Gabriel García Márquez, Ladrón de sábado

Ladrón de sábado
Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche. Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada con la pistola, la mujer le entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque a Pauli, su niña de tres años. Sin embargo, la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de magia. Hugo piensa: «¿Por qué irse tan pronto, si se está tan bien aquí?» Podría quedarse todo el fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe porque los ha espiado- no regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa mucho: se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir.
A Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo para sacar al tipo de su casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie va a llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante la cena, el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana es la conductora de su programa favorito de radio, el programa de música popular que oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y. mientras escuchan al gran Benny cantando Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos. Ana se arrepiente de dormirlo pues Hugo se comporta tranquilamente y no tiene intenciones de lastimarla ni violentarla, pero ya es tarde porque el somnífero ya está en la copa y el ladrón la bebe toda muy contento. Sin embargo, ha habido una equivocación, y quien ha tomado la copa con la pastilla es ella. Ana se queda dormida en un dos por tres.
A la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien tapada con una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante atractivo. Ana empieza a sentir una extraña felicidad.
En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso pero Ana inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo repara las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba. Ana se entera de que él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero que nunca puede practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y se acoplan de tal manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los observa, aplaude y, finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la sala.
Para entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había robado, le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones, y se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio, mientras anochece.
Gabriel García Márquez, Ladrón de sábado 


Gabriel García Márquez

Robert Walser, Discurso a un botón

Discurso a un botón
Un día en que estaba cosiendo el ojal de una camisa que había reventado con un fuerte estornudo, se me ocurrió de pronto, mientras trabajaba como una experta costurera, dirigir al botón, aquel muchachito fiel y modesto, las siguientes palabras de agradecimiento, murmuradas para mis adentros, aunque probablemente por eso tanto más sinceras.
“Querido botoncillo”, le dije, “¡cuánta gratitud y reconocimiento te debe aquel a quien vienes sirviendo hace ya varios –más de siete, creo-, con tanta fidelidad, celo y perseverancia, y a quien, pese a todo el olvido y falta de atención de los que se ha hecho culpable para contigo, nunca le has recordado que alguna vez debería elogiarte un poquito”.
“Esto es lo que va a ocurrir hoy, cuando por fin he logrado ver claramente lo que significas y cuánto vales, tú, que durante todo tu largo y paciente tiempo de servicios jamás te has situado en primer plano para sacar provecho de una bonita iluminación o buscar algún efecto lumínico bello, deslumbrante o en verdad llamativo, sino más bien, con una conmovedora y deliciosa modestia que, sin duda, jamás será suficientemente apreciada, te has mantenido en la más discreta de las discreciones, practicando tu querida y hermosa virtud en un estado de perfecta felicidad.
“¡Cómo me alegra ver que has dado muestras de tener esa fuerza basada en la probidad, la diligencia y la renuncia al elogio y al reconocimiento a los que aspira todo el que realiza algo!”
“Sonríes, mi estimado, y, según advierto, te ves ya por la desgracia bastante deteriorado y consumido.
“¡Querido! Deberían tomarte como ejemplo los que viven acosados por la manía del aplauso permanente y podrían derrumbarse y morir de pena, despecho y humillación si no se sintieran continuamente mimados, abanicados y acariciados por el efecto y la estima generales.
“Tú, en cambio, eres capaz de vivir sin que nadie se acuerde, ni lejanamente, de que existes.
“Tú eres feliz, pues la modestia se hace feliz a sí misma, y la fidelidad se siente a gusto consigo misma.
“El hecho de que no te des importancia alguna, de que sólo seas –o al menos lo parezcas- un ser dedicado a realizar una misión en la vida, de que te sientas enteramente consagrado a ese silencioso cumplimiento del deber que puede denominarse una rosa de exquisito perfume, cuya belleza es casi un enigma para ella misma, cuyo aroma perfuma sin la menor intención, porque es su destino…
“El hecho de que, como decía, seas lo que eres y como eres, me fascina, conmueve, emociona, impresiona y hace pensar que este mundo, tan pródigo en fenómenos desagradables, hay de vez en cuando cosas que te hacen feliz, alegran y serenan al que las ve”.
Robert Walser, Discurso a un botón (Vida de poeta)













Vida de poeta
Robert Walser
Traducción: Juan José del Solar
Editorial Siruela, 2010

Realismo desnudo

La prosa escueta de Hemingway nos abrió las puertas del cuento moderno, nos enseñó una nueva forma de escribir relatos sin adornos ni ambages, una prosa en la que no tiene cabida lo fantástico y en la que lo lírico sólo subyace. Él mismo denominó teoría del iceberg a la forma de presentar un hecho prescindiendo de todo lo que oculta y que es, sin embargo, lo que da soporte y sentido profundo al relato. A él le siguieron otros maestros como Salinger o Carver; y es, precisamente, a este último autor estadounidense al que Javier Sáez de Ibarra rinde homenaje en su libro Bulevar. En la mayor parte de estos relatos, como en el iceberg de Hemingway, lo más importante no es lo que se cuenta sino la historia secreta que se esconde entre palabras no escritas, como si esa ausencia fuese en realidad la esencia del relato. Con frecuencia, al igual que algunos cuentos de Chéjov, arrancan con un suceso que parece que va a ser importante y, sin embargo, la historia sigue después por otros caminos. A través de los diálogos coloquiales, de apariencia nimia, y de la acción, se van revelando los antecedentes y los conflictos de los personajes que construyen la narración en escenarios cercanos y cotidianos. El autor nos hace reflexionar sobre la explotación laboral de los inmigrantes, la marginalidad que sufren, su desubicación y sus miedos; sobre los problemas de las parejas con niños de por medio que no se escuchan y que parecen habitar mundos distintos; sobre las rutinas de la soledad, las obsesiones y los complejos; sobre la necesidad del apoyo familiar en la enfermedad y la vejez. En los relatos trata temas como la infidelidad, la incomunicación, la unión fraternal, la confianza de padres e hijos, las barreras insalvables que separan a las familias, las inseguridades de la adolescencia y las disyuntivas que generan o la desconexión que se produce tras la ruptura de una pareja. Hay, por tanto, una reflexión sobre los valores de la sociedad en la que vivimos, una crítica a su hipocresía y nos plantea acertadamente algunos problemas morales que emanan de ella.
Además de estos relatos sobriamente construidos, donde se nos muestra de una forma lúcida algunos aspectos de nuestra realidad social, hay narraciones que intentan ser experimentales al utilizar elementos extraños al relato convencional o anacrónicos como una prosa barroca —quizás para remarcar que la retórica recargada devalúa la experiencia—, o la construcción de relatos con fragmentos de textos académicos, modificando formatos o con listados que recuerdan a Perec pero que, ante la unidad, contundencia y solvencia de los cuentos carvenianos, podrían parecernos innecesarios.
En esta colección de dieciséis relatos, se puede destacar, entre otros, el que da título al volumen donde la protagonista imparte un taller de escritura que, además de poner de manifiesto los laberintos privados de los personajes, tiene un alto componente metaliterario y desvela, de un modo personal, con cierto lirismo, sin tantas renuncias, el proceso creativo de la escritura. Saéz de Ibarra tiene una habilidad especial para sugerir la sicología de sus personajes con las descripción de apenas unas pocas acciones. Al igual que hizo Carver, consigue reflejar la vida actual, con todos sus conflictos, construyendo una trama en la que las expectativas van creciendo poco a poco.













Bulevar
Javier Sáez de Ibarra

Páginas de espuma, 2013

En el país de los libros, de Quint Buchholz


¿Qué buscamos y qué encontramos en los libros? Los dibujos de Buchholz hablan por sí solos. Una pequeña joya para los que amamos los libros.












