Baricco, Emaús

Hace poco tiempo, gracias a las redes sociales me reencontré con un amigo de la adolescencia, un amigo del colegio con el que compartí momentos que seguro forjaron, en parte, mi forma de ser y de ver el mundo. Ese grato reencuentro a través de mensajes de correo y las ganas de seguir compartiendo nuestras afinidades, me hizo retrotraerme a un pasado que tenía algo olvidado. Baricco hace ese mismo ejercicio pero de modo magistral en Emaús, donde cuenta la vida de un grupo de amigos adolescentes, inseparables que, en realidad, apenas se conocen, que creen saberlo todo pero el mundo les resulta extraño y desconocido, donde lo que imaginan poco tiene que ver con la realidad. Es un retrato de ese periodo por el que todos hemos pasado, alejado de la felicidad pero que supone el inicio de la búsqueda de la sabiduría. 
He puesto sobre la mesa todos los libros que tengo de Baricco, en total doce, incluidos tres ensayos. Es un autor cuya forma de narrar me sedujo desde que leí Seda y Novecento. Pero Emaús no es el Baricco de Seda, ni tiene la magia de Océano mar; tampoco es el Baricco de los sueños entusiastas e imposibles de Tierras de Cristal y Esta historia. Aquí de nuevo arriesga como lo hizo al reescribir La Iliada en Homero, Iliada o en la fábula de venganzas de Sin sangre o en el mosaico de historias que componen City y, en ocasiones, por su carácter social y ético se acerca a los ensayos de Next o Los Bárbaros. 
Incluso aunque el tema de Emaús no me apasione, donde todo gira alrededor del deseo de unos jóvenes frenado por el deber moral que les impone la férrea educación católica de los años setenta italianos, el estilo inconfundible de Baricco, su potencia expresiva y la madurez de su prosa hacen que éste sea un libro muy recomendable que nos hará reflexionar sobre la influencia de nuestros amigos en nuestro pasado adolescente.











Emaús 
Alessandro Baricco 
Traducción: Xavier González Rovira
Editorial: Anagrama (2011).
Leer un fragmento del libro en formato PDF

Cuarto oscuro

Llevado por la frustración entré en aquel antro que estaba cargado de humos rancios y olores sin ataviar; mis ojos tardaron en acostumbrarse a su penumbra. Fueron varios sucesos, en escenarios consecutivos, los que me llevaron a mi situación actual: el primero, tomarme en la barra un whisky doble cuando no acostumbro a beber; el segundo, seguir por aquel angosto y miasmático pasillo a una joven de ojos verdes y curvas esperanzadoras que me conducía a un futuro incierto; el tercero, la presencia inquietante de un gigante con rostro reñido que levantaba su puño amenazante frente a mi cara, junto a una puerta entreabierta, y el cuarto, todo oscuro…

Ricardo Reques, Cuarto Oscuro. El Cuarto Oscuro. Microrrelatos nº 6. Asociación Cultural Mucho Cuento. 2010.

Alejandra Pizarnik, Diálogos

Diálogos
-Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Mme. Lamort -dijo.
-No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Mme. Lamort. Todo lo contrario: es Mme. Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no solo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a Mme. Lamort, ni siquiera en retrato.
-Usted coincide conmigo -dijo-, porque tampoco yo conozco a Mme. Lamort.
-Quién es usted? Deberíamos presentarnos.
-Mme. Lamort -dijo-. ¨Y usted?
-Mme. Lamort.-Su nombre no deja de recordarme algo -dijo.
-Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
-Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París -dijo.
-No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe qué va a pasar.
-Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando -dijo.
Alejandra Pizarnik. Diálogos (Prosa completa).














Prosa completa
Alejandra Pizarnik
Prólogo: Ana NUño
Editorial Lumen (2009)

El silencio del agua, de José Saramago

Igual que Juan Sin Miedo descubre la sensación de temor al ser salpicado por unos inofensivos peces mientras duerme, Saramago recuerda el despertar de la lucidez de un niño cuando un pez rompe el hilo de su caña de pescar y, con él, sus expectativas de capturarlo, llevándose al fondo del río los aparejos de pesca y su inocencia. 
Este entrañable fragmento de Las pequeñas memorias (2006) de José Saramago, está magníficamente ilustrado por Manuel Estrada.












