Sophia de Mello Breyner Andresen, El viaje

El viaje
La carretera avanzaba entre campos y a veces se veían lomas. Era a comienzos de septiembre y la mañana se extendía a través de la tierra, vasta de luz y plenitud. Todas las cosas parecían encendidas.
Y dentro del coche que los llevaba, la mujer dijo al hombre:
-Esto está en mitad de la vida.
A través de los cristales, las cosas huían hacia atrás. Las casas, los puentes, las montañas, las aldeas, los árboles y los ríos huían devorados sucesivamente. Era como si fuese la propia carretera quien los engullese.
Apareció un cruce. Tomaron a la derecha y siguieron adelante.
-Debemos estar al llegar -dijo el hombre.
Y continuaron.
Árboles, campos, casas, puentes, montañas, ríos huían hacia atrás, se deslizaban hacia adelante.
La mujer miró con inquietud a su alrededor y dijo:
-Nos hemos debido de equivocar. Hemos tomado por la carretera que no es.
-Ha tenido que ser en el cruce -dijo el hombre, deteniendo el coche-. Tomamos hacia el oeste y debíamos haber tomado hacia el este. Hay que volver al cruce.
La mujer reclinó la cabeza y vio que el sol ya había subido en el cielo y cómo las cosas perdían despacio su sombra. También vio que el rocío ya se había secado en las hierbas de la cuneta.
-Vamos -dijo ella.
El hombre giró el volante, el coche dio media vuelta en la carretera y volvieron hacia atrás.
La mujer, cansada, cerró un poco los ojos, apoyó la cabeza en el respaldo y se puso a imaginar el lugar hacia donde iban. Era un lugar donde nunca antes habían estado. Tampoco conocían a nadie que hubiera estado allí. Sólo lo conocían por el mapa y por el nombre. Decían que era un lugar maravilloso.
Pensó que la casa sería silenciosa, apacible y blanca, rodeada de rosales; pensó que el jardín debía ser grande y verde, recorrido por murmullos.
Alguien le había dicho que por el jardín corría un río claro, brillante y transparente. En el fondo del río se veía la arena y piedrecitas limpias y pulidas. En las orillas crecía césped, mezclado con trébol. Y árboles de copa redonda, cargados de frutos crecían por todo ese prado.
-En cuanto lleguemos -dijo ella-, nos bañamos en el río.
-Nos bañamos en el río y luego nos tendemos en el césped -dijo el hombre, con los ojos fijos en la carretera.
Y ella imaginó con sed el agua clara y fría rodeando sus hombros e imaginó el césped donde los dos se tumbaran, uno junto al otro, a la sombra del follaje y de los frutos. Allí pararían. Allí habría tiempo de posar los ojos en las cosas. Tiempo para tocar las cosas. Podrían allí respirar despacio el aire de los rosales. Todo allí sería tranquilidad y presencia. Habría silencio para escuchar el murmullo diáfano del río. Silencio para decir las graves y puras palabras pesadas de paz y de alegría. Nada allí les iba a faltar: el deseo sería estar ya allí.
A través de los cristales campos, casas, puentes, montañas y ríos huían hacia atrás.
-Tenemos que estar a punto de llegar al cruce -dijo el hombre.
Y continuaron.
Ríos, campos, pinares y montañas. Y pasó media hora.
-Ya teníamos que haber llegado al cruce -dijo el hombre.
-Seguramente nos hemos equivocado de camino -dijo la mujer.
-No, nos hemos podido equivocar -dijo el hombre-. No había más camino que éste.
Y continuaron.
-El cruce tenía que haber aparecido ya -dijo el hombre.
-Y, bueno, ¿qué es lo que vamos a hacer?
-¿Y qué vamos a hacer ahora?
-Seguir hacia adelante.
-Pero nos perderemos.
-No veo otro camino -dijo el hombre.
-Y continuaron.
Encontraron ríos, montañas; atravesaron ríos, campos, montes; dejaron atrás ríos, campos, montes. Huían los paisajes, empujados hacia atrás.
-Cada vez estamos más perdidos -dijo la mujer.
-Pero ¿donde hay otro camino? -preguntó el hombre.
Y detuvo el automóvil.
A la izquierda había un gran páramo vacío; a la derecha una colina arbolada.
-Vamos a subir a lo alto de la colina -dijo el hombre-. Desde allí se deben avistar todos los caminos de alrededor.
Subieron a lo alto de la colina y no vieron carreteras, pero avistaron a un labrador cavando en una huerta.
Caminaron en su dirección y le preguntaron si sabía el camino hacia el cruce.
-Sí -dijo el labrador-, es para allá.
-¿Podría indicarnos?
-Claro que podría pero antes debo acabar esta acequia para que pase el agua. Tardo ya muy poco.
-Lo esperamos -dijo el hombre.
-Tengo sed -dijo la mujer.
-Ahí, atrás de esos riscos -dijo el labrador apuntando al otro lado de los riscos -hay una fuente. Id a beber mientras voy acabando la acequia.
Caminaron en la dirección que el labrador les indicara y detrás de los riscos encontraron la fuente.
La fuente caía desde lo alto y se introducía en la tierra, derecha, limpia y brillante como una espada.
Allí bebieron y quedaron con la cara, el pelo salpicados de gotas, rieron de alegría con la frescura del agua, olvidados del cansancio, del camino perdido, del viaje. La mujer se sentó en una piedra cubierta de musgo, el hombre se sentó a su lado y los dos permanecieron un rato con las manos enlazadas, inmóviles, callados.
Más tarde un pájaro se posó muy cerca de la fuente y el hombre dijo.
-Hay que irse.
Se alzaron y tomaron hacia la huerta pero el labrador no estaba. Vieron cómo el agua corría por las acequias; vieron el perejil y la hierbabuena creciendo a cada lado, pero ni rastro del labrador.
-No nos ha querido esperar -dijo el hombre.
-¿Por qué nos mentiría?
-Igual no nos mintió. A lo mejor no pudo esperarnos o tal vez se olvidara de nosotros.
-¿Y ahora qué hacemos?
-Volveremos al coche y seguiremos la dirección que el labrador nos apuntó.
Subieron y bajaron la colina en dirección al automóvil, pero cuando llegaron a la carretera el automóvil había desaparecido.
-Debemos habernos equivocado y venir por otra dirección.
-O que alguien nos haya robado el coche.
-¿Dónde se habrá metido el labrador?
-A lo mejor a ido a la fuente a buscarnos.
-Hay que encontrar a alguien -dijo la mujer.
-Volvamos a la fuente, seguramente el labrador haya ido allí.
Y otra vez se pusieron en camino.
Subieron y descendieron la colina y atravesaron el huerto.
Olía a yerbabuena y a tierra recién regada. Pero al otro lado de los riscos no encontraron la fuente.
-No debe ser aquí -dijo el hombre.
-Era aquí -dijo la mujer-. Era aquí. Tengo miedo. Volvamos rápido a la carretera.
Y fueron a la carretera a buscar el automóvil.
-¿Qué vamos a hacer? -preguntó la mujer.
-Alguien pasará -respondió el hombre.
Continuaron por la carretera. El sol seguía ascendiendo sobre el cielo.
-Estoy cansada -dijo la mujer.
-En cuanto lleguemos a donde vamos descansarás, tendida sobre el césped, a la sombra de los árboles y los frutos.
-Para eso hay que encontrar ya el camino -dijo la mujer.
A lo lejos entre pinos avistaron una casa.
-Vamos allá -dijo el hombre-. Tal vez allí haya alguien que nos sepa indicar el camino.
Hacía una leve brisa y los pinos se mecían.
Llamaron a la puerta pero nadie respondió. Aguzaron los oídos y les pareció escuchar voces. Llamaron de nuevo. Nadie les respondió. Esperaron. Llamaron nuevamente, con fuerza, espaciadamente, nítidamente, despacio. Los golpes resonaron pero nadie les respondió.
Entonces el hombre empujó con el hombro derecho hasta forzar la puerta, pero la casa estaba vacía.
