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H. G. Wells, La polilla

La polilla  (“The Moth”)
Probablemente haya oído hablar de Hapley, no WT Hapley, el hijo, sino el célebre Hapley, el Hapley de Periplaneta Haplüa, Hapley el entomólogo.
Si así es, conocerá al menos la gran enemistad entre Hapley y el profesor Pawkins, aunque algunas de sus consecuencias sean nuevas para usted. Para aquellos que no están al tanto serán necesarias dos o tres palabras de explicación que el lector perezoso puede repasar de un vistazo si así se lo pide su indolencia.
Es sorprendente lo ampliamente extendida que está la ignorancia de asuntos de tantísima importancia como esta enemistad Hapley-Pawkins. Lo mismo sucede con esas controversias que hacen época, esas que han convulsionado a la Sociedad Geográfica, son, lo creo de veras, casi completamente desconocidas fuera de los socios que constituyen esa institución. He oído a hombres bastante cultos referirse a las grandes escenas de esas reuniones como riñas de sacristía. Sin embargo, el gran odio entre los geólogos ingleses y escoceses ha durado ya medio siglo y ha dejado profundas y abundantes marcas en el cuerpo de la ciencia. Y este asunto entre Hapley y Pawkins, aunque quizás una cuestión más personal, levantó pasiones tan profundas, incluso más profundas. El hombre de la calle no tiene ni idea del celo que anima a un investigador científico, la furia de contradicción que se puede provocar en él. Es una nueva forma del odium teologicum. Hay hombres, por ejemplo, que estarían contentos de quemar a Sir Ray Lankaster en Smithfield por su tratamiento de los Moluscos en la Enciclopedia Británica. Esa fantástica extensión de los cefalópodos para cubrir los Pteropodos… Pero me estoy desviando de Hapley y Pawkins. Esta enemistad comenzó hace muchos años con una revisión de los Microlepidópteros —sean lo que sean— por Pawkins, en la que extinguió una nueva especie creada por Hapley. Hapley, que siempre fue peleón, respondió con una mordaz denuncia de toda la clasificación de Pawkins [Observaciones sobre una reciente recesión de los Microlepidópteros, Boletín trimestral, Real Sociedad de Entomología]. Pawkins, en su Réplica [Réplicas a ciertas observaciones… Ibíd., 1864.], sugirió que el microscopio de Hapley era tan defectuoso como su capacidad de observación y le llamaba entrometido irresponsable —Hapley en esa época no era catedrático. En su contestación [Ulteriores observaciones… Ibíd.] Hapley hablaba de torpes coleccionistas y describía, como por error, la revisión de Pawkins como un milagro de ineptitud. Era la guerra a cuchillo. Sin embargo apenas si interesaría al lector entrar en los detalles de la disputa entre estos dos grandes hombres y cómo la ruptura entre ellos se fue haciendo más profunda hasta que partiendo de los microlepidópteros estuvieron en guerra en cualquier cuestión abierta en entomología. Hubo ocasiones memorables. A veces las reuniones de la Real Sociedad de Entomología se parecían más que nada al Congreso de los Diputados. En conjunto creo que Pawkins estaba más cerca de la verdad que Hapley. Pero Hapley era muy hábil con su retórica, tenía un talento para ridiculizar raro en un hombre de ciencia, estaba dotado de una gran energía y tenía una aguda susceptibilidad para la ofensa en el asunto de las especies extinguidas, mientras que Pawkins era un hombre de presencia aburrida, monótono al hablar, de constitución no muy distinta a un barril de agua, excesivamente escrupuloso con los testimonios y se sospecha que intermediario en los nombramientos para puestos en los museos. Así que los jóvenes se agruparon en torno a Hapley y le aplaudieron. Fue una gran lucha, cruel desde el principio, y que llegó finalmente a un antagonismo implacable. Los sucesivos giros de la fortuna con ventajas primero para uno y después para el otro, con Hapley atormentado por algún éxito de Pawkins o Pawkins ensombrecido por Hapley, pertenecen más bien a la historia de la entomología que a esta narración.
