Ray Bradbury, La sirena

La sirena
Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.
-Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? -preguntó McDunn.
-Sí -dije-. Afortunadamente, es usted un buen conversador.
-Bueno, mañana irás a tierra -agregó McDunn sonriendo- a bailar con las muchachas y tomar ginebra.
-¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?
-En los misterios del mar.
McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.
-Los misterios del mar -dijo McDunn pensativamente-. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa en qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?
Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.
-Oh, hay tantas cosas en el mar -McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa-. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300,000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.
-Sí, es un mundo viejo.
-Ven. Te reservé algo especial.
Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.
-Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? -McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza-. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año -dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla-, algo viene a visitar el faro.
-¿Los cardúmenes de peces?
-No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.
Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.
-Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: "Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida".
La sirena llamó.
-Imaginé esta historia -dijo McDunn en voz baja- para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene...
-Pero... -interrumpí.
-Chist... -ordenó McDunn-. ¡Allí!
-Señaló los abismos.
-Algo se acercaba al faro, nadando.
Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una islita de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.
No sé qué dije entonces, pero algo dije.
-Calma, muchacho, calma -murmuró McDunn.
-¡Es imposible! -exclamé.
-No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.
El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.
Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.
-¡Parece un dinosaurio!
-Sí, uno de la tribu.
-¡Pero murieron todos!
-No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda la frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.
-¿Qué haremos?
-¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.
-¿Pero por qué viene aquí?
En seguida tuve la respuesta.
La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.
Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.
-¿Entiendes ahora -susurró McDunn- por qué viene aquí?
Asentí con un movimiento de cabeza.
-Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir. El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?
La sirena llamó.
El monstruo respondió.
Lo vi todo... lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.
La sirena llamó.
-El año pasado -dijo McDunn-, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.
El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego y hielo.
-Así es la vida -dijo McDunn-. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.
El monstruo se acercaba al faro.
La sirena llamó.
-Veamos qué ocurre -dijo McDunn.
Apagó la sirena.
El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.
El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.
-¡McDunn! -grité-. ¡La sirena!
McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes de que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.
McDunn me tomó por el brazo.
-¡Abajo! -gritó.
La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.
-¡Rápido!
Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.
Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.
Eso y el otro sonido.
-Escucha -dijo McDunn en voz baja-. Escucha.
Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido, debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.
Y así pasamos aquella noche.
A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultados bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.
-Se vino abajo, eso es todo -dijo McDunn gravemente-. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.
Me pellizcó el brazo.
No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.
Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.
-Por si acaso -dijo McDunn.
Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.
¿El monstruo?
No volvió.
-Se fue -dijo McDunn-. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.
Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.
Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.
Ray Bradbury, La sirena 


Ray Bradbury

Periferias

Es inevitable recordar a Bolaño al leer cuentos como Jaques en los que se muestra de forma abierta la crueldad del ser humano, cuando un personaje familiar es capaz de ejecutar las más atroces torturas. Precisamente el contrapunto, el juego entre sus opuestos, es quizás lo que mejor define esta colección de cuentos de Ignacio del Valle, donde la realidad se enfrenta a lo imaginado, lo liviano a lo salvaje, la belleza armónica al caos, lo cotidiano a lo misterioso, lo prosaico a lo sublime, lo particular a lo universal. Caminando sobre las aguas reúne catorce cuentos de muy diferente temática y distintos tratamientos: un hombre aparece en el punto de mira de un francotirador; un joven, en medio de una partida de ajedrez con su padre, escucha el testimonio atroz de una mujer torturada; una niña es testigo de un accidente de coche; una tarjeta de crédito engullida por un cajero automático es el inicio de una espiral hacia el abismo en una noche madrileña; un personaje regresa a Lugar, habitado por gente delirante, para buscar a una desconocida que le haga regresar a la realidad; un honrado ladrón que se siente acabado sabe aprovechar la oportunidad que le brinda el azar; el cielo no siempre responde a las expectativas del narrador; en la Florencia de los Médicis Andrea y su secretario Héctor se alojan en casa de un aliado poniendo en evidencia la zafiedad del hombre en medio de un esplendor artístico sin parangón; un caballero andante, flaco y perdido en lecturas de caballería llega a tierras lejanas; un templario cuenta a su amada Galiana su renuncia al liberar Jerusalén; el héroe de un western avanza imperturbable para encontrarse con el malo de la película; un soldado de la División Azul regresa de Rusia sintiéndose un cobarde; en el bullicio de un bar de la calle Fuencarral un periodista entrevista a dos físicos sobre los viajes en el tiempo mientras un anciano revive recuerdos que hubiera querido cambiar; el cosmonauta Iván Istochikov flota en el espacio perdido eternamente en algún lugar del universo.
El autor viaja por la periferia de la vida, de la ética y de la historia con cuentos de amor etéreos y cuentos duros que narran la crueldad desnuda, cuentos épicos y legendarios y cuentos que se pueden acercar a la ciencia ficción. Son historias que plantean interrogantes sobre la extrañeza de la vida, sobre lo que somos y dónde nos encontramos; cuentos, en definitiva, que buscan una luz, que remueven e invitan a reflexionar sobre la naturaleza humana.












Caminando sobre las aguas
Ignacio del Valle 

Páginas de Espuma, 2013

Juegos de imaginación

Las leyes que gobiernan el microrrelato son distintas a las que guían otras formas de literatura, eso es al menos lo que opina Juan Pedro Aparicio y lo ratifica Irene Andrés-Suárez quien añade que lo que lo distingue del cuento clásico no es sólo su brevedad sino también, y sobre todo, su naturaleza elíptica. Esta tensión entre lo que se puede leer y lo que se puede intuir, entre lo escrito y lo no escrito, donde el silencio puede ser incluso mucho más elocuente que lo narrado, es algo que maneja muy bien Juan Jacinto Muñoz Rengel en su libro de microcuentos El libro de los pequeños milagros, publicado por Páginas de Espuma. En realidad, el título completo es mucho más largo y nos recuerda las entradas de aquellos capítulos de algunos grandes clásicos con las que trataban de resumir el contenido del texto que venía después. Este es el primero de los muchos juegos literarios que nos propone el autor y resulta toda una declaración de intenciones que nos incita a iniciar un viaje inabarcable. Se trata de una colección de un centenar de historias breves donde, además de lo fantástico, abunda el humor, el juego de palabras, el realismo metafórico, la alteración de la lógica, el surrealismo, la intertextualidad, la fábula, y hasta la ciencia ficción.
Al hablar de los escritores actuales del género fantástico en España, David Roas destaca cuatro aspectos esenciales: las alteraciones en el orden de la realidad hacia otra realidad perturbadora, las alteraciones en la identidad, el recurso de dar voz a un narrador que está al otro lado de lo real y la combinación de lo fantástico y el humor. Estos cuatro componentes están presentes de uno u otro modo en estos microcuentos de Muñoz Rengel. Con distintas propuestas el autor consigue cambiar los ritmos, provocar asombro como si sus páginas formasen un túnel del terror donde la realidad se deforma, con sus subidas y bajadas, en cuya oscuridad no sabemos qué sorpresas nos aguardan. El libro está dividido en tres partes, tres distancias desde las que podemos contemplar el universo del autor; en Urbi, los microrrelatos tocan el suelo, son historias relacionadas con lo privado, donde predomina la narración en primera persona. Orbe hace referencia a un alejamiento tanto temporal como espacial para contemplar el mundo, casi siempre en tercera persona, desde una perspectiva más global. En el último de los grandes apartados, Extramundi, la distancia pretende ser interplanetaria. Pero al margen de esta estructura hay varias series de relatos que tienen que ver específicamente con la relatividad del tiempo (Backward), la relatividad histórica (Historias cruzadas) y una particular cosmovisión de la voz narrativa (Multiverso). 
Muñoz Rengel, se permite ensayar, ironizar, proponer juegos de imaginación al lector para que complete la historia. Toda la literatura necesita de la complicidad del lector, sin su participación nada de lo escrito tendría sentido, pero quizás el microrrelato invita, como ningún otro género, a la participación activa de la misma forma que la poesía invita a la empatía. En estos juegos hay guiños intertextuales y no podemos evitar recordar algunas obras de Borges, de Cortázar o de Italo Calvino pero, al margen de los aspectos narrativos y de los recursos de estilo, con gran capacidad de síntesis el autor trata de forma crítica pero desenfadada temas cercanos de nuestro mundo como el ecologismo, los problemas sociales y económicos, la filosofía, la ciencia o la literatura.











