El carrito, de César Aira

El carrito
Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo distinguía por nada. Era un supermercado enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.
Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.
En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos. Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo. Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más.
Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas? Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.
Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro. El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:
–Yo soy el Mal.
César Aira, El carrito (Relatos reunidos, 2013) 














Relatos reunidos
César Aira
Mondadori, 2013

Horacio Quiroga, El hombre muerto

El hombre muerto 
El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. 
Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. 
La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. 
Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! 
¿Aún?... No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. 
Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. 
Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El hombre resiste —¡es tan imprevisto ese horror!— Y piensa: ¡es una pesadilla; esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese bananal su bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. 
Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...
¡Muerto! ¿Pero es posible? ¿No es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? 
¡Pero sí! Alguien silba… No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... 
Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: se muere.
El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar sobre el puente.
¡Pero no es posible que haya resbalado...! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. 
¿La prueba...? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo.
¡Qué pesadilla!... ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. 
Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla —descansando, porque está muy cansado…
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas —¡Piapiá!— vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido. Que ya ha descansado.
Horacio Quiroga, El hombre muerto. (Cuentos, 10ª edición, 2008).














Cuentos
Horacio Quiroga

Cátedra, 10ª edición, 2008


Ángel Olgoso, Tesoros

Tesoros
Hoy, como otras veces, salvé las siete esclusas de seguridad, evité los guardianes y las alarmas y descendí hasta el tercer nivel del subsuelo con mi saco vacío a la espalda. Ahí estaba el tesoro de Troya (copas de oro, collares y diademas engarzadas, hachas-martillo, máscaras de plata y lapislázuli), la Quimera etrusca de Arezzo, la cabeza de alabastro traslúcido de la reina de Saba, el tesoro de Atila y el de Jabhur Jan, las dos puertas de Ubar engalanadas cuatro mil años antes con las más preciadas joyas y metales, ahí estaban reunidas, en largas y ordenadas hileras, todas las grandes maravillas de la antigüedad: fruslerías. Pasé de largo. Me adentré en la sala que reproducía, invertida, una cúpula gigantesca. A la luz de los hachones, mientras me punzaba una extraña mezcla de miedo y alegría, contemplé de nuevo el más espléndido de los tesoros, vedado al común de los mortales. Cualquiera podría matar o morir por esa visión gloriosa, por esa plétora, por esa infinita cornucopia oculta en el silencio de las profundidades. Amontonadas escrupulosamente como lingotes idénticos, me esperaban, llenas de promesas, incólumes, las Horas Perdidas. Abrí la boca del saco.
Ángel Olgoso, Tesoros (La máquina de languidecer, 2009)














La máquina de languidecer
Ángel Olgoso

Páginas de Espuma, 2009




Dejar de escribir

Jasper Gwyn se aproxima al mundo con una cautela obsesiva, siente que ha dedicado demasiado tiempo a escribir historias en lugar de vivirlas, que se ha demorado en exceso en la retórica. Por eso, a pesar de ser un escritor de moda en Inglaterra, toma una decisión irrevocable. Estaba en un hotelito de Granada cuando salió su artículo publicado en The Guardian con una relación de cincuenta y dos cosas que no volvería a hacer en su vida, entre ellas estaban las de escribir y publicar libros. Así, con esa negación del mundo, el protagonista se convierte en lo que Vila-Matas denominó un bartleby y pasa a ser un observador del devenir del tiempo. Tras las primeras páginas el libro comienza a encenderse, igual que las bombillas artesanas del viejecito de Camden Town, y aparece con nitidez la magia del estilo personal de Baricco, con sus personajes singulares y entusiastas, con sus metas improbables, con los giros inesperados de las historias. Gwyn, meticuloso y algo misántropo, a quien le hubiera gustado ser vestíbulo de hotel para poder contemplar el paso de la gente sin más, pretende alejarse de todo lo relacionado con el mundo de la literatura aunque, como le advierte el entrañable Tom, su editor y único amigo, eso es algo imposible para un escritor vocacional como él. Una tarde la lluvia y cierta nostalgia le llevaron a refugiarse en una galería de arte y, hojeando el catálogo de un pintor, descubrió que realizar un retrato a alguien tiene la virtud de cambiar su modo personal de ver el mundo y es una manera de llevarlo de regreso a casa. Fue entonces cuando decidió escribir retratos e invertir todo su dinero en montar un estudio adecuado a sus necesidades creativas. Pero eso no iba a ser una tarea sencilla porque necesitaba captar la esencia que define a los retratados en el paso dilatado del tiempo, no como si fueran personajes de un relato o una novela sino como si fueran una historia con todos los elementos que la componen. «Todos somos una página de un libro, pero de un libro que no se ha escrito nunca». Para esta insólita tarea, desde el principio, cuenta con la ayuda y el asombro de Rebecca, la becaria de Tom que más tarde se convertirá en la protagonista que guiará la novela hasta el final a un ritmo más ágil. 
Alessandro Baricco en esta ocasión tributa un homenaje al oficio de escritor y lo hace con fino sentido del humor, con una gran sensibilidad que llega a emocionar en algunos momentos. El propio autor reconoce la influencia de Salinger, y tal vez también de Auster, y eso se nota en la maestría con la que logra reflejar las contradicciones de cada personaje. Con este libro Baricco nos recuerda que un verdadero escritor, en realidad, nunca puede dejar de escribir o al menos dejar de pensar como si escribiera.











