Lydia Davis, La madre

La madre
La niña escribió un cuento. «Pero sería mejor si escribieses una novela», dijo su madre. La niña construyó una casa de muñecas. «Pero sería mejor si fuera una casa de verdad», su madre dijo. La niña hizo una pequeña almohada para su padre. «Pero ¿no sería más práctico un edredón?», dijo su madre. La niña excavó un pequeño hoyo en el jardín. «Pero sería mejor si excavases un hoyo grande», dijo su madre. La niña excavó un hoyo grande y se fue a dormir en él. «Pero sería mejor si te durmieras para siempre», dijo su madre.
La madre, Lydia Davis 
 Lydia Davis
The Mother
The girl wrote a story, “But how much better it would be if you wrote a novel,” said her mother. The girl built a dollhouse. “But how much better if it were a real house,” her mother said. The girl made a small pillow for her father. “But wouldn’t a quilt be more practical,” said her mother. The girl dug a small hole in the garden. “But how much better if you dug a large hole,” said her mother. The girl dug a large hole and went to sleep in it. “But how much better if you slept forever,” said her mother.
The Mother, Lydia Davis


Roberto Bolaño, sin regreso

Italo Calvino nos habla de «la novela contemporánea como enciclopedia, como método de conocimiento y sobre todo como red de conexiones entre hechos, entre personas, entre las cosas del mundo». Las grandes novelas de su propuesta para el nuevo milenio tienen una estructura acumulativa, modular y combinatoria como La vida instrucciones de uso de Georges Perec o su propia novela múltiple Si una noche de invierno un viajero. Desde esta perspectiva de multiplicidad es como mejor se entiende —y así lo defiende Vila-Matas— la novela Los detectives salvajes, que supuso para Roberto Bolaño su absoluta consolidación. A Perec, a Bolaño y a Calvino les gustaban las listas, las clasificaciones y los números y los tres murieron de forma prematura (Perec con 46, Bolaño con 50 y Calvino, el más longevo, con 62 años) dejando en los tres casos una obra incompleta. Coincide también que las citadas novelas, que han sido punto de inflexión en la literatura de las últimas décadas, terminaron de escribirse consecutivamente cuatro, cinco y seis años antes de sus respectivas muertes.

Una vida para la literatura
Roberto Bolaño nació en Chile en 1953 y allí vivió su infancia. A los quince años se trasladó a México donde adquirió el hábito de leer y escribir diariamente aunque dejó sin terminar sus estudios de secundaria. Tras un breve y conflictivo regreso a Chile, volvió a México donde participó de forma activa en movimientos culturales alejándose de las corrientes literarias predominantes y comenzando una obra muy personal. Con veinticuatro años llegó a España y se estableció en Cataluña donde ejerció distintos oficios a la vez que dedicaba el tiempo libre a escribir. Su editor Jorge Herralde nos revela que era un lector voraz y exigente y un trabajador insaciable, capaz de escribir de modo simultáneo ensayos, cuentos y novelas de grandes dimensiones. Su obra, absolutamente literaria, podría calificarse de arriesgada porque explora con audacia lo nuevo. Bolaño, del que muchos escritores y críticos coinciden en valorarlo como el mejor escritor latinoamericano de su generación, decía que la literatura es un oficio peligroso, saber «correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere». En uno de sus aforismos Kafka decía: «A partir de un cierto punto, ya no hay regreso posible. Ese es el punto a alcanzar». Pero no es un punto para quedarse, Bolaño quería ir más allá; formular nuevas propuestas con registros literarios sutilmente distintos. Roberto Bolaño se consideraba ante todo un poeta y no comenzó a publicar narrativa hasta los años noventa cuando ganó algunos premios de cuentos. En una entrevista señaló que desde La invención de Morel, de Bioy Casares, las novelas que sólo se sostienen por un argumento son terminales. Es necesario el juego, cambiar la perspectiva, la estructura, la alternancia y el cruce de voces. Esto es algo que él aplica en gran parte de su narrativa. Los críticos comienzan a fijarse en él a raíz de la publicación del experimento narrativo que supuso La literatura nazi en América, aunque tuvo una escasa acogida por parte del público. Aquí, de un modo borgiano, inventa autores y libros y los comenta para construir una historia en la que comienza a plantear la responsabilidad del escritor frente a la injusticia y el terror. Una respuesta similar tuvo Estrella distante donde el narrador persigue las huellas que deja Wieder, un poeta de la tortura, un personaje culto y vanguardista que es capaz de escribir poemas leves y efímeros en el cielo a la vez que demuestra su absoluta crueldad y desprecio hacia la vida. La manifestación del horror y la naturaleza del mal en el ser humano va a ser una constante en la obra de Bolaño y aquí aparece ya esa multiplicidad con relatos intercalados y diferentes visiones de los hechos o, como lo definió Ignacio Echevarría, ese carácter «fractal» que se acentuaría en las siguientes obras. Pero fue la novela Los detectives salvajes —publicada en 1998 y con la que ganó los prestigiosos premios Herralde de Novela y Rómulo Gallegos— la que le situó en un lugar destacado de la literatura de nuestros días. Después seguirían novelas como Nocturno de Chile o como Amberes, donde condensa en pocas páginas una gran fuerza poética y de la que el propio autor confesó a Mónica Maristain que es el único libro del que no se arrepiente porque «sigue siendo ininteligible». También escribió libros de relatos como Putas asesinas y pequeños ensayos mientras avanzaba en la monumental obra 2666 que tuvo que ser publicada póstumamente —al igual que otras novelas, colecciones de cuentos y ensayos— cuya laboriosa y excelente edición realizó Echevarría y que podría ser, en palabras de Herralde, el primer gran clásico del siglo actual. 

