Domingos buscando el mar, de Diego Prado

Cuando leo “Domingos buscando el mar”, el relato que da título al volumen que recoge esta colección de trece cuentos, no puedo evitar acordarme de “La autopista del Sur”, de Julio Cortázar al tener un punto de partida similar y al surgir una historia de amor entre un caos de coches atascados. En ambos casos se trata de una metáfora de nuestra vida rutinaria; sin embargo, mientras Cortázar, entre otras cosas, nos muestra distintas formas de soledad y el comportamiento opresivo al que pueden llegar los seres humanos cuando se encuentran en situaciones límite, Diego Prado nos habla del deseo insatisfecho, de las metas inalcanzables y de la renuncia conformista con la que lo asume el personaje narrador. El desasosiego se produce al descubrir una verdad que no se quiere saber y lo único que hace mantener la ilusión viva es la esperanza, ese viaje a Ítaca de Cavafis que todos intentamos que no termine nunca. 
En un relato melancólico, como la ciudad de Lisboa donde trascurre, un solitario “letraherido”, tímido e indeciso conoce en persona a Pessoa y ese hecho casual influye tanto en su vida que dedica su tiempo al estudio del escritor. Sin embargo, le queda la duda de si acaso él, en su inadvertencia, pudo influir también en la obra del maestro. 
Las pesadillas y los sueños son los protagonistas de dos de los cuentos. En uno el narrador es un gran poeta que encuentra su estilo, su voz propia y es capaz de crear grandes poemas pero sólo mientras duerme; por eso lucha por rescatarlos del inevitable olvido, por atrapar, acaso un trozo de su efímera genialidad, en su vigilia. En otro relato el protagonista se ve asediado por pesadillas que, sólo en sueños, transforman su identidad, como si fuera Mr Hyde, y lo convierten en un frío y despiadado asesino. En una consecución de microrrelatos, el despertar nos depara sorpresas inesperadas propias de Kafka o de Monterroso. Y casi como un sueño es, para otro de los personajes, recibir un gran premio literario cuando ni siquiera escribe. 
Las destrezas sorprendentes de los protagonistas están presentes en varios relatos. A Casanova le basta con desear onanísticamente a una mujer para que ésta sienta el deseo imparable de amarle una sola noche. Pero es un hombre infeliz por no poder tener un amor duradero y ser terriblemente rechazado, una y otra vez, tras ese primer y fugaz encuentro. Un noctámbulo se gana la vida gracias a su especial habilidad como llenador, un extraño oficio que mantiene la clientela de los bares y, en silencio, entre copa y copa, ensaya su frustrada vocación de psicólogo. Un actor ve con sorpresa cómo el método Stanislavsky le ha llevado demasiado lejos y siente la necesidad de confesarlo todo. Las emociones afloran en el relato de un hombre que, como viene haciendo en los últimos años, sale un día de diciembre a buscar un regalo especial para su amada esposa; o en el de un dependiente de una sastrería que ve cómo el barrio, la gente, la vida va cambiando mientras el negocio, de forma agónica, quiere persistir inamovible. 
Hay también un espacio para historias de vampiros, con un arqueólogo que encuentra una lectura transformadora en las páginas de un viejo libro que descubren en una prospección; o para el náufrago por cuyo diario descubrimos una isla habitada por enigmas que nos conducen en el desconcierto a una inexorable respuesta. 
En estas páginas, cargadas de elementos fantásticos, habitadas por personajes que viven al margen de lo rutinario, se intuyen muchas lecturas de grandes maestros del cuento. El humor y la ironía están presentes en estos relatos cuyos finales nos sorprenden. En la sencillez de su lirismo se encuentra la maestría y el talento narrativo de Diego Prado.

















