Manuel Moya, El elefante

El elefante
a Ricardo Reques
De pequeña evitaba los elefantes. Me resultaban pesados, torpes, arbitrarios, violentos. Al principio Trilce era distinto. Lo que hacía con su trompa, cómo lo diría, me chiflaba y esa como galantería cuando me subía sobre su lomo y conseguía hacerme estremecer. ¡Ah, pero con qué facilidad se corrompen los elefantes! ¡Y huelen tan mal! Hace un mes he conocido a un payaso y me ha pedido que me fugue con él. Como me conozco, sé que acabaré aceptando. Después de todo, dice, cuando me canse nada me costará encontrar otro elefante. O un pingüino, ya ves tú.
Manuel Moya, El elefante (Caza Mayor, 2014)












Caza Mayor
Manuel Moya
Baile del Sol, 2014


Manuel Moya

Caleidoscopia, de Francisco Javier Guerrero

Eclipse de Sol
Ocurre durante el eclipse. El astro y la nota desaparecen. El primero, en la calle Oliverio Girondo, bajo sus recién inaugurados edificios. La segunda, en ese mismo lugar, cuando el sol se oculta artificialmente, en la fantasía oriental compuesta por Mili Balákirev, cada veintiuno de junio de años no bisiestos. La primera persona que observó el fenómeno fue la pianista Olvido Gelman, el día del asesinato de su hija, como ella misma narró en sus memorias:
“No sabíamos que la calle estaba cortada por la policía, ni que había un francotirador suelto. Yo ensayaba Islameli cuando mi hija entró al estudio para despedirse. No me dijo nada. Sólo me dio un beso y se marchó a clase. Pocos minutos después, la oscuridad empezó a entrar por la ventana. Yo seguí tocando hasta que comprobé que una nota estaba desapareciendo de la composición. Revisé la afinación del piano. Fuera se hizo de noche y la nota dejó de percibirse. Entonces oí el disparo.”
Se trata de un accidente electromagnético que sucede durante el solsticio de verano, cuando el sol alcanza el cenit, y las torres de la calle anteriormente citada, su altura y su forma, lo ocultan sobre el asfalto durante unos minutos. La oscuridad, la magnetita utilizada en el hormigón de las construcciones y la curvatura de aquella vía, crean un campo de fuerza que impide que la longitud de onda de la quinta nota musical de la escala diatónica de do mayor se propague. Aunque sólo ocurre en la fantasía de Balákirev. Por su peculiar armonía, dilucidaron algunos físicos. Sin embargo, para Olvido estos argumentos nunca fueron suficientes.
“Los científicos han tratado de explicar un hecho inexplicable. Pero no lo consiguen porque hay elementos que nunca mencionan. Dos factores que deliberadamente olvidan para poder resolver sus ecuaciones. El primero es una fecha. Cuando el solsticio ocurre el veinte de junio, nada ocurre ese año. El segundo, y más insólito, es un nombre. El más hermoso de todos. Sol. El nombre de mi hija.”
Francisco Javier Guerrero, Eclipse de Sol (Caleidoscopia, 2014). 


Ilustracción: Raquel Boucher













Caleidoscopia
Francisco Javier Guerrero
Ilustrado por Raquel Boucher
Editorial Adeshoras, 2014




Chesterton, El árbol del orgullo

El árbol del orgullo
Si bajas a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques, entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirás de los nativos una extraña leyenda sobre un santo de la edad de las tinieblas. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perdura la Edad Media. Sólo he visitado esa costa una vez, a pesar de que se encuentra, por así decirlo, frente a la ciudad italiana donde viví durante años, y aún resulta difícil creer cómo la insensatez y la trasmigración de la leyenda parecía menos descabellada ante aquellos inmensos árboles con leones en la noche y, más allá, la solitaria oscuridad roja. Dicen que el santo ermitaño Securis, viviendo allí entre los árboles, llegó a amarlos como a compañeros, ya que, a pesar de ser grandes gigantes con muchos brazos como Briareus, eran las criaturas más inocentes y mansas: no devoraban como los leones, sino que abrían los brazos a todas las pequeñas aves. Rezó para que fueran liberados y pudiesen caminar, de vez en cuando, como otras criaturas. Y los árboles caminaron con las oraciones de Securis, como antes lo hicieron con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se asustaban al ver a lo lejos el caminar del santo y su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Pero los árboles fueron liberados bajo una estricta disciplina: debían regresar al sonido de la campana de la ermita e imitar a las salvajes fieras sólo en el caminar, pero no devorar ni destruir nada. Bien, se dice que uno de los árboles escuchó una voz que no era la del santo, que, en la verde penumbra calurosa de una tarde de verano, se hizo consciente de que algo se había posado en sus ramas y hablaba bajo la apariencia de una gran ave, y que, otra vez, habló para el árbol con la apariencia de una gran serpiente. A medida que la voz se hizo más fuerte entre el murmullo de las hojas, el árbol sintió un deseo de estirarse y atrapar a los pájaros, que volaban inofensivamente alrededor de sus nidos, para hacerlos pedazos. Finalmente, el tentador llenó la copa del árbol con sus propios pájaros del orgullo, un desfile de estrellas de pavos reales. Y el espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y devoró a los pájaros verdeazulados hasta que no dejó ni una pluma; y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Y dicen que, cuando llegó la primavera, todos los árboles dieron hojas, pero a éste le salieron plumas de extraño tono y patrón. Y, por esa monstruosa asimilación, el santo supo del pecado y castigó a un solo árbol, pero entonces el mal podría caer sobre cualquiera de los otros y los arrancó también. Este, Squire, es el origen de los desiertos de este cuento que termina aquí, casi en este jardín.
G.K. Chesterton, El árbol del orgullo.