En el país de los libros
Quint Buchholz

Traducción: Juan Andrés García Román
Nórdica Libros, 2014

La belleza de lo absurdo

Dijo una vez Roberto Bolaño, a propósito de una novela que acababa de ser publicada, que «el ojo de Javier Tomeo se pasea, tal vez como pocos pueden hacerlo en la literatura española, por el infierno cotidiano y también por sus inesperados (por conocidos) paraísos verbales, y nos muestra la imagen real y desoladora de nuestra resistencia». En El fin de los dinosaurios, que es el punto final de de la obra de Tomeo, su imaginación y su habilidad para cambiar de perspectiva y desviarse de las formas habituales que muestran la realidad, tanto en el tema tratado como en la forma de tratarlo, están tan vivas y tan lúcidas como en sus primeros microcuentos. 
El lirismo de la prosa y su sencillez a veces abruman y otras conmueven. Lo grotesco se mezcla con lo doméstico y lo fantástico sucede sin asombro para los personajes: en ocasiones, de la realidad más cotidiana surge lo absolutamente prodigioso en un mismo párrafo. Algunos microcuentos están marcados por la ironía, el humor sutil y hasta pueden llegar a provocar la carcajada. Sus personajes son entrañables, cándidos y tiernos y, a pesar de su excentricismo, logran fácilmente la empatía del lector. Varios de sus cuentos permiten dobles lecturas: la casi ingenua y la casi filosófica. Aquí podemos encontrarnos con sombras rebeldes, con un hombre abandonado por su muñeca hinchable quejosa de su silencio o con una isla rodeada por un mar inverosímil. Tomeo reinterpreta mitos, cuentos clásicos, fábulas, parábolas y hasta lanza descabelladas hipótesis científicas. El comportamiento de animales, a los que dota de voz y conciencia, le sirve, como en las fábulas clásicas, para poner en evidencia los absurdos actos del ser humano y terminan, a veces, con una enseñanza ética. No sólo dialogan animales, también partes inertes de ellos así como árboles, frutas y hortalizas. Un ficus llora porque no soporta la clorofila, una mariposa está condenada a ver cómo florecen los almendros y un caracol, en su pequeñez, tiene más corazón que muchos hombres. Tomeo muestra una habilidad especial para cuestionar la realidad. ¿Es necesario —se pregunta el narrador de uno de los textos— que las cosas existan en sus respectivas realidades para que se reflejen en nosotros? Entre algunos temas que se repiten en estos microcuentos destacan el problema de la identidad, la perspectiva desde la que observamos las cosas, la desubicación, la soledad, el amor pasional o la infidelidad. En las páginas de este conjunto de microcuentos siguen estando presentes, como lo han estado en casi toda su obra, autores tan admirados como Kafka, Valle-Inclán, Ionesco o Beckett, por citar algunos.
Tomeo confesó en una ocasión que escribe movido por impulsos y automatismos psíquicos como los surrealistas. Irene Andrés-Suárez lo califica como un autor original y rupturista y lo posiciona como uno de los primeros escritores españoles que, deliberadamente, escribió libros completos de microrrelatos. De él David Lagmanovich destacó sus textos curiosos, anómalos en el buen sentido del término, cercanos a la literatura del absurdo. La obra de Javier Tomeo encierra un genial y muy personal universo literario, y es una referencia obligada en este género literario tan característico de nuestro tiempo.













El fin de los dinosaurios
Javier Tomeo

Páginas de espuma, 2014

201

«Todos los microrrelatos aquí incluidos empiezan, rodean o concluyen en la habitación 201. Si 1408 de Stephen King ficcionalizó el popular motivo de la habitación fantasmal, aquí el rumor se instala como verdad ficcional absoluta y produce juegos metaficcionales y hasta idolatrías.
La 201 no es otra cosa que la habitación del miedo, el espacio cerrado que —como un portal— da pie a la irrupción natural de los monstruos imaginarios de cada uno de los autores aquí reunidos, entidades únicas perseguidas también por sus propias pesadillas porque, de algún modo, entrar en la 201 es una costumbre como el morir».
Elton Honores

201
Compliladores: José Donayre y David Roas
Autores: Katya Adaui, Sandro Aguilar, Baltazar Andurriales, Mario Aragón, Giselle Aronson, Luis Artigue, Luis Augusto, Belisa Bartra, Alberto Benza, Ludo Bermejo, Eduardo Berti, Sandra Bianchi, Micky Bolaños, Pablo Brescia, Carlos Calderón Fajardo, Sophie Canal, Leonardo Caparrós, Ernesto Carlín, Alberto Caturla Viladot, Miguel Antonio Chávez, Víctor Lorenzo Cinca, Patricia Colchado, Claudia Cortalezzi, Irma del Águila, Willy del Pozo, Raúl del Valle, Saúl R. Deus, Eva Díaz Riobello, José Donayre, Daniela Dozzo, Esteban Dublín, Christian Elguera, Patricia Esteban Erlés, Cecilia Eudave, Santiago Eximeno, Alina Gadea, Óscar Gallegos, Martín Gardella, Antonio Gazís, Isabel González, Wilson Gorj, José Güich, Fernando Iwasaki, Antonio Jiménez Morato, Rafael Juárez, Luisa Fernanda Lindo, Gonzalo Málaga, Alex Marín, Pablo Martín Sánchez, José María Merino, Cristian Mitelman, Manuel Moyano, Miguel Ángel Muñoz, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Diego Muñoz Valenzuela, Alejandro Neyra, Lucía Noboa, Clara Obligado, Karl Oharak, Ángel Olgoso, Julia Otxoa, Karina Pacheco, Félix J. Palma, Diego Prado, Henry Quintanilla, Salvador Luis, Jorge Ramos Cabezas, Carlos Rengifo, Ricardo Reques, David Roas, Tahiche Rodríguez, Pilar Roselló, Hans Rothgiesser, Miguel Ruiz Effio, María Paz Ruiz Gil, Daniel Salvo, Fernando Sánchez Ortiz, Rubén Sánchez Trigos, Teresa Serván, Ana María Shua, Óscar Sipán, Ricardo Sumalavia, Juan Carlos Townsend, Tanya Tynjälä, Jorge Ureta, Jorge Valenzuela Garcés, Luisa Valenzuela, Miguel Ángel Vallejo, Rony Vásquez, Anca Visdei, Isabel Wageman, Ezequiel Wajncer, Julia Wong, Rodolfo Ybarra, Glauconar Yue, Iban Zaldua, Miguel Ángel Zapata, Julio César Zavala Vega, Lucho Zúñiga
Ediciones Altazor, Lima, 2013.

Espejo circular
A pesar de mi sobrepeso, mi habilidad para descifrar códigos me permitió trabajar en el Departamento de Defensa. Y ahora estoy aquí, cautivo en la habitación 201 para resolver su enigma. Llevo horas dando vueltas a estos tres números y su posible relación con el escueto mobiliario del interior. He agotado la abundante comida y las bebidas del minibar y sólo me viene a la cabeza la canción que aprendí de niño: el uno es un soldado haciendo la instrucción, el dos es un patito que está tomando el sol… A veces la solución está en lo más simple. El cero sólo puede ser el espejo al que se mira el patito para verse como un soldado o viceversa. Oigo ruidos revoloteados en las habitaciones contiguas y cubiertos que entrechocan. ¿Cómo iba a adivinar que no me han traído aquí por mi coeficiente intelectual, por mi cerebro, sino por otra de mis vísceras que aumenta de tamaño por mis únicos vicios? Porque la clave está en el viceversa. Cuando me miro a este espejo circular situado frente a la cama me veo como un pato, entre barrotes metálicos, con el hígado hinchado preparado para ser sacrificado y dar el mejor foie-gras.
Ricardo Reques
Espejo circular. En 201. Colección Átomo de Ediciones Altazor.2013.

