Emiliano Monge, La tempestad que llevan dentro

La tempestad que llevan dentro

Mis novias sólo le caían bien cuando eran mis exnovias, murmuró Madero y su voz sonó casi como un grito, sobresaltando al resto de hombres y mujeres que, al igual que él, esperaban que alguien viniera a informarles: el muy cabrón las empezaba a querer cuando yo no podía quererlas. Bienvenido a mi vida, soltó Segovia, cambiándose de asiento para que su madre no escuchara sus palabras: eso me hizo a mí con… eso me ha hecho a mí con todo, quiero decir, su obsesión fue siempre juzgarnos. Pero me da igual, añadió volviendo el rostro hacia Madero, que había quedado a su izquierda: lo único que quiero es que se salve… que mi hermano vuelva a ser el mismo. O no. No exactamente el mismo. Si pueden arreglarlo un poquito no voy a quejarme, sumó Segovia forzando una sonrisa que Madero encontró lastimera. Por eso dijo, bajando más el tono: tu hermano no tiene arreglo. A menos, claro, que lo devuelvan en coma, añadió sonriendo, con una sonrisa que parecía venir de muy adentro: calladito igual y hasta nos quiere. No se confíen. Yo lo escucho todo el día, intervino de pronto Rangel, metiendo la cabeza entre Madero y Segovia: se había sentado detrás suyo y apenas ahora descubrían que ahí estaba. También ha hecho un arma del silencio. Un arma de destrucción por agotamiento e indiferencia, agregó intentando sonreír pero sus ojos se empañaron al evocar de nuevo el rostro de su novio: mejor que lo mejoren de otro modo… mudo no voy a aguantarlo. Que le pongan una máquina de toques en la lengua, soltó Madero, entre nervioso y divertido, pero buscando en el fondo que los ojos de Rangel no se desbordaran: una máquina que le sacuda la quijada, la cabeza entera cada vez que diga algo que no le hayan preguntado. O cada vez que necesite decir algo pero elija no decirlo, añadió Rangel, sonriendo por primera vez en todo el día: cada vez que en lugar de discutir se encierre en su coraza. Viviría dándose toques todo el día, aseguró Segovia, imaginando uno de esos dibujitos animados que entre un calambre y otro enseñan su esqueleto. Después, sonriendo nuevamente y a pesar de no desearlo, agregó: aunque si ya lo van a abrir mejor que se la pongan más adentro, en el cerebro, que la máquina de toques lo sacuda desde antes. Eso es, intervino Madero: que lo cimbre cada vez que se le ocurra una idea de ésas donde siempre terminamos atrapados. No: antes incluso de que formule una idea. No pasaría ni un segundo sin que él sintiera una descarga, aseguró Rangel fingiendo un ataque de epilepsia y los tres rieron de golpe. Un instante más tarde, sin embargo, el mejor amigo, el hermano y la novia del mayor de los Segovia dejaron de reírse y se sumieron nuevamente en la ansiedad y por primera vez en una extraña forma de la culpa, una culpa que sobre ellos echaron las miradas de la madre, el padre y la hermana pequeña del que estaba siendo, en ese momento, operado. Cuatro horas antes, mientras cumplía con uno de los tantísimos rituales que se había impuesto a sí mismo: andar una hora exacta en bicicleta, perseguido por su pastor alemán de orejas caídas, el mayor de los Segovia, Alberto, fue alcanzado por un quiebre en la fortuna. La misma fortuna que él había intentado siempre —pensando, especulando, teorizando— mantener a raya de sí mismo. Tras cruzar la avenida Niños Héroes, Alberto, cuyo día había planificado hasta decir no puedo más —fornicaría con Rangel veinte minutos, ingeriría el licuado de todas las mañanas, revisaría negativos media hora, leería la prensa en el camión y llegaría puntual a su revista—, circulaba por la calle Providencia cuando, sin aviso previo y sin que él, que todo lo advertía, reconociera las señales, un par de hombres presumieron sus fusiles a la calle. Lanzándose al suelo, Alberto olvidó por una vez —en cualquier otra circunstancia no se lo hubiera perdonado— su bicicleta de montaña, apretó a su perro entre sus brazos y se encogió volviéndose uno con la bestia, que entre todas sus querencias ocupaba el más alto peldaño. Luego jaló una larga bocanada, teorizó un millar de explicaciones, apretó todos los músculos del cuerpo y entrecerró después y casi por completo sus párpados, reconociendo que aquello que sentía se parecía bastante al miedo. Antes de escuchar tronar los tiros, Alberto alcanzó a ver que al otro lado de la calle ya eran más los hombres que sacaban sus metrallas y cerrando por completo sus ojos imaginó que no era él quien ahora estaba allí tirado, que era otro al que le estaba pasando eso: su hermano, igual su novia, mejor aún ese demente de Madero, su viejo amigo. ¿Qué estoy pensando?, se dijo Alberto: mejor mi madre: esa gorda come mierda. O mi hermanita: ¿para qué sirve esa niña inútil? Lo que siguió fue todo confusión, frenesí, demencia pura: exactamente aquello ante lo cual Alberto había luchado siempre: no soportaba que las cosas se salieran de su sitio, que los asuntos no acontecieran como él había predicho, que alguien leyera el mundo de una forma diferente a la suya. Jodida vida, soltó el mayor de los Segovia: tendría que estar aquí mi padre. Sería su sue- ño, añadió soltando, sin quererlo, a su perro, que corrió despavorido hacia la esquina. Entonces relajó todos los músculos del cuerpo. Había sido alcanzado por el fuego. El mismo fuego que destrozó las puertas y fachadas, que agujereó los autos olvidados en la calle, que reventó las cristaleras de un par de negocios. La metralla que redujo a un amasijo de tendones y de cueros a otros seis transeúntes, que abarató a los bandos que habían llegado allí para dejar en paz sus cuentas y que desmembró al par de niños que salían de su casa acompañados de su padre. El metal que calló después de pronto: para que el testimonio de su rabia fuera disipándose en el aire, para que se asomaran los vecinos y vinieran las patrullas y ambulancias. Para que los heridos fueran trasladados y los muertos embalados, sin que nadie se tomara la molestia de contarlos. El problema no han sido las balas, explicó el doctor Pelayo cuando al fin apareció en el pasillo de la Clínica 18: ninguna alcanzó los centros vitales de Alberto, añadió ante la mirada ansiosa y preocupada de Madero, Rangel y la familia Segovia: el problema es ahora un fragmento. Una ojiva que entró por su garganta y se alojó entre el crá- neo y la quijada, continúo el doctor y fue así, al tiempo que Madero, Rangel y Segovia se sentían miserables por haberse estado riendo, que puso a contraluz una radiografía, intentando ser lo más claro posible: ésta es la ojiva de una granada de fragmentación, está atorada entre el maxilar y la base del cráneo. Por eso no ha estallado todavía. Es un milagro. Está activa pero el cuerpo de Alberto la mantiene silenciada, expuso el doctor Pelayo, señalando con su pluma el percutor del explosivo que el lanzagranadas había escupido al mundo: nos ha costado pero hemos conseguido acercarnos. El problema ahora es sacarla sin que estalle, concluyó guardando la radiografía en su sobre y dándose la vuelta. En cuanto tenga más noticias volveré para informarlos, se despidió a varios pasos del lugar donde había hablado y donde la madre de Alberto volvió el rostro hacia su esposo, aferrándose a sus brazos para no caer sobre el suelo. ¿Nuestro hijo tiene una bomba en la cabeza?, preguntó entonces la mujer. Eso parece, respondió el padre de Alberto, a punto él también de derrumbarse. Madero, por su parte, abrazó a los dos señores y ayudándolos a andar los devolvió hasta sus asientos. Ya verán que sale de ésta, soltó después Madero mecánicamente y sin apenas darse cuenta de que había hablado giró el cuerpo, descubriendo así que sus piernas y manos temblaban. En ese momento vio a Rangel y a Segovia y sin pensarlo echó a andar hacia ellos: no sé ustedes pero yo quiero un cigarro, dijo en voz baja y apuntando, con un leve chicoteo de la cabeza, hacia la puerta de cristal que unía al mundo con las Urgencias. Instantes después, Madero, Rangel y Segovia atravesaron en silencio y cabizbajos los jardines de la Clínica 18, erigida hacía veinte años. Tan pesado se iba haciendo el cielo encima de ellos y tan hondo el suelo a cada paso que avanzaban, que Madero, otra vez de forma maquinal y sin cobrar consciencia de las palabras que emergerían de sus labios, soltó: pues parece que al final la maquinita no iba sólo a darle de calambres. Rompiendo en carcajadas, Segovia y Rangel detuvieron su avanzar, se abrazaron a Madero y así, formando entre los tres un solo cuerpo, se quedaron inmóviles un rato. No se soltaron hasta que Rangel aseveró: pensé que sería a mí a la que haría que le estallara la cabeza. Riéndose de nuevo, encendieron cada uno un cigarro y fumaron en silencio, sonriéndose unos a otros cada tanto y cada tanto, también, recordando cada uno alguna escena en la que Alberto gobernara sus memorias. Cuando por fin tiraron las colillas, Madero volvió a sentir que sus entrañas le exigían abrir la boca. Y siendo por primera vez consciente de lo que iba a decir, sin asomo de bromas, aseveró: yo que pensaba que éramos… que le hacíamos a él de bombas. Se los digo en serio, aquí y ahora, añadió Madero endureciendo el gesto de repente: siempre creí que nos usaba para hacer que algo estallara, que explotara lo que él quería hacer que volara por los aires. Lo que él no se atrevía. En la escuela, en la vida, en el trabajo, confirmó Rangel apretando la quijada y relajando un poco el vientre. Yo también lo digo ahora y más les vale que jamás me lo recuerden, sumó la novia del mayor de los Segovia, amenazando a su cuñado y a su amigo y apretándose las sienes con las palmas de las manos: una vez hasta lo dijo, borracho pero no completamente: en la vida uno debe conformarse con la pieza que le toca. Ustedes tres son como peones, a mí me toca utilizarlos. A ti ya te había contado. No lo que había dicho tu hermano exactamente pero ya te había advertido, soltó Rangel volviendo el rostro, tan demudado como pálido, hacia el lugar en donde estaba su cuñado, quien no podía dejar de verse las manos y quien, tras un par de segundos, respondió casi gritando: ¿en serio crees que me hacía falta, que no sabía eso desde antes, que no viví así cada día de mi existencia? Crecí con él… con mi hermano, insistió el menor de los Segovia apretando los puños pero bajando al mismo tiempo el tono añadió: viví a su lado muchos más años que nadie. O más bien a su costado. A veces eso es lo que pienso, explicó relajando las manos, sacudiendo la cabeza y encendiendo otro cigarro: a veces eso es lo que siento. Que mi hermano intentó hacerme eso que hacen esos fetos que se comen poco a poco a su gemelo. Cuando aventaron, otra vez al suelo, las colillas de sus cuartos cigarros, fumaban con más prisa que ansia, el menor de los Segovia, Rangel y Madero, quienes se habían sumido en sus silencios hacía ya un largo rato y se habían de nuevo extraviado en sus recuerdos, encaminaron su regreso hacia la entrada de la Clínica 18. Sobre ellos el cielo era aún más pesado que antes, el suelo parecía ser más hondo y en sus recuerdos la imagen de Alberto parecía estarse dividiendo en uno, dos, tres, cuatro Albertos. Antes de llegar de nuevo a Urgencias, a diez metros del enorme reguilete de cristales, Madero detuvo en seco el ritmo de sus piernas, giró el rostro hacia su izquierda, observó a sus dos acompañantes un momento, tartamudeó y finalmente se excusó, tropezando unas con otras sus palabras. Luego, dándose la vuelta y apurando su alejarse, remató: yo ahí ya no vuelvo. Creo que yo… yo tampoco entro, anunció Rangel apenas echó a andar de nuevo, emergiendo así de su memoria y asimilando, tanto y tan profundamente que de golpe ya eran suyas, la prisa, la fuga y la sorpresa de Madero. Tomando de las manos al menor de los Segovia, Rangel quiso explicarse pero eligió al final apretar fuerte sus labios y dar después la media vuelta. Dales besos a tus padres, soltó Rangel tras avanzar algunos metros, sin volverse, sin embargo, para ver así a Joaquín y que a su vez pudiera él verla. Las lágrimas que otra vez habían empañado sus ojos ya eran sólo asunto de ella. Cuida mucho a tu hermanita, cuñado. Cuídalos mucho a todos, murmuró Rangel aún más lejos, cuando estuvo convencida de que nadie la escuchaba. Tras quedarse solo e ingresar así al edificio de Urgencias, el menor de los Segovia entró al baño, donde no orinó ni lloró ni cagó ni se echó agua en el rostro. Ni siquiera se miró a sí mismo en el espejo. Para qué habría de hacerlo. Algo podría si no haber estallado dentro suyo. Fue el ruido de un escusado tragando lo que devolvió a Joaquín al mundo y lo llevó de vuelta a los pasillos de la Clínica 18, donde muy pronto observó al doctor Pelayo. Incapaz de dirigirle la palabra al médico que pronto avanzaba a medio metro de sus pasos e incapaz también de emerger de sus recuerdos, el menor de los Segovia se limitó a seguirlo por uno, dos, tres, cuatro pasillos, siguiendo al mismo tiempo, en las profundidades de su mente, al Alberto que mandaba en sus recuerdos. Sacudiendo la cabeza, golpeándose luego los cachetes, y entregándole toda su atención a las voces que emergían de todas partes y a la música que igualmente llenaba el espacio, Joaquín logró escapar del mundo a punto de explotar en el que estaba y logró también salir de su memoria. Entonces el menor de los Segovia vio otra vez la espalda de Pelayo, justo cuando estaban ellos dos llegando al lugar donde sus padres y su hermana aguardaban. Apurado, Joaquín adelantó por la derecha al médico y dijo: ¿sabe algo… algo más sobre mi hermano? Hay un problema, respondió el doctor reuniendo a los que todavía quedaban en la sala: hemos liberado la ojiva de la base de su cráneo y su quijada, pero ahora hay que extirparla. ¡Pues sáquensela de una!, interrumpió el padre de Alberto. Ése es el problema. Nos informaron que si explota podría volar hasta seis metros, explicó Pelayo, bajando un poco el tono con que hablaba: no hay ni un cirujano que se atreva. Nadie quiere arriesgarse. ¡Hijos de puta!, interrumpió esta vez la madre de Alberto, incapaz de contener su ira y sus temores. Tienen que entenderlo, se disculpó el doctor, bajando más y más el tono: yo no puedo obligar a mis doctores, poner en riesgo así a mis enfermeras. Pero si saben, susurró haciendo con su voz un hilo apenas: si saben de alguien, si uno de ustedes… si entra alguno ahí cuando ya sólo haya que. Las siguientes palabras que pronunció el doctor Pelayo no se escucharon. O quizá no fueron pronunciadas. Lo había interrumpido la risa del menor de los Segovia, quien había vuelto, en su memoria, a caminar un par de pasos por detrás de su hermano: él iría a sacar la ojiva, le devolvería él la tempestad que llevan dentro.

