Jorge Luis Borges, Utopía de un hombre que está cansado

Utopía de un hombre que está cansado.
«Llamola utopía, voz griega cuyo significado es no hay tal lugar».
Quevedo.
No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la misma. Yo iba por un camino de la llanura. Me pregunté sin mucha curiosidad si estaba en Oklahoma o en Texas o en la región que los literatos llaman la pampa. Ni a derecha ni a izquierda vi un alambrado. Como otras veces repetí despacio estas líneas, de Emilio Oribe:
En medio de la pánica llanura interminable
Y cerca del Brasil,
que van creciendo y agrandándose.
El camino era desparejo. Empezó a caer la lluvia. A unos doscientos o trescientos metros vi la luz de una casa. Era baja y rectangular y cercada de árboles. Me abrió la puerta un hombre tan alto que casi me dio miedo. Estaba vestido de gris. Sentí que esperaba a alguien. No había cerradura en la puerta. Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. Pendía del cielo raso una lámpara de luz amarillenta. La mesa, por alguna razón, me extrañó. En la mesa había una clepsidra, la primera que he visto, fuera de algún grabado en acero. El hombre me indicó una de las sillas.
Ensayé diversos idiomas y no nos entendimos. Cuando él habló lo hizo en latín. Junté mis ya lejanas memorias de bachiller y me preparé para el diálogo.
—Por la ropa —me dijo—, veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aún de las guerras; la tierra ha regresado al latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en papiamento, pero el riesgo no es inmediato. Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que será me interesan.
No dije nada y agregó:
—Si no te desagrada ver comer a otro, ¿quieres acompañarme?
Comprendí que advertía mi zozobra y dije que sí.
Atravesamos un corredor con puertas laterales, que daba a una pequeña cocina en la que todo era de metal. Volvimos con la cena en una bandeja: boles con copos de maíz, un racimo de uvas, una fruta desconocida cuyo sabor me recordó el del higo, y una gran jarra de agua. Creo que no había pan. Los rasgos de mi anfitrión eran agudos y tenía algo singular en los ojos. No olvidaré ese rostro severo y pálido que no volveré a ver. No gesticulaba al hablar.
Me trababa la obligación del latín, pero finalmente le dije:
—¿No te asombra mi súbita aparición?
—No —me replicó—, tales visitas nos ocurren de siglo en siglo. No duran mucho; a más tardar estarás mañana en tu casa.
La certidumbre de su voz me bastó. Juzgué prudente presentarme:
—Soy Eudoro Acevedo. Nací en 1897, en la ciudad de Buenos Aires. He cumplido ya setenta años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos.
—Recuerdo haber leído sin desagrado —me contestó— dos cuentos fantásticos. Los Viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma Teológica. Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local. Vivimos en el tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las precisiones inútiles. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien.
—¿Y cómo se llamaba tu padre?
—No se llamaba.
En una de las paredes vi un anaquel. Abrí un volumen al azar; las letras eran claras e indescifrables y trazadas a mano. Sus líneas angulares me recordaron el alfabeto rúnico, que, sin embargo, solo se empleó para la escritura epigráfica. Pensé que los hombres del porvenir no solo eran más altos sino más diestros. Instintivamente miré los largos y finos dedos del hombre.
Este me dijo:
—Ahora vas a ver algo que nunca has visto.
Me tendió con cuidado un ejemplar de la Utopía de More, impreso en Basilea en el año 1518 y en el que faltaban hojas y láminas.
No sin fatuidad repliqué:
—Es un libro impreso. En casa habrá más de dos mil, aunque no tan antiguos ni tan preciosos.
Leí en voz alta el título.
El otro rió.
—Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.
—En mi curioso ayer —contesté—, prevalecía la superstición de que entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar. El planeta estaba poblado de espectros colectivos, el Canadá, el Brasil, el Congo Suizo y el Mercado Común. Casi nadie sabía la historia previa de esos entes platónicos, pero sí los más ínfimos pormenores del último congreso de pedagogos, la inminente ruptura de relaciones y los mensajes que los presidentes mandaban, elaborados por el secretario del secretario con la prudente imprecisión que era propia del género.
Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades. De todas las funciones, la del político era sin duda la más pública. Un embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y aguardado por ansiosos fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre. Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Solo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin de nuestro singular concepto del mundo. En el ayer que me tocó, la gente era ingenua; creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante. También eran frecuentes los robos, aunque nadie ignoraba que la posesión de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud.
—¿Dinero? —repitió—. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce un oficio.
—Como los rabinos —le dije.
Pareció no entender y prosiguió.
—Tampoco hay ciudades. A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve la curiosidad de explorar, no se ha perdido mucho. Ya que no hay posesiones, no hay herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo mismo y con su soledad. Ya ha engendrado un hijo.
—¿Un hijo? —pregunté.
—Sí. Uno solo. No conviene fomentar el género humano. Hay quienes piensan que es un órgano de la divinidad para tener conciencia del universo, pero nadie sabe con certidumbre si hay tal divinidad. Creo que ahora se discuten las ventajas y desventajas de un suicidio gradual o simultáneo de todos los hombres del mundo. Pero volvamos a lo nuestro.
Asentí.
—Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.
—¿Se trata de una cita? —le pregunté.
—Seguramente. Ya no nos quedan más que citas. La lengua es un sistema de citas.
—¿Y la gran aventura de mi tiempo, los viajes espaciales? —le dije.
—Hace ya siglos que hemos renunciado a esas traslaciones, que fueron ciertamente admirables. Nunca pudimos evadirnos de un aquí y de un ahora.
Con una sonrisa agregó:
—Además, todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial.
—Así es —repliqué—. También se hablaba de sustancias químicas y de animales zoológicos.
El hombre ahora me daba la espalda y miraba por los cristales. Afuera, la llanura estaba blanca de silenciosa nieve y de luna.
Me atreví a preguntar:
—¿Todavía hay museos y bibliotecas?
—No. Queremos olvidar el ayer, salvo para la composición de elegías. No hay conmemoraciones ni centenarios ni efigies de hombres muertos. Cada cual debe producir por su cuenta las ciencias y las artes que necesita.
—En tal caso, cada cual debe ser su propio Bernard Shaw, su propio Jesucristo y su propio Arquímedes.
Asintió sin una palabra. Inquirí:
—¿Qué sucedió con los gobiernos?
—Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen.
Cambió de tono y dijo:
—He construido esta casa, que es igual a todas las otras. He labrado estos muebles y estos enseres. He trabajado el campo, que otros cuya cara no he visto, trabajarán mejor que yo. Puedo mostrarte algunas cosas.
Lo seguí a una pieza contigua. Encendió una lámpara, que también pendía del cielo raso. En un rincón vi un arpa de pocas cuerdas. En las paredes había telas rectangulares en las que predominaban los tonos del color amarillo. No parecían proceder de la misma mano.
—Esta es mi obra —declaró.
Examiné las telas y me detuve ante la más pequeña, que figuraba o sugería una puesta de sol y que encerraba algo infinito.
—Si te gusta puedes llevártela, como recuerdo de un amigo futuro —dijo con palabra tranquila. Le agradecí, pero otras telas me inquietaron. No diré que estaban en blanco, pero sí casi en blanco.
—Están pintadas con colores que tus antiguos ojos no pueden ver.
Las delicadas manos tañeron las cuerdas del arpa y apenas percibí uno que otro sonido. Fue entonces cuando se oyeron los golpes.
Una alta mujer y tres o cuatro hombres entraron en la casa. Diríase que eran hermanos o que los había igualado el tiempo. Mi anfitrión habló primero con la mujer.
—Sabía que esta noche no faltarías. ¿Lo has visto a Nils?
—De tarde en tarde. Sigue siempre entregado a la pintura.
—Esperemos que con mejor fortuna que su padre.
Manuscritos, cuadros, muebles, enseres; no dejamos nada en la casa.
La mujer trabajó a la par de los hombres. Me avergoncé de mi flaqueza que casi no me permitía ayudarlos. Nadie cerró la puerta y salimos, cargados con las cosas. Noté que el techo era a dos aguas.
A los quince minutos de caminar, doblamos por la izquierda. En el fondo divisé una suerte de torre, coronada por una cúpula.
—Es el crematorio —dijo alguien—. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler.
El cuidador, cuya estatura no me asombró, nos abrió la verja.
Mi huésped susurró unas palabras. Antes de entrar en el recinto se despidió con un ademán.
—La nieve seguirá —anunció la mujer.
En mi escritorio de la calle México guardo la tela que alguien pintará, dentro de miles de años, con materiales hoy dispersos en el planeta.

Jorge Luis Borges, Utopía de un hombre que está cansado.

