Hongos y animales

Marianne Moore decía que sus estudios de biología le sirvieron decisivamente para su poesía. En muchos de sus poemas recurre a diversas especies de animales para reflexionar sobre comportamientos y obsesiones humanas, sobre los deseos y la aceptación de nuestros propios límites. Esta misma idea es la que utiliza Guadalupe Nettel en su libro de relatos El matrimonio de los peces rojos, con el que ganó el III Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. Son cinco historias livianas, de una personal atmósfera, que ponen en evidencia, con ironía y agudeza, algunos aspectos de la conducta humana. En cuatro de ellas los protagonistas se vinculan a distintas especies de animales, calladas y cercanas, capaces de reflejar como espejos las tensiones domésticas y las crisis de pareja. En otro, son los hongos los que irrumpen invadiendo su intimidad para mostrar una relación absorbente. Una pareja de peces Betta, en su entorno cerrado, afronta el conflicto entre sus instintos de reproducción y territorialidad; en el exterior de su universo de cristal un matrimonio encara el nacimiento de su hija y el distanciamiento de la pareja en etapas sucesivas y paralelas a la disyuntiva ictiológica. Un reservado y huidizo profesor de biología relata su experiencia infantil tras la separación de sus padres y, con cierta herencia de realismo mágico, manifiesta las diferencias de dos clases sociales que cohabitan sin convivir en una misma casa hasta que una invasión de cucarachas les une para conseguir un propósito común. Una brillante estudiante de doctorado adora a sus gatos y, gracias a ellos, es capaz de tomar decisiones sobre sentimientos tan elementales como la maternidad que la enfrentan a lo que la razón le dicta. Una violinista tiene una apasionada relación sentimental que le lleva a parasitar a su nueva pareja de la misma forma que lo hacen los hongos que han invadido su entrepierna y que le revelan una nueva forma de soportar la ausencia de su amado. Por último, un escritor de teatro busca sus raíces y descubre un amor tardío que le lleva a renovarse y a aislarse del mundo junto a una venenosa serpiente de Beijing. 
Entre sus líneas se puede ver a Cortázar en la distancia y, aún más allá, al propio Kafka con seres que irrumpen en la vida de los personajes y la transforman por completo. Quizás algo más cercano esté Arreola y su Migala y otros cuentistas que han seguido su estela. Guadalupe Nettel elige un entorno cotidiano en el que se asientan animales y hongos cargados de simbolismo para crear mundos sutiles donde los personajes, con sentimientos abatidos, se encuentran en encrucijadas trascendentes. Algún biólogo podría sonreír al leer algunas afirmaciones que arrastran los textos, aunque eso no debe importarnos si participamos del lúcido juego literario que nos propone la autora, con una prosa sencilla, sobria y muy medida con la que consigue generar expectativas que se resuelven a veces de forma esperada, y que nos mantiene atrapados hasta el final del relato.










El matrimonio de los peces rojos
Guadalupe Nettel 

Páginas de Espuma, 2013

Futuro evadido

Son cada vez más frecuentes las fusiones de géneros literarios, el relativismo, la mutabilidad de las formas narrativas. A menudo, como pone de manifiesto Franca Sinopoli, esta diferenciación intergenérica es sólo un convencionalismo útil para el estudio y el análisis literario pero poco debe de influir en los escritores. Artefactos, puede ser una novela pero también un libro de relatos consecutivos con historias completas e independientes. Para esto sólo es necesario obviar las relaciones y conexiones internas de los personajes entre los distintos capítulos que hacen que finalmente todo encaje como en un rompecabezas. Pero esa no es la única transgresión de Carlos Gámez; aquí se mezcla la ciencia ficción con el realismo sucio y la teoría científica con la imposibilidad tecnológica. Las ciudades y los países han perdido sus nombres, en el mundo han proliferado artefactos que nos ofrecen una nueva realidad, con tutoras virtuales que nos excitan y nos ayudan a estudiar, con máquinas que dirigen nuestros sentimientos, con psicotrópicos y neurocircuitos integrados que se pueden conseguir de contrabando. Los seres humanos viven sin tener una conciencia individual y la mecánica cuántica pervierte sus relaciones. Los personajes se hunden emocionalmente si les falta la extraña tecnología que les sirve como escape y sueñan con poder convertirse en yonquis cuando el gobierno les deje jubilarse para escapar así del tedio y de las miserias que guarda la vejez; pero no por eso renuncian a la lectura de Irvine Welsh o de Bukowski. En estos tiempos deshumanizados los programas de telebasura pueden llenar el tiempo de los protagonistas e incluso cambiar el rumbo de sus vidas. Y en un giro metaliterario una narradora confiesa lo incontrolable de un personaje delincuente al que le gustan las rumbas y explica cómo con un neurochip es capaz de bucear en la memoria del protagonista. Gámez, utilizando un argot urbano, nos presenta, en ocasiones con humor, su visión pesimista de la humanidad, enfrentada a sus propias incongruencias y contradicciones, y el desolador futuro al que nos puede conducir la tecnología donde la única salida posible es la evasión. Con esta obra el autor obtuvo el IX Premio Cafè Món.













