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Julia Otxoa, Agradecimiento

Agradecimiento
Hortensia Salazar recogió de la tintorería el abrigo rojo que días atrás había dejado para limpiar, el abrigo traía en su bolsillo izquierdo una pequeña carta dirigida a ella, se le invitaba a acudir a una misteriosa cita en la playa, el martes doce a las tres de la tarde.
La dama picada por la curiosidad acudió a la cita y esperó por espacio de tres largas horas, cuando cansada e indignada se disponía a marcharse, un niño le entregó otra carta de color verde, en ella, el misterioso personaje, que firmaba con las iniciales A. Z. se excusaba por no haberse presentado y le volvía a convocar para dentro de siete días en los jardines de la catedral.
Hortensia Salazar guardó fidelidad ininterrumpida durante más de veinte años a los sucesivos requerimientos a pesar de que a ellos jamás acudió nadie.
Gracias a la diversidad geográfica de las citas, la paciente dama llegó a conocer perfectamente todos los rincones de su ciudad, y cuando murió ya centenaria, lo hizo quedando profundamente agradecida a aquel desconocido que durante tantos años había llenado su vida, manteniendo viva en ella la llama de la pasión por lo ignoto e inasequible.
Julia Otxoa, Agradecimiento.



 
Julia Otxoa

Frase, Julia Otxoa

Frase
Recordaba la frase, la había visto sobre el desconchado muro que cercaba un solar vacío en las afueras de la ciudad. Ocurrió hace ya mucho tiempo, cuando apenas contaba diez años.
A lo largo de toda su vida la rememoró muchas veces, pero nunca pudo entender su significado. Sólo ahora, ya muy anciano, postrado en el lecho y extremadamente débil y enfermo, había logrado por fin descifrarla. Pero casi al mismo tiempo asaltó su fatigada mente una terrible pregunta: «¿Qué había detrás de la última palabra? ¿Una coma, un punto, puntos suspensivos?».
El sentido de la frase dependía de aquello, pero el anciano por más que lo intentaba no alcanzaba a recordarlo. Además, ahora apenas podía pensar con claridad, todo se le mezclaba en un confuso torrente de fragmentos. En medio de la fiebre, cual mudo espectador, asistía a la película de su vida.
Sólo poseía clara la certeza de que ya no tenía tiempo para averiguar con qué clase de signo ortográfico concluía la frase. Exhausto por el esfuerzo, cayó sumido en un profundo letargo. Soñó ser un desconchado muro cercando un solar vacío, inscrita en él una frase que un niño con atención leía...
Julia Otxoa, Frase.

Julia Otxoa