El silencio del agua
José Saramago
Ilustraciones: Manuel Estrada
Traducción: Pilar del Río
Libros del Zorro Rojo (2011)

La mirada atenta en lo infraordinario de Perec

Cualquiera que quiera pasear por las calles de París o de Londres sin salir de su casa puede leer "Lo Infraordinario". Allí encontrará una descripción minuciosamente detallada de las casas, de las tiendas, de las gentes que las habitan. Cualquiera que quiera entrar en la casa de George Perec, rebuscar entre las postales de su correspondencia, averiguar su dieta de un año o indagar en su escritorio a las 10:18 AM o a las 12:50 PM, puede hacerlo leyendo las páginas de este libro. 
Aquí no se buscan hechos insólitos, ni rarezas, no se buscan los titulares de los periódicos ni lo extraordinario; aquí se busca lo cotidiano, los matices de lo trivial, aquello que puede pasar desapercibido sin la mirada atenta de Perec. Sus detallistas narraciones están cerca del texto científico; metódicamente describe un mismo lugar a distintas horas, en distintas fechas para ver las trasformaciones que ocurren en el tiempo igual que un ecólogo muestrea sistemáticamente un paisaje para ver en él los cambios y las alteraciones que se producen en el sistema. 
Las historias de George Perec, cargadas de frescura y realismo, nos demuestran que se puede hacer otro tipo de literatura sin clichés, sin encorsetamientos, sin ningún tipo de restricción. 







Lo infraordinario.
Georges Perec.
Traducción: Mercedes Cebrián.
Prólogo: Guadalupe Nettel.
Impedimenta (2008).



La mecánica y la alquimia de Juan Jacinto Muñoz Rengel

Hace algo menos de un año que leí el libro “De mecánica y alquimia”, de Juan Jacinto Muñoz Rengel, y a él vuelvo con frecuencia porque, en cada nueva lectura, encuentro nuevas sorpresas. Hay, entre sus páginas, referencias más o menos explícitas a libros que han formado parte de mis lecturas de siempre (eso que se llama metaliteratura) y, en su estilo, hay posos de mis más admirados cuentistas como Stevenson, Wells, Borges, Bioy Casares, Cortázar, Verne, Shelley, Poe, Lovercraft… Las lecturas compartidas convierten al lector y al escritor en cómplices de una misma trama literaria, de un viaje único y apasionante a través de esos libros convergentes. Esa complicidad hace que la lectura de sus cuentos tenga un componente sentimental añadido que arranca de una juventud en la que buscábamos otros mundos posibles con los que asombrarnos. 
Ya había disfrutado antes con la lectura de los relatos contenidos en “88 Mill Lane” quizás más puros pero en “De mecánica y alquimia” se percibe un trabajo previo más profundo y una elaboración más elegante y cuidada. 
Aunque particularmente la literatura fantástica siempre me ha fascinado y a ella recurro constantemente en mis lecturas y en mis escrituras, con seguridad, los que tenemos formación científica leemos este género con ciertas precauciones. Precisamente porque sabemos lo compleja que puede ser la realidad ni siquiera a los más indulgentes nos satisface todo. Pero Juan Jacinto Muñoz Rengel sabe tejer magistralmente sus mundos paralelos, en los que derrocha imaginación e inteligencia, a partir de un sólido soporte de realidad. 
Tiene su recompensa seguir la recomendación del autor de leer los once cuentos por orden, al menos la primera vez, para percibir el hilo que los une. Desde el primer cuento, ambientado en el Toledo musulmán, hasta el último, que se desarrolla en un futuro no deseado, nos encontramos con historias brillantemente construidas y ambientadas con guiños más o menos explícitos a interesantes cuestiones filosóficas. Su escritura cuidada y fluida hacen que la lectura de estos relatos sea una experiencia comparable a la de leer a los grandes autores de la literatura fantástica al regalarnos momentos y personajes inolvidables.














Juan Jacinto Muñoz Rengel
Editorial Salto de Página, (2009).