Artefactos
Carlos Gámez 

Editorial Sloper, 2012

A la espera del adjetivo

El 27 de junio de 1919 Franz Kafka, que había escrito diarios desde 1910, retoma sin demasiado entusiasmo este ejercicio después de leer sus viejos cuadernos de años pasados. Tres días después, paseando junto a una mata de jazmines por el Parque Rieger en compañía de su novia, con el corazón alborotado, se sintió mentiroso en sus suspiros pero veraz en su proximidad, en su confianza, en su sensación de estar protegido. Lejos de allí, unas horas antes, Josep Pla deambulaba en una noche calurosa por los barrios bajos de Barcelona y, como Kafka, pensaba que a menudo mentía sin justificación y era pésima la opinión que tenía de sí mismo. Esta es una de las escasas coincidencias de ambos diarios. Después Kafka no escribió nada más que unas enigmáticas frases hasta el mes de diciembre, mientras que Pla terminó El Cuaderno gris un 15 de noviembre, dos días antes de partir hacia París. Maurice Blanchot explicaba que los escritores que se someten a la disciplina de un diario, donde se ordenan cronológicamente los sucesos cercanos, los estados de ánimo o los pensamientos, son los más literarios porque lo escriben por angustia ante la experiencia extrema de la literatura. Escriben por la necesidad de salvar los días del olvido pero es la propia escritura la que altera esos momentos que intentan salvar. Así es como, en ocasiones, llegan a mostrarnos abiertamente al escritor y su pasión desnuda por la literatura. Sin embargo, mientras que el diario de Kafka puede resultar incompleto como documento de época, El Cuaderno gris de Pla refleja, igual que ocurre en el de André Gide, otro contemporáneo suyo, aspectos de su personalidad, sus gustos, sus ideales pero muy especialmente los paisajes y nos retrata un país convulsionado por crisis políticas y sociales a través de su experiencia diaria, sin perspectiva temporal. Esto es precisamente lo que, según Juan Villoro, busca un lector que decide leer un diario biográfico donde sabe que no encontrará grandes aventuras y menos aún ingeniosos enigmas que desvelar. Lo literario de estos diarios no está en lo que dicen sino en cómo lo dicen y en su capacidad de hacer trascender hechos que pueden ser banales pero que nos dibujan con nitidez una particular visión de la vida. A diferencia de las autobiografías, en las que los escritores hacen un ejercicio de evocación, donde la memoria, de modo consciente o inconsciente, filtra y distorsiona los hechos pasados bajo la influencia de experiencias posteriores, con los diarios se retrata el instante tal y como se vive para evitar precisamente que lo cotidiano huya de la memoria por su natural fugacidad. 
Josep Pla comienza su diario en marzo de 1918, el día que cumple veintiún años. Debido a la mortífera gripe clausuran la universidad y regresa a Palafrugell, el pueblo en el que nació. En las primeras páginas relata su infancia, la felicidad robada, la que recuerda y la que le contaron. Sin añorar Barcelona, alude con frecuencia a la forma de ser de sus paisanos, de la gente del país, a los pequeños y grandes placeres de su vida como sus lecturas, las conversaciones con los amigos o el ressopo, esa comida de los trasnochadores después de la media noche. Rescata parte de la memoria de sus antepasados, de su genealogía que califica de gris y vulgar, con poco apego por los libros. Conversa en las tertulias sobre sus ideas políticas y sorprende lo actual de su pensamiento en relación a las trampas del capitalismo y a la labor de los banqueros. Hace críticas mordaces de la sociedad y habla sin tapujos del desasosiego y la atracción que le provocan las mujeres. Le preocupa especialmente la larga guerra y se indigna del beneficio económico que algunos obtienen de ella. Describe con precisión sus viajes, sabe captar los instantes con adjetivos como un fotógrafo de la palabra. El paisaje le hace pensar, la montaña, el mar, la influencia de la meteorología en el comportamiento, la fauna local y las mascotas que se pasean indiferentes por el jardín. Josep Pla es un gran lector. Le entusiasma la filosofía y lee entre otros a Montaigne, Platón, Rousseau, Nietzsche o Kierkegaard, otro diarista. A pesar de su pasión por la literatura confiesa su escasa afición a leer novelas, le aburren los desenlaces largos y piensa que la mayoría de ellas ganarían si no tuviesen fin. Pero a pesar de eso, menciona y, en no pocas ocasiones, hace agudos comentarios críticos y hasta subversivos sobre grandes autores de diferentes épocas como Goethe, Proust, Homero, Dostoievski, Remy de Gourmont, Stendhal, Baroja o Tolstoi entre otros posibles y destaca autores de las letras catalanas como Josep Carner, Santiago Rusiñol, Narcis Oller, Eugeni d’Ors o Francesc Pujols. 
A principios de 1919 regresa a Barcelona y en el viaje piensa en lo inútil de su cuaderno gris. Le cuesta romper los papeles. Son numerosas las veces que le asaltan las dudas sobre su futuro y sobre la escritura. Se queja de los días estériles y perdidos. Reconoce con humildad su incapacidad para escribir poesía. Se ofusca cuando no encuentra el adjetivo preciso y admite la dificultad de escribir y publicar en catalán a la que considera una lengua dura, de difícil manejo. Su amigo Alexandre Plana, otro de los grandes escritores catalanes, le abre los ojos y se separa del novecentismo, de la retórica exagerada y su prosa se hace entonces más clara, más sencilla, más brillante y muy personal. En Barcelona asiste al Ateneo, termina sus estudios, come mal, padece la gripe, da sus primeros pasos en el periodismo, hace sus primeras traducciones, salva del suicidio a una joven, es testigo de los problemas sociales que desencadenan la ocupación militar y se evade paseando por La Rambla deteniéndose a contemplar a las hermosas mujeres que se cruzan en su camino. En el mes de noviembre le proponen ir a París de corresponsal y dos días después abandona su diario.
Josep Pla revisó sus diarios antes de publicarlos varias décadas después de ser escritos. Posteriormente, Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros lo tradujeron al castellano y, en esta nueva edición, Narcís Garolera lo revisa minuciosamente. El cuaderno gris nos revela cómo surge uno de los más grandes escritores del siglo XX. Por momentos nos recuerda a Perec, a Pitol, o a Vila-Matas al mostrarnos, igual que hizo Kafka con su diario, la íntima e inquebrantable relación de su vida con la literatura.