El libro de los pequeños milagros
Juan Jacinto Muñoz Rengel 

Páginas de Espuma, 2013

Patricio Pron, Diez mil hombres

Diez mil hombres
Para Mónica Carmona 
Algunos años atrás publiqué una novela llamada El comienzo de la primavera que ganó un premio y fue candidata a otros dos que no ganó y encontró sus lectores, que es posiblemente lo mejor que pueda decirse sobre un libro. Una parte considerable de la historia que contaba allí transcurría en la ciudad alemana de Heidelberg. En el departamento de filosofía trabajaba supuestamente Hans-Jürgen Hollenbach, el profesor que lo había visto todo y lo había hecho todo y al que el protagonista de la novela perseguía a lo largo del libro con la expectativa de comprender aquello que posiblemente no podamos acabar de entender nunca. Yo había estado en Heidelberg en un par de ocasiones tomando notas y fotografiando las casas y las esquinas sobre las que pensaba escribir en una novela que aún no se llamaba “El comienzo de la primavera” y había procurado ser tan riguroso con la información acerca de la ciudad como me fuera posible. Un tiempo después, con la novela ya escrita, me pregunté por qué me había tomado el trabajo de documentarme de aquella forma, puesto que era posible que los lectores del libro –si el libro tenía lectores algún día– no tomasen en cuenta esos detalles y no esperasen de ellos ningún tipo de relación estrecha con la realidad, pero pensé que eso no tenía importancia, que caminar por Heidelberg tomando notas había sido importante porque había hecho creíble para mí la historia y que posiblemente ese era el único requisito realmente ineludible para que la historia fuese creíble para otros. Quizá fuera así como funcionaba siempre.
Unos años después de que aquella novela fuera publicada –y después de haber editado otros dos libros con mi nombre y de haberme visto envuelto en un matrimonio no precisamente simple y después de haber olvidado aquella novela y la ciudad que la había inspirado– recibí una invitación de los traductores Carmen Gómez y Christian Hansen para intercambiar opiniones con una docena de jóvenes traductores acerca de la traslación al alemán de mi trabajo. Gómez y Hansen –este último, mi traductor al alemán– me avisaron con cierta alegría que el encuentro tendría lugar en Heidelberg, y yo pensé por un momento que quizá aquella era una amenaza y quizá también la invitación a cerrar un círculo, así que no dije que no, o lo dije con muy poca firmeza, y un día volé a Fráncfort del Meno y después tomé un tren a Heidelberg y finalmente me vi frente a una docena de jóvenes traductores que sabían más acerca de mi trabajo de lo que yo llegaría a saber algún día. Yo no necesito saber sobre mi trabajo porque lo he hecho y me pertenece, recuerdo que pensé en algún momento de la conversación, pero pensé que el argumento tal vez no fuera particularmente acertado y preferí callarme. Después de la conversación hubo una pequeña recepción en el patio de la Escuela de Traducción de la universidad en la que todos intentamos sortear a las abejas –que ese año eran particularmente abundantes– y comimos salchichas asadas y bebimos cerveza.
Una mujer que no había participado de la conversación se acercó a mí en algún momento de la recepción y me dijo que tenía algo para darme; hablaba un español excepcionalmente correcto, que ella atribuyó al hecho de que lo había estudiado en el instituto. La mujer –llamémosla Ute Kindisch, aunque posiblemente ese no fuera su nombre– tenía unos sesenta años y me dijo que trabajaba en el departamento de filosofía de la universidad. Al decirlo, me entregó un fajo de sobres con una expresión infantil que hacía honor a su apellido. Me dijo que unos años atrás habían comenzado a aparecer en el buzón del departamento unas cartas destinadas a un cierto Hans-Jürgen Hollenbach y que el asunto la había intrigado de inmediato, ya que no conocía a ningún colega con ese nombre: desconcertada, había buscado en la red y había dado con una reseña de mi novela y la había comprado en una de esas librerías electrónicas que tan útiles resultan a veces. A mí su historia me sorprendió y me halagó a partes iguales, y no pude evitar preguntar si finalmente había leído la novela y qué le había parecido, pero Frau Kindisch respondió simplemente que le había parecido “interesante”. Naturalmente, me dijo, ella no podía hacer nada por los corresponsales del supuesto Hollenbach, pero sí podía, al menos, reunir las cartas que le destinaban y procurar entregármelas algún día; mi visita, dijo, le había parecido una oportunidad excelente para hacerlo. Mientras me hablaba, yo sostenía el fajo de cartas entre mis manos como si hubiesen sido escritas con una tinta pétrea o como si yo fuera incapaz de sobrellevar el peso de haber hecho pasar por una mentira lo que era una invención literaria; cuando reuní valor, le agradecí y le dije que no se preocupara, que siempre había lectores crédulos que confundían una ficción verosímil con la realidad, y que le agradecía su pesquisa y ser mi lectora. Ute Kindisch –pero ahora estoy seguro de que no se llamaba así y que su nombre era otro– sonrió al decirme que sí, que debían ser sin duda lectores crédulos y me dio la mano y se dio la vuelta y se perdió de vista.
No me atreví a leer las cartas ni ese día ni el siguiente, sino hasta llegar a mi casa de Madrid. No pude dejar de pensar en ellas en todo ese tiempo, sin embargo. Eran ocho, seis de ellas de diferentes autores y todas relativamente próximas temporalmente entre sí, aunque la primera era de tres años atrás y la última de hacía cuatro meses. En todas ellas los lectores manifestaban su entusiasmo por la teoría de la discontinuidad que Hollenbach había supuestamente elaborado para explicar los hechos trágicos del pasado histórico; en una afirmaban –es decir, lo afirmaba alguien que decía ser profesor de filosofía de Murcia– que yo había malinterpretado la teoría de Hollenbach y que él creía haberla entendido mejor y más adecuadamente y que quería conversar con él sobre el tema. Había una carta en la que el director de una pequeña editorial venezolana de filosofía ofrecía a Hollenbach la posibilidad de publicar su libro Betrachtungen der Ungewissheit en una nueva traducción a realizar por un profesor de la Universidad Central de Venezuela. Otra de las cartas era de un joven estudiante de filosofía de la argentina Universidad de Quilmes que deseaba saber si Hollenbach había leído la obra de Guillermo Enrique Hudson, cuya concepción del tiempo le parecía muy vinculada a la de Hollenbach. En otra, un profesor de la universidad de Gante le pedía algunas definiciones para un artículo sobre el concepto de circularidad en la obra de Hollenbach en el que estaba trabajando. Una última carta se despedía deseándole una buena salud y enviándoles recuerdos a su mujer y a su hija, que eran tan ficcionales –creía yo– como el propio Hans-Jürgen Hollenbach y su teoría de la discontinuidad.
