Eloy Tizón, Velocidad de los jardines

Velocidad de los jardines.
Muchos dijeron que cuando pasamos al tercer curso terminó la diversión. Cumplimos dieciséis, diecisiete años y todo adquirió una velocidad inquietante. Ciencias o letras fue la primera aduana, el paso fronterizo que separaba a los amigos como viajeros cambiando de tren con sus bultos entre la nieve y los celadores. Las aulas se disgregaban. Javier Luendo Martínez se separó de Ana Mª Cuesta y Richi Hurtado dejó de tratarse con las gemelas Estévez y Ana Mª Paz Morago abandonó a su novio y la beca, por este orden, y Christian Cruz fue expulsado de la escuela por arrojarle al profesor de Laboratorio un frasco con un feto embalsamado.
Oh sí, arrastrábamos a Platón de clase en clase y una cosa llamada hilomorfismo de alguna corriente olvidable. La revolución rusa se extendía por nuestros cuadernos y en la página sesenta y tantos el zar era fusilado entre tachones. Las causas económicas de la guerra eran complejas, no es lo que parece, si bien el impresionismo aportó a la pintura un fresco colorido y una nueva visión de la naturaleza. Mercedes Cifuentes era una alumna muy gorda que no se trataba con nadie y aquel curso regresó fulminantemente delgada y seguía sin tratarse.
Fue una especie de hecatombe. Media clase se enamoró de Olivia Reyes, todos a la vez o por turnos, cuando entraba cada mañana aseada, apenas empolvada, era una visión crujiente y vulnerable que llegaba a hacerte daño si se te ocurría pensar en ello a medianoche. Olivia llegaba siempre tres cuartos de hora tarde y hasta que ella aparecía el temario era algo muerto, un desperdicio, el profesor divagaba sobre Bismark como si cepillase su cadáver de frac penosamente, la tiza repelía. Los pupitres se animaban con su llegada. Parecía mentira Olivia Reyes, algo tan esponjoso y aromático cuando pisaba el aula riendo, aportando la fábula de su perfil, su luz de proa, parecía mentira y hacía tanto daño.
Los primeros días de primavera contienen un aire alucinante, increíble, un olor que procede de no se sabe dónde. Este efecto es agrandado por la visión inicial de las ropas veraniegas (los abrigos ahorcados en el armario hasta otro año), las alumnas de brazos desnudos transportando en sus carpetas reinados y decapitaciones. Entrábamos a la escuela atravesando un gran patio de cemento rojo con las áreas de baloncesto delimitadas en blanco, un árbol escuchimizado nos bendecía, trotábamos por la doble escalinata apremiados por el jefe de estudio –el jefe de estudio consistía en un bigote rubio que más que nada imprecaba–, cuando el timbrazo de la hora daba el pistoletazo de salida para la carrera diaria de sabiduría y ciencia.
Ya estábamos todos, Susana Peinado y su collar de espinillas, Marcial Escribano que repetía por tercera vez y su hermano era paracaidista, el otro que pasaba los apuntes a máquina y que no me acuerdo de cómo se llamaba, 3º B en pleno con sus bajas, los caídos en el suspenso, los desertores a ciencias, todos nosotros asistiendo a las peripecias del latín en la pizarra como en un cine de barrio, como si el latín fuese espía o terrateniente.
Pero 3º B fue otra cosa. Además del amor y sus alteraciones hormonales, estaba el comportamiento extraño del muchacho a quien llamaban Aubi, resumen de su verdadero nombre. Le conocíamos desde básica, era vecino nuestro, habíamos comido juntos hot-dogs en Los Sótanos de la Gran Vía y después jugado en las máquinas espaciales con los ojos vendados por una apuesta. Y nada. Desembarcó en 3º B medio sonámbulo, no nos hablaba o a regañadientes y la primera semana de curso ya se había peleado a golpes en la puerta con el bizco Adriano Parra, que hay que reconocer que era un aprovechado, magullándose y cayendo sobre el capó de un auto aparcado en doble fila, primera lesión del curso.
En el test psicológico le salió introvertido. Al partido de revancha contra el San Viator ni acudió. Dejaba los controles en blanco después de haber deletreado trabajosamente sus datos en las líneas reservadas para ello y abandonaba el estupor del examen duro y altivo, saliéndose al pasillo, mientras los demás forcejeábamos con aquella cosa tremenda y a contrarreloj de causas y consecuencias. Entre unas cosas y otras 3º B se fracturaba y la señorita Cristina, que estuvo un mes de suplente y tan preparada, declaró un día que Aubi tenía un problema de crecimiento.
El segundo trimestre se abalanzó con su caja de sorpresas. Al principio no queríamos creerlo. Natividad Serrano, una chica de segundo pero muy desarrollada, telefoneó una tarde lluviosa a Ángel Andrés Corominas para decirle que sí, que era cierto, que las gemelas Estévez se lo habían confirmado al cruzarse las tres en tutoría. Lo encontramos escandaloso y terrible, tan fuera de lugar como el entendimiento agente o la casuística aplicada. Y es que nos parecía que Olivia Reyes nos pertenecía un poco a todos, a las mañanas desvalidas de tercero de letras, con sus arcos de medio punto y sus ablativos que la risa de Olivia perfumaba, aquellas mañanas de aquel curso único que no regresaría.
Perder a Olivia Reyes oprimía a la clase entera, lo enfocábamos de un modo personal, histórico, igual que si tantas horas de juventud pasadas frente al cine del encerado diesen al final un fruto prodigioso y ese fruto era Olivia. Saber que se iría alejando de nosotros, que ya estaba muy lejos aunque siguiese en el pupitre de enfrente y nos prestase la escuadra o el hálito de sus manos, nos dañaba tanto como la tarde en que la vimos entrar en el descapotable de un amigo trajeado, perfectamente amoldable y cariñosa, Olivia, el revuelo de su falda soleada en el aire de primavera rayado por el polen. Sucedía que su corazón pertenecía a otro. Pensábamos en aquel raro objeto, en aquel corazón de Olivia Reyes como en una habitación llena de polen.