El cuaderno gris. Un dietario 
Josep Pla 
Traducción: Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros
Edición de Narcís Garolera
Ediciones Destino. 2012

Guillermo Arriaga, Rogelio

Rogelio
A Alan Page
Rogelio no se percataba de que ya estaba muerto o se resistía sencillamente a aceptarlo. Por ello, una y otra vez, se salía de la fosa donde estaba enterrado y no era raro encontrárselo comiendo en algún restaurante cercano al cementerio. En algunas ocasiones nos iba a visitar al Retorno y se pasaba largas horas platicando sobre los viejos tiempos. Sin duda varios de nosotros tratábamos de convencerlo de que ya era un cadáver y que apestaba bastante. No nos hacía caso y con una desfachatez increíble se presentaba en cualquier lugar y a cualquier hora. Una noche lo acompañé de vuelta al panteón. Charlamos un buen rato sobre todas aquellas experiencias que habíamos compartido cuando él aún vivía. Compramos unas cuantas cervezas y nos emborrachamos. Nos divertimos. Nos reímos. Gozamos. Lloramos. Al amanecer se despidió con una sonrisa. Se acomodó en su ataúd y cerró la tapa. Nunca más volví a saber de él, porque esa madrugada morí atropellado y mi mujer... mi mujer decidió incinerarme.
Guillermo Arriaga, Rogelio