Pero en 1891 Pawkins, que no había estado bien de salud durante algún tiempo, publicó un trabajo sobre el mesoblasto de la polilla Cabeza de Muerte. Lo que pueda ser el mesoblasto no importa un pito a esta historia. Pero el trabajo estaba muy por debajo de su nivel habitual y le dio a Hapley la oportunidad que había codiciado durante años. Debe de haber trabajado día y noche para explotar la situación al máximo. En una elaborada crítica le hizo trizas. Se puede uno imaginar su desordenado pelo negro y sus raros ojos oscuros echando chispas al tiempo que atacaba a su antagonista. Y Pawkins dio una respuesta titubeante, ineficaz, con dolorosos intervalos de silencio, y, con todo, maligna. No hubo error sobre su voluntad de herir a Hapley ni en su incapacidad para hacerlo. Pero pocos de los que le oyeron —yo estuve ausente de la reunión— se dieron cuenta de lo enfermo que estaba el hombre.
Hapley derribó a su adversario y quiso acabar con él. Continuó con un ataque brutal a Pawkins en forma de disertación sobre la evolución de las polillas en general, un estudio que daba pruebas de una extraordinaria cantidad de trabajo, redactado en un tono violentamente polémico. Debe de haber cubierto el rostro de Pawkins de vergüenza y confusión. No dejaba escapatoria, era asesino en la argumentación y absolutamente despectivo en el tono, algo horrible para los últimos años de la carrera profesional de alguien.
El mundo de los entomólogos esperó expectante la réplica de Pawkins. Éste intentaría dar una, porque Pawkins siempre había estado dispuesto a pelear. Cuando llegó les sorprendió. Pues la réplica de Pawkins fue coger la gripe, que se convirtió en neumonía, y murió.
Fue quizá la réplica más eficaz que podía hacer en aquellas circunstancias, y en gran manera cambió la corriente de sentimiento contra Hapley. La misma gente que había jaleado con la mayor alegría a aquellos gladiadores se puso seria ante las consecuencias. No cabía ninguna duda razonable de que el enojo de la derrota había contribuido a la muerte de Pawkins. Incluso las controversias científicas tenían un límite, decía la gente seria. Otro ataque demoledor estaba ya en prensa y apareció el día antes del funeral. No creo que Hapley hiciera nada por pararlo. La gente recordó cómo Hapley había acosado a su rival y olvidó sus defectos. La sátira mordaz compagina mal con las cenizas frescas. El asunto provocó comentarios en la prensa diaria. Eso fue lo que me hizo pensar que probablemente usted hubiera oído hablar de Hapley y de la controversia. Pero, como ya he observado, los profesionales de la ciencia viven absortos en un mundo propio. Me atrevería a decir que la mitad de la gente que va por Piccadilly a la Academia cada año no sabría indicarle la sede de las sabias instituciones. Muchos incluso piensan que la investigación es una especie de jaula de familia feliz en la que toda clase de hombres viven juntos en paz.
En su interior, Hapley no pudo perdonar a Pawkins por morirse. En primer lugar era un mezquino ardid para escapar a la absoluta pulverización que le tenía preparada, y en segundo lugar dejó un extraño vacío en la mente de Hapley. Durante veinte años había trabajado mucho, a veces hasta altas horas de la noche y los siete días de la semana con microscopio, bisturí, red de recogida de insectos y pluma casi exclusivamente con referencia a Pawkins. La reputación europea que había ganado había llegado como un incidente de esa gran antipatía. Había conseguido llegar gradualmente a un clímax en esta última controversia. Había matado a Pawkins, pero también había dejado fuera de juego, por decirlo así, a Hapley, y su médico le aconsejó que abandonara el trabajo durante algún tiempo y descansara. Así que Hapley se fue a un pueblecito tranquilo de Kent y pensó día y noche en Pawkins y en las cosas buenas que ya era imposible decir sobre él.
