Sacar la lengua al arte

Rafael Agredano reflexiona sobre el arte en los últimos treinta años en una colección de breves ensayos y otras narraciones. El humor en forma de ironía y a veces de sarcasmo le sirve para poner en evidencia las contradicciones de la crítica, las instituciones y el mercado del arte. 
El artículo más destacado por la influencia que ha tenido es Titanlux y moralidad que da título a todo el volumen y que apareció en 1983 en la emblemática revista Figura. Entre otras cosas Agredano desmitifica la pintura recordándonos que un cuadro es, en esencia, un objeto decorativo, pone en evidencia las falsas expectativas de querer emular lo que se hace en Estados Unidos y reivindica «devolver a la pintura la sensación simple y feliz que es el acto de crear». Quizás el escrito más divertido sea Estado mental, donde, a través de una supuesta respuesta a un cuestionario para un libro sobre artistas cordobeses, y haciendo alarde de gran perspicacia, reflexiona sobre la forma en la que la sociedad ve a los artistas y nos muestra, de un modo prosaico, la realidad a la que estos se enfrentan día a día. 
Son varios los textos en los que el autor bromea y se burla del desconocimiento y la falta de sensibilidad de los patrocinadores y de los políticos ante el artista; pero también nos revela los entresijos de la creación de su obra, la bondad de algunos de sus amigos con los que comparte inquietudes y critica las carencias en la formación que se da a los estudiantes que pretenden ser artistas en España. El tercer y último acto, que engloba dos textos bajo el epígrafe Los símbolos verité, es el más literario y nos demuestra sus grandes destrezas narrativas con una prosa clara y sencilla. 
El humor inteligente y la provocación están presentes en toda la obra de Agredano, en sus juegos visuales y en su particular visión de las vanguardias como el Surrealismo, o el arte Pop. Con estos textos el autor nos ayuda a comprender mejor el arte que se ha hecho en España en las últimas décadas pero, sobre todo, nos muestra un sólido compromiso ético en su forma de vivir el arte.














Titanlux y moralidad. El musical 
Rafael Agredano
Metropolitana, 2012

Dickens en su juventud

Con veinticinco años, mientras escribía Oliver Twist, Charles Dickens recibe el encargo de reescribir las memorias del más célebre cómico de Inglaterra: Joseph Grimaldi. A partir del texto que dejó el propio actor, Dickens, con su personal talento narrativo, redacta una biografía novelada donde no faltan los elementos más característicos de su obra. Nos presenta un Londres hostil, lleno de peligros y amenazas, con sentimientos de compasión hacia los seres desamparados de la sociedad y los avatares de los desfavorecidos. 
Grimaldi comenzó a trabajar ante el público desde sus primeros años de vida interpretando a un mono y no dejó de actuar incansablemente hasta que sus piernas se lo impidieron. Cincuenta años de trayectoria artística actuando en los mejores teatros de Inglaterra y una vida donde pesaron más las desgracias que los momentos de paz. Siendo niño muere su padre y pierden la fortuna que éste les dejó. Su hermano pequeño se enrola en un barco y solo aparece, fugazmente, catorce años después. Al año de contraer nupcias su amada esposa muere estando embarazada y, de su segundo matrimonio, nace un hijo por el que dio todo pero al que vio morir por sus excesos con el alcohol. A cambio de eso, nunca dejó de recoger aplausos del público, disfrutó de la entomología y la colombofilia en su escaso tiempo libre, se codeó con los personajes más célebres del país y supo encontrar momentos de felicidad rodeándose de amigos que le supieron acompañar en sus últimos años. 
Grimaldi, en su genialidad, inventó al payaso moderno y supo esconder tras la sonrisa dibujada toda la tragedia de una vida que le golpeaba con rudeza. Y Dickens aprovecha a este entrañable personaje real para dar vida a un cicerone que nos muestra la vida desordenada de Londres en los albores de lo que sería la época victoriana, con una pluma cargada de realismo social que, por momentos, llega a conmover y a emocionar. 
Aquí se puede apreciar la destreza narrativa del autor, su talento a la hora de describir sin artificios ambientes y personajes o la mirada compasiva e irónica con la que ve al protagonista. Dickens nos presenta una vez más, y como pocos, las miserias y virtudes de la naturaleza humana.

















Memorias de Joseph Grimaldi.

