JimRoberto Bolaño, Jim
Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado / Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.
Roberto Bolaño, Jim
El hombre desnudo
Helen E. Fisher en su ensayo El contrato sexual habla de la importancia de la sexualidad en la evolución del hombre. Las mujeres, a diferencia de las hembras de otros mamíferos, han perdido el celo cíclico y éste se ha vuelto permanente por lo que, desde el punto de vista biológico, puede afirmarse que están dispuestas siempre para la cópula. Evolutivamente esta disposición logró conseguir vínculos estables con la pareja dando origen al sentido del parentesco, al altruismo y al lenguaje que son la base del comportamiento de nuestra especie y explica, en gran medida, el desarrollo de nuestra inteligencia, de nuestras sociedades y culturas. Ester, uno de los personajes de El luminoso regalo, podría encarnar la hipérbole de esta estrategia femenina para llevar la teoría a su máxima expresión. Es una bruja del siglo XXI, una amoral depredadora, incandescente y cruel, que posee un extraordinario poder para seducir a los hombres y su psicoanalista le enseña a controlar sus facultades, como si fuera su hechicero. Con este cautivador personaje arranca la última novela de Manuel Vilas que profundiza con audacia en la sexualidad más explícita, batailleana, pero sin dejar atrás posibles trazas místicas. Su principal protagonista, Victor Dilan, que toma el apellido del también falso nombre artístico de su idolatrado Bob Dylan, es un escritor, narcisista e insatisfecho, con tiempo libre suficiente para poder practicar el sexo de forma continua, al que le gustan mucho las mujeres, el alcohol y el valium. Su ambición, su codicia vital, es poder tener relaciones sexuales con todas las mujeres del mundo. Es un hombre que provoca ternura y atracción irresistible. En su huída de la soledad de la noche, se encuentra con Ester que le conducirá por caminos sin tabúes a una plenitud vital no exenta de peligros que acabará destruyéndolo. A lo largo de la novela aparece la imagen de un enigmático monolito —similar al de la película de Kubrick que inducía o era testigo de un trascendental salto evolutivo— con un código secreto que encierra, en su metáfora, el luminoso secreto de nuestra especie. Dilan, con su vampírica obsesión, entiende que en el sexo está la salvación y él es un enviado que ha venido al mundo para que las mujeres le hagan confesiones extraordinarias. Hay, además de juegos de metaficción, diversas referencias a las obras de escritores como Bronté, Kafka, Shakespeare o Whitman, entre otros, y guiños con títulos de capítulos como “Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien”, frase atribuida a Fitzgerald y que marcó existencialmente a Vilnius, el particular “Dylan” de Vila-Matas. Es precisamente aquí donde se produce un punto de inflexión, cuando Victor verbaliza lo que Elena, su mujer, ya sabe. A partir de ese momento el protagonista inicia su descenso a los infiernos, entra en una espiral de acontecimientos de los que no puede escapar pero que le ayudan a concretar su particular decálogo de sabiduría. Vilas, con ironía, nos habla de la ambigüedad de las relaciones humanas, de la libertad sexual, de las pasiones llevadas a sus límites, del fracaso de la comunicación en las parejas y con los hijos y, en un final inesperado, nos predice un futuro apocalíptico al término de nuestro siglo en el que las drogas activan la química del amor, en el que siguen existiendo las ballenas pero donde Bob Dylan está ya olvidado y el hombre y la mujer tan perdidos como lo han estado siempre desde que tomaron conciencia de su existencia.
El luminoso regalo
Manuel Vilas
Alfaguara, 2013
H. P. Lovecraft, Dagón
Dagón
H. P. Lovecraft, DagónEscribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo. Pese a mi esclavitud a la morfina, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayan leído estas páginas atropelladamente garabateadas, quizá se hagan idea -aunque no del todo- de por qué tengo que buscar el olvido o la muerte.Fue en una de las zonas más abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el paquebote en el que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario alemán. La gran guerra estaba entonces en sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido en su degradación posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a unos prisioneros navales. En efecto, tan liberal era la disciplina de nuestros opresores, que cinco días más tarde conseguí escaparme en un pequeño bote, con agua y provisiones para bastante tiempo.Cuando al fin me encontré libre y a la deriva, tenía muy poca idea de cuál era mi situación. Navegante poco experto, sólo sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las estrellas, que estaba algo al sur del ecuador. No sabía en absoluto en qué longitud, y no se divisaba isla ni costa algunas. El tiempo se mantenía bueno, y durante incontables días navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la esperanza de que pasara algún barco, o de que me arrojaran las olas a alguna región habitable. Pero no aparecían ni barcos ni tierra, y empecé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella ondulante e ininterrumpida inmensidad azul.El cambio ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a conocer los pormenores; porque mi sueño, aunque poblado de pesadillas, fue ininterrumpido. Cuando desperté finalmente, descubrí que me encontraba medio succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi alrededor, con monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el cual se había adentrado mi bote cierto trecho.Aunque cabe suponer que mi primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación del paisaje tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentí más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la superficie putrefacta una calidad siniestra que me heló el corazón. La zona estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos identificables que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. Quizá no deba esperar transmitir con meras palabras la indecible repugnancia que puede reinar en el absoluto silencio y la estéril