Retorno 201
Guillermo Arriaga

Páginas de Espuma, 2005

Caminando por el tiempo

Borges utilizaba la metaficción como uno de los principales ejes de sus narraciones; defendía que la escritura es un complejo entramado del devenir continuo de la literatura del pasado y del presente, nos empujaba a los laberintos del tiempo y nos presentaba universos irreales. Todos estos elementos forman parte de los recursos que con gran destreza maneja Juan Gómez Bárcena en su libro de relatos Los que duermen. Aquí se perciben lecturas de grandes obras como Las mil y una noches y de autores como Homero, Swift o Cortázar entre otros. Se trata de una colección de cuentos que pivotan sobre los conceptos del tiempo y el valor de la palabra. En Cuaderno de bitácora, unos navegantes son arrastrados hasta un pueblo en el que cada palabra tiene un precio y sólo aquel que posee riqueza puede tener un gran vocabulario, como si en los límites de su lenguaje estuvieran, parafraseando a Wittgenstein, los límites de su mundo. En los relatos siguientes los personajes avanzan hacia el este para escapar del destino retrocediendo en el tiempo aunque su historia se resuelva en el periodo de una vida real. El autor utiliza el nivel de abstracción histórica propia de los mitos y los personajes se enfrentan a sí mismos en la soledad de sus penurias. El presente abre puertas que oculta el pasado remoto y muestra el futuro, con máquinas que miran al cielo esperando a los dioses, en Zigurat, el “topocosmos” del que hablaba Kermode. El sinsentido y la mentira del Tercer Reich también asoman con un idílico campo de concentración. Aparecen fantasmas antiguos que intentan organizar el caos del mundo. Se nos muestra la mentira cruel, la perversidad innecesaria de una hija con su madre en el tedio de la convivencia. Y en los últimos relatos llegamos al final apocalíptico de los tiempos donde los protagonistas tienen la necesidad de mirar al pasado para intentar resolver preguntas sin respuestas sobre sentido de la existencia o el papel del hombre en el mundo. Algunos hechos y algunos personajes irrumpen en distintos relatos para mantener un hilo conductor a lo largo de todo el libro. Son textos imaginativos, condensados, que no renuncian a la insinuación lírica ni al poder de la sugestión y que guardan el misterio de las grandes narraciones que nos hacen disfrutar a los amantes del cuento.













Los que duermen
Juan Gómez Bárcena 

Editorial: Salto de Página, 2012.

El reflejo del resentimiento

Si admitimos, como parece que ocurre en los foros académicos, que el microcuento es en la actualidad un género narrativo independiente del cuento, debemos asumir que sus diferencias están en algo más que su obvia brevedad y concisión. Ramón Gómez de la Serna hizo sus primeras aproximaciones simplificando al máximo el cuento, destilando a su mínima expresión su esencia narrativa. Estas pequeñas formas de ficción en prosa suelen venir caracterizadas por elementos fundamentales como la elipsis, la tensión en el clímax, la intertextualidad, el juego ambiguo, o el giro sorpresivo que permiten, no obstante, que exista una gran diversidad de formas, estilos y temas en torno a este género tan representativo del tiempo en el que vivimos. Sin ningún encorsetamiento teórico María Teresa Morales nos presenta un volumen editado con el cuidado artesanal que caracteriza a ediciones Depapel en el que se recoge una selección de cuentos y microcuentos cuyo eje central son las relaciones familiares. Desde la portada, se nos incita a adentrarnos en sus páginas con el sugerente título de Dulce Hogar y una imagen de una casa colorida en medio de un paisaje indefinido y su reflejo gris, lúgubre y enigmático, como si estuviera cargado de resentimiento, en una superficie de agua que se funde con ella. Es casi una evocación al cuento La casa inundada, del escritor uruguayo Felisberto Hernández, cuya excéntrica protagonista pone dos condiciones al narrador: que sepa remar y que escuche sus historias. Así, remando, vamos escuchando distintos microcuentos con distintas voces narrativas, algunos en la línea más pura de su definición, donde no faltan el desamor, el olvido, la venganza, el terror, la crueldad, la inseguridad o el sometimiento. Le siguen otros relatos en los que la prosa, sin dejar ser escueta, con su particular estilo directo, es más abundante, rellena algunos huecos y resuelve algunos enigmas pero en los que no se abandona la crítica y la denuncia a una sociedad injusta, donde se producen abusos, maltratos, donde cuesta aceptar la realidad y en la que se percibe soledad y desesperanza. La venganza y el resentimiento por la infidelidad son recurrentes en esta colección de cuentos que, como apunta en el prólogo Francisco A. Carrasco, muestran «una tremenda capacidad para crear atmósferas difíciles, ambiguas y angustiosas». Hay historias conmovedoras como la de una madre que ha perdido a su hijo, sueños que se vuelven contra los personajes que no encuentran refugio en el calor del hogar, complicidades de amigas que intentan llenar vacíos afectivos e intrigas del mundo rural. Navegando por esta colección de cuentos que surcan laberínticos espacios domésticos, conocemos la visión crítica del mundo de esta narradora cordobesa. Los textos están acompañados de ilustraciones cuidadosamente seleccionadas y elaboradas por el editor Manuel Patiño que contribuyen a aumentar el placer de su lectura.