Charles Dickens

Traducción, prólogo y notas de Eduardo Berti.
Páginas de Espuma, 2011

Antología del microrrelato español (1906-2011) de Irene Andres-Suárez

El microrrelato, a pesar del auge y del reconocimiento que está teniendo en el siglo XXI en España, no es, en absoluto, algo nuevo. Según la brillante introducción que hace Irene Andres-Suárez, el llamado cuarto género narrativo, tiene una historia de más de cien años en nuestro país aunque, realmente, los críticos no supieron verlo así hasta finales del siglo XX. Andres-Suárez nos da las claves que definen el microrrelato y nos permiten diferenciarlo de otros textos ambiguos que pudieran dar lugar a error. Además de la brevedad y de la narratividad, entre otros aspectos esenciales del género, en el microrrelato hay siempre una tensión entre lo que se cuenta y lo que está implícito, por lo que el escritor de microcuentos necesita, más que en ningún otro género narrativo, la complicidad del lector. Esto es más evidente cuando los autores suelen apoyarse en la intertextualidad, la ambigüedad o en la indeterminación para captar la atención del lector o conseguir su sorpresa. Nos habla de cómo surgen los que podrían ser considerados los primeros microrrelatos en España, aunque en realidad empezaron siendo obras híbridas que evolucionaron a partir de otros géneros próximos, desde Juan Ramón Jiménez y Ramón Gómez de la Serna, en los inicios del siglo XX. En esta amplia introducción se hace un recorrido detallado por los grandes autores que han dejado microrrelatos destacados en su obra y se pone de manifiesto el crecimiento exponencial de autores interesados por este género en las últimas décadas. En la última parte, antes de la antología propiamente dicha, se analiza la influencia de autores como Borges en el microrrelato fantástico y en la indagación de la naturaleza del mundo y del yo. Destaca la influencia norteamericana en el realismo intimista y enfatiza la incorporación del humor, principalmente absurdo y negro, y las nuevas tecnologías a esta forma de narrar en los últimos años. Para apoyar esta teoría, Irene Andres-Suárez hace una selección de excelentes microcuentos publicados a lo largo de un siglo ordenándolos cronológicamente para poner en evidencia esa evolución que nos argumenta. Un libro muy recomendable tanto para los que quieren adentrarse en el conocimiento de este género como para los que lo siguen con pasión.














Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo
Varios autores 
Edición: Irene Andres-Suárez 
Cátedra. Letras Hispánicas, 2012

Diario de invierno, Paul Auster

Auster narrador, se habla a él mismo, a Auster escritor, se sincera consigo mismo y rememora su existencia en un momento en el que comienza a ser consciente de que su vida ha iniciado ya la última etapa, aquella que inevitablemente precede a la muerte. No es la primera vez que el autor aparece en sus obras como personaje pero en este caso se trata de un libro autobiográfico donde incluye confesiones y se desnuda con las palabras. La vida siempre ocurre dentro de uno mismo pero con la introspección, con la forma de mirarnos a nosotros mismos y tamizarla a través de las palabras escritas, se convierte también en una forma de ficción. Un escritor no deja de hacer ficción ni siquiera cuando intenta reflejar su realidad del modo más fiel. Quizás el precedente más directo en su obra sea La invención de la soledad, publicado en 1982, donde habla abiertamente de la muerte de su padre y de su intención de retener en las páginas algo de su memoria para evitar que desaparezca. Aquí su madre, fallecida más recientemente y mucho más significativa en su vida, cobra mayor protagonismo. Paul Auster nos habla con humildad de las cicatrices que la vida le ha rubricado, de las experiencias traumáticas y dolorosas que ha sufrido aunque sean en su mayor parte cotidianas, comunes a otras muchas vidas no escritas. Como él mismo afirma, cuando se han vivido muchos años lo normal es haber estado expuesto a morir estocásticamente en más de una ocasión. Nos desvela los años de cierta penuria por los que pasó hasta poder vivir de la escritura que era lo que más deseaba. A los 31 años, tras un periodo luctuoso, pensaba que jamás podría volver a escribir pero esas inseguridades, igual que las de su adolescencia, las logró superar a veces con tesón y otras, sencillamente, por azar. Podemos leer confesiones abiertas, sorprendentes y muy duras, fracasos vitales, decisiones desacertadas, golpes de suerte. Repasa sus enfermedades, los accidentes sufridos; hace un catálogo de los lugares en los que ha vivido, rememora sus viajes, sus amores. La salud es un tema recurrente en su Diario, tanto desde el punto de vista físico como psíquico, pero también lo social y lo ético. Hay una cierta sorpresa por lo obvio, una perplejidad por la falta de conocimiento de su propio cuerpo como si estuviese formado de elementos que le resultan casi ajenos y relata la multifuncionalidad que pueden tener, por ejemplo, sus propias manos, capaces de hacer desde nobles y amables tareas hasta lo más indecoroso. 
Aunque Diario de inverno está redactado de forma directa, sin ambages, quizás algo fría y también minimalista, eso no evita que seduzca y, en ciertos momentos, consiga una fuerte carga poética y emocional que sobrecoge. Paul Auster ama la vida porque conoce su fragilidad, ama a su mujer y a sus hijos, ama el hogar construido en Brooklyn, en cierto lugar de Park Slope, donde tiene su biblioteca repleta de libros con los que pasa algunas de sus mejores horas.





