Era una casita de labradores. Una casa desnuda, donde sólo se inscribían los gestos de la vida. Había una cocina y dos cuartos. En un saliente de la pared encalada estaba una imagen; frente a la imagen ardía un candil de aceite; a su lado alguien había puesto un ramito de flores benditas de pascua.
Nadie había en la cocina. Nadie en los cuartos. Nadie en las traseras donde estaban secándose unas ropas, colgadas en el tendal, gesticulando en la brisa.
En el horno la ceniza estaba aún caliente y sobre una mesa había pan y vino.
-Tengo hambre -dijo la mujer.
Se sentaron y comieron.
¿Qué hacemos ahora? -preguntó la mujer.
Volveremos a la carretera y seguiremos viaje -dijo el hombre.
Salieron y atravesaron el pinar pero la carretera había desaparecido.
-Tengo miedo -dijo la mujer-. Cada vez tengo más miedo. Todo desaparece.
-Estamos juntos -dijo el hombre.
-¿Pero qué vamos a hacer sin carretera?
-Vamos a volver a la casa -dijo el hombre- y allí esperaremos hasta que lleguen los dueños y nos indiquen por dónde va el camino y nos ayuden.
Y de nuevo atravesaron el pinar, pero en el lugar donde había estado la casa sólo había un pequeño claro y piedras extendidas por el suelo.
Ambos se quedaron mudos. La mujer se dejó caer en el suelo y tendida entre las piedras lloró con la cara pegada a la tierra.
-Venga, vámonos -dijo el hombre.
-¿Hacia dónde? -preguntó ella.
-Hay que encontrar algún camino.
-Para qué si luego perdemos todo lo que encontramos.
El hombre se arrodilló junto a la mujer y le limpió la cara de lágrimas y de tierra.
La levantó más tarde y siguieron hacia adelante.
Atravesaron el pinar y dieron con un campo.
Pero no se veía camino alguno.
En mitad del campo había un manzano cargado de manzanas rojas, brillantes y redondas.
-¿Qué bonitas! -dijo la mujer.
Tomó una para ella y otra para el hombre. Se sentaron ambos sobre la hierba bajo la sombra tranquila del árbol y la carne firme, fresca y limpia de la manzana estalló entre sus dientes.
Era ya el comienzo de la tarde y en el brillante día, apoyados en el oscuro y rugoso tronco, descansaron en silencio, oyendo sólo el levísimo rumor de la tierra bajo el sol.
Tras eso el hombre dijo:
-Vámonos.
Se levantaron y se fueron.
Y en el extremo de aquel campo, junto al vallado que lo separaban del otro campo, la mujer exclamó:
-Teníamos que haber cogido algunas manzanas más para llevárnoslas. No sabemos dónde estamos, ni cuánto tendremos que andar para volver a encontrarnos algo de comer.
-Tienes razón -dijo el hombre.
Y volviendo hacia atrás, caminaron hacia el manzano que en mitad del campo se dibujaba redondo.
Sin embargo al llegar al pie del árbol vieron que de las ramas, entre las hojas, habían desaparecido todas las manzanas.
-Alguien ha debido pasar por aquí y sin vernos ha cogido todas las manzanas -dijo el hombre.
-Ah -exclamó la mujer-, ¿pero tan rápido? ¡Tan deprisa desaparece todo! Encontramos cosas, están allí, pero cuando volvemos, desaparecen. Y ni siquiera sabemos quién se las lleva o cómo se deshacen.
Con la cabeza gacha y en silencio retomaron la caminata.
Atravesaron sucesivos campos pero no hallaron a nadie que los guiara y les respondiera. Junto a un vallado vieron en el suelo un recipiente de corcho y un búcaro de barro.
La mujer destapó el recipiente y escuadriñó dentro del búcaro.
-Vacíos -dijo ella.
-¿Dónde estará el dueño?
Miraron alrededor y no avistaron a nadie. Llamaron pero nadie les respondía.
-Igual están al otro lado de la valla -dijo la mujer.
Atravesaron el vallado pero al otro lado no vieron a ningún hombre. Lo que vieron fue un arroyuelo que corría casi escondido entre tréboles y vinagreras. Arrodillados se lavaron las manos y la cara. En la concavidad de sus manos la mujer bebió y dio de beber al hombre.
-Si hubiéramos traído el búcaro -dijo ella- podríamos llevar un poquito de agua para el camino.
-Y en el recipiente podríamos llevar algo de fruta. Volvamos a buscarlos.
Atravesaron de nuevo la valla.
Pero el búcaro apareció roto y el recipiente de corcho completamente roído.
-¿Quién lo habrá roto?
-Tal vez la brisa o algún animal al pasar.
-¿Quién lo habrá carcomido?
-Las ratas, las serpientes, los topos, los perros salvajes.
-Así ya no nos sirven.
-Vámonos cuanto antes de aquí -dijo la mujer.
Era ya la mitad de la tarde cuando vieron un gran bosque, en cuya orilla partía un carril.
-Vamos hacia el carril. Yendo por aquí hemos de encontrarnos con gente. Los carriles se hacen para que pasen gente. Los carriles se hacen para llegar a otros lugares donde hay gente.
Y entraron en el bosque.
Robles, castaños, tilos y álamos, cedros y pinos entrecruzaban sus ramas. Grandes rayos de sol oblicuos pasaban por entre los troncos. El aire era verde y dorado.
-¡Qué bosque más bonito! -exclamó la mujer.
-Muy bonito, sí - exclamó el hombre.
Aquí y allá crujía una rama seca. A veces una piña caía desde lo alto. Se oía el murmullo de la brisa en las hojas altas. Se oía el canto de los pájaros escondidos. Se oía el silencio del musgo y de la tierra.
Y mecidos por la belleza, en la fragancia y en la música del bosque, el hombre y la mujer siguieron adelante por el carril con las manos entrelazadas.
Hasta que a lo lejos oyeron el ruido de un hacha. Siguieron caminando y acercándose al lugar de donde provenía el sonido.
-¡Viene de allí! -dijo la mujer.
Y saliendo del camino tomaron hacia la derecha.
Encontraron a un leñador cortando leña.
-Estamos perdidos -dijo el hombre-, andamos buscando un camino que nos lleve a la carretera.
-Id siempre siguiendo el camino -dijo el leñador- y encontraréis la carretera.
-Gracias -dijo el hombre.
Y los dos regresaron por donde habían venido.
-Pero no encontraron el carril.
-¿Cómo puede ser que lo hayamos perdido? -dijo la mujer.
-Vamos a pedirle al leñador que nos guíe -dijo el hombre.
Regresaron al lugar donde habían hablado con el leñador, pero allí sólo encontraron leña cortada. El leñador había desaparecido.
-Se ha ido enseguida -dijo la mujer.
-No debe andar lejos. Llamémosle.
Lo llamaron repetidas veces. Pero ninguna voz, ningún ruido humano les respondió. Sólo oyeron cantos de pájaros, sonido de ramas secas al crujir, murmullos de brisa en las hojas.
-Escuchemos en silencio -dijo el hombre-. No puede haberse ido muy lejos, incluso puede que aún se oigan sus pasos.
Y escucharon en silencio.
Pero sólo oyeron la bulla del bosque.
-Conozco una mejor manera de escuchar -dijo la mujer.
Y se puso de rodillas y pegó primero uno y luego el otro oído a la tierra.
Pero sólo pudo escuchar el sonido palpitante de la tierra.
-Sólo escucho la tierra.
-Sigamos adelante -respondió el hombre.
Y continuaron.
Encontraron el bardal cargado de moras.
-¡Qué buenas! -dijo la mujer.
El hombre tomó un buen puñado de moras y las extendió en la mano de la mujer. Ella las probó y volvió a decir.
-¡Qué ricas!
Riendo, los dos comenzaron a coger moras y habiendo reunido una cantidad grande de ellas, se sentaron en el suelo para comérselas. La luz oblicua de la tarde pasaba entre los oscuros troncos y encendía el verdor de las hojas. Cuando acabaron de comer, dijo el hombre:
-Hay que irse. Tenemos que encontrar la carretera y el lugar donde vamos.
-¿Pero cómo podremos buscar esa tierra si ni siquiera sabemos dónde estamos?
-Hay que buscarla, sí -respondió el hombre.
Se levantaron para ponerse en marcha.
-Un momento -dijo la mujer-. Quiero llevarme moras.
