Las ciudades y los ojos, Italo Calvino

Para la entrada número 100 de este blog, os dejo uno de mis relatos preferidos de uno de mis autores preferentes.

Las ciudades y los ojos. 3 
Después de andar siete días, a través de boscajes, el que va a Baucis no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno de otro y se pierden entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. Los habitantes rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje.
Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Baucis: que odian la tierra; que la respetan al punto de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos, y con catalejos y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de pasarle revista, hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su propia ausencia.
Italo Calvino, Las ciudades invisibles 














Las ciudades invisibles
Italo Calvino
Traducción: Aurora Bernárdez
Siruela, 2002

Soledad social

Creo que le primer libro que leí de Cristina Peri Rossi fue Solitario de amor y su sensual prosa me cautivó. Luego han seguido otras lecturas hasta llegar a su más reciente libro de relatos Habitaciones privadas, editado por Menoscuarto con el que obtuvo en 2010 el Premio NH Mario Vargas Llosa de Relatos. 
Se trata de una colección de diez cuentos en los que las habitaciones de hoteles son los escenarios más recurrentes aunque también otros espacios cerrados como el interior de una casa, un hospital psiquiátrico o la cárcel. Son historias de nuestro tiempo, de nuestras ciudades, donde la tecnología de la información está muy presente. En ellas la autora indaga en la psicología de los personajes, adentrándose en los desequilibrios que la soledad produce en sus vidas y condicionan su existencia, algo muy característico en la prolífica obra de la autora. 
La casualidad conduce a un hombre, perseguido por la mala suerte, a un After hours, un asesino en serie encarcelado recibe cartas con propuestas de mujeres, una entrenadora de natación encuentra a su amor de sedosa voz a través de internet, un matrimonio intenta romper su monotonía con unas vacaciones pero les acompaña uno de sus jóvenes hijos, un juego de cartas en el ordenador es el único aliciente de un hombre que vive una tediosa relación, un oncólogo aprovecha un congreso para reunirse con otros colegas en un momento delicado de su vida, sin proponérselo un hombre y una mujer aprenden que la infidelidad puede llegar a transformarse en un acto inocente, una mujer encuentra en las atenciones de un hospital psiquiátrico todo lo que necesita para seguir viviendo, un hombre honrado atraca un banco para repartir después lo robado entre los transeúntes y el relato de los pensamientos de un profesor excitado, con el que se cierra el volumen, son las historias que nos propone Peri Rossi. 
Todas estos relatos, con una prosa pausada, sugerente y, en ocasiones, cargada de erotismo, ponen de manifiesto la enorme soledad e incomunicación de los habitantes de nuestras ciudades, denuncian la sociedad que hemos creado y nos invitan a la reflexión a través de personajes cotidianos, tratados con compasión, que buscan el placer y la libertad.


















Habitaciones Privadas 
Cristina Peri Rossi 

Menoscuarto, 2012.

Mujer perro, de Carola Aikin

En su anterior libro de relatos Las escamas del dragón Carola Aikin me sorprendió por su sugestiva forma de narrar, por sus recursos poéticos y por su manera de indagar en la condición humana. Su nuevo libro, Mujer perro, sigue esa línea personal que no deja de fascinar, con la misma pasión narrativa, con el mismo humor, con sus particulares metáforas imaginativas, visuales y provocativas a veces. En la primera parte del libro, con 16 cuentos y microcuentos nos presenta desde el principio a Lilly, un personaje que nos acompañará en varios relatos y, muy especialmente, en la segunda parte. Aquí podemos encontrarnos con un entrañable gorila, con una sirena salvaje y aulladora o con las ilusiones rotas de una mujer, asistir a la metamorfosis de una fiera devoradora de gallinas, descubrir cómo un escorpión logra escapar entre la pasión, asomarnos al océano que trae y lleva esperanzas, recibir a su musa, contemplar unos elefantes que surgen del mar en el sueño de un poeta o los recuerdos que arrastran las hojas caídas de los árboles, presenciar la visita de unos ángeles, la relación de una pareja separada por una mesa de caoba o al personaje que ama a su narrador, conocer las consecuencias de estudiar orangutanes, sorprendernos de la relación de una mujer con el viento, del amor más allá de la muerte o emprender un viaje a través de un río en un velero chirriante.
La segunda parte, La expedición, es un único relato que narra la forma de escapar de Lilly Maynard, de romper en parte con su vida anterior al enrolarse en un viaje por África en busca de los paisajes en los que viven en libertad los grandes simios que tan bien conoce. El viaje puede ser una metáfora del regreso a nuestros orígenes para mostrarnos la naturaleza humana, inseparable y apenas distinguible de la animal. Los niños son cachorros, hembras las mujeres y machos los hombres. Dos miembros de la expedición desaparecen, el africano Aymer y la joven Juliette y, mientras el resto espera su regreso, alejado de su civilización, afloran los sentimientos más oscuros, los instintos, las miserias, la naturaleza real de los personajes, sin máscaras, como si la naturaleza salvaje que les rodea del obligase a despertar del sueño. Allí se producen desencuentros, renuncias, desilusiones. «En África el tiempo corre loco o se detiene para siempre». 
Carola Aikin en Mujer perro, nos muestra unos relatos que cabalgan entre lo real y lo fantástico, en los que se pone en evidencia su fascinación por los animales y donde nos presenta mujeres que viven una lucha interior constante entre su deseo irrefrenable y lo que les obliga su educación, la rutina y la sociedad. 
















