Mario Levrero, El crucificado

El crucificado.

Fue lo bastante astuto o estúpido como para deslizarse entre nosotros sin hacerse notar, y cuando Eduardo lo advirtió tuvo que aceptarlo, porque había una ley tácita de que las cosas debían permanecer o desenvolverse así como estaban o transcurrían; si en cambio hubiera pedido permiso, sin duda lo habríamos rechazado.
Tenía pocos dientes, era flaco y barbudo, muy sucio, la cara amarronada, de transpiración grasienta, y el pelo enmarañado y largo. Un olor mezcla de halitosis, sudor y orina. Llevaba un saco hecho jirones, demasiado grande, y pantalones mugrientos y rotos. Lo que en él más llamaba la atención, sobre todo al principio, era la posición de los brazos perpetuamente abiertos y rígidos. Después se supo que tenía las manos clavadas a una madera y, examinándolo más a fondo, descubrimos que la madera formaba parte de una cruz (cubierta por el saco), rota a la altura de los riñones, y que terminaba cerca de la nuca. Las heridas de las manos estaban cicatrizadas, una mezcla de sangre seca y cabezas de clavos oxidados.
Al reconstruir la historia, imagino que alguien, y supongo quién, le alcanzaría algo de comer; porque la posición de los brazos le impedía pasar por el agujero que daba al comedor, y siempre estaba, por lógica, ausente de nuestra mesa. Yo me inclino a pensar que en realidad no comía.
En ese entonces estábamos dispersos y desconectados, no se llevaba ningún control ya sobre las acciones de nadie, y apenas Eduardo, de vez en cuando, sacaba cuentas. Hablábamos poco, y el Crucificado no llegó a ser tema. Sospecho que todos pensábamos en él, pero por algún motivo no lo discutíamos. Don Pedro, el más ausente, siempre en Babia o con su juego de bolitas metálicas, fue el único que en un principio se le acercó, para advertirle con voz un tanto admonitoria que tenía la bragueta desabrochada. El Crucificado esbozó algo parecido a una sonrisa y le dijo que se fuera a la putísima madre que lo recontramilparió, con lo cual el diálogo entre ellos quedó definitivamente interrumpido.
Se mantenía al margen, con esa pose de espantapájaros, y más de una vez pensé con maldad en sugerirle que cumpliera esa función en los sembrados (que dicho sea de paso habíamos descuidado bastante; sólo la gorda se ocupaba del riego, pero a esa altura ya no valía la pena).
De noche entraba al galpón, necesariamente de perfil por lo estrecho de la puerta y le daba mucho trabajo tenderse para dormir. Al fin me decidí a ayudarlo en este menester, cosa que nunca me agradeció en forma explícita, y no imagino cómo se levantaba por las mañanas, porque yo dormía hasta mucho más tarde.
Era por todos sabido que el 1° de setiembre Emilia cumpliría los quince, y se aceptaba sin discusión que sería desflorada por Eduardo, como todas ellas. Después Eduardo se desinteresaba, y las muchachas pasaban, o no, a formar alguna pareja más o menos estable con cualquiera del resto.
Emilia era la más deseable y desarrollada: sus 14 años y nueve meses nos tenían enloquecidos. Ella, sin altanería coqueta, dejaba fluir su indiferencia sobre nosotros, incluyendo a Eduardo.
Tenía el pelo negro mate, largo y lacio, un rostro ovalado perfecto, ojos grandes y verdes, y un perfume natural especialmente turbador.
El 21 de julio, a la madrugada, me despertó el revuelo infernal, inusual, del galpón. Cuando logré despejarme vi que estaban en la etapa de fabricar los grandes objetos de madera. Habían encontrado a Emilia montada encima del Crucificado, los dos desnudos. Ahora, a ellos los tenían sujetos, por separado, con cables de antena de televisión. La gorda se ocupaba de los discos, doña Eloísa, baldada como estaba, se había levantado gozosa a preparar mate y tortas fritas, Eduardo dirigía las operaciones, un hervidero de gente en actividad febril.
Finalizados los preparativos la gorda puso la Marsellesa, y a ellos les desataron los cables y cargaron a Emilia con las dos cruces, porque evidentemente el Crucificado no tenía cómo cargar la suya nueva. A mitad del camino del cerro comenzó a insinuarse el amanecer. Era un cortejo nutrido y silencioso, y yo iba a la cola y no pude ver bien lo que pasaba, pero era evidente que les tiraban piedras y los escupían. Algunos transeúntes casuales se sumaron al cortejo, otros siguieron de largo. Yo no estaba conforme con lo que se hacía, pero no es justo que lo diga ahora; en ese momento me callé la boca.
Trabajaron como negros para afirmar las cruces en la tierra, en especial la de Emilia, que era en forma de X. A ella le ataron las muñecas y los tobillos con alambre de cobre, a él simplemente le clavaron la madera de su cruz rota sobre la nueva.
Los pusieron enfrentados, muy próximos entre sí, como a un metro y medio o dos metros. Emilia tenía sangre seca en las piernas y magullones en todo el cuerpo. El cuerpo del Crucificado era una mezcla imposible de marcas viejas y nuevas, cicatrices y cardenales.
Los demás se sentaron sobre el pasto. Comían y escuchaban la radio a transistores. Don Pedro jugaba con sus bolitas. Yo busqué la sombra de un árbol cercano, y miraba el conjunto con mucha pena, y también remordimientos.
Me quedé dormido. Cuando desperté era plena tarde. La escena seguía incambiada. Me acerqué y vi que se miraban, el Crucificado y Emilia, como hipnotizados, los ojos de uno en los ojos del otro. Emilia estaba más linda que nunca, y sin embargo no me despertaba ningún deseo. Los otros se sentían incómodos. De vez en cuando, sin ganas, proferían insultos o les tiraban piedras o alguna porquería, pero ellos parecían no darse cuenta.
Alguien, luego, con un palo, le refregó al Crucificado una esponja con vinagre por la boca. El Crucificado escupió y después dijo, con voz clara y joven que no puedo borrar de mi memoria:
—La otra vez fue un error, me habían confundido, ahora está bien.
Y ya nadie los sacó de mirarse uno a otro, y parecían hacer el amor con la mirada, que se poseían mutuamente, y nadie se animaba ya a decir o hacer nada, querían irse pero no podían, nos sentíamos mal.
Al caer la tarde Emilia había alcanzado el máximo posible de belleza, y sonreía. El Crucificado parecía más nutrido, como si hubiera engordado, y la sangre empezó a manar de sus viejas heridas de los clavos en las manos y de las cicatrices que nunca habíamos notado en los pies; también, por debajo del pelo, manaban hilitos rojos que le corrían por la frente y las mejillas. El cielo se oscureció de golpe. El Crucificado volvió a hablar.
—Padre mío —dijo— por qué me has abandonado.
Y después rió.
La escena quedó estática, detenida en el tiempo. Nadie hizo el menor movimiento. Hubo un trueno, y el Crucificado inclinó la cabeza muerto.
Todos parecían muertos, todos habían quedado en las posiciones en que estaban, la mayoría ridículas. Don Pedro con un dedo metido en la caja de las bolitas.
Me acerqué a la cruz de Emilia y le desaté los pies y las manos, con un trabajo enorme para que no se me cayera y se lastimara. Ella seguía como hipnotizada, la sonrisa en los labios y con su nueva belleza que parecía excederla, como un halo.
Sin querer tuve que manosearla un poco para sacarla de allí; pensé que debería sentirme excitado, pero no era posible, era como si yo no tuviera sexo. A pesar de mi tradicional haraganería la cargué en mis brazos, como a una criatura, y la llevé a la casa. Fue un camino largo, penoso, que mil veces quise abandonar por cansancio, y sin embargo no podía detenerme. Tenía los brazos acalambrados y me dolía la cintura, transpiraba como un caballo. En el galpón la deposité en la cama de Eduardo, que era la mejor, y después me tiré en el suelo, en mi lugar de siempre.
Al otro día Emilia me despertó con un mate. Yo lo tomé, todavía dormido, y después advertí que seguía desnuda y sonriente.
—¿Y ahora qué hacemos? —le pregunté cuando estuve más despierto. Pensaba en el cadáver del Crucificado, en toda la gente momificada allá, en el cerro. Ella se encogió de hombros y me respondió con voz infinitamente dulce:
—Ya nada tiene importancia.
Hizo una pausa, y agregó:
—Espero un hijo. Nacerá dentro de tres días.
Noté, en efecto, que su vientre se había abultado en forma notoria. Me asusté un poco.
—¿Busco un médico? —pregunté, y me contestó con la voz clara, grave y joven del Crucificado.
—No tienes más nada que hacer aquí. Ve por el mundo y cuenta lo que has visto.
Y me dio un beso en la boca.
Fui al casillero y saqué los guantes blancos y el pullover; me los puse.
—Adiós —dije; y Emilia, sonriendo, me acompañó hasta la puerta. Era un día primaveral y fresco, lleno de luz, hermoso. A los pocos pasos me di vuelta y miré. Ella seguía en la puerta.
No me hizo adiós con la mano. Pero más tarde, en el camino, descubrí que hacía jugar los dedos de mi mano derecha con el tallo de una rosa, roja.
Mario Levrero, El crucificado.

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Mario Levrero.

Luis Mateo Díez, El Tilo

El tilo.
Un hombre llamado Mortal vino a la aldea de Cimares y le dijo al primer niño que encontró: avisa al viejo más viejo de la aldea, dile que hay un forastero que necesita hablar urgentemente con él.
Corrió el niño a casa del Viejo Arcino que, como bien sabía todo el mundo en Cimares, tenía más edad que nadie.
Hay un forastero que le quiere hablar con mucha urgencia, dijo el niño al Viejo.
Las prisas del que las tiene suyas son, la edad que yo tengo me la gané viviendo con calma, si quiere esperar que espere.
El hombre daba vueltas alrededor de un tilo muy grande que había en la entrada del pueblo. Cuando volvió el niño y le dijo lo que le había comentado el Viejo Arcino, estaba muy nervioso.
Es poco el tiempo que queda, musitó contrariado, una docena más de vueltas al árbol y termina el plazo.
El niño le miraba aturdido, el hombre le acarició la cabeza: lo que menos vale de la edad de un hombre es la infancia, dijo, porque es lo que primero acaba. Luego viene la juventud, siguió diciendo mientras volvía a dar vueltas, y nada hay más vano que las ilusiones que en ella se fraguan. El hombre maduro empieza a sospechar que al hacerse más sabio, más se acerca a la muerte, entendiendo que la muerte sabe más que nadie y siempre sale ganando. De la vejez nada puedo decir que no se sepa.
El Viejo Arcino llegó cuando el hombre estaba a punto de dar la docena de vueltas.
¿Se puede saber lo que usted desea, y cuál es la razón de tanta prisa?…, le requirió.
Soy Mortal, dijo el hombre, apoyándose exhausto en el tronco del tilo.
Todos los somos, dijo el Viejo Arcino. Mortal no es un nombre, Mortal es una condición.
¿Y aun así, aunque de una condición se trate, sería usted capaz de abrazarme?…, inquirió el hombre.
Prefiero besar a ese niño que darle un abrazo a un forastero, pero si de esa manera queda tranquilo, no me negaré. No es raro que llamándose de ese modo ande por el mundo como alma en pena.
Se abrazaron bajo el tilo.
Mortal de muerte y mortandad, musitó el hombre al oído del Viejo Arcino. El que no lo entiende de esta manera lleva las de perder. La encomienda que traigo no es otra que la que mi nombre indica. No hay más plazo, la edad está reñida con la eternidad.
¿Tanta prisa tenías…? inquirió el Viejo, sintiendo que la vida se le iba por los brazos y las manos, de modo que el hombre apenas podía sujetarlo.
No te quejes que son pocos los que viven tanto.
No me quejo de que hayas venido a por mí, me conduelo del engaño con que lo hiciste, y de ver asustado a ese pobre niño…

Luis Mateo Díez, El Tilo (El Árbol de los cuentos, Madrid, 2006, Alfaguara).