Finalmente Hapley empezó a darse cuenta de en qué dirección iban sus preocupaciones. Decidió luchar contra ellas y comenzó intentando leer novelas. Pero no podía quitarse de la cabeza a Pawkins, con la cara pálida y en su último discurso —cada frase del cual era una hermosa oportunidad para Hapley. Se dedicó a la ficción, pero encontró que no le decía nada. Leyó Island Nights Entertainments [nota de Stevenson] hasta que su sentido de la causalidad quedó conmocionado sin poderlo remediar de ninguna manera por Bottle Imp. Luego pasó a Kipling y observó que no probaba nada además de ser irreverente y vulgar. Los científicos tienen sus limitaciones. Entonces desgraciadamente probó con Inner House, de Besant, y el capítulo inicial le hizo pensar de inmediato en las sociedades científicas y en Pawkins.
Así que Hapley se dedicó al ajedrez y lo encontró algo más tranquilizador. Pronto dominó los movimientos, las principales tácticas y los cierres más frecuentes y empezó a ganar al Vicario. Pero entonces los contornos cilíndricos del rey que tenía enfrente empezaron a asemejarse a Pawkins de pie, hablando con voz entrecortada e ineficaz contra el jaque mate, y Hapley decidió dejar de jugar al ajedrez.
Quizás el estudio de alguna nueva rama de las ciencias fuera, después de todo, una diversión mejor. El mejor descanso es el cambio de ocupación. Hapley decidió enfrascarse en las diatomeas e hizo que le trajeran de Londres uno de sus microscopios más pequeños y la monografía de Halibut. Pensó que quizá si pudiera establecer una vigorosa controversia con Halibut, sería capaz de empezar una vida nueva y olvidarse de Pawkins. Y muy pronto estaba trabajando duro a su enérgico estilo habitual en esos microscópicos moradores de las charcas de las cunetas.
Fue al tercer día dedicado a las diatomeas cuando Hapley tuvo conciencia de una nueva adición a la fauna local. Estaba trabajando tarde en el microscopio y la única luz en la habitación era la de la brillante lamparita con la forma especial de pantalla verde. Como todos los experimentados microscopistas, mantenía los dos ojos abiertos. Es la única forma de evitar fatiga excesiva. Tenía un ojo sobre el instrumento y delante de él, brillante y diferenciado, estaba el campo circular del microscopio a través del cual se movía lentamente una diatomea marrón. Con el otro ojo Hapley veía, por decirlo así, sin ver. Sólo era vagamente consciente del lateral metálico del instrumento, la parte iluminada del mantel, una hoja de notas, el pie de la lámpara y más allá la oscurecida habitación. De repente su atención se deslizó de un ojo al otro. El mantel era de un material llamado por los tenderos «de tapicería» y de colores bastante brillantes. El dibujo estaba en oro con una pequeña cantidad de carmesí y azul pálido sobre un fondo grisáceo. En algún punto el dibujo parecía desplazado y había en ese punto un movimiento de vibración de los colores.
Hapley echó bruscamente hacia atrás la cabeza y miró con los dos ojos. Se quedó con la boca abierta de asombro.
¡Era una polilla o mariposa grande con las alas extendidas al estilo de una mariposa!
Era raro que estuviera en la habitación, pues las ventanas estaban cerradas. Raro que no hubiera atraído su atención cuando revoloteaba hacia su posición actual. Raro que hiciera juego con el mantel. Todavía más raro para él, Hapley, el gran entomólogo que le fuera completamente desconocida. No había error. Gateaba lentamente hacia el pie de la lámpara.
—Un nuevo género. ¡Cielos! Y en Inglaterra —exclamó Hapley mirando fijamente.
Entonces pensó súbitamente en Pawkins. Nada le habría enloquecido más a Pawkins… Pero Pawkins estaba muerto.
