Manuel Moyano, Origen del mito

Origen del mito

Ejerciendo de médico en las tierras del Norte, fui reclamado cierta noche de tormenta para atender un parto. En aquel lugar dejado de la Providencia se han visto muchas cosas extrañas, y no me sorprendió que el recién nacido tuviera cabeza de becerro. Recomendé ahogarlo con un almohadón, pero a los padres les faltó valor. El varón creció y, mucho tiempo después, habiendo ya cumplido los quince años, vino a visitarme. Me llamaba “buen doctor”, pero había en sus palabras un velo de amarga ironía. Yo no podía apartar la vista de sus astas de toro. “He sabido por mis padres que usted les aconsejó matarme”, dijo. “Así es”, respondí con todo el aplomo de que fui capaz, pues temía que su propósito fuera vengarse por ello. “Debieron hacerle caso”, fue lo único que le oí mugir mientras abandonaba mi consulta. Luego supe que, antes de venir a verme, había corneado a sus progenitores hasta la muerte. También me dijeron que huyó al monte, y que allí construyó una casa de largas e intrincadas galerías para recluirse en su interior. Pero ésa es otra historia.
 Manuel Moyano, Origen del mito.

Manuel Moyano

Ryunosuke Akutagawa, En el bosque

En el bosque

Declaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi
-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.
El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.
¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la victima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.

Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial
-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.
¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago… Lo lamento… no encuentro palabras para expresarlo…

Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial
-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.
De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial
-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.
¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.
Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero… ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que… (Los sollozos ahogaron sus palabras.)

Confesión de Tajomaru
Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.
Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante… Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.
¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)
Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.
Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia… Luego… ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.
Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.
Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos… Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.
Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.
Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)
Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.
Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte… (Sereno suspiro.)
Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.
Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu
-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido… un resplandor verdaderamente extraño… Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé a mi marido y le dije:
-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!
Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:
-Te pido tu vida. Yo te seguiré.
Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».
Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.
Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después… ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle… ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido… qué podía hacer. Aunque yo… yo… (Estalla en sollozos.)

Lo que narró el espíritu por labios de una bruja
-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)
Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas! Palabras que… (Se interrumpe, riendo extrañamente.)
Al escucharlas hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?…»
Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)
Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:
«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)
Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía… Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar…

Ryunosuke Akutagawa, En el bosque.


Ryunosuke Akutagawa

Ambrose Bierce, Un suceso sobre el puente del río Owl

Un suceso sobre el puente del río Owl.

I
Había un hombre parado sobre un puente ferroviario al norte de Alabama, mirando hacia el agua que corría rápidamente unos seis metros más abajo. Tenía las manos atadas a la espalda con una cuerda. Otra cuerda rodeaba holgadamente su cuello, estaba sujeta a una fuerte viga transversal por encima de la cabeza y colgaba hasta la altura de las rodillas. Algunas tablas sueltas, puestas sobre las traviesas, le proporcionaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército federal dirigidos por un sargento que en su vida civil podía haber sido ayudante del sheriff. No lejos, sobre la misma plataforma provisional, esperaba un oficial vestido con el uniforme de su rango y armado. Era el capitán. En cada extremo del puente había un centinela con su rifle “en posición de firmes”, es decir, vertical delante del hombro izquierdo, el precursor descansando sobre el antebrazo que cruzaba el pecho; posición formal y poco natural que obliga a mantener el cuerpo rígido. No parecía una obligación de estos dos hombres saber lo que estaba ocurriendo en medio del puente; sencillamente bloqueaban los dos extremos de la pasarela. 
Más allá de los dos centinelas no se veía a nadie; los rieles corrían en línea recta durante unos cien metros hasta un bosque, después doblaban y desaparecían. Sin duda, había un puesto de avanzada más adelante. La otra orilla del arroyo era campo abierto y una suave colina subía hasta una estacada de troncos verticales, con troneras para rifles y una única abertura a través de la cual e proyectaba la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. A mitad de camino entre el fuerte y el puente se encontraban los espectadores: una compañía de infantería en posición de descanso, con las culatas de los rifles apoyadas en el suelo, los cañones levemente inclinados hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas sobre los cañones. Un teniente estaba de pie a la derecha de la línea, la punta de su espada en el suelo, y con su mano izquierda descansando sobre la derecha. Salvo el grupo de los cuatro en el medio del puente, nadie se movía. La compañía miraba hacia el puente fijamente, inmóvil. Los centinelas, de cara a la orilla del arroyo, podían haber sido estatuas que adornaran el puente. El capitán, de brazos cruzados, silencioso, observaba el trabajo de sus subordinados sin dar ninguna indicación. La muerte es un dignatario que cuando se anuncia es para ser recibido con formales manifestaciones de respeto, aun por aquellos que están más familiarizados con ella. En el código de honor militar, el silencio y la inmovilidad son formas de defensa. 
El hombre que se disponían a ahorcar tenía aparentemente unos treinta y cinco años. Era un civil, a juzgar por su vestimenta, que era la de un granjero. Sus rasgos eran nobles: nariz recta, boca firme, frente amplia y cabello largo y oscuro peinado hacia atrás, que le caía por detrás de las orejas hasta el cuello de su elegante chaleco. Tenía bigote y una barba en punta, pero no llevaba patillas; sus ojos eran grandes, de un gris oscuro, y poseían esa expresión afectuosa que uno difícilmente hubiera esperado en alguien pronto a morir. Evidentemente no era un asesino vulgar. El código militar, tan amplio en su espíritu, prevé la horca para muchas clases de personas, sin excluir a los caballeros. 
Al culminar los preparativos, los dos soldados se hicieron a un lado y cada uno retiró la tabla sobre la que había estado apoyado. El sargento se volvió hacia el capitán, saludó y se colocó inmediatamente detrás de él, y ésta a su vez se alejó un paso. Estos movimientos dejaron al condenado y al sargento de pie sobre ambos extremos de la tabla que atravesaban tres traviesas del puente. El extremo donde estaba el civil alcanzaba, casi sin tocarla, una cuarta traviesa. Esta tabla se había mantenido horizontal por el peso del capitán, y ahora lo estaba por el peso del sargento. A una señal del capitán el sargento se haría a un lado, la tabla habría de inclinarse y el condenado caería entre dos traviesas. Al condenado este arreglo le pareció sencillo y eficaz. No le habían cubierto la cara ni vendado los ojos. Consideró por un momento su vacilante posición, y luego dejó que su mirada vagara hacia las aguas arremolinadas del arroyo, que corrían enloquecidas bajo sus pies. Un trozo de madera flotante que bailoteaba llamó su atención y sus ojos la siguieron corriente abajo. ¡Con qué lentitud parecía moverse! ¡Qué arroyo tan perezoso! 
Cerró los ojos parea fijar los últimos pensamientos en su mujer y en sus hijos. El agua convertida en oro por el sol temprano, las melancólicas brumas de las orillas a alguna distancia corriente abajo, el fuerte, los soldados, el pedazo de madera, todo lo había distraído. Y ahora tuvo la conciencia de una nueva distracción. A través del recuerdo de sus seres queridos llegaba un sonido que no podía ignorar ni comprender, una percusión seca, nítida, como el golpe del martillo de un herrero sobre un yunque:  tenía esa misma resonancia. Se preguntó qué era, y si estaba inmensamente distante o cerca. Parecía como el tañido de una campana fúnebre. Esperó uno y otro golpe con impaciencia y —no sabía por qué— con temor. Los intervalos de silencio se hicieron cada vez mayores. Los silencios se volvían exasperantes. A medida que eran menos frecuentes, los sonidos aumentaban en fuerza y nitidez. Lastimaban su oído como una cuchillada. Tuvo miedo de gritar. Lo que oía era el tictac de su reloj. 
Abrió los ojos y vio una vez más el agua bajo sus pies. 
“Si pudiera liberar mis manos”, pensó, “podría deshacerme del lazo y lanzarme al agua. Al zambullirme eludiría las balas y nadando con fuerza alcanzaría la orilla, me metería en el bosque y llegaría a casa. Mi casa, gracias a Dios, está todavía fuera de sus avanzadas; mi mujer y mis hijos todavía están más allá de sus líneas invasoras.” 
Mientras estos pensamientos, que aquí tienen que ser puestos en palabras, más que desarrollarse, relampagueaban en la mente del condenado, el capitán hizo una señal al sargento. El sargento se hizo a un lado. 

II 
Peyton Farquhar era un granjero acomodado, miembro de una familia vieja y muy respetada de Alabama. Dueño de esclavos y, como otros dueños de esclavos, político, era naturalmente un secesionista de nacimiento, dedicado con ardor a la causa del Sur. Circunstancias imperiosas, que no viene al caso relatar aquí, le habían impedido unirse a las filas del valeroso ejército que combatió en las desastrosas campañas hasta terminar con la caída de Corinth; irritado por esta vergonzosa limitación anhelaba dar rienda suelta a sus energías y soñaba con la vida libre del soldado, con la oportunidad de destacar. Sentía que esa oportunidad llegaría como le llega a todos durante la guerra. Entretanto, hacía lo que podía. Ninguna tarea era para él demasiado humilde si con ella ayudaba al Sur, ninguna aventura demasiado peligrosa si estaba conforme con el carácter de un civil que tiene corazón de soldado, y que de buena fe y sin muchos escrúpulos acepta por lo menos parte del dicho francamente miserable de que todo vale en el amor y en la guerra. 
Un atardecer, mientras Farquhar y su mujer estaban descansando en un rústico banco a la entrada de su propiedad, un soldado a caballo, uniformado de gris, llegó hasta el portón y pidió un vaso de agua. La señora Farquhar se alegró de poder servirlo con sus propias manos delicadas. Mientras iba a buscar el agua, su marido se acercó al polvoriento jinete y le pidió ansiosamente noticias del frente. 
—Los yanquis están reparando las vías —dijo el hombre— y se preparan para seguir su avance. Han llegado al puente sobre el río Owl, lo han reparado y han construido una estacada en la orilla norte. El comandante emitió un edicto, que se ve por todas partes, declarando que cualquier civil que sea capturado entorpeciendo la vía, sus puentes, túneles o trenes, ha de ser ahorcado sin más. Yo vi el edicto. 
—¿A qué distancia está el puente sobre el río Owl? —preguntó Farqhar. 
— A unos cincuenta kilómetros. 
—¿No hay fuerzas a este lado del arroyo? 
—Sólo un destacamento de avanzada a medio kilómetro de distancia, sobre las vías, y un centinela a este lado del puente. 
—Suponga que un hombre, un civil propenso a la horca, eludiera la avanzada y pudiera tal vez eliminar al centinela —dijo Farqhar, sonriendo— ¿qué lograría? 
El soldado reflexionó. 
—Yo estuve allí hace un mes —contestó—. Observé que la inundación del invierno pasado había arrimado una cantidad de maderas contra el pilar de troncos que sostiene ese extremo del puente. Esa madera ahora está seca y ardería como yesca. 
La señora trajo el agua y el soldado la bebió. Le dio las gracias ceremoniosamente, se inclinó ante el marido y se fue. Una hora más tarde, al anochecer, pasó otra vez por la plantación, hacia la misma dirección desde la cual había venido. Era un explorador del ejército federado. 

