La prisión de la libertad

No resultaba sencillo saber con exactitud quiénes y cuántos eran los Pissimboni. Para esta familia, que vivía en una casa cubierta de hiedra y aislada en lo alto de una colina, ni los objetos ni las personas tenían importancia. Todos los días eran iguales, sin ni siquiera indicios que hicieran presagiar algún cambio. Lucía, recluida en la biblioteca, enloquecía con sus lecturas; Samuel elaboraba en un cuartucho inconsistentes teorías; Basora anhelaba, débil y melancólica, el amor de un hombre; Carlota intentaba controlar los delirios de su hermana; Barnaúl, como el resto de sus hermanos, con frecuencia desaparecía; Yago vivía dos vidas paralelas: la de la reclusión y la de un forastero en su propio pueblo, la del sueño y la de la realidad. El cercano pueblo de Sandofar no quiere saber nada de esta familia a la que a veces ve como una amenaza o, simplemente, la olvidan. Allí las leyes que aseguran que todo siga igual son dictadas por El Superior y en la Casa del Pueblo los aburridos funcionarios son los encargados de que se cumplan de forma escrupulosa. Hace ya mucho tiempo que Ignacio y Martina decidieron alejarse de aquel pueblo que no aceptaba la responsabilidad y el reto de su propia libertad. La gente de allí prefiere que todo siga igual —en una estabilidad perdurable— y para ello acepta unas leyes estrictas que ni siquiera quiere conocer. Lo importante es no hacer nada para evitar que se altere el orden establecido y se desmorone su mundo controlado.
En Los Pissimboni —una novela muy recomendable publicada por Acantilado—, Sònia Hernández vuelve a indagar en los secretos que guardan las familias, como haría en algunos de los relatos contenidos en Los enfermos erróneos, un libro que Vila-Matas en su Dietario voluble describió como bello y turbador.
Pocas historias de las que se califican de kafkianas lo son tanto como ésta. Todos los Pissimboni viven angustiados dentro de su tremenda soledad, enclaustrados bajo una pesada atmósfera. Ellos, que buscaban la libertad por encima de todo, desean ahora, de algún modo, perderla en parte para reencontrar acaso un poco de felicidad. El mundo crece para Yago al escuchar, por las noches, palabras nuevas en la taberna. Igual que Cernuda hablaba del deseo de estar preso en alguien que le haga olvidar su mezquina existencia, Yago sueña en lo agradable y sosegador que sería tener siempre cerca a la mujer de la que anhela sus abrazos y la tibieza de sus pechos. Los Pissimboni en su radical búsqueda de la libertad han perdido el bienestar que tuvieron en el pueblo, mientras que sus vecinos —como el conejo de Indias que, en el cuento de Galeano, no quería salir de su jaula conocida— sienten miedo de encontrarse cara a cara con su propia liberación y autonomía. Yago en esta búsqueda de la felicidad cree descubrir el equilibrio si consigue ceder parte de la libertad, que no deja de ser abstracta e inmovilista, y no se somete a las absurdas y estrictas leyes que impone la Casa del Pueblo. Pero la felicidad absoluta —escribía Galeano en otro de sus cuentos—, solo es posible con la pérdida o la renuncia a la memoria.








Los Pissimboni
Sònia Hernández

Acantilado, 2015.

Frase, Julia Otxoa

Frase
Recordaba la frase, la había visto sobre el desconchado muro que cercaba un solar vacío en las afueras de la ciudad. Ocurrió hace ya mucho tiempo, cuando apenas contaba diez años.
A lo largo de toda su vida la rememoró muchas veces, pero nunca pudo entender su significado. Sólo ahora, ya muy anciano, postrado en el lecho y extremadamente débil y enfermo, había logrado por fin descifrarla. Pero casi al mismo tiempo asaltó su fatigada mente una terrible pregunta: «¿Qué había detrás de la última palabra? ¿Una coma, un punto, puntos suspensivos?».
El sentido de la frase dependía de aquello, pero el anciano por más que lo intentaba no alcanzaba a recordarlo. Además, ahora apenas podía pensar con claridad, todo se le mezclaba en un confuso torrente de fragmentos. En medio de la fiebre, cual mudo espectador, asistía a la película de su vida.
Sólo poseía clara la certeza de que ya no tenía tiempo para averiguar con qué clase de signo ortográfico concluía la frase. Exhausto por el esfuerzo, cayó sumido en un profundo letargo. Soñó ser un desconchado muro cercando un solar vacío, inscrita en él una frase que un niño con atención leía...
Julia Otxoa, Frase.

