Medardo Fraile, Una camisa

Una camisa
Fermín Ulía, pobre y todo —desde su barrio pobre— había recorrido ya, si no los siete mares, al menos dos o tres. Es que su barrio estaba en cuesta y entre las ventanas de las casas la ropa iba secándose en drizas débiles que habían cambiado la vela por la camisa y el pañal. Es que en su barrio había trajín al alba y se rompían los amaneceres con farolillos. Es que Fermín era pescador. Iba, a diario, a esa gran fábrica de aceite de hígado de bacalao: al mar; a esa gran fábrica de fósforo.
Los mares le habían visto sobre dos mil quinientas toneladas y sobre embarcaciones pequeñas, chinchorros y barcos por el estilo. Pero Fermín Ulía, viajero de lo insondable, de lo misterioso, no sabía nada de amor. El amor se encontraba yendo por una calle. Le movían corazones de tinta que se adueñaban de los brazos como un salpullido. Era un amor a barlovento, con labios de pez y alma de serrín. Limitaba con el deseo, por un lado, y por otro, con una frase de humor tatuada en el pecho: “La maté porque era mía”. También estaba el amor en la charla de los pescadores bogando hacia la cala. Un amor pendejo y húmedo, como un aperitivo con chistes. Fermín Ulía no había hecho nunca el viaje del amor, que dicen insondable y misterioso. Se devanaba el ánimo y los sesos por iniciarlo con una de esas mozas que, en los puertos, van buscándole la sal a la vida. Y un buen día, estando en éstas y otras, un azar del destino le llevó a Dover por la manga de Francia. De esta manga se sacó Fermín una camisa escocesa, un destino tronchado maravillosamente y una mujer rubia.
Es verdad que el marinero llegó a Dover con la temperatura adecuada, en el hombre, para las grandes pescas. Dentro del buque, dos botellas de aguardiente vacías atestiguaban el algodón echado, en el viaje, a la nostalgia. Pero, de todas formas, la presencia de aquella muchacha en el puerto bastaba para agrandar las letras de Dover en el mapa rosa de Inglaterra. Una pared embreada, al fondo, hacía que su cuerpo y su pelo rubio resaltasen como en un cartelón de propaganda cinematográfica. Era rubia de las de verdad; rubia del norte, y tenía, además, tan buenos picos como la Rosa de los Vientos, aunque, naturalmente, treinta menos. Su nombre era Maureen; se llamaba Mari, María, como una dulce muchacha cualquiera. Cuando Fermín bajó del barco y la miró, creyó que estaba ante las luces del vapor-correo. La estuvo mirando tres minutos; dos de ellos los dedicó a la nariz. La nariz era respingona y le ponía en la expresión un falso resfriado lleno de gracia sin complicaciones. Sonrieron los dos, al mirarse. Era inútil hablar; no se entenderían con palabras. Con miradas sí. Se rieron, de pronto. El marinero enseñó a la muchacha, bajo el casacón de agua, una botella de coñac. Iba a cambiarla por algo típico en un almacén del puerto. Se marcharon juntos, cogidos por los ojos, respondiendo a una mímica elemental con la sonrisa.
Se metieron en los Modernos Almacenes, que eran antiguos y olían a costumbres y modas de otros años. Las dependientas añoraban finuras pasadas y solo esperaban para morir que les clavaran la espina de un rosal. Fermín y María, detrás de un maniquí con paraguas, se dieron el primer beso. Ella tenía los labios tan sabrosos como la anchoa de malla. Pasearon por los almacenes y a Mari le gustó, para él, una camisa escocesa de colores suaves. El marinero, con un guiño significativo, mostró una botella a la dependienta. Mari trataba de impedir que la cambiase. Sacó unas monedas. ¡Ah, vamos! Fermín Ulía lo comprendió. Vaciaron juntos la botella de coñac en un cuarto pequeño con paredes azules. Él se puso en el cuarto la camisa de colores suaves. Tenía, justamente, los colores de una jibia en celo.
Dover se quedó atrás con la muchacha rubia. Fermín volvió a su barrio de pescadores. Iba a la pesca todos los días con la camisa escocesa de marinero. Le ahogaba el recuerdo de su amor cuando bajaba la marea. En sueños veía a Mari entre marsopas voraces. Se despertaba con angustia. El recuerdo, abarloado para siempre a la muchacha, le hacía salir al chicharro y al verdel como el que lleva intención de hacer novillos. Estaba pensando, de codos en el carel del barco, y se veía que una ola —la más pequeña— podría llevárselo en cualquier momento.
Pero lo curioso fue lo que pasó aquella madrugada en que el marinero y su camisa no fueron juntos a pescar. La noche estaba suave, con regazos enormes, casi gelatinosa, y el mar, como un suspiro de muchacho. La camisa, con el gris y el violeta, el amarillo y el rosa recién lavados, había quedado colgada de una cuerda, secándose. El pescador —con sus pensamientos— iba camino de la cala. A eso de las cuatro, sin viento alrededor, la camisa comenzó a moverse. Se agitaba con la angustia de su vacío, como queriendo romper las ligaduras que le apretaban los hombros. Las mangas, retorcidas, subían y bajaban con el soplo de un invisible llanto de tragedia. Se juntaban a veces por los puños, se abrían en cruz. Y el cuerpo, prendido a los hombros, giraba convulso y se doblaba una y otra vez en una misteriosa corriente de tortura. Luego se quedó rígida, extenuada, como un palo; con las mangas señalando al suelo.
Fermín Ulía murió ahogado en el mar, a eso de las cuatro, aquella misma noche.
Medardo Fraile, Una camisa (Cuentos de verdad).