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Luis Mateo Díez,

Augusto Monterroso, La fe y las montañas

La fe y las montañas.

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.
 Augusto Monterroso, La fe y las montañas.

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Augusto Monterroso

Italo Calvino, Las ciudades y los intercambios, 3

Las ciudades y los intercambios. 3.
Al entrar en el territorio que tiene por capital Eutropia, el viajero no ve una ciudad sino muchas, de igual importancia y no disímiles entre sí, desparramadas en una vasta y ondulada meseta. Eutropia no es una sino todas esas ciudades al mismo tiempo; una sola está habitada, las otras vacías; y esto ocurre por turno. Diré ahora cómo. El día en que los habitantes de Eutropia se sienten abrumados de cansancio y nadie soporta más su trabajo, sus padres, su casa y su calle, las deudas, la gente a la que hay que saludar o que te saluda, entonces toda la ciudadanía decide trasladarse a la ciudad vecina que está ahí esperándolos, vacía y como nueva, donde cada uno tendrá otro trabajo, otra mujer, verá otro paisaje al abrir las ventanas, pasará las noches en otros pasatiempos, amistades, maledicencias. Así sus vidas se renuevan de mudanza en mudanza entre ciudades que por su exposición o su declive o sus cursos de agua o sus vientos se presentan cada una con algunas diferencias de las otras. Como sus respectivas sociedades están ordenadas sin grandes diferencias de riqueza o de autoridad, el paso de una función a otra se produce sin grandes sacudidas; la variedad está asegurada por la multiplicidad de las tareas, de modo que en el espacio de una vida es raro que alguien vuelva a un oficio que ya ha sido el suyo.
De este modo la ciudad repite su vida siempre igual, desplazándose hacia arriba y hacia abajo en su tablero de ajedrez vacío. Los habitantes vuelven a recitar las mismas escenas con actores cambiados; repiten las mismas réplicas con acentos combinados de otra manera; abren alternadamente la boca en bostezos iguales. Sola entre todas las ciudades del imperio, Eutropia permanece idéntica a sí misma. Mercurio, dios de los volubles, a quien está consagrada la ciudad, cumplió este ambiguo milagro.
Italo Calvino, Las ciudades y los intercambios, 3. Las ciudades invisibles. Traducido por Aurora Bernárdez.


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Italo Calvino


Herman Melville, El vendedor de pararrayos

El vendedor de pararrayos.