Jorge Luis Borges

Silvina Ocampo, El retrato mal hecho

El retrato mal hecho
A los chicos les debía de gustar sentarse sobre las amplias faldas de Eponina porque tenía vestidos como sillones de brazos redondos. Pero Eponina, encerrada en las aguas negras de su vestido de moiré, era lejana y misteriosa; una mitad del rostro se le había borrado pero conservaba movimientos sobrios de estatua en miniatura. Raras veces los chicos se le habían sentado sobre las faldas, por culpa de la desaparición de las rodillas y de los brazos que con frecuencia involuntaria dejaba caer.
Detestaba los chicos, había detestado a sus hijos uno por uno a medida que iban naciendo, como ladrones de su adolescencia que nadie lleva presos, a no ser los brazos que los hacen dormir. Los brazos de Ana, la sirvienta, eran como cunas para sus hijos traviesos.
La vida era un larguísimo cansancio de descansar demasiado; la vida era muchas señoras que conversan sin oírse en las salas de las casas donde de tarde en tarde se espera una fiesta como un alivio. Y así, a fuerza de vivir en postura de retrato mal hecho, la impaciencia de Eponina se volvió paciente y comprimida, e idéntica a las rosas de papel que crecen debajo de los fanales.
La mucama la distraía con sus cantos por la mañana, cuando arreglaba los dormitorios. Ana tenía los ojos estirados y dormidos sobre un cuerpo muy despierto, y mantenía una inmovilidad extática de rueditas dentro de su actividad. Era incansablemente la primera que se levantaba y la última que se acostaba. Era ella quien repartía por toda la casa los desayunos y la ropa limpia, la que distribuía las compotas, la que hacía y deshacía las camas, la que servía la mesa.
Fue el 5 de abril de 1890, a la hora del almuerzo; los chicos jugaban en el fondo del jardín; Eponina leía en La Moda Elegante: “Se borda esta tira sobre pana de color bronce obscuro” o bien: “Traje de visita para señora joven, vestido verde mirto”, o bien: “punto de cadeneta, punto de espiga, punto anudado, punto lanzado y pasado”. Los chicos gritaban en el fondo del jardín. Eponina seguía leyendo: “Las hojas se hacen con seda color de aceituna” o bien: “los enrejados son de color de rosa y azules”, o bien: “la flor grande es de color encarnado”, o bien: “las venas y los tallos color albaricoque”.
Ana no llegaba para servir la mesa; toda la familia, compuesta de tías, maridos, primas en abundancia, la buscaba por todos los rincones de la casa. No quedaba más que el altillo por explorar. Eponina dejó el periódico sobre la mesa, no sabía lo que quería decir albaricoque: “Las venas y los tallos color albaricoque”. Subió al altillo y empujó la puerta hasta que cayó el mueble que la atrancaba. Un vuelo de murciélagos ciegos envolvía el techo roto. Entre un amontonamiento de sillas desvencijadas y palanganas viejas, Ana estaba con la cintura suelta de náufraga, sentada sobre el baúl; su delantal, siempre limpio, ahora estaba manchado de sangre. Eponina le tomó la mano, la levantó. Ana, indicando el baúl, contestó al silencio: “Lo he matado”.
Eponina abrió el baúl y vio a su hijo muerto, al que más había ambicionado subir sobre sus faldas: ahora estaba dormido sobre el pecho de uno de sus vestidos más viejos, en busca de su corazón.
La familia enmudecida de horror en el umbral de la puerta, se desgarraba con gritos intermitentes clamando por la policía. Habían oído todo, habían visto todo; los que no se desmayaban, estaban arrebatados de odio y de horror.
Eponina se abrazó largamente a Ana con un gesto inusitado de ternura. Los labios de Eponina se movían en una lenta ebullición: “Niño de cuatro años vestido de raso de algodón color encarnado. Esclavina cubierta de un plegado que figura como olas ribeteadas con un encaje blanco. Las venas y los tallos son de color marrón dorados, verde mirto o carmín”.
Silvina Ocampo, El retrato mal hecho.


https://es.wikipedia.org/wiki/Silvina_Ocampo
Silvina Ocampo


Italo Calvino, Las ciudades continuas, 1

Las ciudades continuas, 1.
La ciudad de Leonia se rehace a si misma todos los días: cada mañana la población se despierta entre sábanas frescas, se lava con jabones apenas salidos de su envoltorio, se pone batas flamantes, extrae del refrigerador más perfeccionado latas aún sin abrir, escuchando las últimas retahílas del último modelo de radio.
En los umbrales, envueltos en tersas bolsas de plástico, los restos de la Leonia de ayer esperan el carro del basurero. No solo tubos de dentífrico aplastados, bombillas quemadas, periódicos, envases, materiales de embalaje, sino también calentadores, enciclopedias, pianos, juegos de porcelana: más que por las cosas que cada día se fabrican, venden, compran, la opulencia de Leonia se mide por las cosas que cada día se tiran para ceder lugar a las nuevas. Tanto que uno se pregunta si la verdadera pasión de Leonia es en realidad, como dicen, gozar de las cosas nuevas y diferentes, y no más bien el expeler, alejar de sí, purgarse de una recurrente impureza. Cierto es que los basureros son acogidos como ángeles, y su tarea de remover los restos de la existencia de ayer se rodea de un respeto silencioso, como un rito que inspira devoción, o tal vez sólo porque una vez desechadas las cosas nadie quiere tener que pensar mas en ellas.
Dónde llevan cada día su carga los basureros nadie se lo pregunta: fuera de la ciudad, claro; pero de año en año la ciudad se expande, y los basurales deben retroceder mis lejos; la importancia de los desperdicios aumenta y las pilas se levantan, se estratifican, se despliegan en un perímetro cada vez más vasto. Añádase que cuanto más sobresale Leonia en la fabricación de nuevos materiales, más mejora la sustancia de los detritos, más resisten al tiempo, a la intemperie, a fermentaciones y combustiones. Es una fortaleza de desperdicios indestructibles la que circunda Leonia, la domina por todos lados como un reborde montañoso.
El resultado es éste: que cuantas más cosas expele Leonia, más acumula; las escamas de su pasado se sueldan en una coraza que no se puede quitar; renovándose cada día la ciudad se conserva toda a sí misma en la única forma definitiva: la de los desperdicios de ayer que se amontonan sobre los desperdicios de anteayer y de todos sus días y años y lustros.
La basura de Leonia poco a poco invadiría el mundo si en el desmesurado basurero no estuvieran presionando, más allá de la última cresta, basurales de otras ciudades que también rechazan lejos de sí montañas de desechos. Tal vez el mundo entero, traspasados los con fines de Leonia, está cubierto de cráteres de basuras, cada uno, en el centro, con una metrópoli en erupción ininterrumpida. Los límites entre las ciudades extranjeras y enemigas son bastiones infectos donde los detritos de una y otra se apuntalan recíprocamente, se superan, se mezclan.
Cuanto más crece la altura, más inminente es el peligro de derrumbes: basta que un envase, un viejo neumático, una botella sin su funda de paja ruede del lado de Leonia, y un alud de zapatos desparejados, calendarios de años anteriores, flores secas, sumerja la ciudad en el propio pasado que en vano trataba de rechazar, mezclado con aquel de las ciudades limítrofes finalmente limpias: un cataclismo nivelará la sórdida cadena montañosa, borrará toda traza de la metrópoli siempre vestida con ropa nueva. Ya en las ciudades vecinas están listos los rodillos compresores para nivelar el suelo, extenderse en el nuevo territorio, agrandarse, alejar los nuevos basurales. 

Italo Calvino, Las ciudades continuas, 1 (Las ciudades invisibles).