Algo en torno a la cabeza y el cuerpo del insecto le sugería extraordinariamente a Pawkins, igual que había pasado con el rey del ajedrez.
—¡Maldito Pawkins! —dijo Hapley—, pero tengo que cogerlo. Y buscando a su alrededor algún medio de capturar la polilla, se levantó despacio de la silla. De repente el insecto se elevó, golpeó el borde de la pantalla —Hapley oyó el «ping»— y se desvaneció en la sombra.
En un momento Hapley había quitado la pantalla de un mandoble, de manera que toda la habitación estaba iluminada. La cosa había desaparecido, pero pronto su experimentado ojo la detectó sobre el papel de la pared junto a la puerta. Fue hacia ella utilizando la pantalla para capturarla. Sin embargo, antes de que estuviera a la distancia adecuada para descargar el golpe, se había elevado y estaba revoloteando por la habitación. Voló, como las de su especie, con repentinas arrancadas y giros que parecían esfumarse por aquí y reaparecer por allá. Una vez Hapley golpeó y falló, y después otra. La tercera vez dio al microscopio. El instrumento se balanceó, golpeó y tiró la lámpara y cayó ruidosamente al suelo. La lámpara cayó sobre la mesa, y, afortunadamente, se apagó. Hapley quedó a oscuras. Con un sobresalto, sintió a la extraña polilla chocando contra su cara.
Era enloquecedor. No tenía luz. Si abría la puerta de la habitación el insecto se escaparía. En la oscuridad vio con toda claridad a Pawkins riéndose de él. Pawkins siempre había tenido una risa hipócrita. Juró furiosamente y dio un pisotón contra el suelo. Sonaron tímidos golpes a la puerta. Luego ésta se abrió muy despacio, aproximadamente un pie quizá. El alarmado rostro de la patrona apareció tras la llama rosa de la vela. Llevaba puesto un gorro de dormir sobre el pelo gris y cierta prenda color púrpura sobre los hombros.
—¿Qué fue ese espantoso golpe? —preguntó—. ¿Se ha…?
La extraña polilla apareció revoloteando por el resquicio de la puerta.
—¡Cierre la puerta! —gritó Hapley, y bruscamente se abalanzó sobre ella.
La puerta se cerró con un rápido portazo. Hapley se quedó solo en la oscuridad. Luego en la pausa oyó a la patrona subir corriendo las escaleras, cerrar la puerta con llave, arrastrar algo pesado por la habitación y ponerlo contra ella.
Hapley se dio cuenta de que su conducta y su aspecto habían sido extraordinarios y alarmantes.
—¡Maldita polilla! ¡Maldito Pawkins!
No obstante era una pena perder ahora la polilla. Fue a tientas al vestíbulo y encontró las cerillas después de mandar su sombrero al suelo con un ruido como el de un tambor. Con la vela encendida volvió a la sala de estar. No se veía polilla alguna. Sin embargo, una vez pareció por un momento que la cosa estaba revoloteando en torno a su cabeza. De manera totalmente repentina, Hapley decidió dejar la polilla e irse a la cama. Pero estaba excitado. Toda la santa noche el sueño fue interrumpido por pesadillas de la polilla, Pawkins y la patrona. Durante la noche se levantó de la cama dos veces y metió la cabeza en agua fría.
Una cosa tenía clara. Su patrona no podría entender nada de la polilla, especialmente dado que había fracasado en su captura. Nadie más que un entomólogo entendería bien cómo se sentía. Probablemente estaba aterrorizada por su comportamiento, y sin embargo no veía cómo podía explicárselo. Decidió no decir nada más sobre los sucesos de la última noche. Después del desayuno la vio en el jardín y decidió salir a hablar con ella para tranquilizarla. Le habló de habas, patatas, abejas, orugas y el precio de la fruta. Ella respondió a su manera habitual, pero le miró algo sospechosamente y siguió caminando al tiempo que él avanzaba de forma que siempre había una mata de flores o una hilera de habas o algo de ese tipo entre ellos. Después de un rato comenzó a sentirse particularmente irritado por esto, y para ocultar su vejación entró en casa y pronto salió a dar un paseo.