G.K. Chesterton

The tree of pride
If you go down to the Barbary Coast, where the last wedge of the forest narrows down between the desert and the great tideless sea, you will find the natives still telling a strange story about a saint of the Dark Ages. There, on the twilight border of the Dark Continent, you feel the Dark Ages. I have only visited the place once, though it lies, so to speak, opposite to the Italian city where I lived for years, and yet you would hardly believe how the topsy-turvydom and transmigration of this myth somehow seemed less mad than they really are, with the wood loud with lions at night and that dark red solitude beyond. They say that the hermit St. Securis, living there among trees, grew to love them like companions; since, though great giants with many arms like Briareus, they were the mildest and most blameless of the creatures; they did not de vour like the lions, but rather opened their arms to all the little birds. And he prayed that they might be loosened from time to time to walk like other things. And the trees were moved upon the prayers of Securis, as they were at the songs of Orpheus. The men of the desert were stricken from afar with fear, seeing the saint walking with a walking grove, like a schoolmaster with his boys. For the trees were thus freed under strict conditions of discipline. They were to return at the sound of the hermit's bell, and, above all, to copy the wild beasts in walking only to destroy and devour nothing. Well, it is said that one of the trees heard a voice that was not the saint's; that in the warm green twilight of one summer evening it became conscious of some thing sitting and speaking in its branches in the guise of a great bird, and it was that which once spoke from a tree in the guise of a great serpent. As the voice grew louder among its murmuring leaves the tree was torn with a great desire to stretch out and snatch at the birds that flew harmlessly about their nests, and pluck them to pieces. Finally, the tempter filled the tree-top with his own birds of pride, the starry pageant of the peacocks. And the spirit of the brute overcame the spirit of the tree, and it rent and consumed the blue-green birds till not a plume was left, and returned to the quiet tribe of trees. But they say that when spring came all the other trees put forth leaves, but this put forth feathers of a strange hue and pattern. And by that monstrous assimilation the saint knew of the sin, and he rooted that one tree to the earth with a judgment, so that evil should fall on any who removed it again. That, Squire, is the beginning in the deserts of the tale that ended here, almost in this garden.
G.K. Chesterton, The tree of pride

Alejo Carpentier, Viaje a la semilla

Viaje a la semilla
I
-¿Qué quieres, viejo?...
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían -despojados de su secreto- cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.
Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se despoblaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.
Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras desorientadas.
II
Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.
Los cuadrados de mármol, blancos y negros, volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación.
En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.
El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate.
Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida
III
Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.
Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.
Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al cuello, que apretaban su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de papel. Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la tarde.
IV
Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero, durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra, irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.
Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la cama, que andaba por el patio murmurando: "¡Desconfía de los ríos, niña; desconfía de lo verde que corre!" No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que una jícara derramada sobre el vestido traído de París, al regreso del baile aniversario dado por el Capitán General de la Colonia.
Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas perdían anillos. Las enredaderas saltaban la primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó la casa.
V
Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en la obscuridad. Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas -relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las lozas un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados. Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de las rejas, la Ceres fue sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya el alba, las luces de los velones.
VI
Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.
Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia.
Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de Campoflorido, se sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos.
La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.
Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de "El Jardín de las Modas". Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca -así fuera de movida una guaracha- sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.
VII
Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.
Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en cualquier texto. "León", "Avestruz", Ballena", "Jaguar", leíase sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo, "Aristóteles", "Santo Tomás", Bacon", "Descartes", encabezaban páginas negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular espesa. Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un gran peso. Su mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera. El día que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon recobró su categoría de duende: el espectro fue sinónimo de fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.
Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero, un día, la cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las sábanas del infierno, renunciando para siempre a sus rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta acera rajada, señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que debía darse por hollar el umbral de los perfumes.
Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a imágenes que recobraban su color primero.
VIII
Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran mas hondas y los sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de mármol.
Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente, de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera. Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a más de un metro de distancia.
-¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...
Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor.
Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensando antes. Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario -como Don Abundio- por no conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía, Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de calderones -órgano, pinar al viento, mandolina de grillos.
IX
Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la Alameda -cuando sólo dos podían comerse, los domingos, después de misa. Se entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce.
Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del Comercio.
Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque y los ejemplos usuales. Los "Sí, padre" y los "No, padre", se encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante en una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y salía, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones: porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.
El padre era un ser terrible y magnánimo al que debía amarse después de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.
X
Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.
Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos apretados de doce ocas asadas. Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las palabras no tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en las sombras de la calle de la Amargura.
En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina. Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. La derecha se llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor de terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta o un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y almendras, que llamaban el "Urí, urí, urá", con entendidas carcajadas. Ambos habían explorado la casa de arriba abajo, siendo los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses, debajo de las cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de criadas, doce mariposas polvorientas acababan de perder las alas en caja de cristales rotos.
XI
Cuando Marcial adquirió el hábito de romper cosas, olvidó a Melchor para acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado grande; el podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras tenían que encerrar.
Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo del hocico. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca ocuparían.
Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.
Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores. Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca del tejadillo calificaba a su padre de "bárbaro", Marcial miraba a Canelo, riendo con los ojos. Lloraban un poco más, para ganarse un bizcocho y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado; la lagartija que decía "urí, urá", sacándose del cuello una corbata rosada; el triste jubo nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero con una semilla de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.
-¡Guau, guau! -dijo.
Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería alcanzar, con sus manos, objetos que estaban fuera del alcance de sus manos.
XII
Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.
Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.
Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas raíces al pie de las selvas.
Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.
XIII
Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición, encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse al Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno recordó entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de mayo, entre las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte.
Alejo Carpentier, Viaje a la semilla.
Alejo Carpentier

