Gingival de Ferrer Lerín

Dice Ricardo Piglia que quizás la mayor enseñanza de Borges sea la certeza de que la ficción no depende sólo de quien la construye sino también de quien la lee e interpreta. Dice también que no todo es ficción pero que todo puede ser leído como tal, que lo borgiano es la capacidad de leer todo como si fuera ficción. Y esto es algo que conoce muy bien Francisco Ferrer Lerín al que le gusta enredar lo real con lo imaginario, traspasar sus fronteras, incluso entre el autor, el narrador y el personaje, para construir de modo inteligente textos enigmáticos a veces, sorpresivos siempre y mostrarnos con ellos su particular visión crítica y escéptica de la vida. A los que nos gustan los libros inclasificables Gingival no nos deja indiferentes. Aquí no sirve buscar refugio en la lectura para huir del mundo porque Ferrer Lerín pone la realidad frente a nuestros ojos, con toda su crudeza, mostrando los mecanismos más básicos de nuestra vida. Recurre al humor y al absurdo para distorsionar vivencias y poner de manifiesto el patetismo del hombre y de nuestra sociedad, la ligera fragilidad y, a la vez, la brutalidad de nuestra existencia. No se trata de un diario pero incluye pasajes cotidianos, ni de un noctuario pero no faltan sueños ni textos surrealistas. En algunos casos se puede hablar de microcuentos perfectos, en otros, de apuntes acertados pero en todos ellos se aprecia una sensación de libertad como si planeara con seguridad sobre lugares conocidos, con las alas extendidas y la penetrante y aguda mirada de un buitre. 
Comparto con Ferrer Lerín dos pasiones que hemos convertido en profesiones: la ecología como ciencia y la literatura, pero esta última otorga además la posibilidad de mezclar ambos intereses y crear nuevas realidades híbridas que alcanzan incluso a las formas de expresión y en eso Ferrer Lerín es un gran maestro: utiliza a veces un lenguaje aséptico, frío, casi técnico, para expresar dudas, sentires y plantear inseguridades. 
En Gingival encontramos prosa escrita con la precisión y, a veces, el ritmo de un poeta, puntuando y acentuando hasta conseguir que la propia lectura, independientemente del argumento, nos cause asombro. El autor en ocasiones recurre a elementos del género fantástico tradicional de Poe y Hoffmann e intercala disparates como los de Ramón Gómez de la Serna, recurre a los diccionarios y, como en su particular Bestiario, nos muestra las sorpresas y las trampas que esconden. No importa lo que cuente porque siempre consigue captar nuestra atención, despertar nuestra curiosidad, interrogarnos sobre su significado y comprometernos en la tarea de descifrarlo. Un libro excéntrico, libre, original y erudito, una isla de buena literatura en medio de un mar demasiado contaminado. 




















Gingival

Francisco Ferrer Lerín 

Epílogo: Fernando Valls
Menoscuarto ediciones, 2012
http://ferrerlerin.blogspot.com.es/

Subte, de Rafael Pinedo

Sin ningún preámbulo, de forma abrupta, la narración arranca con una mujer embarazada llamada Proc que huye desesperadamente de unos lobos y se aferra con fuerza a la vida con la esperanza de poder traspasar su alma al bebé que nacerá. Rafael Pinedo nos muestra un mundo distópico, totalitario, formado por tribus cuyos miembros, despojados de nuestra ética, apenas muestran empatía hacia sus semejantes y que han alcanzado estados cercanos a la animalidad donde la supervivencia es el único valor verdadero. Si en el “Informe para una academia” de Kafka, era un mono el que mutaba en humano aquí la humanidad entera parece regresar a un estado de primitivismo animal, a un tiempo donde el único rastro de civilización es un laberíntico e inquietante túnel, quizás el de un metro, en cuya oscuridad absoluta la protagonista se adentra en su huida y sufre lo indecible. 
Durante el angustioso descenso por el hueco insondable de un ascensor, el narrador, a través de la voz interior de la protagonista, nos desvela algunas claves de ese mundo. Descender al abismo es la única forma de mantener la esperanza. Allí, en la absoluta negrura descubre a una tribu de ciegos en la que el destino vital de sus habitantes es siempre el sufrimiento cruel, inútil e irracional. Proc es más consciente que nunca de la necesidad de armonizar su individualidad, lo único en lo que puede confiar, con el mundo que le rodea y por eso crea lazos afectivos con Ish que, finalmente, le ayuda a escapar de aquel claustrofóbico clan. Pero Proc no siente apego más que por su vida y la de su bebé, sólo intenta sobrevivir para que su hija pueda crecer. Eso le da fuerzas para superar las situaciones más extremas. El cuerpo de Proc es un mero objeto y su alma resulta inaprensible. Para aceptar que su hija tenga alma, Proc debe negarse a sí misma lo poco que le queda de humanidad. Es en el túnel donde se produce la metamorfosis a través de la reflexión, como si la falta de luz iluminara al personaje ­—Proc da a luz sola y a oscuras en el interior de una de aquellas inhóspitas galerías—. Si el túnel para Ernesto Sábato representaba el regreso a la infancia aquí, para Rafael Pinedo, representa la involución del ser humano que le hace aflorar los instintos más elementales y le conduce a la irracionalidad. Pero en ambos casos el túnel representa el miedo y la angustia permanente, el túnel es la incomunicación, la soledad y la desesperanza del ser humano. 
Subte, es un intenso y original relato de menos de cien páginas que nos recuerda, con toda su crudeza, la animalidad inherente al ser humano. En esa situación extrema, destruida nuestra cultura, es fácil aceptar que el objetivo de la vida de la protagonista no es otro que el de sobrevivir para poder reproducirse, exactamente el mismo de cualquier especie del planeta desde el inicio de la vida.


