La polilla o mariposa, arrastrando un extraño sabor a Pawkins con ella, siguió entrometiéndose en ese paseo, aunque hizo todo lo que pudo para mantener la mente alejada de ella. Una vez la vio con toda claridad, con las alas aplastadas contra el viejo muro de piedra que corre por el límite oeste del parque, pero al acercarse a él observó que se trataba sólo de dos trozos de liquen gris y amarillo.
—Esto —dijo Hapley— es lo contrario del mimetismo. En lugar de una mariposa con aspecto de piedra, he aquí una piedra que se parece a una mariposa.
Una vez algo saltó y revoloteó alrededor de su cabeza, pero mediante un esfuerzo de la voluntad se quitó de nuevo esa impresión del pensamiento. Por la tarde Hapley hizo una visita al Vicario y discutió con él de cuestiones teológicas. Estaban sentados en la pequeña pérgola cubierta de brezo y fumaban mientras discutían.
—Mire esa polilla —indicó Hapley bruscamente apuntando al borde de la mesa de madera.
—¿Dónde? —preguntó el Vicario.
—¿No ve una polilla sobre el borde de la mesa, allí? —inquirió Hapley.
—Desde luego que no —respondió el Vicario.
Hapley quedó como partido por un rayo. Jadeó. El vicario le miraba fijamente. Estaba claro que el hombre no veía nada.
—El ojo de la fe no es mejor que el ojo de la ciencia —dijo Hapley con torpeza.
—No comprendo su punto de vista —intervino el vicario pensando que era parte de la discusión.
Esa noche Hapley encontró la polilla gateando por la colcha. Se sentó en el borde de la cama en mangas de camisa y razonó consigo mismo. ¿Era una pura alucinación? Él sabía que estaba durmiendo y luchaba por su cordura con la misma silenciosa energía que anteriormente había desplegado con Pawkins. Los hábitos mentales son tan persistentes que él sentía como si todavía se tratara de la lucha con Pawkins. Conocía bien la Psicología. Sabía que semejantes ilusiones visuales ciertamente aparecen como resultado de tensiones mentales. Pero la cuestión estaba en que él no sólo vio la polilla, la había oído cuando tocó el borde de la pantalla y después cuando golpeó contra la pared, y había sentido que le golpeaba la cara en la oscuridad.
La miró. No era en absoluto como un sueño, sino perfectamente clara y con aspecto sólido a la luz de la vela. Vio el peludo cuerpo, las cortas antenas plumosas, las articuladas patas, incluso un sitio donde el plumón estaba borrado por el ala. Repentinamente se sintió furioso contra sí mismo por tener miedo de un pequeño insecto.
La patrona había hecho dormir a la sirvienta con ella esa noche porque tenía miedo de estar sola. Además había cerrado la puerta con llave y puesto la cómoda contra ella. Escuchaban y hablaban en susurros después de ir a la cama, pero no ocurrió nada que las alarmara. Hacia las once se habían aventurado a apagar la vela y las dos se habían quedado dormidas. Despertaron con un sobresalto y se irguieron en la cama escuchando en la oscuridad.
Entonces oyeron ruido de zapatillas que iban de acá para allá en la habitación de Hapley. Cayó una silla y hubo un violento raspado de la pared. Luego un adorno de porcelana de la chimenea se hizo pedazos contra el guardafuego. De repente la puerta de la habitación se abrió y le oyeron en el descanso. Se pegaron la una a la otra, escuchando. Parecía que estaba bailando en la escalera. Ya bajaba tres o cuatro peldaños rápidamente ya los subía de nuevo, luego bajaba apresuradamente hasta el vestíbulo. Oyeron caer al paragüero y romperse el montante de la puerta. Después el cerrojo saltó y sonó el ruido de la cadena. Estaba abriendo la puerta.
