Katya Adaui, La calle es ahora más corta

La calle es ahora más corta
Había que sacar a los chicos. Los cuentos se agotan, las historias se repiten. Son como los perros los niños, ¿sabe? Cánsalos de día, dormirán de corrido toda la noche.
Mariana de ratona, Gabo de elefante. Los disfraces de las actuaciones del colegio, maleables por el uso, durarían años. ¿A quién no emocionan los niños imitando? Es tan difícil perder a la madre. Esto del Halloween lo hacían con Ana. Yo no sirvo para andar por ahí jodiendo con el timbre, molestando ancianos, vecinos en bata. Soy también un vecino en bata, un anciano. Me sentía el chofer, entrenado para llevarlos de ida y vuelta, solo ida, solo vuelta, al silencio. Yo tampoco hablaba evitando mentir: “Algún día comprenderán todo”.
Mis hijos perdían amigos (a su edad todavía es fácil hacerlos), regresaban con moretones, les enseñé a defenderse: “Si te empujan, tú empujas”. Los familiares de sus compañeros me ofrecen ayuda en caso necesite cualquier cosa. Nunca tengo claro a qué se refieren. Mariana y Gabo dejaron de ser “la mayor” y “el menor”. ¿Con quién podría llamarlos así? Ana me dejó solo tratando de hacer cualquier cosa lo mejor posible. Con lo del seguro fue previsora, mucho más que yo. Tengo el dinero de un par de años. Mi prioridad, Mariana y Gabo. Complacer. Distraer. Llevo la cuenta, un mes sin “¿qué hacemos para que vuelva mamá?”.
Ana no resucitará, aprendí. Maldito Halloween. Por estas fechas aumentan los secuestros de niños, dicen. Te volteas y ya no están. Te volteas y tienen otra familia. Uno se refugia en la enorme habitación vacía sosteniendo una foto, un recuerdo sin testigos: “Este era...”. ¿Cómo privarme de ver a mis hijos transformados en seres sin preguntas? Nos queda el presente.
Mariana muestra un trozo de queso en la mano orgullosa. Gabo hunde un dedo en la hinchada barriga de espuma, el ruido gris de una burbuja reventando (este recuerdo: los elefantes huérfanos sobreviven si se les amarra una colcha alrededor del lomo, es el ondulante peso de la trompa materna amparando… la misma colcha elegida una y otra vez). ¿Debo pintarme bigotes, rugir alto? Mudar la bata por camisa y pantalón. Verme azorado, respetable, dudoso. Un padre. Que los vecinos admitan: conseguirán mirar lo que está vivo. Ana lo hacía tan bien. Antes de salir advierto: “Solo tocaremos los timbres de las casas, olvídense de los edificios”.
–¿Por qué, papá?
–Si se perdieran por los pasillos, ¿qué sería de ustedes sin mí? Lo que callo: ¿Qué sería de mí sin ellos?
Despliegan las bolsas. Delante de las puertas ensayan ejercicios de paciencia enumerando sin equivocarse: Escucho algo, dice Mariana. ¡Ya vienen!, dice Gabo. Ojos febriles. Animales enjaulados creyendo que todo es comestible. Todo alimenta.
Siento un pavor hondo: ¿y qué puedo hacer? Soy alguien que espera. Un amado muere, uno llora la propia muerte. Observo agazapado. A las puertas, a los niños.
Mis hijos ríen y la noche, ríen y la vida.
Su alegría es una opción. Tocamos todos los timbres. Despertamos resistencias, nuestras bolsas insisten: “seremos escuchados”. Con agilidad de tortuga recojo del suelo caramelos esquivantes, uno por uno caen granizando, me digo: la tranquilidad, autorizándome un tiempo de piñatas, las manos infinitas abarcando todo. Debajo de las ventanas gritamos a la sombra de luces brillantes adivinando miradas altísimas, canciones escapándose de un circo. Irresistibles, deseantes. Son mis hijos.
Después sabrán que soy, por ahora, uno de ellos.
Katya Adaui, La calle es ahora más corta (Algo se nos ha escapado, Criatura Editora, 2013; Perú, Borrador Editores, 2011).
Katya Adaui








Algo se nos ha escapado
Katya Adaui

Borrador Editores, 2011
Katya Adaui
Katya Adaui (Lima, 1977). Es autora de la novela Nunca sabré lo que entiendo (Perú, Editorial Planeta 2014) y de los libros de cuentos Algo se nos ha escapado (Argentina y Uruguay, Criatura Editora, 2013; Perú, Borrador Editores, 2011) y Un accidente llamado familia (Perú, Editorial Matalamanga, 2007).

Voluntad de cambio

Brillantemente prologado por Rebeca Martín, el volumen Volver a las andadas nos ofrece una selección de cuentos representativos de la obra de Ricardo Doménech, algunos de ellos premiados en importantes certámenes.
Un matrimonio y su bebé de seis meses salen del pueblo, hambrientos y sin futuro, en busca de un trabajo en algún lugar cercano, pero un año de malas cosechas y la tiranía de los dueños de las tierras despiertan su rebeldía y los arrastran al delirio. Un pastor, cuya hija necesita una costosa operación en la ciudad, celebra con sus amigos su cambio de suerte y despierta las envidias. El narrador describe minuciosamente las escenas y diálogos que se suceden en una taberna madrileña. La mujer del collar de esmeraldas y ojos negros bellísimos, está en el interior de un restaurante de Nueva York, con música de fondo, atenta a todo lo que sucede a su alrededor; mientras, algo va cambiando con sutileza y la tensión crece. Una pareja que estrena un piso tiene problemas con los vecinos que golpean la pared cada vez que ellos hacen el mínimo ruido. En el ejército, en medio de un desfile, ocurre algo inverosímil. El Ministerio de Justicia puede ser un complejo e incomprensible laberinto, repleto de muebles y otros objetos, diseñado para humillar y dificultar el acceso de las personas. Muhammad al-Banna es un lingüista de El Cairo que, a causa de un accidente, vive recluido en su casa y tiene una peculiar forma de enseñar a sus discípulos. Un catedrático regresa ilusionado al pueblo de su infancia después de treinta años, pero los recuerdos no siempre coinciden con la realidad y sus expectativas quedan truncadas al verse rodeado por un ambiente extraño y hostil. Una rendija de luz en una puerta puede ser causa de desvelos y traer recuerdos de la niñez. Un actor descubre durante un rodaje que un colega suyo, que comienza a ser reconocido, guarda un gran parecido con él y, además, lo imita a la perfección. Cuando se emprende la tarea de ordenar un despacho que ha acumulado libros, revistas y montones de papeles durante años, uno nunca sabe a qué se puede enfrentar. 
En esta escogida selección de cuentos, ordenados cronológicamente, se puede apreciar una voluntad de cambio del autor, el deseo de no quedarse estancado o encasillado y de explorar nuevos territorios del relato. En los ambientes rurales, desde el realismo, sus relatos hacen crítica a situaciones de injusticia moral de la posguerra. Posteriormente, utiliza escenarios urbanos para plasmar, como una fotografía, las costumbres y lo cotidiano. Sin embargo, poco a poco, en los cuentos se van abriendo fisuras por las que se cuela lo desconocido y lo fantástico. En un momento, de la realidad conocida, surge un elemento sorprendente que la distorsiona y entra en conflicto con la razón, rematando el relato con un final redondo.










Volver a las andadas
Ricardo Doménech

Editorial Menoscuarto, 2014

Raymond Queneau, Obras completas de Sally Mara

XLVI
El primer obús se hundió en el césped del jardín de la Academia. Después estalló, salpicando de hierba y humus las copias de estatuas antiguas, estatuas de escayola adornadas con gigantescos pámpanos de zinc.
El segundo siguió el mismo camino. Se desprendieron algunos pámpanos.
El tercero desembocó en Lower Abbey Street, sobre un grupo de soldados británicos, a los que hizo migas.
El cuarto se le llevó la cabeza a Caffrey.
Raymond Queneau. Fragmento de Siempre somos demasiado buenos con las mujeres. Traducción: José Escué. En Obras completas de Sally Mara. Blackie Books, 2014

Raymond Queneau








Obras completas de Sally Mara
Raymond Queneau
Obertura: Enrique Vila-Matas
Traducción: Mauricio Wacquez, José Escué y Manuel Serrat Crespo
Blackie Books, 2014


Ramón Gómez de la Serna, La mujer de las manchas preciosas

La mujer de las manchas preciosas
El doctor de las enfermedades secretas se quedó maravillado cuando aquella enferma en su último grado entreabrió sus ropas. “Desnúdese más”, la dijo pálido de emoción, y vio que toda ella estaba llena de las más preciosas manchas, unas manchas de un verde oro como el verdín de las peñas que quedan en los rincones del mar, combinado con otros matices de un verdín de estatua oxidada o de serpiente maravillosamente verde, con reflejos metálicos. Sobre la carne blanca aquel verde resultaba vivo, humano, adorable, lleno de una simpatía extraordinaria, como con suavidades y tersuras de un leve terciopelo verde. Carne de Dafne era aquella carne, y el doctor perdió la cabeza ante aquella carne manchada y corrompida de un modo precioso y adorable, y, sabiendo cómo se corroería su vida por el contacto, pecó y unió su existencia y su muerte a la de aquella mujer de las manchas de un verde inefable.
Ramón Gómez de la Serna, La mujer de las manchas preciosas (Disparates y otros caprichos, Menoscuarto, 2005).

