Mary Shelley, sin Frankenstein

Siempre me ha seducido la historia de Frankenstein (1818). Tanto la lectura de la novela como las versiones que se han hecho para el cine, las buenas y las malas, siempre han ejercido en mí una poderosa fascinación. Y eso a pesar de las incoherencias de la historia que nos cuenta Mary Shelly. Pero Mary Shelly, sin Frankenstein, nos sigue cautivando con sus cuentos. Quizás no tenga la imaginación ni la capacidad de crear atmósferas de Poe o la destreza de su amigo Byron, pero Mary Shelly nos conduce a un universo gótico particular y lleno de magia. 
Este volumen lo componen tres cuentos donde se mezcla la belleza y la sutilidad con lo terrible y lo desconcertante. Los dos primeros nos recuerdan inevitablemente al Fausto de Goethe (o de otros autores que lo precedieron). El primero de los cuentos, Trasnsformación, es la historia de Guido, un joven arrogante que despilfarra su fortuna y, con el dinero, pierde también sus amistades. Solo en la playa, en un anochecer tormentoso, observa cómo de un velero, incapaz de sortear las roca de la costa, sólo quedan fragmentos de un naufragio. El único superviviente es un ser deforme y de aspecto horrible, pero con poderes sobrenaturales, que permanece sentado sobre un cofre repleto de riquezas. Tras una conversación, Guido acepta la propuesta del enano: intercambiar sus cuerpos durante tres cortos días, después de los cuales Guido se quedará con aquella fortuna. Pero todo es una trampa y, en ese cuerpo feo, Guido se hace mejor persona cuando trata de vengar aquel engaño. Hay, por tanto, dos transformaciones, la física, con el intercambio de los cuerpos, y la psicológica, cuando Guido aprende a conocerse desde otra perspectiva distinta a su propio cuerpo. 
El segundo cuento, El inmortal, mortal, es mi preferido, quizás porque me recuerda a Borges y también por el final algo abierto con el que concluye. La historia la cuenta un hombre de trescientos veintitrés años en cuya juventud fue ayudante de Cornelius Agrippa, un alquimista que en secreto prepara un elixir de la vida. El protagonista lo bebe por error, creyendo ser un filtro de amor y, desde ese momento, al principio sin ser consciente de ello, se enfrenta a la inmortalidad en un mundo de mortales. De este modo ve cómo todo lo que ama se consume en las llamas del tiempo. Entonces sólo desea morir. 
El último de los cuentos, Mal de ojo, es un cuento de venganzas recíprocas que nos muestra cómo el azar puede cambiar nuestras vidas. La historia de desarrolla en el Peloponeso, donde la esposa de Dmitri es asesinada y su hija Zella secuestrada por unos guerreros. Dmitri se vuelve un personaje oscuro que quiere venganza y se hace amigo de Ziani quien le salva la vida. La casualidad hace que Ziani, años más tarde, por motivo de una herencia, secuestre a un niño. El padre del niño y su abuelo inician su búsqueda y cuando ven al niño junto a Dmitri descubren que la madre del pequeño era Zella, que fue secuestrada por quien decía ser su abuelo. 
Lo sobrenatural en los dos primeros cuentos y el azar en el último nos muestran la inseguridad del ser humano al enfrentarse a las incertidumbres de la vida igual que le ocurriera a Victor Frankenstein incapaz de controlar su propia creación. Mary Shelly, con estos cuentos, consigue trasladarnos a ese universo gótico que tanto ha influido en la literatura y en cine y que tanto hemos disfrutado.













Transformación y otros cuentos
Mary Shelley
Traducción e introducción: Marian Womack
Editorial: Páginas de Espuma (2010)

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