Qué trueno extraordinario, pensé, parado junto a mi hogar, en medio de los montes Acroceraunianos, mientras los rayos dispersos retumbaban sobre mi cabeza, y se estrellaban entre los valles, cada uno de ellos seguido por irradiaciones zigzagueantes y ráfagas de cortante lluvia sesgada, que sonaban como descargas de puntas de venablos sobre mi bajo tejado. Supongo, me dije, que amortiguan y repelen el trueno, de modo que es mucho más espléndido estar aquí que en la llanura.
¡Atención! Hay alguien a la puerta.
¿Quién es este que elige tiempo de tormenta para ir de visita? ¿Y por qué no usa el llamador, en vez de producir ese lóbrego llamado de agente de pompas fúnebres, golpeando la puerta con el puño? Pero hagamos que entre. Ah, aquí viene.
–Buen día, señor –era un completo desconocido–. Le ruego que se siente.
¿Qué sería esa especie de bastón de extraña apariencia que traía consigo?
–Hermosa tormenta, señor.
–¿Hermosa? ¡Terrible!
–Está empapado. Siéntese aquí junto al hogar, frente al fuego.
–¡Por nada del mundo!
El extraño se erguía ahora en el centro exacto de la cabaña, donde se había plantado desde un comienzo. Su rareza invitaba a un escrutinio escrupuloso. Una figura enjuta, lúgubre. Cabello oscuro y lacio, enmarañado sobre la frente. Sus ojos hundidos estaban rodeados por halos de color índigo, y jugaban con una especie inofensiva de relámpago: un resplandor al que le faltaba el rayo. Todo él chorreaba agua. Estaba de pie sobre un charco en el desnudo piso de roble: su extraño bastón descansaba verticalmente a su lado.
Era una vara de cobre pulido, de cuatro pies de largo, unida longitudinalmente a un palo de madera bien trabajada, mediante inserciones en dos bolas de cristal verdoso, rodeadas por bandas de cobre. La vara de metal terminaba en un extremo como un trípode, con tres brillantes púas doradas. Él sostenía el conjunto sólo por la parte de madera.
–Señor –le dije, muy ceremoniosamente–, ¿tengo el honor de recibir una visita de ese dios ilustre, Júpiter Tonante? Así se erguía él en la estatua griega de antaño, empuñando el rayo. Si usted es él, o su virrey, tengo que agradecerle esta noble tormenta que ha lanzado sobre nuestras montañas. Escuche: ese fue un glorioso estruendo. ¡Ah, para un amante de lo majestuoso, es bueno tener al Tronador mismo de visita en la propia cabaña! Hace que los truenos suenen más hermosos. Pero le ruego que tome asiento. Es cierto que ese viejo sillón de mimbre es un pobre sustituto de su trono en el Olimpo, pero condescienda a sentarse.
Mientras yo así le hablaba, el extraño me miraba, medio maravillado, medio horrorizado, pero inmóvil.
–Vamos, señor, siéntese; necesita secarse antes de volver a salir.
Invitándolo con un gesto, puse una silla junto al hogar donde esa tarde había encendido un pequeño fuego para disipar la humedad, no el frío, porque estábamos a principios de septiembre.
Pero sin hacer caso de mi solicitud, y siempre de pie en medio de la sala, el extraño me miró ominosamente, y dijo:
–Señor, discúlpeme; pero en vez de aceptar su invitación a sentarme allá junto al fuego, yo le advierto solemnemente que lo mejor que puede hacer usted es aceptar la mía y pararse a mi lado en medio de la habitación.
–¡Cielos! –añadió, con un respingo–. ¡Otro de esos atroces estruendos! ¡Se lo aviso, señor, aléjese del fuego!
–Señor Júpiter Tonante –dije yo, frotando tranquilamente mi cuerpo contra la piedra–, estoy muy bien aquí.
–¿Entonces usted es tan terriblemente ignorante –exclamó– como para no saber que la parte más peligrosa de una casa, durante una tempestad terrorífica como esta, es la chimenea?
–No, no lo sabía –respondí, alejándome involuntariamente un paso de la chimenea.
El forastero mostró tan desagradable aire de satisfacción por el éxito de su advertencia, que –otra vez involuntariamente– volví a acercarme al fuego, y me erguí en la posición más orgullosa que pude asumir. Pero no dije nada.
–¡En nombre del Cielo! –exclamó, con extraña mezcla de alarma e intimidación–. ¡En nombre del Cielo, aléjese del fuego! ¿No sabe que el aire caliente y el hollín son conductores? ¡Para no hablar de esos enormes morillos de hierro! ¡Deje ese lugar! ¡Se lo suplico! ¡Se lo ordeno!
–Señor Júpiter Tonante, no estoy acostumbrado a recibir órdenes en mi propia casa.
–No me llame con ese nombre pagano. Usted es profano en esta época de terror.
–Señor, ¿sería tan bondadoso como para decirme de qué se ocupa? Si busca refugio de la tormenta, es bienvenido, en la medida en que se muestre educado; pero si usted viene por algún negocio, dígalo abiertamente. ¿Quién es usted?
–Soy vendedor de pararrayos –dijo el extraño, suavizando su tono–, mi especialidad es… ¡El Cielo tenga piedad de nosotros! ¡Qué estrépito! ¿Lo alcanzó un rayo alguna vez… a su casa, quiero decir? ¿No? Lo mejor es estar prevenido –y haciendo sonar su vara metálica contra el piso, añadió–: las tormentas eléctricas no se detienen ante palacios, no se detienen ante nada en el mundo; y, sin embargo, sí, diga sólo una palabra, y podré hacer un Gibraltar de esta cabaña, con unos pocos pases de esta vara. ¡Escuche! ¡Qué conmociones como Himalayas!
–Usted se interrumpió; estaba por hablar de su especialidad.
–Mi especialidad consiste en viajar por el país en busca de órdenes de compra de pararrayos. Este es mi ejemplar de muestra –palmeando su vara–. El mes pasado coloqué en Criggan veintitrés pararrayos en sólo cinco edificios.
–Déjeme recordar. ¿No fue en Criggan donde la semana pasada, hacia la medianoche del sábado, fueron fulminados el campanario, el gran olmo y la cúpula del salón de actos? ¿Contaban con alguno de sus pararrayos?
–El árbol y la cúpula no, el campanario sí.
–¿Para qué sirve entonces su pararrayos?
–Usarlo es una cuestión de vida o muerte. Pero mi operario se descuidó. Al sujetar el pararrayos a la cumbrera del campanario, dejó que una parte metálica rozara la plancha de chapa. De ahí el accidente. No fue mi culpa, sino de él. ¡Escuche!
–No se moleste. Ese trueno sonó lo bastante fuerte como para ser escuchado sin que nadie lo señale con el dedo. ¿Supo algo de la catástrofe del año pasado en Montreal? Una criada fulminada junto a su lecho, con un rosario en la mano; las cuentas eran de metal. ¿Su recorrido se extiende hasta el Canadá?
–No. Y escuché que allí sólo usan pararrayos de hierro. Deberían usar el mío, que es de cobre. El hierro se funde fácilmente. Y la vara es tan delgada, que su grosor es insuficiente para conducir toda la corriente eléctrica. El metal se derrite; el edificio es destruido. Mis pararrayos de cobre nunca funcionan así. Esos canadienses son tontos. Algunos conectan el pararrayos por su extremo superior, corriendo el riesgo de provocar una mortífera explosión, en vez de llevar imperceptiblemente la descarga a tierra, como este pararrayos hace. El mío es el único pararrayos verdadero. ¡Mírelo! Sólo un dólar por pie.
–Su manera improcedente de presentarse bien podría suscitar desconfianza.
–¡Escuche! El trueno se vuelve menos rezongón. Se está acercando a nosotros, y acercándose a la tierra, también. ¡Escuche! ¡Un estruendo unísono! ¡Todas las vibraciones se hicieron una por la cercanía! ¡Otro relámpago! ¡Un momento!
–¿Qué hace? –dije, al ver que renunciando en un instante a su vara, se dirigía resueltamente hacia la ventana, con sus dedos índice y medio de la mano derecha apoyados sobre la muñeca de la izquierda.
Pero antes de que la frase se me hubiera terminado de escapar, otra exclamación se le escapó:
–¡Ahí se estrelló! Sólo tres pulsos, a menos de un tercio de milla, en algún sitio en ese bosque. Por allí pasé junto a tres robles fulminados, arrancados de un tirón y chispeantes. El roble atrae el rayo más que cualquier otra madera, porque tiene hierro en solución en su savia. Su piso parece de roble.
–Corazón de roble. Dado el singular momento de su visita, supongo que usted elige a propósito el tiempo tormentoso para sus viajes. Cuando el trueno ruge, usted juzga que es la hora más favorable para producir impresiones favorables para su comercio.
–¡Escuche! ¡Atroz!
–Para tratarse de alguien que debería quitar el miedo a otros, usted parece desmedidamente miedoso. La gente común elige el buen tiempo para sus viajes: usted prefiere el tormentoso, y sin embargo…
–Acepto que viajo en medio de las tormentas; pero no sin adoptar muy especiales precauciones, que sólo un especialista en pararrayos puede conocer. ¡Escuche ese! Rápido… mire mi ejemplar de muestra. Sólo un dólar el pie.
–Un hermoso pararrayos, me atrevo a asegurarlo. Pero ¿cuáles son esas tan especiales precauciones suyas? Antes permítame cerrar esos postigos; la lluvia penetra a través del bastidor. La atrancaré.
–¿Está loco? ¿No sabe que esa tranca de hierro es un inmejorable conductor de la electricidad? Desista.
–Entonces me limitaré a cerrar los postigos, y llamaré a mi muchacho para que me traiga una tranca de madera. Por favor, haga sonar esa campanilla, allí.
–¿Perdió la cabeza? El tirador de alambre de esa campana podría electrocutarlo. Nunca toque la campana durante una tormenta eléctrica, ni esta ni ninguna otra.
–¿Ni siquiera la de los campanarios? ¿Me va a decir dónde y cómo puede uno estar a salvo en un tiempo como este? ¿Hay alguna parte de mi casa que yo pueda tocar con esperanzas de vida?
–La hay. Pero no donde usted está parado ahora. Aléjese de la pared. La corriente se descarga a veces por la pared, y como un hombre es mejor conductor que una pared, abandonará esta para abalanzarse sobre él. ¡Zas! Ese debe haber caído muy cerca. Tiene que haber sido un rayo globular.
–Muy probablemente. Dígamelo de una vez; ¿cuál es, en su opinión, la parte más segura de esta casa?
–Esta sala, y este sitio en el que estoy parado. ¡Arrímese!
–Las razones, primero.
–¡Oiga! Tras el relámpago, las rachas de viento… los bastidores tiemblan… ¡la casa, la casa!… ¡Acérquese a mí!
–Las razones, por favor.
–¡Venga y acérquese a mí!
–Gracias otra vez, pero creo que voy a probar mi sitio de siempre… junto al fuego. Y ahora, Señor del Pararrayos, entre las pausas de los truenos, sea bueno y dígame cuáles son sus razones para considerar esta única sala de la casa como la más segura, y ese preciso sitio en que usted está parado como el más seguro en ella.
Entonces se produjo una momentánea interrupción de la tormenta. El hombre del Pararrayos pareció aliviado, y replicó:
–La suya es una casa de un piso, con un ático y una bodega; esta sala está entre ellos. De aquí su seguridad relativa. Porque el rayo salta a veces de las nubes a la tierra, y a veces de la tierra a las nubes. ¿Comprende? Y yo elegí el medio de la sala porque si el rayo golpeara la casa entera, lo haría a través de la chimenea o las paredes, así que, obviamente, cuanto más lejos nos hallemos de ellas, mejor. Venga, acérquese ahora.
–Enseguida. Extrañamente, algo de lo que usted acaba de decir me ha inspirado confianza, en vez de alarmarme.
–¿Qué he dicho?
–Dijo que a veces los rayos saltan de la tierra a las nubes.
–Sí, el rayo inverso, se le llama; cuando la tierra, sobrecargada de electricidad, descarga sus sobras a las alturas.
–El rayo inverso; es decir, de la tierra al cielo. Mejor y mejor. Pero venga aquí, a secarse junto al fuego.
–Estoy mejor aquí, y mucho mejor mojado.
–¿Cómo?
–Es lo más seguro que puede hacer… ¡Escuche, otra vez! … empaparse de lo lindo durante una tormenta eléctrica. Las ropas mojadas son mejores conductores que el cuerpo; de modo que si un rayo lo alcanzara, podría pasar por las ropas mojadas sin tocar el cuerpo. La tormenta se intensifica nuevamente. ¿Tiene una alfombra? Las alfombras son aislantes. Traiga una, en la que ambos podamos pararnos. El cielo oscurece… parece de noche a mediodía… ¡Escuche! ¡La alfombra, la alfombra!
Le di una, mientras las montañas encapotadas parecían abalanzarse y precipitarse sobre la cabaña.
–Y ahora, ya que de nada nos servirá quedarnos mudos –le dije, volviendo a ocupar mi lugar–, cuénteme cuáles son las precauciones para adoptar cuando se viaja en tiempo tormentoso.
–Espere hasta que esta tormenta haya pasado.
–No, adelante con las precauciones. Está en el lugar más seguro, de acuerdo con su propia explicación. Continúe.
–Brevemente, entonces. Evito los pinos, las casas altas, los graneros apartados, las praderas elevadas, las corrientes de agua, los rebaños de ganado, los grupos humanos. Si viajo a pie, como hoy, no marcho a paso ligero. Si viajo en mi coche, no toco sus costados ni su parte trasera. Si viajo a caballo, desmonto y conduzco al caballo. Pero, por sobre todo, evito a los hombres altos.
–¿Sueño? ¿El hombre evita al hombre? ¿Y en momentos de peligro, para colmo?
–Durante las tormentas eléctricas yo evito a los hombres altos. ¿Es usted tan groseramente ignorante como para no saber que la altura de un caminante de seis pies es suficiente para atraer la descarga de una nube eléctrica? ¡Cuántos de esos imponentes labradores de Kentucky fueron derribados sobre el surco inconcluso! Si un hombre de esos se aproximara a un arroyo, veces habría en que la nube lo escoge a él como conductor, desechando el agua. ¡Escuche! Seguro que dio en el pináculo negro. Sí, un hombre es un buen conductor. El rayo quema al hombre de punta a punta, pero apenas descorteza al árbol. Señor, me ha tenido tanto tiempo contestando sus preguntas, que no he hablado todavía de negocios. ¿Va a ordenar uno de mis pararrayos? ¿Ve este ejemplar de muestra? Es del mejor cobre. El cobre es el mejor conductor. Su casa es baja; mas como está sobre las montañas, su poca altura no la pone a salvo. Ustedes, los montañeses, son los más expuestos. El vendedor de pararrayos debería hacer más negocios en las regiones montañosas. Mire esta muestra, señor. Un pararrayos será suficiente para una casa pequeña como esta. Examine esas recomendaciones. Sólo un pararrayos, señor; costo, sólo veinte dólares. ¡Escuche! Allá van esas moles de granito, arrojadas como guijarros. Por el ruido, deben haber destrozado algo. Puesto a una altura de cinco pies sobre la casa, protegerá un círculo de veinte pies de radio. Sólo veinte dólares, señor… un dólar el pie. ¡Escuche! ¡Espantoso! ¡Lo ordenará! ¿Va a comprarlo? ¿Anoto su nombre? ¡Imagine lo que es convertirse en un montón de vísceras carbonizadas, como un caballo atado que se incendia con su establo! ¡Todo en el tiempo que dura un rayo!
–Pretendido enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Júpiter Tonante –reí yo–, mero hombre que viene aquí a interponer su cuerpo y su artificio entre la tierra y el cielo, ¿cree que porque es capaz de arrancar un reverbero de luz verde de la botella de Leyden, puede eludir los rayos celestiales? Si esa varilla se oxida o se rompe ¿qué es de usted? ¿Quién le ha dado el poder, a usted, Tetzel, para vender de puerta en puerta sus indulgencias a fin de sustraerse a las disposiciones divinas? Los cabellos de nuestras cabezas están contados, y contados están los días de nuestras vidas. Mientras retumbe el trueno o a la luz del sol, me pongo con confianza en manos de mi Creador. ¡Fuera, comerciante falso! Mire, la tormenta se repliega; la casa está intacta, y en el arco iris sobre el cielo azul leo que la Deidad no hará la guerra a la tierra del hombre.
–¡Canalla impío! –balbuceó el extraño, mientras su rostro se oscurecía en la misma medida en que resplandecía el arco iris–. ¡Revelaré sus ideas paganas!
Su rostro amenazante ennegreció aún más; los círculos de color índigo se agrandaron alrededor de sus ojos, como anillos de tormenta alrededor de la Luna de medianoche. Se arrojó sobre mí; las tres puntas de su artefacto apuntando a mi corazón.
Lo así; lo partí en dos; lo tiré al piso; lo pisoteé; y arrastrando al oscuro rey del rayo fuera de mi casa, arrojé tras él su informe cetro de cobre.
Pero a pesar de mi tratamiento, y a pesar de mis conversaciones disuasivas con mis vecinos, el vendedor de Pararrayos todavía habita esta tierra; sigue viajando en tiempos de tormenta, y hace pingües negocios con los miedos del hombre.