Mr Gwyn
Alessandro Baricco 

Traducción: Xavier González Rovira
Anagrama, 2012.

Lydia Davis, La madre

La madre
La niña escribió un cuento. «Pero sería mejor si escribieses una novela», dijo su madre. La niña construyó una casa de muñecas. «Pero sería mejor si fuera una casa de verdad», su madre dijo. La niña hizo una pequeña almohada para su padre. «Pero ¿no sería más práctico un edredón?», dijo su madre. La niña excavó un pequeño hoyo en el jardín. «Pero sería mejor si excavases un hoyo grande», dijo su madre. La niña excavó un hoyo grande y se fue a dormir en él. «Pero sería mejor si te durmieras para siempre», dijo su madre.
La madre, Lydia Davis 
 Lydia Davis
The Mother
The girl wrote a story, “But how much better it would be if you wrote a novel,” said her mother. The girl built a dollhouse. “But how much better if it were a real house,” her mother said. The girl made a small pillow for her father. “But wouldn’t a quilt be more practical,” said her mother. The girl dug a small hole in the garden. “But how much better if you dug a large hole,” said her mother. The girl dug a large hole and went to sleep in it. “But how much better if you slept forever,” said her mother.
The Mother, Lydia Davis


Roberto Bolaño, sin regreso

Italo Calvino nos habla de «la novela contemporánea como enciclopedia, como método de conocimiento y sobre todo como red de conexiones entre hechos, entre personas, entre las cosas del mundo». Las grandes novelas de su propuesta para el nuevo milenio tienen una estructura acumulativa, modular y combinatoria como La vida instrucciones de uso de Georges Perec o su propia novela múltiple Si una noche de invierno un viajero. Desde esta perspectiva de multiplicidad es como mejor se entiende —y así lo defiende Vila-Matas— la novela Los detectives salvajes, que supuso para Roberto Bolaño su absoluta consolidación. A Perec, a Bolaño y a Calvino les gustaban las listas, las clasificaciones y los números y los tres murieron de forma prematura (Perec con 46, Bolaño con 50 y Calvino, el más longevo, con 62 años) dejando en los tres casos una obra incompleta. Coincide también que las citadas novelas, que han sido punto de inflexión en la literatura de las últimas décadas, terminaron de escribirse consecutivamente cuatro, cinco y seis años antes de sus respectivas muertes.

Una vida para la literatura
Roberto Bolaño nació en Chile en 1953 y allí vivió su infancia. A los quince años se trasladó a México donde adquirió el hábito de leer y escribir diariamente aunque dejó sin terminar sus estudios de secundaria. Tras un breve y conflictivo regreso a Chile, volvió a México donde participó de forma activa en movimientos culturales alejándose de las corrientes literarias predominantes y comenzando una obra muy personal. Con veinticuatro años llegó a España y se estableció en Cataluña donde ejerció distintos oficios a la vez que dedicaba el tiempo libre a escribir. Su editor Jorge Herralde nos revela que era un lector voraz y exigente y un trabajador insaciable, capaz de escribir de modo simultáneo ensayos, cuentos y novelas de grandes dimensiones. Su obra, absolutamente literaria, podría calificarse de arriesgada porque explora con audacia lo nuevo. Bolaño, del que muchos escritores y críticos coinciden en valorarlo como el mejor escritor latinoamericano de su generación, decía que la literatura es un oficio peligroso, saber «correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere». En uno de sus aforismos Kafka decía: «A partir de un cierto punto, ya no hay regreso posible. Ese es el punto a alcanzar». Pero no es un punto para quedarse, Bolaño quería ir más allá; formular nuevas propuestas con registros literarios sutilmente distintos. Roberto Bolaño se consideraba ante todo un poeta y no comenzó a publicar narrativa hasta los años noventa cuando ganó algunos premios de cuentos. En una entrevista señaló que desde La invención de Morel, de Bioy Casares, las novelas que sólo se sostienen por un argumento son terminales. Es necesario el juego, cambiar la perspectiva, la estructura, la alternancia y el cruce de voces. Esto es algo que él aplica en gran parte de su narrativa. Los críticos comienzan a fijarse en él a raíz de la publicación del experimento narrativo que supuso La literatura nazi en América, aunque tuvo una escasa acogida por parte del público. Aquí, de un modo borgiano, inventa autores y libros y los comenta para construir una historia en la que comienza a plantear la responsabilidad del escritor frente a la injusticia y el terror. Una respuesta similar tuvo Estrella distante donde el narrador persigue las huellas que deja Wieder, un poeta de la tortura, un personaje culto y vanguardista que es capaz de escribir poemas leves y efímeros en el cielo a la vez que demuestra su absoluta crueldad y desprecio hacia la vida. La manifestación del horror y la naturaleza del mal en el ser humano va a ser una constante en la obra de Bolaño y aquí aparece ya esa multiplicidad con relatos intercalados y diferentes visiones de los hechos o, como lo definió Ignacio Echevarría, ese carácter «fractal» que se acentuaría en las siguientes obras. Pero fue la novela Los detectives salvajes —publicada en 1998 y con la que ganó los prestigiosos premios Herralde de Novela y Rómulo Gallegos— la que le situó en un lugar destacado de la literatura de nuestros días. Después seguirían novelas como Nocturno de Chile o como Amberes, donde condensa en pocas páginas una gran fuerza poética y de la que el propio autor confesó a Mónica Maristain que es el único libro del que no se arrepiente porque «sigue siendo ininteligible». También escribió libros de relatos como Putas asesinas y pequeños ensayos mientras avanzaba en la monumental obra 2666 que tuvo que ser publicada póstumamente —al igual que otras novelas, colecciones de cuentos y ensayos— cuya laboriosa y excelente edición realizó Echevarría y que podría ser, en palabras de Herralde, el primer gran clásico del siglo actual. 