Diario de invierno
Paul Auster
Traducción: Benito Gómez Ibáñez
Anagrama, 2012

Terrores inocentes

Lo primero que llama la atención cuando abres Casa de Muñecas es su cuidada edición. Los personales e inquietantes dibujos a dos tintas, negro y magenta, de Sara Morante y las miradas vacías, enigmáticas o perdidas de sus personajes, son una forma perfecta de incitar a la lectura de los microcuentos de Patricia Esteban Erlés. El libro se estructura en diez apartados que se corresponden con distintos rincones de esa casa ideal de muñecas, incluyendo un desván de los monstruos, la cripta y los exteriores; en total cien cuentos que nos atrapan, nos sorprenden y nos dejan una sonrisa malévola en el rostro. 
Si Ibsen con su homónima obra de teatro quiso proclamar la necesidad de la liberación de la mujer en una sociedad opresivamente masculina para reivindicar, en definitiva, que las mujeres dejasen de considerarse muñecas decorativas, Patricia Esteban Erlés, recrea una atmósfera victoriana similar y da un paso más para adentrarse en el mundo femenino y liberar a la mujer de algunos temores que arrastra desde la infancia y que pueden tener el rostro cerámico y enigmático de una muñeca encerrada en otra realidad entre paredes de cartón. En ambos autores se aprecia un tono de melancolía, en ambas obras se expresan sentimientos oscuros desde su particular poética. 
La realidad se rompe, se muestra el envés de lo cotidiano cuando nos encontramos con la mirada de una de estas muñecas que nos arrastra con certezas y con engaños a un universo privado, a veces sólo insinuado, construido con pequeños pero contundentes gestos y nos muestra el reflejo de nuestros temores más primitivos. Patricia Esteban Erlés conversa con Poe y Hoffmann, se aprecian sus lecturas de Max Aub, de José María Merino, de Ana María Matute y, muy especialmente, de Fernando Iwasaki con su Ajuar funerario. De modo explícito, además, la autora quiere homenajear a grandes microcuentistas como Arreola, Mateo Díez y Monterroso. Hay un juego en el que se confunden mujeres estáticas y muñecas animadas, imágenes retenidas y reflejadas, humor y terror, realidad y ficción. Aquí lo vivo no siempre está vivo y lo muerto cobra vida fantasmal, irracional cuando la inocencia es aliada del crimen y del horror sin piedad. Un libro ecléctico, recomendable para las noches de invierno, con perturbadores microcuentos de macabra ternura y excelentes dibujos en los que conviene detenerse y disfrutarlos.
















Casa de Muñecas
Patricia Esteban Erlés 
Ilustraciones: Sara Morante 
Páginas de Espuma, 2012.

El haz y el envés: relatos con dos caras

El haz de una hoja suele ser de un tono más intenso que el envés que, en cambio, tiene una cutícula más fina y es más suave al tacto. El haz y el envés no se oponen sino que se complementan encontrándose sólo en su límite. Los relatos de Juan Cobos Wilkins también tienen haz y envés y para leerlos en su plenitud hay que hacerlo en ese orden, como sugiere el propio autor, con la atención de un botánico que extrae su conclusión tras examinar la hoja completa. 
La soledad del azar es un conjunto de trece relatos que se miran de reojo al espejo y se duplican en veintiséis. Estos cuentos, escritos con talento, están llenos de recursos poéticos, con ricos adjetivos minuciosamente escogidos y metáforas elegantes que caracterizan el personal estilo del autor. En algunas ocasiones los relatos inician varios caminos diferentes, muestran distintas expectativas, que el lector no sabe a qué le van a llevar hasta que, poco a poco, el argumento va tomando consistencia, ganando intensidad, rozando a veces lo fantástico y presentando algunos finales abiertos e inesperados. Los protagonistas suelen ser personajes encerrados en su soledad y zarandeados por el azar, hombres o mujeres que deambulan por la vida —en íntimo contacto con el presente, con lo cotidiano, con nuestros miedos— hasta que se tropiezan con un elemento que les subvierte, a veces es una frase escrita o escuchada, otras un objeto corriente, una imagen, un lugar, un acompañante, algo que irrumpe en sus vidas solitarias por pura casualidad pero que consigue abrir cámaras interiores y cambiar por completo su existencia. En el reverso de estos relatos se esconden a menudo personajes secundarios que observan las distintas situaciones desde lugares privilegiados o bien son los propios protagonistas que nos muestran una cara oculta diferente a la que habíamos intuido. 
Este libro, que terminas de leer cuando llegas a la mitad del volumen, está escrito con una prosa muy cuidada que, con frecuencia, se vuelve bellamente lírica para mostrarnos una realidad perturbadora.














La soledad del azar
Juan Cobos Wilkins 
Almuzara, 2011

Las ciudades y los ojos, Italo Calvino

Para la entrada número 100 de este blog, os dejo uno de mis relatos preferidos de uno de mis autores preferentes.

Las ciudades y los ojos. 3 
Después de andar siete días, a través de boscajes, el que va a Baucis no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno de otro y se pierden entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. Los habitantes rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje.
Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Baucis: que odian la tierra; que la respetan al punto de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos, y con catalejos y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de pasarle revista, hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su propia ausencia.
Italo Calvino, Las ciudades invisibles 