Medardo Fraile

Ernest Hemingway, El río de dos corazones

El río de dos corazones
I
El tren se perdió de vista tras una de las colinas. Nick se sentó en la mochila con la lona y ropa de cama que el encargado del vagón de equipajes había lanzado por la portezuela. No encontró ni una casa. Nada. Nada más que los rieles y la comarca arrasada por el fuego. No habían quedado rastros de las trece cantinas que ocupaban la única calle de Seney. Sólo se veían los cimientos del exhotel, con la piedra desmenuzada en parte por el incendio. Incluso la superficie estaba devastada. 
Paseó sus ojos por la ladera, buscando las dispersas casas del pueblo que ya no existía, y al comprobarlo bajó por los rieles hasta el puente que cruzaba el río. Permaneció absorto en la contemplación del agua límpida coloreada por los guijarros del fondo. Observó los remolinos formados junto a los pilotes de madera y las truchas que se mantenían firmes en la corriente agitando las aletas. Cambiaban de posición con bruscos movimientos angulares, para volver enseguida a su inmovilidad anterior. Se quedó mirándolas largo rato. 
Las numerosas truchas que soportaban la presión de la corriente aparecían algo deformadas a través de la superficie convexa y cristalina recorrida por las suaves ondulaciones que provocaba la resistencia de los pilotes del puente. Al principio no las distinguió porque estaban en el fondo, pero luego pudo divisarlas sobre los guijarros, en la variable niebla de piedras y arena que los vaivenes de la corriente arrojaban en chorros. 
¡Por fin lograba ver truchas después de mucho tiempo! Hacía bastante calor. Un martín pescador voló muy cerca del agua. Mientras su imagen se proyectaba sobre la superficie, una trucha enorme saltó describiendo un amplio ángulo y al acercarse a la superficie perdió la sombra que había revelado su movimiento. Los rayos del sol la hicieron bajar otra vez; su imagen pareció sobrenadar por encima del agua sin ofrecer ninguna resistencia hasta que llegó a su refugio, bajo el puente, y se detuvo firmemente, aguantando los embates de la corriente. 
Frente al panorama de las truchas que se debatían, los bancos de arena y los grandes cantos rodados que ocupaban el río hasta la profundidad abismal del pie del peñasco. Nick experimentó de nuevo la vieja sensación de bienestar.
Regresó donde había dejado la mochila, en un montón de ceniza, junto a los rieles. Estaba contento. Apretó el bulto con las correas y se lo echó al hombro, pasando los brazos por las cintas delanteras. Agachó la cabeza todo lo que pudo para aliviar el esfuerzo de los hombros, pero no logró disminuir el peso. Era demasiado. Tomó por el camino que corría paralelo a las vías del ferrocarril, llevando la caja de cañas de pescar en una mano. Se inclinó hacia delante para que el peso de la mochila descansara en la parte superior de su espalda y se alejó del pueblo incendiado. Hacía mucho calor. Dobló por una colina rodeada de dos alturas también devastadas y llegó al camino que conducía al campo, notando más intensamente el calor que le provocaba la presión de la pesada mochila. El camino ascendía rectamente. Resultaba muy difícil ir cuesta arriba. Le dolían los músculos. Era un día caluroso, pero Nick estaba muy contento. Y era que por aquel camino se alejaba de la necesidad de pensar, de la de escribir y de otras. Todo quedó atrás. 
Las cosas habían cambiado mucho desde que el encargado del vagón de equipajes arrojó el fardo de Nick por la portezuela. Seney era muy distinto, pero quizá se hubiera salvado algo del incendio. Así lo esperaba. 
Siguió caminando bajo un sol que le hacía sudar extraordinariamente hasta que cruzó el grupo de colinas que separaban el ferrocarril de las llanuras de pinos. 
El camino continuaba ascendiendo, aunque con algunos baches. Al llegar a la cima de la colina dejaba de ser paralelo con la ladera devastada. Nick se apoyó en un poste para quitarse la mochila. Frente a él, hasta donde llegaba su vista, se extendía la llanura de pinos. La comarca incendiada concluía a la izquierda, en el grupo de cerros. Más allá se encontraban islotes de pinos oscuros y, en lontananza, el río. Nick recorrió su extensión con la mirada, recibiendo los destellos que el sol provocaba al reflejarse en el agua. 
Sólo había pinos y más pinos hasta los terrenos altos del lago Superior, con sus colinas azules apenas visibles. Si fijaba la vista en ellas, desaparecían, pero permanecían allí si las miraba sólo a medias. 
Se sentó junto al poste carbonizado y fumó un cigarrillo. La mochila descansaba sobre la cepa, y le colgaban las correas. Su espalda había hecho un hoyo en el bulto. Mientras fumaba y estiraba un poco las piernas, atisbó la comarca. No tenía necesidad de sacar el mapa, pues se orientaba suficientemente por la posición del río. 
Observó que un saltamontes se había posado en su media de lana. El insecto era negro. Muchos de ellos habían surgido de la polvareda mientras él recorría el camino, y todos eran negros. No había encontrado ninguno de esos grandes saltamontes con alas de color amarillo y negro, o rojo y negro, que zumbaban con sus vainas oscuras al volar. Aquellos eran salta-montes comunes, pero todos de color negro fuliginoso. A Nick le llamaron la atención, aunque no pensó realmente en ellos. Al observar el insecto que mordía la lana de la media con su boca de cuatro antenas, pensó que eran negros por el hecho de vivir en la región incendiada. También calculó que el incendio debió producirse el año anterior y que los saltamontes ya eran negros. ¿Por cuánto tiempo seguirían así? 
Alargando la mano con mucho cuidado agarró al insecto por las alas. Lo volvió para mirarle el abdomen articulado, mientras sus patas se agitaban en el aire. Sí, también era negro, irisado en el tórax y con la cabeza cubierta de polvo.
—Vamos, bicho. —Por primera vez Nick habló en voz alta—. A irse de aquí. 
Soltó el insecto en el aire y contempló su vuelo. El saltamontes se detuvo en un tronco carbonizado, al otro lado del camino. 
Nick se levantó y pasó los brazos por las correas, apoyándose con la espalda en la mochila que descansaba sobre el tronco. Después de mirar el río lejano a través del campo, bajó la ladera y se alejó del camino. Era fácil ir cuesta abajo. La comarca devastada terminaba a doscientas yardas de allí. Después crecían helechos miricáceos hasta la altura de los tobillos. Era una extensa y ondulada región con grupos de pinos, frecuentes subidas y bajadas y suelo arenoso, en donde comenzaba de nuevo la vida esplendorosa del bosque. 
Nick se orientaba por el sol. Sabía cuándo tenía que tomar rumbo al río. Mientras tanto continuó caminando por la llanura, interrumpida a veces por pequeñas cuestas o una grande y tupida isla de pinos a la derecha o la izquierda. Arrancó varios vástagos del matoso helecho y los puso bajo las correas de la mochila para que despidieran su agradable aroma al ser apretados. 
Estaba cansado y sentía mucho el calor en aquella región escabrosa y sin sombra. Podía ir al río en cualquier momento, con sólo doblar a la izquierda. La distancia no llegaba a ser de una milla, pero siguió marchando hacia el Norte, ya que quería ganar todo el terreno posible en la caminata de esa jornada. 
Al atravesar el territorio elevado divisó una de las grandes islas de pinos. Se le ocurrió bajar y luego, al acercarse a lo alto del puente, dio media vuelta y fue hacia los árboles. 
No había maleza en el islote de pinos. Los troncos eran rectos o estaban inclinados en una sola dirección, con las ramas muy altas. Algunas se entrelazaban formando una compacta sombra en el suelo. Un espacio abierto rodeaba el bosque. Al mirar, Nick notó que el piso era blando y estaba lleno de pinochas hasta más allá de la extensión de las ramas. Como los árboles habían crecido tanto y las ramas estaban tan altas, el sol quedó dueño del espacio que en otra época había cubierto de sombra. Los helechos empezaban justamente al borde de la selva. 
Después de quitarse la mochila, Nick se acostó a la sombra, contemplando los altos pinos. Se estiró bien, apoyando nuca y espalda en la tierra que parecía tan blanda. Observó el cielo por entre las ramas y cerró los ojos. Luego los abrió para mirar de nuevo. Arriba, el viento agitaba las ramas. Volvió a cerrarlos y se durmió. 
Cuando se despertó estaba yerto y entumecido. Faltaba poco para que el sol se ocultase. 
Al levantar la mochila le pareció más pesada que antes, y las correas le hacían daño en los hombros. Se agachó para recoger la caja de cuero de las cañas de pescar y, por último, se dirigió al río por el terreno pantanoso cubierto de helechos. Sabía que se encontraba a menos de una milla de él. 
El río estaba más allá del prado que se extendía desde la ladera llena de tocones. Se alegró mucho de verlo y siguió caminando río arriba. El rocío que había sucedido rápidamente al día caluroso, le empapó los pantalones. La corriente se deslizaba veloz, en medio de un profundo silencio. Cuando llegó al final de la pradera, antes de ascender a un paraje elevado para acampar, Nick contempló el río una vez más. Las truchas saltaban con inquietud, buscando los insectos que provenían de los pantanos de la otra orilla de la que se marchaban al ponerse el sol. Los peces salían del agua para apoderarse de su presa. Hicieron eso durante todo el recorrido de Nick a lo largo de la costa. Pensó que los insectos debían estar en la superficie, pues las truchas cazaban y comían sin cesar por todas partes, formando pequeños círculos en el agua, igual que si empezara a llover. 
El terreno se elevaba, cubierto de árboles y de arena, hasta dominar la pradera, el río y el pantano. 
Después de soltar la mochila y la caja de las cañas, Nick empezó a buscar un espacio llano. Tenía mucha hambre y quería montar el campamento antes de comer. Finalmente encontró un sitio idóneo entre dos pinos. Sacó el hacha de la mochila y cortó dos raíces que sobresalían. Así niveló un trecho bastante amplio como para dormir. Alisó con la mano el suelo arenoso y arrancó de raíz todos los arbustos. El agradable aroma del helecho impregnó sus manos. Alisó el terreno hasta dejarlo bien nivelado, ya que no quería estar incómodo al acostarse. 
Después tendió sus tres mantas, una doblada a modo de colchón, y las otras encima. 
Con la ayuda del hacha cortó un trozo de madera de pino y de él sacó las estacas para la tienda. Era preciso que fuesen largas y fuertes. La mochila, al pie de un árbol, sin la tienda dentro, parecía mucho más pequeña. Nick ató la cuerda en uno de los pinos y la estiró hasta atar el extremo opuesto en otro tronco. La tienda parecía una manta de lona colgada de la tendera. Hundió en el suelo la estaca que había preparado bajo el pico trasero de la lona y luego concluyó la tienda clavando los bordes. Clavó las estacas con toda su fuerza, golpeándolas con el revés del hacha hasta enterrar las presillas de la soga. La lona quedó tirante como la piel de un tambor. 
En la entrada colocó una tela de algodón para cerrar el paso a los mosquitos. Después se deslizó bajo el mosquitero llevando varias cosas de la mochila a la cabecera de la cama. La luz pasaba a través de la lona oscura de olor agradable. Se advertía en el interior algo misterioso y doméstico. Como nada le había disgustado en todo el día, Nick se sintió feliz. Aquello era diferente, ya que tuvo que trabajar y quedó muy cansado. Había levantado su campamento y se instaló en él. Nada le molestaría. Era un sitio propio para acampar. Estaba en su hogar —construido por sus propias manos— y tenía hambre. 
Salió arrastrándose, buscó la bolsa de papel llena de clavos y sacó uno largo del fondo. Lo clavó en el pino, golpeándolo suavemente con el revés del hacha y colgó la mochila con todas sus provisiones. Allí estarían más seguras que en el suelo. 
Un apetito que nunca había sentido le incitaba sin cesar. Abrió y vació en la sartén una lata de cerdo y habas, y otra de macarrones. 
—Tengo derecho a estos manjares, ya que los llevo —dijo, y como su voz le parecía extraña en la oscuridad del bosque, no volvió a hablar. 
Inició la fogata con varios trozos de pino que había sacado de un tocón, puso la parrilla de alambre sobre el fuego, clavando las cuatro patas con su bota, y por último la sartén. Cada vez tenía más hambre. Revolvió las habas y los macarrones hasta mezclarlos, mientras se calentaban. Pronto empezaron a hervir con pequeñas burbujas que subían con dificultad a la superficie. El aroma era delicioso. Sacó también una botella de salsa de tomate y cortó cuatro rebanadas de pan. Las burbujas se producían con más frecuencia. Nick se sentó junto al fuego y levantó la sartén, volcando en el plato de hojalata más o menos la mitad del contenido, que se desparramó con lentitud. Estaba muy caliente. Puso un poco de salsa de tomate, sabiendo que las habas y los macarrones estaban todavía demasiado calientes. Miró el fuego; después, la tienda, y pensó que no valía la pena echarlo a perder todo quemándose la lengua con las prisas. Había pasado muchos años sin saborear las bananas fritas por no haberse podido acostumbrar a esperar a que se enfriaran. Tenía la lengua muy sensible.
Estaba hambriento. Vio la niebla que se levantaba del otro lado del río, en el pantano casi oscuro. Volvió a mirar la tienda. Bueno. Por fin tomó una cucharada llena. 
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Gracias! —dijo con alegría. 
Lo acabó todo sin acordarse siquiera del pan. Repitió y al terminar fregó el plato con el pan hasta dejarlo brillante. La última vez que había comido fue en el restaurante de la estación de Saint Ignace. Una taza de café y un sándwich de jamón fueron todo el menú en aquella ocasión. La experiencia le había salido muy bien. En el trayecto sintió mucho apetito, pero supo contenerse. Podía haber acampado antes. Había muchos lugares propicios a lo largo del río. Pero este le gustaba más. 
Avivó el fuego con dos grandes astillas de pino. Como se había olvidado de coger agua para el café, sacó de la mochila un balde plegadizo de lona y fue hasta el río, bajando por la colina y atravesando el prado. La otra orilla estaba cubierta por una niebla blanca. Al arrodillarse, sintió la humedad y el frío de la hierba. El balde se hinchó cuando lo introdujo en el agua para lavarlo. La corriente parecía de hielo. Por último, lo llenó y regresó al campamento, notando que el frío disminuía al alejarse del río. 
Clavó otro clavo grande y colgó el balde con agua. Después de llenar la cafetera hasta la mitad la puso a calentar, agregando unos cuantos trozos de leña en el fuego. Una vez había discutido con Hopkins acerca del mejor modo de preparar el café, pero no recordaba cuál había sido su punto de vista en aquella ocasión. Resolvió hacerlo hervir, método que empleaba Hopkins. Otras veces habían discutido mil cosas juntos. Mientras esperaba que hirviera el café abrió una latita de damascos. Le gustaba esta tarea. Vació el contenido en una taza de hojalata y bebió el jugo, al principio con cuidado, para no derramarlo, y luego meditativamente mientras chupaba la fruta. Estaban mejor que al natural. 
La tapa se levantó al hervir el líquido, y café y poso se derramaron por el borde de la cafetera hasta que Nick la sacó de la parrilla. Era un triunfo para Hopkins. Puso azúcar en la taza vacía y echó un poco de café para enfriarlo. Estaba tan caliente que tuvo que coger el asa del recipiente con su sombrero. Dejaría que se hiciese la infusión en la taza, como lo hacía Hopkins. A la memoria de Hopkins, que era un bebedor de café muy serio. Era el hombre más serio que Nick había conocido en su vida. No triste, sino serio. Hacía mucho tiempo. Hopkins hablaba sin mover los labios. Era jugador de polo y había ganado millones de dólares en Texas. Cuando se disponía a ir a Chicago en un coche prestado, recibió la noticia del descubrimiento de petróleo en sus tierras. Podía haber telegrafiado pidiendo dinero, pero hubiera tardado mucho. A su mujer la llamaban la Venus rubia. A él no le importaba porque no era, en realidad, su verdadera mujer. A veces decía confidencialmente que ninguno de ellos podría reírse de su mujer. Tenía razón. Hopkins se fue al recibir el telegrama, que tardó ocho días en llegar. Estaban en Black River. Entregó a Nick su pistola automática «Colt», de calibre 22, y la cámara fotográfica a Bill, para que los conservaran como recuerdos eternos. Convinieron en ir a pescar juntos el verano siguiente. Hop compraría un yate y efectuarían un crucero a lo largo de la costa septentrional del lago Superior. Estaba muy excitado, pero conservó su seriedad. Se despidieron con tristeza y el viaje quedó en nada, pues nunca volvieron a ver a Hopkins. Eso había ocurrido hacía mucho tiempo en el Black River. 
Nick terminó de tomar el café al estilo de Hopkins. Estaba amargo. Se echó a reír al pensar en el final del cuento. Su mente empezaba a trabajar. Estaba terriblemente cansado. Tiró el café y el poso en el fuego. Después encendió un cigarrillo y entró en la tienda. Se sentó en la cama, quitándose los zapatos y el pantalón, e hizo con ellos un bulto que le serviría de almohada. Luego se acostó. 
Desde el lecho veía el resplandor del fuego cuando soplaba el viento nocturno. Era una noche tranquila. En el pantano reinaba una calma perfecta. Nick se estiró cómodamente, pero un mosquito empezó a zumbar junto a su oreja. Se sentó, encendiendo un fósforo. El insecto estaba en la lona, sobre su cabeza. Nick le acercó el fósforo y oyó el silbido expiatorio del mosquito hasta que la cerilla se apagó. Volvió a acostarse, sintiendo la proximidad del sueño. Iba a ser un sueño muy profundo. Se acurrucó bajo la manta y se durmió.