https://es.wikipedia.org/wiki/Italo_Calvino
Italo Calvino


W. Somerset Maugham, Louise

Louise
Jamás pude explicarme por qué le era tan antipático a Louise. Me tenía aversión, y yo sabía perfectamente que no perdía ocasión de criticarme con su gentileza característica.
Era demasiado delicada para hacer abiertamente una manifestación contra mí, pero con una leve insinuación, un suspiro o un gesto se hacía comprender perfectamente. Era una maestra en el arte de adular fríamente.
Es cierto que nos habíamos conocido casi íntimamente durante unos veinticinco años, pero a pesar de todo no pude llegar a convencerme de que nuestra vieja amistad lograra influir sobre ella en ningún sentido.
Tenía la impresión de que yo era una persona grosera, cínica y vulgar, y me resultaba un misterio la razón por la cual no tomaba el único camino que le quedaba, es decir, alejarse de mí.
Pero no se decidió a hacer nada por el estilo. No se separaba de mi lado; continuamente me invitaba a almorzar o a cenar con ella, y una o dos veces al año a pasar un fin de semana en su casa de campo. Por fin me pareció descubrir el motivo de estas atenciones. Suponía infundadamente que yo no creía lo que ella me contaba. Si era este el motivo por el cual no me apreciaba, también era la razón por la que deseaba granjearse mi amistad.
Le irritaba pensar que pudiera considerarla ridícula, y no desechaba la idea que se le había ocurrido, hasta que me viera obligado a reconocer mi error y, por lo tanto, quedara vencido.
Por otro lado, es posible que adivinase que el rostro que me presentaba a través de la máscara no era el verdadero, y solo porque yo no daba mi brazo a torcer creyó que tarde o temprano terminaría por comprenderla.
Nunca me convencí del todo de que no fuese una embustera, y me preguntaba si efectivamente se engañaba ella de la misma forma que lograba engañar a los demás, o si en realidad había cierto humorismo en el fondo de su corazón. De ser así, hubiera parecido que consideraba mi amistad como lo harían un par de fulleros que estuviesen convencidos de que compartían un secreto vedado a todo el mundo.
Era amigo de Louise mucho antes de que se casara. En aquella época era una frágil y delicada niña de ojos grandes y melancólicos. Sus padres la adoraban y sentían por ella una preocupación constante a causa de una escarlatina que le había dejado débil el corazón; debía, por lo tanto, cuidarse mucho. Así, cuando un joven llamado Thomas Maitland se le declaró, se quedaron consternados, pues estaban convencidos de que era demasiado delicada para afrontar la pesada carga del matrimonio. Pero no eran gente muy acomodada y sabían que Thomas Maitland era rico. Él se comprometió a hacer por Louise cuanto fuera humanamente posible. Finalmente cedieron, confiándole su hija como un sagrado tesoro.
Thomas Maitland era un hombre corpulento, fuerte, buen mozo y gran deportista. Estaba locamente enamorado de Louise. Teniendo en cuenta la debilidad de su corazón, Thomas Maitland no podía hacerse la idea de compartir una larga vida con ella, y, por lo tanto, decidió procurarle el mayor bienestar posible durante su corto paso por este mundo. Abandonó los deportes en que sobresalía, no porque ella se lo hubiese sugerido, ya que le agradaba saber que jugaba al golf y salía de caza, sino porque daba la coincidencia de que sufría un ataque al corazón cada vez que él se proponía dejarla sola un día. Cuando se producía algún altercado, ella acostumbraba a ceder en el acto, porque era la esposa más sumisa que se pudiera desear, y cuando le flaqueaba el corazón se quedaba tranquilamente en cama durante una semana.
Él nunca la contrariaba, y cuando había alguna discusión terminaba por darle la razón aunque no la tuviera.
En cierta ocasión, Louise se empeñó en dar un paseo de ocho millas. Con este motivo le dije a Thomas Maitland que su esposa demostraba estar más fuerte de lo que parecía. Maitland movió la cabeza y suspiró.
—No, no es eso —me dijo—. Está muy delicada. Ha consultado a los más famosos especialistas del corazón del mundo entero, y todos están de acuerdo en que su vida pende de un hilo. Lo que sí puedo asegurarle a usted es que tiene un espíritu inquebrantable.
Maitland le contó lo que yo le había dicho acerca de su resistencia, y ella expuso:
—Mañana lo pagaré, pues me hallaré a las puertas de la muerte.
—A veces pienso que se halla usted bastante fuerte cuando quiere llevar a cabo sus propósitos —le murmuré, pues había notado que cuando asistía a una reunión alegre bailaba tranquilamente hasta después de las cinco de la madrugada, pero si por casualidad la reunión resultaba aburrida se ponía triste y Thomas se veía obligado a marcharse temprano.
Estoy seguro de que no le agradó lo más mínimo lo que le dije, porque aunque me sonrió de una forma algo patética noté que en sus grandes ojos azules no brillaba la menor alegría.
—No puede usted pretender que me muera solo por complacerle —me replicó.
A pesar de todo, Louise sobrevivió a su esposo. Este contrajo una bronconeumonía durante un paseo en yate en un día frío; Louise no había podido cederle sus mantas porque las necesitaba para abrigarse ella. Maitland le dejó una buena renta y una hija; sin embargo, Louise estaba desconsolada.
Sus amigas se decían que la pobre Louise no tardaría mucho en seguir a su esposo, y desde entonces se mostraron muy apenadas por la suerte que pudiera correr su hijita Iris, que quedaría huérfana, y redoblaron sus atenciones para con Louise. No le permitían mover un dedo, insistiendo en hacer cuanto fuera posible para evitarle la menor molestia. Se veían obligadas a hacer esto porque temían que cualquier trabajo fatigoso o inconveniente pudiera dañarle el corazón y volviese a encontrarse en peligro de muerte. Se sentía completamente desamparada sin la protección de su esposo, y no sabía cómo educar a su hija, teniendo que preocuparse tanto por su corazón.
Sus amistades le preguntaban por qué no volvía a casarse. No podía concebir tal cosa en el estado en que se encontraba su corazón, a pesar de que sabía que su esposo hubiese deseado que lo hiciera; con seguridad sería la mejor forma de solucionar el problema de Iris, pero se preguntaba quién querría cargar con una miserable inválida como ella. Por extraña coincidencia, más de un joven hubo dispuesto a cargar con ella y con su hija. Así, pues, cuando apenas había transcurrido un año de la muerte de Thomas Maitland, contrajo matrimonio con George Hobhouse.
Este era un joven rico y de aspecto atrayente. Jamás vi a un ser que mostrara tanto agradecimiento por el privilegio de sentirse con derecho a cuidar de aquella frágil criatura.
—Espero que no tendrás la molestia de cuidarme por mucho tiempo —le dijo ella.
George Hobhouse era militar, y muy ambicioso por cierto, pero a causa de la enfermedad de Louise se vio obligado a pedir la excedencia, porque la salud de su mujer hacía necesario que pasaran el invierno en Montecarlo y el verano en Deauville.
George sintió cierto pesar al tener que abandonar su carrera. Al principio Louise no quiso ni hablar de ello, pero finalmente accedió, y él se dispuso a rodear de atenciones a su mujer para que su corto paso por la vida fuera más grato.
—No he de causar muchas molestias, porque sé que no he de vivir mucho —decía ella—. Trataré de ser lo menos fastidiosa que pueda.
Durante los dos o tres primeros años de su segundo matrimonio Louise logró, a pesar de su débil corazón, asistir lujosamente vestida a las más alegres reuniones, jugar fuerte, bailar y hasta coquetear con jóvenes gallardos.
Pero George Hobhouse no tenía el carácter del primer esposo de Louise, y experimentaba la necesidad de beber de vez en cuando para sentirse tonificado y poder sobrellevar la tarea que representaba ser el segundo marido de Louise. Es muy probable que esto hubiese degenerado en costumbre —aunque Louise lo habría impedido a toda costa— de no haberse declarado la guerra, lo cual fue una suerte para mi amiga.
George se reincorporó a su antiguo regimiento, y tres meses después murió en acción de guerra.
Esto fue un duro golpe para Louise. Sabía que ante una catástrofe semejante tenía que mostrarse fuerte, y cuando le daba algún ataque al corazón se cuidaba de que se supiera.
A fin de distraer su mente transformó su villa de Montecarlo en hospital para los oficiales convalecientes, aunque los amigos le decían que no podría sobrevivir a tal esfuerzo.
—Sí, ya sé que el trabajo me matará —decía—, pero ¿qué importa? No puedo escatimar mi ayuda.
Sin embargo, el trabajo no la mató. Pasó entonces la mejor temporada de su vida. No había en toda Francia un hospital para convalecientes más popular. Me encontré con ella por casualidad en París. Estaba almorzando en el restaurante del Ritz en compañía de un apuesto francés. Me explicó que se encontraba allí por casualidad, pues debía resolver unos asuntos relacionados con su casa de reposo, y añadió que los oficiales eran muy amables con ella. Todos sabían cuán delicada estaba, y no le permitían de ningún modo que hiciera el menor esfuerzo.
«Disputan por cuidarme —solía decir suspirando— como si todos fuesen esposos míos.»
—¡Pobre George! ¿Quién hubiera dicho que iba yo a sobrevivir teniendo el corazón tan mal?
—¡Pobre Thomas! —dije yo.
No sé por qué pareció no agradarle esto, y con su acostumbrada cara risueña y los ojos llenos de lágrimas me contestó:
—Siempre que se dirige usted a mí lo hace como echándome en cara los pocos años que me quedan de vida.
—Me parece que está usted ahora algo mejor del corazón, ¿no es así? —le pregunté
—Nunca estaré bien del todo. Esta mañana consulté a un especialista, y me dijo que debía estar preparada para lo peor.
—Bien —repuse—pero creo que está usted preparada para eso desde hace más de veinte años, ¿no es cierto?
Cuando terminó la guerra, Louise se fue a vivir a Londres.
Era ya una mujer de unos cuarenta años, muy delgada, de frágil apariencia, pálidas mejillas y grandes ojos, pero no aparentaba tener más de veinticinco años.
Iris, que era ya una señorita y había terminado sus estudios, se fue a vivir con su madre.
—Ella me cuidará bien —decía Louise—, es indudable que le será molesto vivir con una inválida como yo, pero como será por tan poco tiempo seguramente no le pesará este sacrificio.
Iris era una bella joven. Había sido educada en el convencimiento de que la salud de su madre era muy precaria. De niña no le habían permitido hacer el menor ruido en su casa; de esto había sacado la convicción de que su madre no debía recibir ningún disgusto, y a pesar de que Louise le aseguró que no quería que se sacrificara por ella, la joven no le hizo el menor caso. No era un sacrificio, sino un placer, atender en todo momento a su querida madre; y esta no se negaba a que hiciera muchas cosas sabiendo que ponía en ellas tanta voluntad.
—A la muchacha le agrada saber que es de utilidad lo que hace —decía la madre.
— ¿No cree usted —le pregunté una vez— que Iris debe salir de paseo con más frecuencia?
—Eso es exactamente lo que yo le digo a cada momento, pero no hace caso. Bien sabe Dios que nunca quiero que nadie se moleste por mí.
Y cuando yo reconvenía a Iris sobre este punto, la joven contestaba:
—¡Pobre mamá! Su único deseo es que vaya a visitar a mis amigas, pero en cuanto me dispongo a ello la amenaza un ataque al corazón. Por lo tanto, prefiero quedarme en casa.
Como todas, un día se enamoró. Un excelente muchacho amigo mío se le declaró y fue aceptado. Yo sentía una gran simpatía por la joven, y me alegré al ver que al fin tendría la oportunidad de vivir su propia vida, lo que ella jamás sospechó que fuera posible.
Un día se me presentó el muchacho diciéndome que había aplazado indefinidamente el matrimonio, pues Iris consideraba que no le era posible abandonar a su madre. Naturalmente, este asunto no me incumbía en absoluto, pero aproveché la oportunidad y fui a ver a Louise.
Siempre le resultaban muy gratas las visitas de sus amigos a la hora del té, y al tener más edad cultivaba la amistad de autores y artistas.
—Parece que Iris no se casa, ¿no es cierto? —le dije de pronto.
—No estoy muy segura —me contestó—. No se casará tan pronto como yo hubiera deseado. Le he rogado de rodillas que no tuviese en cuenta mi situación, pero se niega obstinadamente a separarse de mi lado.
—¿No cree que esto es muy duro para ella?
—Sin duda. No concibo que nadie se sacrifique por mí, sabiendo que esta situación no podrá durar más de unos meses a lo sumo.
—Mi estimada Louise —le contesté—, usted ha enterrado ya a dos maridos, y no veo la razón para que no entierre por lo menos a dos más.
—¿Cree usted que es gracioso lo que acaba de manifestar? —me contestó en un tono que evidenciaba cuán ofendida se sentía.
—Supongo que nunca ha pasado por su mente, como algo extraño y curioso, que es usted capaz de hacer cuanto se propone, y que su débil corazón solo le impide hacer aquello que no le resulta grato…
—¡Oh!… Ya sé, ya sé lo que siempre ha pensado usted de mí. Nunca creyó usted que padeciera lo más mínimo del corazón, ¿no es así?
La miré fijamente.
—Estoy plenamente convencido de que durante veinte años ha representado usted a la perfección una estupenda comedia, y la opinión que he formado de usted es que es la mujer más egoísta que he conocido jamás.
No me habría sorprendido nada que al oír mis palabras hubiese sufrido allí mismo uno de sus acostumbrados ataques al corazón. Tenía la seguridad de que, cuando menos, iba a estallar en apasionadas protestas, pero, por el contrario, en sus labios se dibujó una débil sonrisa.
—Mi pobre amigo —me contestó—, cualquier día de estos se arrepentirá usted profundamente de lo que me ha dicho.
—¿Está usted decidida a que Iris no se case con ese joven? —le pregunté.
—Le he rogado que se case con él —me contestó—. Ya sé que esto será la causa de mi muerte, pero da lo mismo. Ya sé que no le importo a nadie y que soy una carga para todos.
—¿Le dijo usted eso a ella?
—Me obligó a decirlo.
—Eso es ridículo. No creo que haya nadie que la obligue a usted a hacer lo que no quiere.
—Por mi parte, puede casarse mañana mismo si así lo desea. Si muero a consecuencia de ello, habré terminado de una vez.
—Perfectamente. Corramos el riesgo, ¿quiere?
—¿No siente usted compasión por mí?
—No puedo compadecer a una persona que me divierte tanto —le respondí.
Un ligero rubor tiñó las mejillas de Louise, y aunque parecía sonreír, sus ojos miraban con dureza y odio.
—Iris se casará dentro de un mes —me dijo—, y si algo me pasa espero que tanto usted como ella sabrán perdonarse mutuamente.
La palabra de Louise era como un documento. Se fijó la fecha, mandó que le hicieran un soberbio ajuar y se repartieron las invitaciones.
Iris y su joven prometido no cabían en sí de gozo. Pero el día de la boda, a las diez de la mañana, Louise, aquella endiablada mujer, tuvo uno de sus acostumbrados ataques al corazón y falleció tranquilamente, perdonando a Iris por ser la causa de su muerte…