Los detectives salvajes
Juan Villoro habla de la insistencia de Bolaño en la valentía como principio ético y estético. En Los detectives salvajes el hilo que nos marca el camino de la narración es la búsqueda de Cesárea Tinajero, una poeta de vanguardia desaparecida y escéptica. Todo gira en torno a los últimos poetas visceralistas, un movimiento en el que importa más el compromiso de sus integrantes que su propia obra poética. Arturo Belano y Ulises Lima, en su rebeldía, llevan al límite una vida bohemia rodeada de personajes marginales con el objetivo de trasladar su desencantada experiencia a la poesía. La novela se divide en tres partes, la primera y la tercera están construidas en forma de diario, igual que lo haría después en El Tercer Reich (otra obra borgiana y póstuma). El narrador es Juan García Madero que muestra de forma abierta sus sentimientos y su relación con los detectives. El sexo es una parte esencial de la vida de los personajes pero ni siquiera en ese acto íntimo se abandona la insurrección poética. La segunda parte, la más compleja, está formada por una serie de laberínticos fragmentos de distintos personajes que giran concéntricos en torno a los detectives y dibujan, con distintos reflejos, como si de un caleidoscopio se tratara, la percepción subjetiva que tienen de ellos y que intentan definirlos. Bolaño parece recordarnos que nuestra existencia, lo que nos sitúa en el mundo, sólo tiene significado completo desde la visión que los demás tienen de nosotros. En la tercera parte, el relato continúa a partir del instante en el que concluyó la primera, cuando los protagonistas, recorren el norte de México en un Chevrolet Impala y se detallan los acontecimientos que ocurrieron en Sonora para explicarnos el por qué de la disgregación del grupo y los avatares de los protagonistas. En la obra de Bolaño es frecuente la intertextualidad y aquí aparecen poemas visuales que le sirvieron antes para describir tres formas de ver el mar al narrador de Amberes. Por otro lado, en la colección de cuentos reunida en Llamadas telefónicas los personajes se enfrentan, igual que lo hacen los detectives, al panorama literario actual tan alejado de la escritura pura e innovadora que proponen. Bolaño, como Vila-Matas, juega con la literatura, la reinventa, se divierte escribiendo y también se rebela.

El gaucho insufrible
Poco antes de morir, apenas sin fuerzas, Kafka escribió Josefina la cantora. Josefina fue muy respetada en el pueblo por su canto que, en realidad, no era más que un vulgar chillido de rata. Este cuento le sirve a Kafka para hacer preguntas sobre el valor del arte y su perdurabilidad en el tiempo. Bolaño, también desde su enfermedad, escribió un relato policial donde el sobrino de Josefina, Pepe el Tira, está destinado a resolver unos crímenes en la claustrofóbica y conformista sociedad de las alcantarillas. Las tramas detectivescas están presentes en muchas de sus obras; en una entrevista confesaba que lo que más le hubiera gustado es ser detective de homicidios, «alguien que puede volver sólo, de noche, a la escena del crimen y no asustarme de los fantasmas». Eso es lo que hace Pepe el Tira hasta descubrir que las ratas son capaces de matarse entre sí, algo que cambia el paradigma ético de una sociedad que, como la nuestra, está destinada a desaparecer. En otro de los relatos, el que da título al volumen, recrea la pobreza y la dureza del paisaje de la pampa igual que hizo Borges en El Sur y antes Dabove en Ser polvo. Jorge Volpi piensa que Bolaño, salvo excepciones, no es un gran cuentista, que sus relatos son a menudo esbozos y apuntes de textos más largos. Puede que haya textos irregulares y que, como apunta Chris Andrews, no cumpla las expectativas del cuento clásico pero aquí el lector puede encontrar relatos divertidos de personajes tristes, con abundantes guiños intertextuales, llenos de inventiva que responde a una inmensa curiosidad con imágenes sugerentes, como si por las venas de sus cuentos transitara su poesía.

2666, su novela inconclusa
He empezado hablando de la multiplicidad a la que se refería Italo Calvino. Creo que la levedad, otra de sus propuestas, es una característica que aparece en 2666 a pesar de su enorme volumen. Una evocación al mito de Perseo y la Medusa y una alusión al estado de bienestar y levedad en el que se encuentran dos de sus protagonistas, Pellicer y Espinosa, nos dan algunas pistas. La levedad en Bolaño es ese baile al borde del abismo, del que también hablaba Sergio Pitol, y el uso de recursos tan cercanos a su poesía. La levedad presente en 2666 está en la manera de pensar, de ver el mundo de los personajes, en la certeza de la fragilidad de la vida incluso aunque ésta sea maltratada de modo cruel e injustificable. Bolaño, desde mi punto de vista, imprime es su novela «ese salto repentino del poeta filósofo que se alza sobre la pesadez del mundo» del que hablaba Calvino y es, por tanto, también, aunque sólo en ocasiones, un poeta de la ingravidez que se opone a la pesadez de la propia vida, tal y como se puede leer en los versos de Los perros románticos: «Había perdido un país/ pero había ganado un sueño./ Y si tenía ese sueño/ lo demás no importaba». En Amberes, premonitoriamente, el narrador dice al hablar de la escritura: «líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más». Tanto su poesía como su prosa le sirven, por tanto, para aligerar la vida y expresar lo memorable: hasta «el aire frío de los muertos» puede ser ligero. En Nocturno de Chile, una novela veloz, escrita sin subdivisiones ni puntos y aparte, Bolaño, desde la ficción, muestra de manera explícita unos terribles acontecimientos históricos, igual que lo hiciera en Estrella distante y Amuleto; ésta es su forma de enfrentarse al mundo con la literatura como única arma. En esa misma línea 2666 es un descenso a los infiernos que guarda muchos secretos. Dentro de su compleja multiplicidad, se centra primero en los crímenes sin solución cometidos contra mujeres en Santa Teresa y, de forma paralela, en la matanza de judíos por parte de un criminal nazi, aunque intercala distintas investigaciones y numerosas historias que se cruzan. Su personal traducción de un verso de Baudelaire con el que abre la novela, explica, en una sola línea, gran parte del contenido de esta obra: «Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento». En 2666, como en otros títulos, destaca también su enorme erudición, los vastos conocimientos de literatura, de arte, de filosofía que posa en sus páginas sin alardeos, dejándolos caer casi de forma casual, ligera, pero que encajan en la narración como las piezas del Tetris, aunando nuevamente esa multiplicidad y esa levedad. Quizás sea fácil decirlo tras conocer el final del autor pero en sus páginas se intuye una forma triste de ver la vida como algo, una maravilla, que se acaba. El tiempo, decía, «es un motivo de terror». 