Acababa de firmarse el Tratado de Versalles, Europa entraba en un período de relativa tranquilidad después de dejar atrás los sucesos de 1914 y la segunda evaluación, cuando el aula recibió en pleno rostro la noticia. Que la deseada Olivia Reyes se hubiese decidido entre todos por ese introvertido de Aubi, que despreciaba todas las cosas importantes, los exámenes y las revanchas, nos llenaba de confusión y pasmo. Meditábamos en ello no menos de dos veces al día, mientras Catilina hacía de las suyas y el Kaiser vociferaba. Quizá, después de todo, las muchachas empolvadas se interesaban por los introvertidos con un problema de crecimiento. Eso lo confundía todo.
En tercero se acabó la diversión, dijeron muchos. Lo que sucede es que hasta entonces nos habíamos movido entre elecciones simples. Religión o Ética. Manualidades u Hogar. Entrenar al balonmano con Agapito Huertas o ajedrez con el cojo Ladislao. Tercero de letras no estaba capacitado para afrontar aquella decisión definitiva, la muchacha más hermosa del colegio e impuntual, con media clase enamorándose de ella, todos a la vez o por turnos, Olivia Reyes detrás del intratable Aubi o sea lo peor.
Y es que Aubi seguía sin quererla, no quería a nadie, estaba furioso con todos, se encerraba en su pupitre del fondo a ojear por la ventana los torneos de balón prisionero en el patio lateral. Asunción Ramos Ojeda, que era de ruta y se quedaba en el comedor, decía que era Olivia Reyes quien telefoneaba todas las tardes a Aubi y su madre se oponía a la relación. Se produjeron debates. Aubi era un buen chico. Aubi era un aguafiestas. Lo que pasa es que muchos os creéis que con una chica ya está.
Luego nos enteramos que sí, que el Renacimiento había enterrado la concepción medieval del universo. Fíjate si no en Galileo, qué avance. Resultaba que nada era tan sencillo, hubo que desalojar dos veces el colegio por amenaza de bomba. Los pasillos desaguaban centenares de estudiantes excitados con la idea de la bomba y los textos por el aire, las señoritas se retorcían las manos histéricamente solicitando mucha calma y sólo se veía a don Amadeo, el director, fumando con placidez en el descansillo y como al margen de todo y abstraído con su úlcera y el medio año de vida que le habían diagnosticado ayer mismo: hasta dentro de dos horas no volvemos por si acaso.
El curso fue para el recuerdo. Hasta el claustro de profesores llegó la alteración. A don Alberto le abrieron expediente los inspectores por echar de clase a un alumno sin motivo. Hubo que sujetar entre tres a don Esteban que se empeñaba en ilustrar la ley de la gravedad arrojándose él mismo por la ventana. La profesora de Inglés tuvo trillizos; dos camilleros improvisados se la llevaron a la maternidad, casi podría decirse que con la tiza entre los dedos, mientras el aula boquiabierta, con los bolígrafos suspendidos, dejaba a medio subrayar una línea de Mr. Pickwick. La luz primaveral inundaba las cajoneras y parcelaba la clase en cuadriláteros de sombra, había ese espesor humano de cuerpos reunidos lavados apresuradamente y hastío, y entonces Benito Almagro, que odiaba los matices, hizo en voz alta un comentario procaz e improcedente.
Notamos desde el principio que aquél iba a ser un amor desventurado. La claridad de Olivia Reyes se empañaba, incluso nos gustaba menos. Hay amores que aplastan a quien los recibe. Así sucedió con Aubi del 3º B de letras, desde el momento en que Olivia tomó la decisión de reemplazarnos a todos, en el inmueble de su corazón, por el rostro silencioso de un rival introvertido. Se notaba que Aubi no sabía qué hacer con tan gran espacio reservado, reservado para él, estaba solo frente a la enorme cantidad de deseo derrochado. En absoluto comprendía el sentido de la donación de Olivia Reyes, así que salía aturdido del vestuario camino de los plintos o del reconocimiento médico. Todos en hilera ante la pantalla de rayos X y luego el christma del esternón te lo mandaban a casa. La dirección del colegio enviaba por correo los pulmones de todos los matriculados y el flaco Ibáñez estaba preocupado porque le habían dicho que si fumas se notaba. En el buzón se mezclaría el corazón de Olivia Reyes, certificado, con la propaganda de tostadoras o algo por el estilo.
Ella le telefoneaba todas las tardes a casa. A nosotros nunca nos había llamado. Era un planteamiento incorrecto. El aula contenía la respiración hasta que sonaba la sirena de salida, parecía que callados sonaría antes, salíamos en desbandada dejando a medias la lección y la bomba de Hiroshima flotando interrumpida en el limbo del horario.
Pero volvamos al aire y la luz de la primavera, que deberían ser los únicos protagonistas. Se trataba de una luz incomprensible. Siendo así que la adolescencia consiste en ese aire que no es posible explicarse. Podría escribirse en esa luz (ya que no es posible escribir sobre esa luz), conseguir que la suave carne de pomelo de esa luz quedase inscrita, en cierto modo «pensada». Aún está por ver si se puede, si yo puedo. La luz explicaría las gafas de don Amadeo y el tirante caído de la telefonista un martes de aquel año, la luz lo explica todo. Ahora que me acuerdo hubo cierto revuelo con el romance entre Maribel Sanz y César Roldán (delegado).