El mito privado

El sueño siempre ha sido una buena excusa literaria para dejar escapar a los fantasmas. Lo onírico, probablemente, forma parte del repertorio de los cuentos más antiguos del hombre. Para Lucrecio nuestros sueños dependen de nuestras vivencias diarias: los temores, los deseos, los impulsos sexuales y, a través de los sueños, pudimos ver, por primera vez, a los dioses. «No puedo dormir. Sólo soñar, pero no dormir» decía Kafka, advirtiendo, con estas palabras, que el sueño y la vigilia son compatibles. Con el nexo común del sueño de día y el sueño de noche —distinción borgiana, tal y como se explica en la introducción—, José L. Falcó hace una selección de textos procedentes de la sugestiva obra de Francisco Ferrer Lerín en Mansa chatarra. Lo primero que llama la atención es la cuidada edición de Jekyll & Jill que predispone aún más, como es común en los libros que edita, a una agradable lectura. El sueño es para Ferrer Lerín «el segundo mundo que vamos habitando». Sueño, ficción y literatura van unidos y configuran una nueva realidad. El autor recoge sueños repetidos de la infancia, vivencias cruciales de la adolescencia, momentos sexuales insólitos. Hay encuentros con amigos y conocidos muertos, desdoblamientos de personajes, asesinatos, viajes a lugares extraños, ciudades y campos en los que suceden historias truculentas con quebrantahuesos, lisas o parásitas hormigas africanas. Reaparecen algunos de los seres fabulosos de su particular Bestiario, monstruos que se acercan a lo mitológico y que parecen dar la razón a Joseph Campbell cuando afirma que el sueño es un mito privado. Quizás, después de todo, a Ferrer Lerín, le ocurra como a Perec, que sueña para escribir sus sueños. Aquí, como sucede con los recuerdos que nos quedan de los sueños, las historias lineales, de gran sencillez, se combinan con otras más complejas y de un cierto hermetismo. En ocasiones nos sumergen en atmósferas de ensoñación kafkiana y la realidad se deforma —se sabe que el verano se acaba cuando del cielo cuelgan cientos de maletas— o se altera la percepción de los valores —el cadáver de un gorrión atropellado puede despertar mayor interés que el de un conductor de un descapotable que frena bruscamente y sale volando hasta estrellarse—. Sus textos nos muestran con claridad, y a veces con dureza, nuestra naturaleza, la materia con la que los humanos estamos hechos, indistinguible de la de cualquier animal, movida por las mismas pulsiones: un carroñero come, sin distinción, con la misma voracidad, la carne de una res que la de un hombre. En ocasiones surge lo absurdo y lo grotesco y nos puede recordar a Ionesco o, más aún, a Beckett por la descontextualización del tiempo y del espacio. Parece que, como le sucede a Robert Walser, los sueños invitan al narrador a plasmar sus obsesiones y a reflexionar sobre su mundo interior y exterior. 
Las fronteras de los géneros de poesía, cuento y microcuento se diluyen. Hay miedo, inquietud, humor, extrañamiento, sombras, historias simbólicas, imágenes intensas, recuerdos, alucinaciones, anécdotas y reflexiones. Y todo esto escrito de forma calculada, con la elección minuciosa de las palabras exactas. Ferrer Lerín es un escritor brillante, audaz, enormemente perspicaz y de una categoría literaria poco común, con un estilo preciso y detallista. Reivindica la mirada aguda, se detiene a observar lo que con frecuencia pasa desapercibido, encuentra lo extraordinario en la cotidianidad de la naturaleza. Lo que se vive en los sueños, al cabo del tiempo, puede ser tan real como la vigilia, pero su recuerdo, como dice Argullol, no evita la imaginación. Al fin y al cabo, sólo se ha vivido lo que se recuerda.












Mansa chatarra

Francisco Ferrer Lerín

Edición de José Luis Falcó
Jekyll & Jill, 2014

El padre muerto, de Donald Barthelme

Con un cóctel posmoderno y provocador de surrealismo, mitología y filosofía, la novela El padre muerto, de Donald Barthelme, no puede dejar a nadie indiferente. El Padre Muerto es un ser de enormes dimensiones que es arrastrado por varios hombres contratados que tiran de un cable de acero a través de un amplio territorio. El Padre Muerto tiene una pierna artificial y está muerto, pero, de algún modo, todavía vivo; y, en la meta de su delirante viaje, pretende recuperar la juventud perdida, aunque en realidad, como él mismo intuye, lo trasladan hacia su tumba. El Padre Muerto es de un carácter voluble y arremete matando humanos y animales cuando se altera. El texto se estructura en capítulos cortos, en los que las conversaciones ocupan un lugar destacado. Hay una novela dentro de la novela titulada Un manual para hijos, supuestamente “traducido del inglés al inglés” donde se describen veintidós clases de padres y en la que algunas de las historias funcionan como perfectos microcuentos.
Uno de los mayores logros de la novela es la alternancia de pasajes y conversaciones absurdas con reflexiones profundas donde no falta el humor, la maldad y una provocadora tensión sexual. Se trata de un texto experimental satírico y enormemente lúcido.

Fragmento de Un manual para hijos en El padre muerto.
Conocí a un padre que se llamaba Ys y tenía muchos muchos hijos y los vendía a todos a las fábricas de huesos. Las fábricas de huesos no aceptan niños enfadados o malhumorados, de ahí que Ys fuera, para sus hijos, el padre más bueno y cariñoso que quepa imaginar. Los alimentaba con enormes cantidades de caramelos de calcio y con leche de visón, les contaba historias muy interesantes y divertidas y les hacía practicar a diario ejercicios para fortalecer los huesos. «Los hijos altos» decía, «son mejores». Una vez al año las fábricas de huesos enviaban una pequeña furgoneta azul a la casa de Ys.
Donald Barthelme. Un manual para hijos, El padre muerto (1975)
I knew a father named Ys who had many many children and sold every one of them to the bone factories. The bone factories will not accept angry or sulking children, therefore Ys was, to his children, the kindest and most amiable father imaginable. He fed them huge amounts of calcium candy and the milk of minks, told them interesting and funny stories, and led them each day in their bone-building exercises. "Tall sons," he said, "are best." Once a year the bone factories sent a little blue van to Ys's house.