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Herman Melville

Julio Ramón Ribeyro, Las cosas andan mal, Carmelo Rosa

Las cosas andan mal, Carmelo Rosa

Las cosas andan mal Rosa cuando hoy subiste a la oficina y te quitaste la boina con desgano y tu abrigo con muchísima pena y tu bufanda como si fuera tu propio sudario y entre el ruido de los teletipos miraste sin ánimo los papeles que te esperaban por traducir siempre los mismos la Bolsa de París las cotizaciones de Wall Street el mercado del café y otros asuntos que hacen la fortuna o la desventura de muchos y de los cuales eres tú desde hace tantísimos años el anónimo escribano tú Rosa que entre el ruido de los teletipos subías como todos los días del primer piso de conversar entre siete y ocho de la noche con tu amigo maestro pontífice buda gurú Solano que acomodándose los anteojos tosiendo consultando recortes cartas papeles entre el ruido de los teletipos te informa de lo que pasa en tu país diciéndote esta vez seguramente pesimista acongojado que no había huelga en Asturias ni catalanes versus policía ni vascos secuestrando peleles ni parte anunciando dolencia del amo y por eso entre el ruido de los teletipos subiste cabizbajo enjuto muerta la mirada sabiendo que al acostarte esa noche no habrá en tu alma la mas pequeña luz ni esperanza ni ilusión ni llamita redentora en esta noche que llega como tantas otras a la casa estrecha plagada de revistas y fotos dormirás mal Rosa acosado por recuerdos tu calvicie en la almohada tu tos en el alcanfor cuando hace cuarenta años fuiste joven disparaste algún tiro en Cataluña lanzaste mueras contra la dictadura enamoraste a una mujer probablemente fea y corriste del peligro sin que este se diera el trabajo de alcanzarte ocupado como estaba de presas mayores tú Rosa que entre el ruido de los teletipos miras el papel más tiznado y escrutas su letra sucia para empezar a escribir la tendencia estuvo hoy floja entre los operadores de la bolsa pero se acentúa un leve movimiento de alza y entre el ruido de los teletipos tu responsable de organización exilada hermética globular ministro sin cartera ni monedero fantasma de gabinete que desde que te conocí casi a escondidas arrancas de los archivos de cables del día entre el ruido de los teletipos todo aquello que puede interesarte manifestaciones procesos atracos viendo en cada acto de estudiantes la caída de un régimen ilusionándote hasta con los delirios de los curas Rosa creyendo que de un día a otro todo regresará no a lo que fue sino a lo que pudo haber sido y tú regresarás y serás joven otra vez sin pensar que nada retorna hacia el pasado que todo se transforma y se complica cada vez más que no hay proyecto o idea que la realidad no destruya Rosa para qué pensar en esas cosas sigue escribiendo como te veo en tu papel con doble copia los valores cupríferos sufrieron una baja pero los ferrosos acusaron un leve repunte mientras escuchas a diestra y siniestra hablar de cosas que ya no entiendes tu vida se estancó hace cuarenta años sigue paseándose una parte de ti por una rambla ya muerta por un paisaje inexistente pero vives en una ciudad de la cual no conoces otra cosa que el túnel del metro y tres calles por las que caminas sin verlas una ciudad que también ha cambiado entre el ruido de los teletipos Rosa hazmerreír víctima payaso pobre muerto número masa sigue soñando que el sueño te mantiene pero no esperes ni confíes nada vendrá en tu socorro seguirás escribiendo entre el ruido de los teletipos repuntó el café pero el cacao se mantuvo flojo ah si se pudiera alterar esa noticia y decir la contraria bajó el café pero el cacao señaló un alza como la vida sería distinta hasta para ti pequeño gángster frustrado escroc de mala muerte soñador sin potencia entre los grandes números que hacen y deshacen fiel a tu profesión de supernumerario de la bolsa oscuro as de las finanzas mientras sigues soñando Rosa entre el ruido de los teletipos y te devanas y cabeceas y en Madrid hubo una huelga cae el régimen las cosas cambian se pueden señalar variaciones Solano te enseña papal socrático mahometano que cabe seguir esperando cambiaron a este ministro salió artículo libertario en panfleto de Málaga todo se viene abajo y algún día regresaras entre el ruido de los teletipos a tu casa de Barcelona conversar con el portero el dueño de la tasca hablar del tiempo presente y del pasado con tu boina sobre tu amplio cabello bien peinado calvo del alcanfor calavera impune dejaste tu cerebro en tu aldea tu alma en un trapo sucio que algún soldado quemó obscenas ideas soeces recorren un campo árido tu espíritu y sigues así esperando el mercado del azúcar se mantuvo activo y los bolsistas obtuvieron moderadas ganancias Rosa la cama fría la mujer escueta y tú esperando con tu bufanda en la percha y el hombre que desde hace diez años te ve comprar La Vanguardia andando bajo la lluvia Granada dos estudiantes heridos y un policía contuso inquietud en la fábrica de automóviles Seat ocurre algo subiendo las escaleras y los papeles allí acumulados para traducir la Bolsa de París Rosa la vida se te escapa por entre los dedos el metro no es tu amigo sino tu verdugo el francés es lengua muerta y matada por ti hablas latín entre los bárbaros y así morirás un un día no despertarás no llegarás a la Agencia quedarán los papeles en su canasta y se dirá que quedaste atravesado por un sueño demasiado violento Rosa exilado esposo primogenitor el amo no murió todo es una repetición la bolsa es más importante que los hombres un número puede matarnos la lechuga es un sucio excremento no despertarás todo es así Rosa no hay que abrigar ilusión entre el ruido de los teletipos todo es enseñanza para quien sepa escuchar no hay consuelo para los supliciados es agradable morir sin socorro ni paz ni patria ni gloria ni memoria.

Julio Ramón Ribeyro, Las cosas andan mal, Carmelo Rosa.

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Julio Ramón Ribeyro

Fernando Pessoa, La verdadera caída

La verdadera caída

Un día en que Dios estaba durmiendo y el Espíritu Santo andaba en uno de sus vuelos, Jesucristo fue a la caja de los milagros y robó tres. Con el primero hizo que nadie supiese de su huida. Con el segundo se creó eternamente humano y niño. Con el tercero creó un Cristo eternamente en la cruz y lo dejó clavado en esa cruz que hay en el cielo y sirve de modelo a todas las demás. Después huyó hacia el sol y bajó por el primer rayo que pudo atrapar.
Hoy vive conmigo en mi aldea. Es un niño hermoso cuando ríe, y natural. Se limpia la nariz en el brazo derecho, chapotea en las charcas, coge las flores, le gustan y las olvida. Tira piedras a los borricos, roba fruta de los árboles y huye a gritos y llorando de los perros. Y porque sabe que a ellas no les gusta, pero que todo el mundo lo celebra, persigue a las chicas que en grupo van por los caminos con el cántaro en la cabeza y les levanta las faldas.
Fernando Pessoa, La verdadera caída.

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Fernando Pessoa

Ray Bradbury, Cuento de Navidad

Cuento de Navidad

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
—¿Qué haremos?
—Nada, ¿qué podemos hacer?
—¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
—Ya se me ocurrirá algo —dijo el padre.
—¿Qué…? —preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
—Quiero mirar por el ojo de buey.
—Todavía no —dijo el padre—. Más tarde.
—Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
—Espera un poco —dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
—Hijo mío —dijo—, dentro de medía hora será Navidad.
—Oh —dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
—Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometisteis.
—Sí, sí. Todo eso y mucho más —dijo el padre.
—Pero… —empezó a decir la madre.
—Sí —dijo el padre—. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
—Ya es casi la hora.
—¿Me prestas tu reloj? —preguntó el niño.
El padre le prestó su reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos mientras el resto de la hora se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.
—¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
—Ven, vamos a verlo —dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
—No entiendo.
—Ya lo entenderás —dijo el padre—. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
—Entra, hijo.
—Está oscuro.
—No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
—Feliz Navidad, hijo —dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

Ray Bradbury, Cuento de Navidad.

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Ray Bradbury

Julio Cortázar, Instrucciones para subir una escalera

Instrucciones para subir una escalera.

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
 Julio Cortázar, Instrucciones para subir una escalera.

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Julio Cortázar


Virginia Woolf, La casa encantada.

La casa encantada.
A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, cogida de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes.
«Lo dejamos aquí», decía ella. Y él añadía: «¡Sí, pero también aquí!» «Está arriba», murmuraba ella. «Y también en el jardín», musitaba él. «No hagamos ruido», decían, «o les despertaremos.»
Pero no era esto lo que nos despertaba. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», podía decir una, para seguir leyendo una o dos páginas más. «Ahora lo han encontrado», sabía una de cierto, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y, luego, cansada de leer, quizás una se levantara, y fuera a ver por sí misma, la casa toda ella vacía, las puertas quietas y abiertas, y sólo las palomas torcaces expresando con sonidos de burbuja su contentamiento, y el zumbido de la trilladora sonando allá, en la granja. «¿Por qué he venido aquí? ¿Qué quería encontrar?» Tenía las manos vacías. «¿Se encontrará acaso arriba?» Las manzanas se hallaban en la buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar, el jardín estaba quieto y en silencio como siempre, pero el libro se había caído al césped.
Pero lo habían encontrado en la sala de estar. Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la ventana reflejaban manzanas, reflejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos se movían en la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara amarilla. Sin embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abría, esparcido en el suelo, colgando de las paredes, pendiente del techo… ¿qué? Yo tenía las manos vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los más profundos pozos de silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo…», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro está enterrado; el cuarto…», el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto el tesoro enterrado?
Un momento después, la luz se había debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían penumbras para un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, frescamente hundido bajo la superficie el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. Muerte era el vidrio; muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer, cientos de años atrás, abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las estancias quedaron oscurecidas. Él lo dejó allí, él la dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur; buscó la casa, la encontró hundida bajo la loma. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo.»
El viento sube rugiendo por la avenida. Los árboles se inclinan y vencen hacia aquí y hacia allá. Rayos de luna chapotean y se derraman sin tasa en la lluvia. Rígida y quieta arde la vela. Vagando por la casa, abriendo ventanas, musitando para no despertarnos, la pareja de duendes busca su alegría.
«Aquí dormimos», dice ella. Y él añade: «Besos sin número.» «El despertar por la mañana…» «Plata entre los árboles…» «Arriba…» «En el jardín…» «Cuando llegó el verano…» «En la nieve invernal…» Las puertas siguen cerrándose a lo lejos, distantes, con suave sonido como el latido de un corazón.
Se acercan más; cesan en el pasillo. Cae el viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna extendiendo su manto fantasmal. Las manos del caballero forman pantalla ante la linterna. Con un suspiro, él dice: «Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios.»
Inclinados, sosteniendo la linterna de plata sobre nosotros, nos miran larga y profundamente. Larga es su espera. Entra directo el viento; la llama se vence levemente. Locos rayos de luna cruzan suelo y muro, y, al encontrarse, manchan los rostros inclinados; los rostros que consideran; los rostros que examinan a los durmientes y buscan su dicha oculta.
«A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo el corazón de la casa. «Tantos años…», suspira él. «Me has vuelto a encontrar.» «Aquí», murmura ella, «dormida; en el jardín leyendo; riendo, dándoles la vuelta a las manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro tesoro…» Al inclinarse, su luz levanta mis párpados. «¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!», late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y grito: «¿Es este el tesoro enterrado de ustedes? La luz en el corazón».
Virginia Woolf, La casa encantada. Traductoras: Micaela Ortelli y Carolina Ortoff. 

