Anillo de Moebius, de Rubén Castillo

Una de las propiedades de la banda de Moebius es que si pudiésemos andar por su superficie comenzando por lo que puede ser su cara exterior, terminaríamos el recorrido volviendo al mismo punto de inicio y habríamos recorrido la totalidad de la banda, incluida la aparente cara interior. Por tanto, aunque pueda parecer que tiene dos caras, en realidad, sólo tiene una. Esta característica inusual la utilizó Cortázar para explicar cómo el bien y el mal, en apariencia separados y contrarios, en esencia son continuidad uno del otro. Rubén Castillo en Anillo de Moebius nos muestra esa misma continuidad entre lo vivido y lo imaginado, entre la cordura y la locura. Enrique Beltrán regresa a su casa en autobús y enfrente de él se sienta Isabel, una hermosa y desconocida joven que asegura ser su novia y que le pide perdón por lo que pudo interpretar como una infidelidad. Lo que parece un malentendido o una pesada broma urdida por sus amigos, y que está a punto de deshacerse, se complica ante abrumadoras evidencias que le hace replantearse todo aquello que tenía por certezas sobre sí mismo. A través de Isabel, y después mediante sus amigos, va descubriendo una vida que no es la suya, con una identidad, una profesión y unos gustos diferentes a los suyos que; sin embargo, parece tan sólida como la vida real que creía poseer. A lo largo de las páginas el protagonista recorre ambas realidades, buscando la línea divisoria que las separa y las explica sin saber que, por mucho que camine, nunca la va a poder encontrar porque entre ambas sólo hay continuidad. Este argumento ―con la conciencia enmarañada del protagonista― es mantenido hasta el final sembrando dudas al lector, obligado a buscar la razón que explique el desajuste de su doble identidad, inclinando la balanza ―en un juego de alternancias― a cada una de las posibilidades tan radicalmente distintas y aparentemente irreconciliables. La rutina, con la seguridad que nos proporciona, de pronto se puede tambalear y cambiar de forma abrupta para presentarnos otra existencia muy diferente, pero no por ello más interesante. El epílogo nos sorprende por lo inesperado que resulta, y mantiene en el lector la incertidumbre al plantear lo frágil que puede ser la noción que tenemos de nuestra propia identidad. 
Se nos presenta una trama bien construida que gira en torno a un único planteamiento en esencia simple, como la propia banda de Moebius, aunque, a poco que indaguemos, descubrimos la complejidad que guarda. Son numerosas las referencias a obras literarias de autores como Homero, Ionesco, Wilde, Borges, Kafka o Agatha Christie, entre otros muchos posibles, y a artistas como Dalí, Marilyn Monroe o Camarón de la Isla. Además de tensión y misterio en esta novela, cargada de ingeniosas metáforas, encontramos mucha ironía y una visión desenfadada de nuestra cotidianidad. Quizás, después de todo ―como decía Pessoa―, reconocer la realidad como una forma de ilusión, y la ilusión como una forma de realidad, es igualmente necesario e inútil.








Anillo de Moebius
Rubén Castillo
Sloper, 2014

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