Ramón Gómez de la Serna










Disparates y otros caprichos
Ramón Gómez de la Serna

Menoscuarto, 2005

Desolación urbana

La muerte a veces sucede en medio del bullicio de la vida y entonces, la gran ciudad se muestra como un ser vivo amenazante. Thomas Wolfe escribe un relato extraño y lúcido, en el que nos plantea el problema de la desolación del hombre en las grandes ciudades a través de cuatro muertes fortuitas que el narrador observa.
Es un día soleado de abril, un hombre está detrás de un carrito vendiendo cigarrillos, comidas y bebidas y entonces ocurre: un camión hace una mala maniobra, se sale de la acera y lo aplasta; rápidamente policías, enfermeros y comerciantes hacen que todo vuelva a la normalidad como si allí no hubiera pasado nada. En el frío mes de febrero, a medianoche, un vagabundo de gran porte deambula borracho junto a un edificio en construcción, se golpea con unas vigas y cae como una losa; cerca de allí unos jóvenes se ríen al contemplar la escena. El mes de mayo regala a Nueva York días resplandecientes, la gente va de un lado para otro en oleadas como un reptil que avanza por las avenidas; cada persona, cada individuo, con su vida particular, con sus anhelos y sus problemas y, de forma inesperada, un accidente laboral hace caer al vacío a un hombre como una antorcha ardiendo. En el túnel del metro un hombre de aspecto harapiento que podría ser cualquier hombre, sin nada que lo distinga de millones de hombres, acurrucado en un banco, deja de moverse para siempre; es una muerte sencilla, sin la violencia de las anteriores, aunque igual de dramática y desasosegante. Estas son las cuatro historias sobre personajes anónimos que describe Wolfe con un estilo casi periodístico, pero, a la vez, cargado de poesía. Una lúcida reflexión sobre el sinsentido del ritmo de la vida moderna, de las prisas, de los empujones en el metro para entrar antes que los demás, con el asombro por la mirada distante con la que somos testigos del drama que sufren otros, sin pensar que, en cualquier momento, el azar puede convertirnos en inesperados protagonistas.
En este texto breve, el autor describe imágenes en ocasiones truculentas, poniendo en evidencia la fugacidad de la vida, sin renunciar al lirismo. Hay también una crítica a la frivolidad con la que la gente contempla la muerte, y hasta se ríe de ella, como si fuera algo ajeno a quienes lo hacen. Otras miradas se apartan para no ver, para evitar pensar en esa muerte que constantemente acecha, por eso hay siempre una premura por eliminar cualquier rastro que nos la recuerde. El azar, la fragilidad de lo humano, el anonimato de las grandes ciudades hace más palpable nuestra soledad. Pero como contrapunto, el humo, el olor a gasolina, la negrura del asfalto y el gris de los edificios se enfrentan en ocasiones al azul del cielo, al verdor de los árboles y al aroma de las flores. Esta novela es un acierto más de la editorial Periférica que nos acerca a las obras de algunos grandes autores que no deberían de pasar desapercibidas. De Thomas Wolfe dijo William Faulkner que era el mejor escritor de su generación y Hermana muerte uno de sus escritos más enigmáticos.









