de cartas y revistas restalló sobre los adoquines del recibidor. El grito de «¡Buenos días!» del cartero se desvaneció. Esther se sintió espiada. Después de aquello, echó el cerrojo de la puerta de atrás durante un tiempo, pero el sonido de los tenderos que intentaban abrir la puerta y la encontraban cerrada en pleno día, y luego llamaban al timbre y esperaban a que ella llegase y abriese ruidosamente, le causaba todavía más vergüenza que la costumbre previa. Así que volvió a dejar el cerrojo en paz, y trató de no discutir tanto, o al menos no tan alto.
Cuando Esther bajó, Rose estaba esperando justo al otro lado de la puerta, vestida con elegancia con un sombrero de satén lila y un abrigo de tweed a cuadros. Junto a ella, había una mujer rubia de cara huesuda, con los párpados azul brillante y sin cejas. Era la señora Nolan, la mujer del encargado del pub White Hart. La señora Nolan, según Rose, no iba nunca a las reuniones de la Unión de Madres, porque no tenía con quien ir, así que Rose la llevaba a la reunión de ese mes, junto con Esther.
—¿Os importa esperar un poquito más, Rose, mientras le digo a Tom que voy a salir?
Esther notó los astutos ojos de Rose pasando revista a su sombrero, sus guantes, sus zapatos de tacón de charol, mientras se daba la vuelta y echaba a andar con cuidado por los adoquines hacia el jardín de atrás. Tom estaba plantando fresas en la tierra recién removida de detrás de los establos vacíos. El bebé estaba en medio del camino, encima de un montón de tierra roja, echándosela en el regazo con una cuchara maltrecha.
Esther sintió cómo sus quejas por que Tom no se afeitaba y dejaba al bebé jugar en el campo desaparecían al verlos a los dos tranquilos y en perfecta armonía.
—¡Tom! —Sin pensarlo, dejó su guante blanco encima de la cerca de madera cubierta de polvo—. Me voy. ¿Te importa hacerle un huevo duro al bebé si vuelvo tarde?
Tom se irguió, y gritó unas palabras de ánimo que desaparecieron entre ambos en el denso aire de noviembre, y el bebé se volvió en dirección a la voz de Esther, con la boca negra, como si hubiera estado metiéndose tierra en ella. Pero Esther se escabulló, antes de que el bebé pudiera ponerse de pie y tambalearse hasta ella, hacia donde Rose y la señora Nolan la estaban esperando, al final del patio.
Esther esperó a que cruzaran la puerta de más de dos metros de alto, que parecía una empalizada, y echó el pestillo. Luego Rose puso los brazos en jarras, y la señora Nolan tomó un brazo, y Esther, el otro, y las tres mujeres anduvieron bamboleándose por el camino de piedra, dejaron atrás la casita de Rose, y más abajo la casita del viejo ciego y su hermana solterona, y salieron a la carretera.
—Hoy nos juntamos en la iglesia.
Rose se metió en la boca un caramelo de menta y les ofreció el cucurucho de papel de plata. Esther y la señora Nolan lo rehusaron cortésmente.
—Pero no siempre nos juntamos en la iglesia. Solo cuando entran nuevas afiliadas.
La señora Nolan puso los pálidos ojos en blanco, Esther no supo si por consternación general, o sencillamente ante la perspectiva de ir a la iglesia.
—¿Usted también acaba de llegar al pueblo? —preguntó a la señora Nolan, inclinándose un poco hacia delante para salvar a Rose.
La señora Nolan emitió una risa breve y triste.
—Llevo aquí seis años.
—¡Ah, entonces ya conocerá a todo el mundo!
—A casi nadie —repuso la señora Nolan, haciendo que los recelos, como una bandada de pájaros de patas frías, llenasen el corazón de Esther.
Si la señora Nolan, inglesa, a juzgar por su aspecto y su acento, y además la mujer del encargado del pub, se sentía de fuera después de seis años en Devon, ¿qué esperanzas tenía Esther, estadounidense, de entrar en aquella sociedad arraigada?
Las tres mujeres siguieron andando, brazos entrelazados, por el camino que flanqueaba la linde, alta y con setos de acebo, de la finca de Esther, dejaron atrás la verja, y continuaron al pie de la pared de adobe rojo del cementerio. Lápidas planas y comidas por el liquen se inclinaban a la altura de sus cabezas. Labrado con hondura en la tierra por el uso, mucho antes de que alguien pensara en pavimentar, el camino se curvaba como el lecho de un río antiguo bajo sus riberas inclinadas.
Dejaron atrás el escaparate de la carnicería, con la muestra de codillos de cerdo y botes de manteca propia de mediados de la semana, y subieron por la calle de la policía y los baños públicos. Esther vio a otras mujeres que, solas y en grupos, confluían en la verja techada de la iglesia. Bajo el peso de los engorrosos abrigos de lana y los sombreros de colores apagados, todas ellas parecían retorcidas y viejas.
Mientras Esther y la señora Nolan se resistían a cruzar la reja, y animaban a Rose a seguir, Esther reconoció en la persona inusualmente fea que había llegado tras ella, sonriendo y saludando con la cabeza, a la mujer que le había vendido una berza inmensa en el Festival de la Cosecha por un chelín y medio. La col sobresalía del borde de la cesta de la compra como la planta milagrosa de un cuento, llenándola por completo; pero, cuando se puso a cortarla, era esponjosa y dura como corcho. Dos minutos en la olla a presión, y se quedó en un amasijo pálido y naranja que ennegrecía el fondo y los lados de la olla con un líquido aceitoso y maloliente. Tendría que haberla hervido inmediatamente, pensó Esther ahora, siguiendo a Rose y la señora Nolan hasta la puerta de la iglesia bajo los limeros achaparrados y desmochados.
El interior de la iglesia parecía curiosamente luminoso. Esther se dio cuenta de que hasta entonces solo había entrado de noche, para las vísperas. Los bancos de atrás ya se estaban llenando de mujeres, que susurraban, se agachaban, se arrodillaban y sonreían con benevolencia en todas direcciones. Rose llevó a Esther y la señora Nolan a un banco vacío en medio del pasillo. Hizo pasar primero a la señora Nolan, luego entró ella, y a continuación tiró de Esther. Rose fue la única de las tres que se arrodilló. Esther inclinó la cabeza y cerró los ojos, pero su mente siguió en blanco; se sentía hipócrita. Así que abrió los ojos y miró a su alrededor.
La señora Nolan era la única mujer de la congregación que no llevaba sombrero. Esther la miró a los ojos, y la señora Nolan arqueó las cejas o, mejor dicho, la piel de la frente donde tuvo las cejas. Luego se inclinó hacia delante.
—No vengo demasiado —confesó.
Esther sacudió la cabeza y susurró:
—Yo tampoco.
No era del todo cierto. Un mes después de llegar al pueblo, Esther había empezado a ir a los servicios de vísperas, sin perderse uno. El mes de hiato había sido angustioso. Los campaneros del pueblo hacían resonar los carillones dos veces cada domingo, mañana y tarde, por el campo de los alrededores. Era imposible escapar de las notas inquisitivas. Mordían el aire y lo sacudían con empeño perruno. Las campanas hacían que Esther se sintiese al margen, como postergada en un gran banquete local.
Pocos días después de mudarse a aquella casa, Tom la llamó desde el piso de abajo para que saludase a una visita. En la sala de delante estaba sentado el pastor, entre cajas de libros por desembalar. Era un hombrecillo gris, con orejas de soplillo, acento irlandés y una sonrisa profesionalmente benigna que todo lo toleraba. Les habló de los años que había pasado en Kenia, donde conoció a Jomo Kenyatta, de sus hijos, que estaban en Australia, y de su mujer, que era inglesa.
Esther pensó que de un momento a otro les preguntaría si iban a la iglesia. Pero el pastor no mencionó la iglesia. Hizo saltar al bebé sobre sus rodillas y se marchó poco después, con su silueta negra y compacta haciéndose más y más pequeña en dirección a la verja.
Un mes después, trastornada todavía por las campanas evangélicas, envió al pastor una nota atropellada, medio a su pesar. Le gustaría ir a la misa de vísperas. ¿Le importaría explicarle el rito?
Esperó nerviosa un día, dos días, y cada tarde preparaba té y bizcocho, que Tom y ella no se comían hasta estar seguros de que había pasado la hora del té. Luego, la tercera tarde, estaba hilvanando un camisón de franela amarilla para el bebé, cuando por casualidad miró hacia la verja por la ventana. Una recia forma negra subía despacio por las ortigas.
Esther recibió recelosa al pastor. Le dijo inmediatamente que la habían educado en la fe unitaria. Pero el pastor le contestó con una sonrisa que, por ser cristiana, al margen de sus convicciones, era bienvenida en su iglesia. Esther se tragó el impulso de soltarle que era atea y poner punto final. Al abrir el Libro de Oración Común que el pastor le había llevado, sintió que una veladura enfermiza y engañosa se apoderaba de sus rasgos; recorrió tras él el orden del servicio. La aparición del Espíritu Santo y las palabras «resurrección de la carne» le dieron un prurito de falsedad. Sin embargo, cuando confesó que no podía creer en la resurrección de la carne (no se atrevió a decir «ni en la del espíritu»), el pastor no pareció inmutarse. Tan solo le preguntó si creía en la eficacia de la oración.
—¡Oh, sí, sí creo! —Se oyó exclamar, asombrada por las lágrimas que tan oportunamente le habían venido a los ojos, cuando solo quería decir: «Me encantaría creer».
Más tarde, se preguntó si las lágrimas las había causado la visión de la enorme e irrevocable distancia que había entre su descreimiento y la beatitud de la fe. No se atrevió a decirle al pastor que ya había pasado por aquella intentona pía diez años antes, en la clase de Religión Comparada de la universidad, y finalmente solo consiguió lamentarse por no ser judía.
El pastor propuso quedase con su mujer en el próximo servicio de vísperas, y sentase con ella, para no sentirse fuera de lugar. Luego pareció cambiar de idea. Al fin y al cabo, quizá prefería ir con sus vecinos, Rose y Cecil. Eran «feligreses». Solo cuando el pastor cogió sus dos libros de oraciones y su sombrero negro, recordó Esther el plato de bizcochos con azúcar y la bandeja del té que esperaban en la cocina. Pero para entonces era demasiado tarde. No solo el olvido había relegado esos bizcochos, pensó, observando la mesurada retirada del pastor entre las ortigas verdes.