Subte
Rafael Pineda
Salto de página, 2012

El valor de lo efímero: Walser y sus escritos a lápiz

Lo que primero llama la atención de esta cuidada edición de Siruela es la portada, en la que se reproducen textos manuscritos de Robert Walser con una elegante y minúscula letra, ordenada de modo uniforme y visualmente estética. 
Aquí hay páginas que parecen escritas sin ningún objetivo, sin ninguna meta, que están escritas por el mero placer de escribir. Es una prosa serena, tímida y brillante, a veces hermética, que se sucede párrafo tras párrafo, divagando página tras página, deteniéndose en lo efímero y en lo aparentemente insustancial, sin ninguna finalidad obvia. Cualquier motivo cotidiano, cualquier observación o cualquier reflexión tienen cabida aquí hasta el extremo de que, en muchos casos, parece que lo que escribe, en su desorden, no tiene otro soporte más que el propio papel sobre el que está escrito. 
Walser en los últimos años de su vida escribió esta colección de 526 textos en hojas sueltas, en trozos de papel de distinto formato, con lápiz, subrayando así su deseo de no dejar un rastro permanente, y con una caligrafía minúscula que hacía casi imposible su lectura. Tras un minucioso y largo trabajo los editores Bernhard Echte y Werner Morlang lograron descifrar estos personales, libres, imaginativos e íntimos escritos. 
Estos Microgramas, que Walser escribió probablemente por su necesidad vital de escribir pero sin ninguna intención de publicar, se editaron tras su fallecimiento. Robert Walser que quería ser olvidado, escribió pasajes difíciles de olvidar. Ambas cosas le distinguen de muchos de los escritores actuales que se muestran conspicuos y pretenden ser considerados brillantes cuando su único mérito es controlar los medios de comunicación y tener la habilidad de estar siempre en el centro de las miradas. Quizás por lo incomprensible del mundo, por la incoherencia del amor, por lo absurdo del reconocimiento social, quizás por comprender lo efímera e insignificante que es la existencia del hombre, tras sufrir episodios de ansiedad y alucinaciones, Walser, que pensaba en su vida como un fracaso, decidió voluntariamente ingresar en un manicomio y así, en distintas clínicas psiquiátricas, pasó sus últimos veintiocho años.