La tutora aprovechó para decirnos que los trillizos habían nacido como es debido y, después de atajar el estruendo de aplausos y silbidos, no se sabía bien si a favor de los trillizos o en contra de ellos, pasó a presentarnos al profesor suplente de Inglés. No sé qué tenía, la chaqueta cruzada o el aire concentrado y lunático. De golpe 3º B en pleno perdió interés por el idioma («perdió el conocimiento»), todo el mundo se escapaba a la cafetería El Cairo en horas lectivas a repensar sus raros apuntes y a mirar mucho las pegatinas del vecino. Lo importante era contar con una buena nota media, una buena nota media es decisiva, a ti qué te da de nota media.
El aula estaba prácticamente desierta, mientras el nuevo profesor de Inglés desempolvaba adverbios, nerviosísimo con el fracaso pedagógico y los pupitres vacíos. Mayo estallaba contra los ventanales, por un instante hubo un arcoiris en el reloj de pulsera de Aubi que sesteaba al fondo, la clase parpadeaba en sueños a la altura del cinturón del docente desesperado, y entonces entró Olivia Reyes.
Fue un suceso lamentable, la velocidad que lo trastocaba todo. Pero también fue una escena lenta, goteante. Primero el profesor le recriminó el retraso y después continuó echándole en cara a la palpitante Olivia Reyes la falta de interés colectiva y la indiferencia acumulada y su propia impotencia para enseñar. Después la expulsó por las buenas y le anunció que no se presentaría al examen. Era algo muy peligroso, a esas alturas del curso (el curso en que la diversión concluyó), porque una expulsión significaba la posibilidad casi segura de tener que repetir. El nuevo no sabía nada de los problemas de Olivia ni de su corazón ocupado en desalojar una imagen dañina.
Todavía flotaba en el aire el aroma aseado del cuerpo de Olivia Reyes, no había acabado de salir cuando inesperadamente Aubi se levantó y solicitó que a él también lo expulsaran. Estaba patético y tembloroso ahí de pie, con el espacio que Olivia Reyes le había dedicado y que él rechazaba, nos rechazaba a todos, pero reclamaba del nuevo profesor la expulsión, repetir curso, el fin de los estudios. Los años han difuminado la escena, cubriéndola de barnices (¿quién se dedica a embrumar nuestros recuerdos con tan mal gusto?), pero la clase conserva la disputa entre los dos, la tensión insoportable mientras Aubi, y tres o cuatro más que se le unieron, recogían sus ficheros deslomados y salían hacia el destierro y la nada. Allí terminaba su historial académico, por culpa de unos trillizos.
Más tarde los alumnos nos juntamos en El Cairo y tuvimos que relatarlo cien mil veces a los ausentes. La escena se repasó por todos lados hasta deformarla, añadiendo detalles a veces absurdos, como la versión que presentaba al profesor amenazando a Olivia con un peine. Nada une tanto a dos personas como hablar mal de una tercera. Fue la última ocasión que tuvo la clase para reconciliarse, antes de hundirse del todo en el sinsentido de la madurez, en el futuro. Resulta curioso que sólo recuerde de aquel día unos pocos fragmentos irrelevantes. Grupos de cabezas gritando. Un gran esparadrapo sobre la nuez de Adriano Parra. Las piernas de Aubi continuaban temblando mientras recibía las felicitaciones y la envidia de muchos de nosotros. Fue el mártir de los perezosos, ese día, con la cazadora brillante de insignias y las zapatillas de basket.
En el otro extremo, separada por la masa de cuerpos escolares exaltados, Olivia Reyes estrenaba unos ojos de asombro y melancolía. Lo sigo recordando. No se acercó a agradecer el gesto loco de Aubi al enfrentarse al profesor (que poco después fue trasladado a otro centro y ahí terminó el incidente: que en aquel momento nos parecía tan importante como el asesinato del archiduque en Sarajevo y el cálculo integral, pero juntos). Buscó algo en su bolso, que no encontró, y ya sin poder contenerse, vimos cómo Olivia se alejaba a otra parte con su aflicción y sus nuevos ojos de estreno arrasados por el llanto.
No he vuelto a ver a ninguno. Tercero de letras no existe. He oído decir que las gemelas Estévez trabajan de recepcionistas en una empresa de microordenadores. ¿Por qué la vida es tan chapucera? Daría cualquier cosa por saber qué ha sido de Christian Cruz o de Mercedes Cifuentes. Adónde han ido a parar tantos rostros recién levantados que vi durante un año, dónde están todos esos brazos y piernas ya antiguos que se movían en el patio de cemento rojo del colegio, braceando entre el polen. Los quiero a todos. Pensaba que me eran indiferentes o los odiaba cuando los tenía enfrente a todas horas y ahora resulta que me hacen mucha falta.
Los busco como eran entonces a la hora de pasar lista, con sus pelos duros de colonia y las caras en blanco. Aquilio Gómez, presente. Fernández Cuesta, aún no ha llegado. Un apacible rubor de estratosfera se extiende por los pasillos que quedan entre la fila de pupitres, la madera desgastada por generaciones de codos y nalgas y desánimo. Una mano reparte las hojas del examen final, dividido ingenuamente en dos grupos para intentar que se copie un poco menos. Atmósfera general de desastre y matadero. La voz de la profesora canturrea: «Para el grupo A, primera pregunta: Causas y consecuencias de…» Hay una calma expectante hasta que termina el dictado de preguntas. El examen ha comenzado. Todo adquiere otro ritmo, una velocidad diferente cuando la puerta se abre y entra en clase Olivia Reyes.
Eloy Tizón, Velocidad de los jardines. 