Emilia Pardo Bazán, Las medias rojas

Las medias rojas
Cuando la razapa entró, cargada con el haz de leña que acababa de me rodear en el monte del señor amo, el tío Clodio no levantó la cabeza, entregado a la ocupación de picar un cigarro, sirviéndose, en vez de navaja, de una uña córnea, color de ámbar oscuro, porque la había tostado el fuego de las apuradas colillas.
Ildara soltó el peso en tierra y se atusó el cabello, peinado a la moda «de las señoritas» y revuelto por los enganchones de las ramillas que se agarraban a él. Después, con la lentitud de las faenas aldeanas, preparó el fuego, lo prendió, desgarró las berzas, las echó en el pote negro, en compañía de unas patatas mal troceadas y de unas judías asaz secas, de la cosecha anterior, sin remojar. Al cabo de estas operaciones, tenía el tío Clodio liado su cigarrillo, y lo chupaba desgarbadamente, haciendo en los carrillo dos hoyos como sumideros, grises, entre el azuloso de la descuidada barba
Sin duda la leña estaba húmeda de tanto llover la semana entera, y ardía mal, soltando una humareda acre; pero el labriego no reparaba: al humo ¡bah!, estaba él bien hecho desde niño. Como Ildara se inclinase para sopla y activar la llama, observó el viejo cosa más insólita: algo de color vivo, que emergía de las remendadas y encharcadas sayas de la moza... Una pierna robusta, aprisionada en una media roja, de algodón...
-¡Ey! ¡Ildara!
-¡Señor padre!
-¿Qué novidá es esa?
-¿Cuál novidá?
-¿Ahora me gastas medias, como la hirmán del abade?
Incorporóse la muchacha, y la llama, que empezaba a alzarse, dorada, lamedora de la negra panza del pote, alumbró su cara redonda, bonita, de facciones pequeñas, de boca apetecible, de pupilas claras, golosas de vivir.
-Gasto medias, gasto medias -repitió sin amilanarse-. Y si las gasto, no se las debo a ninguén.
-Luego nacen los cuartos en el monte -insistió el tío Clodio con amenazadora sorna.
-¡No nacen!... Vendí al abade unos huevos, que no dirá menos él... Y con eso merqué las medias.
Una luz de ira cruzó por los ojos pequeños, engarzados en duros párpados, bajo cejas hirsutas, del labrador... Saltó del banco donde estaba escarrancado, y agarrando a su hija por los hombros, la zarandeó brutalmente, arrojándola contra la pared, mientras barbotaba:
-¡Engañosa! ¡engañosa! ¡Cluecas andan las gallinas que no ponen!
Ildara, apretando los dientes por no gritar de dolor, se defendía la cara con las manos. Era siempre su temor de mociña guapa y requebrada, que el padre la mancase, como le había sucedido a la Mariola, su prima, señalada por su propia madre en la frente con el aro de la criba, que le desgarró los tejidos. Y tanto más defendía su belleza, hoy que se acercaba el momento de fundar en ella un sueño de porvenir. Cumplida la mayor edad, libre de la autoridad paterna, la esperaba el barco, en cuyas entrañas tanto de su parroquia y de las parroquias circunvecinas se habían ido hacia la suerte, hacia lo desconocido de los lejanos países donde el oro rueda por las calles y no hay sino bajarse para cogerlo. El padre no quería emigrar, cansado de una vida de labor, indiferente de la esperanza tardía: pues que se quedase él... Ella iría sin falta; ya estaba de acuerdo con el gancho, que le adelantaba los pesos para el viaje, y hasta le había dado cinco de señal, de los cuales habían salido las famosas medias... Y el tío Clodio, ladino, sagaz, adivinador o sabedor, sin dejar de tener acorralada y acosada a la moza, repetía:
-Ya te cansaste de andar descalza de pie y pierna, como las mujeres de bien, ¿eh, condenada? ¿Llevó medias alguna vez tu madre? ¿Peinóse como tú, que siempre estás dale que tienes con el cacho de espejo? Toma, para que te acuerdes...
Y con el cerrado puño hirió primero la cabeza, luego, el rostro, apartando las medrosas manecitas, de forma no alterada aún por el trabajo, con que se escudaba Ildara, trémula. El cachete más violento cayó sobre un ojo, y la rapaza vio como un cielo estrellado, miles de puntos brillantes envueltos en una radiación de intensos coloridos sobre un negro terciopeloso. Luego, el labrador aporreó la nariz, los carrillos. Fue un instante de furor, en que sin escrúpulo la hubiese matado, antes que verla marchar, dejándole a él solo, viudo, casi imposibilitado de cultivar la tierra que llevaba en arriendo, que fecundó con sudores tantos años, a la cual profesaba un cariño maquinal, absurdo. Cesó al fin de pegar; Ildara, aturdida de espanto, ya no chillaba siquiera.
Salió fuera, silenciosa, y en el regato próximo se lavó la sangre. Un diente bonito, juvenil, le quedó en la mano. Del ojo lastimado, no veía.
Como que el médico, consultado tarde y de mala gana, según es uso de labriegos, habló de un desprendimiento de la retina, cosa que no entendió la muchacha, pero que consistía... en quedarse tuerta.
Y nunca más el barco la recibió en sus concavidades para llevarla hacia nuevos horizontes de holganza y lujo. Los que allá vayan, han de ir sanos, válidos, y las mujeres, con sus ojos alumbrando y su dentadura completa...
Emilia Pardo Bazán. Las medias rojas (Un destripador de antaño y otros cuentos)