Escrito a lápiz. Microgramas (3 volúmenes)
Robert Walser

Traducciön:Juan de Sola Llovet y María Condor
Siruela, 2012

Tiempo de vida, Marcos Giralt Torrente


Después de leer a Marcos Giralt Torrente en «Tiempo de vida» me da la sensación de tener un amigo al que conozco más que a la mayor parte de mis amigos. Conozco de él aspectos muy íntimos que le han torturado y otros que le han hecho sentirse bien. La enfermedad irrevocablemente mortal de su padre que, poco a poco, lo consume obliga al hijo-escritor-narrador a indagar en la relación que ambos han tenido. 
Es el relato personal, muy personal, de la relación universal entre un padre y un hijo. Es la memoria de la incomprensión de dos visiones del mundo. Es una confesión desnuda de un hijo cuya propia rebeldía le ayudó a madurar. Es, en definitiva como Giralt Torrente dice, una historia de dos, la historia de él, escritor que necesita de la palabra para explicarse, y la de su padre, el pintor que parece expresarse mejor con los silencios. 
No sé si será por compartir con el autor pasajes biográficos propios de nuestra generación, ­—con los mismos problemas, con similares pensamientos, con parecidas vivencias existenciales, con idénticas preguntas e iguales miedos— o por haber sufrido la experiencia de la lenta e irremediable enfermedad de mi padre (y, en mi caso, también de mi madre) pero lo cierto es que es un libro que me ha emocionado profundamente y que me ha invitado, como pocos, a una introspección de mi pasado que quizás siempre he intentado evitar para no sufrir más de lo necesario. Aquí se muestran retratados con honestidad tal y como son, con todas las contradicciones humanas, sentimientos enfrentados: resentimiento, amor, celos, admiración, dolor y alivio; resultando al final un gran homenaje a una persona a la que Giralt Torrente admira y ama. El padre vive ahora a través de él. Eso siente. Pero no es menos cierto que una parte importante del hijo también ha muerto con el padre. 
En la novela hay más personajes, a los que se refiere siempre con circunloquios, que han influido de modo determinante en su relación con su padre. En la trama se entrevé la estrecha complicidad con la madre, una mujer comprensiva, inteligente, vital y tolerante con la que sabe que siempre puede contar. Al concluir la novela, el autor necesariamente piensa en la relación que tendrá con su hijo, aún no nacido, cuando éste crezca. 
Vila-Matas califica la obra de “sorprendente e interesantísima ficción sin invención”. Es ficción porque hay una elección en el modo de narrar y en la selección de los episodios narrados de la vida pero representa sin pudor la realidad de una forma limpia. La novela está escrita con una prosa sencilla, directa, sin adornos, con pocos adjetivos y con una voz lacónica que hace que el lector se sienta más cerca del narrador. Un relato conmovedor, valiente, duro, emotivo pero no sentimentalista al que, sin duda, regresaré. 

















Tiempo de vida 
Marcos Giralt Torrente 
Anagrama, 2010

Libro de libros. Bartleby y compañía

Los bartlebys, para Enrique Vila-Matas, son los escritores que, en un momento determinado de su vida, deciden dejar de escribir. Es su forma de mostrar una profunda negación del mundo. Bartleby es el personaje de Melville, un apocado escribiente que, ante cualquier petición, responde diciendo: "Preferiría no hacerlo". 
En verano el calor te obliga a prolongar la vigilia y eso te permite un mayor tiempo para leer. Este mes he elegido como cicerone de mis lecturas a Vila-Matas a través de Bartleby y compañía. No ha sido una lectura lineal sino que he hecho paradas en algunos de los autores de los que habla, haciendo relecturas de las obras de Rulfo, Walser, Kafka, Lerin, Torga, Rimbaud, Borges, Monterroso, Salinger, Tabucchi, Saramago, Melville, Wilde, Maupassant, Joyce…, con descubrimientos como Felisberto Hernández o Julien Gracq y con deseos de que existiesen los imaginados Deraín, Malú, Moretti, Pineda o Maniere. Así, en un juego laberíntico que nos conduce de un autor a otro, sus 180 páginas se convierten en un amplio anaquel repleto de volúmenes bien elegidos que nunca son excesivos. 
Vila-Matas nos ayuda a reflexionar sobre las aspiraciones de escritores y lectores en el universo de la literatura. Tal vez, como el propio narrador, en la inmovilidad de la lectura encontremos la seguridad de esa protección que otorga la soledad en ciertos momentos buscados. Pero todos estos bartlebys, cuya particularidad es su decisión de omitirse, de pasar al plano de los anónimos, de borrar en definitiva lo más posible sus huellas, nos dan una lección de humildad en un mundo donde parece que lo único que importa es la fama y el reconocimiento y nos enseñan que la sabiduría puede estar en el silencio que, con mucha frecuencia, es más elocuente que las palabras. 
