Y desatando el nudo del pañuelo que traía al cuello, lo abrió y lo extendió sobre la tierra. Ambos comenzaron a coger moras hasta que reunieron un gran montón dentro del pañuelo. Después ataron de dos en dos las cuatro puntas.
-Venga -dijo el hombre pasando el dedo entre ambos nudos.
Y retomaron su camino.
Iban cogidos de la mano a través del aire dorado y verde.
-¡Qué bonito es este bosque! -dijo la mujer.
-Lo es -respondió el hombre- pero la carretera no aparece.
La mujer echó la cabeza hacia atrás y respiró profundamente el olor de los árboles y de la tierra. Extendió la mano en el aire y en la punta de sus dedos se posó una mariposa.
-Ay -dijo ella- incluso perdida, puedo ver lo perfumado y lo bello que es todo. Incluso sin saber si he de llegar, me apetece reír y cantar en honor de la belleza de las cosas. Incluso en este camino que no sé a dónde nos lleva, los árboles son verdes y frescos como si los alimentara una certeza profunda. Incluso aquí la voz se posa con levedad en nuestros rostros como si nos reconociera. Tengo un miedo de aúpa y sin embargo estoy alegre.
-El aire y la luz -dijo el hombre- son buenos y bellos. Si no anduviésemos perdidos, esta caminata sería un fantástico viaje, pero ni el aire ni la luz saben mostrarnos por dónde queda la carretera.
Oyeron un pequeño murmullo cristalino y al dar unos cuantos pasos más, encontraron un río.
Era un pequeño, estrecho y claro río en cuyas orillas crecían flores salvajes rosadas y blancas.
El hombre y la mujer se echaron de bruces sobre el suelo, acercaron sus caras al agua y comenzaron a beber.
-¡Qué agua más limpia! -exclamó la mujer-. ¿Por qué no nos bañamos?
Se desnudaron y entraron en el río.
Ahora riendo, ahora en silencio, nadaron mucho rato. Buceaban con los ojos abiertos, tocando las piedritas pulidas del fondo, atravesando un mundo suspendido, transparente y verde. Truchas azules se deslizaban junto a sus gestos.
Luego se tendieron bajo la sombra dorada del bosque y sobre el césped de las orillas. El perfil de la mujer se recortaba entre las flores.
-Esto es casi como la tierra donde íbamos -dijo ella.
-Lo es -respondió él- pero esto es sólo un lugar de paso.
Ambos se alzaron y vistieron.
-¿Vamos? -preguntó él.
-Espera un momento -respondió la mujer-. Primero querría coger unas flores para llevar.
Arrodillándose en el suelo comenzó a hacer un ramo. El hombre se fijó en que ella tomaba las flores arrancándolas con toda su raíz y preguntó.
-¿Por qué las coges con la raíz?
-Porque quiero trasplantarlas en la tierra donde vamos. No sé si habrá allí flores como éstas -respondió la mujer.
Y continuaron.
El día ya comenzaba a caer.
-Tengo hambre -dijo la mujer.
-Tenemos las moras -dijo el hombre.
Puso el pañuelo en el suelo y desató los nudos.
Pero el pañuelo estaba vacío.
Durante unos instantes permanecieron callados. Después el hombre dijo:
-Las puntas del pañuelo estarían seguramente mal atadas y las moras se han ido cayendo a medida que íbamos andando. Una por una. No me he dado cuenta de que cayeran.
-Tengo hambre -volvió a decir la mujer.
-Sigamos adelante -dijo el hombre.
Vieron a lo lejos entre los árboles una roja claridad.
-Se esta poniendo el sol -exclamó la mujer-. Se está poniendo el sol.
-Vamos, date prisa -dijo el hombre-. Se nos echa encima la noche y no encontramos el camino.
Y se fueron casi corriendo.
Entre las sombras del crepúsculo oyeron voces de pronto.
-¡Gente! -exclamó el hombre- ¡Estamos salvados!
-¿Salvados? -preguntó la mujer.
Y de nuevo se oyeron voces.
-Van por ese lado -dijo la mujer, indicando la izquierda.
-No, van por el otro lado -dijo el hombre apuntando a la derecha.
Pero según iban corriendo, las voces se iban volviendo más distantes.
-¡Van más de prisa que nosotros! -se quejó la mujer.
-Pero -respondió el hombre- si conseguimos seguir al menos su dirección, estaremos a salvo.
Así fueron, escuchando y corriendo, mientras las sombras del crepúsculo crecían. Hasta que las voces dejaron de oírse y la noche fue cayendo espesa y cerrada.
La luna aún no había aparecido. Por todos lados eran rodeados de sombras, ruidos, murmullos que ellos confundían con bultos, pasos, voces, pero que sólo eran oscuridad, troncos de árboles, ramas tronchadas y secas que crujían, susurros del bosque.
-¿Nos hemos perdido? -preguntó la mujer.
-No lo sabemos -dijo el hombre.
Siguieron despacio, cogidos de la mano, en silencio, uno junto al otro.
Hasta que al fin vieron que acababa el bosque.
Llenos de esperanza, avanzaron hacia el espacio descubierto, pero al salir del bosque, se toparon con un abismo.
Asomados a él, otearon. Sin embargo a la luz de las estrellas nada veían delante salvo un pozo de oscuridad, mientras un frío marmóreo les tocaba la cara.
-Es un precipicio -dijo el hombre-. La tierra está separada frente a nosotros. No podemos dar ni un paso más.
-Mira -respondió la mujer.
Y apuntó a un estrecho camino que corría junto al abismo. A la izquierda tenía un muro de piedra y a la derecha el vacío.
-Vamos -dijo el hombre.
-Siento miedo -dijo la mujer.
-Estamos juntos -respondió el hombre-, no tengas miedo.
Y siguieron por la trocha.
El hombre iba por delante y la mujer lo seguía agarrańdose con la mano izquierda a los riscos y con la derecha a los hombros de él.
Caminaban en silencio bajo el brillo oscuro de las estrellas, midiendo cada gesto y cada paso.
Pero de repente el cuerpo del hombre osciló y rodaron piedrecitas. Él le gritó a la mujer.
-¡Agárrame!
Pero ya el hombre se escurría de las manos de ella. Y la mujer gritó:
-Agárrate a la tierra.
Pero ya ninguna voz le respondió, pues en el gran, nítido y sonoro silencio sólo se escuchaba el rodar de las piedras.
Ella estaba sola, vestida de terror, agarrada al suelo frente al vacío.
-¡Responde!
Ella estaba tendida en tierra, con las manos enterradas en la tierra y comenzó a gritar como quien se pierde en mitad de un sueño. Después dejó de gritar y murmuró.
-Tengo que buscarlo.
Siguió el rastro por el camino, tanteando el suelo con los dedos en busca de un pasaje por donde pudiera bajar y buscar al hombre. Pero no había ningún pasaje.
Entonces trató de descender por la propia vertiente del abismo. Sujetándose a los arbustos y raíces se dejó escurrir a lo largo del precipicio. Pero sus pies no encontraban el menor apoyo donde pudieran afirmarse. El talud descendía a plomo, pues era una pared lisa de piedra desnuda.
-Tengo que regresar al camino -pensó la mujer- y buscar un pasaje más adelante.
Pero la trocha había desaparecido. Lo que ahora había no era sino un estrecho reborde donde ella no cabía, donde ni los pies cabían. Un reborde sin salida. Allí se quedó, de lado, con un pie frente al otro, con el lado derecho de su cuerpo en la piedra de arriba y el lado izquierdo ya bañado por la respiración fría y basta del abismo. Sintió que los arbustos y las raíces a las que se agarraba cedían con lentitud en su caída bajo el peso de su cuerpo. Comprendía que ahora sería ella la que estaba a punto de caer en el abismo. Supo que cuando las raíces cediesen, no se podría agarrar a nada, ni siquiera a sí misma. Era ella la que de un instante a otro se iría a perder.
Supo que sólo le restaban algunos momentos.
Entonces giró la cara hacia el otro lado del abismo. Trató de ver a través de la oscuridad. Pero sólo se veía oscuridad.
Ella sin embargo pensó:
-Del otro lado del abismo tiene que haber alguien.
Y comenzó a llamar.