Julia Otxoa

Juan Ramón Jiménez, La caja torcida

La caja torcida
Tenía la manía bella de lo derecho, lo recto, lo cuadrado. Se pasaba el día poniendo bien, en exacta correspondencia de líneas, cuadros, muebles, alfombras, puertas, biombos.
Su día era un sufrimiento terrible y una espantosa pérdida de tiempo. Iba detrás de familiares y criados, ordenando lo desordenado. Comprendía bien el cuento del que se sacó una muela sana de la derecha porque tuvo que sacarse una dañada de la izquierda.
Cuando se estaba muriendo, suplicaba a todos que le pusieran exacta la cama en relación con la cómoda, el armario, los cuadros.
Y cuando murió, el enterrador le dejó la caja torcida en la tumba para siempre.
Juan Ramón Jiménez, La caja torcida (1930).

Juan Ramón Jiménez

Sueño o realidad

Sueño o realidad
El maestro Chuang Tzu contó:
-Esta noche he soñado que era una mariposa.
Me sentía libre revoloteando de flor en flor, dejándome llevar por la brisa cálida del mediodía y deleitándome con el espectáculo de la naturaleza en su esplendor primaveral pero he despertado y he visto que era Chuang Tzu, y me pregunto: ¿Ha soñado Chuang Tzu que era una mariposa o la mariposa está soñando ahora que es Chuang Tzu?
Los 120 mejores cuentos de las tradiciones espirituales de Oriente (recopilación de Ramiro Calle y Sebastián Vázquez).









Los 120 mejores cuentos de las tradiciones espirituales de Oriente..
Recopilación de Ramiro Calle y Sebastián Vázquez.
Edaf, 1999.

Coctelería Milanos, Francisco Ferrer Lerín

Coctelería Milanos
Amo a esa mujer cubista durante dos tardes y una madrugada. Consume combinados de variada calidad y acomete con movimientos basculantes la racionalidad de mis posturas de monja. Ella es bella en lo que permite: pelota de cabellos bien lavados, cuello algo instalado en la frontera del esternón y nariz típica del estornino canoso sastre. También, involuntario, anoto una tibieza casi sofocante de su seno turgente izquierdo enfundado en riqueza adamascada de las galerías lafayete de la exclusiva calle inspector de adelantos nuez moncaya.
Francisco Ferrer Lerín,  Coctelería Milanos (Gingival).
Francisco Ferrer Lerín

Dime quién fui, de Elisa Rodríguez Court

«La muerte puede consistir en ir perdiendo la costumbre de vivir». Esa frase de César González Ruano podría resumir el argumento principal de Dime quién fui ―la última novela de Elisa Rodríguez Court―. Sin embargo, en sus páginas encontramos otras historias que se cruzan y que invitan a reflexionar sobre la familia, las relaciones humanas, la fidelidad, la muerte y hasta la propia literatura.
Isa, la narradora, cuenta la historia de los últimos años de vida de su padre; en realidad, un desconocido que abandonó a su mujer y a sus hijos cuando ella, la hermana mayor, era una niña. Desapareció robándole parte de la infancia para reaparecer de nuevo en su vida ―cuando, ya anciano, ha empezado a perder sus facultades mentales―, quitándole ahora el tiempo que dedica a la literatura: su forma de entender la vida. A pesar de esto, Isa se siente responsable y descuida incluso algunas necesidades de su hija Carlota por ir a visitarlo y atender sus manías. Así, es testigo del progresivo deterioro físico y mental del anciano: desde su mal humor y su conducta paranoica, pasando por sus cada vez más frecuentes despistes y olvidos, hasta que deja de comer y de moverse, consumiendo sus días lentamente. Tres décadas sin dar señales de vida convierten a su padre en una persona ajena a ella y a sus hermanos ―que aun tuvieron menos tiempo de convivir con él y del que no guardan ningún recuerdo― y de la que no sabe nada de su pasado ni del porqué de su regreso. 
Es una novela sobre un camino que se termina, sobre el olvido, sobre cómo asumir la muerte y las consecuencias de huir de la verdad mediante el autoengaño. Hay una sombra pesimista del proceso de extinción de una vida. Sin embargo, ante la falta de vínculo, de amor hacia un padre casi desconocido, la mirada de la narradora se vuelve algo excéntrica o alejada de un escenario deprimente, y lo que podría ser rencor se transforma en indiferencia. Isa se habla a sí misma, se cuenta sus impresiones, sus pensamientos ante una situación que no le gusta, pero en la que se ha propuesto seguir hasta el final, sin esperar otra cosa que recuperar el ritmo de su vida interrumpido, sin buscar certezas ni explicaciones.
De forma paralela, la autora nos habla también de la necesidad de la literatura como ayuda para entendernos mejor. Como planteaba Robert Musil, la literatura y, en particular la novela, ofrece unas posibilidades para las que no existe equivalente en aquello que nos permite acceder al conocimiento y observar la vida real. Sin duda, una de las características más sugerentes de Dime quién fui es la abundancia de citas que se intercalan en el texto para matizarlo o enriquecerlo. Nos presenta autores y nos invita a indagar en sus obras. Isa no concibe su existencia sin libros y tiende a interpretar la vida cotidiana en términos literarios. Sus lecturas le permiten vislumbrar lo que no se ve en lo que siempre miramos; literatura y vida se confunden entonces sin frontera entre ambas. Leyendo esta novela y las numerosas citas que acompañan a la trama se hace más revelador Marcel Proust cuando afirmaba que la literatura nos ayuda a dilucidar la vida que permanece en tinieblas para mostrarnos de nuevo su verdad.











