La prisión de la libertad

No resultaba sencillo saber con exactitud quiénes y cuántos eran los Pissimboni. Para esta familia, que vivía en una casa cubierta de hiedra y aislada en lo alto de una colina, ni los objetos ni las personas tenían importancia. Todos los días eran iguales, sin ni siquiera indicios que hicieran presagiar algún cambio. Lucía, recluida en la biblioteca, enloquecía con sus lecturas; Samuel elaboraba en un cuartucho inconsistentes teorías; Basora anhelaba, débil y melancólica, el amor de un hombre; Carlota intentaba controlar los delirios de su hermana; Barnaúl, como el resto de sus hermanos, con frecuencia desaparecía; Yago vivía dos vidas paralelas: la de la reclusión y la de un forastero en su propio pueblo, la del sueño y la de la realidad. El cercano pueblo de Sandofar no quiere saber nada de esta familia a la que a veces ve como una amenaza o, simplemente, la olvidan. Allí las leyes que aseguran que todo siga igual son dictadas por El Superior y en la Casa del Pueblo los aburridos funcionarios son los encargados de que se cumplan de forma escrupulosa. Hace ya mucho tiempo que Ignacio y Martina decidieron alejarse de aquel pueblo que no aceptaba la responsabilidad y el reto de su propia libertad. La gente de allí prefiere que todo siga igual —en una estabilidad perdurable— y para ello acepta unas leyes estrictas que ni siquiera quiere conocer. Lo importante es no hacer nada para evitar que se altere el orden establecido y se desmorone su mundo controlado.
En Los Pissimboni —una novela muy recomendable publicada por Acantilado—, Sònia Hernández vuelve a indagar en los secretos que guardan las familias, como haría en algunos de los relatos contenidos en Los enfermos erróneos, un libro que Vila-Matas en su Dietario voluble describió como bello y turbador.
Pocas historias de las que se califican de kafkianas lo son tanto como ésta. Todos los Pissimboni viven angustiados dentro de su tremenda soledad, enclaustrados bajo una pesada atmósfera. Ellos, que buscaban la libertad por encima de todo, desean ahora, de algún modo, perderla en parte para reencontrar acaso un poco de felicidad. El mundo crece para Yago al escuchar, por las noches, palabras nuevas en la taberna. Igual que Cernuda hablaba del deseo de estar preso en alguien que le haga olvidar su mezquina existencia, Yago sueña en lo agradable y sosegador que sería tener siempre cerca a la mujer de la que anhela sus abrazos y la tibieza de sus pechos. Los Pissimboni en su radical búsqueda de la libertad han perdido el bienestar que tuvieron en el pueblo, mientras que sus vecinos —como el conejo de Indias que, en el cuento de Galeano, no quería salir de su jaula conocida— sienten miedo de encontrarse cara a cara con su propia liberación y autonomía. Yago en esta búsqueda de la felicidad cree descubrir el equilibrio si consigue ceder parte de la libertad, que no deja de ser abstracta e inmovilista, y no se somete a las absurdas y estrictas leyes que impone la Casa del Pueblo. Pero la felicidad absoluta —escribía Galeano en otro de sus cuentos—, solo es posible con la pérdida o la renuncia a la memoria.








Los Pissimboni
Sònia Hernández

Acantilado, 2015.

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