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Virginia Woolf


David Foster Wallace, La niña del pelo raro

La niña del pelo raro.
Gimlet soñó que si anoche no iba a un concierto se conver­tiría en algún tipo de líquido, así que anoche mis amigos Mr. Wonderful, Big, Gimlet y yo fuimos a ver un concierto de piano de Keith Jarrett en el Irvine Concert Hall de Irvine. ¡Qué concierto! Keith Jarrett es un Negro que toca el piano. Disfruto mucho viendo actuar a Negros en cualquier discipli­na de las artes interpretativas. Creo que son una raza de intér­pretes encantadores y con talento, que a menudo resultan muy entretenidos. En particular disfruto viendo actuar a los Negros a distancia, puesto que de cerca es frecuente que emitan un olor desagradable. Desgraciadamente Mr. Wonderful también emite un olor desagradable, pero es un buen tipo y un amigo y se ríe cuando digo que no me gusta su olor, y va con cuida­do de mantenerse a cierta distancia de mí o de colocarse en la dirección del viento. Uso colonia English Leather, que me proporciona un olor muy atractivo a todas horas. English Leather es esa colonia masculina del anuncio de televisión en que una mujer muy guapa y sexy que juega al billar mejor que un profesional afirma que todos sus hombres llevan English Leather o no llevan nada en absoluto. Me parece una mujer muy seductora y sexualmente excitante. Tengo el anuncio de colonia English Leather grabado en mi nuevo vídeo Toshiba VCR y me gusta recostarme en mi sillón abatible de pelo de caballo y masturbarme mientras el anuncio pasa una y otra vez en mi VCR. Gimlet me ha visto masturbarme mientras veo el anuncio de colonia English Leather y está de acuerdo conmi­go en que la mujer es muy seductora y afirma que le gustaría lamerle la vagina a la mujer. Gimlet es una bisexual entusiasta del sexo oral.
Tuvimos que hacer cola en el Irvine Concert Hall duran­te mucho rato para poder ver a Keith Jarrett en concierto por­que llegamos tarde y no nos evitamos el gentío. Llegamos tar­de porque Big tuvo que parar para vender LSD a dos personas en Pasadena y a dos mujeres en Brea, e incluso en la larga cola para ver a Keith Jarrett les vendió LSD a dos tipos, Grope y Cheese, que habían venido en moto hasta Irvine para com­prarle LSD. Big es un buen músico punk que también fabrica LSD en la habitación que tiene en casa de mi amiga, y lo ven­de. A mí me gusta evitarme el gentío y no llegar tarde, pero Gimlet se puso a hacerme una felación en el instante mismo en que ella y Big y Mr. Wonderful pasaron a recogerme en su camión de reparto de leche usado por mi casa nueva de Altadena y tuve un orgasmo en la autopista 210 y me sentí muy bien, de modo que Gimlet consiguió que no me importara llegar tarde ni pagar las entradas, que era muy caras, incluso para ver a un Negro.
Grope y Cheese se colocaron inmediatamente en la lengua el LSD que habían comprado y decidieron quedarse e ir al concierto de Keith Jarrett con nosotros después de que Gimlet se ofreciera a hacerme pagar sus entradas. Gimlet me presentó a Grope y Cheese, que a duras penas tenían edad de ir al insti­tuto.
Gimlet me presentó a Grope y Cheese; dijo Grope, Che-ese: Sick Puppy. Y luego también me presentó a mí. Me llamo
Sick Puppy aunque no me llamo así en realidad. Todos mis buenos amigos son punks y casi nunca tienen nombres salvo nombres como Tit y Cheese y Gimlet. El verdadero nombre de Gimlet es Sandy Imblum y es de Deming, Nuevo México. Cheese le preguntó a Gimlet si podía tocarle la punta del pelo y ella le mandó a sentarse en una cerca de estacas, lo que me causó risa.
Cheese parecía muy inmaduro para ser un auténtico punk y desgraciadamente no era atractivo. Llevaba la cabeza rapada pero con algunos mechones de pelo desperdigados aquí y allá y unas gafas rosadas y tenía el cuello delgado aunque parecía buena gente, pero a Grope no le gustó mi traje nuevo que ha­bía comprado en Rodeos de Rodeo Drive ni mi Top-Siders ni mi corbata de la escuela secundaria con sus bordados de la academia militar de Westminster y la bandera americana. Dijo que yo no parecía un buen tipo ni buena gente y que mis ro­pas resultaban poco atractivas. Tampoco le gustó el olor de mi colonia English Leather.
Las declaraciones de Grope fastidiaron a Gimlet y esta le dijo a Mr. Wonderful que le hiciera daño a Grope, por tanto, Mr. Wonderful dio una patada a Grope en la zona intermedia con sus pesadas botas negras de puntera reforzada para comba­tir en las filas de la «contra» en Centroamérica. Grope sufrió un dolor extremo y se vio obligado a sentarse en el bordillo justo en medio de la cola para ver a Keith Jarrett, sosteniéndo­se su zona intermedia pateada. Gimlet metió sendos dedos en los orificios nasales de Grope y le dijo que me pidiera discul­pas, porque si no, intentaría separarle la nariz del resto de las facciones. El dolor y las actitudes desagradables resultan muy desagradables para la gente que tiene LSD en la lengua, y Gro­pe se disculpó al instante sin siquiera mirarme.
Informé a Grope de que su disculpa había sido plenamen­te aceptada y que a mí me parecía una persona correcta, y le estreché la mano para hacerle saber que Sick Puppy no era ningún aguafiestas, y Big lo ayudó a incorporarse y le dejó que se apoyara en él durante un rato mientras yo pagaba a la cara que había en la ventanilla del Irvine Concert Hall seis en­tradas para ver a Keith Jarrett, lo cual costó ciento veinte dóla­res. Grope le dijo a Big que su LSD era de primera mientras todos entrábamos en el vestíbulo del Irvine Concert Hall, de­corado con gusto, cómodo y balsámico. Gimlet me susurró al oído que como compensación por pagar las entradas para ver a Keith Jarrett y evitar que ella se licuara, intentaría mantener mi pene erecto dentro de su boca durante varios minutos sin tener un orgasmo, y que, asimismo, me dejaría que la quema­ra con cerillas en la parte posterior de las piernas, lo que me alegró mucho, y Gimlet y yo metimos nuestras lenguas en la boca del otro mientras nuestros amigos formaban un corro al­rededor y demostraban su aprobación oral. Los otros grupos de personas que venían a ver el concierto de Keith Jarrett die­ron su aprobación al desenfado de nuestra pandilla y nos con­cedieron un espacio y una privacidad generosos en el amplio vestíbulo del Concert Hall.
Mr. Wonderful y Big y Gimlet habían tomado una gran cantidad del LSD de Big, que es de una clase especial que fa­brica para conciertos y no tiene anfetaminas que podrían po­ner nervioso a alguien. Grope y Cheese también habían toma­do LSD de Big, de modo que todos estaban bajo los efectos del LSD, que los hacía una compañía de lo más divertida. Yo no había tomado LSD porque desgraciadamente el LSD y otras sustancias controladas no me afectan ni influyen en mi estado de conciencia normal. No puedo flipar ingiriendo dro­gas, y a todos mis amigos punks esto les parece muy fascinante y de lo más divertido. Fui un compañero muy popular y so­ciable en la escuela secundaria y en la facultad de empresaria­les y en la facultad de derecho, pero tampoco en esos ambien­tes conseguí que las sustancias controladas me afectaran. A mis amigos los punks les gusta que compre cantidades enormes de drogas y me las tome y que no flipe mientras todos ellos están afectados. El mes pasado para mi cumpleaños me hicieron po­nerme en la lengua más de dos cuadrados del LSD de Big y luego todos salimos a dar una vuelta en el nuevo deportivo que me había regalado mi madre por mi cumpleaños. Es un Porsche con seis velocidades, dos marchas atrás e interior de cuero. ¡Y turbo! Gimlet y Big también se pusieron droga en la lengua y salimos disparados como un relámpago engrasado marcha atrás por la autopista de la costa del Pacífico hasta que nos paró un policía y tuve que regalarle mil dólares para que no encarcelara a Gimlet cuando esta decidió que el revólver del policía en realidad era un desecho químico radiactivo e inten­tó quitárselo de la pistolera y lanzarlo contra una palmera para matarlo. Sin embargo, el agente era un hombre caballeroso y refinado y se alegró mucho de recibir un regalo en metálico de mil dólares. Nos alejamos conduciendo de frente y Big empezó a reírse de Gimlet por haberse creído momentánea­mente que podría matar un revólver de la policía tirándolo contra una palmera, y se rió tanto que mojó los pantalones y podría haber estropeado parte del interior de cuero de mi Porsche nuevo, y tengo que admitir que me molestó, y le hice el vacío a Big, pero Gimlet me dejó que le quemara un pezón a Big con mi mechero de oro en un área de descanso, de modo que volví a alegrarme y a pensar que Big era un gran individuo.
Anoche llegamos a nuestra fila de seis asientos en el Irvine Concert Hall y nos sentamos. Mi nuevo amigo Grope se sen­tó lejos de mí, al lado de Big, y Mr. Wonderful también se sentó junto a Big. Yo me senté entre Cheese y Gimlet, que estaba al final de nuestra fila de seis asientos. Al fondo del es­cenario del Irvine Concert Hall había un piano con un banco. La mujer que estaba sentada detrás de Gimlet me tocó en el hombro acolchado de mi nueva americana y se quejó de que el pelo de Gimlet le planteaba problemas para ver el piano y el banco del escenario. Gimlet le dijo a la mujer Que te jodan, pero el bueno de Cheese estaba preocupado por la situación y educadamente intercambió el asiento con Gimlet para solu­cionar los problemas de visión de la mujer, que se estaba que­jando de lo que había dicho Gimlet. Cheese era un tapón y tenía muy poco pelo en la cabeza que se proyectara hacia el aire, de modo que estaba bien para sentarse detrás de él. Gim­let solo tenía pelo en el centro de su cabeza redonda, pero es­taba esculpido muy hábilmente en forma de pene erecto y gi­gante; por lo demás es calva como Cheese. Sin embargo, el pene de su pelo es muy grande y tumescente y puede ocasio­nar problemas en espacios bajos y a las personas que se en­cuentren detrás de ella y deseen ver lo mismo que Gimlet. Su amiga y confidente Tit esculpe el pelo de Gimlet y la provee de productos especiales para el cuidado del cabello que obtie­ne gracias a su profesión como estilista peluquera y que man­tienen la escultura capilar de Gimlet siempre rígida y realista. A mí me cuidan el pelo en el salón de moda unisex Julios, en West Hollywood, con una parte muy atractiva a la derecha del peinado y una técnica de corte horizontal a ambos lados gra­cias a la cual mis orejas, que son extremadamente atractivas y bien formadas, siempre resultan visibles. Vi mi fantástico corte de pelo en Gentleman’s Quarterly y recorté la fotografía para enseñarle el corte a Julio. Mr. Wonderful lleva una cresta que anoche era de un violeta muy claro, pero que en muchas oca­siones es naranja. El pelo de Big es extremadamente largo y espeso y negro y le cubre la cabeza y los hombros y el pecho y la espalda, incluida la cara. Big tiene una máscara de plástico para ver bien que se ha hecho entrelazar con el pelo a la altura de los ojos mediante la técnica de Tit. El pelo alrededor de lo que probablemente sea la boca de Big tiende a resultar poco atractivo debido a que los alimentos atraviesan esta zona cuan­do come. No recuerdo cómo llevaba el pelo Grope.
Cheese se inclinó por encima de mí y le dijo a Gimlet que siempre estaba dispuesta a echar una mano por haber inter­cambiado los asientos para que la mujer pudiera disfrutar de la actuación, porque Keith Jarrett era un artista Negro excepcio­nal que todo el mundo debería ver actuar por el bien de su educación musical y me pidió que me mostrara de acuerdo con él. Me alegró darle la razón a Cheese y tranquilizar a Gimlet para que no se pusiera pesada, y de hecho Cheese esta­ba en lo cierto cuando el Negro Keith Jarrett apareció en es­cena con pantalones informales, zapatos y una camisa de ter­ciopelo holgada que le venía demasiado grande y se sentó al piano en su banco. Como muchos Negros, Keith Jarrett lleva­ba el pelo a lo afro, desde la ubicación de nuestros seis asientos en el Irvine Concert Hall solo pude ver la espalda de Keith Ja­rrett y su pelo afro mientras tocaba.