III 
Cuando Peyton Farqhar se desplomó a través del puente quedó inconsciente como si ya estuviera muerto. De este lado lo despertó –le parecía que siglos después— el dolor de una fuerte presión sobre su garganta, seguida por una sensación de ahogo. Punzadas agudas y penetrantes parecían disparar desde su cuello hacia abajo a través de cada fibra del tronco y las extremidades. Se diría que estos dolores relampaguearan a lo largo de líneas de ramificación bien definidas y dieran pulsadas con una frecuencia enloquecida. Parecían corrientes de fuego que lo calentaran a una temperatura intolerable. En cuanto a su cabeza, no era co naciente más que de una sensación de presión, de congestión. Pero estas sensaciones no iban acompañadas del pensamiento. La parte intelectual de su ser ya se había borrado; sólo tenía poder para sentir, y sentir era un tormento. Sentía que se movía. Sumergido en una nube luminosa, de la cual no era ahora más que el centro ardiente, sin sustancia material, se columpiaba a través de increíbles arcos de oscilación, como un enorme péndulo. En un instante, terriblemente repentina, la luz que lo rodeaba disparó hacia arriba con el ruido de una fuerte zambullida; resonó un rugido espantoso en sus oídos y todo fue frío y oscuridad. Volvió entonces la capacidad del pensamiento; supo que la cuerda se había roto y que él había caído al arroyo. No era mayor la sensación de estrangulamiento; el lazo que rodeaba su cuello lo estaba sofocando e impedía que el agua entrara en sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! La idea le pareció ridícula. Abrió los ojos en la oscuridad y vio sobre él un rayo de luz. ¡Pero qué lejano, qué inaccesible. Supo que se hundía todavía, porque la luz se atenuaba paulatinamente hasta no ser más que un resplandor. Entonces empezó a crecer y brillar más y advirtió que se acercaba a la superficie; lo supo desganadamente, porque ahora estaba muy cómodo. “Ser ahorcado y ahogarse”, pensó, “no está tan mal; pero no quiero que me disparen. No; no me dispararán, no es justo.” 
No fue consciente del esfuerzo, pero un agudo dolor en la muñeca le indicó que estaba tratando de liberar las manos. Concentró su atención en esa lucha, como un observador perezoso podría observar la proeza de un malabarista sin interesarse por el resultado. ¡Qué esfuerzo espléndido! ¡Qué fuerza magnífica y sobrehumana! ¿Ah, qué hermosa empresa! ¡Bravo! La cuerda cayó; sus brazos se separaron y flotaron hacia arriba, las manos apenas visibles a cada lado, en la luz creciente. Las observó con renovado interés mientras, primero una y luego la otra, tironeaban del lazo que rodeaba su cuello. Lo aflojaron y arrancaron furiosamente, y éste se alejó como una anguila. “¡Átenlo otra vez!”, creyó haber gritado estas palabras a sus manos porque al aflojarse el nudo había sentido el dolor más espantoso de su vida. El cuello le dolía terriblemente; su cerebro estaba incendiado; su corazón, que había estado latiendo débilmente, dio un gran salto, tratando de salírsele por la boca. ¡Todo su cuerpo se estremecía y retorcía con una insoportable angustia! Pero sus manos desobedientes no acataron la orden. Golpearon el agua vigorosamente con rápidos manotazos que lo impulsaban hacia la superficie. Sintió que su cabeza emergía; sus ojos quedaron cegados por la luz del sol; su pecho se expandió convulsivamente, y con un esfuerzo supremo sus pulmones se llenaron del aire que instantáneamente expulsaron con un alarido. 
Ahora estaba en plena posesión de sus sentidos. En realidad, éstos se encontraban sobrenaturalmente agudizados y alerta. Algo en la espantosa perturbación de su organismo los había exaltado y refinado de tal manera que registraban cosas nunca antes percibidas. Sentía las ondas del agua sobre su cara y las oía por separado cuando lo golpeaban. Miró al bosque sobre la orilla del arroyo, vio cada uno de los árboles, las hojas y las venas de cada hoja. Vio hasta los insectos sobre ellas: las langostas, las moscas de cuerpo brillante, las arañas grises estirando sus telas de rama en rama. Notó los colores prismáticos en todas las gotas del rocío sobre un millón de briznas de hierba. El zumbido de los mosquitos que bailaban sobre los remolinos del arroyo, el golpeteo de las alas de las libélulas, los chasquidos de las patas de las arañas acuáticas como remos que hubieran levantado su bote. Todo hacía una música perceptible. Un pez se deslizó ante sus ojos y oyó el sonido de su cuerpo partiendo el agua. 
Había salido a la superficie boca abajo; en un instante el mundo visible pareció girar lentamente teniéndolo a él por eje, y vio el puente, el fuerte, los soldados sobre el puente, el capitán, el sargento, los dos soldados, sus verdugos. Eran siluetas contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban señalándolo. El capitán había desenfundado su pistola, pero no disparó; los otros estaban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles, sus formas gigantescas. 
De pronto oyó un ruido seco y algo golpeó el agua a pocos centímetros de su cabeza, salpicándole la cara. Oyó una segunda detonación y vio a uno de los centinelas con su rifle a la altura del hombro, y una nubecita de humo azul ascendía desde el cañón. El hombre vio desde el agua el ojo del hombre que estaba sobre el puente observando los suyos a través de la mira del rifle. Notó que era un ojo gris y recordó haber leído que los ojos grises eran los más penetrantes, y que todos los famosos tiradores los tenían. Sin embargo, éste había errado. Un remolino lo había hecho volverse; otra vez estaba mirando hacia el bosque en la orilla opuesta al fuerte. Desde su espalda llegó el sonido de una voz clara y alta con un monótono cántico de tal nitidez que atravesaba y relegaba todos los otros sonidos, hasta el de las ondas en sus oídos. Y aunque no era soldado, había frecuentado los campamentos tanto como para conocer el terrible significado de ese cántico deliberado, arrastrado, aspirado; el teniente que estaba en la orilla se incorporaba al trabajo matinal. Qué fría y despiadadamente, y con qué entonación pareja y calma, que presagiaba e imbuía de tranquilidad a sus hombres, con qué intervalos exactamente medidos, caían esas crueles palabras: 
— ¡Atención, compañía!… ¡Levanten armas!... ¡Listos!...¡Apunten!...¡Fuego! 
Farquhar se zambulló tan profundamente como pudo. El agua rugió en sus oídos como la voz del Niágara, y aún así oyó el trueno amortiguado de la descarga. Al regresar a la superficie, se encontró con brillantes pedazos de metal, extrañamente achatados, que descendían oscilando lentamente. Algunos le tocaron la cara y las manos y siguieron su caída. Uno de ellos se alojó entre su cuello y su camisa; estaba desagradablemente caliente y lo arrancó de allí. 
Al salir a la superficie, jadeando, vio que había estado mucho tiempo bajo el agua; la corriente lo había llevado perceptiblemente más lejos, más cerca de su salvación. Los soldados casi habían terminado de recargar; las baquetas de metal brillaron simultáneamente al ser retiradas de los cañones, giraron en el aire y entraron en sus vainas. Los dos centinelas dispararon de nuevo, independiente, ineficazmente. 
El hombre perseguido veía todo esto por encima de su hombro; ahora estaba nadando vigorosamente a favor de la corriente. Su cerebro tenía energía como sus brazos y sus piernas; pensaba con la rapidez del rayo. 
“El oficial” razonó, “no pecará otra vez por exceso de disciplina. Es tan fácil esquivar una descarga cerrada como un tiro solo. Probablemente ya ha dado la orden de disparo graneado. ¡Que Dios me ampare, no puedo esquivarlos a todos!” 
Un chasquido impresionante a dos metros de distancia fue seguido por un fuerte silbido, que desapareció diminuendo y pareció desplazarse hacia atrás, por el aire, hacia el fuerte; murió con una explosión que sacudió el río hasta lo más profundo. ¡Una cortina de agua que se levantaba se dobló sobre él, le cayó encima, lo dejó ciego, lo ahogó! El cañón había entrado en juego. Mientras sacudía su cabeza para librarse de la conmoción del agua, oyó el tiro desviado que zumbaba por el aire, frente a él, y al instante entraba en el bosque, quebrando y aplastando las ramas. 
“No harán eso otra vez”, pensó “la próxima vez utilizarán una carga de metralla. Debo vigilar el cañón; el humo me avisará: el ruido del disparo llega demasiado tarde; viene después del proyectil. Es un buen cañón.” 
De pronto se sintió dando vueltas y vueltas, girando como una peonza. El agua, las orillas, los bosques, el puente ahora lejano, el fuerte y los hombres, todo se confundía y se esfumaba. Los objetos sólo quedaban representados por sus colores; vetas circulares y horizontales de color, era todo lo que veía. Había sido atrapado en un remolino y giraba con una velocidad que lo mareaba y lo descomponía. Pocos momentos después era arrojado sobre los cantos al pie de la orilla izquierda del arroyo —la orilla sur—, detrás de un saliente que lo ocultaba de sus enemigos. La quietud repentina, el raspar de su mano contra las piedras, lo hicieron volver en sí y llorar de felicidad. Enterró sus dedos en los cantos, los arrojó hacia arriba a manos llenas y los bendijo en voz alta. Parecían diamantes, rubíes, esmeraldas; no podía pensar en nada hermoso a que no se parecieran. Los árboles de la orilla eran enormes plantas de jardín; encontró un orden definido en su disposición, aspiró la fragancia de sus flores. Una extraña luz rosada brillaba a través de los espacios entre sus troncos, y el viento tañía en sus ramas la música de arpas eólicas. No tenía ningún deseo de culminar la huida; estaba satisfecho de poder quedarse en ese lugar encantador hasta que lo volvieran a atrapar. 
Un zumbido y el golpeteo de la metralleta entre las ramas sobre su cabeza lo despertaron del sueño. El frustrado artillero le había disparado una ráfaga de despedida, al azar. Se irguió de un salto, subió con rapidez la pendiente y se perdió en el bosque. 
Caminó todo ese día guiándose por el sol. El bosque parecía interminable; no pudo descubrir ni un claro, ni siquiera un sendero de leñadores. Nunca había sabido que vivía en una región tan salvaje. La revelación tenía algo de estremecedor. Al caer la noche estaba agotado, tenía los pies doloridos y un hambre atroz. El recuerdo de su mujer y de sus hijos lo alentaba a seguir adelante.. Finalmente, encontró un camino que lo llevaba en la dirección que él sabía correcta. Era tan ancho y recto como una calle, pero nadie parecía haber pasado por él. No estaba bordeado por campos abiertos y no se veía ninguna casa por ningún sitio. Los negros cuerpos de los árboles formaban una pared cerrada, a ambos lados, que terminaba en un punto del horizonte, como un diagrama en una lección de perspectiva. Sobre su cabeza, al mirar a través de esta grieta del bosque, brillaban grandes estrellas de oro que le resultaban desconocidas y agrupadas en extrañas constelaciones. Estaba seguro de que se encontraban dispuestas en algún orden cuyo significado era secreto y maligno. El bosque estaba lleno de ruidos singulares, entre los cuales —una vez, otra y una tercera— oyó claras voces en un idioma desconocido. 
El cuello le dolía y al tocárselo con la mano se dio cuenta de que estaba horriblemente hinchado. Supo que tenía un círculo negro donde la cuerda lo había herido. Sus ojos estaban congestionados; ya no podía cerrarlos. Tenía la lengua hinchada por la sed; alivió su fiebre sacándola por entre sus dientes, hasta sentir el aire frío. ¡Con qué suavidad el césped había alfombrado la desierta avenida! ¡Ya no podía sentir el camino bajo sus pies! 
A pesar del sufrimiento, se había quedado sin duda dormido mientras caminaba, porque ahora ve un paisaje diferente. Quizá sólo se ha recuperado de un delirio. En ese momento está de pie frente al portón de su propia casa. Las cosas están como él las dejó, y todo es brillante y hermoso en el sol matinal. Debe de haber viajado la noche entera. Cuando empuja y abre el portón y entra en el camino ancho y blanco, ve un aleteo de prendas femeninas; su mujer, con aspecto fresco y dulce, baja de la terraza para recibirlo. Al pie de los escalones lo espera, con una inefable sonrisa de alegría, una actitud de incomparable gracia y dignidad. ¡Ay, qué hermosa es! Se lanza hacia ella con los brazos extendidos. Cuando está a punto de estrecharla siente un golpe en la nuca que lo desvanece; una luz blanca cegadora incendia todo a su alrededor con el sonido de un cañón. Después todo es oscuridad y silencio. 
Payton Farquhar estaba muerto; su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba suavemente de un lado a otro bajo las maderas del puente sobre el río Owl. 

Ambrose Bierce, Un suceso sobre el puente del río Owl. Traducción de Jorge Ruffinelli.