Una tras otra, fui respondiendo las cartas en el transcurso de varias semanas; lo hacía en los ratos libres, pero no era una actividad placentera: procuraba explicar a los autores de aquellas cartas que Hans-Jürgen Hollenbach nunca había existido y que ellos habían caído en una pequeña trampa de la ficción. Al hacerlo, procuraba no ofenderlos, pero sí dejarles claro que el personaje con el que habían deseado comunicarse no existía y que era por esa razón que él no había respondido sus cartas –de hecho, les recordaba, tan solo había respondido breve y disuasoriamente a las cartas de Martínez, el protagonista de El comienzo de la primavera, aunque esto, naturalmente, solo había sucedido en la ficción–, pero que yo me permitía hacerlo en su nombre agradeciéndoles su interés en mi trabajo y deseándoles lo mejor en sus investigaciones filosóficas y la consecución de todos sus objetivos profesionales. No estaba seguro de no estar ofendiéndolos, sin embargo: alguien me había contado una vez que una de las consultas más frecuentes a la sección de información bibliográfica de la Biblioteca Nacional de Madrid era acerca de los papeles de cierto Íñigo Balboa y Aguirre, amanuense imaginario de un capitán también ficticio creado por un escritor español. Los lectores de la Biblioteca solían enfadarse mucho cuando se les hacía ver que el amanuense nunca había existido y achacaban el hecho de que los catálogos de la Biblioteca no incluyeran su nombre a la vocación de las instituciones públicas por el error o a un supuesto elitismo de las mismas, que guardarían su información más valiosa –y aquí debía pensarse en los papeles mencionados, que resultaban valiosos para los lectores del escritor español que habían caído en la trampa– para los investigadores profesionales.
A excepción de una de ellas, nunca recibí respuesta a mis cartas, pero tampoco la esperaba realmente. Cuando ya me había olvidado del asunto, sin embargo, recibí una carta con el membrete del departamento de filosofía de la universidad de Heidelberg. Era una carta de Ute Kindisch, en la que me pedía disculpas por la broma que decía haberme gastado; afirmaba que le había gustado mucho El comienzo de la primavera y que había pensado que la inclusión en la novela de la dirección real del departamento y, en general, la verosimilitud que desprendía el relato, podían alentar a alguien a escribir preguntando por Hollenbach, incapaz de comprender que era un personaje completamente ficcional, así que había escrito las cartas y le había pedido a sus conocidos y amigos que las despacharan desde los sitios donde se marchaban de vacaciones, aunque una de ellas –aclaraba, como si el dato fuese relevante por alguna razón–, la del supuesto profesor murciano, la había enviado ella misma en su último viaje antes de nuestro encuentro. Siempre había pensado, decía, que los personajes que resultan fascinantes para el lector son para él tan reales como la identidad del autor que los ha creado, y que este no debería arrebatar al lector su derecho a creer en la existencia de estos y en la posibilidad de encontrarlos algún día; esa era, terminaba, la finalidad de su pequeña broma literaria, por la que me pedía disculpas.
Aún tardé varias semanas en responderle: mi mujer y yo estuvimos en la isla de Malta tratando de poner orden en nuestro matrimonio y, mientras pensábamos cómo se había estropeado todo y si había algo que aún pudiera ser salvado –lo que parecía improbable al menos en Malta, que es una de las islas más horribles del Mediterráneo–, estuve lejos de pensar en el asunto de Heidelberg. Al regresar a Madrid, sin embargo, me dije que algo tenía que responder, al menos en nombre de una cierta deportividad y para demostrarle a Frau Kindisch –fuese ese su nombre o no– que no me dolía haber sido engañado. Escribí una carta cordial y fingidamente ligera en la que le agradecía a Frau Kindisch la broma que me había gastado, y le decía que yo también creía que había personajes que merecían vivir más allá de la autoridad y de la misma existencia de sus autores, y que le agradecía mucho que pensase que uno mío podía ser uno de ellos. También le agradecía que me hubiese enseñado la valiosa lección de que también un autor puede ser a veces un lector crédulo y que esa credulidad es un mérito de la ficción y no un defecto de lectores escasamente formados, y me despedía cordialmente y la invitaba a visitarme si un día pasaba por Madrid; cuando firmé, mi mano temblaba.
Unos cuatro días después de haber despachado mi carta recibí una respuesta del departamento de filosofía de la universidad de Heidelberg en la que me decían escuetamente que lamentaban informarme que no había ninguna Ute Kindisch trabajando en la universidad y a continuación –pero esto ya parecía inevitable– se despedían cordialmente. Cuando acabé de leer la carta –yo estaba de pie en el pasillo que conduce al ascensor de mi casa junto al buzón del correo, instalado en la ligera oscuridad que tiene ese pasillo y que a mí, al salir, me recuerda a veces al de una casa en la que viví en Alemania– pensé que había sido engañado dos veces y sentí asombro y algo de admiración por la mujer que para mí siempre iba a ser Ute Kindisch y por su defensa práctica y eficaz de una potencia de la ficción y pensé que me habría gustado conocer su verdadero nombre y su dirección para escribirle diciéndole que yo también creía a veces que los libros y sus habitantes pertenecen menos a sus autores que a aquellos que les dan vida con la lectura. Pensé aún un momento más en ello y estaba a punto de guardarme la carta en el bolsillo y de marcharme –iba a encontrarme con mi mujer, que ya no vivía conmigo pero parecía dispuesta a empezar de nuevo, como si eso fuese posible; ella ya no solía llevar el anillo de casados y yo también había empezado a pensar que el matrimonio era una ficción deficiente– cuando descubrí que había una segunda carta en el buzón. Había sido despachada en la localidad argentina de Quilmes y la abrí con vértigo: en ella, alguien me decía –con amabilidad pero también con cierta impaciencia– que su autor no entendía a qué me refería cuando decía en mi carta que Hans-Jürgen Hollenbach no existía realmente y que había sido creado por un escritor argentino que residía en Madrid, como quiera que se llamase, ya que el autor –quien, por cierto, era un joven estudiante de filosofía– había recibido carta del profesor alemán Hans-Jürgen Hollenbach esa misma semana.
Patricio Pron, Diez mil hombres (La vida interior de las plantas de interior, 2013)