Mujer perro
Carola Aikin 

Páginas de Espuma, 2012






Mi musa
Yo amo a la mujer de vestido negro y largo que arrastra la corriente, hay algo invencible en ella, en la manera en que se desabrocha los botines, desliza sus medias, zambulle en el lago sus pies desnudos, deliciosos como peces. Tiemblo cuando viene, al final de la noche, sobre su silla de brazos anchos. No puedo resistirme y emerjo desde el lodo profundo para besar las cadenitas de dedos blancos, uñas color perla, siempre tan nerviosos, tan insatisfechos. Sabe que nada puede detenerme cuando, conmigo a su lado, apenas rozando mi lomo, abre su maletín y saca la máquina infernal, y entonces todo gira, giran el agua y el silencio y caen a cientos los folios de papel escrito y emborronado, y yo, monstruo dócil, fascinado, devoro sirenas, montañas, ciudades, pájaros.
Mi musa, en Mujer Perro. Carola Aikin. 

Aire de Dylan, de Enrique Vila-Matas

Creo que fue T.S. Eliot quien dijo que Hamlet era un fracaso artístico por la desproporción que hay entre el príncipe y la obra. Es difícil estar de acuerdo con ese fracaso pero lo cierto es que Hamlet, como personaje, destaca por su inteligencia sobre la propia representación teatral o, como dice Harold Bloom, el fenómeno de Hamlet, el príncipe fuera de la obra, por su carisma y el aura de lo sobrenatural que le rodea, consigue que, como personaje, no haya podido ser superado en la literatura de Occidente. Shakespeare es siempre actual porque nos desvela lo universal de nuestro comportamiento. Su personaje Hamlet juega con el propio teatro, lo utiliza como una máscara más en su poliédrica existencia y nos enseña que es más fácil explicar la realidad, su verdad, a través de la ficción. Vila-Matas en su impecable novela Aire de Dylan rescata todos estos elementos y los trae a nuestros días. De hecho Hamlet está constantemente presente en todo el libro. A pesar de que aquí Vila-Matas se aleja en parte de la intertextualidad a la que nos tiene acostumbrados, no se pueden obviar relaciones muy directas con sus propias obras o las de otros grandes escritores como el fracaso de la relación padre e hijo que ya estaba presente en El Mal de Montano, la memoria heredada de Borges, diversas situaciones kafkianas incomprensibles para los personajes protagonistas, la negación de seguir escribiendo como en Bartleby y compañía o referencias explícitas de La verdadera vida de Sebastian Knight de Nabokov y Oblómov de Goncharov, entre los más evidentes,
El narrador acude a un congreso sobre el fracaso y allí escucha una conferencia de Vilnius, un aspirante a cineasta de gran parecido con Bob Dylan cuyo propósito es recopilar la historia del fracaso, que podría ser la propia historia de la humanidad. El objetivo del joven Vilnius es ser él mismo un ejemplo de fracaso en su conferencia por lo que espera que la sala se quede vacía por abandono de los oyentes. Se siente sólo y fracasado en el sentido kafkiano, pero lejos de conseguir su objetivo, acaba cautivando a uno de los oyentes, el narrador. Vilnius sufre incursiones del fantasma de su padre, Juan Lancastre, un escritor postmoderno de culto, «el último gran moderno», que le presta memoria e imaginación y le revela que en realidad su muerte fue inducida. Aquí la memoria se infiltra en la mente de Vilnius de modo involuntario  mientras que en Borges es una cesión aceptada por el receptor. 
El narrador es un escritor que lleva muchos años haciendo literatura y que sigue tiránicamente las instrucciones que le dicta su horóscopo; pero, igual que le pasaba al de El ruletista, de Cărtărescu, está arrepentido de todo lo que ha escrito y, en su fracaso, decide dejar de escribir hasta que se encuentra con una historia real que le atrapa. Una mudanza le hace coincidir con Vilnius en un barrio de Barcelona (un nuevo Elsinor donde pueden suceder las mismas intrigas, las mismas conspiraciones) y allí conoce las indagaciones detectivescas que han llevado al joven con aire de Dylan hasta Hollywood en busca del origen de una frase supuestamente atribuida a Scott Fitzgerald que le ha marcado existencialmente: «Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien». Vilnius está ahora con Débora, la antigua novia de su padre que guarda un gran parecido con la atractiva Scarlett Johansson y juntos hacen una representación teatral, a la que asiste el narrador, en la que hacen pública, al estilo de Hamlet, la sospecha de que Lancastre ha sido asesinado. La malvada y bella madre de Vilnius, con la que mantiene una relación de odio, dice haber destruido la autobiografía que escribía Lancastre y por eso Vilnius y Débora deciden constituir la “Sociedad del aire” —como homenaje a uno de los ready-mades de Duchamp— y editar una biografía apócrifa escrita por el propio narrador. Ni Vilnius ni Débora, como en Oblomov, paradigma de la desidia y la indiferencia, creen en los valores burgueses del esfuerzo y del trabajo, temen la competitividad y piensan que como creadores no es esencial tener un discurso propio: «No hacemos nada, pero somos imprescindibles». Lancastre, en cambio, con una obra cambiante, huidizo de las grandes certezas ha creado una sólida obra gracias al esfuerzo y al alcohol (en esto último quizás pueda recordarnos a Bukowski). 
El único enemigo de Hamlet es el propio Hamlet como de Vilnius, el propio Vilnius. A lo largo de la novela se puede ver la transformación del personaje que parte de esas diferencias literarias irreconciliables con su padre hasta el encuentro, desde su única certeza inamovible hasta la personalidad múltiple influenciada por las incursiones del padre en su mente y que le provoca un miedo a la realidad. El propio Lancastre tras su muerte ve cómo la personalidad de su alma se vuelva unívoca. Ni siquiera el narrador se ve libre de esta transformación y, al final, su personal biografía se confunde con la de Lancastre de modo simbiótico. De hecho, la mudanza puede interpretarse como una metáfora del cambio, de la necesidad de transformarse para seguir siendo el mismo, como le pasa al propio Bob Dylan. Este cambio se aprecia incluso en aspectos argumentales generales pues si en los primeros capítulos se habla con ironía del postmodernismo, en el último capítulo se vuelve a él hasta mostrarnos abiertamente la cocina de la escritura. El delirante final tiene una atmósfera que evoca a Poe o mejor a Lovecraft, con el que, al parecer, el narrador guarda un cierto parecido. 
Es una novela divertida, irónica, con una mirada escéptica y libre, con personajes empáticos y cargados de humanas contradicciones. De nuevo Vila-Matas, con su buena prosa y sus guiños intertextuales, nos hace disfrutar a todos los amantes de la literatura aunque en esta ocasión de un modo más liviano. 


