La iglesia se estaba llenando rápidamente. La mujer del pastor, de rostro alargado, angular, amable, retrocedió de puntillas desde el primer banco repartiendo ejemplares del Misal de la Unión de Madres. Esther sintió que el bebé se agitaba y daba patadas, y pensó plácidamente: «Soy madre; este es mi sitio».
El frío primigenio del suelo de la iglesia estaba comenzando su entrada mortal en las suelas de los zapatos, cuando, susurrando y dejando de hablar, las mujeres se pusieron en pie al mismo tiempo, y el pastor, con sus andares lentos y santos, recorrió el pasillo.
El órgano tomó aliento; comenzaron el himno de apertura. El organista debía de ser novato. Cada pocos compases, se alargaba una discordancia, y las voces de las mujeres patinaban hacia arriba y hacia abajo en pos de la escurridiza melodía con una desesperación atolondrada y gatuna. Hubo genuflexiones, respuestas y más himnos.
El pastor dio un paso al frente, y repitió con detalle una anécdota que había sido el núcleo de su sermón de vísperas más reciente. Luego sacó una metáfora torpe, incluso sonrojante, que Esther le había escuchado en un bautizo la semana antes, sobre el aborto físico y el espiritual. Claramente el pastor estaba recreándose. Rose se metió otro caramelo en la boca, y la señora Nolan tenía la mirada vidriosa y lejana de una vidente infeliz.
Por fin, tres mujeres, dos bastante jóvenes y atractivas, una muy mayor, fueron al frente, y se arrodillaron ante el altar para ser recibidas en la Unión de Madres. El pastor olvidó el nombre de la mayor (Esther pudo percibir cómo lo olvidaba), y se vio obligado a esperar hasta que su mujer tuvo la presencia de ánimo de acercarse discretamente y susurrárselo al oído. La ceremonia prosiguió.
Dieron las cuatro antes de que el pastor dejase salir a las mujeres. Esther dejó la iglesia en compañía de la señora Nolan, ya que Rose se había adelantado con dos amigas suyas, Brenda, la mujer del frutero, y la elegante la señora Hotchkiss, que vivía en Widdop Hill y criaba pastores alemanes.
—¿Vas a quedarte a la merienda? —preguntó la señora Nolan, mientras la corriente de mujeres las arrastraba al otro lado de la calle, y abajo, hacia el edificio de ladrillo amarillo de la policía.
—A eso he venido —dijo Esther—. Me parece que nos la hemos ganad
—¿Para cuándo es el bebé?
Esther rio.
—De un momento a otro.
Las mujeres se estaban desviando a un patio a mano izquierda. Esther y la señora Nolan las siguieron a una habitación oscura que tenía algo de cobertizo, y que trajo a Esther recuerdos deprimentes de campamentos y sesiones de canciones de la iglesia. Recorrió la penumbra con la mirada, tratando de dar con una tetera o cualquier otra señal de alegría, pero tan solo encontró un piano de pared cerrado. Las demás mujeres no se detuvieron; subieron en fila india unas escaleras mal iluminadas.
Tras unas puertas batientes, se abría una habitación luminosa que revelaba dos mesas larguísimas, colocadas en paralelo y con manteles inmaculados de lino blanco. En el centro de las mesas, bandejas de bizcochos y pastas alternaban con cuencos de crisantemos cobrizos. Había una cantidad asombrosa de bizcochos, todos ellos minuciosamente decorados, unos con cerezas y nueces, otros con azúcar espolvoreada. El pastor ya se había colocado en la cabecera de una mesa, y su mujer, en la de la otra, y las mujeres del pueblo empezaban a agolparse en las sillas apretadas. Las mujeres del grupo de Rose se colocaron al final de la mesa del pastor. A la señora Nolan la obligaron a sentarse enfrente del pastor, en el mismísimo extremo de la mesa, con Esther a la derecha y una silla vacía que habían pasado por alto a la izquierda.
Las mujeres se sentaron y se pusieron cómodas.
La señora Nolan se volvió hacia Esther:
—¿Tú a qué te dedicas?
Quien preguntaba era una mujer desesperada.
—Oh, tengo al bebé. —Esther se avergonzó de su evasiva—. Paso a máquina lo que escribe mi marido.
Rose se inclinó hacia ellas.
—Su marido escribe para la radio.
—Yo pinto —dijo la señora Nolan.
—¿Qué pintas? —preguntó Esther, un poco sobresaltada.
—Sobre todo óleos. Pero no se me da bien.
—¿Has intentado la acuarela?
—Sí, claro, pero se te tiene que dar bien. Tiene que salirte a la primera.
—Entonces, ¿qué pintas? ¿Retratos?
La señora Nolan arrugó la nariz y sacó un paquete de cigarrillos.
—¿Tú crees que se puede fumar? No. No se me dan bien los retratos. Pero a veces pinto a Ricky.
La mujer diminuta de aspecto apagado que servía el té llegó donde estaba Rose.
—Se puede fumar, ¿verdad? —preguntó la señora Nolan a Rose.
—Oh, me parece que no. La primera vez que vine me moría de ganas, pero no fumaba nadie.
La señora Nolan miró a la señora del té.
—¿Se puede fumar?
—Ooh, yo diría que no —dijo la mujer—. En las dependencias de la iglesia, no.
—¿Es por la normativa de incendios? —quiso saber Esther—. ¿O es por algo religioso?
Pero nadie lo sabía. La señora Nolan empezó a hablar a Esther de su niño de siete años, que se llamaba Benedict. Resultó que Ricky era un hámster.
De pronto, las puertas batientes se abrieron de par en par y dejaron pasar a una joven colorada con una bandeja humeante.
—¡Las salchichas, las salchichas! —gritaron voces complacidas desde diversos puntos de la sala.
Esther tenía mucha hambre, casi estaba desfallecida. Ni siquiera los hilos de grasa transparente y caliente que rezumaban de su salchicha envuelta en masa la detuvieron. Mordió un buen trozo, al igual que la señora Nolan. En ese momento, todo el mundo agachó la cabeza. El pastor bendijo las mesas.
Con los carrillos abultados, Esther y la señora Nolan se miraron, haciendo muecas y sofocando la risa, como colegialas que comparten un secreto. Luego, después de la bendición, todo el mundo empezó a pasar platos de un lado a otro de la mesa, y a servirse con energía. La señora Nolan habló a Esther sobre el padre de Benedict el Joven, Benedict el Grande (su segundo marido), que había tenido una plantación de caucho en Malasia, hasta que tuvo la desgracia de enfermar y lo mandaron a casa.