¡Pero tocó estupendamente! Le dije a Gimlet que aquel in­térprete era sensacional para no ser un punk como Gimlet y Big y Mr. Wonderful, que juntos formaban una excelente banda punk conocida en todas partes como Esfínter Poderoso, y Gimlet, que en ese momento se encontraba bajo los efectos del LSD, me miró como si hubiera algo extremadamente inte­resante detrás de mí. Me lamió la mejilla durante más de trein­ta segundos pero enseguida se detuvo y me llamó la atención sobre una niña rubia sentada en una fila inferior y afirmó que el pelo de la niña era fascinante y raro. Se quedó mirando fija­mente a la niñita que se encontraba un poco más abajo que nosotros con gran intensidad mientras Keith Jarrett seguía con el concierto.
Anoche, mientras mis amigos y yo escuchábamos tocar el piano a Keith Jarrett en el Irvine Concert Hall, estuve pensan­do que mis amigos eran un grupo de chicos y chicas estupendo y que estaba encantado de ser amigo de unas personas tan di­vertidas. Son únicas y diferentes de los viejos amigos con los que crecí en Alexandria, Virginia, y con los que fui a buenas escuelas y universidades tales como la academia militar de Westminster, la Brown University, la facultad de empresariales Wharton de la Universidad de Pensilvania y la facultad de de­recho de Yale. Todos mis antiguos amigos tenían nombres de ver­dad y vestían igual que yo, y eran muy atractivos y hábiles y a menudo divertidos, ¡pero nunca una panda de payasos como mis nuevos amigos de la zona de Los Angeles! Conocí a mis nuevos amigos punks en una fiesta que se celebró poco des­pués de que llegara a la zona de Los Angeles debido a mi nuevo trabajo, que me reporta más de cien mil dólares al año.
Asistí a la fiesta de Los Angeles para las juventudes republi­canas de Los Angeles con la señorita Paisley Campbell-Greet, una buena chica a quien intentaba convencer de que me prac­ticara una felación y me dejara quemarla después, y llevaba horas charlando y bromeando con ella y con algunos jóvenes republicanos cuando varios punks vestidos de cuero y metal, enfrentados políticamente con los jóvenes republicanos en nu­merosos temas de carácter social, aparecieron espontáneamen­te de la nada, se colaron en la fiesta y empezaron a comerse los caros refrigerios que el cuerpo auxiliar de jóvenes republicanas había preparado y a drogarse y a romper objetos. Al anfitrión de la fiesta le metieron un dedo en el ojo cuando se quejó a los punks más corpulentos, que eran Big y los colegas de Big, Death y Boltpin, de que debían mostrarse más amables y dis­tinguidos.
Poco después del incidente del dedo en el ojo me vi en­vuelto en un altercado con un joven demócrata de la fiesta que había estudiado en la facultad de derecho de Berkeley, Califor­nia (¡me gustaría saber cómo es posible que le dejaran entrar!). Paisley Campbell-Greet conocía a este individuo y estábamos charlando amigablemente cuando yo, inocente y orgulloso, sa­qué a colación el tema de mi padre y mi hermano y el ascenso reciente de mi hermano, su honor y responsabilidad.
Cheese se inclinó hacia mí y afirmó que el Negro Keith Jarrett era un músico con talento y agradable porque su inter­pretación de música jazz en realidad era improvisada, que Keith Jarrett iba componiendo su interpretación a medida que la interpretaba. Gimlet se echó a llorar por eso y por la niñita del pelo raro y le presté uno de mis pañuelos de seda a juego con el color y el estampado de varios conjuntos de mi guar­darropía.
En la reunión de las juventudes republicanas anuncié que mi familia por parte materna posee una empresa que fabrica productos farmacéuticos de alta calidad, mientras que mi fa­milia por parte paterna pertenece a la aristocracia militar. Mi padre es uno de los individuos de rango más alto en el cuerpo de marines de Estados Unidos y él, mi hermano y yo somos parientes del mejor general de combate que ha tenido la na­ción norteamericana desde los tiempos de Ulysses S. Grant. Mi hermano tiene treinta y cuatro años y en la actualidad es teniente coronel del cuerpo de marines de Estados Unidos y tiene el honor de servir como portador de la caja negra que contiene los códigos nucleares para el presidente de Estados Unidos. En sus comienzos mi hermano no era más que el portador nocturno y se limitaba a sentarse muy rígido en una silla por la noche con la caja negra atada a su muñeca y delan­te del dormitorio privado del presidente de la nación, pero ha demostrado ser tan buen portador de códigos nucleares que ahora es el oficial responsable de esta obligación durante el día, por lo que puede vérsele con frecuencia en televisión y en todo tipo de medios de comunicación, rígido en todo mo­mento y a menos de tres metros del presidente, portando la caja negra de los códigos nucleares que son fundamentales para el equilibrio de poder en nuestro país.
Al joven demócrata que se había colado en la fiesta no le gustaron mis comentarios acerca de mi hermano el oficial de día encargado de los códigos y empezó a comportarse de for­ma terriblemente maleducada y a hablar en voz alta y a gesti­cular como un demócrata agitando en el aire sus brazos en­fundados en una americana de pana, hasta que en un mo­mento dado me dio con el dedo en el pecho. Paisley Camp­bell-Greet afirmó que el joven demócrata estaba borracho al tiempo que emocionado por los asuntos relacionados con la política de defensa de nuestra nación pero me cabrea de ver­dad que me den con el dedo en el pecho y saqué mi meche­ro de oro y prendí fuego a la barba del demócrata de la facul­tad de derecho de Berkeley. Se alteró muchísimo y empezó a correr de aquí para allá y a golpearse la barba con la mano, y Paisley estaba realmente muy molesta, sin embargo yo me alegré de haberle prendido fuego a su barba con mi mechero de oro.
Conocí a mis nuevos amigos punks y me convertí en Sick Puppy porque Gimlet y su amiga Tit habían estado intentando atrapar las rodajas de limón de la ponchera de Tiffany’s de las juventudes republicanas y el abogado cuya barba yo había in­cendiado ardía por la zona de la cabeza, y las apartó de la pon­chera de un empujón para apagarse la cabeza sumergiéndola en el líquido. Gimlet se enfadó con él por lo que había hecho y trató de mantenerle la cabeza por debajo de la superficie del ponche con el objeto de dejarle sin oxígeno. Paisley Camp­bell-Greet trató de separar a Gimlet del abogado demócrata y esto sacó de quicio a Tit, que rasgó la parte delantera del caro vestido de tafetán de Paisley dejando los pechos de Paisley Campbell-Greet a la vista de muchos de los asistentes a la fies­ta. Me alegró que Gimlet hubiera intentado herir al abogado en llamas, y empecé a prever que Paisley Campbell-Greet se negaría a practicarme una felación puesto que había prendido fuego a su amigo de Berkeley, además sus pechos resultaron ser extremadamente pequeños y respingones, así que me reí de buena gana ante la visión de lo que el vestido de cóctel de Pais­ley mostró y felicité a Gimlet y alabé su pene de pelo y le dije que me alegraba de que hubiera intentado ahogar al abogado que me había dado con el dedo porque mi hermano portaba la caja negra de los códigos nucleares para el presidente de Es­tados Unidos. Y cuando Gimlet y su camarilla formada por Tit y Death y Boltpin y Big y Mr. Wonderful descubrieron que mi hermano portaba los códigos nucleares para el presi­dente de nuestra nación y que me gustaba incendiar abogados que me cabreaban, se reunieron en asamblea y decidieron que yo era el mejor y más destacado joven republicano de la histo­ria del planeta Tierra y, como por arte de magia, me hicieron desaparecer del cóctel republicano en su camión de la leche negro, de segunda mano y con símbolos druídicos cuidadosa­mente dibujados sobre la pintura, antes de que llegara la poli­cía que Paisley y el abogado encendido habían llamado y me metieran en problemas que podrían hacerme perder el trabajo que me reporta una enorme cantidad de dinero.
Aquella noche Gimlet y Tit me practicaron sendas felacio-nes, y también Boltpin. Gimlet y Tit me hicieron feliz pero Boltpin no; por lo tanto, no soy bisexual. Gimlet me dejó que la quemara superficialmente y me pareció que era una persona extraordinaria. Big se hizo con un cachorro del callejón de detrás de su casa en la zona este de Los Angeles y lo empapó de gasolina y me permitieron que le prendiera fuego en el só­tano de su casa alquilada, y todos retrocedimos para dejarle es­pacio libre y que diera varias vueltas corriendo a la habitación.
Anoche en el Irvine Concert Hall, Grope se acarició la zona intermedia y dijo que Keith Jarrett le estaba lanzando for­mas eléctricas desde la zona exterior de su peinado afro de Ne­gro y se puso como loco. Gimlet ya no lloraba pero se mostró todavía mucho más interesada y fascinada por el pelo rubio y rizado de la niña sentada junto a un hombre mayor vestido con una bonita americana sport dos filas de asientos por debajo de nuestros seis asientos. Gimlet afirmó que el pelo raro de la niña representaba el poder mágico contra la inmolación que tienen los desechos químicos radiactivos y que si Gimlet podía cortar­lo y colocárselo en la vagina bajo el porche de la casa de su pa­drastro en Deming, Nuevo México, podrían quemarla una y otra vez sin sentir dolor ni ninguna molestia. Estaba llorando y peleándose contra llamas ficticias y acto seguido intentó incor­porarse y lanzarse desordenadamente hacia el pelo de la chica saltando por encima de los asientos, pero Mr. Wonderful retu­vo a Gimlet y le aseguró que intentaría conseguirle algunos ejemplares de aquel pelo raro durante el intermedio, y colocó algo en la boca de Gimlet por cortesía de Big.
Junto a mí, al final de nuestra fila de asientos, Cheese se mostró muy interesado por mi persona y empezó a hablarme mientras escuchábamos a Keith Jarrett improvisando su inter­pretación en ese mismo momento, sentado en su banco. Cheese afirmó que así como resultaba evidente que yo era un in­dividuo elegante, se preguntaba cómo había trabado amistad con mis amigos punks de Los Angeles, Big y Gimlet y Mr. Won­derful, puesto que no me parecía a ellos ni me vestía como ellos ni llevaba un peinado que me identificara como punk, ni era pobre ni desvalido ni nihilista. Cheese y yo iniciamos una conversación profunda que resultó muy fascinante y absorben­te. Hablamos en profundidad mientras Mr. Wonderful refre­naba a Gimlet y Big refrenaba al inquieto Grope, en voz baja, para poder escuchar las exquisitas melodías que nuestro ameno intérprete Negro no cesaba de ofrecernos.