Ambrose Bierce

Philip Roth, El defensor de la fe

El defensor de la fe.
En mayo de 1945, transcurridas sólo unas semanas desde la finalización de la guerra en Europa, me reexpidieron a Estados Unidos, donde pasé el resto de la guerra integrado en una compañía de instrucción militar, en Camp Crowder, Misuri. Junto con el resto del Noveno Ejército, había cruzado Alemania tan deprisa, a finales de invierno y durante la primavera, que cuando subí al avión no podía creer que nuestro punto de destino estuviera situado en el oeste. Mi mente me indicaba otra cosa, pero cierta inercia del espíritu me decía que íbamos a despegar hacia algún nuevo frente, donde, tras desembarcar, seguiríamos con nuestro empuje hacia el este: siempre hacia el este, hasta dar la vuelta al mundo, pasando por pueblos en cuyas calles tortuosas y empedradas el enemigo estaría mirándonos mientras tomábamos posesión de lo que hasta ese momento consideraba suyo. Había cambiado lo suficiente, en dos años, como para que no me hicieran efecto los temblores de los ancianos, los llantos de los muy jóvenes, la incertidumbre y el miedo en los ojos de quienes antes fueron altivos. Había tenido la suerte de que el corazón se me volviera militar, de esos que son como los pies, que al principio duelen y se hinchan, pero al final les crecen las suficientes durezas como para que el soldado pueda transitar por los más raros caminos sin experimentar el menor sentimiento.
En Camp Crowder estuve a las órdenes del capitán Paul Barrett. El día en que me presenté, salió de su despacho para estrecharme la mano. Era de baja estatura, bronco, de temperamento exaltado y —tanto al descubierto como bajo techado— siempre llevaba el casco muy pulido, y con el recubrimiento interior bajado hasta los pequeños ojos. En Europa había conseguido un ascenso por méritos de guerra y una herida grave en el pecho, y sólo hacía unos meses que lo habían enviado de vuelta a Estados Unidos. Se dirigió a mí con llaneza, y, a última hora de la tarde, cuando formaron las compañías, me presentó a la tropa:
—Caballeros —dijo—, el sargento Thurston, como bien saben, ya no forma parte de esta compañía. El sargento Nathan Marx, aquí presente, ocupará su puesto. Es un veterano de los frentes europeos y, por consiguiente, espera encontrar aquí una compañía de soldados, no una compañía de muchachitos.
Aquella noche me quedé hasta muy tarde en oficinas, tratando, sin mucho entusiasmo, de resolver el enigma de los turnos de guardia, los impresos de personal y los informes matutinos. El encargado de oficinas dormía con la boca abierta en un colchón extendido en el suelo. Un recluta leía las órdenes del día siguiente, que estaban puestas en un tablón, nada más pasar la puerta mosquitera. Era una noche cálida, y de los cuarteles me llegaba la música bailable de las emisoras de radio. El recluta, que llevaba un rato mirándome cuando creía que no me daba cuenta, acabó por acercárseme.
—Oiga, mi sargento, ¿hay guateque de reclutas mañana por la noche? —me preguntó.
Un guateque de reclutas consiste en limpiar los cuarteles.
—¿Los tenéis habitualmente los viernes por la noche? —le pregunté.
—Sí —dijo él; y luego añadió, misteriosamente—: Ahí está la cosa.
—Pues entonces sí, habrá guateque de reclutas.
Se dio media vuelta, y oí que murmuraba algo. Le temblaban los hombros, y me pregunté si estaría llorando.
—¿Cómo te llamas, soldado? —le pregunté.
Se volvió, sin llorar para nada. Al contrario: sus ojos salpicados de verde, alargados y estrechos, destellaban como peces al sol. Se acercó a mí y se sentó en el borde de mi mesa. Me tendió la mano:
—Sheldon —dijo.
—Estate de pie, Sheldon.
Apartándose de la mesa, completó:
—Sheldon Grossbart.
Sonrió, como disculpándose por la familiaridad que me había impuesto.
—¿Tienes algo en contra de limpiar los cuarteles el viernes por la noche, Grossbart? —le dije. A lo mejor es que no deberíamos celebrar guateques para reclutas. Sería mejor que contratáramos una doncella.
Mi tono me sorprendió. Sonaba exactamente igual que cualquiera de los sargentos mayores con quienes había tratado en mi vida.
—No, mi sargento.
Se puso serio, pero con una seriedad que más bien parecía una sonrisa contenida.
—Es sólo que… Ir a organizar los guateques de reclutas precisamente los viernes por la noche…
Volvió a situarse contra la esquina de la mesa, sin acabar de sentarse ni de estar de pie. Me miró con esos ojos que tenía, llenos de manchitas y destellantes, y luego hizo un gesto con la mano. Fue muy leve —no pasó de un movimiento de muñeca, hacia atrás y hacia delante, pero bastó para excluir de nuestros asuntos todo el resto del cuarto de oficinas, para convertirnos a ambos en el centro del mundo. De hecho, parecía excluir también todo lo que nos concernía, menos el corazón.
—El sargento Thurston era una cosa —susurró, echando una ojeada al encargado de oficinas—, pero todos pensábamos que con usted aquí todo cambiaría un poco.
—¿Quiénes sois todos?
—Los judíos de aquí.
—¿Por qué? —le pregunté, con aspereza. ¿Qué habéis pensado?
Aún me duraba lo de «Sheldon», o por cualquier otra cosa, no tuve tiempo de planteármelo, pero, desde luego, estaba irritado.
—Todos pensamos que usted… Pues eso, Marx, como Karl Marx. Como los hermanos Marx. M-a-r-x. Qué tíos más grandes. ¿Es así como se escribe su apellido, mi sargento?
—M-a-r-x.
—Fishbein dijo que…
Se detuvo.
—Lo que quiero decir, sargento…
Se le pusieron rojos el cuello y la cara, y se le movía la boca, pero de ella no salían palabras. Al momento se puso firmes, mirándome desde lo alto de su estatura. Era como si de pronto hubiera llegado a la conclusión de que no podía esperar de mí más simpatía que de Thurston, y ello porque yo pertenecía a la fe de Thurston, no a la suya. El joven se las había apañado para equivocarse en lo tocante a mi verdadera fe, pero no me sentí con ánimo para sacarlo del error. Muy sencillamente dicho: el tipo no me caía bien.
Dado que yo me limitaba a devolverle la mirada, acabó hablando, en otro tono:
—Mire, mi sargento —me explicó—: los viernes por la noche, los judíos se supone que tenemos que asistir a los oficios religiosos.
—¿Os dijo el sargento Thurston que no podíais asistir a los oficios religiosos cuando tocaba guateque de reclutas?
—No.
—¿Os dijo que teníais que quedaros a fregar los suelos?
—No, mi sargento.
—¿Os dijo el capitán que teníais que quedaros a fregar los suelos?
—No es eso, mi sargento. Son los demás compañeros del cuartel —se inclinó hacia mí. Piensan que nos escaqueamos. Y no nos escaqueamos. El viernes por la noche es cuando los judíos asistimos a los oficios religiosos. Estamos obligados.
—Pues asistid.
—Pero es que los compañeros nos lo echan en cara. No hay derecho.
—Eso no es problema del Ejército, Grossbart. Es un asunto personal que tendréis que solucionar por vuestros propios medios.
—Pero es injusto.
Me puse en pie para marcharme.
—No hay nada que yo pueda hacer al respecto —dije.
Grossbart se puso tenso y permaneció delante de mí.
—Pero es que se trata de una cuestión religiosa, señor.
—Sargento —dije yo.
—Eso quise decir, mi sargento —dijo, casi gruñendo.
—Mira, más vale que habléis con el capellán. Si queréis ver al capitán Barrett, yo hablo con él.
—No, no. No quiero líos, mi sargento. Eso es lo primero que te recriminan. Sólo quiero lo que me corresponde por derecho.
—Maldita sea, Grossbart, deja ya de llorar. Ya tienes lo que te corresponde por derecho. Puedes quedarte a fregar los suelos o puedes ir a la shul…[en el original, en yiddish: sinagoga].
Se le caldeó de nuevo la sonrisa. Le brillaba la saliva en las comisuras de la boca.
—Querrá usted decir iglesia, mi sargento.
—¡Quiero decir shul, Grossbart!
Pasé a su lado y salí. No lejos, oí el crujido de las botas de un centinela sobre la gravilla. Por las ventanas de los cuarteles, a la luz eléctrica, se veían chicos en camiseta y pantalones de faena, sentados en sus catres, limpiando los fusiles. De pronto, oí un ligero ruido a mis espaldas. Me di la vuelta y vi la oscura silueta de Grossbart corriendo hacia los cuarteles, a decirles a sus amigos judíos que tenían razón, que yo era de los suyos, tanto como Harpo, tanto como Karl.
A la mañana siguiente, charlando con el capitán Barrett, le referí el incidente de la noche anterior. Por el modo de contárselo, el capitán debió de entender que lo que yo hacía no era exponerle la postura de Grossbart, sino defenderla.
—Marx, soy capaz de pelear con un negro al lado, si el hombre me ha demostrado su valor. Me enorgullezco de poseer una mentalidad muy abierta —dijo, mirando por la ventana—. De manera que aquí nadie es objeto de trato especial, sargento, ni para lo bueno ni para lo malo. Lo único que hay que hacer es demostrar lo que se vale. Si un soldado destaca en los ejercicios de tiro, le doy un permiso de fin de semana. Si destaca en los ejercicios físicos, permiso de fin de semana. Porque se lo ha ganado.
Apartó los ojos de la ventana y me señaló con el dedo.
—Usted es judío, Marx, ¿no es así?
—Sí, señor.
—Y yo lo admiro. Lo admiro por las condecoraciones que lleva en ese pasador del pecho. Yo juzgo a los hombres por lo que hacen en el campo de batalla, sargento. Por lo que tiene aquí —dijo, y luego, en contra de lo que yo había supuesto, es decir que se pondría la mano en el corazón, se señaló con el dedo pulgar los botones que hacían lo posible por mantenerle la tripa dentro de la camisa. Redaños —dijo.
—Muy bien, señor. Sólo quería ponerlo a usted al corriente de lo que dice la tropa.
—Señor Marx, va usted a envejecer antes de tiempo si se preocupa tanto de lo que dice la tropa. Deje eso en manos del capellán. Es cosa suya, no nuestra. Nosotros, lo que tenemos que hacer es enseñarles a esos chicos a disparar como es debido. Si los judíos piensan que los demás los acusan de dar gato por liebre… Pues qué quiere que le diga, no lo sé. Me parece un cachondeo que así, de pronto, el Señor se haya puesto a darle voces en el oído al soldado Grossbart y al hombre no le quede más remedio que marcharse corriendo a la iglesia.
—A la sinagoga —dije yo.
—Sinagoga es lo que hay que decir, sargento. Me lo apuntaré en un papelito, para no olvidarme la próxima vez. Gracias por tenerme al corriente.
Aquella tarde, cuando faltaban unos minutos para que la compañía formara delante de las oficinas, para el rancho, di orden de que se me presentara el cabo Robert LaHill. LaHill era un muchacho robusto, de piel atezada, cuyo pelo ensortijado tendía a asomar por todas partes. Tenía un brillo en los ojos que lo hacía a uno pensar en cavernas y dinosaurios.
—LaHill —le dije—, cuando estén formados, recuérdales a todos que pueden asistir a los oficios religiosos cuando se celebren, siempre que informen en oficinas antes de salir del cuartel.
LaHill se rascó la muñeca, pero no transmitió la impresión de haber oído o comprendido nada.
—LaHill —le dije—: iglesia. ¿Te acuerdas? Iglesia, curas, misa, confesión.
Torció un labio hasta darle forma de sonrisa; lo tomé como señal de que, por un momento, se había reincorporado a la raza humana.