Hermana muerte
Thomas Wolfe

Editorial Periférica, 2014

Vladimir Nabokov, El puerto

El puerto
La peluquería, con su techo bajo, olía a rosas ajadas. Unos tábanos zumbaban pesados, insistentes. Los rayos de sol formaban charcos relucientes de miel fundida en el suelo, pellizcaban el cristal de las lociones con sus destellos, y se traslucían a través de la gran cortina de la entrada: una cortina de cuentas de arcilla enhebradas en cuerdas de bambú que se alternaban con cáñamo más grueso, y que se desintegraba en un estrépito iridiscente cada vez que alguien la apartaba a un lado para entrar. Ante él, en el espejo lóbrego, Nikitin vio su propio rostro atezado, los rizos brillantes y como esculpidos de su pelo, el destello de las tijeras que chirriaban sobre sus orejas, y sus ojos se concentraron, severos, como ocurre siempre cuando te miras en el espejo. Había llegado a este antiguo puerto del sur de Francia el día anterior, desde Constantinopla, donde la vida se le había empezado a volver insoportable. Aquella mañana había estado en el consulado de Rusia, y en la oficina de empleo, y había paseado sin rumbo por la ciudad, una ciudad que reptaba en pendiente hasta el mar por tortuosas callejuelas, y ahora, exhausto, postrado a causa del calor, había entrado allí a cortarse el pelo y a refrescarse la mente. El suelo en torno a su sillón estaba ya cubierto por pequeños ratones brillantes desparramados por todas partes: sus mechones cortados. El barbero tomó la espuma y la extendió en su mano. Un escalofrío delicioso le recorrió la coronilla al sentir los dedos del barbero que con firmeza le aplicaban la espesa espuma. A continuación, un corte helado lo sobresaltó, y una toalla esponjosa le cubrió el rostro y el pelo mojado.
Abriéndose paso con los hombros por la ondulante lluvia de la cortina, Nikitin salió a una avenida de considerable pendiente. El lado de la derecha estaba a la sombra; a la izquierda, un arroyo estrecho parpadeaba junto a la acera en un tórrido resplandor; una joven de pelo negro, desdentada y con pecas oscuras, recogía agua del arroyo hirviente en un cubo metálico que guachapeaba; y el arroyo, el sol, la sombra violeta, todo fluía y se derramaba hacia el mar: un paso más y, en la distancia, entre unos muros, se perfilaba su brillo compacto de zafiro. Eran pocos los peatones que caminaban por la zona de sombra. Nikitin se encontró con un negro que subía vestido con un uniforme colonial, cuyo rostro parecía un chanclo mojado. En la acera, una silla de paja acogía en su asiento a un gato que saltó en una especie de bote amortiguado. Una estridente voz provenzal empezó a charlotear atropelladamente en alguna ventana. Una persiana verde restallaba contra el marco de su ventana. En un puesto callejero, entre los moluscos púrpura que olían a algas marinas, los limones disparaban oro granulado.
Al llegar al mar, Nikitin se detuvo para mirar entusiasmado al denso azul que, en la distancia, se mudaba en plata cegadora, y también al juego de luces que delicadamente moteaba la gavia de un yate. Luego, incómodo con el calor, fue en busca de un pequeño restaurante ruso cuya dirección había anotado antes en un tablón de anuncios del consulado.
El restaurante, como la peluquería, no estaba demasiado limpio y hacía también mucho calor. Al fondo, en un amplio mostrador, se veían las frutas y los entremeses a través de olas de un percal grisáceo. Nikitin se sentó y estiró la espalda; la camisa se le pegaba a la piel. En la mesa vecina había dos rusos, evidentemente marineros de un barco francés, y, un poco más allá, un tipo solitario con gafas de montura metálica dorada que no paraba de hacer ruidos y de sorber la sopa con cada cucharada. La dueña, limpiándose las manos hinchadas con una toalla, miró al recién llegado con aire maternal. Dos cachorros lanudos jugaban en el suelo en un revoltijo de cuerpos y patas. Nikitin silbó y una vieja perra en estado lastimoso llegó hasta él y apoyó el hocico en su regazo.
Uno de los marineros se dirigió a él en tono pausado y sereno.
-Mándala a paseo. Te llenará de pulgas.
Nikitin acarició la cabeza de la perra y alzó sus ojos radiantes.
-No les tengo miedo... Constantinopla... Los cuarteles... Ya se pueden imaginar...
-¿Cuándo has llegado? -preguntó un marinero. Voz serena. Camiseta de malla. Tranquilo y competente. Pelo negro bien recortado en la nuca. Frente despejada. Aspecto general decente y plácido.
-Ayer por la noche -contestó Nikitin.
El borscht y el vino tinto peleón le hicieron sudar aún más. Le agradaba tener la oportunidad de relajarse y mantener una conversación tranquila. Los rayos de sol, ardientes, penetraban por el vano de la puerta junto con el brillo del arroyuelo del callejón; desde su esquina debajo del contador del gas, las gafas del viejo ruso centelleaban.
-¿Busca trabajo? -preguntó el otro marinero, que era de mediana edad, ojos azules, con un bigote color morsa pálida, y que también tenía un aspecto limpio y arreglado, al que sin duda contribuían el sol y el salitre marino.
Nikitin dijo con una sonrisa.
-Naturalmente que estoy buscando trabajo... Hoy fui a la oficina de empleo... Hay trabajo, necesitan gente para colocar postes telegráficos, para tejer guindalezas... Pero no acabo de decidirme...
-Ven a trabajar con nosotros -dijo el hombre moreno-. De fogonero o algo así. Ése sí que es un trabajo de hombres, te doy mi palabra... ¡Ah, ahora llegas, Lyalya, nuestros más profundos respetos!
Entró una joven con un sombrero blanco y un rostro dulce, pero sin ningún atractivo especial. Se abrió camino entre las mesas, sonriendo, primero a los cachorros, y luego a los marineros. Nikitin les había preguntado algo pero olvidó su pregunta al mirar a la chica y ver ese movimiento de sus caderas, en el que reconoció inequívocamente las cadencias de la mujer rusa. La dueña miró a su hija con ternura, como si estuviera diciendo: «¡Pobrecilla mía, qué cansada estás!», porque probablemente había pasado toda la mañana en una oficina, o en unos almacenes. Había en ella algo conmovedoramente doméstico que te llevaba a pensar en jabón de violetas o en un campamento de verano en medio de un bosque de abedules. Ni que decir tiene que Francia ya no estaba al otro lado de la puerta. Aquellos movimientos cimbreantes... Espejismos solares.
-No, no es nada complicado -seguía el marinero-. Funciona de la siguiente manera, coges un cubo de hierro y un pozo de carbón. Empiezas a raspar. Al principio suavemente, de manera que el carbón se deslice en el cubo por sí mismo, y luego rascas más fuerte. Cuando has llenado el cubo lo pones en una carretilla. Y lo haces rodar hasta el fogonero mayor. Un golpe de su pala y zas, la puerta del horno ha quedado abierta, un golpe de la misma pala y zas, ya está dentro el carbón, ya sabes, dispuesto de tal forma en abanico sobre el fuego que caiga proporcionadamente por todas partes. Trabajo de precisión. No le quites el ojo a la válvula, y ya sabes, si baja la presión...
En el marco de una de las ventanas que daba a la calle apareció la cabeza de un hombre vestido de blanco y con un panamá.
-¿Cómo estás, mi querida Lyalya?
Apoyó los codos en el alféizar de la ventana.
-Claro que hace mucho calor, en ese lugar es un horno de verdad, vas a trabajar sin ropa, sólo con unos pantalones y una camiseta de malla. La camiseta está negra cuando acabas de trabajar. Como te estaba diciendo, hablando de la presión, se forma una especie de «pelo» en el horno, una especie de incrustación dura como la piedra, que tienes que romper con un atizador así de largo. Es un trabajo duro. Pero después, cuando saltas a cubierta, el sol parece fresco incluso cuando estás en los trópicos. Entonces te duchas, y luego bajas a tu cuarto, directo a tu hamaca, y eso es el cielo, déjame que te diga...
Y mientras tanto, en la ventana:
-E insiste en que me vio en un coche, ¿entiendes? (Lyalya con una voz aguda y toda excitada.)
Su interlocutor, el caballero de blanco, seguía apoyado en el alféizar, en el exterior, el cuadrado de la ventana enmarcaba sus hombros redondeados y su rostro afeitado y suave, iluminado parcialmente por el sol; un ruso que había tenido suerte.
-Y me sigue diciendo que yo llevaba un vestido color lila, cuando ni siquiera tengo un vestido lila -gritaba Lyalya-, e insiste: «Zhay voo zasyur».
El marinero que había estado hablando con Nikitin se volvió y preguntó:
-¿No sabes hablar ruso?
El hombre de la ventana dijo:
-Conseguí traerte esta música, Lyalya. ¿Te acuerdas?
Y entonces se produjo un aura momentánea, y parecía que fuera casi deliberada, como si alguien se estuviera divirtiendo inventándose a esta chica, esta conversación, este pequeño restaurante ruso en un puerto extranjero, un aura de la cotidiana y querida Rusia provinciana, y en ese preciso momento, y debido a una milagrosa y secreta asociación mental, el mundo le pareció más grande a Nikitin, anheló atravesar los océanos, abordar bahías legendarias, escuchar indiscreto las almas de todas las gentes.
-¿Nos preguntaste cuál era nuestra ruta? Indochina -dijo espontáneamente el marinero.
Nikitin pensativo sacó un cigarrillo de la pitillera; en la tapa de madera tenía grabada un águila de oro.
-Debe ser maravilloso.
-¿Pues qué pensabas? Claro que lo es.
-Está bien. Cuéntamelo. Cuéntame algo de Shanghai o Colombo.
-¿Shanghai? La he visto. Cálidas lloviznas, arenas rojas. Tan húmeda como un invernadero. De Ceilán, sin embargo, apenas puedo hablar, no bajé a tierra a visitarla. Me tocaba guardia, sabes.
Con los hombros encogidos, el hombre de la chaqueta blanca le estaba diciendo algo a Lyalya a través de la ventana, suavemente, algo que parecía muy importante. Ella escuchaba, con la cabeza inclinada, acariciándole la oreja a la perra con una mano. La perra, sacando su lengua rosa como el fuego, jadeando alegre y rápida, miraba por el resquicio soleado de la puerta, debatiendo probablemente si merecía la pena salir a tumbarse al sol en el quicio caliente. Y tal parecía que la perra pensara en ruso.
-¿Y dónde tengo que ir a solicitar ese trabajo? -preguntó Nikitin.
El marinero le guiñó un ojo a su compañero como diciendo «Ya te lo decía yo, lo he convencido». A continuación dijo:
-Es muy sencillo. Mañana por la mañana a primera hora, con la fresca, vas al puerto viejo y al muelle dos, donde encontrarás al Jean-Bart. Habla con el piloto. Creo que te contratarán.
Nikitin se quedó observando con mirada cándida y también intensa la frente despejada e inteligente de aquel hombre.
-¿Y antes, en Rusia, en qué trabajabas? -preguntó.
El hombre se encogió de hombros y torció la boca en una sonrisa.
-¿Que qué es lo que era? Un estúpido -respondió por él el del bigote caído con su voz de barítono.
Más tarde, ambos se levantaron. El joven sacó la cartera que llevaba metida en los pantalones, detrás de la hebilla del cinturón, como los marineros franceses. Lyalya se acercó hasta ellos y les dio la mano (con la palma probablemente un punto húmeda) y algo ocurrió que la llevó a reírse en tonos agudos. Los cachorros seguían retozando en el suelo. El hombre de la ventana se dio la vuelta, silbando distraído y tierno. Nikitin pagó y salió despreocupado al aire libre.
Eran más o menos las cinco de la tarde. El azul del mar, entrevisto al final de las largas callejuelas, le hacía daño en los ojos. Las puertas circulares de los baños públicos ardían con el sol.
Volvió a su sórdido hotel y se dejó caer en la cama estirando despacio tras su nuca sus manos entrelazadas, en un estado de beatitud provocado por la borrachera solar. Soñó que volvía a ser un oficial, que caminaba por las colinas de Crimea cubiertas de arbustos de roble y de algodoncillo, segando a su paso las aterciopeladas cabezas de los cardos. Le despertó su propia risa; se despertó y la ventana ya se había tornado azul con el ocaso.
Se asomó al abismo de frescura, meditando: mujeres que pasean. Algunas de ellas rusas. Qué estrella tan grande.
Se alisó el cabello, se quitó el polvo de la punta de los zapatos con una esquina de la manta, comprobó que su cartera seguía en su sitio -sólo le quedaban cinco francos- y salió a vagar por las calles y a gozar de su solitaria ociosidad.
Con la caída de la noche todo había cobrado vida. A lo largo de las callejuelas que descendían hasta el mar, había gente sentada al aire libre, tomando el fresco. Una chica con un pañuelo de lentejuelas... Unas pestañas que no paraban de bailar... Un tendero con su buena barriga, sobre la que lucía un chaleco abierto que dejaba escapar el faldón de la camisa, fumaba sentado a horcajadas en una silla de paja, con los codos apoyados en el respaldo vuelto contra sí. Unos niños saltaban en cuclillas mientras intentaban que navegaran sus barquitos de papel a la luz de una farola, en el arroyuelo negro que corría junto a la estrecha acera. Olía a pescado y a vino. De las tabernas de los pescadores, que brillaban con un rayo amarillo, llegaba la música de unos organillos, el ruido de las palmas golpeando las mesas, gritos metálicos. Y, en la parte alta de la ciudad, a lo largo de la avenida principal, las masas nocturnas paseaban y se reían, y los finos tobillos de las mujeres junto con los zapatos blancos de los oficiales de marina brillaban en relámpagos bajo las nubes de acacias. Aquí y allí, como si fuera un despliegue de llamas de colores de fuegos artificiales que hubieran quedado petrificados, los cafés resplandecían en el atardecer púrpura. Las mesas circulares desplegadas allí mismo en la acera, las sombras de los arces reflejándose en los toldos de rayas, todo ello iluminado desde el interior. Nikitin se detuvo, fantaseando con una jarra de cerveza, fría como el hielo y consistente. Dentro, junto a las mesas, un violín desgranaba sus notas como si fueran manos humanas, acompañado del hondo resonar de las olas de un arpa. Cuanto más banal es la música, más cerca se encuentra del corazón.
En una de las mesas del exterior se encontraba una buscona, toda vestida de verde, balanceando la pierna y jugando con la puntera de su zapato.
Me tomaré esa cerveza, decidió Nikitin. No, será mejor que no... Y luego, otra vez...
La mujer tenía ojos de muñeca. Había algo que le resultaba muy familiar en esos ojos, en esas piernas largas y bien torneadas. Se levantó de repente agarrándose al bolso, como si tuviera prisa por ir a algún sitio. Llevaba una especie de chaqueta larga de un tejido de seda esmeralda que se le pegaba a las caderas. Y se fue, entrecerrando los ojos al compás de la música.
Sería una coincidencia extraña, pensó Nikitin. Algo semejante a una estrella fugaz se precipitó en lo hondo de su memoria, y, olvidándose de su cerveza, la siguió en su camino a través de una callejuela oscura y brillante. Una farola alargaba su sombra. La sombra relampagueó al pasar por un muro y se perdió. Ella caminaba despacio y Nikitin tenía que contener su paso, temiendo, por alguna razón, alcanzarla.
Sí, no cabe duda... Dios, esto es maravilloso.
La mujer se detuvo en el bordillo de la acera. Una bombilla carmesí ardía sobre una puerta negra. Nikitin pasó por delante, volvió, rodeó a la mujer y se detuvo. Con una risa arrullante ella pronunció un término francés para seducirlo.
En aquella luz macilenta, Nikitin vio su rostro hermoso y fatigado y el brillo húmedo de sus dientes diminutos.
-Escucha -le dijo en ruso, sencilla y suavemente-. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, así que ¿por qué no hablar en nuestra lengua?
Ella arqueó las cejas.
-¿Inglés? ¿Hablas inglés?
Nikitin la miró atentamente y luego repitió con una nota de desesperación.
-Vamos, tú sabes que yo lo sé.
-¿Entonces, eres polaco? -preguntó la mujer, arrastrando la última sílaba como hacen en el sur.
Nikitin la dejó estar con una sonrisa sardónica, le embutió en la mano un billete de cinco francos, y desapareció rápidamente cruzando la plaza. Un instante después oyó unas pisadas rápidas tras de sí, y una respiración entrecortada, y también el roce de un vestido. Se volvió a mirar. No había nadie. La plaza estaba oscura y desierta. Una hoja de periódico volaba por las baldosas de la plaza impulsada por el viento de la noche.
Suspiró, volvió a sonreír una vez más, se embutió las manos en los bolsillos, y mirando a las estrellas, que lucían y desaparecían como impulsadas por unos fuelles gigantes, empezó a bajar caminando hacia el mar. Se sentó en el viejo muelle con los pies colgando sobre el agua, contemplando el movimiento rítmico de las olas iluminadas por la luna, y se quedó así sentado durante mucho rato, con la cabeza hacia atrás, apoyada en las palmas de las manos.
Una estrella fugaz cayó despedida, repentina como un latido perdido del corazón. Una fuerte ráfaga de viento, limpia, le atravesó el cabello, pálido en el resplandor nocturno.
Vladimir Nabokov, El puerto (1924).