Eloy Tizón

Nuevas trampas del deseo

Nunca como ahora se habían producido tantos cambios tecnológicos en el estrecho margen de la vida de un ser humano. El mundo tecnológico actual y su influencia en la manera de relacionarnos con los demás no tiene nada que ver con el panorama que vivió en su infancia alguien que ahora tenga cuarenta o cincuenta años. Los deseos se canalizan en cortos mensajes enviados a través de las redes sociales y el ego se satisface exponiendo de forma pública, desnuda y sin ambages, parte de la intimidad asumiendo que eso importa a los demás. La esencia de lo contemporáneo es lo fugitivo, algo que se escapa casi antes de llegar a atraparlo. Esas son algunas de las reflexiones que pueden surgir tras la lectura de la novela Acontecimiento, de Javier Moreno que, en ocasiones, puede leerse como un ensayo sobre la incidencia de las redes en nuestra sociedad. A través de ellas los protagonistas tratan de mitigar su soledad; son tecnologías que permiten satisfacer muchos de sus sueños, pero ―entre tanto ruido y tanta necedad que distrae― es fácil caer en la trampa de conformarse con lo superficial y, como nos advierte Bauman, escuchar solo el eco de una única voz colectiva e insustancial.
Slavoj Žižek define un acontecimiento como «algo traumático, perturbador, que parece suceder de repente y que interrumpe el curso normal de las cosas; algo que surge aparentemente de la nada, sin causas discernibles, una apariencia que no tiene como base nada sólido». La primera frase con la que arranca esta estimulante novela de Javier Moreno tiene ese efecto de amenaza y turbación que vaticina un cambio transcendente en la vida del narrador: «Si deseas que lo nuestro siga adelante tendrás que buscarte una amante». Eso le dice M. tras la cena de su aniversario de boda, mirándole a los ojos con tranquilidad. A partir de ahí comienza el deambular del protagonista a lo largo de las horas siguientes en las que realiza las tareas cotidianas sin dejar de pensar en esa frase clavada en su memoria. Tiene, además, el delicado y poco ético encargo de dirigir a los medios de comunicación los mensajes de un supuesto terrorista antisistema llamado Urdazi que atenta contra políticos y empresarios. En el periplo de la jornada en la que se desarrolla la novela ―que se inicia con el viaje rutinario en metro, donde hace incursiones en Facebook y responde algunos Whatsapp, va al gimnasio y llega finalmente a la oficina― este publicista de éxito hace largas y detalladas divagaciones introspectivas sobre nuestra vida actual, marcada por los nuevos soportes tecnológicos que cambian nuestra forma de percibir la realidad, de tomar decisiones y de relacionarnos con los demás, incluida nuestra pareja y hasta la manera de entender el deseo y el sexo. Inmerso en sus pensamientos el narrador casi tropieza con un mendigo, escudriña a las jóvenes que hacen deporte, es capaz de detectar a las personas heridas por la mirada, por la forma en que se mueven o se relacionan con los demás y hasta justifica a los escritores describiéndolos como seres inhábiles socialmente que encuentran en la escritura una forma de desquitarse de sus limitaciones. A través de los mensajes que recibe vemos que el narrador mantiene una relación virtual con Mirinda, una compañera de trabajo, en la que hay una fuerte carga erótica, pero que se transforma en algo incómodo cuando, en la vida real, se cruzan por los pasillos o se encuentran en la oficina. Las redes sociales se presentan entonces como una forma de alimentar las ambiciones y escapar del compromiso. Como Céline o Houellebecq, Javier Moreno es capaz de mostrarnos paisajes sórdidos y oscuros y tocar a la vez los resortes del amor y la ternura. 
El hombre en la actualidad es portador de ambiciones y esperanzas ajenas. Los intereses individuales quedan anulados en una sociedad que dicta las necesidades colectivas, lo que se debe desear y hasta cómo desearlo. Lo vemos en todos los sectores de nuestra cultura incluidos, claro, el arte o la literatura y llegan incluso a ámbitos más íntimos como las relaciones personales. Javier Moreno, sin renunciar a la ironía, parece decirnos que preferimos vivir con las ideas y los deseos que otros han desarrollado ─a los que podemos acceder fácilmente― para eludir el compromiso de mirar la vida desde la individualidad.