La vida interior de las plantas de interior
Patricio Pron
Mondadori, 2013

Relatos perturbadores

Unos amigos se reúnen en una antigua carnicería abandonada porque han tomado una decisión irrevocable. Allí, en su marginalidad, en ese ambiente de olores asfixiantes, se cuentan con humor las atroces experiencias que les han llevado a ese callejón sin salida, empujados por una sociedad en la que no encajan y para la que planean la venganza de la intranquilidad y el remordimiento. En la antesala probablemente es el cuento más irreverente y malévolo de esta colección que Matías Candeira reúne bajo el irónico título Todo irá bien, publicado por Salto de Página. Son diez relatos que buscan la perturbación y el desasosiego del horror —incluidos aquellos con una alta dosis de ironía o en los que se introduce lo absurdo— en situaciones apocalípticas y finalistas. Algunos paisajes fríos, opresivos, saturados de fatalidad, cautivos de las pesadillas o algunos personajes desquiciados, demenciales y sin salida, nos recuerdan los mundos creados por Lovecraft. Como él, Candeira, con una prosa que seduce, sitúa lo fantástico en la experiencia particular del lector y parece otorgar al personaje, con toda su carga emocional y psicológica, un peso aún mayor que el incidente narrativo. Así, nos propone ambientes cotidianos y familiares que, de pronto, se pueden resquebrajar y convertirse en trampas mortales. Los narradores pueden esconder tras un dibujo temores agazapados, realizar ritos de ausencia de dolor y sangre, asomarse a una puerta que se abre y les invita a ver lo que nunca desearían. El alejamiento de lo familiar llega, a veces, cuando los personajes quieren hallar el origen de un inexplicable gemido en un ventilador, sintonizar una voz lejana o seguir avanzando en la negrura de la noche. En mundos insólitos que rodean la muerte el objetivo es encontrar un refugio para seres desamparados y desubicados que buscan el resarcimiento de la injusticia que es la propia vida. La inquietud, el terror y la soledad son sensaciones que el lector puede experimentar cuando lea estas páginas. Candeira recupera y actualiza en parte la tradición de horror gótico a la que pertenece Poe. El miedo físico, lo relacionado con la muerte y lo orgánicamente turbador, por la amenaza de psicópatas o catástrofes terminales, es el predominante, pero, en no pocas ocasiones, se imbrica con el miedo metafísico que choca contra esa razón que nos impone la realidad. Lo apocalíptico forma parte del absurdo actual de nuestro mundo y eso otorga verosimilitud y vitalidad a estos relatos. Cuando el tiempo se acaba ya nada se puede hacer.











Todo irá bien
Matías Candeira
Salto de Página, 2013

Raymond Carver, Mecánica popular

Mecánica popular
Aquel día, temprano, el tiempo cambió y la nieve se deshizo y se volvió agua sucia. Delgados regueros de nieve derretida caían de la pequeña ventana —una ventana abierta a la altura del hombro— que daba al traspatio. Por la calle pasaban coches salpicando. Estaba oscureciendo. Pero también oscurecía dentro de la casa.
Él estaba en el dormitorio metiendo ropas en una maleta cuando ella apareció en la puerta.
¡Estoy contenta de que te vayas! ¡Estoy contenta de que te vayas!, gritó. ¿Me oyes?
Él siguió metiendo sus cosas en la maleta.
¡Hijo de perra! ¡Estoy contentísima de que te vayas! Empezó a llorar. Ni siquiera te atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto?
Entonces ella vio la fotografía del niño encima de la cama, y la cogió.
Él la miró; ella se secó los ojos y se quedó mirándole fijamente, y después se dio la vuelta y volvió a la sala.
Trae aquí eso, le ordenó él.
Coge tus cosas y lárgate, contestó ella.
Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo, miró a su alrededor antes de apagar la luz. Luego pasó a la sala.
Ella estaba en el umbral de la cocina, con el niño en brazos.
Quiero el niño, dijo él.
¿Estás loco?
No, pero quiero al niño. Mandaré a alguien a recoger sus cosas.
A este niño no lo tocas, advirtió ella.
El niño se había puesto a llorar, y ella le retiró la manta que le abrigaba la cabeza.
Oh, oh, exclamó ella mirando al niño.
Él avanzó hacia ella.
¡Por el amor de Dios!, se lamentó ella. Retrocedió unos pasos hacia el interior de la cocina.
Quiero el niño.
¡Fuera de aquí!
Ella se volvió y trató de refugiarse con el niño en un rincón, detrás de la cocina.
Pero él les alcanzó. Alargó las manos por encima de la cocina y agarró al niño con fuerza.
Suéltalo, dijo.
¡Apártate! ¡Apártate!, gritó ella.
El bebé, congestionado, gritaba. En la pelea tiraron una maceta que colgaba detrás de la cocina.
Él la aprisionó contra la pared, tratando de que soltara al niño. Siguió agarrando con fuerza al niño y empujó con todo su peso.
Suéltalo, repitió.
No, dijo ella. Le estás haciendo daño al niño.
No le estoy haciendo daño.
Por la ventana de la cocina no entraba luz alguna. En la oscuridad él trató de abrir los aferrados dedos ella con una mano, mientras con la otra agarraba al niño, que no paraba de chillar, por un brazo, cerca del hombro.
Ella sintió que sus dedos iban a abrirse. Sintió que el bebé se le iba de las manos.
¡No!, gritó al darse cuenta de que sus manos cedían.
Tenía que retener a su bebé. Trató de agarrarle el otro brazo. Logró asirlo por la muñeca y se echó hacia atrás.
Pero él no lo soltaba. Él vio que el bebé se le escurría de las manos, y estiró con todas sus fuerzas.
Así, la cuestión quedó zanjada.
Mecánica popular, Raymond Carver (1981)