Bartleby y compañía 
Enrique Vila-Matas
Anagrama, 2000

Vagones cargados de cuentos

El tren fue a dar en un terreno impracticable. Ligadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo juntos, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren
Así es como, según cuenta el guardagujas de Arreola, nace la aldea de F. Y a partir de esa idea, cuatro autoras, con gran imaginación, inventan historias que siempre nos sorprenden. Eva Díaz Riobello, Isabel González González, Teresa Serván e Isabel Wagemann son Las Microlocas, las narradoras que dialogan entre sí para mostrarnos su capacidad de crear historias sugerentes, de reinterpretar las que, entre ellas, han ido urdiendo y conseguir conexiones sutiles. Al final de la lectura de estos microcuentos queda una idea intuitiva de cómo es su particular visión de la aldea de F. 
La aldea de F. se divide en cuatro apartados: La aldea, Uno de esos accidentes, Terreno implacable, y Traviesos. En total son 156 microcuentos que se complementan, se entrelazan, se apostillan, se apoyan y se construyen unos sobre otros. Siguiendo el rastro de Arreola, y a modo de retazos, nos muestran la vida de los habitantes de la aldea de F. ese ya mítico lugar que surge en el punto indeterminado en el que un tren se detiene para siempre. En la aldea las edades se suceden con amores, envidias, nostalgias, obsesiones, frustraciones, venganzas, ternuras y, a veces, esperanzas. En la aldea hay circos, bestiarios, amores de infancia, juventud y senectud, hay pasiones, sexo, odios y muerte. La fantasía, el realismo mágico y el humor inteligente, a veces macabro, son los pilares sobre los que se sostienen estos microcuentos. 
Clara Obligado nos tiene acostumbrados a magníficas antologías de microcuentos cuidadosamente seleccionados. Atenta a las semejanzas en las voces y estilos de las autoras y a sus inquietudes compartidas, ha sabido encontrar aquello que las une para hacer esta sugerente propuesta. Pero intentar averiguar la autoría de cada microrrelato (sin mirar las iniciales con las que los firman) es un ejercicio difícil. En ocasiones se pueden advertir voces muy personales de algunas de las autoras, tratamientos reconocibles pero, en otros casos, resulta casi imposible y esto se debe, probablemente, a la gran complicidad que debió de haber entre ellas durante el proceso creativo. Las Microlocas rescatan del olvido a los habitantes de la aldea de F. antes de que la arena devore sus últimos recuerdos y nos ofrecen una magnífica colección de microcuentos.







La aldea de F. 
Las Microlocas: Eva Díaz Riobello, Isabel González González, Teresa Serván e Isabel Wagemann
Prólogo: Clara Obligado
Ediciones punto de partida (2011)

Los monstruos que nos acompañan

Cuando un prólogo es tan esclarecedor como el que escribe Ana Casas para la antología “Las mil caras del monstruo”, poco se puede añadir. El monstruo está presente en toda la historia del hombre, desde la prehistoria, con representaciones de seres biológicos híbridos, imposibles, pasando por los bestiarios medievales, hasta llegar a nuestros días, con monstruos actuales, más cercanos pero igual de aterradores, monstruos disfrazados con el traje de un banquero o que se esconden tras las barbas de un político. El monstruo entonces es la forma corpórea de nuestras pesadillas, a veces también de nuestras temidas obsesiones, del terror ante lo que desconocemos o, simplemente, a lo que no entendemos. Nuestros miedos cambian con el tiempo, ya no nos causa pavor aquello que aterraba a nuestros antepasados porque el conocimiento es su mayor enemigo. Se podría escribir una filogenia del monstruo a lo largo de la historia de las culturas del hombre y veríamos cómo evoluciona sin dejar jamás de acompañarnos.
Los autores, doce maestros del cuento, con gran imaginación nos presentan monstruos contemporáneos que conviven en nuestro entorno. Algunos recuperan a estos seres del pasado y los trasladan a la actualidad, como Manuel Moyano que, con su fina ironía y su cuidada prosa, nos muestra a un exquisito y entrañable vampiro con problemas cotidianos, o Juan Jacinto Muñoz Rengel, con un brillante y envolvente cuento de prodigiosos entes extraídos de quiméricos bestiarios, o, también, Santiago Eximeno con su informe para zombis. En otras ocasiones se trata de miedos y obsesiones que los autores hacen cercanos, bien a través de la mirada tierna e inocente de un niño, como lo escribe, con su personal estilo, Fernando Iwasaki o bien asumiendo un anodino desdoblamiento corporal como lo hace con sorna David Roas. Patricia Esteban Erlés y Andrés Neuman presentan dos grandes narraciones eligiendo la metamorfosis, como generadora de sus monstruos, para dar lugar a inofensivos gatos o a seres indefinidos. Ángel Olgoso siempre nos sorprende con su gran imaginación y su rica y elaborada prosa y nos dibuja un monstruo bello, de imposible anatomía, que la imaginación del narrador va configurando mientras contempla a una mujer enigmática, casi divina. Felix J. Palma nos enreda con los hilos de su monstruo, una solitaria anciana que se comporta como un arácnido que no duda en desafiar, desde su inmovilidad, a su más cercana familia. Pero el monstruo también está en lo más rutinario de nuestras vidas y así Raúl del Valle nos muestra con humor un moderno electrodoméstico que se pasea por la casa con extrañas intenciones y Pablo Martín Sánchez se encuentra con un ser demoniaco cuando visita al dentista. El volumen se cierra con la angustiosa invasión que describe Ismael Martínez Biurrun y que nos recuerda la atmósfera de Wells.
Las mil caras del monstruo” es una acertada apuesta de la editorial Bracket Cultura al reunir, en esta antología, a algunos de los más importantes narradores actuales del género fantástico afincados en España.