—Toma pan dulce. —Rose le pasó una bandeja de rebanadas tiernas y afrutadas, y la señora Hotchkiss le alcanzó un bizcocho de chocolate de tres pisos.
Esther se sirvió grandes cantidades de todo.
—¿Quién hace los bizcochos?
—La mujer del pastor —dijo Rose—. Cocina mucho.
—El pastor… —Mrs. Hotchkiss inclinó su sombrero, que tenía una pluma de perdiz— ayuda a batir.
La señora Nolan, sin cigarrillos, tamborileaba sobre la mesa.
—No voy a tardar en irme.
—Me voy contigo. —Esther habló con la boca llena—. Tengo que volver, por el bebé.
Pero había vuelto la mujer, con más té, y las dos mesas parecían cada vez más una gran reunión familiar de la que sería de mala educación marcharse sin dar las gracias, o por lo menos sin pedir permiso.
Sin que supieran cómo, la mujer del pastor se había escabullido de la cabecera de su mesa, y estaba inclinada sobre ellas de manera maternal, con una mano encima del hombro de la señora Nolan, y otra encima del de Esther.
—El pan dulce es delicioso —dijo Esther, con intención de elogiarla—. ¿Lo ha hecho usted?
—Oh, no, lo hace el señor Ockenden. —El señor Ockenden era el panadero del pueblo—. Pero sobra un pan. Si quiere, lo puede comprar después.
Desconcertada ante aquel quiebro financiero repentino, Esther recordó casi inmediatamente que la gente de la iglesia, sea de la orden que sea, siempre anda buscando dinero, colectas y donaciones de una u otra clase. Hacía poco se había visto saliendo de vísperas con una hucha, un austero recipiente de madera con una hendidura en el que al parecer se esperaba que fuera metiendo dinero hasta el Festival de la Cosecha del año siguiente, cuando vaciarían y volverían a distribuir las huchas.
—Me encantaría —dijo Esther, con entusiasmo un poco excesivo.
Cuando la mujer del pastor volvió a su sitio, hubo murmullos y codazos entre las mujeres de mediana edad del otro extremo de la mesa, que llevaban sus mejores blusas, chaquetas y sombreros redondos de fieltro. Finalmente, con un discreto aplauso local, una mujer su puso en pie, y dio un discursito pidiendo un voto de gracias a la mujer del pastor por la merienda. Hubo una coda cómica pidiendo dar también las gracias al pastor, por ayudar —al parecer era famoso por ello— a hacer la masa de los bizcochos. Más aplausos, muchas carcajadas, tras las cuales la mujer del pastor pronunció un discurso de respuesta, dando la bienvenida a Esther y a la señora Nolan por sus nombres. Dejándose llevar por el entusiasmo, confesó que esperaba que entrasen en la Unión de Madres.
En el torbellino general de aplausos y sonrisas y miradas curiosas y un nuevo pase de bandejas, el propio pastor dejó su sitio y fue a sentarse en la silla vacía que tenía al lado la señora Nolan. Tras saludar a Esther con una inclinación de cabeza, como si ya hubieran hablado mucho, empezó a dirigirse con voz profunda a la señora Nolan. Esther los escuchó sin disimulo, mientras acababa su plato de pan dulce con mantequilla y bizcochos variados.
El pastor hizo una extraña referencia jocosa a que nunca encontraba a la señora Nolan en casa, ante la cual la clara piel de rubia de esta se puso rosa brillante, y luego dijo:
—Lo siento, pero, si no la he ido a ver, es porque pensaba que estaba divorciada. Normalmente, procuro no molestar a las divorciadas.
—Oh, no se preocupe. Ya no se preocupe, ¿eh? —musitó la señora Nolan, sonrojada y tirando furiosamente del cuello abierto de su abrigo.
El pastor acabó con un pequeño sermón de bienvenida que a Esther se le escapó, en su confusión y enfado ante el apuro de la señora Nolan.
—No tenía que haber venido —susurró la señora Nolan a Esther—. Las divorciadas no deben venir.
—Qué cosa más ridícula —dijo Esther—. Me marcho. Vámonos.
Rose levantó la mirada cuando sus protegidas empezaron a abotonarse los abrigos.
—Voy con vosotras. Cecil querrá el té.
Esther miró de reojo a la mujer del pastor, al fondo de la habitación, rodeada de un grupo de mujeres que charlaban. El pan que sobraba no estaba a la vista, y no tenía el menor deseo de buscarlo. Podía pedirle uno a el señor Ockenden el sábado, cuando pasase por su casa. Además, tenía la vaga sospecha de que la mujer del pastor lo vendería más caro, para beneficio de la iglesia, como hacían en los rastrillos.
La señora Nolan se despidió de Rose y de Esther ante el ayuntamiento, y se dirigió colina abajo al pub de su marido. El camino del río desaparecía, en la primera bajada, en un banco de húmeda niebla azul; desapareció en pocos minutos.
Rose y Esther fueron andando juntas a casa.
—No sabía que no admitían a las divorciadas —dijo Esther.
—Oh, no, no les gustan. —Rose hurgó en un bolsillo y sacó un paquete de Maltesers—. ¿Quieres? La señora Hotchkiss ha dicho que la señora Nolan no puede entrar en la Unión de Madres, aunque quisiera. ¿Quieres un perro?
—¿Un perro?
—Un perro. A la señora Hotchkiss le queda un pastor alemán de la última camada. Los negros los ha vendido todos, esos le gustan a todo el mundo, y ahora solo hay uno gris.
—A Tom no le gustan nada los perros. —Esther se sorprendió ante su propio arranque de pasión—. Sobre todo los pastores alemanes.
Rose pareció alegrarse.
—Ya le he dicho que no creía que lo quisieras. Los perros son horrorosos.
Parecía que los vetustos líquenes de las lápidas, verdemente luminosas en la espesa penumbra, pudieran tener poderes mágicos de fosforescencia. Las dos mujeres pasaron ante el cementerio, con su tejo chato y negro, y a medida que el frío del anochecer penetraba sus abrigos y el caduco esplendor de la merienda, Rose ofreció su brazo y Esther lo tomó sin dudar.