Vladimir Nabokov

Espejos de la sociedad

No descubro nada cuando afirmo que Manuel Moya es un escritor comprometido con este tiempo, tan tumultuoso como cualquier otro, al que, por encima de todo, le interesa la gente y cómo ésta se desenvuelve en el día a día. De su inconformismo crítico surge la necesidad de contar para mostrar situaciones a las que, a veces, no queremos o no nos gusta mirar. La ficción es también una buena forma de invitarnos a reflexionar sobre nuestra manera particular de encarar determinadas situaciones sociales. No importa que lo exprese en forma de poemas, de novelas o de cuentos porque, al final, lo que logra es mostrarnos vidas y escenarios que pueden estar o no ocultos a nuestros ojos, pero que, en cualquier caso, resultan significativos al revelarlos con el ángulo inusual y a veces sorprendente desde el que contempla el mundo.
Coincide en estos meses que ven la luz dos de sus últimas obras: el libro de relatos Ningún espejo, publicado en El Rodeo Ediciones y la colección de microcuentos titulado Caza mayor, que ha editado Baile del Sol. En ambos casos se trata de una literatura reivindicativa, dentro de una corriente neorrealista, que nos obliga a abrir los ojos para enfrentarnos a la mirada de los perdedores, de los desfavorecidos, de los excluidos de la sociedad feliz, de los que no encuentran consuelo en un universo que se ha construido sin contar con ellos. Sus propuestas ingeniosas unas veces nos despiertan la sonrisa, otras nos incomodan cuando se adivinan situaciones perturbadoras a las que sería más fácil no mirar y nos empuja a plantear la responsabilidad ética que tenemos hacia ellas.
Ningún espejo es una colección de quince relatos vertebrados por problemas comunes en nuestra sociedad. En la superficie, son historias cotidianas que tienen protagonistas humildes, pero en todas ellas subyace otra historia más profunda que demanda la atención del lector. La fatalidad que ronda su vida, la necesidad de tener que lidiar constantemente contra las adversidades y la tremenda soledad, son características comunes en los personajes de Moya que, a pesar de su impotencia y desconsuelo, llegan a conformarse con su suerte. En sus historias se pone de manifiesto la ceguera de la sociedad ante las cosas sencillas que ofrece la naturaleza, donde los anhelos y la esperanza por conseguir un futuro algo mejor son el motor de la vida de estos personajes que no siempre pueden evitar caer en la desesperación, de extrañarse ante una sociedad que no les resulta amable. La crisis económica y de valores, el problema de la emigración, la fidelidad de las parejas, las relaciones sentimentales, la forma de asumir la muerte, el desempleo o la drogadicción forman parte del elenco de temas que preocupan al autor. Su escritura se basa en una atenta observación no sólo de lo que le rodea sino de cómo se cuenta. Así, utiliza monólogos —a veces sin un solo punto en el texto—, con jergas y formas marginales de expresión en personajes a los que siempre trata con ternura. En alguna ocasión los relatos se cruzan o se continúan, Hay cuentos entrañables como “Cerezas”, donde un anciano, que vive en una chabola y cuida un cerezo con la ilusión de que sus nietos puedan verlo, observa cómo la ciudad, en su crecimiento, va engullendo los suburbios de forma amenazante y las nuevas tecnologías ciegan la belleza natural y apagan sus sueños. Otros son originales por la forma con la que son narrados como “Bailar, bailar”, cuya joven protagonista, a la que le atraen los hombres con olor a árbol recién cortado, solo quiere bailar, bailar y huir. La mayor parte de los relatos invitan a considerar nuestra manera de vivir o de morir y esto es muy palpable en "Girasoles" que narra la coincidencia de dos enfermos terminales en una sala de hospital; el lamento de uno de ellos, cuyas creencias religiosas no logran consolar, pone en evidencia dos visiones muy distintas de la vida. Destacan también con fuerza "Los planes de Álvaro", en el que dos hombres, con una amistad forjada en su juventud, vuelven a encontrarse después de muchos años, en los que los deseos de cambiar el mundo se han ido extinguiendo. O los que se desarrollan en un ambiente de drogadicción como “Ratas”, donde se vive un drama romántico actualizado de Romeo y Julieta y “El ahogado”. Pero son especialmente memorables “Sacrificio”, un cuento muy carveriano y el emocionante y desgarrador “Corina”. Son relatos, en definitiva, de gran contenido humano. 
Ricardo Piglia mantiene la tesis de que todo cuento cuenta dos historias, una evidente y otra sumergida, insinuada, que otorga sentido profundo a la superficie del relato. Los cuentos de Manuel Moya son un claro ejemplo de ello porque narran una historia dentro de otra y, casi siempre, lo subterráneo, es lo que más nos conmueve, aquello que nos provoca un movimiento involuntario de desasosiego e inquietud. 
Esta doble lectura aparece también con frecuencia en los microcuentos de Caza mayor, donde el mensaje principal en ocasiones se sostiene con los silencios. Este libro reúne piezas más experimentales, más lúdicas, pero en las que siguen estando presentes las denuncias ante las desigualdades sociales, los ambientes marginales y los abismos a los que se asoman personajes laterales, desubicados y desnortados, los actuales Homo sacer, que no encuentran su lugar dentro de una sociedad cada vez más ciega y más sorda. Aquí Moya nos demuestra su destreza como ilusionista, con microcuentos brillantes, inteligentes, audaces, surreales, provocadores y cargados de estímulos. Al igual que decía Cortázar, entiende la literatura como un juego, irreverente a las normas que se pretenden establecer y eximiéndola de toda solemnidad. Caza mayor es el primer libro de Manuel Moya dedicado íntegramente al microcuento aunque las fronteras que definen el género no están claras en muchos de los textos. En la "Nota final" el autor nos advierte que algunos de estos escritos plantean razonables objeciones al género y que con ello pretende explorar sus fronteras, por otro lado, nunca bien perfiladas. Este juego literario cargado de creatividad verbal e ingenio —donde no faltan variaciones, los giros y la reescritura de algunos relatos—, permite aflorar el asombro ante la vida y ante el comportamiento de los hombres, un desconcierto que se evidencia desde la realidad deformada y se resuelve con humor, con fina ironía y con sorpresa. Aquí, nuevamente, nos muestra su mirada atenta, su gran capacidad para observar y para mostrar con dura claridad lo que sucede a nuestro alrededor. No son textos amables, ni razonables, sus palabras buscan la provocación, zarandear nuestra conciencia, incitarnos a evitar la imparcialidad.
Si en Ningún espejo se puede intuir la presencia de Faulkner, Carver, Benet, Sánchez Ferlosio o Aldecoa, en Caza mayor se rinde un homenaje explícito a autores como Kafka o Monterroso, entre otros. En ambos libros, los cuentos y microcuentos de Moya, nos invitan a reflexionar sobre el mundo que hemos hecho y hasta consigue hacer revolución con las palabras. Aquí se hace tangible la reflexión de Emile Zola cuando afirmaba que algunas obras literarias dicen más sobre el hombre y sobre la naturaleza que los grandes estudios de filosofía o de historia.












Ningún espejo
Manuel Moya
El Rodeo Ediciones, 2014















Caza mayor
Manuel Moya
Baile del Sol, 2014


Hipólito G. Navarro, En beneficio de la música

En beneficio de la música
El primer violín, más que cansado tras el concierto o aturdido por la ovación, calculaba a su manera la intensidad de los aplausos y se sorprendía del inmenso charco de sangre postrado a sus pies. La había sentido correr tibia por entre los dedos y el brazo durante al menos media hora, más que ninguna otra vez en los últimos dos años, aunque no sospechó que perdía tanta. De todas formas le daba igual, pues allí delante el auditorio se derretía en aplausos, un estrépito de palmas que pudo oír triplicado cuando el director de la orquesta lo señaló a él, primer violín, y tuvo que saludar otra vez inclinándose, sujetando su instrumento cubierto con la sangre que seguía manando a borbotones de las yemas de sus dedos cortadas por las cuerdas. «¡Bravo, bravo!», clamaba el público. «¡Bravísimo!», gritó una voz de mujer cuando el primer violín, pasando su instrumento a la otra mano (cientos de pares de ojos estaban pendientes de sus movimientos), se llevó las puntas de sus dedos a la boca con un gesto estudiado delante del espejo, y absorbió de manera voluptuosa la sangre que había comenzado a regalar desde los primeros compases del larghetto. Ante el innúmero público puesto en pie, su paladar de vampiro del éxito saboreó una vez más de sus dedos aquel virtuosismo púrpura de tauromaquia con que sabía disimular la ausencia de otro más técnico al que ni su talento ni sus manos alcanzaban.
Saludó todavía cuatro veces más.
Luego, ya camino del hotel, contemplando en la penumbra del asiento de atrás sus dedos vendados, el primer violín se dijo lo de siempre: «Un concierto memorable.»
Si bien ese pensamiento era una certeza, no dejaba de ser una certeza incompleta sin embargo. El concierto de esa noche, no cabe duda, sería por muchos recordado, pero el primer violín no sería capaz de recordarlo a la mañana siguiente. De esto último estaba tan seguro el segundo violín como de que nada más llegar al hotel tendría que deshacerse del frasquito y el paño con que impregnó de veneno las cuatro cuerdas de aquel artefacto que ya venía desde mucho tiempo atrás dando sombra a su talento.
Hipólito G. Navarro, En beneficio de la música (Los tigres albinos. Pre-Textos, 2000).
Hipólito G. Navarro 