Domingos buscando el mar
Diego Prado
La Bolsa de Pipas, 2007

El scriptorium del monasterio

Estamos en el verde valle de Liébana que se abre entre dos altos macizos montañosos, junto a un monasterio de la comunidad de San Martín de Torieno, en el siglo VIII. Un largo desfiladero flanqueado por murallas verticales de roca caliza es recorrido por Eterio, el joven obispo de Osma, junto al ejército que le protege de la invasión sarracena. Allí, rodeados de una naturaleza montañosa espectacular los monjes se sumergen en su vida espiritual y en el scriptorium detienen el tiempo entregados al trabajo minucioso y sacrificado de copiar e iluminar los textos para transmitir el mensaje del Apocalipsis. Se acerca el año ochocientos, son tiempos confusos que presagian el inicio del reinado de la Bestia lo que significa el principio del fin de los tiempos. 
Baltasar Magro, tras un profundo estudio, nos presenta una novela que es casi un ensayo en el que la ficción ha rellenado los vacíos que la historia no conoce. Se trata de un libro magníficamente ilustrado con reproducciones de miniaturas procedentes de distintos Beatos que nos acerca a un tiempo en el que lo fantástico era indiferenciable de lo real. El protagonista acompaña a su maestro Beato, un anciano devoto, sencillo y sabio, que supo ver a los mayores enemigos de la iglesia en su propio seno y cuyo comentario al libro apocalíptico de San Juan fue admirado en toda Europa y tuvo una clara influencia en la cultura cristiana de siglos posteriores. Beato de Liébana pretendía ser racional y diáfano en su comentario pero parece que en las miniaturas existe una voluntad de crear imágenes alejadas de la realidad y resultan imaginativas, sugestivas y hasta alucinatorias. 
Escuchando la voz calmada del abad y leyendo textos guardados en la completa biblioteca del monasterio, Eterio profundiza en el estudio de las Sagradas Escrituras, en la filosofía e historia de los cristianos, aprende a interpretar la simbología, los mapas, participa de las intrigas con los herejes y descubre las esmeradas y preciosistas técnicas de los iluminadores, los secretos en la elaboración de los pigmentos y la labor sacrificada de los escribas. El monasterio rodeado de silencio va creciendo con los años y Eterio va ganando en sabiduría hasta convertirse también en maestro. A través de los ojos de este narrador, Baltasar Magro reconstruye un momento algo oscuro pero que fue un punto de inflexión en la historia europea.
















Beato el Lebaniego
Baltasar Magro
Alianza editorial, 2012

Maestro en fugas

En la introducción de Cristian Crusat se hace un recorrido por los gustos literarios de Marcel Schwob (1867-1905) y se resalta la influencia de su obra. Hoy quizás sea habitual pero Schwob, se distinguió, como después hiciera Borges, por crear textos en los que resulta difícil discernir la parte real y documentada de la ficticia. En El deseo de lo único se reúnen pequeños ensayos de este autor que huía de todo lo establecido y que fue, como dijo Vila-Matas, un maestro en fugas, pero que tuvo una clara influencia no sólo en Borges, Alfonso Reyes o Bolaño sino también en autores como Faulkner, Perec o Tabucchi entre otros. En estos ensayos se puede apreciar su fascinación por Stevenson de quien destaca su logro en los silencios narrativos. Hay un excelente análisis sobre Hamlet y los textos en los que pudo basarse Shakespeare para escribir su tragedia; pone en valor los poemas medievales de Villon y nos habla de autores transcendentes como Whitman, Flaubert o Thomas de Quincey. A través de una conversación que mantiene con el bibliotecario y escritor W.G.C. Byvanck nos muestra su manera de ver el mundo, su forma de entender cualquier manifestación artística y su particular y rico universo literario.










El deseo de lo único. Teoría de la ficción
Marcel Schwob
Edición: Cristian Crusat.
Traducción: Cristian Crusat y Rocío Rosa

Medardo Fraile, Cuentos de verdad

El mejor homenaje que se puede hacer a un escritor es leerlo. El álbum es uno de mis cuentos preferidos.
Medardo Fraile (Madrid, 1925-Glasgow, 2013)