Dime quién fui.
Elisa Rodríguez Court

Editorial Verbum, 2015.
Publicado en Culturamas el 22 de agosto de 2015

Invención del Carnaval, Ramón Gómez de la Serna

Invención del Carnaval
En aquel primer Carnaval del mundo, cuando aún no existían más seres humanos que los que componían la primera pareja, Adán sintió ganas de disfrazarse para dar broma a Eva, y tomando un pámpano, le abrió los dos agujeros de los ojos y lo convirtió en careta. Después envolvió su cuerpo en grandes hojas de tabaco y de esa guisa se dirigió a Eva.
Eva, un poco sorprendida ante aquella voz de falsete que le preguntaba con insistencia: "¿Quién soy?, ¿quién soy?", respondió:
—¡Pedro!
 Ramón Gómez de la SernaInvención del Carnaval.


Ramón Gómez de la Serna

La casa y el cuadro, Sònia Hernández

La casa y el cuadro
Ya has llegado a una edad en la que coyunturas como esta no deberían suponerte ningún enigma ni conflicto alguno. La experiencia y los conocimientos que has acumulado en todos estos años te han de servir, con creces, para poder descifrar ese mensaje. No ha de ser tan complicado. ¿Se trata acaso del código, de los términos que se manejan? Intenta reducir la situación a su significado más básico: tú ante una composición de elementos que, una vez identificados, pueden hacerte más sabia y más fuerte porque tendrás más recursos para controlar los fenómenos que constituyen la realidad.
La búsqueda de un concepto como el de espíritu –por no decir el alma, que sería tal vez un término que todavía te conduciría por vericuetos mucho más confusos– dificulta la tarea. Aunque intuyes que ocupa un lugar destacado en el mensaje que pretendes descifrar. No ignoras las trampas, los atajos, los rodeos y las perífrasis que se han utilizado a lo largo de la historia para explicarlo. Puedes enfrentarte a esa lectura porque tus ojos están sobradamente capacitados para recoger las imágenes y las construcciones, y conducirlas después hasta tu cerebro, para, una vez allí, dotar de significado a cada una de las piezas hasta construir el mensaje completo que ha de darte la información que tanto buscas.
¿Cuántos libros has leído a lo largo de tu vida? De cada uno de ellos has obtenido alguna información –el vínculo entre unas palabras y unas emociones o unos recuerdos que las traducen al código más básico y esencial: el de los sentimientos– que te ha ayudado a descifrar el mundo que te rodea. Todas esas asociaciones están dentro de ti. Recuerda cómo aprenden a leer los niños: cuatro trazos, una c, una a, una s y otra a; a ellos les evoca el dibujo infantil de una choza blanca con una ventana, un techo rojo y una chimenea siempre humeante. Ese es el proceso: a cada símbolo corresponde una imagen; y al revés también: cada imagen representa un símbolo que encierra muchos significados (recuerdos del pasado, aspiraciones del futuro, ensoñaciones, frustraciones...), por lo que se imagina que dentro de la casa se encuentra una madre amorosa que ha procurado que el interior esté bien caldeado.
Es así como se aprende a leer de verdad, llenando de un significado íntimo cada una de las palabras y de los símbolos. Por eso, a pesar de que el lenguaje sea una convención universal, para cada uno de nosotros significa cosas diferentes. Y por eso también a veces cuesta encontrar un interlocutor a quien transmitirle el mensaje que tanto necesitamos compartir. No todo el mundo puede escuchar lo que queremos decir; eso ya lo sabes. ¿Serías capaz de hablarle a alguien sinceramente de todas las ideas que te está sugiriendo esa estampa que observas sin ser capaz de descifrar del todo? ¿Podrías hablar de la sensación de angustia que te invade durante este ejercicio estéril de observación? También sucede que las palabras a veces no son suficientes para que la otra persona comprenda en su totalidad la necesidad de quien está hablando, el grito de socorro que puede estar lanzando. Sí, podría ocurrir que incluso el lenguaje sea un obstáculo, y por eso con frecuencia se inventan otros lenguajes paralelos o complementarios.
Quizá es eso o algo parecido cuanto estás experimentando ahora: que no te llega en su representación correcta el mensaje que el autor de la obra pretendía comunicar. Hemos llegado a otro concepto interesante: la presencia del creador. El mensaje, ya sea a través de palabras, de imágenes, de objetos o de música (todos estos lenguajes se conforman, al fin y al cabo, de símbolos y códigos), ha sido compuesto por un creador, aunque a veces eso se olvide porque lo único que pervive es la obra. ¿Hasta cuándo pervive la obra?
El problema del tiempo. ¿Cuánto llevas observando esa obra y sintiendo que hay algo importante en su significado que se te escapa? Si piensas en el autor, en el ser humano que hay o hubo detrás de toda obra, son otros muchos conceptos los que se deben incluir en el análisis. La metáfora de las cerezas, de las que muy raramente puedes agarrar una sin que otras muchas se hayan entrelazado. Así, toda una serie de ideas y de conceptos arrolla al pensamiento inicial. Tú todavía no has aprendido a detener la tromba de sentimientos, recuerdos, reproches y resentimientos que siempre se acaban liando con las cerezas. Son un fruto de verano y es esa una estación especialmente propicia para estas situaciones, es engañosa porque suspende al mundo en una situación que no es la real. Hoy es 20 de agosto. La palabra verano, como casa, te hacen pensar en la infancia (la cereza reina de todos los frutos dulces), a pesar de que durante muchísimos años has aprendido miles de palabras más que deberían haber reducido las primeras a apenas nada. De hecho, a veces te parece que es así, que las únicas palabras importantes son las que has adquirido a través del esfuerzo y de la perseverancia de la voluntad.