Emiliano Monge, La tempestad que llevan dentro.

Emiliano Monge

Samanta Schweblin, Mis padres y mis hijos

Mis padres y mis hijos

―¿Dónde está la ropa de tus padres? ―pregunta Marga.
Cruza los brazos y espera mi respuesta. Sabe que no lo sé, y que necesito que ella haga una nueva pregunta. Del otro lado del ventanal, mis padres corren desnudos por el jardín trasero.
―Van a ser las seis, Javier ―me dice Marga―. ¿Qué va a pasar cuando llegue Charly con los chicos del súper y vean a sus abuelos corriéndose uno al otro?
―¿Quién es Charly? ―pregunto.
Creo que sé quién es Charly, es el gran-hombre-nuevo de mi exmujer, pero me gustaría que en algún momento ella me lo explicara.
―Se van a morir de vergüenza de sus abuelos, eso va a pasar.
―Están enfermos, Marga.
Suspira. Yo cuento ovejas para no amargarme, para tener paciencia, para darle a Marga el tiempo que necesita. Digo:
―Querías que los chicos vieran a sus abuelos. Querías que trajera a mis padres hasta acá, porque acá, a trescientos kilómetros de mi casa, se te ocurrió que sería bueno pasar las vacaciones.
―Dijiste que estaban mejor.
Detrás de Marga mi padre riega a mi madre con la manguera. Cuando le riega las tetas, mi madre se sostiene las tetas. Cuando le riega el culo, mi madre se sostiene el culo.
―Sabés cómo se ponen si los sacás de su ambiente ―digo―, y el aire libre…
¿Es mi madre la que sostiene lo que mi padre riega o es mi padre el que riega lo que mi madre se sostiene?
―Ajá. Así que para invitarte a pasar unos días con tus hijos, a los que, además, hace tres meses que no ves, tengo que prever el nivel de excitación de tus padres.
Mi madre alza al caniche de Marga y lo sostiene arriba de su cabeza, girando sobre sí misma. Yo intento no quitar la vista de Marga para que de ninguna forma se vuelva hacia ellos.
―Quiero dejar toda esta locura atrás, Javier.
«Esta locura», pienso.
―Si eso implica que veas menos a los chicos… No puedo seguir exponiéndolos.
―Solo están desnudos, Marga.
Va hacia adelante, la sigo. Detrás de mí, el caniche continúa girando en el aire. Antes de abrir Marga se arregla el pelo frente a los vidrios de la puerta, se acomoda el vestido. Charly es alto, fuerte y tosco. Parece el tipo del noticiero de las doce después de hincharse el cuerpo de ejercicios. Mi hija de cuatro y mi hijo de seis cuelgan de sus brazos como dos flotadores infantiles. Charly los ayuda a caer con delicadeza, acercando a la tierra su inmenso torso de gorila y quedando libre para darle un beso a Marga. Después viene hacia mí y por un momento temo que no sea amable. Pero me da la mano, y sonríe.
―Javier, te presento a Charly ―dice Marga.
Siento a los chicos golpear contra mis piernas y abrazarme. Sostengo con fuerza la mano de Charly que me sacude el cuerpo. Los chicos se sueltan y salen corriendo.
―¿Qué te parece la casa, Javi? ―dice Charly, levantando su vista detrás de mí, como si hubieran alquilado un verdadero castillo.
«Javi ―pienso―. Esta locura», pienso.
El caniche aparece llorando por lo bajo con la cola entre las patas. Marga lo alza y, mientras el perro la lame, ella frunce la nariz y le dice: «michiquititingo-michiquititingo». Charly la mira con la cabeza inclinada, quizá solo intenta entender. Entonces ella se vuelve en seco hacia él, alarmada, y dice:
―¿Dónde están los chicos?
―Estarán detrás ―dice Charly―, en el jardín.
―Es que no quiero que vean así a sus abuelos.
Los tres giramos a un lado y al otro, pero no los vemos.
―Ves, Javier, esto es justamente el tipo de cosas que quiero evitar ―dice Marga alejándose unos pasos―, ¡chicos!
Va hacia el jardín de atrás bordeando la casa. Charly y yo la seguimos.
―¿Qué tal la ruta? ―pregunta Charly.
Hace el gesto de girar el volante con una mano, simula pasar un cambio y acelerar con la otra. Hay estupidez y excitación en cada uno de sus movimientos.
―No manejo.
Se agacha para levantar algunos juguetes que hay en el camino y los deja a un lado, ahora tiene el ceño fruncido. Temo llegar al jardín y encontrar juntos a mis hijos y mis padres. No, lo que temo es que sea Marga quien los encuentre juntos, y la gran escena recriminatoria que se avecina. Pero Marga está sola en el medio del jardín, esperándonos con los puños en la cintura. Entramos a la casa siguiéndola. Somos sus más humildes seguidores y eso es tener algo en común con Charly, algún tipo de relación. ¿Realmente habrá disfrutado de la ruta en su viaje?
―¡Chicos! ―grita Marga en las escaleras, está furiosa pero se contiene, tal vez porque Charly todavía no la conoce bien. Vuelve y se sienta en una banqueta de la cocina―. Necesitamos tomar algo, ¿no?
Charly saca un refresco de la heladera y lo sirve en tres vasos. Marga toma un par de tragos y se queda un momento mirando el jardín.
―Esto está muy mal. ―Se pone otra vez de pie―. Esto está muy mal. Es que podrían estar haciendo cualquier cosa. ―Y ahora sí me mira a mí.
―Busquemos otra vez ―digo, pero para entonces ella ya está saliendo al jardín trasero.
Regresa unos segundos después.
―No están ―dice―, dios mío, Javier, no están.
―Sí que están Marga, tienen que estar en algún lugar.
Charly sale por la puerta principal, cruza el jardín delantero y sigue las huellas de los coches que llevan hasta el camino. Marga sube las escaleras y los llama desde la planta alta. Salgo y rodeo la casa. Paso los garajes abiertos, llenos de juguetes, baldes y palas de plástico. Entre las ramas de dos árboles veo que el delfín inflable de los chicos cuelga ahorcado de una de las ramas. La soga está hecha con la ropa de jogging de mis padres. Marga se asoma desde una de las ventanas y cruzamos miradas un segundo. ¿Ella buscará también a mis padres o solo buscará a los chicos? Entro a la casa por la puerta de la cocina. Charly está entrando en ese momento por la principal y me dice desde el living:
―Delante no están.
Su cara ya no es amable. Ahora tiene dos líneas entre las cejas y sobreactúa sus movimientos como si Marga estuviera controlándolo: pasa rápidamente de la quietud a la acción, se agacha bajo la mesa, se asoma detrás del vajillero, espía tras la escalera, como si solo pudiera encontrar a los chicos tomándolos por sorpresa. Me veo obligado a seguir sus pasos y no puedo concentrarme en mi propia búsqueda.
―No están afuera ―dice Marga―, ¿habrán vuelto al coche? En el coche, Charly, en el coche.
Espero pero no hay ninguna instrucción para mí. Charly vuelve a salir y Marga sube otra vez a los cuartos. La sigo, ella va al que aparentemente ocupa Simón, así que yo busco en el de Lina. Cambiamos de cuartos y volvemos a buscar. Cuando estoy mirando bajo la cama de Simón, la escucho putear.
―La puta madre que los parió ―dice, así que asumo que no es porque haya encontrado a los chicos. ¿Habrá encontrado a mis padres?
Buscamos juntos en el baño, en el altillo y en el dormitorio matrimonial. Marga abre los placares, corre algunas prendas que cuelgan de las perchas. Hay pocas cosas y todo está muy ordenado. Es una casa de verano, me digo, pero después pienso en la verdadera casa de mi mujer y mis hijos, la casa que antes también era mi casa, y me doy cuenta de que siempre fue así en esta familia, que todo fue poco y ordenado, que nunca sirvió de nada correr las perchas para encontrar algo más. Escuchamos a Charly entrar otra vez a la casa, nos cruzamos en el living.
―No están en el coche ―le dice a mi mujer.
―Esto es culpa de tus viejos ―dice Marga.
Me empuja hacia atrás golpeándome un hombro.
―Es tu culpa. ¿Dónde mierda están mis hijos? ―grita y sale corriendo de nuevo al jardín.
Los llama a un lado y otro de la casa.
―¿Qué hay detrás de los arbustos? ―le pregunto a Charly.
Me mira y mira otra vez a mi mujer, que sigue gritando.
―¡Simón! ¡Lina!
―¿Hay vecinos del otro lado de los arbustos? ―pregunto.
―Creo que no. No sé. Hay quintas. Lotes. Las casas son muy grandes.
Puede que tenga razón en dudar, pero me parece el hombre más estúpido que vi en mi vida. Marga regresa.
―Voy adelante ―dice, y nos separa para pasar por el medio―. ¡Simón!
―¡Papá! ―grito yo caminando detrás de Marga―. ¡Mamá!
Marga va unos metros delante de mí cuando se detiene y levanta algo del piso. Es algo azul, y lo sostiene de una punta, como si se tratara de un animal muerto. Es el buzo de Lina. Se vuelve para mirarme. Va a decirme algo, va a putearme otra vez de arriba abajo pero ve que más allá hay otra prenda y va hacia ella. Siento a mis espaldas la sombra descomunal de Charly. Marga levanta la remera fucsia de Lina, y más allá una de sus zapatillas, y más allá la camiseta de Simón.
Hay más en el camino, pero Marga se detiene en seco y se vuelve hacia nosotros.
―Llamá a la policía, Charly. Llamá a la policía ahora.
―Bichi, no es para tanto… ―dice Charly.
«Bichi», pienso.
―Llamá a la policía, Charly.
Charly se da media vuelta y camina apurado hacia la casa. Marga junta más ropa. La sigo. Levanta una prenda más y se para frente a la última. Es el shortcito de malla de Simón. Es amarillo y está un poco enroscado. Marga no hace nada. Quizá no puede agacharse por esa prenda, quizá no tenga las fuerzas suficientes. Está de espaldas y su cuerpo parece empezar a temblar. Me acerco despacio, intentando no sobresaltarla. Es una malla muy chiquita. Podría entrar en mis manos, cuatro dedos en un agujero, el dedo gordo en el otro.
―En un minuto están acá ―dice Charly viniendo desde la casa―, mandan al patrullero de la rotonda.
―A vos y a tu familia los voy a… ―dice Marga viniendo hacia mí.
―Marga…
Levanto la malla y entonces Marga me salta encima. Trato de sostenerme pero pierdo el equilibrio. Me cubro la cara de sus cachetazos. Charly ya está acá e intenta separarnos. El patrullero para en la puerta y hace sonar una vez la sirena. Dos policías bajan rápido y se apuran para ayudar a Charly.
―No están mis hijos ―dice Marga―, no están mis hijos ―y señala la malla que cuelga de mi mano.
―¿Quién es este hombre? ―dice el policía―. ¿Usted es el marido? ―le preguntan a Charly.
Intentamos explicarnos. Contra mi primera impresión ni Marga ni Charly parecen culparme. Solo reclaman por los chicos.
―Mis hijos están perdidos con dos locos ―dice Marga.
Pero los policías solo quieren saber por qué estábamos peleando. El pecho de Charly empieza a hincharse y por un momento temo que se tire sobre los policías. Dejo caer resignadamente las manos, como hizo Marga conmigo hace un rato, y solo logro que los ojos del segundo policía sigan con alarma la oscilación de la malla.
―¿Qué mira? ―dice Charly.
―¿Qué? ―dice el policía.
―Que está mirando esa malla desde que se bajó del coche, ¿quiere avisar de una vez a alguien que hay dos chicos desaparecidos?
―Mis hijos ―insiste Marga. Se planta frente a uno de los policías y lo repite muchas veces, quiere que la policía se concentre en lo importante―, mis hijos, mis hijos, mis hijos.
―¿Cuándo los vieron por última vez? ―dice al fin el otro.
―No están en la casa ―dice Marga― se los llevaron.
―¿Quién se los llevó, señora?
Niego e intento intervenir, pero se me adelantan.
―¿Está hablando de un secuestro?
―Podrían estar con los abuelos ―digo.
―Están con dos viejos desnudos ―dice Marga.
―¿Y de quién es esta ropa, señora?
―De mis hijos.
―¿Me está diciendo que hay chicos y adultos desnudos y juntos?
―Por favor ―dice la voz ya quebrada de Marga.
Por primera vez me pregunto qué tan peligroso es que tus hijos anden desnudos con tus padres.
―Pueden estar escondidos ―digo―, no hay que descartarlo todavía.
―¿Y usted quién es? ―dice el policía mientras el otro ya está llamando por radio a la central.
―Soy su marido ―digo.
Así que el policía mira ahora a Charly. Marga vuelve a enfrentarlo, temo que para negarle lo que acabo de decir, pero dice:
―Por favor: mis hijos, mis hijos.
El primer policía deja el radio y se acerca:
―Los padres al coche, el señor ―señalando a Charly― se queda por si los chicos vuelven a la casa.
Nos quedamos mirándolo.
―Al coche, vamos, hay que moverse rápido.
―De ninguna manera ―dice Marga.
―Señora por favor, hay que asegurarse de que no estén yendo hacia la ruta.
Charly empuja a Marga hacia el patrullero y yo la sigo. Subimos y cierro mi puerta con el coche ya en marcha. Charly está de pie, mirándonos, y yo me pregunto si esos trescientos kilómetros de excitante conducción los habrá hecho con mis hijos sentados atrás. El patrullero retrocede un poco de culata y salimos del terreno hacia la ruta, a toda velocidad. En ese momento me vuelvo hacia la casa. Los veo, ahí están los cuatro: a espaldas de Charly, más allá del jardín delantero, mis padres y mis hijos, desnudos y empapados detrás del ventanal del living. Mi madre restriega sus tetas contra el vidrio y Lina la imita mirándola con fascinación. Gritan de alegría, pero no se los escucha. Simón las imita a ambas con los cachetes del culo. Alguien me arranca la malla de la mano y escucho a Marga putear al policía. El radio hace ruido. Gritan a la central dos veces las palabras «adultos y menores», una vez «secuestro», tres veces «desnudos», mientras mi exmujer golpea con los puños el asiento trasero del conductor. Así que me digo a mí mismo «no abras la boca», «no digas ni mu», porque veo a mi padre mirar hacia acá: su torso viejo y dorado por el sol, su sexo flojo entre las piernas. Sonríe triunfal y parece reconocerme. Abraza a mi madre y a mis hijos, despacio, cálidamente, sin despegar a nadie del vidrio.