Dulce Hogar
María Teresa Morales Rodríguez 
Ilustraciones: Manuel Patiño

Roberto Bolaño, Jim

Jim
Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado / Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.
Roberto Bolaño, Jim 













El gaucho insufrible
Roberto Bolaño
Editorial Anagrama, 2003

El hombre desnudo

Helen E. Fisher en su ensayo El contrato sexual habla de la importancia de la sexualidad en la evolución del hombre. Las mujeres, a diferencia de las hembras de otros mamíferos, han perdido el celo cíclico y éste se ha vuelto permanente por lo que, desde el punto de vista biológico, puede afirmarse que están dispuestas siempre para la cópula. Evolutivamente esta disposición logró conseguir vínculos estables con la pareja dando origen al sentido del parentesco, al altruismo y al lenguaje que son la base del comportamiento de nuestra especie y explica, en gran medida, el desarrollo de nuestra inteligencia, de nuestras sociedades y culturas. Ester, uno de los personajes de El luminoso regalo, podría encarnar la hipérbole de esta estrategia femenina para llevar la teoría a su máxima expresión. Es una bruja del siglo XXI, una amoral depredadora, incandescente y cruel, que posee un extraordinario poder para seducir a los hombres y su psicoanalista le enseña a controlar sus facultades, como si fuera su hechicero. Con este cautivador personaje arranca la última novela de Manuel Vilas que profundiza con audacia en la sexualidad más explícita, batailleana, pero sin dejar atrás posibles trazas místicas. Su principal protagonista, Victor Dilan, que toma el apellido del también falso nombre artístico de su idolatrado Bob Dylan, es un escritor, narcisista e insatisfecho, con tiempo libre suficiente para poder practicar el sexo de forma continua, al que le gustan mucho las mujeres, el alcohol y el valium. Su ambición, su codicia vital, es poder tener relaciones sexuales con todas las mujeres del mundo. Es un hombre que provoca ternura y atracción irresistible. En su huida de la soledad de la noche, se encuentra con Ester que le conducirá por caminos sin tabúes a una plenitud vital no exenta de peligros que acabará destruyéndolo. A lo largo de la novela aparece la imagen de un enigmático monolito —similar al de la película de Kubrick que inducía o era testigo de un trascendental salto evolutivo— con un código secreto que encierra, en su metáfora, el luminoso secreto de nuestra especie. Dilan, con su vampírica obsesión, entiende que en el sexo está la salvación y él es un enviado que ha venido al mundo para que las mujeres le hagan confesiones extraordinarias. Hay, además de juegos de metaficción, diversas referencias a las obras de escritores como Bronté, Kafka, Shakespeare o Whitman, entre otros, y guiños con títulos de capítulos como “Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien”, frase atribuida a Fitzgerald y que marcó existencialmente a Vilnius, el particular “Dylan” de Vila-Matas. Es precisamente aquí donde se produce un punto de inflexión, cuando Victor verbaliza lo que Elena, su mujer, ya sabe. A partir de ese momento el protagonista inicia su descenso a los infiernos, entra en una espiral de acontecimientos de los que no puede escapar pero que le ayudan a concretar su particular decálogo de sabiduría. Vilas, con ironía, nos habla de la ambigüedad de las relaciones humanas, de la libertad sexual, de las pasiones llevadas a sus límites, del fracaso de la comunicación en las parejas y con los hijos y, en un final inesperado, nos predice un futuro apocalíptico al término de nuestro siglo en el que las drogas activan la química del amor, en el que siguen existiendo las ballenas pero donde Bob Dylan está ya olvidado y el hombre y la mujer tan perdidos como lo han estado siempre desde que tomaron conciencia de su existencia.