Son muchos los años en que has estado trabajando duro para que ahora este mensaje se te resista. Tal vez porque el calor de este verano enturbia tus reflejos, quizás porque te has dejado arrastrar por la cascada de evocaciones extrañas que han surgido de los sueños de esta noche. Los recuerdas casi todos, como siempre. También en el descifre de esos mensajes has sido una especialista. Jamás has dejado que hubiese ni una sola representación onírica, ni la más absurda de las pesadillas, que haya quedado sin diseccionar y sin anular. Todo bajo control. Así ha sido desde que te propusiste que nadie más excepto tú iba a influir en el desarrollo de tu vida. Sigues pensando que se trataba de una cuestión de vida o muerte. Todavía te ves como una niña prácticamente abandonada, en una casa que poco tiene que ver con el dibujo de la cartilla de leer que representaba una construcción blanca con tejado rojo, puerta abierta y chimenea humeante. Apenas si quedan recuerdos o conceptos vinculados a aquellos años, eso era lo que buscabas con tantas lecturas, con tantos libros que, por otro lado, tampoco han servido para llegar a ningún futuro satisfactorio que hubieses imaginado. Tú no habías imaginado ningún futuro. Nadie te había hablado de la posibilidad de poder hacerlo y sólo confiabas en lo que estaba escrito en los libros.
In media res. Así se te presenta ahora ese mensaje que quieres decodificar. En medio de la nada. Es decir: nada atrás y nada por delante. La explicación te parece demasiado obvia. No lo es si reparas en cada una de las palabras y de los conceptos que tratan de dibujar: un gran abismo antes de este momento, del instante de la obra, y un gran abismo después. Así siempre ha sido tu presente: acumulando palabras que llenen el ahora para que lo que ha habido antes quede bien cubierto, innumerables capas de abstracciones, invenciones, ensoñaciones, reproches y lamentos que cubran la escoria –la materia sobrante y carente de valor– de lo que ha habido con anterioridad. De tales ímprobos esfuerzos, por tanto, sólo puede darse una absoluta incapacidad para mirar hacia adelante, para pensar que realmente el futuro existe, que habrá días que vendrán. In media res. Así es también esa imagen que tratas de comprender, sin poder saber de dónde viene, cómo era antes, por qué la idea del cansancio está tan presente; y, a la vez, sin la posibilidad de atribuirle un futuro. Sin predicciones ni presagios. Sólo presente. Como un camino circular que empieza y acaba en el mismo sitio, pero que a cada vuelta se va degradando y difuminando hasta desaparecer.
Por supuesto que hay una lección útil detrás de todos esos conceptos que ahora te parecen imposibles de comprender. Y cuando des con la clave, con la palabra o con la idea que, como llave prodigiosa, abra la puerta, será como presenciar el momento de la irrupción de la luz en una estancia oscura que, como si se tratase de un alumbramiento, revela la existencia de miles de objetos, todos útiles y dispuestos en su lugar correcto. La luz va a mostrar una habitación ordenada igual que un universo en el que cada elemento tiene su función y ocupa un lugar determinado, como en un engranaje que se dirige a algún lugar.
Y esa palabra va a aparecer, como cuando das con la idea que sirve para comprender todo un cuadro y toda la obra de un creador que, pintase lo que pintase, un bodegón o una Virgen, no estaba sino reflejando su mundo. Cuando sabes las palabras mágicas (y tú has aprendido muchas), puedes entender a quién pertenecían los ojos melancólicos de las madres de los dioses, o por qué había una manzana en el suelo que quebrantaba el orden minucioso en la disposición de las frutas del bodegón.
Hace falta una palabra, la clave, Camila, para entender esa creación ante la que estás a punto de sucumbir a pesar de haberle dedicado tanto tiempo y tanta energía. De todas maneras, cabe otra posibilidad que hasta ahora no has contemplado. Si no consigues dar con el código que te permita comprender esa imagen, siempre puedes inventar otros muchos significados. Para eso también sirve el silencio, que es, a la vez, la negación y la posibilidad eterna del lenguaje. Todo puede acabar en el silencio, pero a la vez también todo puede surgir de él. Puedes inventar el mundo que quieras. Puedes hacer cuanto quieras porque estás viva y porque sólo tú eres el creador. Así que vuelve al espejo, vuelve a enfrentarte a esa imagen que no consigues comprender y encárate a ella, otra vez, pero con una voluntad diferente y con palabras nuevas.
Sònia Hernández, La casa y el cuadro.(Fuente:  http://www.enriquevilamatas.com/escritores/escrhernandezs1.html)