Con Bolaño se perdió un gran escritor pero también un gran lector que no tenía reparos en diferenciar a los escritores que escriben para comerciar y aquellos que viven para y por la literatura (léanse, por ejemplo, los ensayos de Entre paréntesis). Bolaño vivió poco pero escribió lo suficiente para comprender la importancia de su obra. Él fue consciente de que su literatura abría una nueva y fascinante puerta, sin regreso posible. Al final de La Tregua, Mario Benedetti dice que «lo más trágico no es ser mediocre pero inconsciente de esa mediocridad; lo más trágico es ser mediocre y saber que se es así y no conformarse con ese destino que, por otra parte (eso es lo peor) es de estricta justicia». En cualquier ámbito en el que nos movamos, el artístico, el científico u otro, abundan los mediocres que viven sin reconocer su condición. También estamos los que luchamos de modo inconformista por salir de esa mediocridad aunque, en nuestro ejercicio de honestidad, sabemos que es una batalla perdida. Pero hay un tercer grupo en el que se encuentran solo unos pocos que saben que pueden hacer algo excepcional y no renuncian a su empeño. En este último grupo está Bolaño, igual que lo están Perec o Calvino, y sólo el tiempo dirá a las futuras generaciones, si finalmente lo consiguió.
Publicado en Cuadernos del Sur el 13 de julio de 2013. Ilustración original de Marta Campos.

Niña, de Vila-Matas

Una de las tareas que me impongo como padre es descubrir los temores de mi hija y alejarla lo más posible de ellos. Eso se puede aprender leyendo el párrafo final de Las ciudades invisibles de Italo Calvino que, para Harold Bloom, es una lección de sabiduría: «buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio». Para Anita, la protagonista de Niña, un cuento infantil de Enrique Vila-Matas, uno de sus infiernos es encontrarse en el parvulario con otra niña que se llama igual que ella, por eso le encanta que la llamen, simplemente, Niña. Pero ese no es su único temor. Ahora Niña está de vacaciones, lejos de la otra Anita y con todo el tiempo para jugar y fabular. Inventa aventuras, junto a su hermano imaginario y su gato Beto, en mares imposibles y huye de un temor a algo tan abrumador y desconocido como son los océanos de letras que ve cada mañana en los periódicos que leen sus padres y su hermano mayor y real.
Ilustración de Anuska Allepuz
En un capítulo sobre la trama y el tema en la ficción, Terry Bain hacía alusión a un cuento infantil extremadamente simple de Margaret Wise Brown titulado Buenas noches luna. En él el narrador, por la noche, se va despidiendo de todos los objetos de la habitación pero, al llegar a una página concreta, a Bain le asalta la sorpresa y le obliga a reflexionar sobre lo que quiso decir su autora. Hace poco encargué el cuento de Brown, con la excusa irreprochable de regalárselo a mi hija que acababa de cumplir dos años, para intentar entender lo que quería decir Bain. Esa misma excusa es la que me ha llevado a comprar este cuento de Vila-Matas ilustrado hermosamente por Anuska Allepuz. Los cuentos de niños, decía Saramago, deben ser escritos con palabras muy sencillas para que los puedan entender. Aquí Vila-Matas nos presenta un cuento que esconde en su sencillez un secreto aún más profundo que el de Margaret Wise Brown, una promesa implícita y bella que llena de emoción: el comienzo de una complicidad con la palabra escrita que deberá durar mientras dure nuestra conciencia. Si la niña rompe sus miedos, si se aproxima al abismo, si se enfrenta al amenazante alfabeto —con todas sus letras—, si aprende finalmente a descifrar los códigos escritos, algo cambiará para siempre en su vida y le regalará una íntima parcela de libertad. Se habrá iniciado así una nueva relación con la literatura que puede acompañarle para siempre, creciendo con ella, no para salvarle la vida sino, como decía Magris, para darle un sentido. Es una puerta abierta a ese laberinto mágico que tan bien conoce Vila-Matas en los que unos libros te presentan a otros libros y unos autores a otros autores. 
Cuando en medio de la noche, mi hija me llama porque le persigue el lobo aunque sepa que ya no hay lobos malos y que sólo quiere jugar con ella, me doy cuenta de hasta qué punto los cuentos influyen en nuestra realidad y los incorporamos a nuestra vida. Ricardo Piglia reflexiona sobre qué es un lector y recuerda que en una ocasión Joyce pregunta: ¿has soñado alguna vez que estabas leyendo? Soñar con ese momento es algo que da una idea de hasta qué punto la lectura es un placer y también una obsesión, como cuando se sueña en otro idioma que no es el materno o con la persona a la que se ama. Pero mucho antes de que eso suceda, podemos saber que un niño se ha convertido en un lector cuando sueña con las historias que lee, cuando recoge velas frente a una isla que esconde un tesoro, cuando se sumerge a bordo del Nautilus para explorar el fondo de los mares, cuando viaja hasta la luna en un trémulo cohete o cuando sobrevuela enormes acantilados sujetándose con fuerza a las garras de un gigantesco ave-roc. 
Siempre es una garantía comenzar a leer de la mano de un autor que tanto ama la buena literatura; un autor que ha sabido descubrirnos a otros escritores y explicarnos las claves que los convierten en grandes autores. Vila-Matas, con esa elegancia de la que hablaba Bolaño, recupera aquí, una vez más, su «despejada mirada hermosamente infantil sobre las cosas» a la que alude en su Dietario voluble, una mirada aún inocente con la que invita a los niños a explorar el abismo antes de iniciar un viaje vertical hacia la madurez. 
Ahora voy a leer a mi hija María este cuento que será su primer Vila-Matas. Quizás hoy no lo entienda pero sí dentro de unos meses y, cuando ya sepa leer, querrá conocer de nuevo la aventura de Anita a la que le asustan las letras. Esta es la mejor invitación a la lectura que hace Vila-Matas porque es la primera y porque promete a los pequeños lectores un juego de iniciación, una entrada al mundo de la ficción que es, sin duda, una de las más fascinantes creaciones del ser humano.