inmensidad. Nada alcanzaba a oírse; nada había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje me producían un terror nauseabundo.El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro por la cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la ciénaga tenebrosa que tenía bajo mis pies. Al meterme en el bote encallado, me di cuenta de que sólo una posibilidad podía explicar mi situación. Merced a una conmoción volcánica el fondo oceánico había emergido a la superficie, sacando a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra emergida debajo de mí, que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por mucho que aguzaba el oído. Tampoco había aves marinas que se alimentaran de aquellos peces muertos.Durante varias horas estuve pensando y meditando sentado en el bote, que se apoyaba sobre un costado y proporcionaba un poco de sombra al desplazarse el sol en el cielo. A medida que el día avanzaba, el suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante seco para poderlo recorrer fácilmente. Dormí poco esa noche, y al día siguiente me preparé una provisión de agua y comida, a fin de emprender la marcha en busca del desaparecido mar, y de un posible rescate.A la mañana del tercer día comprobé que el suelo estaba bastante seco para andar por él con comodidad. El hedor a pescado era insoportable; pero me tenían preocupado cosas más graves para que me molestase este desagradable inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día caminé constantemente en dirección oeste guiado por una lejana colina que descollaba por encima de las demás elevaciones del ondulado desierto. Acampé esa noche, y al día siguiente proseguí la marcha hacia la colina, aunque parecía escasamente más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del cuarto día llegué al pie de dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me había parecido de lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve respecto del resto de la superficie. Demasiado cansado para emprender el ascenso, dormí a la sombra de la colina.No sé por qué, mis sueños fueron extravagantes esa noche; pero antes que la luna menguante, fantásticamente gibosa, hubiese subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto de un sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones que había tenido eran excesivas para soportarlas otra vez. A la luz de la luna comprendí lo imprudente que había sido al viajar de día. Sin el sol abrasador, la marcha me habría resultado menos fatigosa; de hecho, me sentí de nuevo lo bastante fuerte como para acometer el ascenso que por la tarde no había sido capaz de emprender. Recogí mis cosas e inicié la subida a la cresta de la elevación.Ya he dicho que la ininterrumpida monotonía de la ondulada llanura era fuente de un vago horror para mí; pero creo que mi horror aumentó cuando llegué a lo alto del monte y vi, al otro lado, una inmensa sima o cañón, cuya oscura concavidad aún no iluminaba la luna. Me pareció que me encontraba en el borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos insondable de noche eterna. En mi terror se mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y la espantosa ascensión de Satanás a través de remotas regiones de tinieblas.Al elevarse más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle no eran tan completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba cornisas y salientes que proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el descenso; y a partir de unos centenares de pies, el declive se hacía más gradual. Movido por un impulso que no me es posible analizar con precisión, bajé trabajosamente por las rocas, hasta el declive más suave, sin dejar de mirar hacia las profundidades estigias donde aún no había penetrado la luz.De repente, me llamó la atención un objeto singular que había en la ladera opuesta, el cual se erguía enhiesto como a un centenar de yardas de donde estaba yo; objeto que brilló con un resplandor blanquecino al recibir de pronto los primeros rayos de la luna ascendente. No tardé en comprobar que era tan sólo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión de que su posición y su contorno no eran enteramente obra de la Naturaleza. Un examen más detenido me llenó de sensaciones imposibles de expresar; pues pese a su enorme magnitud, y su situación en un abismo abierto en el fondo del mar cuando el mundo era joven, me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya imponente masa había conocido el arte y quizá el culto de criaturas vivas y pensantes.Confuso y asustado, aunque no sin cierta emoción de científico o de arqueólogo, examiné mis alrededores con atención. La luna, ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua que discurría por el fondo formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones, y casi lamiéndome los pies donde me había detenido. Al otro lado del abismo, las pequeñas olas bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie podía distinguir ahora inscripciones y toscos relieves. La escritura pertenecía a un sistema de jeroglíficos desconocido para mí, distinto de cuantos yo había visto en los libros, y consistente en su mayor parte en símbolos acuáticos esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y demás. Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres marinos desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición había visto yo en la llanura surgida del océano.Sin embargo, fueron los relieves los que más me fascinaron. Claramente visibles al otro lado del curso de agua, a causa de sus enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían despertado la envidia de un Doré. Creo que estos seres pretendían representar hombres... al menos, cierta clase de hombres; aunque aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo homenaje a algún monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a descubrir con detalle sus rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más grotescos de lo que podría concebir la imaginación de un Poe o de un Bulwer, eran detestablemente humanos en general, a pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente anchos y fláccidos, sus ojos abultados y vidriosos, y demás rasgos