W. Somerset Maugham, Louise.

https://es.wikipedia.org/wiki/W._Somerset_Maugham
W. Somerset Maugham


Pilar Adón, Botellitas

Botellitas.
A Dora Sallter le gustaba coleccionar las botellitas de vidrio de los zumos de frutas que iba tomando durante las vacaciones, porque luego pensaba decorarlas con distintos tonos de verde o de azul, y llenarlas de flores pequeñas con las que adornar su habitación de la ciudad. Era un pequeño lujo que Dora podía permitirse ya que las botellitas no ocupaban mucho espacio y eran capaces de regalarle una belleza singular al rincón elegido para ser agraciado con una flor viva. Un pequeño lujo que iba calmando el ansia de lujos mayores que Dora deseaba obtener y que estaban relacionados, en su mayoría, con la posesión de una casa para ella sola. Una casa grande o pequeña, bonita o fea. Daba lo mismo porque ya se encargaría ella de arreglarla y de cubrirla de elementos hermosos y discretos. Pero, de momento, sabía que tendría que seguir conformándose con sus consuelos triviales, con sus botellitas y las flores por los rincones, porque la gran pretensión todavía no estaba a su alcance. Y no lo estaba debido, también en su mayor parte, a la pereza mental, física y eterna de Oliver Oser, su novio.
Oliver Oser era un chico rubio, pálido y muy delgado, cuya característica facial más notable residía en una pequeña cicatriz sobre el labio inferior que le daba un aspecto algo extraño, no desagradable pero sí un tanto caprichoso y arbitrario, como si todo lo que tuviera a su alrededor le estuviera causando una permanente sensación de asco. Gesto que casi siempre se veía compensado por el profundo color grisáceo de sus ojos que generalmente divagaban sin sentido pero que, en las raras ocasiones en las que decidían posarse sobre cualquier objeto, eran capaces de dotarlo de una luminosidad casi lunar. Y en aquel instante, la mirada extraviada de Oliver había ido a detenerse sobre una de las botellas de zumo de su querida Dora.
– ¿De qué color vas a pintar ésta? –preguntó.
Dora Sallter suspiró, dio un sorbo lento de su vaso lleno de líquido anaranjado y tardó en responder pausadamente, sin ganas:
– No lo sé, Oliver… No lo sé. Siempre me preguntas lo mismo, una y otra vez, y yo siempre te respondo lo mismo una y otra vez. Que no lo sé.
Oliver no se inmutó por la respuesta un tanto agria de su pequeño y dulce amor, y continuó mirando la botella sin parpadear, con los pensamientos fundidos por entre los átomos del vidrio. Y mientras tanto Dora, su dulzura, observaba los besuqueos intensos de la pareja que tenían al lado e imaginaba que aquel chico moreno, fuerte y curtido que abrazaba con tal pasión a su compañera y que era capaz de abrir la boca, succionar y estirar la lengua de esa manera tan firme, con tanta resistencia, seguramente sería capaz también de comprar una buena casa y equiparla con todo lo necesario para vivir en ella sin más preocupaciones. En cambio Oliver… No había más que verle, desentrañando los misterios de la etiqueta de la botella de zumo, navegando por las gotitas que se habían quedado adheridas en el interior, enumerando las baldosas blancas que había en el suelo hasta llegar a una de las baldosas rojas… Oliver nunca compraría una casa, y ella tendría que seguir enclaustrada para siempre en aquella habitación cada vez más escasa, más agobiante, ya que había ido apilando en su interior las mil cosas que seguía comprando año tras año para su hipotética casa futura.
Aquella casa que nunca llegaría si continuaba con Oliver. Y ahí estaba la cuestión. Ahí residía el problema. ¿Por qué seguía con Oliver? No creía quererle en exceso. Tampoco podría decir que se sintiera muy atraída físicamente por él. ¿Entonces? ¿Por qué no se libraba de él y comenzaba a buscar un verdadero hombre, alguien que fuera capaz, monetaria y emocionalmente, de comprar una casa? Alguien como ese chico moreno que seguía succionando y que continuaría así durante mucho tiempo…
– Oliver, cielo –dijo–. ¿Por qué no vas al apartamento y me traes mi chaqueta azul? Está empezando a refrescar y tengo frío. ¿Me harías ese favor, cariño?
Él tardó un poco en despegar los ojos de una de aquellas baldosas rojas que detenían su cuenta de baldosas blancas. Vaciló, aspiró largamente por la nariz y, por fin, levantándose de la silla, fue capaz de responder:
– Por supuesto, mi amor. Vuelvo ahora mismo. No te muevas de aquí. Voy corriendo.
Dora Sallter ya sabía que iría corriendo porque si de algo estaba segura era de que Oliver la quería. Se enamoró de ella como un bobo hacía casi once años y desde entonces no había dejado de hacer cualquier cosa que ella le pidiera. Cualquier cosa.
Volvió de nuevo la cabeza hacia los dos succionadores y vio, con asombro, que estaban discutiendo con una furia inesperada considerando que tan sólo cinco minutos antes se habían bebido los intestinos mutuamente. Ahora se miraban con ira, a ratos con desprecio, y lo que se decían casi a gritos sonaba tan brusco, tan violento, que Dora comenzó a sentir por ellos un desprecio creciente. Oliver y ella no discutían porque él, debía reconocerlo y se le escapó una pequeña sonrisa involuntaria, siempre terminaba cediendo a sus querencias. Tenía que admitir que solía salirse con la suya y eso era, lo sabía, porque Oliver la quería más que a ninguna otra persona en el mundo. La quería mucho y si no compraba la dichosa casa era, para qué negarlo, porque no podía, porque no ganaba lo suficiente en ese trabajo miserable que tenía, en el que día tras día se le menospreciaba y en el que estaba dando lo mejor de sí mismo sin que nadie se lo reconociera. Así que Dora Sallter siguió sonriendo, ahora más ampliamente, mientras la pareja de la mesa contigua no dejaba de pelear a voces. Oliver la amaba, a ella y sólo a ella.
Bebió lentamente el zumo de su vaso y contempló el paseo marítimo mientras esperaba. Luego despegó la etiqueta de la botellita y volvió a mirar hacia el mar. Al rato pidió otro zumo porque la terraza estaba completamente llena y los camareros comenzaban a merodear a su alrededor. Se bebió el zumo, observó largamente el paseo marítimo y quitó de nuevo la etiqueta de la botella. Oliver estaba tardando mucho y eso era algo muy extraño en él. Muy extraño. Dora dirigió su mirada hacia la carretera oscura y mal asfaltada que él había tomado corriendo para llegar al apartamento más rápidamente y, aunque no le gustaba mostrar impaciencia ante las llegadas de Oliver –no quería que él pudiera pensar que estaba expectante–, esta vez se sentía francamente alerta. Oliver estaba tardando mucho. Mucho… De repente Dora Sallter se levantó de la silla y, con los ojos muy abiertos en una expresión de horror, se llevó una mano a la boca. No gritó, no dijo nada, pero se quedó allí de pie, vigilada por los camareros y por los demás clientes de la cafetería, porque Oliver se había ido corriendo hacia aquella carretera estrecha y mal iluminada por la que los coches circulaban a una velocidad considerable y no era muy frecuente el paso de peatones y, sobre todo, especialmente y por encima de cualquier otra consideración, porque Oliver nunca sabía dónde ponía los ojos.

Pilar Adón, Botellitas.

https://es.wikipedia.org/wiki/Pilar_Ad%C3%B3n
Pilar Adón


Mario Levrero, El crucificado

El crucificado.