Niña
Enrique Vila-Matas
Ilustraciones: Anuska Allepuz
Alfaguara, 2013




Hongos y animales

Marianne Moore decía que sus estudios de biología le sirvieron decisivamente para su poesía. En muchos de sus poemas recurre a diversas especies de animales para reflexionar sobre comportamientos y obsesiones humanas, sobre los deseos y la aceptación de nuestros propios límites. Esta misma idea es la que utiliza Guadalupe Nettel en su libro de relatos El matrimonio de los peces rojos, con el que ganó el III Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. Son cinco historias livianas, de una personal atmósfera, que ponen en evidencia, con ironía y agudeza, algunos aspectos de la conducta humana. En cuatro de ellas los protagonistas se vinculan a distintas especies de animales, calladas y cercanas, capaces de reflejar como espejos las tensiones domésticas y las crisis de pareja. En otro, son los hongos los que irrumpen invadiendo su intimidad para mostrar una relación absorbente. Una pareja de peces Betta, en su entorno cerrado, afronta el conflicto entre sus instintos de reproducción y territorialidad; en el exterior de su universo de cristal un matrimonio encara el nacimiento de su hija y el distanciamiento de la pareja en etapas sucesivas y paralelas a la disyuntiva ictiológica. Un reservado y huidizo profesor de biología relata su experiencia infantil tras la separación de sus padres y, con cierta herencia de realismo mágico, manifiesta las diferencias de dos clases sociales que cohabitan sin convivir en una misma casa hasta que una invasión de cucarachas les une para conseguir un propósito común. Una brillante estudiante de doctorado adora a sus gatos y, gracias a ellos, es capaz de tomar decisiones sobre sentimientos tan elementales como la maternidad que la enfrentan a lo que la razón le dicta. Una violinista tiene una apasionada relación sentimental que le lleva a parasitar a su nueva pareja de la misma forma que lo hacen los hongos que han invadido su entrepierna y que le revelan una nueva forma de soportar la ausencia de su amado. Por último, un escritor de teatro busca sus raíces y descubre un amor tardío que le lleva a renovarse y a aislarse del mundo junto a una venenosa serpiente de Beijing. 
Entre sus líneas se puede ver a Cortázar en la distancia y, aún más allá, al propio Kafka con seres que irrumpen en la vida de los personajes y la transforman por completo. Quizás algo más cercano esté Arreola y su Migala y otros cuentistas que han seguido su estela. Guadalupe Nettel elige un entorno cotidiano en el que se asientan animales y hongos cargados de simbolismo para crear mundos sutiles donde los personajes, con sentimientos abatidos, se encuentran en encrucijadas trascendentes. Algún biólogo podría sonreír al leer algunas afirmaciones que arrastran los textos, aunque eso no debe importarnos si participamos del lúcido juego literario que nos propone la autora, con una prosa sencilla, sobria y muy medida con la que consigue generar expectativas que se resuelven a veces de forma esperada, y que nos mantiene atrapados hasta el final del relato.










El matrimonio de los peces rojos
Guadalupe Nettel 

Páginas de Espuma, 2013

Futuro evadido

Son cada vez más frecuentes las fusiones de géneros literarios, el relativismo, la mutabilidad de las formas narrativas. A menudo, como pone de manifiesto Franca Sinopoli, esta diferenciación intergenérica es sólo un convencionalismo útil para el estudio y el análisis literario pero poco debe de influir en los escritores. Artefactos, puede ser una novela pero también un libro de relatos consecutivos con historias completas e independientes. Para esto sólo es necesario obviar las relaciones y conexiones internas de los personajes entre los distintos capítulos que hacen que finalmente todo encaje como en un rompecabezas. Pero esa no es la única transgresión de Carlos Gámez; aquí se mezcla la ciencia ficción con el realismo sucio y la teoría científica con la imposibilidad tecnológica. Las ciudades y los países han perdido sus nombres, en el mundo han proliferado artefactos que nos ofrecen una nueva realidad, con tutoras virtuales que nos excitan y nos ayudan a estudiar, con máquinas que dirigen nuestros sentimientos, con psicotrópicos y neurocircuitos integrados que se pueden conseguir de contrabando. Los seres humanos viven sin tener una conciencia individual y la mecánica cuántica pervierte sus relaciones. Los personajes se hunden emocionalmente si les falta la extraña tecnología que les sirve como escape y sueñan con poder convertirse en yonquis cuando el gobierno les deje jubilarse para escapar así del tedio y de las miserias que guarda la vejez; pero no por eso renuncian a la lectura de Irvine Welsh o de Bukowski. En estos tiempos deshumanizados los programas de telebasura pueden llenar el tiempo de los protagonistas e incluso cambiar el rumbo de sus vidas. Y en un giro metaliterario una narradora confiesa lo incontrolable de un personaje delincuente al que le gustan las rumbas y explica cómo con un neurochip es capaz de bucear en la memoria del protagonista. Gámez, utilizando un argot urbano, nos presenta, en ocasiones con humor, su visión pesimista de la humanidad, enfrentada a sus propias incongruencias y contradicciones, y el desolador futuro al que nos puede conducir la tecnología donde la única salida posible es la evasión. Con esta obra el autor obtuvo el IX Premio Cafè Món.