Samanta Schweblin, Mis padres y mis hijos (Siete casas vacías).

Samanta Schweblin


Ricardo Piglia, La loca y el relato del crimen

La loca y el relato del crimen

I
Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento. Las calles se aquietaban ya; oscuras y lustrosas bajaban con un suave declive y lo hacían avanzar plácidamente, sosteniendo el ala del sombrero cuando el viento del río le tocaba la cara. En ese momento las coperas entraban en el primer turno. A cualquier hora hay hombres buscando una mujer, andan por la ciudad bajo el sol pálido, cruzan furtivamente hacia los dancings que en el atardecer dejan caer sobre la ciudad una música dulce. Almada se sentía perdido, lleno de miedo y de desprecio. Con el desaliento regresaba el recuerdo de Larry: el cuerpo distante de la mujer, blando sobre la banqueta de cuero, las rodillas abiertas, el pelo rojo contra las lámparas celestes del New Deal. Verla de lejos, a pleno día, la piel gastada, las ojeras, vacilando contra la luz malva que bajaba del cielo: altiva, borracha, indiferente, como si él fuera una planta o un bicho. “Poder humillarla una vez”, pensó.
“Quebrarla en dos para hacerla gemir y entregarse.”
En la esquina, el local del New Deal era una mancha ocre, corroída, más pervertida aun bajo la neblina de las seis de la tarde. Parado enfrente, retacón, ensimismado, Almada encendió un cigarrillo y levantó la cara como buscando en el aire el perfume maligno de Larry. Se sentía fuerte ahora, capaz de todo, capaz de entrar al cabaret y sacarla de un brazo y cachetearla hasta que obedeciera. “Años que quiero levantar vuelo”, pensó de pronto. “Ponerme por mi cuenta en Panamá, Quito, Ecuador.” En un costado, tendida en un zaguán, vio el bulto sucio de una mujer que dormía envuelta en trapos. Almada la empujó con un pie.
—Che, vos —dijo.
La mujer se sentó tanteando el aire y levantó la cara como enceguecida.
—¿Cómo te llamás? —dijo él.
—¿Quién?
—Vos. ¿O no me oís?
—Echevarne Angélica Inés —dijo ella, rígida—. Echevarne Angélica Inés, que me dicen Anahí.
—¿Y qué hacés acá?
—Nada —dijo ella—. ¿Me das plata?
—Ahá, ¿querés plata?
—La mujer se apretaba contra el cuerpo un viejo sobretodo de varón que la envolvía como una túnica.
—Bueno —dijo él—. Si te arrodillás y me besás los pies te doy mil pesos.
—¿Eh?
—¿Ves? Mirá —dijo Almada agitando el billete entre sus deditos mochos—. Te arrodillás y te lo doy.
—Yo soy ella, soy Anahí. La pecadora, la gitana.
—¿Escuchaste? —dijo Almada—. ¿O estás borracha?
—La macarena, ay macarena, llena de tules —cantó la mujer y empezó a arrodillarse contra los trapos que le cubrían la piel hasta hundir su cara entre las piernas de Almada. Él la miró desde lo alto, majestuoso, un brillo húmedo en sus ojitos de gato.
—Ahí tenés. Yo soy Almada —dijo y le alcanzó el billete—. Comprate perfume.
—La pecadora. Reina y madre —dijo ella—. No hubo nunca en todo este país un hombre más hermoso que Juan Bautista Bairoletto, el jinete.
Por el tragaluz del dancing se oía sonar un piano débilmente, indeciso. Almada cerró las manos en los bolsillos y enfiló hacia la música, hacia los cortinados color sangre de la entrada.
—La macarena, ay macarena —cantaba la loca—. Llena de tules y sedas, la macarena, ay, llena de tules —cantó la loca.
Antúnez entró en el pasillo amarillento de la pensión de Viamonte y Reconquista, sosegado, manso ya, agradecido a esa sutil combinación de los hechos de la vida que él llamaba su destino. Hacía una semana que vivía con Larry. Antes se encontraban cada vez que él se demoraba en el New Deal sin elegir o querer admitir que iba por ella; después, en la cama, los dos se usaban con frialdad y eficacia, lentos, perversamente.
Antúnez se despertaba pasado el mediodía y bajaba a la calle, olvidado ya del resplandor agrio de la luz en las persianas entornadas. Hasta que al fin una mañana, sin nada que lo hiciera prever, ella se paró desnuda en medio del cuarto y como si hablara sola le pidió que no se fuera.
Antúnez se largó a reír: “¿Para qué?”, dijo. “¿Quedarme?”, dijo él, un hombre pesado, envejecido. “¿Para qué?”, le había dicho, pero ya estaba decidido, porque en ese momento empezaba a ser consciente de su inexorable decadencia, de los signos de ese fracaso que él había elegido llamar su destino. Entonces se dejó estar en esa pieza, sin nada que hacer salvo asomarse al balconcito de fierro para mirar la bajada de Viamonte y verla venir, lerda, envuelta en la neblina del amanecer. Se acostumbró al modo que tenía ella de entrar trayendo el cansancio de los hombres que le habían pagado copas y arrimarse, como encandilada, para dejar la plata sobre la mesa de luz. Se acostumbró también al pacto, a la secreta y querida decisión de no hablar del dinero, como si los dos supieran que la mujer pagaba de esa forma el modo que tenía él de protegerla de los miedos que de golpe le daban de morirse o de volverse loca.
“Nos queda poco de juego, a ella y a mí”, pensó llegando al recodo del pasillo, y en ese momento, antes de abrir la puerta de la pieza supo que la mujer se le había ido y que todo empezaba a perderse. Lo que no pudo imaginar fue que del otro lado encontraría la desdicha y la lástima, los signos de la muerte en los cajones abiertos y los muebles vacíos, en los frascos, perfumes y polvos de Larry tirados por el suelo; la despedida o el adiós escrito con rouge en el espejo del ropero, como un anuncio que hubiera querido dejarle la mujer antes de irse.
Vino él vino Almada vino a llevarme sabe todo lo nuestro vino al cabaret y es como un bicho una basura oh dios mío andate por favor te lo pido salvate vos Juan vino a buscarme esta tarde es una rata olvidame te lo pido olvidame como si nunca hubiera estado en tu vida yo Larry por lo que más quieras no me busques porque él te va a matar.
Antúnez leyó las letras temblorosas, dibujadas como una red en su cara reflejada en la luna del espejo.