Corrieron a la ventana. Era una noche gris y oscura. Una lámina casi continua de acuosas nubes cruzaba la luna y el seto y los árboles de delante de la casa destacaban en negro contra la carretera pálida. Vieron a Hapley con aspecto de fantasma en camisa y pantalones blancos corriendo de acá para allá en la carretera dando golpes al aire. Ya se paraba, ya se lanzaba rápidamente contra algo invisible, ya se movía sobre ello con sigilosas zancadas. Finalmente desapareció de la vista carretera arriba hacia la colina. Luego, mientras discutían quién debía bajar a cerrar la puerta con llave, volvió. Caminaba muy deprisa, entró directamente en la casa, cerró la puerta con cuidado y subió tranquilamente a su dormitorio. Entonces todo quedó en silencio.
—Señora Colville —dijo Hapley bajando la escalera a la mañana siguiente—, espero no haberla alarmado anoche.
—Ni que lo diga —respondió la señora Colville.
—El hecho es que soy sonámbulo y durante las últimas dos noches he estado sin mi medicina para dormir. No hay nada de que alarmarse realmente. Siento haber hecho tanto el ridículo. Cruzaré la colina hasta Shoreham para conseguir la medicina que me haga dormir bien. Debí haberlo hecho ayer.
Pero a medio camino por la colina, junto a las canteras de creta, la polilla se le presentó de nuevo a Hapley. Éste continuó, tratando de mantener el pensamiento concentrado en problemas de ajedrez, pero no servía de nada. El insecto le revoloteó en la cara y él le lanzó un golpe con el sombrero en defensa propia. Luego, la rabia, la vieja rabia, la rabia que había sentido contra Pawkins, le dominó de nuevo. Siguió saltando y atacando al insecto que se movía en remolinos. Súbitamente pisó en el aire y cayó de bruces.
Hubo un vacío en sus sensaciones y Hapley se encontró sentado sobre un montón de pedernales delante del comienzo de los pozos de yeso con una pierna torcida debajo de él. La extraña polilla estaba todavía revoloteando en torno a su cabeza. La golpeó con la mano y volviendo la cabeza vio a dos hombres que se le acercaban. Uno era el médico del pueblo. A Hapley le pareció buena suerte. Después le vino a la cabeza con extraordinaria viveza que nadie sería capaz de ver la extraña polilla jamás excepto él y que le interesaba mantener silencio sobre ella.
No obstante, aquella noche, ya tarde, después de componerle la pierna rota, estaba febril y se olvidó de dominarse. Yacía tumbado en la cama y empezó a recorrer la habitación con la vista para ver si la polilla estaba todavía por allí. Intentó no hacerlo, pero sin resultado alguno. Pronto la avistó descansando muy cerca de su mano, junto a la lámpara de noche, sobre el mantel verde. Las alas temblaban. Con un brusco arrebato de ira la golpeó con el puño y la enfermera se despertó con un chillido. Había fallado.
—Esa polilla —dijo y añadió luego—. Imaginaciones mías. ¡Nada!
Todo el tiempo pudo ver con entera claridad que el insecto andaba por la cornisa y cruzaba lanzado la habitación, y también pudo ver que la enfermera no veía nada y le miraba de forma extraña. Tenía que controlarse, sabía que estaba perdido si no se controlaba. Pero a medida que avanzaba la noche le subió la fiebre y el mismísimo terror que tenía de ver la polilla le hizo verla. Hacia las cinco, justo cuando la aurora estaba gris, trató de levantarse de la cama para cogerla a pesar de que la pierna le ardía de dolor. La enfermera tuvo que forcejear con él.
Por culpa de ello le ataron a la cama. En esa situación la polilla se tornó más osada y una vez la sintió posándosele en el pelo. Entonces, como golpeó violentamente con los brazos, se los ataron también. A continuación la polilla vino a gatear por su rostro y Hapley juró, gritó, les suplicó en vano que se la quitaran de encima.