Sònia Hernández


El triste, Arturo del Hoyo

El triste
Comí de las ciruelas, porque no dijeran. Reían, y yo también me puse a reír, aunque mi corazón de niño estaba triste. Salté, ellos saltaban, y tiré cosas por el balcón, ya que a ellos les gustaba hacerlo. Luego jugamos en el pasillo, si bien yo hubiera preferido ver cómo jugaban los otros. Más tarde dijeron: «Vamos a jugar a la oca». Y cuando estuve sentado, la silla, que estaba rota, me hizo rodar por el suelo.
Reían la broma con grandes risas y me miraban con los ojos congestionados por aquel triunfo. Yo, en el suelo, reí con ellos, aunque mi corazón de niño estaba triste».
 Arturo del Hoyo, El triste.


Arturo del Hoyo

La muñeca hinchable, Javier Tomeo

La muñeca hinchable
Cuando le abandonó su muñeca hinchable, mi amigo pensó que su soledad ya no tenía remedio y se sintió el hombre más infeliz del mundo.
—Fue hermoso mientras duró —me confiesa esta mañana, con los ojos llorosos—. Ni una sola recriminación, ni una sola palabra más alta que otra. Lo nuestro fue, sobre todo, un dulce monólogo.
—Dime —le pregunto—, ¿quién fue, en ese monólogo, el único que hablaba?
—Ella —reconoce.
—Pues no me extraña que al final se fuese con otro —le digo—. El silencio acaba aburriendo a cualquiera.
Continuamos paseando por el parque de Z. y al cabo de un rato nos sentamos en un banco recién pintado de verde limón. De un tiempo a esta parte no resulta fácil encontrar un banco en esas condiciones.
—Lo que más me fastidia —sigue confesándome— es que cuando me vaya al otro barrio, no dejaré en este mundo una esposa que me llore. No habrá nadie que se tome la molestia de incinerarme para conservar mis cenizas en un jarrón de porcelana checoslovaco.
Y después de decirme esas tonterías no añade nada más. Le conozco bastante bien, puede que no vuelva a despegar los labios en todo el día. A partir de este instante tendré que adivinar sus pensamientos por su forma de resoplar por la nariz.
Javier Tomeo,  La muñeca hinchable.