Los detectives salvajes
Juan Villoro habla de la insistencia de Bolaño en la valentía como principio ético y estético. En Los detectives salvajes el hilo que nos marca el camino de la narración es la búsqueda de Cesárea Tinajero, una poeta de vanguardia desaparecida y escéptica. Todo gira en torno a los últimos poetas visceralistas, un movimiento en el que importa más el compromiso de sus integrantes que su propia obra poética. Arturo Belano y Ulises Lima, en su rebeldía, llevan al límite una vida bohemia rodeada de personajes marginales con el objetivo de trasladar su desencantada experiencia a la poesía. La novela se divide en tres partes, la primera y la tercera están construidas en forma de diario, igual que lo haría después en El Tercer Reich (otra obra borgiana y póstuma). El narrador es Juan García Madero que muestra de forma abierta sus sentimientos y su relación con los detectives. El sexo es una parte esencial de la vida de los personajes pero ni siquiera en ese acto íntimo se abandona la insurrección poética. La segunda parte, la más compleja, está formada por una serie de laberínticos fragmentos de distintos personajes que giran concéntricos en torno a los detectives y dibujan, con distintos reflejos, como si de un caleidoscopio se tratara, la percepción subjetiva que tienen de ellos y que intentan definirlos. Bolaño parece recordarnos que nuestra existencia, lo que nos sitúa en el mundo, sólo tiene significado completo desde la visión que los demás tienen de nosotros. En la tercera parte, el relato continúa a partir del instante en el que concluyó la primera, cuando los protagonistas, recorren el norte de México en un Chevrolet Impala y se detallan los acontecimientos que ocurrieron en Sonora para explicarnos el por qué de la disgregación del grupo y los avatares de los protagonistas. En la obra de Bolaño es frecuente la intertextualidad y aquí aparecen poemas visuales que le sirvieron antes para describir tres formas de ver el mar al narrador de Amberes. Por otro lado, en la colección de cuentos reunida en Llamadas telefónicas los personajes se enfrentan, igual que lo hacen los detectives, al panorama literario actual tan alejado de la escritura pura e innovadora que proponen. Bolaño, como Vila-Matas, juega con la literatura, la reinventa, se divierte escribiendo y también se rebela.

El gaucho insufrible
Poco antes de morir, apenas sin fuerzas, Kafka escribió Josefina la cantora. Josefina fue muy respetada en el pueblo por su canto que, en realidad, no era más que un vulgar chillido de rata. Este cuento le sirve a Kafka para hacer preguntas sobre el valor del arte y su perdurabilidad en el tiempo. Bolaño, también desde su enfermedad, escribió un relato policial donde el sobrino de Josefina, Pepe el Tira, está destinado a resolver unos crímenes en la claustrofóbica y conformista sociedad de las alcantarillas. Las tramas detectivescas están presentes en muchas de sus obras; en una entrevista confesaba que lo que más le hubiera gustado es ser detective de homicidios, «alguien que puede volver sólo, de noche, a la escena del crimen y no asustarme de los fantasmas». Eso es lo que hace Pepe el Tira hasta descubrir que las ratas son capaces de matarse entre sí, algo que cambia el paradigma ético de una sociedad que, como la nuestra, está destinada a desaparecer. En otro de los relatos, el que da título al volumen, recrea la pobreza y la dureza del paisaje de la pampa igual que hizo Borges en El Sur y antes Dabove en Ser polvo. Jorge Volpi piensa que Bolaño, salvo excepciones, no es un gran cuentista, que sus relatos son a menudo esbozos y apuntes de textos más largos. Puede que haya textos irregulares y que, como apunta Chris Andrews, no cumpla las expectativas del cuento clásico pero aquí el lector puede encontrar relatos divertidos de personajes tristes, con abundantes guiños intertextuales, llenos de inventiva que responde a una inmensa curiosidad con imágenes sugerentes, como si por las venas de sus cuentos transitara su poesía.