Artefactos
Carlos Gámez 

Editorial Sloper, 2012

A la espera del adjetivo

El 27 de junio de 1919 Franz Kafka, que había escrito diarios desde 1910, retoma sin demasiado entusiasmo este ejercicio después de leer sus viejos cuadernos de años pasados. Tres días después, paseando junto a una mata de jazmines por el Parque Rieger en compañía de su novia, con el corazón alborotado, se sintió mentiroso en sus suspiros pero veraz en su proximidad, en su confianza, en su sensación de estar protegido. Lejos de allí, unas horas antes, Josep Pla deambulaba en una noche calurosa por los barrios bajos de Barcelona y, como Kafka, pensaba que a menudo mentía sin justificación y era pésima la opinión que tenía de sí mismo. Esta es una de las escasas coincidencias de ambos diarios. Después Kafka no escribió nada más que unas enigmáticas frases hasta el mes de diciembre, mientras que Pla terminó El Cuaderno gris un 15 de noviembre, dos días antes de partir hacia París. Maurice Blanchot explicaba que los escritores que se someten a la disciplina de un diario, donde se ordenan cronológicamente los sucesos cercanos, los estados de ánimo o los pensamientos, son los más literarios porque lo escriben por angustia ante la experiencia extrema de la literatura. Escriben por la necesidad de salvar los días del olvido pero es la propia escritura la que altera esos momentos que intentan salvar. Así es como, en ocasiones, llegan a mostrarnos abiertamente al escritor y su pasión desnuda por la literatura. Sin embargo, mientras que el diario de Kafka puede resultar incompleto como documento de época, El Cuaderno gris de Pla refleja, igual que ocurre en el de André Gide, otro contemporáneo suyo, aspectos de su personalidad, sus gustos, sus ideales pero muy especialmente los paisajes y nos retrata un país convulsionado por crisis políticas y sociales a través de su experiencia diaria, sin perspectiva temporal. Esto es precisamente lo que, según Juan Villoro, busca un lector que decide leer un diario biográfico donde sabe que no encontrará grandes aventuras y menos aún ingeniosos enigmas que desvelar. Lo literario de estos diarios no está en lo que dicen sino en cómo lo dicen y en su capacidad de hacer trascender hechos que pueden ser banales pero que nos dibujan con nitidez una particular visión de la vida. A diferencia de las autobiografías, en las que los escritores hacen un ejercicio de evocación, donde la memoria, de modo consciente o inconsciente, filtra y distorsiona los hechos pasados bajo la influencia de experiencias posteriores, con los diarios se retrata el instante tal y como se vive para evitar precisamente que lo cotidiano huya de la memoria por su natural fugacidad. 
Josep Pla comienza su diario en marzo de 1918, el día que cumple veintiún años. Debido a la mortífera gripe clausuran la universidad y regresa a Palafrugell, el pueblo en el que nació. En las primeras páginas relata su infancia, la felicidad robada, la que recuerda y la que le contaron. Sin añorar Barcelona, alude con frecuencia a la forma de ser de sus paisanos, de la gente del país, a los pequeños y grandes placeres de su vida como sus lecturas, las conversaciones con los amigos o el ressopo, esa comida de los trasnochadores después de la media noche. Rescata parte de la memoria de sus antepasados, de su genealogía que califica de gris y vulgar, con poco apego por los libros. Conversa en las tertulias sobre sus ideas políticas y sorprende lo actual de su pensamiento en relación a las trampas del capitalismo y a la labor de los banqueros. Hace críticas mordaces de la sociedad y habla sin tapujos del desasosiego y la atracción que le provocan las mujeres. Le preocupa especialmente la larga guerra y se indigna del beneficio económico que algunos obtienen de ella. Describe con precisión sus viajes, sabe captar los instantes con adjetivos como un fotógrafo de la palabra. El paisaje le hace pensar, la montaña, el mar, la influencia de la meteorología en el comportamiento, la fauna local y las mascotas que se pasean indiferentes por el jardín. Josep Pla es un gran lector. Le entusiasma la filosofía y lee entre otros a Montaigne, Platón, Rousseau, Nietzsche o Kierkegaard, otro diarista. A pesar de su pasión por la literatura confiesa su escasa afición a leer novelas, le aburren los desenlaces largos y piensa que la mayoría de ellas ganarían si no tuviesen fin. Pero a pesar de eso, menciona y, en no pocas ocasiones, hace agudos comentarios críticos y hasta subversivos sobre grandes autores de diferentes épocas como Goethe, Proust, Homero, Dostoievski, Remy de Gourmont, Stendhal, Baroja o Tolstoi entre otros posibles y destaca autores de las letras catalanas como Josep Carner, Santiago Rusiñol, Narcis Oller, Eugeni d’Ors o Francesc Pujols. 
A principios de 1919 regresa a Barcelona y en el viaje piensa en lo inútil de su cuaderno gris. Le cuesta romper los papeles. Son numerosas las veces que le asaltan las dudas sobre su futuro y sobre la escritura. Se queja de los días estériles y perdidos. Reconoce con humildad su incapacidad para escribir poesía. Se ofusca cuando no encuentra el adjetivo preciso y admite la dificultad de escribir y publicar en catalán a la que considera una lengua dura, de difícil manejo. Su amigo Alexandre Plana, otro de los grandes escritores catalanes, le abre los ojos y se separa del novecentismo, de la retórica exagerada y su prosa se hace entonces más clara, más sencilla, más brillante y muy personal. En Barcelona asiste al Ateneo, termina sus estudios, come mal, padece la gripe, da sus primeros pasos en el periodismo, hace sus primeras traducciones, salva del suicidio a una joven, es testigo de los problemas sociales que desencadenan la ocupación militar y se evade paseando por La Rambla deteniéndose a contemplar a las hermosas mujeres que se cruzan en su camino. En el mes de noviembre le proponen ir a París de corresponsal y dos días después abandona su diario.
Josep Pla revisó sus diarios antes de publicarlos varias décadas después de ser escritos. Posteriormente, Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros lo tradujeron al castellano y, en esta nueva edición, Narcís Garolera lo revisa minuciosamente. El cuaderno gris nos revela cómo surge uno de los más grandes escritores del siglo XX. Por momentos nos recuerda a Perec, a Pitol, o a Vila-Matas al mostrarnos, igual que hizo Kafka con su diario, la íntima e inquebrantable relación de su vida con la literatura.














El cuaderno gris. Un dietario 
Josep Pla 
Traducción: Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros
Edición de Narcís Garolera
Ediciones Destino. 2012

Guillermo Arriaga, Rogelio

Rogelio
A Alan Page
Rogelio no se percataba de que ya estaba muerto o se resistía sencillamente a aceptarlo. Por ello, una y otra vez, se salía de la fosa donde estaba enterrado y no era raro encontrárselo comiendo en algún restaurante cercano al cementerio. En algunas ocasiones nos iba a visitar al Retorno y se pasaba largas horas platicando sobre los viejos tiempos. Sin duda varios de nosotros tratábamos de convencerlo de que ya era un cadáver y que apestaba bastante. No nos hacía caso y con una desfachatez increíble se presentaba en cualquier lugar y a cualquier hora. Una noche lo acompañé de vuelta al panteón. Charlamos un buen rato sobre todas aquellas experiencias que habíamos compartido cuando él aún vivía. Compramos unas cuantas cervezas y nos emborrachamos. Nos divertimos. Nos reímos. Gozamos. Lloramos. Al amanecer se despidió con una sonrisa. Se acomodó en su ataúd y cerró la tapa. Nunca más volví a saber de él, porque esa madrugada morí atropellado y mi mujer... mi mujer decidió incinerarme.
Guillermo Arriaga, Rogelio