Aire de Dylan
Enrique Vila-Matas
Seix Barral. Biblioteca Breve, 2012

El final del amor, de Marcos Giralt Torrente

Alguien dijo que los cuentos son una tecnología extraordinariamente simple que nos permite entretenernos y, a la vez, nos ayuda a reflexionar sobre el sentido de nuestro existir. En El final del amor, de Marcos Giralt Torrente, esta premisa se cumple a la perfección con aparente sencillez. Los cuatro cuentos que componen este volumen están escritos con una prosa precisa y cuidada y muestran diferentes tipos de relaciones de pareja que, como el título indica, acaban truncadas. Desde el principio se aprecia la influencia de los buenos cuentistas norteamericanos —algunos de los cuales se citan explícitamente en el texto— al desprenderse de todo artificio, al dejar huecos en la historia que obligan al lector a llenarlos y al mostrar abiertamente el enfrentamiento de sentimientos afectivos contradictorios. El narrador es siempre un personaje esencial del relato, en dos de ellos es el protagonista de la historia de amor —o desamor— y en otros dos una especie de observador privilegiado de una relación que le afecta directamente. En «Nos rodeaban las palmeras», el relato que abre el libro, una pareja hace turismo y llega a una isla africana paradisiaca. Poco a poco se van poniendo en evidencia pequeños desencuentros entre el hombre y la mujer, medidos distanciamientos y distintas formas de entender su propia relación. Un maduro matrimonio alemán que ha aprendido a convivir de forma consentida es un espejo donde mirarse para constatar el deterioro afectivo que sufren y que anticipa su ruptura. En los otros tres cuentos, el protagonista comienza siendo un niño o un adolescente que madura a la sombra de una historia de amor. En «Cautivos» el narrador es el primo de Alicia, una joven que se enamora y se casa con un atípico pero adinerado hombre capaz de abrirle las puertas al mundo. El primo de Alicia, que mantiene una relación especial con ella, es testigo del irrefrenable alejamiento del matrimonio y a la vez, paradójicamente, de su tremenda resistencia a vivir alejados uno del otro hasta el punto de convertirse él mismo en el único vínculo de comunicación entre los dos. «Joanna» es una bella historia de un adolescente, obligado a la soledad, que descubre un amor que le marcará para siempre. La capacidad de observación del narrador nos va desvelando comportamientos de la familia de Joanna que sólo al final, en un giro sorprendente, podrían tener un hipotético sentido. El azar empuja al propio narrador a evocar, a recuperar en su memoria melancólica, su imposible historia de amor con Joanna que a lo largo de su vida ha llevado de equipaje. En el último de los cuentos, «Última gota fría», el narrador es el hijo de un matrimonio roto, que a pesar de todo no ha perdido el cariño y el afecto mutuo, y que se ve enfrentado a sentimientos contradictorios, inestables y confusos que le ayudarán a madurar.
En todos los cuentos hay una lúcida introspección de los afectos humanos. La inseguridad de los narradores les lleva a explorar, a indagar de forma persistente, sobre el porqué de los sucesos que les rodean, de lo que acontece, sobre su papel para poder resolver las situaciones que la vida le plantea. Marcos Giralt Torrente tiene una habilidad especial, poco usual, de profundizar en la psicología sentimental de los personajes, de ahondar en la incertidumbre del corazón del hombre o de la mujer, de expresar algo esencial sobre la condición humana y lo hace con aparente sencillez, con medidos diálogos, aportando luz a modo de pequeñas pinceladas y consigue magistralmente la empatía del lector con los personajes. La profundización del conocimiento afectivo durante un viaje por África en «Nos rodeaban las palmeras», la ausencia de la figura del padre en «Joanna», la larga enfermedad de uno de los protagonistas de «Cautivos» o la estrecha relación del narrador con su madre y la amistad y complicidad con su padre en «Última gota fría» son algunos elementos muy presentes en su anterior novela «Tiempo de vida», a mi entender, una referencia ineludible de nuestra literatura actual. Esto aporta algunas claves interesantes sobre el proceso creativo del autor.

