2666, su novela inconclusa
He empezado hablando de la multiplicidad a la que se refería Italo Calvino. Creo que la levedad, otra de sus propuestas, es una característica que aparece en 2666 a pesar de su enorme volumen. Una evocación al mito de Perseo y la Medusa y una alusión al estado de bienestar y levedad en el que se encuentran dos de sus protagonistas, Pellicer y Espinosa, nos dan algunas pistas. La levedad en Bolaño es ese baile al borde del abismo, del que también hablaba Sergio Pitol, y el uso de recursos tan cercanos a su poesía. La levedad presente en 2666 está en la manera de pensar, de ver el mundo de los personajes, en la certeza de la fragilidad de la vida incluso aunque ésta sea maltratada de modo cruel e injustificable. Bolaño, desde mi punto de vista, imprime es su novela «ese salto repentino del poeta filósofo que se alza sobre la pesadez del mundo» del que hablaba Calvino y es, por tanto, también, aunque sólo en ocasiones, un poeta de la ingravidez que se opone a la pesadez de la propia vida, tal y como se puede leer en los versos de Los perros románticos: «Había perdido un país/ pero había ganado un sueño./ Y si tenía ese sueño/ lo demás no importaba». En Amberes, premonitoriamente, el narrador dice al hablar de la escritura: «líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más». Tanto su poesía como su prosa le sirven, por tanto, para aligerar la vida y expresar lo memorable: hasta «el aire frío de los muertos» puede ser ligero. En Nocturno de Chile, una novela veloz, escrita sin subdivisiones ni puntos y aparte, Bolaño, desde la ficción, muestra de manera explícita unos terribles acontecimientos históricos, igual que lo hiciera en Estrella distante y Amuleto; ésta es su forma de enfrentarse al mundo con la literatura como única arma. En esa misma línea 2666 es un descenso a los infiernos que guarda muchos secretos. Dentro de su compleja multiplicidad, se centra primero en los crímenes sin solución cometidos contra mujeres en Santa Teresa y, de forma paralela, en la matanza de judíos por parte de un criminal nazi, aunque intercala distintas investigaciones y numerosas historias que se cruzan. Su personal traducción de un verso de Baudelaire con el que abre la novela, explica, en una sola línea, gran parte del contenido de esta obra: «Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento». En 2666, como en otros títulos, destaca también su enorme erudición, los vastos conocimientos de literatura, de arte, de filosofía que posa en sus páginas sin alardeos, dejándolos caer casi de forma casual, ligera, pero que encajan en la narración como las piezas del Tetris, aunando nuevamente esa multiplicidad y esa levedad. Quizás sea fácil decirlo tras conocer el final del autor pero en sus páginas se intuye una forma triste de ver la vida como algo, una maravilla, que se acaba. El tiempo, decía, «es un motivo de terror». 

Con Bolaño se perdió un gran escritor pero también un gran lector que no tenía reparos en diferenciar a los escritores que escriben para comerciar y aquellos que viven para y por la literatura (léanse, por ejemplo, los ensayos de Entre paréntesis). Bolaño vivió poco pero escribió lo suficiente para comprender la importancia de su obra. Él fue consciente de que su literatura abría una nueva y fascinante puerta, sin regreso posible. Al final de La Tregua, Mario Benedetti dice que «lo más trágico no es ser mediocre pero inconsciente de esa mediocridad; lo más trágico es ser mediocre y saber que se es así y no conformarse con ese destino que, por otra parte (eso es lo peor) es de estricta justicia». En cualquier ámbito en el que nos movamos, el artístico, el científico u otro, abundan los mediocres que viven sin reconocer su condición. También estamos los que luchamos de modo inconformista por salir de esa mediocridad aunque, en nuestro ejercicio de honestidad, sabemos que es una batalla perdida. Pero hay un tercer grupo en el que se encuentran solo unos pocos que saben que pueden hacer algo excepcional y no renuncian a su empeño. En este último grupo está Bolaño, igual que lo están Perec o Calvino, y sólo el tiempo dirá a las futuras generaciones, si finalmente lo consiguió.
Publicado en Cuadernos del Sur el 13 de julio de 2013. Ilustración original de Marta Campos.