Informé a Cheese de que mis amigos punks y yo éramos uña y carne y que a pesar de que yo no podía vestirme como ellos por razones de trabajo y de tradiciones familiares, admi­raba el gusto de mis amigos para la ropa. Puesto que Gimlet sabe que mi excelente trabajo y mi acaudalada familia me pro­veen de grandes sumas de capital en todo momento, Gimlet no se siente infeliz porque no me pueda vestir de cuero y me­tal ni afeitarme la cabeza, ni esculpirme el pelo como un auténtico punk. Mi trabajo es muy fascinante y agradable y me dedico a él desde hace menos de un año. En el bufete de abogados para el que trabajo me encargo de resolver los pro­blemas de responsabilidad legal de las empresas. En ocasiones los productos que fabrican determinados fabricantes tienen fa­llos o defectos que podrían herir al consumidor, y cuando el consumidor pierde los estribos porque ha resultado herido e intenta litigar contra uno de los clientes de mi bufete, me lla­man para que arregle el problema. Esto ocurre a menudo con productos tales como juguetes infantiles y electrodomésticos. Soy extremadamente efectivo solucionando problemas de res­ponsabilidad legal de las empresas porque me encantan los re­tos y me gusta lanzarme al ruedo con el espíritu del cuerpo militar y ganar la competición de calle. En mi carrera me sien­to especialmente satisfecho y motivado cuando se da el caso de que el producto del fabricante realmente tiene un defecto que ha herido al consumidor, porque entonces es un reto aún mayor intentar convencer al jurado o a un jurista de que lo que de verdad ocurrió en realidad no ocurrió y de que el pro­ducto del fabricante no hirió al consumidor. El reto es aún mayor cuando el consumidor está presente en el juicio y está herido, puesto que los tribunales tienden a sentir lástima por las personas heridas, sobre todo si la persona pertenece a una minoría racial y tiene un enjambre de hijos, como suele ocu­rrir con las minorías raciales que se presentan a un juicio. Pero aunque ya he tenido que solucionar muchos problemas de res­ponsabilidad legal empresarial, solo he sido incapaz de llevar­me el gato al agua una o dos veces, porque disfruto participando en una buena competición y también porque, instintivamente, a la gente le gusto por mi aspecto. El hombre de la calle se sorprendería si supiera hasta qué punto los jurados se dejan impresionar por las apariencias. Afortunadamente yo soy un tipo guapo de la cabeza a los pies y aparento menos de veinti­nueve años. Tengo aspecto de joven bien cuidado, de vecinito de al lado, de buen tipo, y una vez mi madre afirmó que tengo cara de ángel. Tengo los ojos de un bello marsupial, la piel blanca y suave como la de un bebé y estoy bien proporciona­do. Ni siquiera tengo necesidad de afeitarme, llevo un buen corte de pelo y no tengo ni los picores ni ese polvillo tan an­tiestético de la caspa. Mantengo mi pelo perfectamente cuida­do, bien peinado y corto en todo momento. Tengo unas ore­jas excepcionalmente atractivas.
Le expliqué a Cheese que vestir de forma convencional y tener aspecto de ángel es bueno para mi carrera y que Gimlet lo comprende. Mi carrera me reporta más de cien mil dólares anuales y además mi madre me envía cheques de su patrimo­nio personal, así que dispongo de una gran liquidez gracias a la cual Gimlet y Big y Mr. Wonderful son un grupo de punks muy felices.
Antes de enfadarme con Cheese, me caía muy bien. A di­ferencia de Gimlet y Grope, anoche en el concierto de Keith Jarrett la ingestión de LSD convirtió a Grope en un tipo bas­tante despreocupado. No vio espejismos ni se puso nervioso, sino que se limitó a explicar que gracias al papel que tenía en la lengua podía captar la música del Negro Keith Jarrett con varios de sus cinco sentidos. Podía oírla, pero también ver y oler y saborear la música. Según Cheese algunos temas olían al terciopelo rojo de un baúl en un desván, a vitaminas, a medi­cinas o a una mañana. Afirmó que también podía ver las com­posiciones improvisadas de Keith Jarrett. Intentó describir es­forzadamente con sus propias palabras el aspecto que tiene una puesta de sol mediante el fuego, los albaricoques y el color azul, y luego mediante el humo, las ciruelas y el negro. Dijo que la música a veces se parecía a una luz tenue detrás de un trozo de hielo. Simplemente escuchando las sensuales explica­ciones de Cheese me sentí feliz, y cuando Gimlet colocó la mano en mi pene por dentro de mis pantalones de tela de ga­bardina y aseguró que en el pelo raro de la niñita rubia había serpientes y gusanos escondidos que no paraban de moverse y deletrear los nombres de la familia de Gimlet, los Imblum de Deming, Nuevo México, le di un besazo.
Cheese sabía un montón sobre otros géneros musicales además del punk. Pensaba que Keith Jarrett era un intérprete negro de mucho talento. Según él, solo un genio podía haber­se sentado en su banco ante miles de espectadores indiferentes y empezar a tocar las viejas melodías que flotaban dentro de su cabeza peinada a lo afro. Cheese postuló que para Keith Jarrett existen millones de esas cancioncillas que toca, y posterior­mente me maravilló que Keith Jarrett no solo tocara las tona­dillas con destreza, sino que además las uniera de formas úni­cas e interesantes, improvisando, de modo que cada uno de sus conciertos de piano era diferente de los otros. El subconscien­te de Keith Jarrett, afirmó Cheese, disponía la manera en que las melodías se enlazaban, por lo que sus conciertos eran li­neales, la interpretación de Keith Jarrett al piano era una línea en lugar de un círculo compuesto. La línea era como una pe­queña historia vital de los sentimientos y las experiencias del Negro. Informé a Cheese de que yo no sabía que los Negros tuviesen subconsciente pero que me gustaba muchísimo el so­nido de aquella música, y Cheese frunció el entrecejo. Gimlet empezó a gemir de un modo que me excitó mucho sexual-mente y ni siquiera le dijo a la mujer quejica de detrás de Cheese que se jodiera cuando la mujer de detrás de Cheese nos pidió que bajáramos el tono de voz para que todo el pú­blico del Irvine Concert Hall pudiera disfrutar del concierto, pero Cheese ya estaba frunciendo el ceño e informó a la mu­jer de que machacaría a su marido si no desaparecía de su vis­ta, así que ella cerró la boca y yo cogí la mano de Gimlet y me llevé a la boca uno de sus dedos con uñas pintadas de blanco con sabor a vainilla.
La niñita del pelo amarillo que Gimlet consideraba quími­co y paranormal parecía estar dormitando apoyada en el hom­bro del hombre mayor con la americana de buen corte. Admi­raba la americana y deseé que me perteneciera a mí en lugar de a aquel hombre. Quería que el hombre se girara para poder ver a quién pertenecía la americana y empecé a tratar de deci­dir si le lanzaba un centavo a la parte posterior de la cabeza para inducirle a que se girara.
Sin embargo, además de ser un buen punk con toda la ca-
beza rapada y gafas rosadas, Cheese también podía ser inteligente y listo. Estaba muy interesado en la persona de un servi dor y, sin que yo me diera cuenta, Cheese pasó de debatir acerca de los géneros musicales y las experiencias y emociones de negro de Keith Jarrett a no hablar de ningún género y sí de mis experiencias y emociones de blanco. Cheese reveló que estaba ansioso por saber por qué mantenía unas relaciones tan satisfactorias con mis amigos punks. Dijo que quería comprender a un Sick Puppy como yo. Al principio estaba muy serio mientras viajaba con el LSD, pero después se volvió divertido de un modo que a mí me pareció entretenido y encantador. Divulgó su opinión de que los punks eran niños nacidos en un espacio muy pequeño, sin ventanas, rodeados de paredes de cemento y metal, a menudo arrasadas con pintadas, que cuando llegaban a adultos intentaban abrirse camino a través de las paredes. Intentaban avanzar rápidamente por el filo de algo y conseguían dicha proeza despreocupándose del peligro de caerse del filo. Cheese afirmó que toda mi camarilla punk se sentía como si no tuvieran nada y nunca fueran a tenerlo y, por tanto, convertían la nada en todo. Sin embargo, Cheese afirmó que yo era un Sick Puppy que ya lo tenía todo y, en consecuencia, quería averiguar por qué cambiaba mi enorme todo por una enorme nada. Cheese estaba mostrándose curioso y divertido en su asiento de la punta, pero insistía en contemplar mi bello perfil, y apoyaba la mano en la manga de mi americana nueva, lo cual no me gustó nada puesto que tenía las uñas sucias. Me preguntó por qué me llamaban Sick Puppy.
Le comuniqué a Cheese que me parecía un buen tipo y que estaba disfrutando mucho con nuestra conversación pro­funda y que admiraba su pendiente. Su pendiente estaba fabri­cado con hueso. Cheese respondió a tales afirmaciones mos­trándose nuevamente malhumorado y le dije que dejara de fruncir el ceño.
Gimlet miró el centavo de mi mano mientras yo me fijaba en la nuca del hombre mayor, y leyó en mí como en un libro abierto. Me pidió al oído que le tirara el centavo a la niña del pelo raro para hacerle daño y que se girara y Gimlet aprove­charía la oportunidad para observar la cara de la niña del pelo raro. Dijo que predecía que la cara de la niña sería la de una auténtica gigante con planetas orbitando en las cuencas de sus ojos, y que su aliento olería a manzana. Afirmó que el pelo raro, una vez arrancado de la niña y colocado en la vagina afectada por el LSD de Gimlet, haría que Gimlet dejara de ser una tal Sandy Imblum y la transformaría en un área de fuego con los brazos, las piernas y la vagina de calor puro. Cheese preguntó educadamente a Gimlet si le importaría tomarse unas pastillas de vitamina B12 con el fin de atenuar la fuerza de su dosis de sustancia controlada, sin embargo Gimlet había dejado de notar la presencia de Cheese. Gimlet situó la mano en las proximidades de mi pene cubierto de tela de gabardina y acto seguido afirmó que cuando estuviera llena de pelo raro radiactivo y de fuego iría a visitar a mi padre a su despacho del cuerpo de marines de Estados Unidos y se lanzaría a sus brazos de guerrero y realizaría el acto sexual con él y cuando él llegara al orgasmo se incendiaría con el fuego de Gimlet y se inmolaría mientras ella le abría su garganta de guerrero para que yo pudiera bañarme en su sangre. Gimlet es una chi­ca de primera pero debo admitir que estas declaraciones me cabrearon: Gimlet hablando de mi padre y del acto sexual en público, en el Irvine Concert Hall. Cheese sugirió que quizá Gimlet estaba pasando por una mala experiencia con el LSD y aconsejó a Mr. Wonderful que mantuviera su brazo fornido alrededor de ella para mayor seguridad de diversas personas, y Big le dijo a Cheese que cerrara la boca y se metiera en sus propios asuntos.
Yo estaba soberanamente molesto con Gimlet y mientras la nuca afro de Keith Jarrett empezaba a balancearse de un lado al otro y su música subió de volumen y se acercaba más al punk, me crucé de brazos y empecé a respirar por los agujeros de la nariz con furia provocada por Gimlet. Acto seguido la miré hasta obligarla a bajar la vista y le clavé una mirada llena de rabia. Las pupilas negras de los ojos de Gimlet se agranda­ron tanto que no dejaban ver el color de sus ojos y empezó a sentir miedo de un servidor y a llorar, lo cual me hizo un poco más feliz. Cheese apoyó otra vez su mano sucia en la manga de mi americana nueva y yo me giré hacia él con los brazos previamente cruzados y también a él debía parecerle extremadamente harto de que pusiera la mano en mi manga, porque sus ojos inmaduros también se vieron extremadamente grandes y morados detrás de sus gafas rosadas y se palpó los mechones de la cabeza y dijo en voz baja que debíamos ir al vestíbulo interior del Concert Hall para charlar un momento, y esperar a que los demás vinieran con nosotros al vestíbulo dentro de poco, en el intermedio. Yo estaba como loco y en­tre la espada y la pared porque no sabía si lanzarle el centavo a la niña con la cabeza del pelo o quemar a Cheese con mi en­cendedor en el vestíbulo, y decidí quemar a Cheese y lo seguí por las escaleras laterales hasta el agradable y estupendo vestí­bulo del Irvine Concert Hall. Gimlet me preguntó ¿Adónde vas, Sick Puppy?, pero yo pasé.
Solo que cuando entramos en el vestíbulo no conseguí querer quemar a Cheese porque no habría sido nada divertido porque cuando entramos en el vestíbulo, Cheese se sentó espon­táneamente en un bonito banco propiedad del Concert Hall enfundado en sus pantalones de cuero y sus botas negras de combate y su camisa de cuero con montones de cadenas y mu­niciones colgadas de su pecho poco fornido y su espalda y ca­beza con pelos y mechones y se echó a llorar, de modo que las lágrimas de Cheese empezaron a brotar de debajo de sus gafas de color rosa. Cheese comenzaba a parecer tan joven como en realidad era, esto es, un menor. Yo sabía que el LSD de Big que tenía en la lengua estaba afectando al bueno de Cheese y que, a diferencia de la mía, su conciencia se veía influida por las sustancias controladas.