Las mil caras del monstruo
Prólogo: Ana Casas
Autores: Fernando Iwasaki, Manuel Moyano, Patricia Esteban Erlés, David Roas, Ángel Olgoso, Andrés Neuman, Félix J. Palma, Santiago Eximeno, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Pablo Martín Sánchez, Raúl del Valle e Ismael Martínez Biurrun.
Bracket Cultura (2012)


Mortal y rosa de Francisco Umbral

Solo un hijo o una hija te dan la oportunidad de vivir una segunda infancia o quizás la única posible, la única de la que puedes ser plenamente consciente, la única que puedes guardar, definitivamente, en la memoria. Esa es la infancia más sincera sobre la que puedes escribir, como lo hace, tan bellamente, Francisco Umbral en «Mortal y rosa». Este libro me lo recomendó un buen amigo que es, además, padre de un niño y una niña y lo hizo, seguramente, por mi estrenada y vívida paternidad. Empecé a leer «Mortal y rosa» despacio, saboreando la buena prosa, la lírica contenida, pero con cautela, por si me hacía daño. Un padre no quiere nunca ponerse en el lado de otro que ha perdido a su hijo. El libro, es un lamento desesperado, un terrible, tierno y locuaz lamento: «El universo no tiene otro argumento que la crueldad ni otra lógica que la estupidez». Pero es un libro que te enseña a disfrutar de los momentos más sencillos, más banales, junto a tu hijo, a compartir su asombro en el descubrimiento del mundo. Y por eso, tras su lectura, a pesar del abatimiento, Umbral parece decirnos que un momento de felicidad puede explicar toda una vida. 
Hay otra razón por la que mi amigo me recomendó el libro y es porque en sus páginas está la mejor prosa de Francisco Umbral. Allí hay un reencuentro con Baudelaire, también con Juan Ramón Jiménez y quizás con Joyce, Proust y Austen. 
«Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más. 

Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.»
         Fragmento de Mortal y Rosa. Francisco Umbral 
















Mortal y rosa  
Francisco Umbral 
Austral (2011, primera edición, 1975)

Lecciones de retórica

Lodge decía que la narrativa es un arte esencialmente retórico y Flavia Company, en su libro Trastornos literarios, nos lo demuestra con gran imaginación. En la primera parte, que da título al volumen, recopila cuarenta y cuatro textos breves cada uno de los cuales es un ejemplo claro y sencillo del uso de una figura retórica diferente. La segunda parte, titulada Frases (muy) hechas, está constituida por treinta y dos historias, en las que la autora lleva a sus máximas consecuencias la expresión de locuciones y frases hechas que utilizamos en el lenguaje cotidiano, sacándolas de contexto o desposeyéndolas de su sentido figurado. La última parte, La vida en prosa, recoge cincuenta y nueve relatos que tienen su origen en titulares de prensa y con ellos crea historias paralelas e introduce variaciones hasta conseguir dar un giro a los enunciados originales.
Si los autores postmodernos no tienen ningún inconveniente en mostrar de un modo u otro los mecanismos de sus construcciones ficticias, aquí, Flavia Company los explica abiertamente. Con una gran maestría nos presenta una colección de textos escritos con soltura, cargados de ironía y ternura, donde no faltan los finales imprevisibles que le sirven para hacernos reflexionar sobre el lenguaje que configura nuestro mundo.














Trastornos literarios
Flavia Company
Páginas de Espuma (2011)