El luminoso regalo
Manuel Vilas 
Alfaguara, 2013

H. P. Lovecraft, Dagón

Dagón
Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo. Pese a mi esclavitud a la morfina, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayan leído estas páginas atropelladamente garabateadas, quizá se hagan idea -aunque no del todo- de por qué tengo que buscar el olvido o la muerte.
Fue en una de las zonas más abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el paquebote en el que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario alemán. La gran guerra estaba entonces en sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido en su degradación posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a unos prisioneros navales. En efecto, tan liberal era la disciplina de nuestros opresores, que cinco días más tarde conseguí escaparme en un pequeño bote, con agua y provisiones para bastante tiempo.
Cuando al fin me encontré libre y a la deriva, tenía muy poca idea de cuál era mi situación. Navegante poco experto, sólo sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las estrellas, que estaba algo al sur del ecuador. No sabía en absoluto en qué longitud, y no se divisaba isla ni costa algunas. El tiempo se mantenía bueno, y durante incontables días navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la esperanza de que pasara algún barco, o de que me arrojaran las olas a alguna región habitable. Pero no aparecían ni barcos ni tierra, y empecé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella ondulante e ininterrumpida inmensidad azul.
El cambio ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a conocer los pormenores; porque mi sueño, aunque poblado de pesadillas, fue ininterrumpido. Cuando desperté finalmente, descubrí que me encontraba medio succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi alrededor, con monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el cual se había adentrado mi bote cierto trecho.
Aunque cabe suponer que mi primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación del paisaje tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentí más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la superficie putrefacta una calidad siniestra que me heló el corazón. La zona estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos identificables que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. Quizá no deba esperar transmitir con meras palabras la indecible repugnancia que puede reinar en el absoluto silencio y la estéril inmensidad. Nada alcanzaba a oírse; nada había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje me producían un terror nauseabundo.
El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro por la cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la ciénaga tenebrosa que tenía bajo mis pies. Al meterme en el bote encallado, me di cuenta de que sólo una posibilidad podía explicar mi situación. Merced a una conmoción volcánica el fondo oceánico había emergido a la superficie, sacando a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra emergida debajo de mí, que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por mucho que aguzaba el oído. Tampoco había aves marinas que se alimentaran de aquellos peces muertos.
Durante varias horas estuve pensando y meditando sentado en el bote, que se apoyaba sobre un costado y proporcionaba un poco de sombra al desplazarse el sol en el cielo. A medida que el día avanzaba, el suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante seco para poderlo recorrer fácilmente. Dormí poco esa noche, y al día siguiente me preparé una provisión de agua y comida, a fin de emprender la marcha en busca del desaparecido mar, y de un posible rescate.
A la mañana del tercer día comprobé que el suelo estaba bastante seco para andar por él con comodidad. El hedor a pescado era insoportable; pero me tenían preocupado cosas más graves para que me molestase este desagradable inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día caminé constantemente en dirección oeste guiado por una lejana colina que descollaba por encima de las demás elevaciones del ondulado desierto. Acampé esa noche, y al día siguiente proseguí la marcha hacia la colina, aunque parecía escasamente más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del cuarto día llegué al pie de dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me había parecido de lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve respecto del resto de la superficie. Demasiado cansado para emprender el ascenso, dormí a la sombra de la colina.
No sé por qué, mis sueños fueron extravagantes esa noche; pero antes que la luna menguante, fantásticamente gibosa, hubiese subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto de un sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones que había tenido eran excesivas para soportarlas otra vez. A la luz de la luna comprendí lo imprudente que había sido al viajar de día. Sin el sol abrasador, la marcha me habría resultado menos fatigosa; de hecho, me sentí de nuevo lo bastante fuerte como para acometer el ascenso que por la tarde no había sido capaz de emprender. Recogí mis cosas e inicié la subida a la cresta de la elevación.
Ya he dicho que la ininterrumpida monotonía de la ondulada llanura era fuente de un vago horror para mí; pero creo que mi horror aumentó cuando llegué a lo alto del monte y vi, al otro lado, una inmensa sima o cañón, cuya oscura concavidad aún no iluminaba la luna. Me pareció que me encontraba en el borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos insondable de noche eterna. En mi terror se mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y la espantosa ascensión de Satanás a través de remotas regiones de tinieblas.
Al elevarse más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle no eran tan completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba cornisas y salientes que proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el descenso; y a partir de unos centenares de pies, el declive se hacía más gradual. Movido por un impulso que no me es posible analizar con precisión, bajé trabajosamente por las rocas, hasta el declive más suave, sin dejar de mirar hacia las profundidades estigias donde aún no había penetrado la luz.
