Roberto Bolaño, sin regreso

Italo Calvino nos habla de «la novela contemporánea como enciclopedia, como método de conocimiento y sobre todo como red de conexiones entre hechos, entre personas, entre las cosas del mundo». Las grandes novelas de su propuesta para el nuevo milenio tienen una estructura acumulativa, modular y combinatoria como La vida instrucciones de uso de Georges Perec o su propia novela múltiple Si una noche de invierno un viajero. Desde esta perspectiva de multiplicidad es como mejor se entiende —y así lo defiende Vila-Matas— la novela Los detectives salvajes, que supuso para Roberto Bolaño su absoluta consolidación. A Perec, a Bolaño y a Calvino les gustaban las listas, las clasificaciones y los números y los tres murieron de forma prematura (Perec con 46, Bolaño con 50 y Calvino, el más longevo, con 62 años) dejando en los tres casos una obra incompleta. Coincide también que las citadas novelas, que han sido punto de inflexión en la literatura de las últimas décadas, terminaron de escribirse consecutivamente cuatro, cinco y seis años antes de sus respectivas muertes.

Una vida para la literatura
Roberto Bolaño nació en Chile en 1953 y allí vivió su infancia. A los quince años se trasladó a México donde adquirió el hábito de leer y escribir diariamente aunque dejó sin terminar sus estudios de secundaria. Tras un breve y conflictivo regreso a Chile, volvió a México donde participó de forma activa en movimientos culturales alejándose de las corrientes literarias predominantes y comenzando una obra muy personal. Con veinticuatro años llegó a España y se estableció en Cataluña donde ejerció distintos oficios a la vez que dedicaba el tiempo libre a escribir. Su editor Jorge Herralde nos revela que era un lector voraz y exigente y un trabajador insaciable, capaz de escribir de modo simultáneo ensayos, cuentos y novelas de grandes dimensiones. Su obra, absolutamente literaria, podría calificarse de arriesgada porque explora con audacia lo nuevo. Bolaño, del que muchos escritores y críticos coinciden en valorarlo como el mejor escritor latinoamericano de su generación, decía que la literatura es un oficio peligroso, saber «correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere». En uno de sus aforismos Kafka decía: «A partir de un cierto punto, ya no hay regreso posible. Ese es el punto a alcanzar». Pero no es un punto para quedarse, Bolaño quería ir más allá; formular nuevas propuestas con registros literarios sutilmente distintos. Roberto Bolaño se consideraba ante todo un poeta y no comenzó a publicar narrativa hasta los años noventa cuando ganó algunos premios de cuentos. En una entrevista señaló que desde La invención de Morel, de Bioy Casares, las novelas que sólo se sostienen por un argumento son terminales. Es necesario el juego, cambiar la perspectiva, la estructura, la alternancia y el cruce de voces. Esto es algo que él aplica en gran parte de su narrativa. Los críticos comienzan a fijarse en él a raíz de la publicación del experimento narrativo que supuso La literatura nazi en América, aunque tuvo una escasa acogida por parte del público. Aquí, de un modo borgiano, inventa autores y libros y los comenta para construir una historia en la que comienza a plantear la responsabilidad del escritor frente a la injusticia y el terror. Una respuesta similar tuvo Estrella distante donde el narrador persigue las huellas que deja Wieder, un poeta de la tortura, un personaje culto y vanguardista que es capaz de escribir poemas leves y efímeros en el cielo a la vez que demuestra su absoluta crueldad y desprecio hacia la vida. La manifestación del horror y la naturaleza del mal en el ser humano va a ser una constante en la obra de Bolaño y aquí aparece ya esa multiplicidad con relatos intercalados y diferentes visiones de los hechos o, como lo definió Ignacio Echevarría, ese carácter «fractal» que se acentuaría en las siguientes obras. Pero fue la novela Los detectives salvajes —publicada en 1998 y con la que ganó los prestigiosos premios Herralde de Novela y Rómulo Gallegos— la que le situó en un lugar destacado de la literatura de nuestros días. Después seguirían novelas como Nocturno de Chile o como Amberes, donde condensa en pocas páginas una gran fuerza poética y de la que el propio autor confesó a Mónica Maristain que es el único libro del que no se arrepiente porque «sigue siendo ininteligible». También escribió libros de relatos como Putas asesinas y pequeños ensayos mientras avanzaba en la monumental obra 2666 que tuvo que ser publicada póstumamente —al igual que otras novelas, colecciones de cuentos y ensayos— cuya laboriosa y excelente edición realizó Echevarría y que podría ser, en palabras de Herralde, el primer gran clásico del siglo actual. 