Los tigres albinos
Hipólito G. Navarro

Pre-Textos, 2000

Ángel Zapata, Días de sol en Metrópolis

Días de sol en Metrópolis
Supermán daba vueltas al globo rompiendo la barrera del sonido, hacía cosas así, y en cambio hay gente, hay hombres más que nada, que se ponen a abrir una sencilla lata de berberechos y se rebanan las pelotas. Yo soy de esos. No estoy dotado de superpoderes. En absoluto. Pero Elvira está visto que no quiere enterarse, vive en su mundo, y no pierde ocasión —sobre todo esos días en que esperamos invitados— de confrontarme con mis limitaciones:
—Cielo: ¿podrías ir abriéndome estas latitas de berberechos?
—Ya; tú lo que estás buscando es que yo me rebane las pelotas, a que sí.
—Pues no, cielo. ¡Cómo iba a querer eso!
Supermán podía ver a través de los objetos sólidos. Ya no hay objetos sólidos. Los había hasta hace unos años. Pero ya no. Ahora sólo hay objetos que se acoplan y otros objetos que se desacoplan, larvas que viajan de un continente a otro, hay porteros armados con fusil que esperan a estar solos para hablar de la ruta de la seda. Va a ser de noche. Se anuncia un temporal. Y por eso se lo digo a Elvira:
—Esta mañana te he sorprendido hablando sola, Elvira.
—Y qué decía.
—Algo muy raro sobre los cuchillos.
—¿Y no recuerdas qué?
—No. No me acuerdo.
—A ver: haz un esfuerzo, venga.
—Ya; tú lo que estás buscando es que yo me rebane las pelotas, a que sí.
—Pues no, cielo. ¡Cómo iba a querer eso!
Etcétera. Elvira no es Lois Lane. Sufre de vértigo. Lois Lane se echaba en brazos de Supermán, y los dos patrullaban el cielo de Metrópolis, los días de sol. Qué sencillo era todo. Los transportaban las corrientes de aire. Los pervertidos les decían adiós sonándose muy fuerte la nariz. La luz o era de hojaldre o tenía como mínimo dos cremalleras. En el cielo había orugas procesionarias, había toda clase de objetos (semisólidos ya); y si Lois Lane, involuntariamente, separaba las piernas, un chaparrón de llavecitas de oro —“¡venid a verlo, rápido!”— anegaba los muelles del East River.
—Los invitados se retrasan, cielo.
—Que les den.
—Pero venir, vendrán ¿no te parece?
—Ya te lo he dicho. En lo que a mí respecta, que les den.
—¿Podrías abrirme ahora esas latitas de berberechos?
—No. No podría.
Supermán era invulnerable. Yo no. Supermán era invulnerable, pero aun así no podía estar en dos lugares a la vez. No podía, por ejemplo, evitar que un caniche muriera atropellado, e impedir que a un kilómetro de allí reventara la presa de una central eléctrica. O una cosa o la otra. De modo que al final el caniche moría, no había otro remedio, “al caniche que le den por culo”, decía juiciosamente Supermán. Pero luego la gente no comprende estas cosas, la gente pide cuentas, y se las pide siempre a quien no es. “Supermán asesina a un caniche” decían los titulares de los periódicos. Y Supermán: “no, no: yo quería impedir que una plaga de orugas procesionarias arrasara Metrópolis.” Y la gente: “¿lo veis? eso es lo que diría un asesino.” Un mes más tarde el caniche se ha convertido en héroe. Supermán, en proscrito. Y a todo esto el temporal encima, los ríos desbordados, la estela rauda de las ambulancias, el Golden Gate cubierto con pieles de mamut.
—¿Te apetece un Martini mientras llegan?
—No.
—¿Y otra cosa que no sea un Martini?
—No, no me apetece nada, gracias.
—Esta noche has dormido fatal. ¿Por qué no aprovechas y te acuestas un poco?
—No tengo sueño.
—Tú estás seguro de que los invitamos hoy ¿verdad?
—Sí, estoy seguro.
Los mamuts se extinguieron hace miles de años debilitados por la kriptonita, esto la gente no lo sabe, ni esto ni nada, la gente no sabe una mierda, y de las osamentas de los mamuts se fabricaron cunas y sonajeros, la gama más variada de complementos en el sector de prenatal, y algunas jaulas —pocas— probablemente para encerrar cautivos. Por esta misma época el hombre domestica al pie (o a uno de ellos por lo menos); y se graban carteles en terracota donde ya se prohíbe pisar el césped. Después de la primera glaciación se extiende el uso de los objetos sólidos. Y al final ya no hay nada, si exceptuamos esas monedas sueltas, llenas de migas, que uno siempre se encuentra por entre los cojines del sofá.
—Veo a un hombre. Le veo sólo de costado, Elvira. Veo que señala al cielo con los dedos corazón e índice (su mano queda dentro del disco solar). Y luego veo cómo retira el brazo, muy suavemente, con los dedos en llamas.
—Pero los berberechos no los abres ¿no?
—Ya te he dicho que no.
Desde que es un proscrito, Supermán pasa el día borracho, anda con putas, eructa cuando quiere. Sus amigos le invitan a fiestas espectrales —fiestas con niños, cuñado y barbacoa— y él pone únicamente excusas fútiles.
—No, no puedo. Precisamente el sábado operan a mi hermano.
—Pero si tú no tienes ningún hermano.
—Pues por eso no puedo.
—Ya.
El mundo, mientras tanto, va a explotar sin grandeza, va a explotar a lo tonto, como un globo de chicle; y en la prensa se afirma que ha llegado la hora de los rumiantes, y de las jaboneras de porcelana, si están diseñadas en forma de trébol. Así que un día cae el primer meteorito (en Cleveland). Luego cae el segundo —un bólido pequeño— junto a un matadero de Singapur. Y el tercero abre un cráter radiactivo en mitad de los Campos Elíseos, donde apenas unos días después ya ha anidado una colonia de ocas. “¡Liquidad a las ocas! ¡Liquidad a las ocas!” grita junto al cráter el pueblo francés. “¡Ya está bien de vivir entre basura!” dice a la izquierda un grupo de exaltados. “¡Que alguien me abra estas latas de berberechos!” se oye la voz de Elvira en medio del clamor. Y luego se me escucha también a mí, tironeándole un pliegue del vestido y diciéndole “Elvira, no me avergüences.”
El caso es que al final todo se vuelve un lío. Quiero decir que nadie entiende nada. Es imposible. Ni siquiera está claro si aún queda algo que entender. Las ocas han mutado en cuestión de minutos; y ahora salen del cráter humeante, tan crecidas como un obelisco, tan feroces como los chacales, y con la astucia de colocarse en línea y desplazarse sólo en diagonal, igual que los alfiles.
—¡Supermán! ¡Supermán! –clama la multitud desesperada.
Y Supermán:
—¡Que os ayude el caniche, cabrones!
Supermán era el último recurso, sí. De modo que la Tierra queda ahora a merced de las ocas mutantes. ¿Nadie piensa impedirlo? Pues pensarlo lo piensan, qué duda cabe. Pero la gente tiene miedo de rebanarse las pelotas. Tiene miedo de no se sabe qué. Y aparte es que las cosas cambian muy rápido.
En un mes se declara una amnesia terrible.
Después una epidemia de juanetes.
En los núcleos urbanos se empieza a caminar en diagonal y a alear como patos, se dictan leyes severísimas en contra de los pelos de las orejas, se extiende el gusto por la delación, se fomenta el deporte. La gente sueña con cuchillos, sueña que son llevados —como colonias de ocas— a inmensas factorías de foie-gras. Esta situación se prolonga unos años. Son años duros. Pero llega un momento en que también los sueños se terminan. Fin de todo. Permanezcan atentos a sus pantallas. Fin del fin. El mismo Supermán se ha borrado del mapa. En sus últimos días pinta aguadas horribles. Usa los rayos de su supervista para destapar latas de berberechos. Es un anciano como cualquier otro en una residencia de Palm Beach.
—Ya no vienen.
—¿Qué?
—Nada: que por la hora que es, ya no vienen.
—Que no vengan, Elvira. A ti qué.
Ángel Zapata. Días de sol en Metrópolis (La vida ausente. Páginas de Espuma, 2006).
Ángel Zapata










La vida ausente
Ángel Zapata

Páginas de Espuma, 2006.

Marina Perezagua, Receta cibernética

Receta cibernética
Admira el arte del arquero,
No toca el cuerpo y rompe corazones.
Epigrama sánscrito
A mí me gustaban esas corrientes electrónicas que se generaban entre él y yo cuando nos escribíamos, dilatando, día a día, la intimidad de nuestra correspondencia virtual. Pero él me decía que esta correspondencia, sin habernos visto nunca, no tenía nada de realidad. Y yo le respondía que para mí atrás quedó ya el deseo de Pinocho o David, ese niño de inteligencia artificial que, junto a su osito de peluche Teddy, sufrió durante dos mil años bajo el mar su ansia de ser humano. Henchir de vida a un montón de cables, o de leña, no me interesa, es el mismo y primitivo afán gestador del Dr. Frankenstein. A los 6.075,8 kilómetros de distancia que, en línea recta, nos separaban, había comenzado a sentir que mi conexión con R. se estaba realizando de computadora a computadora, y mi aspiración no podía ser ya la de animar lo inanimado, sino justamente el proceso inverso: hacerme cosa, teclado, pantalla, onda que convirtiera el acto de comunicación en un acto de conducción. Ser timón, en lugar de timonel. Ser red, en lugar de pescador, para tocar antes al pez. Red neuronal, en este caso, un nudo de internet. Ser conexión o no ser, esa fue, desde que comencé a escribirme con R., mi cuestión. Pero él seguía a Mary Shelley, la ciencia que, en su excesiva prepotencia, se atreve a crear al hombre y, sin embargo, no acababa de comprometerse con algo mucho más sencillo: la posibilidad de que un corazón humilde bombee en un pixel, en una tarjeta de memoria, en la batería caliente que mantiene encendido nuestro hilo. Y de nuevo se refería a la irrealidad de nuestra relación. Si no hubiera sabido que se dedicaba a la Física habría pensado que su oficio era otro, no sé, el del caballo que sólo atiende al último sonido de su casco delantero derecho justo ahora, al golpear el charco, o el del latigazo que le arrean también en este instante de un presente radical. Le pregunté: ¿es que acaso vives como un poni de feria, dando siempre la misma vuelta, sin advertir que lo que interesa es justo la diferencia de peso entre los niños que llevas? Déjame montarte ˗le pedí. Quiero que veas el contraste entre la rueda a la que el matrimonio rueda, y el búmeran que lanzado con su pico al aire, siendo libre, siempre regresa. Y él otra vez mencionaba, como muestra de irrealidad, la correspondencia virtual que manteníamos desde hacía algún tiempo. Y yo otra vez que le escribía: no creo que haya persona que no apunte sus pensamientos hacia el deseo. La virtualidad es la raíz que se bifurca, desde las cavernas, en las arterias del hombre. Si pudieras saltar aquí en un segundo te tomaría la mano y la pondría al final de mi espalda. Dime: ¿te parecería suficientemente concreto el sudor que transpiro cuando tu nombre parpadea en una ventanita en la pantalla? Pero puesto que insistes –volvía a insistir yo˗ te dejaré montarme, y así notarás que, de mis 55 kilos, lo que más pesa no es mi cuerpo, sino los breves intervalos que median entre tus empujes pélvicos. Ésa es la única materia que me puede pesar, la separación, el desapego, el segundo (los segundos, depende del compás) que te tomarás en volver a entrar. Y cada vez que lo imagino me escucho emitiendo un gemido que, como el grito kiai en las artes marciales, anticipa el ataque y se prepara para el golpe en la carne, como si el acto de recibir y de dar fueran ya exactamente el mismo. Entonces, pídeme que tome el próximo vuelo y nos vemos. Pero aún sigo pensando que no nos tenemos que ver para conocernos, por eso, y aquí mi fantasía, conozcámonos a oscuras. Mi plan es éste:

