Viajes sin retorno

E.M. Foster decía que sólo hay dos tramas en todas las obras de ficción: alguien que va de viaje o un extraño llega a la ciudad. En muchos de estos relatos el viaje es una decisión vital para los personajes —que habitan diferentes países y distintas épocas— y son los lazos familiares los que deciden su trayectoria. Sergi Bellver alterna variados estilos y utiliza formalmente diversos registros en esta colección de cuentos reunidos bajo el título Agua dura. Nada como el fluir del agua explica mejor el viaje sin retorno. Pero el agua, tras su cortina de belleza y su rumor poético, también desgasta, a veces destruye, arrastra lo que encuentra de forma violenta y nos amenaza. Estos doce cuentos nos muestran esa doble naturaleza que también esconden los seres humanos, el amor y la violencia, el rencor y la condescendencia; conductas que surgen, a veces, sin que los propios protagonistas lleguen a comprenderlas. El libro se estructura en tres partes. En los tres magníficos relatos que lo abren hay fantasmas del pasado que vienen a perturbar el presente de los personajes a los que les unen un parentesco muy próximo. En el primero, una herencia maldita reúne a dos hermanos casi desconocidos y despierta el instinto de protección del mayor hacia su hermana pequeña. Koen es un niño triste que protagoniza el segundo de los relatos, pero es también su hermano desaparecido; Koen vino al mundo para llenar el vació que dejó su hermano Koen, un juego de espejos macabro en el que el peso del recuerdo empuja a sus padres al abismo. En el tercero, Sarah y su primo, el narrador, deambulan por carreteras cercanas a Sáo Paulo en busca de venganza por una infancia robada y una familia rota por la crueldad de un médico nazi. La segunda parte del libro, la constituyen seis relatos en los que el autor hace una crítica abierta a la crisis de valores y en los que los personajes se interrogan constantemente sobre su papel en la vida. La amenaza del terrorismo internacional sigue vigente y también la manipulación de la información de los gobiernos; distintas especies de animales invaden museos repartidos por todo el mundo; Rhoda, con miedo y rabia lucha contra la desazón de una crisis impuesta; un okupa entiende que la protección de la manada en un instinto fuerte de supervivencia; los forenses encuentran vestigios de vida entre los cadáveres; en una carta a su amada Irina, Sasha confiesa su nueva y lujosa vida desde que forma parte de la mafia rusa. Se cierra el libro con otros tres relatos más narrativos en los que los ambientes hacen más patente el desamparo de los personajes. Un jabalí que sale de su bosque es el reflejo de la conducta también excéntrica del protagonista inadaptado. Dos culturistas se enfrentan a un duelo continuo donde ponen de manifiesto dos modos diferentes de entender la vida. En el último de los relatos, uno de los más recomendables, el protagonista viaja a Reikiavik, una ciudad blanquecina y dispersa, para recoger las cenizas de su hermano pequeño. Aquí se cierra el círculo, los lazos de la familia vuelven a vertebrar la historia y se pone en evidencia las renuncias y los anhelos en un viaje íntimo e introspectivo paralelo al viaje físico.
En los cuentos de Bellver podemos ver la Influencia explícita de Cortázar, Faulkner o de Joseph Conrad, entre otros. En algunos relatos la crítica factual, la denuncia, se articula con la ficción dejando espacios vacíos, contando lo imprescindible para que sea el lector quien los llene. En estas páginas los paisajes y los entornos toman notoriedad y el lector viajará por escenarios concretos de Brasil, Holanda, Reino Unido, Rusia o Islandia pero también por territorios desubicados en el mapa. Lo fantástico, el terror, el mal y la crueldad, arraigados en el hombre, se muestran en estos personajes para indagar en sus contradicciones y en el enfrentamiento de sus emociones antagónicas.












Agua dura
Sergi Bellver

Ediciones del Viento, 2013
Publicado en Cuadernos del Sur el 1 de febrero de 2014

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