Los detectives salvajes
Juan Villoro habla de la insistencia de Bolaño en la valentía como principio ético y estético. En Los detectives salvajes el hilo que nos marca el camino de la narración es la búsqueda de Cesárea Tinajero, una poeta de vanguardia desaparecida y escéptica. Todo gira en torno a los últimos poetas visceralistas, un movimiento en el que importa más el compromiso de sus integrantes que su propia obra poética. Arturo Belano y Ulises Lima, en su rebeldía, llevan al límite una vida bohemia rodeada de personajes marginales con el objetivo de trasladar su desencantada experiencia a la poesía. La novela se divide en tres partes, la primera y la tercera están construidas en forma de diario, igual que lo haría después en El Tercer Reich (otra obra borgiana y póstuma). El narrador es Juan García Madero que muestra de forma abierta sus sentimientos y su relación con los detectives. El sexo es una parte esencial de la vida de los personajes pero ni siquiera en ese acto íntimo se abandona la insurrección poética. La segunda parte, la más compleja, está formada por una serie de laberínticos fragmentos de distintos personajes que giran concéntricos en torno a los detectives y dibujan, con distintos reflejos, como si de un caleidoscopio se tratara, la percepción subjetiva que tienen de ellos y que intentan definirlos. Bolaño parece recordarnos que nuestra existencia, lo que nos sitúa en el mundo, sólo tiene significado completo desde la visión que los demás tienen de nosotros. En la tercera parte, el relato continúa a partir del instante en el que concluyó la primera, cuando los protagonistas, recorren el norte de México en un Chevrolet Impala y se detallan los acontecimientos que ocurrieron en Sonora para explicarnos el por qué de la disgregación del grupo y los avatares de los protagonistas. En la obra de Bolaño es frecuente la intertextualidad y aquí aparecen poemas visuales que le sirvieron antes para describir tres formas de ver el mar al narrador de Amberes. Por otro lado, en la colección de cuentos reunida en Llamadas telefónicas los personajes se enfrentan, igual que lo hacen los detectives, al panorama literario actual tan alejado de la escritura pura e innovadora que proponen. Bolaño, como Vila-Matas, juega con la literatura, la reinventa, se divierte escribiendo y también se rebela.

El gaucho insufrible
Poco antes de morir, apenas sin fuerzas, Kafka escribió Josefina la cantora. Josefina fue muy respetada en el pueblo por su canto que, en realidad, no era más que un vulgar chillido de rata. Este cuento le sirve a Kafka para hacer preguntas sobre el valor del arte y su perdurabilidad en el tiempo. Bolaño, también desde su enfermedad, escribió un relato policial donde el sobrino de Josefina, Pepe el Tira, está destinado a resolver unos crímenes en la claustrofóbica y conformista sociedad de las alcantarillas. Las tramas detectivescas están presentes en muchas de sus obras; en una entrevista confesaba que lo que más le hubiera gustado es ser detective de homicidios, «alguien que puede volver sólo, de noche, a la escena del crimen y no asustarme de los fantasmas». Eso es lo que hace Pepe el Tira hasta descubrir que las ratas son capaces de matarse entre sí, algo que cambia el paradigma ético de una sociedad que, como la nuestra, está destinada a desaparecer. En otro de los relatos, el que da título al volumen, recrea la pobreza y la dureza del paisaje de la pampa igual que hizo Borges en El Sur y antes Dabove en Ser polvo. Jorge Volpi piensa que Bolaño, salvo excepciones, no es un gran cuentista, que sus relatos son a menudo esbozos y apuntes de textos más largos. Puede que haya textos irregulares y que, como apunta Chris Andrews, no cumpla las expectativas del cuento clásico pero aquí el lector puede encontrar relatos divertidos de personajes tristes, con abundantes guiños intertextuales, llenos de inventiva que responde a una inmensa curiosidad con imágenes sugerentes, como si por las venas de sus cuentos transitara su poesía.