de recuerdo menos agradable. Curiosamente, parecían cincelados sin la debida proporción con los escenarios que servían de fondo, ya que uno de los seres estaba en actitud de matar una ballena de tamaño ligeramente mayor que él. Observé, como digo, sus formas grotescas y sus extrañas dimensiones; pero un momento después decidí que se trataba de dioses imaginarios de alguna tribu pescadora o marinera; de una tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes que naciera el primer antepasado del hombre de Piltdown o de Neanderthal. Aterrado ante esta visión inesperada y fugaz de un pasado que rebasaba la concepción del más atrevido antropólogo, me quedé pensativo, mientras la luna bañaba con misterioso resplandor el silencioso canal que tenía ante mí.Entonces, de repente, lo vi. Tras una leve agitación que delataba su ascensión a la superficie, la entidad surgió a la vista sobre las aguas oscuras. Inmenso, repugnante, aquella especie de Polifemo saltó hacia el monolito como un monstruo formidable y pesadillesco, y lo rodeó con sus brazos enormes y escamosos, al tiempo que inclinaba la cabeza y profería ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.No recuerdo muy bien los detalles de mi frenética subida por la ladera y el acantilado, ni de mi delirante regreso al bote varado... Creo que canté mucho, y que reí insensatamente cuando no podía cantar. Tengo el vago recuerdo de una tormenta, poco después de llegar al bote; en todo caso, sé que oí el estampido de los truenos y demás ruidos que la Naturaleza profiere en sus momentos de mayor irritación.Cuando salí de las sombras, estaba en un hospital de San Francisco; me había llevado allí el capitán del barco norteamericano que había recogido mi bote en medio del océano. Hablé de muchas cosas en mis delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de las palabras. Los que me habían rescatado no sabían nada sobre la aparición de una zona de fondo oceánico en medio del Pacífico, y no juzgué necesario insistir en algo que sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso etnólogo, y lo divertí haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda filistea en torno a Dagón, el Dios-Pez; pero en seguida me di cuenta de que era un hombre irremediablemente convencional, y dejé de preguntar.Es de noche, especialmente cuando la luna se vuelve gibosa y menguante, cuando veo a ese ser. He intentado olvidarlo con la morfina, pero la droga sólo me proporciona una cesación transitoria, y me ha atrapado en sus garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner fin a todo esto, ahora que he contado lo ocurrido para información o diversión desdeñosa de mis semejantes. Muchas veces me pregunto si no será una fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a causa de la insolación, cuando escapé del barco de guerra alemán. Me lo pregunto muchas veces; pero siempre se me aparece, en respuesta, una visión monstruosamente vívida. No puedo pensar en las profundidades del mar sin estremecerme ante las espantosas entidades que quizá en este instante se arrastran y se agitan en su lecho fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra y esculpiendo sus propias imágenes detestables en obeliscos submarinos de mojado granito. Pienso en el día que emerjan de las olas, y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a los endebles restos de una humanidad exhausta por la guerra... en el día en que se hunda la tierra, y emerja el fondo del océano en medio del universal pandemonio.Se acerca el fin. Oigo ruido en la puerta, como si forcejeara en ella un cuerpo inmenso y resbaladizo. No me encontrará. ¡Dios mío, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!
Ilustración de Erik Kriek, 2012
Edgar Allan Poe, Silencio
Silencio
ΕÞδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες
Πρώονες τε καˆ χαράδραι
Πρώονες τε καˆ χαράδραι
Las crestas montañosas
duermen; los valles, los riscos
y las grutas están en silencio.
(Alcmán [60(10),646])
y las grutas están en silencio.
(Alcmán [60(10),646])
Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.
Edgar Allan Poe, SilencioPues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.
Cuentos de imaginación y misterio
Edgar Allan Poe
Ilustraciones: Harry Clarke
Traducción: Julio Cortázar
Libros del Zorro Rojo, 2009
Ilustraciones: Harry Clarke
Traducción: Julio Cortázar
Libros del Zorro Rojo, 2009
Secretos como hechizos
Para un gran número de lectores la garantía de que la historia que se cuenta en una novela es cierta, que ocurrió realmente, le confiere una fuerza que ninguna narración ficticia puede igualar. Eso, al menos, es lo que dice David Lodge y esa es quizás una de las razones por las que Carmen Posadas, desde el principio, nos seduce con un relato intenso y emotivo basado en hechos que sucedieron durante los últimos años del régimen zarista y su posterior derrocamiento.
Leonid Sednev vive sus últimos días en Montevideo. Allí llegó poco antes de la Segunda Guerra Mundial después de dar vueltas por la vieja Europa y tras salir de Rusia, para siempre, en 1919. Varios miles de kilómetros y casi ocho lustros le separan de su infancia cuando, sin buscarlo, fue testigo privilegiado de unos trágicos acontecimientos que cambiaron la historia de Europa. Son recuerdos que ha mantenido intactos en su memoria hasta que decide, sólo al final de su vida, confesarlos porque, los grandes secretos —dice el protagonista— son como los hechizos, se desvanecen cuando uno los cuenta. El relato arranca con la fría descripción que hace el comisario Yurovski de la ejecución de la familia imperial. Ninguno de los verdugos podía saber que Sednev estaba allí escondido viendo todo. Desde que unos años antes entrara a trabajar como deshollinador siempre le sedujo fisgar la vida austera, casi conventual y sin apenas privilegios de los hijos de los zares, descubrir sus anhelos e intimidades. En la invisibilidad que le daban las largas horas que pasaba limpiando el tiro y los conductos de las chimeneas, leía los diarios que descansaban entre libros de Chejov y Maupassant y se enamoraba de la enigmática Tatiana, una de las hijas del zar. Las intrigas de adolescentes se sucedían mientras estallaba la Gran Guerra.