El álbum 
Entraron aprisa en el café y se sentaron. La impaciencia les encendía los ojos al dejar el paquete sobre la mesa. Ella, apenas sentada, comenzó a abrirlo, mirando con amor, alternativamente, la cinta roja sobre el papel y el rostro de él con ligero orgullo protector y expectante. 
–¿Qué van a tomar? 
–Café con leche. ¿Y tú? 
–Lo mismo. 
En la mesa apareció con pastas de color azul marino, como el traje de los días señalados, el álbum de las chocolatinas. Era un gran día. Habían hablado de él como se habla de cuando llegará un niño. Aquel álbum representaba el tesón del novio en su niñez, que había reunido una estampita tras otra hasta cubrir todas las ventanillas sin paisaje de aquel libro difícil. Sus compañeros de colegio –él lo recordaba– habían dejado en el álbum huecos de desamor y desidia. Y el álbum, ahora flamante sobre la mesa, mostraba la solicitud en el tiempo de un hombre cuidadoso, fiel toda la vida a sus más inocentes alegrías, al objeto de su ilusión más nimia. Para la novia, aquel álbum azul implicaba tesón y constancia. Tenían sobre la mesa el café con leche del amor humilde, pero tenían también dentro del libro las maravillas todas del Universo, y se pusieron a deshojarlas con lentitud amorosa, como si en ello les fuera su felicidad, el sí o el no. 
–No: hoy «Las Mariposas», no –decía ella con tremendo gozo–. Hemos visto ya «Los Grandes Inventos». 
Cada hoja les aproximaba, día tras día, un poco más. El día de «Las Mariposas», ella balanceó sus pestañas en el aire hacia un hombre joven que estaba enfrente sentado, y él –el novio– tuvo celos. Pero ella ni había mirado siquiera a aquel hombre: quería simplemente mariposear con sus finas pestañas. El día de «Las Aves Domésticas» proyectaron un canario naranja transparentándose en el hogar que tendrían, en la ventana con sol: «Mejor, blanco», insinuaba él. «No, tiene que ser naranja», decía resuelta ella, entornando los ojos como si le dañara el agridulce color del pájaro. Las «Aves Exóticas» pusieron sobre el pelo de ella, suave, un sombrerito atrevido de vistosas plumas en una tarde con risa en el mundo, y champaña y «confetti». En «Flores Para Regalo», él la obsequió con doce tulipanes para que no olvidara alguna cosa. Al llegar a «Animales Prehistóricos», tuvo ella miedo y se acercaron más. Él quiso continuar más días viendo «Los Animales Prehistóricos», pero ella se negó y entró en la hoja rutilante de «Las Piedras Preciosas». Ante «Las Piedras Preciosas» él anduvo receloso por sentimiento atávico. Veía en los ojos de ella cierta cortesana desfachatez, ciertas desmesuradas pretensiones, que le tuvieron en desazón toda la tarde y que interpuso entre ellos una pastosa frialdad anfibia. En «Las Algas» enredaron sus dedos, manos, brazos, miradas y palabras. Con «La Evolución del Automóvil» lo pasaron bien, dieron saltos y frenazos bamboleantes sobre sus sillas. Con «Las Fieras» se identificó ella de tal forma, que los ojos se le llenaron de instinto y él se encontró como un domador trágico que de un instante a otro podía perecer. Con «La Fauna del Mar» cruzaron una y otra vez por los ojos de él y de ella los peces cariñosos, perezosos, suaves, del amor, y estuvieron pasando toda la tarde mansa, humildemente. Al llegar a «Las Frutas», ella, con un rubor, posó su mano sobre las manzanas para que él no tuviera ningún pensamiento avanzado, para que no pensara como Adán. 
Terminaron el álbum, y estaban tostados y palpitantes como después de un largo viaje. Era como si volvieran con los mismos recuerdos de una luna de miel respetuosa. Ella esperó todos los días –sobre todo el último– a que él dijera: «El álbum, para ti, te lo regalo». Pero no lo hizo. Llenar aquel libro de cromos había sido la gracia de su niñez, le había proporcionado entrada de honor en todas las visitas. Y cogió su álbum y se lo guardó. Ella, de haberlo tenido, le hubiera devuelto su regalo en palabras llenas de entendimiento y colores, en experiencia del mundo, en primores de planta y honduras de mar. Pero así las tardes fueron enfriándose, se aburrían y hacían tos de las palabras rotas. Y un día ella –que se había enamorado de aquel álbum– le dijo adiós a él. Y él tendrá que sacarlo de nuevo en su vida, cuando llegue la hora, sin atreverse a regalarlo nunca.
Medardo Fraile, El álbum (Cuentos de verdad)