El médico era un imbécil, un médico de cabecera que acababa de licenciarse y completamente ignorante en psicología. Y sencillamente decía que no había ninguna polilla. De haber tenido algo de ingenio quizás hubiera podido todavía salvar a Hapley de su destino aceptando su alucinación y tapándole la cara con una gasa como suplicaba que le hicieran. Pero, como digo, el médico era un zopenco y hasta que se curó la pierna a Hapley le mantuvieron atado a la cama con la polilla imaginaria gateando sobre él. Nunca le abandonó cuando estaba despierto y en sus sueños creció hasta convertirse en un monstruo. Cuando estaba despierto anhelaba dormir y del sueño se despertaba gritando.
Así que ahora Hapley pasa el resto de sus días en una habitación acolchada obsesionado por una polilla que nadie más puede ver. El médico del asilo lo llama alucinación, pero Hapley cuando se encuentra mejor de ánimo y puede hablar dice que es el fantasma de Pawkins, y consecuentemente un espécimen único que merece la pena capturar.

H.G. Wells, La polilla (1895) “The Moth”

H.G. Wells

Los ciegos de Wells y de Saramago

Los libros nunca están aislados, entre ellos hay sutiles conexiones como neuronas en un complejo y casi ilimitado laberinto de memorias. A veces estas conexiones son conscientemente buscadas por los autores, en otras ocasiones, en cambio, el azar o la simple exploración de una misma idea por caminos distintos, juegan un papel decisivo. El lector siempre está invitado a intentar deshacer esta madeja que no deja de enredarse, a buscar los nudos que sostienen esta tupida red que forma parte de nuestra cultura. Y aquí, la experiencia personal, el viaje literario que cada lector ha seguido desde su primera lectura hasta la más reciente, es su única guía. 
Buscando algunas claves del origen del relato fantástico me he encontrado con el cuento de H.G. Wells titulado “El país de los ciegos” y no he podido evitar compararlo con el “Ensayo sobre la ceguera” de J. Saramago. 
¿Qué paralelismos hay entre ambas obras? El tiempo y el espacio en el que fueron escritas son evidentemente diferentes, como también lo es su desarrollo: una un relato concentrado y la otra una novela extendida. Pero ni la distancia de casi cien años que las separa ni sus distintas dimensiones, unas diez veces más extensa la obra de Saramago, son aquí importantes. En sendas obras los autores parecen buscar un mismo objetivo: poner en evidencia las contradicciones de las sociedades humanas y, más que ninguna otra, la occidental. Esto hace que el cuento de Wells se presente tan actual como la novela de Saramago. Y en ambos casos, utilizan la ceguera, la pérdida de uno de los sentidos más valiosos en la supervivencia del hombre, para indagar en el conocimiento del hombre y de la sociedad. 
Si comparamos los argumentos y la forma de desarrollarlos podemos ver ciertos encuentros y algunos desencuentros. En el cuento de Wells, en un tiempo anterior al que se desarrolla la historia, un pueblo entero queda aislado y ciego de modo que las generaciones siguientes a ese suceso no conocen lo que es ver y se desenvuelven con naturalidad, en su ceguera congénita, dentro de un mundo constreñido de tactos, sonidos y olores, que es el único universo que para ellos existe. En la novela de Saramago, la ceguera es una especie de enfermedad que se va propagando aceleradamente a todos los habitantes a medida que la historia es narrada. Eso hace que los afectados se encuentren desprotegidos en un mundo que han dejado de comprender y que las condiciones de su vida se deterioren progresivamente. Por tanto, la sociedad de ciegos de Wells es autosuficiente y la de Saramago dependiente. 