Rescatar paisajes del olvido

El viaje-escritura es una arqueología del paisaje; el viajero —el escritor— baja como un arqueólogo a los diferentes estratos de la realidad para leer incluso los signos escondidos debajo de otros signos. Claudio Magris, con estas palabras, sin proponérselo, sin conocerlo, parece describir a la perfección el último libro de Fernando Penco Valenzuela donde, como, hiciera W.G. Sebald, nos muestra su fascinación por la conexión de acontecimientos aparentemente distantes.
Viaje a Tartessos. Desde Andalucía hasta la cuna de la civilización, publicado por la editorial Almuzara, es un ensayo en el que, además de exponer los resultados de una perspicaz investigación, diluye las fronteras del diario de viaje y de la ficción. Está configurado por retazos históricos y mitológicos, por relatos y anécdotas que van surgiendo, a veces sólo por evocación o a partir de conversaciones con personajes peculiares que se cruzan en su camino y provocan ese flujo de memoria. No se puede hablar, por tanto, de un texto orgánico sino fragmentario pero con eso el autor consigue embaucar al lector y hacerlo partícipe del viaje que tanto le apasiona. En este periplo deambula por diferentes horizontes y se detiene a reflexionar en los numerosos escenarios posibles de Tartessos que debió de ubicarse en algún lugar de la geografía del occidente andaluz donde las fecundas tierras fluviales se encuentran con el mar. Aquí el autor vuelve a mostrarnos su habilidad para dar saltos en el tiempo, para navegar por la historia y narrar paisajes en los que se manifiestan las huellas de un pasado que, de un modo u otro, dejaron su impronta en las civilizaciones que le siguieron. De Tartessos hablaban algunos clásicos griegos como Heródoto, —que lo situaba más allá de las columnas de Hércules, allí donde acababa su mundo conocido—, pero son numerosas las referencias en las que Penco Valenzuela indaga para tratar de relacionar episodios de la historia y de la mitología, que, en no pocas ocasiones, perviven en nuestros días. Así, toma el testigo que dejó el arqueólogo y filólogo Adolf Schulten y otros investigadores posteriores y, a través de los textos clásicos, analiza las relaciones comerciales con egipcios y fenicios de este pueblo volcado al mar para reivindicar su influencia en el mundo antiguo.
En esta andadura no sólo se persiguen los vestigios del pasado sino que también se buscan las balizas inasibles que marcan el sendero de la sabiduría. En las descripciones de los paisajes y en los diálogos con los lugareños nos recuerda la sencillez pero también el misterio de aquel Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela. Ese encuentro con la gente es necesario para entender lo que se va descubriendo, para verificar lo que otros han escrito, lo aprendido en diferentes textos. Porque, en ese continuo desvío del orden cronológico, surgen también, como hitos en el camino, numerosos filósofos de todas las épocas y literatos como Keats, Cervantes, Borges, Graves, Homero, Dante o Dostoievski, por citar algunos, que nos presentan el universo narrativo del autor y nos ayudan a entender mejor su particular visión del mundo. De este modo nos encontramos con interrogantes sobre la naturaleza del ser humano, sobre el consumismo inútil, sobre el irreparable daño a la memoria que supone el saqueo de museos en tiempos de guerra, sobre el desgaste gratuito al que sometemos a la naturaleza, en definitiva, sobre la necedad humana que recorre la historia en este movimiento unidireccional que impone el tiempo y que, como decía David Lodge, hace la vida trágica en nuestra perspectiva humana. Como hicieran Sebald, Magris o Pitol, aquí se mezclan la experiencia, los recuerdos de lecturas, las conversaciones sosegadas y la historia. Investigación, viaje y literatura se funden en este volumen y esa es, probablemente, la mejor forma de adentrarse en este laberinto que nos permite intuir un lugar desubicado, perdido en la memoria, explorar los cimientos sobre los que se asienta nuestra cultura y desvelar las posibilidades que han quedado ocultas en el tiempo. Es una metáfora de la odisea personal en la búsqueda de los orígenes de nuestra propia identidad.











Viaje a Tartessos. Desde Andalucía hasta la cuna de la civilización
Fernando Penco Valenzuela

Editorial Almuzara, 2013

Círculos de autodestrucción

Según la teoría física de Hugh Everett el universo se puede desdoblar en distintas posibilidades —similares pero inobservables entre sí— de modo que una acción puntual tiene resultados distintos en dos universos paralelos. Esto ha sido trasladado a la narrativa, por ejemplo, en las historias alternativas que propone Turtledove donde describe acontecimientos históricos que podrían haber sucedido si un hecho memorable se hubiese resuelto de una forma distinta a la que conocemos. Mario Cuenca Sandoval nos hace una propuesta sensiblemente distinta al mostrarnos dos realidades paralelas que en ocasiones se rozan y parecen intercambiar información. Los personajes que habitan estos dos universos son los mismos y, aunque sus biografías cambian notablemente, mantienen inalterable sus conciencias, aquello que les guía su pensamiento y el modo de afrontar la vida. La posibilidad de conectar dos realidades la exploró Bioy Casares desde el género fantástico en La invención de Morel donde el protagonista fugitivo se enamora tan sólo de una imagen proyectada que al principio cree que es real y comprende que, sólo tras su muerte, podrá crearse una proyección de su historia de amor repetida una y otra vez. De forma similar, las historias narradas en Los hemisferios rotan en torno a un amor pasional, una obsesión por recuperar también un amor no vivido donde la muerte es una barrera infranqueable. Pero aquí, al igual que haría Hichcock en Vértigo —película muy presente en la novela y a la que se alude de forma constante en la primera parte— se plantea la posibilidad obsesiva de vivir el amor de una mujer repetidamente en otras mujeres.
En la primera parte —La novela de Gabriel—, dos amigos, Gabriel y Hubert, sufren un accidente en el que se ve implicada, además, una bella mujer desconocida, una mujer —la Primera— de largos y muy pálidos brazos que, según recuerda Hubert, no tenía ombligo. Tras su recuperación hay un distanciamiento de ambos y posteriores encuentros. Pero después de varias décadas de aquel suceso, durante las cuales los protagonistas han construido vidas muy diferentes, Hubert, que es cineasta, propone a Gabriel, escritor y crítico literario, trabajar juntos en un documental sobre tauromaquia a la vez que le pide que cuide de su mujer Carmen, una joven de pelo negro con las piernas más largas del mundo, cuyo parecido a la Primera provoca el delirio de Gabriel. Mientras Carmen vive para planificar secretamente su muerte, Gabriel intenta rescatarla y aprende a leer las cicatrices de su cuerpo, a interpretar el lenguaje de la piel de una mujer indómita que necesita el dolor para sentirse viva. En un segundo plano, quizás más simbólico, Gabriel analiza el ritual taurino, indaga en sus orígenes prehistóricos, en la mitología generada en torno al toro: rituales de muerte y renovación, una dualidad presente en toda la narración, el motor que empuja a los personajes a explorar sus propios límites, a inhalar el polvo naranja de la danteína y asomarse al infierno. Gabriel es prisionero de su memoria, huye de lo nuevo y trata de vivir, una y otra vez, una historia que nunca empezó, bordea el círculo asomado al abismo, hasta llegar al paroxismo y rozar la demencia. 
Alejandra Pizarnik escribió al final de La condesa sangrienta, que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible. Son palabras que podrían servir de epílogo a la segunda parte de Los hemisferios —La novela de Maria Levi— que arranca con una solemnidad visionaria, casi bíblica, y que es narrativamente, si cabe, más arriesgada, más radical. María Levi, narra en primera persona el sentimiento de desconexión entre su cuerpo y su conciencia al ingresar en el Tercer Estado, donde no puede generar nuevos recuerdos ni experimentar nuevos placeres. Acorde a la sensibilidad nostálgica de lo que la protagonista ha perdido la prosa contiene una notable carga poética que trasluce su personalidad impulsiva. Ella y Marianne viajan a la Isla de Mística, un lugar con paisajes implacables, donde se encuentran el fuego volcánico y el frío glaciar, la destrucción y la belleza, el caos y el éxtasis. Aquí se alternan y se mezclan, como en los sueños, los recuerdos de su infancia con los más recientes y trastornados. Recorren acantilados negros, parajes desiertos de un verdor casi artificial, se sumergen en aguas azul turquesa y atraviesan nubes grises y dunas de cenizas en un intento demencial y enfermizo por romper con todo lo anterior. Retiran gradualmente sus identidades, entre cráteres volcánicos por los que se escapa la vida y cataratas espumosas que atrapan su pasado, con el propósito de alcanzar su purificación. En esta huida ciega les persigue El Traductor, que trae consigo fantasmas empeñados en seguir dialogando con la protagonista. Como en los cuentos de Lovecraft sólo es posible apaciguar la ira de la montaña con sacrificios humanos. Poco a poco, entre ambas partes, que funcionan como novelas independientes, se van desvelando paralelismos, historias coincidentes, caminos que se cortan, personajes que parecen asomarse a un pozo profundo en el que perciben sombras de su reflejo. Algunos sucesos cíclicos cobran un significado distinto, proponen nuevas y sugerentes lecturas de todo lo anterior y aportan información con la que poder rellenar los huecos dejados.
El cine, la literatura, el arte y la filosofía están muy presentes en estas páginas. Además de las repetidas alusiones a Vértigo —con extensas citas del análisis que hace Eugenio Trias—, se hace referencia a películas como La palabra, 2001 una odisea del espacio o Fahrenheit 451, entre otras. De igual forma hay un largo elenco de referencias a la literatura con obras y autores que se repiten y toman un peso significativo dentro de la narración como Cortázar, Orwell o Verne. No en vano, con la literatura Gabriel apuntala sus pensamientos y, al igual que le ocurriera a Montano —el personaje de Vila-Matas—se reconoce un enfermo de cultura. Los apacibles paisajes que aparecen en las imágenes intercaladas en el texto contrastan poderosamente con lo narrado y en los personajes se produce un antagonismo entre su admiración sin paliativos de la belleza natural —en la que buscan equilibrio, tranquilidad y sosiego— y el desprecio por su propio cuerpo y hasta por su propia existencia o la de los que les rodean. Hay un acercamiento a la herencia romántica de una concepción próxima a lo religioso con numerosos símbolos espirituales (el viaje de huida, los tatuajes en el cuerpo, la resistencia al dolor para liberar energía, el ascenso y descenso a las montañas…). La novela plantea interrogantes sobre nuestra naturaleza, sobre una sociedad que traza su rumbo con decisiones injustificadas, sobre nuestra extrañeza ante un mundo que, a pesar de la ciencia y la filosofía, sigue siendo incomprendido. Los personajes de Cuenca Sandoval se asoman a los círculos concéntricos del infierno y nos proponen preguntas de gran calado ético, invitándonos, no sólo a reflexionar sobre ellas, sino que —como argumentaba Wittgenstein al hablar del valor filosófico de la literatura—, contribuyen activamente a la reflexión misma.