Publicado en Cuadernos del Sur el 30 de junio de 2012







El regreso de Simbad

Un viaje para recuperar los sueños de la infancia

En su segundo viaje, Simbad el marino llegó a una isla con estrechos valles repletos de piedras preciosas y serpientes gigantescas donde, además, habitaba el ave Roc, una inmensa rapaz que alimentaba a sus polluelos con elefantes. Ese lugar podría ser, según Jordi Esteva, Socotra, una isla perdida en el Océano Índico, aislada por su escarpado litoral y unos vientos hostiles que han dificultado siempre la llegada de barcos. 
Contaba Marco Polo que en Socotra se encontraban los mejores magos del mundo capaces de hacer hechizos y brujerías que no debían ser descritos en su libro. Decía que con sus encantamientos podían impedir que los barcos abandonasen la isla invirtiendo la dirección de los vientos o provocar grandes tempestades. 
Con esos atractivos antecedentes y cumpliendo un sueño infantil llega a Socotra Jordi Esteva, escritor y fotógrafo barcelonés que siempre ha querido perseguir los mitos escondidos en las culturas orientales y africanas y, a su regreso, igual que hizo Simbad, nos cuenta en su libro Socotra, la isla de los genios, editado por Atalanta (2011), su extraordinaria aventura. 
Los que hemos tenido la fortuna de viajar por países árabes fuera de las rutas turísticas conocemos la grata y desinteresada hospitalidad de sus gentes. A Jordi Esteva le acompañan hombres sencillos y amigables, de ojos negros y expresivos, que comparten con él momentos inolvidables y le cuentan historias mágicas. Su guía es Abdelwahab, nieto del último sultán de Socotra, gran conocedor de las costumbres de su pueblo y sensibilizado con las riquezas únicas de su tierra. 
Socotra siempre fue conocida por su ámbar gris, por los antaño preciados árboles del incienso y de la mirra, por los dragos cuya savia roja era conocida como sangre del dragón. En una isla tan apartada del continente, el aislamiento propicia la evolución de formas únicas y da origen a raros endemismos de fauna y flora. Dejándose hechizar por esos paisajes antiguos y únicos, por esas gentes, Jordi Esteva inicia un viaje interior a territorios poco explorados que le lleva a reflexionar sobre el pasado, sobre los valores importantes en la vida y con frecuencia se retrotrae a su infancia cuando soñaba viajes leyendo los libros y revistas que le mostraban las maravillas del mundo. Por momentos el autor podría estar en cualquier época; en Socotra la tecnología aún no ha irrumpido con fuerza, ni siquiera los coches son de utilidad en un paisaje tan agreste y siente tristeza al pensar que quizá todo eso se perderá dentro de poco tiempo. 
El hombre del fuego es el que le abre las puertas de lo más antiguo de aquel mundo donde están presentes las creencias preislámicas, con genios (yins) y magos, con mujeres que muestran su rostro mestizo y bello y dejan que el viento juegue con su melena, donde sus pobladores utilizan una lengua antigua y extraña y sienten el placer de contar y escuchar historias al calor de una hoguera. Historias que se enlazan, bajo las estrellas, a través de distintos personajes como en Las Mil y una Noches
Socotra, la isla de los genios”, cuyo texto viene acompañado por magníficas fotografías del autor, es un libro muy recomendable, un ejemplo de la verdadera literatura de viajes que nos habla del paso del tiempo, de las amenazas de la globalización, de otras culturas, de la forma en la que nuestro mundo se aparta de sus orígenes y de la naturaleza, de los mundos que desaparecen y de las leyendas que mueren cuando ya no hay nadie que las sepa repetir. El viaje termina en los altos de al-Haggar llamando a gritos al ave Roc en cuyas garras voló Simbad y los que leímos de niños sus aventuras para transportarnos a mundos de ilusión.














Socotra, la isla de los genios
Jordi Esteva
Atalanta (2011)

La Noche, de Francisco Tario

En el laberinto de mis lecturas unos libros me llevan a otros libros, unos autores me presentan a otros autores y la gran mayoría caen en el olvido. Son muchos los libros que pasan a las estanterías con pocas esperanzas de volver a ser abiertos. Solo en contadas ocasiones llega a mis manos un libro que me hace sentir cierto desasosiego por no haberlo conocido antes, por no haberlo leído antes. Son libros que me cautivan desde las primeras páginas, que me obligan a leer con pausa y que me advierten que no tardaré mucho tiempo en volver a ellos buscando nuevas lecturas. Uno de estos libros es “La noche”, una colección de dieciocho cuentos de Francisco Tario (seudónimo de Francisco Peláez) y que ha editado Atalanta. Este autor mexicano, con una imaginación desbordante y con personajes que nos inspiran ternura, utiliza el absurdo para poner en evidencia nuestra conducta, la conducta de una sociedad absurda. En ocasiones trata el terror con humor; en otras, dota de inteligencia a objetos tan extraños como féretros, barcos o trajes y con ellos se ríe de la estupidez del mundo que hemos creado. Hombres locos, fantasmas que ignoran que lo son, seres que podrían formar parte de un bestiario particular, una gallina vengativa, un perro melancólico, el escritor tétrico con adolescencia complicada, un muñeco al que nadie quiere comprar, un balcón ocupado por los sueños, un hombre que no tarda en cumplir la promesa que le hizo a su hijo de que un día naufragaría, un vegetariano trasformado en caníbal, la relación de un hombre con su perro amarillo… Son todos cuentos brillantes habitados por personajes que asumen, en parte, hechos imposibles porque ellos mismos son improbables pero que viven rodeados de una realidad cercana y reconocible; cuentos que no dejan de seducirnos y nos conducen al universo sorprendente y particular de Tario. 


