 Raymond Carver
 Popular Mechanics
Early that day the weather turned and the snow was melting into dirty water. Streaks of it ran down from the little shoulder-high window that faced the backyard. Cars slushed by on the street outside, where it was getting dark. But it was getting dark on the inside too.
He was in the bedroom pushing clothes into a suitcase when she came to the door.
I’m glad you’re leaving! I’m glad you’re leaving! she said. Do you hear?
He kept on putting his things into the suitcase.
Son of a bitch! I’m so glad you’re leaving! She began to cry. You can’t even look me in the face, can you?
Then she noticed the baby’s picture on the bed and picked it up.
He looked at her and she wiped her eyes and stared at him before turning and going back to the living room.
Bring that back, he said.
Just get your things and get out, she said.
He did not answer. He fastened the suitcase, put on his coat, looked around the bedroom before turning off the light. Then he went out to the living room.
She stood in the doorway of the little kitchen, holding the baby.
I want the baby, he said.
Are you crazy?
No, but I want the baby. I’ll get someone to come for his things.
Youre not touching this baby, she said. The baby had begun to cry and she uncovered the blanket from around his head.
Oh, oh, she said, looking at the baby.
He moved toward her.
For God’s sake! she said. She took a step back into the kitchen.
I want the baby.
Get out of here!
She turned and tried to hold the baby over in a corner behind the stove.
But he came up. He reached across the stove and tightened his hands on the baby.
Let go of him, he said.
Get away, get away! she cried.
The baby was red-faced and screaming. In the scuffle they knocked down a flowerpot that hung behind the stove. He crowded her into the wall then, trying to break her grip. He held onto the baby and pushed with all his weight.
Let go of him, he said.
Don’t, she said. You’re hurting the baby, she said.
I’m not hurting the baby, he said.
The kitchen window gave no light. In the near dark he worked on her fisted fingers with one hand and with the other hand he gripped the screaming baby up under an arm near the shoulder.
She felt her fingers being forced open. She felt the baby going from her.
No! she screamed just as her hands came loose.
She would have it, this baby. She grabbed for the baby’s other arm. She caught the baby around the wrist and leaned back.
But he would not let go. He felt the baby slipping out of his hands and he pulled back very hard.
In this manner, the issue was decided.
Popular Mechanics, Raymond Carver [1981]

El sonido de la reivindicación

Si hemos de creer al narrador, Mentxu es una dulce joven estudiante de apariencia inofensiva que tiene la costumbre de escribir un diario y morderse ligeramente el labio inferior. Estamos en el año 1968, en la ciudad dividida de Berlín y Böttcher, agente del servicio de inteligencia, indaga sobre el humillante incidente que sufre el editor Springer al que consideran autor intelectual de un atentado. Con este planteamiento Javier Menéndez Llamazares nos invita a adentrarnos en la versión alemana de aquel movimiento revolucionario que pretendía cambiar el mundo. La teoría del vaso de agua cuenta, con música de fondo, los cambios que experimenta Carmen Arruti que, tras un primer y accidentado encuentro amoroso, su familia decide enviarla a una residencia regentada por monjas en la capital alemana donde podrá seguir sus estudios. Pero cuando entra a trabajar en la subversiva librería Samizdat, frecuentada por jóvenes inconformistas, comienza una vida de libertad, intrigas y aventuras impulsadas por utópicos ideales.
Si hemos de creer a este reseñador, la novela de Menéndez Llamazares muestra la contraposición de dos culturas próximas pero muy diferentes que son primero exploradas y después desafiadas por la joven protagonista. Imágenes, prejuicios, clichés, estereotipos, pensamientos y juicios críticos contra el sistema —expresados en un tono absolutamente desenfadado, irónico y nada dogmático— se suceden en sus páginas y consiguen que el lector tome conciencia de un momento histórico que pudo ser decisivo y que, aún en su fracaso, consiguió logros que siguen vivos en la sociedad europea. La música, el deseo de ruptura y la liberación sexual son tres elementos claves en su argumento. En ese cruce cultural, hay otra interesante revolución en torno al papel de la mujer en la sociedad. A partir de un enfoque existencialista se hace una reivindicación del movimiento de liberación. En este sentido el autor afronta el reto de expresar el pensamiento y la identidad de la mujer, algo que nos recuerda a Stendhal quien perseguía con su obra la emancipación femenina. Pero todo se presenta de una forma ligera, casi musical, porque ésta es una novela de gran agilidad y uno de sus mayores logros es el manejo de los diálogos.












La teoría del vaso de agua
Javier Menéndez Llamazares 

Salto de Página, 2013

El carrito, de César Aira

El carrito
Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo distinguía por nada. Era un supermercado enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.
Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.
En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos. Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo. Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más.
Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas? Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.
Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro. El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:
–Yo soy el Mal.
César Aira, El carrito (Relatos reunidos, 2013) 














Relatos reunidos
César Aira
Mondadori, 2013

Horacio Quiroga, El hombre muerto

El hombre muerto 
El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. 
Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. 
La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. 
Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! 
¿Aún?... No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. 
Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. 
Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El hombre resiste —¡es tan imprevisto ese horror!— Y piensa: ¡es una pesadilla; esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese bananal su bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. 
Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...
¡Muerto! ¿Pero es posible? ¿No es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? 
¡Pero sí! Alguien silba… No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... 
Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: se muere.
El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar sobre el puente.
¡Pero no es posible que haya resbalado...! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. 
¿La prueba...? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo.
¡Qué pesadilla!... ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. 
Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla —descansando, porque está muy cansado…
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas —¡Piapiá!— vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido. Que ya ha descansado.
Horacio Quiroga, El hombre muerto. (Cuentos, 10ª edición, 2008).














Cuentos
Horacio Quiroga

Cátedra, 10ª edición, 2008


Ángel Olgoso, Tesoros

Tesoros
Hoy, como otras veces, salvé las siete esclusas de seguridad, evité los guardianes y las alarmas y descendí hasta el tercer nivel del subsuelo con mi saco vacío a la espalda. Ahí estaba el tesoro de Troya (copas de oro, collares y diademas engarzadas, hachas-martillo, máscaras de plata y lapislázuli), la Quimera etrusca de Arezzo, la cabeza de alabastro traslúcido de la reina de Saba, el tesoro de Atila y el de Jabhur Jan, las dos puertas de Ubar engalanadas cuatro mil años antes con las más preciadas joyas y metales, ahí estaban reunidas, en largas y ordenadas hileras, todas las grandes maravillas de la antigüedad: fruslerías. Pasé de largo. Me adentré en la sala que reproducía, invertida, una cúpula gigantesca. A la luz de los hachones, mientras me punzaba una extraña mezcla de miedo y alegría, contemplé de nuevo el más espléndido de los tesoros, vedado al común de los mortales. Cualquiera podría matar o morir por esa visión gloriosa, por esa plétora, por esa infinita cornucopia oculta en el silencio de las profundidades. Amontonadas escrupulosamente como lingotes idénticos, me esperaban, llenas de promesas, incólumes, las Horas Perdidas. Abrí la boca del saco.
Ángel Olgoso, Tesoros (La máquina de languidecer, 2009)