Acontecimiento
Javier Moreno

Salto de Página, 2015

Literatura y amistad

Stefan Zweig contempla el mar desde el mirador que ha elegido para escribir y asomarse. Mientras preparaba todo para irse a pasar el verano en el balneario belga de Ostende, escribió una nota a su secretaria Lottie Altmann en la que decía: «allí no haremos más que vivir». En ese momento, ella, silenciosa e inteligente, era también su amante secreta. En Ostende Zweig se relaja y escribe de forma tan eficiente como no lo había hecho en mucho tiempo. Hacía años que no se sentía tan feliz. En las veladas se reúnen un grupo de intelectuales y organizan tertulias. Es el año 1936 y todos viven con preocupación el inicio de la guerra en España, que ven como el preámbulo de lo que está por llegar al resto de Europa. Entre sus amigos, Joseph Roth ―el único que no luce un bronceado porque dice ser enemigo del sol― es el más íntimo. Ambos hablan de literatura y se ayudan a crecer en ella. Ambos ven un futuro oscuro para los escritores europeos. Las mujeres de este peculiar grupo veraniego son fuertes y muy perspicaces. Una de ellas, Irmgard Keun, nunca quiso tanto a nadie como a Roth, pero él se le esfumaba entre las manos. Esta novela de Volker Weidermann narra de modo ameno un fragmento de la vida de dos grandes escritores en un periodo histórico de enorme trascendencia para el mundo.











Ostende. 1936, el verano de la amistad.
Volker Weidermann

Alianza Literaria, 2015.

Redes, Juan Gracia Armendáriz

Redes
Una noche soñé que papá me escribía un SMS. Decía: «Luis, toy solo… xq no venes a vrme?». Esto no tendría nada de particular si no fuera porque papá murió hace más de cuatro años. Además, papá odiaba la tecnología, jamás pulsó un teclado que no fuera el de su piano; despreciaba los teléfonos de bolsillo. Por otro lado, sólo fue un sueño, pero el hecho es que al día siguiente me levanté con una rara impresión de urgencia. Al llegar a la oficina, encendí el ordenador y busqué en internet una florería. Llamé por teléfono y encargué un ramo de flores. Di la dirección del camposanto y el número del panteón familiar. Imaginé un camino de grava, al fondo un muro cubierto de hiedra, la figura de un ángel custodio, mientras dictaba los dígitos de mi cuenta bancaria a una chica de acento extranjero. Me aseguró que ese mismo día se lo harían llegar. Desde entonces, sueño que en mi teléfono móvil recibo multitud de mensajes, pero no son de papá, sino de desconocidos, y todos comienzan del mismo modo: «Luis, toy solo…».
Juan Gracia Armendáriz, Redes.


Juan Gracia Armendáriz

Relaciones fugaces

Marcel Proust pensaba ―según afirma Jacques Bouveresse― que la literatura es un modo de conocimiento de la realidad de las cosas que más nos importan, tan profundo como la metafísica, y que está al alcance de todo el mundo. Este pensamiento se puede evidenciar al leer a Cristina Peri Rossi, una escritora que, en gran parte de su obra, indaga en aspectos íntimos de la condición humana y en las relaciones de pareja con sus fantasías y sus prejuicios, sus ambiciones y frustraciones. Menoscuarto publica una colección de once relatos de la autora uruguaya bajo el título Los amores equivocados que toma de uno de sus cuentos.
Son historias de amor y sexo que no suelen durar mucho tiempo y en las que determinados sucesos inesperados actúan como puntos de inflexión en la vida de los protagonistas obligándoles a replantear sus sentimientos y hasta sus deseos. Un camionero recoge a una adolescente que podría tener la edad de una de sus hijas y se crea en él un conflicto interior entre los dictados morales y los de su instinto. La protagonista de otro de los cuentos realiza un largo viaje —igual que hiciera la Maga de Cortázar— para buscar a su amado por el que sería capaz de hacer cualquier cosa; un acto de amor que él no se siente capaz de igualar ni compensar. En estos relatos, la mujer soñada durante toda la vida se encuentra a la vuelta de la esquina, una alumna consigue manipular a su profesora y amante y un simple pelo del pubis de una mujer es capaz de poner en un apuro a un hombre cuando se le queda pegado a la garganta. La vida da un giro imprevisible una noche lluviosa en la que una mujer, que atraviesa la ciudad al encuentro de su amante, se detiene para que suba una joven que hace autostop; o para una mujer que siente el engaño en el que ha hecho vivir a su pareja cuando, en la madurez, descubre su verdadera sexualidad y es capaz de hacer realidad sus fantasías eróticas. Un diálogo puede ser revelador, como el que mantiene un psiquiatra que autoanaliza su precaria relación de pareja mientras escucha a su paciente que, a través de innumerables fotografías, trata de evitar el olvido del rostro de la mujer que abandonó; o el que mantiene una periodista con un escritor que huye de la realidad y con el que desea acostarse.
Los personajes de Peri Rossi suelen ser algo oscuros, con un lastre que arrastran de su pasado: hijos abandonados, infancias y adolescencias robadas por la crisis, frustraciones, deseos insatisfechos, obsesiones reprimidas. Los ambientes urbanos en los que suceden estas historias remarcan la soledad de los personajes que viven en muchos casos la desazón de haber malgastado su vida y sintiendo la incomprensión de deseos que pocos están dispuestos a confesar. Muchos de estos relatos rebosan sensualidad, erotismo y hablan del sexo de una forma explícita, sin ambages, pero con lirismo. Cristina Peri Rossi, utiliza la literatura ―esa forma de conocimiento― para indagar en las pulsiones, en los mecanismos del deseo que mueven al ser humano.