El deshollinador imperial, con mirada algo escéptica, nos va presentando los diferentes personajes como si fueran piezas de una partida de ajedrez donde el azar jugó un papel determinante. Algunos hechos que, aunque de forma aislada, pudieran parecer irrelevantes, con el tiempo adquieren una importancia expansiva como las ondas en un estanque de las que hablaba proféticamente Rasputín, un visionario seductor con mirada magnética, sucio y borracho, en una carta dirigida al propio zar. Sednev, que posee un sentido de la lealtad propio de Miguel Strogoff, nos muestra las diferencias sociales de la época, las penurias que padeció su propia familia, las relaciones de los aristócratas con la servidumbre. Con sucesivas ocupaciones conseguirá estar al lado de los Romanov, incluso cuando son deportados a Siberia, y nos irá descubriendo las contradicciones, frustraciones y equivocaciones humanas; las historias de amores cruzados e imposibles, de amistad y traición. La vida que evoca Sednev, marcada por aquellos pocos años de su adolescencia, da un giro inesperado; el círculo se cierra en su mirada cansada y no falta un final absolutamente emocionante.
El testigo invisible es una novela histórica bien documentada, narrada desde el punto de vista del personaje que participó en los hechos, en la que se incorporan escenas y descripciones de ambientes y paisajes reales. Con todos estos elementos consigue sumergirnos en un apasionante periodo de la historia europea de principios del siglo XX y nos trae a la memoria lecturas de Tolstoi, Pushkin o Dostoievski.
Editorial Planeta. 2013
Publicado en Cuadernos del Sur el 20 de abril de 2013
Crecimiento exponencial del microrrelato en España
Tomando como referencia la Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, de Irene Andrés-Suárez (Cátedra, 2012), he analizado la relación del número de obras publicadas en España dedicadas al microcuento con respecto al año de publicación y el resultado es que se ajusta a una curva exponencial. Se puede decir que en las últimas décadas el interés por el microrrelato, tanto de los autores, como de las editoriales y de los lectores, ha crecido exponencialmente.
Ana María Matute, El niño que no sabía jugar
El niño que no sabía jugar
Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra con las manos quietas, como caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. «Si al niño le gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir». Pero el padre decía, con alegría: «No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa».Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y les segaba la cabeza.
Ana María Matute. El niño que no sabía jugar. Los niños tontos, 1956.
Los niños tontos
Ana María Matute
Ilustraciones: Javier Olivares
Los niños tontos
Ana María Matute
Ilustraciones: Javier Olivares
Media Vaca, 2000
Domingos buscando el mar, de Diego Prado
Cuando leo “Domingos buscando el mar”, el relato que da título al volumen que recoge esta colección de trece cuentos, no puedo evitar acordarme de “La autopista del Sur”, de Julio Cortázar al tener un punto de partida similar y al surgir una historia de amor entre un caos de coches atascados. En ambos casos se trata de una metáfora de nuestra vida rutinaria; sin embargo, mientras Cortázar, entre otras cosas, nos muestra distintas formas de soledad y el comportamiento opresivo al que pueden llegar los seres humanos cuando se encuentran en situaciones límite, Diego Prado nos habla del deseo insatisfecho, de las metas inalcanzables y de la renuncia conformista con la que lo asume el personaje narrador. El desasosiego se produce al descubrir una verdad que no se quiere saber y lo único que hace mantener la ilusión viva es la esperanza, ese viaje a Ítaca de Cavafis que todos intentamos que no termine nunca.
En un relato melancólico, como la ciudad de Lisboa donde trascurre, un solitario “letraherido”, tímido e indeciso conoce en persona a Pessoa y ese hecho casual influye tanto en su vida que dedica su tiempo al estudio del escritor. Sin embargo, le queda la duda de si acaso él, en su inadvertencia, pudo influir también en la obra del maestro.
Las pesadillas y los sueños son los protagonistas de dos de los cuentos. En uno el narrador es un gran poeta que encuentra su estilo, su voz propia y es capaz de crear grandes poemas pero sólo mientras duerme; por eso lucha por rescatarlos del inevitable olvido, por atrapar, acaso un trozo de su efímera genialidad, en su vigilia. En otro relato el protagonista se ve asediado por pesadillas que, sólo en sueños, transforman su identidad, como si fuera Mr Hyde, y lo convierten en un frío y despiadado asesino. En una consecución de microrrelatos, el despertar nos depara sorpresas inesperadas propias de Kafka o de Monterroso. Y casi como un sueño es, para otro de los personajes, recibir un gran premio literario cuando ni siquiera escribe.