Niña, de Vila-Matas

Una de las tareas que me impongo como padre es descubrir los temores de mi hija y alejarla lo más posible de ellos. Eso se puede aprender leyendo el párrafo final de Las ciudades invisibles de Italo Calvino que, para Harold Bloom, es una lección de sabiduría: «buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio». Para Anita, la protagonista de Niña, un cuento infantil de Enrique Vila-Matas, uno de sus infiernos es encontrarse en el parvulario con otra niña que se llama igual que ella, por eso le encanta que la llamen, simplemente, Niña. Pero ese no es su único temor. Ahora Niña está de vacaciones, lejos de la otra Anita y con todo el tiempo para jugar y fabular. Inventa aventuras, junto a su hermano imaginario y su gato Beto, en mares imposibles y huye de un temor a algo tan abrumador y desconocido como son los océanos de letras que ve cada mañana en los periódicos que leen sus padres y su hermano mayor y real.
Ilustración de Anuska Allepuz
En un capítulo sobre la trama y el tema en la ficción, Terry Bain hacía alusión a un cuento infantil extremadamente simple de Margaret Wise Brown titulado Buenas noches luna. En él el narrador, por la noche, se va despidiendo de todos los objetos de la habitación pero, al llegar a una página concreta, a Bain le asalta la sorpresa y le obliga a reflexionar sobre lo que quiso decir su autora. Hace poco encargué el cuento de Brown, con la excusa irreprochable de regalárselo a mi hija que acababa de cumplir dos años, para intentar entender lo que quería decir Bain. Esa misma excusa es la que me ha llevado a comprar este cuento de Vila-Matas ilustrado hermosamente por Anuska Allepuz. Los cuentos de niños, decía Saramago, deben ser escritos con palabras muy sencillas para que los puedan entender. Aquí Vila-Matas nos presenta un cuento que esconde en su sencillez un secreto aún más profundo que el de Margaret Wise Brown, una promesa implícita y bella que llena de emoción: el comienzo de una complicidad con la palabra escrita que deberá durar mientras dure nuestra conciencia. Si la niña rompe sus miedos, si se aproxima al abismo, si se enfrenta al amenazante alfabeto —con todas sus letras—, si aprende finalmente a descifrar los códigos escritos, algo cambiará para siempre en su vida y le regalará una íntima parcela de libertad. Se habrá iniciado así una nueva relación con la literatura que puede acompañarle para siempre, creciendo con ella, no para salvarle la vida sino, como decía Magris, para darle un sentido. Es una puerta abierta a ese laberinto mágico que tan bien conoce Vila-Matas en los que unos libros te presentan a otros libros y unos autores a otros autores. 
Cuando en medio de la noche, mi hija me llama porque le persigue el lobo aunque sepa que ya no hay lobos malos y que sólo quiere jugar con ella, me doy cuenta de hasta qué punto los cuentos influyen en nuestra realidad y los incorporamos a nuestra vida. Ricardo Piglia reflexiona sobre qué es un lector y recuerda que en una ocasión Joyce pregunta: ¿has soñado alguna vez que estabas leyendo? Soñar con ese momento es algo que da una idea de hasta qué punto la lectura es un placer y también una obsesión, como cuando se sueña en otro idioma que no es el materno o con la persona a la que se ama. Pero mucho antes de que eso suceda, podemos saber que un niño se ha convertido en un lector cuando sueña con las historias que lee, cuando recoge velas frente a una isla que esconde un tesoro, cuando se sumerge a bordo del Nautilus para explorar el fondo de los mares, cuando viaja hasta la luna en un trémulo cohete o cuando sobrevuela enormes acantilados sujetándose con fuerza a las garras de un gigantesco ave-roc. 
Siempre es una garantía comenzar a leer de la mano de un autor que tanto ama la buena literatura; un autor que ha sabido descubrirnos a otros escritores y explicarnos las claves que los convierten en grandes autores. Vila-Matas, con esa elegancia de la que hablaba Bolaño, recupera aquí, una vez más, su «despejada mirada hermosamente infantil sobre las cosas» a la que alude en su Dietario voluble, una mirada aún inocente con la que invita a los niños a explorar el abismo antes de iniciar un viaje vertical hacia la madurez. 
Ahora voy a leer a mi hija María este cuento que será su primer Vila-Matas. Quizás hoy no lo entienda pero sí dentro de unos meses y, cuando ya sepa leer, querrá conocer de nuevo la aventura de Anita a la que le asustan las letras. Esta es la mejor invitación a la lectura que hace Vila-Matas porque es la primera y porque promete a los pequeños lectores un juego de iniciación, una entrada al mundo de la ficción que es, sin duda, una de las más fascinantes creaciones del ser humano.