Sophia de Mello Breyner Andresen, El viaje (De Histórias da Terra e do Mar). Traducido por Manuel Moya.

Sophia de Mello Breyner Andresen


Sophia de Mello Breyner Andresen, El silencio

El silencio
Fue complicado. Primero dejó los restos de comida en el cubo de basura. Después pasó los platos y cubiertos por agua corriente, bajo el grifo. Después los sumergió en un recipiente con agua caliente y jabón y con un estropajo lo limpió todo hasta dejarlo reluciente. Después volvió a calentar agua y la echó en el fregadero con dos medidas de sonasol y de nuevo lavó platos, cubiertos, tenedores y cuchillos. En seguida pasó los platos y los cubiertos por agua limpia y los puso a secar sobre el escurridor de piedra.
Sus manos habían quedado ásperas, esta­ba cansada de estar tanto rato de pié y le dolían un poco las espaldas, pero sentía dentro de sí misma una gran­ limpieza, como si en vez de lavar la vajilla, lo que hubiera lavado fuera su alma. La luz sin abat-jour de la cocina hacía brillar los azulejos blancos. Allá afuera, en la dulce noche estiva, un ciprés se mecía blanda­mente.
El pan estaba en su cesto, la ropa en su cajón, los vasos en el armario. El vaivén, la agitación del tumulto del día descansaban. 
Lo que había era una gran serenidad. Todo estaba en su sitio y el día acabado.
Y Joana atravesó despacio su casa.
Iba abriendo y cerrando puertas, abriendo y cerrando luces. Los cuartos desaparecían en la oscuridad y surgían de lo oscuro en la claridad.
Un dulce silencio flotaba como una sed extendida.
El silencio dibujaba las paredes, cubría las mesas, enmarcaba los retratos. El silencio esculpía los volúmenes, recortaba las líneas, daba profundidad a los espacios. Todo era plástico y vibrante, denso de la propia realidad. El silencio como un hondo estremecimiento recorría la casa.
Las cosas conocidas —el tabique, la puerta, el espejo— mostraban una por una su belleza y su serenidad. Y en las ventanas abiertas la noche de junio mostraba su rostro radiante y suspenso.
Joana dio lentamente una vuelta por la casa. To­có los cristales, la cal, la madera. Hacía mucho que cada objeto había encontrado su lugar en la casa. Y era como si ese lugar, como si la relación entre la mesa, el espejo o la puerta, fuesen la expresión de un orden que traspasaba la casa.
Los objetos parecían atentos. Y la mujer que lavó la vajilla buscaba el centro de esa atención. Siempre lo buscaba, ¿pero quién podría captarlo?
El silencio ahora se hacía mayor. Era como una flor que se hubiera abierto completamente y y alisase todos sus pétalos.
Y alrededor de todo este silencio los astros de la noche exterior giraban lentamente y su movimien­to imperceptible tomaba para sí el orden y el silencio de la casa.
Con las manos sobre la pared blanca Joa­na respiró dulcemente. Aquél era su reino, aquella su paz en la contemplación nocturna. Desde el orden y el silencio del universo se alzaba una infinita libertad: ella respiraba esa libertad que era la ley de su vida, el alimento de su ser.
La paz que la rodeaba era abierta y transparente. La forma de las cosas era un signo, una escritura. Una escritura que ella no entendía pero que reconocía.
Atravesó la sala y se inclinó sobre la ventana abierta frente al puro instante azul de la noche.
Brillaban las estrellas, íntimas y distantes. Y le pareció que entre ella, la casa y las estrellas se hubiera establecido desde siempre una alianza. Era como si el peso de su conciencia fuera necesario al equilibrio de las constelaciones, como si una intensa unidad atravesara todo el universo.
Y ella habitaba esa unidad, estaba presen­te y viva en la relación de las cosas y la propia reali­dad atenta la abrigaba en su inmensa y aguda presencia.
En el aire, en la cal, en el cristal, tocaba su felici­dad y esa felicidad era unidad en su centro.
Se asomó a la ventana y apoyó sus codos en la piedra fresca del alféizar.
Una leve brisa agitó las ramas de los cedros. En el río, ronca, pitó una sirena. Desde la torre se escucharon dos campanadas. Entonces fue cuando oyó el grito.
Un largo grito agudo, desmedido. Un grito que atravesaba las paredes, las puertas, el salón, las ramas del cedro.
Joana se giró en la ventana. Hubo una pau­sa. Un pequeño e inmóvil momento de suspenso, de dudas. De inmediato nuevos gritos se alzaron, atravesando la noche. Estaban gritando en la calle, del otro lado de la casa. Era una voz de mujer. Una voz desnuda, desgarrada, solitaria. Una voz que de grito en grito se iba deformando, desfi­gurando hasta quedar en un aullido. Un aullido ronco y ciego. Después la voz se iba adelgazando, bajaba, tomaba un ritmo de sollozo, un tono de la­mento. Pero de inmediato volvía a crecer, con furia, con rabia, con desesperación, con violencia.
En la paz de la noche, de arriba a abajo, los gritos abrieron una grieta, una herida, y así como el agua comienza por anegar el interior seco al abrirse una rendija en el casco de un barco, del mismo modo ahora, por la rendija que abrieran los gritos, el terror, el desorden, la división y el pánico, penetraban en el interior de la casa, del mundo, de la noche.
Joana se alejó de la ventana que daba al jardín, atravesó el salón, el pasillo y el cuarto, y al otro lado de la casa, se asomó a la ventana que daba a la calle.
La mujer se veía mal, apoyada en la pared, a media luz, del otro lado de la acera. Sus gritos desnudos, próximos, desmedidos atestaban la penumbra. En su voz la tierra y la vida habían desnudado sus velos y su pudor y mostraban su abismo, revelaban su desorden, su tiniebla. De una a otra punta de la calle los gritos corrían golpeando las puertas cerradas.
Se trataba de una calle estrecha, comprimida entre edifi­cios descoloridos, pesados y tristes. Era allí la noche plomiza, el aire turbio, quieto y pegajoso.
Perros callejeros olisqueaban por las aceras y rebuscaban en los contenedores de basura en busca de restos, cáscaras, pescuezos de una gallina degollada.
El enorme edificio de la cárcel cubría todo el lado izquierdo de la calle con altas paredes cor­tadas por ventanucos enrejados. Sobre esa pared se recostaba la mujer. A veces er­guía la cara y entonces podía ver el rostro torcido y desfi­gurado por el grito. Junto a ella se dibujaba la silueta de un hombre. Era tarde. Las puertas y ventanas estaban cerradas sobre la gente ya dormida y por la calle no pasaba ni un alma. Sólo de tanto en tanto se escuchaba un chirriar de coches al girar la esquina.
El hombre intentaba llevarse a la mujer y cuando los gritos disminuían un instante, le imploraba que callase, le pedía:
— Venga, vámonos ya.
Pero ella no lo escuchaba. Gritaba como si estuviera sola en el mundo, como traspasada por toda compañía y toda razón y hubiera encontrado la pura soledad. Gritaba contra las paredes, contra las piedras, contra la sombra de la noche. Elevaba su voz como si la arrancara del suelo, como si su desesperación y su dolor bro­tasen del propio suelo que la soportaba. Elevaba su voz como si quisiera llegar con ella hasta los confines del universo y allí tocar a alguien, despertar a alguien, obligar a alguien a responderle. Gritaba contra el silencio.
A veces callaba un momento y echaba hacia atrás la nuca como quien espera una respuesta.
Entonces, de nuevo, el hombre le imploraba:
—Cállate, cállate. Vámonos ya de aquí.
Pero ella volvía a gritar y golpeaba con sus puños la pared de la cárcel como si así pretendiera forzar la respuesta de la piedra. Gritaba como si quisiera llegar a un ausente, despertar a un durmiente, arrullar a una conciencia impasible y, enajenada, tocar el corazón de un muerto.
A través de las paredes, de las puertas, de las calles, de la ciudad, gritaba hacia el fondo del universo, hacia el fondo del espacio, hacia el fondo de la ocultación de la noche, hacia el fondo del silencio.
De repente calló, inclinó la cabeza y se tapó el rostro con las manos. Entonces el hombre le cubrió la cabeza con el pañuelo, la apartó de la pared, le pasó un brazo alrededor de los hombros, y, despacio, juntos, bajaron la calle y giraron en la esquina.
Durante algún tiempo fluctuó en el aire pesa­do de la calle un eco de sollozos y de pasos que se alejaban y disminuían. Después se impuso el silencio.
Un silencio opaco y siniestro donde se oía el trajinar de los perros.
Joana volvió al salón. Todo ahora, des­de el fuego de la estrella hasta el brillo pulido de la me­sa, se le era desconocido. Todo se había vuelto accidente absurdo, sin nexo, sin reino. Las cosas no eran suyas, ni eran ella, ni estaban con ella. Todo se volvía ajeno, todo se volvía ruina irreconocible.
Y tocando sin sentir el cristal, la made­ra, la cal, Joana atravesó como una extranjera su propia casa.

Sophia de Mello Breyner Andresen, El silencio (Histórias da Terra e do Mar). Traducido por Manuel Moya.

Sophia de Mello Breyner Andresen

Julio Jurado, Libre albedrío

Libre albedrío
Ribadeo-Lugo. Aquella mujer hermosa guardaba un océano sin orillas en el altillo del dormitorio; y como yo solía ser bastante imprudente no hice caso a mis amigos y llamé una noche a su puerta.
Enseguida tuve el presentimiento de que se iba a producir una catástrofe, nada más verla, con sus pequeños pies desnudos, mojados, con un ligero vestido ciñéndose obsceno a mi atónita mirada. La suya fue una mirada adusta, que se posó sobre mi solo un instante, el tiempo justo para que yo perdiera el sentido y desapareciese en el piélago de sus ojos.
Desde entonces nado sin tregua a través de aguas cristalinas y prendas maliciosas, que mecen un cuerpo que ya no conozco, rescatado para siempre por el libre albedrío de aquella mujer hermosa.
Con evidente abandono sueño, cuando la pereza envejece en el horizonte, con la playa de arena fina, que me auxilie en su amanecer sereno y me arroje otra vez a la vida. 

Julio Jurado, Libre albedrío (Traspiés voluntarios. Construcción o derribo de una conducta, Adeshoras, 2018).