Un destripador de antaño y otros cuentos 
Emilia Pardo Bazán 
Selección de José Luis López Muñoz 
Alianza Editorial (1975)



Borges, Los dos reyes y los dos laberintos

Los dos reyes y los dos laberintos
Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: "¡Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso." Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquel que no muere.
 Jorge Luis Borges. Los dos reyes y los dos laberintos. (El Aleph)




El Aleph
Jorge Luis Borges
Alianza Editorial. Biblioteca Borges (1997)

Leskov y la pulga de acero

La pulga de acero es un relato que se mueve entre lo fantástico y lo cotidiano, donde el centro de la narración es un artefacto imposible pero que le sirve a Nikolái Leskov de guía para adentrarse en las costumbres, las tradiciones y la idiosincrasia del pueblo ruso. Quizás Leskov no tenga la elegancia y sensibilidad de Chejov, quien le reconoció como su maestro, pero se equivocó Nabokov al considerarle un autor de segunda categoría. 
Esta cuidada edición de Impedimenta forma parte de una colección cuyos textos no defraudan nunca y se abre con un brillantísimo prólogo de Care Santos que conviene leer con detenimiento porque resulta revelador para entender a este autor ruso que se adelanto a su tiempo en la forma de escribir y que fue incomprendido por muchos. Leskov utiliza aquí una prosa lúcida con la que dibuja de forma magistral el carácter de los personajes a través de la forma de hablar y de pensar. Es un texto cargado de humor y de ironía que refleja la realidad de un pueblo atrasado e inculto en el que trata a algunos personajes, los artesanos con los que se identifica, con cierta ternura. 
El emperador Alejandro I visita Inglaterra acompañado de Platov, un cosaco del Don, con el objeto de conocer los prodigios de aquel país. Los ingleses para impresionar a los rusos le regalan un minúsculo autómata, una pulga de acero que sólo puede contemplarse utilizando un microscopio y cuyo movimiento danzarín se activa al darle cuerda con una llavecita. Los rusos quieren demostrar a los ingleses que sus artesanos son capaces de mejorar aquella maravilla y, de este modo, Platov conoce al genial artesano bizco de Tula. 
Leskov además de conseguir como pocos fundir lo real y lo ficticio, es un inventor de palabras. Con la unión de dos vocablos crea palabras que resultan muy útiles para descripciones como son: dedos torpicortos, burocumentos, mar braviterráneo y alguna otra algo visionaria como el reloj tiembletidor, ahora que todos tenemos móviles vibrando en los bolsillos. Gran parte del éxito de que este libro nos resulte tan agradable se debe también, como apunta Care Santos en el prólogo, al excelente trabajo de traducción llevado a cabo por Sara Gutiérrez. Las ilustraciones de Javier Herrero que acompañan al texto hacen que su lectura sea aún más placentera.
Después de leer este cuento resulta extraño que Leskov haya pasado desapercibido en algunos pretendidos canones de la literatura. Nikolái Leskov, con esta sencilla obra, se adelanta a los cuentistas de mayor talento del siglo pasado y acerca, como pocos, dos tradiciones: la literatura inglesa fantástica y la literatura realista de la escuela rusa y en esto, el propio relato, con el intento de los rusos por mejorar el artefacto británico, resulta una metáfora de la quizás Chejov aprendió mucho. 