II
Cuando se despertó ya había salido el sol y la tienda empezaba a calentarse. Nick se arrastró bajo el mosquitero desplegado de la entrada y al tocar la hierba advirtió que estaba mojada. Llevaba el pantalón y los zapatos en las manos. Vio el sol que se asomaba sobre la colina, la pradera, el río y los abedules del pantano de la otra orilla. 
Más o menos a doscientas yardas río abajo, había tres troncos atravesados en la veloz corriente. El agua era mansa en aquel lugar. Un visón cruzó por el puente de troncos y se introdujo en el pantano. El madrugón y el río excitaron a Nick. Como tenía mucha prisa para desayunar, encendió una pequeña fogata y puso la cafetera. 
Mientras el agua se calentaba en la vasija tomó una botella y bajó a la pradera húmeda por el rocío con objeto de conseguir saltamontes para cebo antes de que el sol secara la hierba. Encontró muchos en los tallos, y a veces adheridos al pasto, fríos y mojados por el rocío. No podrían moverse hasta que los rayos solares los desentumecieran. Nick eligió los de tamaño mediano, poniéndolos en la botella. Al levantar un tronco dejó al descubierto centenares de saltamontes, puesto que aquél era su nido. Entonces recogió alrededor de cincuenta. Entretanto, los otros empezaron a saltar, reanimados por el calor del sol. Al principio efectuaban un corto vuelo y se quedaban tiesos, como muertos. Después recobraban toda su agilidad. 
Sabía que si tomaba primero el desayuno aquello iba a costarle mucho trabajo. Si no hay rocío, se necesita un día entero para llenar una botella de saltamontes, y en su mayoría mueren aplastados cuando se los caza con el sombrero. Se lavó las manos en el río y regresó a la tienda. En la botella caliente por el sol los saltamontes se agitaban en masa tratando de salir. Usó como corcho un pedazo de pino que impedía la fuga de los bichos, pero dejaba pasar el aire suficiente. 
Volvió a poner el tronco en su lugar, sabiendo que allí conseguiría saltamontes todas las mañanas. 
Al llegar dejó la botella junto a un pino. Después mezcló una taza de harina de trigo con otra de agua, echó un puñado de café en la cafetera y puso un poco de grasa en la sartén caliente y agregó la pasta, que parecía lava al desparramarse sobre la grasa chisporroteante. La torta de trigo comenzó a endurecerse en los bordes, hasta que se tostó y la superficie se hizo esponjosa al hervir. Introdujo una astilla larga bajo la masa y sacudió el recipiente. «Voy a darle la vuelta», pensó. Deslizó la madera hasta abarcar toda la parte inferior y la volcó hacia el otro lado de la sartén. La grasa chisporreteó más aún. 
Cuando estuvo cocida, Nick echó otro poco de grasa y preparó dos tortas más con el resto de la pasta, una grande y otra pequeña, comiéndolas con puré de manzanas. Puso puré en la que quedaba, la dobló y la guardó en el bolsillo de la camisa después de envolverla en papel impermeable. Colocó el tarro de manzanas en la mochila y cortó pan para dos sándwiches. 
Partiéndola en dos y pelando la cebolla grande que había encontrado en la mochila, dividió en rebanadas una de las mitades e hizo varios sándwiches. Después de envolverlos en papel impermeable y guardarlos en el otro bolsillo de su camisa color caqui, colocó la sartén encima de la parrilla, tomó el café con azúcar, amarillento a causa de la leche condensada, y empezó a limpiar su bonito campamento. 
Sacó de la caja de cuero la caña de pescar con moscas artificiales, la ensambló y guardó la caja en la tienda. Colocó el carrete y pasó el sedal por las correderas, sosteniéndolo con las dos manos para que no cayera por su propio peso, ya que se trataba de la línea doble que Nick había comprado por ocho dólares mucho tiempo atrás. La habían construido así con objeto de que atravesase el aire como una plomada. Abrió la caja de aluminio que contenía los sedales húmedos entre las almohadillas de franela que se le habían mojado en la cuba de refrigeración del tren, en Saint Ignace. Los sedales de tripa se habían ablandado. Desenrolló uno y lo ató, haciendo un nudo en la punta de la pesada línea. En el extremo del sedal enganchó un pequeño anzuelo con resorte. 
Se sentó con la caña entre las rodillas. Probó el nudo y el resorte, tirando bien del sedal hasta quedar satisfecho. Tuvo cuidado de que el anzuelo no se le clavara en el dedo. Luego bajó rumbo al río. 
La botella llena de saltamontes le colgaba del cuello atada por una correa. La red estaba cogida al cinturón por medio de un anzuelo. En los hombros llevaba una larga bolsa de harina cerrada con nudos en forma de orejas que le golpeaba las piernas al caminar. 
Era muy feliz, ya que se sentía todo un profesional con su equipo a cuestas. La botella oscilaba en su pecho al chocar con los bolsillos abultados por la comida y los cebos artificiales. 
Al entrar en el río notó una sensación de frío. El pantalón se pegaba a sus piernas y los zapatos tocaron los guijarros del fondo. El agua le provocaba una creciente sensación de frío. 
En aquel sitio le llegaba hasta los tobillos. Vadeó la veloz corriente que formaba remolinos junto a sus piernas, mientras los zapatos se escurrían en la grava, e inclinó la botella para sacar uno de los saltamontes. 
El primer insecto dio un salto en el cuello de la botella y cayó al agua. Fue absorbido por el remolino que había provocado la pierna derecha de Nick y reapareció en la superficie un poco más allá, nadando con rapidez, a pequeños saltos. De repente, desapareció en un tumultuoso círculo. Una trucha lo había cazado. 
Otro saltamontes asomó la cabeza, moviendo las antenas. Trataba de sacar las patas delanteras para dar el salto. Nick lo cogió por la cabeza y lo enganchó en el delgado anzuelo, atravesándole el tórax y los últimos anillos del abdomen. El insecto apretó el anzuelo con las patas delanteras, escupiéndole jugo de tabaco. El pescador lo arrojó al agua. 
Mientras sostenía la caña con la mano derecha, con la izquierda apartó el carrete y dejó que el sedal se desenrollara libremente. Contempló al saltamontes entre las pequeñas olas de la corriente hasta que los perdió de vista. 
Sintió un tirón en la línea y la recogió. Era el primer pez que picaba. La caña se sacudía con violencia. Al agarrar el sedal con la mano izquierda se dio cuenta de que era una trucha pequeña. Levantó la caña en el aire, arqueándola.
Vio la trucha que agitaba cuerpo y cabeza contra la movediza tangente que formaba el sedal en el agua. 
Nick volvió a tirar de la línea y la trucha hizo sus últimos y cansinos esfuerzos hasta que llegó a la superficie. Su espinazo estaba jaspeado por el color de la arenilla del fondo y los costados brillaban por los reflejos solares. Con la caña bajo el brazo derecho, Nick se agachó y hundió la mano en la corriente, apoderándose de la trucha y sacando el anzuelo de su boca. Después volvió a echarla al agua. 
El pez fluctuó un instante con poca firmeza y cayó al fondo, junto a la piedra. Nick introdujo el brazo hasta el codo en el agua y cogió a la trucha, que finalmente se deslizó bajo la presión de sus dedos y desapareció proyectando su imagen en el lecho del río. 
«No se hizo nada —pensó—. Estaba un poco cansada, nada más.» 
Antes de tocarla se había mojado la mano para no alterar la delicada mucosidad que las recubre. Si uno toca la trucha con la mano seca, un hongo blanco ataca en seguida la parte indefensa. Años atrás, cuando pescaba en sitios frecuentados por muchos pescadores, Nick vio muchas truchas muertas llenas de un musgo blanco, amontonadas junto a una roca o flotando en algún charco. Nunca le había gustado pescar con otros hombres en el río. Si no pertenecían al mismo grupo, estropeaban la jornada. 
Siguió vadeando el río con la corriente hasta las rodillas. Recorrió las cincuenta yardas que le separaban del montón de troncos que atravesaban de una orilla a otra. No volvió a poner cebo en el anzuelo. Estaba seguro de que en los vados abundaban las truchas pequeñas, pero no tenía ningún interés en esa clase de pesca. Las grandes no andaban por los bajíos en esa época. 
Repentinamente, el agua fría le llegó hasta los muslos. Estaba frente a los troncos en forma de puente. A la izquierda, vio la parte inferior de la pradera y, a la derecha, el pantano. 
Se agachó sobre la corriente y sacó un saltamontes de la botella, enganchándolo en el anzuelo. Después le escupió para darse buena suerte. Recogió varias yardas de sedal y arrojó al insecto en la veloz agua oscura. Éste flotó rumbo a los leños, hasta que el peso de la línea hizo descender el cebo. Nick sostenía la caña con la mano derecha, mientras el sedal se desenrollaba entre sus dedos. 
Esta vez hubo un tirón más violento. Se agachó mientras la caña daba peligrosas sacudidas. Se dobló cuando el tirante sedal empezó a salir del agua, todo en un peligroso estirón. Cuando la corredera amenazó romperse por el esfuerzo, Nick soltó la línea. 
El carrete giró con chillido de frenada brusca, mientras el sedal se desenrollaba a toda velocidad sin que pudiera detenerlo, y la nota aguda aumentaba. 
Trató de apretarlo con la mano izquierda, pero le costaba mucho trabajo meter el pulgar en la rueda. Se agachó aún más sobre la corriente que subía como hielo hasta sus muslos, mientras le parecía que su corazón cesaba de latir. 
Cuando consiguió hacer presión sobre el carrete, la línea se endureció de golpe y una trucha enorme saltó del agua más allá de los troncos. Al verla, Nick bajó la caña, pero al mismo tiempo advirtió la tirantez demasiado violenta. Como era lógico, el sedal se rompió. No le quedó la menor duda al sentir que la cuerda se aflojaba. 
Con la boca seca y el ánimo abatido, Nick empezó a enrollarla. Nunca había visto una trucha tan grande. Era algo imposible de sujetar, tan grande y voluminosa como un salmón. 