Niña
Enrique Vila-Matas
Ilustraciones: Anuska Allepuz
Alfaguara, 2013




Hongos y animales

Marianne Moore decía que sus estudios de biología le sirvieron decisivamente para su poesía. En muchos de sus poemas recurre a diversas especies de animales para reflexionar sobre comportamientos y obsesiones humanas, sobre los deseos y la aceptación de nuestros propios límites. Esta misma idea es la que utiliza Guadalupe Nettel en su libro de relatos El matrimonio de los peces rojos, con el que ganó el III Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. Son cinco historias livianas, de una personal atmósfera, que ponen en evidencia, con ironía y agudeza, algunos aspectos de la conducta humana. En cuatro de ellas los protagonistas se vinculan a distintas especies de animales, calladas y cercanas, capaces de reflejar como espejos las tensiones domésticas y las crisis de pareja. En otro, son los hongos los que irrumpen invadiendo su intimidad para mostrar una relación absorbente. Una pareja de peces Betta, en su entorno cerrado, afronta el conflicto entre sus instintos de reproducción y territorialidad; en el exterior de su universo de cristal un matrimonio encara el nacimiento de su hija y el distanciamiento de la pareja en etapas sucesivas y paralelas a la disyuntiva ictiológica. Un reservado y huidizo profesor de biología relata su experiencia infantil tras la separación de sus padres y, con cierta herencia de realismo mágico, manifiesta las diferencias de dos clases sociales que cohabitan sin convivir en una misma casa hasta que una invasión de cucarachas les une para conseguir un propósito común. Una brillante estudiante de doctorado adora a sus gatos y, gracias a ellos, es capaz de tomar decisiones sobre sentimientos tan elementales como la maternidad que la enfrentan a lo que la razón le dicta. Una violinista tiene una apasionada relación sentimental que le lleva a parasitar a su nueva pareja de la misma forma que lo hacen los hongos que han invadido su entrepierna y que le revelan una nueva forma de soportar la ausencia de su amado. Por último, un escritor de teatro busca sus raíces y descubre un amor tardío que le lleva a renovarse y a aislarse del mundo junto a una venenosa serpiente de Beijing. 
Entre sus líneas se puede ver a Cortázar en la distancia y, aún más allá, al propio Kafka con seres que irrumpen en la vida de los personajes y la transforman por completo. Quizás algo más cercano esté Arreola y su Migala y otros cuentistas que han seguido su estela. Guadalupe Nettel elige un entorno cotidiano en el que se asientan animales y hongos cargados de simbolismo para crear mundos sutiles donde los personajes, con sentimientos abatidos, se encuentran en encrucijadas trascendentes. Algún biólogo podría sonreír al leer algunas afirmaciones que arrastran los textos, aunque eso no debe importarnos si participamos del lúcido juego literario que nos propone la autora, con una prosa sencilla, sobria y muy medida con la que consigue generar expectativas que se resuelven a veces de forma esperada, y que nos mantiene atrapados hasta el final del relato.










El matrimonio de los peces rojos
Guadalupe Nettel 

Páginas de Espuma, 2013

Futuro evadido

Son cada vez más frecuentes las fusiones de géneros literarios, el relativismo, la mutabilidad de las formas narrativas. A menudo, como pone de manifiesto Franca Sinopoli, esta diferenciación intergenérica es sólo un convencionalismo útil para el estudio y el análisis literario pero poco debe de influir en los escritores. Artefactos, puede ser una novela pero también un libro de relatos consecutivos con historias completas e independientes. Para esto sólo es necesario obviar las relaciones y conexiones internas de los personajes entre los distintos capítulos que hacen que finalmente todo encaje como en un rompecabezas. Pero esa no es la única transgresión de Carlos Gámez; aquí se mezcla la ciencia ficción con el realismo sucio y la teoría científica con la imposibilidad tecnológica. Las ciudades y los países han perdido sus nombres, en el mundo han proliferado artefactos que nos ofrecen una nueva realidad, con tutoras virtuales que nos excitan y nos ayudan a estudiar, con máquinas que dirigen nuestros sentimientos, con psicotrópicos y neurocircuitos integrados que se pueden conseguir de contrabando. Los seres humanos viven sin tener una conciencia individual y la mecánica cuántica pervierte sus relaciones. Los personajes se hunden emocionalmente si les falta la extraña tecnología que les sirve como escape y sueñan con poder convertirse en yonquis cuando el gobierno les deje jubilarse para escapar así del tedio y de las miserias que guarda la vejez; pero no por eso renuncian a la lectura de Irvine Welsh o de Bukowski. En estos tiempos deshumanizados los programas de telebasura pueden llenar el tiempo de los protagonistas e incluso cambiar el rumbo de sus vidas. Y en un giro metaliterario una narradora confiesa lo incontrolable de un personaje delincuente al que le gustan las rumbas y explica cómo con un neurochip es capaz de bucear en la memoria del protagonista. Gámez, utilizando un argot urbano, nos presenta, en ocasiones con humor, su visión pesimista de la humanidad, enfrentada a sus propias incongruencias y contradicciones, y el desolador futuro al que nos puede conducir la tecnología donde la única salida posible es la evasión. Con esta obra el autor obtuvo el IX Premio Cafè Món.