Las destrezas sorprendentes de los protagonistas están presentes en varios relatos. A Casanova le basta con desear onanísticamente a una mujer para que ésta sienta el deseo imparable de amarle una sola noche. Pero es un hombre infeliz por no poder tener un amor duradero y ser terriblemente rechazado, una y otra vez, tras ese primer y fugaz encuentro. Un noctámbulo se gana la vida gracias a su especial habilidad como llenador, un extraño oficio que mantiene la clientela de los bares y, en silencio, entre copa y copa, ensaya su frustrada vocación de psicólogo. Un actor ve con sorpresa cómo el método Stanislavsky le ha llevado demasiado lejos y siente la necesidad de confesarlo todo. Las emociones afloran en el relato de un hombre que, como viene haciendo en los últimos años, sale un día de diciembre a buscar un regalo especial para su amada esposa; o en el de un dependiente de una sastrería que ve cómo el barrio, la gente, la vida va cambiando mientras el negocio, de forma agónica, quiere persistir inamovible.
Hay también un espacio para historias de vampiros, con un arqueólogo que encuentra una lectura transformadora en las páginas de un viejo libro que descubren en una prospección; o para el náufrago por cuyo diario descubrimos una isla habitada por enigmas que nos conducen en el desconcierto a una inexorable respuesta.
En estas páginas, cargadas de elementos fantásticos, habitadas por personajes que viven al margen de lo rutinario, se intuyen muchas lecturas de grandes maestros del cuento. El humor y la ironía están presentes en estos relatos cuyos finales nos sorprenden. En la sencillez de su lirismo se encuentra la maestría y el talento narrativo de Diego Prado.
Domingos buscando el mar
Diego Prado
La Bolsa de Pipas, 2007
El scriptorium del monasterio
Estamos en el verde valle de Liébana que se abre entre dos altos macizos montañosos, junto a un monasterio de la comunidad de San Martín de Torieno, en el siglo VIII. Un largo desfiladero flanqueado por murallas verticales de roca caliza es recorrido por Eterio, el joven obispo de Osma, junto al ejército que le protege de la invasión sarracena. Allí, rodeados de una naturaleza montañosa espectacular los monjes se sumergen en su vida espiritual y en el scriptorium detienen el tiempo entregados al trabajo minucioso y sacrificado de copiar e iluminar los textos para transmitir el mensaje del Apocalipsis. Se acerca el año ochocientos, son tiempos confusos que presagian el inicio del reinado de la Bestia lo que significa el principio del fin de los tiempos.
Baltasar Magro, tras un profundo estudio, nos presenta una novela que es casi un ensayo en el que la ficción ha rellenado los vacíos que la historia no conoce. Se trata de un libro magníficamente ilustrado con reproducciones de miniaturas procedentes de distintos Beatos que nos acerca a un tiempo en el que lo fantástico era indiferenciable de lo real. El protagonista acompaña a su maestro Beato, un anciano devoto, sencillo y sabio, que supo ver a los mayores enemigos de la iglesia en su propio seno y cuyo comentario al libro apocalíptico de San Juan fue admirado en toda Europa y tuvo una clara influencia en la cultura cristiana de siglos posteriores. Beato de Liébana pretendía ser racional y diáfano en su comentario pero parece que en las miniaturas existe una voluntad de crear imágenes alejadas de la realidad y resultan imaginativas, sugestivas y hasta alucinatorias.
Escuchando la voz calmada del abad y leyendo textos guardados en la completa biblioteca del monasterio, Eterio profundiza en el estudio de las Sagradas Escrituras, en la filosofía e historia de los cristianos, aprende a interpretar la simbología, los mapas, participa de las intrigas con los herejes y descubre las esmeradas y preciosistas técnicas de los iluminadores, los secretos en la elaboración de los pigmentos y la labor sacrificada de los escribas. El monasterio rodeado de silencio va creciendo con los años y Eterio va ganando en sabiduría hasta convertirse también en maestro. A través de los ojos de este narrador, Baltasar Magro reconstruye un momento algo oscuro pero que fue un punto de inflexión en la historia europea.
Beato el Lebaniego
Baltasar Magro
Alianza editorial, 2012
Baltasar Magro
Alianza editorial, 2012
Maestro en fugas
En la introducción de Cristian Crusat se hace un recorrido por los gustos literarios de Marcel Schwob (1867-1905) y se resalta la influencia de su obra. Hoy quizás sea habitual pero Schwob, se distinguió, como después hiciera Borges, por crear textos en los que resulta difícil discernir la parte real y documentada de la ficticia. En El deseo de lo único se reúnen pequeños ensayos de este autor que huía de todo lo establecido y que fue, como dijo Vila-Matas, un maestro en fugas, pero que tuvo una clara influencia no sólo en Borges, Alfonso Reyes o Bolaño sino también en autores como Faulkner, Perec o Tabucchi entre otros. En estos ensayos se puede apreciar su fascinación por Stevenson de quien destaca su logro en los silencios narrativos. Hay un excelente análisis sobre Hamlet y los textos en los que pudo basarse Shakespeare para escribir su tragedia; pone en valor los poemas medievales de Villon y nos habla de autores transcendentes como Whitman, Flaubert o Thomas de Quincey. A través de una conversación que mantiene con el bibliotecario y escritor W.G.C. Byvanck nos muestra su manera de ver el mundo, su forma de entender cualquier manifestación artística y su particular y rico universo literario.