II
A Emilio Renzi le interesaba la lingüística pero se ganaba la vida haciendo bibliográficas en el diario El Mundo.: haber pasado cinco años en la Facultad especializándose en la fonología de Trubetzkoi y terminar escribiendo reseñas de media página sobre el desolado panorama literario nacional era sin duda la causa de su melancolía, de ese aspecto concentrado y un poco metafísico que lo acercaba a los personajes de Roberto Arlt.
El tipo que hacía policiales estaba enfermo la tarde en que la noticia del asesinato de Larry llegó al diario. El viejo Luna decidió mandar a Renzi a cubrir la información porque pensó que obligarlo a mezclarse en esa historia de putas baratas y cafishios le iba a hacer bien. Habían encontrado a la mujer cosida a puñaladas a la vuelta del New Deal; el único testigo del crimen era una pordiosera medio loca que decía llamarse Angélica Echevarne. Cuando la encontraron acunaba el cadáver como si fuera una muñeca y repetía una historia incomprensible. La policía detuvo esa misma mañana a Juan Antúnez, el tipo que vivía con la copera, y el asunto parecía resuelto.
—Tratá de ver si podés inventar algo que sirva —le dijo el viejo Luna—. Andate hasta el Departamento que a las seis dejan entrar al periodismo.
En el Departamento de policía Renzi encontró a un solo periodista, un tal Rinaldi, que hacía crímenes en el diario La prensa. El tipo era alto y tenía la piel esponjosa, como si recién hubiera salido del agua. Los hicieron pasar a una salita pintada de celeste que parecía un cine: cuatro lámparas alumbraban con una luz violenta una especie de escenario de madera. Por allí sacaron a un hombre altivo que se tapaba la cara con las manos esposadas: enseguida el lugar se llenó de fotógrafos que le tomaron instantáneas desde todos los ángulos. El tipo parecía flotar en una niebla y cuando bajó las manos miró a Renzi con ojos suaves.
—Yo no he sido —dijo—. Ha sido el gordo Almada, pero a ése lo protegen de arriba.
Incómodo, Renzi sintió que el hombre le hablaba sólo a él y le exigía ayuda.
—Seguro fue éste —dijo Rinaldi cuando se lo llevaron—.
Soy capaz de olfatear un criminal a cien metros: todos tienen la misma cara de gato meado, todos dicen que no fueron y hablan como si estuvieran soñando.
—Me pareció que decía la verdad.
—Siempre parecen decir la verdad. Ahí está la loca. La vieja entró mirando la luz y se movió por la tarima con un leve balanceo, como si caminara atada. En cuanto empezó a oírla.
Renzi encendió su grabador.
—Yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que pertenece que perteneció y va a pertenecer a Juan Bautista Bairoletto el jinete por ese hombre le estoy diciendo váyase de aquí enemigo mala entraña o no ve que quiere sacarme la piel a lonjas y hacer visos encajes ropa de tul trenzando el pelo de la Anahí gitana la macarena, ay macarena una arrastrada sos no tenés alma y el brillo en esa mano un pedernal tomo ácido te juro si te acercás tomo ácido pecadora loca de envidia porque estoy limpia yo de todo mal soy una santa Echevarne Angélica Inés que me dicen Anahí tenía razón Hitler cuando dijo hay que matar a todos los entrerrianos soy bruja y soy gitana y soy la reina que teje un tul hay que tapar el brillo de esa mano un pedernal, el brillo que la hizo morir por qué te sacas el antifaz mascarita que me vio o no me vio y le habló de ese dinero Madre María Madre María en el zaguán Anahí fue gitana y fue reina y fue amiga de Evita Perón y dónde está el purgatorio si no estuviera en Lanús donde llevaron a la virgen con careta en esa máquina con un moño de tul para taparle la cara que la he tenido blanca por la inocencia.
—Parece una parodia de Macbeth —susurró, erudito, Rinaldi—. Se acuerda ¿no? El cuento contado por un loco que nada significa.
—Por un idiota, no por un loco —rectificó Renzi—. Por un idiota. ¿Y quién le dijo que no significa nada?
La mujer seguía hablando de cara a la luz.
—Por qué me dicen traidora sabe por qué le voy a decir porque a mí me amaba el hombre más hermoso en esta tierra Juan Bautista Bairoletto jinete de poncho inflado en el aire es un globo un globo gordo que flota bajo la luz amarilla no te acerqués si te acercás te digo no me toqués con la espada porque en la luz es donde yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que perteneció que pertenece y que va a pertenecer.
—Vuelve a empezar —dijo Rinaldi.
—Tal vez está tratando de hacerse entender. —¿Quién?
¿Esa? Pero no ve lo rayada que está —dijo mientras se levantaba de la butaca—. ¿Viene?
—No. Me quedo.
—Oiga viejo. ¿No se dio cuenta que repite siempre lo mismo desde que la encontraron?
—Por eso —dijo Renzi controlando la cinta del grabador—.
Por eso quiero escuchar: porque repite siempre lo mismo.
Tres horas más tarde Emilio Renzi desplegaba sobre el sorprendido escritorio del viejo Luna una transcripción literal del monólogo de la loca, subrayado con lápices de distintos colores y cruzado de marcas y de números.
—Tengo la prueba de que Antúnez no mató a la mujer. Fue otro, un tipo que él nombró, un tal Almada, el gordo Almada.
—¿Qué me contás? —dijo Luna, sarcástico—. Así que Antúnez dice que fue Almada y vos le creés.
—No. Es la loca que lo dice; la loca que hace diez horas repite siempre lo mismo sin decir nada. Pero precisamente porque repite lo mismo se la puede entender. Hay una serie de reglas en lingüística, un código que se usa para analizar el lenguaje psicótico.
—Decime pibe —dijo Luna lentamente—. ¿Me estás cargando?
—Espere, déjeme hablar un minuto. En un delirio el loco repite, o mejor, está obligado a repetir ciertas estructuras verbales que son fijas, como un molde ¿se da cuenta? un molde que va llenando con palabras. Para analizar esa estructura hay 36 categorías verbales que se llaman operadores lógicos. Son como un mapa, usted los pone sobre lo que dicen y se da cuenta que el delirio está ordenado, que repite esas fórmulas. Lo que no entra en ese orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo: es lo que el loco trata de decir a pesar de la compulsión repetitiva. Yo analicé con ese método el delirio de esa mujer. Si usted mira va a ver que ella repite una cantidad de fórmulas, pero hay una serie de frases, de palabras que no se pueden clasificar, que quedan fuera de esa estructura. Yo hice eso y separé esas palabras y ¿qué quedó? —dijo Renzi levantando la cara para mirar al viejo Luna—. ¿Sabe qué queda? Esta frase: El hombre gordo la esperaba en el zaguán y no me vio y le habló de dinero y brilló esa mano que la hizo morir. ¿Se da cuenta? — remató Renzi, triunfal—. El asesino es el gordo Almada.
El viejo Luna lo miró impresionado y se inclinó sobre el papel.
—¿Ve? —insistió Renzi—. Fíjese que ella va diciendo esas palabras, las subrayadas en rojo, las va diciendo entre los agujeros que se puede hacer en medio de lo que está obligada a repetir, la historia de Bairoletto, la virgen y todo el delirio. Si se fija en las diferentes versiones va a ver que las únicas palabras
que cambian de lugar son esas con las que ella trata de contar lo que vio.
—Che, pero qué bárbaro. ¿Eso lo aprendiste en la Facultad?
—No me joda.
—No te jodo, en serio te digo. ¿Y ahora qué vas a hacer con todos estos papeles? ¿La tesis?
—¿Cómo qué voy a hacer? Lo vamos a publicar en el diario.
El viejo Luna sonrió como si le doliera algo.
—Tranquilizate pibe. ¿O te pensás que este diario se dedica a la lingüística?
—Hay que publicarlo ¿no se da cuenta? Así lo pueden usar los abogados de Antúnez. ¿No ve que ese tipo es inocente?
—Oíme, el tipo ese está cocinado, no tiene abogados, es un cafishio, la mató porque a la larga siempre terminan así las locas esas. Me parece fenómeno el jueguito de palabras, pero paramos acá. Hacé una nota de cincuenta líneas contando que a la mina la mataron a puñaladas.
—Escuche, señor Luna —lo cortó Renzi—. Ese tipo se va a pasar lo que le queda de vida metido en cana.
—Ya sé. Pero yo hace treinta años que estoy metido en este negocio y sé una cosa: no hay que buscarse problemas con la policía. Si ellos te dicen que lo mató la Virgen María, vos escribís que lo mató la Virgen María.
—Está bien —dijo Renzi juntando los papeles—. En ese caso voy a mandarle los papeles al juez.
—Decíme ¿vos te querés arruinar la vida? ¿Una loca de testigo para salvar a un cafishio? ¿Por qué te querés mezclar?
—En la cara le brillaban un dulce sosiego, una calma que nunca le había visto—. Mirá, tomate el día franco, andá al cine, hacé lo que quieras, pero no armés lío. Si te enredás con la policía te echo del diario.
Renzi se sentó frente a la máquina y puso un papel en blanco. Iba a redactar su renuncia; iba a escribir una carta al juez. Por las ventanas, las luces de la ciudad parecían grietas en la oscuridad. Prendió un cigarrillo y estuvo quieto, pensando en Almada, en Larry, oyendo a la loca que hablaba de Bairoletto. Después bajo la cara y se largó a escribir casi sin pensar, como si alguien le dictara:
Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo —empezó a escribir Renzi—, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento.

Ricardo Piglia, La loca y el relato del crimen.