Fue lo bastante astuto o estúpido como para deslizarse entre nosotros sin hacerse notar, y cuando Eduardo lo advirtió tuvo que aceptarlo, porque había una ley tácita de que las cosas debían permanecer o desenvolverse así como estaban o transcurrían; si en cambio hubiera pedido permiso, sin duda lo habríamos rechazado.
Tenía pocos dientes, era flaco y barbudo, muy sucio, la cara amarronada, de transpiración grasienta, y el pelo enmarañado y largo. Un olor mezcla de halitosis, sudor y orina. Llevaba un saco hecho jirones, demasiado grande, y pantalones mugrientos y rotos. Lo que en él más llamaba la atención, sobre todo al principio, era la posición de los brazos perpetuamente abiertos y rígidos. Después se supo que tenía las manos clavadas a una madera y, examinándolo más a fondo, descubrimos que la madera formaba parte de una cruz (cubierta por el saco), rota a la altura de los riñones, y que terminaba cerca de la nuca. Las heridas de las manos estaban cicatrizadas, una mezcla de sangre seca y cabezas de clavos oxidados.
Al reconstruir la historia, imagino que alguien, y supongo quién, le alcanzaría algo de comer; porque la posición de los brazos le impedía pasar por el agujero que daba al comedor, y siempre estaba, por lógica, ausente de nuestra mesa. Yo me inclino a pensar que en realidad no comía.
En ese entonces estábamos dispersos y desconectados, no se llevaba ningún control ya sobre las acciones de nadie, y apenas Eduardo, de vez en cuando, sacaba cuentas. Hablábamos poco, y el Crucificado no llegó a ser tema. Sospecho que todos pensábamos en él, pero por algún motivo no lo discutíamos. Don Pedro, el más ausente, siempre en Babia o con su juego de bolitas metálicas, fue el único que en un principio se le acercó, para advertirle con voz un tanto admonitoria que tenía la bragueta desabrochada. El Crucificado esbozó algo parecido a una sonrisa y le dijo que se fuera a la putísima madre que lo recontramilparió, con lo cual el diálogo entre ellos quedó definitivamente interrumpido.
Se mantenía al margen, con esa pose de espantapájaros, y más de una vez pensé con maldad en sugerirle que cumpliera esa función en los sembrados (que dicho sea de paso habíamos descuidado bastante; sólo la gorda se ocupaba del riego, pero a esa altura ya no valía la pena).
De noche entraba al galpón, necesariamente de perfil por lo estrecho de la puerta y le daba mucho trabajo tenderse para dormir. Al fin me decidí a ayudarlo en este menester, cosa que nunca me agradeció en forma explícita, y no imagino cómo se levantaba por las mañanas, porque yo dormía hasta mucho más tarde.
Era por todos sabido que el 1° de setiembre Emilia cumpliría los quince, y se aceptaba sin discusión que sería desflorada por Eduardo, como todas ellas. Después Eduardo se desinteresaba, y las muchachas pasaban, o no, a formar alguna pareja más o menos estable con cualquiera del resto.
Emilia era la más deseable y desarrollada: sus 14 años y nueve meses nos tenían enloquecidos. Ella, sin altanería coqueta, dejaba fluir su indiferencia sobre nosotros, incluyendo a Eduardo.
Tenía el pelo negro mate, largo y lacio, un rostro ovalado perfecto, ojos grandes y verdes, y un perfume natural especialmente turbador.
El 21 de julio, a la madrugada, me despertó el revuelo infernal, inusual, del galpón. Cuando logré despejarme vi que estaban en la etapa de fabricar los grandes objetos de madera. Habían encontrado a Emilia montada encima del Crucificado, los dos desnudos. Ahora, a ellos los tenían sujetos, por separado, con cables de antena de televisión. La gorda se ocupaba de los discos, doña Eloísa, baldada como estaba, se había levantado gozosa a preparar mate y tortas fritas, Eduardo dirigía las operaciones, un hervidero de gente en actividad febril.
Finalizados los preparativos la gorda puso la Marsellesa, y a ellos les desataron los cables y cargaron a Emilia con las dos cruces, porque evidentemente el Crucificado no tenía cómo cargar la suya nueva. A mitad del camino del cerro comenzó a insinuarse el amanecer. Era un cortejo nutrido y silencioso, y yo iba a la cola y no pude ver bien lo que pasaba, pero era evidente que les tiraban piedras y los escupían. Algunos transeúntes casuales se sumaron al cortejo, otros siguieron de largo. Yo no estaba conforme con lo que se hacía, pero no es justo que lo diga ahora; en ese momento me callé la boca.
Trabajaron como negros para afirmar las cruces en la tierra, en especial la de Emilia, que era en forma de X. A ella le ataron las muñecas y los tobillos con alambre de cobre, a él simplemente le clavaron la madera de su cruz rota sobre la nueva.
Los pusieron enfrentados, muy próximos entre sí, como a un metro y medio o dos metros. Emilia tenía sangre seca en las piernas y magullones en todo el cuerpo. El cuerpo del Crucificado era una mezcla imposible de marcas viejas y nuevas, cicatrices y cardenales.
Los demás se sentaron sobre el pasto. Comían y escuchaban la radio a transistores. Don Pedro jugaba con sus bolitas. Yo busqué la sombra de un árbol cercano, y miraba el conjunto con mucha pena, y también remordimientos.
Me quedé dormido. Cuando desperté era plena tarde. La escena seguía incambiada. Me acerqué y vi que se miraban, el Crucificado y Emilia, como hipnotizados, los ojos de uno en los ojos del otro. Emilia estaba más linda que nunca, y sin embargo no me despertaba ningún deseo. Los otros se sentían incómodos. De vez en cuando, sin ganas, proferían insultos o les tiraban piedras o alguna porquería, pero ellos parecían no darse cuenta.
Alguien, luego, con un palo, le refregó al Crucificado una esponja con vinagre por la boca. El Crucificado escupió y después dijo, con voz clara y joven que no puedo borrar de mi memoria:
—La otra vez fue un error, me habían confundido, ahora está bien.
Y ya nadie los sacó de mirarse uno a otro, y parecían hacer el amor con la mirada, que se poseían mutuamente, y nadie se animaba ya a decir o hacer nada, querían irse pero no podían, nos sentíamos mal.
Al caer la tarde Emilia había alcanzado el máximo posible de belleza, y sonreía. El Crucificado parecía más nutrido, como si hubiera engordado, y la sangre empezó a manar de sus viejas heridas de los clavos en las manos y de las cicatrices que nunca habíamos notado en los pies; también, por debajo del pelo, manaban hilitos rojos que le corrían por la frente y las mejillas. El cielo se oscureció de golpe. El Crucificado volvió a hablar.
—Padre mío —dijo— por qué me has abandonado.
Y después rió.
La escena quedó estática, detenida en el tiempo. Nadie hizo el menor movimiento. Hubo un trueno, y el Crucificado inclinó la cabeza muerto.
Todos parecían muertos, todos habían quedado en las posiciones en que estaban, la mayoría ridículas. Don Pedro con un dedo metido en la caja de las bolitas.
Me acerqué a la cruz de Emilia y le desaté los pies y las manos, con un trabajo enorme para que no se me cayera y se lastimara. Ella seguía como hipnotizada, la sonrisa en los labios y con su nueva belleza que parecía excederla, como un halo.
Sin querer tuve que manosearla un poco para sacarla de allí; pensé que debería sentirme excitado, pero no era posible, era como si yo no tuviera sexo. A pesar de mi tradicional haraganería la cargué en mis brazos, como a una criatura, y la llevé a la casa. Fue un camino largo, penoso, que mil veces quise abandonar por cansancio, y sin embargo no podía detenerme. Tenía los brazos acalambrados y me dolía la cintura, transpiraba como un caballo. En el galpón la deposité en la cama de Eduardo, que era la mejor, y después me tiré en el suelo, en mi lugar de siempre.
Al otro día Emilia me despertó con un mate. Yo lo tomé, todavía dormido, y después advertí que seguía desnuda y sonriente.
—¿Y ahora qué hacemos? —le pregunté cuando estuve más despierto. Pensaba en el cadáver del Crucificado, en toda la gente momificada allá, en el cerro. Ella se encogió de hombros y me respondió con voz infinitamente dulce:
—Ya nada tiene importancia.
Hizo una pausa, y agregó:
—Espero un hijo. Nacerá dentro de tres días.
Noté, en efecto, que su vientre se había abultado en forma notoria. Me asusté un poco.
—¿Busco un médico? —pregunté, y me contestó con la voz clara, grave y joven del Crucificado.
—No tienes más nada que hacer aquí. Ve por el mundo y cuenta lo que has visto.
Y me dio un beso en la boca.
Fui al casillero y saqué los guantes blancos y el pullover; me los puse.
—Adiós —dije; y Emilia, sonriendo, me acompañó hasta la puerta. Era un día primaveral y fresco, lleno de luz, hermoso. A los pocos pasos me di vuelta y miré. Ella seguía en la puerta.
No me hizo adiós con la mano. Pero más tarde, en el camino, descubrí que hacía jugar los dedos de mi mano derecha con el tallo de una rosa, roja.
Mario Levrero, El crucificado.

https://es.wikipedia.org/wiki/Mario_Levrero
Mario Levrero.