Los hemisferios
Mario Cuenca Sandoval

Seix Barral, 2014

Abismos del pasado

El océano en Galicia nunca está en silencio y el viento, como en los cuentos de Lovecraft, aúlla misterioso. Marcos Fontana es un escritor de Barcelona que emprende un viaje por la costa norte de Galicia para recorrer los faros, desde Estaca de Bares hasta Fisterra, y escribir por encargo sobre ellos. Es un viaje que inicia con cierto desánimo, en el que el reflujo del mar le empuja a recordar su infancia, a redescubrir los rincones en los que ha pasado repetidamente sus vacaciones estivales. El azar juega un papel relevante en su periplo. En la primera parte, dedicada al viaje propiamente dicho, el protagonista está acompañado por Fiz, un escarabajo rinoceronte de mirada inquisitiva. En cada parada el narrador se maravilla del paisaje, de la fuerza del mar frente a la fragilidad humana y reflexiona sobre la estupidez del hombre que contamina y destruye insensiblemente aquellos espacios únicos observados desde hace miles de años por los dólmenes ubicados en lugares estratégicos. La lluvia —el inevitable orvallar— y la niebla acompañan al viajero, igual que el sonido de las gaviotas o la imagen de los cormoranes pescando. La historia, los mitos y la gastronomía del territorio que recorre quedan reflejados en estas páginas con multitud de guiños al cine y a la literatura fantástica, donde no faltan sorpresas cargadas de humor y una constante actitud cínica. 
Los faros, como en un cuento de Bradbury, también atraen a los monstruos ocultos tras la niebla. En la segunda parte, después de acudir al funeral de un familiar, el protagonista decide quedarse en una casa que conoce desde niño y que ahora pertenece a su prima. Su intención es terminar de escribir allí el libro pero ahora es la curiosidad la que le lleva a embarcarse en un nuevo viaje, esta vez hacia su propio pasado, para recuperar una memoria familiar envuelta por el horror que trajo la Guerra Civil. Fontana mira al pueblo de Ares con extrañeza, con un barniz de irrealidad, explora las costumbres y el comportamiento de la gente en los largos momentos de procrastinación animados con orujo. Las pozas que se forman junto al mar, con camarones y anémonas que mecen sus tentáculos, pueden ser ventanas a las que asomarse para rememorar una infancia casi olvidada. Entre unas cajas llenas de trastos viejos encuentra fotografías y un diario de su abuelo fascista que hacen regresar a los fantasmas. La confirmación de haber tenido un abuelo tan alejado de sus convicciones éticas y políticas le sirve para indagar en sus orígenes y muestra su repulsa al adoctrinamiento y la sinrazón. Intenta quizás evitar la desmemoria y sacar de su cabeza espectros de su pasado que le perturban. Pero además, en un juego metaliterario, nos muestra los conflictos del escritor con su propia obra y hace una lúcida crítica contra la literatura de la mediocridad.