Su mano temblaba y enrollaba el sedal con lentitud. La emoción vencía su resistencia. Se sintió vagamente indispuesto, con ganas de sen-tarse. 
El sedal se había roto por donde iba cogido el anzuelo. Al examinarlo pensó que la trucha estaría en algún sitio del fondo, sobre un guijarro, con el anzuelo en la boca. Calculó que los dientes del animal podían haber cortado el hilo de tripa del anzuelo y éste se le clavaría cada vez más. Estaba seguro de que era una trucha brava como todo pez de ese tamaño. ¡Qué pedazo de animal! Sólida como una roca. Al moverse, él también se sintió igual que una roca. ¡Por Dios! ¡Qué grande era! Nunca había visto una trucha semejante. 
Subió a la orilla y se detuvo. Se le escurría el agua por el pantalón y los zapatos. Fue a sentarse en los troncos, ya que no quería precipitar ninguna de sus sensaciones. 
Retorció los dedos de los pies en el agua, con los zapatos puestos, y sacó un cigarrillo del bolsillo superior de la camisa. Después de encenderlo, tiró el fósforo debajo de los troncos. Instantáneamente saltó una trucha menuda, haciéndolo desaparecer en la rápida corriente. Nick se echó a reír. 
Siguió fumando sentado en los troncos mientras se secaba al sol. El río de grandes rocas y agua mansa doblaba entre los árboles. A lo largo de la orilla había cedros y abedules blancos. Los troncos, calentados por el fuerte sol, parecían blandos y sin corteza. Poco a poco se alejó de su espíritu la desilusión producida en forma repentina con el estremecimiento que le hiciera doler los hombros. Ya se había arreglado todo. La caña estaba allí. Colocó otro anzuelo en la guía y tiró de la tripa hasta hacer un fuerte nudo. 
Puso cebo, levantó la caña y fue al otro extremo del puente natural para penetrar por un lugar poco profundo. Al lado vio un pozo y lo evitó caminando por el banco de arena, cerca de la costa pantanosa, hasta que llegó al vado del lecho. 
A la izquierda, en el límite común de la pradera y los bosques, había un olmo enorme, desarraigado por alguna tormenta, que daba solidez a la orilla. Las raíces estaban cubiertas de tierra. El río se cortaba al borde del árbol. Desde su sitio, Nick veía profundos canales como surcos formados por la corriente en el fondo, sobre los guijarros y los cantos rodados. Al pasar junto al olmo, el lecho era gredoso y entre los surcos de la corriente se distinguían verdes matorrales. 
Blandió la caña, inclinándola hasta que el saltamontes se introdujo en uno de los canales y una trucha mordió el anzuelo. 
Sostuvo la caña bien cerca del árbol desenraizado, y chapoteando en el agua luchó con la truena que saltaba sin cesar. La caña era sacudida de un lado a otro, fuera del peligro de los matorrales del centro del río. Por fin logró atraer a la trucha. El pez hacía esfuerzos desesperados y el resorte se doblaba a cada tirón, agitándose bajo la superficie, pero lo mantenía con firmeza. Aguas abajo, las sacudidas disminuyeron. Condujo al animal hacia la red y levantó la caña. 
La trucha quedó cogida en la red con sus plateados flancos en las mallas. Nick le sacó el anzuelo y la dejó caer en la larga bolsa que llevaba al hombro. Puso la boca de la bolsa bajo la corriente y la llenó de agua. Después la levantó, con el fondo a la altura de la superficie, y el líquido empezó a escurrirse por los costados. Dentro, al fondo, estaba la trucha viva. 
Anduvo un trecho río abajo. La pesada bolsa se hundía en el agua tirando de sus hombros. 
Hacía calor y los calientes rayos del sol le daban en plena nuca. 
Ya tenía una buena trucha. No le importaba la cantidad, sino la calidad de la pesca. El río se ensanchaba. A lo largo de ambas orillas había muchos árboles. Los de la margen izquierda proyectaban cortas sombras sobre la corriente. Sabía que las truchas se agrupaban allí. Por la tarde, cuando el sol cruzaba hacia las colinas, las truchas estarían en las frescas sombras del otro lado del río. 
Las mayores preferían descansar cerca de la costa. Recordó que siempre las pescaba así en el Black. Al ponerse el sol, iban todas hacia el centro de la corriente. Minutos antes de que aquello sucediera, cuando el último resplandor se reflejaba en el agua, era fácil encontrar grandes truchas en cualquier parte del río. En aquel momento era imposible pescar, ya que la superficie cegaba como un espejo bajo el sol. Aguas arriba se podía pescar, por supuesto, pero en ríos como el Black o como éste había que remontar contra la corriente, y el agua era capaz de cubrirle a uno en cualquier sitio profundo. No resultaba nada divertido pescar río arriba con semejante corriente. 
Nick pasó por allí con cuidado de evitar los pozos. Una haya crecía tan cerca del río que las ramas tocaban el agua. Siempre había truchas en lugares como aquel. 
Pero no tenía ningún interés en pescar allí, porque estaba seguro de que iba a engancharse en las ramas. 
Sin embargo, el pozo parecía profundo. Arrojó el saltamontes de modo que la corriente lo llevase bajo la superficie, evitando la rama que colgaba. La línea se sacudió y Nick dio el tirón. La trucha se agitaba entre hojas y ramas, medio fuera del agua. El sedal se había enganchado. Tiró fuerte hasta que la trucha salió. Recogió la cuerda y se alejó de aquel sitio llevando el anzuelo en la mano.
Más allá, cerca de la orilla izquierda, vio un enorme tronco hueco. La corriente entraba mansamente por las aberturas, arremolinándose por los lados. Era un lugar más profundo. La parte superior estaba seca, cubierta parcialmente por la sombra. 
Al sacar el corcho de la botella advirtió que un saltamontes se había adherido al mismo. Entonces lo enganchó en el anzuelo y lo tiró al agua, extendiendo la caña todo lo que pudo para que el cebo llegara hasta el tronco. La bajó un poco e hizo que el insecto flotara en el hueco. Al sentir una fuerte sacudida dobló la caña en dirección contraria. De no ser por los violentos tirones, se hubiese dicho que el anzuelo se había enganchado en el tronco. 
Después de arduos esfuerzos logró sacar la pesada trucha. 
Si el sedal se aflojara de golpe, Nick pensó que el pez se habría escapado. En aquel momento lo vio muy cerca, sacudiendo la cabeza con desesperación, luchando con el fuerte anzuelo en la veloz corriente. 
Sujetando la línea con la mano izquierda, levantó la caña hasta poner tirante el sedal. Se proponía llevar a la trucha hacia la red, pero el pez se perdió de vista. Nick luchó también con la corriente, dejándolo removerse contra el resorte. Después de pasar la caña a la mano izquierda condujo la trucha río arriba, aguantando su peso, y finalmente la colocó en la red, mientras el agua se escurría entre las mallas. Por último le sacó el anzuelo y la guardó en la bolsa. 
Contempló un instante las dos truchas vivas en el fondo. Vadeó la zona profunda y llegó al tronco hueco. Se quitó la bolsa por encima de la cabeza y las truchas se agitaron hasta que volvió a hundir la bolsa en el agua. Luego dejó la caña en el tronco y fue al extremo cubierto por la sombra. Sacó los sándwiches que se había metido en el bolsillo y los sumergió en el agua fría. La corriente se llevó trozos de miga. Después de comerlos sintió sed y llenó el sombrero de agua para beber, aunque la mayor parte se le derramó. 
Hacía fresco en aquel sitio. Sacó otro cigarrillo y encendió un fósforo, haciendo un pequeño surco al raspar la madera gris. Mientras fumaba observó el río, que más allá se estrechaba y se convertía en una ciénaga sólida por los cedros de troncos casi pegados y ramas entrelazadas. Era imposible andar por aquel pantano. Las ramas estaban muy bajas y para moverse había que arrastrarse o poco menos. «Debe de ser por eso que los animales que viven en los pantanos están hechos así», pensó. 
Deseaba tener algo para leer, pero no se había llevado nada. Tenía más ganas de leer que de seguir rumbo a la ciénaga. Vio un gran cedro inclinado casi hasta la superficie del río. Más allá se extendía la zona pantanosa. 
Todavía no quería ir. Le disgustaba aquella forma de vadear el río con el agua hasta las axilas y la pesca de truchas grandes en donde resultaba imposible sacarlas. Las orillas del cenagal estaban desnudas. Los cedros se unían por encima y sólo en algunos trechos dejaban pasar el sol. La pesca debía ser trágica allí, a media luz, en el agua veloz y el profundo lecho. Pescar en el pantano era una aventura terrible que momentáneamente pensaba evitar. 
Abrió la navaja y la clavó en el tronco. Sacó una de las truchas agarrándola de la cola y la golpeó con violencia en la madera. Le costó sujetarla, porque al agitarse amenazaba escurrírsele de la mano. Al final, quedó rígida. Nick la puso a la sombra y rompió el cuello del otro pescado de la misma forma. Eran unas truchas muy buenas. 
Las limpió, cortándolas desde el ano hasta la punta de la mandíbula. Agallas, entrañas y lengua salieron juntas. Las dos eran machos. Arrojó los despojos hacia la orilla para que sirviesen de alimento a los visones. 
Después terminó de limpiarlas en el río. Al ponerlas en el agua le pareció que revivían, pues todavía conservaban el color. Se lavó las manos y las puso a secar en el tronco. Guardó los peces en la bolsa, haciendo un paquete y lo envolvió todo en la red. La navaja estaba clavada en el tronco. Se la puso de nuevo en el bolsillo, después de limpiarla frotándola en la madera. 
Se detuvo un instante con la caña en una mano y la red colgando en la otra. Por último se introdujo en el agua y chapoteó hacia la costa. Subió a la orilla y regresó al campamento por el bosque. Al volverse vio el río a través de los árboles. Faltaban muchos días para que se decidiera a ir a pescar al el pantano.