Artefactos
Carlos Gámez 

Editorial Sloper, 2012

A la espera del adjetivo

El 27 de junio de 1919 Franz Kafka, que había escrito diarios desde 1910, retoma sin demasiado entusiasmo este ejercicio después de leer sus viejos cuadernos de años pasados. Tres días después, paseando junto a una mata de jazmines por el Parque Rieger en compañía de su novia, con el corazón alborotado, se sintió mentiroso en sus suspiros pero veraz en su proximidad, en su confianza, en su sensación de estar protegido. Lejos de allí, unas horas antes, Josep Pla deambulaba en una noche calurosa por los barrios bajos de Barcelona y, como Kafka, pensaba que a menudo mentía sin justificación y era pésima la opinión que tenía de sí mismo. Esta es una de las escasas coincidencias de ambos diarios. Después Kafka no escribió nada más que unas enigmáticas frases hasta el mes de diciembre, mientras que Pla terminó El Cuaderno gris un 15 de noviembre, dos días antes de partir hacia París. Maurice Blanchot explicaba que los escritores que se someten a la disciplina de un diario, donde se ordenan cronológicamente los sucesos cercanos, los estados de ánimo o los pensamientos, son los más literarios porque lo escriben por angustia ante la experiencia extrema de la literatura. Escriben por la necesidad de salvar los días del olvido pero es la propia escritura la que altera esos momentos que intentan salvar. Así es como, en ocasiones, llegan a mostrarnos abiertamente al escritor y su pasión desnuda por la literatura. Sin embargo, mientras que el diario de Kafka puede resultar incompleto como documento de época, El Cuaderno gris de Pla refleja, igual que ocurre en el de André Gide, otro contemporáneo suyo, aspectos de su personalidad, sus gustos, sus ideales pero muy especialmente los paisajes y nos retrata un país convulsionado por crisis políticas y sociales a través de su experiencia diaria, sin perspectiva temporal. Esto es precisamente lo que, según Juan Villoro, busca un lector que decide leer un diario biográfico donde sabe que no encontrará grandes aventuras y menos aún ingeniosos enigmas que desvelar. Lo literario de estos diarios no está en lo que dicen sino en cómo lo dicen y en su capacidad de hacer trascender hechos que pueden ser banales pero que nos dibujan con nitidez una particular visión de la vida. A diferencia de las autobiografías, en las que los escritores hacen un ejercicio de evocación, donde la memoria, de modo consciente o inconsciente, filtra y distorsiona los hechos pasados bajo la influencia de experiencias posteriores, con los diarios se retrata el instante tal y como se vive para evitar precisamente que lo cotidiano huya de la memoria por su natural fugacidad. 
Josep Pla comienza su diario en marzo de 1918, el día que cumple veintiún años. Debido a la mortífera gripe clausuran la universidad y regresa a Palafrugell, el pueblo en el que nació. En las primeras páginas relata su infancia, la felicidad robada, la que recuerda y la que le contaron. Sin añorar Barcelona, alude con frecuencia a la forma de ser de sus paisanos, de la gente del país, a los pequeños y grandes placeres de su vida como sus lecturas, las conversaciones con los amigos o el ressopo, esa comida de los trasnochadores después de la media noche. Rescata parte de la memoria de sus antepasados, de su genealogía que califica de gris y vulgar, con poco apego por los libros. Conversa en las tertulias sobre sus ideas políticas y sorprende lo actual de su pensamiento en relación a las trampas del capitalismo y a la labor de los banqueros. Hace críticas mordaces de la sociedad y habla sin tapujos del desasosiego y la atracción que le provocan las mujeres. Le preocupa especialmente la larga guerra y se indigna del beneficio económico que algunos obtienen de ella. Describe con precisión sus viajes, sabe captar los instantes con adjetivos como un fotógrafo de la palabra. El paisaje le hace pensar, la montaña, el mar, la influencia de la meteorología en el comportamiento, la fauna local y las mascotas que se pasean indiferentes por el jardín. Josep Pla es un gran lector. Le entusiasma la filosofía y lee entre otros a Montaigne, Platón, Rousseau, Nietzsche o Kierkegaard, otro diarista. A pesar de su pasión por la literatura confiesa su escasa afición a leer novelas, le aburren los desenlaces largos y piensa que la mayoría de ellas ganarían si no tuviesen fin. Pero a pesar de eso, menciona y, en no pocas ocasiones, hace agudos comentarios críticos y hasta subversivos sobre grandes autores de diferentes épocas como Goethe, Proust, Homero, Dostoievski, Remy de Gourmont, Stendhal, Baroja o Tolstoi entre otros posibles y destaca autores de las letras catalanas como Josep Carner, Santiago Rusiñol, Narcis Oller, Eugeni d’Ors o Francesc Pujols. 
A principios de 1919 regresa a Barcelona y en el viaje piensa en lo inútil de su cuaderno gris. Le cuesta romper los papeles. Son numerosas las veces que le asaltan las dudas sobre su futuro y sobre la escritura. Se queja de los días estériles y perdidos. Reconoce con humildad su incapacidad para escribir poesía. Se ofusca cuando no encuentra el adjetivo preciso y admite la dificultad de escribir y publicar en catalán a la que considera una lengua dura, de difícil manejo. Su amigo Alexandre Plana, otro de los grandes escritores catalanes, le abre los ojos y se separa del novecentismo, de la retórica exagerada y su prosa se hace entonces más clara, más sencilla, más brillante y muy personal. En Barcelona asiste al Ateneo, termina sus estudios, come mal, padece la gripe, da sus primeros pasos en el periodismo, hace sus primeras traducciones, salva del suicidio a una joven, es testigo de los problemas sociales que desencadenan la ocupación militar y se evade paseando por La Rambla deteniéndose a contemplar a las hermosas mujeres que se cruzan en su camino. En el mes de noviembre le proponen ir a París de corresponsal y dos días después abandona su diario.
Josep Pla revisó sus diarios antes de publicarlos varias décadas después de ser escritos. Posteriormente, Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros lo tradujeron al castellano y, en esta nueva edición, Narcís Garolera lo revisa minuciosamente. El cuaderno gris nos revela cómo surge uno de los más grandes escritores del siglo XX. Por momentos nos recuerda a Perec, a Pitol, o a Vila-Matas al mostrarnos, igual que hizo Kafka con su diario, la íntima e inquebrantable relación de su vida con la literatura.