Donald Barthelme. Manual for sons. The Dead Father (1975)









El Padre muerto
Donald Barthelme
Traducción: Catalina Martínez Muñoz
Sexto Piso, 2009

Catherine Crowe, El crimen invisible

El crimen invisible
En 1842 en el barrio de Marylebone, se derribó una casa a la que ya no acudía ningún huésped desde hacía ya muchos años, y cuyos propietarios no estaban dispuestos a gastar más dinero en reparaciones.
Sus últimos habitantes fueron el mayor W..., su esposa, sus tres hijos y su sirviente.
El mayor W..., que desempeñaba un digno cargo en la Intendencia, había insistido innumerables veces a sus superiores para que le permitieran cambiar de vivienda (el alquiler del inmueble estaba a cargo de la Intendencia). Como esta autorización demoraba, alegó para justificar su repetida insistencia que la casa estaba embrujada "del modo más desagradable".
Todas las noches, la puerta del salón se abría violentamente, se oía un ruido de pasos precipitados, una respiración ronca y luego dos o tres gritos horribles y la pesada caída de un cuerpo contra el piso.
A menudo encontraban los muebles volcados, sobre todo cuando estaban situados en el ángulo norte de la sala.
Luego se restablecía el silencio, pero alrededor de un cuarto de hora más tarde, se oía algo semejante a un pataleo, un sollozo y al fin un espantoso estertor.
El mayor W... acabó por prohibir a sus familiares la entrada a este salón. Incluso clausuró la puerta. Pero antes hizo constatar estos hechos por varios de sus compañeros del ejército. En efecto, el informe que presentó estaba firmado por el lugarteniente de Intendencia E..., el capitán S... y el comisario de víveres E...
Se procedió a una búsqueda de datos y muy pronto descubrieron una trágica historia.
En el año 1825, la casa estaba habitada por el corredor de joyas C... y su esposa. Esta última, mucho más joven que su marido, llevaba una vida desordenada y malgastaba enormes sumas de dinero.
Aunque el desgraciado C... le perdonó muchas veces sus caprichos, no parecía querer enmendarse; al contrario, su vida era progresivamente escandalosa.
C..., empujado por la amargura y los celos, se dio a la bebida.
Una noche volvió ebrio, decidido a acabar con sus desgracias.
Armado de un trinchete de zapatero, se abalanzó sobre su mujer, que huyó hacia el salón, pero C... la alcanzó y con un solo golpe de su arma, la decapitó. Permaneció largo rato mudo de horror ante su crimen, luego se colgó de la araña del techo.
Desde entonces ese horrible asesinato se reproducía cada noche, de una forma audible, pero jamás los espantados testigos vieron la más mínima aparición; sólo los ruidos fantasmales que se repetían con una perfecta exactitud.
La petición del mayor W... tuvo resultados favorables y, desde entonces, la casa permaneció desocupada hasta el día en que cayó bajo el pico de los demoledores.
 Catherine Crowe. El crimen invisible (1848). 
Catherine Crowe

La huida más radical

A veces, Pessoa sentía un cansancio de la vida tan terrible que ni siquiera podía pensar con qué dominarlo; tanto que el suicidio le parecía inseguro y la muerte todavía poco, como escribe en el Libro del desasosiego. Pessoa forma parte de la lista de literatos que, como Kafka o Rilke, hablaron de esa última posibilidad, pero, por distintas razones, la pospusieron y no llegaron a ejecutarla. Parece que los escritores tienen cierta predisposición a las enfermedades depresivas que incluso puede llevarles al suicidio. Toni Montesinos, en su libro Melancolía y suicidios literarios, hace un exhaustivo recorrido histórico del suicidio y su relación con el mundo de la escritura. Aristóteles atribuye cualidades positivas a los melancólicos y, por primera vez, relaciona este estado con el suicidio. En cambio, Hipócrates advierte del peligro que corren aquellos que se esfuerzan demasiado en la lectura de libros filosóficos por ser propensos a caer en la melancolía. Si en el cristianismo medieval se condena a melancólicos y a suicidas, en el Renacimiento les conceden un espacio destacado en la vida cultural. Don Quijote y Hamlet pueden considerarse paradigmas de dos tipos de melancolía, y el siglo que se inaugura con su aparición, puede definirse como la edad dorada de la melancolía. Pero es necesario esperar a que Goethe narre las desventuras de Werther para que el suicidio aparezca como tema de ficción y, además, le sirva al autor para alejar de sí mismo la tentación de quitarse la vida, como después les ocurriera a otros autores, incluido Vila-Matas con sus Suicidios ejemplares. El amor es lo único que salva del suicidio a los románticos: la muerte, con su sombra que no juzga ni interroga, es la compañera del melancólico que prepara con calma su original forma de huir del desamor. El suicida, durante el Romanticismo, no muere en privado sino que desea mostrar a la sociedad el testimonio de la tristeza que le produce la desunión. El escenario de paisajes solitarios de naturaleza arrolladora en los que posan sus ojos los melancólicos, cambia por los laberintos decadentes de las grandes ciudades al finalizar el siglo XIX. La ciencia explica ahora la realidad y los melancólicos vuelven a ser tratados como locos. Autores como Stevenson introducen el humor y el suspense al hablar del suicidio y Thomas Hardy habla de la muerte voluntaria infantil para evitar el sufrimiento que llegará. En el siglo XX el suicidio está muy presente en la literatura y es común entre los escritores que incluso lo trasladan al ámbito de lo lúdico y del humor. El estado enajenado por el consumo de alcohol y drogas, a los que muchos autores del momento se entregan, se relaciona con los estados depresivos previos a la muerte. El obsesivo deseo de morir de Pizarnik o el pesimismo de Zweig al ver una Europa rota y sin futuro, confirman la certeza de Coetzee, al hablar del suicidio como una aventura literaria. Al fin y al cabo, se pregunta Max Aub, ¿quién no se ha suicidado?