Retorno 201
Guillermo Arriaga

Páginas de Espuma, 2005

Caminando por el tiempo

Borges utilizaba la metaficción como uno de los principales ejes de sus narraciones; defendía que la escritura es un complejo entramado del devenir continuo de la literatura del pasado y del presente, nos empujaba a los laberintos del tiempo y nos presentaba universos irreales. Todos estos elementos forman parte de los recursos que con gran destreza maneja Juan Gómez Bárcena en su libro de relatos Los que duermen. Aquí se perciben lecturas de grandes obras como Las mil y una noches y de autores como Homero, Swift o Cortázar entre otros. Se trata de una colección de cuentos que pivotan sobre los conceptos del tiempo y el valor de la palabra. En Cuaderno de bitácora, unos navegantes son arrastrados hasta un pueblo en el que cada palabra tiene un precio y sólo aquel que posee riqueza puede tener un gran vocabulario, como si en los límites de su lenguaje estuvieran, parafraseando a Wittgenstein, los límites de su mundo. En los relatos siguientes los personajes avanzan hacia el este para escapar del destino retrocediendo en el tiempo aunque su historia se resuelva en el periodo de una vida real. El autor utiliza el nivel de abstracción histórica propia de los mitos y los personajes se enfrentan a sí mismos en la soledad de sus penurias. El presente abre puertas que oculta el pasado remoto y muestra el futuro, con máquinas que miran al cielo esperando a los dioses, en Zigurat, el “topocosmos” del que hablaba Kermode. El sinsentido y la mentira del Tercer Reich también asoman con un idílico campo de concentración. Aparecen fantasmas antiguos que intentan organizar el caos del mundo. Se nos muestra la mentira cruel, la perversidad innecesaria de una hija con su madre en el tedio de la convivencia. Y en los últimos relatos llegamos al final apocalíptico de los tiempos donde los protagonistas tienen la necesidad de mirar al pasado para intentar resolver preguntas sin respuestas sobre sentido de la existencia o el papel del hombre en el mundo. Algunos hechos y algunos personajes irrumpen en distintos relatos para mantener un hilo conductor a lo largo de todo el libro. Son textos imaginativos, condensados, que no renuncian a la insinuación lírica ni al poder de la sugestión y que guardan el misterio de las grandes narraciones que nos hacen disfrutar a los amantes del cuento.













Los que duermen
Juan Gómez Bárcena 

Editorial: Salto de Página, 2012.

El reflejo del resentimiento

Si admitimos, como parece que ocurre en los foros académicos, que el microcuento es en la actualidad un género narrativo independiente del cuento, debemos asumir que sus diferencias están en algo más que su obvia brevedad y concisión. Ramón Gómez de la Serna hizo sus primeras aproximaciones simplificando al máximo el cuento, destilando a su mínima expresión su esencia narrativa. Estas pequeñas formas de ficción en prosa suelen venir caracterizadas por elementos fundamentales como la elipsis, la tensión en el clímax, la intertextualidad, el juego ambiguo, o el giro sorpresivo que permiten, no obstante, que exista una gran diversidad de formas, estilos y temas en torno a este género tan representativo del tiempo en el que vivimos. Sin ningún encorsetamiento teórico María Teresa Morales nos presenta un volumen editado con el cuidado artesanal que caracteriza a ediciones Depapel en el que se recoge una selección de cuentos y microcuentos cuyo eje central son las relaciones familiares. Desde la portada, se nos incita a adentrarnos en sus páginas con el sugerente título de Dulce Hogar y una imagen de una casa colorida en medio de un paisaje indefinido y su reflejo gris, lúgubre y enigmático, como si estuviera cargado de resentimiento, en una superficie de agua que se funde con ella. Es casi una evocación al cuento La casa inundada, del escritor uruguayo Felisberto Hernández, cuya excéntrica protagonista pone dos condiciones al narrador: que sepa remar y que escuche sus historias. Así, remando, vamos escuchando distintos microcuentos con distintas voces narrativas, algunos en la línea más pura de su definición, donde no faltan el desamor, el olvido, la venganza, el terror, la crueldad, la inseguridad o el sometimiento. Le siguen otros relatos en los que la prosa, sin dejar ser escueta, con su particular estilo directo, es más abundante, rellena algunos huecos y resuelve algunos enigmas pero en los que no se abandona la crítica y la denuncia a una sociedad injusta, donde se producen abusos, maltratos, donde cuesta aceptar la realidad y en la que se percibe soledad y desesperanza. La venganza y el resentimiento por la infidelidad son recurrentes en esta colección de cuentos que, como apunta en el prólogo Francisco A. Carrasco, muestran «una tremenda capacidad para crear atmósferas difíciles, ambiguas y angustiosas». Hay historias conmovedoras como la de una madre que ha perdido a su hijo, sueños que se vuelven contra los personajes que no encuentran refugio en el calor del hogar, complicidades de amigas que intentan llenar vacíos afectivos e intrigas del mundo rural. Navegando por esta colección de cuentos que surcan laberínticos espacios domésticos, conocemos la visión crítica del mundo de esta narradora cordobesa. Los textos están acompañados de ilustraciones cuidadosamente seleccionadas y elaboradas por el editor Manuel Patiño que contribuyen a aumentar el placer de su lectura.