—Los judíos que quieran asistir a los oficios esta noche deben presentarse en oficinas a las 19:00, después de romper filas —dije; luego, como si se me acabara de ocurrir, añadí—: Por orden del capitán Barrett.
Un poco más tarde, mientras la última luz del día —la más suave que ese año había visto— empezaba a caer sobre Camp Crowder, me llegó por la ventana la espesa y monocorde voz de LaHill:
—Oído al parche, tropa: que de parte del jefe que hoy a las 19:00, después de romper filas, que los judíos pasen por oficinas, si quieren asistir a la misa judía.
A las siete en punto, miré por la ventana del cuartel de oficinas y vi en el rectángulo polvoriento a tres soldados con el uniforme de paseo. Miraban sus relojes y se removían, inquietos, sin dejar de decirse cosas en voz baja. Estaba oscureciendo, y, solos como estaban en la explanada desierta, se los veía muy pequeñitos. Cuando abrí la puerta, me llegaron de los cercanos cuarteles los ruidos del guateque para reclutas: catres chocando con las paredes, grifos llenando cubos, escobones barriendo el suelo de madera, trapos quitando el polvo para la revista del sábado. Grandes gurruños de trapos frotaban en redondo los cristales de las ventanas. Nada más salir, nada más poner el pie en el suelo, creí oír que Grossbart ordenaba a los demás «¡Firmes!». Aunque también puede ser que al verlos ponerse firmes imaginara yo la orden.
Grossbart dio un paso al frente.
—¡Gracias, señor! —dijo.
—Sargento, Grossbart —le recordé. Deja el señor para los oficiales. Yo no soy oficial. Llevas tres semanas en el Ejército, ya deberías saberlo.
Volvió hacia fuera las palmas de las manos, como para indicarme que él y yo estábamos más allá de todas las convenciones.
—Gracias, de todos modos —dijo.
—Sí —dijo un chico, detrás de él. Muchas gracias.
Y el tercero musitó «gracias», pero apenas se le movieron los labios, de modo que sólo en eso modificó su posición de firmes.
—¿Por qué? —pregunté.
Grossbart resopló de contento.
—Por el comunicado. Lo que nos ha comunicado el cabo. Ha servido. Ha dejado todo…
—Más claro —el muchacho alto terminó la frase de Grossbart.
Grossbart sonrió.
—Quiere decir oficial, señor. Público —me dijo. Ahora no parecerá que nos estamos escaqueando, quitándonos de en medio cuando llega la hora de dar el callo.
—Fue una orden del capitán Barrett —dije yo.
—Bueeeno, pero usted ha puesto un poquito de su parte —dijo Grossbart. Y nosotros se lo agradecemos.
Luego se volvió hacia sus compañeros.
—Sargento Marx, quiero presentarle a Larry Fishbein.
El alto dio un paso al frente y me tendió la mano. Yo se la estreché.
—¿Es usted de Nueva York? —me preguntó.
—Sí.
—Yo también.
Tenía un rostro cadavérico, que se hundía hacia dentro desde las mejillas a la mandíbula, y cuando sonreía —como hizo ante la comprobación de nuestro paisanaje— enseñaba una boca de dientes estropeados. Pestañeaba con mucha frecuencia, como tratando de evitar las lágrimas.
—¿De qué parte? —me preguntó.
Yo me dirigí a Grossbart:
—Pasan cinco minutos de las siete. ¿A qué hora son los oficios?
—La shul —dijo él, sonriente— empieza dentro de diez minutos. Quiero presentarle a Mickey Halpern. Mickey, te presento a Nathan Marx, nuestro sargento.
El tercer muchacho dio un brinco hacia delante.
—Soldado Michael Halpern. A sus órdenes —saludó.
—El saludo es para los oficiales, Halpern —dije yo.
El chico bajó la mano y, con los nervios, de paso, comprobó si tenía bien abrochados los bolsillos de la camisa.
—¿Me ocupo yo de conducirlos, señor? —preguntó Grossbart. ¿O viene usted con nosotros?
Desde detrás de Grossbart, Fishbein soltó:
—Luego dan un refrigerio. Las del cuerpo auxiliar femenino de San Luis, según nos dijo el rabino la semana pasada.
—El capellán —musitó Halpern.
—Nos encantaría que viniese con nosotros —dijo Grossbart.
Para no afrontar su petición, aparté la vista y vi, en las ventanas de los cuarteles, una nube de rostros que nos miraban.
—Marchaos cuanto antes, Grossbart —dije.
—Vale, pues —dijo. Se volvió hacia los demás—: Adelante, paso ligero. ¡Mar!
Emprendieron la marcha, pero a los tres o cuatro metros Grossbart dio media vuelta, corriendo de espaldas, y me dijo:
—Buen shabbus[en el original, en yiddish: Sabbat], señor.
Y a continuación se perdieron los tres en las sombras extranjeras del crepúsculo de Misuri.
Cuando ya habían desaparecido por el campo de instrucción, cuyo verde, ahora, se había vuelto de un azul profundo, seguía oyéndose a Grossbart marcar el paso ligero, y según fue oscureciendo, ello me trajo de pronto un recuerdo profundo —como el sesgo de la luz—, y me vinieron a la memoria los ruidos estridentes de un patio de recreo del Bronx donde, años atrás, junto al Grand Concourse había estado jugando durante largas tardes de primavera parecidas a ésta. Era un recuerdo agradable para un hombre joven que tan lejos se hallaba de la paz y de su casa, y trajo consigo tantos otros fragmentos de memoria, que empecé a ponerme extraordinariamente tierno conmigo mismo. De hecho, me permití una ensoñación tan fuerte, que fue como si una mano se me estuviera metiendo en los adentros, hasta el fondo. ¡Mucho tenía que penetrar para emocionarme! Tenía que dejar atrás aquellos días en los bosques de Bélgica, dejar atrás las muertes que me negué a llorar, dejar atrás las noches en esas casas de campo alemanas en que quemamos los libros para calentarnos, dejar atrás periodos interminables en que me mantuve inaccesible a toda debilidad que pudiera sobrevenirme en el contacto con el prójimo y me las apañé incluso para negarme la postura del conquistador: la fanfarronería en que yo, como judío, bien podía haber incurrido mientras mis botas se abrían paso entre los escombros de Wesel, Münster y Braunschweig.
Pero ahora, bastó un ruido nocturno, un rumor de hogar y tiempo pasado, para que mi memoria se zambullera en todo lo que mantenía anestesiado, para alcanzar lo que de pronto recordé ser yo. De modo que no fue totalmente extraño que, en busca de más yo, me diera por seguir los pasos de Grossbart hasta la Capilla n.° 3, donde se celebraban los oficios judíos.
Me senté en el último banco, que estaba vacío. Dos filas más adelante estaban Grossbart, Fishbein y Halpern, cada uno con un pequeño recipiente blanco en la mano. Cada banco estaba situado a un nivel por encima del anterior, de modo que yo dominaba el recinto entero y veía perfectamente lo que ocurría. Fishbein escanciaba el contenido de su recipiente en el de Grossbart, y era de ver la expresión de gozo que ponía Grossbart mirando el arco de color morado que trazaba el líquido entre la mano de Fishbein y la suya. Bajo la deslumbrante luz amarilla, vi al capellán, en la plataforma delantera, entonando la primera línea de la lectura replicada. Grossbart tenía el libro de oraciones en el regazo, sin abrir, y hacía girar el vino en su copa. Sólo Halpern respondía al canto con sus oraciones. Sujetaba el libro con los cinco dedos de la mano muy separados. Llevaba la gorra calada hasta las cejas, haciéndola, así, adquirir una forma redondeada, parecida a la de una kipá. De cuando en cuando, Grossbart se llevaba la copa a los labios. Fishbein, con su largo rostro amarillento convertido en una especie de bombilla agonizante, miraba a diestra y siniestra, estirando el cuello para ver a los que ocupaban el mismo banco que él, y luego a los de delante, y luego a los de detrás. Al verme a mí, los párpados le tocaron retreta. Le dio un codazo a Grossbart, inclinó la cabeza hacia su amigo, le susurró algo y, luego, cuando le tocó turno de réplica a la congregación, la voz de Grossbart se unió a las demás. Fishbein tenía ahora los ojos puestos en su libro, pero no alcanzaba a mover los labios.
Llegó, finalmente, el momento de beber el vino. El capellán les dedicó una sonrisa mientras Grossbart vaciaba su copa de un solo trago, Halpern saboreaba el vino, meditativo, y Fishbein fingía devoción con una copa vacía.
—Esta noche miro nuestra congregación —dijo el capellán, sonriendo con esta última palabra— y veo muchas caras nuevas, y deseo darles la bienvenida a nuestros oficios vespertinos del viernes, aquí en Camp Crowder. Soy el comandante Leo Ben Ezra, vuestro capellán castrense.
Aun siendo norteamericano, el capellán hablaba con verdadera parsimonia, casi silabeando, como con intención de comunicar, sobre todo, con quienes entre los allí presentes supieran leer los labios.
—Sólo voy a deciros unas palabras antes de pasar a la sala contigua, donde las bondadosas damas del Templo de Sinaí, de San Luis, Misuri, os tienen preparado un agradable piscolabis.
Aplausos y silbidos. Tras una nueva sonrisa momentánea, el capellán alzó las manos, con las palmas hacia fuera y levantando rápidamente los ojos al cielo, como para recordar a la tropa en qué lugar se encontraba y Qué Otro podía hallarse entre los congregados. En el súbito silencio que siguió, me pareció oír que Grossbart cacareaba: «¡Qué limpien el suelo los goyim!». ¿Fueron ésas las palabras? No estaba seguro, pero Fishbein, sonrisueño, le dio con el codo a Halpern. Halpern lo miró con cara de tonto y en seguida volvió a su libro de rezos, que venía manteniéndolo ocupado durante toda la charla del rabino. Una mano tiró del pelo crespo y negro que le asomaba por debajo de la gorra. Sus labios se movieron.
Prosiguió el rabino:
—Es de comida de lo que voy a hablaros un momento. Ya sé, ya sé —entonó, fatigosamente— que en vuestras bocas, las de casi todos, la comida trafe[en el original, en yiddish: cualquier alimento que no sea kósher] sabe a ceniza. Sé que a muchos os dan arcadas, y sé cómo sufren vuestros padres ante la idea de que sus hijos estén comiendo alimentos impuros y que ofenden el paladar. ¿Qué puedo deciros? Lo único que puedo deciros es que cerréis los ojos y os lo traguéis. Comed lo necesario para vuestra supervivencia y tirad lo demás. Ya querría yo seros de más ayuda. Permitidme que os diga, a los que pensáis que todo esfuerzo es inútil, que lo intentéis una y otra vez, pero también que vengáis a verme. Si es tal vuestro grado de repulsión, habrá que buscar ayuda en las instancias más elevadas.
Se inició una ronda de cháchara, que en seguida remitió. A continuación, todos cantaron Ain Kelohainu; a pesar de los años transcurridos, resultó que aún recordaba la letra. Luego, de pronto, una vez concluidos los oficios, Grossbart se me plantó al lado.
—¿Instancias más elevadas? ¿Se refiere al general?
—Bah, Shelly —dijo Fishbein—, es a Dios a quien se refiere.
Se dio un cachete en la cara y se quedó mirando a Halpern.
—¡Todo lo alto que se puede llegar!
—Chist —dijo Grossbart. ¿A usted qué le parece, mi sargento?
—No sé —dije. Mejor le preguntas al capellán.
—Eso voy a hacer. Voy a pedirle cita. Y Mickey también.
Halpern dijo que no con la cabeza.
—No, no, Sheldon…
—Estás en tu derecho, Mickey —dijo Grossbart. No podemos permitir que nos mangoneen.
—No pasa nada —dijo Halpern. A quien le molesta la cosa es a mi madre, no a mí.
Grossbart me miró.
—Anoche vomitó. Por el sofrito de carne picada. Era todo jamón, y sabe Dios qué más.
—Fue por el resfriado. Y ya está —dijo Halpern, tras lo cual hizo que la kipá recuperase su condición de gorra militar.
—¿Y tú, Fishbein? —pregunté yo. ¿Tú también quieres kósher?
El interpelado se ruborizó.