El final del amor
Marcos Giralt Torrente
Páginas de Espuma, 2011

Cuentos en una botella

Hay islas que emergen y se sumergen inquietas. Aparecen para dejarse ver, para atraer a los navegantes y después se hunden para dar refugio a los seres marinos. San Borondón es una de esas islas de playas indecisas a las que han llegado, como mensajes en botellas, treinta relatos muy diferentes desde distintos y lejanos mares arrastrados por corrientes y estilos diversos. 
En la isla podemos dejarnos seducir por unos ojos verdes, encontrarnos con un amigo que regresa del pasado, dar un salto en el tiempo, o ver, sencillamente, cómo éste se invierte al atravesar un laberinto. En San Borondón hay montañas difíciles de superar, edificios de oficina ocupados por buscadores de empleo, arañas, mariposas y serpientes libidinosas pero también zombis, vampiros filosóficos, enanos que nos persiguen, pueblos habitados por fantasmas o practicantes de vudú. Hasta allí han llegado ciegamente los seguidores de Matías Prats, unos impostores, un mafioso ruso, un despistado escritor de cuentos, el fabricante de un extraño artefacto y en la arena de la playa podemos tropezarnos con una canica blanca y roja o diferentes diarios como el de un enfermo terminal, el de un trabajador en una bella e inhóspita luna de Saturno, el de una extraña pareja unida por el azar, el del propio náufrago que contempla el verdor de la isla desde un tablón. El aliento contiene un virus que padecen los hombres y los vientos arrastran la nostalgia de Lisboa, el sentimiento de culpa que se mezcla con la inocencia, el odio y el deseo que discurren paralelos, la memoria avivada por unas fotografías… La isla, en definitiva, es un buen lugar en el que decidir no tener recuerdos, un espacio incierto de soledad buscada donde cobijarnos del asedio. 
Las antologías de varios autores, donde se reúnen voces conocidas junto a otras incipientes, son siempre una apuesta arriesgada pero, en este caso, la selección realizada por Javier Vázquez Losada ha sido muy acertada. En este volumen tenemos distintas historias breves que derrochan imaginación y se desarrollan en lugares y tiempos muy diferentes donde no falta el deseo, el amor, el odio, la venganza o el misterio.


Náufragos en San Borondón
Amir Valle, Andrés Neuman, Antonio García Ángel, Carlos Frühbeck Moreno, Edmundo Paz Soldán, Eduardo Halfon, Fernando Clemot, Francisco Alejandro Méndez, Francisco Balbuena, Gustavo Nielsen, Ignacio del Valle, Iván Humanes, Javier Moreno, Javier Vázquez Losada, Jorge Díaz, José Luis Muñoz, José María Merino, Juan Carlos Márquez, Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Soto Ivars, María Zaragoza, Marian Womack, Miguel Barrero, Norberto Luis Romero, Paula Lapido, Recaredo Veredas, Ronaldo Menéndez, Sergi Bellver, Vicente Luis Mora y Yolanda Arroyo Pizarro. 
Baile del Sol., 2012

Gingival de Ferrer Lerín

Dice Ricardo Piglia que quizás la mayor enseñanza de Borges sea la certeza de que la ficción no depende sólo de quien la construye sino también de quien la lee e interpreta. Dice también que no todo es ficción pero que todo puede ser leído como tal, que lo borgiano es la capacidad de leer todo como si fuera ficción. Y esto es algo que conoce muy bien Francisco Ferrer Lerín al que le gusta enredar lo real con lo imaginario, traspasar sus fronteras, incluso entre el autor, el narrador y el personaje, para construir de modo inteligente textos enigmáticos a veces, sorpresivos siempre y mostrarnos con ellos su particular visión crítica y escéptica de la vida. A los que nos gustan los libros inclasificables Gingival no nos deja indiferentes. Aquí no sirve buscar refugio en la lectura para huir del mundo porque Ferrer Lerín pone la realidad frente a nuestros ojos, con toda su crudeza, mostrando los mecanismos más básicos de nuestra vida. Recurre al humor y al absurdo para distorsionar vivencias y poner de manifiesto el patetismo del hombre y de nuestra sociedad, la ligera fragilidad y, a la vez, la brutalidad de nuestra existencia. No se trata de un diario pero incluye pasajes cotidianos, ni de un noctuario pero no faltan sueños ni textos surrealistas. En algunos casos se puede hablar de microcuentos perfectos, en otros, de apuntes acertados pero en todos ellos se aprecia una sensación de libertad como si planeara con seguridad sobre lugares conocidos, con las alas extendidas y la penetrante y aguda mirada de un buitre. 
Comparto con Ferrer Lerín dos pasiones que hemos convertido en profesiones: la ecología como ciencia y la literatura, pero esta última otorga además la posibilidad de mezclar ambos intereses y crear nuevas realidades híbridas que alcanzan incluso a las formas de expresión y en eso Ferrer Lerín es un gran maestro: utiliza a veces un lenguaje aséptico, frío, casi técnico, para expresar dudas, sentires y plantear inseguridades. 
En Gingival encontramos prosa escrita con la precisión y, a veces, el ritmo de un poeta, puntuando y acentuando hasta conseguir que la propia lectura, independientemente del argumento, nos cause asombro. El autor en ocasiones recurre a elementos del género fantástico tradicional de Poe y Hoffmann e intercala disparates como los de Ramón Gómez de la Serna, recurre a los diccionarios y, como en su particular Bestiario, nos muestra las sorpresas y las trampas que esconden. No importa lo que cuente porque siempre consigue captar nuestra atención, despertar nuestra curiosidad, interrogarnos sobre su significado y comprometernos en la tarea de descifrarlo. Un libro excéntrico, libre, original y erudito, una isla de buena literatura en medio de un mar demasiado contaminado. 




