El deseo de lo único. Teoría de la ficciónMarcel Schwob
Edición: Cristian Crusat.
Traducción: Cristian Crusat y Rocío Rosa
Medardo Fraile, Cuentos de verdad
Medardo Fraile (Madrid, 1925-Glasgow, 2013)
El álbum
Medardo Fraile, El álbum (Cuentos de verdad)Entraron aprisa en el café y se sentaron. La impaciencia les encendía los ojos al dejar el paquete sobre la mesa. Ella, apenas sentada, comenzó a abrirlo, mirando con amor, alternativamente, la cinta roja sobre el papel y el rostro de él con ligero orgullo protector y expectante.–¿Qué van a tomar?–Café con leche. ¿Y tú?–Lo mismo.En la mesa apareció con pastas de color azul marino, como el traje de los días señalados, el álbum de las chocolatinas. Era un gran día. Habían hablado de él como se habla de cuando llegará un niño. Aquel álbum representaba el tesón del novio en su niñez, que había reunido una estampita tras otra hasta cubrir todas las ventanillas sin paisaje de aquel libro difícil. Sus compañeros de colegio –él lo recordaba– habían dejado en el álbum huecos de desamor y desidia. Y el álbum, ahora flamante sobre la mesa, mostraba la solicitud en el tiempo de un hombre cuidadoso, fiel toda la vida a sus más inocentes alegrías, al objeto de su ilusión más nimia. Para la novia, aquel álbum azul implicaba tesón y constancia. Tenían sobre la mesa el café con leche del amor humilde, pero tenían también dentro del libro las maravillas todas del Universo, y se pusieron a deshojarlas con lentitud amorosa, como si en ello les fuera su felicidad, el sí o el no.–No: hoy «Las Mariposas», no –decía ella con tremendo gozo–. Hemos visto ya «Los Grandes Inventos».Cada hoja les aproximaba, día tras día, un poco más. El día de «Las Mariposas», ella balanceó sus pestañas en el aire hacia un hombre joven que estaba enfrente sentado, y él –el novio– tuvo celos. Pero ella ni había mirado siquiera a aquel hombre: quería simplemente mariposear con sus finas pestañas. El día de «Las Aves Domésticas» proyectaron un canario naranja transparentándose en el hogar que tendrían, en la ventana con sol: «Mejor, blanco», insinuaba él. «No, tiene que ser naranja», decía resuelta ella, entornando los ojos como si le dañara el agridulce color del pájaro. Las «Aves Exóticas» pusieron sobre el pelo de ella, suave, un sombrerito atrevido de vistosas plumas en una tarde con risa en el mundo, y champaña y «confetti». En «Flores Para Regalo», él la obsequió con doce tulipanes para que no olvidara alguna cosa. Al llegar a «Animales Prehistóricos», tuvo ella miedo y se acercaron más. Él quiso continuar más días viendo «Los Animales Prehistóricos», pero ella se negó y entró en la hoja rutilante de «Las Piedras Preciosas». Ante «Las Piedras Preciosas» él anduvo receloso por sentimiento atávico. Veía en los ojos de ella cierta cortesana desfachatez, ciertas desmesuradas pretensiones, que le tuvieron en desazón toda la tarde y que interpuso entre ellos una pastosa frialdad anfibia. En «Las Algas» enredaron sus dedos, manos, brazos, miradas y palabras. Con «La Evolución del Automóvil» lo pasaron bien, dieron saltos y frenazos bamboleantes sobre sus sillas. Con «Las Fieras» se identificó ella de tal forma, que los ojos se le llenaron de instinto y él se encontró como un domador trágico que de un instante a otro podía perecer. Con «La Fauna del Mar» cruzaron una y otra vez por los ojos de él y de ella los peces cariñosos, perezosos, suaves, del amor, y estuvieron pasando toda la tarde mansa, humildemente. Al llegar a «Las Frutas», ella, con un rubor, posó su mano sobre las manzanas para que él no tuviera ningún pensamiento avanzado, para que no pensara como Adán.Terminaron el álbum, y estaban tostados y palpitantes como después de un largo viaje. Era como si volvieran con los mismos recuerdos de una luna de miel respetuosa. Ella esperó todos los días –sobre todo el último– a que él dijera: «El álbum, para ti, te lo regalo». Pero no lo hizo. Llenar aquel libro de cromos había sido la gracia de su niñez, le había proporcionado entrada de honor en todas las visitas. Y cogió su álbum y se lo guardó. Ella, de haberlo tenido, le hubiera devuelto su regalo en palabras llenas de entendimiento y colores, en experiencia del mundo, en primores de planta y honduras de mar. Pero así las tardes fueron enfriándose, se aburrían y hacían tos de las palabras rotas. Y un día ella –que se había enamorado de aquel álbum– le dijo adiós a él. Y él tendrá que sacarlo de nuevo en su vida, cuando llegue la hora, sin atreverse a regalarlo nunca.