Dulce Hogar
María Teresa Morales Rodríguez 
Ilustraciones: Manuel Patiño

Roberto Bolaño, Jim

Jim
Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado / Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.
Roberto Bolaño, Jim 













El gaucho insufrible
Roberto Bolaño
Editorial Anagrama, 2003

El hombre desnudo

Helen E. Fisher en su ensayo El contrato sexual habla de la importancia de la sexualidad en la evolución del hombre. Las mujeres, a diferencia de las hembras de otros mamíferos, han perdido el celo cíclico y éste se ha vuelto permanente por lo que, desde el punto de vista biológico, puede afirmarse que están dispuestas siempre para la cópula. Evolutivamente esta disposición logró conseguir vínculos estables con la pareja dando origen al sentido del parentesco, al altruismo y al lenguaje que son la base del comportamiento de nuestra especie y explica, en gran medida, el desarrollo de nuestra inteligencia, de nuestras sociedades y culturas. Ester, uno de los personajes de El luminoso regalo, podría encarnar la hipérbole de esta estrategia femenina para llevar la teoría a su máxima expresión. Es una bruja del siglo XXI, una amoral depredadora, incandescente y cruel, que posee un extraordinario poder para seducir a los hombres y su psicoanalista le enseña a controlar sus facultades, como si fuera su hechicero. Con este cautivador personaje arranca la última novela de Manuel Vilas que profundiza con audacia en la sexualidad más explícita, batailleana, pero sin dejar atrás posibles trazas místicas. Su principal protagonista, Victor Dilan, que toma el apellido del también falso nombre artístico de su idolatrado Bob Dylan, es un escritor, narcisista e insatisfecho, con tiempo libre suficiente para poder practicar el sexo de forma continua, al que le gustan mucho las mujeres, el alcohol y el valium. Su ambición, su codicia vital, es poder tener relaciones sexuales con todas las mujeres del mundo. Es un hombre que provoca ternura y atracción irresistible. En su huida de la soledad de la noche, se encuentra con Ester que le conducirá por caminos sin tabúes a una plenitud vital no exenta de peligros que acabará destruyéndolo. A lo largo de la novela aparece la imagen de un enigmático monolito —similar al de la película de Kubrick que inducía o era testigo de un trascendental salto evolutivo— con un código secreto que encierra, en su metáfora, el luminoso secreto de nuestra especie. Dilan, con su vampírica obsesión, entiende que en el sexo está la salvación y él es un enviado que ha venido al mundo para que las mujeres le hagan confesiones extraordinarias. Hay, además de juegos de metaficción, diversas referencias a las obras de escritores como Bronté, Kafka, Shakespeare o Whitman, entre otros, y guiños con títulos de capítulos como “Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien”, frase atribuida a Fitzgerald y que marcó existencialmente a Vilnius, el particular “Dylan” de Vila-Matas. Es precisamente aquí donde se produce un punto de inflexión, cuando Victor verbaliza lo que Elena, su mujer, ya sabe. A partir de ese momento el protagonista inicia su descenso a los infiernos, entra en una espiral de acontecimientos de los que no puede escapar pero que le ayudan a concretar su particular decálogo de sabiduría. Vilas, con ironía, nos habla de la ambigüedad de las relaciones humanas, de la libertad sexual, de las pasiones llevadas a sus límites, del fracaso de la comunicación en las parejas y con los hijos y, en un final inesperado, nos predice un futuro apocalíptico al término de nuestro siglo en el que las drogas activan la química del amor, en el que siguen existiendo las ballenas pero donde Bob Dylan está ya olvidado y el hombre y la mujer tan perdidos como lo han estado siempre desde que tomaron conciencia de su existencia.