La estrategia del koala
David Roas

Editorial Candaya, 2013

Lovecraft, La Nave Blanca

La Nave Blanca
Soy Basil Elton, guardián del faro de Punta Norte, que mi padre y mi abuelo cuidaron antes que yo. Lejos de la costa, la torre gris del faro se alza sobre rocas hundidas y cubiertas de limo que emergen al bajar la marea y se vuelven invisibles cuando sube. Por delante de ese faro, pasan desde hace un siglo las naves majestuosas de los siete mares. En los tiempos de mi abuelo eran muchas; en los de mi padre, no tantas; hoy, son tan pocas que a veces me siento extrañamente solo, como si fuese el último hombre de nuestro planeta.
De lejanas costas venían aquellas embarcaciones de blanco velamen, de lejanas costas de Oriente, donde brillan cálidos soles y perduran dulces fragancias en extraños jardines y alegres templos. Los viejos capitanes del mar visitaban a menudo a mi abuelo y le hablaban de estas cosas, que él contaba a su vez a mi padre, y mi padre a mí, en las largas noches de otoño, cuando el viento del este aullaba misterioso. Luego, leí más cosas de estas, y de otras muchas, en libros que me regalaron los hombres cuando aún era niño y me entusiasmaba lo prodigioso.
Pero más prodigioso que el saber de los viejos y de los libros es el saber secreto del océano. Azul, verde, gris, blanco o negro; tranquilo, agitado o montañoso, ese océano nunca está en silencio. Toda mi vida lo he observado y escuchado, y lo conozco bien. Al principio, sólo me contaba sencillas historias de playas serenas y puertos minúsculos; pero con los años se volvió más amigo y habló de otras cosas; de cosas más extrañas, más lejanas en el espacio y en el tiempo. A veces, al atardecer, los grises vapores del horizonte se han abierto para concederme visiones fugaces de las rutas que hay más allá; otras, por la noche, las profundas aguas del mar se han vuelto claras y fosforescentes, y me han permitido vislumbrar las rutas que hay debajo. Y estas visiones eran tanto de las rutas que existieron o pudieron existir, como de las que existen aún; porque el océano es más antiguo que las montañas, y transporta los recuerdos y los sueños del Tiempo.
La Nave Blanca solía venir del sur, cuando había luna llena y se encontraba muy alta en el cielo. Venía del sur, y se deslizaba serena y silenciosa sobre el mar. Y ya estuvieran las aguas tranquilas o encrespadas, ya fuese el viento contrario o favorable, se deslizaba, serena y silenciosa, con su velamen distante y su larga, extraña fila de remos, de rítmico movimiento. Una noche divisé a un hombre en la cubierta, muy ataviado y con barba, que parecía hacerme señas para que embarcase con él, rumbo a costas desconocidas. Después, lo vi muchas veces más, bajo la luna llena, haciéndome siempre las mismas señas.
La luna brillaba en todo su esplendor la noche en que respondí a su llamada, y recorrí el puente que los rayos de la luna trazaban sobre las aguas, hasta la Nave Blanca. El hombre que me había llamado pronunció unas palabras de bienvenida en una lengua suave que yo parecía conocer, y las horas se llenaron con las dulces canciones de los remeros mientras nos alejábamos en silencioso rumbo al sur misterioso que aquella luna llena y tierna doraba con su esplendor.
Y cuando amaneció el día, sonrosado y luminoso, contemplé el verde litoral de unas tierras lejanas, hermosas, radiantes, desconocidas para mí. Desde el mar se elevaban orgullosas terrazas de verdor, salpicadas de árboles, entre los que asomaban, aquí y allá, los centelleantes tejados y las blancas columnatas de unos templos extraños. Cuando nos acercábamos a la costa exuberante, el hombre barbado habló de esa tierra, la tierra de Zar, donde moran los sueños y pensamientos bellos que visitan a los hombres una vez y luego son olvidados. Y cuando me volví una vez más a contemplar las terrazas, comprobé que era cierto lo que decía, pues entre las visiones que tenía ante mí había muchas cosas que yo había vislumbrado entre las brumas que se extienden más allá del horizonte y en las profundidades fosforescentes del océano. Había también formas y fantasías más espléndidas que ninguna de cuantas yo había conocido; visiones de jóvenes poetas que murieron en la indigencia, antes de que el mundo supiese lo que ellos habían visto y soñado. Pero no pusimos el pie en los prados inclinados de Zar, pues se dice que aquel que se atreva a hollarlos quizá no regrese jamás a su costa natal.
Cuando la Nave Blanca se alejaba en silencio de Zar y de sus terrazas pobladas de templos, avistamos en el lejano horizonte las agujas de una importante ciudad; y me dijo el hombre barbado:
-Aquélla es Talarión, la Ciudad de las Mil Maravillas, donde moran todos aquellos misterios que el hombre ha intentado inútilmente desentrañar.
Miré otra vez, desde más cerca, y vi que era la mayor ciudad de cuantas yo había conocido o soñado. Las agujas de sus templos se perdían en el cielo, de forma que nadie alcanzaba a ver sus extremos; y mucho más allá del horizonte se extendían las murallas grises y terribles, por encima de las cuales asomaban tan sólo algunos tejados misteriosos y siniestros, ornados con ricos frisos y atractivas esculturas. Sentí un deseo ferviente de entrar en esta ciudad fascinante y repelente a la vez, y supliqué al hombre barbado que me desembarcase en el muelle, junto a la enorme puerta esculpida de Akariel; pero se negó con afabilidad a satisfacer mi deseo, diciendo:
-Muchos son los que han entrado a Talarión, la ciudad de las Mil Maravillas; pero ninguno ha regresado. Por ella pululan tan sólo demonios y locas entidades que ya no son humanas, y sus calles están blancas con los huesos de los que han visto el espectro de Lathi, que reina sobre la ciudad.
Así, la Nave Blanca reemprendió su viaje, dejando atrás las murallas de Talarión; y durante muchos días siguió a un pájaro que volaba hacia el sur, cuyo brillante plumaje rivalizaba con el cielo del que había surgido.
Después llegamos a una costa plácida y riente, donde abundaban las flores de todos los matices y en la que, hasta donde alcanzaba la vista, encantadoras arboledas y radiantes cenadores se caldeaban bajo un sol meridional. De unos emparrados que no llegábamos a ver brotaban canciones y fragmentos de lírica armonía salpicados de risas ligeras, tan deliciosas, que exhorté a los remeros a que se esforzasen aún más, en mis ansias por llegar a aquel lugar. El hombre barbado no dijo nada, pero me miró largamente, mientras nos acercábamos a la orilla bordeada de lirios. De repente, sopló un viento por encima de los prados floridos y los bosques frondosos, y trajo una fragancia que me hizo temblar. Pero aumentó el viento, y la atmósfera se llenó de hedor a muerte, a corrupción, a ciudades asoladas por la peste y a cementerios exhumados. Y mientras nos alejábamos desesperadamente de aquella costa maldita, el hombre barbado habló al fin, y dijo:
-Ese es Xura, el País de los Placeres Inalcanzados.
Así, una vez más, la Nave Blanca siguió al pájaro del cielo por mares venturosos y cálidos, impelida por brisas fragantes y acariciadoras. Navegamos día tras día y noche tras noche; y cuando surgió la luna llena, dulce como aquella noche lejana en que abandonamos mi tierra natal, escuchamos las suaves canciones de los remeros. Y al fin anclamos, a la luz de la luna, en el puerto de Sona-Nyl, que está protegido por los promontorios gemelos de cristal que emergen del mar y se unen formando un arco esplendoroso. Era el País de la Fantasía, y bajamos a la costa verdeante por un puente dorado que tendieron los rayos de la luna.
En el país de Sona-Nyl no existen el tiempo ni el espacio, el sufrimiento ni la muerte; allí habité durante muchos evos. Verdes son las arboledas y los pastos, vivas y fragantes las flores, azules y musicales los arroyos, claras y frescas las fuentes, majestuosos e imponentes los templos y castillos y ciudades de Sona-Nyl. No hay fronteras en esas tierras, pues más allá de cada hermosa perspectiva se alza otra más bella. Por los campos, por las espléndidas ciudades, andan las gentes felices y a su antojo, todas ellas dotadas de una gracia sin merma y de una dicha inmaculada. Durante los evos en que habité en esa tierra, vagué feliz por jardines donde asoman singulares pagodas entre gratos macizos de arbustos, y donde los blancos paseos están bordeados de flores delicadas. Subí a lo alto de onduladas colinas, desde cuyas cimas pude admirar encantadores y bellos panoramas, con pueblos apiñados y cobijados en el regazo de valles verdeantes y ciudades de doradas y gigantescas cúpulas brillando en el horizonte infinitamente lejano. Y bajo la luz de la luna contemplé el mar centelleante, los promontorios de cristal, y el puerto apacible en el que permanecía anclada la Nave Blanca.
Una noche del memorable año de Tharp, vi recortada contra la luna llena la silueta del pájaro celestial que me llamaba, y sentí las primeras agitaciones de inquietud. Entonces hablé con el hombre barbado, y le hablé de mis nuevas ansias de partir hacia la remota Cathuria, que no ha visto hombre alguno, aunque todos la creen más allá de las columnas basálticas de Occidente. Es el País de la Esperanza: en ella resplandecen las ideas perfectas de cuanto conocemos; al menos así lo pregonan los hombres. Pero el hombre barbado me dijo:
-Cuídate de esos mares peligrosos, donde los hombres dicen que se encuentra Cathuria. En Sona-Nyl no existe el dolor ni la muerte; pero, ¿quién sabe qué hay más allá de las columnas basálticas de Occidente?
Al siguiente plenilunio, no obstante, embarqué en la Nave Blanca, y abandoné con el renuente hombre barbado el puerto feliz, rumbo a mares inexplorados.
Y el pájaro celestial nos precedió con su vuelo, y nos llevó hacia las columnas basálticas de Occidente; pero esta vez los remeros no cantaron dulces canciones bajo la luna llena. En mi imaginación, me representaba a menudo el desconocido país de Cathuria con espléndidas florestas y palacios, y me preguntaba qué nuevas delicias me aguardarían. "Cathuria", me decía, "es la morada de los dioses y el país de innumerables ciudades de oro. Sus bosques son de aloe y de sándalo, igual que los de Camorin; y entre sus árboles trinan alegres y entonan sus cantos amables los pájaros; en las verdes y floridas montañas de Cathuria se elevan templos de mármol rosa, ricos en bellezas pintadas y esculpidas, con frescas fuentes argentinas en sus patios, donde gorgotean con música encantadora las fragantes aguas del río Narg, nacido en una gruta. Las ciudades de Cathuria tienen un cerco de murallas doradas, y sus pavimentos son de oro también. En los jardines de estas ciudades hay extrañas orquídeas y lagos perfumados cuyos lechos son de coral y de ámbar. Por la noche, las calles y los jardines se iluminan con alegres linternas, confeccionadas con las conchas tricolores de las tortugas, y resuenan las suaves notas del cantor y el tañedor de laúd. Y las casas de las ciudades de Cathuria son todas palacios, construidos junto a un fragante canal que lleva las aguas del sagrado Narg. De mármol y de pórfido son las casas; y sus techumbres, de centelleante oro, reflejan los rayos del sol y realzan el esplendor de las ciudades que los dioses bienaventurados contemplan desde lejanos picos. Lo más maravilloso es el palacio del gran monarca Dorieb, de quien dicen algunos que es un semidiós y otros que es un dios. Alto es el palacio de Dorieb, y muchas son las torres de mármol que se alzan sobre las murallas. En sus grandes salones se reúnen multitudes, y es aquí donde cuelgan trofeos de todas las épocas. Su techumbre es de oro puro, y está sostenida por altos pilares de rubí y de azur donde hay esculpidas tales figuras de dioses y de héroes, que aquel que las mira a esas alturas cree estar contemplando el olimpo viviente. Y el suelo del palacio es de cristal, y bajo él manan, ingeniosamente iluminadas, las aguas del Narg, alegres y con peces de vivos colores desconocidos más allá de los confines de la encantadora Cathuria".
Así hablaba conmigo mismo de Cathuria, pero el hombre barbado me aconsejaba siempre que regresara a las costas bienaventuradas de Sona-Nyl; pues Sona-Nyl es conocida de los hombres, mientras que en Cathuria jamás ha entrado nadie.
Y cuando hizo treinta y un días que seguíamos al pájaro, avistamos las columnas basálticas de Occidente. Una niebla las envolvía, de forma que nadie podía escrutar más allá, ni ver sus cumbres, por lo cual dicen algunos que llegan a los cielos. Y el hombre barbado me suplicó nuevamente que volviese, aunque no lo escuché; porque, procedentes de las brumas más allá de las columnas de basalto, me pareció oír notas de cantones y tañedores de laúd, más dulces que las más dulces canciones de Sona-Nyl, y que cantaban mis propias alabanzas; las alabanzas de aquél que venía de la luna llena y moraba en el País de la Ilusión. Y la Nave Blanca siguió navegando hacia aquellos sones melodiosos, y se adentró en la bruma que reinaba entre las columnas basálticas de Occidente. Y cuando cesó la música y levantó la niebla, no vimos la tierra de Cathuria, sino un mar impetuoso, en medio del cual nuestra impotente embarcación se dirigía hacia alguna meta desconocida. Poco después nos llegó el tronar lejano de alguna cascada, y ante nuestros ojos apareció, en el horizonte, la titánica espuma de una catarata monstruosa, en la que los océanos del mundo se precipitaban hacia un abismo de nihilidad. Entonces, el hombre barbado me dijo con lágrimas en las mejillas:
-Hemos despreciado el hermoso país de Sona-Nyl, que jamás volveremos a contemplar. Los dioses son más grandes que los hombres, y han vencido.
Yo cerré los ojos ante la caída inminente, y dejé de ver al pájaro celestial que agitaba con burla sus alas azules sobrevolando el borde del torrente.
El choque nos precipitó en la negrura, y oí gritos de hombres y de seres que no eran hombres. Se levantaron los vientos impetuosos del Este, y el frío me traspasó, agachado sobre la losa húmeda que se había alzado bajo mis pies. Luego oí otro estallido, abrí los ojos y vi que estaba en la plataforma de la torre del faro, de donde había partido hacía tantos evos. Abajo, en la oscuridad, se distinguía la silueta borrosa y enorme de una nave destrozándose contra las rocas crueles; y al asomarme a la negrura descubrí que el faro se había apagado por primera vez desde que mi abuelo asumiera su cuidado.
Y cuando entré en la torre, en la última guardia de la noche, vi en la pared un calendario: aún estaba tal como yo lo había dejado, en el momento de partir. Por la mañana, bajé de la torre y busqué los restos del naufragio entre las rocas; pero sólo encontré un extraño pájaro muerto, cuyo plumaje era azul como el cielo, y un mástil destrozado, más blanco que el penacho de las olas y la nieve de los montes.
Después, el mar no ha vuelto a contarme sus secretos, y aunque la luna ha iluminado los cielos muchas veces desde entonces con todo su esplendor, la Nave Blanca del sur no ha vuelto jamás.
H.P. Lovecraft, La Nave Blanca