Ernest Hemingway, El río de dos corazones.

Ernest Hemingway

 

Gabriel García Márquez, El último viaje del buque fantasma

El último viaje del buque fantasma.
Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces y sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes de que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos Ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer y ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora de que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, y encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de altamar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, y siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la Ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, y él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, y entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada de marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.

Gabriel García Márquez, El último viaje del buque fantasma.

Gabriel García Márquez

Natalia Ginzburg, Silencio

Silencio
He escuchado Pelléas et Mélisande. De música no entiendo nada. Sólo se me ha ocurrido confrontar las palabras de los viejos libretos de ópera (“Sconto col sangre mio / I´amor che posi in te”), palabras fuertes, sangrientas, pesadas, con las palabras de Pelléas et Mélisande (“J’ai froid … ta chevelure”), palabras fugaces, como de agua. Del cansancio, del disgusto por las palabras fuertes y sangrientas, han nacido estas palabras de agua, frías, huidizas.
Me he preguntado si no ha sido ese (Pelléas et Mélisande) el principio del silencio.
Porque, entre los vicios más extraños y graves de nuestra época, hay que mencionar el silencio. Los que hoy hemos probado a escribir novelas, conocemos el disgusto, la infelicidad que se apodera de uno cuando llega el momento de hacer hablar a personajes entre sí. Durante páginas y páginas, nuestros personajes se intercambian observaciones insignificantes, pero cargadas de una desolada tristeza: “¿Tienes frío?”, “No, no tengo frío”. “¿Quieres un poco de té?”, “No, gracias”. “¿Estás cansado?”, “No lo sé. Sí, quizá estoy un poco cansado”. Nuestros personajes hablan así. Hablan así para engañar al silencio. Hablan así porque no saben ya cómo hablar. Poco a poco van saliendo también las cosas más importantes, las confesiones terribles: “¿Le has matado?”, “Sí, le he matado”. Arrancadas dolorosamente al silencio, surgen las pocas y estériles palabras de nuestra época, como señales de náufragos, fuegos encendidos entre colinas lejanísimas, débiles y desesperadas llamadas que el espacio se traga.
Entonces, cuando queremos hacer hablar entre sí a nuestros personajes, medimos el profundo silencio que se ha ido adensando poco a poco en nuestro interior. Comenzamos a callar de niños, en la mesa, ante nuestros padres, que nos hablaban todavía con esas palabras sangrientas y pesadas. Nosotros permanecíamos callados. Estábamos callados por protesta o por desdén. Estábamos callados para hacer comprender a nuestros padres que aquellas grandes palabras suyas no nos servían ya. Nosotros teníamos en reserva otras. Emplearíamos nuestras nuevas palabras más tarde, con personas que las comprendieran. Éramos ricos de nuestro silencio. Ahora estábamos avergonzados y desesperados de él, y conocemos toda su miseria. No nos hemos liberado jamás de él. Aquellas grandes palabras viejas que servían a nuestros padres son monedas fuera de curso y no las acepta ya nadie. Y las palabras nuevas, nos hemos dado cuenta que no tienen valor, de que con ellas no se compra nada. No sirven para establecer relaciones, son como agua, frías, infecundas. No nos sirven para escribir libros, ni para mantener ligada a nosotros a una persona querida, ni para salvar a un amigo.
Entre los vicios de nuestra época, sabido es que está el de la sensación de culpa: se habla y se escribe mucho de ella. Todos la padecemos. Nos sentimos implicados en una historia cada día más sucia. También se ha hablado de la sensación de pánico: todos la padecemos también. La sensación de pánico nace de la sensación de culpa. Y aquel que se siente espantado y culpable, calla.
De la sensación de culpa, de la sensación de pánico, del silencio, cada cual se busca un modo de curarse. Unos se van a hacer viajes. En el ansia de ver países nuevos, gente distinta, está la esperanza de dejar tras de uno los propios turbios fantasmas; está la secreta esperanza de descubrir en algún punto de la tierra a la persona que pueda hablar con nosotros. Otros se emborrachan para olvidarse de sus turbios fantasmas y para hablar. Y están, también, todas las cosas que se hacen para no tener que hablar: unos se pasan las veladas dormidos en una sala de proyecciones, con una mujer al lado a la que, de esta forma, no están obligados a hablarle; otros aprenden a jugar al bridge; otros hacen el amor, que se puede hacer también sin palabras. Suele decirse que estas cosas se hacen para engañar el tiempo: en realidad se hacen para engañar al silencio.
Existen dos especies de silencio: el silencio consigo mismo y el silencio con los demás. Una y otra forma nos hacen sufrir igualmente. El silencio con nosotros mismos está dominado por una violenta antipatía que nos invade hacia nuestro propio ser, por el desprecio hacia nuestra misma alma, tan vil que no merece que le digan nada. Está claro que hay que romper el silencio con nosotros mismos si queremos intentar romper el silencio con los demás. Está claro que no tenemos ningún derecho a odiar a nuestra propia persona, ningún derecho a callar nuestros pensamientos a nuestra alma.
El medio más difundido para liberarse del silencio es ir a que le psicoanalicen a uno. Hablar incesantemente de sí mismo a una persona que escucha, que es pagada para que escuche: poner al descubierto las raíces del propio silencio; sí, esto quizá puede dar un momentáneo alivio. Pero el silencio es universal y profundo. El silencio volvemos a encontrarlo en cuanto salimos por la puerta de la habitación donde aquella persona, pagada para que escuchara, escuchaba. Volvemos a caer inmediatamente en él. Entonces, aquel alivio de una hora nos parece superficial y trivial. El silencio está sobre la tierra: que se cure de él uno de nosotros por una hora, no sirve para la causa común.
Cuando vamos a que nos psicoanalicen, nos dicen que tenemos que dejar de odiar con tanta fuerza a nuestra propia persona. Pero para liberarnos de este odio, para liberarnos de la sensación de culpa, de la sensación de pánico, del silencio, se nos sugiere vivir de acuerdo con la naturaleza, abandonarnos a nuestro instinto, seguir nuestro puro placer, hacer de nuestra vida una pura elección. Pero hacer de la vida una pura elección no es vivir de acuerdo con la naturaleza, sino vivir contra natura, porque al hombre no le es dado elegir siempre: el hombre no ha elegido la hora de su nacimiento, ni su propio rostro, ni a sus padres, ni su infancia; el hombre, en general, no elige la hora de su muerte. El hombre no puede sino aceptar su propio rostro, del mismo modo que no puede sino aceptar su propio destino; y la única elección que le está permitida es la elección entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre la verdad y la mentira. Las cosas que nos dicen aquellos a los que acudimos para que nos psicoanalicen no sirven porque no tienen en cuenta nuestra responsabilidad moral, la única elección que no está permitida en nuestra vida; los que hemos ido a que nos psicoanalicen sabemos muy bien que aquella atmósfera de efímera libertad en la que gozábamos viviendo según nuestro puro placer, era una atmósfera enrarecida, innatural, en definitiva, una atmósfera irrespirable.
En general, este vicio del silencio que envenena nuestra época suele ser expresado con un lugar común: “Se ha perdido el gusto de la conversación”. Es la expresión fútil, mundana, de algo verdadero y trágico. Diciendo “el gusto de la conversación”, no nombramos nada que nos ayude a vivir; pero lo que nos falta es la posibilidad de una libre y normal relación entre los hombres, y nos falta hasta el punto de que algunos de nosotros se han matado por la conciencia de esta privación. El silencio cosecha sus víctimas día a día. El silencio es una enfermedad mortal.
Nunca como hoy los destinos de los hombres han estado tan estrechamente ligados entre sí, de tal modo que el desastre de uno es el desastre de todos. Se verifica, pues, este extraño hecho: que los hombres se encuentren estrechamente ligados cada uno al destino del otro, de modo que la caída de uno solo arrastra a otros miles de seres, y al mismo tiempo están todos sofocados por el silencio, incapaces de intercambiarse unas cuantas palabras libres. Por eso —porque el desastre de uno es el desastre de todos— los medios que se nos ofrecen para curarnos del silencio se revelan sin base. Se nos sugiere que nos defendamos con el egoísmo de la desesperación. Pero el egoísmo no ha resuelto jamás ninguna desesperación. Estamos demasiado habituados incluso a llamar enfermedades a los vicios de nuestra alma, y a sufrirlos, a dejarnos dirigir por ellos, o a ablandarlos con jarabes dulces, a curarlos como si fueran enfermedades. El silencio debe ser considerado y juzgado desde un punto de vista moral. No nos es dado elegir ser felices o infelices. Pero es preciso elegir no ser diabólicamente infelices. El silencio puede llegar a una forma de infelicidad cerrada, monstruosa, diabólica: puede enviciar los días de la juventud, hacer amargo el pan. Puede llevar, como se ha dicho, a la muerte.
El silencio debe ser considerado, y juzgado, desde un punto de vista moral. Porque el silencio, como la pereza y como la lujuria, es un pecado. El hecho de que sea un pecado común de todos nuestros semejantes en nuestra época, de que sea el fruto amargo de nuestra época malsana, no nos exime del deber de reconocer su naturaleza, de llamarlo por su verdadero nombre.

Natalia Ginzburg, Silencio (Las pequeñas virtudes).

Natalia Ginzburg

Eudora Welty, La llave

La llave
La sala de espera de la pequeña y remota estación estaba en silencio, a no ser por el sonido nocturno de los insectos. Se podían escuchar, entre la hierba, afuera, sus movimientos que bordaban la noche dando la impresión de una tenue voz contando un cuento. O se podía escuchar el golpeteo sólido de las luciérnagas y el movimiento rasposo de sus grandes alas contra el techo de madera. Algunas de las luciérnagas se aferraban con todo su peso a la lámpara amarilla, como abejas atontadas a un olor sin sentido. 
Había dos hileras de personas sentadas bajo esta luz punzante que aguijoneaba sus caras inmóviles, sus cuerpos torcidos. Solos o en pareja, estaban callados e incómodos, no del todo dormidos. Nadie parecía impaciente aunque el tren se estaba retrasado. Una niña yacía de espaldas sobre el regazo de su madre como si el sueño la hubiera derribado de un golpe. 
Ellie y Albert Morgan estaban sentados en una banca esperando el tren como los demás y no tenían nada que decirse. Sus nombres estaban escritos con esmero y letras grandes en una maleta color ladrillo que no cerraba bien debido a que le faltaba una hebilla, de manera que ahora se hallaba entreabierta como un estúpido par de labios. “Albert Morgan, Ellie Morgan, Yellow Leaf, Mississippi”. Seguramente habían llegado a la estación en carreta porque ellos y la maleta llevaban la marca de un polvo ligero y amarillo como huellas digitales. 
Ellie Morgan era una mujer maciza con una cara roja y apretada como una rosa de antaño. Andaría cerca de los cuarenta. Un bolso negro colgaba de su rígida muñeca derecha; sin duda que sus ahorros habían hecho posible este viaje. Y ¿a dónde?, se preguntarán, ya que estaba sentada tensa y sólida como un cubo, como si se preparara para enfrentar una aprehensión innombrable que crecía y se desbordaba dentro de ella ante la idea del viaje. El esfuerzo cuarteaba su rostro en líneas a la vez cansadas y endurecidas, como si alguien hubiera muerto — esa expresión de agonía demasiado explícita del deseo de comunicar. 
Albert daba una impresión más suave y más lenta. Estaba sentado inmóvil al lado de Ellie, sosteniendo con ambas manos el sombrero en el regazo —un sombrero que se veía que jamás se había puesto. Albert parecía hecho en casa, como si su mujer hubiera decidido tejerse o fabricarse un marido durante sus noches de soledad. Tenía una masa de cabello rubio muy delgado y descolorido por el sol. Era demasiado tímido para este mundo, se notaba. Sus manos, que tenían la apariencia de cartón, sostenían su sombrero sin moverse; sin embargo con qué suavidad caía su mirada sobre la copa del sombrero, moviéndose soñadora y a la vez con temor sobre esa superficie café. Era más pequeño que su mujer. Su traje también era café y lo llevaba puesto con pulcritud y cuidado, como si estuviera murmurando: “No me miren —no hace falta que me miren— casi no se me ve”. Pero esa expresión también la habrán encontrado en algunos niños silenciosos, que cuentan lo que soñaron la noche anterior en inesperados y casi hilarantes destellos de confianza. 
De vez en cuando, como si advirtiera alguna cosa diminuta, una mirada de pronto alerta y atormentada se extendía paso a paso por el rostro de este pequeño hombre, y miraba lentamente a su alrededor, como a hurtadillas. Luego volvía a agachar la cabeza; la expresión se borraba de su rostro, alguna frescura interior se le había negado. En la pared detrás de su cabeza había un cartel sucio de años, donde se veía una locomotora a punto de estrellarse contra un coche descapotado lleno de mujeres con velos. Nadie en la estación se asustaba de ese cartel tan familiar, como tampoco les despertaba curiosidad ese hombrecito que cabeceaba enmarcado por el cartel. Y sin embargo, por un momento podía parecerle a uno que estaba sentado allí lleno de esperanza. 
Entre las demás personas en la estación había un hombre joven, de apariencia fuerte, solo, sin sombrero, pelirrojo, parado cerca de la pared mientras los demás estaban sentados en las bancas. Tenía en la mano una pequeña llave que volteaba una y otra vez entre sus dedos, pasándola nerviosamente de una mano a otra, lanzándola con suavidad al aire y atrapándola. 
Estaba de pie, mirando de manera distraída a los demás. Su mirada tan intensa y tan amplia hacía que el que le mirara se sintiera mecido como un barco pequeño en la estela de otro más grande. Había en él un exceso de energía que lo separaba de todos los demás, pero en el movimiento de sus manos se adivinaba, en lugar de un deseo por comunicarse, una reticencia, tal vez un secreto, mientras la llave iba y venía. Se veía que no era del pueblo, tal vez era un criminal o un jugador, pero la dulzura había vuelto más grandes sus ojos. Su mirada viajaba sin detenerse mucho en ningún sitio; era un enfocar rápido de un interés tierno y a la vez muy explícito. 
El color de su cabello parecía saltar y moverse, como la llama de un cerillo encendido en el viento. Las lámparas del techo no eran constantes sino que parecían pulsar como una fuerza viva y pasajera, de manera que el joven, en su preocupación, daba la impresión de temblar dentro de los contornos de su tamaño y de su fuerza, y no lograba imprimir su silueta exacta sobre las paredes amarillas. Era como una salamandra en el fuego. Daban ganas de decirle: “Ten cuidado”, pero también: “ven acá”. Nervioso y aislado en su distracción, seguía de pie lanzando la llave de una mano a otra. De pronto se volvió un gesto de abandono: una mano se quedó detenida en el aire, y luego se movió demasiado tarde: la llave cayó al piso.