Las ciudades invisibles
Italo Calvino
Traducción: Aurora Bernárdez
Siruela, 2002

Soledad social

Creo que le primer libro que leí de Cristina Peri Rossi fue Solitario de amor y su sensual prosa me cautivó. Luego han seguido otras lecturas hasta llegar a su más reciente libro de relatos Habitaciones privadas, editado por Menoscuarto con el que obtuvo en 2010 el Premio NH Mario Vargas Llosa de Relatos. 
Se trata de una colección de diez cuentos en los que las habitaciones de hoteles son los escenarios más recurrentes aunque también otros espacios cerrados como el interior de una casa, un hospital psiquiátrico o la cárcel. Son historias de nuestro tiempo, de nuestras ciudades, donde la tecnología de la información está muy presente. En ellas la autora indaga en la psicología de los personajes, adentrándose en los desequilibrios que la soledad produce en sus vidas y condicionan su existencia, algo muy característico en la prolífica obra de la autora. 
La casualidad conduce a un hombre, perseguido por la mala suerte, a un After hours, un asesino en serie encarcelado recibe cartas con propuestas de mujeres, una entrenadora de natación encuentra a su amor de sedosa voz a través de internet, un matrimonio intenta romper su monotonía con unas vacaciones pero les acompaña uno de sus jóvenes hijos, un juego de cartas en el ordenador es el único aliciente de un hombre que vive una tediosa relación, un oncólogo aprovecha un congreso para reunirse con otros colegas en un momento delicado de su vida, sin proponérselo un hombre y una mujer aprenden que la infidelidad puede llegar a transformarse en un acto inocente, una mujer encuentra en las atenciones de un hospital psiquiátrico todo lo que necesita para seguir viviendo, un hombre honrado atraca un banco para repartir después lo robado entre los transeúntes y el relato de los pensamientos de un profesor excitado, con el que se cierra el volumen, son las historias que nos propone Peri Rossi. 
Todas estos relatos, con una prosa pausada, sugerente y, en ocasiones, cargada de erotismo, ponen de manifiesto la enorme soledad e incomunicación de los habitantes de nuestras ciudades, denuncian la sociedad que hemos creado y nos invitan a la reflexión a través de personajes cotidianos, tratados con compasión, que buscan el placer y la libertad.


















Habitaciones Privadas 
Cristina Peri Rossi 

Menoscuarto, 2012.

Mujer perro, de Carola Aikin

En su anterior libro de relatos Las escamas del dragón Carola Aikin me sorprendió por su sugestiva forma de narrar, por sus recursos poéticos y por su manera de indagar en la condición humana. Su nuevo libro, Mujer perro, sigue esa línea personal que no deja de fascinar, con la misma pasión narrativa, con el mismo humor, con sus particulares metáforas imaginativas, visuales y provocativas a veces. En la primera parte del libro, con 16 cuentos y microcuentos nos presenta desde el principio a Lilly, un personaje que nos acompañará en varios relatos y, muy especialmente, en la segunda parte. Aquí podemos encontrarnos con un entrañable gorila, con una sirena salvaje y aulladora o con las ilusiones rotas de una mujer, asistir a la metamorfosis de una fiera devoradora de gallinas, descubrir cómo un escorpión logra escapar entre la pasión, asomarnos al océano que trae y lleva esperanzas, recibir a su musa, contemplar unos elefantes que surgen del mar en el sueño de un poeta o los recuerdos que arrastran las hojas caídas de los árboles, presenciar la visita de unos ángeles, la relación de una pareja separada por una mesa de caoba o al personaje que ama a su narrador, conocer las consecuencias de estudiar orangutanes, sorprendernos de la relación de una mujer con el viento, del amor más allá de la muerte o emprender un viaje a través de un río en un velero chirriante.
La segunda parte, La expedición, es un único relato que narra la forma de escapar de Lilly Maynard, de romper en parte con su vida anterior al enrolarse en un viaje por África en busca de los paisajes en los que viven en libertad los grandes simios que tan bien conoce. El viaje puede ser una metáfora del regreso a nuestros orígenes para mostrarnos la naturaleza humana, inseparable y apenas distinguible de la animal. Los niños son cachorros, hembras las mujeres y machos los hombres. Dos miembros de la expedición desaparecen, el africano Aymer y la joven Juliette y, mientras el resto espera su regreso, alejado de su civilización, afloran los sentimientos más oscuros, los instintos, las miserias, la naturaleza real de los personajes, sin máscaras, como si la naturaleza salvaje que les rodea del obligase a despertar del sueño. Allí se producen desencuentros, renuncias, desilusiones. «En África el tiempo corre loco o se detiene para siempre». 
Carola Aikin en Mujer perro, nos muestra unos relatos que cabalgan entre lo real y lo fantástico, en los que se pone en evidencia su fascinación por los animales y donde nos presenta mujeres que viven una lucha interior constante entre su deseo irrefrenable y lo que les obliga su educación, la rutina y la sociedad. 
















Mujer perro
Carola Aikin 

Páginas de Espuma, 2012






Mi musa
Yo amo a la mujer de vestido negro y largo que arrastra la corriente, hay algo invencible en ella, en la manera en que se desabrocha los botines, desliza sus medias, zambulle en el lago sus pies desnudos, deliciosos como peces. Tiemblo cuando viene, al final de la noche, sobre su silla de brazos anchos. No puedo resistirme y emerjo desde el lodo profundo para besar las cadenitas de dedos blancos, uñas color perla, siempre tan nerviosos, tan insatisfechos. Sabe que nada puede detenerme cuando, conmigo a su lado, apenas rozando mi lomo, abre su maletín y saca la máquina infernal, y entonces todo gira, giran el agua y el silencio y caen a cientos los folios de papel escrito y emborronado, y yo, monstruo dócil, fascinado, devoro sirenas, montañas, ciudades, pájaros.
Mi musa, en Mujer Perro. Carola Aikin. 