Sylvia Plath, Madres (1962). La caja de los deseos. Traducido por Guillermo López Gallego.


Sylvia Plath

Ernest Hemingway, Gato bajo la lluvia

Gato bajo la lluvia

En el hotel sólo había dos americanos. No conocían a ninguna de las personas con las que se cruzaban en la escalera cuando iban y venían de su habitación. La habitación estaba en la segunda planta, con vistas al mar. También daba al jardín público y al monumento de los caídos. En el jardín público había grandes palmeras y unos bancos verdes. Cuando hacía buen tiempo siempre había un artista con su caballete. A los artistas les gustaba cómo crecían las palmeras y los vivos colores de los hoteles que daban a los jardines y al mar. Los italianos llegaban desde muy lejos para ver el monumento a los caídos. Era de bronce y relucía bajo la lluvia. Estaba lloviendo. Las palmeras goteaban. El agua formaba charcos en los caminos de grava. El mar rompía en una larga línea bajo la lluvia, retrocedía sobre la playa para volver a coger fuerza y romper otra vez en una larga línea bajo la lluvia. En la plaza donde estaba el monumento a los caídos no quedaba ningún coche. Al otro lado de la plaza, en la entrada de un café, un camarero contemplaba la plaza solitaria.
La esposa americana estaba sentada junto a la ventana, mirando la calle. Fuera, justo debajo de la ventana, una gata se acurrucaba bajo una de las empapadas mesas verdes. La gata intentaba reducir al máximo su tamaño para no mojarse.
–Voy a bajar a recoger a ese gatito –dijo la americana.
–Ya lo haré yo –se ofreció el marido desde la cama.
–No, lo haré yo. El pobrecito está debajo de una mesa procurando no mojarse.
El marido siguió leyendo, incorporado al pie de la cama con la ayuda de dos almohadones.
–No te mojes –le dijo.
La mujer bajó y el propietario del hotel se levantó y la saludó con la cabeza al pasar junto a su despacho. Su escritorio estaba en el fondo del despacho. Era un anciano muy alto.
–Il piove –dijo la mujer. Le caía bien el propietario.
–Sí, sí, signora, brutto tempo. Muy mal tiempo.
Se quedó detrás de su escritorio, en el extremo en penumbra del despacho. Le caía bien a la mujer. Le gustaba la tremenda seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad. Le gustaba la manera en que quería servirla. Le gustaba cómo asumía su papel de propietario del hotel. Le gustaba su cara vieja y tosca y sus manos grandes.
Pensando en cuánto le gustaba, abrió la puerta y miró fuera. Ahora llovía con más fuerza. Un hombre con un impermeable cruzaba la plaza vacía hacia el café. El gato debía de estar más o menos a la derecha. Quizá podría llegar sin tener que dejar la protección de los aleros. Mientras estaba en la puerta, se abrió un paraguas a su espalda. Era la doncella que les limpiaba la habitación.
–No debe mojarse –dijo en italiano, sonriendo. Evidentemente, el propietario la había llamado.
Con la doncella sujetándole el paraguas, recorrió el camino de grava hasta que estuvo bajo su ventana del hotel. Allí estaba la mesa, de un verde abrillantado por la lluvia, pero el gato había desaparecido. La doncella levantó la mirada.
–Ha perduto qualche cosa, signora?
–Había un gato –dijo la americana.
–¿Un gato?
–Sí, il gatto.
–¿Un gato? –La doncella se echó a reír – ¿Un gato bajo la lluvia?
–Sí –dijo la americana–, debajo de la mesa. —Y a continuación—: Vaya, me moría de ganas de tenerlo. Quería un gatito.
Cuando hablaba en inglés, la cara de la doncella se tensaba.
—Venga, signora —dijo—. Volvamos. Se mojará.
—Supongo que tiene razón —dijo la americana.
Regresaron por el camino de grava y entraron en el hotel. La doncella se quedó fuera para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó junto al despacho, el patrón le hizo una inclinación de cabeza desde su escritorio. La americana sintió en su interior algo pequeño y tirante. El patrón la hacía sentir muy pequeña y al mismo tiempo realmente importante. Por un momento tuvo la sensación de ser alguien de una importancia suprema. Subió las escaleras. Abrió la puerta de su habitación. George estaba en la cama, leyendo.
–¿Has encontrado el gato? –preguntó, bajando el libro.
–Se había ido.
–A saber adónde habrá ido –dijo el marido, descansando la vista de la lectura.
Ella se sentó en la cama.
–Me apetecía tanto tener ese gato —dijo ella—. No sé por qué, pero me apetecía muchísimo tenerlo. Quería a ese pobre gatito. No es divertido ser un pobre gatito bajo la lluvia.
George volvía a leer.
La mujer se le acercó, se sentó delante del espejo del tocador y se miró con el espejo de mano. Estudió su perfil, primero un lado y luego el otro. A continuación se estudió la nuca y el cuello.
–¿No crees que sería buena idea dejarme crecer el pelo? –preguntó mirándose de nuevo el perfil.
George levantó la mirada y le vio la nuca, con el pelo tan corto como el de un muchacho.
–Me gusta como lo llevas.
–Pues ya estoy harta —dijo—. Estoy harta de parecer un chico.
George cambió de postura en la cama. No había apartado los ojos de ella desde que comenzaran a hablar.
–Estás guapísima –dijo.
Ella dejó el espejo sobre el tocador, fue hacia la ventana y miró afuera. Estaba oscureciendo.
–Quiero tener el pelo largo y poder echármelo para atrás y sentirlo terso y apretado. Hacerme un gran moño en la nuca que me pese —dijo—. Quiero tener un gatito en el regazo y que ronronee cuando lo acaricie.
–¿Ah, sí? –dijo George desde la cama.
–Y quiero comer en una gran mesa con mis propios cubiertos de plata y quiero velas. Y quiero que sea primavera y quiero cepillarme el pelo delante de un espejo y quiero un gatito y quiero ropa nueva.
–Oh, cállate y búscate algo para leer –dijo George. Ahora volvía a leer.
Su esposa miraba por la ventana. Casi había oscurecido del todo, y seguía lloviendo sobre la palmera.
–De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato ahora. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, al menos puedo tener un gato.
George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Su esposa miraba por la ventana, allí donde las luces de la plaza habían comenzado a encenderse.
Alguien llamó a la puerta.
–Avanti –dijo George. Levantó la mirada del libro.
En el vano estaba la doncella. Llevaba un enorme gato pardo apretado contra ella y con el cuerpo colgando.
–Perdone –dijo—, el patrón me ha pedido que traiga esto a la signora.

Ernest Hemingway, Gato bajo la lluvia (Cat in the rain).1925. Traducción de Damián Alou.

Ernest Hemingway

Cat in the Rain

There were only two Americans stopping at the hotel. They did not know any of the people they passed on the stairs on their way to and from their room. Their room was on the second floor facing the sea. It also faced the public garden and the war monument. There were big palms and green benches in the public garden. In the good weather there was always an artist with his easel. Artists liked the way the palms grew and the bright colors of the hotels facing the gardens and the sea. Italians came from a long way off to look up at the war monument. It was made of bronze and glistened in the rain. It was raining. The rain dripped from the palm trees. Water stood in pools on the gravel paths. The sea broke in a long line in the rain and slipped back down the beach to come up and break again in a long line in the rain. The motor cars were gone from the square by the war monument. Across the square in the doorway of the cafe a waiter stood looking out of the empty square.
The American wife stood at the window looking out. Outside right under their window a cat was crouched under one of the dripping green tables. The cat was trying to make herself so compact that she would not be dripped on.
“I’m. going down and get that kitty,” the American wife said.
“I’ll do it,” her husband offered from the bed.
“No, I’ll get it. The poor kitty out trying to keep dry under a table.”
The husband went on reading, lying propped up with the two pillows at the foot of the bed.
“Don’t get wet,” he said.
The wife went downstairs and the hotel owner stood up and bowed to her as she passed the office. His desk was at the far end of the office. He was an old man and very tall.
“Il piove,” the wife said. She liked the hotel-keeper.
“Si, si, Signora, brutto tempo. It is very bad weather.”
He stood behind his desk in the far end of the dim room. The wife liked him. She liked the deadly serious way he received any complaints. She liked the way he wanted to serve her. She liked the way he felt about being a hotel-keeper. She liked his old, heavy face and big hands.
Liking him she opened the door and looked out. It was raining harder. A man in a rubber cape was crossing the empty square to the cafe. The cat would be around to the right. Perhaps she could go along under the eaves. As she stood in the door-way an umbrella opened behind her. It was the maid who looked after their room.
“You must not get wet,” she smiled, speaking Italian. Of course, the hotel-keeper had sent her.
With the maid holding the umbrella over her, she walked along the gravel path until she was under their window. The table was there, washed bright green in the rain, but the cat was gone. She was suddenly disappointed. The maid looked up at her.
“Ha perduto qualque cosa, Signora?”
“There was a cat,” said the American girl.
“A cat?”
“Si, il gatto.”
“A cat?” the maid laughed. “A cat in the rain?”
“Yes,” she said, “under the table.” Then, “Oh, I wanted it so much. I wanted a kitty.”
When she talked English the maid’s face tightened.
“Come, Signira,” she said. “We must get back inside. You will be wet.”
“I suppose so”, said the American girl.
They went back along the gravel path and passed in the door. The maid stayed outside to close the umbrella. As the American girl passed the office, the padrone bowed from his desk. Something felt very small and tight inside the girl. The padrone made her feel very small and at the same time really important. She had a momentary feeling of being of supreme importance. She went on up the stairs. She opened the door of the room. George was on the bed, reading.
“Did you get the cat?” he asked, putting the book down.
“It was gone.”
“Wonder where it went to,” he said, resting his eyes from reading.
She sat down on the bed.
“I wanted it so much,” she said. “I don’t know why I wanted it so much. I wanted that poor kitty. It isn’t any fun to be a poor kitty out in the rain.”
George was reading again.
She went over and sat in front of the mirror of the dressing table looking at herself with the hand glass. She studied her profile, first one side and then the other. Then she studied the back of her head and her neck.
“Don’t you think it would be a good idea if I let my hair grow out?” she asked, looking at her profile again.
George looked up and saw the back of her neck, clipped close like a boy’s.
“I like it the way it is.”
“I get so tired of it,” she said. “I get so tired of looking like a boy.”
George shifted his position in the bed. He hadn’t looked away from her since she started to speak.
“You look pretty darn nice,” he said.
She laid the mirror down on the dresser and went over to the window and looked out. It was getting dark.
“I want to pull my hair back tight and smooth and make a big knot at the back that I can feel,” she said. “I want to have a kitty to sit on my lap and purr when I stroke her.”
“Yeah?” George said from the bed.
“And I want to eat at a table with my own silver and I want candles. And I want it to be spring and I want to brush my hair out in front of a mirror and I want a kitty and I want some new clothes.”
“Oh, shut up and get something to read.,” George said. He was reading again.
His wife was looking out of the window. It was quite dark now and still raining in the palm trees.
“Anyway, I want a cat,” she said, “I want a cat. I want a cat now. If I can’t have long hair or any fun, I can have a cat.”
George was not listening. He was reading his book. His wife looked out of the window where the light had come on in the square.
Someone knocked at the door.
“Avanti,” George said. He looked up from his book.
In the doorway stood the maid. She held a big tortoise-shell cat pressed tight against her and swung down against her body.
“Excuse me,” she said, “the padrone asked me to bring this for the Signora.”