Gingival

Francisco Ferrer Lerín 

Epílogo: Fernando Valls
Menoscuarto ediciones, 2012
http://ferrerlerin.blogspot.com.es/

Subte, de Rafael Pinedo

Sin ningún preámbulo, de forma abrupta, la narración arranca con una mujer embarazada llamada Proc que huye desesperadamente de unos lobos y se aferra con fuerza a la vida con la esperanza de poder traspasar su alma al bebé que nacerá. Rafael Pinedo nos muestra un mundo distópico, totalitario, formado por tribus cuyos miembros, despojados de nuestra ética, apenas muestran empatía hacia sus semejantes y que han alcanzado estados cercanos a la animalidad donde la supervivencia es el único valor verdadero. Si en el “Informe para una academia” de Kafka, era un mono el que mutaba en humano aquí la humanidad entera parece regresar a un estado de primitivismo animal, a un tiempo donde el único rastro de civilización es un laberíntico e inquietante túnel, quizás el de un metro, en cuya oscuridad absoluta la protagonista se adentra en su huida y sufre lo indecible. 
Durante el angustioso descenso por el hueco insondable de un ascensor, el narrador, a través de la voz interior de la protagonista, nos desvela algunas claves de ese mundo. Descender al abismo es la única forma de mantener la esperanza. Allí, en la absoluta negrura descubre a una tribu de ciegos en la que el destino vital de sus habitantes es siempre el sufrimiento cruel, inútil e irracional. Proc es más consciente que nunca de la necesidad de armonizar su individualidad, lo único en lo que puede confiar, con el mundo que le rodea y por eso crea lazos afectivos con Ish que, finalmente, le ayuda a escapar de aquel claustrofóbico clan. Pero Proc no siente apego más que por su vida y la de su bebé, sólo intenta sobrevivir para que su hija pueda crecer. Eso le da fuerzas para superar las situaciones más extremas. El cuerpo de Proc es un mero objeto y su alma resulta inaprensible. Para aceptar que su hija tenga alma, Proc debe negarse a sí misma lo poco que le queda de humanidad. Es en el túnel donde se produce la metamorfosis a través de la reflexión, como si la falta de luz iluminara al personaje ­—Proc da a luz sola y a oscuras en el interior de una de aquellas inhóspitas galerías—. Si el túnel para Ernesto Sábato representaba el regreso a la infancia aquí, para Rafael Pinedo, representa la involución del ser humano que le hace aflorar los instintos más elementales y le conduce a la irracionalidad. Pero en ambos casos el túnel representa el miedo y la angustia permanente, el túnel es la incomunicación, la soledad y la desesperanza del ser humano. 
Subte, es un intenso y original relato de menos de cien páginas que nos recuerda, con toda su crudeza, la animalidad inherente al ser humano. En esa situación extrema, destruida nuestra cultura, es fácil aceptar que el objetivo de la vida de la protagonista no es otro que el de sobrevivir para poder reproducirse, exactamente el mismo de cualquier especie del planeta desde el inicio de la vida.


