Julio Jurado

Elena Román, La relojería

La relojería

La relojería está enclavada en una esquina. En horario de comercio permanece abierta por la puerta que da a la calle más concurrida. La gente entra para comprar relojes, pilas para relojes, correas para relojes, e incluso cucos para relojes. Al anochecer se cierra dicha puerta y se abre la que da a una calle poco transitada y poco iluminada. Individuos con gabardina y sombrero entran entonces. Piden en voz baja una dosis. Tienen ojeras y les tiemblan las manos. Pasan a la trastienda. Personas muy ocupadas compran tiempo. Se lo inyectan en cualquier parque y, aunque se sientan mejor, con frecuencia se aburren y buscan pelea.
 Elena Román, La relojería (Ciudad girándose; Baile del Sol, 2015).

 Elena Román

Sara Mesa, Intolerancia.

Intolerancia 

Teniendo en cuenta la experiencia de años anteriores y también que el sol es cada vez más fuerte y que mi piel se ha desacostumbrado a tomarlo, admitamos que fue una tontería visitar al dermatólogo ―da igual que la consulta la cubriera el seguro―, porque para qué, si ya otras veces fui y los consejos fueron siempre los mismos ―protección, protección: permanece a la sombra, úntate cremitas impagables, tómate capsulitas impagables―, y mis respuestas también fueron siempre las mismas ―no hacer caso, no comprar nada, sin terminar de entender por qué todos los productos prescritos son tan impagables―, y aunque sí es cierto que el dictamen sufrió variaciones con los años ―más drástico cada verano, pues pasé de ser simplemente blanquita a ligeramente alérgica y después reactiva―, esta vez hubo una novedad y es que ya sin ambages el dermatólogo ―un tipo maduro pero de presencia impecable― me calificó de intolerante. Intolerante al sol, matizó con una ancha sonrisa ―dientes blancos, también impecables―, de modo que la protección ha de ser absoluta, total, sin fisuras, insistió, y escribió en un papelito con membrete el nombre de una crema que yo debía usar y de unas nuevas cápsulas ―sustituyen a las anteriores, aclaró―, que también ―imprescindibles― debía usar, aunque bien sabía yo que tampoco iba a poder permitírmelas. Y ya después, cuando metía el papel en un sobre marcado con el mismo membrete ―ordenado y metódico, así es el dermatólogo―, me habló de la sombrilla. No una sombrilla de playa, dijo, eso es obvio, sino una de estas pequeñas que se usan para andar por la calle, tipo parasol chino, perfectas para esa gran sensibilidad cutánea mía, porque ya incluso las fabrican con ofelina, dijo, y ante mi expresión de extrañeza ―ofelina― me explicó que se trata de un tipo de tela que ofrece una protección UVA del ochenta por ciento, y después añadió ―con un tono que me pareció algo burlón― que hoy día las hacen muy bonitas, con diseños orientales ―dragones, flores― pero también, si así lo prefería, más contemporáneas, en todo caso muy ligeras, baratas, duraderas y glamourosas. Pensé que se estaba riendo de mí, pero no, en el fondo bien sabía yo que no.
Pasear con una sombrilla por la calle.
Lo que me faltaba.
Aquí no lo hace nadie... ¡pasear con sombrilla! Sólo de imaginarme así, caminando por mi barrio con una ―digamos, por ejemplo, un parasol con el reborde de encaje y la tela floreada―, dándole vueltas entre los dedos al mango, como si acaso yo ―¡yo!― fuese una damisela del XIX que pasea por un bulevar de París, pero en realidad en mi barrio de bloques de ladrillo y bazares de chinos y el bar Estanco y la peluquería de la Chipi, sólo de imaginarlo, digo, me moría de vergüenza. Así que otra vez vino la misma historia: desoí los consejos, me olvidé, pasé página.
Unos días después, volviendo del súper cargada con las bolsas de plástico ―dañándome los dedos, de tan pesadas―, sentí que me quemaba, o no exactamente que me quemaba, sino que me atacaba algo, que me atacaba el sol para ser más precisa, lo que era una agresión en toda regla, un picor extremo, y no podía rascarme lo más mínimo, no podía siquiera detenerme, pues eran las bolsas tan pesadas, tan difícil era mantener el equilibrio, además de que los congelados, también a su manera, estaban siendo agredidos por el sol. Fue así como me salieron aquellas erupciones. No era la piel quemada exactamente, sino un sarpullido muy fastidioso extendido por el cuello y los brazos, y también rojeces que me salpicaban las mejillas, como en un test de rorschach. Prácticamente en todos los sitios donde me había dado el sol, la piel se me había resentido, y me asusté muchísimo ―además de que escocía bastante―, de modo que me dije algo tengo que hacer, y me armé de valor y compré un parasol por internet, mirando hasta con cierta ilusión las fotos de una página web donde los vendían, con chicas estupendas llevándolas con mucha gracia, chicas modernas, nada de damiselas ridículas del XIX, pero todas, curiosamente, con un ligero tono bronceado, todas de piel sanísima, inmaculada, sin manchas, sin necesidad realmente de usarlas. Y el dermatólogo tenía razón: los parasoles de calle son baratos. Por diecinueve euros, más otros cinco de gastos de envío, escogí uno morado con lunares negros ―modelo polka dots―, en total bastante menos de lo que costaba el tratamiento de cápsulas protectoras para un mes, y además, en 2-3 días recibirá su pedido en casa, enhorabuena.
En 2-3 días también había bajado bastante la erupción ―las duchas de agua helada me calmaban―, así que cuando tuve el parasol entre manos se me había desinflado igualmente el interés ―entusiasmo, diríamos, nunca tuve―, además de que, visto de cerca, parecía simplemente una sombrilla de playa que hubiese encogido. La estructura metálica era también decepcionante ―endeble― y aquello de la ofelina, bueno, había que creérselo, pues la tela tenía un aspecto de lo más corriente. Para colmo, se abría y cerraba con dificultad, así que me dije hasta que no le cojas el truco nada de llevarlo a la calle. Caminaba por la sombra, pero aún así el sol era inevitable, y cruzaba bajo él rapidito, agobiada doblemente, primero por la posibilidad de volverme a quemar ―o a sufrir lo que quiera que fuese que sufría a causa del sol― y después por haberme gastado veinticuatro euros en un parasol que no me atrevía a usar y que, probablemente, nunca usaría. Se lo conté a Trini, la vecina, no porque necesitara compartir mi agobio, sino porque me la encontré por la escalera, mirándome con esa manera tan fija de mirar ―o más bien de escrutar―, tan pretendidamente amable, como queriendo entresacar algo de mí ―algo bueno, sin duda, Dios te bendiga, Trini―, con sus vestidos amplios y esa sonrisa perenne y toda su dulzura de mami de cincuenta, su melena imponente y canosa, y… lo sé, lo sé, me pierdo en los detalles. Justo es por esto ―para no perderme en los detalles― por lo que le conté lo del parasol. Las palabras son buenos lugares a los que aferrarse, aunque no las palabras abstractas ―ridículo, intolerancia, reacción, agobio, capricho o duda― sino las concretas ―parasol, ofelina, veinticuatro, sarpullido, dermatólogo, cápsulas carísimas―, y se lo conté todo con suma concreción. Ella me dijo haz en la vida lo que quieras hacer, deja de atormentarte por lo que los demás puedan pensar, si no cuidas tú de ti misma nadie lo hará por ti, no dejes nunca que nadie te diga lo que has de hacer, y yo asentía, y también pensaba que justamente ella me estaba diciendo lo que debía hacer, y fue, sin duda, un error, me daba cuenta, un grandísimo error, habérselo contado.
Grandísimo porque ahora, cada vez que yo salía de casa y me le encontraba por la escalera, o cada vez que salía y simplemente sabía que ella me veía salir ―desde su ventana o desde dondequiera que estuviese―, pensaba que me estaba juzgando por no llevar el parasol, por no ser capaz de vencer mis prejuicios y mi vergüenza, por ser tan débil, tan influenciable, tan vulnerable y, en definitiva, tan estúpida, aunque lo cierto es que era ella quien me parecía estúpida a mí, pero eso no anulaba mis sentimientos, la sensación de que debía darle cuenta de algo. Por eso una tarde de mucho sol ―de un sol ardiente―, cogí mi parasol polka dots, me asomé al portal, miré a ambos lados y, con cierto esfuerzo, lo abrí. Caminé abochornada unos pasos, con la cabeza gacha, aunque de reojillo me fijaba en los demás viandantes, y sí, no eran imaginaciones mías, me miraban, claramente me miraban con sorpresa ―¿va con paraguas sin que llueva?―, si no con cierta indignación incluso, con conmiseración otros, como si yo no estuviese bien de la cabeza, y según avanzaba por la acera las expresiones iban creciendo en variedad, aunque todas las variaciones dentro de un, digamos, campo de expresiones de tipo negativo: la burla, el estupor, el miedo ―una anciana se cruzó de acera, la vi, la vi―, la risa contenida, las ganas de humillar y de… ¿pegarme? ¿era posible que aquellos adolescentes de la esquina que me observaban y cuchicheaban entre ellos se estuvieran planteando pegarme?
Ya estaba bien.
Lo cerré, de nuevo con esfuerzo, y las miradas cesaron de inmediato, porque llevar un parasol plegado es como no llevar nada, o casi nada. Luego me dije, mira, es mejor así, cuando salga puedo llevarlo en la mano y Trini lo verá y creerá que lo uso y me aplaudirá como la mujer fuerte y libre que espera que yo sea, pero en realidad no lo abriré nunca, casi por una cuestión de seguridad propia es mejor no abrirlo, es preferible cargar con él a todos lados, quemarme, achicharrarme incluso, antes que ir con el parasol abierto acumulando miradas aviesas a mi espalda, porque después de todo qué haría yo si viese a una mujer como yo ―¿te has visto? ¿te has mirado bien? ¿qué tienes tú que ver con las chicas de la página web?―, en un barrio como este ―la Chipi, el Estanco, los chinos, el ladrillo―, con un parasol como el que llevo ahora bajo el brazo ―de lunaritos, por Dios, de lunaritos―, qué pensaría yo acaso ante una como yo, con mi aspecto, en una situación como la mía, tan grotesca. ¿No me darían acaso ganas de reírme? ¿No me vendría de golpe la vergüenza ajena? ¿No pensaría qué tía más loca, qué tía más lamentable, qué se ha creído esa tía? Llegado el caso, sí, ¿no haría yo lo mismo, exactamente lo mismo, que hacen todos?