Melancolía y suicidios literarios
Toni Montesinos

Fórcola Ediciones, 2014

Silvina Ocampo, El vestido verde aceituna

El vestido verde aceituna
Las vidrieras venían a su encuentro. Había salido nada más que para hacer compras esa mañana. Miss Hilton se sonrojaba fácilmente, tenía una piel transparente de papel manteca, como los paquetes en los cuales se ve todo lo que viene envuelto; pero dentro de esas transparencias había capas delgadísimas de misterio, detrás de las ramificaciones de venas que crecían como un arbolito sobre su frente. No tenía ninguna edad y uno creía sorprender en ella un gesto de infancia, justo en el momento en que se acentuaban las arrugas más profundas de la cara y la blancura de las trenzas. Otras veces uno creía sorprender en ella una lisura de muchacha joven y un pelo muy rubio, justo en el momento en que se acentuaban los gestos intermitentes de la vejez.
Había viajado por todo el mundo en un barco de carga, envuelta en marineros y humo negro. Conocía América y casi todo el Oriente. Soñaba siempre volver a Ceilán. Allí había conocido a un indio que vivía en un jardín rodeado de serpientes. Miss Hilton se bañaba con un traje de baño largo y grande como un globo a la luz de la luna, en un mar tibio donde uno buscaba el agua indefinidamente, sin encontrarla, porque era de la misma temperatura que el aire. Se había comprado un sombrero ancho de paja con un pavo real pintado encima, que llovía alas en ondas sobre su cara pensativa. Le habían regalado piedras y pulseras, le habían regalado chales y serpientes embalsamadas, pájaros apolillados que guardaba en un baúl, en la casa de pensión. Toda su vida estaba encerrada en aquel baúl, toda su vida estaba consagrada a juntar modestas curiosidades a lo largo de sus viajes, para después, en un gesto de intimidad suprema que la acercaba súbitamente a los seres, abrir el baúl y mostrar uno por uno sus recuerdos. Entonces volvía a bañarse en las playas tibias de Ceilán, volvía a viajar por la China, donde un chino amenazó matarla si no se casaba con él. Volvía a viajar por España, donde se desmayaba en las corridas de toros, debajo de las alas de pavo real del sombrero que temblaba anunciándole de antemano, como un termómetro, su desmayo. Volvía a viajar por Italia. En Venecia iba de dama de compañía de una argentina. Había dormido en un cuarto debajo de un cielo pintado donde descansaba sobre una parva de pasto una pastora vestida de color rosa con una hoz en la mano. Había visitado todos los museos. Le gustaban más que los canales las calles angostas, de cementerio, de Venecia, donde sus piernas corrían y no se dormían como en las góndolas.
Se encontró en la mercería El Ancla, comprando alfileres y horquillas para sostener sus finas y largas trenzas enroscadas alrededor de la cabeza. Las vidrieras de las mercerías le gustaban por un cierto aire comestible que tienen las hileras de botones acaramelados, los costureros en forma de bomboneras y las puntillas de papel. Las horquillas tenían que ser doradas. Su última discípula, que tenía el capricho de los peinados, le había rogado que se dejase peinar un día que, convaleciente de un resfrío, no la dejaban salir a caminar. Miss Hilton había accedido porque no había nadie en la casa: se había dejado peinar por las manos de catorce años de su discípula, y desde ese día había adoptado ese peinado de trenzas que le hacía, vista de adelante y con sus propios ojos, una cabeza griega; pero, vista de espalda y con los ojos de los demás, un barullo de pelos sueltos que llovían sobre la nuca arrugada. Desde aquel día, varios pintores la habían mirado con insistencia y uno de ellos le había pedido permiso para hacerle un retrato, por su extraordinario parecido con Miss Edith Cavell.
Los días que iba a posarle al pintor, Miss Hilton se vestía con un traje de terciopelo verde aceituna, que era espeso como el tapizado de un reclinatorio antiguo. El estudio del pintor era brumoso de humo, pero el sombrero de paja de Miss Hilton la llevaba a regiones infinitas del sol, cerca de los alrededores de Bombay.
En las paredes colgaban cuadros de mujeres desnudas, pero a ella le gustaban los paisajes con puestas de sol, y una tarde llevó a su discípula para mostrarle un cuadro donde se veía un rebaño de ovejas debajo de un árbol dorado en el atardecer. Miss Hilton buscaba desesperadamente el paisaje, mientras estaban las dos solas esperando al pintor. No había ningún paisaje: todos los cuadros se habían convertido en mujeres desnudas, y el hermoso peinado con trenzas lo tenía una mujer desnuda en un cuadro recién hecho sobre un caballete. Delante de su discípula, Miss Hilton posó ese día más tiesa que nunca, contra la ventana, envuelta en su vestido de terciopelo.
A la mañana siguiente, cuando fue a la casa de su discípula, no había nadie; sobre la mesa del cuarto de estudio, la esperaba un sobre con el dinero de medio mes, que le debían, con una tarjetita que decía en grandes letras de indignación, escritas por la dueña de casa: "No queremos maestras que tengan tan poco pudor". Miss Hilton no entendió bien el sentido de la frase; la palabra pudor le nadaba en su cabeza vestida de terciopelo verde aceituna. Sintió crecer en ella una mujer fácilmente fatal, y se fue de la casa con la cara abrasada, como si acabara de jugar un partido de tenis.
Al abrir la cartera para pagar las horquillas, se encontró con la tarjeta insultante que se asomaba todavía por entre los papeles, y la miró furtivamente como si se hubiera tratado de una fotografía pornográfica.
Silvina Ocampo. El vestido verde aceituna.

Silvina Ocampo



El rescate de una lengua

Probablemente, el regalo más generoso que nos hacen nuestras madres es el lenguaje, algo que forma parte de la estructura de nuestra inteligencia y que nos pone en comunicación, no sólo con los demás, sino con nosotros mismos. Por eso podemos afirmar que las palabras nos dan la posibilidad de la libertad. Rescatar una lengua heredada de sus abuelos, pero también una cultura, es la tarea que acomete Myriam Moscona, con su voz particular, en su novela Tela de sevoya,. El ladino o judeoespañol es una lengua casi olvidada, sin patria, que conserva la musicalidad en sus arcaísmos y que, en la actualidad, apenas la hablan trescientas mil personas, en su mayor parte, de avanzada edad. La estructura de la novela destaca por su creativa multiplicidad. Pequeños textos se intercalan entre sí con epígrafes repetitivos abordados desde distintos géneros literarios. Distancia de foco alude a los recuerdos de la infancia y la adolescencia y es, por tanto, una biografía de la narradora. Pisapapeles son breves ensayos, textos de investigación periodística donde se analizan los orígenes del ladino y los momentos históricos clave como la expulsión de los judíos de España o el exterminio que perpetró el nazismo. También hay un Diario de viaje en el que la narradora anota su retorno a los Balcanes, sus periplos por otras geografías en busca de los últimos judíos que aún hablan ladino. Necesita escuchar sus inflexiones, registrar sus voces antes de que se pierdan para siempre. También hay espacio para los poemas, escritos en lengua serfardí, bajo el título de Kantikas, para las epístolas en La cuarta pared y para los cuentos en Molino de viento. En este collage, con retazos de historias propias y ajenas, se pone de relieve la importancia de los lazos de familia, el papel de abuelas y madres y su mundo femenino del hogar, que es el mundo del aprendizaje y de la protección. Ellas, en sus quehaceres cotidianos en torno a la cocina, en ese ambiente cercano a lo onírico, de olores amables y sabrosos, son las verdaderas contadoras de historias que ocupan la memoria, porque saben que «hay mundos más reales que el mundo de la vigilia». Rememorando la infancia la narradora recupera el pasado, ensambla las piezas de un puzle biográfico donde caben sonrisas olvidadas y momentos de luz, pero también las sombras, el dolor, el exilio y la muerte. Algunos retazos de rebeldía hacen aflorar sentimientos que enfrentan generaciones, fantasmas del pasado que surgen intentando defenderse de un mundo en constante cambio. A través de la palabra, decía José Antonio Marina, recibimos la información necesaria para aprender a ver la realidad y a ordenar nuestra experiencia y aprovechar la de los demás. Eso es precisamente lo que Myriam Moscona hace en esta novela, con la que ganó el Premio Xavier Villaurrutia 2012 y que ahora publica Acantilado.