Aire de Dylan, de Enrique Vila-Matas

Creo que fue T.S. Eliot quien dijo que Hamlet era un fracaso artístico por la desproporción que hay entre el príncipe y la obra. Es difícil estar de acuerdo con ese fracaso pero lo cierto es que Hamlet, como personaje, destaca por su inteligencia sobre la propia representación teatral o, como dice Harold Bloom, el fenómeno de Hamlet, el príncipe fuera de la obra, por su carisma y el aura de lo sobrenatural que le rodea, consigue que, como personaje, no haya podido ser superado en la literatura de Occidente. Shakespeare es siempre actual porque nos desvela lo universal de nuestro comportamiento. Su personaje Hamlet juega con el propio teatro, lo utiliza como una máscara más en su poliédrica existencia y nos enseña que es más fácil explicar la realidad, su verdad, a través de la ficción. Vila-Matas en su impecable novela Aire de Dylan rescata todos estos elementos y los trae a nuestros días. De hecho Hamlet está constantemente presente en todo el libro. A pesar de que aquí Vila-Matas se aleja en parte de la intertextualidad a la que nos tiene acostumbrados, no se pueden obviar relaciones muy directas con sus propias obras o las de otros grandes escritores como el fracaso de la relación padre e hijo que ya estaba presente en El Mal de Montano, la memoria heredada de Borges, diversas situaciones kafkianas incomprensibles para los personajes protagonistas, la negación de seguir escribiendo como en Bartleby y compañía o referencias explícitas de La verdadera vida de Sebastian Knight de Nabokov y Oblómov de Goncharov, entre los más evidentes,
El narrador acude a un congreso sobre el fracaso y allí escucha una conferencia de Vilnius, un aspirante a cineasta de gran parecido con Bob Dylan cuyo propósito es recopilar la historia del fracaso, que podría ser la propia historia de la humanidad. El objetivo del joven Vilnius es ser él mismo un ejemplo de fracaso en su conferencia por lo que espera que la sala se quede vacía por abandono de los oyentes. Se siente sólo y fracasado en el sentido kafkiano, pero lejos de conseguir su objetivo, acaba cautivando a uno de los oyentes, el narrador. Vilnius sufre incursiones del fantasma de su padre, Juan Lancastre, un escritor postmoderno de culto, «el último gran moderno», que le presta memoria e imaginación y le revela que en realidad su muerte fue inducida. Aquí la memoria se infiltra en la mente de Vilnius de modo involuntario  mientras que en Borges es una cesión aceptada por el receptor. 
El narrador es un escritor que lleva muchos años haciendo literatura y que sigue tiránicamente las instrucciones que le dicta su horóscopo; pero, igual que le pasaba al de El ruletista, de Cărtărescu, está arrepentido de todo lo que ha escrito y, en su fracaso, decide dejar de escribir hasta que se encuentra con una historia real que le atrapa. Una mudanza le hace coincidir con Vilnius en un barrio de Barcelona (un nuevo Elsinor donde pueden suceder las mismas intrigas, las mismas conspiraciones) y allí conoce las indagaciones detectivescas que han llevado al joven con aire de Dylan hasta Hollywood en busca del origen de una frase supuestamente atribuida a Scott Fitzgerald que le ha marcado existencialmente: «Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien». Vilnius está ahora con Débora, la antigua novia de su padre que guarda un gran parecido con la atractiva Scarlett Johansson y juntos hacen una representación teatral, a la que asiste el narrador, en la que hacen pública, al estilo de Hamlet, la sospecha de que Lancastre ha sido asesinado. La malvada y bella madre de Vilnius, con la que mantiene una relación de odio, dice haber destruido la autobiografía que escribía Lancastre y por eso Vilnius y Débora deciden constituir la “Sociedad del aire” —como homenaje a uno de los ready-mades de Duchamp— y editar una biografía apócrifa escrita por el propio narrador. Ni Vilnius ni Débora, como en Oblomov, paradigma de la desidia y la indiferencia, creen en los valores burgueses del esfuerzo y del trabajo, temen la competitividad y piensan que como creadores no es esencial tener un discurso propio: «No hacemos nada, pero somos imprescindibles». Lancastre, en cambio, con una obra cambiante, huidizo de las grandes certezas ha creado una sólida obra gracias al esfuerzo y al alcohol (en esto último quizás pueda recordarnos a Bukowski). 
El único enemigo de Hamlet es el propio Hamlet como de Vilnius, el propio Vilnius. A lo largo de la novela se puede ver la transformación del personaje que parte de esas diferencias literarias irreconciliables con su padre hasta el encuentro, desde su única certeza inamovible hasta la personalidad múltiple influenciada por las incursiones del padre en su mente y que le provoca un miedo a la realidad. El propio Lancastre tras su muerte ve cómo la personalidad de su alma se vuelva unívoca. Ni siquiera el narrador se ve libre de esta transformación y, al final, su personal biografía se confunde con la de Lancastre de modo simbiótico. De hecho, la mudanza puede interpretarse como una metáfora del cambio, de la necesidad de transformarse para seguir siendo el mismo, como le pasa al propio Bob Dylan. Este cambio se aprecia incluso en aspectos argumentales generales pues si en los primeros capítulos se habla con ironía del postmodernismo, en el último capítulo se vuelve a él hasta mostrarnos abiertamente la cocina de la escritura. El delirante final tiene una atmósfera que evoca a Poe o mejor a Lovecraft, con el que, al parecer, el narrador guarda un cierto parecido. 
Es una novela divertida, irónica, con una mirada escéptica y libre, con personajes empáticos y cargados de humanas contradicciones. De nuevo Vila-Matas, con su buena prosa y sus guiños intertextuales, nos hace disfrutar a todos los amantes de la literatura aunque en esta ocasión de un modo más liviano. 


