Subte
Rafael Pineda
Salto de página, 2012

El valor de lo efímero: Walser y sus escritos a lápiz

Lo que primero llama la atención de esta cuidada edición de Siruela es la portada, en la que se reproducen textos manuscritos de Robert Walser con una elegante y minúscula letra, ordenada de modo uniforme y visualmente estética. 
Aquí hay páginas que parecen escritas sin ningún objetivo, sin ninguna meta, que están escritas por el mero placer de escribir. Es una prosa serena, tímida y brillante, a veces hermética, que se sucede párrafo tras párrafo, divagando página tras página, deteniéndose en lo efímero y en lo aparentemente insustancial, sin ninguna finalidad obvia. Cualquier motivo cotidiano, cualquier observación o cualquier reflexión tienen cabida aquí hasta el extremo de que, en muchos casos, parece que lo que escribe, en su desorden, no tiene otro soporte más que el propio papel sobre el que está escrito. 
Walser en los últimos años de su vida escribió esta colección de 526 textos en hojas sueltas, en trozos de papel de distinto formato, con lápiz, subrayando así su deseo de no dejar un rastro permanente, y con una caligrafía minúscula que hacía casi imposible su lectura. Tras un minucioso y largo trabajo los editores Bernhard Echte y Werner Morlang lograron descifrar estos personales, libres, imaginativos e íntimos escritos. 
Estos Microgramas, que Walser escribió probablemente por su necesidad vital de escribir pero sin ninguna intención de publicar, se editaron tras su fallecimiento. Robert Walser que quería ser olvidado, escribió pasajes difíciles de olvidar. Ambas cosas le distinguen de muchos de los escritores actuales que se muestran conspicuos y pretenden ser considerados brillantes cuando su único mérito es controlar los medios de comunicación y tener la habilidad de estar siempre en el centro de las miradas. Quizás por lo incomprensible del mundo, por la incoherencia del amor, por lo absurdo del reconocimiento social, quizás por comprender lo efímera e insignificante que es la existencia del hombre, tras sufrir episodios de ansiedad y alucinaciones, Walser, que pensaba en su vida como un fracaso, decidió voluntariamente ingresar en un manicomio y así, en distintas clínicas psiquiátricas, pasó sus últimos veintiocho años.













Escrito a lápiz. Microgramas (3 volúmenes)
Robert Walser

Traducciön:Juan de Sola Llovet y María Condor
Siruela, 2012

Tiempo de vida, Marcos Giralt Torrente


Después de leer a Marcos Giralt Torrente en «Tiempo de vida» me da la sensación de tener un amigo al que conozco más que a la mayor parte de mis amigos. Conozco de él aspectos muy íntimos que le han torturado y otros que le han hecho sentirse bien. La enfermedad irrevocablemente mortal de su padre que, poco a poco, lo consume obliga al hijo-escritor-narrador a indagar en la relación que ambos han tenido. 
Es el relato personal, muy personal, de la relación universal entre un padre y un hijo. Es la memoria de la incomprensión de dos visiones del mundo. Es una confesión desnuda de un hijo cuya propia rebeldía le ayudó a madurar. Es, en definitiva como Giralt Torrente dice, una historia de dos, la historia de él, escritor que necesita de la palabra para explicarse, y la de su padre, el pintor que parece expresarse mejor con los silencios. 
No sé si será por compartir con el autor pasajes biográficos propios de nuestra generación, ­—con los mismos problemas, con similares pensamientos, con parecidas vivencias existenciales, con idénticas preguntas e iguales miedos— o por haber sufrido la experiencia de la lenta e irremediable enfermedad de mi padre (y, en mi caso, también de mi madre) pero lo cierto es que es un libro que me ha emocionado profundamente y que me ha invitado, como pocos, a una introspección de mi pasado que quizás siempre he intentado evitar para no sufrir más de lo necesario. Aquí se muestran retratados con honestidad tal y como son, con todas las contradicciones humanas, sentimientos enfrentados: resentimiento, amor, celos, admiración, dolor y alivio; resultando al final un gran homenaje a una persona a la que Giralt Torrente admira y ama. El padre vive ahora a través de él. Eso siente. Pero no es menos cierto que una parte importante del hijo también ha muerto con el padre. 
En la novela hay más personajes, a los que se refiere siempre con circunloquios, que han influido de modo determinante en su relación con su padre. En la trama se entrevé la estrecha complicidad con la madre, una mujer comprensiva, inteligente, vital y tolerante con la que sabe que siempre puede contar. Al concluir la novela, el autor necesariamente piensa en la relación que tendrá con su hijo, aún no nacido, cuando éste crezca. 
Vila-Matas califica la obra de “sorprendente e interesantísima ficción sin invención”. Es ficción porque hay una elección en el modo de narrar y en la selección de los episodios narrados de la vida pero representa sin pudor la realidad de una forma limpia. La novela está escrita con una prosa sencilla, directa, sin adornos, con pocos adjetivos y con una voz lacónica que hace que el lector se sienta más cerca del narrador. Un relato conmovedor, valiente, duro, emotivo pero no sentimentalista al que, sin duda, regresaré. 

