Tela de sevoya 
Myriam Moscona

Acantilado, 2014

Identidad volátil

Explica David Lodge, que las clásicas historias detectivescas de Conan Doyle y sus seguidores tuvieron unos precedentes claros en novelistas victorianos como Dickens y Wilkie Collins, cuando estos comenzaron a explotar el misterio en relación con asesinatos y otros delitos. Surgió así un subgénero nuevo que tuvo un apogeo y que perduró hasta hace unas décadas. Luis Manuel Ruiz en El hombre sin rostro, regresa justo a los inicios del siglo XX y, con una prosa cuidada y efectiva, mimetizada con la que se escribía en aquella época, construye una historia donde se mezcla el suspense, la aventura, el humor, lo romántico y lo fantástico. La novela arranca con la huida precipitada de un profesor por los pasillos de un Museo de Historia Natural hasta acabar aplastado por el esqueleto de un Pterodáctilo que se desploma sobre él. Un joven periodista que comenzó a trabajar en el diario nacional El Planeta, como redactor de crucigramas, busca el éxito profesional siguiendo los pasos de un reputado y admirado cronista. Así, para demostrar su valía ante los demás y ante sí mismo, indaga en este macabro caso, que deja de parecer un accidente y se vislumbra como un eslabón más de una serie de asesinatos relacionados con un proyecto de investigación clasificado de alto secreto: el hallazgo de un extracto de un raro molusco que permite, al que lo ingiere, adoptar el aspecto físico de cualquier otro al que haya tocado previamente. El autor, para conseguir el ambiente que nos traslade a las novelas decimonónicas, nos presenta personajes arquetípicos: científicos lúcidos que confían ciegamente en el poder de la ciencia para cambiar el mundo, locos que adquieren un poder que les supera, el periodista ambicioso o la mujer bella, inteligente e indómita, con ojos profundos como dos tinteros. La narración trascurre por distintos escenarios de Madrid, Barcelona, e incluso la jungla tropical, y no falta una accidentada travesía en tren, laboratorios secretos o lúgubres salas mortuorias de experimentación. Como en las novelas de Agatha Christie, también hay un misterio que rodea a sus personajes: interrogantes sobre lo que les mueve en la vida, sobre su pasado y sus anhelos. Incluso algunos pequeños desatinos y subterfugios científicos contribuyen a sumergirnos en mundos semejantes a los imaginados por Verne o Wells.
Frente a la corriente de la novela moderna —en la que hay una oposición a los finales cerrados y felices, en las que se huye de las soluciones lineales y en las que siempre nos quedaran preguntas sin respuesta— Luis Manuel Ruíz nos propone una literatura que nos puede hacer pasar buenos momentos acompañando a los protagonistas, con un suspense que va creciendo en intensidad hasta la resolución final y que nos devuelve, con aliento romántico, la ingenua confianza literaria de que la razón siempre triunfa sobre el mal.