Aire de Dylan
Enrique Vila-Matas
Seix Barral. Biblioteca Breve, 2012

El final del amor, de Marcos Giralt Torrente

Alguien dijo que los cuentos son una tecnología extraordinariamente simple que nos permite entretenernos y, a la vez, nos ayuda a reflexionar sobre el sentido de nuestro existir. En El final del amor, de Marcos Giralt Torrente, esta premisa se cumple a la perfección con aparente sencillez. Los cuatro cuentos que componen este volumen están escritos con una prosa precisa y cuidada y muestran diferentes tipos de relaciones de pareja que, como el título indica, acaban truncadas. Desde el principio se aprecia la influencia de los buenos cuentistas norteamericanos —algunos de los cuales se citan explícitamente en el texto— al desprenderse de todo artificio, al dejar huecos en la historia que obligan al lector a llenarlos y al mostrar abiertamente el enfrentamiento de sentimientos afectivos contradictorios. El narrador es siempre un personaje esencial del relato, en dos de ellos es el protagonista de la historia de amor —o desamor— y en otros dos una especie de observador privilegiado de una relación que le afecta directamente. En «Nos rodeaban las palmeras», el relato que abre el libro, una pareja hace turismo y llega a una isla africana paradisiaca. Poco a poco se van poniendo en evidencia pequeños desencuentros entre el hombre y la mujer, medidos distanciamientos y distintas formas de entender su propia relación. Un maduro matrimonio alemán que ha aprendido a convivir de forma consentida es un espejo donde mirarse para constatar el deterioro afectivo que sufren y que anticipa su ruptura. En los otros tres cuentos, el protagonista comienza siendo un niño o un adolescente que madura a la sombra de una historia de amor. En «Cautivos» el narrador es el primo de Alicia, una joven que se enamora y se casa con un atípico pero adinerado hombre capaz de abrirle las puertas al mundo. El primo de Alicia, que mantiene una relación especial con ella, es testigo del irrefrenable alejamiento del matrimonio y a la vez, paradójicamente, de su tremenda resistencia a vivir alejados uno del otro hasta el punto de convertirse él mismo en el único vínculo de comunicación entre los dos. «Joanna» es una bella historia de un adolescente, obligado a la soledad, que descubre un amor que le marcará para siempre. La capacidad de observación del narrador nos va desvelando comportamientos de la familia de Joanna que sólo al final, en un giro sorprendente, podrían tener un hipotético sentido. El azar empuja al propio narrador a evocar, a recuperar en su memoria melancólica, su imposible historia de amor con Joanna que a lo largo de su vida ha llevado de equipaje. En el último de los cuentos, «Última gota fría», el narrador es el hijo de un matrimonio roto, que a pesar de todo no ha perdido el cariño y el afecto mutuo, y que se ve enfrentado a sentimientos contradictorios, inestables y confusos que le ayudarán a madurar.
En todos los cuentos hay una lúcida introspección de los afectos humanos. La inseguridad de los narradores les lleva a explorar, a indagar de forma persistente, sobre el porqué de los sucesos que les rodean, de lo que acontece, sobre su papel para poder resolver las situaciones que la vida le plantea. Marcos Giralt Torrente tiene una habilidad especial, poco usual, de profundizar en la psicología sentimental de los personajes, de ahondar en la incertidumbre del corazón del hombre o de la mujer, de expresar algo esencial sobre la condición humana y lo hace con aparente sencillez, con medidos diálogos, aportando luz a modo de pequeñas pinceladas y consigue magistralmente la empatía del lector con los personajes. La profundización del conocimiento afectivo durante un viaje por África en «Nos rodeaban las palmeras», la ausencia de la figura del padre en «Joanna», la larga enfermedad de uno de los protagonistas de «Cautivos» o la estrecha relación del narrador con su madre y la amistad y complicidad con su padre en «Última gota fría» son algunos elementos muy presentes en su anterior novela «Tiempo de vida», a mi entender, una referencia ineludible de nuestra literatura actual. Esto aporta algunas claves interesantes sobre el proceso creativo del autor.

