H.P. Lovecraft

Juegos sobre el tablero

Duchamp cuando pintó Retrato de jugadores de ajedrez utilizó técnicas cubistas para intentar reflejar, de algún modo, los complejos mecanismos mentales que exige el juego a los oponentes. Sentados, frente a frente, los contrincantes buscan, encuentran, engañan, desconfían, provocan e intentan alcanzar una misma meta final. Esta tensión está también presente en la novela de Juan Soto Ivars titulada Ajedrez para un detective novato que le ha servido para ganar el XVIII Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla. El resultado en Duchamp fue una imagen deformada alejada de la mirada habitual, algo similar a la visión sarcástica y casi grotesca de la sociedad que nos muestra Soto Ivars. La novela, estructurada en dos partes, es narrada por el protagonista, un joven que escribe novelas policiacas para un autor de éxito y que, tras un episodio escabroso, se convierte en el aprendiz de Marcos Lapiedra, un afamado detective que utiliza unos métodos muy particulares para resolver sus casos. La primera parte recuerda la tradición literaria de la picaresca del aprendiz respecto al maestro. Los progresos que, cada mañana, el protagonista hace frente a Lapiedra sobre el tablero de ajedrez, son un reflejo fiel de sus avances en su instrucción como detective donde aprende, entre otras cosas, una peculiar forma de interrogar o las técnicas más sofisticadas del disfraz. En la segunda parte asistimos a la decadencia física y al declive existencial de su maestro mientras tratan de resolver un macabro caso de un estrangulador de mujeres. De forma paralela el protagonista vive una relación con una ninfómana menor que, al principio, es una obsesión perturbadora que obstaculiza sus metas laborales pero, con el paso del tiempo, se relativiza y su atracción se convierte en amor y cierta ternura. En el texto hay sugerentes y continuas provocaciones en lo literario, lo cinematográfico, lo político, lo religioso o lo ético. Se nos presenta un escenario en una ciudad lúgubre, decadente, violenta y gris donde no faltan mutantes que viven en el subsuelo, un monstruo marino que mira con su ojo desmesurado o engendros biónicos perfectamente ensamblados. Los personajes utilizan la literatura para entender mejor el mundo, el miedo, las angustias, el comportamiento de mujeres malvadas. Hay diálogos fluidos e inteligentes, pasajes indecorosos y una actitud cínica de los personajes en un equilibrio bien conseguido. En una entrevista de Pierre Cabanne, Duchamp confesaba que el origen del cuadro arriba mencionado nació de su desconfianza contra lo sistemático, como negación a aceptar las fórmulas establecidas. Esta misma actitud inconformista e irreverente, pero también muy divertida, se puede encontrar en el juego literario que nos propone esta novela.












Ajedrez para un detective novato
Juan Soto Ivars

Algaida Editores, 2013

Viajes sin retorno

E.M. Foster decía que sólo hay dos tramas en todas las obras de ficción: alguien que va de viaje o un extraño llega a la ciudad. En muchos de estos relatos el viaje es una decisión vital para los personajes —que habitan diferentes países y distintas épocas— y son los lazos familiares los que deciden su trayectoria. Sergi Bellver alterna variados estilos y utiliza formalmente diversos registros en esta colección de cuentos reunidos bajo el título Agua dura. Nada como el fluir del agua explica mejor el viaje sin retorno. Pero el agua, tras su cortina de belleza y su rumor poético, también desgasta, a veces destruye, arrastra lo que encuentra de forma violenta y nos amenaza. Estos doce cuentos nos muestran esa doble naturaleza que también esconden los seres humanos, el amor y la violencia, el rencor y la condescendencia; conductas que surgen, a veces, sin que los propios protagonistas lleguen a comprenderlas. El libro se estructura en tres partes. En los tres magníficos relatos que lo abren hay fantasmas del pasado que vienen a perturbar el presente de los personajes a los que les unen un parentesco muy próximo. En el primero, una herencia maldita reúne a dos hermanos casi desconocidos y despierta el instinto de protección del mayor hacia su hermana pequeña. Koen es un niño triste que protagoniza el segundo de los relatos, pero es también su hermano desaparecido; Koen vino al mundo para llenar el vació que dejó su hermano Koen, un juego de espejos macabro en el que el peso del recuerdo empuja a sus padres al abismo. En el tercero, Sarah y su primo, el narrador, deambulan por carreteras cercanas a Sáo Paulo en busca de venganza por una infancia robada y una familia rota por la crueldad de un médico nazi. La segunda parte del libro, la constituyen seis relatos en los que el autor hace una crítica abierta a la crisis de valores y en los que los personajes se interrogan constantemente sobre su papel en la vida. La amenaza del terrorismo internacional sigue vigente y también la manipulación de la información de los gobiernos; distintas especies de animales invaden museos repartidos por todo el mundo; Rhoda, con miedo y rabia lucha contra la desazón de una crisis impuesta; un okupa entiende que la protección de la manada en un instinto fuerte de supervivencia; los forenses encuentran vestigios de vida entre los cadáveres; en una carta a su amada Irina, Sasha confiesa su nueva y lujosa vida desde que forma parte de la mafia rusa. Se cierra el libro con otros tres relatos más narrativos en los que los ambientes hacen más patente el desamparo de los personajes. Un jabalí que sale de su bosque es el reflejo de la conducta también excéntrica del protagonista inadaptado. Dos culturistas se enfrentan a un duelo continuo donde ponen de manifiesto dos modos diferentes de entender la vida. En el último de los relatos, uno de los más recomendables, el protagonista viaja a Reikiavik, una ciudad blanquecina y dispersa, para recoger las cenizas de su hermano pequeño. Aquí se cierra el círculo, los lazos de la familia vuelven a vertebrar la historia y se pone en evidencia las renuncias y los anhelos en un viaje íntimo e introspectivo paralelo al viaje físico.
En los cuentos de Bellver podemos ver la Influencia explícita de Cortázar, Faulkner o de Joseph Conrad, entre otros. En algunos relatos la crítica factual, la denuncia, se articula con la ficción dejando espacios vacíos, contando lo imprescindible para que sea el lector quien los llene. En estas páginas los paisajes y los entornos toman notoriedad y el lector viajará por escenarios concretos de Brasil, Holanda, Reino Unido, Rusia o Islandia pero también por territorios desubicados en el mapa. Lo fantástico, el terror, el mal y la crueldad, arraigados en el hombre, se muestran en estos personajes para indagar en sus contradicciones y en el enfrentamiento de sus emociones antagónicas.