Los amores equivocados
Cristina Peri Rossi
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Editorial Menoscuarto, 2015.

Curanderos y videntes

Guardo algunos libros de mi abuelo, publicados a principios del siglo XX, en los que el profesor H. Durville trataba de explicar de forma científica las técnicas de curación de dolencias físicas y morales mediante la aplicación de lo que llamaba física dinámica, basada en el magnetismo personal y el hipnotismo. Leyendo las historias que recoge Manuel Moyano en su Dietario Mágico descubro que muchas de esas técnicas siguen vigentes y las practican algunos curanderos que dicen estar poseídos de un don o una gracia especial. Moyano recorrió durante dos meses la Región de Murcia y se entrevistó con curanderos, zahoríes, videntes e iluminados. La forma que tienen de conocer sus capacidades bienhechoras es muy diversa. Un curandero no descubrió que lo era hasta pasados los setenta años y un zahorí se percató de su condición al notar un extraño malestar durante una siesta campestre. Otro, en cambio, desde los seis años tiene visiones de la Inmaculada Concepción. En la mayoría de los casos, parece que hay una predisposición genética, heredándose la gracia con el salto de una generación, por lo que son los abuelos los encargados de aleccionar a los nietos dotados de este don.
Moyano, nos presenta unas historias entrañables de personajes reales con un lenguaje directo, desenfadado, manteniendo cierta distancia en un equilibrio entre el respeto y la ironía.










Dietario Mágico
Manuel Moyano

La Fea Burguesía Ediciones, 2015.
Publicado en Cuadernos del Sur el 5 de diciembre de 2015

Tambor de arranque, de Francisco Bitar.

Esta novela breve, publicada por la editorial Candaya, trata de las ilusiones y esperanzas rotas ante una realidad de fracaso y frustración contenida. Leo ―un perseguidor de sueños, idealista e inseguro― e Isa ―una mujer con un sentido práctico de la vida y algo recelosa― viven los últimos momentos de una relación minada por la decepción de los acontecimientos del día a día y los propósitos que les son negados. Quieren plantar un árbol para dar sombra delante de su casa, pero una vecina se lo impide; quieren comprarse un auto de segunda mano con los ahorros destinados a una nueva cama y la operación no les sale bien. Eso es lo último que intentarán hacer juntos. Y en medio de esa desilusión está su hija Sofía, una víctima silenciosa de los problemas de comunicación y el alejamiento que sufren sus padres.
De forma paralela a las dificultades de los protagonistas, que atraviesan momentos de profunda soledad, se advierten otros problemas de calado social, como la ausencia de un futuro alentador, el abandono de los barrios periféricos, la dependencia de las efímeras cosas materiales o la persistente crisis. La falta de solvencia económica, a pesar de ser ambos profesores, les obliga a vivir en condiciones muy austeras. La inconsciencia de Leo, sus decisiones equivocadas, acaban con la paciencia de Isa. Ella se encierra con su hija en el mundo que le ha costado construir y al que no quiere renunciar. Él va perdiendo lo poco que le queda por el camino; su pasado repleto de anhelos se va desmoronando pieza a pieza, casi sin darse cuenta, hasta que comprende que la reconstrucción resulta imposible, que su vida, irremediablemente, ha naufragado sin quedarle ya ningún asidero al que agarrarse. 
Francisco Bitar es un autor argentino que escribe con el estilo limpio, directo y aparentemente sencillo que nos mostró Hemingway en sus cuentos y que luego desarrollaron con maestría Salinger y Carver entre otros. Esta influencia del cuento estadounidense se aprecia también en la desolación que transmiten los paisajes de suburbios urbanos en los que se mueven los personajes, con parajes desolados y casas que dejan de ser hogar. Nos muestra los hechos, las acciones y, a través de los gestos, de las situaciones, nos descubre los mecanismos que llevan a los personajes a actuar de una forma determinada. En esa simplicidad intensa hay un permanente trasfondo melancólico que se percibe en la falta de comunicación entre los personajes, en el amor mermado por los desengaños, en el deseo roto, en los reproches, la incomprensión y las falsas expectativas. Bitar es un gran observador de la condición humana, dibuja con trazos sutiles la angustia y la inseguridad de los protagonistas, pero no entra a valorar su conducta, solo la muestra para que sea el lector quien saque sus propias conclusiones.










Tambor de arranque
Francisco Bitar
Editorial Candaya, 2015

Decisiones inocentes

Hay decisiones, en apariencia inocentes, que pueden traer consecuencias capaces de transformar la vida de quienes las toman, de convertir el éxito en derrota, la seguridad en sospecha, lo familiar en desconocido o el amor en resentimiento. «Si alguien sale de casa con una pistola, más vale que esté dispuesto a usarla. De lo contrario, lo más probable es que acaben matándolo». Ese comentario, dicho despreocupadamente por un amigo de la familia de César O´Malley, va a ser clave en un angustioso episodio de la vida del protagonista. César procede de una familia de origen irlandés que emigra a Estados Unidos y, una generación después, llega a España cuando él es un niño. En ese momento conoce a Beltrán Gao, de carácter introvertido, con quien compartirá una intensa amistad hasta la adolescencia y que, después de muchos años, comprobará que su lealtad resiste al tiempo, al distanciamiento y a los cambios que ambos experimentan en la vida. Rubén Abella, en California ―una novela editada por Menoscuarto— explora minuciosamente el pasado y el presente de los personajes, saltando de uno a otro, e indaga en los cambios que experimentan con los años, las reacciones ante situaciones límite, el distanciamiento que se produce, a veces, entre las personas más cercanas y queridas.