Ricardo Piglia

Jean Rhys, El ruido del río

El ruido del río
La bombilla eléctrica colgaba de un corto cable desde el centro del techo de la habitación, y como no había luz suficiente para leer se tumbaron en la cama y charlaron. El viento nocturno empujaba las cortinas y entraba, suave y húmedo, por la abierta ventana.
—Pero, ¿de qué tienes miedo? ¿A qué te refieres cuando dices miedo?
—Me refiero —dijo ella— a ese mismo miedo que tienes cuando quieres tragar una cosa y no puedes.
—¿Constantemente?
—Casi constantemente.
—Dios mío, qué cosa. Eres idiota.
—Ya lo sé.
Pero no por esto, pensó ella, no por esto.
—No es más que un estado de ánimo —dijo ella—. Pasará.
—Eres muy contradictoria. Tú elegiste este sitio y fuiste tú la que quiso venir aquí. Yo creía que te parecía bien.
—Y me parece bien. Me parece bien el páramo y la soledad y todo el paisaje, pero sobre todo la soledad. Sólo me gustaría que, además, dejase de llover de vez en cuando.
—La soledad está muy bien —dijo él—, pero hace falta que la acompañe el buen tiempo.
Si pudiese decirlo con palabras quizás desaparecería, pensaba ella. A veces puedes decirlo con palabras —casi— y así librarte de ello —casi—. A veces puedes decirte admitiré que hoy tenía miedo. Tenía miedo de las caras pulcras y uniformes, de las caras de rata, de la forma que reían en el cine. Tengo miedo de las escaleras y de los ojos de las muñecas. Pero no hay palabras para decir este miedo. Aún no se han inventado las palabras para decirlo.
—Volverá a gustarme en cuanto deje de llover —dijo ella.
—¿Verdad que no te gustaba hace un momento? Cuando estábamos en el río.
—Bueno —dijo ella—. No mucho.
—Esta noche había un ambiente un poco fantasmal ahí abajo. ¿Qué podías esperar? Nunca consigues elegir un sitio donde haga buen tiempo. (Ni tampoco ninguna otra cosa, pensó él.) Hay demasiados abetos por todos lados. Te sientes encerrado.
–Sí.
Pero, pensó ella, no son los abetos, ni el cielo sin estrellas, ni la flaca luna perseguida, ni las bajas colinas sin cresta, ni las colinas abruptas, ni las grandes rocas. Es el río.
—El río es muy silencioso —dijo ella—. ¿Se debe a que va muy lleno?
—Supongo que acabas acostumbrándote al ruido. Entremos. Podemos encender la chimenea del dormitorio. Ojalá tuviésemos una copa. Daría muchísimo por una copa, ¿tú no?
—Podemos tomarnos un café.
Mientras volvían a entrar él había mantenido la cabeza vuelta hacia el agua.
—Con esta luz tiene un aspecto curiosamente metálico. No parece agua.
—Tan uniforme como si el río estuviese helado. Y mucho más ancho.
—Yo no diría helado. Muy vivo, aunque de forma misteriosa. Como una cabellera ondulada—dijo él como si hablara consigo mismo.
O sea que él también lo había notado. Ella se tendió y recordaba la forma cómo, a la luz de la luna, había cambiado, la superficie rota, la rápida corriente del río. Las cosas tienen más fuerza que las personas. Siempre lo he creído. (Si le tienes miedo a ese caballo es que no eres hija mía. Si tienes miedo de marearte en el barco es que no eres hija mía. Si tienes miedo de la forma de una montaña, o de la luna cuando se hace vieja, es que no eres hija mía. De hecho, no eres hija mía.)
—Ahora no está tan silencioso, ¿verdad? —dijo ella—. Me refiero al río.
—No, desde aquí arriba hace mucho ruido —bostezó—. Pondré otro tronco en el fuego. Ransom ha sido muy amable prestándonos el carbón y la leña. No nos prometió esta clase de lujos cuando vinimos a esta casa. ¿Verdad que no es mal tipo?
—Tiene buen corazón. Y, además, después de tanto tiempo debe haberse acostumbrado al clima.
—A mí me gusta —dijo él cuando volvía a meterse en la cama—, a pesar de la lluvia. Seamos felices aquí.
—Sí, seámoslo.
Esta es la segunda vez. Ya lo había dicho antes. Lo dijo el día en que llegaron. Tampoco entonces había contestado ella, «Sí, seámoslo» inmediatamente, porque el miedo que había estado esperándola se le había acercado, la había tocado, y habían pasado algunos segundos antes de que pudiese hablar.
—Lo que vimos esta tarde debía ser una nutria—dijo él—, porque era muy grande para ser simplemente una rata de agua. Se lo diré a Ransom. Le encantará saberlo.
—¿Por qué?
—No hay muchas nutrias por esta zona.
—Pobrecillas, si no hay muchas seguro que no les va muy bien por aquí. ¿Qué hará Ransom? ¿Organizará una cacería? Quizás no. Los dos pensamos que es un hombre de buen corazón. Esta región es un refugio de pájaros, ¿lo sabías? Es muchas cosas. Le diré a Ransom que vi ese pájaro del pecho amarillo. Quizás él sepa qué era.
Aquella misma mañana lo había visto aletear al otro lado del cristal de la ventana: un destello amarillo en medio de la lluvia.
«Qué pájaro tan bonito.» El miedo es amarillo Tú eres amarillo. Este pájaro tiene una mancha amarilla. Tienen razón, el miedo es amarillo. «¿Verdad que es bonito? ¡Y qué persistente! Está decidido a entrar...»
—Voy a apagar esta luz —dijo él—. No sirve de nada. Es mejor el fuego.
Encendió una cerilla para fumar otro pitillo y cuando la cerilla prendió ella vio profundas bolsas bajo sus ojos, la piel tensa sobre sus pómulos, y el delgado puente de su nariz. El sonreía como si supiera lo que ella había estado pensando.
—¿Hay alguna cosa de la que no tengas miedo cuando te sientes así?
—Tú —dijo ella. La cerilla se apagó. Pase lo que pase, pensó ella. Hagas lo que hagas. Haga lo que haga. Tú nunca. ¿Me oyes?
—Bueno —dijo él—. Eso es un alivio.
—Mañana hará buen día. Ya lo verás. Tendremos suerte.
—No te fíes de nuestra suerte. A estas alturas, ya deberías haberlo aprendido—murmuró él—. Pero tú eres de las que nunca aprenden. Por desgracia, los dos somos de los que nunca aprenden.
—¿Estás cansado? Parece que lo estés.
—Sí—suspiró él, y se dio la vuelta—. Bastante.
Cuando ella dijo «Tengo que encender la luz, quiero una aspirina», él no contestó, y ella extendió el brazo por encima de él y tocó el interruptor de la débil bombilla eléctrica. Estaba durmiendo. El cigarrillo encendido se había caído en la sábana.
—Menos mal que lo he visto —dijo ella en voz alta. Apagó el cigarrillo y lo tiró por la ventana, buscó la aspirina, vació el cenicero, posponiendo el momento en que tendría que tenderse, estirada, escuchando, en que cerraría los ojos aunque sólo para que se volviesen a abrir de golpe.
«No te duermas —pensó mientras permanecía tumbada—. Quédate despierto y confórtame. Estoy asustada. Te aseguro que aquí hay algo que da miedo. ¿Por qué no puedes notarlo tú? Cuando dijiste, «Seamos felices» el primer día, había en alguna parte un grifo que goteaba en un fregadero lleno, y hacía una música alegre y horrible. ¿No lo oíste? Yo lo oí. No te des la vuelta ni suspires ni te duermas. Quédate despierto y confórtame.»
Nadie va a confortarte, se dijo, ya deberías haberlo aprendido. Reúne todas tus fuerzas, desperdiga todas tus fuerzas. Hubo una vez. Hubo una vez. Además me dormiré en seguida. Siempre queda el recurso de dormir, y mañana hará buen tiempo.
«Sabía que hoy haría buen tiempo—pensó ella cuando vio la luz del sol a través de las delgadas cortinas—. El primer día que lo hace.»
—¿Estás despierto?—dijo ella—. Hace buen tiempo. He tenido un sueño muy gracioso— dijo sin dejar de mirar la luz—. He soñado que caminaba por un bosque y los árboles gruñúan y después soñaba que el viento soplaba contra los cables del telégrafo, bueno, algo parecido, pero fortísimo. Todavía lo oigo: te juro de verdad que no me lo invento. Todavía lo tengo en la cabeza y no se parece a nada, sólo un poco al viento soplando contra los cables del telégrafo.
«Hace un día precioso —dijo ella tocándole la mano.
»Cariño, estás helado. Iré a buscar una botella de agua caliente y haré el té. Ya lo hago yo: esta mañana me siento llena de energías, y tú te quedas descansando, aunque sólo sea una vez.
«¿Por qué no contestas? —dijo ella sentándose y asomándose sobre él para mirarle—. Me estás asustando—dijo, con voz más fuerte—. Me estás asustando. Despierta —dijo, sacudiéndole.»
En cuanto le tocó, su corazón empezó a hinchársele hasta que le tocó la garganta. Se le hinchó y de él salían afiladas garras y las garras se le clavaban cada vez más profundamente.
«Dios mío», dijo ella y se levantó y descorrió las cortinas y vio la cara de él al sol. «Dios mío», dijo mirando su cara al sol y se arrodilló junto a la cama tomándole su mano entre las suyas sin hablar ni pensar ya.
—¿No oyó nada durante la noche? Dijo el médico.
—Creí que era un sueño.
—¡Oh! ¡Creyó que era un sueño! Ya entiendo. ¿A qué hora se despertó?
—No lo sé. Teníamos el reloj en la otra habitación porque es muy ruidoso. Supongo que serían las ocho y media o las nueve.
—Usted sabía naturalmente lo que había ocurrido.
—No estaba segura. Al principio no estaba segura.
—Pero, ¿qué estuvo haciendo? Eran más de las diez cuando me telefoneó. ¿Qué estuvo haciendo?
Ni una sola palabra de consuelo. Receloso. Tiene los ojos pequeños y las cejas pobladas y parece receloso.
—Me he puesto un abrigo —dijo ella— y me he ido a casa de Mr. Ransom, que tiene teléfono. He ido corriendo, pero parecía estar muy lejos.
—De todos modos, como máximo eso puede haberle llevado diez minutos.
—No, parecía muy lejos. Yo corría pero parecía que no avanzase. Cuando he llegado no había nadie en la casa y la habitación del teléfono estaba cerrada. La puerta principal está siempre abierta pero cuando sale suele cerrar esa habitación. Entonces he vuelto al camino pero no he visto a nadie. No había nadie en la casa ni en el camino y tampoco había nadie en la ladera de la montaña. De un alambre colgaban al viento unas sábanas y algunas camisas de hombre. Y estaba el sol, claro. Era el primer día de sol que teníamos. El primer día bueno.
Miró la cara del doctor, se interrumpió, y luego prosiguió en una voz distinta.
—Estuve primero andando arriba y abajo un rato. No sabía qué hacer. Luego se me ha ocurrido que quizás podría forzar la puerta. Lo he intentado y cedió. Se partió una tabla y entré. Pero parecía que pasaba muchísimo tiempo antes de que alguien contestara.
Sí, claro que lo sabía, pensó. Tardé mucho porque tenía que quedarme allí, escuchando. Entonces lo oí. Se fue haciendo más fuerte y sonaba más cerca, y estaba dentro de la habitación, conmigo. Oí el ruido del río.
Oí el ruido del río.

Jean Rhys, El ruido del río.

Jean Rhys

Cesare Pavese, Años

Años
De lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo esa noche que tenía que irme, o irse ella: ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejara que probásemos de nuevo; estaba acostado a su lado y la abrazaba. Ella me dijo:
-¿Con qué finalidad? -Hablábamos en voz baja, a oscuras.
Luego Silvia se durmió y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que afuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmigo entre la niebla fresca.
Era mejor que me vistiera y me marchase sin despertarla. Pero ahora tenía en la cabeza una cosa que preguntarle. Esperé, intentando adormilarme.
Cuando estuvo despierta, Silvia me sonrió. Seguimos hablando. Ella dijo:
-Es bonito ser sinceros, como nosotros.
-¡Oh, Silvia! -susurré-, ¿qué haré al salir de aquí? ¿Adónde iré?
Era eso lo que tenía que preguntarle. Sin apartar la nuca del almohadón, ella sonrió de nuevo, beatífica.
-Bobo -dijo-, irás a donde quieras. ¿No es hermoso ser libre? Conocerás a muchas chicas, harás todas las cosas que quieras. Te envidio, palabra.
Ahora la mañana llenaba el cuarto y sólo había un poco de calor en la cama. Silvia esperaba paciente.
-Tú eres como una prostituta -le dije- y siempre lo has sido.
Silvia no abrió los ojos.
-¿Estás mejor ahora que lo has dicho? -me dijo.
Entonces me quedé como si ella no estuviera, y miraba al techo y lloraba sin ruido. Las lágrimas me llenaban los ojos y corrían sobre la almohada. No valía la pena que se diera cuenta. Mucho tiempo ha pasado, y ahora sé que aquellas lágrimas mudas fueron la única cosa de hombre que hice con Silvia; sé que lloraba no por ella sino porque había entrevisto mi destino. De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.
Luego Silvia me dijo:
-Ya basta. Tengo que levantarme.
Nos levantamos juntos, los dos. No la vi vestirse. Estuve pronto en pie, a la ventana; y miraba vislumbrarse las plantas. Detrás de la niebla estaba el sol, el sol que tantas veces había entibiado el cuarto. También Silvia se vistió pronto, y me preguntó si no me llevaba mis cosas. Le dije que primero quería calentar el café, y encendí el hornillo.
Silvia, sentada al borde de la cama, se puso a arreglarse las uñas. En el pasado se las había arreglado siempre en la mesa. Parecía abstraída y el pelo le caía continuamente sobre los ojos. Entonces daba sacudidas con la cabeza y se liberaba. Yo deambulé por el cuarto y recogí mis cosas. Hice un montón sobre una silla y de repente Silvia saltó en pie y corrió a apagar el café que se derramaba.
Luego saqué la maleta y metí las cosas. Mientras tanto, por dentro me esforzaba por recoger todos los recuerdos desagradables que tenía de Silvia: sus futilidades, sus malos humores, sus frases irritantes, sus arrugas. Eso me llevaba de su cuarto. Lo que dejaba era una niebla.
Cuando hube acabado, el café estaba listo. Lo tomamos de pie, junto al hornillo. Silvia dijo algo, que ese día iría a ver a un tipo, a hablar de un asunto. Poco después dejé la taza y me marché con la maleta. Afuera la niebla y el sol cegaban.
Cesare Pavese, Años.

Cesare Pavese

Clarice Lispector, Restos del Carnaval

Restos del Carnaval
No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.
En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás. Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume, y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir. Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.
¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados, sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.
No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha -yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable- y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.
Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo, que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.
Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga -respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel- decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.
Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto a que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.
¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.
Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Ésta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron en seguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa -pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil-, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, ente serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.
Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.
Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.

Clarice Lispector, Restos del Carnaval.


Clarice Lispector

Eugenio Mandrini, Los misterios de la poesía.

Los misterios de la poesía.
El poeta Ezra Kiesinsky, famoso por sus visiones que la realidad prontamente imitaba, hacía meses que no escribía una sola línea, ni una palabra o sílaba o letra. Se estaba allí, de pie frente a la ventana que daba al patio de su vieja casa, esperando una sorpresa: la caída de algún fragmento de otra dimensión, de una hoja de otoño vestida de escarcha, o de una gota del sudor del sol, en fin, algo, alguna de esas súbitas apariciones que, como solía sucederle, le abrieran la puerta de entrada al tembladeral del poema. Entonces vio al elefante, que lo miraba desde el patio. Era de un color gris violáceo y tan enorme su edificio de carne que pareció cubrir de sombra la ventana y aun la casa entera. Debía pesar, se dijo, más de tres toneladas.
Antes de que la sobrenatural imagen desapareciera tan súbitamente como había llegado, el poeta Ezra Kiesinsky se sentó, puso una hoja bajo su mano y, sin agitar la respiración, escribió un admirable poema sobre una insignificante hormiga.
Eugenio Mandrini, Los misterios de la poesía (Las otras criaturas). Menoscuarto.