Javier Tomeo

Luna pálida, Manuel Moyano

Luna pálida
Tras contemplar el delicado paisaje que se extiende más allá de su ventana, el emperador remoja el cálamo de su pluma en el tintero y escribe: "Bella flor de loto bajo la luna pálida". Mientras relee su propia composición, una sutil lágrima se desliza por su mejilla y cae sobre el fino papel de arroz. Lo seca cuidadosamente con la manga de su túnica. Poco después, comprueba que queda suficiente tinta en el cálamo y firma con elegante trazo la sentencia a muerte de quince campesinos que esta mañana osaron pedir una reducción de tributos a las puertas de palacio.
Manuel Moyano, Luna pálida (Teatro de ceniza).

Manuel Moyano

Las ciudades y los muertos. 3, Italo Calvino

Las ciudades y los muertos. 3. 
No hay ciudad más propensa que Eusapia a gozar de la vida y a huir de los afanes. Y para que el salto de la vida a la muerte sea menos brusco, los habitantes han construido una copia idéntica de su ciudad bajo tierra. Los cadáveres, desecados de manera que no quede más que el esqueleto revestido de piel amarilla, son llevados allá abajo para que sigan con las tareas de antes. De éstas, los momentos de despreocupación son los que gozan de preferencia: los más de ellos se instalan en torno a mesas puestas, o en actitudes de danza, o con el gesto de tocar la trompeta. Sin embargo, todos los comercios y oficios de la Eusapia de los vivos funcionan bajo tierra, o por lo menos aquellos que los vivos han desempeñado con más satisfacción que fastidio: el relojero, en medio de todos los relojes detenidos de su tienda, arrima una oreja apergaminada a un péndulo desajustado; un barbero enjabona con la brocha seca el hueso del pómulo de un actor mientras este repasa su papel clavando en el texto las órbitas vacías; una muchacha de calavera risueña ordeña una osamenta de becerra.
Claro está, son muchos los vivos que piden para después de muertos un destino diferente del que ya les tocó: la necrópolis está atestada de cazadores de leones, mezzosopranos, banqueros, violinistas, duquesas, mantenidas, generales, más de cuantos haya contado nunca ciudad viviente. La obligación de acompañar abajo a los muertos y de acomodarlos en el lugar deseado ha sido confiada a una cofradía de encapuchados. Nadie más tiene acceso a Eusapia de los muertos y todo lo que se sabe de abajo se sabe por ellos.
Dicen que la misma cofradía existe entre los muertos y que no deja de echarles una mano; los encapuchados, después de muertos, seguirán en el mismo oficio aun en la otra Eusapia; se da a entender que algunos de ellos, ya muertos, siguen circulando arriba y abajo. Desde luego, la autoridad de esta congregación en la Eusapia de los vivos está muy extendida.
Dicen que cada vez que descienden encuentran algo cambiado en la Eusapia de abajo; los muertos introducen innovaciones en su ciudad; no muchas, pero sí fruto de ponderada reflexión, no de caprichos pasajeros. De un año a otro, dicen, la Eusapia de los muertos es irreconocible. Y los vivos, para no ser menos, todo lo que los encapuchados cuentan de las novedades de los muertos también quieren hacerlo. Así la Eusapia de los vivos se ha puesto a copiar su copia subterránea.
Dicen que esto no ocurre sólo ahora: en realidad habrían sido los muertos quienes construyeron la Eusapia de arriba a semejanza de su ciudad. Dicen que en las dos ciudades gemelas no hay ya modo de saber cuáles son los vivos y cuáles los muertos.
 Italo Calvino, Las ciudades y los muertos. 3. (Las ciudades invisibles).