Cuentos de verdad
Medardo Fraile
Ediciones Cátedra, 2000
Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón
Decía Marcel Schwob que los biógrafos se han creído a menudo historiadores privándonos con ello de retratos admirables; han supuesto que solo la vida de los grandes hombres podría interesarnos. Ricardo Menéndez Salmón nos presenta a través de un relato escrito como una biografía, a Prohaska, un personaje de ficción pero tan bien construido que, una y otra vez, nos hace dudar de su veracidad. A través del sus ojos nos recuerda una parte de nuestra historia que no deberíamos olvidar. Historia y ficción se combinan en Medusa de una forma natural para hablarnos de la maldad a la que ha sido capaz de llegar el ser humano.
Un cortometraje sencillo y aterrador conduce al narrador a indagar en la vida de Prohaska. Prohaska es un niño no deseado que crece sin la presencia de su padre y sin el amor de su madre. Ignorado por sus hermanos se dedica a contemplar el suceder de la vida y nace en él una consoladora e incondicional fascinación por la imagen fija y en movimiento. Quizás este robo de su infancia y otras tragedias biográficas explican la frialdad de su mirada. Prohaska fue testigo de la degradación del ser humano, llegó a formar parte de la perversa máquina del aparato de ilustración nazi, conoció los campos de exterminio, filmó las ejecuciones, fotografió los gestos de la muerte y dibujó los despojos humanos antes de ser incinerados. Prohaska deseaba pasar inadvertido por la vida, desaparecer, no dejar huella física de su persona, desenfocarse tras la lente objetiva con la que todo lo escrutaba. Esa obsesión por la máxima expresión de humildad se va incrementando con los años. Después de conocer de primera mano el holocausto provocado por los nazis, viaja por diferentes lugares y conoce la España de sotanas y generales o las consecuencias persistentes durante décadas del bombardeo atómico sobre Japón. Entre el horror que contempla desde la distancia de su cámara, conoce el amor al lado de Heidi, la amiga, la cómplice, la esposa que le mantiene unido al mundo; pero también el dolor más profundo, el más insoportable. La ausencia de Baruch, su hijo, se convierte en una metáfora del olvido de otro Baruch, de Spinoza, de la ética que defendía. Spinoza pulía lentes mientras perfilaba su ética. Prohaska a través de su lente transparente observa impasible la ausencia de moral en un mundo desmembrado. Spinoza hablaba de un Dios indiferente al hombre y Prohaska constata y retrata sin pudor ese tremendo abandono o su absoluta inexistencia.
Prohaska, que jamás se dejó retratar, se convierte en un protector del horror y nos muestra la necesidad de recordar, una y otra vez, aquello que queremos olvidar para que nunca vuelva a suceder. La acción impúdica de retratar el crimen desnudo, de manera objetiva, sin manipulación política o moral, es también necesaria, no para volver a abrir viejas heridas sino para recordarnos su dolor y evitar caer de nuevo en la perversidad y la atrocidad.
En ocasiones, la prosa de Ricardo Menéndez Salmón, y su manera de presentar a su personaje principal, me recuerda al mejor Baricco. Pero en la novela encontramos referencias explícitas, entre otros, a Faulkner, a Borges y a Poe. En Medusa se combinan la profundidad emocional y psicológica de Faulkner, la hibridación de ensayo y ficción borgiana y la destreza de Poe para concebir y presentar los temores más elementales que acompañan desde siempre al ser humano. Medusa es un libro para no olvidar.
Sabor americano
Doce mil kilómetros recorridos durante treinta y dos días al volante de un Chevrolet plateado, desde el océano Pacífico hasta el Atlántico, a través del corazón del imperio americano. Ese es el viaje inolvidable que realizó Manuel Moyano junto a su familia pasando por veintidós estados y poniendo en evidencia las diferencias culturales que persisten entre la Europa mediterránea y Norteamérica. Parten de San Francisco y atraviesan paisajes de costa, el caluroso desierto de Mojave, praderas interminables, desfiladeros rojizos, bosques de coníferas, ríos caudalosos y grandes saltos de agua. Transitan por poblados, como Cody, que mantienen la esencia del Lejano Oeste, por parques temáticos o por inmensas ciudades surcadas por anchas avenidas y elevados edificios. Se detienen a contemplar el anochecer en el puente de Golden Gate, el amanecer en el Cañón del Colorado, los géiseres de Yellowstone, la elevación ígnea de Devils Tower, los prados inmensos que habitaban los indios Sioux, los bosques verdes de Massachusetts, los montes Apalaches o el espectáculo natural de las cataratas del Niágara.