Tiempo de vida 
Marcos Giralt Torrente 
Anagrama, 2010

Libro de libros. Bartleby y compañía

Los bartlebys, para Enrique Vila-Matas, son los escritores que, en un momento determinado de su vida, deciden dejar de escribir. Es su forma de mostrar una profunda negación del mundo. Bartleby es el personaje de Melville, un apocado escribiente que, ante cualquier petición, responde diciendo: "Preferiría no hacerlo". 
En verano el calor te obliga a prolongar la vigilia y eso te permite un mayor tiempo para leer. Este mes he elegido como cicerone de mis lecturas a Vila-Matas a través de Bartleby y compañía. No ha sido una lectura lineal sino que he hecho paradas en algunos de los autores de los que habla, haciendo relecturas de las obras de Rulfo, Walser, Kafka, Lerin, Torga, Rimbaud, Borges, Monterroso, Salinger, Tabucchi, Saramago, Melville, Wilde, Maupassant, Joyce…, con descubrimientos como Felisberto Hernández o Julien Gracq y con deseos de que existiesen los imaginados Deraín, Malú, Moretti, Pineda o Maniere. Así, en un juego laberíntico que nos conduce de un autor a otro, sus 180 páginas se convierten en un amplio anaquel repleto de volúmenes bien elegidos que nunca son excesivos. 
Vila-Matas nos ayuda a reflexionar sobre las aspiraciones de escritores y lectores en el universo de la literatura. Tal vez, como el propio narrador, en la inmovilidad de la lectura encontremos la seguridad de esa protección que otorga la soledad en ciertos momentos buscados. Pero todos estos bartlebys, cuya particularidad es su decisión de omitirse, de pasar al plano de los anónimos, de borrar en definitiva lo más posible sus huellas, nos dan una lección de humildad en un mundo donde parece que lo único que importa es la fama y el reconocimiento y nos enseñan que la sabiduría puede estar en el silencio que, con mucha frecuencia, es más elocuente que las palabras. 
















Bartleby y compañía 
Enrique Vila-Matas
Anagrama, 2000

Vagones cargados de cuentos

“El tren fue a dar en un terreno impracticable. Ligadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo juntos, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren”
Así es como, según cuenta el guardagujas de Arreola, nace la aldea de F. Y a partir de esa idea, cuatro autoras, con gran imaginación, inventan historias que siempre nos sorprenden. Eva Díaz Riobello, Isabel González González, Teresa Serván e Isabel Wagemann son Las Microlocas, las narradoras que dialogan entre sí para mostrarnos su capacidad de crear historias sugerentes, de reinterpretar las que, entre ellas, han ido urdiendo y conseguir conexiones sutiles. Al final de la lectura de estos microcuentos queda una idea intuitiva de cómo es su particular visión de la aldea de F. 
La aldea de F. se divide en cuatro apartados: La aldea, Uno de esos accidentes, Terreno implacable, y Traviesos. En total son 156 microcuentos que se complementan, se entrelazan, se apostillan, se apoyan y se construyen unos sobre otros. Siguiendo el rastro de Arreola, y a modo de retazos, nos muestran la vida de los habitantes de la aldea de F. ese ya mítico lugar que surge en el punto indeterminado en el que un tren se detiene para siempre. En la aldea las edades se suceden con amores, envidias, nostalgias, obsesiones, frustraciones, venganzas, ternuras y, a veces, esperanzas. En la aldea hay circos, bestiarios, amores de infancia, juventud y senectud, hay pasiones, sexo, odios y muerte. La fantasía, el realismo mágico y el humor inteligente, a veces macabro, son los pilares sobre los que se sostienen estos microcuentos. 
Clara Obligado nos tiene acostumbrados a magníficas antologías de microcuentos cuidadosamente seleccionados. Atenta a las semejanzas en las voces y estilos de las autoras y a sus inquietudes compartidas, ha sabido encontrar aquello que las une para hacer esta sugerente propuesta. Pero intentar averiguar la autoría de cada microrrelato (sin mirar las iniciales con las que los firman) es un ejercicio difícil. En ocasiones se pueden advertir voces muy personales de algunas de las autoras, tratamientos reconocibles pero, en otros casos, resulta casi imposible y esto se debe, probablemente, a la gran complicidad que debió de haber entre ellas durante el proceso creativo. Las Microlocas rescatan del olvido a los habitantes de la aldea de F. antes de que la arena devore sus últimos recuerdos y nos ofrecen una magnífica colección de microcuentos.







La aldea de F. 
Las Microlocas: Eva Díaz Riobello, Isabel González González, Teresa Serván e Isabel Wagemann
Prólogo: Clara Obligado
Ediciones punto de partida (2011)