California
Rubén Abella
Menoscuarto, 2015.

Lydia Davis, Ni puedo ni quiero

Vila-Matas destacaba de Lydia Davis su forma de lograr profundidad con un lenguaje muy conciso. Esa peculiaridad en su manera de narrar está presente en el volumen Ni puedo ni quiero, un título que toma de uno de los textos que contiene y que nos da idea de la actitud algo irreverente de muchas de las historias que relata.
Lydia Davis escribe sobre aquello con lo que, sin buscarlo, se encuentra como si se obligase a dejar testimonio casi notarial de lo que acontece a su alrededor. Escribe mucho, sin excusas, en cualquier circunstancia, pero utiliza solo las palabras justas. Tiene necesidad de tomar partido sobre cualquier asunto, aunque pocas veces lo hace con seguridad porque, con frecuencia, surge la duda de si podría ser justamente lo contrario de lo que pensaba inicialmente. En no pocas ocasiones incorpora nuevos puntos de vista que alteran su percepción primera e incluso termina por mostrar condescendencia y conformarse con las cosas tal y como llegan.
Entre los textos abundan los sueños que le ayudan a indagar en aquello que le preocupa y que teme. También hay trece relatos que construye a partir de la correspondencia que Flaubert mantenía con su amiga y amante Louise Colet, así como cartas que dirige, por ejemplo, a los fabricantes de arvejas congeladas o de caramelos a los que da consejos para mejorar sus ventas. Algunas narraciones son variaciones de una misma idea con diferentes enfoques. Constata hechos incuestionables ―«Debajo de esta suciedad / el piso está realmente muy limpio»―, juega con las letras de una palabra creando al azar otras nuevas durante una conversación telefónica o, a partir de un catálogo de libros, destaca lo que le interesa y desdeña lo que no.
A la narradora, a veces, la vida le parece anodina, pero no deja de preocuparle y, en ocasiones, es motivo de enfado. Con su particular mirada, con su estilo preciso, en algunos textos se aleja para tomar perspectiva de algo externo que le inquieta y otras se acerca de forma empática hasta hacerlo suyo. Reflexiona sobre la existencia, el envejecimiento, el oficio de escribir y sus lecturas y lo hace tanto desde la ironía como desde la tragedia.
En este volumen hay relatos formados por unas pocas palabras y otros que se desarrollan en más de treinta páginas; algunos se acercan en lo formal a la poesía y otros al ensayo, como en No me interesa, donde nos desvela su parecer sobre el aburrimiento que le producen ciertas lecturas para terminar diciendo:
En realidad, no quiero decir que me aburren las novelas viejas y los libros de cuentos si son buenos. Solo los nuevos: buenos o malos. Me dan ganas de decir: por favor, ahórreme su imaginación, estoy tan cansada de su vívida imaginación, dejen que otro la disfrute. Así es como me siento en estos días, qué se yo, a lo mejor se me pasa.
Lydia Davis, en su manera de recrear el mundo mediante la escritura, parece participar de la opinión de Ezra Pound cuando afirma que la palabra justa es la palabra necesaria en un escrito y promulga la máxima precisión en la escritura. La propia Davis afirma que no hay que escribir mucho para escribir bien. En Ni puedo ni quiero, Lydia Davis nos invita a observar a nuestro alrededor con otra mirada, ―una forma atenta de mirar― y a transformar lo vulgar en prodigio, como cuando cae el agua por el desagüe y le parece escuchar “Dvorak”.









Ni puedo ni quiero
Lydia Davis
Traducción: Inés Garland
Editorial: Eterna cadencia, 2014.
Publicado en La Toore de Montaigne en octubre de 2015.