La máquina de languidecer
Ángel Olgoso

Páginas de Espuma, 2009




Dejar de escribir

Jasper Gwyn se aproxima al mundo con una cautela obsesiva, siente que ha dedicado demasiado tiempo a escribir historias en lugar de vivirlas, que se ha demorado en exceso en la retórica. Por eso, a pesar de ser un escritor de moda en Inglaterra, toma una decisión irrevocable. Estaba en un hotelito de Granada cuando salió su artículo publicado en The Guardian con una relación de cincuenta y dos cosas que no volvería a hacer en su vida, entre ellas estaban las de escribir y publicar libros. Así, con esa negación del mundo, el protagonista se convierte en lo que Vila-Matas denominó un bartleby y pasa a ser un observador del devenir del tiempo. Tras las primeras páginas el libro comienza a encenderse, igual que las bombillas artesanas del viejecito de Camden Town, y aparece con nitidez la magia del estilo personal de Baricco, con sus personajes singulares y entusiastas, con sus metas improbables, con los giros inesperados de las historias. Gwyn, meticuloso y algo misántropo, a quien le hubiera gustado ser vestíbulo de hotel para poder contemplar el paso de la gente sin más, pretende alejarse de todo lo relacionado con el mundo de la literatura aunque, como le advierte el entrañable Tom, su editor y único amigo, eso es algo imposible para un escritor vocacional como él. Una tarde la lluvia y cierta nostalgia le llevaron a refugiarse en una galería de arte y, hojeando el catálogo de un pintor, descubrió que realizar un retrato a alguien tiene la virtud de cambiar su modo personal de ver el mundo y es una manera de llevarlo de regreso a casa. Fue entonces cuando decidió escribir retratos e invertir todo su dinero en montar un estudio adecuado a sus necesidades creativas. Pero eso no iba a ser una tarea sencilla porque necesitaba captar la esencia que define a los retratados en el paso dilatado del tiempo, no como si fueran personajes de un relato o una novela sino como si fueran una historia con todos los elementos que la componen. «Todos somos una página de un libro, pero de un libro que no se ha escrito nunca». Para esta insólita tarea, desde el principio, cuenta con la ayuda y el asombro de Rebecca, la becaria de Tom que más tarde se convertirá en la protagonista que guiará la novela hasta el final a un ritmo más ágil. 
Alessandro Baricco en esta ocasión tributa un homenaje al oficio de escritor y lo hace con fino sentido del humor, con una gran sensibilidad que llega a emocionar en algunos momentos. El propio autor reconoce la influencia de Salinger, y tal vez también de Auster, y eso se nota en la maestría con la que logra reflejar las contradicciones de cada personaje. Con este libro Baricco nos recuerda que un verdadero escritor, en realidad, nunca puede dejar de escribir o al menos dejar de pensar como si escribiera.











Mr Gwyn
Alessandro Baricco 

Traducción: Xavier González Rovira
Anagrama, 2012.

Lydia Davis, La madre

La madre
La niña escribió un cuento. «Pero sería mejor si escribieses una novela», dijo su madre. La niña construyó una casa de muñecas. «Pero sería mejor si fuera una casa de verdad», su madre dijo. La niña hizo una pequeña almohada para su padre. «Pero ¿no sería más práctico un edredón?», dijo su madre. La niña excavó un pequeño hoyo en el jardín. «Pero sería mejor si excavases un hoyo grande», dijo su madre. La niña excavó un hoyo grande y se fue a dormir en él. «Pero sería mejor si te durmieras para siempre», dijo su madre.
La madre, Lydia Davis 
 Lydia Davis
The Mother
The girl wrote a story, “But how much better it would be if you wrote a novel,” said her mother. The girl built a dollhouse. “But how much better if it were a real house,” her mother said. The girl made a small pillow for her father. “But wouldn’t a quilt be more practical,” said her mother. The girl dug a small hole in the garden. “But how much better if you dug a large hole,” said her mother. The girl dug a large hole and went to sleep in it. “But how much better if you slept forever,” said her mother.
The Mother, Lydia Davis


Roberto Bolaño, sin regreso

Italo Calvino nos habla de «la novela contemporánea como enciclopedia, como método de conocimiento y sobre todo como red de conexiones entre hechos, entre personas, entre las cosas del mundo». Las grandes novelas de su propuesta para el nuevo milenio tienen una estructura acumulativa, modular y combinatoria como La vida instrucciones de uso de Georges Perec o su propia novela múltiple Si una noche de invierno un viajero. Desde esta perspectiva de multiplicidad es como mejor se entiende —y así lo defiende Vila-Matas— la novela Los detectives salvajes, que supuso para Roberto Bolaño su absoluta consolidación. A Perec, a Bolaño y a Calvino les gustaban las listas, las clasificaciones y los números y los tres murieron de forma prematura (Perec con 46, Bolaño con 50 y Calvino, el más longevo, con 62 años) dejando en los tres casos una obra incompleta. Coincide también que las citadas novelas, que han sido punto de inflexión en la literatura de las últimas décadas, terminaron de escribirse consecutivamente cuatro, cinco y seis años antes de sus respectivas muertes.

Una vida para la literatura
Roberto Bolaño nació en Chile en 1953 y allí vivió su infancia. A los quince años se trasladó a México donde adquirió el hábito de leer y escribir diariamente aunque dejó sin terminar sus estudios de secundaria. Tras un breve y conflictivo regreso a Chile, volvió a México donde participó de forma activa en movimientos culturales alejándose de las corrientes literarias predominantes y comenzando una obra muy personal. Con veinticuatro años llegó a España y se estableció en Cataluña donde ejerció distintos oficios a la vez que dedicaba el tiempo libre a escribir. Su editor Jorge Herralde nos revela que era un lector voraz y exigente y un trabajador insaciable, capaz de escribir de modo simultáneo ensayos, cuentos y novelas de grandes dimensiones. Su obra, absolutamente literaria, podría calificarse de arriesgada porque explora con audacia lo nuevo. Bolaño, del que muchos escritores y críticos coinciden en valorarlo como el mejor escritor latinoamericano de su generación, decía que la literatura es un oficio peligroso, saber «correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere». En uno de sus aforismos Kafka decía: «A partir de un cierto punto, ya no hay regreso posible. Ese es el punto a alcanzar». Pero no es un punto para quedarse, Bolaño quería ir más allá; formular nuevas propuestas con registros literarios sutilmente distintos. Roberto Bolaño se consideraba ante todo un poeta y no comenzó a publicar narrativa hasta los años noventa cuando ganó algunos premios de cuentos. En una entrevista señaló que desde La invención de Morel, de Bioy Casares, las novelas que sólo se sostienen por un argumento son terminales. Es necesario el juego, cambiar la perspectiva, la estructura, la alternancia y el cruce de voces. Esto es algo que él aplica en gran parte de su narrativa. Los críticos comienzan a fijarse en él a raíz de la publicación del experimento narrativo que supuso La literatura nazi en América, aunque tuvo una escasa acogida por parte del público. Aquí, de un modo borgiano, inventa autores y libros y los comenta para construir una historia en la que comienza a plantear la responsabilidad del escritor frente a la injusticia y el terror. Una respuesta similar tuvo Estrella distante donde el narrador persigue las huellas que deja Wieder, un poeta de la tortura, un personaje culto y vanguardista que es capaz de escribir poemas leves y efímeros en el cielo a la vez que demuestra su absoluta crueldad y desprecio hacia la vida. La manifestación del horror y la naturaleza del mal en el ser humano va a ser una constante en la obra de Bolaño y aquí aparece ya esa multiplicidad con relatos intercalados y diferentes visiones de los hechos o, como lo definió Ignacio Echevarría, ese carácter «fractal» que se acentuaría en las siguientes obras. Pero fue la novela Los detectives salvajes —publicada en 1998 y con la que ganó los prestigiosos premios Herralde de Novela y Rómulo Gallegos— la que le situó en un lugar destacado de la literatura de nuestros días. Después seguirían novelas como Nocturno de Chile o como Amberes, donde condensa en pocas páginas una gran fuerza poética y de la que el propio autor confesó a Mónica Maristain que es el único libro del que no se arrepiente porque «sigue siendo ininteligible». También escribió libros de relatos como Putas asesinas y pequeños ensayos mientras avanzaba en la monumental obra 2666 que tuvo que ser publicada póstumamente —al igual que otras novelas, colecciones de cuentos y ensayos— cuya laboriosa y excelente edición realizó Echevarría y que podría ser, en palabras de Herralde, el primer gran clásico del siglo actual. 