Todos excepto Albert y Ellie Morgan levantaron la vista un momento. Al caer la llave al piso hizo un ruido duro y metálico, como un desafío, un sonido serio. La gente llegó casi a sobresaltarse. Parecía un insulto, una cuestión muy personal, en el cuarto silencioso y tranquilo donde los insectos golpeteaban contra el techo y donde cada persona tenía derecho a sentarse entre sus pertenencias y esperar una salida que nada ponía en duda. Pequeños muros de reproche se fueron levantando alrededor de todos ellos. 
Un ligero aire de diversión rozó el rostro del joven al observar las caras sorprendidas y sin embargo bajo control y obstinadamente vacías, que volvieron la vista hacia él un momento para luego desviarla. Se acercó al otro lado para recoger su llave. 
Pero la llave había rebotado y se había deslizado por el piso, y ahora yacía en el polvo a los pies de Albert Morgan. 
Y Albert Morgan estaba de hecho recogiendo la llave. Frente a él, el joven vio cómo la estudiaba sin prisa, el asombro evidente en su rostro y en sus manos, como si hubiera caído del cielo. ¿Qué, no había oído el ruido? Algo en Albert no era normal... 
Como si así hubiera decidido, el joven no le puso fin a este asombro al no reclamar la llave. No se acercó, y en su mirada baja había una chispa extraña de interés o de algo más insondable, como resignación. 
El hombrecito con seguridad había tenido la vista clavada en el piso, pensando. Y de pronto sobre la superficie oscura se había deslizado la pequeña llave. Se veía que la memoria invadía, torcía, cautivaba su rostro. Qué cosa inocente y extraña le habría hecho revivir —un pez que alguna vez habría sorprendido muy cerca de la superficie del agua en un lago asoleado en el campo, cuando era niño—. Era tan inesperado, tan sorprendente y sin embargo tan lleno de sentido. Albert estaba sentado, la llave en su palma abierta. Qué intenso, descomunal y por completo fútil se vuelve todo intento de expresión por parte de los que padecen algún mal. Con un deleite casi incandescente, sintió la temperatura y el peso misteriosos de la llave. Luego se volvió hacia su mujer. Los labios le temblaban. 
Y el joven seguía esperando, como si la extraña alegría del hombrecito le importara más que la falta que le hacía la llave. Electrizado, vio a Ellie deslizar sobre su brazo la manija de su bolso y con los dedos comenzar a hablarle a su esposo. 
Los demás también habían visto a Ellie; una lástima poco profunda bañó la sala de espera como una ola sucia que se vuelve espuma y se extiende paso a paso por una playa pública. Con rápidos murmullos, de banca en banca la gente se fue diciendo “¡son sordomudos!” Qué ignorantes resultaban ser de lo que el joven veía. Aunque no tenía forma de conocer las palabras de Ellie, le preocupaba el error del hombrecito, lo equivocado de su sorpresa y de su felicidad. 
Albert le contestaba a su mujer. Con sus manos le dijo: “La encontré. Ahora es mía. Es importante. Importante. Algo quiere decir. Ahora nos llevaremos mejor, nos entenderemos mejor... Tal vez cuando lleguemos a las cataratas del Niágara nos enamoraremos como les ha pasado a otros. Tal vez nuestro matrimonio fue por amor a pesar de todo, y no por aquella otra razón —el hecho de que ambos estemos marcados de la misma manera: sin poder hablar, solos a causa de eso—. Ahora ya no tienes por qué avergonzarte de mí, por ser siempre tan cauteloso y lento, ni por el hecho de que siempre me tomo mi tiempo... Puedes tener esperanzas. Porque yo encontré la llave. No se te olvide: yo la encontré.” De pronto se rió en silencio. 
Todos se quedaron viendo el discurso pasional que brotaba de sus dedos. Les daba pena, estaban sólo en parte conscientes de alguna crisis y algo molestos, pero no eran capaces de interferir; era como si ellos fueran los sordomudos y él, el que tenía la palabra. Cuando se rió algunos se rieron con él inconscientemente, y aliviados dejaron de mirarlo. Pero el joven seguía inmóvil y silencioso, esperando desde una pequeña distancia. 
—Esta llave llegó aquí de forma misteriosa —tiene que significar algo —prosiguió el marido. Le enseñaba la llave a Ellie—. Siempre estás rezando, crees en los milagros; bueno, pues ahora tienes una respuesta. Vino hacia mí. 
Su mujer miró a su alrededor, incómoda, y sus dedos dijeron: —Siempre andas diciendo tonterías. Cállate. 
Pero en el fondo estaba contenta, y cuando lo vio volver la mirada hacia abajo, como antes, estiró la mano como para retirar lo dicho, y la apoyó sobre la de él, tocando la llave; la ternura suavizó su mano gastada. A partir de ese momento no volvieron a mirar a su alrededor, no vieron nada, sólo se vieron el uno al otro. Se los veía tan concentrados, tan solemnes, frente a su deseo tan grande de que sus símbolos quedaran completamente claros. 
—Debes verlo como un símbolo —habló otra vez, sus dedos torpes y borrosos por la emoción—. Es un símbolo de algo, algo que nos merecemos, y ese algo es la felicidad. En las cataratas del Niágara vamos a encontrar la felicidad. 
Y entonces, como si de pronto todo lo intimidara, hasta ella, se volteó y deslizó la llave dentro de su bolsillo. Se quedaron viendo su maleta, sus manos inertes en el regazo. 
El joven les dio lentamente la espalda y regresó a la pared, y allí sacó un cigarro y lo prendió. 
Afuera la noche oprimía la estación como si ésta fuera una piedra pura en la que la pequeña sala pudiese quedar inmovilizada, sacrificando el futuro para preservar este momento de esperanza —un insecto en ámbar—. El tren entró a la estación, se detuvo y partió casi en silencio. 
En la sala de espera la gente se había ido, o había cambiado de posición mientras dormía o andaba dando vueltas. Nadie seguía en la misma posición de antes. Pero los sordomudos y el joven ocioso permanecían en sus lugares. 
El hombre seguía fumando. Iba vestido como un joven doctor del pueblo o algo así, y sin embargo no parecía ser del lugar. Se veía fuerte y activo, pero había una cualidad sorprendente contenida en la misma seguridad de su cuerpo, la voluntad de estar siempre confundido, incluso alterado, una inquietud que volvía su fuerza escurridiza y disipada en lugar de permanecer contenida y codiciosamente bella. Su juventud ya no resultaba ser un factor importante respecto a él; sin duda era un medio para su actividad, pero mientras estaba de pie, frunciendo las cejas y fumando, uno sentía cierta angustia porque daba la impresión de que no lograría expresar los deseos de su vida joven y fuerte, aislada en la compasión, dispuesta a hacer regalos o sacrificios intuitivos o a realizar cualquier acción —no porque el mundo necesitara de su fuerza, sino porque él era demasiado impresionable. 
Uno se sentía sobresaltado al mirarlo, y cuando dejaba de ver el cuarto amarillo y cerraba los ojos, su intensidad, junto con la del cuarto, parecía haber dejado impresa su misma sombra en la imaginación, una negrura junto con la luz, el negativo con el positivo. Daba la impresión de que existía un contacto perfecto y cuidadoso entre las superficies de los corazones que hacía que uno fuera consciente, de alguna manera, de la alegría y la desesperación de este joven. Se podía sentir la plenitud y el vacío en la vida de este extraño. 
Entró el empleado de la estación columpiando una linterna que detuvo bruscamente en su arco. Incómodo y luego enojado, se acercó a los sordomudos y movió el brazo varias veces con un gesto violento y encogió los hombros. 
Albert y Ellie Morgan estaban profundamente escandalizados. Por un instante la mujer parecía resignarse a la desesperanza. Pero el hombrecito —resultaba sorprendente la expresión bravucona de su rostro. 
En la estación, el pelirrojo dijo en voz alta pero para sí: “Perdieron el tren”. 
Como haciendo rápidas disculpas el empleado puso su linterna en el suelo junto a los pies de Albert y se alejó con rapidez. 
Como completando un círculo, el pelirrojo también caminó hacia los sordomudos y se detuvo silencioso cerca de ellos. Con los ojos cargados de reproche, la mujer alzó una mano y se quitó el sombrero.