Italo Calvino

Ven, siéntate aquí, de Guadalupe Royán

Cortázar decía que un cuento realista es siempre más que su tema. Incluso admitiendo la importancia fundamental del tema, los buenos cuentos —aquellos que guardamos después en la memoria— esconden un sistema de fuerzas laterales o subterráneas más o menos explícitas que consiguen dar un significado completo a la narración. En los cuentos que recoge Guadalupe Royán en su libro Ven, siéntate aquí, publicado por Adeshoras, el tema principal es la soledad con la que se viven los afectos. Podemos intentar transmitir las emociones que sentimos hacia una persona que nos atrae, hacia nuestra pareja o hacia un hijo, pero en el fondo lo que sentimos sólo nos pertenece a nosotros. La autora profundiza en la psicología de los personajes a través de su conducta y de la forma de relacionarse con los demás. Hay un monólogo de algunos de los protagonistas que a veces contrasta con los diálogos que mantienen con los otros personajes: lo que dicen y hacen ver no siempre coincide con lo que realmente piensan. Así se presentan sentimientos escondidos que surgen ante el descubrimiento de la soledad —y la necesidad de llenar los espacios y los vacíos que van quedando— o el antagonismo entre lo que el cuerpo pide y lo que la razón elige. «Que lo resuelva mi cuerpo cuando nos veamos», dice un personaje al no saber cómo reaccionará cuando se reencuentre con un amigo al que no ve desde hace años. La infidelidad aparece en varios relatos bajo diferentes perspectivas que condicionan la elaboración de la mentira y las tramas que la ocultan, con personajes que muestran apego hacia la persona engañada: la de alguien que vive una relación de amor ante un matrimonio roto que se mantiene de forma ficticia con un sentido práctico por conveniencia de ambos; y la de alguien que protege su infidelidad a la vez que cree seguir amando también a su pareja. Se habla también de la trasformación que el tiempo causa en las relaciones, el paso de la felicidad al abandono, del tedio, de la ausencia de la pasión, del deseo que se escurre entre los años, de los abismos que el tiempo abre entre personas. Hay cuentos con personajes llenos de dudas, sospechas, obsesiones, desesperación, desilusiones ante el fracaso; relatos de antiguos amores que quedan en amistad aunque conservan la llama, de amores clandestinos, de amantes condenados a la expulsión. Algunos de los textos pueden ser leídos como fábulas y hay también espacio para historias implacables y conmovedoras como la de una madre ante una pérdida irrecuperable. En todos los cuentos Guadalupe Royán mantiene un pulso narrativo —sutil, lírico y melancólico— que nos arrastra hasta el desenlace. Nos invita a la reflexión sobre nuestras relaciones y se adentra en perfiles psicológicos llenos de contradicciones. Esta cuidada edición incluye ilustraciones de Raquel Catalina que acompañan de un modo sugerente a los cuentos.











Guadalupe Royán
Ven, siéntate aquí
Ilustrado por: Raquel Catalina
Adeshoras, 2015

Lydia Davis. Un hombre de su pasado

Un hombre de su pasado
Creo que mi madre flirtea con un hombre de su pasado que no es mi padre. Y me digo: ¡Mamá no debería mantener relaciones indecorosas con ese «Franz»! «Franz» es europeo. Me digo que no debería verse de manera indecorosa con ese hombre cuando mi padre no está. Pero confundo la realidad pasada con la realidad nueva: mi padre no volverá a casa. Se quedará en Vernon Hall. Y, en cuanto a mi madre, tiene noventa y cuatro años. ¿Qué relaciones indecorosas se pueden mantener con una mujer de noventa y cuatro años? Pero mi confusión debe de obedecer a lo siguiente: aunque su cuerpo sea viejo, su capacidad de traición sigue siendo joven y fuerte.
Lydia Davis. Un hombre de su pasado (Cuentos completos de Lydia Davis. Seix Barral).

Lydia Davis

A Man from Her Past
I think Mother is flirting with a man from her past who is not Father. I say to myself: Mother ought not to have improper relations with this man "Franz"! "Franz" is a European. I say she should not see this man improperly while Father is away! But I am confusing an old reality with a new reality: Father will not be returning home. He will be staying on at Vernon Hall. As for Mother, she is ninety-four years old. How can there be improper relations with a woman of ninety-four? Yet my confusion must be this: though her body is old, her capacity for betrayal is still young and fresh.
Lydia Davis. A Man from Her Past (Varieties of disturbance, 2007).