Ernest HemingwayCat in the Rain.

Roberto Bolaño, Sensini

Sensini
La forma en que se desarrolló mi amistad con Sensini sin duda se sale de lo corriente. En aquella época yo tenía veintitantos años y era más pobre que una rata. Vivía en las afueras de Girona, en una casa en ruinas que me habían dejado mi hermana y mi cuñado tras marcharse a México y acababa de perder un trabajo de vigilante nocturno en un cámping de Barcelona, el cual había acentuado mi disposición a no dormir durante las noches. Casi no tenía amigos y lo único que hacía era escribir y dar largos paseos que comenzaban a las siete de la tarde, tras despertar, momento en el cual mi cuerpo experimentaba algo semejante al jet-lag, una sensación de estar y no estar, de distancia con respecto a lo que me rodeaba, de indefinida fragilidad. Vivía con lo que había ahorrado durante el verano y aunque apenas gastaba mis ahorros iban menguando al paso del otoño. Tal vez eso fue lo que me impulsó a participar en el Concurso Nacional de Literatura de Alcoy, abierto a escritores de lengua castellana, cualquiera que fuera su nacionalidad y lugar de residencia. El premio estaba divido en tres modalidades: poesía, cuento y ensayo. Primero pensé en presentarme en poesía, pero enviar a luchar con los leones (o con las hienas) aquello que era lo que mejor hacía me pareció indecoroso. Después pensé en presentarme en ensayo, pero cuando me enviaron las bases descubrí que éste debía versar sobre Alcoy, sus alrededores, su historia, sus hombres ilustres, su proyección en el futuro y eso me excedía. Decidí, pues, presentarme en cuento y envié por triplicado el mejor que tenía (no tenía muchos) y me senté a esperar.
Cuando el premio se falló trabajaba de vendedor ambulante en una feria de artesanía en donde absolutamente nadie vendía artesanías. Obtuve el tercer accésit y diez mil pesetas que el Ayuntamiento de Alcoy me pagó religiosamente. Poco después me llegó el libro, en el que no escaseaban las erratas, con el ganador y los seis finalistas. Por supuesto, mi cuento era mejor que el que se había llevado el premio gordo, lo que me llevó a maldecir al jurado y a decirme que, en fin, eso siempre pasa. Pero lo que realmente me sorprendió fue encontrar en el mismo libro a Luis Antonio Sensini, el escritor argentino, segundo accésit, con un cuento en donde el narrador se iba al campo y allí se le moría su hijo o con un cuento en donde el narrador se iba al campo porque en la ciudad se le había muerto su hijo, no quedaba nada claro, lo cierto es que en el campo, un campo plano y más bien yermo, el hijo del narrador se seguía muriendo, en fin, el cuento era claustrofóbico, muy al estilo de Sensini, de los grandes espacios geográficos de Sensini que de pronto se achicaban hasta tener el tamaño de un ataúd, y superior al ganador y al primer accésit y también superior al tercer accésit y al cuarto, quinto y sexto.
No sé qué fue lo que me impulsó a pedirle al Ayuntamiento de Alcoy la dirección de Sensini. Yo había leído una novela suya y algunos de sus cuentos en revistas latinoamericanas. La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba Ugarte y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII. Algunos críticos, sobre todo españoles, la habían despachado diciendo que se trataba de una especie de Kafka colonial, pero poco a poco la novela fue haciendo sus propios lectores y para cuando me encontré a Sensini en el libro de cuentos de Alcoy, Ugarte tenía repartidos en varios rincones de América y España unos pocos y fervorosos lectores, casi todos amigos o enemigos gratuitos entre sí. Sensini, por descontado, tenía otros libros, publicados en Argentina o en editoriales españolas desaparecidas, y pertenecía a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Cortázar, Bioy, Sabato, Mujica Lainez, y cuyo exponente más conocido (al menos por entonces, al menos para mí) era Haroldo Conti, desaparecido en uno de los campos especiales de la dictadura de Videla y sus secuaces. De esta generación (aunque tal vez la palabra generación sea excesiva) quedaba poco, pero no por falta de brillantez o talento; seguidores de Roberto Arlt, periodistas y profesores y traductores, de alguna manera anunciaron lo que vendría a continuación, y lo anunciaron a su manera triste y escéptica que al final se los fue tragando a todos.
A mí me gustaban. En una época lejana de mi vida había leído las obras de teatro de Abelardo Castillo, los cuentos de Rodolfo Walsh (como Conti asesinado por la dictadura), los cuentos de Daniel Moyano, lecturas parciales y fragmentadas que ofrecían las revistas argentinas o mexicanas o cubanas, libros encontrados en las librerías de viejo del D.F., antologías piratas de la literatura bonaerense, probablemente la mejor en lengua española de este siglo, literatura de la que ellos formaban parte y que no era ciertamente la de Borges o Cortázar y a la que no tardarían en dejar atrás Manuel Puig y Osvaldo Soriano, pero que ofrecía al lector textos compactos, inteligentes, que propiciaban la complicidad y la alegría. Mi favorito, de más está decirlo, era Sensini, y el hecho de alguna manera sangrante y de alguna manera halagador de encontrármelo en un concurso literario de provincias me impulsó a intentar establecer contacto con él, saludarlo, decirle cuánto lo quería.
Así pues, el Ayuntamiento de Alcoy no tardó en enviarme su dirección, vivía en Madrid, y una noche, después de cenar o comer o merendar, le escribí una larga carta en donde hablaba de ligarte, de los otros cuentos suyos que había leído en revistas, de mí, de mi casa en las afueras de Girona, del concurso literario (me reía del ganador), de la situación política chilena y argentina (todavía estaban bien establecidas ambas dictaduras), de los cuentos de Walsh (que era el otro a quien más quería junto con Sensini), de la vida en España y de la vida en general. Contra lo que esperaba, recibí una carta suya apenas una semana después. Comenzaba dándome las gracias por la mía, decía que en efecto el Ayuntamiento de Alcoy también le había enviado a él el libro con los cuentos galardonados pero que, al contrario que yo, él no había encontrado tiempo (aunque después, cuando volvía de forma sesgada sobre el mismo tema, decía que no había encontrado ánimo suficiente) para repasar el relato ganador y los accésits, aunque en estos días se había leído el mío y lo había encontrado de calidad, «un cuento de primer orden», decía, conservo la carta, y al mismo tiempo me instaba a perseverar, pero no, como al principio entendí, a perseverar en la escritura sino a perseverar en los concursos, algo que él, me aseguraba, también haría. Acto seguido pasaba a preguntarme por los certámenes literarios que se «avizoraban en el horizonte», encomiándome que apenas supiera de uno se lo hiciera saber en el acto. En contrapartida me adjuntaba las señas de dos concursos de relatos, uno en Plasencia y el otro en Écija, de 25.000 y 30.000 pesetas respectivamente, cuyas bases según pude comprobar más tarde extraía de periódicos y revistas madrileñas cuya sola existencia era un crimen o un milagro, depende. Ambos concursos aún estaban a mi alcance y Sensini terminaba su carta de manera más bien entusiasta, como si ambos estuviéramos en la línea de salida de una carrera interminable, amén de dura y sin sentido. «Valor y a trabajar», decía.
Recuerdo que pensé: qué extraña carta, recuerdo que releí algunas capítulos de Ugarte, por esos días aparecieron en la plaza de los cines de Girona los vendedores ambulantes de libros, gente que montaba sus tenderetes alrededor de la plaza y que ofrecía mayormente stocks invendibles, los saldos de las editoriales que no hacía mucho habían quebrado, libros de la Segunda Guerra Mundial, novelas de amor y de vaqueros, colecciones de postales. En uno de los tenderetes encontré un libro de cuentos de Sensini y lo compré. Estaba como nuevo —de hecho era un libro nuevo, de aquellos que las editoriales venden rebajados a los únicos que mueven este material, los ambulantes, cuando ya ninguna librería, ningún distribuidor quiere meter las manos en ese fuego— y aquella semana fue una semana Sensini en todos los sentidos. A veces releía por centésima vez su carta, otras veces hojeaba Ugarte, y cuando quería acción, novedad, leía sus cuentos. Éstos, aunque trataban sobre una gama variada de temas y situaciones, generalmente se desarrollaban en el campo, en la pampa, y eran lo que al menos antiguamente se llamaban historias de hombres a caballo. Es decir historias de gente armada, desafortunada, solitaria o con un peculiar sentido de la sociabilidad. Todo lo que en Ugarte era frialdad, un pulso preciso de neurocirujano, en el libro de cuentos era calidez, paisajes que se alejaban del lector muy lentamente (y que a veces se alejaban con el lector), personajes valientes y a la deriva.