Moyano busca los horizontes que contemplaron grandes escritores y llega al bungaló en el que escribía Charles Bukowski, al rancho de Edgar Rice Burroughs, a las casas de Hemingway y de Mark Twain, a College Hill donde vivió Lovecraft, a los pueblos balleneros que inspiraron a Melville o al barrio de Brooklyn donde reside Paul Auster. Son numerosas las referencias a los grandes actores de Hollywood, a las películas que forman parte de nuestras vidas. Elvis Presley y Bob Dylan, entre otros, ponen música a este viaje de descubrimientos y tópicos destapados. El recorrido termina, cuando después de visitar Washington, atraviesan el río Hudson por el túnel Lincoln y se sumergen en el caos de Manhattan para rememorar un anterior viaje a Nueva York. Numerosas indicaciones con nombres de moteles, calles, librerías, tiendas y personas hacen que el relato resulte más cercano; un mapa, nos sirve de guía y varios dibujos así como una serie de fotografías nos ayudan a seguir este entrañable y familiar itinerario que nos recuerda a los inolvidables viajes de Gerald Durrell o de Jordi Esteva. Manuel Moyano nos hace revivir recuerdos de la infancia a través de las imágenes que nos llegaban del gran oeste americano, de la juventud, a través de la música y la lectura de grandes autores y nos deja una cierta nostalgia al constatar que el tiempo no respeta casi nada y que los intereses comerciales acaban por derrumbar los grandes mitos.
Travesía americana. De San Francisco a Nueva York por carretera.
Manuel Moyano
Ilustraciones: Manuel Moyano
Editorial Nausícaá, 2012
Publicado en Cuadernos del Sur el 23 de febrero de 2013
Manuel Moyano
Ilustraciones: Manuel Moyano
Editorial Nausícaá, 2012
Publicado en Cuadernos del Sur el 23 de febrero de 2013
Rafi, de Medardo Fraile
Rafi
Tenía un libro.Medardo Fraile, Rafi.
Se lo había dado el padre Bonifacio hacía más de tres años.
El libro pesaba y era gordo.
En la numeración de las hojas, el número último era el 1108. Ahora se le habían aflojado las pastas y algunas hojas estaban dobladas y tenían tiesuras y manchones de Coca-Cola y mocos.
Cuando iba a ver a la señora tuerta, lo llevaba consigo.
—Mira qué aplicado es el Rafi —decía—. Mira cómo lee.
Y él sonreía con su cara matalona y pícara de niño de la calle.
Lo iba leyendo por segunda vez, poco a poco, desde hacía dos años. A veces, le buscaba un escondrijo en un solar o unas obras y, al cabo de varios días, volvía a buscarlo.
Le hablaba algunas veces.
—A ver si te acabas, gordo. Un día me harto de ti y ya no vengo a buscarte.
Lo acabó por segunda vez en un coche abollado de un garaje desierto. Sentía frío.
Apretó los ojos y, cuando los abrió, le dijo al libro:
—Gordo, ¿qué vamos a hacer ahora? ¿Empezamos de nuevo?
Miró a la tapia grasienta de enfrente, se abrazó al libro con fuerza y comenzó a llorar.
Escritura y verdad. Cuentos completos
Medardo Fraile
Edición y prólogo: Ángel Zapata
Páginas de Espuma, 2004
Micromundi, de Francisco Javier Guerrero Cano
La huella
Micromundi
Despertó en la orilla, con el sol ya en todo lo alto. A su alrededor sólo el mar, el cielo y la arena; y a su lado una huella. Una sola huella de una mano, la izquierda precisamente, la misma que a él le faltaba desde hacía años. La miró confuso y luego observó su mano, la derecha, que clavó en la arena junto a la huella. Las impresiones parecían iguales, pero sólo conocía el origen de una. ¿Cómo llegó la otra hasta allí fuese o no la de su mano amputada? ¿Quién podría haber dejado únicamente esa marca sin dejar ningún otro rastro? La marea empezó a subir, y una ola a punto estuvo de alcanzar las huellas. Para evitarlo, construyó como pudo una muralla de arena frente al mar, detrás de las huellas, y como el agua iba mermando su resistencia, cavó también un foso justo delante. Sin embargo, el mar inundaba continuamente el foso y derribaba poco a poco la muralla con sus embestidas, que sin ser demasiado fuertes, le obligaban a reconstruir sin cesar ambos baluartes. Así estuvo luchando contra el mar hasta que se hizo de noche. Entonces sus músculos dejaron de responderle y desfalleció. El foso se cubrió pronto de arena mojada y la muralla quedó rasa al nivel de la orilla. Una ola suave rozó primero las huellas, luego otra inexplicablemente fiera las cubrió por completo. Pero sólo una desapareció. Cuando despertó, el sol estaba ya en todo lo alto. A su alrededor, el mar, el cielo, la arena y la huella indeleble de su mano izquierda.Francisco Javier Guerrero Cano, La huella
Francisco Javier Guerrero Cano
Ediciones Cardeñoso, 2012
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