—Un poco. Pero lo dejo estar. Tengo un estómago muy fuerte y, de todas formas, tampoco me atiborro de comida.
Yo me quedé mirándolo, y él alzó la muñeca como en refuerzo de lo que acababa de decir; llevaba la correa del reloj en el último agujero, y me lo hizo ver:
—¿Pero los oficios sí que son importantes para ti? —le pregunté.
Miró a Grossbart.
—Desde luego, señor.
—Sargento.
—Cuando está uno en casa el asunto no tiene tanta importancia —dijo Grossbart, interponiéndose entre nosotros—, pero lejos del hogar, así nos confirmamos en nuestro judaísmo.
—Hay que mantenerse unidos —dijo Fishbein.
Inicié el camino hacia la puerta; Halpern se apartó para dejarme paso.
—Eso es lo que pasó en Alemania —decía Grossbart, en voz lo suficientemente alta como para que yo lo oyera. No permanecieron juntos. Dejaron que los mangonearan.
Di media vuelta.
—Mira, Grossbart: esto es el Ejército, no un campamento de verano.
Él sonrió:
—¿Y?
Halpern trató de escabullirse, pero Grossbart lo agarró del brazo.
—¿Qué edad tienes, Grossbart? —le pregunté yo.
—Diecinueve.
—¿Y tú? —le dije a Fishbein.
—Igual. Hasta somos del mismo mes.
—¿Y aquél? —señalé a Halpern, que había conseguido alcanzar la salida.
—Dieciocho —musitó Grossbart. Pero no sabe ni anudarse el cordón de los zapatos, ni lavarse los dientes solo. Me da mucha pena.
—A mí me da mucha pena de todos nosotros, Grossbart —dije yo—, pero compórtate como un hombre. No te pases.
—¿Pasarme en qué, señor?
—Para empezar, no te pases con lo de «señor» —dije.
Lo dejé ahí plantado. Pasé junto a Halpern, que no me miró. Lo siguiente fue encontrarme en el exterior, pero, a mi espalda, oí a Grossbart decir:
—Eh, Mickey, mi leben, vuelve aquí. ¡Hay refrescos!
¡«Leben»! Lo que me llamaba mi abuela.
Estaba yo en mi puesto trabajando, por la mañana, una semana después, cuando el capitán Barrett me pegó un grito y me ordenó que me presentase en su despacho. Cuando entré, tenía el casco tan encajado, que no conseguí verle los ojos. Estaba hablando por teléfono, y al dirigirse a mí tapó el auricular con la mano:
—¿Quién puñetas es Grossbart?
—Del tercer pelotón, mi capitán —dije yo. Un recluta.
—Y ¿qué es todo esto de la comida? Su madre ha llamado por teléfono a un jodido congresista protestando por la comida.
Destapó el auricular y se subió el casco hasta permitir que le viera las pestañas inferiores.
—Sí, señor —dijo al teléfono. Sí, señor. Sigo aquí, señor. En este mismo momento le estoy preguntando a Marx…
Volvió a cubrir el teléfono y volvió la cabeza hacia mí.
—Piesligeros Harry al aparato —dijo, entre dientes. El congresista llama al general Lyman, que llama al coronel Sousa, que llama al comandante, que me llama a mí. Están muriéndose de ganas de cargarme el muerto. ¿Qué es lo que ocurre? —sacudió el teléfono en el aire. ¿No le doy de comer a la tropa? ¿Qué es todo esto?
—Mire, señor, el tal Grossbart es un tío raro…
Barrett recibió esa noticia con una burlona sonrisa de indulgencia. Probé con otro planteamiento:
—Es un judío muy ortodoxo, mi capitán, y sólo puede comer cierto tipo de alimentos.
—El congresista dice que vomita. Cada vez que come algo, dice su madre, lo devuelve.
—Está acostumbrado a seguir las normas en materia de alimentación, mi capitán.
—Y ¿por qué tiene su mamá que llamar a la Casa Blanca?
—Padres judíos, señor. Tienden a proteger a sus hijos más de lo que usted supone. Quiero decir que los judíos tienen una vida familiar muy fuerte. Cuando el chico se marcha de casa, puede ocurrir que la madre se preocupe muchísimo. Lo más probable es que el chico se lo haya mencionado en una carta, y la madre no lo entendió bien.
—Un buen puñetazo en la boca es lo que le daba yo —dijo el capitán. Tenemos una guerra en marcha, y el tipo exige cubertería de plata.
—No creo que se le pueda echar la culpa al chico, señor. Creo que podemos encarrilar el asunto sólo con preguntarle. Los padres judíos se preocupan…
—Todos los padres se preocupan, por el amor de Dios. Pero no se suben a la parra y empiezan a tirar de todas sus relaciones…
Lo interrumpí, en un tono de voz más elevado y más tenso que antes.
—La vida en familia es muy importante, mi capitán. Pero sí, tiene usted razón, hay momentos en que puede salirse de madre. Es una cosa maravillosa, mi capitán, pero precisamente por ser una relación tan estrecha…
No siguió escuchando mi intento de ofrecer una explicación de la carta que me valiera a mí y le valiese también a Piesligeros Harry. Volvió al teléfono:
—¿Señor? —dijo. Marx, aquí presente, me dice que los judíos tienen tendencia a andar enredando. Según él, podemos resolver el asunto aquí mismo, dentro de la propia unidad… Sí, señor… Volveré a llamarlo, señor, en cuanto me sea posible.
Colgó.
—¿Dónde está la tropa, sargento?
—En el campo de tiro, mi capitán.
Tras atizarse un cacharrazo en el casco, volvió a calárselo hasta los ojos y se arrancó bruscamente de su asiento.
—Vamos a dar un paseo —dijo.
El capitán conducía y yo iba a su lado. Era un caluroso día de primavera y, por debajo de mi inmaculado traje de campaña, era como si las axilas estuviesen derritiéndoseme por el pecho y los costados. Los caminos estaban secos, y cuando llegamos al campo de tiro tenía los dientes llenos de arena, a pesar de haber mantenido la boca cerrada durante todo el trayecto. El capitán echó el freno y me dijo que fuera cagando leches a buscar a Grossbart.
Lo encontré bocabajo, disparando como un loco a un blanco que tenía a ciento cincuenta metros. Tras él, esperando turno, estaban Halpern y Fishbein, este último con un par de gafas de montura de acero que no le había visto antes y que le conferían la apariencia de un viejo buhonero que con gusto le habría vendido a cualquiera no sólo su fusil, sino también todas las cananas de munición que le colgaban del cuerpo. Me mantuve aparte, junto a las cajas de cartuchos, mientras Grossbart terminaba de atomizar los blancos distantes. Fishbein se retrasó un poco para quedar a mi lado.
—Hola, sargento Marx —dijo.
—¿Cómo estás? —respondí yo entre dientes.
—Bien, gracias. Sheldon tiene muy buena puntería.
—No me he fijado.
—Yo no soy tan bueno, pero creo que ya empiezo a cogerle el tranquillo. Mire, mi sargento, no es mi intención hacer preguntas inadecuadas…
El chico se detuvo ahí. Estaba tratando de alcanzar cierto grado de intimidad conmigo, pero el ruido de los disparos lo obligaba a gritar.
—¿De qué se trata? —le pregunté.
Al otro extremo del campo de tiro, vi al capitán Barrett de pie en el jeep, recorriendo la fila con la mirada, buscándonos a Grossbart y a mí.
—Mis padres no paran de preguntarme que adónde vamos —dijo Fishbein. Todo el mundo dice que al Pacífico. A mí me da igual, pero mis padres… Si hubiera modo de tranquilizarlos, seguro que podría concentrarme más en las prácticas de tiro.
—No sé adónde, Fishbein. Lo que tienes que hacer es concentrarte.
—Sheldon dice que usted quizá pueda averiguarlo.
—No sé nada de nada, Fishbein. Tómatelo con calma y que Sheldon no…
—Pero si yo me lo tomo con calma, mi sargento. Es en mi casa…
Grossbart había terminado ya y se sacudía el polvo del uniforme de campaña con una sola mano. Le di una voz:
—¡Grossbart! ¡El capitán quiere verte!
Se acercó a nosotros. Le centelleaban los ojos, resplandecientes.
—Hola —dijo.
—No apuntes con el fusil —le dije.
—No voy a pegarle un tiro, mi sargento —me dedicó una sonrisa tamaño calabaza y apartó el cañón.
—Vete al diablo, Grossbart, esto no es un juego. ¡Sígueme!
Eché a andar por delante de él, con la espantosa sensación de que, en pos de mí, Grossbart iba marcando el paso, con el fusil al hombro, como si fuera mi destacamento unipersonal. Una vez en el jeep, saludó al capitán con el arma.
—Soldado Sheldon Grossbart, a sus órdenes, señor.
—Descanse, Grossman.
El capitán se dejó caer hasta quedar instalado en el asiento del jeep y con el dedo índice hizo señal a Grossbart de que se acercara.
—Bart, señor. Sheldon Grossbart. Todo el mundo se equivoca.
Grossbart me hizo un gesto de complicidad con la cabeza: yo lo comprendía. Aparté la mirada en el preciso momento en que el camión del rancho se detenía en el campo de tiro y desembarcaba a media docena de soldados de cocina, con las camisas arremangadas. El sargento la emprendió a voces con ellos, mientras montaban lo necesario para el rancho.
—Grossbart, tu mamá le ha escrito a un congresista diciéndole que no te damos bien de comer. ¿Lo sabías? —dijo el capitán.
—Fue mi padre, señor. Le comunicó por escrito al senador Franconi, que es nuestro representante, que mi religión me impide comer determinados alimentos.
—¿De qué religión hablamos, Grossbart?
—La judía.
—La judía, señor —le dije yo a Grossbart.
—Perdón, señor. La judía, señor.
—¿De qué has vivido hasta ahora? —le preguntó el capitán. Llevas un mes en el Ejército. Y no me parece a mí que te estés cayendo a pedazos.
—Como porque no me queda más remedio, señor. Pero el sargento Marx puede atestiguar que no como un bocado más de lo necesario para mi supervivencia.
—¿Es así, Marx? —me preguntó Barrett.
—Nunca he visto comer a Grossbart, señor —dije.
—Ya oyó usted lo que nos dijo el rabino —dijo Grossbart. Y yo sigo sus instrucciones.
El capitán me miró.
—¿Y bien, Marx?
—Repito que no sé lo que come o deja de comer, señor.
Grossbart alzó las manos como para suplicarme, y por un momento dio la impresión de que me iba a dar el fusil para que se lo sujetara.
—Pero, mi sargento…
—Mira, Grossbart, limítate a contestar a las preguntas del capitán —le dije tajantemente.
Barrett me sonrió, y me sentó fatal.
—Muy bien, Grossbart —dijo—, ¿qué es lo que quieres? ¿Quieres la blanca? ¿Quieres marcharte?
—No, señor. Sólo quiero que se me permita vivir como judío. Y a los demás también.
—¿Quiénes son los demás?
—Fishbein y Halpern, señor.
—O sea que no os gusta el servicio, ¿verdad?
—Halpern vomita, señor. Lo he visto yo.
—Creí que eras tú el que vomitaba.
—A mí sólo me ha ocurrido una vez, señor. Me comí una salchicha sin darme cuenta de lo que era.
—Vamos a preparar menús, Grossbart. Os pondremos documentales, para que aprendáis a identificar lo que os damos para envenenaros.
Grossbart no respondió. La tropa, en fila de a dos, estaba formada para el rancho. Al final de una de las filas localicé a Fishbein, o más bien sus gafas me localizaron a mí. Me devolvieron un guiño de sol. A su lado estaba Halpern, pasándose un pañuelo caqui por el interior del cuello de la camisa. Avanzaban con la cola, acercándose ya a los pucheros. El sargento de cocina seguía gritándoles a sus muchachos. Por un momento, quedé literalmente aterrorizado ante la idea de que el sargento de cocina fuera a verse involucrado en el problema de Grossbart.
—Marx —dijo el capitán—, tú eres judío, ¿verdad?
Jugué a ser un hombre franco y directo:
—Sí, señor.
—¿Cuánto tiempo llevas en el Ejército? Díselo a este chico.
—Tres años y dos meses.
—Un año en primera línea, Grossbart. Doce putos meses en primera línea por toda Europa. Admiro a este hombre.
El capitán me dio un golpecito en el pecho con el interior de la muñeca.
—¿Le has oído decir ni pío sobre la comida? ¿Le has oído? Quiero una respuesta, Grossbart. Sí o no.
—No, señor.