Agua dura
Sergi Bellver

Ediciones del Viento, 2013
Publicado en Cuadernos del Sur el 1 de febrero de 2014

George Saunders, Palos

Palos
Cada año, la noche de Acción de Gracias, seguíamos todos a Padre en procesión mientras él iba arrastrando el traje de Santa hasta la carretera para después apuntalarlo sobre una especie de crucifijo que había construido con un poste de metal en el jardín. Durante la semana de la Super Bowl el poste se vestía con el casco de Rod y con un jersey, y Rod tenía que vérselas con Padre si quería descolgar el casco. El Cuatro de Julio el poste era el Tío Sam, en el Día de los Veteranos de Guerra, un soldado, en Halloween, un fantasma. El poste era la única concesión de Padre a la alegría. Se nos permitía coger un solo Plastidecor de la caja cada vez. En Nochebuena le gritó a Kimmie por desperdiciar una rodaja de manzana. Aleteaba por encima de nosotros mientras vertíamos el kétchup, y decía: «Ya está bien, ya está bien, ya está bien». Los cumpleaños se celebraban con magdalenas, no con helado. La primera vez que traje una chica a casa me dijo: «¿Qué tiene tu padre con ese palo?». Y yo me quedé allí sentado, parpadeando.
Nos fuimos de casa, nos casamos, tuvimos nuestros propios hijos, descubrimos que la simiente avara germinaba también en nosotros. Padre empezó a revestir el poste con más complejidad y con una lógica menos discernible. El Día de la Marmota lo cubrió con una especie de abrigo de piel y colocó un foco para garantizar que hiciera sombra. Cuando un terremoto azotó Chile, tendió el poste en el suelo y pintó una serie de fallas a su alrededor con aerosol. Murió Madre y vistió el poste como la Muerte y colgó del travesaño fotos de cuando Madre era un bebé. Pasábamos a visitarlo y descubríamos extraños fetiches de su juventud colocados alrededor de la base: medallas del ejército, entradas de teatro, viejos jerséis, tubos de maquillaje de Madre. Hubo un otoño que pintó el poste de amarillo chillón. Aquel invierno lo cubrió de hisopos de algodón para darle abrigo y le dio al poste retoños clavando por el patio seis estaquitas con sus correspondientes travesaños de palo. Tendió cordel entre el poste y los palos y fijó con cinta adhesiva cartas de perdón, reconocimientos de culpa, súplicas para ser comprendido, todo escrito con una letra desquiciada sobre tarjetas de cartulina. Escribió en un cartel la palabra «AMOR»y lo colgó del poste y pintó otro que decía «¿PERDÓN?», y luego murió en el pasillo con la radio puesta y vendimos la casa a una pareja de jóvenes que desclavaron el poste de un tirón y lo dejaron junto a la carretera para que lo recogiera el camión de la basura.
George Saunders, Palos (Diez de diciembre, 2013)












Diez de diciembre
George Saunders
Traducción: Ben Clark
Ediciones Alfabia, 2013





Sticks
Every year Thanksgiving night we flocked out behind Dad as he dragged the Santa suit to the road and draped it over a kind of crucifix he'd built out of metal pole in the yard. Super Bowl week the pole was dressed in a jersey and Rod's helmet and Rod had to clear it with Dad if he wanted to take the helmet off. On the Fourth of July the pole was Uncle Sam, on Veteran’s Day a soldier, on Halloween a ghost. The pole was Dad's only concession to glee. We were allowed a single Crayola from the box at a time. One Christmas Eve he shrieked at Kimmie for wasting an apple slice. He hovered over us as we poured ketchup saying: good enough good enough good enough. Birthday parties consisted of cupcakes, no ice cream. The first time I brought a date over she said: what's with your dad and that pole? and I sat there blinking.
We left home, married, had children of our own, found the seeds of meanness blooming also within us. Dad began dressing the pole with more complexity and less discernible logic. He draped some kind of fur over it on Groundhog Day and lugged out a floodlight to ensure a shadow. When an earthquake struck Chile he lay the pole on its side and spray painted a rift in the earth. Mom died and he dressed the pole as Death and hung from the crossbar photos of Mom as a baby. We'd stop by and find odd talismans from his youth arranged around the base: army medals, theater tickets, old sweatshirts, tubes of Mom's makeup. One autumn he painted the pole bright yellow. He covered it with cotton swabs that winter for warmth and provided offspring by hammering in six crossed sticks around the yard. He ran lengths of string between the pole and the sticks, and taped to the string letters of apology, admissions of error, pleas for understanding, all written in a frantic hand on index cards. He painted a sign saying LOVE and hung it from the pole and another that said FORGIVE? and then he died in the hall with the radio on and we sold the house to a young couple who yanked out the pole and the sticks and left them by the road on garbage day.
George Saunders, Sticks