En el concurso de Plasencia no alcancé a participar, pero en el de Écija sí. Apenas hube puesto los ejemplares de mi cuento (seudónimo: Aloysius Acker) en el correo, comprendí que si me quedaba esperando el resultado las cosas no podían sino empeorar. Así que decidí buscar otros concursos y de paso cumplir con el pedido de Sensini. Los días siguientes, cuando bajaba a Girona, los dediqué a trajinar periódicos atrasados en busca de información: en algunos ocupaban una columna junto a ecos de sociedad, en otros aparecían entre sucesos y deportes, el más serio de todos los situaba a mitad de camino del informe del tiempo y las notas necrológicas, ninguno, claro, en las páginas culturales. Descubrí, asimismo, una revista de la Generalitat que entre becas, intercambios, avisos de trabajo, cursos de posgrado, insertaba anuncios de concursos literarios, la mayoría de ámbito catalán y en lengua catalana, pero no todos. Pronto tuve tres concursos en ciernes en los que Sensini y yo podíamos participar y le escribí una carta.
Como siempre, la respuesta me llegó a vuelta de correo. La carta de Sensini era breve. Contestaba algunas de mis preguntas, la mayoría de ellas relativas a su libro de cuentos recién comprado, y adjuntaba a su vez las fotocopias de las bases de otros tres concursos de cuento, uno de ellos auspiciado por los Ferrocarriles del Estado, premio gordo y diez finalistas a 50.000 pesetas por barba, decía textualmente, el que no se presenta no gana, que por la intención no quede. Le contesté diciéndole que no tenía tantos cuentos como para cubrir los seis concursos en marcha, pero sobre todo intenté tocar otros temas, la carta se me fue de la mano, le hablé de viajes, amores perdidos, Walsh, Conti, Francisco Urondo, le pregunté por Gelman al que sin duda conocía, terminé contándole mi historia por capítulos, siempre que hablo con argentinos termino enzarzándome con el tango y el laberinto, les sucede a muchos chilenos.
La respuesta de Sensini fue puntual y extensa, al menos en lo tocante a la producción y los concursos. En un folio escrito a un solo espacio y por ambas caras exponía una suerte de estrategia general con respecto a los premios literarios de provincias. Le hablo por experiencia, decía. La carta comenzaba por santificarlos (nunca supe si en serio o en broma), fuente de ingresos que ayudaban al diario sustento. Al referirse a las entidades patrocinadoras, ayuntamientos y cajas de ahorro, decía «esa buena gente que cree en la literatura», o «esos lectores puros y un poco forzados». No se hacía en cambio ninguna ilusión con respecto a la información de la «buena gente», los lectores que previsiblemente (o no tan previsiblemente) consumirían aquellos libros invisibles. Insistía en que participara en el mayor número posible de premios, aunque sugería que como medida de precaución les cambiara el título a los cuentos si con uno solo, por ejemplo, acudía a tres concursos cuyos fallos coincidían por las mismas fechas. Exponía como ejemplo de esto su relato Al amanecer, relato que yo no conocía, y que él había enviado a varios certámenes literarios casi de manera experimental, como el conejillo de Indias destinado a probar los efectos de una vacuna desconocida. En el primer concurso, el mejor pagado, Al amanecer fue como Al amanecer, en el segundo concurso se presentó como Los gauchos, en el tercer concurso su título era En la otra pampa, y en el último se llamaba Sin remordimientos. Ganó en el segundo y en el último, y con la plata obtenida en ambos premios pudo pagar un mes y medio de alquiler, en Madrid los precios estaban por las nubes. Por supuesto, nadie se enteró de que Los gauchos y Sin remordimientos eran el mismo cuento con el título cambiado, aunque siempre existía el riesgo de coincidir en más de una liza con un mismo jurado, oficio singular que en España ejercían de forma contumaz una pléyade de escritores y poetas menores o autores laureados en anteriores fiestas. El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo, decía. Y añadía que ni siquiera el repetido encuentro con un mismo jurado constituía de hecho un peligro, pues éstos generalmente no leían las obras presentadas o las leían por encima o las leían a medias. Y a mayor abundamiento, decía, quién sabe si Los gauchos y Sin remordimientos no sean dos relatos distintos cuya singularidad resida precisamente en el título. Parecidos, incluso muy parecidos, pero distintos. La carta concluía enfatizando que lo ideal sería hacer otra cosa, por ejemplo vivir y escribir en Buenos Aires, sobre el particular pocas dudas tenía, pero que la realidad era la realidad, y uno tenía que ganarse los porotos (no sé si en Argentina llaman porotos a las judías, en Chile sí) y que por ahora la salida era ésa. Es como pasear por la geografía española, decía. Voy a cumplir sesenta años, pero me siento como si tuviera veinticinco, afirmaba al final de la carta o tal vez en la posdata. Al principio me pareció una declaración muy triste, pero cuando la leí por segunda o tercera vez comprendí que era como si me dijera: ¿cuántos años tenés vos, pibe? Mi respuesta, lo recuerdo, fue inmediata. Le dije que tenía veintiocho, tres más que él. Aquella mañana fue como si recuperara si no la felicidad, sí la energía, una energía que se parecía mucho al humor, un humor que se parecía mucho a la memoria.
No me dediqué, como me sugería Sensini, a los concursos de cuentos, aunque sí participé en los últimos que entre él y yo habíamos descubierto. No gané en ninguno, Sensini volvió a hacer doblete en Don Benito y en Écija, con un relato que originalmente se titulaba Los sables y que en Écija se llamó Dos espadas y en Don Benito El tajo más profundo. Y ganó un accésit en el premio de los ferrocarriles, lo que le proporcionó no sólo dinero sino también un billete franco para viajar durante un año por la red de la Renfe.
Con el tiempo fui sabiendo más cosas de él. Vivía en un piso de Madrid con su mujer y su única hija, de diecisiete años, llamada Miranda. Otro hijo, de su primer matrimonio, andaba perdido por Latinoamérica o eso quería creer. Se llamaba Gregorio, tenía treintaicinco años, era periodista. A veces Sensini me contaba de sus diligencias en organismos humanitarios o vinculados a los departamentos de derechos humanos de la Unión Europea para averiguar el paradero de Gregorio. En esas ocasiones las cartas solían ser pesadas, monótonas, como si mediante la descripción del laberinto burocrático Sensini exorcizara a sus propios fantasmas. Dejé de vivir con Gregorio, me dijo en una ocasión, cuando el pibe tenía cinco años. No añadía nada más, pero yo vi a Gregorio de cinco años y vi a Sensini escribiendo en la redacción de un periódico y todo era irremediable. También me pregunté por el nombre y no sé por qué llegué a la conclusión de que había sido una suerte de homenaje inconsciente a Gregorio Samsa. Esto último, por supuesto, nunca se lo dije. Cuando hablaba de Miranda, por el contrario, Sensini se ponía alegre, Miranda era joven, tenía ganas de comerse el mundo, una curiosidad insaciable, y además, decía, era linda y buena. Se parece a Gregorio, decía, sólo que Miranda es mujer (obviamente) y no tuvo que pasar por lo que pasó mi hijo mayor.