Nos citaremos en un cine. Hora, fila, asiento, deben ser absolutamente precisados para que se produzca el encuentro. Tú llegarás primero, ¿te parece? Yo entraré sólo cuando las luces ya estén apagadas. Buscaré el lugar indicado y me sentaré junto a ti. Estaré muy nerviosa (es normal, el cúmulo del deseo), habrás de disculparme, y en los primeros segundos seré esquiva, no creo que pueda ni siquiera saludarte en un susurro, y mi posición no te invitará tampoco a que seas tú quien me salude. Seguramente fingiré ser una espectadora más. Miraré la pantalla con mis dos ojos de frente mientras que añoraré el ojo cubista, ese ojo de mi sien izquierda que podría ver, sin dejar de mirar a la pantalla, todo tu perfil. Imagino que mi impaciencia pondrá en marcha algunas preguntas antes de girarme hacia ti. ¿Brillará tu alianza de oro cuando se proyecten las escenas más luminosas? No, yo creo que tu anillo tendrá piedad para mí y, por un rato, se convertirá en un anillito de plomo, un aro plomado que no brillará para nadie. ¿Sabré si eres alto, aunque estés sentado? Pero nada me importa. Tu altura me es indiferente, y tu edad, que tampoco sé. Que me llevas demasiados años, y esto te da miedo ˗dices. Qué ridiculez. Siendo la vida tan corta ¿por qué he de amar sólo a alguien que, por mera casualidad, ha venido a caer en mi misma década? Yo cuento como los franceses, y si tuvieras ochenta años te diría: “Qué bien. Cuatro veces veinte”. Y entonces, cuando finalmente me atreva a girarme hacia ti desde mi butaca quizá te escuche por primera vez, en un susurro, un hola. Tan sólo, y cuánto, al mismo tiempo. Tu voz. Qué emoción ¿verdad? O quizá sea yo la que me acerque a tu oído y te diga: “Ya he llegado. Mira. Soy de verdad”. Pero comencemos muy despacio. No desnudos, sino a través del velo, son deseables los senos.[1] Y luego ya no sé. Sí sé que me iría antes de que las luces volvieran a encenderse. Te vería otro día, pero así es mi primera fantasía, el espacio que transcurre entre dos iluminaciones. Lo que sucedería entre la luz y la luz, no lo sé, o no lo sé con detalle. Agradecida por el don de la ceguera, una vez desprendida del sentido de la vista, pondría a los otros cuatro a comer de tu manita. Lo que tú quieras. Pero, si prefieres saber mi opinión, ésta es mi receta:

Ingrediente principal: 
1 kilo de abstracción (repetir 6 veces: “En esta sala sólo estamos ella y yo”).

1) Para el olor:
Coloque su boca en la parte más alta de mi oreja, en el exterior, justo en la parte que se llama “saliente del hélix” (buscar para mayor precisión imagen en internet). Nada de lengua. Muerda o, más bien, presione levemente los nervios con los dientes. De 3 a 4 veces. Baje inmediatamente su nariz por mi cuello. Mi excitación bajará al mismo tiempo y, cuando su nariz llegue a mi escote, el olor ya estará ahí. Pero atención, no es exactamente mi olor. Es el nuestro.
2) Para el oído: 
Chupe varios de sus dedos y deslice la mano bajo mi suéter hasta ponerla en el esternón. Es importante hacerlo rápido porque los dedos deben permanecer mojados. Colóquelos en mi piel como si fueran electrodos. La humedad conducirá la electricidad que estimulará el pulso. Utilice las yemas de sus dedos como oídos y escuche el pálpito.
3) Para el tacto:
Métase en la boca una miguita de pan que yo le daré. Caliéntela hasta que se deshaga, durante unos 10 segundos. Busque mi ombligo (es profundo) y coloque la mezcla dentro. Déjela reposar un minuto, que yo sienta en mi cicatriz primera la masa de su pan ensalivado. Retírela y aprecie la textura. Esta textura es similar a la que apreciará, quizá, mañana, cuando desnudos no haya licor del cuerpo que no compartamos. Será el reino de los cielos. Ese lugar en el que una mujer vertió levadura, la escondió en tres medidas de harina y, entonces, el mundo apareció erecto.
4) Para el gusto:
Ponga su lengua en mi lengua. Remueva y vierta de un golpe el kilo de abstracción: En esta sala sólo estamos ella y yo. Repita tres veces en su cabeza: En esta sala sólo estamos ella y yo.
Y finalmente aceptó, dijo que sí. No me mencionó la receta, pero me pidió que corriera al aeropuerto. Corre, corre ˗escribía entusiasmado, confundiendo unas letras con otras, saltándose líneas, dándole al enter antes de acabar frases importantes. Pero yo comprendí todo lo inacabado, y corrí. En las siete horas en el avión pensé en nuestro primer contacto ciego. Lo pensé todo el tiempo. Y antes de darme cuenta ya estaba bajando por la calle del cine que habíamos acordado. Hacía mucho viento y, frente a la puerta, me abrigué la cabeza con la bufanda durante los diez minutos de espera. Me calenté con mi propio vaho. Volví a caminar un poco y a la hora convenida entré. Me asomé a la sala, y cuando apagaron las luces comencé a buscar el lugar en que nos habíamos citado. A mi lado, un hombre que no era él. Estaba oscuro y no podía ver, ya lo sé, pero no era él. No hubo, entonces, susurro, ni saludo. Si al menos me hubiera sido concedida la invidencia… pero no hubo, ni tan sólo, ceguera. No había nada. Nada. O lo que es lo mismo: sólo yo. Yo y un hombre que veía una película en una sala oscura llena de gente que también veía una película. ¿Pero qué película era? Nunca lo supe, o ya no lo sé. Entonces yo también miré la pantalla. Vi a una mujer en el campo. Y vi más que eso. Tenía mis rasgos, mis gestos, mi tristeza, y la misma manera de moverse. Está (estoy) en camisón, en la oscuridad de la noche. Añado flores a la guirnalda que he colocado sobre la cabeza de un burrito al que, a juzgar por cómo acaricio, quiero mucho. Tomo su cabeza entre mis manos (sin duda son mis mismas manos); lentamente acerco mi boca y le doy un beso en su hocico suave y gris. Él pestañea como agradecido, como diciendo “Sí”. Lo último que pongo en su corona es una flor blanca que no sé identificar. Entonces alguien me toma la mano, lo veo en la pantalla, es un hombre del campo, alto, moreno, y yo me sobresalto, y me levanto del asiento, y piso a quien está junto a mí. El miedo, demasiada emoción, quizá, no me permiten reconocer la mano, y ya no sé si es la misma que pulsaba las teclas del abecedario para acariciarme desde su orilla a la mía. Me apresuro, corro para salir, y antes de cruzar la puerta que me abrirá a la luz, vuelvo mi cabeza por última vez hacia la pantalla. Veo a mi burrito. Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra.[2] Y veo con tristeza que este animal que yo acariciaba se está quedando sin flores. Mi hombre amado le está deshojando. Deshoja porque también él tiene miedo. Me quiere no me quiere, me quiere no me quiere, ˗dice la mano del hombre ya enajenado, y arranca los pétalos porque le parece que eso sí es real. No, por favor. ¿Deshojar a mi asno te parece realidad? ˗le grito ya desde la puerta. Pero él no me escucha, y le vuelvo a gritar: Pues entérate, porque yo sé cómo son estas cosas. Comienzas con el juego de la margarita, diez veces, o quizá veinte, o quizá treinta me quieres no me quieres me quieres no me quieres me quieres. Pero antes de que te hayas dado cuenta te verás quitando los pétalos de todas las flores del mundo, y durante un año, y otro, y otro, irás reduciendo los colores de los parques, de los campos, al verde oscuro, al gris, al marrón de un cáliz que ya no tiene flor que sostener. Al entrar de nuevo en la luz pienso que mañana también yo necesitaré pétalos que arrancar. Si no puedo ir al prado buscaré un jarrón, un libro, a falta de flores. Un libro muy extenso. Un libro de mil hojas bastará para pasar un día. Me quiere no me quiere, me quiere no me quiere, me quiere no me quiere, me quiere no me quiere. Me quiere.
©Marina Perezagua

[1] «No desnudos sino a través del velo/ son deseables los senos». Kalidasa. “Retórica”. Traducción de Octavio Paz.
[2]Platero y yo”. Juan Ramón Jiménez.
Marina Perezagua, Receta cibernética. 

Marina Perezagua

Salinger, Un día perfecto para el pez plátano

Un día perfecto para el pez plátano
En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegasteis?
—No sé... el miércoles, de madrugada.
—¿Quién condujo?
—Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha
hecho arreglar el coche?
—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
—Muy bien—dijo la chica.
—¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
—No. Ahora tiene uno nuevo
—¿Cuál?
—Mamá... ¿qué importancia tiene?
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
—Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
—Lo tienes tú.
—¿Estás segura?—dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
—¡Pero está en alemán!
—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
—Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
—Muriel, mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Sí?—dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
—¿Y...?—dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
—Nunca lo he oído nombrar.
—De todos modos, dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
—Me he quemado toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
—Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
—Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
—¿Por que te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
—¿El verde?
—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
—Pero ¿qué dijo él? El médico.
—Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
—Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
—En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le subí un poco las hombreras.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
—Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
—No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.
—Mamá, esta llamada va a costar una for...
—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
—Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No he dicho nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
—Muriel, hazme caso.
—Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.
...
—Ver más vidrio—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
—Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
—No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
—Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
—Estáte quieta, Sybil, cariño...
—¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
—Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
—¡Ah!, hola, Sybil.
—¿Vas a ir al agua?
—Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
—¿Qué?—dijo Sybil.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
—No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
—¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
—¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
—Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
—¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
—Necesita aire—dijo.
—Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
—¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
—Sí que podías.
—Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
—¿Qué?
—Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
—Vayamos al agua—dijo.
—Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
—La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
—¿Que eche a quién?
—A Sharon Lipschutz.
—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
—¿Un qué?
—Un pez plátano—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano—dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
—¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
—No sé—dijo Sybil.
—Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
Sybil soltó el pie:
—¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
—¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
—No eran más que seis—dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
—¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
—¿Si me gusta qué?
—La cera.
—Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
—¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
—¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
—Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
—Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
—No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
—No veo ninguno—dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
—Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
—¿Qué pasa con quiénes?
—Con los peces plátano.
—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
—Sí—dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué?—preguntó Sybil.
—Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
—Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos.
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
—Acabo de ver uno.
—¿Un qué, amor mío?
—Un pez plátano.
—¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?
—Sí—dijo Sybil—. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
—¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
—¡No!
—Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
—Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
...
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
—Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
—¿Cómo dice?—dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la mujer, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.
J. D.Salinger, Un día perfecto para el pez plátano. (Nueve Cuentos, Alianza, 1990)