De nuevo intercambiaron rápidas palabras, como si fueran una sola persona. La vieja rutina de sus sentimientos pesaba sobre ellos otra vez. Quizá uno hubiera pensado, al ver su parecido —su cabello también era rubio—: se criaron juntos; tal vez son primos; ambos padecen lo mismo; tal vez a ambos los mandaron al hospital del estado. 
Se sentía una atmósfera de conjura. Estaban tramando algo contra aquella conspiración de las cosas que los oprimía desde fuera de su conocimiento y de su forma de darse a entender. Era obvio que esto le causaba a la mujer el mayor de los gustos. Pero uno se preguntaba viendo a Albert, a quien alteraba hablar, si esto no había sido siempre un juego rudo y violento que Ellie, por ser mayor y más fuerte, le había enseñado a jugar con ella. 
—¿Qué querrá? —le preguntó a Albert, señalando al pelirrojo, que esbozó una discreta sonrisa. ¡Cómo le brillaban los ojos! Nadie sospechaba lo profundo que yacía en su corazón la sospecha de todo el mundo exterior, ni qué tan lejos la había llevado esto. 
—¿Que qué quiere?, pues la llave —le contestó veloz Albert. 
¡Claro! Y qué maravilloso había sido estar sentado ahí con la llave bien escondida, ya que nadie, ni su mujer, sabía dónde la había guardado. De manera furtiva su mano palpó la llave, que con seguridad se hallaba en algún bolsillo cerca de su corazón. Meneó suavemente la cabeza. La llave había aparecido ante sus ojos, en el piso de la estación, de pronto; y sin embargo, no de forma del todo inesperada. Las cosas siempre le suceden así a uno. Pero Ellie no entendía. 
Ahora estaba sentada muy quieta. No era nada más desesperanza por el viaje. Ella también, en sus adentros, sentía algo por esa llave, por sí misma, más allá de lo que había dicho o de lo que él le había contado. Casi la había compartido con ella —era fácil darse cuenta—. Fruncía el ceño y sonreía casi al mismo tiempo. Había algo, algo que podía casi recordar, pero no del todo, que le permitiría quedarse con la llave para siempre. Lo sabía, y se acordaría después, cuando estuviera solo. 
—No temas, Ellie —dijo; una sonrisita rígida le levantaba el labio—. La tengo bien guardada en un bolsillo. Nadie puede encontrarla, y no hay hoyos por donde se pueda caer. 
Asintió con la cabeza pero siempre con dudas, siempre ansiosa. Se le veía la preocupación en las manos. Qué terrible, y qué extraño que Albert quisiera la llave más de lo que la quería a ella. No le importaba no haberse subido al tren. Se le notaba en cada línea, en cada movimiento del cuerpo. La llave estaba más cerca —más cerca. Toda esta historia comenzó a iluminarlos, como si la llama de la linterna hubiera crecido. El cuerpo ansioso y agitado de Ellie podía envolverlo dulcemente, como una cuna, pero el significado secreto, ese signo poderoso, esa seguridad que tanto buscaba, que tanto se merecía, eso nunca había llegado. Ellie carecía de algo. 
Quizá Ellie con todas sus sospechas había conocido a su manera algo parecido a esto. ¡Qué vacías y nerviosas sus manos rojas de tanto fregar! ¡Qué desesperadas por hablar! Sí, debía considerarlo como una gran infelicidad que yacía entre ellos, algo más que el vacío. Seguramente se preocupaba y hablaba de ello. Uno podía imaginarse a Ellie dejando de batir la mantequilla, salir a la galería donde Albert se sentaba, para decirle que lo quería y que siempre cuidaría de él, hablando mientras chorreaba de sus dedos la leche agria y grumosa. Y en esos momentos qué sentido tendría decirle que hablar no sirve de nada, que no hacen falta los cuidados... Y tarde o temprano él le contestaba, decía algo, asentía, y ella se iba... 
Y Albert, con ese rostro tan capaz de asombro, le hacía entrever a uno lo extraño de hablar con Ellie. Mientras no hable uno con ella, decían sus ojos redondos y cafés, se puede estar tranquilo y seguro de que las cosas andan solas. Mientras uno no se meta, todo marcha bien, como un día cualquiera en la granja —el trabajo se hace, la mujer atiende la casa, uno en el campo, la cosecha madura como debe, la vaca da leche y el cielo es una manta que lo cubre todo—, así que uno está tan contento como un potro, no hace falta nada y uno no le hace falta a nadie. Pero cuando uno levanta las manos y empieza a hablar, si no se cuida esta seguridad sale corriendo y lo deja solo. Uno dice algo, hace una observación, sólo por contestar a los comentarios insistentes de la mujer, y todo se sacude, todo se desordena, todo se abre como la tierra bajo el arado, y uno corriendo detrás. 
Pero Albert sabía que la felicidad es algo que aparece de pronto, que está destinado, uno estira la mano, la recoge y la esconde en el pecho, un objeto brillante que nos hace recordar algo vivo y lleno de movimiento. 
Ellie seguía sentada silenciosa como un gato. Había abierto su bolso y sacado una postal de las cataratas del Niágara. 
—Que no la vea el hombre —dijo—. Sospechaba de él. El pelirrojo se había acercado. Se agachó y vio que era una postal de las cataratas del Niágara. 
—¿Ves ese barandal?— dijo Albert con ternura. A Ellie le encantaba verlo contar esa historia; juntó las manos y sonrió, y se le vio el diente chueco; parecía más joven; así se la veía cuando era niña. 
—Esto es lo que la maestra nos enseñaba con su vara en la transparencia de la linterna mágica, ese pequeño barandal. Te paras acá. Te apoyas con fuerza contra el barandal. Y puedes oír las cataratas del Niágara. 
—¿Cómo puedes oírlas? Dime —suplicaba Ellie, moviendo la cabeza. 
—Las oyes con todo tu ser. Escuchas con los brazos y las piernas y todo el cuerpo. Después de eso nunca se te olvidará lo que es oír. 
Se lo ha de haber contado miles de veces en su obediencia, y ella sonreía agradecida, y miraba adentrándose en la postal a color de la catarata. 
Poco después dijo: 
—De no haber perdido el tren ya estaríamos allí. 
Ni siquiera sabía que estaba a muchas millas de distancia y que eran varios días de viaje. 
Miró al pelirrojo frunciendo los ojos y por fin él volteó la mirada. Había visto el polvo sobre su garganta y una aguja clavada en el cuello de su vestido donde la había dejado, el hilo insertado en el ojo —los últimos detalles—. Sus manos estaban apretadas y arrugadas por la presión. Mecía suavemente el pie debajo de su falda, estrenando la tiesa zapatilla Mary Jane. 
Albert también miró para otro lado. Fue entonces cuando dio la impresión de que le había causado miedo en verdad pensar que de no haber perdido el tren estarían escuchando en ese mismo momento las cataratas del Niágara. Tal vez estarían juntos de pie, apoyados en el barandal, apoyados el uno contra el otro, y sus vidas fluyendo a través de ellos, y cambiarían... ¿Y cómo saber cómo sería? Agachó la cabeza y evitó mirar a su mujer. Miró una vez al extraño, con una mirada casi suplicante, como diciendo “¿Vendrás con nosotros?” 
—Trabajar tantos años para perder el tren —dijo Ellie. 
Se le veía en la cara que especulaba valientemente, insatisfecha, esperando el futuro. 
Y uno sabía cómo se sentaría a rumiar sobre esto y también sobre sus conversaciones, sobre cada malentendido, cada discusión, a veces hasta sobre algún acuerdo entre ellos al que habían llegado; hasta sobre la separación secreta y característica que se da entre un hombre y una mujer, aquello que los hace ser lo que son en esencia, su vida secreta, su memoria del pasado, su infancia, sus sueños. Esto era para Ellie la infelicidad. 
De niña le habían contado cómo los recién casados suelen ir a las cataratas del Niágara en su viaje de bodas, para dar comienzo a su felicidad; y allí depositó su esperanza, toda su esperanza. Así que ahorró. Trabajó más duro que él, se notaba al comparar sus manos, los años buenos como los malos, más de lo que era bueno para una mujer. Año con año había colocado su esperanza por delante de ella. 
Y él —de alguna manera nunca pensó que este momento llegaría, que algún día en verdad harían un viaje. Nunca veía tan lejos ni tan profundo como Ellie, hacia el futuro, hacia el cambio y la fusión de su vida común cuando llegaran a las cataratas del Niágara. Para él se trataba de algo siempre pospuesto, como pagar una hipoteca. 
Pero sentado en la estación, la maleta lista y a sus pies, se había dado cuenta de que este viaje —de hecho— podría realizarse. La llave se había materializado para hacerle ver la enormidad de este suceso. Y después de la primera sorpresa, y de su orgullo, simplemente se había reservado la llave; la había escondido en su bolsillo.
Ellie miró sin parpadear la luz de la linterna en el piso. Su cara se veía fuerte y aterradora, toda encendida y muy cerca de la suya. Pero allí no había felicidad. Uno sabía que era muy valiente.
Albert parecía encogerse, retroceder... Su mano temblorosa otra vez desapareció dentro de su abrigo y tocó el bolsillo donde yacía la llave a la espera. ¿Recordaría alguna vez ese algo intangible que tenía la llave o tendría la certeza de lo que simbolizaba?... Sus ojos, que tendían a empañarse, de golpe empezaron a soñar. Tal vez hasta había decidido que era un símbolo no de felicidad con Ellie, sino de otra cosa —algo que podía tener para sí mismo, solo, en paz, algo extraño, que no se había propuesto buscar y que sin embargo vendría a él...
El pelirrojo sacó una segunda llave de su bolsillo, y con un solo movimiento, la puso en la palma roja de Ellie. Era una llave con una gran etiqueta triangular de cartón, en donde se leía: “Star Hotel, habitación 2”.
No esperó ver más, sino que se adentró con brusquedad en la noche. Se detuvo un momento y buscó un cigarrillo. Con el cerillo encendido cerca de su cara miró hacia adelante y en sus ojos, a la vez salvajes y penetrantes, había, además de compasión, una mirada a la vez inquieta y cansada, muy acostumbrada a lo cómico. Se notaba que despreciaba y veía la futilidad de lo que acababa de hacer.

Eudora Welty, La llave.