La pulga de acero.
Nikolái Leskov.
Traducción: Sara Gutiérrez.
Prólogo: Care Santos.
Ilustraciones: Javier Herrero.
Impedimenta (2007).

El Imperio de Chu de Manuel Moyano

Ocaso de un Imperio
Swift inventó el país de Liliput, poblado por hombres diminutos, y Tomás Moro la isla de Utopía, cuya capital es Amauroto. Yo también me dedico a inventar lugarse imaginarios. Sin ir más lejos, ayer dibujé un círculo con guijarros en el patio y lo nombré Imperio de Chu. Chu es un país árido, sembrado de agujas de pino y habitado sólo por hormigas. Más allá de sus fronteras se extienden parterres con begonias y crisantemos, y también un sendero de grava que conduce hasta la verja de salida, esa verja que siempre permanece cerrada (al menos, para mí). Todos los imperios están condenados a desaparecer: esta mañana, el jardinero arrasó Chu al pasarle un rastrillo por encima. Como me encaré con él, las enfermeras decidieron inyectarme una nueva dosis de tranquilizante.
Manuel Moyano, Ocaso de un Imperio (El Imperio de Chu) 




El Imperio de Chu
Manuel Moyano
Ediciones Tres Fronteras (2008)

En el universo sentimental de Henry James

Diario de un hombre de cincuenta años es una pequeña novela que pasó casi desapercibida bajo la sombra de Daisy Millar o El americano, según apunta Max Lacruz en su prólogo, pero es uno de los relatos más íntimamente autobiográficos de Henry James. 
Se trata del diario de un militar inglés de cincuenta años que regresa a Florencia para encontrarse con recuerdos que formaron parte de un pasado que le brindó la oportunidad de ser feliz junto a una mujer que le cautivó pero de la que, finalmente, huyó. 
“… para mí todo sigue tan perfectamente igual que tengo la sensación de estar viviendo mi juventud de nuevo; vuelven a mí todas las impresiones olvidadas de aquellos encantadores tiempos”.
Allí recuerda el idilio que, cuando era joven, mantuvo con la Condesa Bianca Salvi —“la mujer más encantadora del mundo”—. Hacía diez años que la condesa había fallecido pero conoce a la hija que ésta tuvo y cuyo parecido con la amada madre le conmociona. 
“Hermosa como su madre, y sin embargo con los mismos defectos en el rostro; pero con el mismo y perfecto óvalo, y sus ojos pardos y comprensivos, casi compasivos.”
Ahora la hija de la condesa mantiene una relación con Stanmer, un joven inglés al que pronto el general trata como a un amigo y confidente pues lo ve como un fiel reflejo de su pasado con el inexcusable paralelismo del romance que mantuvo con la condesa. Con una confianza paternal el general pretende dar consejos a Stanmer para protegerlo pero éste no lo ve del mismo modo y, al despedirse, surge la inevitable pregunta: 
“¿Alguna vez se le ha ocurrido pensar que usted podría haber cometido un gran error?” 
Ya en Inglaterra, después de un tiempo, recibe una carta de Stanmer en el que éste le cuenta su nueva situación sentimental y concluye su misiva, con cierto reproche diciendo: 
“¡Al diablo con las analogías, a menos de que pueda encontrar una analogía para mi felicidad!” 
A lo que el general, irónico y abatido por sus pensamientos, responde para sí mismo:
“Su felicidad le hace ser muy ingenioso. Espero que dure, quiero decir su ingenio, no su felicidad.”
Sólo entonces el general se da cuenta de cómo dejó escapar la felicidad cuando la tenía al alcance de sus manos. Su error quizás fue utilizar la lógica, con un exceso de prudencia, para decidir algo que sólo se puede resolver con los sentimientos. 
“Si yo estropeé su felicidad, es seguro que tampoco hice la mía. Y podría haberla hecho, ¿verdad? ¡Qué descubrimiento tan encantador para un hombre de mi edad”. 
Esta es una reflexión, envuelta en una magistral prosa, sobre el destino de las personas, sobre la importancia de las decisiones que pueden cambiar el futuro. 