Eugenio Mandrini

John Cheever, El brigadier y la viuda del golf

El brigadier y la viuda del golf
No quisiera ser uno de esos escritores que exclaman, al levantarse todas las mañanas: «¡Gogol, Chéjov, Thackeray y Dickens!, ¿qué hubierais hecho con un refugio atómico, cuatro patos de escayola, una pila para pájaros y tres gnomos de largas barbas y gorros encarnados?» Como digo, no quisiera empezar el día así, pero a veces me pregunto qué habrían hecho los que ya están muertos. Y es que el refugio se halla tan dentro de mi paisaje habitual como las hayas y los castaños de Indias de la colina. Lo veo desde la ventana junto a la que escribo. Lo construyeron los Pastern, y se alza en el solar vecino a nuestra propiedad. Bajo un velo de césped reciente y poco tupido, sobresale como una especie de molesto defecto físico, y creo que la señora Pastern colocó esas estatuas alrededor para suavizar el impacto. Es algo muy de su estilo. La señora Pastern era una mujer muy pálida. Sentada en su terraza, en su sala o en cualquier parte, vivía obsesionada por su amor propio. Si le ofrecías una taza de té, respondía: «Es curioso, estas tazas son iguales que las de un juego que regalé el año pasado al Ejército de Salvación.» Si le enseñabas la nueva piscina, decía, dándose una palmada en el tobillo: «Imagino que es aquí donde crían ustedes sus gigantescos mosquitos.» Si le ofrecías un asiento, replicaba: «¡Qué curioso!, es una buena imitación de las sillas estilo reina Ana que heredé de la abuela Delancy.» Sus fanfarronadas resultaban enternecedoras más que otra cosa, y parecían implicar que las noches eran largas, sus hijos desagradecidos y su matrimonio un terrible fracaso. Veinte años antes se la hubiera considerado una viuda del golf(1), y su comportamiento, en conjunto, era quizá el de una persona víctima de una gran aflicción. Normalmente vestía de oscuro y un desconocido podría imaginarse, al verla tomar el tren, que el señor Pastern había muerto; pero no era ése el caso, ni mucho menos. El señor Pastern se paseaba de un lado a otro por el vestuario del club de golf Grassy Brae, gritando: «¡Hay que bombardear Cuba! ¡Hay que bombardear Berlín! ¡Tiradles unas cuantas bombas atómicas para que aprendan quién manda!» El señor Pastern era el brigadier de la infantería ligera de los vestuarios del club, y antes o después declaraba la guerra a Rusia, a Checoslovaquia, a Yugoslavia y a China. 
Todo empezó una tarde de otoño, y ¿quién, después de tantos siglos, es capaz de describir los matices de un día de otoño? Cabe fingir que nunca se ha visto antes nada parecido; aunque quizá resultase todavía mejor imaginar que nunca volverá a haber otro igual. El brillo del sol sobre el césped era como una síntesis de todas las claridades del año. En alguna parte quemaban hojas secas, y el olor del humo, a pesar de su acidez amoniacal, hacía pensar en algo que empieza. El aire azul se extendía, infinito, hasta el horizonte, tirante como la piel de un tambor. Al salir de su casa una tarde a última hora, la señora Pastern se detuvo para admirar la luz de octubre. Era el día de hacer la colecta para la lucha contra la hepatitis infecciosa. A la señora Pastern le habían dado una lista con dieciséis nombres, un montón de prospectos y un talonario de recibos. Su trabajo consistía en visitar a sus vecinos y recoger los cheques que le entregaran. Su casa estaba en un altozano, y antes de subirse al coche contempló las casas que se extendían a sus pies. La caridad, según su propia experiencia, era algo complejo y recíproco, y prácticamente todos los tejados que veía significaban caridad. La señora Balcolm trabajaba para el cerebro. La señora Ten Eyke se ocupaba de la salud mental. La señora Trenchard se encargaba de los ciegos. La señora Horowitz, de las enfermedades de nariz y garganta. La señora Trempler, de la tuberculosis. La señora Surcliffe hacía la colecta para las madres necesitadas. La señora Craven para el cáncer, y la señora Gilkson se hacía cargo de los riñones. La señora Hewlitt presidía la liga para la planificación de la natalidad. La señora Ryerson se ocupaba de la artritis. Y a lo lejos podía verse el techo de pizarra de la casa de Ethel Littleton, un techo que quería decir gota. 
La señora Pastern había aceptado la tarea de ir de casa en casa con la despreocupada resignación de una honesta trabajadora apegada a las tradiciones. Era su destino y su vida. Su madre lo había hecho antes que ella, e incluso su anciana abuela ya recogía dinero para combatir la viruela y para socorrer a las madres solteras. La señora Pastern había telefoneado de antemano a la mayor parte de sus vecinas, y casi todas la estaban esperando. No sentía la inquietud de esos infelices desconocidos que van vendiendo enciclopedias. De vez en cuando se quedaba a hacer una visita y a tomarse una copa de jerez. El dinero recogido superaba ya la cifra del año anterior, y aunque, por supuesto, no era suyo, a la señora Pastern le agradaba llevar en el bolso cheques por cantidades importantes. Estaba anocheciendo cuando entró en casa de los Surcliffe, y allí tomó un whisky con soda. Se quedó mucho rato, y al marcharse era ya completamente de noche y hora de volver a casa y preparar la cena a su esposo. 
— He conseguido ciento sesenta dólares para el fondo contra la hepatitis —le dijo muy excitada al señor Pastern cuando su marido llegó a casa—. He visitado a todas las personas de mi lista, excepto a los Blevin y los Flannagan. Quisiera entregarlo todo mañana por la mañana, ¿te importaría ir a verlos mientras preparo la cena? 
— ¡Pero si no conozco a los Flannagan! —exclamó Charlie Pastern. 
— Nadie los conoce, pero me dieron diez dólares el año pasado. 
El señor Pastern estaba cansado, tenía problemas en los negocios, y ver a su mujer preparando unas chuletas de cerdo le pareció el adecuado colofón de un día poco afortunado. No le disgustó subirse al automóvil y acercarse a casa de los Blevin pensando en que quizá le ofrecieran algo de beber. Pero los Blevin no estaban en casa; la criada le dio un sobre con un cheque y cerró la puerta. Al torcer por el camino particular de los Flannagan intentó recordar si había estado con ellos alguna vez. El apellido lo animó, porque tenía el convencimiento de que sabía «manejar» a los irlandeses. La puerta principal era de cristal, y al otro lado vio un vestíbulo donde una pelirroja algo entrada en carnes arreglaba unas flores. 
— Hepatitis infecciosa —gritó con buen humor. 
La dueña de la casa estuvo un buen rato mirándose al espejo antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta, avanzando con pasos muy breves. 
— Entre, por favor —dijo. Su voz aniñada era casi un susurro, aunque saltaba a la vista que la señora Flannagan no era ya una jovencita. Llevaba el pelo teñido, su atractivo declinaba, y debía de estar a punto de alcanzar los cuarenta, pero parecía ser una de esas mujeres que se aferran a los modales y a las gracias de una preciosa niña de ocho—. Su esposa acaba de telefonear —añadió, separando cada palabra exactamente como hacen los niños—, y no estoy segura de tener dinero en metálico, pero si espera un minuto le daré un cheque, si es que soy capaz de encontrar el talonario. Haga el favor de pasar a la sala de estar; allí estará más cómodo. 
Charlie Pastern vio que su anfitriona acababa de encender el fuego y de hacer todos los preparativos necesarios para tomar unas copas, y, como cualquier descarriado, su respuesta ante aquella acogedora recepción fue instantánea. ¿Dónde estará el señor Flannagan? —se preguntó—. ¿Volviendo a casa en el último tren? ¿Cambiándose de ropa en el piso de arriba? ¿Dándose una ducha? En el otro extremo de la habitación había un escritorio donde se amontonaban los papeles y ella empezó a revolverlos, suspirando y haciendo ruidos de aniñada exasperación. 
— Siento muchísimo que tenga que esperar —dijo—, ¿no querrá prepararse algo de beber mientras tanto? Encontrará todo lo necesario encima de la mesa. 
— ¿En qué tren llega su marido? 
— El señor Flannagan no está aquí —dijo ella, bajando la voz—. Lleva seis semanas de viaje... 
— Entonces tomaré una copa, si usted me acompaña. 
— Lo haré si promete no ponerme mucho whisky en el vaso. 
— Siéntese —dijo Charlie—, bébase su cóctel y ya nos ocuparemos después del talonario. La única forma de encontrar las cosas es buscándolas con calma. 
En total se tomaron seis copas. La señora Flannagan se describió a sí misma y explicó las circunstancias de su vida sin una sola vacilación. Su marido fabricaba depresores linguales de material plástico. Viajaba por todo el mundo. A ella no le gustaba viajar. Los aviones la hacían desmayarse, y en Tokio, donde había estado aquel verano, le dieron pescado crudo para desayunar. La señora Flannagan se volvió a casa inmediatamente. Ella y su marido habían vivido anteriormente en Nueva York, donde la señora Flannagan tenía muchos amigos, pero su marido pensó que el campo sería más seguro en caso de guerra. Ella, sin embargo, prefería vivir en peligro a morir de soledad y de aburrimiento. No tenía hijos y no había hecho amistades en Shady Hill. 
— Pero a usted lo había visto ya antes —le dijo a Charlie con terrible timidez, dándole unas palmaditas en la rodilla—. Le he visto cuando pasea a su perro los domingos y conduciendo su descapotable... 
Pensar en la soledad de aquella mujer esperando junto a la ventana conmovió al señor Pastern, aunque todavía lo conmovió más que fuera una persona de generosa anatomía. La pura gordura, Charlie lo sabía muy bien, no cumple en el cuerpo ningún cometido vital, y no sirve para las funciones procreadoras. No tiene más utilidad que proporcionar un almohadillado supletorio al resto de la estructura. Y, conociendo su humilde situación en la escala de las cosas, ¿por qué él, en ese momento de su vida, tenía que sentirse dispuesto a vender su alma por ese almohadillado? Las consideraciones que la señora Flannagan hizo al principio sobre los sufrimientos de una mujer solitaria parecían tan amplias que Charlie no sabía cómo tomarlas; pero al terminar la sexta copa le pasó el brazo alrededor del talle y sugirió que podían subir al piso de arriba y buscar allí el talonario de cheques. 
—Nunca había hecho esto antes —dijo ella más tarde, cuando él se estaba preparando para marcharse. 
Su tono resultaba muy sincero, y a Charlie le pareció encantador. No puso en duda la veracidad de aquellas palabras, aunque las había oído cientos de veces. «No lo he hecho nunca», decían siempre, mientras sus vestidos, al caer, dejaban al descubierto sus blancos hombros. «No lo he hecho nunca», decían mientras esperaban el ascensor en el pasillo del hotel. «No lo he hecho nunca», decían siempre, sirviéndose otro whisky. «Nunca lo había hecho antes», decían siempre mientras se ponían las medias. En los barcos, en los trenes, en hoteles de veraneo, ante paisajes de montaña, decían siempre: «Nunca lo había hecho antes.» 
—¿Dónde has estado? —le preguntó la señora Pastern a su marido con la voz empañada por la tristeza cuando llegó a casa—. Son más de las once. 
— He estado tomando unas copas con los Flannagan. 
— Ella me dijo que su marido estaba en Alemania. 
— Ha vuelto inesperadamente. 
Charlie cenó algo en la cocina y pasó después al cuarto de la televisión para escuchar las noticias. 
— ¡Bombardeadlos! —gritó—. ¡Tiradles unas cuantas bombas atómicas! ¡Que aprendan quién es el que manda! 
Pero aquella noche durmió mal. Charlie pensó primero en su hijo y en su hija, que estaban en la universidad, a muchos kilómetros de distancia. Los quería. Era el único sentido que tenía para él la palabra querer. Después hizo nueve hoyos imaginarios al golf, escogiendo, con todo detalle el hándicap, los palos, la posición de los pies, los contrincantes e, incluso, el tiempo; pero el verde del campo se esfumaba al hacer acto de presencia sus preocupaciones económicas. Había invertido su dinero en un hotel de Nassau, en una fábrica de cerámica de Ohio y en un líquido limpiacristales, y la suerte no le estaba sonriendo. Sus preocupaciones lo sacaron de la cama; encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana. A la luz de las estrellas vio los árboles sin hojas. Durante el verano había intentado compensar algunas de sus pérdidas apostando a las carreras, y los árboles desnudos le recordaban que sus boletos debían de yacer aún, como hojas caídas, en la cuneta de la carretera entre Belmont y Saratoga. Arces y fresnos, hayas y olmos; cien al Tres como ganador en la cuarta, cincuenta al Seis en la tercera, cien al Dos en la octava. Los niños, al volver a casa desde el colegio, arrastrarían los pies sobre lo que le parecía ser su propio follaje. Después, al volver a la cama, se acordó sin avergonzarse de la señora Flannagan, planeando dónde se verían la próxima vez y lo que harían. Ya que hay tan pocas posibilidades de olvidar en esta vida, pensó, ¿por qué tendría él que rechazar el remedio, aunque pareciera, como en este caso, un remedio muy casero? 