—Y ¿por qué no? ¿No hemos quedado en que es judío?
—Hay cosas que les importan más a unos judíos que a otros.
Barrett explotó.
—Mira, Grossbart. Marx, aquí presente, es un buen hombre; un puñetero héroe. Cuando tú aún estabas en el instituto, él ya andaba por ahí matando alemanes. ¿Quién hace más por los judíos: tú, devolviendo por un miserable pedacito de salchicha, por un trocito de carne de primera, o Marx, matando a todos esos nazis hijos de puta? Yo, si fuera judío, iría besando por donde pisa este hombre, Grossbart. Es un puñetero héroe, y se come sin rechistar todo lo que le ponemos delante. Y lo que yo quiero saber es por qué tienes tú que venirnos con pegas. ¿Qué es lo que te estás trabajando? ¿La licencia?
—No, señor.
—¡Es como hablar con una pared! Quítemelo de delante, sargento —Barrett se instaló de nuevo en el asiento del conductor. Voy a ver al capellán.
Rugió el motor, el jeep dio media vuelta en un remolino de polvo y, con él, el capitán emprendió el viaje de regreso al campamento.
Grossbart y yo permanecimos un momento codo con codo, mirando cómo se alejaba el jeep. Luego, me miró y me dijo:
—No quiero crear problemas. Eso precisamente es lo primero que nos echan en cara.
Mientras hablaba, observé que tenía unos dientes blancos y rectos, y ello me hizo comprender, de pronto, que Grossbart tenía padres, que de verdad tenía padres —que alguien, alguna vez, lo había llevado al dentista, y que el hijo de ese alguien era Sheldon. Por mucho que hablara y dijese de sus padres, resultaba difícil creer en la existencia del Grossbart niño y heredero, del Grossbart unido a alguien por vínculos de sangre, a un padre, a una madre o, menos que a nadie, a mí. Este descubrimiento me llevó al siguiente:
—¿A qué se dedica tu padre, Grossbart? —le pregunté, cuando echábamos a andar hacia la cola del rancho.
—Es sastre.
—¿Es norteamericano?
—Ahora sí. Tiene un hijo en el Ejército —dijo, en tono de broma.
—¿Y tu madre? —le pregunté.
Me guiñó un ojo.
—Ballabusta[en el original, en yiddish: ama de casa]... Puede decirse que duerme con el trapo del polvo en la mano.
—¿También ella es inmigrante?
—A estas alturas, aún no habla más que yiddish.
—¿Y tu padre, lo mismo?
—Chamulla un poco el inglés. «Lavado», «planchado», «meter pantalones». Hasta ahí llega. Pero son muy buenos conmigo.
—Entonces, Grossbart…
Alargué el brazo e hice que se detuviera. Él se volvió hacia mí, y cuando se encontraron nuestros ojos, los suyos dieron la impresión de estremecerse dentro de las cuencas.
—Entonces, Grossbart, eres tú quien escribió esa carta, ¿verdad?
La felicidad tardó un par de segundos en resplandecer de nuevo en sus ojos.
—Sí.
Siguió caminando, y yo con él.
—Es lo que mi padre habría escrito si hubiera sabido escribir. Pero, eso sí, era su nombre. Él firmó. Incluso echó la carta al correo. Se la mandé desde aquí, para que llevara matasellos de Nueva York.
Yo estaba atónito, y Grossbart se dio cuenta. Con absoluta seriedad, me puso delante el brazo derecho:
—La sangre es la sangre, mi sargento —dijo, pellizcándose la vena azul de la muñeca.
—¿Qué diablos pretendes, Grossbart? —le pregunté. Te he visto comer. ¿Lo sabes? Le he dicho al capitán que no sé lo que comes, pero te he visto devorar el rancho como un auténtico lobo.
—Aquí se trabaja duro, mi sargento. Estamos en periodo de instrucción. Hay que echar leña al horno.
—¿Por qué dices en la carta que te pasas el día vomitando?
—Ahí era a Mickey a quien me refería. Hablaba en su nombre. Él nunca escribiría, y mire que se lo he pedido. En los puros huesos, se habría quedado ya, sin mi ayuda. Mire, mi sargento, he utilizado mi nombre, que es el de mi padre, pero la carta también vale para Mickey y para Fishbein.
—Estás hecho un auténtico mesías, vaya.
Ya estábamos en la cola del rancho.
—Muy bueno, mi sargento —dijo, sonriente. Pero ¿quién sabe? ¿Quién puede decirlo? A lo mejor, resulta que el auténtico mesías es usted. Lo que dice Mickey, que el mesías es una noción colectiva. Mickey fue una temporada a la yesibá [en el original, en yiddish: escuela o academia de estudios rabínicos]. Lo que él dice es que el mesías somos todos a una. Un poquito yo, otro poquito usted. Tendría usted que oír a ese chico hablando, mi sargento, cuando se pone.
—Un poquito yo, otro poquito usted —dije yo. Te encantaría creerlo, ¿verdad, Grossbart? Así te resultaría todo clarísimo.
—No parece que sea algo muy malo de creer, mi sargento. A fin de cuentas, lo único que quiere decir es que todos tenemos que aportar un poco.
Me fui a comer el rancho con los demás suboficiales.
Dos días después vino a aterrizar en mi mesa una carta dirigida al capitán Barrett. Había seguido la cadena de mando: del despacho del congresista Franconi, a quien iba dirigida, al general Lyman, al coronel Sousa, al comandante Lamont y ahora al capitán Barrett. La leí dos veces. Llevaba fecha de 14 de mayo, que era el día en que Barrett habló con Grossbart en el campo de tiro.
Apreciado congresista:
En primer lugar, permítame agradecerle el interés que ha puesto usted en mi hijo, el soldado Sheldon Grossbart. Afortunadamente, pude hablar por teléfono con él, el otro día, y me parece que he podido resolver nuestro problema. Como ya le dije en mi carta anterior, Sheldon es un chico muy religioso, y me costó mucho trabajo convencerlo de que lo más religioso, en este caso —lo que el propio Dios quería que mi hijo hiciese—, era padecer la angustia de la contrición religiosa por el bien de este país y de la humanidad entera. Me costó lo suyo, congresista, pero Sheldon acabó viendo la luz. De hecho, lo que dijo (anoté sus palabras en un papel, para no olvidarlas nunca), lo que dijo fue: «Creo que tienes razón, papá. Son tantos los millones de camaradas judíos que han dado su vida combatiendo, que lo menos que puedo hacer es vivir una temporada con disminuido rigor los preceptos de mi fe, para así acabar cuanto antes con esta guerra y devolver la dignidad y la condición humana a todos los hijos del Señor». Unas palabras, congresista, de las que cualquier padre se sentiría orgulloso.
Por cierto que mi hijo quiso comunicarme —para que yo se lo comunicara a usted— el nombre del militar que tanto contribuyó a que él tomase esta decisión: el SARGENTO NATHAN MARX. El sargento Marx es un veterano del frente a cuyas órdenes está ahora Sheldon. Este hombre ha ayudado a Sheldon a superar los primeros obstáculos que se alzaron ante él al entrar en el Ejército, y, en parte, es responsable de que Sheldon haya cambiado de opinión en lo tocante a los preceptos alimenticios. A Sheldon, me consta, le encantará que el sargento Marx vea reconocida su tarea.
Gracias y buena suerte. Espero ver su nombre en las listas, cuando lleguen las próximas elecciones.
Respetuosamente,
Samuel E. Grossbart
Adjunto a la carta de Grossbart iba un comunicado dirigido al general Marshall Lyman, comandante del puesto, y firmado por el congresista Charles E. Franconi, de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. En el comunicado se ponía en conocimiento del general Lyman que el sargento Nathan Marx era motivo de orgullo para el Ejército de Estados Unidos y para el pueblo judío.
¿Por qué se había retractado Grossbart? ¿Creyó haber ido demasiado lejos? ¿Era aquella carta una retirada estratégica, un hábil intento de fortalecer lo que él consideraba su alianza conmigo? ¿O de veras había cambiado de opinión, por acción de un diálogo imaginario entre Grossbart père y Grossbart fils? No lo tenía yo del todo claro, pero la perplejidad sólo me duró unos días, esto es: hasta que me di cuenta de que, fueran cuales fueran sus razones, el hecho era que había decidido desaparecer de mi vida: a partir de entonces, se avendría a ser un recluta más entre los reclutas. Lo vi al pasar lista, pero no pestañeó; en el rancho, pero jamás dio señal de percibir mi presencia. Los domingos se sentaba con los demás reclutas a ver a los suboficiales jugar al softball, conmigo haciendo de lanzador, pero jamás me dirigió una palabra que no fuera indispensable. También Fishbein y Halpern se retiraron —por orden de Grossbart, estoy seguro. Aparentemente, había comprendido que lo más sensato era volver la espalda antes de incurrir en la indignidad del privilegio inmerecido. Nuestro distanciamiento me permitió perdonarle los anteriores contactos e incluso terminar admirándolo por su buen sentido.
Entretanto, liberado de Grossbart, me fui acostumbrando a mi puesto y a mis tareas administrativas. Un día me subí a una báscula y descubrí que ya era un auténtico hombre de retaguardia: había engordado más de tres kilos. Hallé paciencia para pasar de las tres primeras páginas de un libro. Pensaba cada vez más en el futuro, y escribía cartas a chicas que había conocido antes de la guerra. Hubo incluso alguna que me contestó. Escribí a la Universidad de Columbia solicitando el programa de la facultad de Derecho. Seguí al tanto de la guerra del Pacífico, pero ya no era mi guerra. Me pareció que ya se vislumbraba el final, y a veces, por la noche, en sueños, me veía caminando por las calles de Manhattan —Broadway, la Tercera Avenida, la calle 116, donde viví durante los tres años que pasé estudiando en Columbia. Me fui envolviendo en esos sueños y empecé a ser feliz.
Y entonces, un domingo, en ausencia de todo el mundo, estando yo en mi puesto de trabajo, leyendo un Sporting News con más de un mes de retraso, Grossbart volvió a aparecer.
—¿Le gusta a usted el béisbol, mi sargento?
Levanté la cabeza.
—¿Cómo estás?
—Bien —dijo Grossbart. Están haciendo de mí un auténtico soldado.
—¿Qué tal les va a Fishbein y Halpern?
—Van tirando —dijo él. Esta tarde no tenemos instrucción. Se han ido al cine.
—Y ¿cómo es que tú no te has ido con ellos?
—Tenía ganas de pasar a saludarlo a usted.
Sonrió: una sonrisa de chico normal, como si ambos supiéramos muy bien que nuestra amistad se nutría de visitas inesperadas, cumpleaños recordados, cortacéspedes prestados. Al principio me ofendí, pero en seguida se me pasó tal sensación, superada por la incomodidad general que me producía la idea de que todos los demás del campamento estaban encerrados en un oscuro cine, mientras yo permanecía allí con Grossbart. Cerré el periódico.
—Mi sargento —dijo él—, quiero pedirle un favor. Se lo digo sin ambages: un favor.
Hizo un alto, para permitirme el rechazo de entrada, sin escucharlo; con lo cual, claro está, me obligó a comportarme con una amabilidad que no entraba en mis previsiones.
—Adelante.
—Bueno, de hecho son dos favores.
No dije nada.
—El primero es por los rumores esos que corren. Todo el mundo dice que nos mandan al Pacífico.
—Como ya le dije a tu amigo Fishbein, no lo sé —dije. Tendrás que esperar para enterarte. Como todos los demás.
—Según usted, ¿hay alguna posibilidad de que a algunos nos manden al este?
—¿A Alemania? —dije. Puede ser.
—Quiero decir Nueva York.
—No lo creo, Grossbart. A priori.
—Gracias por la información, mi sargento —dijo él.
—No es ninguna información, Grossbart. Mera conjetura.
—Sería estupendo estar cerca de casa, desde luego. Por mis padres, ya sabe usted…
Dio un paso en dirección a la salida y de inmediato lo deshizo.