Poco a poco las cartas de Sensini se fueron haciendo más largas. Vivía en un barrio desangelado de Madrid, en un piso de dos habitaciones más sala comedor, cocina y baño. Saber que yo disponía de más espacio que él me pareció sorprendente y después injusto. Sensini escribía en el comedor, de noche, «cuando la señora y la nena ya están dormidas», y abusaba del tabaco. Sus ingresos provenían de unos vagos trabajos editoriales (creo que corregía traducciones) y de los cuentos que salían a pelear a provincias. De vez en cuando le llegaba algún cheque por alguno de sus numerosos libros publicados, pero la mayoría de las editoriales se hacían las olvidadizas o habían quebrado. El único que seguía produciendo dinero era ligarte, cuyos derechos tenía una editorial de Barcelona. Vivía, no tardé en comprenderlo, en la pobreza, no una pobreza absoluta sino una de clase media baja, de clase media desafortunada y decente. Su mujer (que ostentaba el curioso nombre de Carmela Zajdman) trabajaba ocasionalmente en labores editoriales y dando clases particulares de inglés, francés y hebreo, aunque en más de una ocasión se había visto abocada a realizar faenas de limpieza. La hija sólo se dedicaba a los estudios y su ingreso en la universidad era inminente. En una de mis cartas le pregunté a Sensini si Miranda también se iba a dedicar a la literatura. En su respuesta decía: no, por Dios, la nena estudiará medicina.
Una noche le escribí pidiéndole una foto de su familia. Sólo después de dejar la carta en el correo me di cuenta de que lo que quería era conocer a Miranda. Una semana después me llegó una fotografía tomada seguramente en el Retiro en donde se veía a un viejo y a una mujer de mediana edad junto a una adolescente de pelo liso, delgada y alta, con los pechos muy grandes. El viejo sonreía feliz, la mujer de mediana edad miraba el rostro de su hija, como si le dijera algo, y Miranda contemplaba al fotógrafo con una seriedad que me resultó conmovedora e inquietante. Junto a la foto me envió la fotocopia de otra foto. En ésta aparecía un tipo más o menos de mi edad, de rasgos acentuados, los labios muy delgados, los pómulos pronunciados, la frente amplia, sin duda un tipo alto y fuerte que miraba a la cámara (era una foto de estudio) con seguridad y acaso con algo de impaciencia. Era Gregorio Sensini, antes de desaparecer, a los veintidós años, es decir bastante más joven de lo que yo era entonces, pero con un aire de madurez que lo hacía parecer mayor.
Durante mucho tiempo la foto y la fotocopia estuvieron en mi mesa de trabajo. A veces me pasaba mucho rato contemplándolas, otras veces me las llevaba al dormitorio y las miraba hasta caerme dormido. En su carta Sensini me había pedido que yo también les enviara una foto mía. No tenía ninguna reciente y decidí hacerme una en el fotomatón de la estación, en esos años el único fotomatón de toda Girona. Pero las fotos que me hice no me gustaron. Me encontraba feo, flaco, con el pelo mal cortado. Así que cada día iba postergando el envío de mi foto y cada día iba gastando más dinero en el fotomatón. Finalmente cogí una al azar, la metí en un sobre junto con una postal y se la envié. La respuesta tardó en llegar. En el ínterin recuerdo que escribí un poema muy largo, muy malo, lleno de voces y de rostros que parecían distintos pero que sólo eran uno, el rostro de Miranda Sensini, y que cuando yo por fin podía reconocerlo, nombrarlo, decirle Miranda, soy yo, el amigo epistolar de tu padre, ella se daba media vuelta y echaba a correr en busca de su hermano, Gregorio Samsa, en busca de los ojos de Gregorio Samsa que brillaban al fondo de un corredor en tinieblas donde se movían imperceptiblemente los bultos oscuros del terror latinoamericano.
La respuesta fue larga y cordial. Decía que Carmela y él me encontraron muy simpático, tal como me imaginaban, un poco flaco, tal vez, pero con buena pinta y que también les había gustado la postal de la catedral de Girona que esperaban ver personalmente dentro de poco, apenas se hallaran más desahogados de algunas contingencias económicas y domésticas. En la carta se daba por entendido que no sólo pasarían a verme sino que se alojarían en mi casa. De paso me ofrecían la suya para cuando yo quisiera ir a Madrid. La casa es pobre, pero tampoco es limpia, decía Sensini imitando a un famoso gaucho de tira cómica que fue muy famoso en el Cono Sur a principios de los setenta. De sus tareas literarias no decía nada. Tampoco hablaba de los concursos.
Al principio pensé en mandarle a Miranda mi poema, pero después de muchas dudas y vacilaciones decidí no hacerlo. Me estoy volviendo loco, pensé, si le mando esto a Miranda se acabaron las cartas de Sensini y además con toda la razón del mundo. Así que no se lo mandé. Durante un tiempo me dediqué a rastrearle bases de concursos. En una carta Sensini me decía que temía que la cuerda se le estuviera acabando. Interpreté sus palabras erróneamente, en el sentido de que ya no tenía suficientes certámenes literarios adonde enviar sus relatos.
Insistí en que viajaran a Girona. Les dije que Carmela y él tenían mi casa a su disposición, incluso durante unos días me obligué a limpiar, barrer, fregar y sacarle el polvo a las habitaciones en la seguridad (totalmente infundada) de que ellos y Miranda estaban al caer. Argüí que con el billete abierto de la Renfe en realidad sólo tendrían que comprar dos pasajes, uno para Carmela y otro para Miranda, y que Cataluña tenía cosas maravillosas que ofrecer al viajero. Hablé de Barcelona, de Olot, de la Costa Brava, de los días felices que sin duda pasaríamos juntos. En una larga carta de respuesta, en donde me daba las gracias por mi invitación, Sensini me informaba que por ahora no podían moverse de Madrid. La carta, por primera vez, era confusa, aunque a eso de la mitad se ponía a hablar de los premios (creo que se había ganado otro) y me daba ánimos para no desfallecer y seguir participando. En esta parte de la carta hablaba también del oficio de escritor, de la profesión, y yo tuve la impresión de que las palabras que vertía eran en parte para mí y en parte un recordatorio que se hacía a sí mismo. El resto, como ya digo, era confuso. Al terminar de leer tuve la impresión de que alguien de su familia no estaba bien de salud.
Dos o tres meses después me llegó la noticia de que probablemente habían encontrado el cadáver de Gregorio en un cementerio clandestino. En su carta Sensini era parco en expresiones de dolor, sólo me decía que tal día, a tal hora, un grupo de forenses, miembros de organizaciones de derechos humanos, una fosa común con más de cincuenta cadáveres de jóvenes, etc. Por primera vez no tuve ganas de escribirle. Me hubiera gustado llamarlo por teléfono, pero creo que nunca tuvo teléfono y si lo tuvo yo ignoraba su número. Mi contestación fue escueta. Le dije que lo sentía, aventuré la posibilidad de que tal vez el cadáver de Gregorio no fuera el cadáver de Gregorio.
Luego llegó el verano y me puse a trabajar en un hotel de la costa. En Madrid ese verano fue pródigo en conferencias, cursos, actividades culturales de toda índole, pero en ninguna de ellas participó Sensini y si participó en alguna el periódico que yo leía no lo reseñó.
A finales de agosto le envié una tarjeta. Le decía que posiblemente cuando acabara la temporada fuera a hacerle una visita. Nada más. Cuando volví a Girona, a mediados de septiembre, entre la poca correspondencia acumulada bajo la puerta encontré una carta de Sensini con fecha 7 de agosto. Era una carta de despedida. Decía que volvía a la Argentina, que con la democracia ya nadie le iba a hacer nada y que por tanto era ocioso permanecer más tiempo fuera. Además, si quería saber a ciencia cierta el destino final de Gregorio no había más remedio que volver. Carmela, por supuesto, regresa conmigo, anunciaba, pero Miranda se queda. Le escribí de inmediato, a la única dirección que tenía, pero no recibí respuesta.
Poco a poco me fui haciendo a la idea de que Sensini había vuelto para siempre a la Argentina y que si no me escribía él desde allí ya podía dar por acabada nuestra relación epistolar. Durante mucho tiempo estuve esperando su carta o eso creo ahora, al recordarlo. La carta de Sensini, por supuesto, no llegó nunca. La vida en Buenos Aires, me consolé, debía de ser rápida, explosiva, sin tiempo para nada, sólo para respirar y parpadear. Volví a escribirle a la dirección que tenía de Madrid, con la esperanza de que le hicieran llegar la carta a Miranda, pero al cabo de un mes el correo me la devolvió por ausencia del destinatario. Así que desistí y dejé que pasaran los días y fui olvidando a Sensini, aunque cuando iba a Barcelona, muy de tanto en tanto, a veces me metía tardes enteras en librerías de viejo y buscaba sus libros, los libros que yo conocía de nombre y que nunca iba a leer. Pero en las librerías sólo encontré viejos ejemplares de Ugarte y de su libro de cuentos publicado en Barcelona y cuya editorial había hecho suspensión de pagos, casi como una señal dirigida a Sensini, dirigida a mí.