Diario de un hombre de cincuenta años (The diary of a man of fifty)
Henry James
Traducción: Blanca Salvado
Prólogo: Max Lacruz Bassols
Editorial Funanbulista, 2004 (1878)


Juan José Arreola y la migala

La migala
La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.
El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.
Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.
La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.
Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la aralia sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.
Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.
Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.
Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.
Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.
Juan José Arreola. Migala (Confabulario).












Confabulario
Juan José Arreola
RBA, Libros S.A. 2010 (1952, 1965).

Kipling en la jungla

Acaba de llegar a mis manos un cuento titulado En la jungla, editado en un pequeño formato y con muy buen gusto. Es un cuento de Kipling que publicó en la antología Muchas invenciones en 1893. 
Aquí Kipling, como en El libro de la selva, que forma parte de nuestras lecturas infantiles y juveniles, nos hace adentrarnos en un paisaje selvático: 
“…el tumulto de una batalla real entre los tigres, el bramido de un gamo arrogante, o el golpeteo regular de un viejo jabalí que se afilaba los colmillos contra el tronco”. 
Gisborne es un guardabosques de un gran rukh (reserva forestal) de la India que, un día, mientras sigue los rastros de un tigre que ha matado a un hombre, descubre a un joven llamado Mowgli, el personaje que luego se haría célebre en El libro de la Selva y en El segundo libro de la jungla. Mowgli, que creció entre lobos, tiene habilidades extraordinarias para vivir en selva, para seguir rastros y es capaz de comunicarse con los animales. Gisborne, viendo estas cualidades y la lealtad que le profesa, le convence para que trabaje como guardabosques al servicio del gobierno. En esos días Mowgli conoce a la hija de Abdul Gafir, un mayordomo de Gisborne y, con ella, el amor. 
“Esta no era en modo alguno la niña que Gisborne había visto circulando discretamente por el recinto del bungalow, silenciosa y oculta por el velo, sino otra persona: una mujer que había alcanzado su plenitud en una noche, igual que una orquídea se abre en el calor húmedo de una hora.” 
Este relato nos lleva a la infancia, a recordar a Mowgli, aquel bebé indefenso que había sido criado por los lobos en lo más profundo de la jungla y nos demuestra, una vez más, el enorme talento y originalidad de Kipling como escritor que busca narrar la vida tal y como él la ve, sin ningún predicamento. Kipling nos recuerda que se puede hacer literatura de gran calidad con sencillez, una literatura para el disfrute de cualquier lector y que es capaz de estimular el hábito de la lectura incluso entre los más jóvenes.









En la Jungla (In the rukh)
Rudyard Kipling
Traducción: Steve Serra
Editor: José J. de Olañeta, 2010.
Colección Centellas

Franz Kafka, un mensaje imperial

Un mensaje imperial
El Emperador –así dicen– te ha enviado a ti, el solitario, el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía, microscópica ante el sol imperial; justamente a ti, el Emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Hizo arrodillar al mensajero junto a su cama y le susurró el mensaje al oído; tan importante le parecía, que se lo hizo repetir. Asintiendo con la cabeza, corroboró la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre reunida para contemplar su muerte –todas las paredes que interceptaban la vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y alta curva de la gran escalinata formaban un círculo los grandes del Imperio–, ante todos, ordenó al mensajero que partiera. El mensajero partió en el acto; un hombre robusto e incansable; extendiendo primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la multitud; cuando encuentra un obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho más fácilmente que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. Si ante él se abriera el campo libre, cómo volaría, qué pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no acabará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho; todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios; y después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente las escaleras y los patios; y nuevamente un palacio; y así durante miles de años; y cuando finalmente atravesara la última puerta –pero esto nunca, nunca podría suceder–, todavía le faltaría cruzar la capital, el centro del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente. Nadie podría abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Pero tú te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas, cuando cae la noche.
Franz Kafka. Un médico rural -Ein Landartzz- (1919).