A Charlie una nueva conquista siempre le levantaba la moral. En una sola noche se volvió generoso, comprensivo, poseedor de un inagotable buen humor, tranquilo, amable con los gatos, con los perros y con los desconocidos, comunicativo y misericordioso. Quedaba, por supuesto, el mudo reproche de la señora Pastern esperándolo por las tardes, pero había sido su fiel servidor, pensaba, durante veinticinco años, y si intentase acariciarla tiernamente durante aquellos días, diría con toda probabilidad: «¡Uf! Ahí es donde me he magullado en el jardín.» La señora Pastern parecía escoger las veladas que pasaban juntos para sacar a relucir las esquinas más aceradas de su personalidad y pasar revista a todos sus agravios. «¿Sabes? — decía—, Mary Quested hace trampas a las cartas.» Sus observaciones se quedaban cortas; no llegaban hasta donde Charlie estaba sentado. Si se trataba de manifestaciones indirectas de descontento, era un descontento que ya no le afectaba. 
El señor Pastern comió con la señora Flannagan en la ciudad y pasaron la tarde juntos. Al salir del hotel, ella se detuvo ante el escaparate de una perfumería. Dijo que le gustaban los perfumes, movió los hombros con coquetería y lo llamó «vidita». Teniendo en cuenta sus aires de adolescente y sus protestas de fidelidad, parecía haber demasiada práctica en su manera de pedir, pensó Charlie; pero le regaló un frasco de perfume. La segunda vez que se vieron, la señora Flannagan se entusiasmó con un salto de cama que vio en un escaparate y él se lo compró. La tercera vez fue un paraguas de seda. Mientras la esperaba en un restaurante donde iban a verse por cuarta vez, Charlie abrigó la esperanza de que no fuera a pedirle alguna joya, porque andaba mal de dinero. La señora Flannagan había prometido llegar a la una, y él dejaba correr el tiempo considerando su situación y aspirando los olores de las salsas, de la ginebra y de las alfombras rojas. La señora Flannagan llegaba siempre tarde, y a la una y media Charlie pidió otro whisky. A las dos menos cuarto notó que el camarero que le atendía cuchicheaba con otro: cuchicheaba, reía y movía la cabeza en dirección a su mesa. En ese momento tuvo el primer presentimiento de que ella pudiera darle de lado. Pero ¿quién era ella? ¿Quién se creía que era para hacerle una cosa así? No era más que una ama de casa con su soledad a cuestas, ni más ni menos. A las dos encargó la comida. Se sentía derrotado. ¿Qué había sido su vida sentimental en aquellos últimos años, excepto una serie de aventuras de una noche, muchas veces deprimentes por añadidura? Pero sin ellas su vida hubiera sido insoportable. 
No tiene nada de extraordinario que lo dejen a uno plantado entre la una y las dos en un restaurante en el centro de Nueva York: una tierra de nadie espiritual, con árboles tronchados, zanjas y agujeros que todos compartimos, desarmados a causa de la decepción de nuestros corazones. El camarero lo sabía, y las risas y las conversaciones intrascendentes alrededor de Charlie agudizaban estos sentimientos. Le parecía elevarse desesperanzadamente sobre su frustración como sobre un mástil, mientras su soledad se hacía cada vez más patente en el abarrotado comedor. Entonces advirtió su demacrada imagen en un espejo, los grises cabellos que se aferraban a su cráneo como los restos de un paisaje romántico, su cuerpo pesado que casi hacía pensar en un Santa Claus de cuartel de bomberos, rellena la panza con uno o dos cojines del peor sofá de la señora Kelly. Apartó la mesa y se encaminó hacia una de las cabinas telefónicas del vestíbulo. 
— ¿No está usted contento con el servicio, monsieur? —le preguntó el camarero. La señora Flannagan respondió al teléfono y dijo con su voz más aniñada: 
— No podemos seguir así. Lo he pensado despacio y no podemos seguir así. No es que yo no quiera, porque eres muy viril, pero mi conciencia no me lo permite. 
— ¿Puedo pasar por ahí esta noche para hablar de ello? 
— Bueno... —contestó ella. 
— Iré directamente desde la estación. 
— Pero tienes que hacerme un favor. 
— ¿Cuál? 
— Ya te lo diré esta noche. Acuérdate de aparcar el coche detrás de la casa, y entra por la puerta trasera. No quiero dar motivo de habladurías a esas viejas cotorras. Recuerda que nunca he hecho esto antes. 
A la señora Flannagan no le faltaba razón, pensó Charlie; tenía una autoestima que mantener. Su orgullo, ¡era tan infantil, tan maravilloso! A veces, atravesando una de las ciudades fabriles de New Hampshire al caer la tarde, Charlie recordaba haber visto, en un callejón o en un camino particular, cerca del río, a una niña vestida con un mantel, sentada sobre un taburete cojo, y agitando su cetro sobre un reino de hierbajos, escorias y unas cuantas gallinas desmedradas. Emociona la pureza y la desproporción de su orgullo, y ésos eran también sus sentimientos hacia la señora Flannagan. 
Aunque aquella noche la señora Flannagan lo hizo entrar por la puerta trasera, en la sala de estar todo seguía igual. El fuego ardía en la chimenea, ella le preparó una copa, y al hallarse otra vez en su compañía, Charlie sintió que se le quitaba un gran peso de encima. Pero la señora Flannagan se mostraba indecisa, dejándose abrazar y rechazándolo al mismo tiempo, haciéndole cosquillas y yéndose luego al otro extremo de la habitación para mirarse al espejo. 
— Primero quiero que me hagas el favor que te he pedido —le dijo. 
— ¿De qué se trata? 
— Adivina. 
— Dinero no puedo darte. Ya sabes que no soy rico. 
— No se me ocurriría pedirte dinero —replicó, muy indignada. 
— ¿De qué se trata, entonces? 
— Algo que llevas encima. 
— El reloj no tiene ningún valor, y los gemelos son de latón. 
— Es otra cosa. 
— Sí, pero dime qué. 
— No te lo diré hasta que prometas dármelo. 
Entonces él la apartó, consciente de que no era difícil tomarle el pelo. 
— No puedo hacer una promesa sin saber qué es lo que quieres. 
— Es una cosa muy pequeña. 
— ¿Cómo de pequeña? 
— Muy chiquitita. 
— Por favor, dime de qué se trata. —Charlie volvió a abrazarla y fue en ese momento cuando se sintió más él mismo: solemne, viril, prudente e imperturbable. 
— No te lo diré si no me lo prometes antes. 
— Pero ¿no ves que no puedo prometértelo? 
— Entonces, vete —dijo ella—. Vete y no vuelvas nunca. 
La señora Flannagan tenía unos modales demasiado infantiles para dar a sus palabras un tono autoritario, pero lograron el efecto deseado. ¿Estaba Charlie en condiciones de volver a una casa donde no encontraría más que a su esposa, ocupada, sin duda, en pasar revista a sus agravios? ¿Volver allí y esperar a que el tiempo y la casualidad le proporcionaran otra amiga? 
— Dímelo, por favor. 
— Promételo. 
— Prometido. 
— Quiero una llave de tu refugio antiatómico —dijo ella. 
La petición de la señora Flannagan cayó sobre Charlie como una bomba y, de repente, se sintió invadido por un inmenso desconsuelo. Todas sus delicadas suposiciones sobre ella —la niña de la ciudad fabril reinando sobre las gallinas— eran absolutamente falsas. Venía pensando en aquello desde el primer momento; ya le daba vueltas en la cabeza cuando encendió el fuego la primera vez, cuando no encontraba el talonario de cheques y le ofreció una copa. La petición de la llave apagó los deseos de Charlie, pero sólo por un momento, porque la señora Flannagan volvió de nuevo a sus brazos y empezó a acariciarle el tórax mientras decía: «Ratoncito, ratoncito, ratoncito, hazte la casa en este rinconcito.» Charlie no tuvo fuerzas para resistirse; era como si le hubieran dado un golpe feroz en las corvas. Y, sin embargo, en algún lugar de su dura cabeza se daba cuenta de lo absurdo y trasnochado de sus insaciables deseos. Pero ¿cómo podía él reformar sus huesos y sus músculos para acomodarse a un mundo nuevo? ¿Cómo educar su carne ávida y vagabunda para que entendiese de política y geografía, de holocaustos y cataclismos? Los pechos de la señora Flannagan eran redondos, fragantes y suaves, y Charlie sacó la llave del llavero —un trozo de metal de cinco centímetros de longitud, tibio por el calor de sus manos, genuino talismán de salvación, defensa contra el fin del mundo— y la dejó caer por el escote de su vestido. 
Los Pastern habían terminado el refugio antiatómico aquella primavera. Les hubiera gustado que fuera un secreto, o al menos que el hecho de su existencia se divulgara paulatinamente, pero los camiones y las excavadoras entrando y saliendo habían bastado para informar a todo el mundo. Había costado treinta y dos mil dólares, y tenía dos retretes con purificadores químicos, reserva de oxígeno, y una biblioteca preparada por un profesor de la Universidad de Columbia con libros seleccionados para inspirar buen humor, tranquilidad y esperanza. Había alimentos para tres meses y varias cajas de bebidas alcohólicas fuertes. La señora Pastern compró los patos de escayola, la pila para pájaros y los gnomos con la intención de darle un aire inocente a la joroba de su jardín; para convertirla en algo aceptable, al menos para sí misma. Porque destacando como destacaba en un escenario tan encantador y doméstico, y simbolizando de hecho la muerte de la mitad —al menos— de la población del mundo, le resultaba, a pesar de la hierba que la recubría, imposible de conciliar con el cielo azul y las nubes blancas. La señora Pastern prefería tener corridas las cortinas en aquel lado de la casa, y así se hallaban la tarde del día siguiente, cuando le servía ginebra al obispo. 
El obispo había llegado inesperadamente. El señor Ludgate, el ministro de su iglesia, telefoneó para decir que el obispo se hallaba en aquella zona y quería darle las gracias por los servicios que prestaba a la comunidad; ¿podían hacerle una visita sin protocolo alguno? La señora Pastern preparó algunas cosas para el té, se cambió de ropa y llegó al vestíbulo en el momento en que llamaban al timbre. 
— ¿Cómo está usted, eminencia? —preguntó—. ¿Quiere usted pasar, eminencia? ¿Le gustaría tomar el té, eminencia, o preferiría más bien una copa? 
— Le agradecería un martini —dijo el obispo. 
Tenía una voz muy agradable y con gran capacidad de convicción. Era un hombre de buena figura, cabellos muy negros, y piel cetrina y elástica con profundas arrugas alrededor de una boca grande; estaba tan ojeroso y su mirada tenía un brillo tan especial, pensó la señora Pastern, como la de una persona que se droga. 
— Con su permiso, eminencia... 
El hecho de que el obispo le pidiera un cóctel la había desconcertado; siempre era Charlie quien se encargaba de preparar las bebidas. Se le cayó el hielo en el suelo de la antecocina, echó aproximadamente medio litro de ginebra en la coctelera e intentó arreglar lo que le parecía un cóctel demasiado fuerte aumentando la proporción de vermut. 
— El señor Ludgate me ha hablado de lo indispensable que es usted en la vida de la parroquia —dijo el obispo al aceptar la copa. 
— Procuro esforzarme todo lo que puedo —respondió la señora Pastern. 
— Tiene usted dos hijos. 
— Sí. Sally está en Smith y Carkie en Colgate. ¡La casa nos parece tan vacía ahora! Los confirmó su predecesor, el obispo Tomlinson. 
— Ah, sí —dijo el obispo—. Sí. 
Tener delante a su eminencia ponía nerviosa a la señora Pastern. Le hubiese gustado darle un aire más natural a la visita; deseaba, por lo menos, que su propia presencia en la sala de estar resultara más real. La señora Pastern sentía una intensa desazón que ya la había asaltado otras veces durante las reuniones de los comités de los que formaba parte, cuando la atmósfera parlamentaria tenía un efecto desintegrador sobre su personalidad. Sentada en su silla, le parecía recorrer la habitación a gatas, reuniendo sus propios fragmentos y pegándolos con alguna de sus virtudes, como Soy una Buena Madre o una Esposa Paciente. 
— ¿Ustedes dos se conocen hace tiempo? —le preguntó la señora Pastern al obispo. 
— ¡No! —exclamó su eminencia. 
— El señor obispo pasaba por aquí —dijo el ministro con voz apenas audible. 
— ¿Podría ver el jardín? —preguntó su eminencia. 
Con el martini en la mano, siguió a la dueña de la casa, saliendo a la terraza por una puerta lateral. La señora Pastern era una entusiasta de la jardinería, pero en aquel momento la situación de sus plantas era poco satisfactoria. El variado ciclo de sucesivas floraciones casi había terminado ya; tan sólo podían verse los crisantemos. 
— Me hubiese gustado enseñárselo en primavera, especialmente al final de la primavera —dijo ella—. La Magnolia stellata es la primera que florece. Luego tenemos los cerezos y los ciruelos japoneses. Cuando acaban, empiezan las azaleas, los laureles y los rododendros. Y debajo de las glicinas hay tulipanes bronceados. Las lilas son blancas. 
— Veo que tienen ustedes un refugio —dijo el obispo. 
— Sí. —La habían traicionado los patos y los gnomos—. Sí, es cierto, pero no tiene nada de especial. En este arriate hay únicamente lirios del valle. Soy de la opinión de que las rosas quedan mejor cortadas en ramos que formando parte de un jardín ornamental; por eso las cultivo detrás de la casa. Los bordes son fraises des bois. Resultan muy dulces y jugosas. 
— ¿Hace mucho que tienen ustedes el refugio? 
— Lo construimos en primavera —dijo la señora Pastern—. Ese seto son camelias japonesas. Más allá está nuestra pequeña huerta: lechugas, hierbas aromáticas y otras cosas por el estilo. 
— Me gustaría ver el refugio —pidió el obispo. 