Franz Kafka, Un artista del trapecio

Un artista del trapecio
Un artista del trapecio —como todos sabemos, este arte que se practica en lo más alto de las cúpulas de los grandes circos, es uno de los más difíciles entre los accesibles al hombre— había organizado su vida de manera tal —primero por un afán de perfección profesional y luego por costumbre, una costumbre que se había vuelto tiránica— que mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en su trapecio. Todas sus necesidades, por cierto muy moderadas, eran satisfechas por criados que se turnaban y aguardaban abajo. En cestos especiales para ese fin, subían y bajaban cuanto se necesitaba allí arriba.
Esta manera de vivir del trapecista no creaba demasiado problema a quienes lo rodeaban. Su permanencia arriba sólo resultaba un poco molesta mientras se desarrollaban los demás números del programa, porque como no se la podía disimular, aunque estuviera sin moverse, nunca faltaba alguien en el público que desviara la mirada hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Por otra parte, se sabía que él no vivía así por simple capricho y que sólo viviendo así podía mantenerse siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba el ambiente era saludable y cuando en la época de calor se abrían las ventanas laterales que rodeaban la cúpula y el sol y el aire inundaban el salón en penumbras, la vista era hermosa.
Por supuesto, el trato humano de aquel trapecista estaba muy limitado. De tanto en tanto trepaba por la escalerilla de cuerdas algún colega y se sentaba a su lado en el trapecio. Uno se apoyaba en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y así conversaban durante un buen rato. Otras veces eran los obreros que reparaban el techo, los que cambiaban algunas palabras con él, por una de las claraboyas o el electricista que revisaba las conexiones de luz en la galería más alta, que le gritaba alguna palabra respetuosa aunque no demasiado inteligible.
Fuera de eso, siempre estaba solo. Alguna vez un empleado que vagaba por la sala vacía en las primeras horas de la tarde, levantaba los ojos hacia aquella altura casi aislada del mundo, en la cual el trapecista descansaba o practicaba su arte sin saber que lo observaban.
El artista del trapecio podría haber seguido viviendo así con toda la tranquilidad a no ser por los inevitables viajes de pueblo en pueblo que le resultaban en extremo molestos. Es cierto que el empresario se encargaba de que esa mortificación no se prolongara innecesariamente. Para ir a la estación el trapecista utilizaba un automóvil de carreras que recorría a toda velocidad, en la madrugada, las calles desiertas. Pero aquella velocidad era siempre demasiado lenta para su nostalgia del trapecio. En el tren se reservaba siempre un compartimiento para él solo, en el que encontraba, arriba en la red de los equipajes, una sustitución aunque pobre, de su habitual manera de vivir.
En el lugar de destino se había izado el trapecio mucho antes de su llegada, y se mantenían las puertas abiertas de par en par y los corredores despejados. Pero el instante más feliz en la vida del empresario era aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la escalerilla de cuerdas y trepaba a su trapecio, en un abrir y cerrar de ojos.
Por muchas ventajas económicas que le brindaran, el empresario sufría con cada nuevo viaje, porque —a pesar de todas las precauciones tomadas— el traslado siempre irritaba seriamente los nervios del trapecista.
En una oportunidad en que viajaban, el artista tendido en la red, sumido en sus ensueños, y el empresario sentado junto a la ventanilla, leyendo un libro, el trapecista comenzó a hablarle en voz apenas audible. Mordiéndose los labios, dijo que en adelante necesitaría para vivir dos trapecios, en lugar de uno como hasta entonces. Dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió sin vacilaciones. Pero como si quisiera demostrar que la aceptación del empresario era tan intrascendente como su oposición, el trapecista añadió que nunca más, bajo ninguna circunstancia, volverla a trabajar con un solo trapecio. Parecía estremecerse ante la idea de tener que hacerlo en alguna ocasión. El empresario vaciló, observó al artista y una vez más le aseguró que estaba dispuesto a satisfacerlo. Sin duda, dos trapecios serían mejor que uno solo. Por otra parte la nueva instalación ofrecía grandes ventajas, el número resultaría más variado y vistoso.
Pero, de pronto, el trapecista rompió a llorar. Profundamente conmovido, el empresario se levantó de un salto y quiso conocer el motivo de aquel llanto. Como no recibiera respuesta, trepó al asiento, lo acarició y apoyó el rostro contra la mejilla del atribulado artista, cuyas lágrimas humedecieron su piel.
—¡Cómo es posible vivir con una sola barra en las manos! —sollozó el trapecista, después de escuchar las preguntas y las palabras afectuosas del empresario.
Al empresario le resultó ahora más fácil consolarlo. Le prometió que en la primera estación de parada telegrafiaría al lugar de destino para que instalaran inmediatamente el segundo trapecio y se reprochó duramente su desconsideración por haberlo dejado trabajar durante tanto tiempo en un solo trapecio. Luego le agradeció el haberle hecho advertir aquella imperdonable omisión. Así pudo el empresario tranquilizar al artista e instalarse nuevamente en su rincón.
Pero él no había conseguido tranquilizarse. Muy preocupado estaba, a hurtadillas y por encima del libro, miraba al trapecista. Si por causas tan pequeñas se deprimía tanto, ¿desaparecerían sus tormentos? ¿No existía la posibilidad de que fueran aumentando día a día? ¿No acabarían por poner en peligro su vida? Y el empresario creyó distinguir —en aquel sueño aparentemente tranquilo en el que había desembocado el llanto— las primeras arrugas que comenzaban a insinuarse en la frente infantil y tersa del artista del trapecio.
Franz Kafka, Un artista del trapecio (1924).
Franz Kafka