Enrique Vila-Matas, Monólogo del Café Sport

Monólogo del Café Sport   
Verá usted, yo estaba enfermo de literatura, lo mío era grave y alarmante, leía el mundo como si fuera la prolongación de un interminable texto literario, estaba impregnado de literatura, hablaba en libro. No desdeñaba como carne literaria prácticamente nada, es decir, estaba condenado a fijarme en todo: en las lágrimas de la viuda, pero también en sus piernas enloquecedoras, en la mosca que se posaba en la nariz de la carnicera, en la mágica luz que invade las ciudades en el instante final del atardecer. Era un fastidio porque no es que me interesara la literatura, no es que sintiera cierta atracción por ella, no, es que yo era literatura.
Estaba muy enfermo de literatura y para colmo, en un intento de curarme un poco, no tuve mejor idea que visitar a mi hijo Rodolfo, ágrafo trágico en Nantes. Fui con el propósito de viajar y airearme un poco, de tratar de huir de mi enfermedad y, de paso, echarle una mano a mi hijo, que llevaba una temporada muy rara, pasaba por momentos delicados pues, tras publicar su peligrosa novela sobre el enigmático caso de los escritores que renuncian a escribir, había quedado atrapado en las redes de su propia ficción y se había convertido en un escritor que, pese a su compulsiva tendencia a la escritura, había quedado totalmente bloqueado, paralizado, ágrafo trágico en Nantes.
Fui a verle con la intención de ayudarle, viajé a Nantes sin escuchar a su madre, que me había dicho que visitar precisamente al heredero de todas mis neurosis era lo menos indicado para intentar salir de mi enfermedad. Rosa, mi mujer, tenía toda la razón. En Nantes no me encontré más que con otro enfermo de literatura. Y no sólo eso. Desde el primer momento Rodolfito, que en el fondo me ha odiado siempre, intentó contagiarme sus neurosis, y es más –tardé en saberlo pero en cuanto lo descubrí quedé aterrado–, intentó matarme de una sobredosis de literatura.
Regresé a mi casa de Barcelona antes de que Rodolfito cavara mi tumba. Y en los días que siguieron me dediqué, con un grandísimo pero sin duda efectivo esfuerzo, a no pensar en nada que me remitiera a la literatura. Verá usted, pasó entonces algo horrible. Comencé a pensar sólo en la muerte, me pasaba horas enteras pensando en ella. A eso me condujo eludir a la literatura. Incluso cuando dormía pensaba en la muerte. Lloraba en sueños y luego despertaba y le decía a Rosa que no había sido nada, de verdad, sólo un sueño o algo parecido, no ha sido nada. Pero no era un sueño, no era una pesadilla, era una voz lúgubre, la Voz que hasta de noche me rondaba y me decía que iba a morir y que ya faltaba poco. Me despertaba de noche y, tras decirle a Rosa que no era nada, iba a la cocina a beber algo, cualquier cosa con alcohol, y hasta la cocina me seguía mi mujer que, en cuanto me cazaba con una botella de algo; me decía que yo estaba fatal y que de aquella forma no podía continuar y que quizás sería mejor que hiciéramos los dos algún viaje, a ver si podía olvidarme de la muerte, aunque fuera a costa de volver a pensar en la literatura. Y un día ella apareció con dos billetes para las islas Azores.
Y aquí estoy yo ahora, ya ve usted, en la isla de Faial, en las Azores, en este encantador Café Sport. Quisiera preguntarle si le interesa la literatura, pero no voy a hacerlo. Tampoco voy a preguntarle por el hombre más feo del mundo, por el feo Tongoy, seguramente no le conoce. Sólo quiero que sepa que el feo Tongoy ayer me cambió la vida, en este bar, en el Café Sport. Seguramente usted no conoce a Tongoy, llegó a esta isla como mi mujer y yo, el pasado viernes. Seguramente no ha hablado con él, pero quizás le haya visto, y si lo ha visto no creo que haya podido olvidarlo, porque es el vivo retrato de Drácula, es el hombre más feo del mundo.
Tongoy es de origen chileno, pero también polaco. Es actor, vive en París desde hace medio siglo, procede de una familia de judíos polacos que emigraron a Chile y se instalaron en San Felipe, una pequeña población de ese país. En realidad, él se llama Felipe Schulz, pero su nombre artístico es Felipe Tongoy. Últimamente se ha hecho famoso en Francia por una película en la que interpreta a un siniestro viejo que se dedica a raptar niños. Y en su momento, hace ya bastantes años, fue también algo famoso porque hizo de hombre-libélula en una película de Fellini. Pero no, ya veo que usted no ha visto nunca a Tongoy, ni siquiera en el cine. Yo le vi ayer aquí, en este bar. Rosa se había quedado en el hotel y yo hice una escapada consentida y no sé cómo fue que entablé conversación con él. En escasos minutos se estableció entre los dos una relación de gran confianza, de pronto era como si nos conociéramos de toda la vida. Nos cogimos tan gran confianza que a los pocos minutos yo me atreví a preguntarle en qué momento de su vida había descubierto que era feo.
Pues mira, me dijo Tongoy, yo tenía unos siete años y fui de excursión con mi familia. Con nosotros iba Olga, una amiga de mi madre. Olga estaba embarazada y, en un momento dado, tras una larga y extraña discusión, acabó preguntándole a mi madre: « ¿Tú crees que mi bebé sacará la leche de mi sangre?». Al oír esto, le dije a Olga en mi lenguaje de niño: « ¿Pero cómo puedes ser tan tonta?». Ella entonces me miró con rabia y me dijo: «Dios mío, ¿cómo puedes ser tan malo y tan feo?». Cuando volvimos a casa, le pregunté a mi madre si era verdad que yo era feo. Me dijo: «Sólo en Chile». En ese preciso instante me juré que algún día tendría el mundo a mis pies.
Tongoy es fantástico. Una vez, cuando era joven, una chica se enamoró de él. Ella iba a comprar a una tienda que estaba situada en el mismo subterráneo donde él vivía. No había luz. La chica llegó a perseguirle. Tongoy le explicó que su entusiasmo se debía a un efecto de luz, que no había que ser tan literaria en la vida y que si supiera que a él le gustaban los hombres se moriría. Así cortó de raíz el sentimiento que había nacido en ella.
Tongoy piensa que esa chica era maravillosa, una gran persona, y que en general las historias de amor no son historias sexuales, son historias de ternura. Tongoy piensa que la gente no entiende eso, o no quiere entenderlo. Tongoy, ayer al atardecer, aquí mismo donde estamos usted y yo ahora hablando, me cambió la vida. Verá usted, cuando le oí decir que le había dicho a la chica que no había que ser tan literaria en la vida, me bebí de un solo trago una ginebra y me atreví a contarle mi problema, le expliqué que, cuando lograba dejar de pensar en literatura, pensaba en la muerte, y viceversa. Le hablé de mi círculo infernal. Tongoy, Drácula en el crepúsculo, me escuchó como me escucha usted ahora en estos momentos, con paciencia y comprensión, hasta diría que con ternura.
Cuando terminé de hablar, Tongoy me dijo, sin saber que iba a cambiarme la vida: « ¡Pero esto es tremendo! ¿Cómo puedes vivir así? En lugar de dar tantas vueltas a la muerte y la literatura, deberías ser menos egocéntrico y preocuparte por la muerte de la literatura que, de seguir las cosas como van, está al caer. Eso sí que debería quitarte el sueño. ¿Acaso no has visto cómo están arrinconando a la verdadera literatura?».
La muerte de la literatura.
No sé cómo fue que me vino a la memoria una frase de Nietzsche, que yo siempre he leído de mil formas distintas, depende del sentido que en su momento quiera darle. Para mí es una frase comodín: «Algún día mi nombre evocará el recuerdo de algo terrible, de una crisis como no hubo otra en la tierra».
Verá usted, uno no puede ir contra su imaginación, y yo en ese momento, aquí en el Café Sport, hablando con el feo Tongoy, Drácula de todos mis espectáculos, imaginé que algún día mi nombre sería evocado para recordar una crisis terrible que la humanidad había superado gracias a mi heroica conducta cuando, quijote lanza en ristre, habría arremetido contra todos los enemigos de la literatura.
Y es más, tuve el más extraño pensamiento que jamás ha tenido un loco en este mundo y me dijo que sería conveniente y necesario, tanto para el aumento de mi honra como para la buena salud de la república de las letras, convertirme en carne y hueso en la memoria de la literatura, en la literatura misma, es decir, en esa actividad que a comienzos de este nuevo siglo vive amenazada de muerte, encarnarme pues en ella e intentar preservarla de su posible desaparición reviviéndola, por si acaso, en mi propia persona.
Nada le dije al feo Tongoy de estos pensamientos. Pero, eso sí, le agradecí en silencio que hubiera sabido reconducir el pequeño espectro de mis obsesiones personales hacia un tema más amplio, el de la muerte de la literatura. Le agradecí en silencio que me hubiera ayudado a ver que la lucha contra la muerte de la literatura debía tener prioridad absoluta sobre el combate contra mi propio mal, bien mirado tan pequeño.
Y aquí me tiene usted ahora, soy la memoria de la literatura. Lichtenberg decía que un hombre inteligente acostumbra a decir primero en broma lo que después repetirá seriamente. Lo que yo ayer imaginé medio en broma mientras hablaba con Tongoy, hoy ya ni lo imagino ni es broma, lo digo seriamente, soy la memoria de la literatura y estoy en pie de guerra. Hace un rato, Rosa me ha dicho que me encuentra algo cambiado, no sabe lo acertada que está. Porque lo cierto es que se ha producido en mí un pequeño cambio, he tomado la medicina de Tongoy. He dejado atrás mi mal y ahora soy la memoria de la literatura, soy una historia ambulante y no puedo ni quiero ser nada más que eso, porque todo lo que no sea memoria de la literatura me aburre y lo odio, me molesta o estorba.
Sólo me apena algo, me entristezco si me pregunto a dónde va la literatura. ¿A dónde quiere usted que vaya? En realidad la literatura va hacia sí misma, hacia su esencia que es la desaparición. Y eso me apena, claro, porque vuelvo a pensar en la muerte aquí y ahora, en este triste atardecer, aquí en el Café Sport.
Enrique Vila-Matas, Monólogo del Café Sport

Enrique Vila-Matas