El sapo de la piedra

(Fragmento)

Después de un largo y cansado viaje, el reverendo Robert Taylor y su ayudante llegaron a Córdoba con la intención de revisar algunas piezas que habrían de formar parte del museo que próximamente se inauguraría. Tres años antes, en 1865 el rector de la Iglesia de Santa Hilda, en Hartlepool, creyó tener entre sus manos la prueba definitiva que enterraría para siempre la perversa y blasfema teoría sobre la evolución de las especies que, de forma tan apasionada, defendía su compatriota Charles Robert Darwin.

No acostumbraba a hacer largos viajes, prefería que alguno de sus estudiantes lo hiciera por él, pero el reverendo Taylor sabía que le quedaba poco tiempo y tenía que recuperar, primero su dignidad perdida y después la fe cristiana en el mundo. No podía consentir que se volvieran a reír de él aquellos que comenzaban a esbozar la absurda idea de que no somos más que simples monos.

La historia comienza mucho tiempo atrás. Desde hacía varios siglos, en diferentes países, se habían encontrado bloques de piedra en cuyo interior, al partirlos, aparecían sapos vivos en cavidades de su justo tamaño y que, aparentemente, no tenían contacto alguno con el exterior de la roca. Uno de los primeros hallazgos documentados se debe a Ambroise Paré, médico de Enrique III de Francia, quien en 1561, al oeste de Paris, en su castillo de Meudon, halló uno de estos sapos al romper una gran piedra en la que no se podía percibir ningún otro hueco. El enorme sapo, según lo describió, se encontraba lleno de vida y, aún molesto por la luz del día, comenzó a caminar pesadamente en busca de la oscuridad. Los casos eran tan numerosos que incluso científicos del prestigio de Carl von Linneo mantenían con firmeza la teoría de que estos anfibios podían vivir encerrados en las piedras durante siglos.
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El sapo de la piedra. V Concurso de relato breve 2007. Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba. Primer Premio. 2009.


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