El hombre sin rostro
Luis Manuel Ruiz

Salto de Página, 2014

Jorge Luis Borges, La flor de Coleridge

La flor de Coleridge
Hacia 1938, Paul Valéry escribió: “La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor.” No era la primera vez que el Espíritu formulaba esa observación; en 1844, en el pueblo de Concord, otro de sus amanuenses había anotado: “Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente” (Emerson: Essays, 2, VIII). Veinte años antes, Shelley dictaminó que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe (A Defence of Poetry, 1821).
Esas consideraciones (implícitas, desde luego, en el panteísmo) permitirían un inacabable debate; yo, ahora, las invoco para ejecutar un modesto propósito: la historia de la evolución de una idea, a través de los textos heterogéneos de tres autores. El primer texto es una nota de Coleridge; ignoro si éste la escribió a fines del siglo XVIII, o a principios del XIX. Dice, literalmente: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”.
No sé que opinará mi lector de esa imaginación; yo la juzgo perfecta. Usarla como base de otras invenciones felices, parece previamente imposible; tiene la integridad y la unidad de un terminus ad quem, de una meta. Claro está que lo es; en el orden de la literatura, como en los otros, no hay acto que no sea coronación de una infinita serie de causas y manantial de una infinita serie de efectos. Detrás de la invención de Coleridge está la general y antigua invención de las generaciones de amantes que pidieron como prenda una flor.
El segundo texto que alegaré es una novela que Wells bosquejó en 1887 y reescribió siete años después, en el verano de 1894. La primera versión se tituló The Chronic Argonauts (en este título abolido,chronic tiene el valor etimológico detemporal); la definitiva, The Time Machine. Wells, en esa novela, continúa y reforma una antiquísima tradición literaria: la previsión de hechos futuros. Isaíasve la desolación de Babilonia y la restauración de Israel; Eneas, el destino militar de su posteridad, los romanos; la profetisa de la Edda Saemundi, la vuelta de los dioses que, después de la cíclica batalla en que nuestra tierra perecerá, descubrirán, tiradas en el pasto de una nueva pradera, las piezas de ajedrez con que antes jugaron… El protagonista de Wells, a diferencia de tales espectadores proféticos, viaja físicamente al porvenir. Vuelve rendido, polvoriento y maltrecho; vuelve de una remota humanidad que se ha bifurcado en especies que se odian (los ociosos eloi, que habitan en palacios dilapidados y en ruinosos jardines; los subterráneos y nictálopes morlocks, que se alimentan de los primeros); vuelve con las sienes encanecidas y trae del porvenir una flor marchita. Tal es la segunda versión de la imagen de Coleridge. Más increíble que una flor celestial o que la flor de un sueño es la flor futura, la contradictoria flor cuyos átomos ahora ocupan otros lugares y no se combinaron aún.
La tercera versión que comentaré, la más trabajada, es invención de un escritor harto más complejo que Wells, si bien menos dotado de esas agradables virtudes que es usual llamar clásicas. Me refiero al autor de La humillación de los Northmore, el triste y laberíntico Henry James. Este, al morir, dejó inconclusa una novela de carácter fantástico, The Sense of the Past, que es una variación o elaboración de The Time Machine (1). El protagonista de Wells viaja al porvenir en un inconcebible vehículo que progresa o retrocede en el tiempo como los otros vehículos en el espacio; el de James regresa al pasado, al siglo XVIII, a fuerza de compenetrarse con esa época. (Los dos procedimientos son imposibles, pero es menos arbitrario el de James.) En The Sense of the Past, el nexo entre lo real y lo imaginativo (entre la actualidad y el pasado) no es una flor, como en las anteriores ficciones; es un retrato que data del siglo XVIII y que misteriosamente representa al protagonista. Este, fascinado por esa tela, consigue trasladarse a la fecha en que la ejecutaron. Entre las personas que encuentra, figura, necesariamente, el pintor; éste lo pinta con temor y con aversión, pues intuye algo desacostumbrado y anómalo en esas facciones futuras… James, crea, así, un incomparable regressus in infinitum, ya que su héroe, Ralph Pendrel, se traslada al siglo XVIII. La causa es posterior al efecto, el motivo del viaje es una de las consecuencias del viaje.
Wells, verosímilmente, desconocía el texto de Coleridge; Henry James conocía y admiraba el texto de Wells. Claro está que si es válida la doctrina de que todos los autores son un autor (2), tales hechos son insignificantes. En rigor, no es indispensable ir tan lejos; el panteísta que declara que la pluralidad de los autores es ilusoria, encuentra inesperado apoyo en el clasicista, según el cual esa pluralidad importa muy poco. Para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial, no los individuos. George Moore y James Joyce han incorporado en sus obras, páginas y sentencias ajenas; Oscar Wilde solía regalar argumentos para que otros los ejecutaran; ambas conductas, aunque superficialmente contrarias, pueden evidenciar un mismo sentido del arte. Un sentido ecuménico, impersonal… Otro testigo de la unidad profunda del Verbo, otro negador de los límites del sujeto, fue el insigne Ben Jonson, que empeñado en la tarea de formular su testamento literario y los dictámenes propicios o adversos que sus contemporáneos le merecían, se redujo a ensamblar fragmentos de Séneca, de Quintiliano, de Justo Lipsio, de Vives, de Erasmo, de Maquiavelo, de Bacon y de los dos Escalígeros.
Una observación última. Quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura, lo hacen porque sospechan que apartarse de él en un punto es apartarse de la razón y de la ortodoxia. Durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Cansinos-Asséns, fue De Quincey.

(1) No he leído The Sense of the Past, pero conozco el suficiente análisis de Stephen Spender, en su obra The Destructive Element (páginas 105-110). James fue amigo de Wells; para su relación puede consultarse el vasto Experiment in Autobiography de éste. 


(2). Al promediar el siglo XVII, el epigramista del panteísmo Angelus Silesius dijo que todos los bienaventurados son uno (Cherubinischer Wandersmann, V,7) y que todo cristiano debe ser Cristo (op. cit., V,9).

 Jorge Luis Borges, La flor de Coleridge (Otras inquisiciones, 1952).
Jorge Luis Borges


Diez bicicletas

Para celebrar su décimo aniversario, la editorial Demipage publica una colección de treinta relatos bajo el título “Diez bicicletas para treinta sonámbulos”, gratamente prologados por Eloy Tizón. La irrupción fugaz de una bicicleta puede hacer de contrapunto entre el pasado y la modernidad. Las bicicletas pueden ser prestadas o robadas, utilizadas como armas de combate, un vehículo para el suicidio o en el que huir; o, simplemente, una forma de estar en el mundo y ver el paso de los años. Con ellas se puede ir de la infancia a la madurez, divagar, dar un salto en el tiempo, atravesar, casi flotando, ciudades lejanas, abrirnos los ojos a otras realidades, obligarnos a pensar en una relación rota. Las bicicletas, a veces, se parecen a sus dueños, pueden mantener un diálogo entre sus ruedas y morir en universos paralelos, hacernos pasar peligros o regalarnos una hermosa imagen zigzagueante. Con las bicicletas regresan los recuerdos, se plantean dilemas y decisiones que pueden llegar a provocar la humillación y la derrota. La música y la poesía están muy presentes en estos cuentos en los que algunos de sus autores derrochan virtuosismo. También se plantean problemas sociales, desigualdades, conflictos de pareja y muestran la extrañeza del mundo. Hay cuentos que nos atrapan, que nos seducen y que se quedan en nuestra memoria.