Sara Mesa, Intolerancia.

Sara Mesa

Manuel Moyano, Origen del mito

Origen del mito

Ejerciendo de médico en las tierras del Norte, fui reclamado cierta noche de tormenta para atender un parto. En aquel lugar dejado de la Providencia se han visto muchas cosas extrañas, y no me sorprendió que el recién nacido tuviera cabeza de becerro. Recomendé ahogarlo con un almohadón, pero a los padres les faltó valor. El varón creció y, mucho tiempo después, habiendo ya cumplido los quince años, vino a visitarme. Me llamaba “buen doctor”, pero había en sus palabras un velo de amarga ironía. Yo no podía apartar la vista de sus astas de toro. “He sabido por mis padres que usted les aconsejó matarme”, dijo. “Así es”, respondí con todo el aplomo de que fui capaz, pues temía que su propósito fuera vengarse por ello. “Debieron hacerle caso”, fue lo único que le oí mugir mientras abandonaba mi consulta. Luego supe que, antes de venir a verme, había corneado a sus progenitores hasta la muerte. También me dijeron que huyó al monte, y que allí construyó una casa de largas e intrincadas galerías para recluirse en su interior. Pero ésa es otra historia.
 Manuel Moyano, Origen del mito.

Manuel Moyano

Ryunosuke Akutagawa, En el bosque

En el bosque

Declaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi
-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.
El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.
¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la victima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.

Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial
-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.
¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago… Lo lamento… no encuentro palabras para expresarlo…

Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial
-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.
De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial
-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.
¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.
Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero… ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que… (Los sollozos ahogaron sus palabras.)

Confesión de Tajomaru
Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.
Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante… Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.
¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)
Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.
Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia… Luego… ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.
Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.
Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos… Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.
Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.
Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)
Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.
Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte… (Sereno suspiro.)
Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.
Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu
-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido… un resplandor verdaderamente extraño… Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé a mi marido y le dije:
-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!
Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:
-Te pido tu vida. Yo te seguiré.
Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».
Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.
Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después… ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle… ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido… qué podía hacer. Aunque yo… yo… (Estalla en sollozos.)

Lo que narró el espíritu por labios de una bruja
-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)
Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas! Palabras que… (Se interrumpe, riendo extrañamente.)
Al escucharlas hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?…»
Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)
Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:
«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)
Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía… Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar…

Ryunosuke Akutagawa, En el bosque.


Ryunosuke Akutagawa

Ambrose Bierce, Un suceso sobre el puente del río Owl

Un suceso sobre el puente del río Owl.

I
Había un hombre parado sobre un puente ferroviario al norte de Alabama, mirando hacia el agua que corría rápidamente unos seis metros más abajo. Tenía las manos atadas a la espalda con una cuerda. Otra cuerda rodeaba holgadamente su cuello, estaba sujeta a una fuerte viga transversal por encima de la cabeza y colgaba hasta la altura de las rodillas. Algunas tablas sueltas, puestas sobre las traviesas, le proporcionaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército federal dirigidos por un sargento que en su vida civil podía haber sido ayudante del sheriff. No lejos, sobre la misma plataforma provisional, esperaba un oficial vestido con el uniforme de su rango y armado. Era el capitán. En cada extremo del puente había un centinela con su rifle “en posición de firmes”, es decir, vertical delante del hombro izquierdo, el precursor descansando sobre el antebrazo que cruzaba el pecho; posición formal y poco natural que obliga a mantener el cuerpo rígido. No parecía una obligación de estos dos hombres saber lo que estaba ocurriendo en medio del puente; sencillamente bloqueaban los dos extremos de la pasarela. 
Más allá de los dos centinelas no se veía a nadie; los rieles corrían en línea recta durante unos cien metros hasta un bosque, después doblaban y desaparecían. Sin duda, había un puesto de avanzada más adelante. La otra orilla del arroyo era campo abierto y una suave colina subía hasta una estacada de troncos verticales, con troneras para rifles y una única abertura a través de la cual e proyectaba la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. A mitad de camino entre el fuerte y el puente se encontraban los espectadores: una compañía de infantería en posición de descanso, con las culatas de los rifles apoyadas en el suelo, los cañones levemente inclinados hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas sobre los cañones. Un teniente estaba de pie a la derecha de la línea, la punta de su espada en el suelo, y con su mano izquierda descansando sobre la derecha. Salvo el grupo de los cuatro en el medio del puente, nadie se movía. La compañía miraba hacia el puente fijamente, inmóvil. Los centinelas, de cara a la orilla del arroyo, podían haber sido estatuas que adornaran el puente. El capitán, de brazos cruzados, silencioso, observaba el trabajo de sus subordinados sin dar ninguna indicación. La muerte es un dignatario que cuando se anuncia es para ser recibido con formales manifestaciones de respeto, aun por aquellos que están más familiarizados con ella. En el código de honor militar, el silencio y la inmovilidad son formas de defensa. 
El hombre que se disponían a ahorcar tenía aparentemente unos treinta y cinco años. Era un civil, a juzgar por su vestimenta, que era la de un granjero. Sus rasgos eran nobles: nariz recta, boca firme, frente amplia y cabello largo y oscuro peinado hacia atrás, que le caía por detrás de las orejas hasta el cuello de su elegante chaleco. Tenía bigote y una barba en punta, pero no llevaba patillas; sus ojos eran grandes, de un gris oscuro, y poseían esa expresión afectuosa que uno difícilmente hubiera esperado en alguien pronto a morir. Evidentemente no era un asesino vulgar. El código militar, tan amplio en su espíritu, prevé la horca para muchas clases de personas, sin excluir a los caballeros. 
Al culminar los preparativos, los dos soldados se hicieron a un lado y cada uno retiró la tabla sobre la que había estado apoyado. El sargento se volvió hacia el capitán, saludó y se colocó inmediatamente detrás de él, y ésta a su vez se alejó un paso. Estos movimientos dejaron al condenado y al sargento de pie sobre ambos extremos de la tabla que atravesaban tres traviesas del puente. El extremo donde estaba el civil alcanzaba, casi sin tocarla, una cuarta traviesa. Esta tabla se había mantenido horizontal por el peso del capitán, y ahora lo estaba por el peso del sargento. A una señal del capitán el sargento se haría a un lado, la tabla habría de inclinarse y el condenado caería entre dos traviesas. Al condenado este arreglo le pareció sencillo y eficaz. No le habían cubierto la cara ni vendado los ojos. Consideró por un momento su vacilante posición, y luego dejó que su mirada vagara hacia las aguas arremolinadas del arroyo, que corrían enloquecidas bajo sus pies. Un trozo de madera flotante que bailoteaba llamó su atención y sus ojos la siguieron corriente abajo. ¡Con qué lentitud parecía moverse! ¡Qué arroyo tan perezoso! 
Cerró los ojos parea fijar los últimos pensamientos en su mujer y en sus hijos. El agua convertida en oro por el sol temprano, las melancólicas brumas de las orillas a alguna distancia corriente abajo, el fuerte, los soldados, el pedazo de madera, todo lo había distraído. Y ahora tuvo la conciencia de una nueva distracción. A través del recuerdo de sus seres queridos llegaba un sonido que no podía ignorar ni comprender, una percusión seca, nítida, como el golpe del martillo de un herrero sobre un yunque:  tenía esa misma resonancia. Se preguntó qué era, y si estaba inmensamente distante o cerca. Parecía como el tañido de una campana fúnebre. Esperó uno y otro golpe con impaciencia y —no sabía por qué— con temor. Los intervalos de silencio se hicieron cada vez mayores. Los silencios se volvían exasperantes. A medida que eran menos frecuentes, los sonidos aumentaban en fuerza y nitidez. Lastimaban su oído como una cuchillada. Tuvo miedo de gritar. Lo que oía era el tictac de su reloj. 
Abrió los ojos y vio una vez más el agua bajo sus pies. 
“Si pudiera liberar mis manos”, pensó, “podría deshacerme del lazo y lanzarme al agua. Al zambullirme eludiría las balas y nadando con fuerza alcanzaría la orilla, me metería en el bosque y llegaría a casa. Mi casa, gracias a Dios, está todavía fuera de sus avanzadas; mi mujer y mis hijos todavía están más allá de sus líneas invasoras.” 
Mientras estos pensamientos, que aquí tienen que ser puestos en palabras, más que desarrollarse, relampagueaban en la mente del condenado, el capitán hizo una señal al sargento. El sargento se hizo a un lado. 