Cuentos de verdad
Medardo Fraile
Ediciones Cátedra, 2000

Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón

Decía Marcel Schwob que los biógrafos se han creído a menudo historiadores privándonos con ello de retratos admirables; han supuesto que solo la vida de los grandes hombres podría interesarnos. Ricardo Menéndez Salmón nos presenta a través de un relato escrito como una biografía, a Prohaska, un personaje de ficción pero tan bien construido que, una y otra vez, nos hace dudar de su veracidad. A través del sus ojos nos recuerda una parte de nuestra historia que no deberíamos olvidar. Historia y ficción se combinan en Medusa de una forma natural para hablarnos de la maldad a la que ha sido capaz de llegar el ser humano. 
Un cortometraje sencillo y aterrador conduce al narrador a indagar en la vida de Prohaska. Prohaska es un niño no deseado que crece sin la presencia de su padre y sin el amor de su madre. Ignorado por sus hermanos se dedica a contemplar el suceder de la vida y nace en él una consoladora e incondicional fascinación por la imagen fija y en movimiento. Quizás este robo de su infancia y otras tragedias biográficas explican la frialdad de su mirada. Prohaska fue testigo de la degradación del ser humano, llegó a formar parte de la perversa máquina del aparato de ilustración nazi, conoció los campos de exterminio, filmó las ejecuciones, fotografió los gestos de la muerte y dibujó los despojos humanos antes de ser incinerados. Prohaska deseaba pasar inadvertido por la vida, desaparecer, no dejar huella física de su persona, desenfocarse tras la lente objetiva con la que todo lo escrutaba. Esa obsesión por la máxima expresión de humildad se va incrementando con los años. Después de conocer de primera mano el holocausto provocado por los nazis, viaja por diferentes lugares y conoce la España de sotanas y generales o las consecuencias persistentes durante décadas del bombardeo atómico sobre Japón. Entre el horror que contempla desde la distancia de su cámara, conoce el amor al lado de Heidi, la amiga, la cómplice, la esposa que le mantiene unido al mundo; pero también el dolor más profundo, el más insoportable. La ausencia de Baruch, su hijo, se convierte en una metáfora del olvido de otro Baruch, de Spinoza, de la ética que defendía. Spinoza pulía lentes mientras perfilaba su ética. Prohaska a través de su lente transparente observa impasible la ausencia de moral en un mundo desmembrado. Spinoza hablaba de un Dios indiferente al hombre y Prohaska constata y retrata sin pudor ese tremendo abandono o su absoluta inexistencia. 
Prohaska, que jamás se dejó retratar, se convierte en un protector del horror y nos muestra la necesidad de recordar, una y otra vez, aquello que queremos olvidar para que nunca vuelva a suceder. La acción impúdica de retratar el crimen desnudo, de manera objetiva, sin manipulación política o moral, es también necesaria, no para volver a abrir viejas heridas sino para recordarnos su dolor y evitar caer de nuevo en la perversidad y la atrocidad. 
En ocasiones, la prosa de Ricardo Menéndez Salmón y su manera de presentar a su personaje principal, me recuerda al mejor Baricco. Pero en la novela encontramos referencias explícitas, entre otros, a Faulkner, a Borges y a Poe. En Medusa se combinan la profundidad emocional y psicológica de Faulkner, la hibridación de ensayo y ficción borgiana y la destreza de Poe para concebir y presentar los temores más elementales que acompañan desde siempre al ser humano. Medusa es un libro para no olvidar.

















Medusa
Ricardo Menéndez Salmón 

Editorial Seix-Barral, 2012

Sabor americano

Doce mil kilómetros recorridos durante treinta y dos días al volante de un Chevrolet plateado, desde el océano Pacífico hasta el Atlántico, a través del corazón del imperio americano. Ese es el viaje inolvidable que realizó Manuel Moyano junto a su familia pasando por veintidós estados y poniendo en evidencia las diferencias culturales que persisten entre la Europa mediterránea y Norteamérica. Parten de San Francisco y atraviesan paisajes de costa, el caluroso desierto de Mojave, praderas interminables, desfiladeros rojizos, bosques de coníferas, ríos caudalosos y grandes saltos de agua. Transitan por poblados, como Cody, que mantienen la esencia del Lejano Oeste, por parques temáticos o por inmensas ciudades surcadas por anchas avenidas y elevados edificios. Se detienen a contemplar el anochecer en el puente de Golden Gate, el amanecer en el Cañón del Colorado, los géiseres de Yellowstone, la elevación ígnea de Devils Tower, los prados inmensos que habitaban los indios Sioux, los bosques verdes de Massachusetts, los montes Apalaches o el espectáculo natural de las cataratas del Niágara. 
Moyano busca los horizontes que contemplaron grandes escritores y llega al bungaló en el que escribía Charles Bukowski, al rancho de Edgar Rice Burroughs, a las casas de Hemingway y de Mark Twain, a College Hill donde vivió Lovecraft, a los pueblos balleneros que inspiraron a Melville o al barrio de Brooklyn donde reside Paul Auster. Son numerosas las referencias a los grandes actores de Hollywood, a las películas que forman parte de nuestras vidas. Elvis Presley y Bob Dylan, entre otros, ponen música a este viaje de descubrimientos y tópicos destapados. El recorrido termina, cuando después de visitar Washington, atraviesan el río Hudson por el túnel Lincoln y se sumergen en el caos de Manhattan para rememorar un anterior viaje a Nueva York. Numerosas indicaciones con nombres de moteles, calles, librerías, tiendas y personas hacen que el relato resulte más cercano; un mapa, nos sirve de guía y varios dibujos así como una serie de fotografías nos ayudan a seguir este entrañable y familiar itinerario que nos recuerda a los inolvidables viajes de Gerald Durrell o de Jordi Esteva. Manuel Moyano nos hace revivir recuerdos de la infancia a través de las imágenes que nos llegaban del gran oeste americano, de la juventud, a través de la música y la lectura de grandes autores y nos deja una cierta nostalgia al constatar que el tiempo no respeta casi nada y que los intereses comerciales acaban por derrumbar los grandes mitos.