F. Kafka. Ilustración de Robert Crumb.

Gabriel Jiménez Emán y El hombre de los pies perdidos


Byblos
“Erase un profesor que no podía vivir sin libros. Cuidaba, atesoraba, adoraba literalmente sus volúmenes. No tenía esposa ahora, los hijos estaban lejos, sus padres fallecidos. Su biblioteca lo era todo para él. 
Una noche en que dormía sintió un olor extraño: era de humo, que salía de su biblioteca ardiendo, y el fuego amenazaba extenderse por el resto de la casa. Salió de ella huyendo, viendo como la biblioteca ardía y sintiendo gran goce, infinito placer pensando en cómo iría a rehacer su biblioteca".
          G. Jiménez Emán 

"Byblos" es uno de los 67 cuentos que podemos encontrar en la antología titulada “El hombre de los pies perdidos” que recoge una selección de relatos breves del escritor venezolano Gabriel Jiménez Emán, un autor, “importante por sus contribuciones e interesante en su lectura, que es preciso seguir con atención” según escribía David Lagmanovich. Aquí podemos encontrar textos extremadamente breves como el celebrado "El hombre invisible": “Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello”, otros publicados en anteriores libros como "Los dientes de Raquel" y algunos inéditos. 
Los dientes de Raquel
"Raquel mordió una manzana, y todos sus dientes quedaron en ella. Fue a su casa con la boca sangrando a avisarle a su mamá. La mamá vino corriendo asustada a buscar los dientes de Raquel, y cuando llegó, los dientes se habían comido la manzana.
La mamá quiso recogerlos, pero los dientes se levantaron y se comieron a Raquel y a la mamá.
Después, los dientes volvieron a la boca de Raquel, quien muy hambrienta corrió a pedirle a su mamá que le comprara una manzana".
          G. Jiménez Emán 

En este volumen el autor nos propone sumergirnos en realidades cotidianas y sencillas, acompañando a personajes que van desde el más corriente, con el que podríamos encontrarnos a diario o incluso al mirarnos al espejo, pasando por otros metaliterarios y hasta los más inverosímiles. Y en medio de estas situaciones, aparentemente normales, pueden tener lugar hechos extraordinarios cargados de sorpresas que, con frecuencia, navegan en un mar con grandes olas de surrealismo, nos arrancan la sonrisa, nos emocionan o nos llevan a la reflexión. 
El idiota
"Cuando el sabio señaló la luna, el idiota se quedó mirando el dedo del sabio, y vio que se trataba del índice. Era un dedo arrugado, envuelto en una epidermis desgastada, cuyo tejido anterior se hacía tan fino que el espesor de la sangre, fragmentado en pequeños puntos rojos, se dividía a su vez en forma de tabique, debido a las líneas irregulares que en grupos de cinco separaban las falanginas de las falangetas. Por la parte posterior, en la superficie de los nudillos, estas líneas eran más numerosas y parecían nervaduras de hoja, pues el sabio era tan viejo que la piel del nudillo era un pellejo de consistencia inerte, y hasta tenía ciertas marcas de los mordiscos leves que el sabio le había dado en los momentos de reflexión.
En los demás dedos del sabio había ciertos vellos que el idiota apenas podía registrar con el ojo. Tal era su concentración en el índice, distinto de aquellos por ser lampiño, con los poros más grandes y de una uña más pronunciada, curva y de una pátina tenue de amarillo. Su superficie se adivinaba casi tan lisa como la de un cristal, y brillaba. El contorno de la cutícula estaba perfectamente dibujado; no había en su línea cóncava ni el más mínimo desprendimiento. El nacimiento de la próxima uña, blanco y puntiagudo, formaba con la cutícula un óvalo que el sabio miraba a veces, encontrando en él una especie de centro universal cuyo significado desconocía. Se detuvo por fin el idiota en la parte superior de la uña, que coincidía exactamente con el nivel de la yema, y cuyo borde se inclinaba hacia abajo. Allí el idiota vio, perfectamente reflejada y redonda, a la luna".
          G. Jiménez Emán 









El hombre de los pies perdidos
Gabriel Jiménez Emán
Editorial Thule. 2005