II 
Peyton Farquhar era un granjero acomodado, miembro de una familia vieja y muy respetada de Alabama. Dueño de esclavos y, como otros dueños de esclavos, político, era naturalmente un secesionista de nacimiento, dedicado con ardor a la causa del Sur. Circunstancias imperiosas, que no viene al caso relatar aquí, le habían impedido unirse a las filas del valeroso ejército que combatió en las desastrosas campañas hasta terminar con la caída de Corinth; irritado por esta vergonzosa limitación anhelaba dar rienda suelta a sus energías y soñaba con la vida libre del soldado, con la oportunidad de destacar. Sentía que esa oportunidad llegaría como le llega a todos durante la guerra. Entretanto, hacía lo que podía. Ninguna tarea era para él demasiado humilde si con ella ayudaba al Sur, ninguna aventura demasiado peligrosa si estaba conforme con el carácter de un civil que tiene corazón de soldado, y que de buena fe y sin muchos escrúpulos acepta por lo menos parte del dicho francamente miserable de que todo vale en el amor y en la guerra. 
Un atardecer, mientras Farquhar y su mujer estaban descansando en un rústico banco a la entrada de su propiedad, un soldado a caballo, uniformado de gris, llegó hasta el portón y pidió un vaso de agua. La señora Farquhar se alegró de poder servirlo con sus propias manos delicadas. Mientras iba a buscar el agua, su marido se acercó al polvoriento jinete y le pidió ansiosamente noticias del frente. 
—Los yanquis están reparando las vías —dijo el hombre— y se preparan para seguir su avance. Han llegado al puente sobre el río Owl, lo han reparado y han construido una estacada en la orilla norte. El comandante emitió un edicto, que se ve por todas partes, declarando que cualquier civil que sea capturado entorpeciendo la vía, sus puentes, túneles o trenes, ha de ser ahorcado sin más. Yo vi el edicto. 
—¿A qué distancia está el puente sobre el río Owl? —preguntó Farqhar. 
— A unos cincuenta kilómetros. 
—¿No hay fuerzas a este lado del arroyo? 
—Sólo un destacamento de avanzada a medio kilómetro de distancia, sobre las vías, y un centinela a este lado del puente. 
—Suponga que un hombre, un civil propenso a la horca, eludiera la avanzada y pudiera tal vez eliminar al centinela —dijo Farqhar, sonriendo— ¿qué lograría? 
El soldado reflexionó. 
—Yo estuve allí hace un mes —contestó—. Observé que la inundación del invierno pasado había arrimado una cantidad de maderas contra el pilar de troncos que sostiene ese extremo del puente. Esa madera ahora está seca y ardería como yesca. 
La señora trajo el agua y el soldado la bebió. Le dio las gracias ceremoniosamente, se inclinó ante el marido y se fue. Una hora más tarde, al anochecer, pasó otra vez por la plantación, hacia la misma dirección desde la cual había venido. Era un explorador del ejército federado. 