Travesía americana. De San Francisco a Nueva York por carretera.
Manuel Moyano 
Ilustraciones: Manuel Moyano
Editorial Nausícaá, 2012
Publicado en Cuadernos del Sur el 23 de febrero de 2013

Rafi, de Medardo Fraile

Rafi 
Tenía un libro.
Se lo había dado el padre Bonifacio hacía más de tres años.
El libro pesaba y era gordo.
En la numeración de las hojas, el número último era el 1108. Ahora se le habían aflojado las pastas y algunas hojas estaban dobladas y tenían tiesuras y manchones de Coca-Cola y mocos.
Cuando iba a ver a la señora tuerta, lo llevaba consigo.
—Mira qué aplicado es el Rafi —decía—. Mira cómo lee.
Y él sonreía con su cara matalona y pícara de niño de la calle.
Lo iba leyendo por segunda vez, poco a poco, desde hacía dos años. A veces, le buscaba un escondrijo en un solar o unas obras y, al cabo de varios días, volvía a buscarlo.
Le hablaba algunas veces.
—A ver si te acabas, gordo. Un día me harto de ti y ya no vengo a buscarte.
Lo acabó por segunda vez en un coche abollado de un garaje desierto. Sentía frío.
Apretó los ojos y, cuando los abrió, le dijo al libro:
—Gordo, ¿qué vamos a hacer ahora? ¿Empezamos de nuevo?
Miró a la tapia grasienta de enfrente, se abrazó al libro con fuerza y comenzó a llorar.
Medardo Fraile, Rafi. 















Escritura y verdad. Cuentos completos
Medardo Fraile

Edición y prólogo: Ángel Zapata
Páginas de Espuma, 2004

Micromundi, de Francisco Javier Guerrero Cano

La huella
Despertó en la orilla, con el sol ya en todo lo alto. A su alrededor sólo el mar, el cielo y la arena; y a su lado una huella. Una sola huella de una mano, la izquierda precisamente, la misma que a él le faltaba desde hacía años. La miró confuso y luego observó su mano, la derecha, que clavó en la arena junto a la huella. Las impresiones parecían iguales, pero sólo conocía el origen de una. ¿Cómo llegó la otra hasta allí fuese o no la de su mano amputada? ¿Quién podría haber dejado únicamente esa marca sin dejar ningún otro rastro? La marea empezó a subir, y una ola a punto estuvo de alcanzar las huellas. Para evitarlo, construyó como pudo una muralla de arena frente al mar, detrás de las huellas, y como el agua iba mermando su resistencia, cavó también un foso justo delante. Sin embargo, el mar inundaba continuamente el foso y derribaba poco a poco la muralla con sus embestidas, que sin ser demasiado fuertes, le obligaban a reconstruir sin cesar ambos baluartes. Así estuvo luchando contra el mar hasta que se hizo de noche. Entonces sus músculos dejaron de responderle y desfalleció. El foso se cubrió pronto de arena mojada y la muralla quedó rasa al nivel de la orilla. Una ola suave rozó primero las huellas, luego otra inexplicablemente fiera las cubrió por completo. Pero sólo una desapareció. Cuando despertó, el sol estaba ya en todo lo alto. A su alrededor, el mar, el cielo, la arena y la huella indeleble de su mano izquierda.
Francisco Javier Guerrero Cano, La huella