J. D.Salinger











Nueve cuentos
J. D.Salinger
Traducción: Elena Rius
Alianza editorial, 1990





A Perfect Day for Bananafish
There were ninety-seven New York advertising men in the hotel, and, the way they were monopolizing the long-distance lines, the girl in 507 had to wait from noon till almost two-thirty to get her call through. She used the time, though. She read an article in a women's pocket-size magazine, called "Sex Is Fun- or Hell." She washed her comb and brush. She took the spot out of the skirt of her beige suit. She moved the button on her Saks blouse. She tweezed out two freshly surfaced hairs in her mole. When the operator finally rang her room, she was sitting on the window seat and had almost finished putting lacquer on the nails of her left hand.
She was a girl who for a ringing phone dropped exactly nothing. She looked as if her phone had been ringing continually ever since she had reached puberty.
With her little lacquer brush, while the phone was ringing, she went over the nail of her little finger, accentuating the line of the moon. She then replaced the cap on the bottle of lacquer and, standing up, passed her left-the wet-hand back and forth through the air. With her dry hand, she picked up a congested ashtray from the window seat and carried it with her over to the night table, on which the phone stood. She sat down on one of the made-up twin beds and-it was the fifth or sixth ring- picked up the phone.
"Hello," she said, keeping the fingers of her left hand outstretched and away from her white silk dressing gown, which was all that she was wearing, except mules-her rings were in the bathroom.
"I have your call to New York now, Mrs. Glass," the operator said.
"Thank you," said the girl, and made the room on the night table for the ashtray.
A woman's voice came through. "Muriel? Is that you?"
The girl turned the receiver slightly away from her ear. "Yes, Mother. How are you?" she said.
"I've been worried to death about you. Why haven't you phoned? Are you all right?"
"I tried to get you last night and the night before. The phone here's been-"
"Are you all right, Muriel?"
The girl increased the angle between the receiver and her ear. "I'm fine. I'm hot. This is the hottest day they've had in Florida in-"
"Why haven't you called me? I've been worried to-"
"Mother, darling, don't yell at me. I can hear you beautifully," said the girl. "I called you twice last night. Once just after-"
"I told your father you'd probably call last night. But, no, he had to-Are you all right, Muriel? Tell me the truth."
"I'm fine. Stop asking me that, please."
"When did you get there?"
"I don't know. Wednesday morning, early."
"Who drove?"
"He did," said the girl. "And don't get excited. He drove very nicely. I was amazed."
"He drove? Muriel, you gave me your word of-"
"Mother," the girl interrupted, "I just told you. He drove very nicely. Under fifty the whole way, as a matter of fact."
"Did he try any of that funny business with the trees?"
"I said he drove very nicely, Mother. Now, please, I asked him to stay close to the white line, and all, and he knew what I meant, and he did. He was even trying not to look at the trees-you could tell. Did Daddy get the car fixed, incidentally?"
"Not yet. They want four hundred dollars, just to-"
"Mother, Seymour told Daddy that he'd pay for it. There's no reason for-"
"Well, we'll see. How did he behave-in the car and all?"
"All right," said the girl.
"Did he keep calling you that awful-"
"No. He has something new now."
"What?"
"Oh, what's the difference, Mother?"
"Muriel, I want to know. Your father-"
"All right, all right. He calls me Miss Spiritual Tramp of 1948," the girl said, and giggled.
"It isn't funny, Muriel. It isn't funny at all. It's horrible. It's sad, actually. When I think how-"
"Mother," the girl interrupted, "listen to me. You remember that book he sent me from Germany? You know-those German poems. What'd I do with it? I've been racking my-"
"You have it."
"Are you sure?" said the girl.
"Certainly. That is, I have it. It's in Freddy's room. You left it here and I didn't have room for it in the-Why? Does he want it?"
"No. Only, he asked me about it, when we were driving down. He wanted to know if I'd read it."
"It was in German!"
"Yes, dear. That doesn't make any difference," said the girl, crossing her legs. "He said that the poems happen to be written by the only great poet of the century. He said I should've bought a translation or something. Or learned the language, if you please."
"Awful. Awful. It's sad, actually, is what it is. Your father said last night-"
"Just a second, Mother," the girl said. She went over to the window seat for her cigarettes, lit one, and returned to her seat on the bed. "Mother?" she said, exhaling smoke.
"Muriel. Now, listen to me."
"I'm listening."
"Your father talked to Dr. Sivetski."
"Oh?" said the girl.
"He told him everything. At least, he said he did-you know your father. The trees. That business with the window. Those horrible things he said to Granny about her plans for passing away. What he did with all those lovely pictures from Bermuda -everything."
"Well," said the girl.
"Well. In the first place, he said it was a perfect crime the Army released him from the hospital-my word of honor. He very definitely told your father there's a chance-a very great chance, he said-that Seymour may completely lose control of himself. My word of honor."
"There's a psychiatrist here at the hotel" said the girl.
"Who? What's his name?"
"I don't know. Rieser or something. He's supposed to be very good."
"Never heard of him."
"Well, he's supposed to be very good, anyway."
"Muriel, don't be fresh, please. We're very worried about you. Your father wanted to wire you last night to come home, as a matter of f-"
"I'm not coming home right now, Mother. So relax."
"Muriel. My word of honor. Dr. Sivetski said Seymour may completely lose contr-"
"I just got here, Mother. This is the first vacation I've had in years, and I'm not going to just pack everything and come home," said the girl. "I couldn't travel now anyway. I'm so sunburned I can hardly move."
"You're badly sunburned? Didn't you use that jar of Bronze I put in your bag? I put it right-"
"I used it. I'm burned anyway."
"That's terrible. Where are you burned?"
"All over, dear, all over."
"That's terrible."
"I'll live."
"Tell me, did you talk to this psychiatrist?"
"Well, sort of," said the girl.
"What'd he say? (Where was Seymour when you talked to him?"
"In the Ocean Room, playing the piano. He's played the piano both nights we've been here."
"Well, what'd he say?"
"Oh, nothing much. He spoke to me first. I was sitting next to him at Bingo last night, and he asked me if that wasn't my husband playing the piano in the other room. I said yes, it was, and he asked me if Seymour's been sick or something. So I said-"
"Why'd he ask that?"
"I don't know, Mother. I guess because he's so pale and all," said the girl. "Anyway, after Bingo he and his wife asked me if I wouldn't like to join them for a drink. So I did. His wife was horrible, You remember that awful dinner dress we saw in Bonwit's window? The one you said you'd have to have a tiny, tiny-"
"The green?"
"She had it on. And all hips. She kept asking me if Seymour's related to that Suzanne Glass that has that place on Madison Avenue-the millinery."
"What'd he say, though? The doctor."
"Oh. Well, nothing much, really. I mean we were in the bar and all. It was terribly noisy." "
"Yes, but did-did you tell him what he tried to do with Granny's chair?"
"No, Mother. I didn't go into details very much," said the girl. "I'll probably get a chance to talk to him again. He's in the bar all day long."
"Did he say he thought there was a chance he might get- you know-funny or anything? Do something to you!"
"Not exactly," said the girl. "He had to have more facts, Mother. They have to know about your childhood-all that stuff. I told you, we could hardly talk, it was so noisy in there."
"Well. How's your blue coat?"
"All right. I had some of the padding taken out."
"How are the clothes this year?"
"Terrible. But out of this world. You see sequins-everything," said the girl.
"How's your room?"
"All right. Just all right, though. We couldn't get the room we had before the war," said the girl. "The people are awful this year. You should see what sits next to us in the dining room. At the next table. They look as if they drove down in a truck."
"Well, it's that way all over. How's your ballerina?"
"It's too long. I told you it was too long."
"Muriel, I'm only going to ask you once more-are you really all right?"
"Yes, Mother," said the girl. "For the ninetieth time."
"And you don't want to come home?"
"No, Mother."
"Your father said last night that he'd be more than willing to pay for it if you'd go away someplace by yourself and think things over. You could take a lovely cruise. We both thought-"
"No, thanks," said the girl, and uncrossed her legs. "Mother, this call is costing a for-"
"When I think of how you waited for that boy all through the war--I mean when you think of all those crazy little wives who-"
"Mother," said the girl, "we'd better hang up. Seymour may come in any minute."
"Where is he?"
"On the beach."
"On the beach? By himself? Does he behave himself on the beach?"
"Mother," said the girl, "you talk about him as though he were a raving maniac-"
"I said nothing of the kind, Muriel."
"Well, you sound that way. I mean all he does is lie there. He won't take his bathrobe off."
"He won't take his bathrobe off? Why not?"
"I don't know. I guess because he's so pale."
"My goodness, he needs the sun. Can't you make him?"
"You know Seymour," said the girl, and crossed her legs again. "He says he doesn't want a lot of fools looking at his tattoo."
"He doesn't have any tattoo! Did he get one in the Army?"
"No, Mother. No, dear," said the girl, and stood up. "Listen, I'll call you tomorrow, maybe."
"Muriel. Now, listen to me."
"Yes, Mother," said the girl, putting her weight on her right leg.
"Call me the instant he does, or says, anything at all funny- you know what I mean. Do you hear me?"
"Mother, I'm not afraid of Seymour."
"Muriel, I want you to promise me."
"All right, I promise. Goodbye, Mother," said the girl. "My Jove to Daddy." She hung up.