Sin dejar de llorar, Cheese afirmó que no me entendía y que le daba miedo. Yo le aseguré que era la monda que un punk con municiones como Cheese tuviera miedo de un civil guapo y pulcro como Sick Puppy. Dije que no pasaba nada y me ofrecí para pedirle a Gimlet que le practicara una buena felación; sin embargo, Cheese obvió mi oferta y tomó la mano que le brindé en prueba de amistad y con su mano descuidada me hizo sentarme a su lado en el atractivo banco. Desde el vestíbulo costaba oír a Keith Jarrett.
Cheese repitió que era incapaz de formarse un concepto de un Sick Puppy como yo, y afirmó que tampoco entendía la felicidad que emanaba de mí en todo momento. Le llevó cier­to tiempo dar con la palabra «feliz». Sabes lo que quiero decir, inquirió. Tienes un aire de felicidad total, Sick Puppy. Le ex­pliqué pacientemente a Cheese otra vez mi gran abundancia de ingresos y vestimenta y productos de calidad para el ocio doméstico, sin embargo Cheese sacudió su cabeza mayorita-riamente calva y afirmó que él quería decir otra cosa con la palabra «feliz». Después de seguir preguntándome por qué era feliz, me preguntó si quería a Gimlet. Rodeé los hombros de cuero de Cheese con el brazo de mi americana nueva y le in­formé de que Gimlet para mí era una tía legal, y que en mu­chas ocasiones me hacía feliz porque me practicaba felaciones y me proporcionaba orgasmos placenteros, y me permitía quemarle partes del cuerpo. Dejaron de caer lágrimas por de­trás de las gafas rosadas de Cheese pero él continuó mirándo­me fijamente de una manera que volvió a darme ganas de ha­cerle daño hasta que me planteé la hipótesis de que hubiera entrado en algún tipo de hipnosis inducida por alguna sustan­cia que pudiera provocar que una persona se quedara mirando los objetos como si estos fueran demasiado grandes para poder abarcarlos, a menudo durante largo rato. No sabía si debía de­jar a Cheese en el vestíbulo en estado de hipnosis pero quería escuchar tocar a Keith Jarrett, por tanto, me olvidé de Cheese y me alejé de él en dirección al bebedero público y luego ha­cia las puertas del auditorio. Sin embargo, antes de franquear las puertas del auditorio oí la voz de Cheese que me llamaba y volví a acordarme de Cheese, que ya no me miraba sin verme como un conejito deslumbrado por los faros de mi coche cuando regresé a su banco y ni siquiera tuvo que mirarme transfigurado para decirme que si le confesaba la naturaleza de la felicidad que emanaba de mí en todo momento, me permi­tiría que le quemara un poco y también me permitiría quemar a su prometida, que era medio Negra.
Le comuniqué a Cheese que me había hecho una oferta que no podía rechazar pero que, sin embargo, su pregunta frustraba a un servidor porque ya le había explicado paciente­mente que existían miríadas de momentos y ocasiones en que me sentía feliz. El hecho es que han existido muy pocas cosas que históricamente me hayan hecho infeliz y me hayan dejado el ánimo por los suelos. A modo de ejemplo, una de esas cosas ocurrió cuando en la facultad, en la Brown University, quise alistarme en el programa R.O.T.C. del cuerpo de marines de Estados Unidos para continuar los pasos de mi padre y mi her­mano, que sirven con honor en el ejército, y el coronel de re­clutamiento nos obligó a pasar un test de personalidad estúpi­do y yo suspendí y más adelante, cuando regresé para presentar mis quejas con educación, me sometieron a otro test estúpido y dijeron que también lo había suspendido, y entonces me en­trevistó un médico que vino a las oficinas del R.O.T.C. y lue­go el coronel de reclutamiento de la Brown University telefo­neó a mi padre, que estaba muy ocupado debido a su trabajo en Washington D.C., y todo el asunto cabreó muchísimo a mi padre. El coronel se dirigió constantemente a mi padre como señor y se disculpó por interrumpirle en su trabajo, sin embar­go, nunca llegué a alistarme en ningún programa R.O.T.C. para la formación de oficiales ni en la Brown University ni en ningún otro lugar. Y a modo de ejemplo, otra cosa fue aquella ocasión en Alexandria, Virginia, cuando tenía ocho años y mi hermana diez y mi hermano que ahora porta los códigos nu­cleares para el presidente estaba en la academia militar de Westminster y mi hermana y yo nos encontrábamos en la ha­bitación de mi hermano jugando en su mesa y descubrimos unas revistas en los cajones de abajo y las revistas, que eran eróticas, estaban llenas de hombres y mujeres practicando ac­tos sexuales y leímos las revistas y vimos las fotografías de hombres colocando sus penes en agujeros situados entre las piernas de las mujeres y los hombres y las mujeres parecían muy felices y yo le saqué las bragas a mi hermana y me quité los calzoncillos y coloqué mi pene, que estaba muy excitado debido a las revistas, en un agujero que mi hermana y yo en­contramos entre sus piernas, que era su vagina, pero colocar mi pene en el interior de su vagina no hizo feliz a mi hermana y mi padre entró en la habitación cuando ella lo llamó y nos vio practicando el acto sexual y me llevó a su taller, que estaba junto al cuarto de los juegos en el sótano de casa, y me quemó el pene con su mechero de oro del ejército de Estados Unidos y afirmó que si volvía a tocar a su niñita me abrasaría el pene por completo con su mechero de oro y tuve que ir al médico y conseguir una pomada para mi pene quemado, y estuve tris­te y con el ánimo por los suelos.
Si no fuera de mala educación airear asuntos familiares en público, tal como me enseñaron de niño mis padres, habría inundado a Cheese con ejemplos de ocasiones en las que his­tóricamente había sido infeliz y también le habría comunicado que para mí Gimlet es una tía legal y me hace feliz con fre­cuencia practicándome felaciones y dejándome que la queme, puesto que estos son los dos únicos acontecimientos que me ha­cen feliz en cuestión de flores y abejas. Desgraciadamente, in­cluso a pesar de que soy un tío guapo y atractivo para gran parte de las chicas que he conocido en la escuela y en la vida, cuando quieren practicar el acto sexual mi pene se niega a le­vantarse, y solo se levanta si me hacen una felación, y si me hacen una felación deseo intensamente quemarlas con cerillas o con mi mechero y a la mayoría de las mujeres eso no les gus­ta y son infelices cuando las queman y en consecuencia tienen miedo de hacerme una felación y solo quieren practicar el acto sexual.
Sin embargo Gimlet no tiene miedo y lo hace. Es más, Gimlet sabe que lo que me convertiría en el solucionador de problemas de responsabilidad legal de empresas más feliz de la historia del planeta Tierra sería matar a mi padre, y que mata­ré a mi padre y me bañaré en su sangre en cuanto pueda ha­cerlo sin que me atrapen ni me hallen culpable de su muerte, quizás cuando se haya jubilado y mi madre ya esté débil, y Gimlet promete ayudarme y matar también a su padrastro y me practica felaciones y a veces me deja que la queme.
Conversé con Cheese y mi voz me sonó densa y torpe porque rememorar acontecimientos históricos del pasado afecta con frecuencia mi estado normal de conciencia del modo en que las sustancias controladas afectan a otras perso­nas, y me influye. Comuniqué a Cheese que sintiéndolo mu­cho no podría responder a su pregunta pero que, no obstante, le daría un regalo en metálico de mil dólares si conseguía que su prometida negra me bañara y luego me practicara una fela­ción y luego me permitiera que le quemara con cerillas la par­te posterior de las piernas.
Cheese miró a un servidor durante un rato largo como si estuviera medio hipnotizado y pensé que iba a aceptar el rega­lo y que cerraríamos el trato, sin embargo en ese momento el concierto de piano jazz de Keith Jarrett llegó a la hora del in­termedio y la gente empezó a entrar en el vestíbulo del Irvine Concert Hall. La gente se movía despacio y el corazón me latía despacio en el pecho. La gente salía por las puertas del auditorio conversando, con movimientos a cámara más lenta todavía que en Momentos estelares de la NFL, un programa en el que suelen pasar aquel anuncio en el que la mujer bella y sexy que juega al billar afirma que todos sus hombres llevan colonia English Leather o no llevan nada en absoluto. Mi esta­do normal de consciencia se vio históricamente afectado aún más a medida que Cheese persistió en mirarme fijamente y la gente del vestíbulo pasó a pulular y a comprar refrigerios y be­bidas en el bebedero público y a entrar en los servicios extre­madamente despacio, y el aire del Irvine Concert Hall se vol­vió igual que el hielo iluminado, y la voz de Cheese que empezó a declinar mi ofrecimiento inicial de un trato llegaba desde muy lejos, y sus gafas rosadas empezaron a adoptar el as­pecto de dos puestas de sol apagadas, vistas a través del hielo.
Desde el banco atractivo de aquel vestíbulo que iba a cá­mara lenta intenté ver si Gimlet y Big y Mr. Wonderful y Grope venían a ayudarme a convencer al bueno de Cheese de que aceptara mi ofrecimiento de un regalo, pero en cambio me encontré observando con interés extremo la lenta carrera del hombre atlético, canoso, distinguido y mayor de la ameri­cana. La americana había parecido buena de verdad desde los asientos superiores del Irvine Concert Hall, sin embargo ahora, en el vestíbulo, resultó tener unas solapas estrechas nada atractivas y un corte que no era europeo, características ambas que me desagradan en la ropa. El hombre corría con una len­titud divertida, cargando con la niña del pelo raro, y lo perse­guían por el vestíbulo lento y atestado Mr. Wonderful y Gim­let, que habían dejado atrás a Grope y a Big en su persecución del hombre y la niña del pelo raro. Las bocas de mis amigos Mr. Wonderful y Gimlet estaban muy abiertas como resultado de la risa y la excitación, y Mr. Wonderful sostenía algo metá­lico y brillante en la mano y el pene capilar de Gimlet empe­zaba a despeinarse por encima y sus ojos seguían siendo una pupila negra en lugar de un conjunto de blanco, color y pupi­la, y Gimlet corría despacio vestida de cuero y plástico estiran­do la mano para atrapar el pelo raro de la niña del pelo raro que dormía en los brazos protectores del hombre mayor dis­tinguido que pasó por mi lado corriendo con sus solapas estre­chas. Y cuando vi el rostro bello y pálido de la niña dormida por encima del hombro bamboleante del hombre que corría, aquel rostro me llenó de un gran júbilo y una gran excitación. Y cuando Gimlet y Mr. Wonderful atraparon a cámara lenta al hombre por la parte posterior de su fea americana junto a la entrada del vestíbulo del Irvine Concert Hall, y las uñas con sabor a vainilla de Gimlet y el objeto brillante de Mr. Won­derful casi estaban ya en su pelo raro, la niña del pelo pareció despertarse en los brazos del hombre mayor y clavó una mirada fija e incesante en un servidor, que estaba sentado muy rígido en el banco de Cheese y retirando la mano de Cheese y sus antiestéticas uñas del puño de la manga de mi americana. Y a cámara lenta adopté una expresión tranquilizadora y reconfor­tante y feliz dirigida a la niña rubia y me levanté del banco mientras las manos de Gimlet empezaban a moverse todavía más despacio en el pelo, radiante de la niña y Mr. Wonderful le hizo algo con la cosa brillante al hombre que era el padre de la niña. Y he aquí lo que hice yo.

David Foster Wallace, La niña del pelo raro.

https://es.wikipedia.org/wiki/David_Foster_Wallace
David Foster Wallace