La prisión de la libertad

No resultaba sencillo saber con exactitud quiénes y cuántos eran los Pissimboni. Para esta familia, que vivía en una casa cubierta de hiedra y aislada en lo alto de una colina, ni los objetos ni las personas tenían importancia. Todos los días eran iguales, sin ni siquiera indicios que hicieran presagiar algún cambio. Lucía, recluida en la biblioteca, enloquecía con sus lecturas; Samuel elaboraba en un cuartucho inconsistentes teorías; Basora anhelaba, débil y melancólica, el amor de un hombre; Carlota intentaba controlar los delirios de su hermana; Barnaúl, como el resto de sus hermanos, con frecuencia desaparecía; Yago vivía dos vidas paralelas: la de la reclusión y la de un forastero en su propio pueblo, la del sueño y la de la realidad. El cercano pueblo de Sandofar no quiere saber nada de esta familia a la que a veces ve como una amenaza o, simplemente, la olvidan. Allí las leyes que aseguran que todo siga igual son dictadas por El Superior y en la Casa del Pueblo los aburridos funcionarios son los encargados de que se cumplan de forma escrupulosa. Hace ya mucho tiempo que Ignacio y Martina decidieron alejarse de aquel pueblo que no aceptaba la responsabilidad y el reto de su propia libertad. La gente de allí prefiere que todo siga igual —en una estabilidad perdurable— y para ello acepta unas leyes estrictas que ni siquiera quiere conocer. Lo importante es no hacer nada para evitar que se altere el orden establecido y se desmorone su mundo controlado.
En Los Pissimboni —una novela muy recomendable publicada por Acantilado—, Sònia Hernández vuelve a indagar en los secretos que guardan las familias, como haría en algunos de los relatos contenidos en Los enfermos erróneos, un libro que Vila-Matas en su Dietario voluble describió como bello y turbador.
Pocas historias de las que se califican de kafkianas lo son tanto como ésta. Todos los Pissimboni viven angustiados dentro de su tremenda soledad, enclaustrados bajo una pesada atmósfera. Ellos, que buscaban la libertad por encima de todo, desean ahora, de algún modo, perderla en parte para reencontrar acaso un poco de felicidad. El mundo crece para Yago al escuchar, por las noches, palabras nuevas en la taberna. Igual que Cernuda hablaba del deseo de estar preso en alguien que le haga olvidar su mezquina existencia, Yago sueña en lo agradable y sosegador que sería tener siempre cerca a la mujer de la que anhela sus abrazos y la tibieza de sus pechos. Los Pissimboni en su radical búsqueda de la libertad han perdido el bienestar que tuvieron en el pueblo, mientras que sus vecinos —como el conejo de Indias que, en el cuento de Galeano, no quería salir de su jaula conocida— sienten miedo de encontrarse cara a cara con su propia liberación y autonomía. Yago en esta búsqueda de la felicidad cree descubrir el equilibrio si consigue ceder parte de la libertad, que no deja de ser abstracta e inmovilista, y no se somete a las absurdas y estrictas leyes que impone la Casa del Pueblo. Pero la felicidad absoluta —escribía Galeano en otro de sus cuentos—, solo es posible con la pérdida o la renuncia a la memoria.








Los Pissimboni
Sònia Hernández

Acantilado, 2015.

Frase, Julia Otxoa

Frase
Recordaba la frase, la había visto sobre el desconchado muro que cercaba un solar vacío en las afueras de la ciudad. Ocurrió hace ya mucho tiempo, cuando apenas contaba diez años.
A lo largo de toda su vida la rememoró muchas veces, pero nunca pudo entender su significado. Sólo ahora, ya muy anciano, postrado en el lecho y extremadamente débil y enfermo, había logrado por fin descifrarla. Pero casi al mismo tiempo asaltó su fatigada mente una terrible pregunta: «¿Qué había detrás de la última palabra? ¿Una coma, un punto, puntos suspensivos?».
El sentido de la frase dependía de aquello, pero el anciano por más que lo intentaba no alcanzaba a recordarlo. Además, ahora apenas podía pensar con claridad, todo se le mezclaba en un confuso torrente de fragmentos. En medio de la fiebre, cual mudo espectador, asistía a la película de su vida.
Sólo poseía clara la certeza de que ya no tenía tiempo para averiguar con qué clase de signo ortográfico concluía la frase. Exhausto por el esfuerzo, cayó sumido en un profundo letargo. Soñó ser un desconchado muro cercando un solar vacío, inscrita en él una frase que un niño con atención leía...
Julia Otxoa, Frase.

Julia Otxoa

Juan Ramón Jiménez, La caja torcida

La caja torcida
Tenía la manía bella de lo derecho, lo recto, lo cuadrado. Se pasaba el día poniendo bien, en exacta correspondencia de líneas, cuadros, muebles, alfombras, puertas, biombos.
Su día era un sufrimiento terrible y una espantosa pérdida de tiempo. Iba detrás de familiares y criados, ordenando lo desordenado. Comprendía bien el cuento del que se sacó una muela sana de la derecha porque tuvo que sacarse una dañada de la izquierda.
Cuando se estaba muriendo, suplicaba a todos que le pusieran exacta la cama en relación con la cómoda, el armario, los cuadros.
Y cuando murió, el enterrador le dejó la caja torcida en la tumba para siempre.
Juan Ramón Jiménez, La caja torcida (1930).

Juan Ramón Jiménez

Sueño o realidad

Sueño o realidad
El maestro Chuang Tzu contó:
-Esta noche he soñado que era una mariposa.
Me sentía libre revoloteando de flor en flor, dejándome llevar por la brisa cálida del mediodía y deleitándome con el espectáculo de la naturaleza en su esplendor primaveral pero he despertado y he visto que era Chuang Tzu, y me pregunto: ¿Ha soñado Chuang Tzu que era una mariposa o la mariposa está soñando ahora que es Chuang Tzu?
Los 120 mejores cuentos de las tradiciones espirituales de Oriente (recopilación de Ramiro Calle y Sebastián Vázquez).









Los 120 mejores cuentos de las tradiciones espirituales de Oriente..
Recopilación de Ramiro Calle y Sebastián Vázquez.
Edaf, 1999.

Coctelería Milanos, Francisco Ferrer Lerín

Coctelería Milanos
Amo a esa mujer cubista durante dos tardes y una madrugada. Consume combinados de variada calidad y acomete con movimientos basculantes la racionalidad de mis posturas de monja. Ella es bella en lo que permite: pelota de cabellos bien lavados, cuello algo instalado en la frontera del esternón y nariz típica del estornino canoso sastre. También, involuntario, anoto una tibieza casi sofocante de su seno turgente izquierdo enfundado en riqueza adamascada de las galerías lafayete de la exclusiva calle inspector de adelantos nuez moncaya.
Francisco Ferrer Lerín,  Coctelería Milanos (Gingival).
Francisco Ferrer Lerín