2666, su novela inconclusa
He empezado hablando de la multiplicidad a la que se refería Italo Calvino. Creo que la levedad, otra de sus propuestas, es una característica que aparece en 2666 a pesar de su enorme volumen. Una evocación al mito de Perseo y la Medusa y una alusión al estado de bienestar y levedad en el que se encuentran dos de sus protagonistas, Pellicer y Espinosa, nos dan algunas pistas. La levedad en Bolaño es ese baile al borde del abismo, del que también hablaba Sergio Pitol, y el uso de recursos tan cercanos a su poesía. La levedad presente en 2666 está en la manera de pensar, de ver el mundo de los personajes, en la certeza de la fragilidad de la vida incluso aunque ésta sea maltratada de modo cruel e injustificable. Bolaño, desde mi punto de vista, imprime es su novela «ese salto repentino del poeta filósofo que se alza sobre la pesadez del mundo» del que hablaba Calvino y es, por tanto, también, aunque sólo en ocasiones, un poeta de la ingravidez que se opone a la pesadez de la propia vida, tal y como se puede leer en los versos de Los perros románticos: «Había perdido un país/ pero había ganado un sueño./ Y si tenía ese sueño/ lo demás no importaba». En Amberes, premonitoriamente, el narrador dice al hablar de la escritura: «líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más». Tanto su poesía como su prosa le sirven, por tanto, para aligerar la vida y expresar lo memorable: hasta «el aire frío de los muertos» puede ser ligero. En Nocturno de Chile, una novela veloz, escrita sin subdivisiones ni puntos y aparte, Bolaño, desde la ficción, muestra de manera explícita unos terribles acontecimientos históricos, igual que lo hiciera en Estrella distante y Amuleto; ésta es su forma de enfrentarse al mundo con la literatura como única arma. En esa misma línea 2666 es un descenso a los infiernos que guarda muchos secretos. Dentro de su compleja multiplicidad, se centra primero en los crímenes sin solución cometidos contra mujeres en Santa Teresa y, de forma paralela, en la matanza de judíos por parte de un criminal nazi, aunque intercala distintas investigaciones y numerosas historias que se cruzan. Su personal traducción de un verso de Baudelaire con el que abre la novela, explica, en una sola línea, gran parte del contenido de esta obra: «Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento». En 2666, como en otros títulos, destaca también su enorme erudición, los vastos conocimientos de literatura, de arte, de filosofía que posa en sus páginas sin alardeos, dejándolos caer casi de forma casual, ligera, pero que encajan en la narración como las piezas del Tetris, aunando nuevamente esa multiplicidad y esa levedad. Quizás sea fácil decirlo tras conocer el final del autor pero en sus páginas se intuye una forma triste de ver la vida como algo, una maravilla, que se acaba. El tiempo, decía, «es un motivo de terror». 

Con Bolaño se perdió un gran escritor pero también un gran lector que no tenía reparos en diferenciar a los escritores que escriben para comerciar y aquellos que viven para y por la literatura (léanse, por ejemplo, los ensayos de Entre paréntesis). Bolaño vivió poco pero escribió lo suficiente para comprender la importancia de su obra. Él fue consciente de que su literatura abría una nueva y fascinante puerta, sin regreso posible. Al final de La Tregua, Mario Benedetti dice que «lo más trágico no es ser mediocre pero inconsciente de esa mediocridad; lo más trágico es ser mediocre y saber que se es así y no conformarse con ese destino que, por otra parte (eso es lo peor) es de estricta justicia». En cualquier ámbito en el que nos movamos, el artístico, el científico u otro, abundan los mediocres que viven sin reconocer su condición. También estamos los que luchamos de modo inconformista por salir de esa mediocridad aunque, en nuestro ejercicio de honestidad, sabemos que es una batalla perdida. Pero hay un tercer grupo en el que se encuentran solo unos pocos que saben que pueden hacer algo excepcional y no renuncian a su empeño. En este último grupo está Bolaño, igual que lo están Perec o Calvino, y sólo el tiempo dirá a las futuras generaciones, si finalmente lo consiguió.
Publicado en Cuadernos del Sur el 13 de julio de 2013

4 comentarios:

  1. interesante texto, lo he disfrutado.

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias, me alegra saberlo.

    ResponderEliminar
  3. He disfrutado de la lectura de este texto y, además, me ha abierto el apetito de leer de nuevo a los autores citados en el mismo

    ResponderEliminar