La noche
Francisco Tario

Atalanta (2012)

Cartas de Mamá, de Julio Cortázar

Otro libro excelentemente editado por Nórdica. Sobre este cuento Borges hizo el siguiente comentario: 
“En «Cartas de Mamá» lo trivial, lo necesariamente trivial, está en el título, en el proceder de los personajes y en la mención continua de marcas de cigarrillos o de estaciones de subterráneos. El prodigio requiere esos pormenores”
“Otro rasgo quiero indicar. Lo sobrenatural, en este admirable relato, no se declara, se insinúa, lo cual le da más fuerza, como en el «Izur» de Lugones. Queda la posibilidad de que todo sea una alucinación de la culpa. Alguien que parecía inofensivo vuelve atrozmente”.















Cartas de mamá
Julio Cortázar
Prólogo: Jorge Luis Borges
Nórdica Libros (2012)

Claraboya de Saramago

Aunque quizás sea una idea controvertida siempre he creído que los grandes talentos, en ciencia o en arte, tienen su máxima cota de creatividad y genialidad alrededor de los treinta años o incluso antes. Luego se puede madurar la obra, profundizar en ella, pero el genio viene ya impreso desde ese momento y aquellos que no hayan conseguido logros importantes a esa edad, probablemente, nunca llegarán a destacar lo suficiente para que sus ideas o sus obras pasen a la posteridad o contribuyan a cambiar nuestra forma de entender el mundo. Y como ejemplo de excepciones que confirman la regla, entre otros posibles, siempre mencionaba a Saramago que destacó con brillantez con una edad más avanzada, con una obra sobresaliente más tardía, pasando en la penumbra del anonimato su obra temprana. Ahora, como un regalo, llega a mis manos Claraboya y descubro el genio de Saramago en una obra que escribió alrededor de los treinta años y veo que, nuevamente, la hipótesis se cumple.
Saramago entra en las casas de varios vecinos humildes que conviven en un mismo bloque de un barrio de Lisboa y observa el paso de su vida cotidiana. Poco a poco va descubriendo que entre sus paredes se suceden ilusiones, desengaños, miedos, tristezas, esperanzas y derrotas. Allí habitan personajes cercanos con problemas cotidianos marcados por las penurias económicas, por las relaciones de pareja, por el valor del sexo, por los fracasos vitales, donde la irrupción de un nuevo inquilino puede perturbar ese inestable equilibrio en el que todos viven. Es una reflexión sobre la dura vida de mediados del pasado siglo que me recuerda al mejor Cela donde lo particular se convierte en universal y esa es la grandeza de su obra. 















Claraboya
José Saramago 
Traducción: Pilar del Río
Editorial: Alfaguara (2012)



El artista silencioso

Dice Harold Bloom que cuando lee a Chéjov tiene la impresión de que todo el mundo está sumergido por la soledad y la falta de comprensión. Y eso es porque se puede hablar de la soledad y el desamparo sin que estos sean los temas centrales del cuento. El viajero inmóvil, el primer libro de cuentos de Ramón Rodríguez Pérez, nos habla de la incomprensión de personajes que, a pesar de tener una existencia mediocre, mantienen una ilusión vitalista y saben encontrar la felicidad en pequeños recovecos de su existencia. En un momento en el que los cuentistas españoles parecen dirigidos por las modas anglosajonas, el autor nos muestra el componente social que ha caracterizado a autores tan relevantes, y en ocasiones olvidados, como Aldecoa, Cela o Delibes entre otros. 
Conozco a Ramón Rodríguez Pérez primero como pintor y luego como poeta que, en su caso, viene a ser lo mismo. Pero de forma paralela y silenciosa ha cultivado el cuento de un modo personal y su calidad ha quedado avalada por numerosos premios en distintos certámenes literarios. Ahora, la editorial Paso de Cebra ha recogido de forma muy acertada una colección de estos cuentos en los que predomina el humor en sus múltiples facetas como la ironía, la parodia, el sarcasmo o el absurdo y que están habitados por personajes cotidianos con los que nos podemos encontrar en los rincones de nuestras ciudades; personajes peculiares, con un calor cercano, cargados de ternura, que aceptan sin queja su particular derrota vital, que frecuentan sórdidas tabernas y se ilusionan con partidos de fútbol. 
El cuento que da título al volumen es una hipérbole del lector compulsivo, la pasión por la lectura llevada a sus últimas consecuencias, donde el protagonista puede sumergirse en la filosofía de Kant, en la poesía de Rilke o en la prosa de Joyce con la misma delectación que lee la alineación de un equipo de fútbol o las etiquetas de las latas de conserva que lo transportan a mundos desconocidos y exóticos. El juego metaliterario aparece en éste y otros cuentos entre los que caben destacar El círculo esférico y Espejos que giran en torno al encuentro de sendos funcionarios con la obra de Borges. El protagonista de Kilómetro 12 podría ser el prototipo de los personajes que pueblan la mayoría de estos relatos. En este caso se trata de un antiguo jugador de fútbol de tercera división con un destino incierto, que sabe paladear sus efímeros momentos de gloria y, cuando se topa de frente con su triste realidad, es capaz de seguir hacia delante. Dos relatos podrían calificarse de fantásticos e hilarantes: El estigma y El Intruso. En ambos hay un elemento que irrumpe en la vida cotidiana de los personajes y la subvierte hasta llegar al absurdo pero son resueltos con el mismo humor fino que impregna todo el volumen. El binomio poeta provinciano-prostituta aparece en Un artista realizado y Esclavo de los Lacedemonios donde algunos de los personajes quedan nítidamente definidos por sus ocurrentes apodos. El realismo social es más acusado en Zona cero, Polígono Sur y Todo un campeón, en los que se dibujan con acierto los barrios y las gentes más desfavorecidas. Quizás uno de los cuentos más surrealistas y divertidos, por combinar de modo sorpresivo lo rural con la ciencia ficción, es Zahoríes; escrito en forma epistolar narra la vivencia de un hombre de pueblo que es llevado a Marte por la Nasa con la importante misión de encontrar agua. El autor parece sugerirnos la conveniencia de escuchar la pausada sabiduría rural en lugar de dejarnos arrastrar por la inmediatez de las tecnologías más punteras. Así hasta quince cuentos neorrealistas, muy acabados, escritos con talento y una cuidada prosa, con un gran sentido del humor y un estilo particular e inconfundible. El Viajero inmóvil es, en definitiva, una colección de cuentos amables, divertidos y una lectura muy recomendable.