III 
Cuando Peyton Farqhar se desplomó a través del puente quedó inconsciente como si ya estuviera muerto. De este lado lo despertó –le parecía que siglos después— el dolor de una fuerte presión sobre su garganta, seguida por una sensación de ahogo. Punzadas agudas y penetrantes parecían disparar desde su cuello hacia abajo a través de cada fibra del tronco y las extremidades. Se diría que estos dolores relampaguearan a lo largo de líneas de ramificación bien definidas y dieran pulsadas con una frecuencia enloquecida. Parecían corrientes de fuego que lo calentaran a una temperatura intolerable. En cuanto a su cabeza, no era co naciente más que de una sensación de presión, de congestión. Pero estas sensaciones no iban acompañadas del pensamiento. La parte intelectual de su ser ya se había borrado; sólo tenía poder para sentir, y sentir era un tormento. Sentía que se movía. Sumergido en una nube luminosa, de la cual no era ahora más que el centro ardiente, sin sustancia material, se columpiaba a través de increíbles arcos de oscilación, como un enorme péndulo. En un instante, terriblemente repentina, la luz que lo rodeaba disparó hacia arriba con el ruido de una fuerte zambullida; resonó un rugido espantoso en sus oídos y todo fue frío y oscuridad. Volvió entonces la capacidad del pensamiento; supo que la cuerda se había roto y que él había caído al arroyo. No era mayor la sensación de estrangulamiento; el lazo que rodeaba su cuello lo estaba sofocando e impedía que el agua entrara en sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! La idea le pareció ridícula. Abrió los ojos en la oscuridad y vio sobre él un rayo de luz. ¡Pero qué lejano, qué inaccesible. Supo que se hundía todavía, porque la luz se atenuaba paulatinamente hasta no ser más que un resplandor. Entonces empezó a crecer y brillar más y advirtió que se acercaba a la superficie; lo supo desganadamente, porque ahora estaba muy cómodo. “Ser ahorcado y ahogarse”, pensó, “no está tan mal; pero no quiero que me disparen. No; no me dispararán, no es justo.” 
No fue consciente del esfuerzo, pero un agudo dolor en la muñeca le indicó que estaba tratando de liberar las manos. Concentró su atención en esa lucha, como un observador perezoso podría observar la proeza de un malabarista sin interesarse por el resultado. ¡Qué esfuerzo espléndido! ¡Qué fuerza magnífica y sobrehumana! ¿Ah, qué hermosa empresa! ¡Bravo! La cuerda cayó; sus brazos se separaron y flotaron hacia arriba, las manos apenas visibles a cada lado, en la luz creciente. Las observó con renovado interés mientras, primero una y luego la otra, tironeaban del lazo que rodeaba su cuello. Lo aflojaron y arrancaron furiosamente, y éste se alejó como una anguila. “¡Átenlo otra vez!”, creyó haber gritado estas palabras a sus manos porque al aflojarse el nudo había sentido el dolor más espantoso de su vida. El cuello le dolía terriblemente; su cerebro estaba incendiado; su corazón, que había estado latiendo débilmente, dio un gran salto, tratando de salírsele por la boca. ¡Todo su cuerpo se estremecía y retorcía con una insoportable angustia! Pero sus manos desobedientes no acataron la orden. Golpearon el agua vigorosamente con rápidos manotazos que lo impulsaban hacia la superficie. Sintió que su cabeza emergía; sus ojos quedaron cegados por la luz del sol; su pecho se expandió convulsivamente, y con un esfuerzo supremo sus pulmones se llenaron del aire que instantáneamente expulsaron con un alarido. 
Ahora estaba en plena posesión de sus sentidos. En realidad, éstos se encontraban sobrenaturalmente agudizados y alerta. Algo en la espantosa perturbación de su organismo los había exaltado y refinado de tal manera que registraban cosas nunca antes percibidas. Sentía las ondas del agua sobre su cara y las oía por separado cuando lo golpeaban. Miró al bosque sobre la orilla del arroyo, vio cada uno de los árboles, las hojas y las venas de cada hoja. Vio hasta los insectos sobre ellas: las langostas, las moscas de cuerpo brillante, las arañas grises estirando sus telas de rama en rama. Notó los colores prismáticos en todas las gotas del rocío sobre un millón de briznas de hierba. El zumbido de los mosquitos que bailaban sobre los remolinos del arroyo, el golpeteo de las alas de las libélulas, los chasquidos de las patas de las arañas acuáticas como remos que hubieran levantado su bote. Todo hacía una música perceptible. Un pez se deslizó ante sus ojos y oyó el sonido de su cuerpo partiendo el agua. 
Había salido a la superficie boca abajo; en un instante el mundo visible pareció girar lentamente teniéndolo a él por eje, y vio el puente, el fuerte, los soldados sobre el puente, el capitán, el sargento, los dos soldados, sus verdugos. Eran siluetas contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban señalándolo. El capitán había desenfundado su pistola, pero no disparó; los otros estaban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles, sus formas gigantescas. 
De pronto oyó un ruido seco y algo golpeó el agua a pocos centímetros de su cabeza, salpicándole la cara. Oyó una segunda detonación y vio a uno de los centinelas con su rifle a la altura del hombro, y una nubecita de humo azul ascendía desde el cañón. El hombre vio desde el agua el ojo del hombre que estaba sobre el puente observando los suyos a través de la mira del rifle. Notó que era un ojo gris y recordó haber leído que los ojos grises eran los más penetrantes, y que todos los famosos tiradores los tenían. Sin embargo, éste había errado. Un remolino lo había hecho volverse; otra vez estaba mirando hacia el bosque en la orilla opuesta al fuerte. Desde su espalda llegó el sonido de una voz clara y alta con un monótono cántico de tal nitidez que atravesaba y relegaba todos los otros sonidos, hasta el de las ondas en sus oídos. Y aunque no era soldado, había frecuentado los campamentos tanto como para conocer el terrible significado de ese cántico deliberado, arrastrado, aspirado; el teniente que estaba en la orilla se incorporaba al trabajo matinal. Qué fría y despiadadamente, y con qué entonación pareja y calma, que presagiaba e imbuía de tranquilidad a sus hombres, con qué intervalos exactamente medidos, caían esas crueles palabras: 
— ¡Atención, compañía!… ¡Levanten armas!... ¡Listos!...¡Apunten!...¡Fuego! 
Farquhar se zambulló tan profundamente como pudo. El agua rugió en sus oídos como la voz del Niágara, y aún así oyó el trueno amortiguado de la descarga. Al regresar a la superficie, se encontró con brillantes pedazos de metal, extrañamente achatados, que descendían oscilando lentamente. Algunos le tocaron la cara y las manos y siguieron su caída. Uno de ellos se alojó entre su cuello y su camisa; estaba desagradablemente caliente y lo arrancó de allí. 
Al salir a la superficie, jadeando, vio que había estado mucho tiempo bajo el agua; la corriente lo había llevado perceptiblemente más lejos, más cerca de su salvación. Los soldados casi habían terminado de recargar; las baquetas de metal brillaron simultáneamente al ser retiradas de los cañones, giraron en el aire y entraron en sus vainas. Los dos centinelas dispararon de nuevo, independiente, ineficazmente. 
El hombre perseguido veía todo esto por encima de su hombro; ahora estaba nadando vigorosamente a favor de la corriente. Su cerebro tenía energía como sus brazos y sus piernas; pensaba con la rapidez del rayo. 
“El oficial” razonó, “no pecará otra vez por exceso de disciplina. Es tan fácil esquivar una descarga cerrada como un tiro solo. Probablemente ya ha dado la orden de disparo graneado. ¡Que Dios me ampare, no puedo esquivarlos a todos!” 
Un chasquido impresionante a dos metros de distancia fue seguido por un fuerte silbido, que desapareció diminuendo y pareció desplazarse hacia atrás, por el aire, hacia el fuerte; murió con una explosión que sacudió el río hasta lo más profundo. ¡Una cortina de agua que se levantaba se dobló sobre él, le cayó encima, lo dejó ciego, lo ahogó! El cañón había entrado en juego. Mientras sacudía su cabeza para librarse de la conmoción del agua, oyó el tiro desviado que zumbaba por el aire, frente a él, y al instante entraba en el bosque, quebrando y aplastando las ramas. 
“No harán eso otra vez”, pensó “la próxima vez utilizarán una carga de metralla. Debo vigilar el cañón; el humo me avisará: el ruido del disparo llega demasiado tarde; viene después del proyectil. Es un buen cañón.” 
De pronto se sintió dando vueltas y vueltas, girando como una peonza. El agua, las orillas, los bosques, el puente ahora lejano, el fuerte y los hombres, todo se confundía y se esfumaba. Los objetos sólo quedaban representados por sus colores; vetas circulares y horizontales de color, era todo lo que veía. Había sido atrapado en un remolino y giraba con una velocidad que lo mareaba y lo descomponía. Pocos momentos después era arrojado sobre los cantos al pie de la orilla izquierda del arroyo —la orilla sur—, detrás de un saliente que lo ocultaba de sus enemigos. La quietud repentina, el raspar de su mano contra las piedras, lo hicieron volver en sí y llorar de felicidad. Enterró sus dedos en los cantos, los arrojó hacia arriba a manos llenas y los bendijo en voz alta. Parecían diamantes, rubíes, esmeraldas; no podía pensar en nada hermoso a que no se parecieran. Los árboles de la orilla eran enormes plantas de jardín; encontró un orden definido en su disposición, aspiró la fragancia de sus flores. Una extraña luz rosada brillaba a través de los espacios entre sus troncos, y el viento tañía en sus ramas la música de arpas eólicas. No tenía ningún deseo de culminar la huida; estaba satisfecho de poder quedarse en ese lugar encantador hasta que lo volvieran a atrapar. 
Un zumbido y el golpeteo de la metralleta entre las ramas sobre su cabeza lo despertaron del sueño. El frustrado artillero le había disparado una ráfaga de despedida, al azar. Se irguió de un salto, subió con rapidez la pendiente y se perdió en el bosque. 
Caminó todo ese día guiándose por el sol. El bosque parecía interminable; no pudo descubrir ni un claro, ni siquiera un sendero de leñadores. Nunca había sabido que vivía en una región tan salvaje. La revelación tenía algo de estremecedor. Al caer la noche estaba agotado, tenía los pies doloridos y un hambre atroz. El recuerdo de su mujer y de sus hijos lo alentaba a seguir adelante.. Finalmente, encontró un camino que lo llevaba en la dirección que él sabía correcta. Era tan ancho y recto como una calle, pero nadie parecía haber pasado por él. No estaba bordeado por campos abiertos y no se veía ninguna casa por ningún sitio. Los negros cuerpos de los árboles formaban una pared cerrada, a ambos lados, que terminaba en un punto del horizonte, como un diagrama en una lección de perspectiva. Sobre su cabeza, al mirar a través de esta grieta del bosque, brillaban grandes estrellas de oro que le resultaban desconocidas y agrupadas en extrañas constelaciones. Estaba seguro de que se encontraban dispuestas en algún orden cuyo significado era secreto y maligno. El bosque estaba lleno de ruidos singulares, entre los cuales —una vez, otra y una tercera— oyó claras voces en un idioma desconocido. 
El cuello le dolía y al tocárselo con la mano se dio cuenta de que estaba horriblemente hinchado. Supo que tenía un círculo negro donde la cuerda lo había herido. Sus ojos estaban congestionados; ya no podía cerrarlos. Tenía la lengua hinchada por la sed; alivió su fiebre sacándola por entre sus dientes, hasta sentir el aire frío. ¡Con qué suavidad el césped había alfombrado la desierta avenida! ¡Ya no podía sentir el camino bajo sus pies! 
A pesar del sufrimiento, se había quedado sin duda dormido mientras caminaba, porque ahora ve un paisaje diferente. Quizá sólo se ha recuperado de un delirio. En ese momento está de pie frente al portón de su propia casa. Las cosas están como él las dejó, y todo es brillante y hermoso en el sol matinal. Debe de haber viajado la noche entera. Cuando empuja y abre el portón y entra en el camino ancho y blanco, ve un aleteo de prendas femeninas; su mujer, con aspecto fresco y dulce, baja de la terraza para recibirlo. Al pie de los escalones lo espera, con una inefable sonrisa de alegría, una actitud de incomparable gracia y dignidad. ¡Ay, qué hermosa es! Se lanza hacia ella con los brazos extendidos. Cuando está a punto de estrecharla siente un golpe en la nuca que lo desvanece; una luz blanca cegadora incendia todo a su alrededor con el sonido de un cañón. Después todo es oscuridad y silencio. 
Payton Farquhar estaba muerto; su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba suavemente de un lado a otro bajo las maderas del puente sobre el río Owl. 

Ambrose Bierce, Un suceso sobre el puente del río Owl. Traducción de Jorge Ruffinelli.

Ambrose Bierce