De repente, me llamó la atención un objeto singular que había en la ladera opuesta, el cual se erguía enhiesto como a un centenar de yardas de donde estaba yo; objeto que brilló con un resplandor blanquecino al recibir de pronto los primeros rayos de la luna ascendente. No tardé en comprobar que era tan sólo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión de que su posición y su contorno no eran enteramente obra de la Naturaleza. Un examen más detenido me llenó de sensaciones imposibles de expresar; pues pese a su enorme magnitud, y su situación en un abismo abierto en el fondo del mar cuando el mundo era joven, me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya imponente masa había conocido el arte y quizá el culto de criaturas vivas y pensantes.
Confuso y asustado, aunque no sin cierta emoción de científico o de arqueólogo, examiné mis alrededores con atención. La luna, ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua que discurría por el fondo formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones, y casi lamiéndome los pies donde me había detenido. Al otro lado del abismo, las pequeñas olas bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie podía distinguir ahora inscripciones y toscos relieves. La escritura pertenecía a un sistema de jeroglíficos desconocido para mí, distinto de cuantos yo había visto en los libros, y consistente en su mayor parte en símbolos acuáticos esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y demás. Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres marinos desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición había visto yo en la llanura surgida del océano.
Sin embargo, fueron los relieves los que más me fascinaron. Claramente visibles al otro lado del curso de agua, a causa de sus enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían despertado la envidia de un Doré. Creo que estos seres pretendían representar hombres... al menos, cierta clase de hombres; aunque aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo homenaje a algún monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a descubrir con detalle sus rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más grotescos de lo que podría concebir la imaginación de un Poe o de un Bulwer, eran detestablemente humanos en general, a pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente anchos y fláccidos, sus ojos abultados y vidriosos, y demás rasgos de recuerdo menos agradable. Curiosamente, parecían cincelados sin la debida proporción con los escenarios que servían de fondo, ya que uno de los seres estaba en actitud de matar una ballena de tamaño ligeramente mayor que él. Observé, como digo, sus formas grotescas y sus extrañas dimensiones; pero un momento después decidí que se trataba de dioses imaginarios de alguna tribu pescadora o marinera; de una tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes que naciera el primer antepasado del hombre de Piltdown o de Neanderthal. Aterrado ante esta visión inesperada y fugaz de un pasado que rebasaba la concepción del más atrevido antropólogo, me quedé pensativo, mientras la luna bañaba con misterioso resplandor el silencioso canal que tenía ante mí.
Entonces, de repente, lo vi. Tras una leve agitación que delataba su ascensión a la superficie, la entidad surgió a la vista sobre las aguas oscuras. Inmenso, repugnante, aquella especie de Polifemo saltó hacia el monolito como un monstruo formidable y pesadillesco, y lo rodeó con sus brazos enormes y escamosos, al tiempo que inclinaba la cabeza y profería ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.
No recuerdo muy bien los detalles de mi frenética subida por la ladera y el acantilado, ni de mi delirante regreso al bote varado... Creo que canté mucho, y que reí insensatamente cuando no podía cantar. Tengo el vago recuerdo de una tormenta, poco después de llegar al bote; en todo caso, sé que oí el estampido de los truenos y demás ruidos que la Naturaleza profiere en sus momentos de mayor irritación.
Cuando salí de las sombras, estaba en un hospital de San Francisco; me había llevado allí el capitán del barco norteamericano que había recogido mi bote en medio del océano. Hablé de muchas cosas en mis delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de las palabras. Los que me habían rescatado no sabían nada sobre la aparición de una zona de fondo oceánico en medio del Pacífico, y no juzgué necesario insistir en algo que sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso etnólogo, y lo divertí haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda filistea en torno a Dagón, el Dios-Pez; pero en seguida me di cuenta de que era un hombre irremediablemente convencional, y dejé de preguntar.
Es de noche, especialmente cuando la luna se vuelve gibosa y menguante, cuando veo a ese ser. He intentado olvidarlo con la morfina, pero la droga sólo me proporciona una cesación transitoria, y me ha atrapado en sus garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner fin a todo esto, ahora que he contado lo ocurrido para información o diversión desdeñosa de mis semejantes. Muchas veces me pregunto si no será una fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a causa de la insolación, cuando escapé del barco de guerra alemán. Me lo pregunto muchas veces; pero siempre se me aparece, en respuesta, una visión monstruosamente vívida. No puedo pensar en las profundidades del mar sin estremecerme ante las espantosas entidades que quizá en este instante se arrastran y se agitan en su lecho fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra y esculpiendo sus propias imágenes detestables en obeliscos submarinos de mojado granito. Pienso en el día que emerjan de las olas, y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a los endebles restos de una humanidad exhausta por la guerra... en el día en que se hunda la tierra, y emerja el fondo del océano en medio del universal pandemonio.
Se acerca el fin. Oigo ruido en la puerta, como si forcejeara en ella un cuerpo inmenso y resbaladizo. No me encontrará. ¡Dios mío, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!
 H. P. Lovecraft, Dagón