La señora Pastern se sintió herida, con un dolor que despertaba incluso ecos infantiles, cuando tuvo ocasión de descubrir que sus amigas no venían a visitarla los días de lluvia porque les gustase su compañía, sino para comerse sus pastas y quitarle los juguetes. Nunca había sido capaz de poner buena cara ante el egoísmo, y la señora Pastern llevaba fruncido el entrecejo cuando pasaron junto a la pila para los pájaros y los patos pintados. Los gnomos, con sus gorros voluminosos, los contemplaban a los tres desde lo alto mientras ella abría la puerta con la llave que pendía de su cuello. 
— Encantador —comentó el obispo—. Encantador. Vaya, veo que incluso tienen ustedes una biblioteca. 
— Sí. Se trata de libros escogidos para fomentar el buen humor, la tranquilidad y la esperanza. 
— Una de las desafortunadas características de la arquitectura eclesiástica es que el sótano queda reducido a un pequeño espacio bajo el presbiterio —dijo el obispo—. Esto nos da muy pocas posibilidades de salvar a los fieles, lo cual es un rasgo característico, debería tal vez añadir, de nuestra manera de interpretar el mensaje cristiano. Algunas iglesias tienen sótanos más espaciosos. Pero no quiero hacerle perder más tiempo. 
Su eminencia cruzó el césped para regresar a la casa, dejó la copa del cóctel sobre la barandilla de la terraza y le dio su bendición. 
La señora Pastern se dejó caer sobre los escalones de la terraza y vio alejarse el automóvil del obispo. Su eminencia no había venido a felicitarla, se daba cuenta perfectamente. ¿Era impiedad por su parte sospechar que recorría sus dominios para localizar y elegir posibles refugios? ¿Cabía suponer que pretendía utilizar su consagración episcopal para conseguirlo? El peso de la vida moderna, aunque oliera a plástico — como parecía ser el caso—, se hacía sentir cruelmente sobre los pilares de la religión, de la familia y del Estado. La carga era demasiado pesada, y a la señora Pastern le parecía oír el crujido de los cimientos. Había creído toda su vida en la santidad del sacerdocio, y si su fe era auténtica, ¿por qué no había ofrecido inmediatamente al obispo la seguridad de su refugio? Pero si su eminencia creía en la resurrección de los muertos y en la vida eterna, ¿para qué necesitaba un refugio? 
Sonó el teléfono y la señora Pastern contestó con fingida despreocupación. Era una mujer llamada Beatrice, que acudía a limpiar la casa dos veces por semana. 
— Soy Beatrice, señora Pastern —dijo la voz al otro extremo del hilo—. Creo que hay algo que debe usted saber. Ya sabe que no me gusta cotillear. No soy como esa tal Adele, que va de señora en señora diciendo que Fulanito no duerme con su mujer, y que Menganito tenía seis botellas de whisky en la basura, y que no fue nadie al cóctel de Zutanito. Yo no soy como esa tal Adele, y usted lo sabe, señora Pastern. Pero hay algo que creo que debe usted saber. Hoy he trabajado para la señora Flannagan; me ha enseñado una llave y me ha dicho que era la llave de su refugio antiatómico, y que se la había dado su marido de usted. No sé si es verdad, pero creo que debe usted saberlo. 
— Gracias, Beatrice. 
El señor Pastern había arrastrado el buen nombre de su mujer en un centenar de escapadas, había echado a perder sus buenas cualidades y despreciado su amor, pero ella nunca había imaginado que llegara a traicionarla en sus planes para el fin del mundo. Vertió lo que quedaba del martini en una copa. Detestaba el sabor de la ginebra, pero sus acumuladas preocupaciones se le antojaban ya como los dolores de una enfermedad, y la ginebra los embotaba, aun a costa de avivar su indignación. Fuera, el cielo se oscureció, cambió el viento y empezó a llover. ¿Qué alternativas se le ofrecían? Podía volver con su madre, pero su madre no tenía un refugio. No era capaz de rezar pidiendo ayuda al cielo. El mundano comportamiento del obispo restaba valor a los consuelos celestiales. No podía pararse a considerar la insensata ligereza de su marido sin beber más ginebra. Y entonces se acordó de la noche —la noche del juicio— en la que habían decidido dejar arder a la tía Ida y al tío Ralph; en la que la señora Pastern había sacrificado a su sobrina de tres años y Charlie a su sobrino de cinco; en la que habían conspirado como asesinos y decidido no tener siquiera piedad con la anciana madre del señor Pastern. 
Estaba muy bebida cuando llegó Charlie. 
— No podría pasarme dos semanas en un agujero con la señora Flannagan —dijo. 
— ¿De qué estás hablando? 
— Le estuve enseñando el refugio al obispo y... 
— ¿Qué obispo? ¿Qué hacía aquí un obispo? 
— No me interrumpas y escucha lo que tengo que decirte. La señora Flannagan tiene una llave de nuestro refugio y se la has dado tú. 
— ¿Quién te ha dicho eso? 
— La señora Flannagan —repitió ella— tiene una llave de nuestro refugio y se la has dado tú. 
Charlie regresó al garaje bajo la lluvia y se pilló los dedos con la puerta. Con la prisa y la indignación se le ahogó el motor y, mientras esperaba a que se vaciara el carburador, tuvo que enfrentarse, a la luz de los faros, con los desechos —acumulados en el garaje— de su despilfarradora vida doméstica. Allí había una fortuna en inservibles muebles de jardín y diferentes herramientas con motor. Cuando el coche se puso en marcha, Charlie salió con gran chirriar de neumáticos a la calle y se saltó un semáforo en el primer cruce, donde, por un momento, su vida estuvo pendiente de un hilo. No le importó. Mientras subía la ladera a toda velocidad, sus manos se aferraban al volante como si estuvieran apretando ya el rollizo y estúpido cuello de la señora Flannagan. Era el honor y la tranquilidad espiritual de sus hijos lo que aquella mujer había pisoteado. Había hecho daño a sus hijos, a sus idolatrados hijos. 
Detuvo el coche a la puerta. Había luz en la casa, y olía a leña quemada, pero estaba todo en silencio; escudriñando a través de una ventana no advirtió ningún signo de vida ni oyó más ruido que el de la lluvia. Intentó abrir la puerta. Estaba cerrada. Entonces golpeó en el marco con el puño. Pasó mucho tiempo antes de que ella saliese del cuarto de estar, y Charlie imaginó que estaba dormida. Llevaba puesto el salto de cama que él le había regalado. Fue hacia la puerta arreglándose el pelo. En cuanto abrió, Charlie se precipitó en el interior de la casa, gritando: 
— ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has hecho esa estupidez? 
— No sé de qué estás hablando. 
— ¿Por qué le dijiste a mi mujer que tenías la llave? 
— Yo no se lo he dicho a tu mujer. 
— ¿A quién se lo has dicho, entonces? 
— No se lo he dicho a nadie. 
La señora Flannagan movió los hombros con coquetería y contempló la punta de sus zapatillas. Como muchos mentirosos incurables, tenía un desmedido respeto por la verdad, que se concretaba en una serie de signos que indicaban que estaba mintiendo. Charlie comprendió que no le diría la verdad, que no se la arrancaría aunque empleara toda la fuerza de sus brazos, y que su confesión, en caso de conseguirla, no le serviría de nada. 
— Dame algo de beber —dijo. 
— Sería mejor que te marcharas y volvieras más tarde, cuando te sientas mejor —repuso la señora Flannagan. 
— Estoy cansado —dijo él—. Muy cansado, terriblemente cansado. No me he sentado en todo el día. 
Charlie entró en la sala de estar y se sirvió un whisky. Se miró las manos, sucias después de un largo día de trenes y pasamanos de escaleras, de picaportes y papeles, y vio en el espejo que tenía el pelo empapado por la lluvia. Salió de la sala de estar y, atravesando la biblioteca, fue hacia el cuarto de baño de la planta baja. La señora Flannagan emitió un sonido muy débil, algo que no llegaba a ser un grito. Cuando Charlie abrió la puerta del cuarto de baño, se encontró cara a cara con un desconocido completamente desnudo. 
Al cerrarla de nuevo se produjo uno de esos breves y densos silencios que preceden a las discusiones a gritos. La señora Flannagan habló primero: 
— No sé quién es y he estado intentando que se marchara... Sé lo que estás pensando y no me importa. Estoy en mi casa, después de todo; yo no te he invitado y no tengo por qué darte explicaciones. 
— Apártate de mí —dijo él—. Apártate de mí antes de que te retuerza el pescuezo. 
Seguía lloviendo mientras Charlie regresaba a su casa, Al entrar oyó ruidos de actividad en la cocina y le llegó olor a comida. Supuso que aquellos sonidos y aquellos olores debían de haber sido uno de los primeros signos de vida en la tierra, y que serían también uno de los últimos. El periódico de la tarde estaba en la sala de estar y, dándole un manotazo, gritó: 
— ¡Tiradles unas cuantas bombas atómicas! ¡Que aprendan quién manda! Y después, dejándose caer en un sillón, preguntó en voz muy baja: 
— Santo cielo, ¿cuándo terminará todo? 
— Llevaba mucho tiempo esperando a que dijeras eso —declaró la señora Pastern tranquilamente, saliendo de la antecocina—. Llevo casi tres meses esperando a que digas precisamente eso. Empecé a preocuparme cuando vi que habías vendido los gemelos y los palos de golf. Me preguntaba qué estaba sucediendo. Después, cuando firmaste el contrato del refugio sin tener un centavo para pagarlo, me di cuenta de cuál era tu plan. Quieres que el mundo se acabe, ¿no es eso? Lo he sabido todo este tiempo, y no quería admitirlo, porque me parecía demasiado cruel, pero todos los días se aprende algo nuevo. 
La señora Pastern se encaminó hacia el vestíbulo y comenzó a subir la escalera. 
— Hay una hamburguesa en la sartén —dijo—, y patatas en el horno; si quieres algo de verdura, puedes calentarte las sobras de brécol. Yo voy a telefonear a los chicos. 
Viajamos a tal velocidad en estos días que sólo recordamos los nombres de unos cuantos sitios. La carga de consideraciones metafísicas tendrá que alcanzarnos en un tren de mercancías, si es que llega a hacerlo. El resto de la historia me lo ha contado mi madre; recibí su carta en Kitzbühel, un lugar donde voy a veces. «Ha habido tantos cambios en las últimas seis semanas —me decía—, que apenas sé por dónde empezar. Lo primero es que los Pastern se han ido, quiero decir, que se han marchado para siempre. Charlie está en la cárcel del condado cumpliendo una condena de dos años por estafa. Sally ha dejado la universidad y trabaja en Macy's, y el chico está todavía buscando trabajo, según he oído. De momento vive con su madre en el Bronx. Alguien ha dicho que salían adelante gracias a la beneficencia pública. Parece que Charlie terminó de gastarse el dinero que había heredado de su madre hace un año, y que desde entonces estuvieron viviendo a crédito. El banco se lo llevó todo y ellos se fueron a un motel de Transford. Después siguieron mudándose de motel en motel, viajando en coches alquilados y sin pagar nunca las cuentas. El motel y la agencia de alquiler de automóviles fueron los primeros en atraparlos. Unas personas muy agradables que se llaman Willoughby le han comprado la casa al banco. Y los Flannagan se han divorciado. ¿Te acuerdas de ella? Solía pasearse por el jardín con una sombrilla de seda. Su marido no tiene que pasarle una pensión ni nada parecido, y alguien la vio el otro día en Central Park West con un abrigo de entretiempo en una noche muy fría. Pero ha vuelto. Fue una cosa muy extraña. Volvió el jueves pasado. Estaba empezando a nevar. Era poco después de comer. Tu madre es una vieja loca, pero vieja y todo nunca deja de sorprenderme el milagro de una nevada. Tenía mucho que hacer, pero decidí dejarlo y quedarme un rato junto a la ventana para ver nevar. El cielo estaba muy oscuro. Era una nevada abundante, de copos gruesos, y lo cubrió todo en seguida como una mancha de luz. Fue entonces cuando vi a la señora Flannagan andando por la calle. Debió de llegar en el tren de las dos y treinta y tres y venir andando desde la estación. Imagino que no debe de tener mucho dinero, porque de lo contrario hubiera cogido un taxi. No llevaba ropa de abrigo e iba con tacones altos, en lugar de botas de agua. Bueno, pues cruzó la calle y atravesó el jardín de los Pastern, quiero decir, lo que era antes el jardín de los Pastern, hasta llegar al refugio antiatómico, y se quedó allí mirándolo. No tengo ni la menor idea de en qué estaba pensando, pero el refugio casi parece una tumba, ¿sabes?, y ella daba la impresión de estar de duelo, allí de pie, cayéndole la nieve sobre la cabeza y los hombros; y me entristeció pensar que apenas conocía a los Pastern. Entonces sonó el teléfono, y era la señora Willoughby. Me dijo que había una mujer muy rara frente a su refugio antiatómico y que si yo sabía quién era. Le respondí que sí, que era la señora Flannagan, que antes vivía en lo alto de la colina. Luego me preguntó qué debía hacer y le dije que lo único que se me ocurría era decirle que se marchara. La señora Willoughby mandó a la doncella, y vi cómo le decía a la señora Flannagan que se fuese; luego, un poco después, la señora Flannagan echó a andar hacia la estación bajo la nieve».

(1) Expresión sin equivalente en castellano, para designar a una mujer que apenas ve a su marido porque éste se pasa la mayor parte del tiempo en el campo de golf. (N. del t.).

John Cheever, El brigadier y la viuda del golf.


John Cheever