El viajero inmóvil
Ramón Rodríguez Pérez
Paso de Cebra (2011)

Los viajes equivocados de Clara Obligado

El azar juega un papel crucial en nuestras vidas desde antes incluso de ser concebidos hasta nuestro último instante y en pocas ocasiones podemos decidir nuestro destino aunque sí la forma de afrontarlo. La vida entonces es solo un viaje al que te empuja el azar. 
Clara Obligado con este libro de cuentos, entra en una espiral logarítmica que el tiempo hace tridimensional, donde a cada vuelta, cada vez más abierta, el azar hace que los personajes se reencuentren con su pasado. Hay un hilo conductor que hilvana las historias y nos ayuda a comprenderlas mejor, a hacerlas más universales. Los personajes viven su vida cotidiana buscando los caminos de la felicidad pero se encuentran en momentos y lugares trascendentes de la historia y eso hace que su vida cambie de rumbo e inicien un viaje equivocado pero también quizás, el único posible. Y en medio de estos relatos hay un compromiso ético con denuncias a la insensatez humana, a la deshumanización de los conflictos, a la indiferencia ante el horror de los demás, al maltrato a la mujer y al menor, a la globalización y al daño al medio ambiente y nos muestra lo imperfectos que somos los humanos. Aquí están las ilusiones rotas de Jan Siedlecki, obligado a salir de su pueblo polaco hasta llegar por error a Buenos Aires, el auge y el declive de un emigrante cargado de monedas con las que crea su imperio a orillas del Paraná, la desesperanza de un hombre que sufre viendo cómo todo su frío mundo se transforma y le lleva a cometer la más cobarde de las atrocidades, la renuncia de una mujer a un amor tranquilo y verdadero a cambio de la aventura de los viajes, o el silencio del guardagujas de la estación de Angoulème que es testigo de la indiferencia de quienes le rodean ante una realidad especialmente dramática de un mundo despiadado, cruel y sin sentido. Así hasta once historias bellas, inquietantes y reveladoras, con personajes que se cruzan, que saltan de un relato a otro a cada vuelta de esa hélice que es la vida; cuentos que nos invitan a hacernos preguntas acerca de nuestra sociedad y de la historia sobre la que ésta se ha construido. 
Clara Obligado, que tiene una amplísima trayectoria literaria con la publicación de varias novelas, ensayos y volúmenes de cuentos, ha contribuido, además, de forma notable al desarrollo y conocimiento de la literatura actual de habla hispana con sus talleres literarios, por los que han pasado importantes cuentistas, y por su labor como antóloga de microcuentos, difundiendo este género y dando a conocer a grandes microcuentistas. En los relatos contenidos en El libro de los viajes equivocados podemos encontrar algunos guiños metaliterarios con los que la autora nos muestra su gran pasión por la literatura, un viaje personal seguro emocionante y nada equivocado. 













El libro de los viajes equivocados
Clara Obligado
Editorial: Páginas de espuma (2011)