Eudora Welty

Jorge Luis Borges, El acercamiento a Almotásim

El acercamiento a Almotásim

Philip Guedalla escribe que la novela The Approach to Al-Mu'tasim del abogado Mir Bahadur Alí, de Bombay, «es una combinación algo incómoda (a rather uncomfortable combination) de esos poemas alegóricos del Islam que raras veces dejan de interesar a su traductor y de aquellas novelas policiales que inevitablemente superan a John H. Watson y perfeccionan el horror de la vida humana en las pensiones más irreprochables de Brighton». Antes, Mr. Cecil Roberts había denunciado en el libro de Bahadur «la doble, inverosímil tutela de Wilkie Collins y del ilustre persa del siglo XII, Ferid Eddin Attar» ―tranquila observación que Guedalla repite sin novedad, pero en un dialecto colérico. Esencialmente, ambos escritores concuerdan: los dos indican el mecanismo policial de la obra, y su undercurrent místico. Esa hibridación puede movernos a imaginar algún parecido con Chesterton; ya comprobaremos que no hay tal cosa. 
La editio princeps del Acercamiento a Almotásim apareció en Bombay, a fines de 1932. El papel era casi papel de diario; la cubierta anunciaba al comprador que se trataba de la primera novela policial escrita por un nativo de Bombay City: En pocos meses, el público agotó cuatro impresiones de mil ejemplares cada una. La Bombay Quarterly Review, la Bombay Gazette, la Calcutta Review, la Hindustan Review (de Alahabad) y el Calcutta Englishman, dispensaron su ditirambo. Entonces Bahadur publicó una edición ilustrada que tituló The Conversation with the Man Called Al-Mu'tasim y que subtituló hermosamente: A Game with Shifting Mirrors» (Un juego con espejos que se desplazan). 
Esa edición es la que acaba de reproducir en Londres Victor Gollancz, con prólogo de Dorothy L. Sayers y con omisión ―quizá misericordiosa― de las ilustraciones. La tengo a la vista; no he logrado juntarme con la primera, que presiento muy superior. A ello me autoriza un apéndice, que resume la diferencia fundamental entre la versión primitiva de 1932 y la de 1934. 
Antes de examinarla ―y de discutirla― conviene que yo indique rápidamente el curso general de la obra. 
Su protagonista visible ―no se nos dice nunca su nombre― es estudiante de derecho en Bombay. Blasfematoriamente, descree de la fe islámica de sus padres, pero al declinar la décima noche de la luna de muharram, se halla en el centro de un tumulto civil entre musulmanes e hindúes. Es noche de tambores e invocaciones: entre la muchedumbre adversa, los grandes palios de papel de la procesión musulmana se abren camino. Un ladrillo hindú vuela de una azotea; alguien hunde un puñal en un vientre; alguien ¿musulmán, hindú? muere y es pisoteado. Tres mil hombres pelean: bastón contra revólver, obscenidad contra imprecación, Dios el Indivisible contra los Dioses. Atónito, el estudiante librepensador entra en el motín. Con las desesperadas manos, mata (o piensa haber matado) a un hindú. Atronadora, ecuestre, semidormida, la policía del Sirkar interviene con rebencazos imparciales. Huye el estudiante, casi bajo las patas de los caballos. Busca los arrabales últimos. Atraviesa dos vías ferroviarias, o dos veces la misma vía. Escala el muro de un desordenado jardín, con una torre circular en el fondo. Una chusma de perros color de luna (a lean and evil of mooncoloured hounds) emerge de los rosales negros. Acosado, busca amparo en la torre. Sube por una escalera de fierro ―faltan algunos tramos― y en la azotea, que tiene un pozo renegrido en el centro, da con un hombre escuálido, que está orinando vigorosamente en cuclillas, a la luz de la luna. Ese hombre le confía que su profesión es robar los dientes de oro de los cadáveres trajeados de blanco que los parsis dejan en esa torre. Dice otras cosas viles y menciona que hace catorce noches que no se purifica con bosta de búfalo. Habla con evidente rencor de ciertos ladrones de caballos de Guzerat, «comedores de perros y de lagartos, hombres al cabo tan infames como nosotros dos». Está clareando: en el aire hay un vuelo bajo de buitres gordos. El estudiante, aniquilado, se duerme; cuando despierta, ya con el sol bien alto, ha desaparecido el ladrón. Han desaparecido también un par de cigarros de Trichinópoli y unas rupias de plata. Ante las amenazas proyectadas por la noche anterior, el estudiante resuelve perderse en la India. Piensa que se ha mostrado capaz de matar un idólatra, pero no de saber con certidumbre si el musulmán tiene más razón que el idólatra. El nombre de Guzerat no lo deja, y el de una malka-sansi (mujer de casta de ladrones) de Palanpur, muy preferida por las imprecaciones y el odio del despojador de cadáveres. Arguye que el rencor de un hombre tan minuciosamente vil importa un elogio. Resuelve ―sin mayor esperanza― buscarla. Reza, y emprende con segura lentitud el largo camino. Así acaba el segundo capítulo de la obra. 
Imposible trazar las peripecias de los diecinueve restantes. Hay una vertiginosa pululación de dramatis personae ―para no hablar de una biografía que parece agotar los movimientos del espíritu humano (desde la infamia hasta la especulación matemática) y de la peregrinación que comprende la vasta geografía del Indostán. La historia comenzada en Bombay sigue en las tierras bajas de Palanpur, se demora una tarde y una noche en la puerta de piedra de Bikanir, narra la muerte de un astrólogo ciego en un albañal de Benarés, conspira en el palacio multiforme de Katmandú, reza y fornica en el hedor pestilencial de Calcuta, en el Machua Bazar, mira nacer los días en el mar desde una escribanía de Madrás, mira morir las tardes en el mar desde un balcón en el estado de Travancor, vacila y mata en Indapur y cierra su órbita de leguas y de años en el mismo Bombay, a pocos pasos del jardín de los perros color de luna. El argumento es éste: Un hombre, el estudiante incrédulo y fugitivo que conocemos, cae entre gente de la clase más vil y se acomoda a ellos, en una especie de certamen de infamias. De golpe ―con el milagroso espanto de Robinson ante la huella de un pie humano en la arena― percibe alguna mitigación de infamia: una ternura, una exaltación, un silencio, en uno de los hombres aborrecibles. «Fue como si hubiera terciado en el diálogo un interlocutor más complejo». Sabe que el hombre vil que está conversando con él es incapaz de ese momentáneo decoro; de ahí postula que éste ha reflejado a un amigo, o amigo de un amigo. Repensando el problema, llega a una convicción misteriosa: «En algún punto de la tierra hay un hombre de quien procede esa claridad; en algún punto de la tierra está el hombre que es igual a esa claridad». El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo. 
Ya el argumento general se entrevé: la insaciable busca de un alma a través de los delicados reflejos que ésta ha dejado en otras: en el principio, el tenue rastro de una sonrisa o de una palabra; en el fin, esplendores diversos y crecientes de la razón, de la imaginación y del bien. A medida que los hombres interrogados han conocido más de cerca a Almotásim, su porción divina es mayor, pero se entiende que son meros espejos. El tecnicismo matemático es aplicable: la cargada novela de Bahadur es una progresión ascendente, cuyo término final es el presentido «hombre que se llama Almotásim». El inmediato antecesor de Almotásim es un librero persa de suma cortesía y felicidad; el que precede a ese librero es un santo... Al cabo de los años, el estudiante llega a una galería «en cuyo fondo hay una puerta y una estera barata con muchas cuentas y atrás un resplandor». El estudiante golpea las manos una y dos veces y pregunta por Almotásim. Una voz de hombre ―la increíble voz de Almotásim― lo insta a pasar. El estudiante descorre la cortina y avanza. En ese punto la novela concluye. 
Si no me engaño, la buena ejecución de tal argumento impone dos obligaciones al escritor: una, la variada invención de rasgos proféticos; otra, la de que el héroe prefigurado por esos rasgos no sea una mera convención o fantasma. Bahadur satisface la primera; no sé hasta dónde la segunda. Dicho sea con otras palabras: el inaudito y no mirado Almotásim debería dejarnos la impresión de un carácter real, no de un desorden de superlativos insípidos. En la versión de 1932, las notas sobrenaturales ralean: «el hombre llamado Almotásim» tiene su algo de símbolo, pero no carece de rasgos idiosincrásicos, personales. Desgraciadamente, esa buena conducta literaria no perduró. En la versión de 1934 ―la que tengo a la vista― la novela decae en alegoría: Almotásim es emblema de Dios y los puntuales itinerarios del héroe son de algún modo los progresos del alma en el ascenso místico. Hay pormenores afligentes: un judío negro de Kochín que habla de Almotásim, dice que su piel es oscura; un cristiano lo describe sobre una torre con los brazos abiertos; un lama rojo lo recuerda sentado «como esa imagen de manteca de yak que yo modelé y adoré en el monasterio de Tashilhunpo». Esas declaraciones quieren insinuar un Dios unitario que se acomoda a las desigualdades humanas. La idea es poco estimulante, a mi ver. No diré lo mismo de esta otra: la conjetura de que también el Todopoderoso está en busca de Alguien, y ese Alguien de Alguien superior (o simplemente imprescindible e igual) y así hasta el Fin ―o mejor, el Sinfín― del Tiempo, o en forma cíclica. Almotásim (el nombre de aquel octavo Abbasida que fue vencedor en ocho batallas, engendró ocho varones y ocho mujeres, dejó ocho mil esclavos y reinó durante un espacio de ocho años, de ocho lunas y de ocho días) quiere decir etimológicamente «El buscador de amparo». En la versión de 1932, el hecho de que el objeto de la peregrinación fuera un peregrino, justificaba de oportuna manera la dificultad de encontrarlo; en la de 1934, da lugar a la teología extravagante que declaré. Mir Bahadur Alí, lo hemos visto, es incapaz de soslayar la más burda de las tentaciones del arte: la de ser un genio. 
Releo lo anterior y temo no haber destacado bastante las virtudes del libro. Hay rasgos muy civilizados: por ejemplo, cierta disputa del capítulo diecinueve en la que se presiente que es amigo de Almotásim un contendor que no rebate los sofismas del otro, «para no tener razón de un modo triunfal». 
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Se entiende que es honroso que un libro actual derive de uno antiguo: ya que a nadie le gusta (como dijo Johnson) deber nada a sus contemporáneos. Los repetidos pero insignificantes contactos del Ulises de Joyce con la Odisea homérica, siguen escuchando ―nunca sabré por qué― la atolondrada admiración de la crítica; los de la novela de Bahadur con el venerado Coloquio de los pájaros de Farid ud-din Attar, conocen el no menos misterioso aplauso de Londres, y aun de Alahabad y Calcuta. Otras derivaciones no faltan. Algún inquisidor ha enumerado ciertas analogías de la primera escena de la novela con el relato de Kipling «On the City Vall».; Bahadur las admite, pero alega que sería muy anormal que dos pinturas de la décima noche de muharram no coincidieran... Eliot, con más justicia, recuerda los setenta cantos de la incompleta alegoría The Faërie Queene, en los que no aparece una sola vez la heroína, Gloriana ―como lo hace notar una censura de Richard William Church. Yo, con toda humildad, señalo un precursor lejano y posible: el cabalista de Jerusalén Isaac Luria, que en el siglo XVI propaló que el alma de un antepasado o maestro puede entrar en el alma de un desdichado, para confortarlo o instruirlo. Ibbûr se llama esa variedad de la metempsícosis (1). 
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(1) En el decurso de esta noticia, me he referido al Mantiq al-Tayr (Coloquio de los pájaros) del místico persa Farid al-Din Abú Talib Muhámmad ben lbrahim Attar a quien mataron los soldados de Tule, hijo de Zingis Jan, cuando Nishapur fue expoliada. Quizá no huelgue resumir el poema. El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de la China una pluma espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su antigua anarquía. Saben que el nombre de su rey quiere decir treinta pájaros; saben que su alcázar está en el Kaf, la montaña circular que rodea la tierra. Acometen la casi infinita aventura; superan siete valles, o mares; el nombre del penúltimo es Vértigo; el último se llama Aniquilación. Muchos peregrinos desertan; otros perecen. Treinta, purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos y todos. (También Plotino ―Enéadas,V,8,4― declara una extensión paradisíaca del principio de identidad: «Todo, en el cielo inteligible, está en todas partes. Cualquier cosa es todas las cosas. El sol es todas las estrellas, y cada estrella es todas las estrellas y el sol»). El Mantiq al-Tayr ha sido vertido al francés por Garcín de Tassy; al inglés por Edward FitzGerald; para esta nota, he consultado el décimo tomo de Las 1001 Noches de Burton y la monografía The Persian Mystics: Attar (1932) de Margaret Smith. 
Los contactos de ese poema con la novela de Mir Bahadur Alí no son excesivos. En el vigésimo capítulo, unas palabras atribuidas por un librero persa a Almotásim son, quizá, la magnificación de otras que ha dicho el héroe; ésa y otras ambiguas analogías pueden significar la identidad del buscado y del buscador; pueden también significar que éste influye en aquél. Otro capítulo insinúa que Almotásim es el «hindú» que el estudiante cree haber matado. 

Jorge Luis Borges, El acercamiento a Almotásim.

Jorge Luis Borges