Los monstruos que nos acompañan

Cuando un prólogo es tan esclarecedor como el que escribe Ana Casas para la antología “Las mil caras del monstruo”, poco se puede añadir. El monstruo está presente en toda la historia del hombre, desde la prehistoria, con representaciones de seres biológicos híbridos, imposibles, pasando por los bestiarios medievales, hasta llegar a nuestros días, con monstruos actuales, más cercanos pero igual de aterradores, monstruos disfrazados con el traje de un banquero o que se esconden tras las barbas de un político. El monstruo entonces es la forma corpórea de nuestras pesadillas, a veces también de nuestras temidas obsesiones, del terror ante lo que desconocemos o, simplemente, a lo que no entendemos. Nuestros miedos cambian con el tiempo, ya no nos causa pavor aquello que aterraba a nuestros antepasados porque el conocimiento es su mayor enemigo. Se podría escribir una filogenia del monstruo a lo largo de la historia de las culturas del hombre y veríamos cómo evoluciona sin dejar jamás de acompañarnos.
Los autores, doce maestros del cuento, con gran imaginación nos presentan monstruos contemporáneos que conviven en nuestro entorno. Algunos recuperan a estos seres del pasado y los trasladan a la actualidad, como Manuel Moyano que, con su fina ironía y su cuidada prosa, nos muestra a un exquisito y entrañable vampiro con problemas cotidianos, o Juan Jacinto Muñoz Rengel, con un brillante y envolvente cuento de prodigiosos entes extraídos de quiméricos bestiarios, o, también, Santiago Eximeno con su informe para zombis. En otras ocasiones se trata de miedos y obsesiones que los autores hacen cercanos, bien a través de la mirada tierna e inocente de un niño, como lo escribe, con su personal estilo, Fernando Iwasaki o bien asumiendo un anodino desdoblamiento corporal como lo hace con sorna David Roas. Patricia Esteban Erlés y Andrés Neuman presentan dos grandes narraciones eligiendo la metamorfosis, como generadora de sus monstruos, para dar lugar a inofensivos gatos o a seres indefinidos. Ángel Olgoso siempre nos sorprende con su gran imaginación y su rica y elaborada prosa y nos dibuja un monstruo bello, de imposible anatomía, que la imaginación del narrador va configurando mientras contempla a una mujer enigmática, casi divina. Felix J. Palma nos enreda con los hilos de su monstruo, una solitaria anciana que se comporta como un arácnido que no duda en desafiar, desde su inmovilidad, a su más cercana familia. Pero el monstruo también está en lo más rutinario de nuestras vidas y así Raúl del Valle nos muestra con humor un moderno electrodoméstico que se pasea por la casa con extrañas intenciones y Pablo Martín Sánchez se encuentra con un ser demoniaco cuando visita al dentista. El volumen se cierra con la angustiosa invasión que describe Ismael Martínez Biurrun y que nos recuerda la atmósfera de Wells.
“Las mil caras del monstruo” es una acertada apuesta de la editorial Bracket Cultura al reunir, en esta antología, a algunos de los más importantes narradores actuales del género fantástico afincados en España.





Las mil caras del monstruo
Prólogo: Ana Casas
Autores: Fernando Iwasaki, Manuel Moyano, Patricia Esteban Erlés, David Roas, Ángel Olgoso, Andrés Neuman, Félix J. Palma, Santiago Eximeno, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Pablo Martín Sánchez, Raúl del Valle e Ismael Martínez Biurrun.
Bracket Cultura (2012)


Mortal y rosa de Francisco Umbral

Solo un hijo o una hija te dan la oportunidad de vivir una segunda infancia o quizás la única posible, la única de la que puedes ser plenamente consciente, la única que puedes guardar, definitivamente, en la memoria. Esa es la infancia más sincera sobre la que puedes escribir, como lo hace, tan bellamente, Francisco Umbral en «Mortal y rosa». Este libro me lo recomendó un buen amigo que es, además, padre de un niño y una niña y lo hizo, seguramente, por mi estrenada y vívida paternidad. Empecé a leer «Mortal y rosa» despacio, saboreando la buena prosa, la lírica contenida, pero con cautela, por si me hacía daño. Un padre no quiere nunca ponerse en el lado de otro que ha perdido a su hijo. El libro, es un lamento desesperado, un terrible, tierno y locuaz lamento: «El universo no tiene otro argumento que la crueldad ni otra lógica que la estupidez». Pero es un libro que te enseña a disfrutar de los momentos más sencillos, más banales, junto a tu hijo, a compartir su asombro en el descubrimiento del mundo. Y por eso, tras su lectura, a pesar del abatimiento, Umbral parece decirnos que un momento de felicidad puede explicar toda una vida. 
Hay otra razón por la que mi amigo me recomendó el libro y es porque en sus páginas está la mejor prosa de Francisco Umbral. Allí hay un reencuentro con Baudelaire, también con Juan Ramón Jiménez y quizás con Joyce, Proust y Austen. 
«Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más. 

Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.»
         Fragmento de Mortal y Rosa. Francisco Umbral 
















Mortal y rosa  
Francisco Umbral 
Austral (2011, primera edición, 1975)

Lecciones de retórica

Lodge decía que la narrativa es un arte esencialmente retórico y Flavia Company, en su libro Trastornos literarios, nos lo demuestra con gran imaginación. En la primera parte, que da título al volumen, recopila cuarenta y cuatro textos breves cada uno de los cuales es un ejemplo claro y sencillo del uso de una figura retórica diferente. La segunda parte, titulada Frases (muy) hechas, está constituida por treinta y dos historias, en las que la autora lleva a sus máximas consecuencias la expresión de locuciones y frases hechas que utilizamos en el lenguaje cotidiano, sacándolas de contexto o desposeyéndolas de su sentido figurado. La última parte, La vida en prosa, recoge cincuenta y nueve relatos que tienen su origen en titulares de prensa y con ellos crea historias paralelas e introduce variaciones hasta conseguir dar un giro a los enunciados originales.
Si los autores postmodernos no tienen ningún inconveniente en mostrar de un modo u otro los mecanismos de sus construcciones ficticias, aquí, Flavia Company los explica abiertamente. Con una gran maestría nos presenta una colección de textos escritos con soltura, cargados de ironía y ternura, donde no faltan los finales imprevisibles que le sirven para hacernos reflexionar sobre el lenguaje que configura nuestro mundo.














Trastornos literarios
Flavia Company
Páginas de Espuma (2011)

Publicado en Cuadernos del Sur el 30 de junio de 2012