El cuaderno gris. Un dietario 
Josep Pla 
Traducción: Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros
Edición de Narcís Garolera
Ediciones Destino. 2012

Guillermo Arriaga, Rogelio

Rogelio
A Alan Page
Rogelio no se percataba de que ya estaba muerto o se resistía sencillamente a aceptarlo. Por ello, una y otra vez, se salía de la fosa donde estaba enterrado y no era raro encontrárselo comiendo en algún restaurante cercano al cementerio. En algunas ocasiones nos iba a visitar al Retorno y se pasaba largas horas platicando sobre los viejos tiempos. Sin duda varios de nosotros tratábamos de convencerlo de que ya era un cadáver y que apestaba bastante. No nos hacía caso y con una desfachatez increíble se presentaba en cualquier lugar y a cualquier hora. Una noche lo acompañé de vuelta al panteón. Charlamos un buen rato sobre todas aquellas experiencias que habíamos compartido cuando él aún vivía. Compramos unas cuantas cervezas y nos emborrachamos. Nos divertimos. Nos reímos. Gozamos. Lloramos. Al amanecer se despidió con una sonrisa. Se acomodó en su ataúd y cerró la tapa. Nunca más volví a saber de él, porque esa madrugada morí atropellado y mi mujer... mi mujer decidió incinerarme.
Guillermo Arriaga, Rogelio














Retorno 201
Guillermo Arriaga

Páginas de Espuma, 2005

Caminando por el tiempo

Borges utilizaba la metaficción como uno de los principales ejes de sus narraciones; defendía que la escritura es un complejo entramado del devenir continuo de la literatura del pasado y del presente, nos empujaba a los laberintos del tiempo y nos presentaba universos irreales. Todos estos elementos forman parte de los recursos que con gran destreza maneja Juan Gómez Bárcena en su libro de relatos Los que duermen. Aquí se perciben lecturas de grandes obras como Las mil y una noches y de autores como Homero, Swift o Cortázar entre otros. Se trata de una colección de cuentos que pivotan sobre los conceptos del tiempo y el valor de la palabra. En Cuaderno de bitácora, unos navegantes son arrastrados hasta un pueblo en el que cada palabra tiene un precio y sólo aquel que posee riqueza puede tener un gran vocabulario, como si en los límites de su lenguaje estuvieran, parafraseando a Wittgenstein, los límites de su mundo. En los relatos siguientes los personajes avanzan hacia el este para escapar del destino retrocediendo en el tiempo aunque su historia se resuelva en el periodo de una vida real. El autor utiliza el nivel de abstracción histórica propia de los mitos y los personajes se enfrentan a sí mismos en la soledad de sus penurias. El presente abre puertas que oculta el pasado remoto y muestra el futuro, con máquinas que miran al cielo esperando a los dioses, en Zigurat, el “topocosmos” del que hablaba Kermode. El sinsentido y la mentira del Tercer Reich también asoman con un idílico campo de concentración. Aparecen fantasmas antiguos que intentan organizar el caos del mundo. Se nos muestra la mentira cruel, la perversidad innecesaria de una hija con su madre en el tedio de la convivencia. Y en los últimos relatos llegamos al final apocalíptico de los tiempos donde los protagonistas tienen la necesidad de mirar al pasado para intentar resolver preguntas sin respuestas sobre sentido de la existencia o el papel del hombre en el mundo. Algunos hechos y algunos personajes irrumpen en distintos relatos para mantener un hilo conductor a lo largo de todo el libro. Son textos imaginativos, condensados, que no renuncian a la insinuación lírica ni al poder de la sugestión y que guardan el misterio de las grandes narraciones que nos hacen disfrutar a los amantes del cuento.













Los que duermen
Juan Gómez Bárcena 

Editorial: Salto de Página, 2012.