El luminoso regalo
Manuel Vilas 
Alfaguara, 2013

H. P. Lovecraft, Dagón

Dagón
Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo. Pese a mi esclavitud a la morfina, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayan leído estas páginas atropelladamente garabateadas, quizá se hagan idea -aunque no del todo- de por qué tengo que buscar el olvido o la muerte.
Fue en una de las zonas más abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el paquebote en el que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario alemán. La gran guerra estaba entonces en sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido en su degradación posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a unos prisioneros navales. En efecto, tan liberal era la disciplina de nuestros opresores, que cinco días más tarde conseguí escaparme en un pequeño bote, con agua y provisiones para bastante tiempo.
Cuando al fin me encontré libre y a la deriva, tenía muy poca idea de cuál era mi situación. Navegante poco experto, sólo sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las estrellas, que estaba algo al sur del ecuador. No sabía en absoluto en qué longitud, y no se divisaba isla ni costa algunas. El tiempo se mantenía bueno, y durante incontables días navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la esperanza de que pasara algún barco, o de que me arrojaran las olas a alguna región habitable. Pero no aparecían ni barcos ni tierra, y empecé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella ondulante e ininterrumpida inmensidad azul.
El cambio ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a conocer los pormenores; porque mi sueño, aunque poblado de pesadillas, fue ininterrumpido. Cuando desperté finalmente, descubrí que me encontraba medio succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi alrededor, con monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el cual se había adentrado mi bote cierto trecho.
Aunque cabe suponer que mi primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación del paisaje tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentí más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la superficie putrefacta una calidad siniestra que me heló el corazón. La zona estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos identificables que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. Quizá no deba esperar transmitir con meras palabras la indecible repugnancia que puede reinar en el absoluto silencio y la estéril inmensidad. Nada alcanzaba a oírse; nada había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje me producían un terror nauseabundo.
El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro por la cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la ciénaga tenebrosa que tenía bajo mis pies. Al meterme en el bote encallado, me di cuenta de que sólo una posibilidad podía explicar mi situación. Merced a una conmoción volcánica el fondo oceánico había emergido a la superficie, sacando a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra emergida debajo de mí, que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por mucho que aguzaba el oído. Tampoco había aves marinas que se alimentaran de aquellos peces muertos.
Durante varias horas estuve pensando y meditando sentado en el bote, que se apoyaba sobre un costado y proporcionaba un poco de sombra al desplazarse el sol en el cielo. A medida que el día avanzaba, el suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante seco para poderlo recorrer fácilmente. Dormí poco esa noche, y al día siguiente me preparé una provisión de agua y comida, a fin de emprender la marcha en busca del desaparecido mar, y de un posible rescate.
A la mañana del tercer día comprobé que el suelo estaba bastante seco para andar por él con comodidad. El hedor a pescado era insoportable; pero me tenían preocupado cosas más graves para que me molestase este desagradable inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día caminé constantemente en dirección oeste guiado por una lejana colina que descollaba por encima de las demás elevaciones del ondulado desierto. Acampé esa noche, y al día siguiente proseguí la marcha hacia la colina, aunque parecía escasamente más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del cuarto día llegué al pie de dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me había parecido de lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve respecto del resto de la superficie. Demasiado cansado para emprender el ascenso, dormí a la sombra de la colina.
No sé por qué, mis sueños fueron extravagantes esa noche; pero antes que la luna menguante, fantásticamente gibosa, hubiese subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto de un sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones que había tenido eran excesivas para soportarlas otra vez. A la luz de la luna comprendí lo imprudente que había sido al viajar de día. Sin el sol abrasador, la marcha me habría resultado menos fatigosa; de hecho, me sentí de nuevo lo bastante fuerte como para acometer el ascenso que por la tarde no había sido capaz de emprender. Recogí mis cosas e inicié la subida a la cresta de la elevación.
Ya he dicho que la ininterrumpida monotonía de la ondulada llanura era fuente de un vago horror para mí; pero creo que mi horror aumentó cuando llegué a lo alto del monte y vi, al otro lado, una inmensa sima o cañón, cuya oscura concavidad aún no iluminaba la luna. Me pareció que me encontraba en el borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos insondable de noche eterna. En mi terror se mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y la espantosa ascensión de Satanás a través de remotas regiones de tinieblas.
Al elevarse más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle no eran tan completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba cornisas y salientes que proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el descenso; y a partir de unos centenares de pies, el declive se hacía más gradual. Movido por un impulso que no me es posible analizar con precisión, bajé trabajosamente por las rocas, hasta el declive más suave, sin dejar de mirar hacia las profundidades estigias donde aún no había penetrado la luz.
De repente, me llamó la atención un objeto singular que había en la ladera opuesta, el cual se erguía enhiesto como a un centenar de yardas de donde estaba yo; objeto que brilló con un resplandor blanquecino al recibir de pronto los primeros rayos de la luna ascendente. No tardé en comprobar que era tan sólo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión de que su posición y su contorno no eran enteramente obra de la Naturaleza. Un examen más detenido me llenó de sensaciones imposibles de expresar; pues pese a su enorme magnitud, y su situación en un abismo abierto en el fondo del mar cuando el mundo era joven, me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya imponente masa había conocido el arte y quizá el culto de criaturas vivas y pensantes.
Confuso y asustado, aunque no sin cierta emoción de científico o de arqueólogo, examiné mis alrededores con atención. La luna, ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua que discurría por el fondo formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones, y casi lamiéndome los pies donde me había detenido. Al otro lado del abismo, las pequeñas olas bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie podía distinguir ahora inscripciones y toscos relieves. La escritura pertenecía a un sistema de jeroglíficos desconocido para mí, distinto de cuantos yo había visto en los libros, y consistente en su mayor parte en símbolos acuáticos esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y demás. Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres marinos desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición había visto yo en la llanura surgida del océano.
Sin embargo, fueron los relieves los que más me fascinaron. Claramente visibles al otro lado del curso de agua, a causa de sus enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían despertado la envidia de un Doré. Creo que estos seres pretendían representar hombres... al menos, cierta clase de hombres; aunque aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo homenaje a algún monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a descubrir con detalle sus rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más grotescos de lo que podría concebir la imaginación de un Poe o de un Bulwer, eran detestablemente humanos en general, a pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente anchos y fláccidos, sus ojos abultados y vidriosos, y demás rasgos de recuerdo menos agradable. Curiosamente, parecían cincelados sin la debida proporción con los escenarios que servían de fondo, ya que uno de los seres estaba en actitud de matar una ballena de tamaño ligeramente mayor que él. Observé, como digo, sus formas grotescas y sus extrañas dimensiones; pero un momento después decidí que se trataba de dioses imaginarios de alguna tribu pescadora o marinera; de una tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes que naciera el primer antepasado del hombre de Piltdown o de Neanderthal. Aterrado ante esta visión inesperada y fugaz de un pasado que rebasaba la concepción del más atrevido antropólogo, me quedé pensativo, mientras la luna bañaba con misterioso resplandor el silencioso canal que tenía ante mí.
Entonces, de repente, lo vi. Tras una leve agitación que delataba su ascensión a la superficie, la entidad surgió a la vista sobre las aguas oscuras. Inmenso, repugnante, aquella especie de Polifemo saltó hacia el monolito como un monstruo formidable y pesadillesco, y lo rodeó con sus brazos enormes y escamosos, al tiempo que inclinaba la cabeza y profería ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.
No recuerdo muy bien los detalles de mi frenética subida por la ladera y el acantilado, ni de mi delirante regreso al bote varado... Creo que canté mucho, y que reí insensatamente cuando no podía cantar. Tengo el vago recuerdo de una tormenta, poco después de llegar al bote; en todo caso, sé que oí el estampido de los truenos y demás ruidos que la Naturaleza profiere en sus momentos de mayor irritación.
Cuando salí de las sombras, estaba en un hospital de San Francisco; me había llevado allí el capitán del barco norteamericano que había recogido mi bote en medio del océano. Hablé de muchas cosas en mis delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de las palabras. Los que me habían rescatado no sabían nada sobre la aparición de una zona de fondo oceánico en medio del Pacífico, y no juzgué necesario insistir en algo que sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso etnólogo, y lo divertí haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda filistea en torno a Dagón, el Dios-Pez; pero en seguida me di cuenta de que era un hombre irremediablemente convencional, y dejé de preguntar.
Es de noche, especialmente cuando la luna se vuelve gibosa y menguante, cuando veo a ese ser. He intentado olvidarlo con la morfina, pero la droga sólo me proporciona una cesación transitoria, y me ha atrapado en sus garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner fin a todo esto, ahora que he contado lo ocurrido para información o diversión desdeñosa de mis semejantes. Muchas veces me pregunto si no será una fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a causa de la insolación, cuando escapé del barco de guerra alemán. Me lo pregunto muchas veces; pero siempre se me aparece, en respuesta, una visión monstruosamente vívida. No puedo pensar en las profundidades del mar sin estremecerme ante las espantosas entidades que quizá en este instante se arrastran y se agitan en su lecho fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra y esculpiendo sus propias imágenes detestables en obeliscos submarinos de mojado granito. Pienso en el día que emerjan de las olas, y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a los endebles restos de una humanidad exhausta por la guerra... en el día en que se hunda la tierra, y emerja el fondo del océano en medio del universal pandemonio.
Se acerca el fin. Oigo ruido en la puerta, como si forcejeara en ella un cuerpo inmenso y resbaladizo. No me encontrará. ¡Dios mío, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!
 H. P. Lovecraft, Dagón

Ilustración de Erik Kriek, 2012