Micromundi
Francisco Javier Guerrero Cano
Ediciones Cardeñoso, 2012

Horses y la ciudad en llamas

La imagen en la comunicación humana fue anterior a la escritura por eso quizás los libros ilustrados logran trasmitirnos un mensaje previo que nos predispone, de un modo u otro, a enfrentarnos a ellos con sólo hojear sus páginas justo antes de sumergirnos en su narración. Cuando el placer de lo visual se une al de la lectura conseguimos, como apuntaba P. Nodelman, una mayor conciencia. La editorial Sexto Piso está publicando magníficos libros ilustrados entre los que se encuentran dos editados a gran formato que coinciden en una fecha: 1975. Mientras Patti Smith debutaba con su album Horses, la ciudad de Beirut se consumía en llamas. 
En el primero de los libros Michael Stipe, líder de R.E.M., rinde un admirado y cercano homenaje a la cantante, poeta y activista Patti Smith a quien acompaña, escucha y fotografía en una gira, junto a Bob Dylan, que supuso su reencuentro con los escenarios después de su retiro voluntario de algo más de quince años. Dos veces Intro. En la carretera con Patti Smith pretende ser un íntimo cuaderno de viaje cargado de fotografías, recuerdos, estrofas y versos que ponen de relieve la irresistible personalidad de la madrina del punk. 
El segundo libro Bye bye, Babilonia está escrito e ilustrado por Lamia Ziadé y plasma su visión personal y terrible de la guerra que sufrió su país entre 1975 y 1979, el vuelco de una ciudad como Beirut cargada de color y alegría hasta convertirse en una ciudad ruinosa, apagada y gris. Esta negra metamorfosis fue sufrida por la autora en su infancia y ahora, con el paso de los años, recrea su conmovedora vivencia, con la inocencia e incomprensión de una niña, a través de imágenes cercanas al Pop art adornadas con breves comentarios aclaratorios, personales y biográficos que nos invitan a reflexionar sobre la crueldad de la violencia humana.



Bye Bye babilonia. Beirut 1975-1979
Lamia Ziadé
Traducción: Elena Martínez Bavière
Sexto Piso, 2012.

2 veces Intro: En la carretera con Patti Smith
Michael Stipe
Traducción: Raquel Sevilla Guillén
Sexto Piso, 2012.



Julio Cortázar, Axolotl

Axolotl
Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No erananimales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
Julio Cortázar, Axolotl



Cuentos de amaneceres, de Antonio Serrano García

A veces ocurre, un mensaje llega quizás por error a tu ordenador, el azar juega así sus bazas, y te cambia para siempre tu existencia. Este es uno de los desafíos a los que se enfrentan los personajes que cobran vida en el libro de relatos, Cuentos de amaneceres, de Antonio Serrano García. Nueve historias que se recogen en una cuidadísima edición de Lonja de Letras llena de sorpresas gráficas que bailan con el texto para aumentar aún más la estética y su carga lírica. De este autor de Guadalcázar, Caballero Bonald destacó el desenfado de su prosa, su ingenio y un estilo suelto y fluido en el uso de un lenguaje actual. Estas características tan personales que estaban presentes en su novela La libélula sin alas siguen vigentes en esta colección de cuentos. En palabras del escritor J. Diego López García, que prologa el libro, hay un compromiso inquebrantable con la belleza, una estética personal que fluye desde su pasión por contar y admirar. Y es que estamos, desde mi punto de vista, ante uno de los escritores cordobeses con mayor talento narrativo. 
Estos relatos, que podrían calificarse de cinematográficos, impresionan desde el principio. Arrancan con una frase sugerente, impactante, que seduce, que te empuja inexorablemente a seguir leyendo. Al autor le gusta jugar con las palabras, le divierte unir vocablos por su sonoridad, enredar frases hasta conseguir efectos originales, construir párrafos de lirismo condensado. La escritura en él es algo lúdico y creativo pero no renuncia por eso a plantear problemas y dramas sociales o personales. De hecho, sus personajes se enfrentan a dificultades y desigualdades que genera nuestra sociedad: un joven descubre que la huida, el abandono de todo lo que se ama, es más doloroso que las propias secuelas de la droga; un ciclista cruza una ciudad sumergida en la niebla como si traspasara su propia vida anclada en la desidia; en su último día de trabajo un conductor de autobuses se siente más poeta que nunca; la elegancia de un paraguas puede ser un traidor para quien lo porta; el hallazgo de una moneda logra unir el pasado y el presente y evidenciar diferencias de clases; un niño, desposeído de todo por la guerra, toma una decisión irrevocable… Aquí, el laberinto borgiano, sin salida e inasible, se transforma en algo tan simple como un punto negro que no es otra cosa que la evidencia de la incapacidad del hombre para conocer y dirigir su designio. Decía Umberto Eco que la naturaleza irresistible de las grandes tragedias deriva del hecho de que sus héroes, en lugar de escapar de su destino cruel, sucumben a él de forma ciega porque no saben lo que les espera. El cuento Ferrocarril es un nombre demasiado largo tiene estos elementos literarios de una tragedia clásica y condensa todo el saber literario del autor. En definitiva, Antonio Serrano García nos presenta una magnífica colección de cuentos que se suceden en amaneceres similares, bajo el mismo sol que contempla indiferente el destino de los hombres.

