Luis Mateo Díez, El Tilo

El tilo.
Un hombre llamado Mortal vino a la aldea de Cimares y le dijo al primer niño que encontró: avisa al viejo más viejo de la aldea, dile que hay un forastero que necesita hablar urgentemente con él.
Corrió el niño a casa del Viejo Arcino que, como bien sabía todo el mundo en Cimares, tenía más edad que nadie.
Hay un forastero que le quiere hablar con mucha urgencia, dijo el niño al Viejo.
Las prisas del que las tiene suyas son, la edad que yo tengo me la gané viviendo con calma, si quiere esperar que espere.
El hombre daba vueltas alrededor de un tilo muy grande que había en la entrada del pueblo. Cuando volvió el niño y le dijo lo que le había comentado el Viejo Arcino, estaba muy nervioso.
Es poco el tiempo que queda, musitó contrariado, una docena más de vueltas al árbol y termina el plazo.
El niño le miraba aturdido, el hombre le acarició la cabeza: lo que menos vale de la edad de un hombre es la infancia, dijo, porque es lo que primero acaba. Luego viene la juventud, siguió diciendo mientras volvía a dar vueltas, y nada hay más vano que las ilusiones que en ella se fraguan. El hombre maduro empieza a sospechar que al hacerse más sabio, más se acerca a la muerte, entendiendo que la muerte sabe más que nadie y siempre sale ganando. De la vejez nada puedo decir que no se sepa.
El Viejo Arcino llegó cuando el hombre estaba a punto de dar la docena de vueltas.
¿Se puede saber lo que usted desea, y cuál es la razón de tanta prisa?…, le requirió.
Soy Mortal, dijo el hombre, apoyándose exhausto en el tronco del tilo.
Todos los somos, dijo el Viejo Arcino. Mortal no es un nombre, Mortal es una condición.
¿Y aun así, aunque de una condición se trate, sería usted capaz de abrazarme?…, inquirió el hombre.
Prefiero besar a ese niño que darle un abrazo a un forastero, pero si de esa manera queda tranquilo, no me negaré. No es raro que llamándose de ese modo ande por el mundo como alma en pena.
Se abrazaron bajo el tilo.
Mortal de muerte y mortandad, musitó el hombre al oído del Viejo Arcino. El que no lo entiende de esta manera lleva las de perder. La encomienda que traigo no es otra que la que mi nombre indica. No hay más plazo, la edad está reñida con la eternidad.
¿Tanta prisa tenías…? inquirió el Viejo, sintiendo que la vida se le iba por los brazos y las manos, de modo que el hombre apenas podía sujetarlo.
No te quejes que son pocos los que viven tanto.
No me quejo de que hayas venido a por mí, me conduelo del engaño con que lo hiciste, y de ver asustado a ese pobre niño…

Luis Mateo Díez, El Tilo (El Árbol de los cuentos, Madrid, 2006, Alfaguara).

https://es.wikipedia.org/wiki/Luis_Mateo_D%C3%ADez
Luis Mateo Díez,

Augusto Monterroso, La fe y las montañas

La fe y las montañas.

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.
 Augusto Monterroso, La fe y las montañas.

https://es.wikipedia.org/wiki/Augusto_Monterroso
Augusto Monterroso

Italo Calvino, Las ciudades y los intercambios, 3

Las ciudades y los intercambios. 3.
Al entrar en el territorio que tiene por capital Eutropia, el viajero no ve una ciudad sino muchas, de igual importancia y no disímiles entre sí, desparramadas en una vasta y ondulada meseta. Eutropia no es una sino todas esas ciudades al mismo tiempo; una sola está habitada, las otras vacías; y esto ocurre por turno. Diré ahora cómo. El día en que los habitantes de Eutropia se sienten abrumados de cansancio y nadie soporta más su trabajo, sus padres, su casa y su calle, las deudas, la gente a la que hay que saludar o que te saluda, entonces toda la ciudadanía decide trasladarse a la ciudad vecina que está ahí esperándolos, vacía y como nueva, donde cada uno tendrá otro trabajo, otra mujer, verá otro paisaje al abrir las ventanas, pasará las noches en otros pasatiempos, amistades, maledicencias. Así sus vidas se renuevan de mudanza en mudanza entre ciudades que por su exposición o su declive o sus cursos de agua o sus vientos se presentan cada una con algunas diferencias de las otras. Como sus respectivas sociedades están ordenadas sin grandes diferencias de riqueza o de autoridad, el paso de una función a otra se produce sin grandes sacudidas; la variedad está asegurada por la multiplicidad de las tareas, de modo que en el espacio de una vida es raro que alguien vuelva a un oficio que ya ha sido el suyo.
De este modo la ciudad repite su vida siempre igual, desplazándose hacia arriba y hacia abajo en su tablero de ajedrez vacío. Los habitantes vuelven a recitar las mismas escenas con actores cambiados; repiten las mismas réplicas con acentos combinados de otra manera; abren alternadamente la boca en bostezos iguales. Sola entre todas las ciudades del imperio, Eutropia permanece idéntica a sí misma. Mercurio, dios de los volubles, a quien está consagrada la ciudad, cumplió este ambiguo milagro.
Italo Calvino, Las ciudades y los intercambios, 3. Las ciudades invisibles. Traducido por Aurora Bernárdez.


https://es.wikipedia.org/wiki/Italo_Calvino
Italo Calvino


Herman Melville, El vendedor de pararrayos

El vendedor de pararrayos.