El final del amor
Marcos Giralt Torrente
Páginas de Espuma, 2011

Cuentos en una botella

Hay islas que emergen y se sumergen inquietas. Aparecen para dejarse ver, para atraer a los navegantes y después se hunden para dar refugio a los seres marinos. San Borondón es una de esas islas de playas indecisas a las que han llegado, como mensajes en botellas, treinta relatos muy diferentes desde distintos y lejanos mares arrastrados por corrientes y estilos diversos. 
En la isla podemos dejarnos seducir por unos ojos verdes, encontrarnos con un amigo que regresa del pasado, dar un salto en el tiempo, o ver, sencillamente, cómo éste se invierte al atravesar un laberinto. En San Borondón hay montañas difíciles de superar, edificios de oficina ocupados por buscadores de empleo, arañas, mariposas y serpientes libidinosas pero también zombis, vampiros filosóficos, enanos que nos persiguen, pueblos habitados por fantasmas o practicantes de vudú. Hasta allí han llegado ciegamente los seguidores de Matías Prats, unos impostores, un mafioso ruso, un despistado escritor de cuentos, el fabricante de un extraño artefacto y en la arena de la playa podemos tropezarnos con una canica blanca y roja o diferentes diarios como el de un enfermo terminal, el de un trabajador en una bella e inhóspita luna de Saturno, el de una extraña pareja unida por el azar, el del propio náufrago que contempla el verdor de la isla desde un tablón. El aliento contiene un virus que padecen los hombres y los vientos arrastran la nostalgia de Lisboa, el sentimiento de culpa que se mezcla con la inocencia, el odio y el deseo que discurren paralelos, la memoria avivada por unas fotografías… La isla, en definitiva, es un buen lugar en el que decidir no tener recuerdos, un espacio incierto de soledad buscada donde cobijarnos del asedio. 
Las antologías de varios autores, donde se reúnen voces conocidas junto a otras incipientes, son siempre una apuesta arriesgada pero, en este caso, la selección realizada por Javier Vázquez Losada ha sido muy acertada. En este volumen tenemos distintas historias breves que derrochan imaginación y se desarrollan en lugares y tiempos muy diferentes donde no falta el deseo, el amor, el odio, la venganza o el misterio.


Náufragos en San Borondón
Amir Valle, Andrés Neuman, Antonio García Ángel, Carlos Frühbeck Moreno, Edmundo Paz Soldán, Eduardo Halfon, Fernando Clemot, Francisco Alejandro Méndez, Francisco Balbuena, Gustavo Nielsen, Ignacio del Valle, Iván Humanes, Javier Moreno, Javier Vázquez Losada, Jorge Díaz, José Luis Muñoz, José María Merino, Juan Carlos Márquez, Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Soto Ivars, María Zaragoza, Marian Womack, Miguel Barrero, Norberto Luis Romero, Paula Lapido, Recaredo Veredas, Ronaldo Menéndez, Sergi Bellver, Vicente Luis Mora y Yolanda Arroyo Pizarro. 
Baile del Sol., 2012

Gingival de Ferrer Lerín

Dice Ricardo Piglia que quizás la mayor enseñanza de Borges sea la certeza de que la ficción no depende sólo de quien la construye sino también de quien la lee e interpreta. Dice también que no todo es ficción pero que todo puede ser leído como tal, que lo borgiano es la capacidad de leer todo como si fuera ficción. Y esto es algo que conoce muy bien Francisco Ferrer Lerín al que le gusta enredar lo real con lo imaginario, traspasar sus fronteras, incluso entre el autor, el narrador y el personaje, para construir de modo inteligente textos enigmáticos a veces, sorpresivos siempre y mostrarnos con ellos su particular visión crítica y escéptica de la vida. A los que nos gustan los libros inclasificables Gingival no nos deja indiferentes. Aquí no sirve buscar refugio en la lectura para huir del mundo porque Ferrer Lerín pone la realidad frente a nuestros ojos, con toda su crudeza, mostrando los mecanismos más básicos de nuestra vida. Recurre al humor y al absurdo para distorsionar vivencias y poner de manifiesto el patetismo del hombre y de nuestra sociedad, la ligera fragilidad y, a la vez, la brutalidad de nuestra existencia. No se trata de un diario pero incluye pasajes cotidianos, ni de un noctuario pero no faltan sueños ni textos surrealistas. En algunos casos se puede hablar de microcuentos perfectos, en otros, de apuntes acertados pero en todos ellos se aprecia una sensación de libertad como si planeara con seguridad sobre lugares conocidos, con las alas extendidas y la penetrante y aguda mirada de un buitre. 
Comparto con Ferrer Lerín dos pasiones que hemos convertido en profesiones: la ecología como ciencia y la literatura, pero esta última otorga además la posibilidad de mezclar ambos intereses y crear nuevas realidades híbridas que alcanzan incluso a las formas de expresión y en eso Ferrer Lerín es un gran maestro: utiliza a veces un lenguaje aséptico, frío, casi técnico, para expresar dudas, sentires y plantear inseguridades. 
En Gingival encontramos prosa escrita con la precisión y, a veces, el ritmo de un poeta, puntuando y acentuando hasta conseguir que la propia lectura, independientemente del argumento, nos cause asombro. El autor en ocasiones recurre a elementos del género fantástico tradicional de Poe y Hoffmann e intercala disparates como los de Ramón Gómez de la Serna, recurre a los diccionarios y, como en su particular Bestiario, nos muestra las sorpresas y las trampas que esconden. No importa lo que cuente porque siempre consigue captar nuestra atención, despertar nuestra curiosidad, interrogarnos sobre su significado y comprometernos en la tarea de descifrarlo. Un libro excéntrico, libre, original y erudito, una isla de buena literatura en medio de un mar demasiado contaminado. 




