Cuentos de amaneceres
Antonio Serrano García
Lonja de Letras, 2012
Publicado en Cuadernos del Sur el 2 de febrero de 2013

Intemperie, de Jesús Carrasco

Guiado por la Estrella Polar, el norte es su horizonte y su única esperanza. Un niño, al que han robado la infancia, escapa de su pueblo, empujado por el miedo y el resentimiento, para recuperar algún resquicio de dignidad en su vida. Tras su estrecho mundo conocido sus ojos sólo alcanzan a ver un llano inmenso, árido y desolador, una tierra de ríos yermos y pozos secos, un paisaje estéril y despiadado que impone sus condiciones a quien decide atravesarlo. En su huida el niño se encuentra a un anciano cabrero que vive sin un techo donde cobijarse y pasa las jornadas deambulando en busca de pasto y alguna sombra de humedad en la que saciar la sed de unas pocas cabras. A partir de ese momento el niño inicia un camino hacia la sabiduría aprendiendo tácitamente del anciano lecciones elementales de supervivencia, pero también de ética. Aprende a moverse en ese mundo hostil para intentar recuperar la confianza en algunos adultos que, hasta ese momento, sólo le habían mostrado su cara más violenta movidos por la codicia y la lujuria. «La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y lo que no sabía acerca de la vida. Le había llevado hasta el mismo borde de la muerte y allí, en medio de un campo de terror». En aquel llano inabarcable e inhóspito, donde antes se extendía el verde cereal, mucha gente ha abandonado los pueblos y las aldeas por falta de agua potable y, los que se resisten a marcharse padecen las desigualdades entre los poderosos y los humildes potenciadas por la falta de recursos. Es un tiempo pasado, impreciso, en una tierra desubicada, con personajes sin nombres propios, donde nada es gratuito. 
Jesús Carrasco en su novela Intemperie nos habla del instinto de supervivencia, de la crueldad a la que llega el hombre cuando está sometido a las condiciones más duras, del consuelo que a veces trae la religión a quien ha perdido todo, de la importancia del aprendizaje de las cosas esenciales. Los pocos personajes que aparecen, llenos de contradicciones que los hacen más cercanos y reales, con comportamientos que a veces sorprenden, hablan poco, los diálogos son escuetos y los silencios a veces dicen más que las palabras. Las descripciones en cambio, con una gran carga de lirismo, son minuciosas, quizás para recalcar el lento transcurrir del tiempo cuando el hambre, la sed o el dolor están presentes. El autor utiliza recursos más propios del cuento y obliga al lector a participar en la historia, a rellenar los huecos que faltan a partir de pistas e indicios que contribuyen a mantener la tensión narrativa hasta el final. Una novela muy recomendable que nos habla de la necesidad de buscar el valor de lo ético.

















Intemperie
Jesús Carrasco
Seix Barral, 2013

Vínculos íntimos

El hombre es un animal social en el que la familia configura una unidad esencial de aprendizaje y seguridad para el desarrollo y maduración de los hijos. Sobre este vínculo, que se crea entre los distintos miembros que la constituyen en sucesivas generaciones y que, en ocasiones, nace de una decisión instintiva, trata el libro de relatos Lazos de sangre de Lola López Mondéjar. Estructuralmente el libro se vertebra en dos partes, la primera formada por ocho cuentos sobre la familia donde la autora hace un recorrido desde la infancia hasta la senectud dando voces a los diferentes personajes que le sirven para indagar sobre las relaciones que se establecen entre ellos. Aquí se ponen en evidencia los distintos tipos de afectos, los desencuentros, las pasiones, los reproches y también la fragilidad de los lazos cuando entran en juego elementos externos. En la segunda parte, formada por ocho pequeños relatos, en los que la actitud y el gesto dicen más que las palabras, predomina la relación de pareja y su dependencia emocional. Una colección de relatos intimistas que revelan los sentimientos de amor y de odio, de ternura y de violencia con los que convivimos.