Qué trueno extraordinario, pensé, parado junto a mi hogar, en medio de los montes Acroceraunianos, mientras los rayos dispersos retumbaban sobre mi cabeza, y se estrellaban entre los valles, cada uno de ellos seguido por irradiaciones zigzagueantes y ráfagas de cortante lluvia sesgada, que sonaban como descargas de puntas de venablos sobre mi bajo tejado. Supongo, me dije, que amortiguan y repelen el trueno, de modo que es mucho más espléndido estar aquí que en la llanura.
¡Atención! Hay alguien a la puerta.
¿Quién es este que elige tiempo de tormenta para ir de visita? ¿Y por qué no usa el llamador, en vez de producir ese lóbrego llamado de agente de pompas fúnebres, golpeando la puerta con el puño? Pero hagamos que entre. Ah, aquí viene.
–Buen día, señor –era un completo desconocido–. Le ruego que se siente.
¿Qué sería esa especie de bastón de extraña apariencia que traía consigo?
–Hermosa tormenta, señor.
–¿Hermosa? ¡Terrible!
–Está empapado. Siéntese aquí junto al hogar, frente al fuego.
–¡Por nada del mundo!
El extraño se erguía ahora en el centro exacto de la cabaña, donde se había plantado desde un comienzo. Su rareza invitaba a un escrutinio escrupuloso. Una figura enjuta, lúgubre. Cabello oscuro y lacio, enmarañado sobre la frente. Sus ojos hundidos estaban rodeados por halos de color índigo, y jugaban con una especie inofensiva de relámpago: un resplandor al que le faltaba el rayo. Todo él chorreaba agua. Estaba de pie sobre un charco en el desnudo piso de roble: su extraño bastón descansaba verticalmente a su lado.
Era una vara de cobre pulido, de cuatro pies de largo, unida longitudinalmente a un palo de madera bien trabajada, mediante inserciones en dos bolas de cristal verdoso, rodeadas por bandas de cobre. La vara de metal terminaba en un extremo como un trípode, con tres brillantes púas doradas. Él sostenía el conjunto sólo por la parte de madera.
–Señor –le dije, muy ceremoniosamente–, ¿tengo el honor de recibir una visita de ese dios ilustre, Júpiter Tonante? Así se erguía él en la estatua griega de antaño, empuñando el rayo. Si usted es él, o su virrey, tengo que agradecerle esta noble tormenta que ha lanzado sobre nuestras montañas. Escuche: ese fue un glorioso estruendo. ¡Ah, para un amante de lo majestuoso, es bueno tener al Tronador mismo de visita en la propia cabaña! Hace que los truenos suenen más hermosos. Pero le ruego que tome asiento. Es cierto que ese viejo sillón de mimbre es un pobre sustituto de su trono en el Olimpo, pero condescienda a sentarse.
Mientras yo así le hablaba, el extraño me miraba, medio maravillado, medio horrorizado, pero inmóvil.
–Vamos, señor, siéntese; necesita secarse antes de volver a salir.
Invitándolo con un gesto, puse una silla junto al hogar donde esa tarde había encendido un pequeño fuego para disipar la humedad, no el frío, porque estábamos a principios de septiembre.
Pero sin hacer caso de mi solicitud, y siempre de pie en medio de la sala, el extraño me miró ominosamente, y dijo:
–Señor, discúlpeme; pero en vez de aceptar su invitación a sentarme allá junto al fuego, yo le advierto solemnemente que lo mejor que puede hacer usted es aceptar la mía y pararse a mi lado en medio de la habitación.
–¡Cielos! –añadió, con un respingo–. ¡Otro de esos atroces estruendos! ¡Se lo aviso, señor, aléjese del fuego!
–Señor Júpiter Tonante –dije yo, frotando tranquilamente mi cuerpo contra la piedra–, estoy muy bien aquí.
–¿Entonces usted es tan terriblemente ignorante –exclamó– como para no saber que la parte más peligrosa de una casa, durante una tempestad terrorífica como esta, es la chimenea?
–No, no lo sabía –respondí, alejándome involuntariamente un paso de la chimenea.
El forastero mostró tan desagradable aire de satisfacción por el éxito de su advertencia, que –otra vez involuntariamente– volví a acercarme al fuego, y me erguí en la posición más orgullosa que pude asumir. Pero no dije nada.
–¡En nombre del Cielo! –exclamó, con extraña mezcla de alarma e intimidación–. ¡En nombre del Cielo, aléjese del fuego! ¿No sabe que el aire caliente y el hollín son conductores? ¡Para no hablar de esos enormes morillos de hierro! ¡Deje ese lugar! ¡Se lo suplico! ¡Se lo ordeno!
–Señor Júpiter Tonante, no estoy acostumbrado a recibir órdenes en mi propia casa.
–No me llame con ese nombre pagano. Usted es profano en esta época de terror.
–Señor, ¿sería tan bondadoso como para decirme de qué se ocupa? Si busca refugio de la tormenta, es bienvenido, en la medida en que se muestre educado; pero si usted viene por algún negocio, dígalo abiertamente. ¿Quién es usted?
–Soy vendedor de pararrayos –dijo el extraño, suavizando su tono–, mi especialidad es… ¡El Cielo tenga piedad de nosotros! ¡Qué estrépito! ¿Lo alcanzó un rayo alguna vez… a su casa, quiero decir? ¿No? Lo mejor es estar prevenido –y haciendo sonar su vara metálica contra el piso, añadió–: las tormentas eléctricas no se detienen ante palacios, no se detienen ante nada en el mundo; y, sin embargo, sí, diga sólo una palabra, y podré hacer un Gibraltar de esta cabaña, con unos pocos pases de esta vara. ¡Escuche! ¡Qué conmociones como Himalayas!
–Usted se interrumpió; estaba por hablar de su especialidad.
–Mi especialidad consiste en viajar por el país en busca de órdenes de compra de pararrayos. Este es mi ejemplar de muestra –palmeando su vara–. El mes pasado coloqué en Criggan veintitrés pararrayos en sólo cinco edificios.
–Déjeme recordar. ¿No fue en Criggan donde la semana pasada, hacia la medianoche del sábado, fueron fulminados el campanario, el gran olmo y la cúpula del salón de actos? ¿Contaban con alguno de sus pararrayos?
–El árbol y la cúpula no, el campanario sí.
–¿Para qué sirve entonces su pararrayos?
–Usarlo es una cuestión de vida o muerte. Pero mi operario se descuidó. Al sujetar el pararrayos a la cumbrera del campanario, dejó que una parte metálica rozara la plancha de chapa. De ahí el accidente. No fue mi culpa, sino de él. ¡Escuche!
–No se moleste. Ese trueno sonó lo bastante fuerte como para ser escuchado sin que nadie lo señale con el dedo. ¿Supo algo de la catástrofe del año pasado en Montreal? Una criada fulminada junto a su lecho, con un rosario en la mano; las cuentas eran de metal. ¿Su recorrido se extiende hasta el Canadá?
–No. Y escuché que allí sólo usan pararrayos de hierro. Deberían usar el mío, que es de cobre. El hierro se funde fácilmente. Y la vara es tan delgada, que su grosor es insuficiente para conducir toda la corriente eléctrica. El metal se derrite; el edificio es destruido. Mis pararrayos de cobre nunca funcionan así. Esos canadienses son tontos. Algunos conectan el pararrayos por su extremo superior, corriendo el riesgo de provocar una mortífera explosión, en vez de llevar imperceptiblemente la descarga a tierra, como este pararrayos hace. El mío es el único pararrayos verdadero. ¡Mírelo! Sólo un dólar por pie.
–Su manera improcedente de presentarse bien podría suscitar desconfianza.
–¡Escuche! El trueno se vuelve menos rezongón. Se está acercando a nosotros, y acercándose a la tierra, también. ¡Escuche! ¡Un estruendo unísono! ¡Todas las vibraciones se hicieron una por la cercanía! ¡Otro relámpago! ¡Un momento!
–¿Qué hace? –dije, al ver que renunciando en un instante a su vara, se dirigía resueltamente hacia la ventana, con sus dedos índice y medio de la mano derecha apoyados sobre la muñeca de la izquierda.
Pero antes de que la frase se me hubiera terminado de escapar, otra exclamación se le escapó:
–¡Ahí se estrelló! Sólo tres pulsos, a menos de un tercio de milla, en algún sitio en ese bosque. Por allí pasé junto a tres robles fulminados, arrancados de un tirón y chispeantes. El roble atrae el rayo más que cualquier otra madera, porque tiene hierro en solución en su savia. Su piso parece de roble.
–Corazón de roble. Dado el singular momento de su visita, supongo que usted elige a propósito el tiempo tormentoso para sus viajes. Cuando el trueno ruge, usted juzga que es la hora más favorable para producir impresiones favorables para su comercio.
–¡Escuche! ¡Atroz!
–Para tratarse de alguien que debería quitar el miedo a otros, usted parece desmedidamente miedoso. La gente común elige el buen tiempo para sus viajes: usted prefiere el tormentoso, y sin embargo…
–Acepto que viajo en medio de las tormentas; pero no sin adoptar muy especiales precauciones, que sólo un especialista en pararrayos puede conocer. ¡Escuche ese! Rápido… mire mi ejemplar de muestra. Sólo un dólar el pie.
–Un hermoso pararrayos, me atrevo a asegurarlo. Pero ¿cuáles son esas tan especiales precauciones suyas? Antes permítame cerrar esos postigos; la lluvia penetra a través del bastidor. La atrancaré.
–¿Está loco? ¿No sabe que esa tranca de hierro es un inmejorable conductor de la electricidad? Desista.
–Entonces me limitaré a cerrar los postigos, y llamaré a mi muchacho para que me traiga una tranca de madera. Por favor, haga sonar esa campanilla, allí.
–¿Perdió la cabeza? El tirador de alambre de esa campana podría electrocutarlo. Nunca toque la campana durante una tormenta eléctrica, ni esta ni ninguna otra.
–¿Ni siquiera la de los campanarios? ¿Me va a decir dónde y cómo puede uno estar a salvo en un tiempo como este? ¿Hay alguna parte de mi casa que yo pueda tocar con esperanzas de vida?
–La hay. Pero no donde usted está parado ahora. Aléjese de la pared. La corriente se descarga a veces por la pared, y como un hombre es mejor conductor que una pared, abandonará esta para abalanzarse sobre él. ¡Zas! Ese debe haber caído muy cerca. Tiene que haber sido un rayo globular.
–Muy probablemente. Dígamelo de una vez; ¿cuál es, en su opinión, la parte más segura de esta casa?
–Esta sala, y este sitio en el que estoy parado. ¡Arrímese!
–Las razones, primero.
–¡Oiga! Tras el relámpago, las rachas de viento… los bastidores tiemblan… ¡la casa, la casa!… ¡Acérquese a mí!
–Las razones, por favor.
–¡Venga y acérquese a mí!
–Gracias otra vez, pero creo que voy a probar mi sitio de siempre… junto al fuego. Y ahora, Señor del Pararrayos, entre las pausas de los truenos, sea bueno y dígame cuáles son sus razones para considerar esta única sala de la casa como la más segura, y ese preciso sitio en que usted está parado como el más seguro en ella.
Entonces se produjo una momentánea interrupción de la tormenta. El hombre del Pararrayos pareció aliviado, y replicó:
–La suya es una casa de un piso, con un ático y una bodega; esta sala está entre ellos. De aquí su seguridad relativa. Porque el rayo salta a veces de las nubes a la tierra, y a veces de la tierra a las nubes. ¿Comprende? Y yo elegí el medio de la sala porque si el rayo golpeara la casa entera, lo haría a través de la chimenea o las paredes, así que, obviamente, cuanto más lejos nos hallemos de ellas, mejor. Venga, acérquese ahora.
–Enseguida. Extrañamente, algo de lo que usted acaba de decir me ha inspirado confianza, en vez de alarmarme.
–¿Qué he dicho?
–Dijo que a veces los rayos saltan de la tierra a las nubes.
–Sí, el rayo inverso, se le llama; cuando la tierra, sobrecargada de electricidad, descarga sus sobras a las alturas.
–El rayo inverso; es decir, de la tierra al cielo. Mejor y mejor. Pero venga aquí, a secarse junto al fuego.
–Estoy mejor aquí, y mucho mejor mojado.
–¿Cómo?
–Es lo más seguro que puede hacer… ¡Escuche, otra vez! … empaparse de lo lindo durante una tormenta eléctrica. Las ropas mojadas son mejores conductores que el cuerpo; de modo que si un rayo lo alcanzara, podría pasar por las ropas mojadas sin tocar el cuerpo. La tormenta se intensifica nuevamente. ¿Tiene una alfombra? Las alfombras son aislantes. Traiga una, en la que ambos podamos pararnos. El cielo oscurece… parece de noche a mediodía… ¡Escuche! ¡La alfombra, la alfombra!
Le di una, mientras las montañas encapotadas parecían abalanzarse y precipitarse sobre la cabaña.
–Y ahora, ya que de nada nos servirá quedarnos mudos –le dije, volviendo a ocupar mi lugar–, cuénteme cuáles son las precauciones para adoptar cuando se viaja en tiempo tormentoso.
–Espere hasta que esta tormenta haya pasado.
–No, adelante con las precauciones. Está en el lugar más seguro, de acuerdo con su propia explicación. Continúe.
–Brevemente, entonces. Evito los pinos, las casas altas, los graneros apartados, las praderas elevadas, las corrientes de agua, los rebaños de ganado, los grupos humanos. Si viajo a pie, como hoy, no marcho a paso ligero. Si viajo en mi coche, no toco sus costados ni su parte trasera. Si viajo a caballo, desmonto y conduzco al caballo. Pero, por sobre todo, evito a los hombres altos.
–¿Sueño? ¿El hombre evita al hombre? ¿Y en momentos de peligro, para colmo?
–Durante las tormentas eléctricas yo evito a los hombres altos. ¿Es usted tan groseramente ignorante como para no saber que la altura de un caminante de seis pies es suficiente para atraer la descarga de una nube eléctrica? ¡Cuántos de esos imponentes labradores de Kentucky fueron derribados sobre el surco inconcluso! Si un hombre de esos se aproximara a un arroyo, veces habría en que la nube lo escoge a él como conductor, desechando el agua. ¡Escuche! Seguro que dio en el pináculo negro. Sí, un hombre es un buen conductor. El rayo quema al hombre de punta a punta, pero apenas descorteza al árbol. Señor, me ha tenido tanto tiempo contestando sus preguntas, que no he hablado todavía de negocios. ¿Va a ordenar uno de mis pararrayos? ¿Ve este ejemplar de muestra? Es del mejor cobre. El cobre es el mejor conductor. Su casa es baja; mas como está sobre las montañas, su poca altura no la pone a salvo. Ustedes, los montañeses, son los más expuestos. El vendedor de pararrayos debería hacer más negocios en las regiones montañosas. Mire esta muestra, señor. Un pararrayos será suficiente para una casa pequeña como esta. Examine esas recomendaciones. Sólo un pararrayos, señor; costo, sólo veinte dólares. ¡Escuche! Allá van esas moles de granito, arrojadas como guijarros. Por el ruido, deben haber destrozado algo. Puesto a una altura de cinco pies sobre la casa, protegerá un círculo de veinte pies de radio. Sólo veinte dólares, señor… un dólar el pie. ¡Escuche! ¡Espantoso! ¡Lo ordenará! ¿Va a comprarlo? ¿Anoto su nombre? ¡Imagine lo que es convertirse en un montón de vísceras carbonizadas, como un caballo atado que se incendia con su establo! ¡Todo en el tiempo que dura un rayo!
–Pretendido enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Júpiter Tonante –reí yo–, mero hombre que viene aquí a interponer su cuerpo y su artificio entre la tierra y el cielo, ¿cree que porque es capaz de arrancar un reverbero de luz verde de la botella de Leyden, puede eludir los rayos celestiales? Si esa varilla se oxida o se rompe ¿qué es de usted? ¿Quién le ha dado el poder, a usted, Tetzel, para vender de puerta en puerta sus indulgencias a fin de sustraerse a las disposiciones divinas? Los cabellos de nuestras cabezas están contados, y contados están los días de nuestras vidas. Mientras retumbe el trueno o a la luz del sol, me pongo con confianza en manos de mi Creador. ¡Fuera, comerciante falso! Mire, la tormenta se repliega; la casa está intacta, y en el arco iris sobre el cielo azul leo que la Deidad no hará la guerra a la tierra del hombre.
–¡Canalla impío! –balbuceó el extraño, mientras su rostro se oscurecía en la misma medida en que resplandecía el arco iris–. ¡Revelaré sus ideas paganas!
Su rostro amenazante ennegreció aún más; los círculos de color índigo se agrandaron alrededor de sus ojos, como anillos de tormenta alrededor de la Luna de medianoche. Se arrojó sobre mí; las tres puntas de su artefacto apuntando a mi corazón.
Lo así; lo partí en dos; lo tiré al piso; lo pisoteé; y arrastrando al oscuro rey del rayo fuera de mi casa, arrojé tras él su informe cetro de cobre.
Pero a pesar de mi tratamiento, y a pesar de mis conversaciones disuasivas con mis vecinos, el vendedor de Pararrayos todavía habita esta tierra; sigue viajando en tiempos de tormenta, y hace pingües negocios con los miedos del hombre.