—Ah, lo otro. ¿Puedo pedirle el otro favor?
—¿De qué se trata?
—Lo otro es… Bueno, tengo familia en San Luis, y me ofrecen una cena de pascua de esas de no te menees, si voy a verlos. Dios, mi sargento, es algo que significaría muchísimo para mí.
Me puse en pie.
—No hay permisos durante la instrucción básica, Grossbart.
—Pero si estamos libres todos de aquí al lunes por la mañana, mi sargento. Nadie se daría cuenta, si abandonara el campamento.
—Yo me daría cuenta. Y tú también.
—Pero nadie más. Sólo nosotros dos. Anoche llamé por teléfono a mi tía, y tendría usted que haberla oído. «Vente, vente», me decía, «tenemos pescado relleno chrain[en el original, en yiddish: rábano picante]... ¡De todo!». Sólo un día, mi sargento. Yo asumo la responsabilidad, si pasa algo.
—El capitán tiene que firmar los pases, y no está.
—Puede usted firmarlo.
—Mira, Grossbart…
—Mi sargento, llevo dos meses comiendo trafe sin rechistar, hasta la muerte.
—Creí que habías comprendido que no te quedaba otro remedio. Vivir una temporada con disminuido rigor los preceptos de tu fe.
Me señaló con el dedo.
—¡Oiga! —exclamó. ¡Eso no tenía que haberlo leído usted!
—Pues lo leí. ¿Y qué?
—La carta iba dirigida a un miembro del Congreso de Estados Unidos.
—No me vengas a mí con camelos, Grossbart. Bien querías tú que la leyese.
—¿Por qué me persigue usted, mi sargento?
—¿Es una broma?
—Ya he pasado por esto antes —dijo él—, pero no con mi propia gente.
—¡Sal de aquí, Grossbart! ¡Quítate de mi vista y vete al infierno!
No se movió.
—¡Le da vergüenza, eso es lo que le pasa a usted! —dijo. Y la paga con nosotros. Dicen que Hitler era medio judío. Oyéndolo a usted, me lo creo.
—¿Qué pretendes de mí, Grossbart? —le pregunté. ¿Qué andas buscando? Quieres que te conceda privilegios especiales, que te cambie la comida, que averigüe adónde van a destinarte, que te dé pases de fin de semana.
—¡Hasta habla usted igual que los goyim! —Grossbart me mostraba el puño. ¿No es más que un pase de fin de semana lo que le estoy pidiendo? ¿Es sagrado el Seder o no es sagrado el Seder?
¡Seder! De pronto me di cuenta de que ya habían pasado semanas desde la celebración de la pascua judía. Se lo dije.
—Muy bien —dijo él. ¿Quién lo niega? Hace un mes. Y yo, aquí, comiendo picadillo. Y ahora lo único que estoy haciendo es pedirle un pequeño favor. Pensé que un judío como usted lo comprendería. Mi tía está dispuesta a saltarse las reglas, a prepararme una cena de Seder con un mes de retraso…
Se dio media vuelta para marcharse, mascullando algo.
—¡Vuelve aquí! —le grité. Se detuvo y me miró. Grossbart, ¿por qué no puedes comportarte como todo el mundo? ¿Por qué tienes que ser una chinche en costura?
—Porque soy judío, mi sargento. Soy diferente. No mejor, quizá. Pero sí diferente.
—Esto es una guerra, Grossbart. Por el momento, conténtate con ser como todo el mundo.
—Me niego.
—¿Qué?
—Me niego. No puedo dejar de ser yo, eso es lo que hay.
Se le saltaron las lágrimas.
—Es muy difícil ser judío. Pero ahora comprendo lo que dice Mickey: más difícil todavía es seguir siéndolo —alzó una mano para señalarme, con tristeza. No hay más que verlo a usted.
—¡Deja de llorar!
—¡Deja de esto, deja de aquello, deja de lo otro! Deje usted, mi sargento. ¡Deje de cerrar su corazón a su propia gente!
Y, enjugándose los ojos con la manga de la camisa, tomó corriendo la salida.
—¡Lo menos que podemos hacer los unos por los otros! ¡Es lo menos!
Una hora más tarde, por la ventana, vi a Grossbart cruzando el campo de instrucción. Llevaba el pantalón de uniforme y una bolsita de cuero muy pizpireta. Salí al calor del día. Todo estaba tranquilo: no se veía un alma, salvo, en cocinas, cuatro reclutas sentados en torno a una cacerola, doblados hacia delante, pelando patatas al sol, parloteando sin parar.
—¡Grossbart! —grité.
Él me miró y siguió caminando.
—¡Grossbart! ¡Ven aquí ahora mismo!
Dio media vuelta y se acercó a mí, cruzando el campo. Se me plantó delante.
—¿Dónde vas? —le pregunté.
—A San Luis. Me da igual todo.
—Te cogerán sin pase.
—Pues me cogerán sin pase.
—Irás al calabozo.
—Ya estoy en el calabozo.
Dio media vuelta y se alejó.
No le dejé que diese más allá de dos o tres pasos.
—Vuelve aquí —le dije, y me siguió a la oficina, donde yo mismo escribí a máquina su pase y lo firmé con el nombre del capitán, con mis iniciales debajo.
Cogió el pase y luego, un momento más tarde, alargó el brazo y me asió de la mano.
—No sabe usted cuánto significa esto para mí, mi sargento.
—Vale —le dije. No te metas en líos.
—Ojalá pudiera hacerle ver lo que esto significa para mí.
—No me hagas favores. No le escribas a ningún congresista para que luego me cite.
Sonrió.
—Tiene usted razón. No le escribiré a nadie. Pero deje que haga algo por usted.
—Tráeme un poco de ese pescado relleno. Y lárgate.
—¡Por supuesto! —dijo. Con una rodaja de zanahoria y un poco de rábano picante. No me olvidaré.
—Muy bien. Enseña el pase a la salida. ¡Y no se lo cuentes a nadie!
—No se lo contaré a nadie. Es un poco tarde, pero le deseo un buen Yom Tov[fiesta, festejo, «día bueno»].
—Buen Yom Tov, Grossbart —dije yo.
—Es usted un buen judío, mi sargento. Anda usted por ahí presumiendo de duro, pero en el fondo es una buena persona. Lo digo como lo pienso.
Estas últimas palabras me causaron mucho más efecto del que se suponía que podía causarme cualquier palabra salida de boca de Grossbart.
—Muy bien, Grossbart —dije—. Ahora llámame «señor» y lárgate de aquí de una puta vez.
Salió por la puerta, corriendo, y desapareció. Quedé muy contento de mí mismo: era un grandísimo alivio dejar de pelear con Grossbart, y no me había costado nada. Barrett nunca se enteraría y, en caso de que se enterara, ya me inventaría alguna excusa. Estuve un rato sentado a mi mesa, disfrutando de mi decisión. Luego se abrió la puerta mosquitera y volvió a entrar Grossbart.
—¡Mi sargento! —dijo.
Detrás de él vi a Fishbein y Halpern, ambos en uniforme de paseo y ambos con bolsitas de cuero igual de pizpiretas que la de Grossbart.
—Mi sargento, he pillado a Mickey y a Larry saliendo del cine. Casi se me escapan.
—¿Qué te dije, Grossbart? ¿No te dije que no se lo contaras a nadie?
—Pero es que mi tía me dijo que llevara amigos. Que no dejara de llevarlos, me dijo.
—Soy tu sargento, Grossbart, ¡no tu tía!
Grossbart me miró con incredulidad. Hizo que Halpern se aproximara, tirándole de la manga:
—Mickey, explícale al sargento lo que esto significaría para ti.
Halpern se me quedó mirando y, al cabo de un instante, encogiéndose de hombros, dijo:
—Mucho.
Fishbein dio un paso adelante sin necesidad de que nadie lo animara a ello.
—Significaría muchísimo para mí y para mis padres, sargento Marx.
—¡No! —grité.
Grossbart meneaba la cabeza.
—Puedo comprender que me diga a mí que no, mi sargento, pero que se lo niegue a Mickey, que es alumno de una yesibá, no me entra en la cabeza.
—No le estoy negando nada a Mickey —dije yo. Acabas de pasarte un pelo, Grossbart. Eres tú quien se lo ha negado.
—Entonces, le doy mi pase —dijo Grossbart. Le daré la dirección de mi tía y le escribiré una nota. Deje por lo menos que se vaya él.
No había pasado un segundo cuando ya había embuchado el pase en un bolsillo del pantalón de Halpern. Éste se me quedó mirando, y Fishbein también. Grossbart estaba en la puerta y la mantenía abierta.
—Haz el favor, Mickey, por lo menos tráeme un poco de pescado relleno —dijo, y volvió a plantarse fuera.
Los otros tres nos miramos, y yo acabé diciendo:
—Halpern, dame ese pase.
Se lo sacó del bolsillo y me lo dio. Fishbein se había desplazado hasta la puerta, pero una vez allí se hacía el remolón. Permaneció un momento con la boca ligeramente abierta, y luego se señaló:
—¿Y yo? —preguntó.
Era tan ridículo, lo suyo, que me sentí exhausto. Me dejé caer en mi asiento, sintiendo que el corazón me latía al fondo de los ojos.
—Fishbein —dije—, eres consciente de que no te estoy negando nada, ¿verdad? Si el Ejército fuera mío, incluiría el pescado relleno en el rancho. Y vendería kugel[en el original, en yiddish: un tipo de pudin] en el economato. Por Dios bendito que lo haría.
Halpern sonrió.
—Lo comprendes, ¿verdad, Halpern?
—Sí, mi sargento.
—¿Y tú, Fishbein? No quiero hacerme enemigos. Me pasa lo mismo que a vosotros: quiero terminar el servicio militar y volverme a casa. Echo de menos las mismas cosas que vosotros.
—Entonces, mi sargento —dijo Fishbein—, ¿por qué no se viene?
—¿Adónde?
—A San Luis. A casa de la tía de Shelly. Nos dan un Seder como Dios manda. Jugamos al matzoh[en el original, en yiddish: pan sin levadura que se come en Pascua] escondido.
Me ofreció una sonrisa ancha, de dientes negros.
Volví a ver a Grossbart, al otro lado de la mosquitera.
—¡Eh! —agitaba un trozo de papel en el aire. Aquí tienes la dirección, Mickey. Dile que yo no he podido ir.
Halpern no se movió. Se quedó mirándome, y vi que el encogimiento de hombros le iba subiendo por los brazos. Quité la tapa de la máquina de escribir y mecanografié sendos pases para Halpern y Fishbein.
—Marchaos —dije. Los tres.
Creí que Halpern iba a besarme la mano.
Aquella misma tarde estaba tomándome una cerveza en un bar de Joplin, oyendo el partido de los Cardinals de San Luis, sin prestar mucha atención al locutor. Traté de analizar con precisión el asunto en que me había visto involucrado, y me planteé la posibilidad de que tal vez mi lucha con Grossbart fuera tan culpa suya como mía. ¿Quién era yo para refrenar de ese modo la generosidad de mis sentimientos? ¿Quién era yo para sentirme tan rencoroso, para comportarme con tanta dureza? A fin de cuentas, tampoco era la caraba, lo que se me pedía. ¿Tenía yo derecho, pues, o motivo, para poner freno a Grossbart, sabiendo que ello implicaba ponerle freno también a Halpern? Y a Fishbein, esa alma cándida, tan desagradable de ver. Entre los muchos recuerdos de mi infancia que se me vinieron encima durante aquellos días, había una frase de mi abuela: «¿Ya estás otra vez montando un tsimmes?[en el original, en yiddish: compota de zanahoria; montar un tsimmes equivale a hacer una montaña de un grano de arena]». Era lo que le preguntaba a mi madre, por ejemplo, cuando yo me había cortado haciendo algo y su hija procedía a echarme una tremenda bronca. Lo que yo necesitaba era un poco de mimo, y mi madre se ponía a corregir mis costumbres. Pero mi abuela sabía que la compasión debe imponerse a la justicia. Yo también debería saberlo. ¿Quién era Nathan Marx para repartir su bondad con semejante tacañería? Pensé que ni el propio mesías —si alguna vez viniera— pondría tantos inconvenientes al otorgar favores. Lo suyo sería dar abrazos y besos. Si Dios quiere.
Al día siguiente, mientras jugaba al softball en el campo de instrucción, decidí preguntarle a Bob Wright, suboficial encargado de Clasificación y Destinos, adonde pensaba él que enviarían a nuestros reclutas cuando terminaran el periodo de instrucción, dentro de dos semanas. Se lo pregunté como sin darle importancia, entre dos entradas, y él me dijo:
—Los mandan a todos al Pacífico. Shulman, el otro día, pudo ver la orden en que el mando dispone el destino de tus chicos.
La noticia me dejó conmocionado, como si yo hubiera sido el padre de Halpern, Fishbein y Grossbart.