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"See more glass," said Sybil Carpenter, who was staying at the hotel with her mother. "Did you see more glass?"
"Pussycat, stop saying that. It's driving Mommy absolutely crazy. Hold still, please."
Mrs. Carpenter was putting sun-tan oil on Sybil's shoulders, spreading it down over the delicate, winglike blades of her back. Sybil was sitting insecurely on a huge, inflated beach ball, facing the ocean. She was wearing a canary-yellow two-piece bathing suit, one piece of which she would not actually be needing for another nine or ten years.
"It was really just an ordinary silk handkerchief-you could see when you got up close," said the woman in the beach chair beside Mrs. Carpenter's. "I wish I knew how she tied it. It was really darling."
"It sounds darling," Mrs. Carpenter agreed. "Sybil, hold still, pussy."
"Did you see more glass?" said Sybil.
Mrs. Carpenter sighed. "All right," she said. She replaced the cap on the sun-tan oil bottle. "Now run and play, pussy. Mommy's going up to the hotel and have a Martini with Mrs. Hubbel. I'll bring you the olive."
Set loose, Sybil immediately ran down to the flat part of the beach and began to walk in the direction of Fisherman's Pavilion. Stopping only to sink a foot in a soggy, collapsed castle, she was soon out of the area reserved for guests of the hotel. She walked for about a quarter of a mile and then suddenly broke into an oblique run up the soft part of the beach. She stopped short when she reached the place where a young man was lying on his back.
"Are you going in the water, see more glass?" she said. The young- man started, his right hand going to the lapels of his terry-cloth robe. He turned over on his stomach, letting a sausaged towel fall away from his eyes, and squinted up at Sybil.
"Hey. Hello, Sybil." "Are you going in the water?"
"I was waiting for you" said the young man. "What's new?"
"What?" said Sybil.
"What's new? What's on the program?"
"My daddy's coming tomorrow on a nairiplane," Sybil said, kicking sand.
"Not in my face, baby," the young man said, putting his hand on Sybil's ankle. "Well, it's about time he got here, your daddy. I've been expecting him hourly. Hourly."
"Where's the lady?" Sybil said.
"The lady?" The young man brushed some sand out of his thin hair. "That's hard to say, Sybil. She may be in any one of a thousand places. At the hairdresser's. Having her hair dyed mink. Or making dolls for poor children, in her room." Lying prone now, he made two fists, set one on top of the other, and rested his chin on the top one. "Ask me something else, Sybil," he said. "That's a fine bathing suit you have on. If there's one thing I like, it's a blue bathing suit."
Sybil stared at him, then looked down at her protruding stomach. "This is a yellow," she said. "This is a yellow."
"It is? Come a little closer."
Sybil took a step forward.
"You're absolutely right. What a fool I am."
"Are you going in the water?" Sybil said.
"I'm seriously considering it. I'm giving it plenty of thought, Sybil, you'll be glad to know."
Sybil prodded the rubber float that the young man sometimes used as a head-rest. "It needs air" she said.
"You're right. It needs more air than I'm willing to admit." He took away his fists and let his chin rest on the sand. "Sybil," he said, "you're looking fine. It's good to see you. Tell me about yourself." He reached in front of him and took both of Sybil's ankles in his hands. "I'm Capricorn," he said. "What are you?"
"Sharon Lipschutz said you let her, sit on the piano seat with you," Sybil said.
"Sharon Lipschutz said that?"
Sybil nodded vigorously.
He let go of her ankles, drew in his hands, and laid the side of his face on his right forearm. "Well," he said, "you know how those things happen, Sybil. I was sitting there playing. And you were nowhere in sight. And Sharon Lipschutz came over and sat down next to me. I couldn't push her off, could I?"
"Yes."
"Oh, no. No. I couldn't do that," said the young man. "I'll tell you what I did do, though."
"What?"
"I pretended she was you:"
Sybil immediately stooped and began to dig in the sand. "Let's go in the water," she said.
"All right," said the young man. "I think I can work it in."
"Next time, push her off," Sybil said.
"Push who off?"
"Sharon Lipschutz."
"Ah, Sharon Lipschutz," said the young man. "How that name comes up. Mixing memory and desire." He suddenly got to his feet. He looked at the ocean. "Sybil," he said, "I'll tell you what we'll do. We'll see if we can catch a bananafish."
"A what?"
"A bananafish," he said, and undid the belt of his robe. He took off the robe. His shoulders were white and narrow, and his trunks were royal blue. He folded the robe, first lengthwise, then in thirds. He unrolled the towel he had used over his eyes, spread it out on the sand, and then laid the folded robe on top of it. He bent over, picked up the float, ad secured it under his right arm. Then, with his left hand, he took Sybil's hand.
The two started to walk down to the ocean. "I imagine you've seen quite a few bananafish in your day," the young man said.
Sybil shook her head.
"You haven't? Where do you live, anyway?"
"I don't know," said Sybil.
"Sure you know. You must know. Sharon Lipschutz knows where she lives and she's only three and a half."
Sybil stopped walking and yanked her hand away from him. She picked up an ordinary beach shell and looked at it with elaborate interest. She threw it down. "Whirly Wood, Connecticut," she said, and resumed walking, stomach foremost.
"Whirly Wood, Connecticut," said the young man. "Is that anywhere near Whirly Wood, Connecticut, by any chance?"
Sybil looked at him. "That's where I live," she said impatiently. "I live in Whirly Wood, Connecticut." She ran a few steps ahead of him, caught up her left foot in her left hand, and hopped two or three times.
"You have no idea how clear that makes everything," the young man said.
Sybil released her foot. "Did you read 'Little Black Sambo'?" she said.
"It's very funny you ask me that," he said. "It so happens I just finished reading it last night." He reached down and took back Sybil's hand. "What did you think of it?" he asked her.
"Did the tigers run all around that tree?"
"I thought they'd never stop. I never saw so many tigers."
"There were only six," Sybil said.
"Only six!" said the young man. "Do you call that only?"
"Do you like wax?" Sybil asked.
"Do I like what?" asked the young man.
"Wax."
"Very much. Don't you?"
Sybil nodded. "Do you like olives?" she asked.
"Olives-yes. Olives and wax. I never go anyplace without 'em."
"Do you like Sharon Lipschutz?" Sybil asked.
"Yes. Yes, I do," said the young man. What I like particularly about her is that she never does anything mean to little dogs in the lobby of the hotel. That little toy bull that belongs to that lady from Canada, for instance. You probably won't believe this, but some little girls like to poke that little dog with balloon sticks, Sharon doesn't. She's never mean or unkind. That's why I like her so much."
Sybil was silent.
"I like to chew candles," she said finally.
"Who doesn't?" said the young man, getting his feet wet. "Wow! It's cold." He dropped the rubber float on its back. "No, wait just a second, Sybil. Wait'll we get out a little bit."
They waded out till the water was up to Sybil's waist. Then the young man picked her up and laid her down on her stomach on the float.
"Don't you ever wear a bathing cap or anything?" he asked.
"Don't let go," Sybil ordered. "You hold me, now."
"Miss Carpenter. Please. I know my business," the young man said. "You just keep your eyes open for any bananafish. This is a perfect day for bananafish."
"I don't see any," Sybil said.
"That's understandable. Their habits are very peculiar." He kept pushing the float. The water was not quite up to his chest. "They lead a very tragic life," he said. "You know what they do, Sybil?"
She shook her head.
"Well, they swim into a hole where there's a lot of bananas. They're very ordinary-looking fish when they swim in. But once they get in, they behave like pigs. Why, I've known some bananafish to swim into a banana hole and eat as many as seventy-eight bananas " He edged the float and its passenger a foot closer to the horizon. "Naturally, after that they're so fat they can't get out of the hole again. Can't fit through the door."
"Not too far out," Sybil said. "What happens to them?"
"What happens to who?"
"The bananafish."
"Oh, you mean after they eat so many bananas they can't get out of the banana hole?"
"Yes," said Sybil.
"Well, I hate to tell you, Sybil. They die."
"Why?" asked Sybil.
"Well, they get banana fever. It's a terrible disease."
"Here comes a wave," Sybil said nervously.
"We'll ignore it. We'll snub it," said the young man, "Two snobs." He took Sybil's ankles in his hands and pressed down and forward. The float nosed over the top of the wave. The water soaked Sybil's blond hair, but her scream was full of pleasure.
With her hand, when the float was level again, she wiped away a flat, wet band of hair from her eyes, and reported, "I just saw one."
"Saw what, my love?"
"A bananafish."
"My God, no!" said the young man. "Did he have any bananas in his mouth?"
"Yes," said Sybil. "Six."
The young man suddenly picked up one of Sybil's wet feet, which were drooping over the end of the float, and kissed the arch.
"Hey!" said the owner of the foot, turning around.
"Hey, yourself! We're going in now. You had enough?"
"No!"
"Sorry," he said, and pushed the float toward shore until Sybil got off it. He carried it the rest of the way.
"Goodbye," said Sybil, and ran without regret in the direction of the hotel.

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The young man put on his robe, closed the lapels tight, and jammed his towel into his pocket. He picked up the slimy wet, cumbersome float and put it under his arm. He plodded alone through the soft, hot sand toward the hotel.
On the sub-main floor of the hotel, which the management directed bathers to use, a woman with zinc salve on her nose got into the elevator with the young man.
"I see you're looking at my feet," he said to her when the car was in motion.
"I beg your pardon?" said the woman.
"I said I see you're looking at my feet."
"I beg your pardon. I happened to be looking at the floor," said the woman, and faced the doors of the car.
"If you want to look at my feet, say so," said the young man. "But don't be a God-damned sneak about it."
"Let me out of here, please," the woman said quickly to the girl operating the car.
The car doors opened and the woman got out without looking back.
"I have two normal feet and I can't see the slightest Goddamned reason why anybody should stare at them," said the young man. "Five, please." He took his room key out of his robe pocket.
He got off at the fifth floor, walked down the hall, and let himself into 507. The room smelled of new calfskin luggage and nail-lacquer remover.
He glanced at the girl lying asleep on one of the twin beds. Then he went over to one of the pieces of luggage, opened it, and from under a pile of shorts and undershirts he took out an Ortgies calibre 7.65 automatic. He released the magazine, looked at it, then reinserted it. He cocked the piece. Then he [38] went over and sat down on the unoccupied twin bed, looked at the girl, aimed the pistol, and fired a bullet through his right temple.
J. D. Salinger. A Perfect Day for Bananafish (The New Yorker, 1948)