Gingival

Francisco Ferrer Lerín 

Epílogo: Fernando Valls
Menoscuarto ediciones, 2012
http://ferrerlerin.blogspot.com.es/

Subte, de Rafael Pinedo

Sin ningún preámbulo, de forma abrupta, la narración arranca con una mujer embarazada llamada Proc que huye desesperadamente de unos lobos y se aferra con fuerza a la vida con la esperanza de poder traspasar su alma al bebé que nacerá. Rafael Pinedo nos muestra un mundo distópico, totalitario, formado por tribus cuyos miembros, despojados de nuestra ética, apenas muestran empatía hacia sus semejantes y que han alcanzado estados cercanos a la animalidad donde la supervivencia es el único valor verdadero. Si en el “Informe para una academia” de Kafka, era un mono el que mutaba en humano aquí la humanidad entera parece regresar a un estado de primitivismo animal, a un tiempo donde el único rastro de civilización es un laberíntico e inquietante túnel, quizás el de un metro, en cuya oscuridad absoluta la protagonista se adentra en su huida y sufre lo indecible. 
Durante el angustioso descenso por el hueco insondable de un ascensor, el narrador, a través de la voz interior de la protagonista, nos desvela algunas claves de ese mundo. Descender al abismo es la única forma de mantener la esperanza. Allí, en la absoluta negrura descubre a una tribu de ciegos en la que el destino vital de sus habitantes es siempre el sufrimiento cruel, inútil e irracional. Proc es más consciente que nunca de la necesidad de armonizar su individualidad, lo único en lo que puede confiar, con el mundo que le rodea y por eso crea lazos afectivos con Ish que, finalmente, le ayuda a escapar de aquel claustrofóbico clan. Pero Proc no siente apego más que por su vida y la de su bebé, sólo intenta sobrevivir para que su hija pueda crecer. Eso le da fuerzas para superar las situaciones más extremas. El cuerpo de Proc es un mero objeto y su alma resulta inaprensible. Para aceptar que su hija tenga alma, Proc debe negarse a sí misma lo poco que le queda de humanidad. Es en el túnel donde se produce la metamorfosis a través de la reflexión, como si la falta de luz iluminara al personaje ­—Proc da a luz sola y a oscuras en el interior de una de aquellas inhóspitas galerías—. Si el túnel para Ernesto Sábato representaba el regreso a la infancia aquí, para Rafael Pinedo, representa la involución del ser humano que le hace aflorar los instintos más elementales y le conduce a la irracionalidad. Pero en ambos casos el túnel representa el miedo y la angustia permanente, el túnel es la incomunicación, la soledad y la desesperanza del ser humano. 
Subte, es un intenso y original relato de menos de cien páginas que nos recuerda, con toda su crudeza, la animalidad inherente al ser humano. En esa situación extrema, destruida nuestra cultura, es fácil aceptar que el objetivo de la vida de la protagonista no es otro que el de sobrevivir para poder reproducirse, exactamente el mismo de cualquier especie del planeta desde el inicio de la vida.


















Subte
Rafael Pineda
Salto de página, 2012

El valor de lo efímero: Walser y sus escritos a lápiz

Lo que primero llama la atención de esta cuidada edición de Siruela es la portada, en la que se reproducen textos manuscritos de Robert Walser con una elegante y minúscula letra, ordenada de modo uniforme y visualmente estética. 
Aquí hay páginas que parecen escritas sin ningún objetivo, sin ninguna meta, que están escritas por el mero placer de escribir. Es una prosa serena, tímida y brillante, a veces hermética, que se sucede párrafo tras párrafo, divagando página tras página, deteniéndose en lo efímero y en lo aparentemente insustancial, sin ninguna finalidad obvia. Cualquier motivo cotidiano, cualquier observación o cualquier reflexión tienen cabida aquí hasta el extremo de que, en muchos casos, parece que lo que escribe, en su desorden, no tiene otro soporte más que el propio papel sobre el que está escrito. 
Walser en los últimos años de su vida escribió esta colección de 526 textos en hojas sueltas, en trozos de papel de distinto formato, con lápiz, subrayando así su deseo de no dejar un rastro permanente, y con una caligrafía minúscula que hacía casi imposible su lectura. Tras un minucioso y largo trabajo los editores Bernhard Echte y Werner Morlang lograron descifrar estos personales, libres, imaginativos e íntimos escritos. 
Estos Microgramas, que Walser escribió probablemente por su necesidad vital de escribir pero sin ninguna intención de publicar, se editaron tras su fallecimiento. Robert Walser que quería ser olvidado, escribió pasajes difíciles de olvidar. Ambas cosas le distinguen de muchos de los escritores actuales que se muestran conspicuos y pretenden ser considerados brillantes cuando su único mérito es controlar los medios de comunicación y tener la habilidad de estar siempre en el centro de las miradas. Quizás por lo incomprensible del mundo, por la incoherencia del amor, por lo absurdo del reconocimiento social, quizás por comprender lo efímera e insignificante que es la existencia del hombre, tras sufrir episodios de ansiedad y alucinaciones, Walser, que pensaba en su vida como un fracaso, decidió voluntariamente ingresar en un manicomio y así, en distintas clínicas psiquiátricas, pasó sus últimos veintiocho años.













Escrito a lápiz. Microgramas (3 volúmenes)
Robert Walser

Traducciön:Juan de Sola Llovet y María Condor
Siruela, 2012