Diez bicicletas para treinta sonámbulos
Luis Landero, Antonio Muñoz Molina, José Ovejero, Andrés Neuman, Isabel Mellado, Cristina Fallarás, Juan Gracia Armendáriz, José María Merino, Catherine François, Santiago Auserón, Elsa Fernández-Santos, Guillermo Aguirre, Juan Aparicio Belmonte, Jordi Doce, Ricardo Menéndez Salmón, Juan Carlos Mestre, Fernando Aramburu, Francisco Javier Irazoki, Álvaro Valverde, Lola Huete Machado, Marta Caballero, Antonio Orejudo, Andrés Rubio, Marta Sanz, Ángela Medina, Eduardo Laporte, Juan Martínez de las Rivas, Felipe Benítez Reyes, Sara Mesa, Agustín Fernández Mallo, Luis Eduardo Aute.
Prólogo: Eloy Tizón
Demipage, 2013 

La ilusión de Chesterton

Quizás, después de todo, el arte contemporáneo dependa más de la participación del espectador que de la del propio artista. Lo que intenta el artista de nuestros días es, más que nunca, persuadir al público para que experimente una vivencia única en el instante en el que se enfrenta a su obra, y, a la vez, despertar en él una actitud crítica hacia la sociedad actual, obligarle a distanciarse para ver los acontecimientos con una cierta perspectiva. Saber encontrar arte en cualquier rincón de la vida, buscar su significado y educar la curiosidad son las propuestas que nos hace Enrique Vila-Matas en su novela Kassel no invita a la lógica.
Boston, una joven luminosa, consigue, mediante un pequeño engaño, que el narrador acuda a una cita nocturna para hacerle una propuesta original y literaria: participar como escritor invitado en Documenta de Kassel, la ciudad que se convierte, cada cinco años, en el centro mundial del arte contemporáneo. Para este viaje al centro de la vanguardia, lleva en su equipaje un ejemplar de Viaje a la Alcarria de Cela y Romanticismo, de Safranski, pero a su memoria acuden, repetidamente, autores como Raymond Roussel, Nietzche, Kafka o Walser; sobre todo, Robert Walser, con quien comparte ese gusto por vagabundear, por recorrer largos caminos andando, por detenerse a reflexionar sin dejar de pasear. Como si fuera una penitencia, debe permanecer varias horas al día en una mesa, en el interior de un melancólico restaurante chino, escribir y atender a las personas que se acerquen interesándose por su trabajo. Afortunadamente, el resto del tiempo puede dedicarlo a asistir a las numerosas intervenciones y performances dispersas por la ciudad con diferentes propuestas. Así, vive una experiencia sensorial cercana al enamoramiento al entrar en una habitación oscura y ser rozado por alguien, ligeramente, en un hombro. Y, en el interior del museo público más antiguo de Europa, siente el vacío al advertir una brisa artificial que le obliga a subirse el cuello de la chaqueta. Pero el arte contemporáneo representado en Documenta está también muy impregnado por la tragedia de un pasado cercano, y eso lo convierte en un arte gris y desasosegante. Tal vez mostrarnos esas siniestras sombras es una buena forma de decirnos que tenemos que ir hacia la luz. En la estación de tren, una música bella y desconsolada trae el recuerdo lúgubre de las familias judías que allí mismo, incluido el propio compositor de la melodía, fueron deportados a campos de concentración. Junto a un bosque, un bello lugar con un gran lago, multitud de aves huyen enloquecidas ante un ficticio bombardeo aéreo, emulado por altavoces, que logra conmover a las personas que, calladamente, permanecen sentadas imaginando el horror de los obuses destruyendo su ciudad y parte de su futuro. El narrador termina su paseo por la vanguardia en un jardín deconstruido, una especie de estercolero con un penetrante olor a humus donde destaca la estatua de una mujer con un panal de abejas por cabeza. Allí pasa una noche para descubrir que, en esa intervención, se podía resumir todo Documenta. El arte contemporáneo está vivo porque es capaz de sorprender y esto, de algún modo, tiene la suerte de devolver al narrador la confianza y la creatividad para seguir construyendo mundos nuevos. De forma paralela a su particular reflexión sobre la vanguardia artística, nos habla de literatura y de filosofía. Nos detalla, a veces con humor, sus procesos mentales, sus pensamientos y sus delirios. Nos habla de su estado físico, de cómo repercute en el estado mental; hay una mirada hacia atrás que produce extrañeza ante la irreversibilidad del tiempo; nos muestra su relación con el mundo, las dudas sobre decisiones que afectan a su vida, las barreras que la edad impone, el miedo a la soledad... 
Chesterton dijo que «hay una cosa que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina». Esta novela nos invita a esa búsqueda azarosa de lo nuevo, a estar atento a lo que sucede alrededor, en una calle, dentro de un autobús, en una exposición de arte o en las páginas de un libro. Por eso, para el narrador, el instante estético en el que contempla a Alka, con las piernas cruzadas hojeando un libro de Cela, es también puro arte. Se trata, en definitiva, de una novela optimista, llena de luz, donde literatura, arte y vida están unidas por la destreza de la pluma de Vila-Matas.











Kassel no invita a la lógica
Enrique Vila-Matas

Seix Barral, 2014

Gabriel García Márquez, Ladrón de sábado

Ladrón de sábado
Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche. Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada con la pistola, la mujer le entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque a Pauli, su niña de tres años. Sin embargo, la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de magia. Hugo piensa: «¿Por qué irse tan pronto, si se está tan bien aquí?» Podría quedarse todo el fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe porque los ha espiado- no regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa mucho: se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir.
A Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo para sacar al tipo de su casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie va a llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante la cena, el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana es la conductora de su programa favorito de radio, el programa de música popular que oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y. mientras escuchan al gran Benny cantando Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos. Ana se arrepiente de dormirlo pues Hugo se comporta tranquilamente y no tiene intenciones de lastimarla ni violentarla, pero ya es tarde porque el somnífero ya está en la copa y el ladrón la bebe toda muy contento. Sin embargo, ha habido una equivocación, y quien ha tomado la copa con la pastilla es ella. Ana se queda dormida en un dos por tres.
A la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien tapada con una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante atractivo. Ana empieza a sentir una extraña felicidad.
En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso pero Ana inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo repara las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba. Ana se entera de que él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero que nunca puede practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y se acoplan de tal manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los observa, aplaude y, finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la sala.
Para entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había robado, le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones, y se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio, mientras anochece.
Gabriel García Márquez, Ladrón de sábado 


Gabriel García Márquez