https://es.wikipedia.org/wiki/Herman_Melville
Herman Melville

Julio Ramón Ribeyro, Las cosas andan mal, Carmelo Rosa

Las cosas andan mal, Carmelo Rosa

Las cosas andan mal Rosa cuando hoy subiste a la oficina y te quitaste la boina con desgano y tu abrigo con muchísima pena y tu bufanda como si fuera tu propio sudario y entre el ruido de los teletipos miraste sin ánimo los papeles que te esperaban por traducir siempre los mismos la Bolsa de París las cotizaciones de Wall Street el mercado del café y otros asuntos que hacen la fortuna o la desventura de muchos y de los cuales eres tú desde hace tantísimos años el anónimo escribano tú Rosa que entre el ruido de los teletipos subías como todos los días del primer piso de conversar entre siete y ocho de la noche con tu amigo maestro pontífice buda gurú Solano que acomodándose los anteojos tosiendo consultando recortes cartas papeles entre el ruido de los teletipos te informa de lo que pasa en tu país diciéndote esta vez seguramente pesimista acongojado que no había huelga en Asturias ni catalanes versus policía ni vascos secuestrando peleles ni parte anunciando dolencia del amo y por eso entre el ruido de los teletipos subiste cabizbajo enjuto muerta la mirada sabiendo que al acostarte esa noche no habrá en tu alma la mas pequeña luz ni esperanza ni ilusión ni llamita redentora en esta noche que llega como tantas otras a la casa estrecha plagada de revistas y fotos dormirás mal Rosa acosado por recuerdos tu calvicie en la almohada tu tos en el alcanfor cuando hace cuarenta años fuiste joven disparaste algún tiro en Cataluña lanzaste mueras contra la dictadura enamoraste a una mujer probablemente fea y corriste del peligro sin que este se diera el trabajo de alcanzarte ocupado como estaba de presas mayores tú Rosa que entre el ruido de los teletipos miras el papel más tiznado y escrutas su letra sucia para empezar a escribir la tendencia estuvo hoy floja entre los operadores de la bolsa pero se acentúa un leve movimiento de alza y entre el ruido de los teletipos tu responsable de organización exilada hermética globular ministro sin cartera ni monedero fantasma de gabinete que desde que te conocí casi a escondidas arrancas de los archivos de cables del día entre el ruido de los teletipos todo aquello que puede interesarte manifestaciones procesos atracos viendo en cada acto de estudiantes la caída de un régimen ilusionándote hasta con los delirios de los curas Rosa creyendo que de un día a otro todo regresará no a lo que fue sino a lo que pudo haber sido y tú regresarás y serás joven otra vez sin pensar que nada retorna hacia el pasado que todo se transforma y se complica cada vez más que no hay proyecto o idea que la realidad no destruya Rosa para qué pensar en esas cosas sigue escribiendo como te veo en tu papel con doble copia los valores cupríferos sufrieron una baja pero los ferrosos acusaron un leve repunte mientras escuchas a diestra y siniestra hablar de cosas que ya no entiendes tu vida se estancó hace cuarenta años sigue paseándose una parte de ti por una rambla ya muerta por un paisaje inexistente pero vives en una ciudad de la cual no conoces otra cosa que el túnel del metro y tres calles por las que caminas sin verlas una ciudad que también ha cambiado entre el ruido de los teletipos Rosa hazmerreír víctima payaso pobre muerto número masa sigue soñando que el sueño te mantiene pero no esperes ni confíes nada vendrá en tu socorro seguirás escribiendo entre el ruido de los teletipos repuntó el café pero el cacao se mantuvo flojo ah si se pudiera alterar esa noticia y decir la contraria bajó el café pero el cacao señaló un alza como la vida sería distinta hasta para ti pequeño gángster frustrado escroc de mala muerte soñador sin potencia entre los grandes números que hacen y deshacen fiel a tu profesión de supernumerario de la bolsa oscuro as de las finanzas mientras sigues soñando Rosa entre el ruido de los teletipos y te devanas y cabeceas y en Madrid hubo una huelga cae el régimen las cosas cambian se pueden señalar variaciones Solano te enseña papal socrático mahometano que cabe seguir esperando cambiaron a este ministro salió artículo libertario en panfleto de Málaga todo se viene abajo y algún día regresaras entre el ruido de los teletipos a tu casa de Barcelona conversar con el portero el dueño de la tasca hablar del tiempo presente y del pasado con tu boina sobre tu amplio cabello bien peinado calvo del alcanfor calavera impune dejaste tu cerebro en tu aldea tu alma en un trapo sucio que algún soldado quemó obscenas ideas soeces recorren un campo árido tu espíritu y sigues así esperando el mercado del azúcar se mantuvo activo y los bolsistas obtuvieron moderadas ganancias Rosa la cama fría la mujer escueta y tú esperando con tu bufanda en la percha y el hombre que desde hace diez años te ve comprar La Vanguardia andando bajo la lluvia Granada dos estudiantes heridos y un policía contuso inquietud en la fábrica de automóviles Seat ocurre algo subiendo las escaleras y los papeles allí acumulados para traducir la Bolsa de París Rosa la vida se te escapa por entre los dedos el metro no es tu amigo sino tu verdugo el francés es lengua muerta y matada por ti hablas latín entre los bárbaros y así morirás un un día no despertarás no llegarás a la Agencia quedarán los papeles en su canasta y se dirá que quedaste atravesado por un sueño demasiado violento Rosa exilado esposo primogenitor el amo no murió todo es una repetición la bolsa es más importante que los hombres un número puede matarnos la lechuga es un sucio excremento no despertarás todo es así Rosa no hay que abrigar ilusión entre el ruido de los teletipos todo es enseñanza para quien sepa escuchar no hay consuelo para los supliciados es agradable morir sin socorro ni paz ni patria ni gloria ni memoria.

Julio Ramón Ribeyro, Las cosas andan mal, Carmelo Rosa.

https://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Ram%C3%B3n_Ribeyro
Julio Ramón Ribeyro

Fernando Pessoa, La verdadera caída

La verdadera caída

Un día en que Dios estaba durmiendo y el Espíritu Santo andaba en uno de sus vuelos, Jesucristo fue a la caja de los milagros y robó tres. Con el primero hizo que nadie supiese de su huida. Con el segundo se creó eternamente humano y niño. Con el tercero creó un Cristo eternamente en la cruz y lo dejó clavado en esa cruz que hay en el cielo y sirve de modelo a todas las demás. Después huyó hacia el sol y bajó por el primer rayo que pudo atrapar.
Hoy vive conmigo en mi aldea. Es un niño hermoso cuando ríe, y natural. Se limpia la nariz en el brazo derecho, chapotea en las charcas, coge las flores, le gustan y las olvida. Tira piedras a los borricos, roba fruta de los árboles y huye a gritos y llorando de los perros. Y porque sabe que a ellas no les gusta, pero que todo el mundo lo celebra, persigue a las chicas que en grupo van por los caminos con el cántaro en la cabeza y les levanta las faldas.
Fernando Pessoa, La verdadera caída.

https://es.wikipedia.org/wiki/Fernando_Pessoa
Fernando Pessoa

Ray Bradbury, Cuento de Navidad

Cuento de Navidad

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
—¿Qué haremos?
—Nada, ¿qué podemos hacer?
—¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
—Ya se me ocurrirá algo —dijo el padre.
—¿Qué…? —preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
—Quiero mirar por el ojo de buey.
—Todavía no —dijo el padre—. Más tarde.
—Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
—Espera un poco —dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
—Hijo mío —dijo—, dentro de medía hora será Navidad.
—Oh —dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
—Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometisteis.
—Sí, sí. Todo eso y mucho más —dijo el padre.
—Pero… —empezó a decir la madre.
—Sí —dijo el padre—. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
—Ya es casi la hora.
—¿Me prestas tu reloj? —preguntó el niño.
El padre le prestó su reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos mientras el resto de la hora se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.
—¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
—Ven, vamos a verlo —dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
—No entiendo.
—Ya lo entenderás —dijo el padre—. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
—Entra, hijo.
—Está oscuro.
—No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
—Feliz Navidad, hijo —dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

Ray Bradbury, Cuento de Navidad.

https://es.wikipedia.org/wiki/Ray_Bradbury
Ray Bradbury

Julio Cortázar, Instrucciones para subir una escalera

Instrucciones para subir una escalera.

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
 Julio Cortázar, Instrucciones para subir una escalera.

https://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Cort%C3%A1zar
Julio Cortázar