Estaba ya a punto de dormirme, aquella noche, cuando alguien llamó a mi puerta.
—¿Quién es? —pregunté.
—Sheldon.
Abrió la puerta y entró. Por un momento, percibí su presencia sin alcanzar a verlo.
—¿Qué tal fue la cosa? —le pregunté.
Se hizo visible en la penumbra, frente a mí.
—Estupendamente, mi sargento.
A continuación se sentó en el borde de la cama. Yo me incorporé.
—Y ¿qué tal usted? —me preguntó—. ¿Ha pasado un buen fin de semana?
—Sí.
—Los demás se han ido a dormir.
Lanzó un profundo suspiro paternal. Permanecimos un rato en silencio, y una sensación de hogar se apoderó de mi feo cubículo; la puerta estaba cerrada, el gato, fuera; los niños, en la cama, sanos y salvos.
—Mi sargento, ¿puedo decirle algo personal?
No le contesté, y él dio la impresión de comprender por qué.
—No es sobre mí. Sobre Mickey. Mi sargento, nunca he sentido por nadie lo que siento por él. Anoche lo oí en la cama, cerca de mí. Estaba llorando de un modo que le partía a uno el corazón. Auténticos sollozos.
—Lo siento.
—Tuve que hablar con él para que parase. Se agarró a mi mano, mi sargento, no me la soltaba. Estaba casi histérico. No hacía más que decir que ojalá supiera adonde nos mandan, que aunque fuera al Pacífico, que ya sería mejor que nada. Saberlo.
Mucho tiempo atrás, alguien le había enseñado a Grossbart la lamentable regla de que sólo mintiendo se saca la verdad. No es que no me tragara lo del llanto de Halpern: el muchacho siempre tenía los ojos enrojecidos. Pero, fuera ello cierto o incierto, se trocó en mentira tan pronto como Grossbart lo expresó. Grossbart era pura estrategia. Pero, claro —y esta idea se me presentó como una revelación—, lo mismo me pasaba a mí. Hay estrategias de ataque y también hay estrategias de retirada. De modo que, reconociendo que yo tampoco había actuado sin trampa ni cartón, le dije lo que sabía.
—Es el Pacífico.
Se le escapó un grito ahogado, nada artificial, esta vez.
—Se lo diré a Halpern. Ojalá fuera otro sitio.
—Sí, ojalá.
Se agarró a mis palabras.
—¿Quiere usted decir que puede hacer algo? ¿Un cambio, quizá?
—No, no puedo hacer nada.
—¿No conoce usted a nadie en Clasificación y Destinos?
—Grossbart, no hay nada que yo pueda hacer —dije. Si la orden es que vais al Pacífico, al Pacífico iréis.
—Pero es que Mickey…
—Mickey, tú, yo, todo el mundo, Grossbart. No hay nada que hacer. Con suerte, a lo mejor se acaba la guerra antes de que os toque. Reza para que suceda un milagro.
—Pero…
—Buenas noches, Grossbart.
Me volví a echar y noté, con alivio, que los muelles del somier recuperaban su posición al levantarse Grossbart para marcharse. Ahora lo veía con claridad: se había quedado con la mandíbula colgando y parecía grogui, como un boxeador. En ese momento vi que llevaba una bolsa de papel en la mano.
—Grossbart —sonreí—, ¿es un regalo para mí?
—Ah, sí, mi sargento. Tenga, de parte de todos —me tendió la bolsa. Son rollitos de primavera.
—¿Rollitos de primavera?
Cogí la bolsa y noté una zona de humedad grasienta en la parte de abajo. La abrí, convencido de que Grossbart me estaba gastando una broma.
—Pensamos que seguramente le gustaría. Es comida china. Pensamos que sería de su gusto…
—¿Tu tía os puso rollitos de primavera?
—No estaba en casa.
—Te había invitado, Grossbart. Me dijiste que os había invitado a ti y a tus amigos.
—Ya lo sé —dijo. Acabo de releer la carta. Era para la semana que viene.
Salté de la cama y me aproximé a la ventana.
—Grossbart —dije, pero no estaba llamándolo.
—¿Qué?
—¿Qué eres tú, Grossbart? Por Dios te pido que me digas la verdad.
Creo que fue la primera vez que le hice una pregunta para la que no tenía respuesta inmediata.
—¿Cómo puedes portarte así con los demás? —continué.
—Mi sargento, este día libre nos ha venido maravillosamente a todos. Tendría que haber visto a Fishbein. Le encanta la comida china.
—¿Y el Seder? —dije yo.
—Nos conformamos con lo segundo que más nos gustaba, mi sargento.
La rabia me tomaba al asalto. No la evité:
—¡Eres un embustero, Grossbart! —dije. Un embaucador y un sinvergüenza. No tienes respeto por nada. Por nada en absoluto. Ni por mí, ni por la verdad, ni siquiera por el pobre Halpern… Nos estás utilizando a todos…
—Mi sargento, mi sargento, yo quiero mucho a Mickey. Pongo a Dios por testigo, le quiero mucho. Lo que intento…
—¡Lo que intentas! ¡Tus sentimientos!
Fui hacia él, trastabillándome, y lo agarré por la pechera de la camisa. Lo zarandeé con furia.
—¡Fuera de aquí, Grossbart! ¡Fuera de aquí y no vuelvas a acercárteme! Porque si te pongo la vista encima, voy a hacerte la vida imposible. ¿Comprendes lo que te digo?
—Sí.
Lo solté; y cuando salió de mi cuarto me vinieron ganas de escupir donde él había pisado. No lograba controlar mi furia. Me tenía inundado, me poseía por completo, daba la impresión de que sólo echándome a llorar o incurriendo en algún acto de violencia lograría librarme de ella. En un arrebato, cogí de la cama la bolsa que Grossbart me acababa de regalar y, con todas mis fuerzas, la tiré por la ventana. Y a la mañana siguiente, cuando los reclutas patrullaban la zona de alrededor de los cuarteles, oí gritar a uno de ellos, que no esperaba del registro sino colillas y fundas de caramelo:
—¡Rollitos chinos! —gritó. ¡Me cago en diez, puñeteros rollitos chinos!
Una semana después, cuando me llegó la orden procedente de Clasificación y Destinos, no pude creer lo que veían mis ojos. Todos los reclutas embarcarían con destino a Camp Stoneman, California, para desde allí ser trasladados al Pacífico; todos los reclutas, menos uno: el soldado Sheldon Grossbart. A él lo enviaban a Fort Monmouth, Nueva Jersey. Miré la copia mimeografiada un montón de veces. Dee, Farrell, Fishbein, Fuselli, Fylypowycz, Glinicki, Gromke, Gucwa, Halpern, Hardy, Helebrandt, y así sucesivamente, hasta Anton Zygadlo. Todos partirían rumbo al oeste antes de que terminara el mes. Todos menos Grossbart. Había conseguido un enchufe, y no precisamente mío.
Agarré el teléfono y llamé a Clasificación y Destinos. Al otro lado del hilo, una voz dijo con mucha decisión:
—Cabo Shulman, señor.
—Ponme con el sargento Wright.
—¿De parte de quién, señor?
—Soy el sargento Marx.
Y, para sorpresa mía, la voz dijo «¡oh!» y, en seguida:
—Un minuto, por favor, mi sargento.
El «¡oh!» de Shulman se me quedó en la cabeza mientras esperaba que Wright acudiese. ¿Por qué «oh»? ¿Quién era Shulman? Y en ese momento, con toda sencillez, creí haber descubierto el enchufe de Grossbart. De hecho, me lo imaginaba perfectamente, a Grossbart, el día en que hubiese descubierto a Shulman en el economato, o en la bolera, o puede incluso que en las letrinas. «Me alegro de conocerte. ¿De dónde eres? ¿Del Bronx? Lo mismo que yo. ¿Conoces a Fulanito? ¿Conoces a Menganito? ¡Yo también! Ah, ¿trabajas en Clasificación y Destinos? ¿De veras? Oye, ¿qué posibilidades hay de ir al este? ¿Podrías hacer algo? ¿Cambiar algo? ¿Fraude, trampa, falsedad? Tenemos que ayudarnos entre nosotros, sabes. Si los judíos de Alemania…».
Bob Wright se puso al teléfono.
—¿Cómo estás, Nate? ¿Cómo va ese brazo de bateador?
—Bien, bien. Bob, me gustaría saber si puedes hacerme un favor.
Oí claramente mis palabras, y me recordaron de tal modo a Grossbart, que pude llevar adelante con más facilidad lo que tenía planeado.
—Te va a parecer una locura, Bob, pero tengo aquí un chico a quien han destinado a Monmouth y quiere cambiarlo. Le mataron a un hermano en Europa, y se considera obligado a ir al Pacífico. Dice que se sentiría un verdadero cobarde, si se mantuviese aparte. No sé, Bob, ¿hay algo que pueda hacerse? ¿Quizá enviar a algún otro a Monmouth?
—¿A quién? —preguntó él, con precaución.
—A cualquiera. Al primero por orden alfabético. Me da igual. El chico me ha estado preguntando si puede hacerse algo.
—¿Cómo se llama?
—Grossbart, Sheldon.
Wright no contestó.
—Sí —dije yo. Como es judío, me pareció que podía echarle una mano.
—Creo que puedo hacer algo —dijo Wright al fin. El comandante lleva semanas sin aparecer por aquí. Deben de haberlo enviado en misión especial al campo de golf. Lo intentaré, Nate, es lo único que puedo decirte.
—Te lo agradecería mucho, Bob. Nos vemos el domingo.
Y colgué, sudando.
Al día siguiente apareció la orden, corregida: Fishbein, Fuselli, Fylypowycz, Glinicki, Gromke, Grossbart, Gucwa, Halpern, Hardy… El muy afortunado soldado Harley Alton iría a Fort Monmouth, Nueva Jersey, donde, por alguna razón, querían un soldado que hubiera hecho el periodo de instrucción en infantería.
Aquella noche, después del rancho, me pasé por oficinas para confirmar los turnos de guardia. Grossbart me estaba esperando. Fue el primero en hablar.
—¡Hijo de puta!
Me senté a mi mesa y, mientras él me fulminaba con la mirada, me puse a introducir los cambios necesarios en el turno de guardia.
—¿Qué tiene usted contra mí? —gritó. ¿Y contra mi familia? Se moriría usted si me viera cerca de mi padre. Dios sabe cuántos meses le quedan de vida.
—¿Y eso?
—El corazón —dijo Grossbart. Con las penalidades que ha tenido que pasar en esta vida, ahora le viene usted con éstas. ¡Maldigo el día en que lo conocí, Marx! Shulman me ha contado lo ocurrido. Su antisemitismo no tiene límites, ¿verdad? No le basta con el daño que ya ha hecho aquí. Encima, tiene que hacer una llamadita telefónica especial. ¡Lo que quiere es que me maten!
Hice las últimas anotaciones en los turnos de guardia y me levanté para marcharme.
—¡Buenas noches, Grossbart!
—¡Me debe usted una explicación!
Se interpuso en mi camino.
—Sheldon, eres tú quien debe explicaciones.
Frunció el entrecejo:
—¿A usted?
—A mí, sí, eso creo. Pero, más que a nadie, a Fishbein y Halpern.
—Sí, vale, tergiverse usted las cosas. No le debo nada a nadie. He hecho por ellos todo lo que he podido. Ahora, creo que tengo derecho a ocuparme de mí mismo.
—De los demás es de quienes debemos aprender a ocuparnos, Sheldon. Tú mismo me lo dijiste.
—¿Llama usted a eso ocuparse de mí? ¿Qué es lo que ha hecho?
—No de ti. De todos nosotros.
Lo aparté y eché a andar hacia la salida. Oí su enfurecida respiración a mi espalda, y sonaba igual que un motor poderoso arrojando vapor.
—¡No te pasará nada! —dije, desde la puerta.
Y, pensé, tampoco a Fishbein y Halpern, incluso en el Pacífico, si Grossbart veía algún provecho para sí mismo en la obsequiosidad del uno y la suave espiritualidad del otro.
Me quedé junto al edificio de oficinas y oí a Grossbart llorando a mi espalda. Por las ventanas de los cuarteles, a la luz eléctrica, se veía a los reclutas en camiseta, sentados en sus catres, comentando las órdenes, como llevaban dos días haciendo. Con una especie de nerviosismo tranquilo, limpiaban las botas, pulían las hebillas del cinturón, plegaban la ropa interior, haciendo lo posible por aceptar su hado. A mi espalda, Grossbart tragó saliva, aceptando el suyo. Y yo, a continuación, poniendo toda mi fuerza de voluntad en no darme la vuelta y pedir perdón por mi venganza, hube de aceptar el mío.

Philip Roth, El defensor de la fe. 1959. Publicado en The New Yorker el 14 de marzo de 1959 y, posteriormente, en el libro de relatos Goodbye, Columbus and Five Short Stories (1959).

Philip Roth