El autor británico para conseguir dar mayor realismo a su cuento, lo ubica espacial y temporalmente de modo preciso; Saramago, en cambio, prefiere que su novela se desarrolle en un lugar indeterminado en algún momento de la segunda mitad del siglo XX. Wells busca la rareza de lo singular mientras que es el carácter universal lo que explora el autor portugués. Esto se hace más evidente cuando observamos que el primero da nombres a todos los personajes mientras que segundo se refiere a ellos no por sus nombres sino por su profesión, su aspecto, su relación con los demás o por cualquier atributo. 
En ambas obras el protagonista es un personaje que, a diferencia del resto, puede ver, es vidente. Núñez es el montañero que tras un accidente encuentra por azar el país de los ciegos de Wells y la mujer del médico es el personaje de Saramago que se libra de la ceguera. En Saramago la ceguera es una limitación, en Wells es la capacidad de visión lo que impide que el protagonista se integre en la sociedad, pero la diferencia está en que la sociedad de Saramago pertenece a un mundo de videntes habitado ahora por ciegos y la de Wells se desarrolla en un país de ciegos poblado por ciegos. Por eso la mujer del médico ayuda a los ciegos a sobrevivir en un mundo hostil para ellos, su capacidad de ver les aporta humanidad, mientras que en la obra de Wells los ciegos tienen que ayudar a subsistir a Núñez porque éste se desenvuelve con extremada torpeza en la vida cotidiana y noctámbula de aquel lugar y la solución que encuentran para integrarle en su vida no es otra que privarle de aquello que le diferencia del resto: sus ojos. También sus actitudes a la hora de enfrentarse a una sociedad ciega son distintas: mientras que Núñez en los primeros momentos y de forma ingenua piensa que en un país de ciegos él será un líder por su capacidad de ver (“en el país de los ciegos tuerto es el rey” se repite a sí mismo), la mujer del médico, por el contrario, mantiene discretamente su secreto durante un tiempo. Núñez intenta explicar lo que ve con sus ojos y le toman por un loco y sólo le aceptan, en un gesto altruista de caridad hacia un ser con facultades mermadas, cuando éste comienza a someterse a sus normas sociales. En la novela de Saramago, en cambio, los locos salen del manicomio para encontrarse una sociedad sumida en el caos y la locura y es la caridad de la mujer del médico la que les dirige para hacerles la vida algo más fácil. 
Los personajes de Saramago son conscientes de su ceguera porque antes de la epidemia fueron videntes, en cambio los de Wells no saben ni quieren saber lo que es la vista. A pesar de sus agudísimos oídos, están sordos a los argumentos de Núñez, a todo lo que va en contra de sus certezas. No prestan atención al protagonista y le toman por un salvaje al que cambian incluso su nombre llamándole Bogotá por lo ridículo que les parece la palabra que tanto repite al explicar su origen. 
En las dos obras se pone en evidencia la absoluta dependencia del hombre a la sociedad que él mismo ha creado; no en vano, el hombre es ante todo un animal social. El ciego, como apunta Saramago, es un inadaptado en una sociedad vidente; pero el vidente es un inadaptado en una sociedad construida por ciegos como destaca Wells. 
Cuando los ciegos de Saramago recuperan la visión se dan cuenta de que a pesar de percibir con el sentido de la vista siguen estando ciegos en este mundo, en esta sociedad alejada de la naturaleza que incluso, en su forma más instintiva y primitiva, les unía como grupo cuando estaban ciegos. El personaje de Wells desde lo alto de la montaña, cuando logra escapar del valle, se alegra con orgullo de no haber sucumbido, aunque estuvo a punto de hacerlo por amor, a esa sociedad cerrada y sorda de ciegos. Una sociedad que, como la nuestra, no quiere conocer otra realidad que no sea la suya, la que se ha conformado generación tras generación en su permanente ceguera hacia otros mundos posibles. 
Tanto Saramago como Wells, aunque con mejor prosa en el primero, nos muestran el ser humano tal cual es, con su naturaleza social contingente, con la invalidez de que adolece cuando deja de pertenecer a la sociedad, a las masas, a la norma, cuando se reconoce como un ser extraño en un mundo de extraños.