Lazos de sangre 
Lola López Mondéjar 

Páginas de Espuma, 2012

Heridas de la vida

La vida, desde el mismo momento del nacimiento, te va haciendo heridas, algunas físicas que dejan huella en la piel y otras, quizás más profundas, que quedan enquistadas en la memoria. A veces las heridas que se creían cerradas vuelven a abrirse y hacen brotar recuerdos de pequeñas tragedias humanas y nostalgias de lo que ha quedado en el pasado. Juan Carlos Méndez Guédez nos habla, en doce cuentos, del azar con el que surgen estas heridas y de su resonancia en cualquier momento de la existencia. En Ideogramas se relata la persistencia de un puente entre dos países, Venezuela y España, formado por frágiles hilos temporales y la importancia de fugaces imágenes que el autor transforma bellamente en relatos. Méndez Guédez nos acerca a la realidad venezolana vista desde el recuerdo, desde la distancia tal vez buscada y desde la tierna añoranza de pequeñas y sensuales evocaciones. Lo sensitivo, lo táctil, está muy presente en estos cuentos y es quizás el armazón que mejor une las historias cuyos protagonistas se ven conmovidos por la espiral de un ombligo, por el frío tacto de la nieve, por unos muslos prometedores, por unas zapatillas grises que llegan hasta la playa o por el corte limpio que se produce por sorpresa en la mejilla de una niña. De nuevo este autor venezolano pone voz a los emigrantes que se han establecido en España y que conviven con una doble realidad, la de su país de origen y la del lugar que han elegido para vivir, con todo el trasfondo social que implica esta dualidad, y lo hace con su peculiar y cálido lenguaje vitalista, híbrido y melodioso, donde no faltan alusiones intertextuales, algunos ensayos arriesgados e innovadores o ciertos matices postmodernos. Ideogramas, está lleno de sorpresas; desde los primeros párrafos se descubre una voz fresca, sugerente que renueva el placer de la lectura. Los sentimientos afloran en las situaciones más cotidianas y, con una prosa cargada de lirismo, de emociones, de cierto humor contenido, el autor nos muestra personajes frágiles, introspectivos, cargados de enigmas, mecidos por el vaivén del azar y, en muchos casos, anhelantes de una vida mejor. Son relatos sencillos de gran calidad literaria, con metáforas de fuerte carga poética, escritos desde una mirada muy personal y con una forma de narrar cautivadora.















Ideogramas
Juan Carlos Méndez Guédez 

Páginas de espuma., 2012

Sacar la lengua al arte

Rafael Agredano reflexiona sobre el arte en los últimos treinta años en una colección de breves ensayos y otras narraciones. El humor en forma de ironía y a veces de sarcasmo le sirve para poner en evidencia las contradicciones de la crítica, las instituciones y el mercado del arte. 
El artículo más destacado por la influencia que ha tenido es Titanlux y moralidad que da título a todo el volumen y que apareció en 1983 en la emblemática revista Figura. Entre otras cosas Agredano desmitifica la pintura recordándonos que un cuadro es, en esencia, un objeto decorativo, pone en evidencia las falsas expectativas de querer emular lo que se hace en Estados Unidos y reivindica «devolver a la pintura la sensación simple y feliz que es el acto de crear». Quizás el escrito más divertido sea Estado mental, donde, a través de una supuesta respuesta a un cuestionario para un libro sobre artistas cordobeses, y haciendo alarde de gran perspicacia, reflexiona sobre la forma en la que la sociedad ve a los artistas y nos muestra, de un modo prosaico, la realidad a la que estos se enfrentan día a día. 
Son varios los textos en los que el autor bromea y se burla del desconocimiento y la falta de sensibilidad de los patrocinadores y de los políticos ante el artista; pero también nos revela los entresijos de la creación de su obra, la bondad de algunos de sus amigos con los que comparte inquietudes y critica las carencias en la formación que se da a los estudiantes que pretenden ser artistas en España. El tercer y último acto, que engloba dos textos bajo el epígrafe Los símbolos verité, es el más literario y nos demuestra sus grandes destrezas narrativas con una prosa clara y sencilla. 
El humor inteligente y la provocación están presentes en toda la obra de Agredano, en sus juegos visuales y en su particular visión de las vanguardias como el Surrealismo, o el arte Pop. Con estos textos el autor nos ayuda a comprender mejor el arte que se ha hecho en España en las últimas décadas pero, sobre todo, nos muestra un sólido compromiso ético en su forma de vivir el arte.














Titanlux y moralidad. El musical 
Rafael Agredano
Metropolitana, 2012