Uno o dos años después supe que había muerto. No sé en qué periódico leí la noticia. Tal vez no la leí en ninguna parte, tal vez me la contaron, pero no recuerdo haber hablado por aquellas fechas con gente que lo conociera, por lo que probablemente debo de haber leído en alguna parte la noticia de su muerte. Ésta era escueta: el escritor argentino Luis Antonio Sensini, exiliado durante algunos años en España, había muerto en Buenos Aires. Creo que también, al final, mencionaban Ugarte. No sé por qué, la noticia no me impresionó. No sé por qué, el que Sensini volviera a Buenos Aires a morir me pareció lógico.
Tiempo después, cuando la foto de Sensini, Carmela y Miranda y la fotocopia de la foto de Gregorio reposaban junto con mis demás recuerdos en una caja de cartón que por algún motivo que prefiero no indagar aún no he quemado, llamaron a la puerta de mi casa. Debían de ser las doce de la noche, pero yo estaba despierto. La llamada, sin embargo, me sobresaltó. Ninguna de las pocas personas que conocía en Girona hubieran ido a mi casa a no ser que ocurriera algo fuera de lo normal. Al abrir me encontré a una mujer de pelo largo debajo de un gran abrigo negro. Era Miranda Sensini, aunque los años transcurridos desde que su padre me envió la foto no habían pasado en vano. Junto a ella estaba un tipo rubio, alto, de pelo largo y nariz ganchuda. Soy Miranda Sensini, me dijo con una sonrisa. Ya lo sé, dije yo y los invité a pasar. Iban de viaje a Italia y luego pensaban cruzar el Adriático rumbo a Grecia. Como no tenían mucho dinero viajaban haciendo autostop. Aquella noche durmieron en mi casa. Les hice algo de cenar. El tipo se llamaba Sebastián Cohen y también había nacido en Argentina, pero desde muy joven vivía en Madrid. Me ayudó a preparar la cena mientras Miranda inspeccionaba la casa. ¿Hace mucho que la conoces?, preguntó. Hasta hace un momento sólo la había visto en foto, le contesté.
Después de cenar les preparé una habitación y les dije que se podían ir a la cama cuando quisieran. Yo también pensé en meterme a mi cuarto y dormirme, pero comprendí que aquello iba a resultar difícil, si no imposible, así que cuando supuse que ya estaban dormidos bajé a la primera planta y puse la tele, con el volumen muy bajo, y me puse a pensar en Sensini.
Poco después sentí pasos en la escalera. Era Miranda. Ella tampoco podía quedarse dormida. Se sentó a mi lado y me pidió un cigarrillo. Al principio hablamos de su viaje, de Girona (llevaban todo el día en la ciudad, no le pregunté por qué habían llegado tan tarde a mi casa), de las ciudades que pensaban visitar en Italia. Después hablamos de su padre y de su hermano. Según Miranda, Sensini nunca se repuso de la muerte de Gregorio. Volvió para buscarlo, aunque todos sabíamos que estaba muerto. ¿Carmela también?, pregunté. Todos, dijo Miranda, menos él. Le pregunté cómo le había ido en Argentina. Igual que aquí, dijo Miranda, igual que en Madrid, igual que en todas partes. Pero en Argentina lo querían, dije yo. Igual que aquí, dijo Miranda. Saqué una botella de coñac de la cocina y le ofrecí un trago. Estás llorando, dijo Miranda. Cuando la miré ella desvió la mirada. ¿Estabas escribiendo?, dijo. No, miraba la tele. Quiero decir cuando Sebastián y yo llegamos, dijo Miranda, ¿estabas escribiendo? Sí, dije. ¿Relatos? No, poemas. Ah, dijo Miranda. Bebimos largo rato en silencio, contemplando las imágenes en blanco y negro del televisor. Dime una cosa, le dije, ¿por qué le puso tu padre Gregorio a Gregorio? Por Kafka, claro, dijo Miranda. ¿Por Gregorio Samsa? Claro, dijo Miranda. Ya, me lo suponía, dije yo. Después Miranda me contó a grandes trazos los últimos meses de Sensini en Buenos Aires.
Se había marchado de Madrid ya enfermo y contra la opinión de varios médicos argentinos que lo trataban gratis y que incluso le habían conseguido un par de internamientos en hospitales de la Seguridad Social. El reencuentro con Buenos Aires fue doloroso y feliz. Desde la primera semana se puso a hacer gestiones para averiguar el paradero de Gregorio. Quiso volver a la universidad, pero entre trámites burocráticos y envidias y rencores de los que no faltan el acceso le fue vedado y se tuvo que conformar con hacer traducciones para un par de editoriales. Carmela, por el contrario, consiguió trabajo como profesora y durante los últimos tiempos vivieron exclusivamente de lo que ella ganaba. Cada semana Sensini le escribía a Miranda. Según ésta, su padre se daba cuenta de que le quedaba poca vida e incluso en ocasiones parecía ansioso de apurar de una vez por todas las últimas reservas y enfrentarse a la muerte. En lo que respecta a Gregorio, ninguna noticia fue concluyente. Según algunos forenses, su cuerpo podía estar entre el montón de huesos exhumados de aquel cementerio clandestino, pero para mayor seguridad debía hacerse una prueba de ADN, pero el gobierno no tenía fondos o no tenía ganas de que se hiciera la prueba y ésta se iba cada día retrasando un Poco más. También se dedicó a buscar a una chica, una probable compañera que Goyo posiblemente tuvo en la clandestinidad, pero la chica tampoco apareció. Luego su salud se agravó y tuvo que ser hospitalizado. Ya ni siquiera escribía, dijo Miranda. Para él era muy importante escribir cada día, en cualquier condición. Sí, le dije, creo que así era. Después le pregunté si en Buenos Aires alcanzó a participar en algún concurso. Miranda me miró y se sonrió. Claro, tú eras el que participaba en los concursos con él, a ti te conoció en un concurso. Pensé que tenía mi dirección por la simple razón de que tenía todas las direcciones de su padre, pero que sólo en ese momento me había reconocido. Yo soy el de los concursos, dije. Miranda se sirvió más coñac y dijo que durante un año su padre había hablado bastante de mí. Noté que me miraba de otra manera. Debí importunarlo bastante, dije. Qué va, dijo ella, de importunarlo nada, le encantaban tus cartas, siempre nos las leía a mi madre y a mí. Espero que fueran divertidas, dije sin demasiada convicción. Eran divertidísimas, dijo Miranda, mi madre incluso hasta os puso un nombre. ¿Un nombre?, ¿a quiénes? A mi padre y a ti, os llamaba los pistoleros o los cazarrecompensas, ya no me acuerdo, algo así, los cazadores de cabelleras. Me imagino por qué, dije, aunque creo que el verdadero cazarrecompensas era tu padre, yo sólo le pasaba uno que otro dato. Sí, él era un profesional, dijo Miranda de pronto seria. ¿Cuántos premios llegó a ganar?, le pregunté. Unos quince, dijo ella con aire ausente. ¿Y tú? Yo por el momento sólo uno, dije. Un accésit en Alcoy, por el que conocí a tu padre. ¿Sabes que Borges le escribió una vez una carta, a Madrid, en donde le ponderaba uno de sus cuentos?, dijo ella mirando su coñac. No, no lo sabía, dije yo. Y Cortázar también escribió sobre él, y también Mujica Lainez. Es que él era un escritor muy bueno, dije yo. Joder, dijo Miranda y se levantó y salió al patio, como si yo hubiera dicho algo que la hubiera ofendido. Dejé pasar unos segundos, cogí la botella de coñac y la seguí. Miranda estaba acodada en la barda mirando las luces de Girona. Tienes una buena vista desde aquí, me dijo. Le llené su vaso, me llené el mío, y nos quedamos durante un rato mirando la ciudad iluminada por la luna. De pronto me di cuenta de que ya estábamos en paz, que por alguna razón misteriosa habíamos llegado juntos a estar en paz y que de ahí en adelante las cosas imperceptiblemente comenzarían a cambiar. Como si el mundo, de verdad, se moviera. Le pregunté qué edad tenía. Veintidós, dijo. Entonces yo debo tener más de treinta, dije, y hasta mi voz sonó extraña.

Roberto Bolaño, Sensini (Llamadas telefónicas). 

Roberto Bolaño