Los detectives salvajes
Juan Villoro habla de la insistencia de Bolaño en la valentía como principio ético y estético. En Los detectives salvajes el hilo que nos marca el camino de la narración es la búsqueda de Cesárea Tinajero, una poeta de vanguardia desaparecida y escéptica. Todo gira en torno a los últimos poetas visceralistas, un movimiento en el que importa más el compromiso de sus integrantes que su propia obra poética. Arturo Belano y Ulises Lima, en su rebeldía, llevan al límite una vida bohemia rodeada de personajes marginales con el objetivo de trasladar su desencantada experiencia a la poesía. La novela se divide en tres partes, la primera y la tercera están construidas en forma de diario, igual que lo haría después en El Tercer Reich (otra obra borgiana y póstuma). El narrador es Juan García Madero que muestra de forma abierta sus sentimientos y su relación con los detectives. El sexo es una parte esencial de la vida de los personajes pero ni siquiera en ese acto íntimo se abandona la insurrección poética. La segunda parte, la más compleja, está formada por una serie de laberínticos fragmentos de distintos personajes que giran concéntricos en torno a los detectives y dibujan, con distintos reflejos, como si de un caleidoscopio se tratara, la percepción subjetiva que tienen de ellos y que intentan definirlos. Bolaño parece recordarnos que nuestra existencia, lo que nos sitúa en el mundo, sólo tiene significado completo desde la visión que los demás tienen de nosotros. En la tercera parte, el relato continúa a partir del instante en el que concluyó la primera, cuando los protagonistas, recorren el norte de México en un Chevrolet Impala y se detallan los acontecimientos que ocurrieron en Sonora para explicarnos el por qué de la disgregación del grupo y los avatares de los protagonistas. En la obra de Bolaño es frecuente la intertextualidad y aquí aparecen poemas visuales que le sirvieron antes para describir tres formas de ver el mar al narrador de Amberes. Por otro lado, en la colección de cuentos reunida en Llamadas telefónicas los personajes se enfrentan, igual que lo hacen los detectives, al panorama literario actual tan alejado de la escritura pura e innovadora que proponen. Bolaño, como Vila-Matas, juega con la literatura, la reinventa, se divierte escribiendo y también se rebela.

El gaucho insufrible
Poco antes de morir, apenas sin fuerzas, Kafka escribió Josefina la cantora. Josefina fue muy respetada en el pueblo por su canto que, en realidad, no era más que un vulgar chillido de rata. Este cuento le sirve a Kafka para hacer preguntas sobre el valor del arte y su perdurabilidad en el tiempo. Bolaño, también desde su enfermedad, escribió un relato policial donde el sobrino de Josefina, Pepe el Tira, está destinado a resolver unos crímenes en la claustrofóbica y conformista sociedad de las alcantarillas. Las tramas detectivescas están presentes en muchas de sus obras; en una entrevista confesaba que lo que más le hubiera gustado es ser detective de homicidios, «alguien que puede volver sólo, de noche, a la escena del crimen y no asustarme de los fantasmas». Eso es lo que hace Pepe el Tira hasta descubrir que las ratas son capaces de matarse entre sí, algo que cambia el paradigma ético de una sociedad que, como la nuestra, está destinada a desaparecer. En otro de los relatos, el que da título al volumen, recrea la pobreza y la dureza del paisaje de la pampa igual que hizo Borges en El Sur y antes Dabove en Ser polvo. Jorge Volpi piensa que Bolaño, salvo excepciones, no es un gran cuentista, que sus relatos son a menudo esbozos y apuntes de textos más largos. Puede que haya textos irregulares y que, como apunta Chris Andrews, no cumpla las expectativas del cuento clásico pero aquí el lector puede encontrar relatos divertidos de personajes tristes, con abundantes guiños intertextuales, llenos de inventiva que responde a una inmensa curiosidad con imágenes sugerentes, como si por las venas de sus cuentos transitara su poesía.

2666, su novela inconclusa
He empezado hablando de la multiplicidad a la que se refería Italo Calvino. Creo que la levedad, otra de sus propuestas, es una característica que aparece en 2666 a pesar de su enorme volumen. Una evocación al mito de Perseo y la Medusa y una alusión al estado de bienestar y levedad en el que se encuentran dos de sus protagonistas, Pellicer y Espinosa, nos dan algunas pistas. La levedad en Bolaño es ese baile al borde del abismo, del que también hablaba Sergio Pitol, y el uso de recursos tan cercanos a su poesía. La levedad presente en 2666 está en la manera de pensar, de ver el mundo de los personajes, en la certeza de la fragilidad de la vida incluso aunque ésta sea maltratada de modo cruel e injustificable. Bolaño, desde mi punto de vista, imprime es su novela «ese salto repentino del poeta filósofo que se alza sobre la pesadez del mundo» del que hablaba Calvino y es, por tanto, también, aunque sólo en ocasiones, un poeta de la ingravidez que se opone a la pesadez de la propia vida, tal y como se puede leer en los versos de Los perros románticos: «Había perdido un país/ pero había ganado un sueño./ Y si tenía ese sueño/ lo demás no importaba». En Amberes, premonitoriamente, el narrador dice al hablar de la escritura: «líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más». Tanto su poesía como su prosa le sirven, por tanto, para aligerar la vida y expresar lo memorable: hasta «el aire frío de los muertos» puede ser ligero. En Nocturno de Chile, una novela veloz, escrita sin subdivisiones ni puntos y aparte, Bolaño, desde la ficción, muestra de manera explícita unos terribles acontecimientos históricos, igual que lo hiciera en Estrella distante y Amuleto; ésta es su forma de enfrentarse al mundo con la literatura como única arma. En esa misma línea 2666 es un descenso a los infiernos que guarda muchos secretos. Dentro de su compleja multiplicidad, se centra primero en los crímenes sin solución cometidos contra mujeres en Santa Teresa y, de forma paralela, en la matanza de judíos por parte de un criminal nazi, aunque intercala distintas investigaciones y numerosas historias que se cruzan. Su personal traducción de un verso de Baudelaire con el que abre la novela, explica, en una sola línea, gran parte del contenido de esta obra: «Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento». En 2666, como en otros títulos, destaca también su enorme erudición, los vastos conocimientos de literatura, de arte, de filosofía que posa en sus páginas sin alardeos, dejándolos caer casi de forma casual, ligera, pero que encajan en la narración como las piezas del Tetris, aunando nuevamente esa multiplicidad y esa levedad. Quizás sea fácil decirlo tras conocer el final del autor pero en sus páginas se intuye una forma triste de ver la vida como algo, una maravilla, que se acaba. El tiempo, decía, «es un motivo de terror». 