Ilustración de Erik Kriek, 2012

Edgar Allan Poe, Silencio

Silencio

ΕÞδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες
Πρώονες τε καˆ χαράδραι
Las crestas montañosas duermen; los valles, los riscos
y las grutas están en silencio.
(Alcmán [60(10),646])
Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio. 
Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí. 
Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio. 
Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación. 
Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN. 
Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo. 
Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca. 
Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca. 
Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca. 
Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado. 
Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO. 
Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo. 
Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.
Edgar Allan Poe, Silencio 













Cuentos de imaginación y misterio
Edgar Allan Poe
Ilustraciones: Harry Clarke
Traducción: Julio Cortázar
Libros del Zorro Rojo, 2009

Secretos como hechizos

Para un gran número de lectores la garantía de que la historia que se cuenta en una novela es cierta, que ocurrió realmente, le confiere una fuerza que ninguna narración ficticia puede igualar. Eso, al menos, es lo que dice David Lodge y esa es quizás una de las razones por las que Carmen Posadas, desde el principio, nos seduce con un relato intenso y emotivo basado en hechos que sucedieron durante los últimos años del régimen zarista y su posterior derrocamiento. 
Leonid Sednev vive sus últimos días en Montevideo. Allí llegó poco antes de la Segunda Guerra Mundial después de dar vueltas por la vieja Europa y tras salir de Rusia, para siempre, en 1919. Varios miles de kilómetros y casi ocho lustros le separan de su infancia cuando, sin buscarlo, fue testigo privilegiado de unos trágicos acontecimientos que cambiaron la historia de Europa. Son recuerdos que ha mantenido intactos en su memoria hasta que decide, sólo al final de su vida, confesarlos porque, los grandes secretos —dice el protagonista— son como los hechizos, se desvanecen cuando uno los cuenta. El relato arranca con la fría descripción que hace el comisario Yurovski de la ejecución de la familia imperial. Ninguno de los verdugos podía saber que Sednev estaba allí escondido viendo todo. Desde que unos años antes entrara a trabajar como deshollinador siempre le sedujo fisgar la vida austera, casi conventual y sin apenas privilegios de los hijos de los zares, descubrir sus anhelos e intimidades. En la invisibilidad que le daban las largas horas que pasaba limpiando el tiro y los conductos de las chimeneas, leía los diarios que descansaban entre libros de Chejov y Maupassant y se enamoraba de la enigmática Tatiana, una de las hijas del zar. Las intrigas de adolescentes se sucedían mientras estallaba la Gran Guerra. 
El deshollinador imperial, con mirada algo escéptica, nos va presentando los diferentes personajes como si fueran piezas de una partida de ajedrez donde el azar jugó un papel determinante. Algunos hechos que, aunque de forma aislada, pudieran parecer irrelevantes, con el tiempo adquieren una importancia expansiva como las ondas en un estanque de las que hablaba proféticamente Rasputín, un visionario seductor con mirada magnética, sucio y borracho, en una carta dirigida al propio zar. Sednev, que posee un sentido de la lealtad propio de Miguel Strogoff, nos muestra las diferencias sociales de la época, las penurias que padeció su propia familia, las relaciones de los aristócratas con la servidumbre. Con sucesivas ocupaciones conseguirá estar al lado de los Romanov, incluso cuando son deportados a Siberia, y nos irá descubriendo las contradicciones, frustraciones y equivocaciones humanas; las historias de amores cruzados e imposibles, de amistad y traición. La vida que evoca Sednev, marcada por aquellos pocos años de su adolescencia, da un giro inesperado; el círculo se cierra en su mirada cansada y no falta un final absolutamente emocionante. 
El testigo invisible es una novela histórica bien documentada, narrada desde el punto de vista del personaje que participó en los hechos, en la que se incorporan escenas y descripciones de ambientes y paisajes reales. Con todos estos elementos consigue sumergirnos en un apasionante periodo de la historia europea de principios del siglo XX y nos trae a la memoria lecturas de Tolstoi, Pushkin o Dostoievski.















El testigo invisible
Carmen Posadas 
Editorial Planeta. 2013
Publicado en Cuadernos del Sur el 20 de abril de 2013

Crecimiento exponencial del microrrelato en España

Tomando como referencia la Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, de Irene Andrés-Suárez (Cátedra, 2012), he analizado la relación del número de obras publicadas en España dedicadas al microcuento con respecto al año de publicación y el resultado es que se ajusta a una curva exponencial. Se puede decir que en las últimas décadas el interés por el microrrelato, tanto de los autores, como de las editoriales y de los lectores, ha crecido exponencialmente.


Ana María Matute, El niño que no sabía jugar

El niño que no sabía jugar
Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra con las manos quietas, como caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. «Si al niño le gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir». Pero el padre decía, con alegría: «No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa».
Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y les segaba la cabeza.
Ana María Matute. El niño que no sabía jugar. Los niños tontos, 1956.













Los niños tontos
Ana María Matute

Ilustraciones: Javier Olivares
Media Vaca, 2000