Con Bolaño se perdió un gran escritor pero también un gran lector que no tenía reparos en diferenciar a los escritores que escriben para comerciar y aquellos que viven para y por la literatura (léanse, por ejemplo, los ensayos de Entre paréntesis). Bolaño vivió poco pero escribió lo suficiente para comprender la importancia de su obra. Él fue consciente de que su literatura abría una nueva y fascinante puerta, sin regreso posible. Al final de La Tregua, Mario Benedetti dice que «lo más trágico no es ser mediocre pero inconsciente de esa mediocridad; lo más trágico es ser mediocre y saber que se es así y no conformarse con ese destino que, por otra parte (eso es lo peor) es de estricta justicia». En cualquier ámbito en el que nos movamos, el artístico, el científico u otro, abundan los mediocres que viven sin reconocer su condición. También estamos los que luchamos de modo inconformista por salir de esa mediocridad aunque, en nuestro ejercicio de honestidad, sabemos que es una batalla perdida. Pero hay un tercer grupo en el que se encuentran solo unos pocos que saben que pueden hacer algo excepcional y no renuncian a su empeño. En este último grupo está Bolaño, igual que lo están Perec o Calvino, y sólo el tiempo dirá a las futuras generaciones, si finalmente lo consiguió.
Publicado en Cuadernos del Sur el 13 de julio de 2013. Ilustración original de Marta Campos.

Niña, de Vila-Matas

Una de las tareas que me impongo como padre es descubrir los temores de mi hija y alejarla lo más posible de ellos. Eso se puede aprender leyendo el párrafo final de Las ciudades invisibles de Italo Calvino que, para Harold Bloom, es una lección de sabiduría: «buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio». Para Anita, la protagonista de Niña, un cuento infantil de Enrique Vila-Matas, uno de sus infiernos es encontrarse en el parvulario con otra niña que se llama igual que ella, por eso le encanta que la llamen, simplemente, Niña. Pero ese no es su único temor. Ahora Niña está de vacaciones, lejos de la otra Anita y con todo el tiempo para jugar y fabular. Inventa aventuras, junto a su hermano imaginario y su gato Beto, en mares imposibles y huye de un temor a algo tan abrumador y desconocido como son los océanos de letras que ve cada mañana en los periódicos que leen sus padres y su hermano mayor y real.
Ilustración de Anuska Allepuz
En un capítulo sobre la trama y el tema en la ficción, Terry Bain hacía alusión a un cuento infantil extremadamente simple de Margaret Wise Brown titulado Buenas noches luna. En él el narrador, por la noche, se va despidiendo de todos los objetos de la habitación pero, al llegar a una página concreta, a Bain le asalta la sorpresa y le obliga a reflexionar sobre lo que quiso decir su autora. Hace poco encargué el cuento de Brown, con la excusa irreprochable de regalárselo a mi hija que acababa de cumplir dos años, para intentar entender lo que quería decir Bain. Esa misma excusa es la que me ha llevado a comprar este cuento de Vila-Matas ilustrado hermosamente por Anuska Allepuz. Los cuentos de niños, decía Saramago, deben ser escritos con palabras muy sencillas para que los puedan entender. Aquí Vila-Matas nos presenta un cuento que esconde en su sencillez un secreto aún más profundo que el de Margaret Wise Brown, una promesa implícita y bella que llena de emoción: el comienzo de una complicidad con la palabra escrita que deberá durar mientras dure nuestra conciencia. Si la niña rompe sus miedos, si se aproxima al abismo, si se enfrenta al amenazante alfabeto —con todas sus letras—, si aprende finalmente a descifrar los códigos escritos, algo cambiará para siempre en su vida y le regalará una íntima parcela de libertad. Se habrá iniciado así una nueva relación con la literatura que puede acompañarle para siempre, creciendo con ella, no para salvarle la vida sino, como decía Magris, para darle un sentido. Es una puerta abierta a ese laberinto mágico que tan bien conoce Vila-Matas en los que unos libros te presentan a otros libros y unos autores a otros autores. 
Cuando en medio de la noche, mi hija me llama porque le persigue el lobo aunque sepa que ya no hay lobos malos y que sólo quiere jugar con ella, me doy cuenta de hasta qué punto los cuentos influyen en nuestra realidad y los incorporamos a nuestra vida. Ricardo Piglia reflexiona sobre qué es un lector y recuerda que en una ocasión Joyce pregunta: ¿has soñado alguna vez que estabas leyendo? Soñar con ese momento es algo que da una idea de hasta qué punto la lectura es un placer y también una obsesión, como cuando se sueña en otro idioma que no es el materno o con la persona a la que se ama. Pero mucho antes de que eso suceda, podemos saber que un niño se ha convertido en un lector cuando sueña con las historias que lee, cuando recoge velas frente a una isla que esconde un tesoro, cuando se sumerge a bordo del Nautilus para explorar el fondo de los mares, cuando viaja hasta la luna en un trémulo cohete o cuando sobrevuela enormes acantilados sujetándose con fuerza a las garras de un gigantesco ave-roc. 
Siempre es una garantía comenzar a leer de la mano de un autor que tanto ama la buena literatura; un autor que ha sabido descubrirnos a otros escritores y explicarnos las claves que los convierten en grandes autores. Vila-Matas, con esa elegancia de la que hablaba Bolaño, recupera aquí, una vez más, su «despejada mirada hermosamente infantil sobre las cosas» a la que alude en su Dietario voluble, una mirada aún inocente con la que invita a los niños a explorar el abismo antes de iniciar un viaje vertical hacia la madurez. 
Ahora voy a leer a mi hija María este cuento que será su primer Vila-Matas. Quizás hoy no lo entienda pero sí dentro de unos meses y, cuando ya sepa leer, querrá conocer de nuevo la aventura de Anita a la que le asustan las letras. Esta es la mejor invitación a la lectura que hace Vila-Matas porque es la primera y porque promete a los pequeños lectores un juego de iniciación, una entrada al mundo de la ficción que es, sin duda, una de las más fascinantes creaciones del ser humano.









Niña
Enrique Vila-Matas
Ilustraciones: Anuska Allepuz
Alfaguara, 2013